Opinión - Runrun

OPINIÓN

“Sit down” o la generación de sofá, por Juan Fernández

@SoyJuanette 

Hola querido lector te escribo estas líneas desde la comodidad de un elemento de la casa que se ha puesto de moda en tiempos de cuarentena: el sofá.

Para aquellos que todavía dudan de que los guionistas de Los Simpson no pueden predecir el futuro, les tengo una pista: si los tipos no hubiesen sabido que íbamos a pasar todo el día tirados en el sofá ¿por qué en la introducción de cada uno de los episodios metieron una acción de la familia más famosa del mundo justamente en el sofá? Evidentemente nos estaban preparando para este nuevo tiempo.

Sit down” o la generación de sofá, por Juan Fernández

Esta época es el sueño cumplido del holgazán. Seguramente tu abuelo, tu padre o algún tío te habrá retado porque te la pasabas tirado en el sofá mirando dibujitos, y comiendo todo el día. ¿A quién no le dijeron bueno-para-nada en algún momento? Creo que, si mis abuelos vieran que ahora para salvar al mundo solo hay que quedarse tirado viendo Netflix y comiendo snacks, resucitarían y volverían a morir de la indignación. Pero bueno, los tiempos cambian.

Estoy convencido de que, así como la pintura rupestre, la escritura, el motor a vapor y la electricidad son símbolos de una era, el sofá será el emblema de este nuevo mundo que nos tocará vivir. 

Supongo que cada uno desde su trinchera está viendo cómo el coronavirus ha modificado la manera en que hacíamos las cosas y, en algunos casos, irreversiblemente. Por ejemplo, en lo que a mí me corresponde, que es el humor, he notado en estas semanas cómo los Live de Instagram se han vuelto el escenario para hacer comedia en todo el mundo.

El que me hubiese dicho hace un mes que tendría mi primera presentación de comedia en un circuito de Madrid (recuerden que estoy en Buenos Aires), le habría dicho que estaba loco. Pero sí, la semana pasada gracias a mi amiga, la comediante española Nuria Jiménez, hice quince minutos con público español, argentino y por supuesto venezolano. Lo particular de todo esto es que lo hice en la comodidad de mi sofá, sin volar largas horas, y sin jet lag (igual hoy no estamos como para ir a caminar por El Retiro, o por La Puerta del Sol).

No nos creamos ahora que hemos descubierto América, (que después de esta pandemia, un poco sí), porque esto de hacer stand up sentado se llama “Sit down”, y yo se lo vi a mi amigo Laureano Márquez en el Teatrex El Bosque de Caracas, hace varios años. Y seguramente, antes de Laureano, otros muchos habrán hecho stand up sentados (y es que algún comediante paralítico habrá)

Por eso quiero aclarar que el estar todo el día con el culo pegado a tu sofá no es excusa para no hacer nada. Yo en estos 14 días he tenido mucha actividad. Por ejemplo, he participado en varios Open mic, he hecho varios “Vivos” con mis compañeros de Producciones Wakanda y Kamize, grabamos un video cómico y, como les conté en artículos anteriores, retomé la costumbre de escribir… Y si yo, que soy un tipo superholgazán he podido, ¿por qué tu no?

Lo que me queda claro es que, luego de esta pandemia, seguramente el mundo no vuelva a ser nunca más lo que fue, pero lo bonito de todo esto es que ahora podrá ser como queramos que sea. Me gusta pensar que estamos a las puertas de un nuevo orden mundial, donde el ser humano se preocupe más por lo que es el otro y no por lo que tiene.

La humanidad se ha dado cuenta finalmente de que es muy frágil, y que podemos perderlo todo simplemente con el aletazo de un murciélago.

Trump no está jugando carritos, por Luis Fuenmayor Toro

@ LFuenmayorToro 

Es aberrante que haya venezolanos que estén de acuerdo en que otro país, en este caso EE. UU., le imponga su voluntad a su propio país y, más aun, que lo haga mediante la fuerza militar que ostenta. Y que para justificarse recurran al patético argumento que Venezuela ya está invadida por chinos, rusos y cubanos. Es decir que, si su afirmación fuera cierta, para sacar a unos “invasores” desagradables es totalmente lógico y justo someterse a otros invasores, estos sí agradables y adecuados. Y digo “si fuera cierta”, porque no existe en Venezuela ninguna invasión de otros países. Afirmarlo sería aceptar que cuando los estadounidenses manejaban nuestro petróleo y demás minerales, les comprábamos aviones, helicópteros, tanques y todas las armas de guerra, teníamos sus asesores militares en nuestros cuarteles y llegaban a manejar directamente algunos instrumentos destinados a la defensa nacional como los radares, estábamos invadidos por ellos.

Una cosa es la dependencia tecnológica de otros países y otra muy distinta es una invasión. Una cosa es la injerencia de un país en nuestros asuntos internos y otra una intervención militar de cualquier tipo. Pero es que además, quienes nos oponemos a una intervención militar extranjera en Venezuela, hemos enfrentado abiertamente la injerencia cubana en nuestros asuntos. Hemos considerado inaceptable su presencia determinante en áreas que deben ser estrictamente operadas por el Estado venezolano, como son las dedicadas a la identificación de la población y al control de extranjeros, las de registros y notarías y las de los servicios de inteligencia. En el pasado enfrentamos este tipo de injerencia cuando se trataba de EE. UU. y hoy hacemos lo mismo en el caso de Cuba. No somos acomodaticios.

Y hacemos estas disquisiciones porque pensamos que las últimas medidas de la administración Trump son graves para la república y la nación venezolana. No estamos entre quienes creen que Trump está distrayendo la atención de los estadounidenses de su total fracaso en el enfrentamiento de  la epidemia por el coronavirus. Este puede ser un efecto adicional de sus decisiones, pero las mismas no tienen esta motivación. Tampoco creemos que se trata de una medida que busca reafirmar e incrementar su votación en el estado de Florida. De nuevo, esta puede ser una derivación de la decisión pero no su fundamentación. Y nos preocupa que el Gobierno recurra a estas explicaciones baladíes, pues pareciera que no se ha dado cuenta o no se quiere dar cuenta del escalamiento agresivo habido, lo que nos deja en una posición muy mala de frente al futuro.

Si no se sabe exactamente qué quiere el enemigo no se tiene claro el panorama para actuar en consecuencia. Sobre todo que hay una proposición imperial en la mesa, la cual es apoyada por la oposición títere, nombre que no es posible evitar en momentos como el actual, cuando es más que evidente que esa oposición está dirigida completamente desde el Departamento de Estado. Pero no basta este diagnóstico para actuar como se debe. Maduro no puede seguir teniendo como prioridad su permanencia en el poder a todo costo. Su prioridad debería ser salvar a la nación venezolana y la integridad de la república. No se trata en este momento de quién tiene la razón sino de cuánta fuerza se tiene y cuánta el adversario. Hay que negociar para evitarle sufrimientos peores al pueblo venezolano y para yugular la posibilidad de que quien quede se haga hegemónico, es decir con poder absoluto.

Nada conspira más contra la democracia y el pluralismo que la hegemonía. La democracia venezolana se mantuvo y creció mientras no hubo hegemonía. Cuando AD y COPEI se hicieron hegemónicos comenzó el deterioro político. Con Chávez pasó igual. Mientras no había alcanzado la hegemonía su gobierno se desarrolló, para luego iniciar su declive una vez alcanzada esta. El objetivo hacia el futuro sería lograr al final unos gobiernos democráticos y plurales, donde cese la persecución de quien disiente dentro de la Constitución, con total libertad de expresión y de información veraz, con libre asociación y diversidad de organizaciones políticas e ideológicas. Y absoluto respeto al contrato social llamado Constitución. Somos venezolanos y debemos caber todos.

De algunos efectos de la pandemia, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

Por ahora, cualquier intención de adelantarse a las actuales y convulsas realidades puede verse como un evento de temeraria extemporaneidad. Esto, para no decir que sería como apostar a una carrera contra la “incertidumbre” a sabiendas de que ella va a ser la triunfadora de tan atrevida y riesgosa competencia. Particularmente, porque el terreno no es apto para quien busque desafiar a tan poderoso rival.

Y es que en términos de los cambios que habrá de marcar la dinámica social, económica y política del mundo, nada puede predecirse. Es imposible precisar, con exactitud, las consecuencias de la pandemia causada por el coronavirus. Ni en Venezuela ni en ningún otro país, indistintamente del grado de desarrollo alcanzado. La civilización se ajustará a nuevos comportamientos, que resultarán en un nuevo orden socioeconómico y sociopolítico. Indudablemente se forjarán cambios también de las emociones y de la psiquis, al igual que en el modo de demostrar y necesitar el afecto como sentimiento y actitud.

Ideologización de la pandemia

Sin embargo, podría intentarse un ejercicio de prospectiva. O sea, trazar algunas conjeturas que pudieran rayar con escenarios que acerquen al lector a lo que hipotéticamente sería el mundo postpandemia. Quizás una vía expedita para dicho arrojo podría ser a través de un análisis económico, no más sucinto de lo que puede caber en este espacio. Aunque el mismo no estaría exento de los riesgos de asomarlo a la luz pública.

De entrada, debe aclararse que esta osadía compromete variables de ascendencia política y de razón social, pues tocan sensiblemente intereses y necesidades afectadas por la incidencia del coronavirus. Y desde luego, a los correspondientes gobiernos en términos de la gestión política-económica que se pretende llevar en adelante. Con énfasis en lo que respecta al Gobierno venezolano, habida cuenta de que en Venezuela la pandemia ha sido ideologizada por el régimen con el tergiversado propósito de buscar dividendos políticos en el curso de su “atención”.

El régimen venezolano está convencido de que pronunciamientos en dirección del proselitismo en ejercicio, avivaría razones con plena incidencia en lo social que podrían ganarle el espacio que políticamente ha perdido. A esto apuesta alevosa y pérfidamente. Particularmente, en medio de la crisis política, social y económica que ha venido fustigando al país, de manera tan exponencial como la misma incursión del virus.

Sin duda alguna que tan humillante trato puso en vilo a la población al sacudir factores perceptivos. Sobre todo, aquellos propios del ámbito que configuran la seguridad y el bienestar ciudadano. Y esa situación, de fácil exacerbación, hizo crisis inmediatamente. Más, porque la intención del régimen, aprovechándose del carácter sensible de la pandemia, desdijo de derechos constitucionales. Burlados además por la política asumida, toda vez que transgrede derechos que perjudican la salud de la sociedad.

Y fue así cómo el régimen político venezolano, actuando de modo diferente de las acciones emprendidas por otros gobiernos con poblaciones también afectadas por el virus, no entendió a cabalidad todo lo que compromete un ejercicio gubernamental honesto. Una gestión de gobierno que, en nombre del Estado, atendiera debidamente los problemas que, desde un principio, ahondaron los estragos de la pandemia.

No haber comprendido esto hizo que el régimen comenzara a jugar con peligrosos riesgos. Por ejemplo, el de que la población entre en terrenos dominados por la anomia. Y que para explicarlo en una llana acepción, recrudecería la anormalidad que ahora se vive. Se vivirían momentos en el que los vínculos sociales vendrían a debilitarse. Tanto, que la sociedad perdería su precaria fuerza que habría de necesitar para integrar y regular adecuadamente el proceder de los individuos. Y esto sucede con más intensidad en el caso de gobiernos orientados por doctrinas autoritarias y hegemónicas. Es el caso Venezuela.

Siempre las esperanzas serán pivotes de vida

Con todo el caos que problemas de esta índole han causado en el mundo, las reacciones de la economía se ven inmediatamente. Efectos estos que resultan de medidas tomadas con base en trastornos generados por la angustia, la zozobra y la inquietud de las poblaciones afectadas. Sin embargo, en este momento, importantes decisiones económicas y sociales se debaten en la incertidumbre de saber cuándo y cómo podrán procederse actuaciones que mitiguen los susodichos problemas.

De seguro, se verán afectadas las tasas bancarias luego de que las finanzas públicas, ya mermadas, se vean más constreñidas en virtud de los ajustes que deberán hacerse. Los agentes de la economía verán comprometidas sus movilizaciones y transacciones, lo cual podría generar que la economía se agrave y que emerja la temida recesión económica con una fuerza catastrófica. Incluso, más allá de otras restricciones, las brechas que se abren en la mitad de crisis de este rango son de cuidado. Aunque la historia ya las ha conocido y vivido.

Aunque cabe la esperanza que algunos economistas exponen. Explican que el mercado pudiera coadyuvar a evitar la incidencia de duros efectos económicos sin que sea necesario ordenar chocantes regulaciones de las libertades económicas. Así como ordenar la inhabilitación de algunos derechos sociales y políticos. Aunque se ha comentado que el agotamiento que provocará la actual pandemia derivará en agudas conmociones sociales.

Incluso podría establecerse un nuevo orden social, económico y político que conduzca a un modelo civilizatorio concordante con la conciencia ciudadana que habrá de fijarse. O sea, se contaría con un nuevo patrón de actitudes ciudadanas que comprometa procesos de cambios dirigidos a construir una nueva y mejor ciudadanía en todos los niveles que irradie  todo el planeta.

En lo sucesivo, la vida se verá sintonizada con valores hasta ahora arrinconados por la fútil dinámica a la que se subordinan inmensos grupos de población. De hecho, dichos cambios han comenzado a operarse.

Valores relacionados con la identidad, la familiaridad, la solidaridad, la humildad, la paciencia, la confianza y la persistencia, se han instalado en la actitud de muchos.

Los paradigmas están renovándose en función de lo que exalta y exhorta la libertad como condición para renovar capacidades y potencialidades en cada quien. Indistintamente de la formación universitaria que haya podido alcanzarse. Más, cuando muchos de quienes ocupaban los últimos lugares del escalafón socioeconómico han comenzado a ser reconocidos como puntales y fundamentos de actividades y procesos.

De alguna manera, ya están resolviéndose preguntas formuladas alrededor de ¿cuándo y cómo salir de la pandemia en cuestión? Ya se adelantan respuestas relacionadas con el nuevo papel de los partidos políticos, de las asociaciones comunitarias, de las organizaciones civiles, empresas, modelos de empleo, pautas de servicio, nacimiento de nuevas ideologías, nuevos discursos, nuevos procesos de enseñanza-aprendizaje, nuevos modos de comunicación interpersonal, de comunicación social, económica y política.

La geopolítica tendrá nuevos derroteros. La diplomacia se apalancará sobre nuevos conceptos. Asimismo sucederá con teorías del pensamiento y praxis de la economía, la política y de la sociedad. La globalización adquirirá otra dinámica basada en una concepción diferente. La comercialización buscará basarse en nuevos esquemas de relación e integración.

La efusividad del abrazo tendrá un sentido más apegado a valores de moralidad y respeto. Aunque el amor como sentimiento seguirá siendo expresión de ilusiones y esperanzas compartidas. En fin, todo será como el despertar de un sueño algo extraño. Y que podrá activar en el ser humano un comportamiento más conciliatorio con el planeta. El aislamiento inducido por la pandemia habrá devenido en una mejora en la relación hombre–Tierra.

Sin que lo anterior haya agotado la arenga disertada, la última palabra no está dicha. Más, cuando nadie sabe cómo terminará tan grave y terrible crisis, la que para algunos es casi un acto de guerra biológica o de terrorismo político-económico maquinado con cruda saña. Lo que será seguro es que esta pandemia potenciará en las personas habilidades que devendrán en nuevas fortalezas por las oportunidades que se abren. Sin que por ello desaparezcan amenazas y se entronicen debilidades. Es todo un tanto, para hablar de algunos efectos de la pandemia.

La amenaza creíble: recompensa por Maduro es una apuesta al caos, por Víctor Álvarez R.

@victoralvarezr 

Poner precio a la cabeza de Maduro y sus principales colaboradores para forzarlo a negociar su salida del poder no es una amenaza creíble para una coalición difícil de asustar. Por el contrario, tiene un efecto contraproducente: mientras más se les amenace y menos garantías se les den, más se cohesionarán y aferrarán al poder.

El Departamento de Justicia imputó cargos penales a Maduro y 14 funcionarios y ha ofrecido una recompensa de hasta 15 millones de dólares por cualquier información que permita detenerlos o procesarlos. En lugar de seguir creando desconfianza en el seno de la coalición dominante, EE. UU. ahora los acusa a todos por igual, lo cual genera un efecto contraproducente para su propia estrategia divisionista. Cualquier incentivo que hubiesen podido tener los funcionarios acusados para presionar a Maduro a dejar el poder, ahora desaparece. Al ser judicializados, todos cierran filas para aferrase al poder y poner a salvo sus cabezas.

Impedir la negociación directa entre oficialismo y oposición

Emplazados por la amenaza del coronavirus, una negociación entre Maduro y Guaidó para gestionar la ayuda humanitaria, el canje de petróleo por alimentos y medicinas, así como la asistencia financiera del FMI bajo la administración de organismos internacionales como el PNUD, la OMS y la CRI, estaba cobrando fuerza en la opinión pública nacional, como parte de una agenda común en torno a la cual oficialismo y oposición complementan sus capacidades y recursos para enfrentar juntos la amenaza del coronavirus y evitar que se propague masiva y aceleradamente a lo largo y ancho del territorio nacional.

Pero la judicialización de Maduro y sus colaboradores, así como la millonaria recompensa que se ofrece por sus cabezas, dinamita la posibilidad de un acuerdo político autónomo entre el oficialismo y la oposición, sin la tutoría de las potencias externas que se disputan a Venezuela como un espacio de su tablero geopolítico.

Esta acción no puede interpretarse como un paso a favor de una solución política y negociada de la crisis venezolana. La judicialización los convierte en criminales buscados por la justicia estadounidense con los cuales no se puede negociar. Los factores de la oposición que han recibido un explícito respaldo de la Casa Blanca no querrán ser considerados como cómplices de unos delincuentes buscados internacionalmente.

En consecuencia, tales acusaciones abortan el proceso de negociación que se había reactivado entre oficialismo y oposición, el cual ya había dado sus primeros resultados con la designación del Comité de Postulaciones para elegir al nuevo Consejo Nacional Electoral (CNE).

¿Marco Democrático para Venezuela o ultimátum de la Casa Blanca?

A pocos días de que el policía malo de la Fiscalía General de EE. UU. judicializara a Maduro y sus colaboradores y pusiera precio a sus cabezas con unas jugosas recompensas, el policía bueno del Departamento de Estado anuncia un Marco Democrático para Venezuela.

La nueva estrategia de la Casa Blanca tiene como punto de partida que Maduro y Guaidó se hagan a un lado y entreguen el poder a un Consejo de Estado de cinco miembros que gobernaría el país hasta que se puedan celebrar elecciones presidenciales y parlamentarias en un lapso entre 6-12 meses. “Yo acepto”, dijo Guaidó, pero Maduro ya anunció que no se va a someter a un plan en el cual él no participó.

Si bien es cierto que el plan del Departamento de Estado recoge propuestas que han venido haciendo diferentes sectores que se pronuncian a favor de una solución política y electoral de la crisis venezolana, el primer problema que tiene el Marco Democrático es que no fue precisamente el resultado de un proceso de diálogo, negociación y acuerdo democrático entre los factores internos en conflicto, sino un producto prefabricado por el Departamento de Estado y anunciado unilateralmente como un manual de instrucciones que las partes deben seguir.

Otro problema que tiene la propuesta del Departamento de Estado es que plantea elecciones en un lapso de 6-12 meses, pero ¿cómo convocar elecciones en tan breve lapso, justamente cuando la pandemia del coronavirus apenas comienza en Venezuela y las concentraciones multitudinarias, propias de toda campaña electoral, irían a contravía de las medidas de aislamiento social que hay que cumplir para evitar una masiva y acelerada propagación de la enfermedad?

Un tercer problema que tiene el plan de la Casa Blanca para Venezuela es que, para la designación de los miembros del Consejo de Estado, cada partido o coalición de partidos con un 25 % o más de miembros de la Asamblea Nacional (AN) selecciona un miembro. El quinto miembro -que se desempeñaría como presidente interino hasta que las elecciones se realicen-, sería nombrado por los otros miembros del Consejo. Este procedimiento requiere unos acuerdos políticos previos, toda vez que la AN está dividida y tiene dos directivas, una presidida por Juan Guaidó, y la otra por el parlamentario disidente de la oposición, Luís Parra, quien cuenta con el apoyo de la bancada oficialista.

Si dejamos de lado las opciones extremistas que plantean una intervención militar o quirúrgica y nos enfocamos en la conveniencia de lograr una solución política, electoral y pacífica a la crisis, en Venezuela es inviable cualquier fórmula que sea diseñada sin la participación y aprobación del gobierno de Nicolás Maduro, quien además de controlar el aparato de la Administración Pública, cuenta con el apoyo de las Fuerzas Armadas Nacionales, 19 de 23 gobernaciones, casi 300 de 335 alcaldías, y es quien detenta el poder real sobre el territorio nacional.

Judicializado y con una recompensa por su cabeza, Maduro y sus colaboradores no van a apartarse del poder. Eso solo es pensable y discutible si a Maduro se le asegura la protección de sus derechos políticos y EE. UU. lo absuelve de las acusaciones que lo criminalizan de formar parte de una conspiración narcoterrorista. Mientras la nomenclatura madurista se sienta expuesta al sistema de justicia de los EE. UU. no habrá Marco Democrático para Venezuela que camine, cuestión que mantiene sobre la mesa la opción de una intervención militar, la cual nuevamente cobra fuerza con el reciente despliegue aéreo y naval de los EE. UU.

Tras el fallecimiento en Miami el pasado primero de abril del doctor Isaac Abadí, destacado internista y reumatólogo venezolano, la comunidad médica del país coincide en la apreciación que deja un gran vacío para la medicina venezolana tanto como para la comunidad científica del país.

Lo conocí hace casi cincuenta años en el Centro Médico de Caracas donde siempre tuvo su consultorio hasta que viajó a Miami en días recientes para asistir al Bar Mitzvah de uno de sus nietos. En 1983 cuando comencé en RCTV mi programa “A Puerta Cerrada” lo invité a varios programas sobre medicina y salud. Siempre un sabio. Siempre un maestro. Con carácter fuerte pero siempre amable conversaba con sus pacientes hasta formarse el cuadro diagnóstico antes de someterlos a su examen. Descubrió las redes sociales y desde allí convirtió su twitter en una vía para concientizar a sus comunidades de distintos problemas, medicamentos, tratamientos e investigaciones médicas. Y sus pareceres sobre el acontecer nacional.

Abadí fue el Fundador del Centro Nacional de Enfermedades Reumáticas y del Servicio de Reumatología del Hospital Universitario de Caracas

Merideño de nacimiento, egresó como Médico Cirujano de la Universidad de los Andes (ULA) y luego tuvo una destacada carrera en la ciudad de Caracas.

Entre sus roles más destacados están los de haber sido Jefe de la Cátedra de Clínica Médica y Terapeútica Médica de la Escuela de Medicina Luis Razetti.

Además, fue Director de la Escuela de Medicina Luis Razetti y fundador del Centro Nacional de Enfermedades Reumáticas. También del Servicio de Reumatología del Hospital Universitario de Caracas y creador de los cursos de Postgrado de Medicina Interna de Ministerio de Sanidad y Asistencia Social.

El postgrado de reumatología del Hospital Universitario de Caracas y numerosas Promociones de Médicos Internistas egresadas de la Universidad Central de Venezuela llevan su firma. El gremio de médicos y de la comunidad científica de Venezuela le reconocen como un docente quien se hizo acreedor de numerosos premios y reconocimientos.

Fue Master of Rheumatology PANLAR 2006 (Maestro de la Reumatología de la Liga Panamericana de Asociaciones de la Reumatología).

En su labor docente y asistencial y sus numerosos trabajos científicos dejó plasmado su profesionalismo en miles de discípulos.

Como profesor de la Universidad Central de Venezuela tuvo especial impacto en al menos  tres generaciones médicas.

Hasta los últimos días estuvo atento a la situación del Covid-19 y usaba sus redes sociales para llevar información científica sobre el tema.

Abadí, de 84 años de edad, estaba contagiado con el covid-19, según informó Juan Caripidis, médico del Hospital Clínicas Caracas. «A pesar de su edad, de su problema de columna, iba religiosamente al consultorio, tenía actividades docentes los sábados, siempre con una sonrisa. Ahora que no está lo añoraremos, ahora que se fue nos  daremos cuenta del profesional y persona que pierde la medicina venezolana«, escribió Caripidis en Instagram.

Paradójicamente fallece en Miami, ciudad en la que tenía familia y ciudad en la que muchas veces  sus colegas médicos lo invitaron a residenciarse y ejercer la medicina y la docencia. Amaba a Venezuela y la conocía hasta el alma.

El investigador, según reseñó Tal Cual, murió por un cuadro respiratorio severo. Habría pedido que le llevaran las radiografías que le habían practicado y, al ver la gravedad de su estado, pidió que le retiraran los respiradores y le inyectaran morfina para morir en paz.

Su sobrina, la Dra.  Lilian Abbo, es la directora de enfermedades infecciosas del Jackson Memorial Hospital (Miami) y estuvo a cargo del cuidado de su tío.  Les comparto el mensaje que ella le envío a sus familiares y amigos poco antes del fallecimiento de su tío: 

“Mi Tío Saky se está muriendo en el MICU de mi hospital.. solito .. en la unidad de CoVID19 con un drip de morfina…con un ARDS severo que no respondió ni a IL6 inhibitors, steroids o prograf.. decidió el mismo ser DNR  (No resucitación) y DNI. (No intubación) . Su mayor preocupación es que mi tía estuviera bien y no se preocupara aunque el estaba severamente hypoxemico…Soy el único familiar que puede entrar al hospital.. además de estar a cargo de liderar todos los esfuerzos de planes de pandemia  y operaciones de nuestro sistema de salud.. Todos saben lo especial que es el Dr Abadi. No solo como tío sino el médico ejemplar que siempre ha sido. Brillante hasta el final.. el lunes me pregunto que como estaba su placa de tórax y ayer se volvió a descompensar..

Mi tío fue mi primer mentor, la persona que siempre me ha empujado a cuestionar cualquier diagnóstico hasta entender la etiología en cada paciente. Fue un pionero de la medicina basada en evidencias. Siempre buscando la excelencia, el ayudar al prójimo en ir más allá que los demás por curar a cada paciente como individuo. Me enseñó que la medicina es una forma de vida y ayudar a morir a un enfermo con compasión y solamente acompañarlo en sus últimos momentos es tan importante como curar”. Tengo un nudo en el corazón. Nunca podré a llegar a tener la mitad de la inteligencia o la semiología de mi tío. Solo espero que en el cielo tengan un lugar muy especial para el Dr Abadi.

Aquí seguiremos luchando contra esta terrible pandemia. Y ojalá que irónicamente los infectólogos podamos conseguir rápidamente una cura con drogas reumatológicas para parar esta tragedia”.

Luis Ugalde Abr 03, 2020 | Actualizado hace 2 días
Pacto Social para renacer, por Luis Ugalde

Venezuela solo tiene remedio si hacemos lo que hay que hacer; todos, primero Maduro. Él expresó, como crítica al presidente colombiano, que para vencer al coronavirus hay que dejar de lado “diferencias ideológicas y pequeñeces miserables”. Luego solicitó del Fondo Monetario Internacional (FMI) un préstamo de 5.000 millones de dólares, sabiendo que no se lo podían dar. Ambos gestos solo servían para echar la culpa a otros. Desideologizar y abrirnos internacional y nacionalmente son dos consejos que el régimen debe aplicarse a sí mismo.

Venezuela obedeció sin problemas la medida de quedarnos en casa, en cuarentena social evitando encuentros y contactos. Quince días encerrados en casa sin producción, sin escuela, sin ingresos y sin comida dejarán en evidencia que nuestra realidad es mucho más grave y mortal que el coronavirus con 153 contagiados y 7 muertos (al 3 de abril).

Sincerar y producir

Tenemos 153 contagiados del virus, pero más de 400 presos políticos perseguidos, más de 4000 empresas muertas o en agonía, más de 4.000.000 de huidos y desterrados y muchos miles de muertos, cuyo número crece por un régimen empeñado en no cambiar.

Necesitamos reconocer la terrible realidad de una economía que en 5 años ha perdido el 65 % de su producción (PIB), una educación con maestros y niños en huida y escuelas vacías, una salud con hospitales desmantelados, y servicios vitales de agua, luz, gas, transporte… en ruina. Incluso una industria petrolera saqueada y en quiebra total… La lista es mucho más larga y la moribunda Venezuela no solo necesita un préstamo de $5.000 millones sino más de 50.000 para empezar a sincerar la política y activar la producción en todas las áreas.

Maduro tiene razón: necesitamos del FMI y hay que dejar de lado “diferencias ideológicas y pequeñeces miserables”. Pero nada se puede hacer con un Estado quebrado, endeudado y secuestrado por un régimen tiránico que produce miles de muertos y lleva a la agonía a millones.

Para que todo el país renazca es indispensable sincerar, salir del secuestro del régimen y llamar al país entero a la producción de soluciones y al renacer nacional.

Los apoyos externos son indispensables, pero no llegarán con la producción nacional política, económica y social muertas. Abrir las puertas para que los presos políticos los líderes y partidos perseguidos e inhabilitados salgan al libre ruedo político-democrático; renovados también ellos, pues Venezuela es otra y hay que escuchar el clamor sufriente de los venezolanos en todas sus formas. Renovados empresarios y trabajadores para producir un nuevo encuentro entre capital y trabajo, pues el uno sin el otro nada valen y se necesitan repotenciados y aliados para salir de la pobreza. Para que 14 millones de trabajadores vuelvan a tener vida y esperanza y miles de empresas puedan competir es necesario reactivar la inversión de capitales que deben ser atraídos y protegidos; para lo cual hay que borrar de la lengua y del corazón el “exprópiese” irresponsable.

Pacto social vs. tiranía

Cuando el poder se impone, no hay pacto social, sino imposición tiránica armada. Todo esto pasa por la creación de una política democrática, dialogada y negociada entre diferentes. La soberanía del pueblo, las elecciones limpias y creíbles de un Parlamento (Asamblea Nacional) donde se discutan libremente y se negocien las soluciones políticas. Es indispensable, a su vez, la elección presidencial constitucional, secuestrada en 2018 y desmontar los serviles TSJ y ANC que creó el Ejecutivo de facto para anular la Asamblea Nacional democrática y todas sus decisiones.

No hay que inventar mucho sino sincerar y darle vigencia efectiva a la Constitución de 1999 y, conforme a ella, acordar en la AN legítima el nuevo CNE creíble y crear las condiciones para realizar este mismo año, con observación internacional cualificada, las elecciones parlamentarias libres que tocan y las presidenciales que están retrasadas desde 2018, pues no se realizaron como exige la Constitución. Elecciones que las necesitamos con participación masiva y resultado creíble y respetado.

Toda esa enfermedad nacional es mucho más grave y mortal que el coronavirus, que debe ser el detonante para asumir el cambio integral.

No hay democracia sin contrato social, ni Constitución que consagre los objetivos del pacto y los derechos y deberes de todos, no importa su ideología política. Lógicamente en ese pacto debe entrar también el chavismo.

Perder o ganar la vida

De la noche a la mañana el microscópico e invisible virus ha dejado en evidencia la desnudez del mundo y la indigencia de Venezuela arruinada, desmantelada y con virus: las armas son poderosas para imponer, pero no sirven para dar vida al mundo, ni para convocar un gran encuentro nacional para que el país renazca.

Es casi increíble que un virus mínimo haya puesto en crisis todo el poderío económico-financiero mundial y haya obligado a los Estados a cerrar sus empresas, escuelas, iglesias y campos de deporte. Un virus que avanza sin respetar fronteras, ni carteras, dejando en evidencia que la convivencia nacional e internacional sin ética -es decir sin tomar en serio la dignidad del otro y sin solidaridad con él – es irrespirable y letal.  Está a la vista que solo cuando escribimos TÚ con la misma mayúscula que YO está presente DIOS-AMOR, ese Dios que nunca nadie lo ha visto pero lo sentimos presente cuando vivimos el verdadero amor humano (ver 1 Juan 4, 12).

La más grave enfermedad no es el coronavirus, sino el poder tiranizado que en Venezuela ya ha matado a miles y tiene en agonía a millones. La emergencia del virus nos llama a todos a la conversión, a cambiar de conducta y a exigir del régimen y de toda la política –también de la opositora- a sincerarse con la realidad y renovar el Pacto Social Democrático.

¡Muerte al virus! ¡Muerte a los gorriones!, por Alejandro Armas

@AAAD25 

Nunca me cansaré de invocar la aguda observación de Elisa Lerner sobre las dictaduras y su estupidez. Los foros, hábitat natural de la democracia, no siempre son mentideros de los que brota sabiduría como maná bíblico. Pero es en los regímenes autoritarios que se ven las sandeces más farsescas. Todos los políticos tienen el mismo propósito: obtener el poder, primero, y preservarlo, después. Es mucho más fácil hacerlo cuando los ciudadanos, a cuyo servicio se supone que están, se sienten satisfechos con su desempeño. En democracia, como nos recuerda Amartya Sen, el acceso libre a la información, así como la pluralidad de fuentes, permiten a la ciudadanía desarrollar una opinión pública autónoma con respecto a unas autoridades que siempre aspirarán a que las percepciones sobre ellas sean positivas. Los despotismos, en cambio, no tienen que lidiar con eso. Suprimen las voces disidentes para que sus mensajes, su versión de la realidad empírica, sean los únicos. Así, sin competencia, les resulta mucho más sencillo inculcarles a los oprimidos una narrativa que los exculpa de cualquier problema que surja en sus jurisdicciones, sin importar cuan ridícula sea. Pero si la propaganda es más absurda que un diálogo de Ionesco o más risible que una escena de los hermanos Marx, y el sentido común de las masas no la digiere, siempre queda la amenaza del garrote para evitar que se alborote el gallinero.

La aparición del coronavirus y su COVID-19 no es en sí misma responsabilidad de ningún gobierno. No se pueden predecir las mutaciones de esos microbios macabros que de pronto los hacen mucho más nocivos. Empero, la contención de nuevos flagelos sí es responsabilidad de las autoridades públicas. Por la corrupción e ineptitud de sus cabecillas, las dictaduras suelen descansar sobre los hombros lacerados de sociedades pobres y poco desarrolladas materialmente. Es decir, justo aquellas peor preparadas para enfrentar una pandemia. Pero la batería de excusas patéticas y medidas descabelladas está a la orden del día. Por ejemplo, el particularmente caricaturesco autócrata de Turkmenistán, Gurbanbuly Berdimuhamedov (lo felicito, amigo lector, si pudo pronunciar su nombre sin un solo enredo lingual), prohibió a sus conciudadanos hablar del coronavirus. A los perplejos sugiero volver a la primera oración de esta columna. Al parecer, hay un nominalismo degenerado y mediocre (nada que ver con el pensamiento genial de Guillermo de Ockham y otros), según el cual un ente deja de existir si no es nombrado. Hasta la saga literaria adolescente de Harry Potter es capaz de desmentir semejante dislate. Por cierto, buen momento para recordar a cierto régimen que pretendió eliminar un mercado negro de dólares proscribiendo la mención de montos a los que se cotizaba la divisa.

Por suerte para el amigo Gurbanguly, el foco de este artículo no está en Turkmenistán, sino un poco más hacia el naciente, en China. De todos los gobiernos responsables por la crisis del coronavirus, la dictadura pekinesa es, sin duda por mucho, la que carga con la mayor culpa. El virus se originó en su territorio y, por lo tanto, su deber era contenerlo a tiempo. En vez de eso, ocultó información sobre la gravedad del problema hasta que fue muy tarde, lo cual puso en peligro a los miles de millones de habitantes de China… Y al planeta entero. Pero no esperen que Xi Jinping y sus camaradas tengan un gesto de humildad y admitan su pifia terrible. ¡Nunca! Por el contrario, han rechazado todo cuestionamiento a su manejo de la epidemia. Peor, aunque las máximas esferas del poder en Beijing no han llegado a una acusación formal, algunos de sus propagandistas han insinuado que el virus fue llevado a la ciudad de Wuhan, donde se dieron los primeros casos, por personal del Ejército de Estados Unidos. Aunque anonadante, no es la primera vez que el Partido Comunista Chino (comunista solo de nombre desde los años 80) lanza un bulo descabellado para evitar que lo señalen por un desastre. Xi es el líder chino con más poder desde Mao Zedong, y en este aspecto también está siguiendo los pasos del “Gran Timonel”.

En 1958, Mao ordenó dar el “Gran Salto Adelante”. Esta nueva política consistió, como su nombre lo indica, en intentar brincar directamente hacia el comunismo real, sin pasar por la engorrosa burocratización del proceso revolucionario que, para entonces, por cuarenta años embargaba al socialismo soviético. Si a los comunistas se les achaca imaginar un mundo utópico e irrealizable que ni ellos mismos se esfuerzan por concretar, el Gran Salto Adelante tuvo el mérito de ser, quizá, el experimento que más se acercó a la sociedad comunista imaginada por Marx… Y precisamente por eso fue una catástrofe.

Comenzó con una colectivización completa del espacio rural. La agricultura privada fue prohibida y reemplazada por granjas comunales. Como Fidel Castro con su tonta “Zafra de los Diez Millones”, Mao estableció metas de producción agrícola absurdamente elevadas, para lo cual se exigió a los campesinos un esfuerzo inhumano. Para colmo, si bien el plan contempló la industrialización de las faenas rurales para mejorar el desempeño, no existían los recursos materiales ni las capacidades técnicas para lograr tal cosa. Temerosos de no cumplir con las metas de Mao, los jefes locales inflaban los resultados, lo cual por un tiempo produjo la impresión de que todo marchaba bien. El grueso de lo que sí se producía era enviado a las ciudades para alimentar a un proletariado que, en las fantasías del líder, debían convertir a China en potencia industrial. El campo empezó a quedarse sin comida, y sus habitantes, a morir de hambre.

Pero Mao ya tenía lista una coartada para explicar el fracaso. Había un culpable, y obviamente no era él. Tampoco era el imperialismo occidental, ni los enemigos internos de la revolución. Era… ¡Un gorrión! Sí, esa ave pequeña y cantarina que, por su fragilidad, por lo general asociamos con la idea de inocencia, fue convertido por la propaganda maoísta en un demonio emplumado capaz de perpetrar los crímenes más atroces. En resumen, Mao acusó a los gorriones  de comerse los granos cosechados en el campo chino. Luego hizo lo que todo tirano ante un escollo, real o ficticio. A saber, declararle la guerra y procurar su aniquilación. Se les encargó a las masas la tarea de eliminar a los pajaritos. Buscaban sus nidos para reventar los huevos o matar a los polluelos. Si alguien disponía de una pistola, gorrión que viera surcando los aires, gorrión que debía derribar a plomo. De acuerdo con algunos relatos, hubo escuadrones de niños armados, no con pistolas, sino con cacerolas que azotaban sin piedad al pie de un árbol para atormentar y aterrorizar a los gorriones y obligarlos a interrumpir su reposo en las ramas. Cuando las víctimas se desplazaban a otro árbol, los acosadores los perseguían y repetían el ejercicio. Y así sucesivamente hasta que, agotadas, las pobres aves se desplomaban, moribundas.

Muy caro le terminó saliendo esta expiación caprina (o aviar) a Mao. En realidad los gorriones locales eran los depredadores de insectos que, a su vez, se alimentaban de los granos. Como resultado, su erradicación total o casi total multiplicó a la verdadera plaga. Menos comida. Más estómagos (humanos) vacíos. Cuando cayó en cuenta del error, en 1960, la dictadura puso fin a la campaña contra los gorriones, no sin antes sustituirlos con los chiches como culpables de su fracaso. Pero ya era demasiado tarde. Tuvieron que pasar dos años más para que el Gran Salto Adelante fuera oficialmente abandonado. Produjo la peor hambruna en la historia de la humanidad, con un saldo de entre 15 y 30 millones de personas. Humillado, Mao perdió buena parte de su poder, pero solo por unos años. Volvió a la carga con la Revolución Cultural a finales de los 60, otra abominación política que aplastó a sus rivales de partido, así como a miles de ciudadanos comunes tildados de “contrarrevolucionarios”.

Como ya dije, el Partido Comunista Chino de comunista hoy solo le queda el nombre. Pero la elite gobernante actual es heredera de Mao, y tiene que rendir culto a su abolengo revolucionario (i.e. dictatorial). Por eso no sorprende que bajo la égida de Xi surjan teorías tan absurdas como la de los gorriones, para librar de culpas a Beijing por el manejo del coronavirus. Por cierto que no son los únicos en propagar el delirio conspirativo. Nicolás Maduro, uno de sus amigos, lo ha hecho también. Valiéndose de su propio aparato gigantesco de propaganda, en Venezuela hizo eco a la tesis de un “científico nanotecnológico” llamado Sirio Quintero, según la cual el coronavirus es un “arma de bioterrorismo y genocidio contra razas asiáticas, latinoamericanas (¿?) y afrodescendientes”. Maduro también promovió un jarabe de “malojillo, jengibre, saúco y pimienta negra” que, según Quintero, es capaz de curar el coronavirus.

La propagación de semejante charlatanería es un exceso, aun para este personaje. Pero, a mi juicio, es fácil de explicar. Maduro podría aspirar a congraciarse así aun más con un poderoso aliado en momentos en los que necesita respaldo. China últimamente no ha demostrado el mismo compromiso que Rusia defendiendo al régimen chavista de la presión internacional. Incluso es probable que Maduro apueste a que sea China la primera en desarrollar una vacuna contra el coronavirus y busque así poner a Venezuela en el principio de la fila para recibirla, para exhibir su ruptura con las democracias y aproximación a una potencia autoritaria como un acierto de su política exterior. Quién sabe si, como guiño extra a los herederos del, digamos, gran avicida, la elite chavista les declara la guerra a las guacamayas por comerse los mangos que tanto gustan en Venezuela.

Propuestas penitenciarias, por Carlos Nieto Palma

@cnietopalma 

Estos días de cuarentena y de resguardo preventivo en casa por la COVID-19, me han servido para revisar las propuestas que desde la organización que dirijo, Una Ventana a la Libertad, y muchas también a título personal, hemos presentado al país para dar solución a la grave crisis penitenciaria que vive Venezuela desde hace muchos años. En los actuales momentos esta ha llegado a su nivel más alto debido a la ignorancia manifiesta de los encargados de dirigir del tema carcelario, marcado por una serie de constantes desaciertos e improvisaciones. Ahora no los voy a enumerar, pero podemos resumir diciendo que, en toda la historia de nuestro país, nunca habíamos tenido un sistema penitenciario tan colapsado y deficiente.

Antes de entrar en el tema quiero aclarar que, en los actuales momentos, aun y cuando desde hace muchos años no existen cifras oficiales, tenemos un aproximado de 110.000 reclusos, unos 45.000 en las cárceles tradicionales y 65.000 en Centros de Detención Preventiva o Calabozos Policiales, que son espacios para albergar a privados de libertad por lapsos no mayores de 48 horas. Pero que por los desaciertos de que hablaba al comienzo del artículo, se han convertido en cárceles permanentes. De este número, aproximadamente el 8 % son mujeres.

Comienzo por decir que el caos penitenciario que se vive en Venezuela, tiene solución. Si bien es cierto que es mucho lo que hay que hacer y que se tardará un tiempo en tener unos recintos carcelarios adaptados a los estándares internacionales, el enfermo terminal aún respira y le late el corazón, por lo que salvarlo es posible. Para esto se requiere del consenso de los mejores, de los que conocen de cárceles, que no son muchos, pero los hay; es necesario desprenderse de egos, ideologías políticas, religiosas y de cualquier otro tipo y sentarse a buscar soluciones que sean realizables a corto, mediano y largo plazo, sin caer en fantasías o cosas irrealizables.

Hay normativas importantes que ya recogen parte de las propuestas que hemos hecho a lo largo de los años y que están consagradas tanto en el artículo 272 de la Constitución Nacional, como en el Código Orgánico Penitenciario, que aun y cuando creo que requiere unas reformas importantes, ya contiene avances clave que solo hay que poner en práctica, porque hasta ahora ninguno se aplica. Igual la Asamblea Nacional actual ha sancionado la ley que prohíbe el uso de celulares e internet en los recintos carcelarios, que es la única ley promulgada por el régimen de Nicolás Maduro, y la ley de calabozos policiales que regulariza la función de estos recintos. Solo falta promulgarla, esto ya es un avance importante, al menos en materia legislativa. Falta ponerlo en práctica.

Teniendo a los mejores y cumpliendo con lo que dice la Constitución Nacional, de que las cárceles serán dirigidas por penitenciaristas profesionales con credenciales académicas universitarias, al igual que contar con un soporte legislativo de base, hay que solucionar la grave situación que tenemos con los centros de detención preventiva o calabozos policiales, que es para mí es el más grave problema que se vive actualmente en nuestro sistema penitenciario.

No podemos tener estos recintos convertidos en pequeñas cárceles regadas por todo el país y a los policías convertidos en cuidadores de presos en vez de estar cumpliendo con su función de cuidar a la ciudadanía.

Para descongestionar los calabozos policiales hay que comenzar por atacar uno de los más grandes flagelos que sufre nuestro sistema penitenciario, el retardo procesal. Aproximadamente el 70 % de los presos venezolanos están actualmente en proceso y no tienen una sentencia condenatoria, teóricamente son inocentes. Para esto hay que crear algún mecanismo de emergencia que permita eliminar, o al menos disminuir de una manera importante, el retardo de los procesos; se tendría que habilitar todo el aparato judicial para esto y así descongestionar tanto las cárceles como los calabozos policiales.

Igualmente, entre esas primeras medidas tendrían que establecerse, está la construcción de nuevas cárceles, así como ampliación y remodelación de las existentes. Aunque no soy de los que piensan que la solución es la construcción de nuevas cárceles, sí creo que actualmente Venezuela lo necesita. La meta debería ser que cada estado del país tuviera al menos un recinto para procesados y otro para penados. Hay que explorar la posibilidad de construir cárceles prefabricadas en muy corto tiempo, hay algunas experiencias en otros países de este tipo de construcciones que sería importante revisar para aplicarlas aquí.

Estos puntos serían, a mi parecer, un buen comienzo para el rescate del sistema penitenciario en Venezuela. Es mucho lo que hay que hacer y para esto se necesita gente comprometida en trabajar y no en figurar y robar.