Alejandro Armas, autor en Runrun

Alejandro Armas

Alejandro Armas Sep 18, 2020 | Actualizado hace 1 semana
Los consultómanos, por Alejandro Armas

@AAAD25

Sigue pasando el tiempo sin que los venezolanos tengamos ni el menor destello de claridad sobre nuestro porvenir. La sensación de deriva es inmensa, con una escasez severa de gasolina, una epidemia de covid-19 que el régimen chavista dice estar controlando (los expertos de la sociedad civil que gozan de credibilidad infinitamente mayor insisten en lo contrario) y una dirigencia opositora que perdió el rumbo estratégico en la ruta hacia el cambio político.

A principios de mes, varias organizaciones políticas y de la sociedad civil suscribieron un “Pacto Unitario”. Lo positivo de este acuerdo es que confirmó que ningún partido se sumó a la disparatada iniciativa de Henrique Capriles de enganchar la lucha por elecciones justas al proceso convocado por el régimen chavista para diciembre.

Sin embargo, más allá de eso, el documento es una reafirmación de objetivos que ya conocemos; y no ofrece mayores luces sobre la estrategia para alcanzarlos. Me gustaría pensar que Juan Guaidó y sus aliados están cocinando un nuevo plan para despertar el apetito de movilización de las masas (atendiendo a la necesidad de mantener la distancia física entre comensales para combatir el coronavirus, claro está). Pero mi olfato no detecta ese platillo. Desde el anuncio del pacto, solo hemos visto un evento de apoyo al personal de salud, bienintencionado y digno, pero escueto para los fines de la oposición.

Si el grueso del Pacto Unitario a estas alturas suena anodino, el séptimo punto de su apelación a los ciudadanos es más bien desconcertante: “una consulta popular que permita a todos los venezolanos expresar la voz del pueblo y manifestar el respaldo necesario para avanzar hacia nuestra libertad, recuperar la democracia y promover el bienestar”. Omitamos el ornato grandilocuente y pongamos el foco en lo medular.

A saber, la dirigencia opositora quiere consultar a la ciudadanía. Desde luego, a uno le surge la pregunta “¿Consultar qué?”. ¿Consultar cuál debe ser la estrategia, acaso? ¡Pero si eso es precisamente lo que la ciudadanía delega a sus líderes! Una dirigencia política eficaz traza una estrategia y es capaz de legitimarla ante las masas mediante una labor acertada de comunicación. Si le va bien, no tiene que consultar a nadie.

Profundicemos un poco esta hipótesis. La gente está desanimada. Eso no lo va a cambiar una consulta en sí misma.

Lo que lo va a cambiar es una estrategia que entusiasme, por innovadora y a la vez realista (el presunto motivo de la consulta). Irónicamente, una vez que el liderazgo cuenta con esa estrategia y puede motivar la participación en la consulta, esta última se vuelve irrelevante. Porque el plan de la dirigencia entonces ya tiene la legitimidad que buscaba. Debería por ello emplearla para canalizar el apoyo hacia la movilización ciudadana.

Así que no. No creo que los promotores de este referéndum tengan en mente legitimar una nueva estrategia, aunque ese termine siendo el enunciado. Lo que quieren es legitimarse a sí mismos. Demostrar que aún son capaces de desplegar el respaldo de la mayoría de los venezolanos.

Decía mi profesora de filosofía política, Nadia Urbinati, que aquellos regímenes en los que el líder tiene una tendencia excesiva a consultar a la ciudadanía revelan un orden político en el que el líder se ve en la constante necesidad de relegitimarse. Pero, otra ironía, esto no supone mayores influencia y participación del pueblo, que queda reducido al papel de un espectador pasivo, hipnotizado por el líder, ante el cual asiente mientras le permite concentrar más y más poder. Por eso, no se trata de esa “democracia radical” idealizada por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, sino de lo que Urbinati llama “democracia desfigurada”, siempre en riesgo de convertirse en un autoritarismo bonapartista.

A ver. Obviamente esta categoría no aplica a Guaidó por el simple hecho de que él no tiene el poder del Estado en sus manos y ni siquiera es un caudillo de oposición (su liderazgo obedece a circunstancias y a pactos entre elites partidistas, más que a su propia destreza política). Pero la dirigencia de la que él es parte sí tiene una tendencia llamativa a hacer plebiscitos. El que ahora plantean no es el primero. Ya lo vimos con la consulta del 16 de julio de 2017.

En aquel momento, la accidentada Mesa de la Unidad Democrática estaba pasando por una nueva crisis, luego de cobrar vigor con el estallido de protestas casi cuatro meses antes. Pasó el tiempo con la gente en la calle y el chavismo no cedió. Por el contrario, redobló su apuesta autoritaria con la formación de la “Asamblea Nacional Constituyente”. Aparecieron señales de agotamiento ciudadano y frustración por la falta de resultados. Así que la MUD hizo un último esfuerzo para conservar su base política.

Eso fue la consulta de julio. Las tres primeras preguntas del plebiscito fueron meramente declarativas. Una para rechazar la “ANC” y otra para exigir a los militares que dejen de tolerar el incumplimiento de la Constitución. La última pregunta, en cambio, si contenía la promesa de acciones concretas que en su momento parecieron parte de una estrategia: el nombramiento de nuevas autoridades para los poderes públicos nacionales.

Lo primero (y último) que se hizo en tal sentido, luego de que el caudal de votos a favor indicara un espaldarazo a los responsables, fue nombrar jueces para las vacantes del Tribunal Supremo de Justicia que el chavismo había llenado de forma irregular. Como sabemos, esto fue un desastre. No se tomaron medidas para garantizar siquiera la seguridad de los magistrados elegidos, ante la reacción cantada de desconocimiento y castigo por parte del régimen. Los jurisperitos “honrados” terminaron en el exilio o en la cárcel, incapacitados de facto para ejercer sus funciones (por más que los desterrados, alentados por factores de la oposición que siempre sobreestiman su poder, se constituyeran como un tribunal aparte del de Caracas, rápidamente reducido a la irrelevancia por no contar con ningún medio para hacer valer sus sentencias).

Así que aquello que en el paroxismo de 2017 pareció una jugada estratégica digna de un Capablaca de la política, y aprobada por las masas, hoy luce como un torpe impulso demagógico para evitar que el apoyo a la dirigencia colapsara por no haber podido frenar al chavismo. Igualmente, el apoyo colapsó y no se recuperó del todo hasta enero de 2019.

Mucho me temo que se repita el ciclo. El entusiasmo por el ascenso de Guaidó ha decaído bastante y esta nueva consulta pudiera ser un mero intento de buscar el respaldo perdido.

Si el plebiscito no va a acompañado de una estrategia convincente, auguro que la participación será exigua, lo que profundizará la crisis del liderazgo. Si va acompañado de un espejismo de estrategia, pasará lo mismo que en 2017. Por eso, repito, espero que haya una preparación estratégica que no estamos viendo, y que la consulta, aunque innecesaria, sea solo el retrato numérico del entusiasmo generado por la estrategia. A falta de otros líderes, no nos conviene que los que tenemos sigan estancados, trátese de María Corina Machado, Henrique Capriles o Juan Guaidó.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Es muy tarde para un “Walesa Radonski”, por Alejandro Armas

@AAAD25

Tengo una amiga en Caracas que solía ser una contertulia frecuente en temas políticos. En nuestros días de estudiantes, solíamos reunirnos en la feria de la UCAB para leer noticias y artículos de opinión, vinculados con dichos asuntos, en las páginas de El Nacional, para luego intercambiar impresiones.

La última vez que hablé con ella, hace unos días, me sorprendió con esta sentencia: “Cero política es mi política”. No quiere discutirlo. Aunque al principio quedé estupefacto, y a pesar de mi desencanto hacia quienes dicen no interesarse en política en lo más mínimo, pronto me di cuenta de que no podía culparla.

No cuando la causa democrática venezolana acumula meses de estancamiento. No cuando estamos volviendo en muchos aspectos a 2018, el peor año para la oposición venezolana, cuando tres bloques se hacían la guerra entre ellos, compitiendo por el favor de los ciudadanos, mientras el chavismo seguía aferrado al poder.

Hoy está pasando algo muy parecido. Se acabó el consenso que giraba en torno a Juan Guaidó y la disidencia ha quedado trisecada debido a diferencias estratégicas irreconciliables. Ninguno de los tres sectores resultantes corresponde a la oposición prêt-à-porter (Henri Falcón y compañía), la cual, por razones que ya he expuesto, no considero oposición real.

Un bloque está, al menos nominalmente, encabezado por Guaidó. Un segundo bloque gira en torno a la figura de María Corina Machado. Por último, hay un sector emergente cuyo rostro más visible es Henrique Capriles Radonski. Tanto Machado como Capriles, partiendo de críticas razonables a Guaidó como la falta de resultados, han hecho propuestas alternativas, que sin embargo no lucen más viables.

La líder de Vente Venezuela se inclina por una intervención directa en territorio venezolano de fuerzas internacionales, que ningún gobierno se muestra dispuesto a llevar a cabo. El exgobernador de Miranda, en cambio, le está apostando a la lucha electoral y se ha comprometido a buscar condiciones comiciales decentes de cara al proceso convocado por el chavismo para diciembre, en el cual Capriles instó a participar como primera prueba. Es en este planteamiento que me voy a detener para explicar por qué a mi juicio no es factible.

Capriles, en una exposición de los motivos de su decisión, señaló que hay abundantes ejemplos de transiciones democráticas desencadenadas por eventos electorales. Específicamente se refirió a la Polonia comunista como un modelo que los venezolanos deberían seguir. Pero tal invocación de Clío más bien nos trajo a un farsante haciéndose pasar por la musa de la historia.

Es decir, tal como lo presentó Capriles, el caso polaco no se puede comparar con lo que él tiene en mente para las próximas semanas. Asumiendo que ello se debe a ignorancia, y no a un intento deliberado de manipular el pasado, es decepcionante que quien aspira a sacar a un país del autoritarismo no esté familiarizado con los detalles de un ejemplo tan emblemático. Más aun teniendo en cuenta que hablamos de un hombre con raíces familiares polacas.

Hay varios factores de contexto histórico que hacen inverosímil que Venezuela pueda replicar a Polonia, al menos en los términos de Capriles.

Para empezar, a finales de los años ochenta, la Unión Soviética, garante del orden autoritario en Europa Oriental mediante su hegemonía militar, estaba bajo la conducción de un líder reformista, mucho más tolerante hacia la crítica y abierto a la soberanía de los satélites moscovitas que sus predecesores. Es decir, Mijaíl Gorbachov no estaba dispuesto a mandar tanques a socorrer a sus camaradas polacos, alemanes, búlgaros, etc., en caso de un alzamiento de las masas oprimidas, como sí ocurrió en Budapest en 1956 y en Praga en 1968. Ah, y de paso la URSS se estaba cayendo a pedazos. En Venezuela, la garante del statu quo es la propia elite política y militar chavista, hoy perjudicada por sanciones internacionales, pero no desplomándose, y ciertamente bien lejos del reformismo de Gorbachov. Como indiqué en una edición previa de esta columna, en Venezuela no hay glasnost.

Ahora bien, el debilitamiento del aparato represor comunista en Europa del Este nos lleva un elemento diferenciador incluso más determinante: la movilización masiva. En abril de 1988 estalló una serie de huelgas y manifestaciones masivas en las calles de Polonia, de la mano del movimiento opositor clandestino Solidaridad y su líder, el legendario Lech Walesa. Las protestas se extendieron a lo largo del verano y llegaron a aterrar a la dictadura comunista.

Como resultado, el gobierno se vio obligado a reconocer a Solidaridad como actor político legítimo y a entablar negociaciones de reforma política. En abril de 1989, régimen y oposición suscribieron los llamados Acuerdos de la Mesa Redonda. Dos meses más tarde, como parte del pacto, Polonia celebró elecciones parlamentarias no completamente democráticas, pero que fueron una victoria aplastante de Solidaridad.

A diferencia de Venezuela en 2015, los comunistas reconocieron de facto el triunfo opositor, lo cual significó que Solidaridad pudo ejercer el poder obtenido mediante el voto.

De la legislatura emergió un gobierno con uno de los dirigentes de Solidaridad, Tadeusz Mazowiecki, como primer ministro. Arrancó así una transición pacífica a la democracia, en la que, uno por uno, desaparecieron los engranajes del aparato autoritario. Si bien el último líder comunista, el general Wojcech Jaruzelski, quedó como Presidente de Polonia, su poder se esfumó, y tras las elecciones presidenciales de 1990, Lech Walesa lo sucedió.

Vean la cronología y podrán apreciar que hubo un año entre el estallido de protestas y la firma de acuerdos que desembocaron en la transición. Realmente, las manifestaciones duraron hasta septiembre de 1988. Pero aun así hablamos de cinco meses de calle, más otros cinco meses de preparación para el diálogo, dos de negociaciones y otros dos de preparación para las elecciones. Capriles pretende compactar todo eso en apenas tres meses. Plantea el desafío, extremadamente cuesta arriba, de transformar a una ciudadanía frustrada y aterrada en una fuerza movilizada tan imponente que sacuda al régimen chavista y lo obligue revertir buena parte de los vicios del sistema electoral que controla. Toda esa odisea, repito, en solo tres meses. ¡Y se dio el lujo de decir en su exposición de motivos que “ya habrá tiempo para detalles”!

El tiempo, el tiempo. He ahí el gran problema de Capriles. Tiene a Cronos en contra.

Si aspira a repetir la hazaña de Walesa con estos comicios, si así se les puede llamar, debió haber comenzado su “lucha por condiciones electorales” hace mucho.

Las calles ya tendrían que estar repletas. ¿Es creíble que en 90 días lo logre? Consideremos que de paso estamos en medio de una epidemia de covid-19, lo cual limita severamente la posibilidad de convocar el tipo de manifestaciones masivas que aterraron a los sátrapas de Varsovia. Capriles sabe todo esto. Por eso la agencia Bloomberg reportó que sus conversaciones con el chavismo se estancaron en torno a su petición de posponer el voto, a lo que el régimen se opone.

Sé muy bien que la movilización interna es importante para alcanzar el cambio político. Pero no creo conveniente casar esa movilización con un proceso electoral que está a la vuelta de la esquina, con el chavismo todavía manejando los hilos del sistema y sin disposición visible de ceder el poder. Más bien la sociedad debería insistir en la exigencia de una transformación política real, que incluya elecciones justas. No tienen que ser perfectas. Eso sí que lo demostró Polonia. Pero sí deben tener condiciones mucho mejores que las que hay en Venezuela hoy.

Todo esto, a propósito, calza con el objetivo estratégico de Guaidó y su equipo. Así que convendría ver a los dirigentes opositores estudiando con urgencia cómo corregir las falencias que Machado y Capriles reprochan con acierto, en vez de perseguir quimeras políticas, cual Belerofonte de opereta cabalgando un imaginario Pegaso que en realidad ni a Rocinante llega.

Es muy frustrante ver lo que sucede en la oposición venezolana. Pero decidí hacer como los estoicos y no amargarme por estas crueles maquinaciones del logos, ajenas a mi control. Tampoco me siento bien imitando a mi querida amiga y enajenándome de toda la política venezolana. Lo que toca en insistir en lo que uno cree correcto. Tal vez no sea interesante, pero es lo único que da paz a mi conciencia. Los invito a hacer otro tanto.

 

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“Con Minsk elecciones no te metas”, por Alejandro Armas

“Henri Falcón no hizo nada luego de que Lucena, como operadora electoral del chavismo, proclamara a Maduro ganador por última vez. Falcón no siguió el ejemplo que Minsk dio”. Foto Derek Sewell en Pixabay / Comp. Runrunes.

@AAAD25

Es un patrón. Cada vez que el cabecilla de un régimen autoritario cae, cientos o quizá miles de venezolanos se preguntan “¿Por qué ellos y nosotros no?”. Reacción comprensible. Cuando se desea mucho algo que es difícil de conseguir, y se ve que súbitamente otro lo consiguió, naturalmente quien sigue con las manos vacías se pregunta qué hizo el beneficiado para lograrlo.

Lo que a menudo sigue a esta pregunta, en cambio, no suele ser tan razonable. Hablo de los intentos de responder la pregunta con explicaciones aventuradas que no solamente establecen comparaciones inapropiadas entre Venezuela y la nación donde acaba de ocurrir una sacudida política, sino que además, tal vez por la emoción del momento, dan por concluido un proceso foráneo que apenas empieza. Pasó con Sudán y con Zimbabue. Recuerdo a conciudadanos saludando a quienes depusieron a Robert Mugabe como “guerreros de la libertad”, ignorando evidentemente que se trataba de miembros de la misma elite autoritaria que Mugabe encabezó.

Ahora vemos lo mismo con Bielorrusia. Las protestas que han estremecido a la última dictadura de Europa son por supuesto impresionantes. Pero, asumiendo que se prolongarán, solo han comenzado y su éxito no está garantizado.

Ojalá lo logren. Me alegraría mucho ver al déspota Aleksandr Lukashenko tras las rejas o, en su defecto, desterrado. Pero el dictador se mantiene desafiante y la que ha pasado al exilio es Sviatlana Tsikhanouskaya, su contrincante en unos comicios presidenciales cuyo carácter fraudulento encendió las manifestaciones. Es imposible saber cuál será el desenlace del tumulto en el país de los “rusos blancos”.

A diferencia de los casos africanos referidos, fue un evento electoral el catalizador de las protestas. Ello ha llevado a los seguidores de la oposición prêt-à-porter del régimen (i.e. Falcón, Zambrano et. al.) a valerse de lo que sucede en Bielorrusia para reforzar su mantra: “siempre hay que votar, sin importar las condiciones”. Así pretenden justificar su participación en… Bueno, llamémoslo el proceso programado para diciembre, y cualquiera por venir con miras a simular democracia bajo la égida chavista. Estos sujetos sostienen que una elección, aunque viciada irremediablemente, puede ser el carburante que precipite un cambio de gobierno si la población enardecida por el fraude toma las calles y alza la voz. Adivinen. ¡Esto es totalmente cierto, en teoría! Pero además, dicen aquellos señores, los bielorrusos lo están demostrando de manera práctica y empírica, así que los venezolanos deben imitarlos. “¡Seguid el ejemplo que Minsk dio!”

No obstante, esta argumentación tiene varias fallas. Para empezar, he de repetir que no se sabe si las protestas en las riberas del Svislach cumplirán con su propósito. Pero asumamos por un momento que tenemos las facultades de la pitonisa délfica y, gracias a ellas, la certeza de que Lukashenko está perdido. En ese caso, lo correcto sería un riguroso ejercicio de política comparativa que establezca qué tienen en común, y qué no, las experiencias autoritarias venezolana y bielorrusa. No basta con asumir que si ellos llegaron a su meta por una ruta, nosotros podremos hacerlo exactamente igual. Ojalá el trazado de estrategias políticas fuera tan sencillo y universalmente aplicable.

Por último, y hablando de estrategias, si en Bielorrusia unos comicios grotescamente injustos precipitan una transición democrática, es porque la dirigencia opositora de ese país tenía un plan para lograr tal cosa. ¿Acaso la oposición prêt-à-porter criolla tiene su estrategia para hacer otro tanto? Nada lo indica. El precedente de las presidenciales de 2018 en tal sentido es muy, muy negativo. Henri Falcón no hizo prácticamente nada luego de que Tibisay Lucena proclamara a Nicolás Maduro ganador por última vez en su larga trayectoria como operadora electoral del chavismo. En otras palabras, Falcón no siguió el ejemplo que Minsk dio.

Dicho lo que hay que decir sobre el papel gris de la oposición prêt-à-porter, esta columna llegaría por hoy a su final de no ser por otra comparación, no menos infeliz, entre la nación eslava y la caribeña. Me refiero a esos venezolanos que ven la intensidad de las protestas en Bielorrusia y dicen cosas como “Es que esos sí tienen bolas. No son como este pueblo cobarde”. ¿Perdón? No seré yo quien ponga en duda el coraje de quienes se enfrentan a un engendro autoritario, vástago de la URSS por cuyas venas fluyen varias de las inmundicias tóxicas del vientre que lo parió.

Pero al momento de escribir estas líneas, los bielorrusos acumulan solo dos semanas en la calle. No hablemos de 2002, 2004, 2007 ni 2014. Limitémonos a 2017.

Fueron cuatro meses, señores. Todo ese lapso aguantando una represión indescriptiblemente salvaje y cruel. Más de un centenar y medio de muertos. Miles de heridos. Miles de detenidos. Eso no lo aguanta un “pueblo cobarde”.

Si en Bielorrusia se produce un quiebre de la elite gobernante a raíz de estas manifestaciones, no será debido a un temple del que los venezolanos carezcamos, sino a un nivel de putrefacción moral inferior entre quienes oprimen a la nación europea.

Los venezolanos no hemos podido recuperar nuestra democracia y tenemos que insistir. Pero intentos hemos hecho, que nos han llevado hasta los límites del deber cívico. Honremos el recuerdo del esfuerzo pasado. De eso saldrá el ánimo para el esfuerzo futuro.

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Cómo evaluar a Juan Vicente Gómez, por Alejandro Armas

Juan Vicente Gómez en 1928. Foto restaurada por Wilfredor en Wikimedia Commons, dominio público.

@AAAD25 

Cada 23 de enero inundan las redes sociales, como almas en pena. Son los admiradores de Marcos Pérez Jiménez, afligidos por el recuerdo de lo que, según ellos, fue el punto de partida de la decadencia venezolana. De un cáncer cuya primera etapa fue la hegemonía de AD y Copei, y la metástasis, el chavismo. Recuerdo que en algún momento del año pasado, atónito por semejante nivel de ignorancia reaccionaria, hice un comentario sarcástico en Twitter desdeñando a estos neoperezjimenistas como un puñado de “progres” e instando a celebrar al verdadero redentor de Venezuela: Juan Vicente Gómez.

Pues bien, tristemente aquella ironía mía se volvió realidad. Este último 24 de julio, a propósito de los 163 años del nacimiento del “Bagre”, descubrí una nueva cloaca digital poblada por confesos y orgullosos fanáticos suyos.

Al igual que sus hermanos neoperezjimenistas, a estos neogomecistas los distingue una aversión muy visceral a la democracia y los DD. HH., así como una intolerancia extrema a todo lo que sea de “izquierda” (y por “izquierda” entienden todo lo que no se cuadre con su conservadurismo rancio y patriotero). Están convencidos de que solo un mandatario autoritario, a quien no le tiemble el pulso para torturar y asesinar, será capaz de impedir que se apodere de Venezuela una izquierda destructora, bien sea moderada (adeca) o extrema (chavista).

Además, para justificar sus ansias filotiránicas, tienden a exaltar de manera exagerada (y no pocas veces mentirosa) los logros de Gómez y Pérez Jiménez. Con este último se enfocan en el cliché de las obras de infraestructura. En cuanto al Benemérito, el legado que nos presentan es algo más intangible y, por lo tanto, más difícil de evaluar. Vale la pena, no obstante, hacer el esfuerzo, de cara al surgimiento perturbador de una corriente de opinión que lo reivindica.

Quiero comenzar aclarando que, a diferencia de Pérez Jiménez y el mito palurdo creado en torno suyo, Gómez sí dejó una Venezuela considerablemente mejor que la que tomó. Fue de esos personajes que marcaron un antes y un después en la historia nacional. Después de todo, no es poca cosa poner fin a las guerras civiles que durante el siglo XIX frustraron cualquier estabilidad política y desarrollo económico para el largo plazo. Tampoco lo es construir un Estado moderno y pagar una deuda externa que al país por poco le costó antes su soberanía territorial.

Todo bien hasta ahora, pero… Aunque no me lo crean, mi objeción no se afincará en la brutalidad de Nereo Pacheco ni en las condiciones inhumanas de las mazmorras de La Rotunda y el Castillo San Felipe. Estos horrores fueron inexcusables, incluso para estándares de aquellos tiempos, pero la putrefacción moral de los neogomecistas sí les permite justificarlos y hasta aplaudirlos. Y como además son conocidos por todo aquel con un mínimo conocimiento de la historia venezolana, prefiero poner la lupa en otro lugar.

Gómez no actuó guiado por una aspiración ilustrada y altruista de ver a su país salir del atraso y la miseria.

Fue simplemente uno de tantos caudillos que vieron en el poder político una oportunidad de oro para el beneficio personal de ellos y sus allegados. Como Monagas, Zamora, Crespo y, por supuesto, su compadre Castro. Pero Gómez fue más astuto que sus predecesores y se dio cuenta de que la estabilidad de ese poder político y los privilegios asociados pasaban por una transformación verdadera en el ordenamiento de la nación, encarnado sobre todo en unas Fuerzas Armadas profesionales y relaciones positivas con las potencias del mundo (especialmente con Estados Unidos).

Así que la estructura que construyó Juan Vicente Gómez no era una casa del pueblo. Era su casa. En otras palabras, no era una república con autoridades despersonalizadas e imperio de la ley, sino un Estado monárquico, faraónico, donde la única ley era la voluntad privada del dueño. Basta con recordar que en 27 años de dictadura gomecista, Venezuela no tuvo una, ni dos, sino seis constituciones. Hay quienes sostienen que en realidad fue la misma ley suprema, reformada varias veces. Pero esta es una distinción baladí, ya que, como sea, los cambios obedecían a los caprichos y necesidades de Gómez. Por supuesto, el déspota se valió de este poder absoluto para enriquecerse, junto con su entorno cercano.

Este fue, a mi juicio, el mayor pecado del gomecismo. Señalarlo no es anacrónico. Soy el primero en desestimar la condena a figuras históricas por quienes los examinan con un lente moral contemporáneo (caso del grueso de los atacantes de estatuas). Pero eso no quiere decir que todo juicio de esa naturaleza sea anacrónico. Hay que empaparse de historia de las ideas para entender la mentalidad de las personas en tiempos del evaluado.

Si hacemos el examen con los principios del siglo XX descubriremos que las autocracias como la de Gómez ya eran cosa caduca. Las tesis republicanas circulaban desde el Siglo de las Luces y habían ganado bastante terreno. Esto era así no solo en el Occidente desarrollado. Hasta en Latinoamérica ya habían echado raíces. Prueba de ello es el hecho de que, para finales del siglo XIX, todos los Estados latinoamericanos se identificaban como repúblicas (otra cosa es que en la mayoría de ellos las elites políticas no practicaran lo que pregonaban).

No es cierto que un pasado lleno de guerras civiles obligara a imponer una dictadura férrea como garantía de paz y desarrollo, como sugiere el harto desmentido “cesarismo democrático”. Argentina lo demostró. Al igual que Venezuela, la vecina austral estuvo sumida en querellas intestinas entre caudillos luego de lograr la independencia. El último de esos caudillos fue Bartolomé Mitre. Pero tras consolidar su poder en el campo de batalla en 1861, Mitre no se volvió un Gómez rioplatense. De hecho, no suprimió la Constitución vigente, que había sido redactada ni más ni menos que bajo la protección de su rival, Justo José de Urquiza. Mitre fue presidente por seis años, como lo establecía la Carta Magna, y no volvió a gobernar más nunca, a pesar de que cuando dejó el poder le quedaban 38 años de vida por delante.

Fue así como Argentina salió de lo peor de sus guerras civiles no solo como un Estado moderno, sino como una república.

Ciertamente no una república democrática (el sufragio universal masculino no fue una realidad sino hasta 1916, mientras que el voto femenino no vio luz hasta 1947), pero república al fin. Hubo posteriormente otras guerras civiles menores, pero nada que interrumpiera el orden constitucional (así como Gómez tuvo que lidiar con revueltas que no lograron derrocarlo). Vuelvo a mencionar la fecha del triunfo de Mitre: 1861. Noten que todo esto ocurrió medio siglo antes de que Gómez comenzara su dictadura. ¿Es entonces anacrónico condenar su falta de visión republicana?

La Venezuela pacificada, por el contrario, tuvo que esperar a que Gómez muriera para dejar de ser un coto privado. Le tocó a Eleazar López Contreras despersonalizar el poder, convirtiéndonos así en una república moderna, preludio para la democracia por venir y que marcó la cumbre de nuestro desarrollo cívico y prosperidad socioeconómica. Tal faena debió requerir mucha gallardía del “Flaquito”,  teniendo en cuenta las intenciones conservadoras de Eustoquio Gómez y otros matones, deseosos de establecer una dinastía. Antes de ser consciente de esta realidad, veía en López Contreras a uno de los mandatarios venezolanos menos memorables. Ahora creo que fue uno de nuestros mejores presidentes.

Podrá parecer tonto preocuparse por un grupo de venezolanos reivindicando a nuestros dictadores más crueles y señalándolos como modelos que deberíamos seguir hoy, en nombre de ideas de extrema derecha, cuando estamos obligados a lidiar con un régimen autoritario de extrema izquierda.

Pero no me canso de repetir que es muy importante pensar desde ya el tipo de gobierno que queremos luego de que la pesadilla actual termine.

Yo al menos me opondré rotundamente a un imitador de Gómez o de Pérez Jiménez. Así que preguntémonos: ¿qué peso tienen estas corrientes residuales de pensamiento en la opinión pública? Me aventuro a decir que poco, pero quizá no tan poco como me gustaría.

Recientemente tuve la oportunidad de leer la tesis de grado de Daniela Torres para optar a la licenciatura en Estudios Liberales por la Universidad Metropolitana (2020), a propósito del surgimiento de tendencias de la nueva extrema derecha en Venezuela, a las que la autora se refiere como “derecha no tradicional”. Entre los rasgos que definen a esta ideología, menciona la aversión al pluralismo (p. 15). Ello explica la admiración por dictadores que suprimen la competencia democrática entre ideologías opuestas.

Esta investigación se enfoca en el movimiento venezolano ultraconservador Rumbo Libertad. Torres señala que la recepción de su activismo en redes sociales pudiera sugerir que “las ideas publicadas con una ideología de derecha no tradicional generan en las personas interés de conocer más sobre su contenido” (p. 57). Rumbo Libertad tiene por ejemplo muchos más seguidores en Twitter (88.337 al momento de escribir estas líneas) que partidos que han conseguido cargos de elección popular en años recientes, como La Causa R (17.885) o Avanzada Progresista (16.437).

No es un movimiento explícitamente neogomecista o neoperezjimenista. Más bien pareciera que ha hallado en dos extranjeros (Donald Trump y, sobre todo, Jair Bolsonaro) sus principales referentes.

Sin embargo, a todos los podemos considerar parte del ecosistema de “derecha no tradicional” descrito por Torres. De hecho, me consta que al menos uno de los activistas más prominentes de Rumbo Libertad ha usado su cuenta personal de Twitter para difundir mensajes que reivindican a Gómez y Pérez Jiménez.

Creo por todo lo anterior que este no es un problema que debamos pasar por alto. Es necesario exponer los desatinos autoritarios de estos grupos, cosa que solo se puede hacer efectivamente con argumentos veraces. Ello incluye desarmar sus cultos a dictadores. Si denunciamos a los aduladores de Castro y Pol Pot, no veo por qué los que hacen otro tanto con Gómez y Pérez Jiménez merezcan un trato más indulgente. No se los demos.

 

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El imitador de Nixon, por Alejandro Armas

@AAAD25 

Amigos, ¡hablemos de elecciones! No, no de lo que el “nuevo” Consejo Nacional Electoral convocó para el 6 de diciembre, llámenlo como lo quieran llamar. Me refiero a comicios auténticos, propios de una república democrática donde el gobierno no escoge a sus adversarios ni el sufragio es vigilado mediante un carnet. Conversemos, pues, sobre las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Como van las cosas, los venezolanos acaso se interesen más por ese proceso que por lo que sea que salga de la simulación de democracia pactada por el régimen chavista y su oposición prêt-à-porter.

No solo porque a fin de cuentas los norteamericanos volverán a su cita cuatrienal para seleccionar al líder de la nación más poderosa del orbe y responsable de decisiones de impacto global, sino porque también elegirán quién encabezará el más influyente e importante aliado de la causa democrática criolla.

Así que, ¿cómo marcha todo en el “imperio” de cara a las elecciones presidenciales? Bueno, pareciera que la epidemia de coronavirus, así como las protestas contra la brutalidad policial y el racismo a raíz del asesinato del ciudadano George Floyd, han hecho que los comicios pasen a un segundo o tercer plano. Pero inevitablemente todo se conecta. Ello es lo que explica por qué la posición de Donald Trump en los sondeos de intención de voto atraviesa su peor momento desde que arrancó la contienda. La mayoría pone al mandatario más o menos diez puntos porcentuales por debajo de su contrincante demócrata, el exvicepresidente Joe Biden, a nivel nacional, y en aprietos en varios de los estados que muy probablemente decidirán la elección.

A Trump le iba mucho mejor hace unos meses. Pero como dije, el coronavirus y las manifestaciones afectaron la evaluación de su desempeño por los votantes.

La forma en que Estados Unidos ha manejado la epidemia ha sido incuestionablemente deficiente, lo cual es atribuido por muchos al hecho de que la Casa Blanca subestimó el flagelo, en primer lugar, y a alentara lo que expertos en sanidad pública consideran que fue un retiro apresurado de las medidas de cuarentena. Como resultado, mientras que en Europa las cifras de contagio han ido cayendo poco a poco, en EE. UU. se mantienen en niveles récord. Van más de 2,5 millones de casos confirmados y alrededor de 120.000 muertos. Ambas cifras son las más elevadas del mundo. Más estadounidenses han muerto por el virus que en las guerras de Corea, Vietnam, el Golfo, Afganistán e Irak, combinadas.

Las encuestas indican que la gran mayoría de los estadounidenses desaprueba cómo Trump ha lidiado con el coronavirus. Y lo mismo sucede con las protestas. Es en ellas que me quiero detener, para apreciar dos hipótesis sobre su impacto electoral. De acuerdo con una, arrojada cuando la efervescencia callejera estuvo en su apogeo hace algunas semanas, en realidad las manifestaciones le convendrían a Trump. Para entender esta hipótesis, valga el siguiente preámbulo. El populismo de Trump explota las inquietudes de un gran sector demográfico. A saber, los blancos conservadores. Entre dichas inquietudes resalta la sensación de haber caído en el olvido por una elite política obsesionada con atender las necesidades de otros colectivos. Otra es aquello a lo que Bauman se refiere como la aversión a los “babosos extraños”. Es decir, a las minorías étnica o culturalmente diferentes.

Los blancos conservadores que integran el grueso de la base de Trump, y que habitan sobre todo los suburbios y zonas rurales, pudieron haber quedado conmocionados viendo en sus televisores y celulares los videos de disturbios y saqueos en los que degeneraron varias de las protestas, todo ello en grandes ciudades que, en cambio, están repletas de minorías étnicas. Así que, de acuerdo con la hipótesis aludida, el temor a que un caos asociado con los reclamos de las minorías se apodere del país entero movilizaría decididamente a suficientes blancos conservadores para que Trump repita su éxito de 2016. El propio Trump acarició esta idea y no en balde enfocó su mensaje en los componentes violentos de las protestas, comprometiéndose a hacer lo que fuera con tal restaurar la normalidad. Incluso a tomar medidas desproporcionadamente represivas. Todo esto sintetizado una consigna común en la política estadounidense (sobre todo en la derecha): “ley y orden”.

Tanto los seguidores del presidente como algunos de sus detractores se adhirieron a esta hipótesis, los unos con entusiasmo, los otros con alarma. Para respaldar su argumento, trazaron un paralelismo con la victoria electoral de Richard Nixon en 1968. Ah, la legendaria década de los 60, tal vez la más importante de todo el siglo XX en términos culturales. Comenzó irónicamente con la derrota de Nixon ante John F. Kennedy. Su primera mitad estuvo marcada en Estados Unidos por la cúspide del movimiento por los derechos civiles y la legislación que puso fin al racismo legalmente sancionado. Este fue el período de mayor activismo pacífico de la mano de figuras como Martin Luther King (un ambiente retratado recientemente en Selma, la película de Ava DuVernay).

En cambio, algo que marcó la segunda mitad de la década fue una sucesión de tumultos raciales desatados por razones similares a las del asesinato de Floyd más de medio siglo después. La lista es larga: Los Ángeles en 1965, Detroit en 1967 y un gran número de ciudades en 1968 simultáneamente, como resultado de las balas que ultimaron a King.

Bien conocida es la apelación de Nixon en la campaña de este último año, igualmente con el mensaje de ley y orden, a la “mayoría silenciosa”: un bloque de ciudadanos conservadores ajenos a las protestas contra el racismo y la Guerra de Vietnam, y que, a diferencia de quienes participaban en ellas, no llamaban la atención, precisamente por su pasividad. Pero estaban ahí, latentes y alarmados por la situación de su país.

Varios estudios han concluido que cuando las protestas fueron principalmente pacíficas durante la primera mitad de los 60, ello estuvo correlacionado con un aumento en el apoyo al Partido Demócrata, que hizo suya la bandera de los derechos civiles. Quizá la correlación ayudó a Lyndon Johnson a ser electo en 1964. Por el contrario, la violencia de los disturbios que abundaron en la segunda mitad de la década inclinó la balanza hacia los republicanos. Ergo, Nixon resucitó como un fénix luego de que su carrera política pareciera acabada.

Así pues, Trump estaría buscando emular a Nixon, lo cual nos lleva a la segunda hipótesis, que niega que la imitación está condenada al fracaso.

La primera persona que me puso a pensar al respecto fue Jamelle Bouie, un periodista con el que suelo disentir por sus coqueteos con el populismo de izquierda. Pero su artículo de opinión en The New York Times sobre este asunto particular me resultó muy impactante. Bouie sostiene que Trump no puede hacer de Nixon por dos razones. La primera es tan obvia que no sé cómo tantos, yo incluido, la pasamos por alto. A diferencia de Nixon, Trump es el presidente en ejercicio. Si el país arde, le será mucho más difícil convencer a sus seguidores que todo es culpa de otros. Incluso si ellos lo creyeran así, le pueden achacar no cumplir con su promesa de ley y orden. Sería entonces Joe Biden quien pudiera señalar a Trump por incompetencia y, con su larga trayectoria política, presentarse como una alternativa atractiva al jefe de Estado outsider.

La segunda razón es que el perfil demográfico de Estados Unidos ha cambiado mucho en 50 años. En 1970, 87,5 % de la población norteamericana era blanca. En 2010 (año del último censo), esa proporción fue 72,4 %. Además, la población blanca con opiniones negativas sobre las minorías se ha reducido considerablemente.

La segunda hipótesis es la que en este momento luce más fuerte. Sin embargo, hay que recordar que las encuestas pueden equivocarse. Mucho. Se equivocaron con el propio Trump en 2016. Aparte, faltan cuatro meses para las elecciones y la suerte del presidente pudiera cambiar. Quizá la economía, noqueada por el coronavirus, se levanta más rápido de lo imaginado, por ejemplo. En fin, veremos. Yo al menos estaré más pendiente de ver cómo están los ánimos en Ohio y Wisconsin que de un acto de campaña de candidatos de Avanzada Progresista o del MAS. Y no por desinterés en mi país, sino por ser consciente de que lo que ocurra el 6 de diciembre no alterará de ninguna manera la cruel hegemonía chavista.

 

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¡Exprópiese, che!, por Alejandro Armas

Mausoleo en el Cementerio de la Recoleta, Buenos Aires, Argentina. Foto Herbert Brant en Pixabay.

@AAAD25 

Muy a pesar del inmenso cariño que le tengo a la patria de Sábato y Cerati, creo que no es exagerado afirmar que pocos países latinoamericanos han tenido una historia económica tan llena de frustraciones como Argentina. Ni los propios argentinos lo negarían, como se deduce del pesimismo detectado por Martín Caparrós en una crónica reciente sobre la vida en Buenos Aires.

Otrora considerada el granero del mundo y una promesa de desarrollo que rivalizaría con Estados Unidos, Argentina nunca ha vuelto a alcanzar las cumbres de crecimiento relativo (i.e. comparado con el resto del mundo) que ascendió antes de la Gran Depresión de los años 30.  Por supuesto que en casi un siglo le han sobrado oportunidades, pero por diversas razones fueron desperdiciadas.

Una de las más resaltantes es el populismo peronista, que se niega a morir y sigue haciendo estragos con políticas económicas desastrosas (aunque, en honor a la verdad, alternativas como las de Mauricio Macri no lo han hecho mucho mejor).

Casi cincuenta años tras la muerte de Perón, el populismo sigue volviendo al sur, como en el tango de Astor Piazzolla y Pino Solano, seduciendo a las masas y ocupando la Casa Rosada.

De su último regreso se está cumpliendo un semestre, con Alberto Fernández como líder, al menos en teoría. Digo “en teoría” porque el grado de influencia de su vicepresidente, la inmensamente más carismática Cristina Fernández, sigue siendo motivo de franca preocupación. El nuevo mandatario ciertamente ha tenido algunos gestos que lo distancian de los niveles arrolladores de populismo del matrimonio Kirchner. Solo haber interactuado cortésmente con el saliente Mauricio Macri durante la transición fue uno que no se puede pasar por alto (recordemos que CFK ni siquiera se dignó a presentarse en el acto de toma de posesión de Macri).

Empero, también hay señales de consternación. La más reciente fue el anuncio de la estatización del Grupo Vicentín, una de las mayores empresas dedicadas a la industria agroalimentaria en Argentina, que es a su vez uno de los mayores sectores económicos del país austral. No se trata, por tanto, de la toma de un quiosco de periódicos. Esta es una las decisiones más relevantes en materia económica tomadas por el gobierno de Fernández, y pudiera ser ilustrativa sobre lo que vendrá más adelante.

Cuando a los venezolanos nos hablan de estatizaciones, rápidamente pensamos en aquel momento infame cuando Hugo Chávez, en pleno despliegue de sus groseros instintos autoritarios, ordenó la expropiación de varios comercios, incluyendo las joyerías del emblemático edificio La Francia, en el centro de Caracas como si estuviera eligiendo dulces en una tienda de caramelos. No hay que abusar de los símiles ni asumir que la ocupación pública de Vicentín se está dando exactamente en las mismas circunstancias y que Fernández ahora es un Chávez rioplatense. Después de todo, Vicentín es un peso pesado en un ramo vital para la economía argentina, cuya quiebra por deudas millonarias podía tener un impacto negativo severo. Pero eso no quiere decir que una estatización era la respuesta adecuada.

El Estado puede manejar varios proyectos alimenticios y administrar distribuidores de alimentos para los más necesitados en caso de que estos se queden por fuera del mercado. Pero no debería reemplazar al sector privado como proveedor de comida en general. Cuando lo intenta, el resultado suele ser desastroso. Los venezolanos lo sabemos muy bien. Está el referido incidente de los “¡Expropiése!”, en el cual el propio acto fue más visible que las consecuencias. Pero hay más casos. Muchos más.

Chávez dio rienda suelta a sus impulsos de estatización a partir de 2007, demostrando así que su compromiso de respetar la propiedad privada, asumido en su primera candidatura, no fue más que una argucia para disimular su cercanía a la extrema izquierda. Sidor, Cantv, la Electricidad de Caracas, Cadafe y un largo etcétera. Hoy, las sucesoras todas esas empresas están en situación calamitosa, devastadas por la rapiña y la ineptitud.

Pero tal vez lo más grave es que Chávez decidiera meterse con la producción y distribución de alimentos. Varias empresas privadas del ramo fueron asimismo sumergidas por un tsunami rojo, más destructor que el que asoló las costas de Sumatra en 2004.

Lácteos Los Andes y la productora de aceite Industrias Diana fueron estatizadas en 2008. Un año después corrió la misma suerte la cafetalera Fama de América. Pues bien, según un informe de la organización no gubernamental Transparencia Venezuela, entre 2009 y 2015 Fama de América pasó de producir 18.600 toneladas de café a apenas 2.500. Igualmente, desde su estatización y hasta 2015, la producción de Diana se desplomó 55,48%. En cuanto a Lácteos Los Andes, Transparencia Venezuela registró que la productividad pasó de 92,8 toneladas por trabajador en 2010 a solo 38,5 toneladas un lustro más tarde. Combínelo todo y sabrá por qué se ha vuelto mucho más difícil para los venezolanos saborear un desayuno de empanadas y café marrón, lo cual es apenas una manifestación del hambre en la que millones de venezolanos cayeron en la segunda mitad de esta década.

Ah, y espero que no se hayan olvidado de Agroisleña, la legendaria proveedora de insumos agrícolas. En 2010, Chávez también le aplicó el “¡Exprópiese!”. De paso, como parte de su afán por cambiarle el nombre a todo e imponer una neolengua plagada de un nacionalismo excesivo y cursi, la rebautizó como “Agropatria”. En manos privadas, pudo satisfacer casi 80% de la demanda de químicos para el campo, según una nota del portal El Estímulo fechada en 2016. Un año antes, solo satisfizo 22 % de su meta de producción, lo cual contrajo 10 % la zafra criolla. Alrededor de 46.000 de las 207.000 toneladas prometidas.

Y así volvemos a Argentina y al caso Vicentín. Como ya dije, no hay que abusar de la comparación, pero si estuviera conversando con un porteño o un cordobés, lo exhortaría modestamente, junto con sus compatriotas, a mantenerse en guardia. En entrevista para el diario El País de Madrid, el ministro a cargo de la expropiación sentenció que se trata de un caso “excepcional” y que en el gobierno de Fernández “no consideran positivo que el Estado controle muchas empresas”.  Pero, como ya vimos, esos compromisos no siempre son honrados.

Preocupa que, al momento de anunciar la estatización, Fernández invocara como argumento la “soberanía alimentaria”. Precisamente la expresión predilecta del chavismo para designar sus desastrosas políticas alimenticias. El presidente se olió que por esto lo compararían con los amigos caribeños de CFK, por lo que salió al paso en pleno discurso para desestimar tales alegorías. Pero si Fernández no quiere que lo comparen con el chavismo, debería abstenerse de hablar como un chavista… Sobre todo con los gritos de “¡Exprópiese!”.

 

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La teoría de la dependencia, hecha realidad, por Alejandro Armas

@AAAD25

Todas las formas de humor tienen manifestaciones banales y “serias”. Esto último no es un oxímoron. El humor “serio” es aquel que mueve a risa y al mismo tiempo invita a reflexionar sobre un asunto de interés público, por lo general de manera crítica. Los memes no son la excepción. Por estos días se ha vuelto especialmente popular un meme que satiriza las fallas o vicios de alguna identidad (nacional, profesional, ideológica, etc.), al contrastarlos con las fortalezas y virtudes de las que esa identidad gozó en el pasado. No sé si alguien ya lo hizo, pero me parece pertinente dedicar dicho meme a los militantes de la extrema izquierda contemporánea, aquellos que salivan por regímenes políticos muy ajenos a sus principios filosóficos, como la Rusia de Putin o el Irán de los ayatolas. Recordemos que este último es una teocracia basada en el fundamentalismo islámico chiita. En otras palabras, es un gobierno de sacerdotes. Mientras que Marx y sus adeptos en el siglo XIX criticaban visceralmente toda religión, sus herederos en el siglo XXI no tienen reparos en alabar la dictadura de Teherán, que por cierto ha perseguido y asesinado a miles de socialistas iraníes.

En Venezuela, el régimen chavista ha llevado este elogio a los niveles escandalosos que tanto lo caracterizan. El pabellón iraní fue izado en el 23 de Enero, el bastión de los mal llamados “colectivos”. También apareció de pronto en los perfiles de redes sociales dedicados sistemáticamente a la propaganda chavista, junto con loas al Estado que la bandera representa. El himno nacional de la república islámica sonó en Venezolana de Televisión. Por supuesto, detrás de tanta cursilería sobre la “unión solidaria de los pueblos” hay algo en esencia material: la llegada de tanqueros remitidos desde el Golfo Pérsico hasta el litoral de Carabobo y la Península de Paraguaná, llenos de gasolina.

Al chavismo le urgía una narrativa propagandística para, por enésima vez, explicar lo inexplicable ante sus seguidores. Irán fue al “rescate” de una Venezuela que tiene las mayores reservas de petróleo del planeta pero que se ha quedado sin combustible. Recientemente esta columna se dedicó a repasar las causas de semejante absurdo, que en resumen consisten en una ineptitud y una rapacidad insondables en el manejo de la industria petrolera durante los últimos 21 años, con el resultado de unas refinerías devastadas e incapaces de cumplir con sus funciones. La elite chavista sabe muy bien que el hecho de que un país históricamente exportador de petróleo como Venezuela dependa de importaciones para que la gente pueda llenar los tanques de sus carros es una humillación grotesca. No le importa. De todas formas lo celebró con toda pompa. No en un mensaje dirigido solamente a los fanáticos que le aplauden todo, sino también a la enorme mayoría de venezolanos hastiada de tanta afrenta. “Sí, mandamos a la porra todo lo que alguna vez causó satisfacción patria y le rendimos pleitesía a unos impresentables con tal de que nos den lo que necesitamos para (mínimamente) arreglar este desastre. ¿Y qué? Ustedes no pueden hacer nada al respecto”. El objetivo es la quiebra moral de quienes se niegan a vivir para siempre en estas condiciones.

Lo que el chavismo por supuesto no dice es que, por mucha “unión solidaria de los pueblos” que haya (cosa que podemos traducir de su neolengua al castellano como “alianza de odio a la democracia republicana”), en realidad la ayuda tiene un precio. A finales de abril, la agencia Reuters reportó que el régimen chavista ha estado sacando oro de las bóvedas del Banco Central de Venezuela para usarlas como pago para la reparación de las refinerías. Al poco tiempo, Bloomberg informó que a Irán fueron entregadas nueve toneladas de metal precioso, valoradas en 500 millones de dólares, como pago por este servicio de refacción.

Un buen y sagaz amigo, Paulo Sosa, acertadamente comentó por estos días que, pese a tantas apelaciones a la teoría de la dependencia, el chavismo terminó reduciendo a  Venezuela a una situación en la que los vicios criticados por esta teoría se manifiestan al extremo. Los progenitores ideológicos del chavismo son principalmente individuos que fueron jóvenes en los años 60 y 70 y que desde esa etapa temprana de su vida militaron en la extrema izquierda. Como tal, estuvieron bastante influenciados por las tesis que se popularizaron entonces en esa corriente de pensamiento. Por eso el discurso chavista es tan anacrónico. Nunca superó la Guerra Fría. Se limitó a tomar todo ese cóctel ñángara que ya para finales del siglo pasado era bastante caduco y a empaquetarlo en el populismo laclausiano y pretendidamente “bolivariano” de Chávez.

En el estudio de las relaciones internacionales, el paradigma que cobró especial relevancia entre los intelectuales de izquierda en los 60 y los 70 fue la teoría de la dependencia. Enunciada por Immanuel Wallestein, entre otros, esta teoría estuvo a su vez influenciada por la ortodoxia marxista-leninista y, sobre todo, por los planteamientos de Lenin sobre el imperialismo como “fase superior del capitalismo”. En resumen, sostiene que el mundo se puede dividir entre un “núcleo” y una “periferia”. El núcleo está conformado por países ricos y desarrollados, en los que el capitalismo industrial alcanzó su apogeo, mientras que la periferia la integran las naciones pobres y subdesarrolladas. El núcleo domina política, económica y culturalmente a la periferia, la explota y se opone tajantemente a su desarrollo, porque ello acabaría con la relación desigual. De hecho, el núcleo debe buena parte de su prosperidad, si no es que toda ella, a la explotación parasitaria de la periferia. Las naciones ricas se aprovechan de su superioridad económica y militar para imponer a las pobres unas reglas del juego internacional en las que estas últimas siempre salen perdiendo. Resguardadas por ese poder castrense, las empresas privadas del núcleo se instalan en la periferia y extraen sus recursos naturales, que luego envían a sus respectivos países para procesarlos industrialmente. Luego otras empresas del núcleo exportan los bienes terminados a la periferia. Todo ello con la colaboración de oligarcas locales, únicos beneficiarios periféricos del sistema. El ciclo se perpetúa ad infinitum.

Entre México y la Patagonia, la teoría de la dependencia se volvió enormemente popular entre los militantes de izquierda gracias a la publicación, en 1971, de Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano. Un libraco insoportable que hasta su autor lo desechó en una etapa más madura de su vida. Sin embargo, es una obra esencial para entender el bagaje ideológico del chavismo, puesto que una parte sustancial de su discurso es un calco de ella. Así, la Venezuela anterior al chavismo es descrita como una “colonia” de Estados Unidos, condenada por el imperialismo al subdesarrollo (muy a pesar de que los gobiernos democráticos inicialmente se plegaron a una política de industrialización por sustitución de importaciones que más bien limitó el acceso de productos foráneos al mercado venezolano, con consecuencias, a propósito, no siempre positivas para el consumidor). La revolución llegó para dar al traste con la dependencia y hacer realidad todo el potencial económico venezolano… O eso nos dijeron.

Venezuela nunca fue una potencia industrial. Pero hubo cosas que en las que, en democracia, fue plenamente autárquica, incluyendo la gasolina. Hoy no solo estamos importando lo que nunca produjimos, sino aquello de lo que alguna vez estuvimos repletos. Nunca antes dependimos tanto de las importaciones de bienes terminados como ahora. Estamos exportando oro por montón e importando gasolina. Me pregunto qué pensarían Wallerstein y Galeano si estuvieran vivos y vieran lo que unos devotos de su obra hicieron con un país en el Caribe del que se apoderaron. Y a usted, amigo que lee estas líneas, si tiene que hacer pronto otra cola para surtir, le recomiendo que se busque un libro para entretenerse mientras espera en su automóvil. De preferencia, uno que no sea Las venas abiertas de América Latina.

 

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El ciclo del pensamiento económico, por Alejandro Armas

@AAAD25 

Debo confesar que, cuando la pandemia de covid-19 estuvo en buena medida confinada a las riberas del Yangtzé, con unos pocos casos en Bérgamo y Seattle, estuve entre los muchos que reaccionaron con escepticismo ante los primeros vaticinios de que el virus transformaría el mundo. Fui un troyano incrédulo más, de cara a las visiones de Casandra. Como mucho, pensé entonces, aumentaríamos considerablemente nuestro consumo de jabón de manos. Vaya lección de humildad que los dioses olímpicos nos tenían preparada a los mortales, por seguir con la analogía helénica. Llevo dos meses sin casi aventurarme más allá del umbral de uno de esos infamemente compactos apartamentos neoyorquinos. Junto con millones de personas igualmente bajo una suerte de arresto domiciliario, aprovecho el confinamiento para meditar sobre el porvenir de todas aquellas actividades que se ven comprometidas por el esfuerzo para contener el coronavirus. Hay gente que pudiera desistir de los viajes en avión que no obedezcan a asuntos de vida o muerte. Otros que siempre han ido al trabajo en tren o autobús, quizá preferirán una bicicleta. Habrá incluso quien no le vea sentido a ir del todo a una oficina, tras descubrir que la tecnología contemporánea le permite desempeñar todas sus funciones laborales desde el hogar.

Sí, el mundo muy probablemente cambiará de forma drástica. Ese cambio no será en ningún ámbito tan marcado como en la economía. Ya lo estamos viendo. El planeta se está hundiendo en la peor crisis económica global desde la Gran Depresión que finiquitó el primer tercio del siglo pasado. En casi todos los países, el aparato productivo se encuentra paralizado o moviéndose a algo que no llega ni a media marcha. Las empresas, grandes y pequeñas, han visto sus fuentes de ingreso esfumarse de la noche a la mañana, mientras que sus costos operativos básicos (sueldos, alquileres, etc.) no han ido a ninguna parte. Todas han suplicado a sus respectivos Estados que les briden ayuda con urgencia, para no fenecer. Los parlamentos y los bancos centrales han asumido un papel protagónico en el esfuerzo por reducir cuanto sea posible el desmadre financiero.

El incremento súbito de la intervención del Estado en la economía a nivel global no ha sido interpretado de forma unánime. Socialdemócratas y populistas de izquierda, en primer lugar, gritaron “¡Te lo dije!” y plantearon que las consecuencias de la epidemia expusieron los vicios de un statu quo mezquino y negligente, que abandona a su suerte a los humildes cuando las flechas se tornan coloradas y apuntan hacia abajo. Ha pasado antes, pero no con esta magnitud de desempleo y empobrecimiento, recalcan. Por tanto, saludan el nuevo rol del Estado, pero advierten que debe ser el preludio para algo más permanente, en aras de una prosperidad más inclusiva en el largo plazo.

Por el contrario, los liberales ven con recelo y alarma la situación. Están convencidos de que el progreso material de las últimas décadas, que ha beneficiado a ricos y pobres, se debe al laissez-faire. Para ellos, que dicho beneficio se manifieste de forma desigual es irrelevante, puesto que de otra forma todos estarían peor. Así que la crisis económica generada por el covid-19 no es más que un pretexto de estatistas irresponsables para dar al traste con un sistema que debe ser preservado… Y al parecer están teniendo éxito. “¡Cuántos keynesianos por todas partes!”, escribió recientemente en Twitter Antonella Marty, una de las nuevas voces liberales más prominentes en América Latina.

Hay indicios de que, para bien o mara mal, guste o no, estamos ante el fin del segundo apogeo del liberalismo como paradigma económico predominante.

Digo “segundo”, porque esa filosofía ya ha pasado por un génesis, una cumbre y una caída. De hecho, si entramos a una nueva era de Estados del Bienestar amplios, sería confirmación de que la historia del pensamiento económico, al menos desde la Revolución Industrial, no avanza de manera lineal, sino cíclica. Es más similar a la cosmología hindú y mitológica escandinava, que al relato horizontal de las religiones abrahámicas. En este ciclo, el liberalismo y el estatismo moderado se rotan en la posición de paradigma hegemónico, pero sin abandonar nunca el modo de producción capitalista. Mismo sistema, con distintos grados de regulación. Ello echa por tierra la interpretación marxista y materialista del progreso lineal hegeliano en la historia de las ideas. El socialismo “científico” fracasó en su predicción del desplazamiento del capitalismo por el comunismo como sistema económico final. Todos los experimentos marxistas colapsaron (e.g. URSS), fueron clausurados discretamente (e.g. China y Vietnam) o se quedaron estancados en una etapa autoritaria que se suponía transitoria (e.g. Cuba). En cambio, el capitalismo se ha mantenido en pie aunque, repito, alternativamente bajo regímenes más o menos liberales o socialdemócratas.

En fin, en el referido ciclo, el paradigma dominante es aquel sobre el cual, en un momento dado, reposa el grueso de las políticas económicas de los gobiernos en los países desarrollados. Aquello que los franceses llaman pensée unique. Sus entusiastas, cuando llegan al poder, lo defienden con celo e intentan fortalecerlo, mientras que sus detractores, en igual posición, se limitan a criticarlo tímidamente y a dar pasos no muy grandes en la dirección contraria. Solo las crisis de gran magnitud, cuando el paradigma hegemónico se vuelve incapaz de explicar y, sobre todo, de resolver los problemas agobiantes, producen un cambio de paradigma.

Como dije, el origen del ciclo se produjo en el contexto de la Revolución Industrial, en la Europa de la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX. Correspondió a la etapa de la irrupción del capitalismo. A medida que las revoluciones burguesas suplantaron el antiguo régimen, las ideas liberales reemplazaron el mercantilismo de las monarquías absolutas. Esto es lo que ha pasado a ser conocido como liberalismo clásico, apuntalado por pensadores como Adam Smith, Thomas Malthus, David Ricardo y Jean-Baptiste Say. Gran Bretaña, no en balde la cuna de la Revolución Industrial y una de las primeras tumbas del absolutismo, fue la principal promotora de este sistema basado en el laissez faire. Pero a lo largo del siglo XIX se expandió hacia Francia y  buena parte de Europa. También fue acogido en la joven república norteamericana.

Con altibajos, este fue el paradigma predominante hasta principios del primer tercio del siglo XX. El desplome de Wall Street y la Gran Depresión lo hirieron gravemente. Las tesis de John Maynard Keynes revolucionaron entonces las políticas públicas. En Estados Unidos, el New Deal de Franklin D. Roosevelt estableció un Estado mucho más activo en las relaciones socioeconómicas, con impuestos elevados y políticas de ayuda social bastante generosas. En el Reino Unido, el triunfo de los laboristas en 1945 inauguró un Estado del Bienestar amplio. Asimismo, los países nórdicos poco a poco desarrollaron sus célebres Estados del Bienestar. La Conferencia de Bretton Woods estableció un orden  monetario internacional marcado por las tasas de cambio fijas. Este fue el apogeo del keynesianismo, con un estatismo moderado, muy afín a la socialdemocracia y alejado del liberalismo clásico, sin tender tampoco hacia el colectivismo marxista. Los intelectuales de centroizquierda recuerdan este período con especial afecto y lo ven como un modelo.

Por un tiempo, las economías regidas por este sistema marcharon viento en popa… Hasta que llegaron las crisis de los años 70. El paradigma keynesiano no supo cómo tratar la estanflación: crecimiento económico poco o nulo, inflación elevada y desempleo alarmante. Desde hacía tiempo, economistas liberales como Milton Friedman y Friedrich Hayek advertían que el sistema estaba condenado al fracaso, y este fenómeno al parecer les dio la razón. No sorprende entonces el triunfo político de figuras como Ronald Reagan y Margaret Thatcher, quienes, muy influidos por la nueva oleada de pensamiento liberal en las universidades, desmantelaron en distintos grados el Estado del Bienestar en sus respectivos países, redujeron los impuestos, acabaron con varias regulaciones económicas y debilitaran a los sindicatos, bastante fuertes durante la edad de oro del estatismo moderado. Otras naciones se encaminaron por la misma ruta. El liberalismo (desde entonces despectiva y tontamente llamado “neoliberalismo” por sus críticos en la izquierda) había vuelto, triunfante.

El paradigma liberal se ha mantenido vigente desde los años 80. Desde entonces, el mundo ha experimentado un crecimiento económico apabullante, aunque la desigualdad se ha agrandado drásticamente. La llamada “Gran Recesión” global de finales de la década de 2000 fue un golpe duro, pero no produjo el cambio drástico que algunos auguraron. Lo que estamos viviendo ahora es diferente. La crisis producida por el coronavirus a todas luces será mucho más dañina que la generada por la burbuja inmobiliaria estadounidense. El statu quo liberal está siendo sacudido como nunca antes desde 1929. Como vimos, las expectativas de un “Estado salvador” y muy activo en la economía vuelven a estar en boga. Aún está por verse si es algo pasajero o si, efectivamente, es otra vuelta del ciclo, en cuyo caso cabe esperar un papel estelar para economistas de la vieja guardia centroizquierdista como Joseph Stiglitz y Paul Krugman, así como de la nueva generación que integran Thomas Piketty, Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, entre otros.

Digo que “aún está por verse” porque el consenso liberal es un hueso duro de roer, y no será desplazado sin que sus defensores en los gobiernos den la batalla. Además, es posible que la crisis sanitaria y económica, en vez de catapultar a teóricos de centroizquierda, profundice el auge del nuevo populismo ultraconservador que tanto ha avanzado en Europa y Norteamérica y que, si bien coquetea con el estatismo apelando a un nacionalismo exacerbado, es bastante hostil a todo lo que huela a izquierda. Recordemos que la Gran Depresión no solo engendró el New Deal. También precipitó el ascenso del Tercer Reich. Como, son tiempos interesantes, que uno desearía estar experimentando fuera de los confines de su residencia. Yo, mientras tanto, sigo en mi apartamentico de Queens, observando, meditando y escribiendo.

 

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