Alejandro Armas, autor en Runrun

Alejandro Armas

Estrategia mata dilema, por Alejandro Armas
El liderazgo opositor debe presentarle a la ciudadanía una estrategia de movilización que vaya más allá del mero acto de votar en 2024

 

@AAAD25

Cuando se volvió evidente que prácticamente toda la oposición venezolana desistió de la posibilidad de un cambio político en el corto plazo y ver las elecciones de 2024 como próxima oportunidad en el horizonte, la única ventaja que vi en ello es que le da a la dirigencia un buen tiempo para prepararse en tal sentido. No es soplar y hacer botellas. La única forma de hacer que esos comicios, o como se les quiera llamar, se traduzcan en una oportunidad real es que el liderazgo opositor le presente a la ciudadanía una estrategia de movilización que vaya más allá del mero acto de votar. Que le diga a la gente qué hacer en caso de que la elite gobernante desconozca un resultado desfavorable.

De lo contrario, solo cabe esperar el mismo fiasco de la quijotesca candidatura de Henri Falcón en 2018, con todo lo que ello implica en términos de desánimo de las masas. Si desarrollar el plan necesario es difícil en toda circunstancia, hacerlo en medio de una crisis de representatividad, en la que todos los dirigentes individuales son reprobados por la mayoría de la ciudadanía, es más complicado aun.

Pero parece que los responsables no atienden el exhorto de Horacio en una de sus magníficas odas: carpe diem. Pasan días, semanas y meses sin que haya avances, visibles al menos, en el trazado de la estrategia indispensable. El reflector más bien alumbra cuestiones que tienen su importancia, pero que no son prioridad. Sobre todo, la selección de un candidato unitario que sea la única alternativa relevante a quienquiera que el chavismo lance (el propio Nicolás Maduro, casi seguramente).

Como ya comenté previamente en esta columna, la relevancia de este punto se limita a la unidad necesaria. La identidad de quien haga el papel de candidato unitario, en cambio, tiene poco peso. Todos los hipotéticos aspirantes están en el mismo foso de rechazo popular. Lo único que pudiera hacer a cualquiera de ellos atractivo es que, insisto, les diga a los votantes que esta vez sí podrán lograr grandes cambios con su voto, porque habrá cómo defenderlo.

A los dirigentes y demás generadores influyentes de opinión interesados en la materia, con algunas excepciones, se les ve no obstante concentrados en la cuestión identitaria. Hablan solo de primarias, o elección por consenso de las elites, etc. En este punto la cuestión identitaria individual adquiere las dimensiones de una inseguridad ontológica colectiva sobre la naturaleza de la oposición. ¿Quién es un opositor en la Venezuela actual? ¿Se debe incluir a todo aquel que se identifique como “opositor” en el proceso de determinación del candidato opositor unitario? Estas preguntas no son baladíes, debido a la existencia de la oposición prêt-à-porter, aquella que dice adversar al chavismo pero que solo lo hace simbólicamente, y a veces ni eso.

Como el descaro se ha vuelto un rasgo omnipresente en la política venezolana, amparado por la falta de mecanismos de rendición de cuentas, el cúmulo de evidencia sobre el carácter dudoso de la disidencia en este sector no es óbice para que reclame con furia su asiento en el concierto de organizaciones opositoras. En efecto, varios de sus integrantes, amalgamados desde el año pasado en la llamada “Alianza Democrática”, están denunciando que la Plataforma Unitaria, nuevo avatar de la MUD, pretende excluirlos de la elección del candidato presidencial, lo que los obliga a considerar un proceso primario propio que emita una candidatura alternativa.

Naturalmente, tal escenario de fragmentación del voto ajeno al PSUV preocupa. Después de todo, si bien los partidos de la Plataforma Unitaria fueron los que, después del chavismo, obtuvieron más gobernaciones y alcaldías en las elecciones regionales y locales del año pasado, los de la Alianza Democrática no se quedaron con las manos vacías. Y en más de un caso, los votos combinados de la Plataforma Unitaria y la Alianza Democrática superaron al Gran Polo Patriótico, mas no por separado (sé cuánta confianza merecen esas cifras, pero el contexto de debilidad opositora me lleva a pensar que en este caso no hubo manipulación numérica).

Así que ahora los más inquietos por la cuestión identitaria lanzan al foro público de las redes sociales sus deliberaciones a favor de la inclusión de la oposición prêt-à-porter. No son solamente los militantes de aquellos partidos con una argumentación predecible (y, repito, muy caradura). También vienen de quienes admiten su naturaleza. Hay alegatos de que excluirlos por sus trapitos sucios, como las diligencias de algunos para lavarle la cara a Alex Saab y velar por sus negocios en el extranjero, sería una doble moral. Encontrar opositores inequívocamente pulcros es difícil, y para muestra el escándalo sobre la administración de Monómeros. Pero eso omite que, dentro de un cosmos de impurezas, de todas formas hay quienes se han opuesto realmente al chavismo, lo cual han pagado con persecución, y los que haciéndose pasar por opositores han saboteado el esfuerzo por lograr el cambio político, lo cual les otorga tolerancia desde el poder. Reventar partidos disidentes mediante un Tribunal Supremo de Justicia comprometido con Miraflores, verbigracia, ya es un gesto inconfundible de cooptación. No pretendo santificar a nadie. Acá todo el mundo tendrá que responder a los señalamientos en su contra. Pero si la jugada va a ser electoral, hay que saber distinguir quién califica como opositor.

Otro argumento a favor de la inclusión es netamente táctico. Dice que aunque la oposición prêt-à-porter sea falsa, habrá que contarla en unas primarias y derrotarla, para que no tenga excusas. Es en este punto en el que me toca volver a la prioridad que debería tener el trazado de una estrategia electoral cónsona con el contexto autoritario venezolano. Pienso que, si la oposición consiguiera tal cosa, y luego pusiera al frente a un candidato unitario, no tendría que preocuparse de que otras opciones en el tarjetón le arrebaten votos. Porque, no me cansaré de repetirlo, lo que despertaría entusiasmo de la ciudadanía hastiada de esta calamidad es la fe en que puede ponerle fin con el sufragio. No tendrían lugar las consideraciones que quizá llevaron a algunos votantes a preferir a los abanderados de la Alianza Democrática en el contexto de expectativas mínimas de las elecciones para gobernaciones y alcaldías (e.g. “Creo que fulano hará un mejor trabajo recogiendo la basura”).

Si la oposición real se siente tan endeble que necesita medirse primero con la oposición prêt-à-porter, y si no es capaz de reducir a esos factores a la irrelevancia de una candidatura de María Bolívar, lo más probable es que no ha desarrollado una estrategia convincente y que va mal encaminada a retar a la elite gobernante. Tristemente, no me sorprendería que lleguemos a ese punto.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Alejandro Armas Jun 19, 2022 | Actualizado hace 2 semanas
El olvido impuesto, por Alejandro Armas
El olvido impuesto es otra forma de opresión. Es una ruptura forzosa e involuntaria con una parte de nuestra cultura y de nuestra esencia

 

@AAAD25

En la última emisión de esta columna, discutí la tendencia de una parte de la opinión pública identificada como opositora a olvidar los intentos de lograr un cambio político entre 2016 y 2021, o a trastocar su recuerdo, para justificar acciones que omiten que en Venezuela no hay democracia ni Estado de derecho. No es ese el único esfuerzo por convertir a la diosa Mnemósine en un macaco japonés que se tapa los ojos para no ver el mal. Tampoco es el menos peligroso, porque a fin de cuentas es un acto voluntario que asimismo se puede revertir voluntariamente. Hay otro que aspira a hacerse valer por la vía de la imposición.

Que la elite gobernante venezolana tenga una relación abusiva con el estudio histórico es algo de lo que todo ciudadano con un mínimo de conocimientos en la materia debería ser consciente. Hablamos de personas que llevaron a un nuevo nivel de paroxismo la exaltación acrítica del proceso de independencia y del pensamiento bolivariano para usarlos como trampolín anacrónico de su propio ideario. Personas que reivindican a personajes grises como Ezequiel Zamora y su caudillismo tosco, o a Cipriano Castro, cuyos arranques patrioteros paradójicamente casi nos costaron la soberanía nacional en 1902.

Personas que satanizan absolutamente todo lo ocurrido durante nuestro paréntesis de cuatro décadas de democracia y por el contrario se deshacen en loas a los que trataron de deshacer la voluntad ciudadana a punta de fusiles y citas a la Crítica del programa de Gotha.

Pero todo esto, más que un intento de eliminar recuerdos, es un intento de retorcerlos. Lo que hoy nos atañe es distinto. Con un pasado tan distante que la mayoría de los venezolanos no vivió, y quienes lo vivieron evocan a medias por la natural imperfección de la memoria, el chavismo no necesita hacer más que contar un hecho de manera distinta. No es que así sea efectivo convenciendo a las masas de su versión manipulada, pero le agrega material a una narrativa que lo legitime ante un núcleo duro de seguidores, sin suscitar una respuesta por parte de terceros que no sea, por lo general, la indiferencia. Otros sucesos que chocan con la propaganda ideológica oficialista son más recientes, están frescos en la memoria colectiva y cuesta presentarlos en paquetes “alternativos”. Así que su conmemoración es suprimida del todo.

Es el caso de las muertes al calor de la represión de protestas opositoras, en plena calle y a la vista de miles. Millones, si el hecho queda grabado por un teléfono inteligente (el registro audiovisual de acontecimientos, nuevas tecnologías mediante, es otra complicación para los editores de la memoria, que no se les presenta cuando solo tienen que emitir comentario sobre hechos cuyo relato veraz reposa en los archivos de la Hemeroteca Nacional). Si por ellos fuera, ni siquiera se pensaría en aquellas manifestaciones en general, puesto que fueron un gesto inocultable, y que efectivamente le dio la vuelta al mundo mucho más rápido que los ochenta días de Phileas Fogg y Passepartout, del descontento inmenso con la hegemonía chavista.

Y no solo la imagen de masas haciendo gala de un coraje cívico impresionante en reclamo de sus derechos les resulta molesta. También la mención de aquellos individuos que cayeron en medio de las descargas inmisericordes de “gas del bueno”, perdigones y hasta balas. Sobre todo, los que alcanzaron un estatus icónico en la psiquis colectiva del venezolano. Así, por ejemplo, la policía es ágil en la remoción de tributos a Bassil da Costa en la esquina de Ferrenquín del centro de Caracas, aunque sea una sencilla e inequívocamente inocua ofrenda floral.

La última muestra de esta intolerancia fue la supresión de mensajes textuales e imágenes alusivas a Neomar Lander, en Chacao la semana pasada. Aunque a los autores se les ordenó un régimen de presentación, un castigo relativamente laxo para estándares del sistema de “justicia” chavista, claramente el mensaje para el resto de los ciudadanos es que semejantes expresiones no están permitidas.

El olvido impuesto es otra forma de opresión. Es una ruptura forzosa e involuntaria con una parte de nuestra cultura y de nuestra esencia. En Los orígenes del totalitarismo, Arendt explica que estos regímenes no solo mataban físicamente a sus adversarios, sino que pretendían eliminar todo indicio de que alguna vez existieron. Porque para ellos la disidencia es una aberración que no debería existir. Venezuela no es un régimen totalitario, pero se acercó peligrosamente a serlo y aún retiene algunos de sus rasgos.

Afortunadamente, como dije al principio de este artículo, hay una diferencia entre el olvido por decreto de terceros y el olvido por decisión propia. El primero solo aplica a lo público. En nuestro fuero interno, es de cada individuo la decisión de mantener vivo el recuerdo de los caídos en las protestas como símbolo de un esfuerzo cuyo objetivo sigue pendiente.

Puede que seamos como el Angelus Novus de Paul Klee, como lo interpretó Walter Benjamin en la novena de sus Tesis de la filosofía de la historia. Miramos hacia el pasado y ante nosotros hay una tormenta caótica que hace estragos. Quisiéramos arreglar el desastre y rescatar a sus víctimas, pero no podemos, pues el huracán nos impulsa hacia el futuro. Necesario es avanzar, pero sin olvidarnos de donde estuvimos antes. Porque si le perdemos la pista a nuestra historia, no conoceremos del todo nuestra identidad y estaremos mucho más indefensos ante los desafíos del porvenir. Como en el nombre de aquella pintura de Gauguin, tocayo de Klee: ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos?

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La amnesia conformista, por Alejandro Armas
Los disfrazados de oposición se han dedicado recientemente a repudiar, con visceralidad plena, todo lo que los adversarios del régimen chavista hicieron en la gestión de la AN de 2015

 

@AAAD25

Hace un par de años me topé con un artículo interesante del historiador Tomás Straka. Lo más llamativo que traía era el concepto de “guerras históricas”. Dícese de una variedad de querella cultural en la que uno o varios grupos de opinión hacen de forma agresiva planteamientos de revisionismo histórico con miras a usar esa reinterpretación del pasado para promover cambios políticos en el presente.

Un ejemplo que todos los venezolanos conocemos es la satanización del período colonial por la izquierda, chavista y no chavista, para polarizar mediante un indigenismo falaz y manipulador, con nulo interés en mejorar la calidad de vida de los indígenas contemporáneos. Otro, el cual discutí en una emisión pasada de esta columna luego de leer el artículo de Straka, es el de la reivindicación de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez por comunidades virtuales de jóvenes fascinados por idearios ultraconservadores.

Ahora se desarrolla sutilmente una guerra cultural en el seno de la oposición venezolana. O, mejor dicho, de todo lo que se identifica como tal aunque en algunos casos su actividad opositora sea inexistente. A diferencia de los que juzgan anacrónicamente a Diego de Losada y hasta al mestizo Francisco Fajardo, y también a diferencia de los que ven héroes en Pedro Estrada y Miguel Silvio Sanz, el foco en esta guerra histórica es bastante reciente: el lapso comprendido entre los comicios parlamentarios de 2015, pasando por el abandono de la “vía electoral” por el grueso de la oposición en 2018 y hasta su regreso a dicha senda el año pasado. Este fue el período en el cual los adversarios del régimen chavista tuvieron una posición más desafiante en su contienda para lograr un cambio de gobierno, llegando en última instancia a tratar de establecer un ejecutivo paralelo que no prosperó. De hecho, ninguna de las iniciativas opositoras de aquel período logró el objetivo esencial de precipitar una transición hacia el regreso de la democracia y el Estado de derecho en Venezuela.

Los segmentos de la opinión pública dizque disidentes que ahora pretenden imponerle a la sociedad entera la adaptación disfrazada de oposición se han dedicado recientemente a repudiar, con visceralidad plena, todo lo que los adversarios del régimen chavista hicieron en aquellos años. Eso sí, sin incluirse en el listado de responsables, aunque en su momento lo apoyaron. Pero ojalá fuera solo una fácil y perezosa crítica a posteriori sobre la efectividad de los métodos empleados, más una omisión hipócrita de mea culpa. Van más allá: insinúan que todo fue ilegítimo. Para hacerlo, ignoran hechos públicos, notorios y comunicacionales, o los retuercen de forma acomodaticia, esperando que debilidades en la memoria colectiva les completen el trabajito.

Así, por ejemplo, la Asamblea Nacional de mayoría opositora, supuestamente impulsada por un radicalismo torpe, no se volvió un contrapoder institucional a Miraflores. En realidad, a ese parlamento el Tribunal Supremo de Justicia comprometido con la elite gobernante le confiscó todas sus funciones con el pretexto de una denuncia de “fraude” electoral en el estado Amazonas, la cual nunca fue investigada porque obviamente lo que al chavismo le interesaba era tener una excusa para anular la legislatura. Ni siquiera después de que la directiva de la AN encabezada por Henry Ramos Allup retirara de sus curules a los diputados de Amazonas, en un movimiento que enfureció a la base opositora por considerarla genuflexa, fue levantado el “desacato” decretado por el TSJ.

Y hablando de Ramos Allup, los pretendidos disidentes de los que hablo en este artículo repiten un bulo sobre el dirigente adeco que el chavismo puso a circular por todo lo alto en 2016. Eso de que, en una proclama subversiva durante la entrada en sesiones del nuevo parlamento, el presidente de la AN declaró que en no más de seis meses la oposición depondría el gobierno de Maduro. Para la adaptación disfrazada de oposición, esto permitió al chavismo justificar el castigo a la AN y fue el desperdicio de la mejor oportunidad que tuvo la Mesa de la Unidad Democrática para negociar cambios significativos con el chavismo, valiéndose del poder institucional del parlamento. Solo hay un problemita con esta hipótesis: Ramos Allup nunca dijo eso. Lo que dijo es que la oposición organizada se daría un lapso de hasta seis meses para decidir por consenso un camino constitucional para el cambio de gobierno.

La ruta elegida fue el referéndum revocatorio, que entre las opciones fue la que impulsó Henrique Capriles, hoy irónicamente devenido en uno de los políticos favoritos de los renuentes a la presión sobre Nicolás Maduro y compañía.

Es decir, no hubo ningún extravío fuera de los límites del proceso político legal y civilizado. Intentar la activación de un revocatorio es un derecho constitucional. Intento que en este caso fue obstaculizado por trabas que el Consejo Nacional Electoral, tan comprometido con la elite gobernante como el TSJ, fue inventando caprichosamente. Como este artículo es contra la amnesia, permítaseme recordar la exigencia, no contemplada en la carta magna, de recabar un porcentaje de firmas en todos los estados. O la disposición de sitios de recolección de firmas en lugares de difícil acceso. O el hostigamiento impune a los firmantes por seguidores del gobierno. Todo eso lo superaron los ciudadanos, haciendo gala de una tenacidad cívica que igualmente desconocen los que pontifican que en realidad la oposición no insistió suficiente por vías institucionales. Y como no se pudo matar la convocatoria a revocatorio así, el mismo Poder Judicial alineado con los intereses de la elite chavista se encargó, arguyendo un “fraude” en la recolección de firmas, jamás comprobado.

Ante semejante oleada de rechazo a la voluntad ciudadana, se imaginarán como estarían a esas alturas los ánimos de la población, en un contexto al que hay que añadir el descenso a los abismos de la calidad de vida por la escasez de productos de primera necesidad, la inflación descontrolada, la crisis de servicios públicos, etc. Cuando el TSJ emitió unas sentencias que profundizaron aun más la anulación de la AN, fue la gota que derramó el vaso. Estallaron entonces las protestas más grandes que Venezuela ha visto en lo que va de siglo XXI. Pero en vez de recordar el horror represivo que acabó con ellas al cabo de cuatro meses de valentía masiva, y la apuesta del chavismo por avanzar en el desmantelamiento de la institucionalidad republicana al inventar un parlamento paralelo, los devotos de la adaptación disfrazada de oposición denuestan del ethos de las manifestaciones. Las pintan como un exceso insurreccional contra un orden que no merecía perturbarse de esa manera, como si no hubieran sido la consecuencia natural del bloqueo de los caminos institucionales relatado en los párrafos anteriores. Como si no fuera normal que la gente alce la voz en las calles cuando lo que expresaron en las urnas es desechado.

No sé cuán lejos irán estos señores abrazando narrativas propias de VTV, en su campaña por una amnesia conformista que justifique seguirle el juego a la elite gobernante en su simulación de democracia. Ya solo les falta tratar de “terroristas” a los manifestantes. Así de paso se desentenderían de la existencia de presos políticos, que les amarga unas percepciones artificialmente edulcoradas.

No soy experto en la materia, pero me permito insistir en que a mi juicio este problema tiene una arista psicológica digna de estudio por Freud. El recuerdo de todo lo ocurrido en esos años es irreconciliable con la tesis de que el cambio político se puede lograr actuando como si en Venezuela quedara un mínimo de democracia. Así que parece que tales evocaciones del pasado son reprimidas y confinadas a los rincones más oscuros del subconsciente. Como Ovidio desterrado a la costa del Ponto Euxino por ofender al emperador Augusto, se pretende hacerlas marchitar en un sitio que les es ajeno, fuera de la vista de quienes pueden cumplir su propósito, que en este caso son los propios conminados a olvidar.

Es un pobre intento de resolver la disonancia cognitiva entre la expectativa autoindulgente de que solo con votar y esperar que los poderosos respeten el resultado se está cumpliendo con el deber cívico, por un lado, y la naturaleza arbitraria del sistema político venezolano, por el otro. Pobre, porque la realidad siempre termina imponiéndose, y en este caso no con mayor dificultad. Para muestra el despacho de un cuerpo policial de “operaciones especiales” para arrestar a un puñado de muchachos que pintaron una pared en recuerdo de los caídos en las protestas de 2017, con la colaboración de autoridades municipales ajenas al PSUV cuya elección fue presentada por la adaptación disfrazada de oposición como un acto de resistencia. Ahí tienen sus “espacios”, señores. No dudo que la realidad seguirá repartiendo bofetadas, hasta que despierten de la amnesia conformista y otras ilusiones.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

“Alea iacta est”, parceros, por Alejandro Armas
Este artículo es solo un lamento por otro país atrapado entre dos malas opciones, con el deseo sincero de que lo que sea que escoja no resulte ser tan terrible

 

@AAAD25

Me causa estupefacción ver a venezolanos expresando estar estupefactos porque a sus conciudadanos les preocupan bastante las elecciones presidenciales en Colombia. Ven a sus paisanos como metiches sin oficio que opinan sobre algo que no les incumbe. Omiten que la Nueva Granada es el principal destino de los venezolanos que escapan de la perdurable calamidad humanitaria en casa. ¿Cómo estos no se van a interesar por la suerte de la alternativa residencial? Los dizque anonadados también ignoran que Venezuela no puede conseguir el cambio político que tanto le urge, si los impulsores de la causa democrática criolla no cuentan con el apoyo de las democracias del mundo. Sobre todo, de las vecinas, como Colombia. Razón de más para desear que el morador de la Casa de Nariño sea alguien dispuesto a echar una mano.

Espero que nadie se asombre entonces si dedico mi columna esta semana a Colombia y sus comicios presidenciales. Aunque no desdeño mi país, me considero una persona de inquietudes cosmopolitas. Una de ellas es la salud de la democracia a lo largo y ancho del globo. Supongo que no tengo que decirles que los últimos años no han sido los mejores en ese frente, y que Latinoamérica no está exenta de la debacle.

No hemos visto más golpes de Estado clásicos, como el de Pinochet; pero sí el ascenso de populistas autoritarios que llegan al poder en elecciones y luego socavan las instituciones republicanas, como Nayib Bukele. El sistema de dos vueltas electorales a veces evita lo peor. Pero en este vecindario ha pasado ya varias veces que dos malas opciones son las que entran al balotaje. Sucedió con Pedro Castillo y Keiko Fujimori en Perú. Volverá a suceder con Lula da Silva y Jair Bolsonaro en Brasil, si Lula no obtiene suficientes votos para ganar en primera vuelta. Y está sucediendo en este preciso momento con Gustavo Petro y Rodolfo Hernández.

Cuando opino sobre la política de países ajenos, trato de buscar un equilibrio entre lo que a este le conviene y lo que le conviene al mío, lo cual a veces es difícil. Será una opinión impopular, pero creo que no podemos pretender que otras naciones se vayan al demonio si nosotros podemos sacar algún provecho. Es lo que voy a hacer ahora con Colombia. Afortunadamente, esta vez el balance no es tan complicado, porque al parecer no habrá mucha diferencia entre la política hacia Venezuela de una presidencia de Petro y una de Hernández.

Comencemos con Petro

Si hablo menos de él, es porque ya es una figura muy conocida, así que es fácil imaginar lo que haría como mandatario. Sería un giro sin precedentes hacia la izquierda para Colombia, lleno de riesgos que a mi juicio no vale la pena correr. No porque Petro sea de izquierda. No considero que la izquierda en sí misma sea peligrosa (tampoco la derecha). Es por el tipo de izquierda que Petro encarna. Una izquierda posmoderna y marcada por el populismo estilo Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. De esas que, con la excusa de articular las demandas de grupos tradicional e injustamente marginados o excluidos (las masas proletarias empobrecidas, las minorías étnicas, las mujeres, la comunidad Lgbtiq, etc.), se cree con derecho a concentrar poder en detrimento de la deliberación democrática, y a tildar de ilegítima toda oposición a sus ideas.

Como otros líderes contemporáneos de la izquierda latinoamericana, Petro recientemente ha tratado de marcar distancia con el chavismo, habida cuenta de que la calamidad en Venezuela es imposible de omitir. Sin embargo, es razonable sospechar que eso es un mero disimulo para hacerlo más potable a los electores, en vez de un distanciamiento ético e ideológico sincero. Después de todo, Petro fue por años cercano al chavismo y tan tarde como en 2016, cuando la deriva autoritaria y la ruina económica en Venezuela ya eran evidentes, tuvo la desfachatez de poner en duda la crisis, usando como prueba… Una foto de uno de los poquísimos anaqueles de supermercado que al momento de su visita no estaba vacío.

El populismo de Rodolfo Hernández

Rodolfo Hernández es una verdadera caja de sorpresas. Prever cómo sería su gobierno es imposible. Su campaña se ha basado principalmente en llamar la atención con contenido hilarante difundido en redes sociales, y en denunciar con furia la corrupción de toda la clase política tradicional colombiana. Tal vez para evitar que se le asocie con cualquiera de las corrientes políticas que tanto ataca, Hernández ha evitado transmitir una identidad ideológica clara. No es un conservador mojigato, ni un liberal clásico, ni un socialdemócrata ni mucho menos un ñángara. Varias de sus propuestas de hecho suenan bastante razonables.

El problema con Hernández es que, al igual que Petro, es un populista. Se muestra intolerante al disenso y es nocivamente agresivo hacia las alternativas a su candidatura. Tiene la intención de gobernar por decreto tan pronto como llegue al poder. A menos que un país esté atravesando una crisis infernal, como un desastre natural o una agresión extranjera, eso de dar órdenes por plumazo y sin consultar con nadie nunca es bueno. Se salta la separación de poderes, así como la negociación inherente a una democracia plural.

En cuanto a Venezuela, pues tanto Petro como Hernández han dejado claro que reanudarán relaciones con el gobierno de Nicolás Maduro.

De más está decir que ello implica un duro golpe a la causa democrática venezolana, pues será un gobierno menos presionando por una transición negociada entre el chavismo y la oposición. Petro lo hará porque detesta a la oposición venezolana y por la noción, compartida por buena parte de la izquierda latinoamericana, de que no se puede presionar a un gobierno igualmente de izquierda, aunque no sea democrático. Un ethos que se justifica alegando que los venezolanos podemos dirimir diferencias sin que a Miraflores se le presione, lo cual es demostradamente falso.

La motivación de Hernández es más sencilla: no le interesa lo que pase dentro de Venezuela. Según él eso no afecta a Colombia y es más provechoso para su país restablecer vínculos con quien sea que gobierne. Hay argumentos que fácilmente desmontan esta visión, incluso limitándose a lo que le conviene a Colombia. Pero enumerarlos sería demasiado largo.

Sin embargo, es más probable que Petro vaya más allá que Hernández cumpliendo lo que sea que el chavismo desee de las relaciones con Colombia. Y dado que los dos son populistas, pero además Petro es más ideológicamente peligroso que Hernández, quizás (esto es un grandísimo “quizás”), el polémico exalcalde de Bucaramanga sea el mal menor. Tanto para Colombia como para Venezuela. Digo esto aun consciente de los nauseabundos comentarios xenofóbicos de Hernández para con mis conciudadanos, los cuales se reflejan en puntos de su plan de gobierno para nada favorables a los venezolanos que han huido, y siguen huyendo, al vecino país en busca de las oportunidades que acá no hay.

Yo no voy a exhortar a votar por nadie. No soy de esos desubicados que creen que su mensaje llegará a otro país donde nadie los conoce (ni siquiera en el mío soy muy conocido); ni que, si por milagro ocurriera lo contrario, van a influir en la opinión de los votantes. Aquí, acá y acullá a los electores no les interesa el parecer de los extranjeros. Este artículo es solo un lamento por otro país atrapado entre dos malas opciones, con el deseo sincero de que lo que sea que escoja no resulte ser tan terrible. Los colombianos cruzaron su Rubicón. Los venezolanos solo podemos observar. Alea iacta est, parceros.

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Alejandro Armas May 27, 2022 | Actualizado hace 1 mes
La mala apuesta, por Alejandro Armas
En este juego, las probabilidades de que la ciudadanía venezolana gane la fortuna de una vida digna son mínimas. No estaríamos jugando ruleta convencional, sino ruleta… rusa

 

@AAAD25

Siempre he padecido de lo opuesto a la acrofobia: acrofilia, o gusto por las alturas. Me encantan las montañas y los rascacielos, y siempre he querido vivir en un edificio muy alto. Miren nomás. Se me hizo realidad ese sueño. Me mudé hace poco a un piso 23, con vista a toda la ciudad. A este apartamento lo he bautizado El Panóptico, como tributo a Foucault y a su interesantísima teoría del poder. En verdad puedo ver Caracas de punta a punta. Por las noches, con las luces apagadas, si no cierro la cortina, aun así queda una visibilidad no despreciable, debido a las miles de luces que alcanzan la ventana. Entre ellas, las de colores en varios edificios de Las Mercedes y publicidades de neón en la fachada del CCCT y sus alrededores.

Ese rincón del valle capitalino es la meca de la recreación y el entretenimiento nocturnos en el contexto de opulencia exclusiva de la perestroika bananera. Restaurantes lujosos, discotecas y conciertos, para quien pueda pagarlos. Es como una versión a escala y tropical de Las Vegas. Las luces que puedo ver desde mi cuarto ciertamente transmiten esa aura, lo cual casualmente coincide con el regreso de los casinos a Venezuela, varios de los cuales están en esa área.

Pero suficiente preámbulo. Como todos sus avatares anteriores, la columna de hoy tiene tono crítico. Pero esta no será una diatriba contra los juegos de azar (en todo caso me da risa recordar los argumentos del chavismo para proscribir los casinos). Sí lo será contra una apuesta en específico. La apuesta conformista de un desarrollo económico estratosférico bajo la égida del chavismo, sin importar que se mantenga la falta de democracia y Estado de derecho.

Bastante se ha hablado ya de la putrefacción moral que supondría semejante quid pro quo. No hace falta hoy repetirlo. Existe otro diminuto, ínfimo y microscópico problema. Y es que, por razones técnicas, la apuesta en cuestión es pésima.

Venezuela perdió cuatro quintos de su producto interno bruto entre 2014 y 2021. En otras palabras, la destrucción de la economía fue casi total. Es por eso que las muy restringidas mejoras que vemos recientemente nos parecen deslumbrantes. No es que sean algo espectacular, sino que cualquier comparación con los horrores de la hiperinflación, el desabastecimiento y las colas hace que el presente luzca bien. Es como cuando a alguien lo pasan del confinamiento solitario, en una mazmorra insalubre, a una celda relativamente limpia y que permite el contacto con otras personas.

Llegan en ese contexto los mercachifles de la mediocridad a exagerar el impacto de los pasos, ciertamente positivos, que el régimen ha tomado hacia una liberalización parcial de la economía. A sugerir que son el principio de un camino que nos llevará hacia la recuperación plena y que, apelando a un nacionalismo falaz, no importa que las medidas vengan de los mismos responsables de la ruina, así como del desmontaje de la democracia y el Estado de derecho en Venezuela, por no hablar del sinfín de violaciones de DD. HH. “Venezuela es lo primero. ¿Por qué reparar en diatribas partidistas si lo que importa es la gente?”, dicen.

Pudiera darles el beneficio de la duda sobre su buena fe si no fuera por su prédica de que los adversarios del chavismo no pueden hacer otra cosa que votar y rogar porque Miraflores reconozca y respete el resultado. Postura que defienden con soberbia y agresividad ante los cuestionamientos. Como obviamente el resultado es la perpetuación ad infinitum de la hegemonía chavista, pues repiten que no importa porque en Miraflores ahora dizque le prenden velas a Hayek y a Friedman. Solo hay que esperar a que la perestroika bananera termine de surtir efecto. En cuestión de unos años, seremos como Singapur.

Pero resulta que, según cálculos especializados, la economía venezolana tendría que promediar un crecimiento anual de 10 % por dos décadas para alcanzar las dimensiones que tenía en 2012 (las cuales no eran precisamente estupendas, dicho sea de paso). Es decir, Venezuela necesita un verdadero milagro. Pero la magnitud del prodigio no impide que algunos pretendan que la esperemos tranquilamente de los mismos que ejecutaron una especie de “antimilagro”.

Nos piden que tengamos fe no solo en su inexistente preocupación por el bienestar público, sino además en sus destrezas prácticas para alcanzarlo.

¿Que vamos a ser como China o Vietnam, con economías de alto crecimiento pese a estar bajo un régimen autoritario? Risible. En el mejor de los casos, podemos aspirar a ser como Rusia antes de la invasión a Ucrania: una economía mediocre pero estable. Es por eso que prefiero hablar de perestroika bananera y no de nuestro Gato Negro, el de Catia, aprendiendo a cazar ratones, en guiño a Deng Xiaoping.

Esa es la apuesta, de expectativas menos que subóptimas, que los croupiers en el casino rojo rojito nos invitan a hacer. Yo no frecuento casinos y por ello no puedo confirmar eso de que “la casa siempre gana”. Lo que sí sé es que en este juego las probabilidades de que la ciudadanía venezolana gane la fortuna de una vida digna son mínimas. No estaríamos jugando ruleta convencional, sino ruleta… rusa, por supuesto. Los países no mueren y por lo tanto no pueden suicidarse. Pero estoy cansado de que como nación nos sigamos haciendo daño con pasos en falso.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Logros por decreto, por Alejandro Armas
Cerrar los ojos y dejar de denunciar no es tan fácil en aquellas partes del país donde la ruina es peor, como aquel Zulia que hoy sigue devastado por apagones

 

@AAAD25

Lo he dicho antes: estudiar la política venezolana puede ser una experiencia ingrata y frustrante. El que se gana la vida con eso es a fin de cuentas un ciudadano más, que trata de mantener sus pasiones y sesgos a raya, pero que no puede evitar preocuparse. En el último lustro, uno no puede evitar pensar que está constantemente persiguiendo fantasmas, novedades gatopardianas y epifenómenos. Mientras, el meollo de nuestra res publica se mantiene como el cosmos entendido por Parménides: estático e inmutable. De ahí que naturalmente las masas hayan perdido el interés en la política criolla. Pero los que escogimos oficiar como observadores y críticos de esa política no nos podemos dar ese lujo. Nos toca seguir pendientes del acontecer diario, a la espera de ser los primeros en transmitirle a la sociedad ese cambio que sí será de verdad.

La perestroika bananera y sus derivados son lo que más se ha acercado a una metamorfosis real, sin llegar a serlo. Lo son en términos económicos, claro. Pero en política, seguimos teniendo una casta oligárquica negada a ceder aunque sea un ápice de su hegemonía total, más un montón de organizaciones que se hacen llamar “oposición” y que, aunque se opongan realmente el chavismo (cosa que no todas hacen), han sido incapaces de lograr el objetivo de restaurar la democracia y el Estado de derecho.

La variedad que dice oponerse sin hacerlo realmente, como todas, tiene su narrativa que promover, para justificar su adaptación disfrazada de resistencia. Porque aunque el chavismo les permita manejar unas pocas migajas, no podrán gozarlas si nadie vota por ellos, si nadie contrata sus servicios de asesoría, etc. O, porque como veremos en breve, tienen una necesidad psicológica de autoengaño. La narrativa consiste básicamente en… Inventar logros. Mantener a la población permanentemente encantada con pasos falsos hacia el objetivo opositor esencial del cambio de gobierno.

Y no importa cuántas veces la realidad les grite con incontables decibeles, seguirán insistiendo con su novela. Porque, como Cortés en Veracruz, hundieron las naves que los llevaron al reino de las ilusiones. Así lidian con la disonancia cognitiva que media entre su necesidad de creer que están en pie de lucha por el bien colectivo y la inefectividad de sus “armas”. O cínicamente le dan una razón de ser a su ocupación de las parcelas de administración pública que Miraflores tolera, con el manejo de recursos asociado.

Uno de los primeros actos en la opereta de la adaptación disfrazada de oposición es el del “mejor CNE en 20 años”. Afirmación que se sustenta en que por primera vez no hay uno, sino dos rectores ajenos al PSUV, sin reparar en la obviedad de que estos caballeros no tendrían ningún poder para corregir vicio alguno en el sistema. Ello lo reconoció hasta la misión de observación electoral enviada por la Unión Europea para los comicios regionales y municipales del año pasado. Sin embargo, hubo gente que se sorprendió cuando los dos señores no pudieron hacer nada para evitar la anulación del triunfo del candidato opositor Freddy Superlano en Barinas. O cuando esta misma semana uno de ellos, Enrique Márquez, dijo que, pese a su deseo de lo contrario, el CNE no discutirá el derecho al voto de los venezolanos sin que haya un acuerdo en la materia entre el chavismo y la oposición.

Pero como las disonancias cognitivas molestan al punto de recurrir a lo irracional para ahuyentarlas (nos dice Leon Festinger, autor de la teoría), muchos prefirieron reclamarle al periodista que entrevistó al rector por destacar en un titular la omisión del árbitro, en vez de lo que Márquez quiere. ¡Como si las buenas intenciones fueran lo más importante!

Al final, lo que les incomodó es que les recordaran que el CNE sigue siendo el mismo ente sometido a la elite chavista.

Luego tenemos el acto de la “renovación” del TSJ. Fue evidente desde un principio que el régimen solo apuntaba a reafirmar su control del poder Judicial. Antes de la designación de los jueces, una investigación de Armando Info reveló que más de la mitad de los candidatos figuraba en las listas de militantes del PSUV. En fin, el edificio en la esquina de Dos Pilitas quedó lleno de rostros explícitamente alineados con la elite gobernante.

Algunos de ellos estaban repitiendo como magistrados de la máxima corte, violando así el artículo 264 de la Constitución. Por millonésima vez, los mandamases rojos demostraron que la ley les importa un comino. Pero a pesar de todo esto, uno tuvo que leer que “el nuevo TSJ es mejor que el anterior”, aunque el autor de semejante despropósito se rehusara a explicar por qué.

Estamos ahora en el entreacto, negados a saborear un mejunje tan barato como el espectáculo que vemos, y que con solo olerlo podemos poner en duda la etiqueta de “Chianti”. Pero parece que muy pronto nos llamarán de vuelta a la sala. El heraldo de la reanudación de la función es el diputado José Gregorio Correa, exmilitante de Primero Justicia, hoy en la Acción Democrática intervenida por el TSJ (saquen cuentas). Sonando su triángulo, esta semana anunció que la Asamblea Nacional alineada con Miraflores se apresta para “renovar” el Poder Moral. No faltará quien salga a decir que esta será otra oportunidad para volver a tener instituciones auténticas.

Mientras, fuera del teatro, sigue la tormenta perfecta. Cada goterón es una muestra de que la arbitrariedad sigue campante. La constante postergación de audiencias de presos políticos como Roland Carreño, el proyecto de ley para criminalizar organizaciones no gubernamentales, la ocupación de la sede de El Nacional y su conversión en una academia de propagandistas, el bloqueo de cada vez más portales informativos independientes, la demanda contra activistas de DD. HH. por denunciar brutalidad policial en Carabobo, etc. Cabe destacar la falta de solidaridad de los traficantes del conformismo ante estos atropellos, a pesar de que algunos dicen actuar en su trato con el régimen como representantes de una sociedad civil de la cual los afectados son parte. Ni un dedo se mueve si eso choca con la imagen edulcorada del país, imagino.

Ah, y no conforme con ello, la buena vida obligatoria se extiende a la económico. Porque si bien indudablemente no estamos tan catastróficamente mal en ese ámbito como en 2018, hay unos límites muy obvios para la mejora. Pero reconocerlos es anatema para el chavismo y su oposición prêt-à-porter. Para muestra Maduro hablando esta semana, cuando criticó que “Fedecámaras Zulia declara contra la recuperación”, pero haciendo la salvedad de que ese no es el tono que ve en general en el empresariado. Resulta que cerrar los ojos y dejar de denunciar no es tan fácil en aquellas partes del país donde la ruina es peor, como aquel Zulia que hoy sigue devastado por apagones. Pero al chavismo y a los diligentes descubridores de “buenas señales” económicas no les interesa. Decía Rousseau que había que obligar a la gente a “ser libre”. Supongo que ahora estos señores pretenden obligarnos a “ser prósperos”.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Primarias no prioritarias, por Alejandro Armas
La única ventaja de esperar a 2024 por otra oportunidad para el cambio político es que permite organizar la movilización estratégica, lo cual toma tiempo y esfuerzo. ¿Qué esperan?

 

@AAAD25

El fin de los planes rebeldes que la oposición venezolana emprendió en 2018 es fait accompli. Sin mayores explicaciones, el G4 y sus aliados desistieron de las tácticas antisistema cuyo vástago principal fue el llamado “gobierno interino” de Juan Guaidó. Ahora, todo se vuelve a circunscribir dentro de “la vía electoral”. Es el regreso al juego político en el que el chavismo es jugador, árbitro y diseñador del tablero. Lo vimos en primera instancia con los comicios regionales y locales del año pasado. Como este es el país del disimulo, Cabrujas dixit, disimulo no faltó en el retorno, con discursos de candidatos tratando de enmarcar el voto por ellos dentro de la resistencia al régimen. Discurso que fue suplantado, apenas ganaron los que ganaron, por uno de convivencia y colaboración con Nicolás Maduro.

En fin, a mi juicio (y quienes han oído lo que he tenido que decir al respecto desde el año pasado lo pueden confirmar), nunca hubo que esperar gran cosa sobre las gobernaciones y las alcaldías como espacios funcionales de oposición activa. Era predecible que por las buenas o por las malas Miraflores sometería a las que quedaran en manos de personas ajenas a la elite chavista. Cuando es la mismísima Miraflores la que está en juego, otro gallo canta. No hay cabida ni para un contrapoder simbólico. Como en la frase arquetípica del género western, el palacio presidencial es un pueblo muy pequeño para dos mandamases.

Así que, con el abordaje correcto, unas elecciones presidenciales sí permiten contemplar la posibilidad del cambio político que tanto le urge a Venezuela.

Debido a todo lo que puede pasar en dos años bajo el chavismo, esperar ese lapso no es el escenario ideal. Pero dada la casi total desmovilización de la base opositora mayoritaria, parece descartado aspirar a algo más rápido. Supongo entonces que está bien que desde las distintas facciones de la oposición se discuta la realización de primarias para que haya un candidato unitario en 2024. Hasta María Corina Machado, la dirigente más recelosa de todo lo que tenga que ver con elecciones en el ambiente político venezolano actual, indicó su deseo de participar, bajo ciertas condiciones, por demás razonables.

Si la disidencia va a tomar parte en esas elecciones, la unidad será indispensable, mas no suficiente. Acá comienzan mis inquietudes en la materia. Al poner el foco solo en la individualidad del candidato, no veo que se discuta lo más importante de esta hipotética participación: la estrategia de movilización ciudadana para defender el voto en un sistema absolutamente viciado y en el cual el régimen se sigue mostrando indispuesto a ceder su hegemonía absoluta.

Veo más bien que la discusión se centra en la personalidad y méritos administrativos pasados de los posibles precandidatos. Por poner solo una experiencia personal anecdótica, me pasó la semana pasada que con apenas contemplar en Twitter un escenario en el cual Henrique Capriles es uno de los contendientes por la nominación presidencial, de inmediato mis notificaciones se inundaron de comentarios halagüeños sobre el exgobernador de Miranda. Muchos de ellos, emitidos por cuentas anónimas y muy diligentes en retuitearse entre ellas, tenían tufo a amplificación artificial de narrativa. Pero otros venían de personas que conozco y de cuya sinceridad puedo dar fe.

En el contexto venezolano, no estoy muy interesado en que Capriles tenga equis o ye postura ideológica. Ni en que tuvo a su cargo un territorio bastante poblado y tan heterogéneo que incluye las urbanizaciones más acomodadas de Chacao y zonas bastante pobres en los Valles del Tuy. Esos son criterios para la selección de líderes dignos de la democracia que no somos.

Me interesa mucho más saber qué haría Capriles si le hicieran lo mismo que a Andrés Velásquez en su contienda por la Gobernación de Bolívar en 2017.

O qué haría si por cualquier razón la elite chavista y las instituciones que controla postergaran las presidenciales de 2024, tal como hicieron con los referidos comicios regionales de hace un lustro. O qué tipo de acciones ciudadanas convocaría ante los vicios electorales típicos (proselitismo indebido, intimidación de votantes o de miembros de mesa, etc.). O cómo Capriles manejaría un gobierno de transición, de llegar a presidente en esta debacle política sui generis. Sobre esto no se sabe nada.

Lo único que puedo decir en defensa de Capriles, es que no veo a ninguno de los otros hipotéticos precandidatos abordando estas cuestiones urgentes. Pero es una alegría de tísico. Si nadie lo hace, no importa quién termine siendo el candidato, pues lo más probable es que termine repitiendo el fiasco de Henri Falcón en 2018. La única ventaja de esperar a 2024 por otra oportunidad para el cambio político es que permite organizar la movilización estratégica, lo cual toma tiempo y esfuerzo. ¿Qué esperan, entonces?

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La incapacidad de pensar en grados, por Alejandro Armas
Muy rara vez el maniqueísmo y la sensatez son amigos. Ante la frasecilla «Venezuela se está arreglando», hay que pensar en grados

 

@AAAD25

Puede que sea la oración más escuchada en Venezuela, y entre su diáspora global, en los últimos meses. “¡Venezuela se arregló!” o, en su variante por hipérbaton, “¡Se arregló Venezuela!”.

Cualquier cálculo al respecto será arbitrario, pero me atrevería a decir que, al menos al principio, en 90 % de los casos el empleo de la frase era sarcástico, con tono jovial. Cuando se usa en entornos virtuales, es una especie de meme, aunque sin material gráfico. El 10 % restante correspondía a personas que también hablaban en tono irónico, pero con amargura.

Ante cualquier recordatorio de lo mal que está el país (desde un bajón de luz hasta los horrores que siguen viviendo los presos políticos), invocan la expresión para resaltar lo ridícula que es.

Hablé de los porcentajes en copretérito porque ahora esta segunda modalidad de uso se multiplicó. Ridículo, porque ve el «Venezuela se arregló» como un síntoma de una sociedad conformista, que olvidó todos los problemas nacionales para ilusionarse con conciertos en el CCCT y bodegones repletos de Nutella y cervezas Heinecken. Los despistados no han reparado en que casi nadie la dice en serio.

No obstante, la frasecilla de marras, incluso en su dimensión burlona, es parte de una discusión mucho más amplia. ¿Cuánto ha cambiado Venezuela en los últimos tres años, como resultado de la liberalización parcial y caótica de la economía emprendida por el chavismo? Este es el quid de la cuestión en una suerte de sacudida existencial para los pocos venezolanos que aún estamos interesados constantemente por la política y somos ajenos a la elite gobernante. Sus implicaciones van mucho más allá de fríos números de producto interno bruto e inflación. Se traduce en inquietudes sobre estrategia para lograr el cambio político y, más modestamente, estilo de vida individual.

¿Cuánta confianza debemos depositar en la continuidad de la perestroika bananera? ¿Se profundizará o ya alcanzó sus límites? ¿Cuáles son las expectativas realistas de comportamiento de las variables macroeconómicas? ¿Cómo afectará todo aquello el desempeño de mi negocio o el poder adquisitivo de mi salario? ¿Habrá mejoras en materia de infraestructura, de tecnología? ¿Seguiremos estando aislados del mundo democrático? ¿Si somos de los pocos afortunados que no caímos en la pobreza, cómo podemos evitar encerrarnos en una burbuja donde no se ve el sufrimiento de las masas? ¿Debe la dirigencia opositora alterar su mensaje para adaptarlo a un entorno cambiante?

No hay respuestas sencillas para todas o casi todas estas preguntas. Por más que queramos jugar a pitonisas délficas, el futuro es difícil de proyectar. Sonará a perogrullada, pero después de todo no falta gente pendiente de encuestas de intención de voto, augurios sobre el calentamiento global o de… Interpretaciones esotéricas del movimiento de los astros.

El propio presente es complicado, porque la magnitud de la crisis supone que no tenemos un precedente con el que orientarnos. Puede ser difícil considerar al mismo tiempo mejoras a estas alturas innegables y muestras recurrentes de lo mal que seguimos. Pero hay que hacer el esfuerzo, sobre todo si se pretende ser guía en la opinión pública, cosa en la que, a mi juicio, muchas personalidades influyentes de nuestra sociedad civil no han hecho un buen trabajo, prefiriendo ir a los extremos opuestos del optimismo infundado y de la negación total.

Se le atribuye a F. Scott Fitzgerald el siguiente aforismo: “La señal de una inteligencia de primer orden es la capacidad de tener dos ideas opuestas presentes en el espíritu al mismo tiempo y, a pesar de ello, no dejar de funcionar”. Puede que sea cierto, pero el acto de equilibrismo sobre cuerda floja que nos atañe no tiene por qué ser una práctica hegeliana tan exigente. La clave está más bien en ser analítico, en el sentido etimológico de la palabra. Es decir, poder separar los distintos elementos de un problema y revisar cada uno.

Así, en cuanto a la Venezuela actual, podremos apreciar que no hay contradicción verdadera. Porque aquellos factores que experimentaron mejoras no son los mismos que están iguales o peores.

Comencemos con lo que sí ha cambiado para bien. Son sobre todo factores macroeconómicos, consecuencia del retiro de varios controles. El cese del control de precio, junto con el levantamiento de algunas barreras arancelarias, prácticamente acabó con la escasez y sus angustias asociadas, como las colas en supermercados. La reducción del gasto público permitió salir de una hiperinflación que casi fue la más larga de la historia universal, aunque en ello también incidió un encaje legal desconcertantemente alto que demoró el crecimiento económico y ha puesto a la banca nacional en grandes aprietos.

Pero ahora el producto interno bruto está volviendo a crecer por primera vez desde 2013, impulsado sobre todo por un empresariado privado que, con menos regulaciones, vuelve a invertir en Venezuela. Eso a su vez supone más empleos formales. Más dinamismo. Más actividad. Probablemente hubo algún aumento en el poder adquisitivo, lo cual explica que nuevamente haya mercado para conciertos de artistas internacionales.

Por otro lado, el grueso de este progreso se concentra en Caracas y, en menor medida, partes de ciudades más pequeñas. Las llamadas “burbujas”. Además, son el comercio y la provisión de servicios (tecnológicos, recreativos, etc.) los que más han crecido, por mucho. A partir del año pasado, productores agropecuarios en algunos ramos también reportaron modestos aumentos de producción. Pero la industria venezolana se mantiene anémica.

Y hay dificultades infernales mucho más palpables para el ciudadano común. Casi toda la población está en situación de pobreza de ingresos. Los servicios públicos son una calamidad. Tal como fue señalado en una emisión reciente de esta columna, los apagones nunca se fueron del todo y ahora volvieron a recrudecerse en el oeste venezolano. El agua falta por doquier, hasta en la capital. Paradójicamente, con cada temporada de lluvia medio país se inunda, porque a los sistemas de drenaje no se les hace el mantenimiento adecuado. Desde Maracaibo hasta Ciudad Guayana hay colas de horas y horas para poner gasolina, con Caracas como único oasis de combustible abundante en medio del desierto.

Nótese que no estoy hablando de política. Si me pusiera a enumerar los desmanes políticos de Venezuela en la actualidad, este artículo sería tres veces más largo.

En definitiva, lo que tenemos es una Venezuela que, en ciertos aspectos, no está tan mal como hace cuatro o cinco años. Pero eso aparentemente a muchos les cuesta procesarlo, porque no se adapta a los simplismos de una visión maniquea del mundo. Entonces, cuando ven a alguien reconociendo las mejoras, montan en cólera y listan todo aquello que sigue siendo terrible. Lo que revelan es una total incapacidad para pensar en grados o matices. Creen que “no tan mal como antes” es sinónimo de “bien”, y que por lo tanto todos los que reconocen la realidad son parte de una narrativa para normalizar el régimen.

Si bien esto es una necedad, no es mentira que hay gente que se aprovecha de las mejoras limitadas para argumentar falazmente que el chavismo se está ablandando, por lo que es la oposición la que está obligada a hacer las primeras concesiones. De ellos ya se ha hablado bastante por acá. Los traficantes de la adaptación disfrazada de oposición. Pero estos sujetos no son las personas, casi siempre jóvenes, que con chanza dicen “Venezuela se arregló”. Estos chamos lo hacen precisamente para recalcar lo increíble que les resulta ver pequeñas mejoras en su calidad de vida luego de tanta catástrofe, buena parte de la cual no ha terminado. Son ellos quienes, sin ínfulas intelectuales, acertaron al pensar en grados, a diferencia de los “notables” que caen o simulan caer en una euforia absurda, y también de los que no reparan en que el regreso de los anaqueles llenos es real y un alivio para todos.

Muy rara vez el maniqueísmo y la sensatez son amigos. El código binario con el que funcionan varias máquinas inteligentes será un prodigio tecnológico, pero sigue siendo limitado al lado del intelecto humano. Aceptemos entonces las infinitas tonalidades de gris. Solo así podremos entender en qué parte del bosque estamos perdidos y cómo podemos salir de él.

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