Alejandro Armas, autor en Runrun

Alejandro Armas

Entre la adaptación y la adaptación, por Alejandro Armas
El fetichismo electoral excluye lo más importante para que el voto sea efectivo: la movilización ciudadana en su defensa, en caso de desconocimiento por el régimen

 

@AAAD25

Creo que muchas personas le deben una disculpa a Henri Falcón. Démosle el asiento del piloto a Mnemósine para que ponga la palanca en retroceso (la única marcha en la que puede manejar, obviamente) y nos lleve a 2018. Falcón lanzó su quijotesca campaña presidencial contra Nicolás Maduro. Los partidos de la MUD, convencidos por las horriblemente arbitrarias elecciones regionales de 2017 de que el voto ya no podría ser un instrumento para el cambio político, se abstuvieron de participar. Sus seguidores en aquel entonces denunciaron a Falcón como inepto, en el mejor de los casos, o como cínico actor en la simulación chavista de democracia, en el peor de los casos.

La MUD se inclinó por un plan rebelde y antisistema, totalmente divorciado del statu quo diseñado por el chavismo para que su autor jamás pierda su hegemonía, aunque la voluntad ciudadana se oponga. La apoteosis de dicho plan ocurrió en Chacao en enero de 2019, cuando Juan Guaidó se juramentó como “presidente interino”. Están por cumplirse tres años de aquel día, sin que el interinato cumpla su objetivo fundamental. El plan antisistema de la MUD no dio frutos. El resultado ha sido la desilusión de las masas deseosas de cambio político como preludio para la recuperación económica y social del país.

Todo bien hasta ahora… Bueno, no. Mal, pero comprensible. La frustración es comprensible. Lo que sigue, no tanto. Y es que, aunque la rebeldía de la MUD y del interinato terminó llevando a una calle ciega, algunos conciudadanos dieron media vuelta para ir a… Otra calle ciega ya conocida. A saber, el callejón sin salida del fetichismo electoral. La creencia de que lo único que pueden hacer los adversarios del chavismo es ganar elecciones y esperar por el milagro de que al chavismo le dé la gana de respetar el resultado (y con esto no me refiero solo a los números; también a los efectos del resultado, como permitir que un ente conquistado por la oposición actúe de forma autónoma).

En varios casos, el salto de la rebeldía antisistema al fetichismo electoral se dio de forma muy brusca, y con desparpajo para efectos de justificación. Sobre todo a partir de la decisión de la MUD de tomar parte en las regionales del año pasado y, más aun, tras la victoria de Sergio Garrido en Barinas, cuyos méritos y límites discutí la semana pasada en esta columna. De manera que personas que en 2018 condenaron a Falcón por “medirse” con Maduro, ahora repiten los mismos argumentos esgrimidos por aquel hace cuatro años. Dudo que lo admitan, aunque deberían.

Pero por más que estos individuos hagan en público como si no vieran la montaña de evidencia de que el voto por sí mismo no se traduce en cambios políticos bajo el sistema chavista, no creo que en su fuero privado de verdad lo hayan olvidado. No soy psicólogo social, pero me parece que estamos ante una especie de mecanismo colectivo de defensa. Un intento de racionalizar la disonancia cognitiva entre la necesidad de sentir que se está haciendo oposición efectiva y el hecho de que en realidad no se está haciendo.

En otras palabras, estas personas se rindieron. Desistieron de la lucha opositora y su objetivo de restaurar la democracia y el Estado de derecho en Venezuela.

Ven como algo inevitable que el chavismo siga gobernando hasta quién sabe cuándo y se conforman con adaptarse al sistema y vivir lo posiblemente mejor en él. Pero no lo quieren admitir, vaya usted a saber por qué. De ahí que necesiten racionalizar la disonancia. Sin embargo, la realidad es terca, y cada vez que insiste en presentarse, en vez de admitirla, se redobla el esfuerzo por racionalizar la disonancia, tal como sostuvo Leon Festinger, autor de esta teoría. No importa cuán descabellado sea el argumento.

Es así como la adaptación al sistema chavista por arte de magia se convierte en «oposición» al mismo. Administrar las migajas de poder y recursos que el chavismo tolera, a cambio de someterse a él, es «ocupar espacios de lucha». Los nuevos prohombres de este ethos son los políticos del G4 que se están «falconizando»: Manuel Rosales, Sergio Garrido, etc. Curiosamente, el propio Falcón y sus aliados no reciben el mismo reconocimiento, sospecho que por razones de sectarismo.

Pero, repito, la realidad insiste. Adaptación y oposición nunca serán lo mismo. Sé que es difícil mantener la aspiración de vivir en democracia luego de tanto esfuerzo y sacrificio sin llegar ahí, pero no me parece correcto tirar la toalla. Porque creo que merecemos algo mejor. La adaptación, tener a gobernadores como Garrido, solo nos permitirá en todo caso gozar de una calidad de vida un poco menos mala. Jamás cuestionaré que alguien quiera vivir menos mal, pero vivir menos mal no es vivir bien, ni ser libre.

Así que yo le sugiero a todos los interesados en el porvenir de la nación que sean firmes exigiendo a los políticos y líderes de opinión claridad en sus propósitos. ¿Quieren adaptarse u oponerse? No pienso increpar a nadie si se inclina por la adaptación, pero que no la disfrace, con ribetes épicos, de esfuerzo para lograr un cambio político. Eso es burlarse de la gente y darle falsas esperanzas.

Lamentablemente pareciera que, en la medida en que la MUD retoma la participación electoral, son los creyentes en la adaptación los que dictan pauta, sin reconocer ante el público, y quizás ante ellos mismos, su limitada visión de progreso. Esto es un problema porque su fetichismo electoral en esencia excluye lo más importante para que el voto sea efectivo: la movilización ciudadana en su defensa, en caso de desconocimiento por el régimen. Si así va a ser la agenda opositora en 2022 y más allá, está condenada. En el mejor de los casos, será un fracaso con buenas intenciones. En el peor de los casos, una farsa descarada.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Todo sobre Barinas. Lo bueno y lo malo, por Alejandro Armas
Garrido deja sus valiosas lecciones de captación del voto, pero sus últimas afirmaciones reflejan las contradicciones de una oposición que se identifica como antisistema pero reintegrándose al sistema

 

@AAAD25

Para bien o para mal, los indicios apuntan a que se ha consolidado la reanudación del uso de elecciones como herramienta para lograr el cambio político en Venezuela, por el grueso de la oposición. El triunfo de Sergio Garrido en los comicios, arbitrariamente repetidos para la Gobernación de Barinas, habrían sellado esa decisión.

Dado que este hecho bien pudiera marcar la agenda opositora venezolana a lo largo de este naciente 2022 y más allá, me parece pertinente que nos detengamos a estudiarlo desde sus distintas aristas.

Hay quienes creen que el chavismo está dotado de una omnisciencia maléfica que le permite prever todo lo que sus adversarios harán, y adelantarse a ello para evitar que sea efectivo. Aunque no faltan los que recurran a razonamientos halados por los pelos para reafirmarlo hasta en este caso, su derrota en las elecciones de Barinas es muestra de lo contrario. No, no es muy probable que esto le lave la cara en el extranjero y sea la excusa para levantarle sanciones internacionales (ni hay que suponer tal cosa por los tuits de Pablo Iglesias en modo ñángara provocador).

Pero tal vez lo que más evidencia que las maniobras del chavismo en los Llanos occidentales fueron un error es el haberle dado a la base opositora, ampliamente mayoritaria pero también frustrada y desmovilizada, una nueva esperanza.

De haber aceptado desde un principio la victoria de Freddy Superlano en noviembre, la imagen resultante le hubiera sido mucho más favorable: menos votos para ellos en solo 4 de los 23 estados, abstención elevadísima, los mismos vicios de siempre, etc. Un buen pie para comenzar 2022 con el mismo statu quo imperante desde 2017.

Por el contrario, le dio a la dirigencia opositora una oportunidad que esta aprovechó para impresionar al país, cosa que no hacía en mucho tiempo. Ese fue el efecto de las elecciones repetidas, para las cuales los poderes sometidos al chavismo inhabilitaron a todos los candidatos que se pensaba eran competitivos, y en las que se repitieron los abusos de costumbre, sin la observación europea presente en noviembre.

Y aun así, Garrido y su equipo lograron estimular la participación e imponerse en las urnas por un margen muy superior al de Freddy Superlano (no tengo la disposición a discutir la confiabilidad de las cifras del CNE; esas son las que hay, y si lo electoral va a copar la política criolla, a quienes la observamos no nos queda más remedio que atenernos a ellas). Sin duda es una hazaña encomiable. Superó, con creces, mis expectativas. No dudo que muchos en el resto de Venezuela lo vieron y pensaron “¿Por qué aquí no?”.

Si la oposición va a seguir por este camino, debería estar desde el lunes revisando el progreso de la campaña de Garrido, identificar sus puntos fuertes y planificar cómo replicarlos en todo el país. Sea convocando a un referéndum revocatorio, y luego sufragando en el mismo, o en las elecciones presidenciales de 2024 (da vértigo pensar en todo lo que podría pasar en dos años, lo sé).

Pero lo más importante, y aquí no voy a pedir disculpas por mi cantinela habitual, es que la oposición tenga un plan de movilización ciudadana en caso de que el chavismo rechace un resultado adverso. No se puede ser ingenuo. Es harto improbable que el chavismo haga lo que hizo el domingo pasado si es el poder central lo que está en juego.

Nadie con dos dedos de frente puede creer que el reconocimiento de su derrota en Barinas sea producto de una diferencia enorme a favor del ganador. Aunque la Asamblea Nacional electa en 2015 fue consecuencia de una victoria abrumadora de la MUD, el chavismo la desconoció de facto. Porque, repito, el poder central estaba en juego. No pasa lo mismo con una gobernación. Ya en su faceta más brutal, el régimen demostró disposición a tolerar unas pocas gobernaciones en manos ajenas, de paso despojadas de su potencial como focos de oposición activa (más al respecto pronto).

Es en este punto donde termina lo brillante de la elección en Barinas y me veo en la obligación de pasar a asuntos más opacos. Desde que Jorge Arreaza se le adelantó al CNE y admitió su derrota, me estaba preguntando cómo se desempeñaría Garrido en su papel de gobernador en un ecosistema desarrollado por el chavismo para garantizar su dominio absoluto. El propio ganador me aclaró las dudas con sus declaraciones a la prensa esta semana.

No tuvo reparo en mostrar su voluntad de reunirse con Nicolás Maduro para comenzar a coordinar con Miraflores una gestión regional cuyas prioridades son importantes pero mundanas: el servicio de agua, la vialidad agrícola, la infraestructura escolar, etc. ¿Y el esfuerzo por restaurar la democracia y el Estado de derecho en Venezuela? Eeeehhhhh, no. Eso no fue mencionado.

Mi intención con esta parte del artículo no es lanzar recriminaciones a nadie. Pero sí debo decir lo siguiente. Con las susodichas afirmaciones, Garrido da a entender que como gobernador será similar a los de Acción Democrática en el período 2017-2021. Ese es también el tren en el que se están montando Morel Rodríguez, Alberto Galindo y Manuel Rosales. En otras palabras, seguirán la regla tácita de la política venezolana que reza que, para ocupar cargos de elección popular sin ser parte del chavismo, se debe asumir un compromiso de no usar el despacho para desafiar al régimen de ninguna manera.

Todo lo que pueden hacer es administrar parcialmente sus respectivos estados y municipios. Digo “parcialmente” porque ni la promesa de sumisión basta para que Miraflores les permita ejercer todas sus funciones.

Maduro podrá haber prometido no imponer “protectores” donde el chavismo pierde, pero hay otras vías. Basta con ver la toma de atribuciones de la Gobernación del Zulia.

Así que Garrido le deja a la oposición sus valiosas lecciones de captación del voto, pero parece que no será parte de la defensa del voto tan necesaria en cualquier elección nacional, si lo que quiere es retener su gobernación para asfaltar calles y reparar tuberías.

Esto no es como para entusiasmarse, claro. Además refleja las contradicciones de una oposición que se identifica como antisistema pero trata de reintegrarse al sistema. Consideraciones al respecto las dejaré para el próximo artículo. Como dije al principio del presente texto, para bien o para mal la dirigencia disidente está volviendo al aún bloqueado camino electoral. Depende de ella el que sea para bien. Por ahora me limitaré a desear que así sea.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

En el laberinto de las palabras, por Alejandro Armas
Con cada año que pasa, la retórica de la oposición venezolana genera menos y menos entusiasmo. No puede ser de otra manera cuando el verbo se traduce en pocos nulos actos

 

@AAAD25

Comenzamos 2022 con lo que ya podemos llamar “discursos de rigor” en la oposición venezolana, denominación que no es muy alentadora, habida cuenta de que refleja el arraigo del estancamiento en nuestra causa democrática. A saber, reconocimientos de errores y de la desconexión entre las elites políticas y las masas despolitizadas, llamados a la reunificación entre facciones disidentes (pero bajo las preferencias del emisor), promesas de mantener la lucha, etc.

Con cada año que pasa, esta retórica genera menos y menos entusiasmo. No puede ser de otra manera cuando el verbo se traduce en pocos nulos actos. Todo se queda en el terreno de la palabra. Nada de acción. Yo siempre preferiré mil veces una comedia de Woody Allen antes que otra iteración de Rápido y furioso. Pero los venezolanos estamos en una situación que requiere de dinamismo físico, como en las pinturas futuristas de Boccioni o Russolo.

Quedarse solamente en el ámbito discursivo, la esencia de la política para Hannah Arendt, está muy bien en democracia. No es nuestro caso.

No en balde a regímenes como este se les llama de facto. Para ellos, la palabra no vale nada. No vale como compromiso, puesto que desechan sus juramentos y pactos con terceros tan pronto como lo crean conveniente a sus intereses privados. De ahí que la promesa de redención de los pobres mediante una redistribución radical de la riqueza se haya traducido en una pauperización calamitosa y sin precedentes de la sociedad venezolana, con la cruel añadidura de una desigualdad extrema por la cual unos pocos gozan de lujos y privilegios impensables para las masas.

La palabra tampoco les vale en tanto codificación de las normas morales que permiten un orden social justo. Ni siquiera cuando están consagradas en una carta magna cuyo preámbulo invoca la soberanía popular como mandato inapelable (para lo que quedó la prosa de Gustavo Pereira exaltando los “poderes creadores del pueblo”). No hay Estado de derecho en absoluto.

Y es que hay una razón por la que la justicia es personificada por una mujer con una balanza y una espada. La ley no se cumple sin un poder que vele por ella. Es solo un papel con… Palabras. Ninguna consideración de jure, por impecablemente ética que sea, cuenta con obediencia garantizada de la población si nadie coacciona. Siempre habrá individuos dispuestos al crimen, a los que solo el miedo a un castigo mantiene derechitos. La deontología, por desgracia, no llega tan lejos. Por eso Platón en Las leyes, uno de sus diálogos de madurez, avizoró una ciudad con legislación escrita y, está de más decir, autoridades que la ejecuten (en La república, obra más juvenil, la ciudad ideal no es así, pues se espera que la educación por sí misma genere ciudadanos virtuosos que siempre sabrán cómo conducirse).

Por eso es penoso que en los últimos meses la principal coalición opositora, la del G4 y sus aliados, haya puesto el foco en cuestiones de jure. Discusiones álgidas sobre el futuro del interinato en las que los bandos en disputa presentaron cada uno sus argumentos jurídicos sobre los méritos y defectos de ese peculiar híbrido entre los poderes legislativo y ejecutivo que es el ente encabezado por Juan Guaidó. Podemos suponer que detrás de ello hay disputas sobre la administración de bienes de la República bajo control del interinato, como Monómeros.

Triste, porque a estas alturas queda claro que la suerte del interinato es irrelevante para efectos de lo que ocurra dentro de Venezuela, teniendo en cuenta su nulo control sobre el territorio nacional. En todo caso, el desenlace repercute sobre la aludida administración de activos y en el trato con los aliados internacionales de la causa democrática. En fin, termina siendo una discusión bizantina.

Entretanto, no pareciera que Guaidó y compañía se acerquen a lo que sí pudiera cambiar las cosas: una estrategia de movilización ciudadana que, junto con la presión externa, coaccione a la elite gobernante para que acepte una transición real. Si el año pasado la agenda opositora estuvo absorbida por deliberaciones a favor o en contra de la participación en las “elecciones” regionales y municipales, pues pareciera que en 2022 sucederá algo parecido con respecto a la convocatoria de un referéndum revocatorio. Veremos el mismo intercambio fútil y tedioso entre “electoreros” y “abstencionistas”; para variar eludiendo el punto crucial de que el voto y la abstención en sí mismos no hacen nada si no van acompañados de movilización ciudadana.

Las alternativas al interinato no es que sean mejores. Asimismo, su discurso reciente se concentró en rechazar la prolongación del interinato, pero sin proponer opciones convincentes. El (llamémoslo así) “caprilismo” solo se mantiene en su onda de llamar a votar pero sin un plan efectivo de defensa del voto. El “machadismo” se quedó pegado en la espera de un redentor foráneo que no vendrá. Si estas dos corrientes no entienden que para ser una alternativa atractiva hace falta mucho más que quejarse en redes sociales, están condenadas a una inanidad incluso mayor que la del interinato, que al menos ha podido mantener reconocimiento internacional de peso.

Y así pasan los años, mientras el país cambia más por las decisiones de la elite chavista que por lo que la oposición hace. Es como si la disidencia, ya extraviada, le añadiera más recovecos a su laberinto con cada perorata que oscurece más que aclarar. Lo que, como ciudadano, me gustaría es que cada facción admita su impotencia, para ver si alguna, varias o todas logran concebir un plan que sí trascienda. Ese sería su hilo de Ariadna, que comienza con, de nuevo, palabras. Pero palabras que comuniquen próximas acciones.

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No más caprichos ideológicos, por Alejandro Armas
No se ayuda a la causa democrática venezolana en el exterior empaquetándola como un choque entre derecha e izquierda. Es un choque entre democracia y autoritarismo

 

@AAAD25

En su exhorto a desmontar el interinato encabezado por Juan Guaidó, Julio Borges reprochó a la dirigencia opositora haberse enfocado mucho en actividades fuera de Venezuela, en detrimento de lo que sucede dentro del país. Sin intención de respaldar toda su perorata de la última semana, creo que en este punto específico el coordinador nacional de Primero Justicia tiene razón.

La oposición lleva año y medio prácticamente inerte en el interior de Venezuela.

Urge una estrategia en la que los ciudadanos puedan participar, más allá de votar en elecciones que siguen terriblemente viciadas.

Pero eso no quiere decir que la visión internacional de la disidencia deba ser apartada. Es un hecho indiscutible que los venezolanos no pueden enfrentar este horror solos. No se trata de mantener vivas las fantasías intervencionistas que, afortunadamente, ya solo siguen vigentes en unas pocas mentes alienadas de la realidad, sino de velar porque la mayor cantidad posible de gobiernos y demás actores internacionales se comprometan con la restauración de la democracia en Venezuela y actúen acorde.

Al no ser esta una tarea baladí, tampoco se debe proceder en ella a la ligera. Cada acción hay que meditarla con cuidado, sobre todo en un cosmos de realidades políticas que mutan rápido. Los cambios de gobierno en Estados que apoyaron a la oposición son especialmente delicados. La causa democrática venezolana ya perdió aliados importantes en México, Perú y Argentina. Debe hacer todo lo que esté a su alcance para evitar aun más pérdidas.

Lamentablemente dicho alcance es bastante reducido. La decisión la tienen los ciudadanos de los respectivos países, y lo que digan o dejen de decir al respecto extranjeros tiene un efecto poco o nulo. Ergo, lo más sensato que puede hacer la dirigencia opositora es procurar que, gane quien gane una elección, esa persona se mueva en atención a los intereses democráticos venezolanos. En otras palabras, que no se vuelva afín al chavismo, o neutral.

Algo que definitivamente no ayuda a lograr estos objetivos es el papel que desempeñó Leopoldo López durante su visita reciente a Chile, con solo dos semanas faltantes para el balotaje que determinará su próximo presidente. ¿José Antonio Kast o Gabriel Boric?

En caso de que no se hayan enterado, López se limitó a encontrarse con Kast, el ultraconservador que reivindica la dictadura de Pinochet. No solo eso, sino que participó en un acto de su campaña, en un claro gesto de respaldo ante Boric, un militante de izquierda que genera sospechas razonables por la presencia de elementos radicales, incluyendo al Partido Comunista de Chile, en la coalición que lo apoya.

Fue un mal abordaje. Francamente no veo ningún problema con que López se reúna con Kast para discutir asuntos relacionados estrictamente con la política chilena hacia el chavismo y con la migración de venezolanos a Chile. Pero no que haga proselitismo a su favor. Lo ideal hubiera sido que se reuniera con ambos candidatos y se mantuviera neutral para efectos de la campaña. Nos guste o no, Boric pudiera ser el próximo presidente de Chile. Negarse a tender puentes con él es necio. Alinearse explícitamente con su contrincante en una elección hiperpolitizada es peor.

Sobre todo porque, con Kast al mando, lo más probable es que el gobierno chileno siga siendo un aliado de la oposición venezolana, así sea solo porque a Kast le conviene para su propaganda ideológica y no porque sea un demócrata convencido (que no creo que lo sea). Esa certeza no existe con Boric, así que la dirigencia opositora venezolana debería redoblar esfuerzos con él.

No descarto, por supuesto, que López de hecho intentara concretar un encuentro con Boric pero que este lo rechazara. Después de todo, para la izquierda chilena más recalcitrante, que es parte de la base de apoyo a Boric, e incluyendo aquella que se distanció de Nicolás Maduro y compañía, la oposición venezolana es diabólica. Para muestra el ataque a López con huevos en una calle de Santiago. Pero el espaldarazo de López a Kast no apoya tal hipótesis.

Alguien pudiera invocar el pasado apoyo de Boric al chavismo como excusa para no tratar con él. Apoyo que fue manifiesto al menos hasta 2013. Pero hacerlo sin tener en cuenta sus críticas más recientes hacia el régimen venezolano, y sus pares en Cuba y Nicaragua, es cuanto menos manipulador. No digo que creamos ciegamente en el cambio de parecer de Boric. Pudiera ser falso. Un disimulo de campaña. Pero también existe la posibilidad de que sea sincero. A mi juicio, lo correcto sería aproximarse a él con cautela, pero aproximarse al fin. Si no se da el resultado esperado, por omisión no va a ser.

Espero que la dirigencia opositora aprenda la lección. Somos un país urgido de cuanto apoyo nos puedan dar. Las consideraciones ideológicas sobre quien lo ofrezca o pudiera ofrecerlo son secundarias. Solo se debe evitar tomarse de manos con dictaduras, o con gobiernos u organizaciones políticas irremediablemente alineadas con el chavismo (como Podemos en España).

La lección también debe ser para el público venezolano en general. No se ayuda a la causa democrática venezolana en el exterior empaquetándola como un choque entre derecha e izquierda. Es un choque entre democracia y autoritarismo, y así se le debe identificar.

Buscar el apoyo de izquierdistas no es pecado, ni debería ser determinante en decisiones de esta índole cuán a la derecha está un potencial aliado. Dudo mucho que López sea ideológicamente afín a Kast. Tal vez solo creyó que al reunirse exclusivamente con él ganaría puntos con un sector de la base opositora, muy activo en redes sociales, que equivocadamente cree que oponerse al chavismo es ser de derecha y que, ergo, entre más a la derecha, mejor. Craso error. Ser de derecha está bien, pero la derecha no tiene el monopolio sobre la disidencia venezolana.

Sacrificar los intereses del país por cálculos ideológicos internacionales es bastante egoísta. Por favor, no lo hagan.

PS: Le daré unas vacaciones decembrinas a esta columna. Este será su último artículo del año. Nos vemos en 2022. ¡Felices fiestas para todos!

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El absurdo afán de sumar, por Alejandro Armas
Por esos lares del espectro de todo lo ajeno al PSUV se han cruzado demasiadas líneas… Rojas, por supuesto, lo cual pone en entredicho la tesis de que el éxito opositor consiste en sumar organizaciones

 

@AAAD25

Trabajar con política venezolana no es fácil. Para el activista opositor, siempre es peligroso. Para los que no hacemos política sino que la estudiamos, es deprimente. Periodistas y politólogos (tengo el gusto o desgracia de ser ambas cosas) no podemos abstraernos de la política nacional y pensar en todo menos ella, como hace el grueso de la población venezolana ante la debacle congelada. Así que, en resguardo de mi sanidad mental, desde hace un par de años he adoptado una especie de filosofía que pudiera llamar “pesimismo activo”. Consiste en asumir que en el corto y mediano plazo el chavismo seguirá gobernando y la dirigencia opositora seguirá yendo de error a error.

Paso todo el día observando el acontecer político, pero sin hacerme ilusiones que al frustrarse terminen en amargura. Solo así encuentro el ánimo para seguir dedicándome a esto e insistir en lo que modestamente creo acertado. Y claro, disfrutar dentro de mis posibilidades de los gozos naturales y culturales que este devastado país aún ofrece ayuda mucho.

Viendo las secuelas de las elecciones regionales y municipales, me alegro de haberme, por decirlo coloquialmente, pasado este switch. Las lecturas de la situación por el liderazgo opositor no son muy distintas a las que la llevaron a su estancamiento de los últimos años. De nuevo, una tendencia a subestimar aquello de lo que es capaz el régimen, confianza ingenua en acuerdos producidos en diálogos en los que el chavismo nunca estuvo dispuesto a hacer concesiones importantes, y una falta tremenda de preparación ante eventuales exabruptos.

Para muestra Freddy Superlano, el ganador de la contienda por la gobernación de Barinas que sin embargo no será gobernador. Aunque Superlano llamó a protestar contra la anulación de su victoria, también adelantó que la MUD “le daría una redoblona” al PSUV en las elecciones repetidas, lo cual es un tácito reconocimiento de que su victoria ya está irreversiblemente desechada. Un poco complicado eso de invitar nuevamente a votar si no fuiste capaz de defender el voto en primer lugar.

Pero hay una de estas interpretaciones postelectorales en la que quiero detenerme, por considerarla particularmente nociva. A saber, la que sostiene que estos comicios no fueron otro fiasco para la oposición debido a que la inmensa mayoría de los ciudadanos se abstuvo, sino a que “la oposición fue dividida”. En el artículo de la semana pasada sostuve por qué, a mi juicio, este argumento no es más que un vano intento de omitir el hecho de que pocos venezolanos ven en el voto, sin una estrategia de movilización en torno suyo, un instrumento para lograr el cambio político.

Ahora discutiré una de sus consecuencias. A saber, el llamado de algunos dirigentes y (llamémoslos así) comentaristas interesados en la política a unificar a la oposición para obtener un mejor resultado en futuros comicios.

El gran problema con este planteamiento gira en torno al concepto de “oposición”. Para los emisores de la propuesta, pareciera que el término alude a todo aquel que no sea parte del Gran Polo Patriótico, la coalición encabezada por el PSUV. Esto muy a pesar de que hay evidencia de sobra de que varias organizaciones en ese espectro en efecto se identifican como “oposición” pero no se oponen realmente al chavismo. Compiten con él en elecciones, cómo no. Pero no lo desafían. No se le resisten. Ni siquiera cuando atenta arbitrariamente contra sus intereses.

Veamos por ejemplo a Fuerza Vecinal. Hasta su mismísimo nombre es una declaración de acatamiento a la norma tácita de la política venezolana que, desde 2017, dicta que todo gobernador o alcalde debe dedicarse exclusivamente a desempeñar funciones administrativas (las que Miraflores no le quite, entiéndase) en su respectiva jurisdicción y bajo ninguna circunstancia puede promover el activismo disidente. En caso contrario, correrá el riesgo de tener la misma suerte que la generación anterior de mandatarios estatales y locales, que en buena medida terminó inhabilitada, presa o exiliada.

A pesar de todo esto, uno pudiera argumentar que se puede tender puentes con Fuerza Vecinal si sus líderes asumen posturas más desafiantes. Mucho más complicado sería hacerlo con la Alianza Democrática, que amalgama a los partidos de Henri Falcón, Timoteo Zambrano y Claudio Fermín, entre otros, con aquellas organizaciones que fueron intervenidas el año pasado por el Tribunal Supremo de Justicia.

No puede ser que haya que explicar esto, pero es una insensatez mayúscula tenderle la mano a personas que se apoderaron de partidos recurriendo a un ente externo que de paso es controlado por el chavismo, y que después los encauzaron por el ya aludido camino de ser “oposición” sin hacer oposición, rompiendo así con la trayectoria previa de dichos partidos. Eso por no hablar de los vínculos de estos señores con Alex Saab.

Y si alguien dice que lo pasado en el pasado se quedó y que hay que hacer borrón y cuenta nueva, que vea nada más las últimas acciones de Adolfo Superlano, uno de los exdiputados asociados con Saab según reveló el portal periodístico Armando Info. Fue él quien acudió al TSJ para exigir que se anule el conteo de votos que dio como ganador a otro Superlano, Freddy, en las elecciones por la Gobernación de Barinas. Otro triunfo arrebatado a la disidencia, con la participación de alguien cuyo partido (MIN-Unidad) es parte de la Alianza Democrática.

Ahora bien, alguien también pudiera argumentar que aunque pactar con Adolfo Superlano y similares es inviable, sí se puede con miembros de la Alianza Democrática “más potables”, como Falcón y Zambrano. Pero aun así es necesario preguntarse, ¿se puede confiar en quienes se aliaron con José Brito, Luis Parra, etc. aun a sabiendas de su naturaleza?

A eso hay que agregar que lo que pudiéramos llamar “falconismo” también ha abrazado el ser “oposición” sin hacer oposición.

Y lo han hecho a una escala mucho más visible que la de Fuerza Vecinal, debido a sus aspiraciones más amplias (estar en la Asamblea Nacional electa en 2020, por ejemplo). Parte de ello es repetir como mantra que la “oposición” se debe restringir al diálogo y al voto, y descalificar cualquier alternativa de resistencia cívica prácticamente con los mismos términos que usa el chavismo.

En conclusión, me parece que por esos lares del espectro de todo lo ajeno al PSUV se han cruzado demasiadas líneas… Rojas, por supuesto, lo cual pone en severo entredicho la tesis de que el éxito opositor consiste en sumar a la mayor cantidad posible de organizaciones. Pero una cosa son las organizaciones y otras son los ciudadanos comunes que las siguen. Las elecciones del 21 de noviembre mostraron que, por una razón u otra, en varios casos, la gente prefirió votar por miembros de la Alianza Democrática que por miembros de la MUD. Si la oposición real quiere volver a contar con apoyo masivo para hacer movilizaciones que presionen efectivamente por un cambio, tendrá que convencer a esos electores. Sea comicial su estrategia o no.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Negación postelectoral, por Alejandro Armas
Para que vuelva la fe en el voto, hay que alentarla con una estrategia que incluya el voto, pero no se limite al mismo. ¿Dará la oposición ese gran paso?

 

@AAAD25

Las elecciones regionales y municipales del domingo pasado fueron un cierre apropiado para la campaña comicial de 2021, otro de tantos capítulos en la historia de nuestra decadencia nacional. Finalmente, y a pesar de todos los pretendidos diagnósticos de una mejora en las condiciones, la jornada estuvo plagada de las mismas trapisondas de costumbre: puntos rojos, centros de votación que permanecieron abiertos por encima de lo debido, violencia contra opositores, etc.

Tal vez previendo lo que se venía, y considerando las expectativas mínimas de beneficios discutidas previamente en esta columna, la inmensa mayoría de los electores prefirió no acudir a las urnas. Como ha ocurrido en todas las elecciones a partir de 2018, la abstención fue enorme.

Un lugar común de los políticos en las secuelas de elecciones es “El país ha hablado” o “El país ha enviado un claro mensaje”. Curiosa claridad, ya que las interpretaciones del mensaje terminan siendo muchas, por lo general a conveniencia del exégeta y, si el resultado no le es favorable, con poca o nula mea culpa.

Yo diría que el mensaje mayoritario no está en ninguno de los rectángulos del tarjetón. Está paradójicamente en el silencio. En la omisión del sufragio. La abstención expresa la abulia colectiva del venezolano para con los asuntos públicos. Es lo que he llamado la “despolitización» de las masas.

Los ciudadanos están profundamente descontentos con la crisis política, económica y social, consideran que el régimen es el gran responsable, quieren un cambio político… Pero no ven que la dirigencia opositora sea capaz de lograrlo. Así que se frustran y prefieren replegarse a sus actividades privadas, entre la huida o la adaptación a una realidad que detestan, pero cuya transformación para bien es vista por los momentos como imposible.

La despolitización de esta gigantesca base opositora (la considero opositora no porque milite en equis partido sino por el sencillo hecho de que se opone al statu quo chavista) va de la mano con la desorientación de la dirigencia disidente. Lo vimos en 2018, luego de que la MUD demostrara en el fiasco de las regionales del año anterior que sus destrezas se limitan a la movilización electoral. Una vez que los últimos vestigios de competitividad comicial fueron eliminados, y de que se impusiera como regla tácita que la ocupación de espacios como gobernaciones y alcaldías por políticos ajenos al PSUV estaría condicionada a que los mismos no sean usados como hervideros de oposición activa, los talentos de la MUD que tanto sirvieron para conquistar la Asamblea Nacional en 2015 se volvieron inútiles en la causa por la restauración de la democracia. De todo eso se dieron cuenta los ciudadanos. No en balde 2018 fue uno de los años de mayor desmovilización opositora.

Viendo el camino electoral bloqueado, la MUD optó por métodos divorciados del juego en el que el chavismo es jugador y árbitro a la vez. Esto fue el ascenso de Juan Guaidó, seguido por una rápida recuperación de la fe masiva en la dirigencia. Pero cuando esta estrategia también se estancó, la decepción y el hastío regresaron.

Pasaron así dos años más, al cabo de los cuales la MUD admitió que su plan rebelde no estaba yendo a ninguna parte. Pero en vez de redoblar esfuerzos en el desarrollo de un plan nuevo, volvieron a una vía electoral que seguía obstruida. Y lo hicieron sin una estrategia de movilización que trascienda el mero acto de votar. Sin decirles a los ciudadanos qué hacer aparte de ir a los centros de votación.

Como era de esperarse, este giro de 180 grados, luego de un trienio asegurando que no se podía acudir a las urnas hasta tanto no se rescate el sentido del voto, generó confusión y no mucho entusiasmo. Pero, volviendo a la falta de mea culpa en la interpretación de “El país ha hablado”, no vemos, entre los defensores del votar como sea, un reconocimiento de que este mensaje no cala en la ciudadanía. Pienso por ejemplo en Henrique Capriles, quien a pesar de las cifras negó expresamente que “la abstención fue la gran ganadora”.

Pero no ocurre solo entre dirigentes. Por mis interacciones propias, puedo decir que algunos de los ciudadanos comunes que siguen con mayor devoción a la MUD están en la misma onda. Triste ironía: recuerdo que estas personas en 2018 cuestionaron con furia a Henri Falcón por sus argumentos de que hay que votar en toda circunstancia; ahora están usando los mismos alegatos del exgobernador de Lara, palabras más, palabras menos.

Están en negación. Por tomar prestada la terminología psicológica del Modelo de Kübler-Ross sobre las etapas del duelo, se niegan a creer que ha muerto la fe del ciudadano en el voto para dejar atrás la tragedia venezolana.

Sé que esto suena sombrío, así que quiero cerrar con tono más optimista. Aunque he dicho que la fe en el voto “murió», debe entenderse que es solo una metáfora para describir un “luto” mal llevado. Una pésima forma de lidiar con la pérdida de algo que se valora. Pero como aspecto de la mente o, si se quiere, del alma, en el dualismo cartesiano la fe es en realidad inmortal. Se le puede hacer mucho daño, al punto de que se retire y no se muestre por ninguna parte. Pero siempre puede volver. Solo que para que eso ocurra, en el caso de la fe en el voto, en esta Venezuela hay que alentarla con una estrategia que incluya el voto, pero no se limite al mismo. ¿Dará la oposición ese gran paso, luego de cerrar el modelo luctuoso con la etapa final, la aceptación, o se quedará negando la realidad?

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Alejandro Armas Nov 19, 2021 | Actualizado hace 2 meses
Un último exhorto, por Alejandro Armas
Venezuela seguirá siendo la misma el lunes, 22 de noviembre. Lo seguirá siendo mientras la oposición no desarrolle una nueva estrategia

 

@AAAD25

Este artículo será breve, porque de verdad no hay mucho de qué hablar. Venezuela llegó a las puertas de unas elecciones, si así se les puede llamar, que una vez más han concentrado la atención de la política nacional (excusen la rima no intencional), muy a pesar de la mínima probabilidad de que cambien sustancialmente nuestro drama.

Algunos han llamado tenazmente a la participación, como una forma de “defender o ganar espacios”. Otros la han condenado, aduciendo que “legitima al régimen”. En un tercer grupo, en el cual me incluyo, hemos visto todo con indiferencia.

Al incluirme no hablo como periodista o politólogo. Por supuesto que desde esa identidad no puedo abstraerme del evento político dominante en mi país hoy. Esta mismísima columna ha dado fe de ello, pues la he usado en los últimos meses para expresar mis observaciones a propósito de cuanto punto de interés relacionado con las elecciones detecte.

Mi indiferencia es más bien como ciudadano. Como uno más del montón en una colectividad nacional preocupada por el presente y el futuro del país, y que guía sus acciones pensando en qué puede contribuir más con el bien común.

Así pues, como ciudadano indiferente a las elecciones, voy a emitir un último exhorto a mis conciudadanos: hagan lo que quieran. Voten o absténganse. Al tomar cualquiera de las dos vías, no estarán haciendo una contribución enorme a la resolución de la crisis, pero tampoco un gran daño.

Los argumentos tanto de los fanáticos del voto como los de la abstención están errados.

Voy a recapitular un poco las observaciones sobre el proceso previamente referidas. Al sufragar por candidatos ajenos a la elite gobernante, usted estará impulsando la candidatura de alguien que, de ganar, tendrá un margen de maniobra muy limitado. Gobernadores y alcaldes que en todo caso solo podrán dedicarse a labores administrativas como la recolección de desechos y el mantenimiento al alumbrado público. Y eso si el chavismo se abstiene de intervenirles hasta esas funciones con “protectores”, “el poder popular”, etc.

De lo que pueden olvidarse es de que gobernaciones y alcaldías sean espacios funcionales para la causa democrática. De que desafíen al régimen en sus objetivos hegemónicos. Eso es algo que ha sido criminalizado de facto en Venezuela al menos desde 2013, con un notable agravamiento a partir de 2017 (no en balde dos años de protestas masivas contra el chavismo, amparadas por gobernadores y alcaldes opositores, muchos de los cuales terminaron exiliados o presos).

Considerando estas mínimas expectativas, mal pueden los entusiastas del voto recriminar a quien desee abstenerse. Pero lo contrario también es cierto. Es válido creer, aunque no haya certeza de ello, que una autoridad regional o local ajena al chavismo mejorará aunque sea un poco la calidad de vida en el espacio habitado por un votante cualquiera. Nadie puede reprochar tal cosa.

Para bien o para mal, las potencias extranjeras democráticas han aceptado que estas elecciones van a ocurrir y que la mayoría de la dirigencia opositora participará. Entretanto, no han reducido la presión sobre el régimen. Están a la expectativa, a ver qué pasa y si vale la pena reconsiderar su política hacia Venezuela.

Así que ha quedado desacreditado el planteamiento de que votar en estas elecciones le lava la cara al horror venezolano ante el mundo.

Es ridículo pensar que a mayor abstención, mayor aliento a una salida de fuerza a la crisis venezolana que el resto del mundo se ha cansado de aclarar que no está interesado en acometer. Mientras, los venezolanos que exigen dicha salida como la única posible no han hecho nada efectivo para que sea siquiera considerada por los entes con el poder suficiente para llevarla a cabo. Solo se lamentan en redes sociales, culpan a otros por un fracaso y satanizan la mera posibilidad de cualquier alternativa. Verlos pontificar como si ellos hubieran tenido más éxito que otras facciones opositoras ya da risa. Sobre todo si lo hacen desde la comodidad del extranjero y atacando a paisanos que decidieron quedarse y solo aspiran a vivir un poco mejor.

En conclusión, y como ya dije, hagan lo que quieran. Lo más probable es que Venezuela seguirá siendo la misma el lunes, 22 de noviembre. Lo seguirá siendo mientras la oposición no desarrolle una nueva estrategia.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

¿Chavismo reflotado por la clase media?, por Alejandro Armas
¿Qué está pasando? ¿Se trata de una anomalía o es más bien de un cambio estructural? ¿Una arista más en el poliedro de la evolución del cuasi estalinismo a la perestroika bananera?

 

@AAAD25

Estas elecciones (o como las quieran llamar) regionales y locales que tendremos en un par de semanas nos han provisto de material para reírnos a carcajadas o para llorar a moco suelto por la suerte de Venezuela. Incluso asumiendo que los comicios serán poco o nada relevantes para el futuro del país (caso de quien escribe), las escenas de campaña inevitablemente llaman la atención e ilustran sobre el tipo de clase política que tenemos. Desde riñas infantiles por un segundo lugar en el Distrito Capital y Miranda, pasando por la ingesta de cerveza en actos públicos en Lara hasta una rifa de carro para quienes movilicen votantes a favor de cierto partido en Zulia.

Y… Luego tenemos el curioso fenómeno de chavistas haciendo campaña como si fueran cualquier cosa menos chavistas. En Caracas tenemos el caso muy evidente de Georgette Topalián, quien aspira a ser la primera alcaldesa roja rojita del siempre desproporcionadamente opositor municipio Baruta. Pero el carmesí socialista no figura en su propaganda. Por el contrario, en sus afiches que adornan los postes de la autopista de Prados del Este, así como en su perfil de redes sociales, luce un verde casi copeyano. Aunque, por supuesto, el rostro de Rafael Caldera no la acompaña en los pendones, tampoco están los orwellianos ojitos de Hugo Chávez, emblema del PSUV.

Considerando que Topalián intentó en 2017 hacerse con esta misma alcaldía, que en aquella ocasión sí lo hizo con toda la parafernalia revolucionaria de rigor y que predeciblemente fue derrotada, sería sencillo y tal vez acertado atribuir su cambio a un razonable aprendizaje de los errores del pasado y a la vocación de intentar algo nuevo, más afín al entorno que le tocó. De ser así, la metamorfosis sería algo exclusivamente local y de poca importancia para la ontología del chavismo.

Pero resulta que la Topalián no está sola. Al menos una parte de la campaña del gobernador Rafael Lacava en Carabobo va por el mismo sendero. Ello a pesar de que demográficamente el estado entero es muy diferente al municipio Baruta y contiene amplias zonas donde el chavismo, por vías puras o no, ha contado con importantes poblaciones para movilizar hacia su rectángulo en el tarjetón electoral. Su predecesor, Francisco Ameliach, así como el mismo Lacava en 2017, hicieron con éxito campañas en general tradicionalmente chavistas.

A pesar de todo eso, llamó la atención un video propagandístico en el que una celebridad local sin militancia conocida, la modelo Arianna Pitino, invita a los “independientes” a reelegir al gobernador. La pieza audiovisual no identifica en ningún momento a Lacava como miembro del PSUV. No se invoca el espíritu de Chávez. No hay consignas socialistas. Solo alusiones a una “gestión que les devolvió el optimismo” e instrucciones para respaldar a Lacava mediante una tarjeta llamada “Carabobeños por Carabobo”, convenientemente purgada de cualquier connotación ideológica. Es un mensaje claramente dirigido a personas que nunca han sido chavistas, como diciéndoles “Olvídate del partido de Lacava y vota por él porque hace cosas”.

Entonces, ¿qué está pasando? ¿Se trata de una anomalía o es más bien de un cambio estructural? ¿Una arista más en el poliedro de la evolución del cuasi estalinismo a la perestroika bananera?

He podido recoger varias hipótesis al respecto, con interpretaciones igualmente distintas sobre las implicaciones para la muy mermada base de apoyo del chavismo.

Personalmente, creo que no es algo coyuntural. Lo veo como parte del discreto abandono del socialismo marxista como la ideología oficial de la elite gobernante. Comenzó a manifestarse en aquellas áreas donde le es más fácil, pero poco a poco pudiera expandirse.

Lo que no creo es que, como algunos han insinuado, esto permitirá al chavismo volver a sus días de gloria en cuanto a apoyo masivo se refiere, pero de la mano de la clase media, o ex clase media, en lugar de los sectores más humildes. Es decir, que el chavismo como movimiento de masas reflote impulsado por un segmento demográfico que siempre se le opuso en su inmensa mayoría, pero que ahora, al igual que el grueso de la población venezolana, está desencantado con la política y no se identifica con la dirigencia opositora por sus fracasos.

No creo que ocurra porque ese argumento reposa sobre una subestimación enorme de la percepción del igualmente pantagruélico daño que hizo el chavismo. Una percepción que tal vez sea especialmente difícil de revertir entre los estratos que alguna vez tuvieron ingreso medio. Hablamos de personas que vieron el valor de sus ahorros líquidos y activos físicos (viviendas, carros, etc.) evaporarse en unos pocos años. Personas cuyo poder adquisitivo y calidad de vida relativamente altos se desplomaron. Semejantes tragedias individuales solo pudieron confirmar los temores que el chavismo les inspiró desde su llegada al poder.

Ahora, de paso, con el surgimiento de una nueva oligarquía política y empresarial que exhibe negocios y lujos con cada vez mayor desparpajo, a la desolación de esa clase media se une una repulsión profunda hacia las fortunas hechas en revolución. Veo más probable que, para los desposeídos, el giro business-friendly del chavismo es visto más como una confirmación cruel de su estatus como los nuevos excluidos, que como una oportunidad para la recuperación.

No obstante, nada de lo anterior quiere decir que el plan no atraerá a absolutamente nadie en su población blanco. Lo puedo afirmar por mi propia experiencia. Unos pocos conocidos míos, opositores a rabiar de toda la vida, evalúan abiertamente la posibilidad de votar por candidatos del PSUV. Sus razones varían, pero tienen algo en común: todas parten de la premisa de que el chavismo no dejará el poder en el corto o mediano plazo. O sea, por pura frustración se desprendieron de su identidad como adversarios activos de la elite gobernante. En medio de esta triste resignación, algunos consideran que tiene más sentido votar por un chavista que “al menos trabaja”, como Lacava, que por un opositor al que no darán recursos para siquiera arreglar las calles. Otros ven saludable alentar la transición del chavismo lejos de la extrema izquierda, asumiendo, está de más decir que con razón, que algunos de sus elementos más destructivos son los que vienen del marxismo.

Tal vez la elite gobernante, cuya permanencia en el poder de todas formas se emancipó de la voluntad ciudadana y de sus propias facciones más dogmáticamente socialistas, es consciente de los límites de esta estrategia, pero aun así piensa que vale la pena. Tal vez el punto de todo esto sea atraer a un puñado de opositores desilusionados. Y tal vez (este último es un enorme “tal vez”) dicho puñado de opositores desilusionados, más la apatía generalizada hacia la política, la existencia de múltiples candidatos ajenos al PSUV y el descontento con la gestión del burgomaestre actual sean suficientes para que Georgette Topalián obtenga la alcaldía de Baruta.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es