Alejandro Armas, autor en Runrun

Alejandro Armas

Un relajo moral del cual abstenernos, por Alejandro Armas
Hay cosas que a la elite gobernante le gustaría que hiciéramos, pero que no estamos obligados a hacer. Una de ellas es integrarnos a su simulación propagandística de prosperidad

 

@AAAD25

Nunca me gustó la expresión “sociedad de cómplices” para aludir a una Venezuela que, en palabras de algunos, hizo poca o nula resistencia al desmontaje de nuestra democracia y nuestro Estado de derecho por el chavismo. Me parece una afrenta a una larga cadena de acciones impulsadas por la sociedad civil para ponerle fin, sin traumas, a esta tragedia. Superando un montón de obstáculos arbitrarios inventados por la elite gobernante, hubo intentos de revocar el mandato presidencial en 2004 y 2016, y si no prosperaron, pues fue precisamente por las trapisondas oficialistas.

Ni hablar de las protestas de 2014 y 2017, reprimidas sin misericordia y con un saldo colectivo cercano a los dos centenares de muertos. Nótese que todo esto es resistencia de la civil. Quien diga que, como eso no bastó, hubo que pasar a otras formas de resistencia, que requieren más arrojo, pues quizá tenga un punto. Pero los que hablan de “sociedad de cómplices” por lo general nunca han dado ese paso. Así que ignoro con qué moral le hacen reproches a los demás.

Aclarado todo lo anterior, debo decir que sí me preocupa notar desde hace algún tiempo una especie de laxitud moral en cuanto a cómo tratar con la elite gobernante.

Una tendencia a olvidar los desmanes de los que esta es responsable. Desmanes, entre opresión y pobreza, tan incontables que, para efectos de honra al aforismo de Baltasar Gracián “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”, podemos sintetizar en lo que el filósofo Dagoberto Valdés llamó “daño antropológico”. Como he planteado antes en esta columna, el nuevo ethos gubernamental es uno de consumismo parrandero como muestra de un nuevo crecimiento económico (que ahora hace aguas). Y, al parecer, no pocas personas quieren subir a bordo de esa barca de placeres. Pasar la página y congeniar con la nueva oligarquía para gozar de esta “Venezuela chévere” y mostrarla al mundo. Eso sí: sin ponerse una franela roja. ¡Nada de política! Se trata precisamente de poner las diatribas de lado y tomarse de manos en optimismo y disfrute patrios.

So riesgo de incurrir en un lugar común, diré que puedo explicar cómo llegamos a esto, sin justificarlo. Ser un ciudadano opositor activo en Venezuela se ha vuelto una experiencia sumamente desalentadora. Es un cúmulo inmenso de fracasos y derrotas al que hay que añadir el miedo que generan las represalias de un gobierno sin escrúpulos, así como la necesidad de dedicar tiempo y esfuerzo a la mera supervivencia en medio de tanta precariedad, en el caso de los millones de venezolanos empobrecidos. Para colmo, la dirigencia opositora no sale de su extravío estratégico. No le brinda a la población un plan para alcanzar el cambio político que tanto urge. Solo hablan de las próximas elecciones presidenciales, pero sin explicar cómo superar los vicios del sistema comicial chavista o qué hacer en caso de que el gobierno desconozca una derrota.

Estamos, en fin, en una situación en la que no se divisa en el corto o mediano plazo lo que el país necesita. Es por lo tanto comprensible que la inmensa mayoría de los venezolanos no esté pensando mucho en la política. Que trate de adaptarse al porvenir y que busque alguna alegría en lo que queda en pie.

Son sin duda circunstancias muy duras para el cumplimiento del deber ciudadano. La conculcación de libertades hace que los costos de la conducta ética sean inmensos. Sin embargo, siempre nos queda en nuestro fuero interno algo de libertad. Una libertad para decidir cómo procedemos a pesar de las dificultades injustas. Solo eso nos permite mantenernos adheridos al sentido de la humanidad, como indicó Viktor Frankl. No estaremos en un campo de concentración nazi, como sí le pasó al pensador austriaco. Pero no podemos menos que ver la vida en Venezuela como una forma de prisión. Y, aun así, no todo paso que demos está condicionado a los intereses de los carceleros. Tendremos que contribuir con su financiamiento cada vez que pagamos un gravamen. Tendremos que callarnos algunas cosas que nos gustaría decir. Tendremos que seguir los pasos de su absurda burocracia kafkiana para obtener documentos. Pero hay cosas que a la elite gobernante le gustaría que hiciéramos, pero que no estamos obligados a hacer.

Una de ellas es integrarnos a su simulación propagandística de prosperidad. Otra es aceptar la invitación a entablar relaciones cordiales con los miembros de dicha elite. A pasar por alto sus negocios turbios y sus atropellos a la dignidad humana de casi todo el país. No digo que haya que increparlos en la calle. Más bien, recomiendo no hacerlo, pues debido a la “ley contra el odio”, el castigo hace que no valga la pena. Pero igualmente podemos abstenernos de retratarnos sonrientes con ellos. De consumir en sus negocios una vez que su propiedad ha sido plenamente identificada. Etcétera.

Para Kant, la moral está sustentada en la razón. Si realmente nos abocamos a pensarlo, no hay forma de concluir que el blanqueamiento voluntario de los desmanes rojos está bien. La motivación siempre será un egoísmo a costa del país: farandulear, ver un espectáculo, probar alguna delikatessen o licor fino. En el peor de los casos, establecer contactos para ser parte del entramado de actividades crematísticas opacas. Ser un privilegiado más que está por encima de la ley.

Volviendo a la visión del sabio de Königsberg, aunque al obrar así se nos abra un mundo de posibilidades, en realidad estaríamos desistiendo de nuestra libertad, por cuanto dejamos que un vicio externo innecesario nos esclavice e ignoramos nuestra razón y sus derivados morales. Una vez que caemos en ese hueco, es muy difícil salir. El deseo de esas dulzuras mundanas aumentará. De paso, nos ahuyentará la posibilidad de un eventual reconocimiento de nuestras fallas, con todo lo que ello implica para nuestra vida en sociedad. Así que preferiremos huir hacia adelante, sepultarnos cada vez más en el vicio y esforzarnos por la preservación de un orden perverso. Si hablo en primera persona del plural, es porque admito mi propia vulnerabilidad. No soy inmune a tentaciones, pero hago mi mejor esfuerzo por mantenerlas a raya.

Quizá el único consuelo en todo esto es que los invitados a disfrutar del sibaritismo en la perestroika bananera son los poquísimos venezolanos que pueden pagarlo. Las masas paupérrimas no pueden siquiera pensar en atender al llamado de la serpiente a probar el fruto prohibido. No tienen con qué. Como en toda aristocracia, real o pretendida, nuestros sans-culottes tienen vedado el acceso a Versalles. Nada de vivir como en una novela de Laclos o una pintura de Fragonard. Por su miseria, veo poco probable que dejen de ver con malos ojos a los responsables de la ruina del país, obviando a aquellos que por desgracia se dejaron llevar por una lealtad fanática al ideario chavista (aunque incluso acá hay posibilidad de descontento, debido al discreto abandono gubernamental del dogma marxistoide traído por Hugo Chávez). Entre estas, millones de personas, y aquellas que tuvieron suerte de no caer en la pobreza, pero se abstienen cada día de bendecir el statu quo, creo que aún es temprano para hablar de una sociedad de cómplices. Una abstinencia que todos deberíamos practicar, incluso cuando termine esta Cuaresma.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El Caracazo y el luto estancado, por Alejandro Armas
¿A qué se debe la popularidad del revisionismo sobre el Caracazo? A mi juicio, esas narrativas responden a una necesidad colectiva de evasión

 

@AAAD25

Cuando comencé esta columna, hace más de siete años, era apenas un periodista recién graduado (y con meses de espera por su certificado debido a la ineficiencia gubernamental en la materia). ¿Por qué alguien iba a querer leer la opinión de un periodista recién graduado? Necesitaba algo distintivo para llamar la atención en medio de un mar de autores escribiendo sobre asuntos de interés público, con más trayectoria y méritos que yo. Se me ocurrió entonces que en cada artículo hubiera una comparación entre un hecho histórico y el presente. Ese formato lo mantuve por años y, aunque no me arrepiento, decidí prescindir de él cuando me pareció que cumplió su cometido, ya pues tenía suficiente recepción como para escribir con mayor libertad.

A veces, sin embargo, vuelvo a abordar temas del pasado. Sobre todo, en ocasiones propicias, como una efeméride. Fue lo que hice la semana pasada, con un artículo a propósito de la muerte de Hugo Chávez y los diez años de gobierno de Nicolás Maduro.

Con el perdón de quienes no gustan de esta modalidad, lo volveré a hacer hoy. Porque hace menos de un mes se cumplió otro aniversario de los disturbios que sacudieron a varias ciudades de Venezuela pero que, en parte por razones de centralismo político y mediático, pasaron a la historia con el nombre del “Caracazo”. Siempre que aquel episodio está de cumpleaños surgen reflexiones al respecto. A veces, para recordar a las víctimas fatales y clamar por una justicia aún pendiente. A veces, para cuestionar que comercios saqueados hayan pagado los platos rotos del descontento masivo. A veces, para hacer revisionismo histórico sobre los hechos.

Es en este último elemento en el que quiero detenerme. De más está decir que, como en toda ciencia, el estudio de la historia mejora sobre la marcha. Se añade conocimiento sobre fenómenos de los que ya se tenía noticia e incluso se refuta lo que por mucho tiempo fue considerado como veraz. Pero a veces el revisionismo histórico no tiene un interés académico, sino político. Cuestionar narrativas convencionales, por lo general con fundamentos sólidos, a favor de algún mensaje político contemporáneo. Otrora cosa de ideólogos radicales y marginales, en estos tiempos de polarización y politización excesiva como zeitgeist de muchas sociedades, se ha vuelto tristemente más común.

En Venezuela, el revisionismo histórico sobre el Caracazo se ha vuelto algo particularmente extendido. Nuestro país no está polarizado a nivel de masas ahora, pero lo estuvo durante el gobierno de Chávez y principios del de Maduro. Es entonces cuando surgieron las narrativas alternativas. No diré que quienes creen en ellas son siempre fanáticos ideológicos. Me consta en varios casos, de contactos personales, que no lo son de ninguna manera. Pero, como veremos a continuación, el estímulo a este revisionismo ha sido muy tentador.

Básicamente, la nueva versión de los hechos sostiene que el Caracazo fue una conspiración planificada por factores de la extrema izquierda, predecesores del chavismo o que ya estaban confabulados con el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 que se daría a conocer públicamente tres años más tarde en sangrienta asonada golpista. Algunos hasta afirman que la mano peluda de Fidel Castro movió los hilos, ya que no puede ser casualidad que el caos se desatara pocos días después de su visita al país, la primera en treinta años.

Nunca he visto a un historiador, ni a algún otro profesional de las ciencias sociales, convalidando este relato. Más que hechos documentados, la supuesta evidencia a favor consta de interpretaciones de los sucesos por algunos de los actores de primer orden que los experimentaron. Juntas, arman una historia más o menos verosímil, pero no por eso verdadera. Y aunque no estemos en un tribunal, conviene recordar un principio básico del Derecho aplicable a otros contextos de denuncia: quien acusa tiene la carga de la prueba. Me parece que los promotores de la tesis del Caracazo como conjura no alcanzan tal objetivo.

Sin evidencia incontestable, el revisionismo histórico sobre el Caracazo es francamente endeble… Siempre y cuando no caigamos en un sesgo de confirmación, lo que en realidad ocurre con una frecuencia lamentable, como veremos a continuación.

Si aplicamos la Navaja de Ockham y nos inclinamos por aquella hipótesis en la que debemos hacer menos conjeturas, tiene mucho más sentido quedarnos con la narrativa tradicional, aunque sea aburrida, no tenga las emociones de un thriller policial y nos obligue a enfrentar realidades incómodas. A saber, que el Caracazo fue un estallido espontáneo de furia masiva por una economía que llevaba años deteriorándose, con el consiguiente deterioro de la calidad de vida, sobre todo entre los pobres que fueron los que protagonizaron las protestas y saqueos.

Añádase a ese trasfondo la expectativa de un regreso a la “Venezuela saudita”, encarnada en la elección de Carlos Andrés Pérez, cuyo gobierno, luego de la campaña, rápidamente se encargó de desvanecer ilusiones con un programa de reformas económicas necesario, pero cuya pertinencia fue mal comunicada y no acompañada por medidas que aliviaran la carga a los más necesitados. Sin justificar la violencia de los saqueadores, ¿es tan difícil de notar el caldo de cultivo para el descontento popular? ¿Es que acaso nunca se han visto explosiones de ira colectiva, acaso insensata, caótica y precisamente por eso de difícil planificación y control? ¿No hubo antes del Caracazo un Bogotazo y otros “-azos” de índole similar?

En cuanto a los supuestos conspiradores, pues su identidad deja de tener sentido una vez que se les deja de ver anacrónicamente tras el lente del siglo XXI. De forma comprobada y hasta admitida por involucrados, una vez que se desató el pandemónium, militantes de Bandera Roja y otros agentes de la izquierda radical trataron de encauzarlo de acuerdo con sus propósitos revolucionarios, en lo cual fracasaron. Pero ellos no lo planearon. En cambio, no hay evidencia de que los cabecillas del MBR-200 hayan desempeñado un papel, excepto por Felipe Acosta Carlez, uno de los oficiales fundadores del movimiento. Ese papel fue morir baleado durante la represión de protestas en la parroquia caraqueña de El Valle.

¿Y Castro? Pues Cuba estaba en pleno “Período especial”, desprovista de pronto del sostén económico que le brindaba una Unión Soviética entonces empezando a desmoronarse. Ante la peor crisis desde su triunfo revolucionario treinta años antes, Castro necesitaba amigos. Entre los pocos que le quedaban estaba justamente CAP. Fue CAP quien reanudó relaciones diplomáticas con Cuba en su primer gobierno, muy a pesar del recuerdo aún fresco de la injerencia habanera apoyando a esos guerrilleros que el mismo Pérez enfrentó como ministro del Interior de Rómulo Betancourt una década antes.

De ahí que Castro fuera invitado a la segunda toma de posesión de CAP. ¿Por qué iba a arriesgarse orquestando el reemplazo de uno de esos pocos amigos con algo de tan dudosa probabilidad de éxito y de consecuencias impredecibles, como una insurrección popular?

Ahora bien, ¿a qué se debe la popularidad de este revisionismo? A mi juicio, esas narrativas responden a una necesidad colectiva de evasión. A la creencia tonta de que admitir el descontento de entonces es avalar la propaganda chavista que pinta el Caracazo como una suerte de despertar colectivo precursor del ascenso del propio chavismo.

Es como un luto no concluido por nuestro pasado democrático. Como si la gente se hubiera quedado en la etapa de negación en la secuencia de Kübler-Ross.

Para ellos, es inaceptable que aquella etapa de nuestra historia quedó enterrada y que, aunque logremos despertar de esta pesadilla autoritaria, no va a volver. Como si aquella democracia que, con todos sus defectos, fue la cúspide de nuestro desarrollo cívico como nación, hubiera sido más bien puesta en un coma inducido por actores maliciosos luego de estar en perfecta salud. Y no, pues. Comenzamos bien esa fase, pero luego, por desgracia, perdimos el rumbo. Hubo vicios políticos, económicos y sociales que produjeron un inmenso malestar colectivo. Entender todo esto no es justificar la terrible decisión nacional de 1998. Al contrario, es tomar nota de cómo se llegó a eso, para que, si logramos pasar a una nueva experiencia democrática, tratemos de evitar las mismas pifias.

Si nos cerramos a la idea de que en un sistema político que está fallando es concebible que la gente pierda la paciencia e intente sacudir las cosas, solo porque esa realidad puede ser aprovechada por quienes quieren llevarnos a un camino peor, tendremos que darle la razón a… ¡Fidel Castro! Porque resulta que la gerontocracia comunista antillana también tiene un “-azo” en su haber. Me refiero al “Maleconazo” de 1994, cuando miles de cubanos, hartos de la miseria que trajo el Período especial, tomaron las calles en protesta contra el régimen. Aunque fueron reprimidos rápido, esa fue la mayor muestra de repudio masivo al castrismo desde que los barbudos se hicieran con el control de La Habana. Pero, claro, ellos no lo podían reconocer. Así que recurrieron a su comodín: alegar que todo fue una conspiración imperialista, ajena al sentir genuino del pueblo. ¿Se ven en ese espejo? No lo recomiendo.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La subestimación que nos salió cara, por Alejandro Armas
Como sociedad civil, subestimamos mucho a Maduro. Pensamos que, al no tener el carisma de Chávez, ni su billetera llena de petrodólares, no iba a ser capaz de consolidar para el largo plazo la hegemonía del PSUV

 

@AAAD25

Nominalmente, la conmemoración de la muerte de Hugo Chávez estuvo enfocada, por supuesto, en el teniente coronel barinés devenido en líder populista y socialista. En medio de la transición interna de la elite gobernante, del cuasi estalinismo caribeño a la perestroika bananera en el plano material y del culto a Chávez al culto a Nicolás Maduro en el plano simbólico, fue un anómalo pero esperado regreso a la veneración del fundador del movimiento que ha gobernado Venezuela por casi un cuarto de siglo.

No obstante, una imagen de los actos litúrgicos, captada por un fotógrafo de AFP, me llamó la atención. Un partidario del gobierno levanta una pintura que muestra a un grupo de personas, principal pero no únicamente vestido de rojo, bajo la figura de un Maduro colosal, de saco y corbata y con la banda tricolor terciada sobre el pecho. Chávez también figura, con su boina y su traje castrense, pero relegado a un segundo plano, detrás de Maduro, pintado en su entereza de un azul fantasmagórico y suspendido en el cielo nocturno.

El mensaje propagandístico es elocuente: por mucho que sus herederos en el poder tengan que agradecerle, Chávez pertenece al pasado. Maduro está aquí, ahora, y es el nuevo protagonista.

Todos a seguirlo y a rendirle pleitesía al capitán de la nao en la epopeya patria, quien ya se emancipó de la tutela de esa abstracción llamada “el legado de Chávez”. Hasta en un día que se supone consagrado a la memoria del primer jefe totémico de la autoproclamada “Revolución bolivariana”, se coló el homenaje a su sucesor.

Es por eso que, en vez de recordar a Chávez, el 5 de marzo me pareció una ocasión propicia para reflexionar sobre cómo Maduro se las arregló para gobernar por 10 años, sin señales de que eso vaya a cambiar por lo pronto. Estoy seguro de que para una inmensa mayoría de quienes adversamos este orden político, pocos pensamos que eso sería posible, cuando el propio Maduro confirmó el deceso de Chávez en el Hospital Militar Carlos Arvelo. He ahí el primer punto importante de la reflexión: como sociedad civil, subestimamos mucho a Maduro. Pensamos que, al no tener el carisma de Chávez, ni su billetera llena de petrodólares, no iba a ser capaz de consolidar para el largo plazo la hegemonía del PSUV. Que se le obligaría a ceder el poder solo con movilizar hacia las urnas a las masas descontentas con el descalabro económico, o que no tendría el respeto del resto de la elite gobernante del que gozó Chávez y pudiera ser desplazado por otro aspirante a supremo jerarca en cualquier momento. Noten que hablo en primera persona. Sí, yo también pensé todo esto. Me equivoqué.

Maduro más bien superó desafíos inmensos: protestas multitudinarias que exigían su salida de Miraflores en 2014 y 2017. Sanciones multilaterales a él, a su entorno cercano y a sus compañeros en la elite chavista. Restricción severa del ingreso para distribuir entre los que mantienen el statu quo, mediante las medidas punitivas de Estados Unidos contra el petróleo venezolano. Aislamiento diplomático entre las democracias del mundo y hasta el experimento de un gobierno paralelo, controlado por la oposición y con amplio reconocimiento internacional.

Pudiera alguien objetar que es fácil gobernar en contra de la voluntad ciudadana mediante la represión armada. Ajá, pero, conseguir que quienes tienen esas armas las usen como tú quieres, contra todo sentido ético, no es soplar y hacer botellas. Sobre todo cuando, repito, los recursos para garantizar la lealtad de ese elemento armado se reducen inmensamente.

Reconocerle a Maduro toda esta tenacidad para gobernar en medio de circunstancias tan adversas no es para nada un elogio moral. Ejercer el poder es, en sí mismo, un acto moralmente neutro. Es el poderoso quien decide si lo usa de manera virtuosa o no. Sea como sea, conservarlo requiere de cierto ingenio. Aquella admisión tampoco es algo de lo que debamos abstenernos para sentirnos bien con nosotros mismos. Lo único más patético que un fracaso a secas es un fracaso que se niega a verse en el espejo. Es momento ahora… No, ese momento llegó hace años en realidad. Momento, digo, de dejar de pretender que Maduro es como el “Diente Roto” de Pedro Emilio Coll. Ese individuo, tan satirizado por sus orígenes como conductor de autobús y caracterizado como un dizque incompetente, nos tiene a millones a su merced desde hace una década. ¿Cómo quedamos entonces nosotros, los que supuestamente somos más inteligentes porque tenemos uno o varios títulos académicos?

Si queremos cambiar las cosas, tenemos que empezar por ser humildes, aceptar que nos han propinado una sucesión de derrotas y sondear en consecuencia el tamaño del desafío. Eso me lleva a la segunda conclusión, que es la otra cara de la misma moneda. Los venezolanos no hemos sido ni abúlicos ni flacos de temple ante la implosión de nuestro edificio democrático. Aquellos cuatro meses de protestas en 2017, incluso después de que se hiciera evidente la falta de escrúpulos en la supresión por el gobierno, son prueba más que suficiente. Pero lamentablemente eso no bastó. Como el reto es tan grande, estar a la altura requiere no solo valentía, sino también astucia. Exige, a mi juicio, el tino para combinar distintas formas de presión, internas y externas. Creo que solo entonces la elite gobernante aceptará que el statu quo no puede seguir y aceptará una transición negociada.

Hemos en cambio oscilado entre los polos, ambos falaces, de la lucha autárquica y la espera por el redentor foráneo. Primero creímos que bastaría con el voto opositor mayoritario, y con la protesta ciudadana en vista del desconocimiento del mismo, para hacer que el chavismo desista de su pretensión de gobernar a perpetuidad y sin ninguna limitación.

Cuando Maduro y compañía se encargaron de sacarnos de esa ilusión, dimos un giro de 180 grados y nos entregamos a la expectativa de que las sanciones de las democracias americanas y europeas harían ellas solas la tarea por nosotros, o incluso de que finalmente vendrían los tan mentados marines a salvarnos. Otro desengaño. En vez de entender que fallamos en ambos polos y que necesitamos un nuevo plan, que acaso combine algo de ambos mundos, nos estamos devolviendo a la lucha autárquica, a lo que los vulgares gritones de consignas huecas resumen en “¡Este peo es nuestro!”. Es lo que se colige del fetichismo electoral que embarga el debate sobre la preparación para los comicios de 2024. Muy pocos quieren hablar de la estrategia electoral indispensable para un contexto antidemocrático. “Si votamos, ganamos”, es lo que, de una forma u otra, más suena. Así se nos va a ir otra oportunidad para el cambio de gobierno.

Vuelvo así a Maduro. Chávez gobernó por 14 años. Maduro lleva 10. ¿Quién me dice a mí que no pueden ser 20? ¿O 30? Días como el domingo pasado son para pensar en términos históricos. Como en todo país, nuestra historia tiene líderes trascendentales que marcaron un antes y un después, para bien o para mal. Bolívar, con la independencia de España. Páez, con la consolidación de una nación venezolana. Guzmán Blanco, con la secularización de lo público. Gómez, con la institución de un Estado unificado. Betancourt, con nuestro experimento democrático. Por mucho tiempo pensé que Chávez era sin duda una de esas personas. Ahora no estoy tan seguro. ¿Y si lo que tenemos por delante es una larga etapa, en nuestro devenir como país, que Maduro moldea más que Chávez? La respuesta depende del propio Maduro, pero también de la sociedad que se le opone. ¿Qué haremos?

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La distinción en nuestro “mundo feliz”, por Alejandro Armas
La propaganda roja, pero antes metafóricamente gris como en todo cosmos totalitario, ahora no recuerda tanto a Orwell, sino a Huxley y su “mundo feliz”

 

@AAAD25

El temor de millones de venezolanos durante los primeros casi 20 años de gobierno chavista fue el de una distopía totalitaria. Una segunda pesadilla estalinista tropical, modelada según la primera en la más grande de las Antillas. Había buenas razones para albergar ese miedo. El régimen se volvía no solo cada vez más intolerante al disenso, sino que además sus tentáculos ideológicos envolvían a un creciente número de aspectos de la sociedad: la agricultura, la prestación de servicios públicos, la educación y hasta la investigación científica. Además, llegó un momento en el que los ojos de Chávez eran omnipresentes, un recordatorio de la extensión incontenible del credo oficial y de los mecanismos para garantizar su cumplimiento, tal como la mirada del “Gran Hermano” en 1984.

Ahora el chavismo parece haber desechado el proyecto totalitario y optado por una forma diferente de régimen no democrático. La propaganda roja, pero antes metafóricamente gris como en todo cosmos totalitario, ahora no recuerda tanto a Orwell, sino a Huxley y su “mundo feliz”. Las imágenes de la parroquia 23 de Enero adornada con murales de Alí Primera y otros íconos de la extrema izquierda fue desplazada por una de nuevas torres empresariales en Las Mercedes, casinos y desarrollos turísticos destinados a la clientela más exclusiva.

El ethos no es de lealtad a la doctrina revolucionaria y de “pobreza digna” pese a las maniobras arteras del enemigo capitalista e imperialista que impiden la prosperidad prometida, sino de consumo desenfrenado de bienes en un país que dizque acaba de salir del averno económico. La ubicuidad del rojo metafóricamente gris fue reemplazada por una paleta de colores más diversa que una pintura de Matisse o Derain, que se manifiesta en las luces nocturnas de los edificios de oficinas y en las vallas en autopistas promocionando parrilleras, pantalones o cirugías mandibulares.

Por supuesto, como veremos más adelante, mucha de esa publicidad viene de negocios legítimos que solo están tratando de vender sus productos y servicios como cualquier empresa. En cambio, aquello que quizá sea el epítome del “mundo feliz” chavista es algo indisolublemente ligado a Miraflores. Me refiero al nuevo estadio de béisbol en La Rinconada. Aquellos juegos de la Serie del Caribe vaya que generaron polémica sobre el proceder ético de los ciudadanos en esta Venezuela de perestroika bananera.

En cuanto a mí, no creo que ir al estadio a ver batazos y fildeo en sí mismo sea un pecado. Abstenerse muy a duras penas sería un gesto efectivo de oposición al chavismo. Ya gritar a los cuatro vientos que el estadio es una maravilla por la que hay que agradecer al gobierno, mientras los hospitales del país están en estado calamitoso, pues es otra cosa.

En fin, los defensores más empecinados, no solo del estadio en sí mismo, sino de su celebración como un gran logro del chavismo sin reparar en las implicaciones morales de tal manifiesto, invocaron una afirmación peculiar para justificarse: es fútil tener escrúpulos sobre las obras del gobierno porque, de todas formas, absolutamente todo en Venezuela está contaminado por dinero malhabido. No hay ente, con o sin fines de lucro, que no sea una lavadora del dinero de la nueva casta oligárquica.

Si vas a uno de los conciertos que vuelven a realizarse en Caracas, ten la certeza de que los organizadores son enchufados. Si invitas a tu pareja a cenar en un restaurante, sobre todo si es nuevo, puedes apostar fuerte contra locha a que el propietario es testaferro de un cabecilla del PSUV. Así que ya recitarle panegíricos a Maduro por el estadio no es diferente. Como se podrán imaginar, semejante laxitud moral va de la mano con las narrativas de los “opositores” traficantes de conformismo, empeñados en negar que es urgente un cambio político en Venezuela.

Curiosamente, este mismo razonamiento, pero orientado hacia una narrativa contraria, lo usan esos señores que se ufanan de ser los únicos verdaderos opositores al chavismo y que expresan esta pretendida quintaesencia opositora señalando de peón del régimen a todo aquel que muestre, aunque sea, un segundo de gozo en Venezuela. Porque, ay, si no somos infelices las 24 horas del día, no nos creerán que este país es un infierno y nadie se apiadará de nosotros ni vendrá a nuestro rescate.

Entonces, esos videítos en Instagram en Eco, la nueva discoteca de El Rosal, te convierten en un colaboracionista de la misma talla que Philippe Pétain o Vidkun Quisling. ¿El viaje a Los Roques o a Canaima? Pues, así como en aquella película de David Lynch el protagonista es convertido en una borradora, tu visita a Francisquí o al Roraima implica, inequívocamente, tu metamorfosis en detergente para los dólares de algún enchufado, si es que tú mismo no eres uno.

Pero resulta que ambas posiciones son fácticamente incorrectas. Ergo, no sirven para justificar ni el nihilismo moral ni el afán inquisidor. La firma Ecoanalítica ha estimado que las actividades económicas, digamos, no legítimas representan 20 % del producto interno bruto venezolano. Es una cifra alarmante que expone cuán grande es el negocio sucio en el país. Pero no podemos perder de vista que eso significa que 80 % corresponde a una economía limpia. De manera que, en realidad, es mucho más probable que, con cada transacción que usted haga en Venezuela, no esté coadyuvando al delito, consciente o inconscientemente. Eso incluye los emprendimientos recientes, objeto especial de suspicacia por aparecer en medio de un entorno desolado. ¿Pero es acaso inconcebible que personas que hicieron fortuna antes de la debacle, y se abstuvieron de invertirla en Venezuela durante lo peor de la crisis, ahora lo hagan por el estímulo de menos regulaciones ruinosas?

El «todo en Venezuela está machacado por dinero sucio» es el pretexto para la gente a la que le da pereza mental hacer el esfuerzo por distinguir entre lo honrado y lo inmundo. Claro, ese esfuerzo no lo puede abarcar todo, pero hay herramientas al alcance para un conocimiento parcial. La principal es la prensa que se ha dado a la tarea de ponerle la lupa a los flujos de dinero en la elite gobernante, cosa que ha pagado con censura y hasta persecución. Medios como Armando Info, El Pitazo o este que usted lee ahora.

Así que la información está ahí, al alcance de un clic. Quien no quiera tomarse la molestia de consultarla y sobre la base de eso decidir qué consume, pues eso ya es su decisión.

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Un maquiavelismo acartonado e incoherente, por Alejandro Armas
¿Estos señores no son los que solo creen en el poder del voto y no en la “antipolítica”? Ah, pero cuando de extender el derecho a ese mismo voto a millones de compatriotas se trata, ¡qué flojera les da!

 

@AAAD25

Por decepcionadas con la política que estén las masas, siempre quedan espacios marginales para que el tema emerja. Sin emoción, como para pasar unos minutos. Pero surge. Me ha pasado en las últimas reuniones sociales que he tenido. El tema específico es el de las elecciones presidenciales programadas para 2024 y las primarias de la oposición. Sin que las diferentes respuestas acaloren la tertulia, porque a todos los participantes les da más o menos lo mismo, las preguntas suelen ser “¿Y tú vas a votar? ¿Por quién?”. Queda de esa manera confirmado que el proceso comicial es, guste o no, el fenómeno dominante en la política venezolana hoy y en los meses por venir. Por mi parte no sé si sufragaré. Dependerá de que al menos alguien satisfaga mi, llamémosla así, monserga sobre la necesidad de una estrategia electoral para un contexto autoritario.

Pero más allá de mis reservas como ciudadano, me veo obligado a observar estas primarias, así como la elección general, por razones profesionales. Con el anuncio de una fecha para la selección del candidato opositor unitario en las urnas, el asunto cobró mayor relevancia. Ahora sí, los partidos tienen una carrera específica contra el reloj para persuadir a la gente de que sus respectivos “gallos” (o en el caso de las damas, sin ninguna alusión a cobardía, sus “gallinas”) son los mejor dotados para retar al chavismo el año que viene. También, ahora, se discute con mayor urgencia sobre la logística. Y como suele ocurrir ya con la política venezolana, aun dentro de una oposición que debería estar cohesionada, el debate es visceral.

Una de las cuestiones que más alborota avisperos es el de la participación de los venezolanos en el extranjero. Desde un principio preví que habría desavenencias técnicas sobre la mejor forma de garantizar la posibilidad de que la diáspora pueda votar. Lo que, en mi ingenuidad, no imaginé que ocurriría es que personas que se identifican como opositoras al régimen proclamaran que ni siquiera se debía intentarlo.

Pero sí, está ocurriendo. Como detesto el término “influencer”, no me queda más remedio que hablar de “comentaristas” de la política. De esos que tratan de mover la opinión pública hacia un lado o hacia el otro, principalmente en redes sociales. En fin, varios de estos comentaristas, tan pronto como las primarias pasaron a ocupar plenamente la palestra, se volcaron a razonar por qué no valía la pena hacer un esfuerzo para que nuestros émigrés puedan expresar su voluntad.

El argumento principal es que se les estaría defraudando al permitir su participación en las primarias, sin asegurar que luego puedan votar en la elección general, ya que esta última será ejecutada por entes afines al chavismo, a los que no les interesa incluir un voto que con toda seguridad será totalmente adverso a Nicolás Maduro y compañía.

Pero, un momento. ¿No están reconociendo entonces que en Venezuela hay un régimen autoritario que vició de forma grotesca el sistema electoral para que el chavismo no pierda el poder por esa vía? Sí, efectivamente, lo cual no sería problemático si no fuera porque choca directamente con el “Si votamos, ganamos”. Y da la casualidad que los comentaristas que más insisten en ese mantra mendaz, en cualquiera de sus formas, son los mismos que ahora reconocen que hay obstáculos al voto tan difíciles, que ni siquiera hay que tratar de superarlos.

Entonces, ¿estamos o no estamos ante un gobierno antidemocrático del que no cabe esperar que entregue el poder solo porque la mayoría ciudadana así lo exija en las urnas?

¿Se entiende o no se entiende que no basta con votar, aunque el voto contra el chavismo sea aplastante, y que por ello se necesita una estrategia que haga el voto opositor valer de cara a un muy probable desconocimiento? Resulta que el realismo de estos pretendidos aprendices de Maquiavelo, autoproclamados cultores de la política con “p” mayúscula e iconoclastas de las fantasías maximalistas, no solamente es acartonado, sino descaradamente selectivo e incoherente.

El episodio también expone la hipocresía del correlato moral de esta narrativa pseudo realpolitik. ¿O es que acaso estos señores no son los que se pavonean haciendo gala de sus credenciales de demócratas cabales, que solo creen en el poder del voto y no en la “antipolítica”? Ah, pero cuando de extender el derecho a ese mismo voto a millones de compatriotas se trata, ¡qué flojera les da!

El pretexto de que no se debería ilusionar a la diáspora con promesas de participación en las primarias y en la elección definitiva es inverosímil. Sin dejar de ser realista, se puede perfectamente manifestar que se hará todo lo que esté al alcance de la mano para que los emigrados puedan votar, sin prometer un desenlace positivo. Pero si de entrada el plan es no intentarlo, pues vaya apología de la mediocridad. Vaya gesto de debilidad en una oposición que debería fortalecerse todo lo que pueda para asumir el reto de unas elecciones no democráticas.

Ahora bien, aquí pensando en las casualidades ya mencionadas, ¿no será que las motivaciones para negar la participación de la diáspora son otras? Hay una creencia, por demás sin fundamento estadístico, de que los venezolanos en el extranjero son “radicales”, al no sentirse intimidados por el poder represor del chavismo y, en muchos casos, cargar un profundo (y comprensible) rencor hacia quienes les arruinaron sus vidas en Venezuela. De manera que estos conciudadanos pudieran colaborar con la selección de un candidato igualmente “radical”. Y por “radical” aquí me refiero a alguien que no solo llame a votar, sino que se comprometa a tener una estrategia para defender el voto de ser necesario. Exactamente lo que los fetichistas electorales rechazan por “maximalista y antipolítico”.

No es un deber de la diáspora votar. No lo es de nadie, mientras los planes comiciales de la dirigencia opositora no tengan cláusulas acordes al contexto autoritario. Eso no significa que no se les deba dar la oportunidad a todos los venezolanos, dentro y fuera del país. Hacerlo, de hecho, indica voluntad de hacer las cosas como se debe, desafiando a un statu quo arbitrario y excluyente. Creo que lo contrario no solo tendrá las consecuencias indeseables a las que ya aludí, sino que también profundizará la desconexión entre los venezolanos en el país y fuera de él, así como los resquemores que a veces surgen entre ambas comunidades. Aunque en distintas latitudes, somos la misma gente. ¿Por qué unos vamos a tener más derechos que otros?

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El peculiar laissez-faire chavista, por Alejandro Armas
Esto no es, por supuesto, el capitalismo liberal que defendería un Adam Smith o un Ludwig von Mises. Es un capitalismo iliberal, oligárquico y depredador. Un peculiar laissez-faire chavista

 

@AAAD25

Mi primer trabajo como periodista profesional coincidió con los peores años de la crisis económica venezolana (hasta ahora). De paso, tenía que cubrir la fuente de economía. Se podrán imaginar cuál era el balance entre buenas y malas noticias. Por aquellos días, sentía especial aprensión cuando se aproximaban aquellas fechas devenidas en efemérides en el calendario litúrgico chavista. Jornadas como el aniversario del Caracazo o del golpe fracasado de Hugo Chávez.

Eran esas las jornadas en las que Nicolás Maduro, rodeado de acólitos, militantes convencidos y trabajadores públicos obligados a marchar, era más proclive a anunciar, con toda pompa, medidas económicas que siempre terminaban haciendo mayor daño.

Como poseída por el fantasma que según Marx recorría Europa a mediados del siglo XIX, la verborrea gubernamental vomitaba pestes y culebras contra empresarios privados, acusándolos de sostener una “guerra económica” capitalista que era la verdadera responsable de las penurias de las masas. Para combatirlos la receta era siempre la misma. Aumento del gasto público y de la base monetaria con incrementos del sueldo mínimo, bonos y demás pagos que la inflación hacía polvo en cuestión de días. Refuerzo de tuercas al control de precios y orden a la Sundde para que recorra comercios e imponga la regulación, aunque implique la ruina de los negocios y se recrudezca la escasez. Etcétera.

Todo eso se terminó, a partir de 2019, con la perestroika bananera. Como resultado de la relajación relativa de controles, sobre todo de los más onerosos, el producto interno bruto tuvo un rebote desde el foso, el aumento de precios dejó de ser técnicamente hiperinflación y los anaqueles volvieron a estar repletos. Entre eso, la despolitización de las masas y el fracaso de la estrategia antisistema de la dirigencia opositora, la elite chavista dejó atrás sus problemas más apremiantes.

Pero en la segunda mitad del año pasado, el motor del nuevo orden económico empezó a pasar aceite en un aspecto clave: la represión de la inflación. La renovada pulverización del poder adquisitivo a su vez motivó protestas por parte de docentes públicos y otros trabajadores del Estado, ya que uno de los engranajes de la perestroika bananera fue restringir el gasto público, sepultando la política de aumentos salariales decretados varias veces al año. De esa forma, los sueldos de estos funcionarios, en bolívares, se quedaron estancados de cara a una inflación desbocada y que baila al son del tipo de cambio.

En otras palabras, se creó un ambiente idóneo para que el gobierno diera marcha atrás a las reformas y volviera al dogma cuasi estalinista, con el pretexto de que necesita hacer algo por los más necesitados. Efectivamente, a finales del año pasado hubo algunos indicios de que tal cosa estaba ocurriendo, como el anuncio vago de otro control de precios. Pero ya han pasado varios meses y el statu quo se mantiene.

La regulación al parecer se quedó en pura retórica. Aunque diciembre, con el deseo masivo de compras navideñas, es un período especialmente apto para que suceda, no se reanudaron las rebajas forzosas de la Sundde. Además, se mantuvo en general la nueva relación relativamente armónica entre el gobierno y la empresa privada, sin señalamientos ni acusaciones del primero a la segunda.

No debe sorprendernos entonces que, luego de un diciembre tan rudo para el bolsillo, 2023 arrancara con más manifestaciones de trabajadores públicos. Pero mientras que antes la elite gobernante reaccionaba al descontento simulando empatía hacia la población empobrecida y prometiendo que tomaría cartas en el asunto, ahora responde con algo que está entre la indiferencia, el fastidio y el desprecio. Ignora las protestas o, en el caso de Caracas, recurre a la intimidación mediante organismos policiales y parapoliciales (los mal llamados “colectivos”) para que las manifestaciones no lleguen a aquellas zonas del centro de la ciudad donde están proscritas de facto. En su propaganda pinta a los manifestantes como agitadores maliciosos que omiten que, “por culpa del bloqueo”, no se puede darles lo que exigen. Amenaza con reemplazar a los docentes con militantes juveniles del PSUV.

Y, como ya dije, no se lanzan las intervenciones catastróficas de antaño. Pero eso no quiere decir que el gobierno esté haciendo las cosas bien económicamente. Para nada. Porque la situación económica sí es grave y sí amerita una intervención, pero en sentido opuesto al socialismo chavista. Se deberían profundizar las reformas y la liberalización de la economía. Reducir la voracidad fiscal que hace de los pequeños negocios “contribuyentes especiales”. Dejar que siga avanzando el dólar con la derogación de medidas absurdas como el Impuesto a las Grandes Transacciones Financieras. Y así.

Ah, pero claro, todo eso supondría una pérdida de control y de ingresos para la elite gobernante. En mi opinión eso es lo que obstaculiza las medidas que pudieran prolongar la hasta ahora muy limitada recuperación económica (aunque, ojo, nada sería mejor en ese sentido que la restauración de la democracia y del Estado de derecho). El gobierno luce conforme con correr la arruga todo lo que pueda, con bagatelas como la inyección de dólares al mercado cambiario oficial que apunten a represar el tipo de cambio (esta semana hubo una) o la licencia a los bancos para que presten 30 % de sus depósitos en dólares, pero con ese mismo crédito en bolívares. En términos prácticos, reitero, interviene poco o nada y deja que las cosas fluyan tal como están. Un muy peculiar laissez-faire.

No es, por supuesto, el capitalismo liberal que defendería un Adam Smith o un Ludwig von Mises. Es, como he dicho en otras ocasiones, un capitalismo iliberal, oligárquico y depredador. Una especie de estado de la naturaleza hobbesiano, o de darwinismo social spenceriano, aplicado al mundo de los negocios. La ley del más fuerte. Y el más fuerte, por supuesto, es el que se conecta bien con la elite gobernante. También es un sistema atrozmente insensible a la miseria y el sufrimiento de las masas empobrecidas. En realidad, este gobierno siempre lo fue. Pero antes lo disimulaba.

Recapitulando, pudiéramos estar incluso peor que lo que ya estamos, si se retomara el control de precios y demás. Ya no me alarmo cuando viene una efeméride chavista. Los discursos que Maduro da entonces, si es que hace acto de presencia, son anodinos. Pero no estamos nada bien. La economía venezolana, aunque beneficie a unos pocos, seguirá siendo mediocre en términos de crecimiento y prosperidad generalizados. Así será mientras la política venezolana no experimente un gran cambio.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

De la gran ilusión a la gran resignación, por Alejandro Armas
La gran ilusión dio paso a una especie de gran resignación. Mucha queja y lamento porque la economía se va una vez más al demonio, pero no más que eso

 

@AAAD25

La aseveración de que “Venezuela se arregló” casi siempre ha sido usada como chiste. Pero no es mentira que varios incautos se la creyeron. Entre ellos, algunos de los pocos afortunados que no cayeron en la pobreza durante lo peor de la crisis humanitaria que arrastra casi una década. Aquellos que podían darse el lujo de frecuentar los nuevos restaurantes chic en Las Mercedes y Los Palos Grandes y relatarle al mismo público exclusivo del que son parte sus experiencias culinarias con videos en TikTok. Como los “eloi” del futuro ficticio de H. G. Wells, viven en su pequeño mundo de placeres y diversiones, sin adentrarse jamás en las catacumbas tenebrosas de los “morlocks”, donde la vida es dura y brutal.

Otros creyentes genuinos en la supuesta reparación de Venezuela, me parece, se aferraron a esa fe más por desespero que por gozo de los deleites de la burbuja donde uno efectivamente se siente de maravilla. Son miembros de la casi extinta clase media que en los últimos años pasaron a engrosar las filas de venezolanos técnicamente en situación de pobreza. Hartos de los sucesivos fracasos de la dirigencia opositora de la que alguna vez fueron la principal base de apoyo, traumatizados por la represión de las protestas de 2014 y 2017 y convencidos aunque jamás lo admitan de que el chavismo muy probablemente gobernará por mucho tiempo más, para los oídos de estas personas fue música el pregón de que en realidad no es para nada urgente el cambio político en Venezuela, pues el chavismo vio la luz del libre mercado y muy pronto sus reformas le devolverán a todos su vieja calidad de vida. Música para sus oídos, digo, de la calidad del “Trío para piano no. 2” de Schubert o una composición de Miles Davis (o, para el gusto más contemporáneo, una canción del último disco de Taylor Swift).

Ah, pero en realidad eran puros cantos de sirena. Y como esta nao llamada Venezuela está tan maltrecha, no había suficiente mástil como para que todos siguieran el ejemplo que Odiseo dio. Así que muchos se dejaron llevar por los vaticinios melifluos de los traficantes de conformismo y de la adaptación disfrazada de oposición. Así fue hasta que las reformas de la perestroika bananera agotaron su capacidad para impulsar una recuperación económica. Sobre todo, en lo relacionado con la contención del aumento de precios. El salto olímpico del tipo de cambio y de la inflación en la segunda mitad de 2022 fue el balde de agua fría que espantó a los dedicados apaciguadores y buscadores de buenas señales y despertó de su letargo a más de un ilusionado con el regreso de las vacas gordas para todos.

Puede que hacia el cierre del año pasado hubiera factores ad hoc que retrasaran la plena asimilación del nuevo desastre, con todas sus consecuencias psicológicas. Pienso sobre todo en el mundial de fútbol y la temporada navideña. Disipados estos, tengo la impresión de que el estado de ánimo colectivo en Venezuela se ha vuelto bastante sombrío y pesimista. No es que en algún momento de los últimos años haya sido brillante. Pero, para quienes pensaron que el chavismo había enmendado la plana a lo grande, hubo al menos la esperanza de volver a lo que tanto octogenario venezolano falazmente evoca: “Con Pérez Jiménez vivías bien si no te metías en política”. Es decir, la engañifa de una vida materialmente plena y sin peligro alguno para la integridad personal, siempre y cuando uno no se oponga al gobierno.

Hoy dicho espejismo parece haber sido expuesto como lo que siempre fue. No veo a nadie augurando una recuperación económica inclusiva. Vuelve la angustia generalizada sobre el presente y el porvenir. Las protestas de docentes son apenas la manifestación más visible de ese descontento. Es bueno que la gente se haya quitado la venda. No porque todo venezolano debería tener una vida miserable e infeliz mientras el chavismo gobierne (vivo haciéndole la guerra a semejante dislate), sino porque los hechos demuestran que un país próspero es extremadamente improbable mientras el chavismo gobierne. Ergo, es de interés de la ciudadanía en pleno actuar para impulsar un cambio político.

Desafortunadamente, no luce que haya voluntad para proceder de esa manera. La gran ilusión dio paso a una especie de gran resignación. Mucha queja y lamento porque la economía se va una vez más al demonio, pero no más que eso. Creo que la consigna viene siendo algo así como “Ajá, nos seguirán arruinando la vida, pero ojalá no sea tanto como antes”. Hasta cierto punto es comprensible. Como ya dije, hay un miedo totalmente razonable a las repercusiones de la protesta. Además, no es probable, aunque tampoco imposible, que la ciudadanía común tome la iniciativa ella sola. Las masas esperan que sea la dirigencia opositora la que se encargue de eso, con algún plan. Pero la fe es poca.

Mientras tanto, ante el panorama de un chavismo atornillado en el poder hasta quién sabe cuándo, surgen fenómenos sociológicamente interesantes, pero nada alentadores desde el punto de vista ético. El más llamativo es la aceptación, primero a regañadientes y luego con algo de entusiasmo, de la nueva oligarquía como elite, no solo política y económica, sino también social y cultural. Quisiera hablar sobre eso también. Pero con más detalle, por lo que amerita otro artículo.

En la película de Jean Renoir La gran ilusión, militares alemanes y franceses enfrentados en la Primera Guerra Mundial terminan creando relaciones de empatía que los llevan a cuestionar el sentido de las hostilidades en primer lugar. Es así como se desvanece el espejismo epónimo de causa noble presente en cada bando, no sin que antes la nueva amistad internacional se viera manchada por sangre. Pero siguiendo la tradición de Esopo y La Fontaine, de todas formas hubo moraleja. Nuestra propia gran ilusión no fue tan trágica, pero depende de nosotros que también deje enseñanza. Quizá entonces podremos salir de la gran resignación.

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Er Conde no es nuestro mal chiste político, por Alejandro Armas
Asumamos por un momento que er Conde gana las primarias opositoras y es el candidato unitario de la oposición. ¿Cuál es su plan para defender el voto, si el chavismo desconoce un resultado desfavorable?

 

@AAAD25

Como ya he dicho varias veces antes, no soy optimista sobre la posibilidad de un cambio político en Venezuela en el corto o mediano plazo. En el largo, ¿quién sabe? Cuando en 1980 ya la Unión Soviética llevaba más de seis décadas de vida, pocos sospechaban que apenas le quedaba tan solo una más. Alegría de tísico, claro. Un “A lo mejor” entregado en el azar de los años, mientras las condiciones de vida para la inmensa mayoría de la población siguen siendo infernales, muy a pesar de la tan cacareada recuperación económica.

Mientras tanto, la dirigencia opositora se puso totalmente en “modo electoral”, de cara a los comicios presidenciales de 2024. Ciertamente, esos comicios pudieran ser una oportunidad para que Venezuela cuente con nuevo gobierno que sea el principio del fin de esta catástrofe. Pero, y perdonen que lo repita tanto, solo será así si la disidencia se lanza a ellas con un plan que considere el contexto antidemocrático, cosa que lamentablemente no se está viendo. El zeitgeist que mueve todas las piezas es el de la simulación de democracia emanado del mismísimo aparato de propaganda chavista. No importa que aspirantes presidenciales y diversos analistas admitan que el trasfondo es autoritario. Si no actúan en consecuencia, toda esa retórica es yerma.

El esfuerzo se está centrando en la selección de un candidato unitario que desafíe al chavismo, lo cual es por supuesto un paso necesario. Pero los criterios en consideración que uno ve en la mayoría de las lecturas del proceso son en el mejor de los casos bastante secundarios. Cuestiones de la personalidad de los candidatos que a duras penas reflejan los requisitos para triunfar en elecciones como las que se hacen en Venezuela: la experiencia administrativa de los distintos abanderados, sus inclinaciones ideológicas, etc. No es que estas variables sean absolutamente irrelevantes. Pero su importancia palidece ante el quid de la cuestión. A saber, la necesidad de la referida estrategia electoral para elecciones no democráticas. Eso es lo que, a mi juicio, pudiera vencer la abulia y la frustración que las masas sienten hacia la política venezolana, por cuanto le daría al ciudadano una razón para creer que su voto esta vez sí servirá de algo.

No puedo dejar de enfatizar la trascendencia de tal estrategia. Ni cuánto urge. No hay ninguna señal de que la elite chavista vaya a aflojar su puño de hierro electoral. Ventajismo de candidatos oficialistas, inhabilitación de contendientes opositores, violencia contra estos últimos, etc. De eso nos dio una pequeña muestra la semana pasada, cuando una turba de seguidores del gobierno agredió en pleno acto de campaña al equipo del abanderado de Acción Democrática, Carlos Prosperi. Mientras se nos llama a los ciudadanos a votar, nadie dice cómo lidiar con situaciones así.

En vez de eso, lo que se nos vende ahora como el gran tema para acaparar el debate es… La supuesta candidatura de Benjamín Rausseo, alias er Conde del Guácharo (a quien, por respeto a su autoproclamada prosapia oriental, siempre aludo con rotacismo en el artículo “el”). Esa es la más reciente manifestación del tan trillado como inútil clamor por un outsider. Antes era Lorenzo Mendoza. Luego vimos, aunque en mucha menor medida, una exaltación similar de la maestra y sindicalista Elsa Castillo, estrella de las protestas recientes del magisterio. La diferencia con estos dos es que Rausseo sí ha indicado interés en lanzarse y ya tuvo una campaña presidencial (“¡Vota piedra!”).

No quiero que se me malinterprete. No tengo nada en contra de las hipotéticas aspiraciones der Conde (“der Conde?”; puedo imaginar a un confundido alemán preguntando “Der Graf? Graf Zeppelin?”). Creo que se equivocan quienes lo ven con sorna, rabia o vergüenza. No porque le tenga alguna simpatía política particular, sino porque a la hora de tomar en serio a este candidato como político, pues es un enigma. Más allá de las inclinaciones liberales que se atribuye, nadie sabe qué haría er Conde si llegara a presidente (caramba, y uno jurando que en esta dizque república los títulos nobiliarios están proscritos y que sería impensable que el detentor de uno ejerza la máxima magistratura). Los que lo desdeñan sin temor alguno a equivocarse por no tener trayectoria política previa ignoran que, aunque no sea seguro, precisamente tal carencia pudiera jugar a su favor justo ahora. Todos los dirigentes opositores históricos tienen niveles de aprobación por el piso. Hay un deseo de nuevo liderazgo que cualquiera con el mensaje correcto puede cumplir. En tal sentido, no se puede descartar que Rausseo tenga un buen desempeño en las primarias opositoras, si finalmente participa.

Pero el carácter novedoso (su campaña en 2006 no dejó legado alguno que la gente recuerde) solo le serviría dentro de la base opositora decidida a votar en las primarias y en las elecciones definitivas. Es aquí donde la condición de outsider se agota y la discusión sobre sus ventajas y desventajas queda expuesta como impertinente. Porque, a ver, asumamos por un momento que er Conde gana las primarias opositoras y es el candidato unitario de la oposición. Asumamos incluso que como tal tiene un éxito inmenso atrayendo el voto en las presidenciales. ¿Pudiera alguien explicarme cómo el ser un outsider lo hace mejor preparado para enfrentar los vicios de un sistema electoral controlado por el chavismo, que Henrique Capriles, María Corina Machado o Andrés Velásquez? ¿Qué haría Rausseo si lo inhabilitan en pleno auge de campaña? ¿Cuál es su plan para defender el voto, si el chavismo desconoce un resultado desfavorable?

Esas son las preguntas que se debería hacer la gente. Sobre todo quienes pretenden ser guías de opinión en materia política, que dejan mucho que desear cuando juran que hacen gala de tino con “sesudos” comentarios sobre las virtudes o defectos de un outsider que le dispute el poder al chavismo en las urnas. Tendría sentido hacerlo si Venezuela fuera una democracia en la que hay hartazgo con toda la clase política tradicional. Lo segundo se cumple. Lo primero, la cualidad democrática, no. Así que er Conde, solo por ser outsider, no puede replicar el éxito de Volodímir Zelensky, por poner el ejemplo de un comediante devenido en político que supo aprovechar el desencanto masivo con… los políticos.

Pero seamos justos con Rausseo. Las inquietudes sobre sus dotes estratégicas en el contexto político venezolano no van de la mano exclusivamente con él. Esas mismas inquietudes valen para todo el que ha expresado interés en ser candidato presidencial opositor. Eso es lo terrible: nadie les responde.

Me parece que de los pocos venezolanos que siguen muy interesados en la política nacional, muchos tienen una necesidad psicológica de eludir la dura realidad autoritaria para así creer que están haciendo algo importante por la restauración de la democracia sin ninguna adversidad, y así sentirse bien con ellos mismos. Una especie de autoengaño onanista. La fijación con la idea de un outsider solo es parte del repertorio pornográfico que mantiene vivo el espejismo para la distracción y autocomplacencia del ego. Nuestra tragedia paradójica no es que un hombre dedicado a echar chistes se lance a presidente, sino el grandísimo chiste de toda esa gente creyendo que así Venezuela mejorará. Tutto nel mondo è burla, cantó el Falstaff de Verdi. En el cosmos de la política venezolana contemporánea, es así.

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