Alejandro Armas, autor en Runrun

Alejandro Armas

Cuando libertad individual y dignidad humana chocan, por Alejandro Armas
Es inevitable que la libertad individual y la dignidad humana choquen cuando se trata de discriminación

 

@AAAD25

Hace unas semanas, una pizzería normal y corriente de Caracas fue escenario de un triste episodio. Difícilmente algún venezolano muy activo en redes sociales no se enteró. Pero en caso de que algún lector de esta columna no esté al tanto, vaya un resumen de los hechos. Un comensal denunció que él y su acompañante fueron expulsados del ristorante porque estaban bailando y, al tratarse de dos hombres, ello no gustó al propietario, pues “iba contra la atmósfera familiar”.

Un caso típico y nada original de homofobia, pues. En cuestión de pocos días, las consecuencias llegaron por oleadas. Manifiestos masivos de repudio en redes sociales. Una pequeña protesta de activistas Lgbtiq en el propio local. Una sanción pública. Venezuela es un país bastante atrasado en cuanto a derechos de las personas sexodiversas. Sin embargo, el municipio Chacao, donde está la pizzería en cuestión, tiene una ordenanza contra la discriminación por razones de género, la cual fue puesta en práctica. Los responsables fueron penados con labores comunitarias. Terminaron pidiendo disculpas a los perjudicados.

Pero a los señores de “La Vera Pizza” no les faltaron asimismo defensores. Desde trogloditas rabiosamente homofóbicos, con su moralina reaccionaria y fanatismo religioso, hasta personas que aseguran no tener prejuicios contra la sexodiversidad y se refugiaron en argumentos un poco más sofisticados y difíciles de rebatir. Para ellos, es ilegítimo que el Estado intervenga para obligar a un individuo a aceptar la presencia de ciertas personas en un local privado. En el entorno público, dicen, semejante exclusión es siempre arbitraria, pero no en la propiedad privada de alguien, a quien no se le puede imponer una visión ajena del mundo, por más que la de esa persona nos parezca aborrecible. Que las personas discriminadas vayan a donde sí los aceptan o que monten sus propios locales.

Son por supuesto indignas de debate las razones ramplonamente homofóbicas. Pero la segunda categoría de justificación de los dueños de la pizzería es, como dije, más compleja y capaz de atraerse gestos de asentimiento. Es a ella a la que dedico una respuesta crítica. Me parece una maravillosa oportunidad para exponer postulados filosóficos, no en función de reflexiones metafísicas con las que a menudo se asocia este tipo de pensamiento, sino de cuestiones muy concretas y terrenales que todos podemos apreciar en nuestra cotidianidad.

No hay nada novedoso en la apología liberal de estructuras de apartheid. Murray Rothbard y sus acólitos anarcocapitalistas se opusieron totalmente y desde un principio a las leyes de derechos civiles que prohibieron la discriminación racial en Estados Unidos en los años 60. Les resultaba “tiránico” que el dueño de un negocio privado tuviera que atender a personas de raza negra, contra su voluntad. O que se le imponga un criterio purgado de discriminación racial en su selección de empleados. Es decir, para estos liberales radicales, la libertad del individuo es tan inviolable, que ni siquiera cuando el resultado es un sistema social monstruosamente injusto se la puede restringir.

Es inevitable que la libertad individual y la dignidad humana choquen cuando se trata de discriminación.

Hay un choque de derechos, que es de las situaciones más difíciles para ejercer el juicio político. Pero si la praxis priva sobre el dogma, creo que la privacidad de un negocio no justifica las prácticas discriminatorias.

Hablo de «praxis sobre dogma» porque la experiencia empírica nos muestra que la permisividad con los sistemas discriminatorios tiene efectos psicológicos negativos sobre el grupo discriminado. Es terriblemente angustiante para alguien tener dudas con respecto a que sea admitido, o no, en un lugar debido a su identidad, a algo de lo que no puede desprenderse. Piensen nada más en todo el tiempo y esfuerzo perdido que a veces pudiera acarrear buscar un lugar donde dicha identidad sea tolerada. Eso por no hablar de la sensación humillante que implica el rechazo. Hasta consecuencias físicas pudiera tener. Imaginen que una persona se traslada de emergencia a la clínica más cercana, solo para que le nieguen atención porque “ahí no aceptan transexuales”.

La tolerancia de estas prácticas prejuiciosas también crea sociedades disfuncionales, llenas de fobias y resentimientos. Al mantenerse los que discriminan y los discriminados siempre segregados, las posibilidades de que los primeros reparen en que realmente no hay nada malo en los segundos son mínimas. Es un círculo vicioso de repulsión y discriminación, del cual los estigmatizados tarde o temprano se hartan. Buscarán cambiar las cosas por cualquier medio posible. Por algo la segregación en el sur de EE. UU. y el apartheid sudafricano terminaron siendo inviables y colapsaron. Si los portadores del poder no se hubieran dado cuenta de cuán peligroso era el statu quo racista, las repercusiones para esos dos países pudieron haber sido escalofriantes en términos de conflictividad social.

Así que en estos casos, el costo de la libertad individual como valor absoluto es demasiado alto. No importa el lente moral. Si es deontológico, todo lo expuesto en los párrafos anteriores en cuanto a sufrimiento de los afectados debería bastar. Si es utilitario, piénsese en la conflictividad social que pone en peligro el desarrollo mismo de la economía y el disfrute privados. El Estado fue creado precisamente para evitar tal cosa, nos dice Hobbes. Solo el liberalismo más inflexible y recalcitrante lo desconoce a pesar de todo.

¿Significa esto que el derecho de las personas a disponer de sus bienes no aplica en ninguna circunstancia cuando de discriminación se trata? No. Obviando el deber de los padres para con sus hijos menores de edad, creo que el derecho a discriminar y excluir solo aplica a la residencia privada. Un negocio podrá ser privado, pero al estar abierto al público, tiene otras consideraciones éticas.

Sí, hay algo llamado derecho de admisión. Pero me parece que lo que debe guiar ese derecho es el Principio del Daño de J. S. Mill. O sea, que solo se pueda excluir a lo que demostrablemente perjudica al negocio o a su clientela. A su vez, ese perjuicio tiene que ser empíricamente comprobable. No puede partir de explicaciones sin fundamento racional (e.g. religiosas). Como señala Martha Nussbaum, la repulsión moral sin fundamento empírico no basta.

Entonces, el dueño de un restaurante puede echar de su negocio a alguien por gritón, ya que eso amarga la experiencia de los clientes y desalienta su regreso o recomendaciones. Pero no porque baile con otra persona de su mismo sexo, ya que no hay demostración empírica de que eso perjudique a terceros.

Este es un debate abierto y nada de lo que he escrito es exhaustivo. Hay otros tipos de entes privados a los que pudieran aplicar otros criterios, como por ejemplo las asociaciones de culto. Pero para los que tienen como único propósito el lucro, la discriminación por género es inadmisible. Vivan y dejen vivir. Dejen comer pizza también a todo el que pueda pagar.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Alejandro Armas Oct 01, 2021 | Actualizado hace 3 semanas
El ejemplo alemán, por Alejandro Armas
La reafirmación de apoyo a la democracia liberal y la marginación de los extremos por parte de la ciudadanía alemana en las elecciones del domingo es admirable

 

@AAAD25

“Keine experimente!” (“¡Nada de experimentos!”). Hace 64 años, esta proclama estampó por doquier las calles de la República Federal de Alemania. Sobre ella, el rostro de un hombre visiblemente maduro. Había campaña electoral, y el caballero de los afiches era el canciller Konrad Adenauer, invitando a sus conciudadanos a votar por su reelección.

La consiguió, cómodamente. ¿Cómo no lo iba a lograr? Alemania Occidental estaba experimentando un verdadero milagro económico que la catapultaría a la cúspide del desarrollo y la prosperidad entre las naciones europeas. Ello a pesar de que tan solo una década antes el país estaba en ruinas como producto de la Segunda Guerra Mundial. También se había convertido en una democracia modelo, mucho más sólida que la frágil República de Weimar, a pesar de estar rodeada hacia el este por regímenes comunistas hostiles, incluyendo a su propia gemela germana y satélite de la URSS.

Sin duda, el llamado conservador de Adenauer a evitar los experimentos no es muy apasionante. Por naturaleza, a los seres humanos nos excita lo nuevo y lo que no se ha probado. Quienquiera que haya escrito el Génesis tuvo la sagacidad de poner esta curiosidad en nuestra esencia misma, haciéndonos indignos del Edén divino y, por tanto, humanos. Las arrugas y canas del canciller acompañando la advertencia son el complemento gráfico perfecto al texto. A primera vista pudiera parecer aburrido. Fastidioso incluso. Es como si el abuelo nos conminara a abstenernos de las experiencias (palabra que no en balde comparte etimología con “experimentos”) que la juventud reclama.

Pero lo desconocido nos produce algo más, aparte de fascinación: miedo. Justamente porque no sabemos lo que puede salir de la interacción con el misterio, nuestra aproximación es dual. Queremos que nos dé satisfacción pero también tememos que nos haga daño, como si las pulsiones freudianas de Eros y Tánatos nos sacudieran simultáneamente.

A veces el miedo produce el peor tipo de política. La que, en nombre de la supresión de un peligro real o imaginado, termina suprimiendo la libertad y la democracia. Pero a veces el miedo tiene consecuencias positivas en este ámbito. Como cuando se teme perder un progreso o caer en manos de gobiernos nefastos.

No es de cobardes advertir sobre los riesgos de ciertos experimentos políticos.

Aristóteles nos enseñó que la negación virtuosa de la cobardía no es ser temerario, no es no temerle a nada, sino saber administrar el miedo de forma razonable. El miedo nos resguarda de fuerzas destructivas a las que no es necesario exponerse. Es un instinto de conservación de nuestra vida y nuestra felicidad.

Es así como el mensaje de Adenauer en esas elecciones deja de parecernos tedioso y podemos comprender que los alemanes le hicieran caso al abuelito prudente. Tenían mucho que perder si se ponían muy experimentales. Su nación apenas había comenzado a recuperarse de los traumas del Tercer Reich y necesitaba a un líder que mantuviera la senda hacia un futuro prometedor, en vez de volver al pasado horrendo. También un líder que supiera ser firme ante la hostilidad de los vecinos marxistas. Adenauer, en el afiche, representaba ese liderazgo. Alguien que sin ser judío ni miembro de ningún otro grupo “indeseable”, vivió en carne propia la persecución y las mazmorras del nazismo, debido a sus convicciones democráticas. También alguien que tuvo las agallas para no tambalearse cuando desde Berlín Oriental se amenazó con reunificar Alemania bajo la bandera del martillo. Ahora, el señor del afiche se ve como un Marco Aurelio del siglo XX, un mandatario que reúne las virtudes de la sabiduría estoica, incluyendo la templanza para apartarse de experimentos locos.

Hoy es válido decir que el espíritu de Adenauer y su “Keine experimente!” se mantiene vivo entre los teutones. El domingo pasado hubo elecciones en Alemania, que pusieron fin a una era, y al mismo tiempo no lo hicieron. El gran cambio es el retiro de Angela Merkel, quien por 16 años había sido canciller y decidió no buscar la reelección. Se va con un legado imperfecto, como cualquiera, pero que cualquier estadista envidiaría.

Durante su gobierno, Alemania se volvió aun más próspera que lo que era antes y se consolidó como líder de facto de la Europa Continental.

 Aunque Merkel jamás fue una gobernante personalista, la potencia de su liderazgo deja una sensación de vacío ahora que está de salida.

Paradójicamente, la cara conservadora de este fenómeno dual subyace el hecho de que muy probablemente se formará un nuevo gobierno encabezado por otro partido. La Unión Democristiana (CDU), organización que bajo la dirección de Merkel dominó la política alemana por más de década y media, sufrió una fuerte derrota, demostrando así que el prestigio de un mandatario popular no siempre lo heredan sus correligionarios. El hombre de la noche fue Olaf Scholz, candidato del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), que fue el más votado, pero lejos de una mayoría absoluta. Hablamos de una república parlamentaria, así que los partidos tendrán que negociar para formar un gobierno de coalición. Scholz es quien está mejor posicionado para hacer tal cosa.

Pero Scholz no es ningún advenedizo. De hecho, ¡es parte del gobierno actual! Es ni más ni menos que el vicecanciller y ministro de Finanzas de Merkel. Desde 2013, la CDU, de centroderecha, y el SPD, de centroizquierda forman un gobierno de coalición. Estos son los dos partidos que han predominado en la República Federal de Alemania desde su fundación en 1949. Todos sus cancilleres vienen de uno o del otro.

En otras palabras, abrirle las puertas a un nuevo gobierno encabezado por Scholz es un espaldarazo al establishment. Es dar un giro, sí. Pero un giro moderado. Los alemanes están satisfechos con todo lo que han logrado como nación desde el fin de la guerra, pasando por la caída del Muro de Berlín hasta llegar a su estatus actual de país entre los más estables y ricos. Así que recompensan al statu quo político con continuidad.

Aparte del SPD, los que aumentaron su número de curules en el Bundestag fueron el Partido Libre Democrático, de tendencia liberal clásica, y los Verdes ecologistas. Ellos pudieran ser los socios de Scholz en una coalición gobernante. Ya lo fueron en gobiernos anteriores. De nuevo, nada de outsiders. Nada de experimentos.

En cambio, los partidos radicales vieron sus cifras caer. Alternativa para Alemania, organización ultraconservadora e intolerante, perdió escaños luego de una irrupción sorprendente en el parlamento en 2017. Peor suerte aun tuvo Die Linke, que amalgama a la izquierda posmoderna y populista bajo la engañosa rúbrica de “socialismo democrático”.

La reafirmación de apoyo a la democracia liberal y la marginación de los extremos por parte de la ciudadanía alemana es admirable. Ocurre en un contexto en el que fenómenos de vocación autoritaria se las ingenian para tomar el poder, bien sea en solitario, como Donald Trump en Estados Unidos, o en alianza con elementos moderados que vergonzosamente se asocian como ellos, como Podemos en España, de la mano del PSOE.

Solo puedo esperar que más países sigan el ejemplo alemán. Si los experimentos van contra el orden democrático, pues repitamos la consigna de Adenauer: Keine Experimente!

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La mala salud de la democracia latinoamericana, por Alejandro Armas
La democracia latinoamericana sufre un franco desmadre. En la región, muchos personajes macabros no estarían gobernando sus países de no ser por los fracasos y vicios de sus predecesores

 

@AAAD25

En mi adolescencia, tuve ciertos complejos con mi identidad regional. Nunca llegué al extremo de odiar ser latinoamericano. Pero definitivamente tampoco me encantaba. Mi norte no era el norte literalmente, sino el noreste. No era Estados Unidos, sino Europa. Soñaba con la elegancia aristocrática de Londres o el orden y la eficacia de Berlín. Fue más o menos al principio de mi adultez cuando comencé a apreciar el ser latinoamericano. Quedé cautivado por la riqueza cultural de América Latina. Por su literatura, su música, su cine, etc. Pero mi afinidad cultural no me impide ver que esta región sigue teniendo problemas verdaderamente pesadillescos, como el subdesarrollo económico y un cúmulo de injusticias sociales.

Y la política… Caramba, qué sucesión de calamidades es la política latinoamericana. La de mi, pese a todo, querida Venezuela es un caso particularmente dramático. Pero como lo conocemos bien y justo ahora estamos en una especie de lamentable limbo, a la espera de acontecimientos que nos muestren algo diferente y esperanzador, en esta oportunidad voy a salir de casa y a pasearme por el vecindario.

Es muy obvio que la última oleada de democratización, en palabras de Samuel Huntington, está en retroceso. Vaya que es una resaca fuerte. De esas que se llevan a naciones enteras y las sumergen en el mar del despotismo. Sucede en varios lugares del mundo, en mayor o menor grado. Bielorrusia tiene el deshonor de ser considerada “la última dictadura de Europa”. Pero muy pronto pudieran unírseles Polonia y Hungría para formar un triángulo de regímenes autoritarios en el Viejo Continente. En el Medio Oriente tenemos el caso de Turquía, que bajo la égida de Recep Tayip Erdogan está experimentando el peor descalabro político desde la dictadura militar de los años 80.

Pero tal vez en ninguna zona del planeta el desmadre sea peor que en América Latina. Cuando comenzó la última década del último milenio, parecía que la región estaba muy bien encaminada para ser un nuevo faro de democracia. La tormenta pinochetista se despejó en Chile. Cayó Stroessner. Centroamérica estaba en proceso de pacificación y democratización gracias a los Acuerdos de Esquipulas, fruto de los esfuerzos anteriores del Grupo de Contadora en el que Venezuela dijo “presente” (aquellos años cuando exportábamos democracia porque éramos una). Solo la dictadura castrista seguía firme. Claro, aparte del caso cubano hubo retrocesos, como los autogolpes en la Guatemala de Serrano y el Perú de Fujimori, así como la asonada del general Raoul Cédras en Haití. Pero en general el panorama era muy alentador.

¡Qué chasco nos hemos llevado, 30 años después! El putsch clásico se habrá vuelto una rareza pero, aunque Latinoamérica presenta atraso en varios frentes, no se ha rezagado para nada en la adopción de los nuevos mecanismos para socavar la democracia desde adentro, poco a poco.

Venezuela fue la primera en experimentar esta terrible enfermedad, más nociva aun que la covid-19. Desde entonces la tasa de contagio ha sido alta. Algunas naciones tuvieron una convalecencia exitosa. Pero la mayoría no. Hagamos un repaso crítico de los pacientes graves.

Comencemos con la América Central

Sin duda el caso más llamativo hoy es el de Nayib Bukele. Tal como señaló el director para el continente de Human Rights Watch, José Miguel Vivanco, el caudillo salvadoreño es como Hugo Chávez en su desmantelamiento de las instituciones republicanas, pero con el acelerador bien pisado.

Un Chávez millennial con destreza en el fino arte del «troleo» en redes sociales e intereses en bitcoin, y que en apenas dos años ha mandado a ocupar militarmente el parlamento para intimidar a legisladores opuestos, construido un poder judicial a su medida y logrado que se reforme la ley para permitir su reelección inmediata. Ah, y desestimado las críticas de Estados Unidos y otras democracias como “injerencia”. ¿Les suena familiar? Pero, para añadirle un toque de chapucería contemporánea, también culpa al bolsillo del magnate George Soros de estar detrás de sus detractores.

Justo al lado, en Honduras, Juan Orlando Hernández encabeza un régimen cuasi dictatorial, cuyas tropelías notablemente han pasado por debajo del radar de la opinión pública regional. Empezando por los vicios y resultados dudosos de los comicios que le dieron la reelección en 2017. Por no hablar de los escandalosos vínculos de su gobierno con el comercio de estupefacientes, cosa que recuerda a la narcopolítica colombiana o al narcorrégimen boliviano de los años 80.

Ni hablar de Nicaragua. La situación es horrenda. El clan de Daniel Ortega y Rosario Morillo resultó ser tan autoritario como el de los Somoza. La cacería de candidatos opositores, en unas elecciones presidenciales que ya lucían terriblemente injustas, ha sido como una película de terror. Fueron por uno tras otro. Al periodista Carlos Chamorro lo obligaron a exiliarse (¿rencores no superados por la derrota que le propinó su madre, Violeta Barrios de Chamorro, a Ortega en los comicios de 1990?). El último atropello fue una orden de detención contra Sergio Ramírez, uno de los mejores escritores contemporáneos en lengua castellana, otrora camarada de Ortega luego decepcionado por la deriva tiránica del sandinismo.

Pasemos ahora al Caribe

El castrismo sigue siendo el castrismo aunque no haya ningún Castro a cargo. Miguel Díaz-Canel dejó eso bien claro cuando ordenó reprimir salvajemente las mayores protestas vistas desde la Revolución cubana. En cuanto a Haití, como ha ocurrido a lo largo de casi toda su historia, alterna entre dictaduras e inestabilidad política, combinando a veces las dos cosas. La crisis desatada por los intentos de Jovenel Moïse por prolongar su mandato terminó con su asesinato, lo cual solo provocó más incertidumbre en un contexto de pobreza extrema y catástrofes naturales.

Sudamérica

En Suramérica hay que temer por los Andes centrales. Perú acaba de elegir a Pedro Castillo, un populista caricaturescamente burdo, como presidente. Su ideario es un híbrido entre el socialismo marxistoide y nociones propias del Paleolítico sobre los roles de género y otros asuntos sociales. Su discurso sobre los inmigrantes indocumentados, entre los cuales hay cientos, quizá miles de venezolanos, no es muy distinto al de Donald Trump, lo cual no impide que la izquierda posmoderna de los países desarrollados lo aplauda solo por su discurso anticapitalista.

Y aunque haya bajado el tono ñángara con respecto a su campaña, las señales de alarma persisten. Por ejemplo, un proyecto de ley presentado por su partido ha sido denunciado por el Instituto Prensa y Sociedad como amenaza directa a la libertad de expresión, con la excusa de que los medios son un servicio público. Si les recuerda a la Ley Resorte con la que el chavismo empezó a censurar, es porque en efecto se parece.

Cruzando el lago Titicaca, en Bolivia, el regreso del Movimiento al Socialismo al poder parece ser un caso típico del mismo cachimbo con otro nombre. Evo Morales tal vez perdió su liderazgo, pero su sucesor al frente del MAS y nuevo jefe de Estado, Luis Arce, no luce mucho mejor. El MAS ha estado más enfocado en vengarse de la oposición, luego de ser apartado temporalmente del poder, que en resolver los problemas del país. No seré yo quien niegue los crímenes  del gobierno provisional de Jeanine Áñez. Pero quienes la condenan solo a ella y sus colaboradores, omitiendo un contexto en el que el MAS tiene sus propios delitos que precipitaron la crisis, hacen gala de una hipocresía muy descarada. Áñez entregó el poder a sus enemigos a sabiendas de lo que le podían hacer. ¿Evo Morales hubiera hecho eso?

Por último, tenemos el caso de Brasil. En lo que va de siglo XXI, Jair Bolsonaro ha sido el único líder de un movimiento populista de derecha que ha llegado al poder. Se equivocan los que dicen que Bolsonaro ya es un dictador. No ha llegado tan lejos… Aún. Pero su talante antidemocrático es muy obvio y, como el populismo suele ser vehículo para transiciones autoritarias, es necesario estar muy atentos a los acontecimientos en el gigante del sur.

Brasil ha tenido una de las peores epidemias de covid-19 en todo el mundo. La economía está en aprietos, con un desempleo de casi 15 % y una inflación creciente, la cuarta más alta en Latinoamérica, tras Venezuela, Argentina y Haití. No sorprende que el índice de aprobación de Bolsonaro se haya desplomado. Su respuesta, de cara a una posible derrota en las elecciones del próximo año, ha sido desprestigiar el sistema electoral brasileño y advertir sobre tramas de fraude, en la misma tónica de Trump pero en un país con instituciones mucho más débiles que las estadounidenses. Es espeluznante pensar en cómo pudiera terminar eso.

Hay que decir que muchos de estos personajes macabros no estarían gobernando sus países de no ser por los fracasos y vicios de sus predecesores. Bukele es la respuesta de los salvadoreños al bipartidismo corrupto que había tenido las riendas desde el fin de las guerras civiles en la pequeña nación. Castillo acaso hoy sería un mero sindicalista local si todos los presidentes electos peruanos desde los 90 no se hubieran ensuciado las manos manejando dineros públicos. Y Bolsonaro tal vez nunca hubiera dejado de ser un diputado ruidoso pero inofensivo si los gobiernos del Partido dos Trabalhadores no hubieran destacado por su cleptocracia y mediocridad.

Pese al tono sombrío de este artículo, quiero cerrar con una nota optimista. No todo en la política latinoamericana es un horror. Hay esperanza en varios rincones. Guillermo Lasso y Luis Lacalle Pou están mostrando desde Ecuador y Uruguay, respectivamente, una centroderecha liberal prometedora. Luego de un año de tumultos, los extremistas no han tomado el control de Chile, como algunos temieron. Espero que veamos más buenas noticias políticas en la región, aunque sea más tarde que temprano.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La política y los memes, por Alejandro Armas
Muchos memes políticos tienen lamentablemente una finalidad despectiva. Añada a este ya ponzoñoso cóctel el desarrollo de islas de opinión a manos de los algoritmos de redes sociales

 

@AAAD25

Dijo en una ocasión Umberto Eco que es más importante para quien quiera ser todopoderoso en un país controlar los medios de comunicación que la policía. Dijo en otra ocasión Elon Musk, el excéntrico millonario al frente de Tesla, que “quien controla los memes, controla el universo”. Aunque exagera, hay algo de cierto en la afirmación de Musk, que bien pudiera ser un colofón a la proclama del pensador italiano.

Sé que lo que voy a decir en esta columna no aplica mucho en Venezuela, donde el acceso a internet es limitado y los que usamos las redes sociales para fines relacionados con la política somos pocos. Pero allende nuestras fronteras hay un mundo que sigue cambiando, donde la tecnología online ocupa un espacio cada vez mayor en la vida de las personas, tendencia a la que la pandemia de covid-19 le pisó durísimo el acelerador. Creo que no sería descabellado hablar de una “filosofía del internet”, y si no lo creen, revisen la obra del filósofo Byung Chul-han.

La política no es excepción. Desde el streaming en vivo de discursos de dirigentes hasta las peticiones por correo electrónico de donaciones a campañas electorales. Y, por supuesto, Twitter, el ágora del siglo XXI. Ahí, políticos y ciudadanos comunes intercambian opiniones y hasta ofensas.

Solo era cuestión de tiempo para que los memes, el humor digital por antonomasia, irrumpieran en el terreno de la política. Así, tenemos memes de uso genérico que entre sus miles de manifestaciones tienen algunas abocadas a la política, y memes que solo sirven para hacer humor político, como el del political compass.

Ahora bien, el meme, como toda expresión jocosa, tiene dos posibles objetivos, dependiendo de la intención del emisor hacia la persona objeto de la broma. Puede ser un chiste para mover a risa sin pretensión de perjudicar al objeto, con la expectativa incluso de que el objeto mismo lo halle hilarante. Como dando a entender que hay algo gracioso en él, sin ser negativo. Es lo que, en jerga coloquial venezolana, se denomina “chalequeo”. En cambio, el chiste puede pretender que terceros se rían a costa del objeto, produciendo además furia o aversión. Al objeto se le humilla y se le desprecia. Se le hace notar que es considerado vil, inferior o repulsivo. Indigno de compartir espacios con el emisor de la chanza y quienes la celebran. Un rechazado, pues.

Muchos memes políticos tienen lamentablemente esta última finalidad despectiva. Excepto cuando el objeto son aquellas posturas que por su menosprecio absoluto a la dignidad humana son irremediablemente abominables (en cuyo caso estaríamos ante una invocación de la Paradoja de la tolerancia de Popper), el uso de este tipo de memes indica que el emisor es alguien de mentalidad autoritaria. En quienes degrada de esa manera no ve a adversarios legítimos con ideas contrarias, sino enemigos a los que apartar por “perversos y degenerados”.

Añada a este ya ponzoñoso cóctel el desarrollo de islas de opinión a manos de los algoritmos de redes sociales y el resultado es el siguiente: comunidades digitales fanatizadas por ideologías extremistas cuyos miembros se comunican, entre ellos para adularse o con otros para burlarse, casi exclusivamente mediante memes y shitpost. Aunque risible, este hábito dice mucho sobre lo que hay detrás.

Precisamente porque sus posturas suelen ser injustificables, ni se molestan en usar argumentos. Responden con el meme de «Yes Chad», que es una variedad jocosa de las falacias ad baculum o ad verecundiam. O con algún absurdo como «Postea físico, pues”. Una invitación increíblemente primitiva a dejarse de palabras e intercambiar imágenes de bíceps y pectorales para ver quién prevalecería en una pelea, a falta del altercado físico real (curiosamente, los que invitan y “postean físico” siempre son unos Hércules o Sansones con el rostro tapado).

El objetivo de todas estas sandeces es descarrilar la discusión fuera de la vía argumentativa, porque por ellos les es imposible prevalecer. Reducirlo todo a ofensas y burlas. Solo así ven un logro. Parafraseando a Unamuno, no les interesa convencer. Solo vencer. Como sea.

Esta gente no solo es terriblemente ignorante. Se enorgullece de serlo. No creen en el intelecto, ni en la persuasión argumentativa que idealmente guía la política, diría Hannah Arendt, sino en la violencia para imponerse. En su defecto, recurren a lo más cercano: la ofensa verbal. Sujetos a los que no les interesan los hechos empíricos y están más que listos para omitirlos si chocan con sus ideas. Se creen superhombres nietzscheanos facultados para imponer a la humanidad su visión del mundo. Como ya dije, la mentalidad autoritaria.

No se puede razonar con esta gente. Ni lo intenten. Se van a estrellar siempre con el mismo muro de necedades. Ignórenlos o expongan ante terceros su desinformación y distorsiones teóricas, pero sin esperar que ellos reconozcan el error. No lo harán.

No me opongo a los memes en el discurso político. Creo que son una buena forma de interesar a las masas y alentar la participación. Pero los memes son humorísticos, mientras que la política, llegado un punto, hay que tratarla con seriedad. No abusen de los memes políticos.

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La confianza tendrán que ganársela, por Alejandro Armas
Dos acuerdos preliminares fueron el fruto de los cuatro días de reuniones a puerta cerrada. Como yo lo veo, no es muy suculento

 

@AAAD25

Terminó la primera ronda del nuevo intento de negociación entre el chavismo y la oposición. Entre los pocos ciudadanos que siguen altamente interesados en la política venezolana, que aún quedan, hubo algunos que reaccionaron con optimismo. Cauto, pero optimismo al fin. Lamento no poder compartirlo.

Dos acuerdos preliminares fueron el fruto de los cuatro días de reuniones a puerta cerrada. Como yo lo veo, no es muy suculento. Y bueno, no es que me haya entusiasmado con la cosecha en primer lugar. Comencé escéptico y así me mantengo. No me voy a detener ni por un momento en el primero de los pactos, que consiste en un espaldarazo al Acuerdo de Ginebra en la disputa por el Esequibo, por considerarlo para nada prioritario en medio de esta crisis política, económica y social.

Me interesa mucho más el segundo acuerdo. Tal como temía, consiste en un conjunto de medidas que responden más a las inquietudes de la elite chavista.

Antes de que Jorge Rodríguez, Gerardo Blyde y sus respectivos acompañantes se vieran las caras, Nicolás Maduro se dio a la tarea de exigir en público la devolución de activos de la República en el extranjero sobre los que el régimen perdió el control tras el reconocimiento dado a Juan Guaidó por las democracias del mundo en 2019. Parece que no eran solo fanfarronadas de Miraflores.

En efecto, en México se acordó atender la necesidad de “devolver a Venezuela” esos bienes, así como facilitar el acceso a dinero custodiado por el Fondo Monetario Internacional (sí, ese ente que según el chavismo es más perverso que Mefistófeles). Con esos recursos se pretende atender la epidemia de covid-19 en Venezuela, comprar vacunas, dotar hospitales y proveer a programas de alimentación.

Suena a primera mención como un objetivo muy noble. El gran problema, en mi opinión, está en la expresión “devolver a Venezuela”. ¿Qué se entiende por “Venezuela”? Convencionalmente, en la política internacional, el nombre de un país, mediante una sinécdoque totum pro pars, se refiere al gobierno de dicho país. No entremos en consideraciones sobre lo que eso significa en el caso venezolano desde hace dos años y medio. Lo importante es que el poder en nuestro territorio lo ejerce el chavismo y solo el chavismo.

Pudiera uno suponer, empero, que en teoría una consecuencia del pacto es que tanto el chavismo como la oposición velarán por el cumplimiento de los acuerdos en algún tipo de administración conjunta de los recursos. Muy bien, pero, ¿cómo va la oposición a asegurarse de que los mismos sí serán usados, una vez que ingresen a Venezuela, para el propósito establecido, y no para fines impuros? ¿Con qué poder? Sigo viendo en la desigualdad de poder el quid de la cuestión. El triste quid de la cuestión.

Incluso si milagrosamente el proceso avanzara de manera limpia, hay que entender que con esa plata apenas se podría atender la emergencia humanitaria. Un alivio importante pero coyuntural. La recuperación amplia, por no decir plena, de la economía venezolana requiere de ayuda internacional y de inversiones de capital que solo podrán darse con instituciones confiables. O sea, tiene que resolverse primero la crisis política.

Ahora bien, de acuerdo con los jefes de delegaciones y el mediador noruego, en las próximas rondas serán tratados asuntos referentes al Estado Constitucional de Derecho y al sistema de justicia. Avances en ese sentido sí que serían un progreso sustancial en la dirección correcta. Pero, de nuevo, ¿cómo hará la dirigencia opositora para presionar en esa dirección? La única carta a su favor es la del poder punitivo contra el chavismo que le han prestado las democracias del mundo. Poder que el chavismo exige sea desmantelado para que las negociaciones lleguen a buen término.

La delegación opositora pide el acompañamiento de la ciudadanía durante el diálogo. Ese acompañamiento requiere confianza. Imposible pedir a los ciudadanos que confíen en un régimen cuya falta de transparencia es harto conocida y en una oposición débil. La confianza se la tendrán que ganar.

La huida de Hernán Cortés de Tenochtitlán en 1520, en medio de una rebelión azteca contra el ocupante español, fue un evento que pasó a la historia con el nombre de “Noche Triste”. Medio milenio después, si los negociadores se retiran definitivamente de Ciudad de México sin un acuerdo, será una noche triste para Venezuela. Más triste lo sería aun con un acuerdo defectuoso.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El resignado regreso a la vía electoral, por Alejandro Armas
Solo tiene sentido ir a elecciones bajo la hegemonía chavista si ello es parte de una estrategia que trascienda el mero acto de sufragar. No veo indicios de un plan

 

@AAAD25

Tal como me imaginaba, las elecciones regionales y locales de noviembre serán el evento que domine el acontecer político venezolano en lo que queda de año, para bien o para mal… Más probablemente, para mal. Quienes me han honrado con su lectura han de estar al tanto de mi postura sobre el dilema entre votar y abstenerse. La mantengo, y por eso no me siento emocionado con la demorada decisión de participar tomada por el G4 y varios de sus aliados.

El mantra, a mi juicio, que debe guiar a la dirigencia opositora fuera del falso dilema maniqueo es que solo tiene sentido ir a elecciones bajo la hegemonía chavista si ello es parte de una estrategia que trascienda el mero acto de sufragar, con miras a presionar por una transición pactada. Es decir, que los comicios sean el aliciente para movilizar a los ciudadanos hacia un nuevo reclamo de cambio real, hasta que la elite chavista sienta que su mejor opción es negociar en serio.

No veo indicios de que el G4 cuente con un plan de esa índole hoy, ni creo que en los tres meses que nos separan de la jornada electoral la alianza disidente será capaz de desarrollarla. Porque, como imaginarán, eso no es sencillo. Es un proceso que requiere mucho tiempo y esfuerzo. Más aun con una ciudadanía desencantada con la política y que no ve en el voto, al menos por sí solo, una herramienta para restringir el poder absoluto del chavismo, paso previo necesario para cualquier recuperación socioeconómica amplia. Si la extinta (y tal vez ahora resucitada) MUD iba a terminar yéndose por la senda electoral de nuevo, debió empezar a preparar la movilización de la base opositora hace meses. A la postre, hoy tendríamos que estar viendo una recuperación del entusiasmo masivo como indicios de que tal vez el liderazgo tendrá éxito. De más decir que entusiasmo no hay.

Mi impresión es que estamos ante una dirigencia opositora que por fin reconoció su estancamiento estratégico, pero que cree, o dice creer, que puede superarlo volviendo a tácticas que el chavismo se encargó de neutralizar. Por más que el anuncio de participar haya sido ahíto del lenguaje grandilocuente de rigor, no pude evitar notar un deje de resignación. Algo así como el reconocimiento de que se está preparando el regreso, por falta de opciones, a un juego diseñado para que el chavismo siempre gane, a ver si por una anomalía se puede por ahí lograr el objetivo.

De hecho, se notó más aun en la rueda de prensa de Freddy Guevara, pocas horas antes del anuncio. Sé que hay que tratar con cuidado las palabras de un preso político que acaba de ser excarcelado y sigue estando a merced del régimen, sin hacer juicios apresurados. También estoy al tanto de que algunas palabras de Guevara fueron sacadas de contexto y que él en realidad no instó a convivir con el régimen chavista. Aun así, su discurso expone un cambio de paradigma, por el cual se da por hecho que la elite gobernante es monolítica y no hay forma de separarla de manera que una facción con poder emprenda la transición negociada.

Y al reducir la resistencia al diálogo y las elecciones, repito, se retorna a vías neutralizadas por el poder de facto, lo cual deja en suspenso a cualquiera que se interese por nuestro drama político y entienda la situación.

Hace poco lamenté que la oposición acuda una vez más a la mesa de negociación como la parte débil. Ahora luce más débil todavía. En cambio, el chavismo se ve envalentonado. Ahí está Nicolás Maduro, empezando a echar para atrás con los “gestos de buena voluntad”, al insinuar que finalmente no eliminarán a los “protectores” de estados y municipios.

También está exigiéndole a la oposición que hable con sus aliados internacionales para que los activos del Estado en el extranjero sean devueltos al control de la elite chavista, y para que sean retiradas las sanciones que pesan sobre el régimen. Es decir, está demandando el fin de toda la presión sobre el chavismo. Cualquiera con dos de frente puede entender que sin esa presión, para Venezuela solo habrá más sumisión. Si esas van a ser las condiciones para que el régimen admita de nuevo al G4 en su juego electoral, más algo de maquillaje que haga que todo se vea más limpio sin cambiar nada realmente, imagínense…

Mientras tanto, el grupo de Falcón, Zambrano, et. al. increpa a los restos de la MUD por “abandonar la política real”, solo para terminar retornando a ella. Por desgracia, tienen algo de razón. No moral, sino comunicacional. El G4 tendrá que hacer malabares retóricos para explicar por qué se inclinó por la abstención y ahora retoma el voto. Al mismo tiempo, tendrá que explicar cómo es que este giro no lo reduce a otra expresión más de la oposición prêt-à-porter.  Por último, pero no menos importante, aunque retenga ante los ojos de la base disidente su identidad como liderazgo opositor real, tendrá que mostrar que sí tiene una estrategia que vaya más allá de las urnas. Solo así cumplirá su propósito.

Tal vez consiga distinguirse del “falconismo”. Veo mucho menos probable que pueda exhibir destreza estratégica. Al menos de cara al proceso de noviembre. No hay tiempo. Esa oportunidad, en mi opinión, ya pasó. En el mejor de los casos, el liderazgo recuperaría algo de la credibilidad perdida y sobre esa base seguiría construyendo un nuevo movimiento de presión ciudadana que exija un cambio político real en diciembre y después.

Esto es, por cierto, mucho más importante que un improbable mapa azul. Improbable porque no tengo idea de cómo el G4 y aliados podrán ponerse de acuerdo entre ellos mismos y con todas las figuras que se hacen llamar “oposición” para presentar candidaturas unitarias, generar una avalancha de votantes como la de 2015 y pasar por encima de los vicios del sistema, todo esto en menos de tres meses.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Prefiero un hegemon democrático, por Alejandro Armas
Parece mentira que haya que explicar que un hegemon democrático, como Estados Unidos, es preferible a uno autoritario. Quienes celebrarían el desplazamiento de Washington por Pekín, no tienen idea de la clase de oscuridad que están deseando

 

@AAAD25

Estados Unidos es sin duda una nación prodigiosa. Detenta el honor de ser la república más antigua del mundo aún en pie, y en todo ese tiempo ha sido excepcionalmente estable. Una sola Constitución, enmendada varias veces, pero una sola al fin. Ningún golpe de Estado. Una sola guerra civil, en la que además triunfaron “los buenos”, si se me permite el infantilismo. En el siglo XX se convirtió en una de solo dos superpotencias y emergió de esa centuria como la única. Sin intención de estimularles el nacionalismo excesivo que a veces se les achaca, creo que los estadounidenses tienen muchas razones para sentirse orgullosos de su país.

Empero, ese no es el aire que se respira por estos días allá. A muchos norteamericanos los aflige la sensación de que la patria está en franca decadencia. No es solo por la manera en que han manejado la crisis del coronavirus y sus consecuencias económicas, ámbito en el que más bien ha habido altibajos y el desempeño generalizado no es un desastre total comparado con el de otros países. Sucede además algo parecido a la experiencia política norteamericana de la década de 1970, caracterizada por la humillación en el terreno internacional y el escándalo en casa. Productos respectivos de la derrota en Vietnam y de Watergate.

Hoy, Estados Unidos vuelve a retirarse sin cumplir sus objetivos en un país subdesarrollado y muchísimo más débil. Y mientras que Richard Nixon trató de ocultar sus fechorías por todos los medios a su disposición, Donald Trump las exhibió con total desparpajo, llegando a incitar a una turba de fanáticos para que frenen en el Congreso la consagración de la victoria electoral de su contrincante.

Cabe preguntarse si estamos ante el fin de la Pax Americana. Para muchos dentro y fuera de EE. UU., la respuesta es afirmativa. A mí me parece un poco anticipado responder a la pregunta con tanta seguridad. De una forma u otra. Porque también están los que creen que tal escenario no puede darse, como si el Tío Sam estuviera destinado a ser un campeón imbatible por los siglos de los siglos en virtud de alguna ley divina. Mucha fe, quizá en niveles conmovedores, pero no hay ningún fundamento concreto para este pronóstico. La historia indica por el contrario que los “hegemones”, o potencias dominantes, tienen fecha de caducidad. Pasó en la Edad Antigua con los imperios de Alejandro Magno y romano. Pasó también en la modernidad con el Imperio británico. Al despuntar el siglo XX, Londres se veía invencible. Tomó solo medio siglo para reducirlo a una potencia secundaria. No hay razones para asumir que su excolonia esté blindada contra una suerte similar.

Pero el poder odia un vacío. Es más, pudiéramos decir que el poder es como la materia o la energía en el viejo adagio físico atribuido a Lavoisier: no puede ser destruido, sino transformado. O, dicho de mejor forma, solo puede cambiar de manos. Jamás desaparecer.

En un cosmos poblado por entes diversos, la desigualdad de fuerzas es solo uno de sus rasgos naturales. En el caso de los seres humanos, de esa desigualdad, así como del deseo igualmente natural de hacer realidad los intereses individuales, surgen relaciones de poder. Podrán ser civilizadas (Arendt), brutales (Weber) o sutiles (Foucault), pero siempre están ahí. El patrón se extiende a los Estados. Poder que deja uno, poder que toma otro.

Así que la existencia de hegemones sería otra de las reglas de la historia. Por definición, los hegemones solo pueden ser uno o conformar un grupo de pocos. Si el mundo es un polvoriento pueblito que hace de escenario para un western de John Ford, quizá sí quepan dos o hasta tres sheriffs, pero no más. Es por eso que el discurso antihegemónico en general suena tan ridículo y hueco. En Venezuela lo podemos ver desde los apéndices diplomáticos del régimen chavista, con su estridencia a favor de un “mundo multipolar” donde todos los Estados tengan el mismo peso… Mientras el mismo régimen alegremente acepta dictados de Moscú, de Pekín y hasta de La Habana.

Por supuesto, la parte fuerte en cualquiera de esos vínculos bilaterales no va a aceptar voluntariamente una transformación que convierta a la parte débil en su igual. La parte débil lo sabe y le importa poco o nada, aunque su propaganda hipernacionalista simule lo contrario.

Pero creo que divago. A ver, si Estados Unidos dejara de ser el hegemon de hegemones, la pregunta que necesaria e inquietantemente sigue concierne a la identidad del que tomase su lugar. China es el candidato que hoy luce con más probabilidades. Hay quienes ya se han dado cuenta y ven este futuro hipotético con entusiasmo. Otros, con temor. Como se imaginarán, pertenezco a la última categoría.

Bien sea por un antinorteamericanismo pueril y resentido, por admiración a la política autoritaria o ambas cosas, hay gente que de verdad celebraría el desplazamiento de Washington por un régimen intensamente represor y censor, por no hablar de los horrores perpetrados contra los uigures del Xinjiang. No tienen idea de la clase de oscuridad que están deseando. O sí la tienen pero no les importa.

Una vez que se entiende el carácter inevitable de los hegemones, a los países más débiles y sin posibilidad de volverse hegemones, en el corto o mediano plazo al menos, solo les queda meditar sobre el tipo de hegemon que quieren.

Parece mentira que haya que explicar que uno democrático, como Estados Unidos, es preferible a uno autoritario, como China.

No es que el águila sea culturalmente superior al dragón. No es que Occidente tenga una ventaja moral sobre las civilizaciones orientales, como pontifican algunos tontos alucinados por lo peorcito de las teorías de Samuel Huntington. La diferencia radica más bien en un juego de incentivos políticos internos, así como sus consecuencias internacionales, cuya validez es universal.

Ciertamente Estados Unidos ha cumplido con su papel de “policía del mundo” pensando en sus propios intereses y seguridad, a veces cometiendo crímenes horrendos como el uso desproporcionado de su fuerza bélica o el apoyo a dictaduras corruptas y sanguinarias pero afines. Sin embargo, su condición de democracia la lleva a portarse mejor que cualquier rival autoritario.

La Casa Blanca y el Congreso son responsables ante sus millones de electores. Si sus ocupantes quieren ser reelectos, deben mantener a los votantes conformes. La política exterior no será prioridad en tal sentido para el ciudadano común, pero tampoco es ignorada del todo. Esos millones de estadounidenses, por supuesto, prefieren que su gobierno sea un agente positivo en el resto del planeta que otra cosa, y lo instarán a enmendar la plana si en ese ejercicio está fracasando, como muestra el clamor contra intervenciones militares que no se han traducido en las mejoras esperadas para la población de las zonas intervenidas.

Además, los gobiernos democráticos piensan muy bien qué guerras emprenden antes de disparar la primera bala. Por lo general escogen solo aquellas que están casi seguros de que van a ganar, considerando que una derrota costosa en vidas y recursos sería castigada con severidad por los votantes. Por eso Washington tiene muchas más victorias que derrotas en su haber.

La cosa es muy distinta con las dictaduras. Los politólogos Bruce Bueno de Mesquita y Alastair Smith (2011) explican que, como no tienen que rendir cuentas ante las masas, las elites gobernantes en los regímenes autoritarios tienen mucho más margen de maniobra para involucrarse en guerras de forma rapaz. Pensando en el botín que puedan sacar en el territorio intervenido. Tampoco se lo piensan mucho, porque si pierden, de todas formas el costo es relativamente menor. Todo marcha bien mientras se cuente con el apoyo de soldados y policías, a los que se mantiene fieles con recursos materiales antes que con una gloria nacionalista intangible. Si los ciudadanos protestan contra la derrota, los reprimen y fin de la historia.

Por lo tanto, una superpotencia autoritaria sería sinónimo de un mundo mucho más caótico y cruel. Un mundo donde la promoción de la paz, la democracia y los derechos humanos sería mucho más difícil. Estados Unidos podrá ser imperfecto y a veces hasta hipócrita en la exportación de estos valores, pero no veo que China o Rusia, aunque ambicionen tomar su lugar, estén interesadas en hacer un mejor trabajo por el resto mundo. Hora de ver el globo como adultos que no solo hacen el esfuerzo ético que inevitablemente lleva al reconocimiento universal de la dignidad del ser humano como norte (lo cual implica defender la democracia en todos los frentes), sino que además se inclinan por aquello que, aunque no esté exento de vicios, se acerque más al ideal.

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Breve examen de la política exterior de Biden, por Alejandro Armas
Tal vez a Estados Unidos no le convenga deteriorar demasiado sus relaciones con Rusia. Sobre todo ante el ascenso de China, la verdadera amenaza para el liderazgo de EE.UU y la democracia en el mundo

 

@AAAD25

Luego de ganar la presidencia de Estados Unidos en las elecciones más traumáticas de ese país desde el siglo XIX, Joe Biden hizo de “America is back” (“América ha vuelto”) uno de sus eslóganes más usados, para hacer específicamente alusión a su política internacional. Con esto quería dar la impresión de que Washington reafirmaría su liderazgo mundial luego del cuadrienio relativamente aislacionista de Donald Trump. Muy bien, se están cumpliendo siete meses de ese supuesto regreso, así que les propongo que hagamos una evaluación.

Sé lo que están pensando. Que es oportunista y hasta malintencionado afincarse en ese tema justo cuando el gobierno de Biden está experimentando su primer fiasco en materia foránea: el veloz y caótico regreso de los talibanes al poder. Les garantizo que ello es una mera coincidencia. Había decidido escribir al respecto mucho antes de que el globo detuviera su movimiento de rotación ante las imágenes dramáticas del aeropuerto de Kabul.

CAOS en el AEROPUERTO de KABUL con cientos de AFGANOS intentando huir. Video en el canal de Youtube de El País

No obstante, como es el tema del momento, tengo que comenzar por ahí. Ya usé un término elocuente. La caída de Afganistán es la derrota más humillante que ha sufrido Estados Unidos desde que las tropas norvietnamitas tomaron Saigón hace casi medio siglo. Por supuesto, no todo es culpa de Biden. En 2014, el Pentágono ya reconocía que no habría victoria militar.

Si hay dos gobiernos responsables de no haber manejado bien esta guerra, fueron los de Barack Obama y sobre todo, George W. Bush, dejándoles a sus sucesores un callejón sin salida.

De hecho, los errores de la Casa Blanca en Afganistán se remontan a la era de Ronald Reagan, con el respaldo a los muyahidines en su lucha armada contra los invasores soviéticos. Fue un error no porque la URSS y su gobierno afgano títere fueran actores benéficos, sino porque se le dio a un grupo de fundamentalistas religiosos un poder excesivo.

Por otro lado, es cierto que Trump negoció con los talibanes un acuerdo para el retiro total de tropas que hoy luce terriblemente precipitado, y que Biden lo está ejecutando con prórrogas. Pero aun así es Biden quien está a cargo y de él depende que ese retiro se concrete de la mejor forma posible, lo cual dista mucho de lo que estamos viendo.

Es injustificable que no hubiera un plan listo en caso de que el avance de los talibanes fuera mucho más rápido de lo esperado, escenario que por cierto Biden y sus asesores pasaron semanas negando, a pesar de que, según una nota de The New York Times, los servicios de inteligencia norteamericanos lo veían como una posibilidad. En fin, puede que la salida de Afganistán fuera inevitable, pero que ocurra de esta forma es un duro golpe para la imagen de Estados Unidos. Reduce la confianza de sus aliados y envalentona a sus rivales autoritarios.

Hablando de rivales autoritarios, es hora de pasar a las relaciones con Rusia. Mi balance desde enero arroja un punto medio entre la belicosidad de los momentos más tensos de la Guerra Fría y la claudicación hipotética vaticinada por los enardecidos seguidores de Trump, en un despliegue del lenguaje hiperbólico e innecesariamente emocional de los movimientos populistas.

El gobierno de Biden ha lanzado su propia batería de sanciones contra Moscú como respuesta al sabotaje cibernético y otros perjuicios. El presidente no ha escatimado en lenguaje duro, refiriéndose incluso a Vladimir Putin como matón. Sin embargo, Biden eximió de penalidades a un proyecto de gasoducto entre Rusia y Alemania que pudiera aumentar la influencia del Kremlin en el Viejo Continente. Entiendo que esto sea un gesto de reconciliación con Alemania, líder de facto de Europa continental junto con Francia y país muy interesado en el gas ruso, luego de que la patriotería ramplona de Trump dañara los vínculos trasatlánticos. Pero aun así el análisis de costos y beneficios es cuanto menos discutible.

Tal vez a Estados Unidos no le convenga en el largo plazo deteriorar demasiado sus relaciones con Rusia. Sobre todo si el célebre internacionalista John Mearsheimer tiene razón cuando advierte que China, con su ascenso asombroso, es la amenaza número uno para el liderazgo planetario de EE. UU. y para la democracia en todo el mundo.

Dice Mearsheimer que a Washington le conviene más bien formar una gran alianza eurasiática para contener las ambiciones chinas. Alianza que necesariamente incluiría a Moscú.

Esto nos lleva a abordar el desempeño de Biden de cara a Pekín. Fueran cuales fueran sus intenciones, Trump fue el primer presidente norteamericano en romper con la creencia ingenua de que integrar a China a los mercados globales abriría las puertas a su democratización; y en advertir la necesidad de frenar la influencia de un nuevo hegemón impenitentemente tiránico.

Por suerte, Biden ha proseguido en líneas generales con este acierto (uno de los pocos) de su predecesor. Así, su gobierno ha tomado medidas para evitar que la dictadura de Xi Jinping se haga con tecnología que pudiera usar de manera perniciosa y presionado para que aquella sea más transparente sobre los orígenes del coronavirus. No obstante, pudiera ser insuficiente, pues China se mantiene desafiante con su proyección autoritaria. Ya tiene la bota bien puesta sobre Hong Kong, a pesar del coraje inconmesurable de sus manifestantes. Taiwán pudiera ser el siguiente en la lista.

Por último, examinemos la situación en América Latina. Esto lo hago solo por mi condición de latinoamericano escribiendo para un público latinoamericano, puesto que con Biden se mantiene la tendencia de las últimas décadas en Washington a relegar los asuntos de la región a un segundo o tercer plano.

Las principales preocupaciones han sido los focos de autoritarismo en Cuba, Venezuela y Nicaragua.

Biden se ha limitado a mantener las sanciones que pesaban sobre estos regímenes o a añadirles otras. Siendo realistas, no se puede aspirar a que Estados Unidos haga mucho más que perfeccionar este sistema de presión indirecta. Solo un puñado de “halcones” caribeños, interesados en los votos de Miami pero con remotas posibilidades de alcanzar la Casa Blanca, estaría dispuesto a ir más allá.

Este no es un estudio exhaustivo ni pretende serlo, por razones de tiempo y espacio. Soy perfectamente consciente de que quedan por fuera temas relevantes como las negociaciones con Irán por su desarrollo atómico o el conflicto árabe-israelí. Aun así, espero que haya ayudado a decantar posiciones sobre la política exterior de Biden, que seguramente seguirá dándonos de qué hablar, favorable o desfavorablemente. Estados Unidos y su influencia mundial son temas indispensables para los interesados en la política.

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