Alejandro Armas, autor en Runrun

Alejandro Armas

La gran lección de Cuba, por Alejandro Armas
No hay pueblos condenados a la resignación eterna. Esa es la gran lección que está dando Cuba. Prestemos atención

 

@AAAD25

Cuba, Cuba. ¿Cómo no escribir por estos días sobre la más grande de las Antillas? Para todo el que ame el Caribe, es duro no tener nada positivo que escribir sobre Cuba, aparte de los poemas de Virgilio Piñera, un dueto entre Ibrahim Ferrer y Omara Portuondo, las pinturas de Wifredo Lam o los filmes de Tomás Gutiérrez Alea. Solo cultura, que la de la isla es riquísima. Pero aunque solo de pan no vive el hombre, tampoco de artes, y el pan es necesario al fin. Así como la libertad. Por eso, uno no puede sino lamentarse por la deplorable situación política y económica de Cuba, incluso desde esta otra trinchera donde, diría Ernst Jünger, se vive una tormenta de acero propia (pregunten nada más a los vecinos de la avenida Guzmán Blanco, mejor conocida como Cota 905).

Antes de que se le cambiara el nombre por razones de liturgia cristiana, los romanos llamaban al domingo dies Solis. Es decir, la jornada del Sol, consagrada al rey de los astros. Este domingo fue como si saliera el Sol en Cuba luego de una noche que duró muchas décadas. Un Sol como el de la carátula del disco Uprising, de Bob Marley & The Wailers, que emerge tras las montañas de la vecina Jamaica a la par del alzamiento del cantante en gesto de reclamo redentor.

Disculpen si tanta metáfora no es de su agrado. Pero es inevitable sentirse, pues… Inspirado ante las protestas políticas más grandes que Cuba ha experimentado desde el célebre Maleconazo de 1994. De hecho, pudiéramos decir que ya sobrepasaron en impacto a aquel evento. Como el nombre lo dice, en ese entonces las protestas se limitaron al corazón de La Habana. Además solo duraron un par de días. Al momento de redactar estas líneas, los sucesos contemporáneos de la isla acumulan cuatro jornadas y no se sabe cuándo o cómo acabará del todo. Y no se dan solo en la capital. Ha habido reportes de manifestaciones en Pinar del Río, Artemisa (¿he mencionado que me resulta fascinante una ciudad con nombre de diosa griega en pleno trópico caribeño?), Matanzas, Cienfuegos, Camagüey, Bayamo, Santiago de Cuba, Holguín, Guantánamo y otras localidades. El arco cubano está encendido de punta a punta.

Así como hay diferencias, hay similitudes. El Maleconazo estalló durante el “Período Especial” de los 90, tiempo de mucha precariedad económica (más de lo normal) debido a la desaparición súbita de la URSS, principal sostén financiero del castrismo por más de 30 años. El malestar económico se transformó en descontento político. Hoy, tampoco, al Estado cubano le dan las cuentas, y donde mandan los comunistas, precisamente debido a su odio a la propiedad privada, un Estado quebrado supone una sociedad desvalida.

Para empezar, el régimen chavista, que al despuntar el siglo XXI reemplazó a Moscú como generoso mecenas del socialismo revolucionario cubano, desde hace años redujo considerablemente sus aportes debido a su propio descalabro económico. Agreguen a eso el efecto de la pandemia de covid-19 sobre el turismo, importantísima fuente de moneda dura en la isla. Ah, y por supuesto, las chapuzas de un sistema de partido único que todavía ve las archirrefutadas tesis de Marx como el Santo Grial de la teoría económica. La gente que tomó las calles sabe quiénes son los culpables de sus cuitas y, al no poder deshacerse de ellos en la próxima elección como en una democracia, se manifiestan sobre el pavimento. Exigiendo libertad y un cambio de régimen.

Otro punto en común con el Maleconazo es la reacción de la elite gobernante. Fidel Castro acusó a Estados Unidos de estar detrás de las protestas de antaño, desestimó como “apátridas” a los descontentos y ordenó reprimirlos con puño de hierro. Su sucesor actual, Miguel Díaz-Canel, está desbaratando ipso facto cualquier esperanza de que fuera un Gorbachov. Es que ni llega a Kruschov rompiendo con lo más horrible de Stalin. Ahí están sus policías y civiles fanatizados intentando aplastar a porrazo limpio a los manifestantes, los cuales, en el discurso oficial, no son más que “contrarrevolucionarios al servicio del Tío Sam”, o ciudadanos confundidos y desinformados. Regímenes como el cubano en el mejor de los casos tratan a sus adversarios como tontos o lunáticos. En el peor, como criminales.

Esa criminalización no es solo retórica. De acuerdo con la periodista Yoani Sánchez, se calcula que, hasta este miércoles, alrededor de 5000 personas habían sido detenidas por las protestas. Las propias autoridades de La Habana han reconocido un muerto. A periodistas, locales o extranjeros, los están arrestando o agrediendo hasta dejarlos con el rostro ensangrentado. Hay videos de la conducta brutal de los represores. Esto es apenas una pequeña muestra de lo que sucede, porque para evitar que el mundo se entere, el gobierno cortó el acceso al internet. Así como a las personas se les prohíbe salir de la isla, lo mismo pasa con las imágenes incómodas. El asesinato de George Floyd en Estados Unidos desató un cataclismo porque todo el mundo lo pudo ver. Asimismo, la supresión desmedida, en ocasiones salvaje, de manifestaciones en Colombia y Chile quedó a la vista de la humanidad entera. Sin embargo, para los apologistas del castrismo, aquellas democracias son peores que Cuba.

Aprovecho que ya los mencioné para referirme a estos individuos con más detalle. Es increíble cómo, a estas alturas del siglo XXI, buena parte de la izquierda universal sigue empecinada en defender la Revolución cubana. Como si otros experimentos marxistas exentos de embargos estadounidenses no hubieran sido también fracasos económicos. Como si la imposición de un régimen de partido único fuera una decisión de Washington y no de los guerrilleros barbudos y sus herederos. Como si no hubiera una persecución descarnada contra políticos disidentes, activistas de derechos humanos y artistas críticos como los del Movimiento San Isidro. Antes, cuando el gobierno comunista hacía gala de su intolerancia con particular desparpajo (e.g. persiguiendo a homosexuales o apresando al poeta Heberto Padilla y sometiéndolo al degradante suplicio estalinista de la “autocrítica”), hasta una parejita de izquierdistas tan militantes como Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir lo cuestionaron.

Los ñángaras de hoy ni eso. Sospecho que lo que los tiene tan descolocados y a la defensiva es que esto no es como en Bahía de Cochinos. No hay un factor foráneo.

Es el pueblo cubano exigiendo su libertad sin la intervención de terceros. No lo entienden ni lo soportan. Así que solo les queda señalar al elemento fantasmagórico del “bloqueo” como fuente de todo mal. O, peor, a tramas de la CIA que parecen sacadas de una copia mediocre de las novelas de John le Carré.

Por otro lado, hay personas en la izquierda que sí parecen haber despertado. Con demasiada demora y tal vez no las mejores palabras, pero están despiertos y admitiendo críticamente la realidad sobre Cuba. Tales son los casos de Rubén Blades y Residente, solo por nombrar a dos. Su mensaje es bienvenido.

No tengo idea de cómo va a terminar esto. Nadie puede garantizar que las protestas tendrán éxito. Subestimar la dureza del castrismo sería el colmo de la candidez. Pero pase lo que pase, estamos viendo algo histórico y, como dije al principio de este artículo, inspirador. Personas, algunas de ellas septuagenarias, que nunca han conocido la democracia, están clamando por ella. No hay pueblos condenados a la resignación eterna. Esa es la gran lección que está dando Cuba. Prestemos atención.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Iniciativas ciudadanas para el presente y el futuro, por Alejandro Armas

@AAAD25

Mucho he escrito desde hace un buen tiempo sobre política venezolana desde una especie de realismo pesimista. O, si se quiere, desde un pesimismo activo. La expresión la tomo prestada de un artículo de la escritora Jennifer Senior en The New York Times que leí el año pasado. Es una actitud de reconocimiento de la fatalidad por venir, pero no para echarse a llorar y dejarse llevar por una espiral de desgracias, sino para actuar preventivamente y orientarse lo mejor posible entre las tinieblas. El estancamiento de la política venezolana, con un chavismo que se adapta a nuevas realidades y una oposición valiente pero estratégicamente desorientada, no me ha permitido otra cosa. Además de una sociedad que en su inmensa mayoría, por desencanto con los asuntos públicos, se ha retraído a su entorno privado para seguir con su vida, pase lo que pase en el país.

Mi impresión es que los que seguimos interesados en la política venezolana somos muy pocos, aunque a veces las redes sociales amplifiquen nuestras voces. Somos en cualquier caso mucho menos que lo necesario para exigir efectivamente un cambio. Pero he aquí la paradoja positiva del pesimismo activo. Al reconocer la complicación de un entorno, podemos identificar asimismo formas de darle la vuelta. En tal sentido, es mejor un número reducido de ciudadanos aún preocupados por el devenir político venezolano, que cero. Esos pocos, lo digo sin ínfulas de héroe, podemos empezar a volver a hacer de la política algo de interés masivo, para bien de Venezuela.

Esa es la atesorada impresión que me dejaron dos eventos recientes organizados por entes de la sociedad civil, en los que tuve el honor de participar, en uno como forista, y en otro como uno más del público. En ambos se habló de temas políticos: la crisis venezolana actual, sus causas en el pasado, los desafíos del futuro, las virtudes de la democracia en general y los peligros que corre, etc.

Más específicamente, se discutió la naturaleza de las estructuras de poder que gobiernan Venezuela, los cambios económicos de los últimos años, los errores de la oposición, y por supuesto, la disyuntiva entre votar en las venideras elecciones o abstenerse, siempre reconociendo que son comicios sin democracia. Me gustó mucho apreciar un amplio consenso entre los asistentes en cuanto a la futilidad de este pretendido dilema, puesto que al final, ni el voto ni la abstención sirven para el cambio político sin una estrategia que los trascienda, cosa que ninguna facción opositora ofrece hoy. A veces la base política exhibe mayor sindéresis que las elites, situación que lleva a crisis de representatividad como la que hoy padecemos. También concordamos en que la sociedad civil debe hacer más para presionar a dichas facciones para que desarrollen una estrategia común, sea cual sea el camino que escojan para luchar por la redemocratización del país.

No solo es importante preocuparse por corregir el rumbo de Venezuela hoy, sino que además hay que estar preparados para cuando llegue el momento de la gran transformación que nos urge.

Para que nunca volvamos a perder la democracia, hay que entender su naturaleza, sus fortalezas y debilidades.

Al respecto pude hablar como ponente en uno de los foros referidos. Otros panelistas, mucho más versados que yo en aquellos temas, trataron el feminismo y el movimiento Lgbtiq. Una vez que las riendas de la nación vuelvan a la ciudadanía, deberíamos usarlas para otros cambios, en aras de una sociedad más justa y libre de discriminación.

Algo que me satisfizo mucho fue la edad de los asistentes. Había de todo, pero sobre todo juventud. Hay entre las nuevas generaciones de venezolanos un interés en la política, marcado (creo) las más de las veces por fuertes convicciones democráticas y sin ninguna militancia partidista. Eso contrasta con la generación de nuestros padres, criada al calor de la democracia y que quizá la dio por asegurada para siempre, sin necesidad de velar por ella. En su adultez temprana, para ellos “meterse en política” era cosa de aspirantes a jerarcas adecos o copeyanos, o de comunistas tirapiedra. No pasa lo mismo con quienes hemos visto los que se supone que deben ser los mejores años de nuestras vidas transcurrir sin democracia ni Estado de derecho. Me esperanza pensar que las inquietudes políticas adquiridas temprano, durante las etapas más definitorias de socialización, serán para toda la vida. La juventud será un divino tesoro que se nos irá, como a todo el mundo. Pero si recuperamos la democracia, podemos esforzarnos para que permanezca.

En fin, creo que por los momentos este es el papel que nos corresponde desempeñar a los civiles que queremos un país mejor. El chavismo no nos lo va a dar, obviamente. La dirigencia opositora trata, pero no hay garantías de su éxito. Mantengámonos entonces activos, presionando al liderazgo de la causa democrática para que enmiende el rumbo y pensando desde ya en los retos que tendremos por delante cuando Venezuela empiece a cambiar para bien. Los dirigentes opositores pueden tomar parte, pero como oyentes. Hoy nos toca hablar a nosotros.

He ahí pues, mi invitación. Espero que iniciativas como estas no solo se mantengan, sino que se multipliquen a lo largo y ancho del país. Claro, no todo el mundo las puede organizar. Pero cada uno puede poner su granito de arena con alternativas individuales como las redes sociales. Por ahí también se puede poner todos aquellos temas sobre el tapete y crear espacios de discusión. Manos a la obra.

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Del fin de los “protectores” al Estado comunal, por Alejandro Armas
Eliminar a los ‘protectores’ pero llevar el Estado comunal a su máxima expresión no representa ningún cambio. Al menos no para bien

 

@AAAD25

Uno de los problemas de ser el jugador débil en un juego político perverso es que las excusas para la participación a veces son desmentidas, no por quienes se retiraron del tablero debido al hartazgo ante la trampa, sino por el propio jugador fuerte. El que pone las reglas y las cambia de acuerdo a cada coyuntura para ser siempre el ganador, y que por tanto no necesita excusas para jugar.

La oposición prêt-à-porter acaba de experimentar esta triste consecuencia de su condición cuando Nicolás Maduro anunció la eliminación de los “protectores” estadales y municipales, aquellos personajes designados por la elite chavista para fungir como poder ejecutivo paralelo en jurisdicciones donde los candidatos del régimen salieran derrotados electoralmente.

Para justificar su mantra de que hay que “competir” siempre en las elecciones sin importar condiciones o resultados y como si se tratara de un mandato deontológico, la oposición prêt-à-porter repetidas veces desestimó semejante burla a la voluntad ciudadana, planteando que en realidad los gobernadores y alcaldes ajenos al PSUV tienen más poder que los “protectores”. Maduro echó por tierra esos malabares argumentativos cuando sentenció esta semana “que mande quien gane” a partir de noviembre. Otra maniobra más para ilusionar a las democracias del mundo con una supuesta recapacitación, a ver si así proceden al levantamiento de sanciones.

Sin embargo, no vale la pena esperar a que aquellos señores admitan la invalidez de sus excusas. Al contrario, ya algunos están celebrando como gran logro el fin de lo que ellos mismos hasta hace nada caracterizaban como insignificante. Pero, al margen del descaro, ¿estamos realmente viendo un gran avance hacia el regreso del voto libre?

Me temo que en el mejor de los casos ello sigue luciendo improbable. Porque mientras el chavismo promete acabar con los protectores, retoma la imposición del llamado “poder popular”, que no es otra cosa que la reorganización administrativa del Estado siguiendo lineamientos comunales. Comunas, consejos comunales, un parlamento comunal y, más recientemente, ciudades comunales. Para quienes genuinamente no lo recuerdan o fingen amnesia, estos entes están contemplados en un conjunto de “leyes del poder popular” aprobadas por la entonces roja rojita Asamblea Nacional en 2010. Por razones tal vez estratégicas, el chavismo congeló por más de una década el desarrollo pleno de las estructuras comunales, limitándose a la creación de consejos comunales y comunas sin extenderlos por toda la superficie nacional ni convertirlos en el reemplazo de gobernaciones y alcaldías (aunque sí han fungido como instrumentos de clientelismo y control social). Pero ahora han indicado que quieren ir más allá en esa dirección.

Créanlo o no, hay voceros de la corriente de opinión “voto o nada” desdeñando las implicaciones del desarrollo del Estado comunal como estructura administrativa paralela a las gobernaciones y alcaldías.

Según ellos, los consejos comunales, comunas, etc. son solo unas nuevas instituciones que la oposición debe conquistar con su voto, como cualquier otra. Lo que omiten por ignorancia o cinismo es que todo el “poder popular” por diseño está construido para funcionar siguiendo directrices del chavismo, sin importar quienes lo integren. No goza de la autonomía política y administrativa que en teoría tienen los entes regionales y locales contemplados en la Constitución (digo “en teoría” porque, siendo sinceros, el régimen se ha encargado de socavar considerablemente la autonomía de gobernaciones y alcaldías).

Basta con revisar la legislación pertinente. Por ejemplo, el artículo 5 de la Ley Orgánica de Comunas define a las mismas como “espacios socialistas”, cuya funcionalidad debe estar en concordancia con el “Plan de la Patria”. Asimismo, los artículos 7 y 8 de la Ley Orgánica del Sistema Económico Comunal dispone que el gobierno nacional sea el coordinador y financista de los “proyectos socioproductivos” (las iniciativas económicas del Estado comunal), de nuevo exigiendo concordancia con el Plan de la Patria. Me permito aclarar que no me tomo como algo literal todo este vocabulario marxistoide. Esa es la fachada ideológica para cualesquiera que sean los intereses de la elite gobernante en un momento dado, verdaderamente socialistas o no. Así que, pese a toda la retórica sobre comunas, el resultado no necesariamente será como París en 1871.

Esta es la verdadera esencia de la “democracia participativa”. No importa que traten de darle sustento filosófico en la idea atávica de democracia ateniense, en la asamblea soberana rousseauniana (concebida para comunidades pequeñas como la Ginebra natal del pensador) o en la “democracia radical” de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Al final, la ilusión de las masas en pleno legislando sin intermediarios es desdibujada por un liderazgo centralizado que establece los márgenes férreos para la acción política de dichas masas.

En nuestra realidad práctica ello supone que eliminar a los “protectores” pero llevar el Estado comunal a su máxima expresión no representa ningún cambio. Al menos no para bien. Ni siquiera si las gobernaciones y alcaldías desaparecieran del todo para dar paso a comunas y ciudades comunales. Porque el régimen seguiría contando con una estructura alterna para la administración del territorio, sea cual sea el resultado de elecciones regionales y locales.

Ya hemos visto los límites de otros pretendidos gestos de recapacitación del régimen para cambiar malas opiniones afuera. Hay dos rectores del CNE ajenos al PSUV, pero cuando uno de ellos denunció un vicio harto conocido en el sistema, voceros del régimen lo desestimaron y hasta reprendieron. A la catatónica MUD le reactivaron su tarjeta electoral, en teoría asociada al G4, pero la Contraloría General reafirmó ipso facto las inhabilitaciones de militantes prominentes de esos partidos. Así que lamentablamente mi visión para el corto plazo sigue siendo pesimista, aunque me encantaría estar equivocado.

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Un acuerdo que nos involucre a todos, por Alejandro Armas

@AAAD25

¿Alguien se acuerda del Estatuto para la Transición emitido a principios de 2019? La euforia colectiva producida por la creencia en un cambio inminente está muerta y sepultada. En cambio, el, digamos, espíritu del estatuto ha sido preservado, al menos a grandes rasgos. Lo que en términos cartesianos sí se ha degradado es el cuerpo que lo contiene. El “empaque”, que ha pasado por diferentes presentaciones. El más reciente de estos avatares es el llamado Acuerdo de Salvación Nacional.

Hablo de degradación porque, si bien la esencia sigue siendo una transición negociada con el régimen para restaurar paulatinamente la democracia y el Estado de Derecho en Venezuela, el ímpetu con el que se aspira a lograrlo evidentemente mermó. De la asertividad y audacia de los primeros meses de 2019 pasamos a algo que más bien suena a acto de fe, a un reconocimiento de que el objetivo deseado depende de la voluntad de un tercero (no en balde el lenguaje con matices religiosos, e.g. “salvación”).

A propósito, pronto se habrán cumplido dos meses desde que Juan Guaidó presentó ante la opinión pública el dichoso acuerdo. ¿Qué ha sido de la vida de la propuesta? Bueno, lo que se sabe es que el propio Guaidó, junto con sus aliados, se ha dado a la tarea de promoverlo entre los ciudadanos en pequeños eventos de calle. Aparte, una delegación encabezada por el exalcalde de Baruta Gerardo Blyde emprendió una gira internacional para igualmente mostrar a los gobiernos extranjeros aliados de la causa democrática venezolana lo que la dirigencia opositora se trae entre manos.

No seré yo quien diga que todo esto es inútil. Mantener al tanto de la situación a las democracias del mundo está bien. Sobre todo teniendo en cuenta que la pérdida de entusiasmo hacia el movimiento opositor en Venezuela ha tenido su correlato puertas afuera. Se percibe también allende nuestras fronteras algo de frustración y agotamiento, como si solo cupiera resignarse a ver si lo intentado hasta ahora termina de precipitar un cambio, sin necesidad de esfuerzos adicionales. Peor, algunos Estados acaso ya se han hecho a la idea de que la continuidad del statu quo venezolano es inevitable por muchos años y que por tanto es preferible entenderse con él para hacerlo menos indeseable, en lugar de apuntar hacia el cambio democratizador necesario. Así que instar a estos países a no pasar la página es relevante. Sobre todo al otro lado del Atlántico, donde los gobiernos europeos una vez más pudieran estar leyendo los gestos de “buena voluntad” del régimen (e.g. la renovación del CNE) con demasiada candidez. ¿Que hay que sentarse a negociar? De acuerdo, pero solo bajo condiciones que estimulen una salida real. Lo contrario sería una repetición inútil.

Pero la necesidad de mantener una agenda internacional no implica que sea suficiente. Es más, si la dirigencia opositora se limita a mover sus fichas en el exterior, estaría cometiendo el mismo error de depender en exceso de las acciones foráneas, con el consiguiente estancamiento que ha caracterizado en buena medida los últimos años.

Sigo echando de menos un plan de movilización interna. Algo en lo que los ciudadanos tengan un papel. A estas alturas debería quedar claro que la presión externa no basta.

Si no se la combina con presión interna, es improbable que al régimen le interese emprender una negociación de verdad. Claro, están los pequeños actos de calle encabezados por Guaidó a los que ya aludí. Pero el sentido de estos eventos es más informativo que activista.

Entiendo a la perfección que no es fácil desarrollar planes de movilización ciudadana en la Venezuela actual. Muchos factores conspiran contra los responsables de hacer tal cosa. Miedo absolutamente justificado a la represión, hastío por la falta de resultados de experiencias pasadas, agotamiento diario por las dificultades de apenas sobrevivir, etc. Ah, y por supuesto, el detallito de la pandemia de covid-19 como barrera a cualquier concentración masiva de personas.

Sin embargo, no olvidemos que se trata de personas que pretenden fungir como nuestros líderes. Por lo tanto, podemos esperar de ello que, pues… Nos lideren. Con acciones que nos involucren a todos. Su reto es pensar en formas creativas, de acuerdo con las circunstancias, para lograrlo.

De lo contrario, no avanzaremos, y cualquier intento nuevo de diálogo, sea en México o en Kiribati, será otro callejón sin salida. Olvídense de salvación nacional así.

Por cierto, ya que estamos hablando de estancamiento, no se sorprendan si de ahora en adelante esta columna dedica más su atención a la actualidad política internacional o a temas de filosofía política netamente abstractos. Me niego a escribir el mismo artículo sobre la congelada crisis venezolana todas las semanas. Ya saben.

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¿Es Venezuela una sociedad ultraconservadora?, por Alejandro Armas

@AAAD25

Junio. Mes de solsticios. De los padres. De Diablos de Yare y Chuao. De la Batalla de Carabobo. Del Sagrado Corazón de Jesús. De la reina del panteón romano. De parrandas de San Pedro y San Juan. ¡Del orgullo Lgbti…! Y, debido a esto, de la lloradera homofóbica. Tras milenios de discriminación, persecución y trato inhumano a personas sexodiversas, son los sujetos homofóbicos quienes dicen ser las verdaderas víctimas. Porque todos los entes poderosos e influyentes de la sociedad (elites políticas, grandes empresas, universidades, medios de comunicación, etc.) les están imponiendo una “ideología de género” opuesta a sus valores. Cada junio, cuando las personas Lgbti reafirman su identidad y reivindican sus derechos con especial insistencia, la victimización reaccionaria igualmente sube de tono.

Si estas denuncias ultramontanas son casi siempre ridículas dondequiera que aparezcan, en Venezuela lo son mucho más, considerando la influencia muy limitada del movimiento Lgbti criollo. Esta vez el paroxismo fue tal que el tímido despliegue de un arcoíris en el empaque de una galleta de coco produjo reacciones airadas por parte de individuos que estallaron en señalamientos de “adoctrinamiento” y una supuesta ubicuidad invasiva de los símbolos de la sexodiversidad.

No voy a perder mi tiempo ni a desperdiciar un artículo semanal argumentando por qué ver un dibujito de palmeras con siete colores no trastocará las preferencias sexuales de nadie ni obligará a adoptar posturas favorables a la sexodiversidad en su fuero privado. Obviamente quienes creen tal cosa ya atravesaron un umbral de fanatismo del que es muy difícil devolverse.

Más bien me propongo detenerme sobre la cuestión del conservadurismo en Venezuela. Específicamente sobre su grado y penetración. ¿Cuán conservadora es la sociedad venezolana?

Porque si bien la intensidad aumenta en el sexto mes del año, junio no es ni remotamente el único período cuando las actitudes homofóbicas salen a relucir. Y cada vez que sucede, sobre todo en forma de comentarios en redes sociales que se vuelven virales, la comunidad Lgbti y terceros que apoyan sus luchas incurren en una especie de lamento antinacionalista, alegando que el problema está arraigado en las raíces de la cultural patria de manera tal que Venezuela es una sociedad excepcional e irremediablemente reaccionaria. Su angustia es comprensible, pero no necesariamente la conclusión es correcta.

Mi primera observación, y es la primera para no relegar al final un punto de vista decepcionante, es que tener una idea clara sobre el nivel de conservadurismo de la sociedad venezolana pudiera ser imposible, de momento y por mucho tiempo más en el futuro. Abstracciones como el conservadurismo, la misoginia y la homofobia no son en sí mismos expresables en términos cuantitativos. Lo que sí se puede medir es la proporción de posturas ante cuestiones concretas como el matrimonio gay. Pero, mientras que en otras latitudes hay abundancia de tales datos, en Venezuela son tan escasos como hasta hace no mucho lo fue el arroz y hoy lo es la gasolina.

¿Por qué pasa esto? Bueno, sucede porque el flujo de información es un mercado como cualquiera, sujeto a las mismas leyes de oferta y demanda. Hacer estudios estadísticos de esa magnitud requiere un personal calificado. Cuesta mucho tiempo, esfuerzo y dinero. Si el interés en la sexodiversidad y otros temas sociales que generan polarización entre personas conservadoras y no conservadoras es poco, como en efecto ocurre en Venezuela, las encuestadoras dispuestas a asumir el costo de un estudio al respecto serán pocas, si es que las hay. La crisis económica, y en menor medida la política, son los asuntos que sí generan interés y las mantienen ocupadas.

Esta realidad no es nueva. Comparada con el resto de Occidente, Latinoamérica entró con rezago al terreno de los movimientos sociales igualitarios como el Lgbti y el feminista.

Ronald Inglehart, destacado politólogo fallecido el mes pasado, planteó que el florecimiento de inquietudes “post materiales” requieren cierto grado de desarrollo material que garantice la satisfacción de las necesidades físicas del grueso de la población (algo así como la Pirámide de Maslow aplicada a temas de interés público). Mientras que otras naciones latinoamericanas siguieron desarrollándose económicamente y dando cabida a polémicas post materiales, Venezuela recorrió el camino opuesto hasta caer en la crisis humanitaria actual, en la que a dichas polémicas se les dificulta mucho colarse entre las prioridades del ciudadano común, abrumado por el esfuerzo para apenas sobrevivir. Esta es también la razón por la que el movimiento Lgbti en Venezuela tiene un alcance relativamente muy limitado y por la que el aullido homofóbico sobre una supuesta omnipresencia de la “ideología de género” es tan absurda (como si Guatire fuera San Francisco de California). Aunque no tenga cifras que lo demuestren, por las razones ya aludidas, me atrevería a decir que solo un porcentaje infinitesimal de venezolanos está familiarizado con las tesis de Judith Butler, a favor o en contra. Asimismo, las referencias políticas desde el campo conservador a menudo son importadas, por lo general de Estados Unidos (algo de razón tuvo Mario Briceño Iragorry en llamarnos “pitiyanquis”).

Pero aunque no contemos con datos cuantitativos, sí tenemos indicios cualitativos de un conservadurismo fuerte en la sociedad venezolana.

Para empezar, somos un país mayormente cristiano, en su variedad católica. La Iglesia católica es uno de los entes más apreciados en Venezuela. Suele aparecer entre los mejores posicionados en sondeos de opinión pública. Su voz tiene impacto. La sociedad venezolana sigue siendo bastante devota si se la compara con la de varios países europeos, aunque quizá no tanto como otros latinoamericanos (México, por ejemplo). No es mi intención en este espacio formular una crítica a la postura oficial de la Iglesia ante la homosexualidad, pero todos sabemos cuál es y no creo que nadie se atreva a negar que buena parte de la homofobia es de raíz religiosa. Y si el catolicismo ha perdido algo de terreno en Venezuela en las últimas décadas, no toda esa feligresía se ha alejado del cristianismo, sino que se mudó a iglesias protestantes evangélicas, cuya actitud hacia las personas Lgbti no es mejor.

Otro elemento digno de atención en la sociedad venezolana es el machismo. Es decir, la adhesión a roles de género tradicionales que exaltan la masculinidad y degradan la feminidad. El “macho criollo” es uno de los estereotipos más conocidos del imaginario popular nacional. Dominante, ambicioso, bravo y promiscuo. El que siempre consigue lo que quiere. De la mujer se espera lo contrario: modestia, recato, delicadeza y sumisión. Está para servir y dejarse guiar. Uno es “activo y superior”. La otra, “pasiva e inferior”. Está de más decir que estas son concepciones extremadamente rudimentarias de los géneros y que no todos los venezolanos piensan así. Pero los hay. Muchos. Para la mentalidad, ultraconservadora, estos roles de género están férreamente ligados al sexo biológico y cualquier “desviación” es aberrante. La homosexualidad es por lo tanto inaceptable. Sobre todo la homosexualidad del hombre que adopta conductas y rasgos femeninos, puesto que así se “rebaja del plano superior al inferior”.

Estos y otros factores conservadores (en el sentido de que rechazan los cambios hacia una sociedad con igualdad de derechos y oportunidades entre heterosexuales y sexodiversos) son los pilares de la homofobia en Venezuela. Quizá no todos, pero algunos. Volviendo a Inglehart, uno pudiera pensar que el apoyo al movimiento Lgbti y el repudio están más o menos en la misma situación restringida, pues se trata de inquietudes posmateriales en un país doblegado por necesidades materiales. Pero no es así. La homofobia conservadora tiene la ventaja inherente de haber sido pasada de generación en generación por siglos. En cambio, los reclamos de la sexodiversidad son algo relativamente nuevo. Tienen que irrumpir para luego arraigarse. La oposición siempre estuvo ahí, latente. Solo ahora, cuando el movimiento Lgbti obtiene logros modestos pero quizá magnificados por la lupa del efecto viral en redes sociales (el respaldo de personalidades influyentes, gestos de universidades, empresas y unos pocos partidos políticos, etc.), la reacción homofóbica se manifiesta de forma altisonante.

En conclusión, Venezuela tal vez sea una sociedad mayoritariamente conservadora y homofóbica, aunque es imposible tener una idea exacta de las proporciones. La buena noticia es que nada de lo anterior es irreversible. No es que la cultura venezolana tenga un problema que la condene a la homofobia permanente. Lo que sucede es que el contexto de precariedad material dificulta mucho al movimiento Lgbti captar la atención, paso necesario para convencer a las masas de la justicia de sus exigencias. Por desgracia, veo poco probable que el panorama cambie mientras la inmensa mayoría de la población siga con estándares de vida deplorables, y todavía no se ve luz al final de ese túnel. No lo digo con ánimo de desalentar a los activistas Lgbti. El reto es inmenso pero confío en que mantendrán su lucha todo el tiempo que sea necesario.

Posdata: A todos en la comunidad sexodiversa, feliz Mes del Orgullo. Sé que aún hay mucha discriminación en el mundo. Sé que la decisión de mostrarse como lo que son es de ustedes solos, y que hay muchos casos en los que hacerlo no es tan sencillo como declararse fan de un artista de moda. Sé que no siempre es fácil ser ustedes, pero de todas formas les hago la invitación ontológica: sean ustedes, sin nada que ocultar.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Elecciones, fantasías y expectativas realistas, por Alejandro Armas

@AAAD25

Henos de nuevo aquí, con la polémica comicial acaparando lo poco que queda de discusión política en Venezuela. Los argumentos a favor y en contra de participar en lo que en este país llaman “elecciones” hace tiempo que son los mismos. Ya aburren, y como voz (de poco alcance) en ese debate, me incluyo. Parece mentira que tantos negados a votar mientras el chavismo gobierne y tantos defensores del sufragio sin importar las condiciones sean tan ágiles esquivando el quid de la cuestión: el voto como herramienta para el cambio político solo tiene sentido como parte de una estrategia que trascienda la jornada electoral y pueda valerse del evento como catalizador de un proceso de presión que desemboque en transición negociada. Es decir, ni el voto ni la abstención en sí mismos constituyen un avance.

Por desgracia, la dirigencia opositora venezolana no ha sido capaz de desarrollar tal estrategia, cosa que no ha cambiado. Entonces, ¿para qué molestarnos siquiera con el asunto de las elecciones regionales y locales convocadas para finales de este año?

Bueno, lo que sucede es que los interesados en lanzar candidaturas, así como los cabecillas y comentaristas de la oposición prêt-à-porter, se han dado a la tarea de propagar la noción de que ganar algunas gobernaciones y alcaldías, sin importar la carencia de un plan como el ya aludido, sería un logro para la causa por la restauración de la democracia constitucional venezolana. Es la asimismo manida narrativa de “los espacios”.

Puedo imaginar que la causa de tal mensaje es el temor a nuevos fiascos que expongan por enésima vez la debilidad del sector “voto o nada”, como la candidatura presidencial de Henri Falcón o el desempeño paupérrimo de la oposición prêt-à-porter en diciembre pasado. Y no obstante, esta vez pudieran contar con un número mayor de personas (aunque me atrevería a decir que no muy mayor) dispuestas a seguirles la corriente, debido a la frustración con la inercia de la oposición que encabeza Juan Guaidó.

El razonamiento es tentador, pero ilusorio. Cuando los cuatro gobernadores “autoexcluidos” de Acción Democrática se juramentaron ante la “Asamblea Nacional Constituyente”, no fue un saludo a la bandera para luego desconocerla. Fue el fin de las gobernaciones como espacios funcionales de resistencia al régimen, cosa que no tardó en extenderse a las alcaldías. Desde entonces, una regla tácita de la política venezolana marcada por la simulación de democracia es que todo aquel que quiera ser gobernador o alcalde ajeno a la elite gobernante debe abstenerse de fomentar la oposición a Miraflores y de permitir que sus jurisdicciones sean refugios para la organización de protestas contra el régimen.

Esto es básicamente “despolitizar” los gobiernos regionales y locales que caigan en manos de personas que no militen en el PSUV y sus organizaciones satelitales. Quitar lo “político” de los entes político-administrativos. En efecto, a los titulares solo se les permite hasta cierto punto administrar sus estados y municipios, y digo «hasta cierto punto» porque el chavismo siempre se reserva la prerrogativa de intervenir hasta en dicho ámbito cuando quiera, mediante la figura no electa popularmente del “protector”.

En el mejor de los casos, algunos funcionarios podrán dar declaraciones públicas contra la elite gobernante, sobre todo en cuanto al control paralelo de los territorios que ellos deberían administrar. Tal es el caso de Leidy Gómez, la gobernadora del Táchira. Pero a pesar de la estridencia, es solo retórica. No hay acciones que verdaderamente inquieten al régimen.

Así que pueden olvidarse de un gobernador como lo fue Henrique Capriles en Miranda cuando se elevó al papel de líder máximo de la oposición. O de alcaldes como Enzo Scarano, Carlos García, David Smolansky y Warner Jiménez.

La era de las gobernaciones y alcaldías rebeldes se acabó. Con las protestas de 2014 y 2017, la elite gobernante vio cuán incómodas pueden ser y decidió no tolerarlas.

Por eso, casi todos los alcaldes que se atrevieron a desafiar terminaron presos o exiliados. Los aspirantes a sucederlos vieron el peligro y por eso ya no hay jefes de gobierno regional y local dispuestos a emularlos.

Recapitulando, si un ciudadano común me dice que va a votar en las próximas elecciones porque cree que un alcalde fuera del PSUV quizá (subrayo el “quizá”) hará un mejor trabajo recogiendo la basura, se lo creo. O porque valora la gestión recreativa en su municipio y desea preservarla (hasta yo admito no me gustaría nada ver el Centro Cultural Chacao forrado con gigantografías de Hugo Chávez). Todos esos son argumentos válidos. Pero no acepto que alguien pretenda venderme expectativas más grandiosas o épicas que esos asuntos mundanos. Si alguien me invita a votar o, peor, me increpa por no querer hacerlo aludiendo a “los espacios de resistencia”, lo voy a desestimar riéndome.

Posdata para los que quieren votar aun ateniéndose a las razones limitadas: tengan en cuenta las aspiraciones del régimen. Es razonable suponer que a la elite gobernante no le importará ver unas pocas alcaldías en otras manos. Sobre todo aquellas que nunca ha ganado y que por tanto nada aportan a su propaganda (e.g. El Hatillo en Miranda y Diego Bautista Urbaneja [Lechería] en Anzoátegui). Después de todo, ello respaldaría la simulación de democracia. Igual argumento pudiera extenderse a las gobernaciones, con el agravante de que, por abarcar los estados más territorio y ser depositarios de mayores recursos, son blancos más apetecibles para la elite. En cualquier caso, un mapa principalmente rojo es el escenario más probable. Vaya la advertencia para que después no se estén lamentando de haber creído en pajaritos preñados.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Exponiendo los mitos sobre el centro político, por Alejandro Armas

@AAAD25

¿Quién puede dudarlo? Son buenos tiempos para el radicalismo político. La “cuarta oleada” de democratización (palabras de Samuel Huntington) está en franco retroceso. La democracia global enfrenta los que tal vez sean sus mayores desafíos desde la derrota del fascismo. Por todas partes aparecen caudillos carismáticos pero de talante autoritario, capaces incluso de hacer tambalear una república tan sólida como lo es Estados Unidos. Para justificar filosóficamente su sed insaciable de poder, a menudo recurren a ideologías extremas. Oídos que presten atención no les faltan. Masas de ciudadanos descontentas por la corrupción o indolencia de elites tradicionales, por dificultades económicas o injusticias sociales. Equivocadamente creen que si la democracia no remedia estos problemas, se puede prescindir de ella.

Olvídense de rechazar a los déspotas, o a quienes aspiran a serlo. Ahora, para muchos, besar las botas a un amadísimo líder y abrazar irreflexivamente su fachada ideológica es lo antisistema, lo rebelde, lo punk y, ergo, potencialmente lo cool (aquí también hay algo de puerilidad revolucionaria, como en los versos de «Search and Destroy» entonados por Iggy Pop, pero eso dejémoslo para otro artículo). 

En cambio, pronunciarse en defensa del respeto y la pluralidad de ideas es visto por esas personas como una actitud tediosa, estéril y pusilánime. Todo lo que se asocie con el centro político es así despreciado.

Pero, ¿tan terrible es el centro como lo pintan sus empecinados detractores? Hoy me propongo refutarlos y exponer sus ataques como puros mitos.

Antes de proceder, brindaré una definición de “centro político” para aquellos que no estén familiarizados con la idea o la hayan malinterpretado. Comenzaré con una negación: el centro no es una ideología. No tiene carga ideológica propia. Más bien es un compromiso ético. Una forma de atar el pensamiento y la acción políticos a ciertas virtudes, como la moderación, la humildad y el apego a la diversidad de ideas y al debate respetuoso entre las mismas. El centro es, además, solo un punto de referencia que nadie puede ocupar (por eso le rehúyo a la expresión “centrista” y prefiero “cercano al centro”). Si les suena a entelequia, es porque lo es, pero no teman. Que algo no tenga manifestación tangible no significa que no exista (de hecho, Hegel puso a los entes puramente ideales en un plano “superior” de existencia con respecto a los entes materiales). El pensamiento ético de Aristóteles quizá ayude a visualizarlo. Así como la virtud es un punto medio entre dos extremos viciosos (por ejemplo, la valentía yace entre ser cobarde y ser temerario), el centro siempre está entre dos posturas ideológicas intransigentes y autoritarias. Muy bien, ahora sí, vayamos a examinar lo que nos plantean los enemigos de este señor.

 Mito no. 1: «El centro es para gente sin principios”

No. Como ya dije, el centro es un conjunto de principios, empezando por la moderación, o templanza. Al menos desde Platón o los estoicos, la templanza es una virtud. En lo que nos atañe, abstenerse de poner los objetivos ideológicos por encima de cualquier otra consideración y de creer que justifican cualquier medio para lograrlos. Otro de los principios es la humildad, o el reconocimiento de que las convicciones propias no pueden dar respuesta a todos los problemas y pueden tener fallas. Por eso, es importante respetar el desacuerdo y estar preparado para debatir y negociar con otros. Tolerancia, otra de las virtudes en cuestión aunque, como veremos más adelante, ciertas condiciones aplican. Todos estos principios pueden ser adoptados por militantes de distintas ideologías: conservadores, liberales, socialdemócratas, etc. Pero chocan a los militantes dogmáticos y obtusos, que los ven como una falta de virtud, por no alinearse invariablemente con sus respectivos idearios.

 Mito no. 2: «El centro es para cobardes que quieren estar bien con Dios y con el Diablo»

En realidad las personas próximas al centro tienen que alzar la voz cada vez que surge su némesis natural: el extremismo. Extremismo de todo cuño. A diferencia de los militantes ideológicos duros, los cercanos al centro no discriminan enemigos por ideología. Eso significa que tienen que enfrentar a un grupo muy diverso de enemigos: fachos, ñángaras, ultraconservadores, anarcocapitalistas antidemocráticos (de las escuela de Hans Hermann Hoppe), etc. Así que el centro exige denunciar a los extremistas dentro del campo ideológico propio. Créanme, para eso hace falta mucha valentía. Fácil cuestionar el liberalismo radical si eres de izquierda. Criticar el socialismo radical no lo es tanto.

 Mito no. 3: «El centro es de blandengues no aptos para asumir el radicalismo con el que hay que confrontar a los tiranos»

Este mito parte de una extrapolación errónea. El centro es un concepto que solo tiene sentido en el debate ideológico, asumiendo un entorno democrático ya existente. Por lo tanto, es una noción ajena a las estrategias para lidiar con regímenes autoritarios. Se puede ser próximo al centro en un entorno democrático y hacer lo que se tenga que hacer para enfrentar una dictadura. Lo primero no tiene nada que ver con lo segundo. Para muestra la lucha de socialdemócratas (centroizquierda) y democristianos (centroderecha) contra la autocracia de Marcos Pérez Jiménez.

 Mito no. 4: «El centro es para pedantes que se creen más allá del bien y del mal».

Graciosamente, este mito y el no. 1 chocan. Son una antinomia, lo cual no impide que los extremistas se valgan de ambos (la coherencia no es muy amiga de estos señores). De nuevo, uno de los valores del centro es la humildad. Entender que ninguna ideología es incuestionable y que, por tanto, toca coexistir y negociar. Eso es democracia. Mucho más arrogantes son los militantes ideológicos extremistas. Los que se creen iluminados por una verdad inapelable y que eso los faculta para suprimir a quienes piensen distinto. Eso sí, los adyacentes al centro, por lo dicho previamente, tienen que repudiar a los extremistas, aunque eso los haga lucir pedantes ante los repudiados. Aquí aplica la paradoja de Popper: solo los intolerantes merecen la intolerancia moral. Que los extremistas chillen y digan que quienes los señalan son soberbios. No importa. Lo que se está haciendo es defender el derecho al disenso ante sus enemigos.

Y con esto hemos llegado al final de nuestro recorrido mitológico. Espero que les haya servido para ver cuán vacíos son estos ataques al centro político. Si les interesan los mitos, mejor léan la Metamorfosis de Ovidio, el Popol Vuh o el libreto de Tannhäuser. No crean en cuentos contra el centro, que no es ningún monstruo que se los va a comer. Acérquensele. El futuro de la democracia y la civilización bien podría depender de ello.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Diálogo y bostezos, por Alejandro Armas

@AAAD25

Una vez más el prospecto de un posible diálogo entre el régimen chavista y la dirigencia opositora está en el aire. Hace un año, tan solo los rumores de un intento de negociación pudieron haber enfurecido a los ciudadanos identificados con la disidencia, que se sienten comprensiblemente frustrados por el resultado nulo de experiencias similares pasadas y que han encontrado en las redes sociales el último reducto para expresar estos y otros disgustos. Ni hablar de hace dos años, como se pudo constatar tras la revelación de las conversaciones auspiciadas por los descendientes pacifistas de los vikingos.

Hoy, en cambio, la reacción ha sido en buena medida de indiferencia. Twitter no ardió en las a menudo exageradas acusaciones de colaboracionismo y traición. Diría que el cambio se debe a la indiferencia generalizada del venezolano hacia la política en general, producto a su vez de la decepción con el liderazgo opositor por no poder este lograr el cambio de un régimen impopular pero hasta ahora inamovible.

“El juego está trancado”, reza una sentencia harto manida pero certera en cualquier conversación coloquial sobre el cada vez menos apasionante tema político nacional, que ipso facto recuerda a los interlocutores por qué el tema no apasiona en primer lugar. La elite gobernante sigue haciendo gala de su poder ilimitado. La oposición prêt-à-porter sigue excusando su papel en la simulación de democracia. Y la oposición que sí busca un cambio real sigue con su falta de estrategia concreta para cumplir su objetivo, con el resultante estancamiento.

Pues bien, aunque odie decirlo, creo que más estancamiento es lo que viene, a pesar de los supuestos intentos de rearmar la mesa de negociación (en serio, amigos, más allá de las mejoras para todos los venezolanos que supondría poner fin a este drama nuestro, imagínense lo poco estimulante que es para alguien que se dedica profesionalmente a estudiar la política el hecho de que su objeto de estudio es desdeñado por casi todos sus conciudadanos).

De mantenerse las circunstancias actuales para la consideración de un diálogo, ni siquiera cabe esperar la descarga iracunda que ha acompañado a otras aproximaciones entre oposición y régimen.

Lo digo porque no habría ninguna aproximación. Las condiciones y expectativas asomadas en público por ambas partes no lo permiten. Son exigencias que ninguna aceptaría sin perder su esencia. Con esto no pretendo equiparar al chavismo y sus adversarios en la asignación de responsabilidades por la crisis venezolana. Esta columna ha sido antes plataforma para la refutación de tal argumento. Solo estoy describiendo lo que creo que va a ocurrir, sin entrar en el terreno de juicios morales. Veamos en qué consisten las diferencias insoslayables, comenzando con la oposición.

Juan Guaidó la semana pasada enarboló un llamado “Acuerdo de Salvación Nacional” y se comprometió a designar delegados para negociarlo. El acuerdo contiene un conjunto de exigencias que, mutatis mutandis, se reflejan en las del Estatuto para la Transición emitido en 2019 e, incluso, los objetivos de la oposición apenas se instaló la Asamblea Nacional electa en 2015: comicios libres y justos en todos los niveles, hasta el presidencial; liberación de presos políticos, regreso de los exiliados, un esquema de justicia transicional y el ingreso de ayuda humanitaria, con la añadidura obvia de vacunas contra la covid-19.

Todas estas son demandas sensatas en el marco de una transición democrática negociada, y aunque todas tienen elementos políticos en su composición, me quiero detener en la más política de todas, que es la referente a comicios. Realizar elecciones presidenciales libres no sería, a fin de cuentas, otra cosa que pactar una transición. Porque con el descontento de las masas brutalmente empobrecidas, es fácil prever lo que supondría para el chavismo ir a elecciones limpias. Por lo tanto, llegar a ese desenlace requeriría una preparación en la que ambas partes de alguna forma comparten el poder. Y esas son precisamente las razones por las que el régimen ha rechazado el planteamiento en intentos de diálogo anteriores. Sería renunciar a su monopolio permanente sobre el poder, con todos los privilegios asociados. No veo indicios de que haya cambiado de parecer.

Más aun, y así pasamos al examen de las expectativas del otro lado, en vez de hacer concesiones a la oposición encabezada por Guaidó y sus aliados, el régimen disparó su propia batería de exigencias. Bajo una capa de su neolengua habitual para presentarse como la parte agraviada en una disputa, está condicionando cualquier acercamiento hacia la oposición a la renuncia de sus mecanismos de presión efectiva. Ello reduciría el liderazgo disidente a otro sector más de la oposición prêt-à-porter, quedándole solo margen de maniobra para participar en el juego político siguiendo las reglas que garantizan la hegemonía perpetua del chavismo, sin importar la voluntad ciudadana.

En conclusión, es muy poco probable que el juego político se “destranque”, para bien o para mal, con estas circunstancias. Del régimen no se puede esperar nada, porque apuesta por mantener el statu quo, con o sin diálogos. Así que la pelota sigue del lado opositor de la cancha. Y si a duras penas puede esperarse por la vía discutida en este artículo algún cambio por el cual la política venezolana vuelva a ser interesante, lo único que le queda al liderazgo opositor es redoblar esfuerzos hacia lo que no ha podido hacer en los últimos años: buscar formas de presión más efectivas que sí precipiten una transición real negociada con el régimen. Quizá entonces el diálogo resultante no provocará bostezos, ni furia, sino esperanza.

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