Alejandro Armas, autor en Runrun

Alejandro Armas

¡Muerte al virus! ¡Muerte a los gorriones!, por Alejandro Armas

@AAAD25 

Nunca me cansaré de invocar la aguda observación de Elisa Lerner sobre las dictaduras y su estupidez. Los foros, hábitat natural de la democracia, no siempre son mentideros de los que brota sabiduría como maná bíblico. Pero es en los regímenes autoritarios que se ven las sandeces más farsescas. Todos los políticos tienen el mismo propósito: obtener el poder, primero, y preservarlo, después. Es mucho más fácil hacerlo cuando los ciudadanos, a cuyo servicio se supone que están, se sienten satisfechos con su desempeño. En democracia, como nos recuerda Amartya Sen, el acceso libre a la información, así como la pluralidad de fuentes, permiten a la ciudadanía desarrollar una opinión pública autónoma con respecto a unas autoridades que siempre aspirarán a que las percepciones sobre ellas sean positivas. Los despotismos, en cambio, no tienen que lidiar con eso. Suprimen las voces disidentes para que sus mensajes, su versión de la realidad empírica, sean los únicos. Así, sin competencia, les resulta mucho más sencillo inculcarles a los oprimidos una narrativa que los exculpa de cualquier problema que surja en sus jurisdicciones, sin importar cuan ridícula sea. Pero si la propaganda es más absurda que un diálogo de Ionesco o más risible que una escena de los hermanos Marx, y el sentido común de las masas no la digiere, siempre queda la amenaza del garrote para evitar que se alborote el gallinero.

La aparición del coronavirus y su COVID-19 no es en sí misma responsabilidad de ningún gobierno. No se pueden predecir las mutaciones de esos microbios macabros que de pronto los hacen mucho más nocivos. Empero, la contención de nuevos flagelos sí es responsabilidad de las autoridades públicas. Por la corrupción e ineptitud de sus cabecillas, las dictaduras suelen descansar sobre los hombros lacerados de sociedades pobres y poco desarrolladas materialmente. Es decir, justo aquellas peor preparadas para enfrentar una pandemia. Pero la batería de excusas patéticas y medidas descabelladas está a la orden del día. Por ejemplo, el particularmente caricaturesco autócrata de Turkmenistán, Gurbanbuly Berdimuhamedov (lo felicito, amigo lector, si pudo pronunciar su nombre sin un solo enredo lingual), prohibió a sus conciudadanos hablar del coronavirus. A los perplejos sugiero volver a la primera oración de esta columna. Al parecer, hay un nominalismo degenerado y mediocre (nada que ver con el pensamiento genial de Guillermo de Ockham y otros), según el cual un ente deja de existir si no es nombrado. Hasta la saga literaria adolescente de Harry Potter es capaz de desmentir semejante dislate. Por cierto, buen momento para recordar a cierto régimen que pretendió eliminar un mercado negro de dólares proscribiendo la mención de montos a los que se cotizaba la divisa.

Por suerte para el amigo Gurbanguly, el foco de este artículo no está en Turkmenistán, sino un poco más hacia el naciente, en China. De todos los gobiernos responsables por la crisis del coronavirus, la dictadura pekinesa es, sin duda por mucho, la que carga con la mayor culpa. El virus se originó en su territorio y, por lo tanto, su deber era contenerlo a tiempo. En vez de eso, ocultó información sobre la gravedad del problema hasta que fue muy tarde, lo cual puso en peligro a los miles de millones de habitantes de China… Y al planeta entero. Pero no esperen que Xi Jinping y sus camaradas tengan un gesto de humildad y admitan su pifia terrible. ¡Nunca! Por el contrario, han rechazado todo cuestionamiento a su manejo de la epidemia. Peor, aunque las máximas esferas del poder en Beijing no han llegado a una acusación formal, algunos de sus propagandistas han insinuado que el virus fue llevado a la ciudad de Wuhan, donde se dieron los primeros casos, por personal del Ejército de Estados Unidos. Aunque anonadante, no es la primera vez que el Partido Comunista Chino (comunista solo de nombre desde los años 80) lanza un bulo descabellado para evitar que lo señalen por un desastre. Xi es el líder chino con más poder desde Mao Zedong, y en este aspecto también está siguiendo los pasos del “Gran Timonel”.

En 1958, Mao ordenó dar el “Gran Salto Adelante”. Esta nueva política consistió, como su nombre lo indica, en intentar brincar directamente hacia el comunismo real, sin pasar por la engorrosa burocratización del proceso revolucionario que, para entonces, por cuarenta años embargaba al socialismo soviético. Si a los comunistas se les achaca imaginar un mundo utópico e irrealizable que ni ellos mismos se esfuerzan por concretar, el Gran Salto Adelante tuvo el mérito de ser, quizá, el experimento que más se acercó a la sociedad comunista imaginada por Marx… Y precisamente por eso fue una catástrofe.

Comenzó con una colectivización completa del espacio rural. La agricultura privada fue prohibida y reemplazada por granjas comunales. Como Fidel Castro con su tonta “Zafra de los Diez Millones”, Mao estableció metas de producción agrícola absurdamente elevadas, para lo cual se exigió a los campesinos un esfuerzo inhumano. Para colmo, si bien el plan contempló la industrialización de las faenas rurales para mejorar el desempeño, no existían los recursos materiales ni las capacidades técnicas para lograr tal cosa. Temerosos de no cumplir con las metas de Mao, los jefes locales inflaban los resultados, lo cual por un tiempo produjo la impresión de que todo marchaba bien. El grueso de lo que sí se producía era enviado a las ciudades para alimentar a un proletariado que, en las fantasías del líder, debían convertir a China en potencia industrial. El campo empezó a quedarse sin comida, y sus habitantes, a morir de hambre.

Pero Mao ya tenía lista una coartada para explicar el fracaso. Había un culpable, y obviamente no era él. Tampoco era el imperialismo occidental, ni los enemigos internos de la revolución. Era… ¡Un gorrión! Sí, esa ave pequeña y cantarina que, por su fragilidad, por lo general asociamos con la idea de inocencia, fue convertido por la propaganda maoísta en un demonio emplumado capaz de perpetrar los crímenes más atroces. En resumen, Mao acusó a los gorriones  de comerse los granos cosechados en el campo chino. Luego hizo lo que todo tirano ante un escollo, real o ficticio. A saber, declararle la guerra y procurar su aniquilación. Se les encargó a las masas la tarea de eliminar a los pajaritos. Buscaban sus nidos para reventar los huevos o matar a los polluelos. Si alguien disponía de una pistola, gorrión que viera surcando los aires, gorrión que debía derribar a plomo. De acuerdo con algunos relatos, hubo escuadrones de niños armados, no con pistolas, sino con cacerolas que azotaban sin piedad al pie de un árbol para atormentar y aterrorizar a los gorriones y obligarlos a interrumpir su reposo en las ramas. Cuando las víctimas se desplazaban a otro árbol, los acosadores los perseguían y repetían el ejercicio. Y así sucesivamente hasta que, agotadas, las pobres aves se desplomaban, moribundas.

Muy caro le terminó saliendo esta expiación caprina (o aviar) a Mao. En realidad los gorriones locales eran los depredadores de insectos que, a su vez, se alimentaban de los granos. Como resultado, su erradicación total o casi total multiplicó a la verdadera plaga. Menos comida. Más estómagos (humanos) vacíos. Cuando cayó en cuenta del error, en 1960, la dictadura puso fin a la campaña contra los gorriones, no sin antes sustituirlos con los chiches como culpables de su fracaso. Pero ya era demasiado tarde. Tuvieron que pasar dos años más para que el Gran Salto Adelante fuera oficialmente abandonado. Produjo la peor hambruna en la historia de la humanidad, con un saldo de entre 15 y 30 millones de personas. Humillado, Mao perdió buena parte de su poder, pero solo por unos años. Volvió a la carga con la Revolución Cultural a finales de los 60, otra abominación política que aplastó a sus rivales de partido, así como a miles de ciudadanos comunes tildados de “contrarrevolucionarios”.

Como ya dije, el Partido Comunista Chino de comunista hoy solo le queda el nombre. Pero la elite gobernante actual es heredera de Mao, y tiene que rendir culto a su abolengo revolucionario (i.e. dictatorial). Por eso no sorprende que bajo la égida de Xi surjan teorías tan absurdas como la de los gorriones, para librar de culpas a Beijing por el manejo del coronavirus. Por cierto que no son los únicos en propagar el delirio conspirativo. Nicolás Maduro, uno de sus amigos, lo ha hecho también. Valiéndose de su propio aparato gigantesco de propaganda, en Venezuela hizo eco a la tesis de un “científico nanotecnológico” llamado Sirio Quintero, según la cual el coronavirus es un “arma de bioterrorismo y genocidio contra razas asiáticas, latinoamericanas (¿?) y afrodescendientes”. Maduro también promovió un jarabe de “malojillo, jengibre, saúco y pimienta negra” que, según Quintero, es capaz de curar el coronavirus.

La propagación de semejante charlatanería es un exceso, aun para este personaje. Pero, a mi juicio, es fácil de explicar. Maduro podría aspirar a congraciarse así aun más con un poderoso aliado en momentos en los que necesita respaldo. China últimamente no ha demostrado el mismo compromiso que Rusia defendiendo al régimen chavista de la presión internacional. Incluso es probable que Maduro apueste a que sea China la primera en desarrollar una vacuna contra el coronavirus y busque así poner a Venezuela en el principio de la fila para recibirla, para exhibir su ruptura con las democracias y aproximación a una potencia autoritaria como un acierto de su política exterior. Quién sabe si, como guiño extra a los herederos del, digamos, gran avicida, la elite chavista les declara la guerra a las guacamayas por comerse los mangos que tanto gustan en Venezuela.

Alejandro Armas Mar 20, 2020 | Actualizado hace 2 semanas
Las lecciones de 1918, por Alejandro Armas

@AAAD25

Ha sucedido lo impensable: Nueva York se fue a dormir. Bueno, quizás sea una afirmación hiperbólica. Pero lo cierto es que las señas de identidad de la urbe han quedado en suspenso. Wall Street no tiene su ajetreo desenfrenado, pues todas las transacciones bursátiles se están haciendo de manera digital. En los andenes del Metro siguen abundando los roedores, pero casi no hay gente. Nadie pisa las tablas de Broadway, ni contempla las pinturas y esculturas de las galerías de Chelsea y los museos de la Quinta Avenida. La ciudad que me ha acogido por casi dos años, y que ahora siento tan mía como mi Caracas natal, es otra. El mundo entero es otro. Nos resulta ajeno e irreconocible. Acontecen cosas que nunca pensamos que acontecerían, al menos no durante nuestras vidas arrulladas desde la cuna por el desarrollo tecnológico vertiginoso, la pax americana y la democracia liberal.

Ok, taima. No, para los venezolanos en realidad no ha sido así la historia de nuestras vidas, pues hemos visto a nuestro país hundirse en un averno de miseria que nunca imaginamos. Sin embargo, asumimos ese sino como un castigo cruel reservado específicamente para nosotros, mientras el resto del mundo seguía recorriendo el camino feliz del progreso político, económico, social y cultural. Por ello, nos impresiona ver que en aquellas tierras que teníamos por imperturbables en su desarrollo la vida ha estado tan trastocada por estos días. Lo podemos resumir en las imágenes de hospitales colapsados, pero no en Puerto La Cruz, sino en Milán; o de anaqueles de productos cárnicos completamente vacíos, pero no en Maracaibo, sino en San Francisco (de California, no del Zulia); o de dos clientes de un supermercado peleando por un paquete de papel higiénico, pero no en Calabozo, sino en Brisbane.

Todo esto es la consecuencia del temible coronavirus que ha puesto al orbe entero a temblar como no lo había hecho desde que los tanques alemanes lanzaron su Blitzkrieg desde los Pirineos hasta las estepas del Volga.

Paradójicamente, el flagelo nos ha encerrado en nuestras moradas, que son el refugio en el que asumimos que estaremos más protegidos, toda vez que nos ha encerrado en un mundo, repito, ajeno, irreconocible, desconocido. Como todo animal, el ser humano le teme a lo que no conoce. En tal sentido, un virus extraño, así como los estragos que deja atrás su estela funesta, naturalmente generan pavor. Estar bajo llave desde luego implica muchas menos opciones de distracción disponible, a lo que se agrega que varias formas de entretenimiento doméstico, como ver un juego de béisbol en la televisión, están descartadas. Así que no tiene nada de raro que el miedo se apodere de algunas personas y las lleve a proyectarlo hacia un futuro harto incierto, que genera a su vez nuevo temor por ser una incógnita. Las peores pesadillas, algunas de ellas hasta apocalípticas, pareciera que estuvieran a la vuelta de la esquina.

Pero debemos aprovechar asimismo que nuestras ocupaciones se han reducido para meditar con sosiego. Al igual que toda emoción, el miedo en exceso obnubila el juicio. Recordemos a Goya: el sueño de la razón produce monstruos. A ver. El coronavirus y sus efectos son una tragedia global digna de Eurípides. Cada una de esas muertes es una desgracia. Otro tanto puede decirse de cada despido de una empresa con el agua al cuello por la paralización de sus actividades. El daño económico apenas ha empezado a sentirse y pudiera pasar a los anales como uno de los peores en la historia de la humanidad. La reacción a la crisis por parte de muchos gobiernos, incluso en los países más desarrollados, ha sido decepcionante. Nada de esto es discutible. Pero, caramba, no estamos viviendo la revelación de Juan de Patmos (y eso que, de acuerdo con algunas exégesis, el caballo escatológico blanco representa la peste). Dicho en lenguaje cotidiano, no es el fin del mundo. Porque también es indiscutible que contamos con los conocimientos para superar cada una de estos dramas. El golpe económico será duro, pero se podrá sanar la herida. Habrá muchos más contagios, pero la epidemia será frenada. Solo la muerte no tiene arreglo, como sentenció Emily Dickinson en uno de sus versos. Lo único que es imposible que vuelva a nuestras vidas es la vida de quienes el virus ya se llevó.

Me voy a limitar a la enfermedad en sí misma. ¿Acaso no es cierto que la humanidad ha sobrevivido a abominaciones patológicas espeluznantemente fatales, como la peste bubónica? ¿Se nos olvida que hoy, más allá de la perversión de las dictaduras y las falencias de algunas democracias, estamos técnicamente mucho mejor preparados para lidiar con pandemias que en casos anteriores, en materia tanto de contención como de desarrollo de agentes inmunizadores? Es mucho lo que podemos aprender para entender esto, con solo mirar hacia experiencias pasadas.

Pensemos nada más en la llamada “gripe española” que azotó al mundo hace un siglo. No tengo dudas de que se han hecho bastantes comparaciones entre esta influenza con esteroides y el coronavirus actual, pero no importa. Para lo que se propone este artículo, funciona. La gripe española se desató en 1918 y, a diferencia del Covid-19 (obviemos las descabelladas acusaciones de Pekín), no hay consenso sobre su punto de origen. Algunos estudios señalan los campos de batalla europeos, escenario de las últimas escaramuzas de la Primera Guerra Mundial. Otros apuntan hacia un pueblo de Kansas como localidad del paciente cero, o hacia una instalación militar en dicho estado, en el corazón de Norteamérica. De ahí se habría expandido hacia la costa oriental de Estados Unidos, donde se embarcaban los soldados rumbo a Europa.

Como sea, el virus estuvo bien presente en las trincheras de Ypres y de Aisne, un entorno particularmente insalubre (¿vieron el hacinamiento, el lodazal y las ratas en 1917, la magistral película de Sam Mendes?). Por supuesto, comenzó a hacer estragos entre las tropas. Y dado que un virus no tiene una fijación con los uniformes, no tardó en infectar a civiles y en expandirse por el mundo. En Venezuela costó más de 25 000 vidas, cifra escalofriantemente alta considerando que el país en aquel entonces tenía aproximadamente dos millones y medio de habitantes. Entre las víctimas estuvo Alí Gómez, uno de los hijos del dictador Juan Vicente Gómez.

De vuelta a Europa, para mantener la moral castrense en alto, los países beligerantes censuraron los reportes de contagios y muertes por la gripe. Eso no pasó en España, que era neutral. Dado que en Madrid se podía informar libremente al respecto, se produjo la impresión falsa de que la nación ibérica estaba siendo golpeada de forma desproporcionada. De ahí el apellido “española”.

Ahora lo que todos esperan para hacer la comparación más importante: el tamaño de la infección y la mortandad. Alrededor de 500 millones de personas tuvieron el virus. Hay diferentes estimaciones sobre cuántos cayeron ante él. Los más conservadores hablan de 17 millones de muertes, en un período de entre dos y tres años, con la peor oleada concentrada en 1918. Otros concluyen que fueron 50 millones y hasta 100 millones. Al momento de escribirse estas líneas, el coronavirus acumulaba 242 000 casos y algo más de 10 000 muertes. Es decir, utilizando el cálculo más moderado de la gripe española, hasta ahora los casos de coronavirus son 0,05 % del número de casos de aquella, mientras que la proporción es de 0,06 % en cuanto al número de muertes. Por supuesto que habrá más casos de coronavirus en los meses por venir y, muy desgraciadamente, más muertes. Pero, teniendo en cuenta los avances médicos que ha habido desde 1918, me parece que es extremadamente improbable que lleguemos a ver cifras similares.

Otra lección que podemos extraer del estudio de la gripe española es el de las víctimas célebres de las epidemias. Cuando una figura, digamos, VIP se contagia, quienes no gozamos de esos privilegios nos sentimos aun más vulnerables. Por eso nos impresionó tanto enterarnos de que el prodigio histriónico Tom Hanks tiene el coronavirus. O el astro del baloncesto, Kevin Durant. Pero, de nuevo, no es algo que no haya pasado antes y no significa que estamos ante un flagelo imbatible que arrasará con la especie humana. La gripe española estuvo en los cuerpos de Lilian Gish, David Lloyd George, Mary Pickford, el káiser Guillermo II y Woodrow Wilson. También en el del rey Alfonso XIII de España (otra razón por la que surgió el apellido peninsular de la enfermedad). Todos la sobrevivieron. En cambio, Gustav Klimt y Max Weber no corrieron con esa suerte.

En fin, nos queda mucho encierro que aguantar. Muchas malas noticias que digerir. Algunas de ellas, terribles. Pero esto pasará. La humanidad superará este trance, como lo hizo con trances anteriores. Para ello, todos debemos poner de nuestra parte. Entre más colaboremos por ahora, menos durarán los sacrificios y menor será el daño. Por eso, cierro con la consigna que recorre el planeta: excepto para lo indispensable, quédate en casa.

No hace falta un coronavirus, por Alejandro Armas

@AAAD25

Pocas cosas hablan tan bien del grado de desarrollo de un país como una preparación elevada para la contención de pandemias. Lamentablemente, la ciencia de Asclepio no dispone de las artes de Casandra, así que es imposible prever el surgimiento de una nueva enfermedad. Cuando esto sucede, el flagelo puede hacer estragos hasta en las naciones mejor blindadas. El hecho de que una y otra vez seres microscópicos sean capaces de encontrar formas de burlarse de nuestro progreso científico y generar tragedias mundiales es una verdadera humillación para la raza humana, como bien señaló mi genial tocayo Alejandro Oliveros en un escrito reciente. No en balde en la imaginación de H. G. Wells, fueron ellos los que humillaron a otra raza, oriunda del planeta rojo, al punto de la aniquilación.

Por lo expuesto en el párrafo anterior, mucho se habla hoy de un virus en todo el mundo. Se cierne sobre el planeta una atmósfera siniestra, como la de aquella plaga llamada por Poe “muerte roja” en uno de sus mejores cuentos. Sin importar en que rincón del mundo uno se encuentre, hay una sensación de desamparo y de fatalidad, como si solo quedara rezarle a una deidad o esperar a que el azar no haga que la enfermedad brote cerca, ante el fracaso de los gobiernos en su intento de proteger a todos sus ciudadanos de este mal.

Ah, pero hay sitios que no tuvieron que experimentar la aparición de un nuevo tipo de virus para sufrir tal pesadumbre. Son aquellos países que siguen lidiando con enfermedades conocidas de antaño. Los que no han podido desarrollarse como para extirparlos.

Hay uno que no fue ajeno al progreso necesario, que de hecho lo consiguió en el mejor momento de su historia, pero que luego sufrió un retroceso brutal, por caer en manos de una elite anonadantemente desinteresada en el bienestar común y obsesionada con satisfacer su avaricia desmedida. A que no adivinan cuál es.

En Venezuela, como en todo el mundo, hay temor por la posibilidad de que el terrible coronavirus eche sus raíces fatídicas. Ciertamente, si ocurriera, sería un dolor adicional para una tierra que ya acumula demasiados. Pero en realidad Venezuela no necesita una epidemia de esta influenza con esteroides para ser una nación cuya salud pública es azotada por los microbios endemoniados. Ya lo es. Ese es el resultado de haber condenado a una red de hospitales públicos, otrora orgullo patrio, a languidecer hasta la ruina por falta de recursos, en medio de los mayores ingresos que ha obtenido el Estado venezolano en su historia gracias al estallido de los precios del petróleo. Ese es el resultado de haber asfixiado el aparato productivo nacional, incluyendo al sector farmacéutico, con controles de precios y otras regulaciones desastrosas. Ese es el resultado de no mantener las labores preventivas que evitan la propagación de enfermedades y que ya son de manual, a pesar de lo cual han sido descuidadas por la negligencia extrema.

Particularmente escandaloso es el regreso triunfal e implacable del paludismo, el arquetípico mal del trópico. “Paludismo” es un vocablo grabado con hierro ardiente en la memoria colectiva venezolana. Y aunque hasta hace poco su discusión en aulas escolares lo presentaba como una abominación confinada al pasado distante e incapaz de provocar estragos en la actualidad, su mera mención nunca dejó de evocar imágenes funestas. Imágenes de una Venezuela empobrecida, atrasada y maltratada por sus gobernantes. Colmada en sus sabanas de “casas muertas”, como acertadamente tituló Miguel Otero Silva. Átropo, la Parca, se le aparecía a Juan Bimba en muchas formas, presta para cortarle con una gran tijera el hilo del liquiliqui del que pendía su vida. A veces era la pistola de algún esbirro de la dictadura. A veces, la ponzoña de una mapanare u otro asesino rastrero. Pero las más de las veces era el pequeño virus Plasmodium falciparum, responsable del paludismo, también conocido como “malaria”.

Ya lo dijo Rómulo Betancourt, a propósito de Venezuela bajo el gomecismo: los tres peores flagelos eran el aguardiente, los jefes civiles y el paludismo. Claro, para la elite gobernante actual Betancourt fue un representante de la “oligarquía burguesa, fascista, imperialista y neoliberal”, así que no hay razón para atender a lo que su pluma nos dejó.

Es que, naturalmente, a los demócratas les preocupa la sanidad colectiva. No solo por un sentido de la moral y por genuino interés en el bienestar colectivo, sino por el cálculo de mantener a la ciudadanía satisfecha y así quedar bien parados con cada elección. Tiranos como Juan Vicente Gómez, en cambio, no tienen que lidiar con esos asuntos. Juzguen ahora ustedes, queridos lectores, la relación entre el tipo de régimen que tiene Venezuela hoy y el estado de la salud pública.

Acaso no sea coincidencia que justo después de la muerte del “Bagre” tachirense comenzó a destacar el trabajo de Arnoldo Gabaldón, uno de los venezolanos a quienes la República más debe (no es posible que no haya ni un solo municipio con su nombre, mientras que hay seis bautizados como tributo a un bandolero de la peor calaña como Ezequiel Zamora). El primer día de este mes se cumplieron 111 años de su natalicio, así que vale la pena recordar su obra en las próximas líneas.

La labor de este trujillano tuvo sus primeras etapas en los gobiernos de Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita, quienes no fueron demócratas, pero sí consideraron que Venezuela debía alejarse poco a poco del autoritarismo gomecista. Una vez iniciado, tuvo la suerte de no verse interrumpido por la inestabilidad política en la segunda mitad de la década de 1940, ni por la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.

Gabaldón fue puesto al frente de la División Nacional de Malariología por el ministro de Sanidad Santos Dominici en 1936. El propio ministerio fue una creación de López Contreras (recuerden lo que les decía sobre Gómez y la preocupación por la salud pública). Desde este despacho, Gabaldón ideó una estrategia novedosa de ataque a la malaria consistente no solo en el suministro de medicamentos antipalúdicos, sino también en el saneamiento ambiental. A diferencia del coronavirus, el paludismo no se transmite directamente entre personas. Hay un vector, el mosquito Anopheles, otro señalado habitual en las aulas de clases de las escuelas venezolanas. Por lo tanto, poner en jaque la malaria supone impedir las condiciones ideales para la presencia del díptero nocivo. Gabaldón comprendió eso y, junto con su equipo de profesionales altamente calificados, se dispuso a dar guerra sin cuartel a tales condiciones ambientales. Tras un estudio minucioso de la topografía de cada región afectada, el equipo antimalaria tomó medidas como la aplicación controlada del insecticida dicloro difenil tricloroetano (ah, esas lecciones de química orgánica en el bachillerato, con sus sufijos alusivos a dobles o triples enlaces de átomos de hidrógeno y carbono; ok, disculpen la divagación nostálgica).

Los resultados fueron un milagro hecho por humanos de carne y hueso. Durante las décadas de 1940 y 1950, los índices de propagación y mortalidad del paludismo se desplomaron. Poco a poco la enfermedad fue prácticamente erradicada de Venezuela. Me gusta creer que, así como coincidieron no por casualidad los inicios de la carrera de Gabaldón y de la liberalización política venezolana, tampoco fue casualidad que el doctor alcanzara la cúspide de dicha carrera durante el primer gobierno del largo período democrático, como ministro de Sanidad de Betancourt entre 1959 y 1964.

Por estas fechas de marzo temprano, mientras que algunos preferimos celebrar el nacimiento de Gabaldón, otros optan por celebrar la “siembra” del mayor responsable de la triste suerte de Venezuela en el siglo presente.

El legado de un hombre acabó con el legado del otro. El paludismo que tanto costó marginar está de vuelta y dice “presente” en buena parte del territorio nacional. Sobre todo en las selvas de Guayana, tierra que hizo de centro de operaciones para la causa independentista y que hoy, en manos de los autoproclamados herederos de esa causa, sufre además de la malaria la devastación ecológica y la violencia cruenta de los “sindicatos” mineros (i.e. bandas criminales). En 2016 hubo 91 918 casos de paludismo en Venezuela, de acuerdo con una investigación del portal Prodavinci. En 2017 esa cifra se disparó a 411 586. La investigación también señala, con cifras de la Organización Mundial de la Salud, que las muertes por paludismo pasaron de 52 en 2010 a 456 en 2017.

En el mundo antiguo se pensaba que la malaria se transmitía por el aire. “Malaria” es un derivado de la expresión latina “mal aire”. Aunque el mal no es el aire, sí está en el aire, en los mosquitos que lo surcan. Como con el coronavirus en Wuhan, Bergamo y Seattle, hay una atmósfera perversa sobre Tumeremo, Upata, Yaguaraparo, San Juan de Payara y Machiques. Pero no durante los últimos meses, ¡sino durante los últimos años! Aunque me haría muy feliz ver un municipio renombrado en honor a Arnoldo Gabaldón, creo que la mejor forma de honrar su trabajo es repitiéndolo, para volver a enterrar el paludismo. Lo más probable es que para que ambas cosas ocurran, tiene que haber primero un cambio político en Venezuela.

Una pequeña muestra de majestad perdida, por Alejandro Armas

(@AAAD25)

No tener, no tener. No tengo ninguna duda de que Juan Guaidó no tenía hace cinco años ni la más remota idea de dónde estaría hoy. Hablamos de alguien que apenas estaba lanzando su carrera política. Un joven que venía del movimiento estudiantil y que compitió por una curul del estado Vargas. Sí sabía que no tenía (excusen la repetición; les juro que es hasta aquí) muchas esperanzas. El sistema estaba amañado y su litoral natal era, para colmo, una zona donde tradicionalmente el chavismo predominó. Aunque finalmente fue parte de la avalancha opositora que tomó la Asamblea Nacional, nadie estaba muy seguro de qué saldría de aquella Caja de Pandora y, por lo tanto, cabía estar preparado para lo inverosímil, nadie, ni siquiera el propio Guaidó, asumió que la persecución de otros en la jerarquía de su partido lo llevarían a tomar las riendas del Parlamento en condiciones tan peculiares, a convertirse en el principal líder de la disidencia y a conversar directamente con varios de los jefes de Estado más poderosos del mundo. De la política universitaria y los recorridos de campaña en Catia la Mar y Chuspa hay un trecho impensablemente largo hasta Capitol Hill, donde el Presidente de Estados Unidos y el Congreso norteamericano en pleno emitieron su aplauso.

Tengo 28 años, ocho menos que Guaidó. Todas nuestras vidas como adultos han transcurrido bajo el chavismo. Apenas tengo unos recuerdos muy vagos y difusos sobre un envejecido Rafael Caldera portando la banda presidencial. Ni hablar de Ramón J. Velásquez o Carlos Andrés Pérez, quien enfrentó el infame golpe del 4 de febrero (devenido en principal efeméride del régimen, que hoy ni sus seguidores celebran con entusiasmo, como quedó claro esta semana) cuando yo no había cumplido ni dos meses. Nunca me he sentido representado por quienes ocupan el poder en Venezuela. Imposible, cuando a mí y a otros millones nos ven como escoria prescindible desde Miraflores. Imposible, cuando ese poder ha sido usado para destruir las instituciones republicanas y democráticas. Imposible, cuando mi país se ha hundido en la peor decadencia política, económica, social y cultural de toda su historia, mientras quienes lo gobiernan ríen y bailan. Por lo tanto, la majestad que inspiran las figuras de autoridad nacionales, derivada de su representación de la soberanía popular, siempre me ha sido ajena, incluyendo sus manifestaciones allende nuestras fronteras… Hasta hace unos pocos días.

Por todo lo que relaté en el párrafo anterior, no imaginan lo refrescante que me resultó ver a Guaidó ser recibido con los honores conferidos a una máxima autoridad republicana. En Bogotá, Londres, Bruselas, París, Ottawa y Washington. Sobre todo en la capital norteamericana. No es baladí haber sido invitado al Discurso del Estado de la Unión, acaso el acto más solemne de la república más antigua del planeta aún en pie. Quienes están al tanto de la política estadounidense saben lo difícil que es que, hoy, demócratas y republicanos aplaudan al unísono. Fue un momento estremecedor. También lo fue la recepción de Guaidó en la Casa Blanca. Hasta el hecho de que se haya alojado en la Blair House, el edificio oficial destinado a los invitados del Presidente de Estados Unidos, transmite un mensaje. Un mensaje de majestad, y no de la majestad emanada de un monarca ante el cual hay que arrodillarse, sino, al contrario, de un servidor público con las más importantes responsabilidades, y que es reconocido como tal por sus pares de otras latitudes.

Es algo que se perdió en estos 21 años de revolución. Las formas han estado en perfecta concordancia con el fondo, por decirlo en términos coloquiales. La dignidad de las instituciones republicanas fue desplazada por la chabacanería. El líder populista tiene que lucir una cara despojada de distinciones, que lo haga una encarnación de la cotidianidad confianzuda, única en la que el trato soez es admisible, por su inherente relajación divorciada del trabajo en las más altas esferas del Estado. Paradójicamente, entre tanto, dicho líder es erigido como una deidad. Las deidades tienen poderes de los que los mortales no gozan y, ergo, privilegios de los que los morales no gozan. De eso se ha tratado la pérdida de la noción del servidor público, que pone al Estado a trabajar por la sociedad, en vez de usarlo como una mina de oro privada. Sin esa noción, tampoco existe la majestad que la rodea.

La ausencia la podemos ver también en las relaciones del régimen, no con quienes lo repudian, ¡sino con sus aliados! Con socios de los que cabría esperar un trato entre iguales. No lo hay. Me parece que he abordado el punto antes en esta columna. No importa, porque cabe ser reiterativo al respecto. Nicolás Maduro y los demás integrantes de la elite chavista se la pasan yendo a La Habana, Moscú y Pekín. En cambio, las visitas de las mayores autoridades cubanas, rusas o chinas a Caracas se pueden contar con los dedos de una mano. Hay una relación de dependencia muy obvia.

Pero no siempre fuimos así. Hubo una época cuando nuestros representantes tenían el barniz majestuoso, dentro y fuera del país, que les corresponde idealmente. Es fácil adivinar cuál fue ese período. Sólo en democracia la legitimidad legal y racional weberiana tiene aquel halo. Ciertamente, el primer jefe de Estado venezolano en viajar al extranjero, Isaías Medina Angarita, no era un demócrata, pero sí fue alguien que nos acercó a la democracia tanto como nunca antes se hizo, lo cual era bastante en una época en la que el internacionalismo liberal democrático todavía no se había globalizado.

Después de eso, hubo abundantes visitas oficiales de mandatarios venezolanos a otras tierras, siempre con el reconocimiento digno que estas figuras ameritaron. Rómulo Gallegos estuvo en Estados Unidos en 1948, al igual que su tocayo y pupilo Betancourt en 1963. Como Guaidó, Rafael Caldera fue invitado al Congreso norteamericano en 1970, y tuvo el honor de dar un discurso ante ambas cámaras. Carlos Andrés Pérez fue un activo viajero: estuvo en México en 1975; en cuatro naciones árabes, Irán y Austria, en 1977; en EE.UU., en 1990; y en Suiza, por el Foro de Davos, en 1992 (justo antes del golpe de febrero). Por su parte, Luis Herrera, acudió a Colombia en 1984, poco antes de concluir su mandato, mientras que Jaime Lusinchi viajó a Argentina, Uruguay, España y Portugal en 1986; a México, Dominica, Santa Lucía, Barbados, Granada y Guyana en 1987; y a Japón, Italia, Yugoslavia, Egipto y San Vicente y las Granadinas en 1988.

A diferencia del Estado paria y sin trato igualitario por parte de sus aliados que Venezuela es hoy, en democracia nuestra nación recibió numerosas visitas de los más diversos jefes de Estado y de gobierno. Célebre fue la de John F. Kennedy en 1961. Le siguió la del Presidente de Francia, Charles de Gaulle, en 1964 (se dice que quedó impresionado con el Paseo Los Próceres); el Presidente de Chile, Salvador Allende, en 1972; los reyes españoles Juan Carlos y Sofía, así como el Presidente de Senegal, Léopold Sédar Senghor, en 1977; el Presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, en 1978; el Presidente de El Salvador, José Napoleón Duarte, en 1984; el papa Juan Pablo II y los mandatarios de Uruguay y Países Bajos (Julio María Sanguinetti y Rudd Lubbers, respectivamente) en 1985; los jefes de gobierno de Trinidad y Tobago y Noruega (George Chambers y Gro Harlem Brundtland) en 1986; la reina holandesa Beatriz y los presidentes de Brasil, Perú y Guyana (José Sarney, Alan García y Desmond Hoyte, respectivamente) en 1987; los presidentes de México, España y Francia (Carlos Salinas de Gortari, Felipe González y François Mitterand, respectivamente) en 1989; el Presidente de Estados Unidos, George Bush, en 1990; de nuevo, el pontífice Juan Pablo II en 1996; y el Presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, en 1997.

Ciertamente, también por Maiquetía entraron mandatarios autoritarios: Alejandro Lanusse (1972), Mohammad Reza Pahlavi (1975), Josip Tito (1976), Jorge Rafael Videla (1977), Hugo Banzer (1977), Chadli Bendjedid (1985), Zhao Zinyang (1985) y, por supuesto, Fidel Castro (1989 y 1997). Pero claramente son minoría ante los demócratas, y la diversidad ideológica de este conjunto despótico da cuenta de la independencia de la política exterior venezolana de aquel entonces. Algo muy diferente a lo que dice la propaganda chavista sobre los “lacayos del imperio”.

Pido disculpas si buena parte de este artículo tiene un formato enumerativo tedioso que rompe con el estilo ensayístico que toda columna de opinión debe tener. Quise ser acucioso (a pesar de lo cual no dudo que varios datos se me escaparon) resaltadno el punto sobre el reconocimiento del Estado venezolano, como un ente respetable, por las democracias del mundo durante la democracia. Yo no lo viví. Otros sí, y seguramente la novedad que para mí significó la gira de Guaidó, para aquellos más bien fue nostalgia por un pasado imperfecto, pero mucho mejor que el presente. Esta gira, me parece, nos ha dado algo más de ánimo sobre la posibilidad de que nuestro futuro también mejore.

 

Estimado lector, en caso de no lo haya hecho, es momento de aceptarlo: nuevamente se ha subestimado la habilidad del chavismo para mantenerse en el poder. Esto es lo único que le interesa a la elite gobernante, aquello a lo que consagra absolutamente todos sus esfuerzos, lo cual indica en parte por qué Venezuela hoy es un desastre total. Entretanto, la oposición ha optado acertadamente por una estrategia que combina presiones interna y externa. Pero no ha logrado ser constante con la primera y se ha conseguido con obstáculos inesperados en la segunda, que es en la que me voy a enfocar.

La presión externa consiste fundamentalmente en sanciones internacionales impuestas por los gobiernos que favorecen la causa democrática venezolana, contra los cabecillas del régimen y sus fuentes de ingresos. La mayoría proviene de Estados Unidos, que es precisamente el que tiene mayor capacidad para presionar por esta vía, considerando el tamaño de sus mercados y sistema financiero, cuyo acceso las sanciones restringen. Empero, las sanciones no han sido tan efectivas como pudieran ser, debido, en primer lugar, a la falta de multilateralidad (otros gobiernos aliados de la oposición venezolana no han adoptado medidas similares) y, en segundo lugar, a la interferencia de un tercero severamente nocivo: Rusia.

Los politólogos Steven Levitsky y Lukan Way, en un maravilloso ensayo de investigación publicado en 2006, sostienen que la capacidad de una potencia para presionar a un Estado más débil en dirección hacia la democratización se ve coartada si otra potencia interviene a favor del régimen autoritario presionado. Eso es exactamente lo que Rusia ha estado haciendo, erigiéndose así en la máxima protectora del chavismo y cooperando con este para eludir las sanciones norteamericanas o minimizar sus efectos. Por ejemplo, manteniendo el flujo de exportaciones petroleras pese a que Pdvsa está penalizada por Washington. No digo que sea la única razón, pero estoy convencido de que es una de las principales por las que el régimen venezolano está a punto de cumplir un año resistiendo sanciones. Si bien la alianza entre el Kremlin y Miraflores no es cosa nueva y desde un principio cabía esperar que Vladimir Putin le echaría una mano a su beneficiario caribeño, a principios del año pasado la creencia generalizada (incluyendo la mía, lo admito), era que no llegaría tan lejos.

Hasta EE.UU., en boca del enviado especial del Departamento de Estado para Venezuela, Elliott Abrams, reconoció en declaraciones recientes que subestimaron la participación rusa en el tablero venezolano.

Ahora bien, cabe preguntarse por qué Rusia ha insistido tanto en respaldar al chavismo y mantener un pie en Venezuela. Después de todo, el trópico suramericano está bastante lejos de su zona de influencia en Europa Oriental y Asia Central. Hay diferentes explicaciones para esta conducta desde el punto de vista de distintas teorías de relaciones internacionales. Personalmente, me inclino por aplicar al caso venezolano los postulados de Kimberly Marten, politóloga e internacionalista, con especialidad en Rusia. Según Marten, la política exterior de los Estados en buena medida está determinada por la forma en que se ejerce el poder dentro de ellos mismos. En Rusia, dicho ejercicio del poder históricamente ha estado caracterizado por redes de clientelismo, mediante las cuales los gobernantes, para asegurar su estabilidad, actúan como patrones, protegiendo, a menudo de manera no transparente, los intereses de un conjunto de privilegiados que fungen de clientes. Estos a su vez reproducen el esquema con sus propias redes de clientelismo.

Es un fenómeno de orden político y económico que se remonta a los zares, perseveró durante la era soviética y sigue manifestándose hoy.

Putin, como parte de sus ambiciones por hacer de Rusia una potencia mundial, ha replicado el esquema en diversos puntos del globo, con regímenes clientes, casi todos ellos autoritarios. Un buen patrón es aquel que genera confianza demostrando que intercede a favor de sus clientes cuando ellos se sientan amenazados. Si no lo hiciera, los clientes no tendrían razones para confiar en el patrón. Eso no solo impediría a Rusia captar clientes nuevos allende sus fronteras, sino que además socavaría la confianza de los clientes de Putin dentro de la propia Rusia, lo cual pondría en entredicho su estabilidad.

De cara a unos Estados Unidos que ya no están tan dispuestos a hacer de “policía del mundo”, Rusia ha aumentado su influencia global y ha captado nuevos clientes, sobre todo en el Medio Oriente y el África Subsahariana. El régimen chavista, por desgracia, se ha vuelto uno de esos clientes. Tal vez Putin no tomó la iniciativa en este caso. Es probable que haya sido el chavismo quien, anticipando su aislamiento del mundo democrático, haya comenzado la aproximación.

Como sea, hoy figuran en la lista de protegidos de Moscú. Y, por las razones expuestas en el párrafo anterior, Putin puede llegar bastante lejos en la defensa de sus protegidos.

Veamos a Siria, el cliente ruso más prominente. La relación clientelar no es nueva. Se remonta a los años 60 del siglo pasado, cuando el “baatismo”, una suerte de panarabismo moderadamente socialista, llegó al poder en Damasco. Su antipatía hacia Occidente, sobre todo Estados Unidos, hacía de esta ideología una aliada natural de la Unión Soviética. La cooperación incrementó sobre todo luego del golpe de Estado de Hafez Al Assad en 1970. Ventas de armas, entrenamiento de soldados sirios en la URSS, el establecimiento de una base naval soviética en el Mediterráneo árabe (heredada por Rusia y aún ocupada), etc. Literalmente, el vínculo ya era cosa de familia cuando Assad murió en el año 2000 y lo sucedió su hijo, Bashar, el actual sátrapa de Damasco.

Cuando se desató aquella reacción en cadena que pasó a la historia como la Primara Árabe y tocó las puertas de Damasco, parecía que Bashar Al Assad sería el siguiente eslabón en romperse, luego de la caída de los déspotas de Túnez, Egipto y Libia. Pero ahí sigue el hombre, casi una década después. En vez de una revolución fugaz, Siria se sumió en una guerra civil que está entre los conflictos más cruentos y destructivos en lo que va de sigo XXI. Para 2015, el régimen de Assad controlaba más o menos un tercio del territorio sirio. El resto estaba en manos de la oposición armada y del grupo terrorista Estado Islámico.  Sin embargo, en septiembre de ese año, Rusia, que hasta entonces se había limitado a apoyar a su cliente con asesorías políticas y bélicas, comenzó a intervenir directa y militarmente en la guerra civil, despachando un número limitado de tropas de tierra y, sobre todo, bombardeando desde el aire posiciones castrenses (y civiles) en zonas controladas por los rebeldes. También han hecho de las suyas en Siria los paramilitares del llamado Grupo Wagner (empresa de mercenarios cercana a Putin y a las Fuerzas Armadas rusas).

A partir de 2017, las fuerzas leales a Assad comenzaron a recuperar buena parte del territorio perdido. Hoy, controlan aproximadamente dos tercios del país. Si bien ello obedece a diversos factores, incluyendo la pérdida para el Estado Islámico de todo el territorio en sus manos gracias a la ofensiva de Estados Unidos y sus aliados, la intervención rusa fue un factor crucial cambiando la suerte de la dictadura en Damasco. No hay que ser un Napoleón para saber que las guerras suponen gastos millonarios para quienes las emprenden. Además, reportes extraoficiales indican que cientos de rusos (entre soldados formales y paramilitares) han muerto en Siria.

Pero, a pesar de estos costos, Siria es hoy una suerte de protectorado militar del Kremlin. Todo indica que Assad, el cliente satisfecho, no tendrá por lo pronto el mismo destino de otros tiranos en el Medio Oriente.

Mi propósito con este relato es demostrar que, cuando se lo propone, el Kremlin es capaz tomar medidas extremas para proteger a un cliente. No pretendo de ninguna manera asegurar que exista la misma disposición para proteger al chavismo. Como sea, entre los retos de la oposición venezolana y sus aliados internacionales en 2020 está lidiar con el patrón de Miraflores.

 

@AAAD25

Sin pasado notable y con un futuro terrible

La política venezolana siempre puede ser un poco más repulsiva bajo el chavismo. Cada nueva maniobra para retener el poder y los privilegios asociados es una nueva afrenta a la decencia y la moral. Como dice la sabrosa canción de Ray Barretto, testigos fuimos de esta vileza el domingo pasado. El intento de romper el cuórum que Juan Guaidó requería para ser reelecto presidente de la Asamblea Nacional, persiguiendo a un diputado por aquí y corrompiendo a otro por allá, no sirvió. Así que el régimen recurrió a una jugada mucho más brutal al impedir, manu militari, el acceso de la mayoría disidente al Palacio Federal Legislativo, enviar al Capitolio a su propia bancada junto con varios dizque opositores a sesionar sin cuórum verificado e imponer a Luis Parra como “presidente” del Parlamento.

Si esto no fuera lo suficientemente ruin, tengamos en cuenta a qué se debe la ruptura entre aquellos diputados que se hacen llamar opositores y sus ex correligionarios. Hace un mes el portal de periodismo investigativo Armando Info reveló que buena parte de esos parlamentarios realizó gestiones para limpiar en el extranjero la imagen de empresarios investigados por autoridades de varios países a raíz de sus negocios turbios con la importación y distribución de comida para los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP). Hablamos de personas que se han lucrado a partir del hambre de venezolanos empobrecidos, y del control social que pesa como yugo sobre ellos. Parra, de acuerdo con el reportaje, fue el enlace entre los diputados y los beneficiarios de sus gestiones. Visto esto, nadie puede pensar que esos parlamentarios, que aseguran seguir siendo opositores, actúan por ingenuidad o por algún sentido profundamente equivocado de deber patrio.

Dado que la llamada “Asamblea Nacional Constituyente” no recibió la legitimidad que sus creadores pretendían allende nuestras fronteras, parece que ahora esperan que una asamblea nacional paralela cumpla el mismo papel en la realización de aspiraciones que tienen tiempo sobre el tapete. No hablo de legitimidad ante las democracias del mundo que reconocen a Guaidó y que se pronunciaron taxativamente en contra de los hechos del domingo, pero sí ante actores internacionales más afines al chavismo o “neutrales”. Por ejemplo, este parlamento que Parra “preside” pero que el régimen controla de facto pudiera aprobar el crédito de la Corporación Andina de Fomento cuyo propósito supuestamente es recuperar la infraestructura eléctrica venezolana maltrecha, cosa que la AN se ha negado a hacer por cuestionamientos sobre el manejo de fondos. Más importante aun, podría aprobar el aumento de la presencia de capital extranjero, sobre todo ruso, en la industria petrolera, igualmente hecha una ruina, a ver si logran recuperar esa fuente de divisas. En efecto, diputados de oposición (la de verdad) alertaron esta semana sobre tales intenciones, según reportó el portal La Patilla.

Hablando de Rusia, esta nueva “oposición” que el chavismo escogió y que ahora defiende a capa y espada es una muestra más de que la política venezolana ya no se estaría cubanizando, sino rusificando. No es lo mismo, pero tampoco es mejor. Rusia, con su simulación de democracia plural, está ligeramente por debajo de Cuba, un régimen de partido único, en el Índice de Democracia de la revista The Economist

Las dos ediciones inmediatamente anteriores de esta columna estuvieron consagradas a describir las similitudes políticas y económicas entre Caracas y Moscú. Brevemente aludí al hecho de que en Rusia hay dos tipos de oposición. Una es antisistema y permanentemente perseguida, y no se le permite participar en elecciones. Es el caso, solo por mencionar a su dirigente más notable, de Alexei Navalny. La otra oposición sí está habilitada para competir en elecciones y se le conceden cuotas minúsculas de poder, así como las rentas asociadas, siempre y cuando siga las reglas del régimen de Vladimir Putin (diseñadas para mantener al dictador en el Kremlin a como dé lugar) y nunca lo desafíen realmente, por más que emitan discursos en la Duma contra el mandamás.

Un observador de la política rusa pudiera señalar que la comparación no es adecuada, puesto que en el parlamento eslavo la oposición oficial siempre es una clara minoría y nunca es elevada a la posición directiva de la cámara. Esto es irrelevante. Mientras el poder de facto se encuentre en otra parte, toda autoridad titular de la que la oposición goce es un cascarón vacío. De hecho, ha habido casos de figuras disidentes que alcanzan las que se supone que son las máximas posiciones de poder en sus respectivos países luego de negociar acuerdos con quienes realmente ejercen el poder. A continuación veremos un ejemplo desconcertante que me permitirá además dejar de aludir tanto a la tierra de la vodka y el mejor ballet del orbe (pido disculpas sí lo he hecho en exceso por estos días, pero la creciente influencia rusa en Venezuela así lo exige).

Aung San Suu Kyi es un nombre que debería conocer toda persona preocupada por la suerte de la democracia alrededor del mundo, venezolanos incluidos, aunque su país esté al otro lado del globo con respecto al nuestro. Se trata de Myanmar, el Estado en el sureste asiático antes llamado “Birmania”. Casi toda su trayectoria tras el fin de la colonia británica en 1948 ha estado marcada por una dictadura militar espeluznantemente inhumana. Aung San Suu Kyi, hija de uno de los líderes de la campaña por la independencia birmana, se erigió a finales de los 80 como activista por la democracia en su tierra. Por ello, los generales la pusieron bajo arresto domiciliario en 1989. Estuvo intermitentemente confinada a su residencia entre esa fecha y 2010, cuando fue liberada definitivamente. En todo ese tiempo fue acaso la presa política más célebre desde Nelson Mandela, quien culminó su cautiverio poco después que el de ella iniciara. Su actitud constantemente retadora ante la dictadura le valió admiración mundial y el Premio Nobel de la Paz de 1991, entre otros reconocimientos.

Bajo fuerte presión internacional, el régimen castrense emprendió entre las décadas de 2000 y 2010 un conjunto de reformas de liberalización política moderada. El partido de Suu Kyi, la Liga Nacional para la Democracia, participó en las elecciones parlamentarias de 2015 y logró una victoria aplastante. Suu Kyi asumió al año siguiente el cargo de “consejera estatal”, que en teoría equivale al de primer ministro en las democracias parlamentarias y que en este caso debía supervisar la transición de régimen autoritario a democracia o, al menos, régimen híbrido. De presa política a mandataria. Parecía que la historia de Mandela se estaba repitiendo… Pero no.

Lamentablemente los uniformados han seguido siendo los mayores depositarios del poder en Myanmar, y el margen de maniobra de Suu Kyi es bastante limitado. En 2015, el país salió del foso en el ya referido Índice de Democracia para colocarse (excusas a quienes odian este verbo) en una posición aún baja aunque muy superior a la que hasta entonces tuvo, pero luego volvió a decaer ligeramente. Lo que es peor, Suu Kyi ha hecho apología ante el mundo de algunas de las prácticas más espantosas de los militares. Sin duda la más prominente e infame es la limpieza étnica ejecutada contra los rohingya, una minoría étnica musulmana que habita el oeste del país y que históricamente ha sido detestada por la mayoría budista. Los testimonios sobre asesinatos, violaciones y desplazamiento forzoso que salen de la zona son horrorosos. Suu Kyi, apelando al nacionalismo, ha desestimado la condena internacional de estos hechos.

Pues bien, si alguien con la gloriosa trayectoria pasada de Suu Kyi ya está comprometiendo seriamente el lugar que la historia le depara con su comportamiento reciente, imaginen ustedes qué quedará para personajes como Luis Parra y los diputados “opositores” que votaron por él. Cabe prepararnos para verlos a todos, tal como la consejera estatal birmana, cumpliendo con los deseos de la elite chavista a la que dicen adversar, siempre con el pretexto de que deben subordinar sus diferencias a los del bienestar colectivo venezolano y de que los extranjeros no tienen derecho a meter sus narices (a menos, claro, que sea la nariz peterburguesa concebida por Gogol). Como si no lleváramos 21 años gobernados por la clase política más desinteresada por dicho bienestar.

A nadie debería sorprender que aquella asamblea apruebe rápidamente la sustitución de Tibisay Lucena y los demás rectores del Consejo Nacional Electoral (olvídense del cuórum necesario para eso; ya vimos el domingo cómo se toman esa y otras reglas) como pretendido gesto de que las elecciones por venir sí serán libres y justas. Supongamos además que a los partidos de los que Parra y compañía fueron deshonrosamente eyectados les hacen lo mismo que a Copei, y que sus símbolos y siglas quedan en manos de los repelidos. Luego aparecen mágicamente inscritos de nuevo en el CNE y habilitados para elecciones. Se dan los comicios parlamentarios, la oposición liderada por Guaidó se abstiene, la “otra” participa y queda en minoría mientras que el chavismo obtiene la mayoría absoluta. Y así, queda una parlamento multicolor, con buena parte de las banderas “opositoras” presentes. Democracia à la Moscú.

En la edición pasada de esta columna discutimos qué similitudes y diferencias hay entre el retiro informal de controles económicos llevado a cabo por el régimen chavista y las reformas de Mijaíl Gorbachov en la extinta Unión Soviética. Hoy toca discutir otro modelo sobre el cual, hipotéticamente, Miraflores puso el ojo, con el propósito de aproximarnos al tipo de orden que los jerarcas del PSUV aspiran a imponer en Venezuela. De nuevo, es necesario mirar en dirección hacia la tierra de Mussorgsky y el caviar de esturión.

Incluso antes de que Nicolás Maduro ensalzara las virtudes de una dolarización caótica y, con discreción, se interrumpiera la tradición navideña chavista de apretar las tuercas al control de precios y obligar a comerciantes a vender su mercancía con montos ruinosos hacia diciembre, se ha especulado sobre la posibilidad de que el régimen, solo por sobrevivir, reemplazara a Cuba como principal referente por China o Rusia, sus dos grandes amigos mucho más formidables. Sin embargo, emular a la China post Mao luce sumamente cuesta arriba. No hay ningún Deng Xiaoping en la elite chavista. La rapacidad y la ineptitud son tales que la idea de un crecimiento estratosférico como el de Pekín es risible. En el mejor de los escenarios, el chavismo podría aspirar a perfilarse como el equivalente tropical a la Rusia de Vladimir Putin. Es decir, tener una economía mediocre pero considerablemente mejor a la que hoy hay en Venezuela. China creció sin interrupciones durante esta década y el año pasado su producto interno bruto (PIB) fue el triple de lo que era en 2008, de acuerdo con cifras del Banco Mundial. En Rusia, ese mismo indicador ha sido una montaña… rusa, pues, con varios picos y valles. De hecho el PIB cerró el año pasado ligeramente por debajo de lo que alcanzó en 2008. Ello después de haber gozado del mayor boom de precios del petróleo en la historia. Seguramente el relato es familiar para los venezolanos, con la diferencia que la conclusión de los tiempos de vacas gordas en Rusia no supuso una tragedia humanitaria.

En fin, para seguir el ejemplo que Moscú dio, el chavismo tendría que renunciar explícitamente a buena parte de su bagaje ideológico, al menos en la práctica. Cuando la Unión Soviética se desplomó, Rusia, bajo la conducción de Boris Yeltsin, buscó integrarse al orden democrático y capitalista que en aquel entonces Fukuyama y otros creyeron imbatible. Sin embargo, el caos que supuso la desaparición de la URSS se tradujo en una oleada de privatizaciones no precisamente basada en principios de libre mercado. Personalidades que discretamente acumularon poder durante el ocaso del Estado soviético se hicieron con el control de varios de los sectores clave de la economía y los usaron para enriquecerse de forma grotesca. Esta fue la primera generación de los infames oligarcas rusos, que tantos quebrantos de cabeza le dio a Yeltsin, puesto que aplicó su influencia económica enorme para obtener del Gobierno lo que convenía a su bolsillo. En el proceso contribuyó con la durísima debacle de la economía rusa a finales de los años 90 y con la desilusión de sus compatriotas con el ensayo democrático. Se le atribuye a Lenin, otro hábil animal político eslavo, una expresión que describe el poder como un ente suelto por las calles cuando el descontento social es enorme, listo para ser recogido por alguien. En efecto, cuando terminó el segundo milenio después de Cristo, la mesa estaba servida para que un político de bajo perfil pusiera en práctica su talento perverso y oportunista.

En fin, para seguir el ejemplo que Moscú dio, el chavismo tendría que renunciar explícitamente a buena parte de su bagaje ideológico, al menos en la práctica. Cuando la Unión Soviética se desplomó, Rusia, bajo la conducción de Boris Yeltsin, buscó integrarse al orden democrático y capitalista que en aquel entonces Fukuyama y otros creyeron imbatible.

 

Putin centralizó la administración pública en detrimento de los gobiernos regionales, que se aprovecharon de la debilidad de su predecesor para captar ingresos por cuenta propia. También quebró el poder de los oligarcas de la era Yeltsin, persiguiendo a algunos, haciendo tratos con otros y formando su propio entorno de empresarios leales. Desde entonces, buena parte de la economía rusa ha estado en manos de oligarcas millonarios muy dependientes de sus vínculos con el Kremlin. A cambio de permitirles gozar de sus fortunas, tener un estilo de vida colmado de lujos y hasta fomentar agresivamente sus intereses dentro y fuera de Rusia, el gobierno espera de ellos no solo que se abstengan de usar su dinero para financiar actividades opositoras, sino que además colaboren activamente con la permanencia de Putin en el poder. Todo esto en un entorno de corrupción desbordada y dependencia de unos pocos recursos naturales. Un retrato, de nuevo, familiar para los venezolanos.

El chavismo, pese a sus fuertes inclinaciones marxistas, nunca abolió la propiedad privada ni ordenó una colectivización plena de los medios de producción. Es harto sabido la existencia de una élite empresarial favorable al régimen. Maduro los llama “empresarios patriotas”. Formaron organizaciones patronales y gremiales paralelas para mermar la influencia de las tradicionales e independientes. Hasta tienen un espacio en la ANC, el ente que el chavismo lleva dos años usando como intento de legitimación de su “medalaganaísmo”. Ahora, con el retiro de varios controles, estos señores podrían ver su lealtad recompensada en nuevas oportunidades de negocios. Más aun si la elite chavista le toma la palabra a una de sus “estrellas en ascenso”, Rafael Lacava, sobre privatizar servicios públicos. Privatizar en sí mismo no tiene nada de malo, pero no creo que nadie, excepto sus beneficiarios, lo vean como algo bueno si apesta a crony capitalism. No puede esperarse otra cosa. El chavismo no permitirá un empresariado autónomo fuerte, puesto que el empresariado es parte de la sociedad civil, y una sociedad civil autónoma alienta la democracia.

Así que no es descabellado imaginar que el régimen tenga en mente una relajación continua de regulaciones económicas y privatizaciones que sigan el manual de Yeltsin en cuanto a las preferencias por unos pocos empresarios selectos se refiere, pero que mantenga a estos sometidos, como hace Putin. Por cierto, dejando de lado los aspectos económicos, hay otro aspecto de la Rusia actual que el chavismo pudiera estar buscando imitar. En Rusia hay una distinción entre la oposición permitida y la proscrita. La primera está compuesta por todas o casi todas las organizaciones políticas ajenas a Rusia Unida (el partido de Putin) que cuentan con representación parlamentaria. Se les permite participar en elecciones y controlar algunos gobiernos regionales, siempre y cuando sigan las reglas del juego establecidas por el Kremlin y no lo desafíen realmente. Su principal motivación es el acceso a recursos públicos y a cuotas de poder minúsculas.

Así que no es descabellado imaginar que el régimen tenga en mente una relajación continua de regulaciones económicas y privatizaciones que sigan el manual de Yeltsin en cuanto a las preferencias por unos pocos empresarios selectos se refiere, pero que mantenga a estos sometidos, como hace Putin.

En cambio, la oposición proscrita está vetada de los comicios y es perseguida sistemáticamente con el pretexto de que constituye una amenaza para la seguridad del Estado. Su situación es muy parecida a la de partidos políticos venezolanos como Primero Justicia, Voluntad Popular o Vente Venezuela. Mientras tanto, siguen habilitados para elecciones las organizaciones que se han rehusado a desviarse del orden impuesto por el régimen y que “dialogan” con él. No puedo asegurar que lo hacen por motivos crematísticos, pues no me consta, pero, aunque sea por pura ingenuidad, están desempeñando el mismo papel que la oposición “oficial” en Moscú. Qué tristeza que colaboren con la metamorfosis de Venezuela en un pobre intento de Rusia caribeña. Tristísimo cambio para la que alguna vez fue la democracia modelo de América Latina. Recuperarla sigue siendo el deber de todos los ciudadanos.

No me percaté de ello hasta finales de marzo, durante mi última estadía en Caracas. Terminaba el primer trimestre del año sin que el régimen chavista ordenara las rutinarias razzias de la Sundde, esas abominables, injustas y humillantes visitas de burócratas a comercios para exigirles vender sus productos siguiendo las disposiciones de precios ruinosas ordenadas por los “genios” a cargo de la maltrecha economía venezolana, so riesgo de ser tratado como un delincuente para todo el que se resista. Llamativo, pero no había razón para suponer que fuera simplemente un período de tregua más largo de lo normal. Volví a Nueva York, pasaron meses y meses y nada de razzias.

El control de precios dejó de ser aplicado y como consecuencia natural, los anaqueles volvieron a estar ocupados. Pero además, el mercado paralelo de divisas dejó silenciosamente de ser perseguido. Aunque quedó un duro y relativamente nuevo encaje legal sobre la banca, el chavismo, sin ningún escándalo, se desentendió de varios de los controles económicos que por dos décadas estuvieron entre sus banderas. Por último, Nicolás Maduro no solamente aceptó, sino que celebró la irrupción del dólar como medio de pago en Venezuela. Me voy a ahorrar la exposición del descaro de esta afirmación tras 16 años de control de cambio y criminalización de las transacciones informales con divisas, pues eso abarcaría toda la columna.

Mucho más importante es preguntarse hacia dónde va realmente el orden chavista, si así se le puede llamar. La justificación de los controles siempre reposó en un criterio ideológico de inspiración marxista-leninista. A saber, el libre mercado es un sistema inherentemente injusto que favorece la acumulación de riquezas por parte de un puñado de capitalistas, mientras las masas son empobrecidas y explotadas, así que el Estado, controlado por una vanguardia de los trabajadores, tiene el deber de intervenir para revertir este mal. Si el chavismo decidió dejar el ethos comunistoide como algo meramente simbólico, queda la duda sobre qué tipo de sistema político y económico tiene en mente.

Algunos han señalado que el nuevo modelo será China, una de las dos potencias aliadas del régimen. Pero, como explicaré en el próximo artículo, no creo que esto sea posible. Más bien pienso que ahora el objetivo es emular a Rusia, la otra potencia aliada. En tal sentido, hay dos variantes de la experiencia moscovita que los jerarcas del PSUV pudieran querer imitar, parcial o totalmente. En la edición de hoy de esta columna veremos la primera de ellas, que es la etapa final en la historia de la Unión Soviética. En la siguiente, tocará a la segunda.

 

Los cambios recientes en Venezuela han sido llamados perestroika, el concepto más frecuentemente asociado con la URSS en los días de Mijaíl Gorbachov. Perestroika significa “reestructuración”. Fue un conjunto de políticas económicas introducidas por el nuevo liderazgo soviético a mediados de los años 80, como respuesta al estancamiento de la economía arrastrado desde la década anterior. Mientras que Estados Unidos y otros países occidentales, rivales capitalistas y liberales, se recuperaban de la turbulencia de los 70, la URSS se rezagaba. Cada vez le era más difícil satisfacer las necesidades de sus habitantes. No era solo un problema económico, pues el atraso suponía asimismo el riesgo de menor capacidad para innovar tecnológica y militarmente, lo que comprometía la seguridad del Estado soviético en la Guerra Fría. Así que había una necesidad existencial de romper con el statu quo, aunque implicara desechar parte del dogma oficial. Pero el objetivo no era abandonar el socialismo, ni disolver la URSS. Creer esto es un error común. La idea, más bien, era preservar la Unión Soviética haciendo el socialismo “más eficiente”.

Las reformas de Gorbachov permitieron una forma limitada de propiedad privada, algo no visto desde la derogación de la Nueva Política Económica de Lenin en 1928. Por supuesto, las grandes industrias que sostenían la economía, como el petróleo y el gas, siguieron bajo control estatal. Solo se permitió a los ciudadanos administrar algunos negocios pequeños de manera privada. Asimismo se autorizó la formación de empresas mixtas entre el Estado soviético y capital extranjero, algo que el chavismo tiene años haciendo y que pudiera profundizarse próximamente, dado que es este capital el que mantiene a flote lo poco que queda de explotación petrolera. También las empresas públicas soviéticas pudieron ajustar su producción a la demanda, en vez de obedecer las directrices de la planificación central. Sin embargo, se mantuvieron en la URSS los controles de precio, que el chavismo no ha vuelto a aplicar, así como otras regulaciones nocivas para el crecimiento.

Este reformismo de medias tintas no logró de ninguna manera levantar la economía soviética. Las empresas estatales siguieron siendo terriblemente ineficientes y requirieron de un gasto público cuantioso. La escasez y la inflación siguieron siendo elevadas y el descontento poco a poco fue en aumento, hasta llegar al punto en el que las repúblicas menores, donde renació el nacionalismo, se declararon independientes, mientras que en Rusia el hombre de la ruptura con el sistema comunista, Boris Yeltsin, se hizo con el poder, ante la aprobación activa o pasiva de la mayoría de la población.

Aquel descontento pudo estallar más fácilmente gracias a la glasnost, la política hermana de la perestroika presentada por Gorbachov. Significa “apertura” y consistió en una mayor tolerancia a la disidencia. Empezó con los medios de comunicación, a los que por primera vez se les permitió criticar al gobierno. Luego, en 1989, se celebraron las primeras elecciones relativamente libres. Aunque las organizaciones políticas opositoras siguieron prohibidas, los candidatos oficialistas tuvieron un desempeño sorprendentemente negativo ante sus rivales independientes. Ese fue el resultado de no saber competir en comicios, pues nunca se habían visto en la necesidad de hacerlo antes.

Podemos apreciar que algunos de los cambios vistos en el último año en Venezuela tienen algún parecido con la perestroika. Hasta cierto punto, hay un ambiente más favorable para las operaciones del sector privado, pero las industrias venezolanas más importantes siguen en manos del régimen. Así como la perestroika no pudo levantar el aparato productivo soviético, la mayoría de los economistas venezolanos se mantiene escéptica sobre la posibilidad de que haya una mejora significativa en el largo plazo que ponga fin a la crisis humanitaria y devuelva a todo el país condiciones de vida decentes. Como mucho, es posible que siga este nuevo ambiente de mayor actividad económica entre el minúsculo sector de la población con acceso frecuente y relativamente amplio al dólar, lo cual acentuará las desigualdades ya extremas que hay en la nación. El “nuevo orden” del chavismo, que llegó al poder prometiendo acabar con esas desigualdades y la pobreza, solo beneficia a las capas más privilegiadas de la sociedad (cuyos miembros no tienen ninguna culpa, por cierto).

Además, la perestroika fue una política formal de reformas. Lo que el chavismo ha hecho es dejar de aplicar algunas de sus propias normas catastróficas, dejando que los agentes del mercado actúen sin estas ataduras, pero sin introducir un marco jurídico que garantice la “libertad”. Así como hoy lo permiten, mañana mismo pueden volver a bloquear todo. Considerando el largo historial de desprecio chavista a la ley, incluso si apareciera una Gaceta Oficial eliminando formalmente los controles, la confianza de los agentes económicos, necesaria para el crecimiento, no volvería de la noche a la mañana.

 

Finalmente, hay que decir que esta perestroika chavista viene sin nada de glasnost. La elite gobernante no ha dado ni una muestra de impulso democratizador moderado. Por el contrario, la falta de instituciones democráticas es cada vez peor. La hostilidad a la prensa independiente se agrava, con amenazas a periodistas y bloqueos digitales en momentos delicados para el régimen. Asimismo, no hay ninguna razón para suponer que el chavismo autorizará cambios al sistema electoral que permitan arrebatarle el poder por vía del voto. Sustituir los rectores del CNE, como supuestamente planean, es algo puramente cosmético. Mientras que en la URSS a finales de los 80 la disidencia ingresó por primera vez al Congreso y pudo elevar su voz contra el oficialismo, el régimen venezolano ha proscrito la participación de la mayoría de los partidos opositores, quedando solo aquellos que aceptaron “negociar” con él, en un esquema que no les permite desafiarlo realmente, lo cual veremos con más detalle en el próximo artículo.

Posdata: Notarán que en esta edición de la columna solo se habla de lo que pudiera ser el futuro de Venezuela bajo el chavismo, sin mencionar a la oposición que sí está haciendo algo por frenar al régimen. No es mi intención desestimar sus esfuerzos, pero lamentablemente una vez más está claro que los mismos no tienen el éxito garantizado. Por ello, sin menoscabo del respaldo a la dirigencia opositora, creo que es un deber de quienes estudiamos la política venezolana contemplar la posibilidad de que ese cambio tan deseado no esté a la vuelta de la esquina y hacer nuestro aporte para que quienes siguen en Venezuela puedan tomar decisiones que les permitan llevar vidas tan poco duras como sea posible.

@AAAD25