Alejandro Armas, autor en Runrun

Alejandro Armas

Alejandro Armas Jul 03, 2020 | Actualizado hace 1 semana
El imitador de Nixon, por Alejandro Armas

@AAAD25 

Amigos, ¡hablemos de elecciones! No, no de lo que el “nuevo” Consejo Nacional Electoral convocó para el 6 de diciembre, llámenlo como lo quieran llamar. Me refiero a comicios auténticos, propios de una república democrática donde el gobierno no escoge a sus adversarios ni el sufragio es vigilado mediante un carnet. Conversemos, pues, sobre las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Como van las cosas, los venezolanos acaso se interesen más por ese proceso que por lo que sea que salga de la simulación de democracia pactada por el régimen chavista y su oposición prêt-à-porter.

No solo porque a fin de cuentas los norteamericanos volverán a su cita cuatrienal para seleccionar al líder de la nación más poderosa del orbe y responsable de decisiones de impacto global, sino porque también elegirán quién encabezará el más influyente e importante aliado de la causa democrática criolla.

Así que, ¿cómo marcha todo en el “imperio” de cara a las elecciones presidenciales? Bueno, pareciera que la epidemia de coronavirus, así como las protestas contra la brutalidad policial y el racismo a raíz del asesinato del ciudadano George Floyd, han hecho que los comicios pasen a un segundo o tercer plano. Pero inevitablemente todo se conecta. Ello es lo que explica por qué la posición de Donald Trump en los sondeos de intención de voto atraviesa su peor momento desde que arrancó la contienda. La mayoría pone al mandatario más o menos diez puntos porcentuales por debajo de su contrincante demócrata, el exvicepresidente Joe Biden, a nivel nacional, y en aprietos en varios de los estados que muy probablemente decidirán la elección.

A Trump le iba mucho mejor hace unos meses. Pero como dije, el coronavirus y las manifestaciones afectaron la evaluación de su desempeño por los votantes.

La forma en que Estados Unidos ha manejado la epidemia ha sido incuestionablemente deficiente, lo cual es atribuido por muchos al hecho de que la Casa Blanca subestimó el flagelo, en primer lugar, y a alentara lo que expertos en sanidad pública consideran que fue un retiro apresurado de las medidas de cuarentena. Como resultado, mientras que en Europa las cifras de contagio han ido cayendo poco a poco, en EE. UU. se mantienen en niveles récord. Van más de 2,5 millones de casos confirmados y alrededor de 120.000 muertos. Ambas cifras son las más elevadas del mundo. Más estadounidenses han muerto por el virus que en las guerras de Corea, Vietnam, el Golfo, Afganistán e Irak, combinadas.

Las encuestas indican que la gran mayoría de los estadounidenses desaprueba cómo Trump ha lidiado con el coronavirus. Y lo mismo sucede con las protestas. Es en ellas que me quiero detener, para apreciar dos hipótesis sobre su impacto electoral. De acuerdo con una, arrojada cuando la efervescencia callejera estuvo en su apogeo hace algunas semanas, en realidad las manifestaciones le convendrían a Trump. Para entender esta hipótesis, valga el siguiente preámbulo. El populismo de Trump explota las inquietudes de un gran sector demográfico. A saber, los blancos conservadores. Entre dichas inquietudes resalta la sensación de haber caído en el olvido por una elite política obsesionada con atender las necesidades de otros colectivos. Otra es aquello a lo que Bauman se refiere como la aversión a los “babosos extraños”. Es decir, a las minorías étnica o culturalmente diferentes.

Los blancos conservadores que integran el grueso de la base de Trump, y que habitan sobre todo los suburbios y zonas rurales, pudieron haber quedado conmocionados viendo en sus televisores y celulares los videos de disturbios y saqueos en los que degeneraron varias de las protestas, todo ello en grandes ciudades que, en cambio, están repletas de minorías étnicas. Así que, de acuerdo con la hipótesis aludida, el temor a que un caos asociado con los reclamos de las minorías se apodere del país entero movilizaría decididamente a suficientes blancos conservadores para que Trump repita su éxito de 2016. El propio Trump acarició esta idea y no en balde enfocó su mensaje en los componentes violentos de las protestas, comprometiéndose a hacer lo que fuera con tal restaurar la normalidad. Incluso a tomar medidas desproporcionadamente represivas. Todo esto sintetizado una consigna común en la política estadounidense (sobre todo en la derecha): “ley y orden”.

Tanto los seguidores del presidente como algunos de sus detractores se adhirieron a esta hipótesis, los unos con entusiasmo, los otros con alarma. Para respaldar su argumento, trazaron un paralelismo con la victoria electoral de Richard Nixon en 1968. Ah, la legendaria década de los 60, tal vez la más importante de todo el siglo XX en términos culturales. Comenzó irónicamente con la derrota de Nixon ante John F. Kennedy. Su primera mitad estuvo marcada en Estados Unidos por la cúspide del movimiento por los derechos civiles y la legislación que puso fin al racismo legalmente sancionado. Este fue el período de mayor activismo pacífico de la mano de figuras como Martin Luther King (un ambiente retratado recientemente en Selma, la película de Ava DuVernay).

En cambio, algo que marcó la segunda mitad de la década fue una sucesión de tumultos raciales desatados por razones similares a las del asesinato de Floyd más de medio siglo después. La lista es larga: Los Ángeles en 1965, Detroit en 1967 y un gran número de ciudades en 1968 simultáneamente, como resultado de las balas que ultimaron a King.

Bien conocida es la apelación de Nixon en la campaña de este último año, igualmente con el mensaje de ley y orden, a la “mayoría silenciosa”: un bloque de ciudadanos conservadores ajenos a las protestas contra el racismo y la Guerra de Vietnam, y que, a diferencia de quienes participaban en ellas, no llamaban la atención, precisamente por su pasividad. Pero estaban ahí, latentes y alarmados por la situación de su país.

Varios estudios han concluido que cuando las protestas fueron principalmente pacíficas durante la primera mitad de los 60, ello estuvo correlacionado con un aumento en el apoyo al Partido Demócrata, que hizo suya la bandera de los derechos civiles. Quizá la correlación ayudó a Lyndon Johnson a ser electo en 1964. Por el contrario, la violencia de los disturbios que abundaron en la segunda mitad de la década inclinó la balanza hacia los republicanos. Ergo, Nixon resucitó como un fénix luego de que su carrera política pareciera acabada.

Así pues, Trump estaría buscando emular a Nixon, lo cual nos lleva a la segunda hipótesis, que niega que la imitación está condenada al fracaso.

La primera persona que me puso a pensar al respecto fue Jamelle Bouie, un periodista con el que suelo disentir por sus coqueteos con el populismo de izquierda. Pero su artículo de opinión en The New York Times sobre este asunto particular me resultó muy impactante. Bouie sostiene que Trump no puede hacer de Nixon por dos razones. La primera es tan obvia que no sé cómo tantos, yo incluido, la pasamos por alto. A diferencia de Nixon, Trump es el presidente en ejercicio. Si el país arde, le será mucho más difícil convencer a sus seguidores que todo es culpa de otros. Incluso si ellos lo creyeran así, le pueden achacar no cumplir con su promesa de ley y orden. Sería entonces Joe Biden quien pudiera señalar a Trump por incompetencia y, con su larga trayectoria política, presentarse como una alternativa atractiva al jefe de Estado outsider.

La segunda razón es que el perfil demográfico de Estados Unidos ha cambiado mucho en 50 años. En 1970, 87,5 % de la población norteamericana era blanca. En 2010 (año del último censo), esa proporción fue 72,4 %. Además, la población blanca con opiniones negativas sobre las minorías se ha reducido considerablemente.

La segunda hipótesis es la que en este momento luce más fuerte. Sin embargo, hay que recordar que las encuestas pueden equivocarse. Mucho. Se equivocaron con el propio Trump en 2016. Aparte, faltan cuatro meses para las elecciones y la suerte del presidente pudiera cambiar. Quizá la economía, noqueada por el coronavirus, se levanta más rápido de lo imaginado, por ejemplo. En fin, veremos. Yo al menos estaré más pendiente de ver cómo están los ánimos en Ohio y Wisconsin que de un acto de campaña de candidatos de Avanzada Progresista o del MAS. Y no por desinterés en mi país, sino por ser consciente de que lo que ocurra el 6 de diciembre no alterará de ninguna manera la cruel hegemonía chavista.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Alejandro Armas Jun 12, 2020 | Actualizado hace 4 semanas
¡Exprópiese, che!, por Alejandro Armas

Mausoleo en el Cementerio de la Recoleta, Buenos Aires, Argentina. Foto Herbert Brant en Pixabay.

@AAAD25 

Muy a pesar del inmenso cariño que le tengo a la patria de Sábato y Cerati, creo que no es exagerado afirmar que pocos países latinoamericanos han tenido una historia económica tan llena de frustraciones como Argentina. Ni los propios argentinos lo negarían, como se deduce del pesimismo detectado por Martín Caparrós en una crónica reciente sobre la vida en Buenos Aires.

Otrora considerada el granero del mundo y una promesa de desarrollo que rivalizaría con Estados Unidos, Argentina nunca ha vuelto a alcanzar las cumbres de crecimiento relativo (i.e. comparado con el resto del mundo) que ascendió antes de la Gran Depresión de los años 30.  Por supuesto que en casi un siglo le han sobrado oportunidades, pero por diversas razones fueron desperdiciadas.

Una de las más resaltantes es el populismo peronista, que se niega a morir y sigue haciendo estragos con políticas económicas desastrosas (aunque, en honor a la verdad, alternativas como las de Mauricio Macri no lo han hecho mucho mejor).

Casi cincuenta años tras la muerte de Perón, el populismo sigue volviendo al sur, como en el tango de Astor Piazzolla y Pino Solano, seduciendo a las masas y ocupando la Casa Rosada.

De su último regreso se está cumpliendo un semestre, con Alberto Fernández como líder, al menos en teoría. Digo “en teoría” porque el grado de influencia de su vicepresidente, la inmensamente más carismática Cristina Fernández, sigue siendo motivo de franca preocupación. El nuevo mandatario ciertamente ha tenido algunos gestos que lo distancian de los niveles arrolladores de populismo del matrimonio Kirchner. Solo haber interactuado cortésmente con el saliente Mauricio Macri durante la transición fue uno que no se puede pasar por alto (recordemos que CFK ni siquiera se dignó a presentarse en el acto de toma de posesión de Macri).

Empero, también hay señales de consternación. La más reciente fue el anuncio de la estatización del Grupo Vicentín, una de las mayores empresas dedicadas a la industria agroalimentaria en Argentina, que es a su vez uno de los mayores sectores económicos del país austral. No se trata, por tanto, de la toma de un quiosco de periódicos. Esta es una las decisiones más relevantes en materia económica tomadas por el gobierno de Fernández, y pudiera ser ilustrativa sobre lo que vendrá más adelante.

Cuando a los venezolanos nos hablan de estatizaciones, rápidamente pensamos en aquel momento infame cuando Hugo Chávez, en pleno despliegue de sus groseros instintos autoritarios, ordenó la expropiación de varios comercios, incluyendo las joyerías del emblemático edificio La Francia, en el centro de Caracas como si estuviera eligiendo dulces en una tienda de caramelos. No hay que abusar de los símiles ni asumir que la ocupación pública de Vicentín se está dando exactamente en las mismas circunstancias y que Fernández ahora es un Chávez rioplatense. Después de todo, Vicentín es un peso pesado en un ramo vital para la economía argentina, cuya quiebra por deudas millonarias podía tener un impacto negativo severo. Pero eso no quiere decir que una estatización era la respuesta adecuada.

El Estado puede manejar varios proyectos alimenticios y administrar distribuidores de alimentos para los más necesitados en caso de que estos se queden por fuera del mercado. Pero no debería reemplazar al sector privado como proveedor de comida en general. Cuando lo intenta, el resultado suele ser desastroso. Los venezolanos lo sabemos muy bien. Está el referido incidente de los “¡Expropiése!”, en el cual el propio acto fue más visible que las consecuencias. Pero hay más casos. Muchos más.

Chávez dio rienda suelta a sus impulsos de estatización a partir de 2007, demostrando así que su compromiso de respetar la propiedad privada, asumido en su primera candidatura, no fue más que una argucia para disimular su cercanía a la extrema izquierda. Sidor, Cantv, la Electricidad de Caracas, Cadafe y un largo etcétera. Hoy, las sucesoras todas esas empresas están en situación calamitosa, devastadas por la rapiña y la ineptitud.

Pero tal vez lo más grave es que Chávez decidiera meterse con la producción y distribución de alimentos. Varias empresas privadas del ramo fueron asimismo sumergidas por un tsunami rojo, más destructor que el que asoló las costas de Sumatra en 2004.

Lácteos Los Andes y la productora de aceite Industrias Diana fueron estatizadas en 2008. Un año después corrió la misma suerte la cafetalera Fama de América. Pues bien, según un informe de la organización no gubernamental Transparencia Venezuela, entre 2009 y 2015 Fama de América pasó de producir 18.600 toneladas de café a apenas 2.500. Igualmente, desde su estatización y hasta 2015, la producción de Diana se desplomó 55,48%. En cuanto a Lácteos Los Andes, Transparencia Venezuela registró que la productividad pasó de 92,8 toneladas por trabajador en 2010 a solo 38,5 toneladas un lustro más tarde. Combínelo todo y sabrá por qué se ha vuelto mucho más difícil para los venezolanos saborear un desayuno de empanadas y café marrón, lo cual es apenas una manifestación del hambre en la que millones de venezolanos cayeron en la segunda mitad de esta década.

Ah, y espero que no se hayan olvidado de Agroisleña, la legendaria proveedora de insumos agrícolas. En 2010, Chávez también le aplicó el “¡Exprópiese!”. De paso, como parte de su afán por cambiarle el nombre a todo e imponer una neolengua plagada de un nacionalismo excesivo y cursi, la rebautizó como “Agropatria”. En manos privadas, pudo satisfacer casi 80% de la demanda de químicos para el campo, según una nota del portal El Estímulo fechada en 2016. Un año antes, solo satisfizo 22 % de su meta de producción, lo cual contrajo 10 % la zafra criolla. Alrededor de 46.000 de las 207.000 toneladas prometidas.

Y así volvemos a Argentina y al caso Vicentín. Como ya dije, no hay que abusar de la comparación, pero si estuviera conversando con un porteño o un cordobés, lo exhortaría modestamente, junto con sus compatriotas, a mantenerse en guardia. En entrevista para el diario El País de Madrid, el ministro a cargo de la expropiación sentenció que se trata de un caso “excepcional” y que en el gobierno de Fernández “no consideran positivo que el Estado controle muchas empresas”.  Pero, como ya vimos, esos compromisos no siempre son honrados.

Preocupa que, al momento de anunciar la estatización, Fernández invocara como argumento la “soberanía alimentaria”. Precisamente la expresión predilecta del chavismo para designar sus desastrosas políticas alimenticias. El presidente se olió que por esto lo compararían con los amigos caribeños de CFK, por lo que salió al paso en pleno discurso para desestimar tales alegorías. Pero si Fernández no quiere que lo comparen con el chavismo, debería abstenerse de hablar como un chavista… Sobre todo con los gritos de “¡Exprópiese!”.

 

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La teoría de la dependencia, hecha realidad, por Alejandro Armas

@AAAD25

Todas las formas de humor tienen manifestaciones banales y “serias”. Esto último no es un oxímoron. El humor “serio” es aquel que mueve a risa y al mismo tiempo invita a reflexionar sobre un asunto de interés público, por lo general de manera crítica. Los memes no son la excepción. Por estos días se ha vuelto especialmente popular un meme que satiriza las fallas o vicios de alguna identidad (nacional, profesional, ideológica, etc.), al contrastarlos con las fortalezas y virtudes de las que esa identidad gozó en el pasado. No sé si alguien ya lo hizo, pero me parece pertinente dedicar dicho meme a los militantes de la extrema izquierda contemporánea, aquellos que salivan por regímenes políticos muy ajenos a sus principios filosóficos, como la Rusia de Putin o el Irán de los ayatolas. Recordemos que este último es una teocracia basada en el fundamentalismo islámico chiita. En otras palabras, es un gobierno de sacerdotes. Mientras que Marx y sus adeptos en el siglo XIX criticaban visceralmente toda religión, sus herederos en el siglo XXI no tienen reparos en alabar la dictadura de Teherán, que por cierto ha perseguido y asesinado a miles de socialistas iraníes.

En Venezuela, el régimen chavista ha llevado este elogio a los niveles escandalosos que tanto lo caracterizan. El pabellón iraní fue izado en el 23 de Enero, el bastión de los mal llamados “colectivos”. También apareció de pronto en los perfiles de redes sociales dedicados sistemáticamente a la propaganda chavista, junto con loas al Estado que la bandera representa. El himno nacional de la república islámica sonó en Venezolana de Televisión. Por supuesto, detrás de tanta cursilería sobre la “unión solidaria de los pueblos” hay algo en esencia material: la llegada de tanqueros remitidos desde el Golfo Pérsico hasta el litoral de Carabobo y la Península de Paraguaná, llenos de gasolina.

Al chavismo le urgía una narrativa propagandística para, por enésima vez, explicar lo inexplicable ante sus seguidores. Irán fue al “rescate” de una Venezuela que tiene las mayores reservas de petróleo del planeta pero que se ha quedado sin combustible. Recientemente esta columna se dedicó a repasar las causas de semejante absurdo, que en resumen consisten en una ineptitud y una rapacidad insondables en el manejo de la industria petrolera durante los últimos 21 años, con el resultado de unas refinerías devastadas e incapaces de cumplir con sus funciones. La elite chavista sabe muy bien que el hecho de que un país históricamente exportador de petróleo como Venezuela dependa de importaciones para que la gente pueda llenar los tanques de sus carros es una humillación grotesca. No le importa. De todas formas lo celebró con toda pompa. No en un mensaje dirigido solamente a los fanáticos que le aplauden todo, sino también a la enorme mayoría de venezolanos hastiada de tanta afrenta. “Sí, mandamos a la porra todo lo que alguna vez causó satisfacción patria y le rendimos pleitesía a unos impresentables con tal de que nos den lo que necesitamos para (mínimamente) arreglar este desastre. ¿Y qué? Ustedes no pueden hacer nada al respecto”. El objetivo es la quiebra moral de quienes se niegan a vivir para siempre en estas condiciones.

Lo que el chavismo por supuesto no dice es que, por mucha “unión solidaria de los pueblos” que haya (cosa que podemos traducir de su neolengua al castellano como “alianza de odio a la democracia republicana”), en realidad la ayuda tiene un precio. A finales de abril, la agencia Reuters reportó que el régimen chavista ha estado sacando oro de las bóvedas del Banco Central de Venezuela para usarlas como pago para la reparación de las refinerías. Al poco tiempo, Bloomberg informó que a Irán fueron entregadas nueve toneladas de metal precioso, valoradas en 500 millones de dólares, como pago por este servicio de refacción.

Un buen y sagaz amigo, Paulo Sosa, acertadamente comentó por estos días que, pese a tantas apelaciones a la teoría de la dependencia, el chavismo terminó reduciendo a  Venezuela a una situación en la que los vicios criticados por esta teoría se manifiestan al extremo. Los progenitores ideológicos del chavismo son principalmente individuos que fueron jóvenes en los años 60 y 70 y que desde esa etapa temprana de su vida militaron en la extrema izquierda. Como tal, estuvieron bastante influenciados por las tesis que se popularizaron entonces en esa corriente de pensamiento. Por eso el discurso chavista es tan anacrónico. Nunca superó la Guerra Fría. Se limitó a tomar todo ese cóctel ñángara que ya para finales del siglo pasado era bastante caduco y a empaquetarlo en el populismo laclausiano y pretendidamente “bolivariano” de Chávez.

En el estudio de las relaciones internacionales, el paradigma que cobró especial relevancia entre los intelectuales de izquierda en los 60 y los 70 fue la teoría de la dependencia. Enunciada por Immanuel Wallestein, entre otros, esta teoría estuvo a su vez influenciada por la ortodoxia marxista-leninista y, sobre todo, por los planteamientos de Lenin sobre el imperialismo como “fase superior del capitalismo”. En resumen, sostiene que el mundo se puede dividir entre un “núcleo” y una “periferia”. El núcleo está conformado por países ricos y desarrollados, en los que el capitalismo industrial alcanzó su apogeo, mientras que la periferia la integran las naciones pobres y subdesarrolladas. El núcleo domina política, económica y culturalmente a la periferia, la explota y se opone tajantemente a su desarrollo, porque ello acabaría con la relación desigual. De hecho, el núcleo debe buena parte de su prosperidad, si no es que toda ella, a la explotación parasitaria de la periferia. Las naciones ricas se aprovechan de su superioridad económica y militar para imponer a las pobres unas reglas del juego internacional en las que estas últimas siempre salen perdiendo. Resguardadas por ese poder castrense, las empresas privadas del núcleo se instalan en la periferia y extraen sus recursos naturales, que luego envían a sus respectivos países para procesarlos industrialmente. Luego otras empresas del núcleo exportan los bienes terminados a la periferia. Todo ello con la colaboración de oligarcas locales, únicos beneficiarios periféricos del sistema. El ciclo se perpetúa ad infinitum.

Entre México y la Patagonia, la teoría de la dependencia se volvió enormemente popular entre los militantes de izquierda gracias a la publicación, en 1971, de Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano. Un libraco insoportable que hasta su autor lo desechó en una etapa más madura de su vida. Sin embargo, es una obra esencial para entender el bagaje ideológico del chavismo, puesto que una parte sustancial de su discurso es un calco de ella. Así, la Venezuela anterior al chavismo es descrita como una “colonia” de Estados Unidos, condenada por el imperialismo al subdesarrollo (muy a pesar de que los gobiernos democráticos inicialmente se plegaron a una política de industrialización por sustitución de importaciones que más bien limitó el acceso de productos foráneos al mercado venezolano, con consecuencias, a propósito, no siempre positivas para el consumidor). La revolución llegó para dar al traste con la dependencia y hacer realidad todo el potencial económico venezolano… O eso nos dijeron.

Venezuela nunca fue una potencia industrial. Pero hubo cosas que en las que, en democracia, fue plenamente autárquica, incluyendo la gasolina. Hoy no solo estamos importando lo que nunca produjimos, sino aquello de lo que alguna vez estuvimos repletos. Nunca antes dependimos tanto de las importaciones de bienes terminados como ahora. Estamos exportando oro por montón e importando gasolina. Me pregunto qué pensarían Wallerstein y Galeano si estuvieran vivos y vieran lo que unos devotos de su obra hicieron con un país en el Caribe del que se apoderaron. Y a usted, amigo que lee estas líneas, si tiene que hacer pronto otra cola para surtir, le recomiendo que se busque un libro para entretenerse mientras espera en su automóvil. De preferencia, uno que no sea Las venas abiertas de América Latina.

 

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El ciclo del pensamiento económico, por Alejandro Armas

@AAAD25 

Debo confesar que, cuando la pandemia de covid-19 estuvo en buena medida confinada a las riberas del Yangtzé, con unos pocos casos en Bérgamo y Seattle, estuve entre los muchos que reaccionaron con escepticismo ante los primeros vaticinios de que el virus transformaría el mundo. Fui un troyano incrédulo más, de cara a las visiones de Casandra. Como mucho, pensé entonces, aumentaríamos considerablemente nuestro consumo de jabón de manos. Vaya lección de humildad que los dioses olímpicos nos tenían preparada a los mortales, por seguir con la analogía helénica. Llevo dos meses sin casi aventurarme más allá del umbral de uno de esos infamemente compactos apartamentos neoyorquinos. Junto con millones de personas igualmente bajo una suerte de arresto domiciliario, aprovecho el confinamiento para meditar sobre el porvenir de todas aquellas actividades que se ven comprometidas por el esfuerzo para contener el coronavirus. Hay gente que pudiera desistir de los viajes en avión que no obedezcan a asuntos de vida o muerte. Otros que siempre han ido al trabajo en tren o autobús, quizá preferirán una bicicleta. Habrá incluso quien no le vea sentido a ir del todo a una oficina, tras descubrir que la tecnología contemporánea le permite desempeñar todas sus funciones laborales desde el hogar.

Sí, el mundo muy probablemente cambiará de forma drástica. Ese cambio no será en ningún ámbito tan marcado como en la economía. Ya lo estamos viendo. El planeta se está hundiendo en la peor crisis económica global desde la Gran Depresión que finiquitó el primer tercio del siglo pasado. En casi todos los países, el aparato productivo se encuentra paralizado o moviéndose a algo que no llega ni a media marcha. Las empresas, grandes y pequeñas, han visto sus fuentes de ingreso esfumarse de la noche a la mañana, mientras que sus costos operativos básicos (sueldos, alquileres, etc.) no han ido a ninguna parte. Todas han suplicado a sus respectivos Estados que les briden ayuda con urgencia, para no fenecer. Los parlamentos y los bancos centrales han asumido un papel protagónico en el esfuerzo por reducir cuanto sea posible el desmadre financiero.

El incremento súbito de la intervención del Estado en la economía a nivel global no ha sido interpretado de forma unánime. Socialdemócratas y populistas de izquierda, en primer lugar, gritaron “¡Te lo dije!” y plantearon que las consecuencias de la epidemia expusieron los vicios de un statu quo mezquino y negligente, que abandona a su suerte a los humildes cuando las flechas se tornan coloradas y apuntan hacia abajo. Ha pasado antes, pero no con esta magnitud de desempleo y empobrecimiento, recalcan. Por tanto, saludan el nuevo rol del Estado, pero advierten que debe ser el preludio para algo más permanente, en aras de una prosperidad más inclusiva en el largo plazo.

Por el contrario, los liberales ven con recelo y alarma la situación. Están convencidos de que el progreso material de las últimas décadas, que ha beneficiado a ricos y pobres, se debe al laissez-faire. Para ellos, que dicho beneficio se manifieste de forma desigual es irrelevante, puesto que de otra forma todos estarían peor. Así que la crisis económica generada por el covid-19 no es más que un pretexto de estatistas irresponsables para dar al traste con un sistema que debe ser preservado… Y al parecer están teniendo éxito. “¡Cuántos keynesianos por todas partes!”, escribió recientemente en Twitter Antonella Marty, una de las nuevas voces liberales más prominentes en América Latina.

Hay indicios de que, para bien o mara mal, guste o no, estamos ante el fin del segundo apogeo del liberalismo como paradigma económico predominante.

Digo “segundo”, porque esa filosofía ya ha pasado por un génesis, una cumbre y una caída. De hecho, si entramos a una nueva era de Estados del Bienestar amplios, sería confirmación de que la historia del pensamiento económico, al menos desde la Revolución Industrial, no avanza de manera lineal, sino cíclica. Es más similar a la cosmología hindú y mitológica escandinava, que al relato horizontal de las religiones abrahámicas. En este ciclo, el liberalismo y el estatismo moderado se rotan en la posición de paradigma hegemónico, pero sin abandonar nunca el modo de producción capitalista. Mismo sistema, con distintos grados de regulación. Ello echa por tierra la interpretación marxista y materialista del progreso lineal hegeliano en la historia de las ideas. El socialismo “científico” fracasó en su predicción del desplazamiento del capitalismo por el comunismo como sistema económico final. Todos los experimentos marxistas colapsaron (e.g. URSS), fueron clausurados discretamente (e.g. China y Vietnam) o se quedaron estancados en una etapa autoritaria que se suponía transitoria (e.g. Cuba). En cambio, el capitalismo se ha mantenido en pie aunque, repito, alternativamente bajo regímenes más o menos liberales o socialdemócratas.

En fin, en el referido ciclo, el paradigma dominante es aquel sobre el cual, en un momento dado, reposa el grueso de las políticas económicas de los gobiernos en los países desarrollados. Aquello que los franceses llaman pensée unique. Sus entusiastas, cuando llegan al poder, lo defienden con celo e intentan fortalecerlo, mientras que sus detractores, en igual posición, se limitan a criticarlo tímidamente y a dar pasos no muy grandes en la dirección contraria. Solo las crisis de gran magnitud, cuando el paradigma hegemónico se vuelve incapaz de explicar y, sobre todo, de resolver los problemas agobiantes, producen un cambio de paradigma.

Como dije, el origen del ciclo se produjo en el contexto de la Revolución Industrial, en la Europa de la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX. Correspondió a la etapa de la irrupción del capitalismo. A medida que las revoluciones burguesas suplantaron el antiguo régimen, las ideas liberales reemplazaron el mercantilismo de las monarquías absolutas. Esto es lo que ha pasado a ser conocido como liberalismo clásico, apuntalado por pensadores como Adam Smith, Thomas Malthus, David Ricardo y Jean-Baptiste Say. Gran Bretaña, no en balde la cuna de la Revolución Industrial y una de las primeras tumbas del absolutismo, fue la principal promotora de este sistema basado en el laissez faire. Pero a lo largo del siglo XIX se expandió hacia Francia y  buena parte de Europa. También fue acogido en la joven república norteamericana.

Con altibajos, este fue el paradigma predominante hasta principios del primer tercio del siglo XX. El desplome de Wall Street y la Gran Depresión lo hirieron gravemente. Las tesis de John Maynard Keynes revolucionaron entonces las políticas públicas. En Estados Unidos, el New Deal de Franklin D. Roosevelt estableció un Estado mucho más activo en las relaciones socioeconómicas, con impuestos elevados y políticas de ayuda social bastante generosas. En el Reino Unido, el triunfo de los laboristas en 1945 inauguró un Estado del Bienestar amplio. Asimismo, los países nórdicos poco a poco desarrollaron sus célebres Estados del Bienestar. La Conferencia de Bretton Woods estableció un orden  monetario internacional marcado por las tasas de cambio fijas. Este fue el apogeo del keynesianismo, con un estatismo moderado, muy afín a la socialdemocracia y alejado del liberalismo clásico, sin tender tampoco hacia el colectivismo marxista. Los intelectuales de centroizquierda recuerdan este período con especial afecto y lo ven como un modelo.

Por un tiempo, las economías regidas por este sistema marcharon viento en popa… Hasta que llegaron las crisis de los años 70. El paradigma keynesiano no supo cómo tratar la estanflación: crecimiento económico poco o nulo, inflación elevada y desempleo alarmante. Desde hacía tiempo, economistas liberales como Milton Friedman y Friedrich Hayek advertían que el sistema estaba condenado al fracaso, y este fenómeno al parecer les dio la razón. No sorprende entonces el triunfo político de figuras como Ronald Reagan y Margaret Thatcher, quienes, muy influidos por la nueva oleada de pensamiento liberal en las universidades, desmantelaron en distintos grados el Estado del Bienestar en sus respectivos países, redujeron los impuestos, acabaron con varias regulaciones económicas y debilitaran a los sindicatos, bastante fuertes durante la edad de oro del estatismo moderado. Otras naciones se encaminaron por la misma ruta. El liberalismo (desde entonces despectiva y tontamente llamado “neoliberalismo” por sus críticos en la izquierda) había vuelto, triunfante.

El paradigma liberal se ha mantenido vigente desde los años 80. Desde entonces, el mundo ha experimentado un crecimiento económico apabullante, aunque la desigualdad se ha agrandado drásticamente. La llamada “Gran Recesión” global de finales de la década de 2000 fue un golpe duro, pero no produjo el cambio drástico que algunos auguraron. Lo que estamos viviendo ahora es diferente. La crisis producida por el coronavirus a todas luces será mucho más dañina que la generada por la burbuja inmobiliaria estadounidense. El statu quo liberal está siendo sacudido como nunca antes desde 1929. Como vimos, las expectativas de un “Estado salvador” y muy activo en la economía vuelven a estar en boga. Aún está por verse si es algo pasajero o si, efectivamente, es otra vuelta del ciclo, en cuyo caso cabe esperar un papel estelar para economistas de la vieja guardia centroizquierdista como Joseph Stiglitz y Paul Krugman, así como de la nueva generación que integran Thomas Piketty, Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, entre otros.

Digo que “aún está por verse” porque el consenso liberal es un hueso duro de roer, y no será desplazado sin que sus defensores en los gobiernos den la batalla. Además, es posible que la crisis sanitaria y económica, en vez de catapultar a teóricos de centroizquierda, profundice el auge del nuevo populismo ultraconservador que tanto ha avanzado en Europa y Norteamérica y que, si bien coquetea con el estatismo apelando a un nacionalismo exacerbado, es bastante hostil a todo lo que huela a izquierda. Recordemos que la Gran Depresión no solo engendró el New Deal. También precipitó el ascenso del Tercer Reich. Como, son tiempos interesantes, que uno desearía estar experimentando fuera de los confines de su residencia. Yo, mientras tanto, sigo en mi apartamentico de Queens, observando, meditando y escribiendo.

 

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¿Fin de la NEP caribeña? No tan de prisa, por Alejandro Armas

@AAAD25 

A la ya kilométrica cadena de desgracias en Venezuela ha sido añadido otro eslabón. Como si ya no bastara con años y años de catástrofe política, económica y social, más la llegada de la COVID-19 a nuestras costas, el régimen chavista reanudó el control de precios, una de las medidas con mayor cuota de responsabilidad por la destrucción de  la economía nacional. Silenciosamente se esfumaron estas regulaciones a finales de 2018 o principios de 2019. El resultado fue que, sin bien la inflación se mantuvo galopante, los anaqueles por primera vez en años estuvieron repletos. No hubo necesidad de filas interminables para comprar harina o arroz. Los revendedores informales (“bachaqueros,”, el efecto natural e inevitable de las leyes de mercado ante una regulación de precios y la carestía consiguiente) desaparecieron con los propios controles. Ahora, dependiendo de cuan severas y prolongadas sean las regulaciones, todos esos vicios volverán de una forma u otra para amargarle la vida al venezolano un poco más… Sin que se corrija la inflación.

Mucho se ha especulado sobre las razones detrás de esta marcha atrás en el laissez faire limitado que caracterizó la economía venezolana desde el año pasado. Hay quienes sostienen que siempre estuvo planificado. Que la elite chavista nunca renegó de sus inclinaciones ideológicas cuasi estalinistas. Solo permitió cierta apertura para oxigenar un poco la economía y luego retomar el control total. Así que no solo la libertad de productores y distribuidores para poner precio a su mercancía estaría en peligro. También el mercado de divisas no controlado por el régimen, la tolerancia a las transacciones en dólares y la facilitación burocrática y arancelaria a las importaciones. Además de saludar una vez más a anaqueles vacíos, colas interminables y “bachaqueros”, habría que despedirse de negocios repletos de café Dunkin’ Donuts y cerveza Heineken. Sería el fin de la “pax bodegónica”, por usar la expresión del politólogo Guillermo T. Aveledo.

Para fortalecer esta argumentación, quienes así ven las cosas recurren a ejemplos de regímenes de extrema izquierda en el pasado. Una de las ilustraciones más vistas en tal sentido es la de la Nueva Política Económica (NEP, por sus siglas en ruso con caracteres latinos) implementada por Lenin en la Unión Soviética en la década de 1920. A mi juicio este no es un símil adecuado. Para que el paralelismo tenga sentido, habría que omitir aspectos históricos importantes. A continuación explicaré por qué.

La naciente URSS emergió famélica y arruinada de la Guerra Civil Rusa. Para asegurarse de que el Ejército Rojo contara con alimentos y otros recursos en su contienda contra los “blancos”, los bolcheviques implementaron una política llamada “Comunismo de Guerra”, que consistió en la toma estricta de la producción agrícola e industrial por el Estado. Aunque Lenin, Trotsky y sus camaradas ganaron el conflicto, el resultado de esta política económica fue una escasez severa, debido a que los productores incurrieron en pérdidas graves.

Por eso, en 1921, Lenin ordenó la NEP, una reapertura parcial de la economía soviética. Algunos controles de mercado fueron retirados y se permitió a los ciudadanos mantener alguna forma de propiedad privada. Dado que Rusia seguía siendo una sociedad predominantemente rural, la NEP se manifestó sobre todo en el campo. Los pequeños campesinos rusos, los kulaks, pudieron administrar sus parcelas con mayor libertad. Pagaban impuestos en vez de tener que entregar toda su producción al Estado. Poco a poco, las condiciones económicas mejoraron.

Lenin murió en 1924. Siguieron años de pugna por el poder entre facciones del Parido Comunista, de las cuales las más notables fueron las encabezadas por Lev Trotsky y Iosiv Stalin. Fue este último quien finalmente se impuso. Mientras duró la competencia, la NEP se mantuvo vigente. Tuvo que consolidarse el liderazgo de Stalin para que la NEP fuese abandonada. El nuevo mandamás la sustituyó en 1928 con el primero de sus infames “planes quinquenales”. La agricultura y la industria fueron completamente colectivizadas. La oposición de los pequeños propietarios que se beneficiaron de la NEP, aplastada. Como se dice comúnmente en estudios de la historia soviética, de los kulaks se pasó a los gulags.

Como vemos, el ascenso y caída de la NEP no obedeció a ningún plan elaborado por una elite gobernante. El relajamiento de los controles no duró apenas unos meses para superar una coyuntura. Mediaron varios años y un cambio de elite. Por lo tanto, cuesta equipararlo a lo que aconteció en Venezuela entre 2019 y 2020 apenas. A mi juicio, más que consideraciones ideológicas, fue la búsqueda de estabilidad para el corto plazo lo que privó en la decisión reciente del régimen chavista. Me explico.

El detonante fue la paralización de la economía global para contener la pandemia de COVID-19 y el resultante desplome de los precios del petróleo. Ello redujo considerablemente el ingreso del régimen chavista, ya golpeado por las sanciones de Estados Unidos y los descuentos en el crudo venezolano para alentar su compra a pesar de dichas sanciones. En un contexto de acceso muy limitado o nulo al crédito internacional, a la elite gobernante no le quedó más remedio que monetizar el déficit fiscal. Es decir, cubrir sus gastos con bolívares emitidos por el Banco Central de Venezuela, sin ningún respaldo en bienes y servicios. Como resultado, la inflación, algo aplacada en 2019 con respecto a los dos años anteriores, se disparó de nuevo, al igual que el dólar.

A su vez, esto produjo un recrudecimiento en la pérdida del poder adquisitivo del empobrecido ciudadano común. Tal pérdida, combinada con una menor capacidad para suministrar alimentos mediante los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) y la escasez fuerte de gasolina, elevó el descontento social hasta niveles peligrosos. Prueba de ello fueron las protestas y saqueos en varias localidades venezolanas a mediados de abril. Así que el régimen, temiendo por su estabilidad, se vio urgido de buscar un chivo expiatorio y demostrar que está “haciendo algo”. Ese chivo expiatorio fue la industria privada de alimentos. De ahí el regreso del discurso antiprivados (aunque no tan hostil como antes, Empresas Polar aparte) y del control de precios. Es cierto que la escasez resultante pudiera terminar generando un malestar colectivo mayor. Pero quizás al régimen solo le interese ganar tiempo mientras piensa en alternativas para contener dicho malestar.

Si bien Fukuyama se apresuró al sentenciar el “fin de la historia”, algo de razón tuvo cuando auguró para el siglo XXI un papel menor para los dogmas ideológicos demostradamente fracasados, como el socialismo revolucionario. A estas alturas, a los cabecillas del chavismo lo único que les importa es mantenerse en el poder como sea. Las consideraciones ideológicas son accesorias, instrumentales y, sobre todo, mutables. El cuadro terriblemente complicado que se le presenta al régimen solo le permite ir de coyuntura en coyuntura, y con cada coyuntura distinta, cambian las necesidades. Eso es lo que le permitió a Nicolás Maduro aclamar la dolarización sin ningún miramiento, tras años de criminalizar las transacciones informales en dólares. La coyuntura de las sanciones obligó a tomar ciertas medidas, mientras que la del coronavirus obligó a tomar otras medidas. No es mi intención desvincular el socialismo revolucionario del régimen. Indiscutiblemente, esa fue su orientación ideológica y es responsable de la calamidad actual. Pero no es un criterio rector único, y en este momento, me parece, ni siquiera es el principal. Lo que Maduro y compañía hacen no se reduce en su totalidad a tramar planes comunistas malvados. Asumir tal cosa es simplista y más político que politológico.

Al momento de escribirse estas líneas, ni han sido revocadas las facilidades para importar ni ha vuelto el control de cambio. Algunos economistas han señalado que, con el predominio del dólar en las transacciones, es imposible que el régimen vuelva a tener el mismo control del que gozó antes. De paso, suceda lo que suceda con los precios del petróleo y el gasto público, la coyuntura de las sanciones no parece que irá a ninguna parte, lo que dificulta al chavismo retomar todas sus otras prácticas hostiles hacia el sector privado. Ya lo dijo Marx, en una de sus citas más conocidas, parafraseando a Hegel: la historia se da dos veces; primero como tragedia, y luego como farsa. Sin embargo, el daño específicamente vinculado con el control de cambios ya está hecho y al menos una consecuencia (las colas) ya es visible. Una prueba más del nulo interés en el bienestar colectivo por parte de la elite gobernante.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

¿Venderán herraduras en ese bodegón?, por Alejandro Armas

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Digan lo que quieran sobre marzo, excepto que fue un buen mes para César. Ah, funestos idus. Parece que el tercer mes del calendario que llevaba su nombre, luego rebautizado en honor a un pontífice, no es solo nefasto para dictadores romanos. Si seguimos así, se convertirá en una tradición igualmente funesta para los habitantes de otra malhadada república, dos milenios más tarde. En marzo del año pasado, Venezuela quedó en tinieblas por más de una semana. Este marzo, el coronavirus llegó al país. Claro, esa es una calamidad mundial, pero se añade a otra desgracia únicamente nuestra. Si en 2019 el país se quedó sin electricidad (¿o sin agua? ¿qué era lo que producía el Guri?), en 2020 se quedó sin gasolina.

Alto ahí, compatriota zuliano o guayanés que me lee. No me diga “¿Se quedó en 2020? ¡Será en Caracas! ¡En el resto del país estamos así desde hace años!”. Estoy perfectamente al tanto de que la escasez crónica de gasolina fuera de la capital es problema de larga data. Pero yo no estoy afirmando que el combustible escasea. Afirmé que no hay, que es diferente. Ok, es una hipérbole. Sí hay algo, pero la carestía se ha agravado muchísimo. No solo al régimen chavista por primera vez desde el paro petrolero de 2002 le es imposible eximir a Caracas del problema, sino que además, donde la escasez tiene bastante tiempo diciendo “presente”, ahora es mucho peor. Así me lo han informado contactos en Ciudad Guayana, Margarita, Cumaná, Puerto La Cruz, Maracay, Valencia, Barquisimeto, Punto Fijo Barinas, Valera, Mérida, San Cristóbal y Maracaibo.

Siempre he creído que la elite chavista es una especie de milagrero invertido. Alguien que hace prodigios que desafían toda lógica, pero con resultados catastróficos, en vez de maravillosos. Es así como el país con las reservas de petróleo más grandes del mundo (esas mismas de las que el chavismo tanto se ufana, como si el Chávez metafísico y eterno, que no muere, hubiera tenido la brillante idea de ponerlas bajo las riveras del Orinoco en el Paleolítico) hoy no tiene gasolina. Si uno taladrara el pie del Monte Fuji, no se conseguiría con nada ni remotamente parecido a esas gloriosas y, sobre todo, muy revolucionarias reservas de crudo venezolanas. Japón no genera ni una gota de petróleo. Y sin embargo, surtir el carro de gasolina en Nagoya es cuestión de un par de minutos. Nada de días de cola, sin siquiera garantía de poder llenar el tanque, situación “milagrosa” en la que los venezolanos se encuentran hoy por obra y gracia de la autoproclamada revolución bolivariana.

Si hay una imagen que me gustaría que se paseara por la corteza cerebral de todo venezolano cada vez que hace una de esas colas interminables, es la de Chávez encaramado en un tanque en el complejo industrial conocido popularmente como criogénico de Jose (llamativa la falta de acentuación), ondeando una bandera tricolor y gritando sus consignas patrioteras, emocionantes para la fanaticada pero desprovistas de significado. Ya lo dijo Laclau: la esencia del populismo es crear significantes vacíos. El libro de eslóganes del chavismo está lleno de ellos. “El petróleo es del pueblo”, “Pdvsa ahora es de todos”, etc. Esa era la, digamos, filosofía petrolera de Chávez. Pero no solo de él. También de personajes como Alí Rodríguez Araque, Rafael Ramírez, Bernard Mommer y otros. A diferencia de Chávez, varios de esos otros siguen por ahí, felices de la vida. Así que conviene tener esos nombres en cuenta para cuando llegue el momento de… Rendir cuentas.

La referida filosofía petrolera consistió en hacer de Pdvsa caja chica y núcleo operativo de las políticas sociales del gobierno. Si bien en la era democrática se usó el ingreso petrolero para financiar un Estado elefanteásico, aquel uso del hidrocarburo palidece al lado de lo que ha hecho el chavismo. Los gastos de la era “roja rojita” han sido exorbitantes y muchísimo más amplios, interviniendo en prácticamente todos los aspectos de la sociedad venezolana, aunque el resultado por lo general sea de calidad mucho peor. Así lo quiso Chávez, para consolidar rápidamente su liderazgo con promesas demagógicas e irresponsables. Pero además, Pdvsa no solo debía poner el dinero, sino la logística. Es así como a la empresa pública, al igual que los batracios expuestos a la radiación, le brotaron unas cuantas extremidades antinatura. En vez de preocuparse por su propia rentabilidad y operatividad, cosa ya bastante compleja por sí sola, tuvo que incurrir en actividades sanitarias, alimenticias y culturales. Además de extraer, procesar y vender petróleo, Pdvsa tenía que dar de comer a las masas, curar sus padecimientos de salud y entretenerlas (funciones todas que el Estado puede asumir, pero nunca con pretensión de dependencia permanente). Eso es lo que significa “Pdvsa ahora es de todos”. Tan de todos terminó siendo, que ahora a duras penas puede mantener esas actividades y ni siquiera puede producir gasolina como para mantener al país abastecido, su función original. Significantes vacíos.

A esta ampliación de los compromisos de Pdvsa, que desvió recursos financieros y humanos de la empresa que pudieron ir hacia el mantenimiento para sus funciones naturales, se agrega el odio a la meritocracia que por décadas fue uno de sus puntos fuertes. Chávez despreciaba las jerarquías corporativas determinadas por los logros individuales. Lo hacía en público y con desparpajo. Para él, y para sus herederos, lo importante era la lealtad. Contar con gente sin autonomía, que no se opusiera nunca a sus designios, por descabellados que fueran. Es así como la empresa se llenó de gerentes sin la preparación necesaria.

Por último, tenemos la opacidad plena en el manejo de recursos obtenidos de la mayor bonanza petrolera de la historia. Miles de millones de dólares esfumados. Sabemos que no fueron usados para financiar políticas públicas de calidad para el largo plazo. Pero tampoco se dedicaron al mantenimiento de la propia Pdvsa. Así que…

He aquí las causas de que la industria petrolera esté hecha trizas hoy, operando a unos niveles mínimos de su capacidad instalada. Desde luego, los administradores no dicen ni pío al respecto. Según ellos, todo es culpa del “bloqueo imperialista”, que no les permite conseguir los recursos para trabajar de forma decente. Pero resulta que el desmadre es muy anterior a las primeras sanciones que Washington impuso a Pdvsa en 2018. Bien lo sabe cualquier marabino o merideño, que por mucho más de un bienio, ha tenido que hacer colas de horas incontables para llegar a una estación de servicio. Si alguien quiere verificarlo con cifras, basta con tener una computadora con internet (bueno, eso no es precisamente sencillo en Venezuela, gracias a otro “milagro” revolucionario) y revisar los reportes mensuales de la Organización de Países Exportadores de Petróleo. De acuerdo con las cifras enviadas a Viena por Pdvsa, la empresa en febrero de 2014 produjo 2.878.000 barriles diarios (b/d). Dos años después, esa cifra fue de 2.529.000 b/d. Cuatro años después, 1.586.000 b/d. En febrero de 2020, apenas 865.000 b/d. Es decir, 70 % del bombeo desapareció en seis años. Venezuela nunca había producido tan poco petróleo desde la década de 1940. Chávez decía que para 2018 teníamos que estar produciendo al menos 6.000.000 b/d, una meta ridícula que no había que llegar a ver en retrospectiva para reír, tal como ocurrió con Fidel Castro y sus diez millones de toneladas de caña de azúcar.

El socialismo revolucionario siempre termina trayendo escasez. Cuba, principal modelo del chavismo por mucho tiempo, no es la excepción, ya que hablamos de ella. En el caso de la gasolina, históricamente dependió de otros. La Unión Soviética fue su proveedora hasta que colapsó. En el llamado “Período Especial” de los 90, la carestía de carburante fue tal, que los desafortunados antillanos tuvieron que olvidarse de los caballos de fuerza de un motor de combustión interna para recurrir a los caballos de fuerza literales que tiran de carretas. Pero al menos el castrismo en ese particular podía excusarse aduciendo que Cuba no es un país petrolero y que su vendedor desapareció. Sus discípulos venezolanos, en cambio… Digamos que superaron al maestro.

Esta semana trascendió a la prensa que, tras varios intentos, personal de Pdvsa pudo reactivar parcialmente la refinadora de El Palito, con miras a aliviar la escasez de gasolina. Para lograrlo, fueron usados repuestos extraídos del complejo refinador de Amuay, en peores condiciones aun, según la agencia Bloomberg. Un parque industrial que se canibaliza. Sin embargo, aquel reporte subrayó que no han sido corregidos desperfectos en el acceso a electricidad y agua (¡otro “prodigio” revolucionario!) necesario para producir combustible. Mientras tanto, el portal Hispanopost habla de discusiones en la elite chavista sobre la autorización a privados para importar y distribuir gasolina. Veremos si alguna de estas iniciativas prospera. De lo contrario, tal vez a los tan mentados bodegones les surgirá una oportunidad de negocio vendiendo herraduras.

 

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¡Muerte al virus! ¡Muerte a los gorriones!, por Alejandro Armas

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Nunca me cansaré de invocar la aguda observación de Elisa Lerner sobre las dictaduras y su estupidez. Los foros, hábitat natural de la democracia, no siempre son mentideros de los que brota sabiduría como maná bíblico. Pero es en los regímenes autoritarios que se ven las sandeces más farsescas. Todos los políticos tienen el mismo propósito: obtener el poder, primero, y preservarlo, después. Es mucho más fácil hacerlo cuando los ciudadanos, a cuyo servicio se supone que están, se sienten satisfechos con su desempeño. En democracia, como nos recuerda Amartya Sen, el acceso libre a la información, así como la pluralidad de fuentes, permiten a la ciudadanía desarrollar una opinión pública autónoma con respecto a unas autoridades que siempre aspirarán a que las percepciones sobre ellas sean positivas. Los despotismos, en cambio, no tienen que lidiar con eso. Suprimen las voces disidentes para que sus mensajes, su versión de la realidad empírica, sean los únicos. Así, sin competencia, les resulta mucho más sencillo inculcarles a los oprimidos una narrativa que los exculpa de cualquier problema que surja en sus jurisdicciones, sin importar cuan ridícula sea. Pero si la propaganda es más absurda que un diálogo de Ionesco o más risible que una escena de los hermanos Marx, y el sentido común de las masas no la digiere, siempre queda la amenaza del garrote para evitar que se alborote el gallinero.

La aparición del coronavirus y su COVID-19 no es en sí misma responsabilidad de ningún gobierno. No se pueden predecir las mutaciones de esos microbios macabros que de pronto los hacen mucho más nocivos. Empero, la contención de nuevos flagelos sí es responsabilidad de las autoridades públicas. Por la corrupción e ineptitud de sus cabecillas, las dictaduras suelen descansar sobre los hombros lacerados de sociedades pobres y poco desarrolladas materialmente. Es decir, justo aquellas peor preparadas para enfrentar una pandemia. Pero la batería de excusas patéticas y medidas descabelladas está a la orden del día. Por ejemplo, el particularmente caricaturesco autócrata de Turkmenistán, Gurbanbuly Berdimuhamedov (lo felicito, amigo lector, si pudo pronunciar su nombre sin un solo enredo lingual), prohibió a sus conciudadanos hablar del coronavirus. A los perplejos sugiero volver a la primera oración de esta columna. Al parecer, hay un nominalismo degenerado y mediocre (nada que ver con el pensamiento genial de Guillermo de Ockham y otros), según el cual un ente deja de existir si no es nombrado. Hasta la saga literaria adolescente de Harry Potter es capaz de desmentir semejante dislate. Por cierto, buen momento para recordar a cierto régimen que pretendió eliminar un mercado negro de dólares proscribiendo la mención de montos a los que se cotizaba la divisa.

Por suerte para el amigo Gurbanguly, el foco de este artículo no está en Turkmenistán, sino un poco más hacia el naciente, en China. De todos los gobiernos responsables por la crisis del coronavirus, la dictadura pekinesa es, sin duda por mucho, la que carga con la mayor culpa. El virus se originó en su territorio y, por lo tanto, su deber era contenerlo a tiempo. En vez de eso, ocultó información sobre la gravedad del problema hasta que fue muy tarde, lo cual puso en peligro a los miles de millones de habitantes de China… Y al planeta entero. Pero no esperen que Xi Jinping y sus camaradas tengan un gesto de humildad y admitan su pifia terrible. ¡Nunca! Por el contrario, han rechazado todo cuestionamiento a su manejo de la epidemia. Peor, aunque las máximas esferas del poder en Beijing no han llegado a una acusación formal, algunos de sus propagandistas han insinuado que el virus fue llevado a la ciudad de Wuhan, donde se dieron los primeros casos, por personal del Ejército de Estados Unidos. Aunque anonadante, no es la primera vez que el Partido Comunista Chino (comunista solo de nombre desde los años 80) lanza un bulo descabellado para evitar que lo señalen por un desastre. Xi es el líder chino con más poder desde Mao Zedong, y en este aspecto también está siguiendo los pasos del “Gran Timonel”.

En 1958, Mao ordenó dar el “Gran Salto Adelante”. Esta nueva política consistió, como su nombre lo indica, en intentar brincar directamente hacia el comunismo real, sin pasar por la engorrosa burocratización del proceso revolucionario que, para entonces, por cuarenta años embargaba al socialismo soviético. Si a los comunistas se les achaca imaginar un mundo utópico e irrealizable que ni ellos mismos se esfuerzan por concretar, el Gran Salto Adelante tuvo el mérito de ser, quizá, el experimento que más se acercó a la sociedad comunista imaginada por Marx… Y precisamente por eso fue una catástrofe.

Comenzó con una colectivización completa del espacio rural. La agricultura privada fue prohibida y reemplazada por granjas comunales. Como Fidel Castro con su tonta “Zafra de los Diez Millones”, Mao estableció metas de producción agrícola absurdamente elevadas, para lo cual se exigió a los campesinos un esfuerzo inhumano. Para colmo, si bien el plan contempló la industrialización de las faenas rurales para mejorar el desempeño, no existían los recursos materiales ni las capacidades técnicas para lograr tal cosa. Temerosos de no cumplir con las metas de Mao, los jefes locales inflaban los resultados, lo cual por un tiempo produjo la impresión de que todo marchaba bien. El grueso de lo que sí se producía era enviado a las ciudades para alimentar a un proletariado que, en las fantasías del líder, debían convertir a China en potencia industrial. El campo empezó a quedarse sin comida, y sus habitantes, a morir de hambre.

Pero Mao ya tenía lista una coartada para explicar el fracaso. Había un culpable, y obviamente no era él. Tampoco era el imperialismo occidental, ni los enemigos internos de la revolución. Era… ¡Un gorrión! Sí, esa ave pequeña y cantarina que, por su fragilidad, por lo general asociamos con la idea de inocencia, fue convertido por la propaganda maoísta en un demonio emplumado capaz de perpetrar los crímenes más atroces. En resumen, Mao acusó a los gorriones  de comerse los granos cosechados en el campo chino. Luego hizo lo que todo tirano ante un escollo, real o ficticio. A saber, declararle la guerra y procurar su aniquilación. Se les encargó a las masas la tarea de eliminar a los pajaritos. Buscaban sus nidos para reventar los huevos o matar a los polluelos. Si alguien disponía de una pistola, gorrión que viera surcando los aires, gorrión que debía derribar a plomo. De acuerdo con algunos relatos, hubo escuadrones de niños armados, no con pistolas, sino con cacerolas que azotaban sin piedad al pie de un árbol para atormentar y aterrorizar a los gorriones y obligarlos a interrumpir su reposo en las ramas. Cuando las víctimas se desplazaban a otro árbol, los acosadores los perseguían y repetían el ejercicio. Y así sucesivamente hasta que, agotadas, las pobres aves se desplomaban, moribundas.

Muy caro le terminó saliendo esta expiación caprina (o aviar) a Mao. En realidad los gorriones locales eran los depredadores de insectos que, a su vez, se alimentaban de los granos. Como resultado, su erradicación total o casi total multiplicó a la verdadera plaga. Menos comida. Más estómagos (humanos) vacíos. Cuando cayó en cuenta del error, en 1960, la dictadura puso fin a la campaña contra los gorriones, no sin antes sustituirlos con los chiches como culpables de su fracaso. Pero ya era demasiado tarde. Tuvieron que pasar dos años más para que el Gran Salto Adelante fuera oficialmente abandonado. Produjo la peor hambruna en la historia de la humanidad, con un saldo de entre 15 y 30 millones de personas. Humillado, Mao perdió buena parte de su poder, pero solo por unos años. Volvió a la carga con la Revolución Cultural a finales de los 60, otra abominación política que aplastó a sus rivales de partido, así como a miles de ciudadanos comunes tildados de “contrarrevolucionarios”.

Como ya dije, el Partido Comunista Chino de comunista hoy solo le queda el nombre. Pero la elite gobernante actual es heredera de Mao, y tiene que rendir culto a su abolengo revolucionario (i.e. dictatorial). Por eso no sorprende que bajo la égida de Xi surjan teorías tan absurdas como la de los gorriones, para librar de culpas a Beijing por el manejo del coronavirus. Por cierto que no son los únicos en propagar el delirio conspirativo. Nicolás Maduro, uno de sus amigos, lo ha hecho también. Valiéndose de su propio aparato gigantesco de propaganda, en Venezuela hizo eco a la tesis de un “científico nanotecnológico” llamado Sirio Quintero, según la cual el coronavirus es un “arma de bioterrorismo y genocidio contra razas asiáticas, latinoamericanas (¿?) y afrodescendientes”. Maduro también promovió un jarabe de “malojillo, jengibre, saúco y pimienta negra” que, según Quintero, es capaz de curar el coronavirus.

La propagación de semejante charlatanería es un exceso, aun para este personaje. Pero, a mi juicio, es fácil de explicar. Maduro podría aspirar a congraciarse así aun más con un poderoso aliado en momentos en los que necesita respaldo. China últimamente no ha demostrado el mismo compromiso que Rusia defendiendo al régimen chavista de la presión internacional. Incluso es probable que Maduro apueste a que sea China la primera en desarrollar una vacuna contra el coronavirus y busque así poner a Venezuela en el principio de la fila para recibirla, para exhibir su ruptura con las democracias y aproximación a una potencia autoritaria como un acierto de su política exterior. Quién sabe si, como guiño extra a los herederos del, digamos, gran avicida, la elite chavista les declara la guerra a las guacamayas por comerse los mangos que tanto gustan en Venezuela.

Las lecciones de 1918, por Alejandro Armas

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Ha sucedido lo impensable: Nueva York se fue a dormir. Bueno, quizás sea una afirmación hiperbólica. Pero lo cierto es que las señas de identidad de la urbe han quedado en suspenso. Wall Street no tiene su ajetreo desenfrenado, pues todas las transacciones bursátiles se están haciendo de manera digital. En los andenes del Metro siguen abundando los roedores, pero casi no hay gente. Nadie pisa las tablas de Broadway, ni contempla las pinturas y esculturas de las galerías de Chelsea y los museos de la Quinta Avenida. La ciudad que me ha acogido por casi dos años, y que ahora siento tan mía como mi Caracas natal, es otra. El mundo entero es otro. Nos resulta ajeno e irreconocible. Acontecen cosas que nunca pensamos que acontecerían, al menos no durante nuestras vidas arrulladas desde la cuna por el desarrollo tecnológico vertiginoso, la pax americana y la democracia liberal.

Ok, taima. No, para los venezolanos en realidad no ha sido así la historia de nuestras vidas, pues hemos visto a nuestro país hundirse en un averno de miseria que nunca imaginamos. Sin embargo, asumimos ese sino como un castigo cruel reservado específicamente para nosotros, mientras el resto del mundo seguía recorriendo el camino feliz del progreso político, económico, social y cultural. Por ello, nos impresiona ver que en aquellas tierras que teníamos por imperturbables en su desarrollo la vida ha estado tan trastocada por estos días. Lo podemos resumir en las imágenes de hospitales colapsados, pero no en Puerto La Cruz, sino en Milán; o de anaqueles de productos cárnicos completamente vacíos, pero no en Maracaibo, sino en San Francisco (de California, no del Zulia); o de dos clientes de un supermercado peleando por un paquete de papel higiénico, pero no en Calabozo, sino en Brisbane.

Todo esto es la consecuencia del temible coronavirus que ha puesto al orbe entero a temblar como no lo había hecho desde que los tanques alemanes lanzaron su Blitzkrieg desde los Pirineos hasta las estepas del Volga.

Paradójicamente, el flagelo nos ha encerrado en nuestras moradas, que son el refugio en el que asumimos que estaremos más protegidos, toda vez que nos ha encerrado en un mundo, repito, ajeno, irreconocible, desconocido. Como todo animal, el ser humano le teme a lo que no conoce. En tal sentido, un virus extraño, así como los estragos que deja atrás su estela funesta, naturalmente generan pavor. Estar bajo llave desde luego implica muchas menos opciones de distracción disponible, a lo que se agrega que varias formas de entretenimiento doméstico, como ver un juego de béisbol en la televisión, están descartadas. Así que no tiene nada de raro que el miedo se apodere de algunas personas y las lleve a proyectarlo hacia un futuro harto incierto, que genera a su vez nuevo temor por ser una incógnita. Las peores pesadillas, algunas de ellas hasta apocalípticas, pareciera que estuvieran a la vuelta de la esquina.

Pero debemos aprovechar asimismo que nuestras ocupaciones se han reducido para meditar con sosiego. Al igual que toda emoción, el miedo en exceso obnubila el juicio. Recordemos a Goya: el sueño de la razón produce monstruos. A ver. El coronavirus y sus efectos son una tragedia global digna de Eurípides. Cada una de esas muertes es una desgracia. Otro tanto puede decirse de cada despido de una empresa con el agua al cuello por la paralización de sus actividades. El daño económico apenas ha empezado a sentirse y pudiera pasar a los anales como uno de los peores en la historia de la humanidad. La reacción a la crisis por parte de muchos gobiernos, incluso en los países más desarrollados, ha sido decepcionante. Nada de esto es discutible. Pero, caramba, no estamos viviendo la revelación de Juan de Patmos (y eso que, de acuerdo con algunas exégesis, el caballo escatológico blanco representa la peste). Dicho en lenguaje cotidiano, no es el fin del mundo. Porque también es indiscutible que contamos con los conocimientos para superar cada una de estos dramas. El golpe económico será duro, pero se podrá sanar la herida. Habrá muchos más contagios, pero la epidemia será frenada. Solo la muerte no tiene arreglo, como sentenció Emily Dickinson en uno de sus versos. Lo único que es imposible que vuelva a nuestras vidas es la vida de quienes el virus ya se llevó.

Me voy a limitar a la enfermedad en sí misma. ¿Acaso no es cierto que la humanidad ha sobrevivido a abominaciones patológicas espeluznantemente fatales, como la peste bubónica? ¿Se nos olvida que hoy, más allá de la perversión de las dictaduras y las falencias de algunas democracias, estamos técnicamente mucho mejor preparados para lidiar con pandemias que en casos anteriores, en materia tanto de contención como de desarrollo de agentes inmunizadores? Es mucho lo que podemos aprender para entender esto, con solo mirar hacia experiencias pasadas.

Pensemos nada más en la llamada “gripe española” que azotó al mundo hace un siglo. No tengo dudas de que se han hecho bastantes comparaciones entre esta influenza con esteroides y el coronavirus actual, pero no importa. Para lo que se propone este artículo, funciona. La gripe española se desató en 1918 y, a diferencia del Covid-19 (obviemos las descabelladas acusaciones de Pekín), no hay consenso sobre su punto de origen. Algunos estudios señalan los campos de batalla europeos, escenario de las últimas escaramuzas de la Primera Guerra Mundial. Otros apuntan hacia un pueblo de Kansas como localidad del paciente cero, o hacia una instalación militar en dicho estado, en el corazón de Norteamérica. De ahí se habría expandido hacia la costa oriental de Estados Unidos, donde se embarcaban los soldados rumbo a Europa.

Como sea, el virus estuvo bien presente en las trincheras de Ypres y de Aisne, un entorno particularmente insalubre (¿vieron el hacinamiento, el lodazal y las ratas en 1917, la magistral película de Sam Mendes?). Por supuesto, comenzó a hacer estragos entre las tropas. Y dado que un virus no tiene una fijación con los uniformes, no tardó en infectar a civiles y en expandirse por el mundo. En Venezuela costó más de 25 000 vidas, cifra escalofriantemente alta considerando que el país en aquel entonces tenía aproximadamente dos millones y medio de habitantes. Entre las víctimas estuvo Alí Gómez, uno de los hijos del dictador Juan Vicente Gómez.

De vuelta a Europa, para mantener la moral castrense en alto, los países beligerantes censuraron los reportes de contagios y muertes por la gripe. Eso no pasó en España, que era neutral. Dado que en Madrid se podía informar libremente al respecto, se produjo la impresión falsa de que la nación ibérica estaba siendo golpeada de forma desproporcionada. De ahí el apellido “española”.

Ahora lo que todos esperan para hacer la comparación más importante: el tamaño de la infección y la mortandad. Alrededor de 500 millones de personas tuvieron el virus. Hay diferentes estimaciones sobre cuántos cayeron ante él. Los más conservadores hablan de 17 millones de muertes, en un período de entre dos y tres años, con la peor oleada concentrada en 1918. Otros concluyen que fueron 50 millones y hasta 100 millones. Al momento de escribirse estas líneas, el coronavirus acumulaba 242 000 casos y algo más de 10 000 muertes. Es decir, utilizando el cálculo más moderado de la gripe española, hasta ahora los casos de coronavirus son 0,05 % del número de casos de aquella, mientras que la proporción es de 0,06 % en cuanto al número de muertes. Por supuesto que habrá más casos de coronavirus en los meses por venir y, muy desgraciadamente, más muertes. Pero, teniendo en cuenta los avances médicos que ha habido desde 1918, me parece que es extremadamente improbable que lleguemos a ver cifras similares.

Otra lección que podemos extraer del estudio de la gripe española es el de las víctimas célebres de las epidemias. Cuando una figura, digamos, VIP se contagia, quienes no gozamos de esos privilegios nos sentimos aun más vulnerables. Por eso nos impresionó tanto enterarnos de que el prodigio histriónico Tom Hanks tiene el coronavirus. O el astro del baloncesto, Kevin Durant. Pero, de nuevo, no es algo que no haya pasado antes y no significa que estamos ante un flagelo imbatible que arrasará con la especie humana. La gripe española estuvo en los cuerpos de Lilian Gish, David Lloyd George, Mary Pickford, el káiser Guillermo II y Woodrow Wilson. También en el del rey Alfonso XIII de España (otra razón por la que surgió el apellido peninsular de la enfermedad). Todos la sobrevivieron. En cambio, Gustav Klimt y Max Weber no corrieron con esa suerte.

En fin, nos queda mucho encierro que aguantar. Muchas malas noticias que digerir. Algunas de ellas, terribles. Pero esto pasará. La humanidad superará este trance, como lo hizo con trances anteriores. Para ello, todos debemos poner de nuestra parte. Entre más colaboremos por ahora, menos durarán los sacrificios y menor será el daño. Por eso, cierro con la consigna que recorre el planeta: excepto para lo indispensable, quédate en casa.