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Opinión

La sociedad civil en stand-by

La sociedad civil en stand-by, por Alejandro Armas
Alejandro Armas
25/03/2022
Si no hay un liderazgo eficaz, tampoco podemos esperar que la sociedad civil protagonice una iniciativa rebelde acéfala

 

@AAAD25

Cada vez es más obvio. El grueso de la ciudadanía venezolana está cansada de la política. Harta de un régimen al que identifican como responsable del desplome en su calidad de vida, pero también frustrada por una dirigencia opositora incapaz de impulsar el cambio de gobierno. Protestas específicamente políticas casi no hay, y cuando sí se dan, la concurrencia es poca. El grueso de los reclamos es por la pésima provisión de electricidad, agua, gas, etc.

Vuelvo con mi cantinela, y me perdonan, sobre la despolitización de las masas. Me atrevería a decir que solo un pequeño grupo de venezolanos sigue altamente interesado en la política. Obviando a la elite gobernante y a los seguidores que aún le quedan, podemos dividir a estos ciudadanos politizados en dos grupos: unos promueven la adaptación al sistema, disfrazada de oposición; mientras que los otros insisten en la oposición real, pero rara vez lo hacen más allá de lo retórico.

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El primer grupo es el que no para de pontificar que lo único que pueden hacer los adversarios del régimen es dialogar con él y votar en su sistema electoral, a la espera de que milagrosamente respete una expresión de voluntad ciudadana adversa. Dado que ello implica la continuidad del statu quo por tiempo indefinido, no les queda de otra que celebrar todas aquellas decisiones del régimen que pudieran traducirse en una vida un poco menos dura en Venezuela, incluyendo entendimientos entre los jerarcas del chavismo y la sociedad civil. Muy a pesar de que esas decisiones jamás son garantías cuando la arbitrariedad de una elite oligárquica es lo que campea.

El segundo grupo ve aquellos entendimientos y, al contrario, monta en cólera. Lo ven como una claudicación o, mucho peor, una traición. Después de todo, se trata de instituciones de la sociedad civil que, si bien no estuvieron al frente de la resistencia a la hegemonía absoluta del chavismo, sí fueron parte de ella. No tanto por militancia en un partido opositor como por estima a los valores cívicos incompatibles con dicha hegemonía, así como por intereses materiales perjudicados por la devastación del país.

Aunque concuerdo con que el conformismo es inaceptable, creo que los inconformes debemos entender en dónde estamos parados y por qué ocurren las cosas que vemos.

Esto es algo que he venido repitiendo y que no me cansaré de repetir: mientras la dirigencia opositora no presente una estrategia creíble para el cambio político, la sociedad civil buscará sobrevivir como pueda dentro del orden chavista.

Todos tenemos un deber cívico de contribuir con la restauración de la democracia y el Estado de derecho. Pero la primera responsabilidad radica en el liderazgo. Si este no avanza, el resto de la sociedad tampoco lo hará. Para eso se supone que son líderes. Para conducir. ¿Que eso es extremadamente difícil en un contexto como el venezolano? Claro que sí. Pero, de todas formas, quien aspire a hacer el papel de dirigente debe cumplir. El hecho de que una labor sea titánica no significa que los demás debamos hacernos los tontos cuando quienes la acometen no lo logran. Sobre todo, si en juego hay algo más que la suerte de los responsables.

Si no hay un liderazgo eficaz, tampoco podemos esperar que la sociedad civil protagonice una iniciativa rebelde acéfala. Ello tendría una poquísima probabilidad de éxito. No cumpliría el objetivo, ni haría justicia a los presos políticos, a las víctimas de violaciones de derechos humanos o a los caídos en protestas. Nadie se va a inmolar en vano.

¿Qué tienen en mente entonces las autoridades de la sociedad civil? Yo no creo que olvidaron lo que el régimen hizo, ni que crean que es incapaz de repetirlo. Es solo que se sienten impotentes para cambiar el entorno arbitrario, con todo el dolor que ello implica.

Como sociedad, estamos en una especie de stand-by, a la espera de otra oportunidad para el cambio.

Pero como por ahora la gente no siente que pueda cambiar las cosas, se concentra en sobrevivir y, si es posible, prosperar, pues la alternativa es la desaparición. Sobrevivir y prosperar no solo para estar en una posición lo más fuerte posible cuando llegue el momento de empujar hacia el cambio, sino para reconstruir el país una vez que el sistema político favorezca el tránsito hacia el civismo y el desarrollo.

Pero sobrevivir en Venezuela supone entenderse de alguna forma con quienes la controlan. Y para algunos entes es muy difícil eludir el entendimiento de alto nivel, porque el chavismo siempre les ha puesto el ojo encima. Los quiere, cuanto menos, sumisos. Precisamente porque son entes influyentes. Me refiero a grandes empresas, universidades, gremios profesionales, etc. De ahí los eventos mediáticos con fotos de apretones de manos y sonrisas, que tanto molestan a algunas personas.

No me odien por citar a Lenin, pero, ¿qué hacer? ¿Estamos condenados a la pasividad perenne? No. Me atrevo entonces, modestamente, a hacer esta invitación a la sociedad en stand-by, en la que me incluyo. Hay dos cosas que, como ciudadanos, sin importar cuánta presión de los poderosos tengamos encima, deberíamos hacer.

Primero, entender que este no es el país que merecemos. Sin cambio político, viviremos en indefensión total ante los caprichos del poder arbitrario. También es muy probable que siga la precariedad socioeconómica extrema, salvo por socios del régimen y afortunados honestos (que los hay, créanme). Lo segundo es alentar el surgimiento de un nuevo liderazgo político o presionar al que ya existe para que tenga un mejor desempeño en términos de estrategia y transparencia.

Es lo menos que podemos hacer por el rescate del país y, sinceramente, no me parece mucho pedir.

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