Carolina Jaimes Branger, autor en Runrun

Carolina Jaimes Branger

Chavismo y coronavirus, por Carolina Jaimes Branger

@cjaimesb 

El fondo, definitivamente, no tiene fondo. Quienes pensaban que no nos podía pasar nada peor se estrellaron contra la realidad de que en Venezuela hay coronavirus y Maduro está a cargo. Y junto a él, un único médico, Jorge Rodríguez, cuyos conocimientos de Medicina hace rato que sucumbieron ante el resentimiento y las ansias de poder.

Han circulado varios videos de Andrés Manuel López Obrador hablando sandeces sobre el virus que azota a todo el mundo. El que López no crea en la emergencia, no va a detener el contagio. El problema radica en que él es presidente de un país que tiene 130 millones de habitantes… ¡una bicoca! Sin tapabocas y guantes, él y su gabinete, corruptos como casi todos los comunistas, asegura que lo que detendrá al coronavirus es la honestidad. No tengo que agregar nada. Pobres mexicanos que lo eligieron. Y peor, quienes no lo eligieron.

Aquí en Venezuela, López Obrador tiene un contendor en idioteces. No sabe ni cómo colocarse un tapabocas y lo hace en cadena nacional… ¿maniobra de distracción? Designa encargados de hacerle frente a la pandemia a quienes no tienen idea ni de qué hacer y cómo hacerlo.

La información es oficial, que no significa otra cosa que turbia, amañada, tergiversada, mentira. Los medios privados están censurados y bloqueados. Nunca sabremos ni cuándo llegó el virus, ni cuántas personas están infectadas, ni si hay medicamentos para hacerle frente.

Maduro pidió ayuda al FMI y yo creo que es para echarle la culpa a alguien del estrepitoso fracaso que será el manejo del coronavirus en Venezuela.

Ahora dizque hay un puente aéreo entre China y Venezuela para “ayuda humanitaria”. ¿Será que se le olvidó tan rápido que hace un año mandó parar todos los containers que traía Guaidó?… El primer barco trajo solo 4000 kits de detección del virus, que escasamente cubrirá a los empleados de un solo ente público.

Los hospitales venezolanos están en el piso. Si los países desarrollados están viéndoselas duras, imagínense nosotros aquí. Y lo peor vendrá cuando la gente que vive al día empiece a sentir hambre. No entiendo cómo no han decretado toque de queda. El estado de alarma no será suficiente…

Contradictoriamente, quizás sea el coronavirus lo que finalmente nos sirva para terminar de salir de esta pesadilla.

Pasaron 64 años para que la concha acústica de bello monte volviera a llenarse
Vista del concurrido concierto en la concha acústica de Bello Monte. Foto Kristhyan Benítez, @kristhyanen

@cjaimesb 

El domingo 8 de marzo de 2020 sucedió en Caracas algo que la última vez que se había dado fue en 1956. En aquella oportunidad, en septiembre, había llegado a Caracas el chileno Lucho Gatica -quien tenía pegadísimas varias canciones, en particular Bésame mucho– a cumplir numerosos compromisos que lo mantuvieron en el país por más de un mes. El epítome de aquella gira fue un mano a mano con nuestro Alfredo Sadel en la nueva Concha Acústica de Bello Monte. En aquella Caracas que apenas entraba en la modernidad, era un hecho que no tenía parangón. Ocho mil personas llenaron la magnífica edificación diseñada por el arquitecto Julio Volante.

Tuvieron que pasar 64 años para que el anfiteatro volviera a llenarse “hasta la bandera”, a pesar de que, en el transcurso del tiempo desde su fundación, maravillosos artistas, orquestas y grupos musicales y de teatro se han presentado allí.

Esta vez fue gracias a la iniciativa de Darwin González, alcalde de Baruta, quien le ha dado un decidido respaldo a la cultura, y el auspicio de la Embajada de la Unión Europea con el apoyo de las embajadas de Francia y Alemania, que se presentó un espectáculo maravilloso: el Concierto de piano número 2 de Saint-Saens con el pianista Kristhyan Benítez y la Carmina Burana de Carl Orff, con la Orquesta Sinfónica Gran Mariscal de Ayacucho, bajo la batuta de la Maestra Elisa Vegas, varios coros capitalinos dirigidos por la Maestra Ana María Raga, y los cantantes Ninoska Camacaro, Álvaro Carrillo y Julio César Salazar. La puesta en escena fue de Roberth Aramburo y Fernando Grantón.

La semana anterior, la ópera Gianni Schicci había presagiado lo que iba a suceder la semana siguiente, cuando casi cuatro mil personas se dieron cita en la Concha Acústica. Los cálculos de la Alcaldía de Baruta hablan de ocho mil trescientas personas. Yo, que estuve allí, no puedo decir cuántas, pero sí que estaba lleno hasta el último escalón. El espectáculo fue sencillamente espectacular. Elisa Vegas demostró que es una de nuestras mejores directoras de orquesta. Lo mismo digo de Ana María Raga. Kristhyan es sencillamente sublime. Y los cantantes estuvieron estupendos. Todos salimos con los espíritus elevados. Por unas horas estuvimos en el primer mundo. Gracias a todos quienes lo hicieron posible.

Pariendo esclavos, por Carolina Jaimes Branger

@cjaimesb

En una nueva cadena, Nicolás Maduro se presentó a aupar a mujeres embarazadas a que tuvieran partos naturales y las instó a que “parieran 6 hijos para la revolución”. Como era de esperarse, todos aplaudieron. Incluso los hombres ¡como si los hombres supieran qué es parir!

¿Qué aplaudirán? ¿Qué van a parir con comadronas y no van a la maternidad? Eso podría ser útil en un parto sin complicaciones… pero en un parto que se complique, es un riesgo innecesario. La historia, me imagino, que vendrá por la falta de presupuesto en los hospitales y las maternidades. Según Maduro, van a formar unas 30 000 asistentes de partos, porque “para eso sí hay dinero”. Ahora que estamos en alerta por la inminente llegada del coronavirus, la verdad es que no necesitamos más fuentes de infecciones y contagios.

Si no aplauden por eso, tal vez estén aplaudiendo que van a tener “6 hijos para la revolución”. ¿Qué significa eso? ¿Que van a parir sigüíes, que a todo lo que les mande el peor gobierno que hemos tenido en nuestra historia, responderán “¡sí, a la orden!”?.

Esos niños que nacerían en la Venezuela madurista no tendrían acceso a vacunas, ni a medicamentos, ni a tratamientos en el caso de que tuvieran afecciones congénitas. El Seguro Social que sus padres y abuelos cotizaron no sirve para nada, porque sus jefes se robaron impunemente los ahorros de los trabajadores. Los hospitales públicos están por el suelo, ni hablar del Hospital de Niños de Caracas, que hoy resiste precariamente gracias a la mística de médicos, enfermeras y padres.

Esos niños, de resultar medianamente sanos, probablemente terminarían pidiendo limosna en un semáforo o comiendo de los basureros de los restaurantes y las casas de lo que queda de clase media. ¡Qué tragedia! Si no fuera porque estoy tan segura de que falta muy poco para salir de esta situación, les diría que parirán esclavos. Sí, esclavos.

Un esclavo es una persona que ha perdido todas sus libertades. En muchos casos, hasta la de pensamiento, porque desde que nacen los entrenan como tales. Aprenden a bajar la cabeza, a soportar todo, porque el sufrimiento es parte de sus vidas. No se imaginan cómo vive una persona libre. Maduro quiere esclavos para que le digan “sí” y lo aplaudan. Y tú… ¿quieres parir esclavos para esto?

Algo tiene que cambiar, por Carolina Jaimes Branger

@cjaimesb

 

Un caso dantesco sacude a México: una mujer secuestró (y ayudó a matar) a una niña de 7 años para que su pareja no se metiera con sus hijos. Según ella misma confesó, “Mario quería una novia chiquita”. Y ella, en vez de denunciarlo en la policía, en una plaza pública, dejarlo o mudarse, lo complació. Otro feminicidio más para la larga lista mexicana.

Pero no es solo en México. España, un país de primer mundo, tiene unas estadísticas que espeluznan. Y así, en todas partes. El sistema de justicia –al parecer- no está diseñado para proteger a las mujeres. El sistema no les cree. Minimiza las denuncias. Hay policías que se burlan (tal vez ellos mismos sean agresores), y ni siquiera se acercan a las casas de donde los llaman. Cuando detienen al agresor lo sueltan, en general, por “falta de pruebas”. Una de las mujeres asesinadas este año era de España, había denunciado a su pareja, pero la policía no hizo nada. Por eso no denuncian.

Más allá de eso, la gran pregunta que me asalta es por qué las mujeres maltratadas, en su mayoría, regresan con el agresor. Si a mí un hombre llegara a ponerme un dedo encima, no me vería nunca más en su vida. ¿Regresan por los hijos? ¿Qué ejemplo para los hijos es que un padre maltrate a su madre?, ¿que repitan el patrón, el varón de agresor y la niña de agredida?…

La autoestima de las mujeres maltratadas debe estar por el subsuelo. Que piensen que no puede haber nada mejor, es terrible. Habrá otras masoquistas que les gusta que las maltraten, pero esa es otra historia.

Cuando mi papá era joven, iba manejando por una carretera cerca de Lobatera, estado Táchira, cuando vio que de una casita salió una mujer en dormilona, pidiendo auxilio. Detrás de ella venía un hombre con una correa en la mano, persiguiéndola. Mi papá detuvo el carro, agarró al hombre, le dio un pescozón y lo lanzó en la cuneta. Casi inmediatamente la mujer que pedía auxilio le cayó encima a mi papá y comenzó a golpearlo: “él es mi marido y si quiere matarme, que me mate”, lo increpó. Mi papá nunca salió del asombro que le produjo aquella historia tan triste.

Si bien es cierto que la denuncia en muchas ocasiones no sirve, la solución tampoco es no denunciar. Las mujeres tenemos que exigir que se cumplan las leyes. Visibilizarnos. Unirnos. Algo tiene que cambiar.

@cjaimesb

Esta vez le tocó a Miguel Pizarro ser la víctima. Pizarro es uno de los políticos más inteligentes y sólidos que tenemos. Lo digo porque lo conozco. A pesar de que sus declaraciones fueron meridianamente claras, las sacaron de contexto: “Mi papá fue guerrillero. Yo sé de cerca el daño que puede infligir la violencia como medio de acción política”. ¿Qué significa esto, sino que está EN CONTRA DE LA VIOLENCIA?… Sigue: “Yo estuve muy cerca de ellos (los muchachos) porque no quería que cometieran excesos, que el ímpetu del momento los llevara a convertirse en una suerte de lucha armada”: Pizarro conoce MUY BIEN los riesgos, el peligro y la sinrazón de la lucha armada. Pero yo estoy segura que lo que detonó la ira de tantos fue lo que dijo a continuación: “que ese mundo del sifrinazgo caraqueño que les metía plata y les daba comida y los increpaba para que hicieran cosas supuestamente heroicas en nombre de la libertad, cuando en verdad eran irresponsabilidades, tuvieran a alguien de la política que hiciera contrapeso y que hiciera pedagogía”.

A mí no me pueden tildar de izquierdosa, porque jamás lo he sido. Más bien, de lo que se me ha acusado en muchas ocasiones es de formar parte de ese sifrinazgo caraqueño, al que conozco bien. Y nadie me va a venir a decir que no hubo gente que buscaba a los muchachos, les daba de comer, los proveía de máscaras, les daba dinero, muchas veces en dólares.

Un día que me estacioné cerca de la Plaza Altamira vi cómo se acercaban a los muchachos y los instaban a que arremetieran en contra de los guardias. Yo les decía que no hicieran eso, pero aquellos chamos se creyeron que eran unos héroes y algunos terminaron asesinados. ¿De quién es la culpa, de Miguel Pizarro? ¡Nada que ver! Pizarro los estaba protegiendo de que no los fueran a matar. Y estoy segura de que muchos que están vivos hoy, le deben la vida.

Pero claro, para ese sifrinazgo pendejo el que Pizarro sea hijo de un guerrillero lo inhabilita de por vida. Muchos de quienes aupaban a esos chicos a enfrentar a las fuerzas de seguridad del Estado tienen a sus hijos fuera del país. ¡Que maten a los hijos de otros! ¡Que maten a los muertos de hambre! Y tú, Miguel, sigue adelante con tus posiciones francas, claras y contundentes. Si los perros están ladrando, es porque avanzamos.

En Venezuela estamos locos. Un monstruo, un torturador, un sádico, ahora resulta que es “el gordo Mathías”. Aquí llamamos a la gente “gordo” o “gorda” por familiaridad, cercanía, cariño. Hasta los medios se refieren a él así. ¡Eufemismos, qué manera de minimizar sus delitos! Lo peor es que todo está tan trastocado que no me sorprendería que encontrara un juez que lo absuelva para que pueda seguir en sus andanzas. Aquí las mujeres seguimos siendo ciudadanas de segunda.
 
Hace un tiempo, vi una demostración de la indiferencia de la sociedad en lo que refiere a las mujeres maltratadas. Un equipo británico instaló en una urbanización cerrada, donde todos los vecinos se conocían, unos equipos de música de gran capacidad. Pusieron música a todo volumen una noche y casi todos los vecinos llamaron a la policía a quejarse. Un par de semanas más tarde, simularon que el marido maltrataba a la mujer. Ella gritaba desesperada pidiendo ayuda. Sonaban ruidos, cristales rotos, golpes. Nadie vino a socorrerla. Nadie llamó a la policía. Y eso pasó en un país “civilizado”.

El caso de Morella –y otras dos víctimas más- tiene que llamar a la reflexión al país entero. Ese monstruo la sedujo cuando apenas era una niña, porque “su familia se oponía a su relación”. ¡Con toda la razón, se habían dado cuenta de que el sujeto era violento! A punta de maltratos la tuvo encerrada durante 31 años… ¡31 años, los mejores años de su vida! ¿Y los vecinos? ¿Son inocentes o más bien indiferentes? ¿Apáticos, en vez de haber sido empáticos? Sé que uno en algún momento llamó a la policía, que no hizo nada. Y eso lo sé de primera mano, porque cuando viví en Maracay un vecino maltrataba a su mujer y yo llamé a la policía cada vez que la oí gritar y cuando venían, no hacían nada. Al menos ella lo dejó. ¿Y Morella? ¿Nadie se compadeció de ella? Sólo un vecino lo puso en las redes sociales… pero eso no es suficiente. Sólo imagínense que fuera una mujer de su familia. Les gustaría que alguien hiciera algo por ella… ¿o no?

Así que además de unir mi voz de indignación ante este horror cometido por el monstruo Mathías Enrique Salazar Moure, espero que si usted, lector, escucha a una mujer pidiendo auxilio, no responda con indiferencia. Como dijo Gandhi, “lo peor es el silencio de los buenos”.

@cjaimesb

Hace unos días me pidieron ayuda para conseguir albúmina para un bebé de 3 años que sufre de un síndrome nefrótico congénito. Estaba en fase aguda y necesitaba el remedio a como diera lugar. Se encontraba tan hinchado que ya ni siquiera podía abrir los ojos. Luego de ponerlo en Twitter –en estos casos uno ve el verdadero poder de las redes sociales- me di a la tarea de llamar a un par de personas que pensé podrían ayudar a conseguirla.

La primera fue una enfermera a quien conocí en Maracay hace años y ahora trabaja en un hospital público de Caracas. Ella me respondió que la albúmina era prácticamente imposible de conseguir, a menos que fuera a una farmacia donde las traen del exterior y cuestan $70 cada frasco. El bebé necesitaba seis: reunir $420 le tomaría diez años y medio a cualquier persona que gane sueldo mínimo y eso sin comprar nada más. ¿Quién de escasos recursos puede pagarlo? ¡Nadie!

Luego me comuniqué con un empleado del Hospital de Niños, sitio de reclusión del bebé, quien me dijo que, si llegaran a tener albúmina, la entregarían directamente al médico tratante en el momento de administrársela al paciente, porque la experiencia ha sido que, si se las dan a los padres, éstos en vez de usarlas, las revenden. En el mejor de los casos, piden más de las que necesitan para luego revenderlas ¿Qué clase de progenitor deja de darle un remedio a un hijo para revenderlo? ¿Qué hay más importante en la vida que la salud de un hijo? ¡Quienes tenemos hijos deberíamos estar dispuestos a dar la vida por ellos!

Y quienes piden más remedios de lo que necesitan para ingresar en el mundo del bachaquerismo medicinal, ¿a quién le están robando, si no es a personas como ellos, que no tienen cómo acceder a los medicamentos de altos precios?

Lo peor del chavismo no es lo que está a la vista, sino lo que no se ve: eso que ha vuelto a tantos cínicos ante el sufrimiento. Lo que ha llevado a demasiados hasta límites desconocidos de indiferencia. Lo que ha transformado a muchos en unos seres primitivos sobreviviendo a dentelladas. Lo que ha convertido a un pueblo tradicionalmente generoso en una bandada de buitres egoístas. Por fortuna y por contraste, también ha sacado lo mejor de tantos, como quienes hicieron todo para que el bebé se salvara. A todos ellos, millones de gracias.

@cjaimesb

Pensando en la Venezuela post-chavista no puedo dejar de reflexionar sobre cómo vamos a resolver el tema de la división… ¡Chávez, Maduro y sus acólitos han tenido como política sembrar odio y lo han logrado!

En Venezuela hay odios por razas –algo que nunca había existido- odios por estrato socio-económico, donde contradictoriamente ocurre que a quienes se odia es a los empresarios (en su mayoría honestos y trabajadores), que son quienes han echado el país hacia delante, y no a los groseramente ricos que amasaron sus fortunas robando el tesoro nacional, tanto chavistas como opositores.

 

Hay odios por educación (¿les suena conocido el lema de Zamora en la Guerra Federal “mueran los ricos y los que sepan leer y escribir”?), una suerte de bandera para perpetuar la ignorancia y hacer más fácil la manipulación de las masas. Hay odios por pensar distinto, y aunque Twitter no es Venezuela, es una buena muestra de cómo cualquier foro o grupo se convierte en un hervidero de insultos, descalificaciones, ultrajes y mofas. España tuvo una guerra civil cuyas heridas siguen abiertas setenta y cinco años después y cada vez más expuestas… ¿es eso lo que queremos?… Todos pierden en una guerra.

Hoy es el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Aquel genocidio planificado para acabar con los judíos de todo el planeta, por fortuna no tuvo éxito. Pero quedaron como trágica huella 6 millones de muertos, entre ellos 1,5 millones de niños. Con los sobrevivientes que he conocido y en los testimonios que he leído, busco siempre la respuesta a la pregunta de cómo seguir adelante después de haber vivido la crueldad humana en toda su extensión. “No siento odio”, me dijo varias veces mi amiga Trudy Spira.

“Yo estoy aquí, tengo hijos, tengo nietos. Hitler no logró su cometido”. Leyendo a Víctor Frankl, éste explica que pudo soportar aquellos horrores proyectándose en el futuro para no sufrir tanto el presente. Por ejemplo, pensando cómo explicaría a sus alumnos aquello que estaba viviendo.

Los venezolanos tenemos que reencontrarnos. Vernos de frente, darnos la mano. Que el chavismo, como Hitler, no venza en sus propósitos. Y como Frankl, pensar en cómo relatar en el futuro la historia de estos 21 años, para que al unísono exclamemos “¡nunca jamás!”.

@cjaimesb