Carolina Jaimes Branger, autor en Runrun

Carolina Jaimes Branger

¿Libertad o anarquía?, por Carolina Jaimes Branger

@cjaimesb 

A los ignorantes los disculpo. “Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen”, dijo el mismo Jesucristo. Pero a quienes lo hacen por arrogancia, estupidez o por sentimiento de superioridad “mi vida es más importante que la tuya”… “no me importa lo que les pase a los otros”… “hago lo que me da la gana”… ¡no!

¡No, no y no! En esta pandemia el uso de la mascarilla no es que sea obligatorio: es imprescindible. Es la única manera cierta de evitar el contagio. Pero resulta que entre los ignorantes y los anárquicos van a matar a una buena parte de la población mundial.

Empezando por el presidente Trump, quien afirma cada vez que se le pregunta que el uso de la máscara es una recomendación, no una obligación. Claro, él está más que protegido, porque todas las personas que se le acercan son sometidas a un test rápido, a ver si tienen o no coronavirus. Pero… ¿y los demás?

En un rally que realizó en Tulsa, Oklahoma, hizo alarde de no llevar máscara e instó a los participantes a que no la llevaran tampoco. La soberbia ha matado mucha gente en el mundo. La gente coreaba –fascinada- que no llevaban máscaras…

Menos mal que ese grupo de muchachos llamados los “K-poppers” reservaron miles de entradas al rally y luego no se presentaron. Porque estoy segura que de allí salieron muchos contagiados. Han podido haberse contaminado muchos más.

Si alguien quiere matarse, está en su pleno derecho a hacerlo. Pero exponer a los demás, es intento de asesinato.

Si alguien en la infinitud de su estupidez decide no llevar máscara, el problema no es que él o ella se contaminen. El problema es que puede contaminar a los demás. Muchas de esas personas han alegado que es “su libertad” decidir si usar o no la mascarilla. No. Eso no es libertad. Eso es anarquía. Además de egoísmo. Y por encima de todo, estupidez.

En España, por ejemplo, es obligatorio usar las mascarillas. A quien no la lleve lo multan con 600 euros, y si no tiene el dinero, va para la cárcel. Y en España la curva de la COVID-19 ha bajado. No así en los Estados Unidos, donde los repuntes son alarmantes, sobre todo en los estados de Texas y Florida.

En Venezuela no sabemos –ni sabremos- los verdaderos números de enfermos y fallecidos, porque el régimen los oculta. Y ciertamente, no se le puede pedir a alguien que gana $3 mensuales que compre una mascarilla. Sin embargo, muchos han fabricado sus mascarillas domésticas, que, si bien no protegen en un cien por ciento, algo ayudan.

Hay muchos todavía que no creen en la pandemia. Pero en este estado de precariedad en el que vivimos los venezolanos, acusar a alguien de no hacer lo que debe hacer, sería irresponsable. Pero ahí está Maduro, bien protegido y bien encerrado. Las ironías de la vida…

Lo que sí me queda meridianamente claro es que quienes -como Trump- se niegan a usar las mascarillas pudiéndolas usar, no están haciendo uso de su libertad. Están manifestando su estupidez y convirtiendo un Estado de derecho en una anarquía total.

 

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Cuentos de camino, por Carolina Jaimes Branger

@cjaimesb 

Escribo este artículo el jueves 25 de junio, después de haberme calado una cadena de Jorge Arreaza, quien supuestamente estaba en Rusia. Y digo “supuestamente” porque desde que Chávez deambulaba por los pasillos del Hospital Militar cuando estaba gravísimo, o muerto, a esta gente no se les puede creer nada.

Arreaza se quejaba de las sanciones de los Estados Unidos. Todo lo malo que pasa en Venezuela es culpa de los gringos. “No podemos importar mascarillas, ni ventiladores, ni insulina, ni, ni, ni…”.

Me encantaría que Arreaza nos explicara a los venezolanos, con la misma claridad con la que se expresaba hoy, que lo que ellos han solicitado que levanten son las sanciones personales.

Si les importara realmente el pueblo venezolano, empezarían a devolver las gigantescas sumas de dinero que se han robado, o sencillamente, no se las hubieran robado. El sempiterno problema del socialismo, que todos somos iguales mientras somos pobres…

Arreaza se deshizo en elogios al régimen ruso. Les agradeció por todo lo que nos habían ayudado (¡qué malos son los gringos!) pero el tío Vladimir (Putin) ha venido en nuestra ayuda, afirmó. Si Rusia en verdad nos estuviera proveyendo con lo que supuestamente nos han quitado los Estados Unidos, no estaríamos así de mal. Y estamos peor. Cada día, cada hora, cada segundo.

Más tarde me llegó vía WhastApp un video donde una avioneta de la Fuerza Armada Bolivariana hacía el traslado de “un compañero” que padecía coronavirus. El supuesto enfermo venía dentro de una cápsula transparente. Su cuerpo se veía tan, pero tan plano, que era imposible determinar dónde estaba la cabeza. De hecho, uno de los camilleros preguntó que de qué lado estaba. Una muñeca de trapo que yo tenía cuando era niña, hubiera hecho más bulto. El narrador se ufanaba de tener “los más modernos adelantos” y yo me pregunté entonces de qué se quejaba Arreaza. Si esa escenita fuera cierta, no necesitaríamos nada más.

Como siempre, cuento de camino tras cuento de camino…

 

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“El Ceresole venezolano”, por Carolina Jaimes Branger

@cjaimesb 

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, el general Dwight Eisenhower visitó los campos de exterminio nazis. En su libro Cruzada en Europa relata que muchos de los oficiales no soportaron ver aquellos horrores. Sin embargo, él decidió que tenía que verlos para documentar absolutamente todo. El primero de los campos que visitó fue el de Ohrdruf, cerca del pueblo de Gotha, un anexo del campo de concentración de Buchenwald, el primero en ser liberado por los estadounidenses:

“Visité todos los rincones del campo porque sentí que era mi deber estar en una posición, desde entonces, para testificar de primera mano sobre estos hechos, en caso de que alguna vez creciera en alguna parte la creencia o la suposición de que la brutalidad en las historias de los nazis era solo propaganda. No solo visité los campos del horror, sino que tan pronto como regresé al cuartel general de Patton esa noche, envié comunicaciones a Washington y Londres, instando a los dos gobiernos a enviar de inmediato a Alemania un grupo aleatorio de editores de periódicos y grupos representativos de las legislaturas nacionales. Sentí que la evidencia debería presentarse inmediatamente ante el público estadounidense y británico de una manera que no dejara lugar a dudas cínicas”.

Esa “duda cínica” de la que hablaba Einsenhower se presentó de nuevo. Esta vez en Venezuela y en boca del nuevo “rector suplente del CNE”, Luis Fuenmayor Toro, quien dijo, según Entorno Inteligente, que “la inexistencia del Holocausto está más que documentada. No hay sino que leer ‘La mentira de Ulises’, de Rassinier, ‘El Mito de los seis millones’, de Hoggan y el libro de Ilan Pappe, para saberlo. Holocausto hay hoy en Palestina; en vivo y en directo”.

Muchas personas levantaron sus voces de repudio, a las que uno la mía. La embajada de Alemania, el país de dónde salió la idea de la “solución final”, el exterminio de los judíos, le salió al paso. En un tuit del 16 de junio, expresa:

“Rechazamos de manera categórica cualquier relativización sobre el Holocausto perpetrado por el régimen totalitario nacionalsocialista y que costó la vida de seis millones de judíos europeos. Su negación, especialmente por parte de figuras públicas, no puede sino ser repudiada”.

Solo un ser despreciable puede decir esas cosas. Y suponiendo que fuera cierto que hoy en Palestina exista un holocausto, como él dice, no significa que en el pasado no los hubo. El hecho de que hoy existan injusticias, genocidios, y otros horrores no borra los anteriores. Un amigo mío dice que él es “el Ceresole venezolano”. La verdad es que la comparación con el conocido antisemita y asesor de Hugo Chávez viene como anillo al dedo.

Yo pasé un mes en Israel en 2011. Y puedo decir con propiedad que los palestinos dependen de los israelíes. Trabajan con y para ellos. Si no estuvieran los israelíes, los palestinos fueran muy, muy pobres. Y espero que algún día lleguen a un acuerdo de dos países, dos gobiernos, una capital. Pero… ¿negar el Holocausto?… ¿Negar esa página negra de la historia de la Humanidad cuando todavía hay sobrevivientes y existe documentación de absolutamente todo?… Definitivamente, el fanatismo es uno de los pilares de la estupidez.

Aplaudo el tuit de la Embajada de Alemania y las reacciones de rechazo de tantos sectores de la sociedad. Y me preocupa que un individuo como Fuenmayor Toro sea “parte” del CNE o de cualquier otra institución. Porque si niega el Holocausto, puede hacer cualquier otra cosa (y si los rumores que sobre él circulan son ciertos, ya ha hecho unas cuantas).

¡Qué asco siento!

 

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¿Qué nos devolverá el viento?, por Carolina Jaimes Branger

Fotograma de Lo que el viento se llevó, donde se ve a la oscarizada actriz negra Hattie Mac Daniel como la nana que sirve al personaje protagonista, Scarlett O´Hara. Foto en La Voz de Galicia.

@cjaimesb 

La famosa película de 1939, Lo que el viento se llevó, vuelve al tapete y rompe récord de ventas en Amazon, después de que HBO Max la retirara de su catálogo de películas “por su contenido racista”. Personas que ni siquiera sabían de la existencia del filme, hoy poseen el DVD. Y es que las prohibiciones logran eso: que la gente compre lo que jamás hubieran pensado comprar antes de la prohibición.

Pero hay unas buenas razones. La página de CNN Business publicó las declaraciones del portavoz de HBO Max: Lo que el viento se llevó es “un producto de su tiempo y describe algunos de los prejuicios étnicos y raciales que, desafortunadamente, han sido comunes en la sociedad estadounidense. Estas representaciones racistas estaban equivocadas entonces y ahora, y sentimos que mantener este título sin una explicación y una denuncia de esas representaciones sería irresponsable. Cuando la película regrese a HBO Max, lo hará con una discusión de su contexto histórico y una denuncia de esas mismas representaciones, y se presentará tal como se creó originalmente, porque de lo contrario sería lo mismo que afirmar que estos prejuicios nunca existieron. Si queremos crear un futuro más justo, equitativo e inclusivo, primero debemos reconocer y comprender nuestra historia”.

Aplaudo esa decisión. Muchos la han considerado “radical” –definitivamente Lo que el viento se llevó es un clásico del cine y lo seguirá siendo- pero hay ocasiones en las que para lograr que un péndulo se quede en el centro hay que llevarlo de un extremo al otro.

Y el asesinato de George Floyd ha destapado nuevamente una olla de racismo en un país que, habiendo electo presidente de la república para dos períodos a un hombre de color, parecía haber dejado atrás su historia de injusticias, segregación y miseria humana.

Pero no. El racismo sigue su escalada y hay que detenerlo. No solo hay que hablar de la esclavitud, un hecho histórico lamentable e ineludible. Hay que hablar del drama que significó la segregación posemancipación de los esclavos: hospitales para blancos, hospitales para negros. Baños para blancos, baños para negros. Autobuses divididos, donde los negros estaban obligados a sentarse de la mitad para atrás. Y así en muchas otras instancias. Hattie Mac Daniel, la actriz que interpreta a “Mammy”, la nana de Scarlett O´Hara en la película, fue la primera persona de color en obtener un premio óscar. Sin embargo, quedó encasillada en el estereotipo de sirvienta. Así apareció en muchas otras películas. Su indiscutible talento histriónico no fue reconocido para otros papeles.

Pero esta situación no es exclusiva de los Estados Unidos. Los americanos no son los únicos racistas. El Apartheid en Sudáfrica es una vergüenza histórica, solo para mencionar una de las tantas que hay.

Aquí en Venezuela, aunque no hubo ese tipo de segregación, hay un racismo solapado. Chistes de mal gusto, comparaciones chocantes, que tal vez provengan de una visión distorsionada de la historia: a nosotros nos enseñaban (y a mis hijas también se lo enseñaron) que el padre Bartolomé de Las Casas era una suerte de héroe porque, para proteger a los indios, trajo esclavos negros. Y ningún libro –y peor aun, ningún profesor- comentó sobre la injusticia que aquel “acto de piedad” significó.

De manera que, rechazando de hecho el vandalismo como forma de protesta- celebro las otras protestas: inteligentes, llenas de contenido y con mensajes.

Porque hay discriminación hasta en la selección de la queja: por ejemplo, Breonna Taylor, una trabajadora sanitaria de Louisville, Kentucky, fue asesinada el 13 de marzo por agentes policiales que irrumpieron en su casa buscando drogas. No estaban uniformados, aparentemente no entregaron la orden de allanamiento, y cuando su novio, que estaba en la cama con ella cuando entraron, disparó a la pierna de uno de los policías en defensa propia, la respuesta fue una lluvia de disparos. Breonna recibió ocho impactos de bala. Sin embargo, aunque hubo protestas en la ciudad, no fue un escándalo como el asesinato de George Floyd. Breonna tenía todas las de perder: además de ser de color, era mujer. Lo peor de los dos mundos.

De manera que cuando nos devuelvan Lo que el viento se llevó, espero que sea porque definitivamente soplen vientos de cambio, más profundos, más empáticos y, sobre todo, más solidarios.

Fragmento de Lo que el viento se llevó en el canal de YouTube: Dpto. Imagen y Sonido del IES La Guancha

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¿Qué saldrá de todo esto?, por Carolina Jaimes Branger

@cjaimesb 

En estos tiempos, cuando la incertidumbre es lo único cierto, real y hasta palpable, es momento también de pensar en el futuro. Porque el futuro será muy diferente de lo que pudimos haber pensado a finales de 2019.

Quizás la primera conclusión es que somos ínfimos. Y eso no es malo. Porque darnos cuenta de nuestras limitaciones tal vez logre que nos esforcemos por hacerlas menores. La segunda, que no somos necesarios para muchas personas, muchos trabajos y muchas otras cosas. Eso tampoco es malo en sí mismo, porque podría estimularnos a ser más de lo que somos. Diferentes. Proactivos. La tercera, que nuestro sentido del colectivo es mínimo y eso sí tiene que mejorar.

En todo el mundo vimos personas por las calles totalmente desprotegidas, a quienes obviamente no les importaba si contraían el virus, pero que no pensaron por un segundo que no están solos en esta historia, que los demás necesitan que todos nos protejamos lo más posible.

Dentro de este escenario he reflexionado sobre Venezuela. Sobre cómo emergeremos de este mélange de sucesos. Un país en ruina económica, con hambruna galopante, desmoralización, pasando por una pandemia donde no se sabe ni el número de infectados, ni el número de muertos, ni con qué se cuenta para hacerle frente (si es que se cuenta con algo), en el marco de un régimen autoritario y asesino cuyo único interés es permanecer en el poder.

¿Acaso esas circunstancias nos modelarán para el futuro? ¿Será que el venezolano pospandemia (y ojalá que posrégimen chavista-madurista) será más empático (o quizás debería decir menos egoísta), tendrá más conciencia de la sociedad, será más responsable, menos dependiente, más apersonado de lo que es importante y lo que no?

¿Seremos los venezolanos más proclives al trabajo? ¿Habremos finalmente entendido la importancia de la educación? ¿Seguiremos –como hasta ahora- permitiendo que el dinero mal habido lave todo, o estaremos dispuestos a aplicar sanción social a los corruptos y, por encima de ello, a exigir justicia?

Nuestros jóvenes… ¿a qué le darán mayor importancia ahora? ¿Cambiará su manera de relacionarse entre ellos? ¿Serán diferentes los valores que buscan en otras personas?

¿Cómo nos relacionaremos en el trabajo? ¿Cómo serán nuestros nuevos hábitos de compras?, ¿los restaurantes, las oficinas, los comercios? ¿Cómo serán las industrias y cuáles sobrevivirán? El mundo artístico… ¿cómo se reinventará dentro de la cultura pospandemia?

En cuanto a nosotros como ciudadanos… ¿denunciaremos las irregularidades o veremos hacia otro lado si no es con nosotros? ¿Rechazaremos los abusos de poder o seguiremos bajando la cabeza? ¿Habremos adquirido la convicción de que un país se construye entre todos y que todos no solo podemos, sino que tenemos que poner de nuestra parte? ¿Habremos entendido las causas que trajeron al chavismo, para que eso no suceda nunca más? ¿Valoraremos la democracia como el mejor sistema de gobierno? ¿Dejaremos de buscar caudillos? ¿Seguiremos a quienes nos iluminan y no a quienes nos deslumbran?

Las respuestas a estas preguntas son tan inciertas como la situación que vivimos. ¿Qué saldrá de todo esto? Nadie lo sabe. No sé si será que quiero aferrarme a un pensamiento optimista, pero deseo que lo que hemos vivido nos sirva como punto de partida para un porvenir mejor.

 

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Qué le pasó a tu país, por Carolina Jaimes
Foto David Mark en Pixabay (Monumento a San Sebastián, Maracaibo).

@cjaimesb 

Juego en mi teléfono Apalabrados. Muy parecido al Scrabble, me entretiene y relaja. He conocido personas de todas partes de Iberoamérica, que viven en muchas partes del mundo. En estos días comencé una serie de partidas con un español que vive en Bali, y con las partidas comenzó el chat. Se confesó antimonárquico y simpatizante de la izquierda, aunque no le gusta Sánchez. A Iglesias, lo detesta. Le parecen hipócritas, corruptos, abusadores. Suena conocido, ¿verdad?…

“Estuve en Venezuela a final de los años setenta”, continuó. “En Caracas, una ciudad que me fascinó por cosmopolita, divertida, alegre. No dormí casi nada la semana que pasé allá. Durante el día visitas a lugares históricos, centros comerciales increíbles, restaurantes con la oferta gastronómica mejor y más variada que he visto en mi vida. En Margarita, un lugar al que sueño volver. Conocí todas sus playas y hasta consideré quedarme allá. En Mérida subí al teleférico más alto del mundo y cuando llegué arriba me dio un soponcio al que vosotros llamáis mal de páramo. No te imaginas la amabilidad con la que me trataron, gente que nunca en su vida me había visto. Fui a conocer el llano, el Estero de Camaguán es alucinante. Los morichales, imponentes. Pero lo que más me gustó es que las personas me invitaban a entrar en su casa a tomar un café delicioso que se llama “guallollo” (sic). En España no invitamos a las casas. Los cafés nos los tomamos fuera, a menos, que sea alguien familiar o amigo muy cercano. En Venezuela, era como si todos fueran familia”.

Cuando leí eso, sentí un dolor inmenso. En aquella Venezuela nací y crecí. La Venezuela posible. El país más promisorio de América Latina, con la gente más amable, hospitalaria y cálida del mundo. Y entonces, vino la pregunta lapidaria, precisa, lacerante: “¿qué le pasó a tu país?”.

“La respuesta”, le respondí, “me va a tomar indefinidas sesiones de chat. Puedo escribir veinte libros sobre lo que pasó en Venezuela y aun quedarías insatisfecho de mi respuesta. Porque es imposible de creer que un país que iba enrumbado a ser desarrollado y pujante, moderno y progresista, haya terminado como estamos hoy, con cerca de un 90 % de pobreza, más de 70 % de pobreza crítica, en crisis humanitaria, sin libertades, con un régimen autoritario y represor”.

“Lo siento, tía”, escribió. “Pero es que adoro Venezuela. Para nosotros saliendo del franquismo, era ir al paraíso terrenal. La libertad que se respiraba en tu país era increíble”. Le conté que cuando Colón llegó a las costas de Paria creyó haber llegado al paraíso. Por eso la llamó “Tierra de Gracia”.

“Pero ahora sois una “tierra de desgracia”. Lo veo en las noticias. Pero no pierdo la esperanza de que eso cambie, porque quiero volver”.

Yo tampoco pierdo la esperanza. Por eso estoy aquí, por eso me quedo. Terminé la conversación diciéndole: “el próximo guayoyo te lo vas a tomar en mi casa”.

 

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Varados en Chile, por Carolina Jaimes Branger
El Servicio Jesuita a Migrantes (SJM) instaló una carpa en las cercanías del consulado de Venezuela en Chile, para dar cobijo a los venezolanos que esperan ser repatriados. Foto ATON / Cooperativa.cl, mayo 20 de 2020.

@cjaimesb 

Un reportaje del periodista chileno Felipe Cofré da cuenta de que al menos 400 venezolanos (otras cifras menos conservadoras hablan de que podrían llegar hasta 600) están acampando frente a la sede de la embajada nuestra en Santiago de Chile, a la espera de que el régimen de Nicolás Maduro autorice un vuelo humanitario que los traiga de regreso a casa. Entre la crisis chilena de hace unos meses y el coronavirus, muchos han perdido sus trabajos, sus casas y lo peor, sus esperanzas de construirse un futuro en el país del sur.

Lo cierto es que, hasta ahora, el régimen de Maduro no ha ofrecido ninguna solución.

Personas cercanas a la presidencia interina de Juan Guaidó han hecho diligencias, pero todas se estrellan ante la negativa de Maduro de permitir que uno o varios aviones fletados por Guaidó puedan volar a Venezuela.

En medio de la pandemia, niños, ancianos, mujeres embarazadas, jóvenes y adultos, esperan una solución que pueda traerlos de regreso a la patria. Los hospitales de Chile están dándole prioridad a los chilenos, y el resultado es que los venezolanos están en el peor de los mundos: a cielo abierto, en otoño, bajo la lluvia, el granizo y el frío y expuestos a contraer no solo coronavirus, sino cualquier otra enfermedad. Cuando escribo este artículo llevan ya 18 días esperando y nadie les da razón de qué pueden hacer por ellos.

Otros vuelos humanitarios han regresado a venezolanos en la misma situación. En Bogotá, un grupo encabezado por la abogada Theresly Malavé logró que los trajeran de vuelta. De Miami y República Dominicana también. ¿Qué pasa con los que están en Chile? ¿Los van a dejar morirse de mengua, de hambre, de frío?… Entiendo que un grupo menor espera por la misma decisión en Perú.

Una amiga que vive en Chile me comenta el dolor que da verlos llegar de varios puntos de la ciudad –y hasta de más lejos- con sus equipajes, listos para que alguien se apiade de ellos y los monte en un avión para que puedan regresar. No quiero pensar cómo se van a complicar las cosas cuando llegue el invierno. Al menos tienen algunas carpas y toldos que les han donado, pero no hay carpa ni toldo que resista un invierno. Y nadie, con el terror al coronavirus, va a darles alojamiento por más que quisieran ayudarlos.

En Chile hay casi 44.000 contagiados y 450 fallecidos. De manera que el alojamiento en alguna casa de familia es casi imposible, a pesar de que la comunidad venezolana en Chile es la más numerosa entre las extranjeras. En 2019 alcanzaba 400.000 personas, hoy puede estar cerca del medio millón, descontando los que dejaron varados en esa tierra de nadie que es la frontera entre Perú y Chile, donde las condiciones son aún peores.

¡Alguien tiene que hacer algo! Y si Maduro alega que no hay dinero para traerlos, al menos permitan que Guaidó pueda usar parte de la ayuda humanitaria que maneja para traerlos de vuelta a casa. Es cuestión de simple humanidad… el problema es que humanidad es justamente de lo que carece el régimen.

 

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Diosdado contra la Academia, por Carolina Jaimes Branger

Diosdado Cabello. Foto original en Radiorumbos.net

@cjaimesb

En uno de los episodios más tristes de la Guerra Civil española, el generalote José Millán Astray, para más señas amigo de Francisco Franco, pasó a la historia no por sus aciertos, sino por sus barbaridades. La peor fue su enfrentamiento contra Miguel de Unamuno cuando este último era rector de la Universidad de Salamanca. Millán Astray irrumpió en el claustro universitario en octubre de 1936 gritando “¡viva la muerte!”, acompañado de un grupo de estudiantes franquistas.

Al “necrófilo e insensato grito” respondió el rector del “sagrado recinto de la inteligencia: venceréis –dijo- porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir y para persuadir necesitareis algo que os falta: razón y derecho en la lucha (…) No puede convencer el odio a la inteligencia, que es crítica, diferenciadora, inquisitiva (…) El general Millán es un inválido de guerra; también lo fue Cervantes… pero un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes se sentirá aliviado al ver cómo aumentan los mutilados a su alrededor”.

84 años más tarde, otro militar, pero no general, aunque sí mutilado emocional, Diosdado Cabello, repite un episodio similar en contra de la Academia. En vez de estudiar y tomar serias medidas sobre el comunicado de alerta emitido por la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales sobre las proyecciones para el coronavirus en Venezuela, cargó en contra de los académicos con su típica actitud de matón de barrio. “Esto es una invitación a un ‘tun tun’ a los que hicieron este informe”, dijo en su programa de televisión.

En Venezuela todos sabemos lo que es un “tun tun”: la llegada de los cuerpos represores del régimen a las casas de los “tuntuneados” para amedrentar, aterrar a la familia y llevarse detenidos –sin juicio previo- a quienes de alguna manera hayan “molestado” al régimen. Aun cuando la “molestia” sea una alerta sobre algo que, como en este caso, puede pasarle a cualquiera.

En vez de atender el llamado de atención de la Academia, Cabello arremete cual Millán Astray contra el recinto de la sabiduría. La fuerza bruta de los militares en contra de la sabiduría. El sempiterno enfrentamiento entre la civilización y la barbarie. Lo increíble es que, si a Diosdado Cabello llegara a darle el coronavirus, no va a llamar a uno de sus pares militares, ni que sea médico. Va a buscar a los mejores médicos del país, y, sin que me quede duda, se internará en una clínica privada. Porque cuando la realidad les toca a la puerta, no hay nadie más sensato que estos gorilas engolosinados con el poder. Amanecerá y veremos…

 

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