Carolina Jaimes Branger, autor en Runrun

Carolina Jaimes Branger

Maiquetía: los gritos del silencio, por Carolina Jaimes Branger
El otrora aeropuerto con más movimiento en América Latina parece un cementerio. Counters vacíos, pasillos vacíos, puertas vacías

 

@cjaimesb

Llego al aeropuerto internacional de Maiquetía una vez más. Como la inmensa mayoría de los venezolanos, si no que la mayoría, tengo parte de mi familia fuera del país. Dos hijas, entre ellos. Trato de ir a verlas cada vez que puedo, aunque pasé tres años sin ver a mi hija menor entre la pandemia y la prórroga de mi pasaporte.

El otrora aeropuerto con más movimiento en América Latina parece un cementerio. Counters vacíos, pasillos vacíos, puertas vacías. Eso sí, las bandas para definir las entradas y los recorridos de los espacios de la aduana son larguísimas, como si hubiera miles de personas. Una tristeza recorrerlos y constatar una vez más el desastre que la fulana revolución bolivariana ha sido para el país. El aeropuerto, eso sí, está limpio y bonito. Pero solo. Pocos salimos, pocos regresan. Ya nadie quiere venir.

Recuerdo que cuando estudiaba Elementos de Retórica el ejemplo más usual de un oxímoron –la figura literaria que complementa una palabra con otra de significado opuesto– después de “inteligencia militar” era “el silencio que grita”. En Maiquetía grita el silencio. Grita el lamento de un país arrasado en sus cimientos. Grita el dolor de haber visto partir a tantos venezolanos, porque la mayoría de ellos no regresará. Grita la desolación, el aislamiento, la poca importancia que Venezuela tiene ahora en el escenario mundial.

He comentado antes, pero es bueno recordarlo, que el Club de Roma, uno de los think tanks más importantes del mundo, en un estudio de prospectiva hecho a principios de los años setenta sobre qué países en vías de desarrollo a la vuelta del milenio serían ya países desarrollados, concluyó que estos serían Irán, Irak y Venezuela. Se pelaron en los tres, demostrando que para determinar progreso no son suficientes solo los indicadores económicos, sino que hay que también tomar en cuenta las ideologías. Los tres países fueron víctimas de procesos revolucionarios y ahí están, como botones de muestra de cuán fácil es destruir lo que costó tanto construir.

Lo peor es que a corto plazo –ni a mediano y cuidado si a largo– se vislumbra salida. La oposición, en su gran mayoría, se ha encargado de darle respiración boca a boca al régimen cada vez que este ha agonizado y se ha hecho el harakiri con tijeritas de uña… Razón tenía Einstein al decir que la estupidez humana es infinita.

Aquí estoy, escribiendo desde una especie de lounge bonito y cómodo al lado de la puerta 14. Un lugar así, que es como un espacio de un salón VIP, pero gratis, estaría abarrotado de gente. Pero no… Tengo solo dos vecinos. En la puerta que tengo enfrente esperan una docena de pasajeros para abordar un avión. No hay aviones despegando, o aterrizando. Las tiendas están vacías y los lugares de comida también… ¿De qué se mantendrán?

En Maiquetía grita el silencio… Es solo un espejo de la tragedia venezolana.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

¡Hitler no pudo acabarlos!, por Carolina Jaimes Branger
El 27 de enero pasado se conmemoró el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Hitler, por fortuna, no pudo concluir su propósito

 

@cjaimesb

En bendita memoria de Klara Ostfeld

En 1971, una niña de doce años se encontró en la biblioteca de su padre un libro de Virgil Gheorghiu, “La hora veinticinco”, donde un jornalero alemán es acusado de ser judío y enviado a un campo de concentración y trabajo. Luego se descubre que no era judío, sino que el funcionario que lo envió a recluir estaba interesado en su esposa, pero el solo hecho de que se presumiera judío bastó para apresarlo.

Impresionada, la niña acudió a su papá para que le explicara por qué ser judío era considerado un delito. Esa niña era yo. Desde que tengo memoria y por la gran influencia que mi padre tuvo en mí –él siempre me aupó a levantar la voz en contra de los abusos- he tenido un abierto rechazo a las injusticias. No tengo dudas de que aquella era la primera vez que me topaba con una injusticia tan grande. A partir de ese momento, ese sentido de justicia me ha llevado a apoyar las causas de los hebreos en la consecución del “nunca jamás”, que ya no solo pertenece al pueblo judío, sino a toda la Humanidad que desea vivir en paz.

El 27 de enero pasado se conmemoró el día de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz. Hitler, por fortuna, no pudo concluir su propósito.

Quiero ofrecerles mi testimonio de cómo alguien ve desde afuera el triunfo de las comunidades judías en el mundo sobre quienes quisieron exterminarlas.

En 2010 estuve en Israel, invitada por el Yad Vashem a realizar un curso sobre cómo comunicar el Holocausto. El segundo día fuimos por primera vez al Museo del Holocausto. A medida que avanzábamos en nuestra visita, las paredes se hacían más estrechas. La arquitectura cumplía su cometido de hacer al visitante sentirse ahogado. Recuerdo cuando llegamos al pabellón donde están los zapatos cubiertos por un piso transparente. Ahí sentí que no podía seguir… Recordé a mi amiga, la periodista Idania Chirinos que me dijo “cuando visité ese museo entré caminando y salí de rodillas”.

Esa noche, cuando regresé al hotel, me lancé en mi cama y sollocé. Sollocé como cuando murió mi papá en un accidente de carro. Me dolió el pecho de tanto llorar. No se me quitaba de la cabeza el pabellón de los niños. Las fotos. Las caras. Las lucecitas. Una luz por cada vida que apagaron los nazis.

Me pregunté por enésima vez en mi vida por qué si el ser humano es capaz de realizar los actos más sublimes, lo es también de consumar los hechos más viles. Me cuestioné por qué llamamos animales a los animales, cuando los animales solo matan por necesidad. ¿Quién es más animal entonces?

Pero la misma arquitectura del museo que constriñe y ahoga, a la salida se abre como un pájaro que va a emprender el vuelo: la esperanza. Los nazis no cumplieron su objetivo. Los judíos sobrevivieron y pudieron recomenzar después de haber vivido la peor página de su historia.

Quise mucho y tuve el privilegio de contar con la amistad de Trudy Spira. La conocí en 2004 cuando la entrevisté por primera vez. En esa oportunidad escribí: “Cuando ella comenzó a hablar, hice silencio, un reverencial silencio. Y unos minutos más tarde, cuando tuve que enviar a comerciales, la voz no me salió: las lágrimas no me lo permitieron. Y ella, entera, fuerte, valiente.

A los doce años, cuando fue liberada del campo de concentración de Auschwitz, Trudy asumió como misión, «Misión Trudy» como ella la llamaba, el divulgar los horrores que vivió para evitar que vuelvan a suceder, en cualquier parte, en cualquier momento, por cualquier motivo.

Trudy dio muchas charlas, en muchos lugares. Todas en torno al Holocausto, pues su motivo principal era dar a conocer los hechos para que nunca más se repitieran.

El mundo se puede cambiar para bien cuando se actúa movido por el amor, como Trudy en su misión. En una de nuestras largas conversaciones, le pregunté cómo era posible que no sintiera odio. Me respondió que cada vez que veía a sus hijos, sentía que quien había salido victoriosa había sido ella. Hitler estaba muerto, pero ella estaba viva, y tenía hijos y tenía nietos.

En memoria de Trudy y en honor de tantos otros valientes que han ofrecido sus testimonios para que lo que sucedió en la Alemania nazi no vuelva a suceder, como Klara Ostfeld, cuya memoria intentan honrar estas palabras –y porque sé del sufrimiento que les causaba narrar sus experiencias- dedico este artículo de hoy. Además, les aseguro que su legado no morirá, pues la llama que encendieron en tantos corazones de bien seguirá encendida para que ese “¡nunca jamás!” continúe como un eco hasta que no haya más genocidios.

Queridos amigos judíos, ustedes han sido vindicados por el descubrimiento y desciframiento del genoma humano, que terminó de echar por tierra todas las teorías de razas superiores. De hecho, los análisis del ADN han demostrado que todos los humanos tienen mucho más en común, genéticamente, que diferencias. La diferencia genética entre dos seres humanos es menor del 1 %. Pero puedo decirles que, aunque no existen razas superiores, la superioridad de los judíos –un grupo tan pequeño dentro de un mundo tan grande– es evidente. Entre los hombres que más influencia han tenido en la historia de la Humanidad ha habido judíos. El hombre que dividió esa Historia en antes y después, Jesucristo, era judío. Apenas en el siglo pasado tuvimos a Sigmund Freud y a Albert Einstein. Eso por no mencionar a los dos centenares de recipiendarios de los Premios Nobel, que corresponden al 22 % de los premios otorgados.

Eso me lleva a mencionar con admiración la importancia que los judíos le otorgan a la educación. Porque ya teniendo la certeza de que no existen razas superiores, la superioridad de los judíos viene de la educación. De la disciplina y la organización de sus grupos esparcidos por todo el mundo en torno a la importancia del tema educativo. Y eso es envidiable. Ciertamente, las comunidades judías en todo el mundo son más educadas que el resto, porque valoran la educación.

Si Hitler hubiera vencido en su propósito de exterminar al pueblo judío, quién sabe cuándo se hubiera inventado la píldora anticonceptiva, desarrollada por el endocrinólogo Gregory Pincus y aprobada por la FDA en 1960.

No hubiéramos disfrutado de la maravillosa música de Leonard Bernstein, ni de las interpretaciones de Jascha Heifetz; Daniel Barenboim o Itzhak Perlmann. Los Estados Unidos no habrían tenido un secretario de Estado de la talla de Henry Kissinger. La ciencia estaría retrasada en los campos donde han descollado los científicos judíos. No existirían las obras maestras de Marc Chagall o Man Ray, ni las películas de Steven Spielberg, ni las canciones en la mágica voz de Barbra Streisand. Y si Jerry Siegel and Joe Shuster hubieran muerto en el Holocausto, tal vez Superman, el superhéroe por excelencia, hubiera durado sólo un par de años.

La creación del Estado de Israel es también reivindicante, pues los judíos por primera vez en más de tres milenios, desde que Moisés salió de Egipto y llegó a la Tierra Prometida, vuelven a poseer su territorio. Además, es esperanzador que en una tierra tan árida hayan logrado el milagro de construir en tan pocos años un país desarrollado, el único en todo el Medio Oriente, respetado por sus amigos y temido por sus enemigos, donde se practican los principios de justicia, verdad y paz enunciados en la Torá.

Ante todas estas maravillas, no puedo soslayar el tema del antisemitismo. Como tantos “ismos” que han causado enormes daños, el antisemitismo recrudece con fuerza aupado por las corrientes negacionistas y los deseos de Ahmadinejad y Khamenei de que “Israel debe ser destruida”; de la Autoridad Palestina sobre que el futuro sea “un mundo sin Israel” y las amenazas de ISIS de “acabar con el régimen sionista en Israel” y que “entrarán en Jerusalén”. Estas corrientes fanáticas parecieran responder a una etapa histórica que se repite en todo el mundo.

El pueblo judío lleva dentro de sí algo que ha seguido viviendo cuando han acabado con mucho de lo bueno que tiene. Por eso, termino mi intervención con unas palabras de un bellísimo rezo del Rosh Hashanah y el Yom Kippur: Avinu Malkeinu, que pide que el odio y la opresión desaparezcan de la tierra:

“Ten compasión de nosotros y de nuestros hijos

ayúdanos a poner fin a la peste, la guerra y la hambruna

haz que el odio y la opresión desaparezcan de la tierra”.

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“Veintedenero”, por Carolina Jaimes Branger
Amor de mi vida, este artículo, cargado de todo lo bueno que siento, es solo para ti, en este “veintedenero”… cincuenta años después

 

@cjaimesb

Ya viene el 20 de enero, la fiesta de Sincelejo

Los palcos engalanados, la gente espera el ganado

Esta fiesta sí está buena, la fiesta en corraleja

Esta fiesta sí está buena, la fiesta en corraleja

Alfredo Gutiérrez, Fiesta en Corraleja

Pido disculpas a mis lectores porque este escrito es para una sola persona. Este año cumplo 25 años escribiendo ininterrumpidamente artículos de opinión todas las semanas. Hoy me voy a tomar la licencia y a dar el lujo de escribir para una sola persona.

Empecé citando los primeros versos de la canción Fiesta en Corraleja, que en Venezuela popularizó la orquesta de Billo Frómeta, sobre las corralejas, las fiestas de toros más populares de la costa Caribe de Colombia y tengo una buena razón: el 20 de enero de hace 50 años fue la fiesta de los catorce años de mi amiga María Lorena Miranda. Aquella noche comenzó una historia de amor que perdura hasta el día de hoy.

Estoy segura de que mi hermano Ricardo me criticará que los sentimientos no se publican, ni se divulgan… Pero yo no estoy de acuerdo: en mi caso, me encantaría que todos supieran que estoy enamorada de un hombre maravilloso. Así que, si estás leyendo, hermano, te prevengo: mejor no sigas…

Hay un previo a la fiesta de María Lorena: otra fiesta, año y medio antes, cuando conocí a Luis Alejandro Aguilar Pardo. Fue en la casa de mi prima Ana Teresa Delgado (hoy de Marín). Yo estaba parada al lado de la piscina, cuando un muchacho alto, delgado, de lentes, entró derecho hacia donde yo estaba, como atraído por un imán, se me quedó viendo y se presentó. Acto seguido, me preguntó: “¿Tú y yo somos primos?”. “No”, le respondí. “Tú eres primo de mi prima, pero tú y yo no somos primos”. “¡Qué bueno!”, me dijo, “entonces nos podemos casar”. ¡Eso fue conociéndonos! En aquel momento él tenía quince años, y yo trece.

El 20 de enero de 1973 comenzamos un noviazgo que, con algunas interrupciones, se alargó por cinco años. Un muchacho de dieciséis años y una jovencita de catorce. Después de esos años él me dejó y cuando regresó, un mes después de haber terminado, yo estaba tan furiosa que no lo acepté. Cada quien hizo su vida por su lado. Ambos nos casamos, tuvimos hijos y nos encontramos ocasionalmente, muy pocas veces, la verdad.

En 2012 nos reencontramos porque él buscaba un árbitro o mediador para un caso de una fundación que tenía problemas entre sus directores. Me copió en una larga lista de recipiendarios de un correo electrónico en el que pedía ayuda. A la tercera vez que lo recibí, me di cuenta de que no había conseguido el árbitro y le respondí que, si le parecía bien, yo podía serlo. En agosto de ese año Luis Alejandro se fue para los Estados Unidos y no supe más de él, sino por los correos masivos que enviaba para ponernos al tanto del desarrollo de los eventos de la fundación.

El 23 de diciembre de ese año recibí un pin en mi Blackberry. Era de él, preguntándome que cómo estaba y deseándome feliz Navidad. Ahí comenzamos una larga conversación que se extendió por más de cuatro horas. Empezamos hablando del presente y terminamos hablando del pasado.

Como los chats no tienen tono (o uno les pone el tono que quiere o cree), retomamos temas de los días cuando terminamos nuestra relación. Por primera vez desde que habíamos terminado pudimos hablarlos y lo hicimos con serenidad. No podía ser de otra manera, porque habían transcurrido más de treinta años, aunque era obvio que, a pesar del tiempo, para ambos seguía habiendo emocionalidad en el tema. Nos dimos cuenta de que, cuando terminamos, hubo una cadena de malentendidos. El pasado no tenía remedio, pero aún quedaba el presente. “Si yo te invito a venir en enero… ¿vendrías?”, me preguntó él. “¡Por supuesto que sí!”.

Recuerdo que, a principios de 2013, yo estaba en un curso para escritores que daba mi querida amiga Milagros Socorro. Una tarde entré con retraso a clase porque estaba conversando con Luis por el Blackberry. Mi mirada me delató cuando se cruzó por unos segundos con la de Milagros, quien me conoce muy bien. Al final de la clase me preguntó directamente, como es ella: “¿estás enamorada?”. Le conté lo que estaba viviendo y le dije que en un par de días volaría para Estados Unidos a encontrarme con Luis. El día que me iba, recibí un pin de Milagros. “Esto es para tu enamorado, de mi parte: si Carolina llega a derramar aunque sea una sola lágrima por ti, te voy a mandar un camión lleno de guajiros con machetes”.

Aquel 20 de enero de hace diez años Luis y yo lo celebramos y lloré como una magdalena. Luis tomó mi Blackberry y le escribió a Milagros “aquí estoy esperando, no tu camión, sino un container de guajiros con sus machetes: tu amiga no ha parado de llorar…”.

Ya son diez años que estamos juntos de nuevo. La vida nos dio una segunda oportunidad y estamos agradecidos por ella. Lo mejor que tiene el amor es que cada persona que se enamora se siente única en su sentir y cada “te amo” aunque se escriba igual, siempre suena distinto, nuevo, inédito en cada caso. Por eso es tan mágico. Es muy fácil caer en la cursilería al hablar sobre el amor y no quisiera eso…

Luis Alejandro Aguilar Pardo, admiro tu verticalidad, tu honestidad, tu decencia, tu inteligencia, tu simpatía y tu bondad. Me fascina que sigas manteniendo tu espíritu de niño travieso. Me encanta que me hagas reír. Disfruto de tu compañía, aunque estemos en silencio, cada uno trabajando en lo suyo. Aprecio que quieras a mis hijas. Eres maravilloso, divertido, único. A los cincuenta años de aquel primer “sí”, mantengo esa respuesta hasta mi último día.

Amor de mi vida, este artículo, cargado de todo lo bueno que siento, es solo para ti, en este “veintedenero”… cincuenta años después.

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Enrique Berrizbeitia y Tuti, por Carolina Jaimes Branger
Para Tuti la muerte de Enrique Berrizbeitia ha sido una gran pérdida. Hace rato salimos a la terraza y Tuti buscó en el cielo su estrella. “Aquélla”, me dijo, “ahí está Enrique” y le lanzó un beso con la mano

 

@cjaimesb

Enrique Berrizbeitia el arquitecto, el mejor escenógrafo del país, el hombre de la ópera, el ballet y la zarzuela, el mejor amigo del Teresa Carreño, el profesor de apreciación musical, fundador de la Compañía Nacional de Ópera, entre tantas cosas maravillosas que hizo, era amigo de mi hija Tuti, una joven con discapacidad.

Fue aproximadamente a principios del milenio cuando Tuti, quien contaba veinte años entonces, conoció a Enrique. Mi mamá asistía a las óperas que él presentaba los martes en el Trasnocho. Nosotros vivíamos en Maracay y en unas vacaciones mi mamá la llevó con ella.

En mi casa siempre hemos sido melómanos y la ópera no le era extraña a Tuti, pero aquello de verla representada para ella fue un evento sublime. Se quedó todas las vacaciones con su abuela para “ir a la ópera”. Llegaba emocionada, contando la belleza de aquellas voces y tarareando las arias que la habían conmovido. Y, por supuesto, ponía enorme atención en todo lo que decía Enrique.

Puedo decir que fue el comienzo de una bellísima amistad que Tuti atesorará por el resto de su vida. Porque Tuti y Enrique fueron amigos de verdad.

Tuti tiene una colección de óperas maravillosa que él le regaló. Nunca permitió que se las pagáramos. “Esa carita de felicidad no tiene precio”, me decía cuando yo le insistía en pagárselas. Cuando mi mamá ya no pudo ir a la ópera, su papá la llevaba. Ya vivíamos de nuevo en Caracas y puedo asegurar que lo mejor que le pasaba a Tuti durante la semana era ir “a la ópera de Enrique”. Se convirtió en una especie de mascota del grupo de aficionados que religiosamente asistían. Se conocían todos y a ella la aceptaron como una más del grupo. No sé si están conscientes del estímulo que han sido para ella a través de los años.

No hubo viaje que Enrique hiciera de donde no regresara con un regalo para Tuti. “Eres mi novia”, le decía. Y ella se moría de risa y me decía “¡Qué loco Enrique, que dice que yo soy su novia!”. Todas las veces que nos encontramos con él fuera de la ópera era un regocijo total por parte de los dos. Enrique tenía una enorme sensibilidad y, en su trato con Tuti, esta simplemente se desbordó.

Enrique no se recuperó del covid que le dio. Las veces que lo vimos después lo encontrábamos cada vez más delgado y, sobre todo, muy quebrantado. Tuti le mandaba mensajes diciéndole que “tenía que comer”. Estaba realmente preocupada por él. Cuando mi querida Karen Bradley, también muy cercana a Enrique, me avisó que había fallecido, empecé a pensar cómo se lo iba a decir a Tuti.

No estoy segura de cuánto entiende ella el concepto de muerte, pero sí sabe lo definitiva que es. Esa noche le dije que Enrique estaba muy malito. “Yo no quiero que se muera”, me contestó de inmediato. Tragué grueso. “Vamos a rezar para que se cure”, me dijo. Mientras rezábamos, le dije que le pidiera a Dios que, si Enrique iba a seguir mal, que mejor se lo llevara rápido. “¿Y Dios no lo puede curar?”, me preguntó. Yo no tenía respuesta para esa pregunta.

Cuando mi mamá falleció, mi hija Irene le explicó a Tuti que su abuela se había convertido en una estrellita y ambas la identificaron en el cielo de la noche. Cuando hablé con ella para decirle que Enrique se había ido para siempre, no tuve que terminar de decírselo. Apenas musité “tengo que darte una noticia muy triste”, de inmediato me respondió “se murió Enrique”. Veníamos en el carro y nos tomamos de las manos. Cuando llegamos a la casa se sentó en una poltrona en mi cuarto. “¿Qué quieres hacer?”, le pregunté. “Quiero quedarme aquí callada, un rato”. Me tragué las lágrimas para no añadirle más dolor a su dolor.

Ciertamente, para Tuti la muerte de Enrique ha sido una gran pérdida, porque él siempre la trató con inmenso amor. Hace un rato salimos a la terraza y Tuti buscó en el cielo su estrella. “Aquélla”, me dijo señalando una. “Ahí está Enrique” y le lanzó un beso con la mano. Escribo estas líneas con el corazón encurrujado, mientras mis lágrimas corren a borbotones. El consuelo que me queda es que él siempre supo lo especial que era para ella. Soy una mamá agradecida por el amor que recibió mi hija. Te lloro, querido Enrique. Gracias por tanto.

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Lo van a dejar morir?, por Carolina Jaimes Branger
El Tte. Cnel. Igbert Marín Chaparro lleva casi 50 días en huelga de hambre en la DGCIM. Él ha referido que lo han  sometido a los tratos más crueles, tanto físicos como sicológicos

 

@cjaimesb

En el momento cuando escribo este artículo, la víspera del Día de Reyes de 2023, leo un llamado desesperado de la ONG Control Ciudadano donde se pide el traslado urgente del teniente coronel Igbert Marín Chaparro a un centro de salud. El militar está preso desde marzo de 2018 en la sede de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim) y lleva 45 días en huelga de hambre. No es la primera que hace una desde que está detenido. Él mismo ha referido que lo han sometido a los tratos más crueles, tanto físicos como sicológicos.

Su caso quedará para los anales de las violaciones a los derechos humanos en el mundo: le conculcaron todos sus derechos fundamentales. Y el comandante, a pesar de que un tribunal en diciembre de 2020 ordenó su traslado a la cárcel de Ramo Verde, sigue recluido en la Dgcim.

Un video de sus padres pidiendo que no lo dejen morir se volvió viral en las redes sociales a mediados del mes de diciembre de 2022. A pesar de ello, nada ha hecho el régimen por evitarlo.

En un reportaje en Tal Cual del 25 de abril de 2021, la periodista Luisa Quintero refirió que al ser detenido junto con siete compañeros, acusaron al militar de “presunta traición a la patria, instigación a la rebelión y delitos contra el decoro militar”. Que después de una reunión con Padrino López, Suárez Chourio y Hernández Dala “volvió a la Dgcim, a estar incomunicado y fue llevado a la llamada (irónicamente) ‘Casa de los Sueños’, un lugar denunciado por organismos internacionales -entre ellos la Misión de Determinación de Hechos- como un establecimiento de torturas para aquellas personas detenidas en esa sede”.

“Golpizas, aislamiento, negación de asistencia médica y de alimentos, violencia psicológica”, hechos descritos en la serie documental de TalCual La República que tortura, son algunas de las situaciones que ha padecido el teniente coronel, a quien se le ha calificado como un hombre de “ascendencia” dentro de la Fuerza Armada debido a su posición, su rango y calificaciones, que lo llevaron a ser el primero de su promoción y la persona con las notas más altas dentro de ese estamento militar”. Y es que un militar inteligente y con ascendencia sobre su tropa es un peligro en una revolución como la que vivimos.

El hecho real es que a pesar de que le retiraron el cargo de traición a la patria –no hubo forma de probar más allá de un chisme que estaban conspirando– Marín Chaparro sigue preso y a punto de morir.

Los altos funcionarios del régimen tienen sobradas razones para sentirse empoderados, cómodos en su desempeño –aunque este vaya en contra de las normas más básicas del respeto a los derechos humanos– y atornillados en el poder por muchos años. Pero la justicia siempre llega. Que lo diga Josef S, exguardia de un campo de concentración nazi de 101 años de edad, a quien condenaron a cinco años de cárcel el año pasado al ser encontrado culpable de instigación y complicidad en el fusilamiento de prisioneros de guerra soviéticos y el asesinato de otros (en total 3518 personas) con el gas venenoso Zyklon B en el campo de Sachsenhausen, cerca de Berlín.

¿Dejarán morir al comandante Marín Chaparro? Sería un expediente más para engrosar las cada día más abultadas denuncias en la CIDH y la CPI, además de dejar dos niños pequeños sin su padre, una mujer sin su marido y unos padres sin su hijo, sin pruebas que justifiquen su detención. Mucho menos las torturas que sufre. Pero por desgracia, nada extraña en esta Venezuela chavista-madurista…

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Lo mejor de nuestras vidas, por Carolina Jaimes Branger
Me niego a seguir pensando que lo mejor de nuestras vidas quedó atrás. Primero, porque no es verdad. Segundo, porque eso sería aceptar que lo que sigue es más tristeza

 

@cjaimesb

Hace años recibí un meme que me envió una querida amiga. En el meme aparecen Linus y Lucy, personajes de los Peanuts de Charles Schultz. Linus le dice a Lucy “¡Te deseo un feliz año nuevo!” y Lucy le responde “Me basta con uno usado… ¡de aquellos cuando se vivía mejor!”.

Estamos pasando por tiempos difíciles. Casi todos los venezolanos, de una manera u otra, nos sentimos muy mal. Cada vez con más frecuencia sentimos que el país se nos viene encima, todos tenemos seres queridos fuera y lejos del país, las despedidas son cada día más frecuentes y más dolorosas, hemos considerado irnos nosotros también y pensar en el futuro ya no es una alternativa, porque el futuro pareciera que no existe en Venezuela. Porque los pocos que piensan o dicen que “Venezuela se arregló”, terminan siendo cómplices de las enormes operaciones de lavado de dinero, corrupción y tramas para evadir las sanciones personales de los enchufados.

Sin embargo, me niego a seguir pensando que lo mejor de nuestras vidas quedó atrás. Primero, porque no es verdad. Segundo, porque eso sería aceptar que lo que sigue es más tristeza, más desolación, más amarguras. En este sentido, quiero aferrarme –y quiero que se aferren ustedes, amables lectores– a lo que me enseñó uno de los libros más importantes que he leído en mi vida. Se llama El hombre en busca de sentido y lo escribió Víctor Frankl, psiquiatra y neurólogo judío, fundador de la Logoterapia, quien sufrió en carne propia varios campos de concentración nazis, incluyendo Theresienstadt, Dachau y Auschwitz.

Frankl aseguraba que lo que le permitió soportar aquel infierno fue proyectarse en el futuro.

Imaginarse de nuevo en el salón de clases de una universidad. De cómo les contaría a sus alumnos la experiencia por la que había pasado. Buscó en su dimensión espiritual las razones para aferrarse a la vida cuando todo lo que lo rodeaba era muerte.

“Muchos de los prisioneros del campo de concentración creyeron que la oportunidad de vivir ya les había pasado y, sin embargo, la realidad es que representó una oportunidad y un desafío: que o bien se puede convertir la experiencia en victorias, la vida en un triunfo interno, o bien se puede ignorar el desafío y limitarse a vegetar como hicieron la mayoría de los prisioneros”.

Tenemos que vivir pensando que lo mejor de nuestras vidas lo tenemos por delante. Perder las esperanzas es morirse en vida. Hay que buscar las pequeñas cosas que nos hacen felices, aprehenderlas e incorporarlas a nuestras vidas. A nuestra edad es fácil, porque como hemos sufrido, sabemos de qué está hecha la felicidad…

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… Es Navidad, por Carolina Jaimes Branger
¿Qué tiene la Navidad que engendra tantos buenos sentimientos y propósitos? Ciertamente la respuesta tiene que ver con el mensaje que habla de amor, de paz, de esperanza

 

@cjaimesb

«Cada vez que una persona desorientada levanta los ojos, y al ver una estrella renace en ella la esperanza, es Navidad«.

Esta cita la guardé en mi corazón hace treinta años, cuando la leí por primera vez. He debido guardarla también en mi mente, pero no lo hice con tanta efectividad, pues no recuerdo de quién es. Tengo la vaga idea de que pudiera pertenecer al general Douglas MacArthur, quien produjo muchas frases enaltecedoras como esta, pero no puedo asegurarlo.

Quien sea que la haya pronunciado, logró describir en pocas palabras el sentido de la Navidad. Millones de cristianos se reunirán en familia esta noche para celebrar una vez más el milagro que ocurrió en Belén hace dos mil años. Muchas personas que no son cristianas, de igual manera, se han sentido atraídas por la magia y la esencia de esta historia que ha sido fuente de tantos eventos y cosas hermosas. ¿Quién no se ha conmovido, por ejemplo, con la música y la letra de Noche de paz?…

Vídeo: Noche de paz | Canal en Youtube de Andrea Bocelli

¿Qué tiene la Navidad que engendra tantos buenos sentimientos y propósitos? Ciertamente la respuesta tiene que ver con el mensaje que habla de amor, de paz, de esperanza. Los seres humanos tenemos la necesidad, aun en las peores circunstancias, de reconciliarnos con la vida. De creer en la bondad de los otros. De bajar la guardia y sentir que no hay necesidad de estar alertas, porque existen razones para confiar en nuestro prójimo. Quienes han sobrevivido a los campos de concentración, coinciden en decir que nunca perdieron las esperanzas.

Hace unos años, cuando escribí mi artículo de Navidad, un lector me envió por correo electrónico una historia que había leído en la web, y que deseaba compartir conmigo. Relataba una Navidad en el frente, en Francia, durante el primer año de la Primera Guerra Mundial.

Los alemanes, ante la imposibilidad de tomar París, se habían retirado hacia la costa. Sin embargo, una columna de los ejércitos escoceses y belgas les opuso férrea resistencia muy cerca del pueblo de Yprès. A pesar de los llamados de paz del papa, lo que se esperaba era que los alemanes atacaran la noche de Navidad, y la recomendación que emanaba de los cuarteles generales era que mantuvieran una vigilancia especial en esa fecha.

La costumbre hoy común en todo el mundo de adornar los pinos, en 1914 era en la práctica una costumbre exclusivamente alemana. El ejército alemán había enviado arbolitos a todas las tropas que se encontraban en el frente. El Regimiento de Guardias Sajones que se encontraba cerca de Yprès tenía varios de ellos. Cuando los iluminaron la noche de Navidad, los hombres del Segundo Regimiento de Guardias Escoceses que estaban del otro lado, pensaron que se trataba del ataque anunciado, y comenzaron a disparar. Pero la respuesta a sus disparos los desconcertó: en el frente alemán solo se escuchaban cánticos navideños. Y a continuación ocurrió algo que desconcertó aun más a los ya desconcertados escoceses: unas voces en un inglés cargado de un fuerte acento, les gritaban: «you no shoot, we no shoot» («ustedes no disparan, nosotros no disparamos»).

La historia cuenta que se pactó entonces una tregua para recoger a los caídos que se encontraban en la tierra de nadie, pausa durante la cual algunos soldados alemanes se animaron a acercarse a los británicos para regalarles cigarros y chocolates. Incluso llevaron carteles que decían «Merry Christmas».

La mañana del día 25 fue de absoluta sorpresa para los oficiales. De manera espontánea, los soldados alemanes, completamente desarmados, dejaron sus trincheras y se acercaron a la tierra de nadie para estrechar las manos de sus enemigos. Juntos, protagonizaron una auténtica confraternización en la que hubo intercambio de una variedad de obsequios: coñac, periódicos y hasta fotografías de familia, además de cigarros y chocolates. Los reportes confirman el regalo que el Regimiento de Sajones hizo a los escoceses: un tonel de cerveza, como muestra de buena voluntad, y relatan que se jugaron varios partidos de fútbol.

La tregua se extendió hasta fin de año.

Lo que resulta más increíble de esta historia es que esos hombres se las hayan arreglado para celebrar juntos la Navidad, en un acto que en su momento habló de paz y entendimiento, y no de guerra y enfrentamiento, porque la Primera Guerra Mundial ha sido una de las guerras más cruentas que haya sufrido la humanidad. Por supuesto, resulta también contradictorio que después de haber departido como si fueran amigos, hubieran vuelto a enfrentarse como enemigos. Pero el tema es que los sucesos reflejaron el verdadero espíritu de la Navidad: amor, paz y esperanza, para todos los hombres de buena voluntad.

El general Mac Arthur dijo (y esto sí estoy segura de que lo dijo), que el soldado reza por la paz más que ninguna otra persona, porque es el soldado quien más sufre y padece las profundísimas heridas y cicatrices de la guerra.

Para todos aquellos que se sienten desorientados, confundidos, cansados, tristes, agobiados. Para todos aquellos que han perdido a alguien amado. Para todos los que sufren. Para todos quienes sienten, padecen y esperan, hoy la Navidad les recuerda que sí es posible construir un mundo mejor. Para quienes tienen sueños, proyectos, deseos. Para quienes sienten alegría, ánimo, aliento. Para quienes aman y se regocijan, confían y saben esperar, la Navidad les nutre esos sentimientos.

Pienso que los venezolanos debemos salir a estrecharnos las manos, aprovechando la maravillosa sensación que nos invade por la Navidad, como hace ciento ocho años se las estrecharon, en una tierra de nadie, unos soldados alemanes y escoceses. Estoy segura de que sabremos ofrecernos una acogida mejor que la de aquella noche de 1914. Estoy también segura de que muchos se sorprenderán de la cantidad de coincidencias que encontrarán en ese acercamiento. Entonces levantaremos los ojos, y buscaremos una estrella en el cielo para que, al verla, renazca en nosotros la esperanza. Y en ese momento, será Navidad en el corazón de todos.

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Irán: oscuro, troglodita, asesino, por Carolina Jaimes Branger
En todo el mundo se ha levantado la voz ciudadana por los actos de salvajismo puro y duro, incluyendo asesinatos, que comete Irán “en nombre de Dios”

 

@cjaimesb

Todos los fanatismos son peligrosísimos, pero entre ellos, el religioso es uno de los peores –si no el peor de todos– porque bajo el pretexto de que es “voluntad de Dios”, “designio de Dios”, “ofensa contra Dios” y muchos otros argumentos de la misma especie, se cometen las mayores atrocidades.

Lo hicieron los judíos hace cuatro mil años; los cristianos en la época de las Cruzadas, la Inquisición, en tiempos del antisemitismo medieval y en las persecuciones al islam, por citar solo los ejemplos más conocidos. En nuestros tiempos, todavía lo hacen ciertas sectas extremistas de los musulmanes, como las que controlan las llamadas “repúblicas islámicas”, como Irán.

Majid Reza Rahnavard, un luchador de wrestling, fue ahorcado en público en la ciudad iraní de Mashhad en una especie de grúa torre, donde todo el mundo pudo verlo, como un castigo ejemplarizante por haber participado en las protestas por el asesinato de Mahsa Amini, la joven de 22 años que fue golpeada por la policía moral hasta matarla, supuestamente por “incumplir una norma de vestimenta”.

Hoy hay once sentenciados a muerte por participar en las mismas protestas. En los casi tres meses de protestas desde el asesinato de Amini, más de 400 personas han muerto y al menos 15.000 han sido detenidas en Irán, según reporta la ONG Iran Human Rights, con sede en Oslo, Noruega.

El caso que ha sonado más en los últimos días es el del futbolista Amir Nasr-Azadani, condenado a morir en la horca por las mismas razones: haber participado en las protestas.

Tal vez tiene mayor resonancia porque estamos en época de Mundial de Fútbol. Voces airadas en todas partes del mundo se han hecho sentir, pidiendo un pronunciamiento de la FIFA.

La verdad es que dudo mucho que la FIFA vaya a tomar posición, cuando ha demostrado ser una de las instituciones más corruptas del mundo. “Por la plata baila el mono”, decimos aquí y en la FIFA hay bastantes simios, por desgracia. Empezando porque no han debido considerar a Catar como sede del Mundial, cuando saben de sobra cómo se violan los derechos humanos en ese país.

El hecho es que, en todo el mundo, no solo los activistas de derechos humanos, sino los ciudadanos de a pie han levantado sus voces de protesta por los exabruptos, los actos de salvajismo puro y duro y los asesinatos que se están cometiendo en Irán “en nombre de Dios”. Según ellos, Azadani confesó “haber ofendido a Dios a propósito” y con eso se gana la condena a muerte.

Los barrios de Teherán se han convertido en auténticos hervideros y cada vez más –y a pesar de las represiones– sobre todo los jóvenes gritan consignas de “muerte al dictador”. Y pensar que la mayoría de sus abuelos aplaudieron cuando destronaron a un hombre de avanzada como el sah Mohammad Reza Pahleví e instalaron –por insólito que parezca, con apoyo de Occidente– al ayatolá Jomeini.

Ese mismo Occidente que hoy se queja del exabrupto. Pasaron de la “Revolución Blanca” del sah (que contemplaba igualdad de derechos para las mujeres, programas contra el analfabetismo, cambio de calendario, entre otras) a la “Revolución islámica”. Los resultados están a la vista. Algo parecido a lo que nos pasa en Venezuela, pero con motivos religiosos.

Escribo este artículo el jueves 15 de diciembre en la noche. Todavía no se han llevado a cabo las ejecuciones. Pienso que si todos unimos y elevamos nuestras voces en protesta quizás se pueda salvar a esos muchachos, cuya única culpa fue protestar por un asesinato. En 2019 se logró hacerlo. Mi palabra de apoyo a los iraníes que luchan hoy por su libertad. Que tengan éxitos en su lid. Razones no les faltan. Motivos les sobran.

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