Carolina Jaimes Branger, autor en Runrun

Carolina Jaimes Branger

La Generación Z: ¿el mundo en manos de ellos?, por Carolina Jaimes Branger
Es preocupante la actitud de buena parte de la juventud de la llamada Generación Z, son niños y jóvenes inmersos en una “realidad” de redes sociales

 

@cjaimesb

Una amiga mía, excelente escritora, por cierto, fue invitada a dar una charla a unos estudiantes de V año de bachillerato de un colegio privado. Iba ilusionada por el entusiasmo de la profesora de Castellano y Literatura. Ser profesor en Venezuela hoy en día es un acto de valentía, mística y dedicación. No necesito explayarme en detalles de cuánto ganan los profesores: decir que es una miseria se quedaría corto.

Me cuenta que había cerca de unos treinta estudiantes. Empezó su charla contando cómo había comenzado a escribir. En un momento dado se dio cuenta de que la mayoría de los jóvenes no le estaban prestando atención. Todos, excepto unos tres, estaban pendientes de sus celulares. Interrumpió la charla, les dijo que ella había venido con mucho gusto a compartir su historia, pero que quienes no estuvieran interesados, podían irse, y ella hablaría con quienes quisieran escucharla. La profesora, apenada, les pidió que guardaran sus celulares. Todos lo hicieron, pero minutos más tarde, ya varios estaban de nuevo activos con sus teléfonos, eso sí, disimulando, pues los tenían entre el pupitre y las piernas. Ella me dice que lo que le provocaba era irse, pero que decidió quedarse porque sintió que era injusto con la profesora y con los tres o cuatro estudiantes que sí parecían interesados.

Cuando vino la parte de preguntas y respuestas, hubo, como era de esperarse, solo tres o cuatro preguntas inteligentes y pertinentes. Las demás fueron preguntas tontas, carentes de sentido y algunas hasta burlonas, por las risitas y miradas de complicidad que intercambiaron los muchachos entre ellos. A una muchacha que preguntó todo lo contrario de algo que ella había detallado profusamente, le dijo: “Yo no dije nada de eso, de hecho, dije todo lo contrario. Me hubiera gustado que hubieras prestado atención”.

Un par de días después la escritora recibió una llamada de la directora del plantel para decirle que la mamá de la joven había ido al colegio a quejarse de que ella “había insultado a su hija y la había hecho quedar en ridículo delante de sus compañeros” y que la iba a demandar. “Que me demande”, respondió ella. Fin de la conversación. Hasta el momento que escribo este artículo, no ha sido demandada. También agregó que ella le había aconsejado a su hija que la próxima vez que le pase algo similar, que le responda “como debe ser, porque el que se trate de una persona mayor no implica que deba respetarla”.

No salgo de mi asombro de la actitud de ciertos padres de hoy en día. Esas solidaridades automáticas no logran otra cosa que hacerles daño a los jóvenes. ¿Cómo que no debe respetar? Obviamente, la niña no estaba poniendo atención y su pregunta -tergiversando todo lo que la escritora había dicho- lo demostraba.

Mi amiga me dice que se sintió frustrada en extremo. “¿Es ésta la generación de relevo?”, me preguntó… Y añadió “¿en manos de quién va a estar el mundo?

Es ciertamente preocupante la actitud de buena parte de la juventud de la llamada “Generación Z, iGen, or centennials”. Son niños y jóvenes inmersos en una “realidad” de redes sociales, donde hay un océano de información… con un centímetro de profundidad. No saben discriminar qué es lo importante y qué no lo es. Tampoco corroboran si lo que leen es cierto o no. No tienen interés en saber de Historia, ni de Literatura, ni de Ciencias. La mayoría quieren ser youtubers, tiktokers o influencers… ¿Quiénes van a ser los médicos, ingenieros, economistas, abogados, comunicadores sociales, científicos de los próximos treinta años?… ¡Y estos muchachos estudian en uno de los mejores colegios de Caracas! ¿Qué queda para quienes están condenados (sí, condenados) a estudiar en un liceo público?

Algo hicimos o estamos haciendo que logra que las cosas -en todo el mundo- vayan muy mal. El siglo que estaba supuesto a ser el más avanzado de la Humanidad, justamente por los avances científicos, está retrocediendo a pasos agigantados. Pienso en todo lo que yo soñaba hacer cuando tenía dieciocho años y siento que hay un abismo entre mi generación (nací en 1958, el último año de los baby boomers) y esta generación que tomará las riendas del mundo a la vuelta de unos años.

No sé cuál será la solución… Corremos el riesgo de que una tercera guerra mundial nos borre a todos del mapa y los que queden tendrán que comenzar de nuevo. Entonces se darán cuenta de que el mundo no es ni YouTube, ni Tik Tok, ni necesita influencers. Pero esa es otra historia…

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Te regalo este artículo, por Carolina Jaimes Branger
Para quien me enseñó que el mejor regalo que se le puede dar a un hijo es una buena educación

 

@cjaimesb

Para quien me guio en mis primeros pasos y me siguió guiando en todos los pasos de mi vida. Para quien me enseñó a sonreír y se llenaba de felicidad cada vez que me veía hacerlo.

Para quien jugó conmigo muñecas y jugaba conmigo como si yo fuera una muñeca. Para quien me dejó usar sus zapatos de tacón alto y su maquillaje, aunque se los rompiera. Para quien me enseñó a jugar a ‘la candelita’ y al ‘palito mantequillero’.

Para quien primero me habló de Dios, y rezaba conmigo el “Angel de la Guarda”’ todas las noches. Para quien me contó mis primeros cuentos. Para quien me cantó las primeras canciones. Para quien me enseñó el abecedario con la sopa de letras. Para quien leyó mis primeros esfuerzos literarios. Para quien alimentó mis fantasías. Para quien me escuchaba con paciencia largas historias inventadas.

Para quien lloró con mi primer llanto, y enjugó todas y cada una de las lágrimas que derramé mientras ella estuvo con vida. Para quien se levantaba de noche cuando yo tenía miedo. Para quien me dio la mano para levantarme las veces que me caí, y cuya mano permaneció en mi hombro hasta que hallé solaz en la desdicha.

Para quien me llevó seis veces seguidas al cine a ver La Cenicienta, de Walt Disney, en la función de vermouth del Cine Lido. Para quien me dio chocolate por primera vez. Para quien me enseñó a bañarme, a vestirme, y a lavarme los dientes. Para quien me hacía unas colas de caballo tan prensadas, que me dejaba los ojos como si fuera china.

Para quien me llevaba a las piñatas y me rescataba a la hora de recoger el cotillón. Para quien dejó que me disfrazara de Davy Crockett, aunque fuera un disfraz de varón.

Para quien me tomaba las lecciones. Para quien se sintió orgullosa de mis medallas en el colegio. Para quien se desveló conmigo durante muchas largas noches de la tesis de grado.

Para quien me daba ‘mere mere con pan caliente’ cuando la travesura lo ameritaba. Para quien fue estricta como un general e indoblegable cuando tuvo que serlo. Para quien se moría de la pena cuando yo decía alguna imprudencia.

Para quien nunca se separó de mi lado mientras fui una niña. Para quien pasó mis paperas sentada en mi cama. Para quien se levantó conmigo todas las mañanas de mi vida mientras viví con ella. Para quien respetó mis gustos y aficiones, aunque no coincidieran con los suyos.

Para quien fue modelo de sencillez y comedimiento. Para quien con su ejemplo me enseñó a ser una persona correcta y decente. Para quien me enseñó a querer y a respetar a mis mayores. Para quien siempre tuvo la palabra oportuna y una respuesta adecuada a todas mis inquietudes.

Para quien me habló de la vida. Para quien fue un apoyo invalorable en los turbulentos años de mi adolescencia. Para quien las puertas de su casa estuvieron siempre abiertas para mis amigos. Para quien se levantó tantas veces de madrugada a buscarme en una fiesta. Para quien fue amiga de mis amigos. Para quien comprendía todo. Para quien nunca me dijo ‘no’ cuando la necesité.

Para quien me enseñó que el mejor regalo que se le puede dar a un hijo es una buena educación. Para quien me dio pruebas de fortaleza de espíritu, generosidad y ecuanimidad. Para quien siempre pensó en mí antes que en ella. Para quien lloró con mis lágrimas, fue feliz con mi felicidad, caminó junto a mis pasos y soñó con mis sueños.

Para quien me ha dado el amor más constante e incondicional de mi vida. Mi recuerdo en el Día de las Madres.

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El túnel al fondo de la luz, por Carolina Jaimes Branger
Por haber creído que habíamos tocado fondo, Chávez salió electo presidente. ¡Cuánto daño hizo Hugo Chávez!

 

@cjaimesb

“Los políticos y los pañales deben ser cambiados con frecuencia y por la misma razón”. George Bernard Shaw

El nuevo TSJ es el viejo TSJ. No hay cambios, solo enroques. Un claro mensaje del régimen de que ellos no han cambiado nada y que siguen con el acelerador a fondo a estrellarnos contra un muro de granito. No les importa nada, ni nadie. Si ellos no logran salvarse, pues que no se salve ninguno. De su discurso de inclusión, altruismo, amor por el pueblo no quedan sino los videos…

Hay un libro del filósofo español José Antonio Marina que debería ser de obligada lectura y discusión para todos los alumnos de bachillerato del mundo, básicamente porque mientras más temprano se combata la estupidez, mejor. Se llama “La inteligencia fracasada: Teoría y práctica de la estupidez”. Yo lo leí hace años, cuando Alberto Soria lo citó en uno de sus lúcidos artículos de opinión. La promoción del libro afirma que, así como hay una teoría científica sobre la inteligencia, debería haberla sobre la estupidez. Y es que ciertamente hay casos en los que resulta más pertinente estudiar, en vez de la inteligencia, la estupidez. Como el caso venezolano.

Marina sostiene que sus causas son el prejuicio, el fanatismo, el dogmatismo y la superstición. Aquí hemos sufrido las cuatro. Desde la creación de escrúpulos que nos eran ajenos, pasando por histerias de masas, aseveraciones tomadas por verdades incontrovertibles, hasta llegar a desenterrar muertos para efectuar ritos de babalaos y paleros. Creo que a Marina le faltó la soberbia. Aquí pecamos de soberbios por creer que éramos inmunes a los males que aquejaban a otros países. Y eso también es estupidez.

¿Se acuerdan cuando pensábamos que había cosas que “jamás pasarían”?… Cosas como que un militar de izquierda ganara las elecciones (todavía recuerdo cuando Chávez andaba de liquiliqui morado visitando pueblos en el interior y no llegaba al 2 % de popularidad); también recuerdo al “gurú-gana-elecciones” español que en diciembre de 1997 dijo que Irene Sáez podía “acostarse a dormir y levantarse en un año, convertida en presidenta de la república, pues era imposible que perdiera con los números que tenía en las encuestas”. También pienso en lo enfáticos que parecíamos al rechazar el comunismo…

Si algo deberíamos haber aprendido los venezolanos es que siempre podemos estar peor.

En 1974 creímos haber tocado fondo cuando se reanudaran las relaciones con Cuba, en abierta oposición a la doctrina Betancourt. Hoy hemos entregado en bandeja de plata (¿o debiera decir «en bandeja de petróleo»?) el país entero a los cubanos.

Creímos haber tocado fondo cuando en nuestra Venezuela saudita la millonada de dólares que nos entraba era malgastada sin control. Agarre hoy el presupuesto de cualquier institución gubernamental y después opine.

En 1978, cuando Luis Herrera Campíns preguntó que dónde estaban los reales, creímos haber tocado fondo al saber que se habían esfumado. Hoy las demostraciones de riqueza de la mayoría de los altos -y no tan altos- jerarcas del régimen «de los pobres» están descaradamente a la vista de todos. Sabemos dónde están los reales, pero no pasa nada.

En 1978 creíamos haber tocado fondo cuando supimos del sobreprecio del «Sierra Nevada», que creímos la peor corrupción en la historia del país. Hoy cualquier bodegón deja pálidas las cifras del barco frigorífico.

Ese mismo año pensábamos haber tocado fondo con un presidente como Carlos Andrés Pérez. Hoy, millones de quienes pensamos eso, sabemos cuán equivocados estábamos.

En 1988 creímos haber tocado fondo por la vergüenza de que en Venezuela mandara la amante del presidente. Hoy deberíamos sentirnos abochornados de que nos manden los cubanos, que dependamos de los chinos y que nos tuerzan el brazo los rusos, los bielorrusos y los iraníes.

Creímos también haber tocado fondo por lo que el recordado Francisco Kerdel bautizó como «la diáspora del talento». Hoy, la mayoría de los jóvenes de todos los estratos sociales se siguen yendo porque no ven futuro aquí. De hecho, ya casi 6 millones de jóvenes –y no tan jóvenes- han convertido a Venezuela en un país de emigrantes, cuando una vez fuimos el país de los brazos abiertos. Y, peor aun, es que esos emigrantes son de lo más calificado que poseía el país.

Y en 1998 creímos haber tocado fondo con cifras que superaban los 4000 homicidios al año. Según cifras del Observatorio Venezolano de la Violencia, en la segunda década de este milenio nos convertimos en el segundo país con más asesinatos en el mundo. Y dentro de esa estadística no están los que quedan lesionados en mayor o menor grado.

Por haber creído que habíamos tocado fondo, Chávez salió electo presidente. ¡Cuánto daño hizo Hukkgo Chávez! Lo peor es que Chávez se murió “a tiempo” de no ver el desastre que sembró y hasta posiblemente se salve de que la Historia lo culpe… Quien no se salvará de tener el título del peor presidente que hemos tenido (hasta ahora) es Nicolás Maduro, eso anótenlo. Un récord bastante triste en un país donde hemos tenidos decenas de presidentes malísimos, peores y pésimos. Pero el gran culpable, sin duda, es Hugo Chávez; ese hombre que mandó al país como si fuera un adolescente enloquecido.

Sí, Chávez actuaba como un adolescente. Como la gran mayoría de los adolescentes, veía la vida blanca o negra: amaba u odiaba, era el mejor amigo y el peor enemigo, estaba inmensamente feliz o terriblemente desgraciado. No le alcanzaba el día para la intensidad con que vivía la vida y el día se le hacía eterno cuando se sentía agobiado. Se mostraba dispuesto hasta a iniciar una guerra por defender su ideario con la misma vehemencia con que defendía la paz o el amor, aunque ni una ni otra le duraban mucho.

No es malo que un adolescente actúe como un adolescente. Malo es cuando un adulto actúa como un adolescente. Y peor aun, cuando el adulto tiene poder. Y resulta pésimo cuando ese adulto es el presidente de un país. Porque un presidente que cree que existe una única verdad −que por supuesto es la suya− cae en las peores arbitrariedades, incurre en las mayores injusticias, comete los más grandes errores.

Un presidente que lo que logró fue patrocinar la corrupción, apadrinar la incompetencia, fomentar la ineficiencia. Un presidente que no fue capaz de ver la gama de grises, se volvió fanático, dogmático, radical. Hoy seguimos con Maduro al volante y ya sabemos para dónde vamos: aquí no hay luz al fondo del túnel. ¡El fondo no tiene fondo! Lo que hay es un túnel al fondo de la luz…

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Gracias, Francisco, estamos honrados, por Carolina Jaimes Branger
La Facultad de Arquitectura de la UCV no ha otorgado muchos doctorados honoris causa, porque para merecerlo hay que tener una hoja de vida como la de Francisco Pimentel Malaussena

 

@cjaimesb

El pasado viernes 22 de abril, en la bellísima Sala de Exposiciones de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela, se llevó a cabo la concesión del título doctor honoris causa al arquitecto Francisco Pimentel Malaussena, a quien me enorgullece llamar “tío”.

En momentos cuando universidades que no merecen llamarse así, entre otras cosas por los HORRORIS CAUSA que han otorgado, el acto cobró más relevancia aun, porque este título sí que es POR CAUSA DE HONOR. Por causa de todos los honores a un excelente profesional, de larga, dilatada y fructífera carrera, profesor universitario durante más de treinta años, recto en su proceder y con un amor por el país que le sale por los poros. Además, poseedor de los reconocimientos más importantes, entre ellos el Premio Nacional de Arquitectura.

El acto, solemne, sobrio, hermoso, fue emocionante de principio a fin. La Facultad de Arquitectura y Urbanismo no ha otorgado muchos doctorados honoris causa, justamente porque para merecerlo hay que tener una hoja de vida como la de Francisco Pimentel Malaussena y eso no es fácil.

La actuación del Orfeón Universitario, dirigido por el maestro Raúl López Moreno, fue sencillamente excepcional. El himno nacional, cuatro canciones venezolanas, el Gaudeamus igitur, himno universal de los graduados universitarios cantado exclusivamente para el doctor Pimentel, quien, el único de pie en el aula, lo escuchó agradecido y conmovido. Y, para terminar, el himno de la UCV, refrendando una vez más que es la Casa que vence la sombra.

Pero quiero referirme a las palabras del nuevo doctor honoris causa. Sentidas, valientes, sensatas… Empezó agradeciendo a sus maestros, su tío, el arquitecto Luis Malaussena, primer director de la Escuela de Arquitectura cuando se hizo independiente de la Facultad de Ingeniería, y al arquitecto Carlos Raúl Villanueva, primer decano de la Facultad de Arquitectura, “quien, con su vida, su palabra y su obra, definió la arquitectura como acto social por excelencia. Él marca esta intervención”.

“Como arquitecto y docente, algunos pueden esperar que aproveche esta importante oportunidad para comentar tendencias o pretender dictar cátedra sobre la arquitectura contemporánea, o un análisis crítico a las actuales políticas públicas relacionadas con el desarrollo urbano y el hábitat en el país, como la llamada Misión Vivienda o Caracas Bella, o el diseño de los últimos llamados “monumentos nacionales”, o el inconsulto cambio de los símbolos y la historia de nuestra querida Caracas. Quiero restringirme a algunas reflexiones sobre ciertos imperativos profesionales, educativos y éticos en el escenario actual del país”. Y por ese camino se fue, en uno de los más sólidos discursos que he escuchado en mi vida.

“El Estado −mejor dicho, el gobierno− ha venido estableciendo y, en muchos casos de manera inoportuna e inconsulta legalmente, lineamientos, acciones y políticas educativas de acuerdo con su particular ideología. A esto se le suma la compleja situación actual para los docentes a todo nivel, que en general, están muy mal remunerados y oficialmente poco reconocidos, lo cual genera escaso entusiasmo por su actualización académica y por su permanencia en tan importante labor. Ante esto es justo resaltar múltiples casos y testimonios activos de una noble entrega a la docencia y al país, por encima de estas injustas condiciones. Todo ello en el marco de la grave crisis nacional, caracterizada, entre otros, por un sostenido deterioro social y económico, una grave degradación ética y moral y una numerosa diáspora de venezolanos”.

El doctor Pimentel Malaussena se refirió a la educación como eje esencial de la transformación social del país. Del verdadero valor de la libertad política, el trabajo, el desarrollo económico sustentable, la tecnología utilizada y dirigida a aumentar la productividad, la necesidad de una administración pública honesta, el aprecio a la familia y a la vida y a todo lo que signifique verdadero progreso, en contraposición al feroz populismo y estatismo que vivimos.

Fustigó con toda fuerza la asfixia presupuestaria que sufren las universidades nacionales, los ataques a la autonomía universitaria y todos los agravios y ofensas contra la Universidad como patrimonio mundial de la UNESCO, como bien cultural de la Humanidad.

Nombró a cada uno de sus socios y colaboradores durante sus 65 años de ejercicio profesional, con cariño y gratitud.

Fue tajante al decir que “La comunidad espera de nosotros una presencia creativa, que se haga impulso de democracia y libertad, de justicia, de honestidad, de solidaridad, de paz y de participación activa en el desarrollo armónico del país y fundamentalmente del bien común de todos sus ciudadanos, con apego a nuestra autonomía y autoridades legítimas; que no se levantan del estrado y se marchan cuando una graduanda o un profesor expresa sus nobles sentimientos y urgentes justos reclamos, sino que, en conjunto, responden como una verdadera comunidad universitaria democráticamente dialogante”.

Y así, con esa defensa a una valiente estudiante, llamó a todos los estudiantes a asumir el compromiso y la lucha por la Universidad autónoma, libre, plural y democrática: “Este es el dilema de una educación para la libertad y la democracia o para la dependencia y la sumisión, el cual debe ocupar lugar prioritario en la atención del liderazgo nacional y de los educadores. Este es nuestro llamado y respuesta”.

Quiero terminar con unas hermosas palabras que el arquitecto Luis Polito le dedicó en su muro de Facebook:

“Si revisas la arquitectura de Caracas, entiendes por qué es un brillante arquitecto.

Si escuchaste sus clases y correcciones, aprecias que hoy se le haya reconocido.

Si eres arquitecto, agradeces sus trabajos en organismos públicos y su impulso al gremio.

Si tienes la suerte de conocerlo, te das cuenta de que además de todo lo anterior es un caballero y excelente amigo.

Gracias, Francisco, estamos honrados».

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Santiago de León de Caracas, ¡como es!, por Carolina Jaimes Branger

Bajorrelieve del escudo de Santiago de León de Caracas, en la Biblioteca Nacional, Caracas. Foto de Carlos Arvelaiz (@carvelaiz) publicada en Twitter por @thstraka

Como antídoto para el olvido y la manipulación histórica, propongo usar de ahora en adelante el nombre completo de nuestra ciudad Santiago de León de Caracas

 

@cjaimesb

Sí… sé que puede ser una maniobra de distracción lo del cambio del escudo, del himno y la bandera de Caracas. No será la primera ni la última vez que el régimen apela a este tipo de acciones. Pero, aunque sea una distracción, ¡va a quedar! Y si va quedando, la gente se va olvidando. Como dijo Gabriel García Márquez, “la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido”. Lo que muere es lo que se olvida. Y nos estamos olvidando hasta de nuestra pequeña identidad. Además, alguien debe estarse lucrando groseramente de lo que significan esos cambios. Quizás hasta esa pudiera ser la razón de mayor peso para hacerlo…

Como si fuera poco, los estudios de Historia cada vez están más mermados en Venezuela, pues, desde el día uno de Chávez en el poder, cambiar la historia para contarla a su manera fue una prioridad.

En 1560 Francisco Fajardo, uno de los primeros mestizos de estas tierras, para más señas conquistador como su padre español e hijo de Isabel, una india caraca hermana del cacique Naiguatá, salió de El Tocuyo con gente y ganado para iniciar la conquista de la región central del país, que los caribes tenían azotada. Fundó una especie de hacienda en el valle del río Guaire para que los productos que allí se cosecharan y los animales que se criaran sirvieran de sustento para los otros conquistadores.

Muy cerca de ese hato, el capitán Rodríguez Suárez fundó el pueblo de San Francisco: esa fusión del hato de Fajardo con el pueblo de Rodríguez Suárez fue usada como base por Diego de Losada en 1567 para fundar la ciudad a la que dio el nombre de «Santiago de León de Caracas”. No es una historia épica, aunque ciertamente fueron hombres muy valientes quienes se entregaron a la conquista de estas tierras. Obviamente los movían intereses crematísticos, muy parecidos, por cierto, a los de los “revolucionarios” que ahora inscriben en el nuevo escudo de Caracas la fecha en que comenzó su pillaje y su latrocinio.

La historia no puede ni debe cambiarse. Lo que debe es aprenderse de ella.

Intentar convertir en héroes a los vencidos, en libertadores a quienes fueron esclavos, en santos a quienes fueron asesinos no puede servir sino para propósitos muy viles de quienes aúpan esos cambios.

Si se lo que se quisiera fuera honrar a la ciudad, deberían empezar por procurar que sus habitantes tengan los servicios básicos: agua potable, electricidad, limpieza y recolección de desechos, servicios médicos, escuelas y centros comunitarios.

Luego, seguir con el mantenimiento de vías de comunicación y medios de transporte, labores de embellecimiento (léase bien, EM-BE—LLE-CI-MIEN-TO); no esos esperpentos que han construido en varias partes de la ciudad, como el indio Guaicaipuro en la autopista que honraba a Fajardo, la pirámide rosada de Juan Barreto, el enorme condón de la plaza San Jacinto, la india Apacuana con sus tetas de silicona y otra sarta de horrores.

“Caracas no necesita que reescriban su historia, sino que se construya una más incluyente y armónica”, escribió sobre este mismo tema Guillermo Ramos Flammerich. Por lo pronto, como antídoto para el olvido y la manipulación histórica, propongo usar de ahora en adelante el nombre completo de nuestra ciudad “Santiago de León de Caracas”. Y reproducir nuestro verdadero escudo, el del glorioso león. A mí no me representa ni el indígena sojuzgado y palúdico, ni el negro esclavizado. Mucho menos el Bolívar del chavismo.

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Del juego de la botella al juego de la penitencia, por Carolina Jaimes Branger
El juego de moda en las escuelas es el de ‘la penitencia’, donde las jovencitas de entre 13 y 17 años se turnan para que los varones las penetren

 

@cjaimesb

Quedé anonadada, literalmente, con el hilo en Twitter del doctor Rafael Chirinos, @rafachirinos, sobre la conversación que tuvo con una colega sobre el “juego de moda” en algunos colegios y liceos venezolanos, llamado “Juego de la penitencia”.

Como debe haber todavía quienes no lo conocen, se los resumo: un grupo de muchachos y muchachas, la mayoría de entre 13 y 17 años de edad, se sientan en rueda. Las jovencitas “les provocan la erección a los varones” y se van turnando, montándose sobre ellos para que las penetren. El juego lo gana quien eyacule de último entre los varones y de las niñas, quien provoque más eyaculaciones.

Lo peor es que el fulano “reto” es hacerlo sin preservativos. De manera tal que el resultado puede ir desde una candidiasis, pasando por una enfermedad venérea, hasta un embarazo precoz, muy precoz. Nunca he sido pacata, ni tengo escrúpulos religiosos. Pero lo de este juego me causó una enorme tristeza, amén de una impresión de la que no he logrado salir desde que lo supe.

Por allá a mediados de los años noventa, un amigo vino a visitarnos a nuestra casa de Maracay. Venía llegando de Cuba, y nos contó que en La Habana una muchachita cuya edad debía rondar por los 12 o 13 años se le acercó y le dijo que por $10, “él podía hacer con ella lo que él quisiera”. Entre sollozos, alcanzó a decir “¡tiene la edad de mi hija!”. Lloró, lloró y lloró desconsolado.

En la misma época, recuerdo haber leído que las prostitutas del Bois de Boulogne, en París, cobraban más si el sexo era sin preservativos, arriesgándose por una tarifa “más alta” a contraer SIDA, en aquella época un mal incurable. Una sentencia de muerte, pues. ¿Cuánto valían sus vidas? ¿Tan solo una tarifa “más alta”?…

Eso ha debido pasar en otros lugares del mundo. Pienso en Tailandia, por ejemplo, donde el turismo sexual quizás es mayor del que quienes van a conocer las bellezas que posee el país. Caramba, ¡pero unas eran prostitutas y otras obligadas a prostituirse desde niñas, porque vivían en un país donde una dictadura férrea, como Cuba, la situación las obligaba a hacer cosas que, de haber vivido en un país normal, no hubieran ocurrido a tan temprana edad! No sé si estoy siendo ingenua y esto ha ocurrido desde hace más tiempo, pero el que me haya enterado ahora no lo hace menos grave, ni menos doloroso.

Pienso en mi adolescencia y me pregunto adónde se fue el amor. ¿Será que los jóvenes de ahora no lo sienten? Y pensando en las muchachas, ¿es que no es importante para ellas sentir, ya ni siquiera amor, sino al menos atracción por el hombre con quien están teniendo sexo?

La banalización de todo se ha apoderado de la sociedad mundial. Todo lo que antes era importante para la mayoría, se diluyó en cuestión de pocas décadas. No solo el amor.

También se han diluido los principios, la palabra, la sanción social. ¿Qué mundo les espera a quienes serán adultos al voltear de unos diez años?

No creo que ahora sean importantes el primer amor, el primer baile pegado, el primer beso, la primera relación sexual. “Desimportantizar” lo importante es una tragedia, porque las alegrías en la vida están llenas de esos pequeños momentos donde el alma, el corazón y las hormonas se conjugan para dejarnos esos recuerdos que forman parte de los tesoros, que, al menos yo −y creo que hablo por buena parte de mi generación− hemos vivido y sentido. Ahora se vive, pero no se siente, mucho menos se atesora. Y los seres humanos deberíamos sentir, porque así fuimos creados.

De verdad, no saben de lo que se pierden. Y siento lástima porque no lo sientan, porque se están animalizando, en vez de humanizarse. Por eso hay tanta indiferencia ante las tragedias que ocurren en el mundo. Que no se quejen después de que no haya empatía cuando las tragedias les ocurran a ellos. De hecho, ya es una tragedia que sus distracciones sean como el “juego de la penitencia”.

Se los dice una representante de la generación que jugó a la botella y que a sus 63 años todavía recuerda, con emoción, el besito (en el cachete) del muchacho que me gustaba, que hoy en día, para mi felicidad, es mi pareja.

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Cuando éramos felices... y lo sabíamos, por Carolina Jaimes Branger
Cada vez que alguien, refiriéndose a ese pasado cercano dice “cuando éramos felices y no lo sabíamos”, lo corto en seco. De esos recuerdos debemos aferrarnos para mantener la esperanza

 

@cjaimesb

Escribo este artículo en la noche del domingo 3 de abril. Hace poco rato regresamos a mi casa, después de haber estado más de dos horas tratando −en vano− de llegar a la Concha Acústica de Bello Monte, para asistir al concierto de Karina.

Dimos vueltas por todos los cerros aledaños, tratando de llegar. Nunca, nunca, había visto tanta gente alrededor del coso baruteño. Claro, Karina es una estrella, la admiramos, la queremos, la queremos ver. Pero más allá de eso, ir a ver a Karina era volver a una época muy feliz de nuestras vidas en Venezuela: los años 80.

Ya en 1975 Carlos Andrés Pérez había dictado el Decreto 598, el famoso “1×1”, donde por cada tema musical extranjero había que radiar uno venezolano. Se buscaba enaltecer “la cultura venezolana y los valores autóctonos”. Pero como suele suceder en Venezuela, el decreto empezó a dejarse de cumplir, o la música venezolana la ponían solo en horas de la madrugada.

Durante el gobierno de Luis Herrera Campíns, un nuevo decreto viene a cambiar el panorama: no solo refuerza el de Pérez, sino que exige que se cumpla en horarios “prime”. Muchos dueños de radios se quejaron de que la medida era “dictatorial”. Las multas para quienes no cumplieran con el decreto eran altísimas. No les quedó más remedio que cumplir el decreto y de esa manera se hizo conocer una generación de artistas venezolanos maravillosos, que de otra manera quizás no los hubiéramos conocido.

¡Y es que eran de verdad fantásticos! Además de Karina, saltaron a la palestra Yordano, Franco de Vita, Ricardo Montaner, Melissa, Delia, Antonieta, Marlene, Wendy, Guillermo Carrasco, Devorah Sasha, Jorge Rigó, Carlos Mata, Elisa Rego, Guillermo Dávila, Rudy La Scala, María Conchita Alonso, Escarlata, Proyecto M, Los Chamos, Sergio Pérez, Fernando y Juan Carlos, Daiquirí, Colina… Me disculpan quienes no haya nombrado.

En el gobierno de Herrera ocurrió la primera devaluación del bolívar en veinte años. No fueron tiempos fáciles, porque en un país acostumbrado a importar todo y a desechar todo lo que fuera “hecho en Venezuela”, hubo escasez y carestía. Sin embargo, visto desde los ojos del presente, aquellos problemas aparecen minimizados ante nuestra demoledora realidad.

No hay nada que detone tan rápidamente un recuerdo como una melodía. Y de esos recuerdos tenemos que aferrarnos para mantener viva la esperanza de volver a tiempos mejores. La gente en la calle que trataba de entrar a la Concha Acústica coreaba las canciones de Karina. No solo quienes éramos adultos en los ochenta, sino una enorme cantidad de gente joven.

Por eso, cada vez que alguien, refiriéndose a ese pasado cercano dice “cuando éramos felices y no lo sabíamos”, lo corto en seco. Éramos felices y sí lo sabíamos….

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José Antonio Abreu, a cuatro años de tu luz, por Carolina Jaimes Branger
José Antonio Abreu tuvo el mérito de haber acercado la cultura al pueblo. Pero tuvo aun más mérito por haber acercado el pueblo a la cultura

 

@cjaimesb

El 24 de marzo pasado se cumplieron 4 años del fallecimiento de José Antonio Abreu. Por eso quiero empezar este artículo con unos maravillosos versos de Franz Von Schober A la música:

Noble arte, ¡en cuántas tristes horas, //en las que he sido alcanzado por el torbellino de la vida, // tú has encendido la llama del amor en mi corazón, //y me has llevado a un mundo más feliz!

Con frecuencia un suspiro de tu arpa, //un dulce y bendito acorde tuyo// ha abierto para mí un cielo de mejores tiempos, //¡noble arte, por esto te doy las gracias!

Toda gran obra empieza con una gran idea y necesita de alguien que crea fervientemente en esa idea y la impulse. Por eso, el nombre de José Antonio Abreu siempre aparecerá en los anales de la historia de lo que se debe hacer para sacar a un país del tercermundismo ¿o debería decir décimo mundo, ya que se trata, en primer lugar, sobre Venezuela?…

En el maravilloso libro de Jesús “Chúo” Alfonzo, Soggetto Cavato, leemos sobre los comienzos de El Sistema: “Atril por atril…”, “otra vez…”, “otra vez…”. “Muchas veces empezábamos el ensayo a las seis o siete de la noche y no sabíamos a qué hora terminaríamos…”. Cuando ensayaban con Abreu, no había intermedio. Los músicos todavía ensayan “a la manera del maestro”, lo que significa que hasta que no esté perfecto, no terminan de ensayar.

José Antonio Abreu tuvo el mérito de haber acercado la cultura al pueblo. Pero tuvo aun más mérito por haber acercado el pueblo a la cultura.

Ya son más de un millón de integrantes que conforman sus orquestas, un millón de jóvenes que conocen el valor de la superación en cualquier disciplina que escojan como medio de vida. Y eso gracias a que Abreu le enseñó a un grupo importante de venezolanos que no pueden conformarse con ser mediocres si pueden ser excelentes; que los éxitos en la vida se consiguen a costa de esfuerzo y constancia, por lo que no deben temer a la exigencia y al trabajo duro. Todo eso da frutos. Abreu murió orgulloso de esos frutos que siguen cosechándose.

Los venezolanos nunca estaremos lo suficientemente agradecidos a José Antonio Abreu por la obra de vida, esperanza y amor que nos legó, porque la música es vida, es esperanza y es amor. Son justamente esas orquestas las que reflejan el país que nos merecemos todos, un país de excelencia, de conocimientos, de cultura, un país de todos y para todos, en el que realmente quepamos todos.

En Venezuela, y sobre todo en el campo público, casi nadie hace nada; pero basta que alguno tenga una idea, una iniciativa, para que lo destrocen. La envidia es uno de los sentimientos que más daño nos ha hecho. Debo decir, por esto, que estimo y agradezco que el doctor Abreu nunca se detuvo en su empeño.

Si en Venezuela hubiera cien personas con la dedicación y el empuje de José Antonio Abreu en los distintos renglones del quehacer nacional, las cosas marcharían por sí solas, porque el cambio vendría desde la base, con venezolanos reeducados, con una nueva visión de lo que significa realmente ser venezolanos. Insisto en que ese es el único cambio que puede funcionar. Si no lo hacemos, las orquestas de Abreu seguirán siendo unas islas en el mar del desbarajuste venezolano, la esperanza en la caja de Pandora.

El mayor homenaje que el maestro Abreu ha podido tener es haberse ido con la certeza de haber creado una obra de trascendencia universal, por su contenido y alcance. Le doy las gracias por esa obra que ha tocado tantas almas y ha hecho que veamos las cosas desde una perspectiva más alentadora. Por haber sembrado esas semillas que germinan incólumes en medio de este caos; y que siguen firmes y seguras en su camino hacia otros horizontes definitivamente mejores. Le doy las gracias por darnos continuamente la oportunidad de creer que sí hay solución para Venezuela.

A cuatro años de tu luz, querido maestro.

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