Hay derrotas que inspiran mucho más respeto que muchas victorias. Confieso que durante este Mundial de Fútbol terminé “remando” con Noruega. No era el equipo favorito. No era el gigante histórico. Pero jugaba con una mezcla de valentía, disciplina y humildad que hacía imposible no simpatizar con ellos. Perdió. Sí. Pero abandonó el torneo con la cabeza en alto, respetado incluso por quienes celebraban su eliminación. Hay derrotas que ennoblecen y victorias que avergüenzan.
Mientras veía a esos jugadores agradecer a su afición después del pitazo final, pensé, inevitablemente, en Venezuela.
Nuestro país acaba de sufrir unos de los terremotos más devastadores de su historia reciente. Y, una vez más, quedó al descubierto una verdad que ya conocemos demasiado bien: cuando todo se derrumba, quienes sostienen al país no son las autoridades, sino su gente.
Miles de venezolanos, que apenas tienen para sí mismos, compartieron agua, comida, medicinas, herramientas, vehículos, tiempo y hasta un lugar donde dormir. Médicos que atendieron sin descanso. Vecinos que removieron escombros con sus propias manos. Jóvenes que organizaron centros de acopio. Personas que atravesaron carreteras destruidas solo para llevar ayuda a desconocidos.
La solidaridad volvió a demostrar que sigue siendo uno de los patrimonios más valiosos de Venezuela.
En contraste, las autoridades ofrecieron una respuesta lamentable, vil y hasta maligna, marcada por la lentitud, la improvisación y, en demasiados casos, la ausencia. Un país puede soportar la fuerza de la naturaleza; lo que resulta mucho más difícil es sobrevivir al abandono de quienes tienen la responsabilidad de proteger a sus ciudadanos.
Noruega no levantó la copa. Pero conquistó algo que ningún trofeo garantiza: el respeto.
El pueblo venezolano tampoco ha ganado la batalla contra todas sus tragedias. Lleva décadas enfrentando crisis tras crisis, tras crisis. Sin embargo, sigue demostrando una capacidad extraordinaria para levantarse, compartir lo poco que tiene y tender la mano al prójimo. Eso también es una victoria. Porque la dignidad no se mide por el marcador final de un juego, ni por los discursos oficiales. Se mide por la manera en que una persona, un equipo o un pueblo enfrentan la adversidad.
Noruega regresó a casa eliminada, pero admirada. El pueblo venezolano sigue caminando entre ruinas, pero conserva algo que ningún desastre natural ni ningún poder político ha logrado destruir: su humanidad.
Y mientras esa humanidad siga viva, Venezuela tendrá razones para creer en su futuro.
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