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Opinión

Roberto Patiño May 07, 2021 | Actualizado hace 6 horas
Derecho a la paz, por Roberto Patiño

@RobertoPatino

Para algunos la violencia de las bandas criminales son noticias que llenan la crónica negra de sucesos y que saturan, por espacio de algunas horas, las redes sociales. Lamentablemente para otros, estos hechos ocurren muy cerca de su entorno y las detonaciones se convierten en sangre y miedo para ellos, para los seres queridos, para los vecinos y amigos que tuvieron la mala suerte de quedar en medio de enfrentamientos tan inesperados como arbitrarios. Es un conflicto que no parece agotarse con el tiempo y que se suma a la pesada carga que implica la supervivencia en Venezuela.

Cuando estos sucesos ocurren y, cada día son más seguidos como por ejemplo en La Vega, nos ponemos inmediatamente en contacto con nuestros líderes que habitan en las zonas en donde se registran estos enfrentamientos, y sus palabras nos empujan a una realidad mucho más compleja que la descrita por los cronistas de sucesos. Ellos nos cuentan de vecinos atrapados; nos explican las previsiones que deben tomar en sus hogares, nos hablan de las víctimas: de dónde eran, a qué se dedicaban, dónde las conocían; la tragedia, para ellos, tiene un rostro propio, cercano, una tristeza con nombre y apellido.

En nuestras conversaciones nos dan detalles de la cadena de acción y reacción que se establece entre las bandas criminales y los cuerpos de seguridad. Nos describen, a veces solo con el tono de su voz, la indignación que hay ante una violencia absurda y desmedida que impone toques de queda y que los obliga a adaptarse constantemente, como si lo normal es tener que vivir bajo amenaza.

¿Esta es la sociedad que queremos?, ¿tenemos que aceptar esta normalidad de plomo y pólvora?

Por la vía de los hechos el Estado venezolano ha renunciado a su deber de garantizar unos estándares mínimos de convivencia. Esta incapacidad del régimen de garantizar el monopolio legítimo y constitucional de la fuerza es la consecuencia de años de malas políticas de seguridad, de planes caracterizados por su escaso arraigo con las comunidades, por la violencia exagerada sobre la población inocente en operativos improvisados y por la entrega de concesiones a bandas delictivas; un inventario de errores que han llevado a que el régimen fracase en su primera obligación: garantizar el derecho a la paz de los ciudadanos.

La seguridad de los ciudadanos exige un trabajo coordinado con las comunidades y un ejercicio racional de la violencia, garantizando siempre y en todo momento el pleno respeto a los Derechos Humanos de la población. Desde Caracas Mi Convive tenemos una amplia experiencia documentada, que demuestra que las políticas de seguridad, cuando se ejecutan sin control institucional, generan daños profundos en el tejido social.

No necesitamos “gatillos alegres” de bandas delictivas ni de funcionarios uniformados, requerimos políticas públicas que nos devuelvan el derecho de vivir en paz en nuestro país.

*Director de Alimenta La Solidaridad y Caracas Mi Convive

robertopatino.com

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Bukele y el fantasma de Carl Schmitt, por Alejandro Armas

@AAAD25

El caudillo es un arquetipo tan asociado con América Latina que la palabra ha sido asimilada por varios idiomas en el castellano original. No hay género literario más latinoamericano que la novela de dictador. Sin embargo, al contrario de lo que muchos asumen, los latinoamericanos no estamos culturalmente predispuestos a salivar por un tirano carismático. Es más bien una cuestión de entorno material. Dado que el populismo tiende a distinguir entre un “pueblo noble” y una “elite corrupta”, las desigualdades socioeconómicas que alientan el resentimiento de las masas empobrecidas son una gran ayuda. Por lo tanto, América Latina, con sus desigualdades muy marcadas y a menudo injustas, ha sido siempre tierra fértil para el populista.

Caudillos de esa índole abundan en la historia regional y la lista de momento no tiene fin, impregnando hasta a las últimas generaciones de políticos latinos. Para muestra el señor Nayib Bukele, el presidente millennial de El Salvador.

Pese a su juventud, el populismo caudillesco de Bukele es más bien vetusto. Marca todas o casi todas las casillas en el viejo manual del populista: triunfó en medio del hastío con la clase política bipartidista que había dominado su país por generaciones, es intolerante a la crítica, tiene un ego desmedido y plantea resolver los problemas de su nación (que no son pocos ni fáciles, ciertamente) mediante acciones de mano dura con poca o nula consideración hacia los afectados. Seguramente varias de estas características les recordarán a otros políticos, como Hugo Chávez o Donald Trump. No en balde pareciera que entre venezolanos opositores, huérfanos de liderazgo ante el estancamiento de nuestra dirigencia disidente, se repite con el peculiar centroamericano la atracción lograda por el exmandatario de Estados Unidos, aunque en menor escala, hay que decir.

Y bueno… Qué deprimente. Se confirma una vez más que muchos de nuestros conciudadanos no han aprendido gran cosa de la experiencia chavista. Que todo el tiempo están necesitados de un “taita”, de un ser que haga del pater familias de la sociedad, ordenándola en todos los aspectos como si de un conjunto de niñitos tontos e indefensos se tratara. El embrujo de los mandamases abusivos perdura. Es una maldición que arrastramos al menos desde José Tomás Boves. Es tan fuerte que si nadie en Venezuela satisface la necesidad, lo buscamos afuera.

De los extranjeros, nadie ha llenado el vacío tanto como Trump. Pero ahora él está en una especie de vida ermitaña postpresidencial, con pocas apariciones en público. Sigue ejerciendo una influencia considerable sobre la política de su país y sobre todo en el seno de su partido. Pero, sin el micrófono de la Casa Blanca y con su presencia en redes sociales altamente restringida, para los venezolanos Trump bien pudiera estar encerrado en un monasterio budista en el Tibet. Entonces, la “trumpmanía” venezolana se ha desinflado poco a poco. En cambio, la sed de liderazgos autoritarios sigue haciendo lo suyo. Y Nayib Bukele, con sus prendas hipster y gorra echada hacia atrás, se aparece a esos menesterosos con una cava llena de cervezas bien frías.

Bukele ha estado haciendo barrabasadas desde que llegó a la presidencia.

El año pasado ordenó a militares ocupar la Asamblea Legislativa, en una jugada brutal de presión para que sus diputados aprobaran un préstamo solicitado por el ejecutivo y objetado por la cámara. Ya entonces, de cara al hecho sensacional que dio la vuelta al mundo, se pudo ver a venezolanos aplaudiendo a rabiar. Ahora, los partidarios de Bukele son mayoría en la asamblea, tras unas elecciones parlamentarias, y su primera acción al instalarse en sus curules la semana pasada fue destituir a varios magistrados de la Corte Suprema de Justicia.

¿Por qué? Pues resulta que los jueces habían intentado reducir los poderes que Bukele ha estado acumulando con la pandemia de covid-19 como excusa. Así que el presidente que se toma selfis en la ONU ya demostró de lo que es capaz cuando la legislatura se le opone. Tan pronto eso dejó de ser un problema para él, apuntó su cañón al poder Judicial. Someter todo al ejecutivo es la meta.

La división de poderes es uno de los fundamentos más sacrosantos de la república, y de la democracia moderna, que necesariamente es constitucional y republicana. Es ella la garantía de que el poder del Estado no podrá ser aplicado por un solo ente, que pudiera verse fácilmente tentado a ejercerlo de manera arbitraria y corrupta. Locke fue el primer pensador relevante en darse cuenta y plantear que el Estado debía estar dividido en dos poderes. Uno para redactar leyes y otro para ejecutarlas. Esto ocurrió en el contexto del triunfo del parlamentarismo y la monarquía constitucional en Inglaterra a finales del siglo XVII y supuso una ruptura radical con el paradigma absolutista predominante entonces en Europa, formulado antes por Bodin y Hobbes, y que se mantuvo vigente en el continente hasta la Revolución francesa y las rebeliones burguesas de la centuria siguiente. Montesquieu agregó al dúo de Locke un tercer poder, el judicial, encargado de interpretar las leyes. La trilogía resultante fue encarnada en la Constitución de Estados Unidos, la más antigua de las repúblicas aún en pie e inspiración de buena parte de las repúblicas subsiguientes.

En el extremo de la filosofía política opuesto a Locke, Montesquieu y la tradición de la democracia liberal se halla Carl Schmitt, el jurista infamemente asociado con el Tercer Reich. A Schmitt le irritaban la separación de poderes y, sobre todo, los procesos lentos y comprometedores de negociación entre facciones, propio de entes colegiados como los parlamentos. En su lugar, exaltó las virtudes de un régimen dictatorial capaz de actuar sin restricciones de ningún tipo cuandoquiera que lo juzgue necesario. Las asambleas legislativas en este esquema solo son válidas si están en perfecta concordancia con el líder que encabeza el gobierno, y con el pueblo del que se supone que dicho líder es un reflejo, muy en el sentido de la “voluntad general” rousseauniana. De más está decir que ello reduce las legislaturas a apéndices inútiles.

Los postulados de Schmitt influyeron considerablemente en entusiastas del populismo contemporáneos, como Chantal Mouffe, quienes han tratado de purgarlos de sus elementos totalitarios y adaptarlos a la democracia (a mi juicio, sin éxito). En cambio, teóricos como Nadia Urbinati reconocen el populismo como el peligro para la democracia que realmente es. En Democracia desfigurada, esta última teórica señala que los líderes populistas, una vez que se montan en la locomotora del gobierno, buscan concentrar poder en manos del ejecutivo, en detrimento de los demás poderes. El resultado puede ser el debilitamiento o destrucción del orden constitucional.

En Venezuela, Hugo Chávez se estrenó en la presidencia alardeando de sus supuestos dotes de estadista democrático, con el aumento de los tradicionales tres poderes a cinco en la Constitución que encargó a sus partidarios como un traje a la medida. Pero su verdadera intención quedó pronto expuesta, cuando su movimiento político empezó a llenar los tres poderes no electos (el judicial, el ciudadano y el electoral) con militantes de su causa.

En cuanto a la Asamblea Nacional, mientras estuvo bajo control chavista, abandonó sus funciones de legislar y hacer contraloría con independencia de los intereses de Miraflores. La exmagistrada Luisa Estela Morales, en un triste intento por dar sustento filosófico a esta concentración de fuerza en el ejecutivo, desestimó la separación de poderes, alegando que entorpece el buen funcionamiento del Estado. Un comentario que echó por tierra 300 años de teoría política republicana y democrática.

Nayib Bukele claramente está de acuerdo con la juez retirada. Los restos mortales de Schmitt podrán estar enterrados en algún lugar de la Renania, pero su espíritu vive y ahora ha brotado de las lavas del volcán Izalco para hacer estragos en la América Central. Así como en la película de Frank Capra Mr. Smith fue a Washington, herr Schmitt fue a San Salvador a asesorar a su presidente. No deben sorprender a nadie las coincidencias entre Bukele y el chavismo.

Lo desconcertante y deprimente es que venezolanos opuestos al régimen se proclamen encantados con las mañas del mandatario salvadoreño y fantaseen con imitarlas en nuestro país.

Por retruque, terminan dándole la razón a Luisa Estela Morales. Queda claro nuevamente que en el seno de la oposición hay personas que no quieren que el chavismo siga mandando, pero tampoco quieren la restauración de la democracia. Habrá que lidiar con eso cuando llegue el momento de una transición. No quiero ver al fantasma de Schmitt otra vez por acá.

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Como quedó repartido el CNE entre el gobierno y la oposición, por Víctor Álvarez R.

@victoralvarezr

La AN escogió cinco rectores principales y diez rectores suplentes del CNE. Teóricamente ninguno de los rectores debería estar vinculado a partidos políticos del gobierno o de la oposición, pero en Venezuela esa es una de las condiciones electorales que no se cumplen y los rectores tienden a representar a uno de los polos en pugna. De allí que la puja sea por una conformación equilibrada a través de la fórmula 2-2-1; es decir, dos representantes progobierno, dos prooposición y uno neutral aceptado por ambas partes.

Con su apabullante mayoría de más de 2/3 de la AN, el oficialismo pudo haber pasado la aplanadora en la designación del CNE, y de los cinco rectores principales y diez suplentes haber impuesto un 15-0. Como esto habría significado el desconocimiento nacional e internacional de las elecciones de gobernadores y alcaldes y un mayor aislamiento, el gobierno prefirió ceder espacios y designar dos rectores principales a la oposición electoral, para una correlación de 3-2 en el directorio. Adicionalmente cedió cuatro suplentes para una distribución de 9-6 en el total de 15 rectores principales y suplentes.

Como Maduro no se siente amenazado por una oposición cada vez más dividida y debilitada, hace estas concesiones y permite una mayor representación de la oposición.

Presenta así un CNE renovado, más plural y con mayor autonomía, el cual tiene por delante el gran reto de mejorar las condiciones electorales, reconstruir la confianza en el voto y la ruta electoral para avanzar hacia una solución política, electoral y pacífica del conflicto venezolano.

 ¿Cómo está organizado internamente el CNE?

Además del Directorio, conformado por cinco rectores principales, la estructura funcional del CNE contempla tres órganos subordinados que tienen bajo su mando hasta diez instancias adicionales a las que les corresponde ejercer la dirección, supervisión, vigilancia y control de las próximas elecciones de gobernadores y alcaldes, consejos legislativos y concejos municipales y referendo revocatorio.

1.1   El Directorio

El artículo 296 de la Constitución establece que el Directorio del CNE estará integrado por cinco rectores principales, cada uno tendrá dos suplentes y tomará sus decisiones con al menos tres votos favorables. Tres de los rectores designados deben ser postulados por la sociedad civil, uno por las facultades de ciencias jurídicas y políticas de las universidades nacionales y el otro por el Poder Ciudadano. Los rectores elegidos con sus respectivos suplentes fueron los siguientes:

Progobierno:

Pedro Calzadilla (ex Ministro de Educación Superior)

     Gustavo Vizcaino (exdirector del SAIME)

     Saúl Bernal (exdirector de la Oficina de Financiamiento del CNE)

Tania D Amelio (rectora desde el 2009)

     Leonel Parica (Secretaría de CyT de la gobernación de Miranda)

     Rafael Chacón (ex viceministro de Educación)

Alexis Corredor Pérez (miembro de la ANC)

     Carlos Quintero (rector suplente del CNE desde 2014)

     Francisco Garcés (exministro de Transporte)

Enrique Márquez (exdiputado opositor)

     Griselda Colina (directora del Observatorio Global de Comunicación y Democracia)

     Francisco Martínez (expresidente de Fedecámaras)

Roberto Picón (exasesor de la MUD en temas electorales e informáticos)

     Conrado Pérez (exdiputado opositor)

     León Arismendi (profesor de la UCV, especialista en derecho laboral)

Como nuevo presidente del CNE fue designado el exministro de Educación Universitaria, Pedro Calzadilla, y como Vicepresidente el ex vicepresidente de la AN, Enrique Márquez. Debajo del directorio están los órganos electorales subordinados. Cada uno está conformado por tres rectores, dos principales y un suplente que no sea el de estos rectores principales. Sus decisiones son tomadas con el voto afirmativo de por lo menos dos de ellos.

2.1   Junta Nacional Electoral

El primer órgano subordinado es la Junta Nacional Electoral, la cual quedó presidida por Tania D Amelio, rectora principal postulada por la sociedad civil. Esta instancia tiene a su cargo la dirección, supervisión y control los procesos electorales y referendos. Entre sus funciones están:

Planificar y realizar las elecciones

Elaborar las listas de elegibles a cumplir con el servicio electoral

Proponer las circunscripciones electorales

Fijar la fecha de la instalación de las juntas y las mesas electorales

Establecer el número y ubicación de los centros de votación y mesas electorales

Totalizar, adjudicar y proclamar candidatos que resultaren elegidos

La Junta Nacional Electoral tiene los siguientes Organismos Electorales Subalternos:

La Junta Regional Electoral

La Junta Municipal Electoral

La Junta Metropolitana

La Junta Parroquial Electoral

Las Mesas Electorales

2.2   Comisión de Registro Civil

El segundo órgano subordinado es la Comisión de Registro Civil y Electoral, la cual quedó presidida por Alexis Corredor, exmiembro de la Asamblea Nacional Constituyente, quien fue postulado por la sociedad civil. Entre sus funciones están:

Planificar, coordinar y supervisar el registro civil y electoral.

Girar instrucciones a los alcaldes y otros funcionarios para la inscripción y levantamiento de las actas de registro del estado civil de las personas.

Proponer los agentes auxiliares para el levantamiento e inscripción.

Depurar el Registro Electoral.

A su vez, la Comisión de Registro Civil y Electoral está conformada por:

La Oficina Nacional de Registro Civil del Poder Electoral

La Oficina Nacional de Registro Electoral

La Oficina Nacional de Supervisión de Registro Civil e Identificación

2.3   Comisión de Participación Política y Financiamiento

El tercer órgano subordinado es la Comisión de Participación Política y Financiamiento, la cual quedó presidida por el exdiputado opositor Enrique Márquez postulado por la sociedad civil. Esta instancia tiene a su cargo:

Promover la participación ciudadana en los procesos electorales.

Actualización del registro de inscripciones de partidos políticos.

Controlar, regular e investigar el origen de los fondos de los partidos y el financiamiento de las campañas electorales de los partidos políticos, grupos de electores, asociaciones de ciudadanos y personas que se postulen a cargos de elección popular por iniciativa propia.

Ordenar el retiro de la publicidad con fines electorales que se considere violatoria de la ley.

Tramitar las credenciales de los observadores nacionales o internacionales y de los testigos de las organizaciones con competencias en la materia.

A su vez, esta Comisión de Participación Política y Financiamiento está conformada por:

La Oficina Nacional de Participación Política

La Oficina Nacional de Financiamiento

2.4   Oficinas Regionales Electorales

Finalmente, las Oficinas Regionales Electorales están a cargo de un director y son los brazos ejecutores del CNE en cada entidad federal. Tienen bajo su responsabilidad la supervisión y coordinación de las actividades regionales de la Junta Nacional Electoral, de la Comisión de Registro Civil y Electoral y de la Comisión de Participación Política y Financiamiento.

Cada Oficina Regional Electoral tiene competencia regional, carácter permanente y su sede se encuentra en la capital del respectivo estado.

 La correlación de fuerzas entre el gobierno y la oposición

Como ha podido observarse, la correlación de fuerzas entre el gobierno y la oposición en la estructura organizativa y funcional del poder electoral trasciende los cinco rectores principales e incluye a los rectores suplentes que se incorporan activamente a cada uno de los órganos subalternos. En consecuencia, no son cinco rectores sino ocho los que asumen responsabilidades técnicas, institucionales y políticas. Adicionalmente están las 24 Oficinas Regionales en todos y cada uno de los estados del país, cuestión que hay que tener en cuenta en el equilibrio del poder electoral.

Está claro que el gobierno correrá con ventaja en unas elecciones en las que el descontento nacional hacia sus candidatos supera el 80 % de los electores. Esto quiere decir que las condiciones electorales favorecen al gobierno, pero las condiciones políticas favorecen al país opositor. Capitalizar electoralmente este enorme rechazo exige participar en las próximas elecciones con candidaturas unitarias y llamar masivamente a participar.

La abstención es un desperdicio. Vamos todos a votar.

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Buscando soluciones al problema penitenciario, por Carlos Nieto Palma

@cnietopalma

Para muchos, el problema penitenciario parece no tener solución. A medida que pasan los años, la situación se agrava, la corrupción aumenta y la indolencia hacia las personas privadas de libertad crece cada día.

Soy de los que piensa que el desastre que se vive en las cárceles y centros de detención preventiva de Venezuela sí tiene solución. Solo falta voluntad política para eliminar el gran negocio que las mismas representan.

Si hay algún sitio donde la corrupción funciona de manera galopante es en el sistema penitenciario venezolano, negocio que produce mejores dividendos mientras peor funcionen estos recintos.

Siempre que toco este tema recuerdo a mi maestro Elio Gómez Grillo, que decía que las cárceles eran un negocio tan productivo como PDVSA, eso por supuesto era antes que la revolución la destruyera.

El artículo 272 de la Constitución plantea soluciones

Indudablemente que la solución al problema penitenciario no es asunto de un día. Llevará tiempo la reconstrucción del devastado sistema penitenciario venezolano; estamos ante un monstruo de mil cabezas, que hay vencer poco a poco. Pero con buena voluntad, un plan realista y un equipo de verdaderos conocedores del tema se puede lograr.

Ya la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, aprobada en 1999, nos da un panorama de cómo debe ser nuestro sistema penitenciario en el artículo 272. Este consagra la descentralización del sistema penitenciario, la conducción del mismo por penitenciaristas profesionales con credenciales académicas universitarias, asistencia pospenitenciaria a reclusos liberados, establecer modalidades de privatización y otros puntos importantes, que hasta ahora no han sido tomados en cuenta por el régimen.

Nos adelanta un poco el trabajo legislativo. Igualmente desde 28 de diciembre de 2015 está en vigencia el Código Orgánico Penitenciario, que aunque a mi parecer requiere de unas importantes reformas para adaptarlo a la Constitución Nacional, ya es un avance.

Mafias carcelarias, el peor flagelo

El verdadero problema de nuestro sistema penitenciario, más allá de lo legislativo, que como antes dije, ya está bastante adelantado, lo constituyen las mafias carcelarias que, con la anuencia de la dictadura, se han adueñado de nuestras cárceles y calabozos policiales.

Estas mafias, como siempre he dicho, no está compuesta solo de pranes y su equipo, sino que la forman funcionarios penitenciarios y de los cuerpos encargados de su custodia, bien sea del Ministerio para el Servicio Penitenciario o de los cuerpos policiales en el caso de presos que se encuentran en centros de detención preventiva.

Después de esto, se requiere atacar los principales flagelos que afectan al sistema carcelario venezolano, como son el retardo procesal, el hacinamiento extremo, así como los problemas de salud y desnutrición que viven nuestros reclusos.

A pesar de los planes que han surgido desde el Tribunal Supremo de Justicia y el Ministerio Público, legítimas o no estas instituciones, ninguno ha solucionado el retardo procesal. Aun y cuando no hay cifras oficiales, se calcula que un 70 % de los presos venezolanos no tienen una sentencia definitivamente firme, esto significa que 7 de cada 10 reclusos son presuntamente inocentes al no haberse demostrado su culpabilidad.

Hacinamiento extremo en los calabozos

Por otra parte está el problema del hacinamiento extremo, que convierte los centros de detención preventiva o calabozos policiales en las nuevas cárceles de este siglo. Estos, concebidos en principio como espacios donde los presos deben estar un máximo de 48 horas, devinieron hoy en depósitos de seres humanos, alojando a más del 60 % de la población reclusa venezolana. Solucionar el problema de hacinamiento sería el primer paso para remediar los graves problemas de enfermedades y desnutrición que azotan a nuestros presos.

Comenzando a darle solución a estos problemas, podremos tener un sistema penitenciario que, como dice el artículo 272 de la Constitución nacional, asegure la rehabilitación o reeducación del interno y el respeto a sus derechos humanos.

Instagram: @carlos_nieto_palma

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Entrevista | Faitha Nahmens: “Volví porque no quería salvarme de Venezuela sino en ella”, por Carolina Jaimes Branger

Imagen: ilustración de @raymacaricatura

@cjaimesb

Faitha Nahmens Larrazábal es brillante, divertida, observadora. Excelente anfitriona. Escribe con un estilo único, lleno de fuerza y erudición. Como buena periodista, indaga. Busca más allá de lo obvio. Se involucra. Ama y sufre con sus reportajes. Uno de ellos se transformó en libro y narra la historia del Gandhi venezolano (como ella lo acuñó y cada vez más lo aceptamos) Franklin Brito. Un hombre vertical, entero, “de una pieza”, aun pesando 33 kilos. Franklin Brito, anatomía de la dignidad, es un libro que todos los venezolanos debemos leer y que quedará como testimonio de unos de los tantísimos horrores del chavismo.

La Faitha mamá supo cortar el cordón umbilical con Simón, su único hijo, aunque acepta que su regazo virtual siempre estará ahí para cuando él lo necesite.

Como periodista siente y lamenta que a Venezuela hayan regresado prácticas y costumbres de represión obsoletas en casi todo el mundo civilizado.

¡Y es porque no somos un país civilizado! La censura, la hegemonía comunicacional, la tortura, los asesinatos de periodistas son páginas oscuras que habrá que investigar, juzgar y castigar cuando retorne la democracia que se fue.

Faitha tiene un estilo personal muy marcado: siempre usa sombrero. No por alguna razón en particular. La costumbre comenzó cuando admiraba los que usaba su madre y las hermosas cajas en donde venían. Ya lleva veinte años usándolos. Le pregunté cuántos tenía y me respondió que quizás unos cincuenta. Riendo asegura que los usa para que le “agarren las ideas”, pero también le han servido para que la encuentren en marchas, protestas y otras ocasiones.

Vivió fuera, pero regresó. Está enraizada en Venezuela. “Sembrada”, como dice Valentina Quintero. Es sobrina del expresidente Wolfgang Larrazábal, sobre quien está preparando un libro. Sigue involucrada en planes artísticos, de empoderamiento de barrios, de denuncias, de construcción y creación. ¿La razón? Quiere salvarse en Venezuela… salvando a Venezuela.

Faitha Nahmens está preparando un libro sobre su tío, el expresidente Wolfgang Larrazábal.

– Escribes maravillosamente bien. Tus escritos tienen una fuerza y se nota mucha erudición detrás de ellos. Cuéntame cómo te iniciaste en la escritura y cómo has madurado en ese campo.

– Las vocaciones son un misterio fantástico: el indagar qué hay detrás de una pasión o una habilidad; como el que hace que te enamores de una persona y no de otra. La palabra siempre me sedujo, su caligrafía tanto como que contuviera pensamientos y arcanos. Desde antes de saber leer, leía, es decir, inventaba, y recortaba cosas escritas y hacía pequeñas revistas para mis muñecas. La fantasía se convirtió en opción de vida. Pero antes que decidirme por Letras o Filología o Sociología junté en el periodismo mi amor por la calle y la vida de ciudad, los cuentos de la superficie, con el gusto por narrarlos. Esa atención por decir y oír te permite corregirte, formarte. Aprendes escribiendo y leyendo, que se parecen tanto. Leyéndote a ti mismo cuando trabajas un texto —borrando y detectando la música—, y sin duda leyendo a los autores que embelesan, tus maestros.

– Eres periodista y en Venezuela los periodistas, cuando llegó el chavismo, se convirtieron en la oposición que Chávez había pulverizado con su discurso. ¿Cómo evalúas estos años?

– Chávez creía que algunos medios de comunicación eran partidos políticos, porque el periodismo no puede ejercerse sino en democracia; cuando esta merma, al periodismo lo ven alzarse como ave de mal agüero. Con un discurso preconcebido oficialista, verdades a medias e inventos direccionados desde la tenaz hegemonía comunicacional, el periodismo independiente, cuyo norte es indagar y revelar, buscar la verdad o lo más parecido a ella, se vuelve cada vez más un oficio incómodo. Hablando de aves, recordemos que en la guerra se extinguieron las palomas mensajeras: las mataron a todas.

En estos años de censura, cierre de medios y ataques físicos a periodistas (muchos han muerto), decir es un atrevimiento; y decir los yerros, incluso los tantos a la vista, se considera ofensivo por parte de quienes prometieron freír cabezas en aceite hirviendo. Si el periodismo es cuarto poder, es amenaza para quien defiende el poder único. La libertad de expresión es un derecho humano, un enunciado político, sí. Y universal.

En Venezuela se castiga el querer correr la cortina del disimulo, del ocultamiento y del engaño con cárcel: lo que el resto del mundo ha abolido ya.

– Has escrito mucho sobre arte, artistas, escritores, arquitectos, en general, de personas que hacen país. ¿Tienes esperanza en el futuro de Venezuela?

– Por supuesto. Conoces un creador y su persistencia y sabes que es posible. Entrevistas a varios y los ves comprometidos en Petare o en La Unión (me gusta el nombre) y casi crees que falta poco para el cambio que asociamos correctamente con la sustitución del modelo político, aunque abarca mucho más: políticas ingeniosas de participación y la reconstrucción en consenso de lo que somos y queremos ser. Atlas sosteniéndonos a nosotros mismos, apuesto a que, con los músculos fortalecidos por la resistencia y el debate, podremos defender la democracia. Muchos retornarán a esa fiesta acaso sobre territorio minado para convertir el caos y la oscuridad en república. No será fácil, pero lo haremos. Sí se puede. Tenemos que tener esperanza y buscar el consenso.

– Háblame de Faitha, la madre.

– Mi hijo Simón es mi mejor amor, me calibra y me conmueve siempre. Pese a la distancia geográfica y el largo tiempo sin vernos —protocolos complejos, embajadas idas, y ahora la pandemia—, es una total certeza en mi vida. En los últimos siete años nuestra cotidianidad ha desfilado de manera fragmentada a través de una pantallita. Con conversaciones y fotografías hemos construido un rompecabezas de gestos, imágenes, sonrisas, canciones, libros leídos, el nuevo corte de pelo. Y aunque lo extraño inmensamente, me alegra su vida. Lo que sueña y lo que hace. Ser madre es saber que el cordón umbilical fue útil nueve meses y desde entonces pasó a ser objeto imaginario cuando una tijera nos volvió dos. He querido ser alguien que le muestra realidades, bellas y terribles, y sus paradojas, pero sobre todo una persona con quien siempre puede contar: que pese a sus 23 y su metro 82, sepa que, aunque virtualmente, puedo ejercer de incondicional regazo. Creo que soy madre con orgullo y sobre la marcha. Y he sido optimista.

“Con conversaciones y fotografías mi hijo Simón y yo hemos construido un rompecabezas de gestos, imágenes, sonrisas, canciones, libros leídos, el nuevo corte de pelo”.

– Tu libro sobre Franklin Brito es un testimonio lapidario sobre una de las peores injusticias cometidas por el chavismo. ¿Cómo fue la experiencia de escribirlo?

– Fue dura, mucho. Me zambullía en los apuntes y el cartapacio de documentos penosos con perplejidad y absoluta tristeza. Quería verlo a él desde todos los ángulos posibles, como un ciudadano involucrado en un asunto político y legal desmesurado, y como un agricultor soñador que protagonizaba un proceso existencial inédito.

Conseguí a un ser de una pieza que la justicia convirtió en blanco de su despropósito. Franklin Brito murió de 33 kilos, terqueando lo suyo, sus derechos, exhibiendo una verticalidad que muchos vieron insensata.

Porque a él no le pasó nunca por la cabeza negociar su propiedad —¿un pedacito? ¿cuál? ¿por qué?— pero sí se creyó todas las promesas que le hicieron con relación a resolver el solapamiento de sus linderos y a la restauración de su titularidad. No sé cómo sorteó el sinfín de engaños y crueldades que engordan el expediente de su caso: lo maltratan, lo botan del trabajo, lo secuestran, le dan un tractor pero le prohíben comprar gasolina, porque imaginarán que va a incendiar Ciudad Bolívar. Por eso reincide con la protesta pública y hace nueve huelgas de hambre. Ofrenda su cuerpo y lo convierte en el terreno donde acaso aún se libra una lucha que no está perdida. En Franklin Brito anatomía de la dignidad, editado por Cedice, me aproximo, también admirada, a nuestro Gandhi.

– Has vivido fuera de Venezuela y pudiendo haberte quedado, decidiste regresar. ¿Por qué?

– Afuera descubres y valoras maravillas de tu identidad que apenas sospechabas. Londres es una ciudad en mayúsculas, compleja y sincrética, a la vez que tan seductora. Miami es un proceso de mixturas con mucho mejor clima. Pero mi valija, recargada en ambas estancias, contenía a Venezuela. Soy de aquí, no soy universal, soy caraqueña, no me imagino ser astronauta, tanto que pasa en mi calle ¿cómo visualizar lo que ocurre a años luz? Me gusta esta tendencia a la rumba, este sol, la tenacidad de los araguaneyes, las potencialidades que tenemos como archipiélago urbano, nuestra afectividad pese al miedo (por el que subimos las murallas), la cebolla que somos y las capas de modernidad junto con tejas coloniales que nos hacen mestizos en todo, arquitectura o gastronomía, y esa cierta levedad de ser que podemos aprovechar a favor. Además me siento comprometida con lo que vivimos. Me interesaba el tema de las vacas locas, pero quería saber con dolorosa pasión de nuestro desquiciamiento. Caminaba por las aceras sintiendo que, como a los jabillos, las raíces se me salían. Volví porque no quería salvarme de Venezuela sino en ella.

– ¿Qué significa Venezuela para Faitha Nahmens Larrazábal?

– Es mi tierra, eso significa que me siento vinculada a sus asombros y horrores con lazos que no solo cosieron mi historia y la familia sino yo misma, adrede. Supongo que así como el cordón umbilical se corta, también puede hacerse con la identidad: pero adoro cuando esa ruptura es la del español o el italiano que solo ama estar aquí. Para mí Venezuela es mi sueño, mi dolor, mi fábula, mi fe, mi música, la esencia que me constituye. Mi piso aun cuando movedizo. Mi origen o como dice tan bonitamente Valentina Quintero, la tierra donde estoy sembrada. No tengo agua, pero me riego.

José Gregorio Hernández resume la auténtica venezolanidad, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini

Beatificado el viernes pasado, mucho se conversa sobre los innumerables méritos de José Gregorio Hernández. De su vida santa e intachable, su dedicación a curar, consolar, vivir con respeto, decoro, modestia, prudencia y restricciones autoimpuestas de quien consagra voluntariamente su existencia a Dios.

De Isnotú, el afable trujillano de buena cepa, fue mucho más que un santo milagroso para los venezolanos. La santidad la cuestiona el abogado del Diablo, es su deber; pero la definen milagros que por intercesión del investigado se hagan, documenten y comprueben, a través de evidencias concluyentes que sin la decisión de Dios no se hubiesen hecho realidad. También es cuestión de fe y posiciones de la Iglesia que, de pocos siglos a esta parte, puso freno a quienes se colaban por conveniencias o interpretaciones más emocionales que realistas.

José Gregorio Hernández, el beato, resume todo lo mejor del ciudadano venezolano.

El hombre que tuvo formación e inspiración para consagrar su presencia al Señor, también asumió con voluntad de sacrificio. Graduarse de médico fue una entrega a los objetivos de la medicina: curar enfermos, evitarles sufrimientos, aliviar dolencias y esquivarles la muerte. No estableció consultorios para prestigio personal, categoría y reconocimiento público.

Claro que es incuestionable el derecho que tienen profesionales de cualquier disciplina, incluida la medicina, a ser empresarios, obtener recompensa por el esfuerzo, estudio, experticia y ciencia, así como el de venezolanos con talento a ser emprendedores, fundar, sostener y hacer crecer industrias y comercios. Se critica a los que solo piensan en la riqueza como propósito de vida, cuando se puede ser generador de empleo, promotor del avance social que tanto necesitamos.

En José Gregorio Hernández recae la auténtica venezolanidad. Andino, médico, científico y trabajador que dedicó su vida en auxiliar a quienes lo necesitaban, aunque no tuvieran los medios para pagar por su esmerada atención y su empeño en sanarlos. Como José Gregorio hay otros venezolanos genuinos que, aunque no sean santos ni vayan a misa los domingos, ponen su talento y voluntad en ayudar al país, a sus compatriotas; en desarrollar una patria digna y beneficiosa para todos.

Emociona inmensamente la santidad de José Gregorio Hernández, pero también se valora su condición o carácter de venezolano, sentimiento de pertenencia a Venezuela, su coraje de existir con modestia, su voluntad de socorrer y aliviar, su sabiduría, generosidad y esplendidez. Un ser humano que no fue presumido, prepotente, sinvergüenza ni ladrón, como los que hoy nos agobian desde el poder.

Mucho más que santo, es ejemplo a seguir, una vida a imitar. Por fortuna, hay otros con esas mismas condiciones personales. Por eso José Gregorio Hernández es también certeza de que no todo se ha perdido en esta Venezuela acosada por la piratería política, devastada por despiadados oportunistas, delincuentes y sus colaboradores.

La capitulación de principios éticos y morales, la derrota de las buenas costumbres ciudadanas, aunque parezcan insolubles, tienen solución en cada uno. Recuperar la genuina venezolanidad es el renacer de la esperanza. Recuperarla es una cuestión de vida o muerte.

Venezolanos así hay suficientes. Están ahí, aunque a veces sientan que luchan contra el muro de impudicia, ambiciones personales, codicia y afán de riquezas de quienes fueron elegidos para generar bienestar, paz y crecimiento. Y que, sin embargo, solo han producido ruina, desgracia, indigencia, calamidad y desconsuelo.

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Historias de Maracay, por Laureano Márquez P.

@laureanomar

I

La casona colonial de la hacienda Las Delicias, ubicada a siete kilómetros al norte de la ciudad de Maracay, en un entorno campestre sometido a la brisa suave que se desliza desde la cordillera de la costa, era la propiedad favorita de las tantas que había acumulado el general Juan Vicente Gómez en los últimos años. Poco a poco la fue convirtiendo en un zoológico público, con animales emblemáticos del país y algunos más traídos de otras latitudes, gracias a generosos regalos de gobernantes extranjeros.

Esa hacienda era el verdadero centro del poder del país, la capital y el Palacio de Miraflores habían pasado a un segundo plano. Maracay, antes de que él metiera al país en cintura, era un pueblo grande de vaqueras y añil, no mucho mayor que el que había visitado Humboldt algo más de un siglo atrás, pero estratégicamente ubicado en el corazón del país y en el de «El Benemérito», que así llamaban a Gómez, como si fuera su nombre de pila. Con esmero la había convertido en una ciudad pujante, apoyado en los generosos ingresos que producía la reciente aparición del petróleo.

La elevó a capital del estado, llenándola de obras públicas que la prestigiaban. Entre ellas, un teatro, el Ateneo, al que encontró pequeño el día de su inauguración y plantó reclamo al arquitecto en el instante: «yo no mandé a hacer un teatro solamente para mi familia». Dispuso entonces la construcción de uno nuevo de mayor tamaño, el cual quedará inconcluso a su muerte, siendo primero una gallera y luego un estacionamiento público, hasta que cuarenta años más tarde, por fin, abrió sus puertas el Teatro de la Ópera, en tiempos del primer gobierno del Dr. Caldera.

También tenía Maracay, gracias él, una bella plaza de toros –la que hoy día se conoce como Maestranza César Girón -que copiaba la de Sevilla y en la que siempre se le brindaban toros al general cuando este asistía a las corridas. Dispuso, además, la construcción de un aeródromo –hoy museo aeronáutico– que sirviera como escuela a la incipiente aviación militar. En él aterrizó Lindbergh con su famoso Spirit of St. Louis y Gómez al recibirle comentó a su hijo: «parece buena gente». Mandó a edificar igualmente un hospital y un majestuoso hotel, demasiado grande para tan pequeña ciudad: el Hotel Jardín, donde Gardel, en una de sus últimas presentaciones antes de su trágica muerte, cantó para el general el tango «Pobre gallo bataraz». Ese día, hubo sobresalto entre el público, incluso algunos expresaron en voz baja sus temores de que metieran preso al Morocho del Abasto por el atrevimiento cuando él arrancó a cantar:

“Pobre gallo bataraz,se te está abriendo el pellejo.Ya ni pa’ dar un consejo,como dicen, te encontrás,porque estás enclenque y viejo, ¡pobre gallo bataraz!”

Un silencio expectante congeló los asistentes en el gran salón del hotel. El anciano presidente sonrió y todos le siguieron aliviados. «Estuvimos a ñinguita de una guerra con la Argentina», comentó con discreción, algún bromista. El general le regaló al Zorzal Criollo diez mil bolívares de plata, que Gardel dejó –en gesto que denota su nobleza– a los exiliados de la dictadura a su paso por Curazao.

Pero lo que más había levantado el anciano dictador en Maracay eran cuarteles, muchos cuarteles. Para acabar con las montoneras y guerras civiles en las que se había desangrado el país desde la Independencia, era esencial la creación de un ejército nacional. Él lo había logrado y ese ejército lo apuntalaba. Estaba dirigido por un militar brillante: Eleazar López Contreras, general de tres soles.

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Paulina Gamus May 05, 2021 | Actualizado hace 2 días
Aristóbulo, por Paulina Gamus

“Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos”. Jorge Luis Borges.

 

@Paugamus

La muerte del maestro Aristóbulo Istúriz, sempiterno ministro de Educación del chavismo, brinca partidos (AD, MEP, Causa R, PSUV) ha desatado una catarata de insultos en el mejor medio para decapitar: Twitter. Y, por supuesto, las lágrimas unas de cocodrilo y seguro que otras genuinas, de sus compañeros en la ruta que eligió en 1998, cuando Hugo Chávez se lanzó al ruedo electoral. Eso fue para mí -en mi relación con el hoy difunto– un antes y un después.

Nos conocimos cuando ambos éramos concejales de Caracas y opositores al gobierno de Luis Herrera Campíns (1979-1984); Istúriz por el Movimiento Electoral del Pueblo (MEP) y yo por Acción Democrática (AD). Hicimos una amistad que llegó a camaradería. Cinco años después nos reencontraríamos en el Congreso como diputados, durante el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez (CAP II). Aristóbulo esta vez lo era por La Causa Radical.

Fui presidenta de la Comisión de Política Interior; nos tocó la investigación del “Caracazo” (febrero 1989). Se desataron los demonios de la demagogia y del escándalo. Enrique Ochoa Antich, del MAS, fue el instigador de todas las mentiras y cifras abultadas de este luctuoso episodio de nuestra historia reciente. Aristóbulo fue comedido y colaboró conmigo en recuperar la ponderación. Al final, el Informe de la Comisión fue aprobado por unanimidad.

Aristóbulo fue el único diputado que nunca se negaba a acompañarme en las visitas a cárceles. Los adecos, copeyanos y masistas huían de esa responsabilidad y de muchas otras. Entonces le ocurrió una tragedia familiar. Estaba guiando a su hijo de 17 años de edad para que sacara el automóvil de su garaje y no se dio cuenta de un saliente en la pared con el que el joven chocó, sufrió fractura de cráneo y muerte inmediata. Aristóbulo entró en profunda depresión aumentada por el sentimiento de culpa. Fui a su casa, lo animé para que volviera a trabajar, el trabajo lo iría sacando de ese foso en que estaba hundido. Y así fue.

Fue alcalde de Caracas y no tuvimos ningún contacto hasta que, durante el año electoral 1998, lo invité a un programa de entrevistas que tenía en el canal CMT. Aquel Aristóbulo era un energúmeno que me amenazó varias veces con levantarse e irse si le hacía preguntas incómodas. Era otro, y para mí dejó de ser todo lo que había sido.

He comenzado este artículo con una cita de Jorge Luis Borges porque uno de los sentimientos que más temo padecer es de odio. Me he dado a la tarea de buscar los significados más simples de esa palabra. Odio es rencor, requiere de mucho esfuerzo y persistencia, y es un sentimiento devastador para quien lo padece. En cambio desprecio es falta de respeto, aversión, considerar indigno a quien se desprecia. Y el repudio es rechazo y desdén.

Me he preguntado muchas veces lo que siento por Maduro, Cabello, Padrino, los hermanitos Rodríguez, los Tarek, etc., y de verdad que me alegra saber que no los odio. No quiero parecerme a ellos. Con aversión, desdén, desprecio y falta de respeto me basta.

Creo que los venezolanos necesitamos una especie de terapia colectiva, por supuesto que con psiquiatras y psicólogos de otra escuela que no sea la de Jorge Rodríguez. Imaginemos que algún día por un milagro de José Gregorio Hernández o de algún santo que nos tenga un poco de compasión, se produce la transición. ¿Qué hacemos con ese 20 % de chavistas que además son maduristas?, ¿los llevamos al paredón? Si recodáramos que Hugo Chávez gozó de un porcentaje de aceptación siempre bordeando el 50 %, y si reproducimos los videos del gentío llorando su muerte, ¿buscamos a todos esos dolientes y los expulsamos del país?

Sé muy bien que el odio es mucho y bastante justificado en un sinfín de casos. ¿Cómo pedirle que no odien a quienes tienen a sus familiares desterrados, a quienes han perdido seres queridos por el desastre de la salud pública y la falta de vacunas, a los médicos, enfermeras, maestros y profesores universitarios que reciben dos o tres dólares como salario mensual; a quienes tienen familiares presos y torturados como en los tiempos más negros de las dictaduras del Cono Sur?

Llegará el día de juzgar a los culpables del derrumbe y la ruina de nuestro país. Ese día tendremos que saber elegir entre justicia y venganza. La venganza es odio, la justicia es equidad e imparcialidad. Solo así podremos construir un país distinto. Un país reconciliado.

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