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Política

Oct 18, 2019 | Actualizado hace 22 horas
La otra cara:
VIVIMOS EL PEOR MOMENTO de nuestra historia, una tragedia de signos bíblicos pese a la cual existe la sensación general de que “nada pasa”. Es una impresión tan desconcertante como desconsoladora sobre el futuro de la nación.
 
Durante los últimos meses la vida política nacional ha quedado circunscrita a la rutina, al círculo vicioso, a la vuelta al mismo punto, pareciera haberse estancado la solución del drama sufrido. No aparecen las buenas noticias para devolver el optimismo a la gente.
 
Sin aparente señal de movimiento, ni de luz al final del túnel todo se torna pesado. Frustrante. Se registra un ambiente de serenidad desesperante a todos, nadie escapa a su impacto. 
 
Padecemos en la quietud de un conjunto humano volcado a la más precaria subsistencia, con una quinta parte de su población convertida en parias errando por el mundo y el resto vueltos miserables en su propia tierra.
 
Es una aparente paz que al prolongarse en el tiempo impide divisar muy poco o nada detrás de ella acentuando la incertidumbre, algo semejante a la paz de los sepulcros a la cual han sido arrojados cientos de miles por la violencia cotidiana.
 
¿Pero las cosas son tal cual se ven? ¿Las apariencias son la realidad? ¿Qué hay detrás? En fin, ¿cómo interpretar esta espesa calma chicha que envuelve al país?
 
Ningún protagonista de la clase política puede llamarse a engaño en cuanto a lo que realmente acontece, no es necesario correr el velo para descubrir cuánto hay detrás del mismo.
 
Sin embargo, el tirano, habituado a su cinismo, intenta sacarle provecho. Aunque está consciente de cómo arde su régimen por dentro. Sabe mejor que nadie la intensidad del fuego de las contradicciones internas del Pranato. 
 
No ignora que las piezas se mueven sin su control. El Pranato se debate entre la propuesta de “resistencia” de la llamada “derecha endógena” y la de “negociar” de la mentada “falsa izquierda”.
 
Son inocultables las diferencias de Héctor Rodríguez, pongamos por caso, con Diosdado en torno a la negociación, la solución de la crisis económica y otros temas. Basta ver sus declaraciones públicas y compararlas.
 
El dictador, por ejemplo, trata de hacer ver que la calma es señal de haber pasado lo peor de la tormenta para el Pranato que regenta, la muestra como una vuelta a la normalidad favorable a sus planes de perpetuidad y miente asegurando  tener el dinero suficiente para “invertir en lo que al pueblo le hace falta”.
 
Maduro presenta la calma como indicador de “felicidad” de los venezolanos con su poder pese a estar “jodidos”, según ha dicho recientemente con su natural desparpajo. Interpretación secundada rastreramente por Aristóbulo al afirmar que “los maestros están contentos en sus aulas de clases, pues, de lo contrario estarían protestando”.
 
Es un clima aprovechado por el tirano para ver “la paja en el ojo ajeno” ladrando que el FMI “está imponiendo paquetes económicos” a los países de América Latina y el Caribe, a propósito de las recientes protestas en Ecuador. 
 
Cuando la verdad es que Maduro ha impuesto a los venezolanos el más descomunal de los ajustes económicos sufrido por país alguno en nuestro continente, generando una monstruosa hiperinflación y la dolarización de más del 40% de todo el intercambio comercial sin ningún beneficio para los venezolanos.
 
Con singular descaro Maduro sostiene que el FMI es “el principal instrumento del demonio en el mundo”. Que el ente multilateral “aboga por los intereses multimillonarios de la banca mundial” para “sacar de los bolsillos de los pueblos el dinero para pagar a los bancos internacionales”.
 
Mientras paradójicamente clama por préstamos y ayuda financiera gritando que Venezuela “es un país asediado, acosado, agredido, perseguido, económica y financieramente”. ¿A quién pretende engañar con su uso y abuso de la calma dominante?
 
Por supuesto, no todas las interpretaciones de la calma chicha se limitan a la desesperanza de la lucha inútil contra molinos de viento presente en muchos ciudadanos justificadamente desesperados por la calamidad, ni mucho menos a los abusos que Maduro y su pandilla pretenden hacer de ella.
 
También hay quienes apostados en este lado de la acera la aprovechan para disparar sus denuestos contra el liderazgo de Guaidó y la Asamblea Nacional, van desde quien le crítica no invocar el “coraje” hasta quien lo condena por no “negociar”, ambos para extraer ventaja moral con su latiguillo como si las dos cosas fueran un asunto de coser y cantar.
 
No obstante, si de algo debemos estar claros es que esa anestesia general inoculada por el hambre, el terror, el miedo y la desesperanza siempre se vence, que su efecto no es eterno pues existe un poderoso sustrato democrático en la sociedad siempre capaz de difuminarla. En veinte años han sido más los ejemplos de pelea.
 
Las recientes movilizaciones de lucha de los maestros, los llamados de los universitarios a defender el alma mater y las últimas convocatorias a la calle para los próximos días anunciadas por Guaidó son señales de que la cosa se reanimará más pronto que tarde.
 
Además, todo indica que en esta forzada serenidad se incuba una peligrosa tormenta social de vastas proporciones, presagiada por un viejo habitante de San Martín tras ver los anaqueles de los bodegones repletos de mercancía importada que él, cual “Juan albañil”, no puede comprar: “Rico, pana, ¡ahora si hay que saquear!”.
Y Política: ¿Qué tiene que ver ganar un mundial de fútbol con los niveles de aprobación de un presidente?

TREJO COMUNICACIONES Estratégicas lanzó en su canal de YouTube “Y política”, videos con una apuesta sencilla, de producción simple y guión fresco que busca la atención de un público informado, que revive momentos históricos y que utiliza la carnada de la curiosidad para involucrar a perfiles más escépticos en discusiones de orden político.

En este primer episodio, el espectador recordará cómo en el fútbol la política hacen vida y los lamentables capítulos que ha generado su simbiosis. Tal es el caso de Henrikh Mkhitaryan perdiéndose la final de la UEFA solo por ser armenio; pero también momentos grandiosos como Didier Drogba poniéndole fin a la guerra civil de su natal Costa de Marfil. Recordaremos en arquitectura y política a los nazis y sus construcciones megalómanas; pero también el acierto que significó el Museo Guggenheim para Bilbao; y hasta llegamos a especular en moda y política, porqué los calcetines de Justin Trudeau tienen motivos tan coloridos.

 

A continuación el video: 

 

 

Ruptura o Colaboracionismo, por Víctor Maldonado C.

NO SE PUEDEN SERVIR a dos señores a la vez. La vieja frase del evangelio bien podría aplicarse a una forma de hacer política que se ha incubado entre nosotros como una de las variadas formas del mal que no nos deja avanzar. Me refiero esta vez a los que quieren combatir al régimen amigándose con el régimen. Los que dicen que lo están venciendo mientras están negociando con ellos las viejas formas por las cuales el régimen se ha quedado con el poder mientras demuele a todos sus supuestos adversarios hasta hacerlos bagazo inservible. Esta vez no va a ser diferente y los que hoy todavía tienen algo de imagen y confianza ciudadana, muy pronto serán desahuciados como parte de lo que nadie quiere al frente del país.

Hay una pertinaz ceguera en esa forma de hacer política llena de indefiniciones y espacios de incertidumbre. No puede ser casual que así haya sido una y otra vez. Hay un diseño que se impone por defecto, el que busca negociar lo innegociable, el que intenta lo mismo sin importar los fracasos seriales, el que trata de resolver esto sin que haya un balance previo de ganancias y pérdidas basado en las experiencias anteriores. ¡Qué daño ha hecho por estos lares la mala comprensión del “ganar-ganar”! Porque ese modelito de bolsillo no aplica casi nunca, pero en nuestra realidad mucho menos. Los obnubilados de siempre debería comenzar a reconocer, luego de veinte años de demostraciones contumaces, que el socialismo del siglo XXI es el último modelo disponible de un totalitarismo marxista que no está hecho para la convivencia democrática. Aquí lo único que se ha demostrado hasta la náusea en los últimos veinte años es que lo que gana el régimen lo pierde el país, sin que nadie haya podido evidenciar que hay la más leve tendencia a que esta vez pueda ser diferente. El insistir es culposo.

La verdad sea dicha, no hay totalitarismo que pueda compartir el poder dentro de la lógica del pluralismo. Es contra su propia naturaleza, ausente de controles, incapaz de presentar rendición de cuentas, y permanentemente indispuesto para la práctica cívica de la integridad. A estas alturas resulta verdaderamente revulsivo que quieran seguir intentándolo. No hay diálogo posible ni fructuoso. Lo que sorprende es que, a pesar de todas las evidencias, sigan insistiendo en lo mismo. Pero eso es lo que están haciendo, incluso al costo de desbaratar el estatuto que rige la presidencia interina y devastar la frágil opción de Juan Guaidó.

Se quiere hacer pasar por cierto lo que es una farsa. No hay diálogo sino una cuidadosa puesta en escena en la que se presentan como contrapartes los que son una misma cosa, que juegan al juego imposible de deslindarse para disimular que no son dos, sino que son uno, porque desean lo mismo y no la pasan mal cuando permanecen juntos. Las identidades entre los que son los mismos son de pensamiento y acción. Piensan igual, admiran a los mismos “héroes” y tienen igual visión del país. No pueden dejar de pensar como lo que son. Las soluciones que conciben no pueden imaginar la superación del socialismo, porque no creen que el socialismo sea nefasto o inviable. Y el problema que tenemos los venezolanos es que unos y otros son igualmente socialistas. Desde el flanco del socialismo no se puede juzgar como malo la implementación del socialismo. Por eso les cuesta reconocer algo más que un resoluble déficit de instrumentación de la actual experiencia, y de ninguna manera van a llegar a la conclusión de que el modelo es malo. Y eso es parte del problema que nosotros tenemos: Que todos ellos creen que la solución más eficaz pasa por el intento de perfeccionar la ejecución del socialismo. Y por eso mismo pueden quedarse todos sin intentar ruptura.

Hay responsabilidad política en la recalcitrancia con la que socialistas quieren enmendarle la plana a los socialistas que retienen indebidamente el poder. Porque son la misma cosa creen que pueden ir juntos a una transición en la que se pueden regularizar todos los desastres que han acumulado. Porque son socialistas creen que para hacerle el favor a una de las caras la otra debe apelar a la eliminación de las sanciones. Como si estuviéramos lidiando con una patología de personalidades múltiples, en este juego de roles el establishment nacional juega a ser a la vez policía y ladrón, el bueno y el malo, el culpable y el inocente, mientras el país sufre la sangría del tiempo que ellos pierden sin importarles un pepino cada uno de los dramas personales que ellos contribuyen a agravar.

Porque unos y otros son deudores emocionales del socialismo. Todos ellos se han paseado por la militancia en los partidos de izquierda, y todos ellos han compartido el mismo proyecto de asaltar el poder para imponer el modelo en el que ellos creen: Derechos relativizados a la sobrevivencia de la revolución, el castigo inclemente a la propiedad, la persecución del éxito, el fomento autoritario del estado interventor y la identificación de dos enemigos irreductibles: la empresa privada y el sistema de mercado. No son dos partes, es un solo punto de vista que está dispuesto a la más obscena connivencia, en la que comparten los mismos modelos mentales, tienen la misma jerga y creen que entre ellos pueden imponer a todo el país sus términos de negociación, por los qua nada cambia, sobre todo la posibilidad de seguir mandando y asolando los recursos del país. La consigna es sencilla: poder, riqueza e impunidad absoluta.  De allí el fracaso del país y la serena tranquilidad de todos ellos. Todo lo demás es coreografía.

En política no hay promedios sino posiciones fundadas en la integridad y en el compromiso con la verdad. Los tibios, que intentan puntos medios imposibles, son vomitivos. Por eso el discurso político hay que desentrañarlo para saber cual es el señor al que verdaderamente están rindiendo homenaje los políticos. Porque repito: No se pueden servir a dos señores a la vez. Y para saberlo hay que rastrear la realidad. Hay que desconfiar por lo tanto de aquellos que dicen una cosa y hacen otra, de los que evaden su responsabilidad frente al país y se mantienen en el plano de la más mediocre calistenia, yendo de aquí a allá, pero incapaces de dar respuesta a una única pregunta, a la interrogante universal de los venezolanos: El cese de la usurpación ¿para cuándo?

¿En qué consiste la ruptura? Significa el dejar atrás la conducta displicente con la demagogia de los políticos. Implica el ser estrictos en la exigencia de resultados y especialmente escrupulosos a la hora de pedir cuentas sobre los medios que se utilizan para lograr los fines acordados. Significa romper definitivamente con la amoralidad con la que ejercemos la ciudadanía y esa práctica tan inconveniente de ser los “perdonavidas” de nuestros líderes. Porque con eso solo hemos logrado una generación de perdedores recurrentes que, aferrados a nuestra indulgencia, se mantienen dirigiendo nuestros destinos.

Pero la ruptura también consiste en romper con el socialismo, tirarlo a pérdida definitivamente, no creer en que puede ser redimible y, por lo tanto, dejar sin respaldo al discurso populista que vende como piedra filosofal el gobierno extenso que promete omnisciencia, omnipresencia y omnisapiencia, como si pudieran ser una expresión cabal de una divinidad y no un mal necesario al que debemos delimitar en sus confines. Acabar entre nosotros con la falsa convicción de que los que dirigen el gobierno tienen más virtudes que la suma del resto de los ciudadanos, y por lo tanto hay que encomendarles la distribución de la riqueza. Ruptura es acabar con la falsa creencia que nos subordina al populismo, que nos ata a las imposturas de partidos que han traicionado una y otra vez la causa del país. Romper sobre todas las cosas con la ingenua creencia de que el socialismo usurpador es redimible y por lo tanto susceptible de negociar una transición. Hay que deslindarse de la ingenuidad que se expresa en falsas soluciones que nunca llegan precisamente porque son falsas. Deshacerse de los falsos profetas y de la ansiedad porque esta vez los líderes no nos traicionen. Hay que romper con los falsos atajos y la presunción de que esta vez es cuestión de tiempo. Hay que deslastrarse de una forma de hacer política y de vivir el país que nos tiene encadenados. Romper es intentar algo nuevo. Hay que salir de esto, y esa posibilidad comienza con que creamos que romper es posible y deseable. Sacar a todos los mercaderes del templo, decirles lo que efectivamente son, y permitir quo otros se encarguen. Porqué con los que tenemos al frente solo aseguramos muchos años más de servidumbre. 

Porque la otra opción, la que están practicando, es colaborar con el régimen. ¿Qué quiere el régimen? Una oposición que quiera negociar y que esté dispuesta a quitar las sanciones sin que cese la usurpación. El régimen necesita contrapartes socialistas que “comprendan lo que está ocurriendo”. Y que no sean tan quisquillosas a la hora de ir a unas elecciones “con mínimas condiciones”. El régimen necesita una oposición que no tenga apuros, que realmente carezca de vocación de poder, y que por supuesto, tenga los mismos modelos de estado que ellos han estado erigiendo. Le gusta esa “oposición” que no tiene demasiados problemas para convivir con la asamblea constituyente, que acate de hecho las decisiones del tribunal de justicia, y que luzca tan feliz al ver la reincorporación de los diputados “del bloque de la patria”. Al régimen le encanta esa oposición que le da lo mismo cumplir la ley que ignorarla, que se dobla para no partirse (podría decirse mejor que se inclina) y que “así como va viniendo va decidiendo”. Una oposición pedilona, ingenua, dócil y paciente con los desvaríos de sus líderes. Una oposición que le saca el jugo a cada parodia electoral, pero que no llega nunca a la ruptura que el país les exige. Una oposición que le hace el favor al régimen de perseguir a la disidencia, que gusta de la delación y que usa las redes sociales para afirmar lo que el régimen desea y que ellos compran como agenda propia. ¿Puede estar más feliz el régimen que con esta oposición de falsos arrestos, coreografías exentas de peligros, que se descompone en el esfuerzo de parecer sin ser, y que es el coladero perfecto del capital político que acumula? ¿Puede estar más satisfecho el régimen que con esta oposición condicionada indefectiblemente al diálogo? ¿Puede estar más tranquilo el régimen que con esa intelectualidad que idolatra la negociación y reniega de cualquier tipo de conflicto? Pues bien, esa es la oposición que tenemos. O si quieren, ese es el gobierno que no nos merecemos.

Nada va a ocurrir. El peor diseño posible, un gobierno colegiado, silencioso, incapaz de rendir cuentas, obsesionado con ir a unas elecciones inadmisibles, empecinado en seguir negociando, profundamente soberbio y prepotente, socialista hasta los tuétanos, corrompido en términos de medios y fines, que perdió la ruta hace rato y que no demuestra que le importe si vamos o no vamos, mucho menos si vamos bien o mal, porque a fin de cuentas, hace rato pasaron el punto de no retorno y se condenaron a la fatal irrelevancia de los que teniendo talentos que poner a trabajar, prefirieron esconderlos debajo de la cama, logrando solamente caer por la pendiente de la que no van a poder regresar. Que esto haya ocurrido no es culpa de los que se los advertimos. La responsabilidad es solamente de ellos y de la forma que tenemos de asumir la política, tan indulgentes que permitimos lo inimaginable hasta que ya es demasiado tarde. Ahora solo podemos imaginar lo que viene después de esto, porque ya estamos en el final del epílogo. 

 

@vjmc

Guaidó desde Petare pide al mundo solidaridad con los venezolanos

Juan Guaidó, presidente interino de la República, realizó este sábado un recorrido por sectores populares de Petare, municipio Sucre, estado Miranda.

Desde Petare, considerado el barrio más grande de Latinoamérica, al que llegó para recorrerlo en compañía de la Primera Dama, Fabiana Rosales; el segundo vicepresidente de la Asamblea Nacional (AN), Stalin González; y diputados del Parlamento; rechazó los recientes actos de xenofobia de los que han sido víctimas algunos venezolanos en Perú. 

“Un venezolano es un ciudadano de plenos derechos esté donde esté. Aquí el llamado es a los pueblos del mundo a no generalizar, no es correcto. Los venezolanos somos hombres y mujeres de bien, de trabajo. Millones se han visto en la necesidad de emigrar producto de la Emergencia Humanitaria Compleja, han abandonado su país por necesidad”, aseguró el presidente del parlamento venezolano. 

Asimismo informó que se ha comunicado con las autoridades de Perú y que el embajador de Venezuela en ese país, Carlos Scull, está haciendo una labor importante para atender los casos.

“Hoy invocamos a la solidaridad del mundo. En lo personal es muy doloroso ver que no solamente estamos sufriendo aquí sino, que también hemos sufrido para poder insertarnos de nuevo en otra sociedad. La mayoría de los venezolanos regados en el mundo son médicos, trabajadores, emprendedores, artesanos, luchadores, sobrevivientes de una tragedia”, aseveró.

El presidente de la Asamblea Nacional también se dirigió a los residentes de estas zonas para invitarlos a que lo acompañen a cambiar el país. «Los vine a buscar, los vine a buscar para que me acompañen a cambiar a este país de una vez por todas», manifestó.

Aseguró que los petareños tienen mucho que ofrecerle al país y agregó que los habitantes de las zonas populares son los más afectados por la crisis.

«Este país quiere sanar, hermanos, ya basta de sufrimientos», indicó.

El presidente interino aseveró que la lucha en Venezuela no es por poderes políticos, sino por solucionar los problemas del pueblo.

«Aquí la lucha es por nuestra gente, Petare cuenta con la calle, cuenta con la fuerza de un pueblo decidido a cambiar», añadió.

Resaltó que desde hace mucho tiempo un presidente de la República no visitaba las calles de Petare. “¿Desde cuándo un Presidente de Venezuela no venía a caminar las calles de Petare?. Yo los vine a buscar para que se unan a la lucha para cambiar definitivamente este país. Tenemos la calle, tenemos la presión diplomática; tenemos con qué; falta un poquito de candela, sal y más nada porque eso está listo”. 

«Venimos porque queremos traerle un mensaje a nuestra gente», puntualizó

Ni mansos ni pendejos, por Antonio José Monagas

¿QUIÉN DIJO QUE LA POLÍTICA ES IMPOLUTA? O sea, ¿impecable o perfecta? Ni lo uno ni lo otro. La política es tan impredecible que por su misma esencia y de tan característica condición, es imperfecta en términos de sus inferencias. Sobre todo, al momento de determinar una respuesta que arroje con exactitud la razón del fenómeno político observado o estudiado. 

De ahí que muchas gente la aborrece como práctica. Pues en su ejercicio, casi siempre, termina reventando hipótesis. O poniendo en duda, argumentos que, en principio, pudieron demostrar los yerros que sus realidades consintieron. O que por alcahuetería, dejaron pasar por encima de lo que la tolerancia podía determinar. 

El hecho de no comprender la política en su dimensión teórica, produce el desánimo que invita a desatenderla como condición de vida. Además, condición ésta: sine qua non. Así que no entenderla desde el enfoque sociológico que su ejercicio acuerda, provoca casi todos los problemas que viene padeciendo el hombre –particularmente- en lo social. Aunque igualmente, en el ámbito político. 

He ahí la razón por la cual innumerables sociedades, no alcanzan el desarrollo que sus necesidades y carencias requieren a los fines de superar tales inconveniencias. Incluso, que proponen como parte de sus planes y programas de gobierno. Todo es tamizado por el cedazo de las mezquindades, las envidias, los recelos y las apetencias lo que deviene en groseras rivalidades que a su vez finalizan en conflictos de todo género. Por supuesto, dado el grado de confusiones que sus realidades incitan. Además, con el mayor apresuramiento posible. 

Es el problema que mantiene a Venezuela apegada a prácticas ortodoxas y retrógradas. Según las mismas, desatinadas aunque solapadamente invocadas entre los principios fundamentales que refiere la Constitución de la República, pues el crecimiento y el progreso colisionan con un concepto amplio y claro de desarrollo económico y social. Ciertamente, así se infiere toda vez que su prolegómeno exalta derechos inducidos por un modelo arrugado por el tiempo, al margen de derechos construidos con base en lo que pivota la vigorización de una nación. Y que en efecto, es la economía que debe emprender su sociedad motivada por políticas públicas consecuentes y alineadas con las capacidades y potencialidades que residen en sus esferas funcionales. 

Lejos de haberse erigido construcciones fundamentales de las cuales se depare el afianzamiento institucional en el cual debe anclarse la concepción de un sistema político democrático, el régimen se empeñó en enquistarse a manera de perpetuarse en el poder. Como si por esa vía, podía indultarse –a si mismo- los errores cometidos de cara a una fracasada conciliación entre los problemas económicos terminales del sistema social y los problemas intermedios o inmediatos que trastornaron a Venezuela desde el mismo momento que el susodicho régimen arribó al poder en 1999. 

Para lograr su cometido de naturaleza groseramente populista y demagógico, el régimen dirigió sus esfuerzos a darle cabida a urgencias que no supo discriminar. Ni siquiera logró distinguirlas de las prioridades. Y esa situación, hizo que la crisis política que venía cabalgando desde la década de los setenta correspondiente al siglo XX, se profundizara a honduras que ni siquiera fueron estimadas sus consecuencias. 

Fue entonces cuando de las entrañas del régimen, emergen tantas caracterizaciones de la política que alcanzaba a ejercer, que resultaron ser patéticas expresiones de la inmoralidad, la perversidad, la impudicia, la intolerancia y el resentimiento que horadaba la actitud de militaristas disfrazados de demócratas. Eran personajes con imagen de demócratas. Pero que escondían en sus bolsillos, el autoritarismo y el totalitarismo que luego dejaron ver sin vergüenza alguna. 

El país, se enlodó al caer en el tremedal que el régimen venía preparando para desde tan nauseabundo espacio, hacer de las suyas urdiendo al país en la incertidumbre, el conflicto, la división, la fractura, la ruina y la dispersión. Así justificó la concreción del llamado “socialismo del siglo XXI”, el cual asociado al fenómeno que denominó “revolución bolivariana”, descompusieron y desarreglaron el país convirtiéndolo en una “mísera Venezuela”.

Pero con todo lo que –hasta ahora- ha logrado el régimen ( a paso de vencedores) e intenta proseguir escarbando en su “charco” de ruinas, basura y excrementos, no dará con la fórmula cuyos ingredientes podrían seguir descomponiendo la estructura social, emocional, espiritual y cultural del país.

La resistencia democrática que se fragua debajo de los ribetes que sus ansias de lucro y poder ha desatado, es imponente, sólida e indestructible. Porque el pueblo consciente y librepensador, no es tonto. Tampoco estúpido, como para dejar que la usurpación le arrebate sus derechos y libertades. Ya están preparadas las barricadas y las trincheras desde donde va a darse la lucha contra la opresión y la represión del régimen. Y es que hay una razón. Los venezolanos no son ni mansos ni pendejos

@ajmonagas

¿A cuánto debería subir el precio de la gasolina? por Víctor Álvarez R

HAY UN CRECIENTE CLAMOR nacional sobre la necesidad de sincerar el precio de la gasolina, cuya distribución “gratuita” ha degenerado en una política antipopular y antiempresarial. El subsidio a la gasolina no es gratis, se paga a través del impuesto hiperinflacionario que recae sobre todo en quienes viven de un ingreso fijo, pero que también afecta a las empresas que no pueden sincronizar el ajuste de sus precios al ritmo hiperinflacionario, y luego no pueden reponer el total de los inventarios con los ingresos que obtienen por ventas. 

La “gratuidad” de la gasolina no beneficia a los más pobres que no tienen carro y nunca van a una estación de servicio a llenar el tanque. Semejante subsidio arruina las finanzas de Pdvsa porque no permite a las refinerías cubrir sus costos. Esto obliga al BCV a emitir dinero inflacionario, el cual transfiere a Pdvsa para que pueda pagar sus nóminas. Es un estímulo perverso al contrabando de extracción que solo beneficia a las mafias y amenaza con dejar al país sin gasolina.

Escenarios de ajuste del precio de la gasolina

La gasolina más cara en América Latina es la que se vende en Uruguay a 1,51 $/litro, el precio intermedio lo encontramos en México y Brasil a razón de 1 $/L y la más barata es la de Ecuador, a 0.50 $/L. Nuestra propuesta es ajustar la gasolina en Venezuela al precio más barato al que se vende en América Latina, a fin de poder cubrir los costos de refinación, transporte y comercialización, y generar un margen de ganancias que se destinará a:

  1. Financiar la modernización y ampliación del transporte público en todos y cada uno de los 335 municipios del país:
  • Un porcentaje de las ganancias se depositaría en el Fondo de Transporte Urbano Fontur (FONTUR) de cada municipio.
  • A las Cooperativas de Transporte ya constituidas se les donarían los autobuses Yutong que actualmente se deterioran en los cementerios de autobuses.
  • Las cooperativas solicitarían un crédito a FONTUR para la repotenciación de las unidades que recibieron en donación. 
  • Financiar un programa de subsidios directos a las familias venezolanas para que puedan pagar –sin afectar sus bolsillos- los ajustes a las tarifas rezagas de electricidad, agua, gas doméstico y teléfonos, lo cual permitirá:
  • Generar ingresos propios a las empresas del Estado para que puedan financiar el mantenimiento preventivo, y así evitar el colapso total y definitivo de los servicios públicos en todo el territorio nacional.
  • Aliviar la presión sobre el BCV de emitir dinero inorgánico, lo cual ayudará a des-acelerar la hiperinflación y proteger los presupuestos de las familias, empresas e instituciones venezolanas.

Para garantizar el buen uso que se le dará a las ganancias que se generen por el aumento del precio de la gasolina es muy importante el diseño de mecanismos de contraloría social que aseguren la transparencia. Se pudiera pensar en juntas de administración donde estén representados las redes de usuarios de los servicios de transporte público, el oficialismo, la oposición y los gobiernos locales, cuya gestión quedaría sujeta al control de la Contraloría General de la República y de la Comisión de Contraloría de la AN, tal como lo propone el economista Francisco Rodríguez para el Acuerdo Petrolero Humanitario. De esta forma se aseguraría que los recursos que se obtengan no van a ser robados ni despilfarrados.

El profesor Francisco Contreras, de la Universidad de Carabobo, ha venido trabajando “Escenarios de ajuste de precio de la gasolina”. Las premisas son que el consumo estimado es de 0,39 litros de gasolina diario por persona en Colombia, 0,48 en Ecuador y 1,21 en Venezuela, mientras que el precio del combustible es de aproximadamente 0,77 $/L, 0,50 $/L y 0.000000003 $/L, respectivamente. Semejante diferencia explica en gran medida por qué el consumo diario de gasolina en Venezuela triplica al de Colombia y más que duplica al de Ecuador. 

El precio de indiferencia en la frontera para erradicar el contrabando de extracción es 0,77 $/L, equivalente a 15,400 Bs/L a una tasa de cambio de 20.000 Bs/L. Pero llevar de una vez el precio a este nivel es absolutamente inviable en un país exhausto por la escasez, la hiperinflación y la inseguridad. Este ajuste no puede hacerse de golpe y porrazo, toda vez que sería el pretexto perfecto para que los extremistas y radicales que apuestan a una salida violenta, incendien la calle. 

Por lo tanto, en vez de seguir regalando la gasolina, hay que poner en marcha un proceso gradual de igualación del precio con el de la frontera a través de ajustes semanales casi imperceptibles. Este ajuste se puede comenzar con un precio base de 0,05 $/L (1.000 Bs/L) que alimentarían el Fondo de Transporte Urbano. Con base en este precio de partida, y a razón de un ajuste semanal de $ 0,01, en 40 semanas (4 meses) el precio permitirá cubrir los costos de producción que, según fuentes de Pdvsa, son de 0,45 $/L. Y, en 32 semanas más, se alcanzará el precio de indiferencia en la frontera de 0,77 $/L, lo cual permitirá erradicar el contrabando.  

Modernización del Sistema de Transporte Público

La dirigencia política del oficialismo y la oposición tienen que superar el discurso rentista-populista que promete gratuidades que antes las pagaba el petróleo, pero que ahora solo se pueden pagar con la emisión de dinero inorgánico y el consiguiente impuesto hiperinflacionario. La gratuidad de la gasolina es una política antipopular que perjudica sobre todo a los más pobres que no tienen carro. Dejar el precio como está, arruina a las refinerías, pone en peligro el suministro de gasolina, se paga con hiperinflación y solo beneficia a las mafias de contrabandistas. 

El sistema nacional de transporte urbano e interurbano se está cayendo a pedazos. Ya no es solamente un rezago en la calidad del servicio en comparación con otros países, sino el brutal deterioro que viene sufriendo y que convierte al transporte colectivo en una calamidad. Hasta el emblemático Metro de Caracas está convertido en una ruina, en comparación con lo que una vez fue.

El ajuste del precio de la gasolina permitirá financiar un Programa de Modernización y Ampliación del Sistema de Transporte Público con beneficios que se pierden de vista: 

  • Generará recursos para financiar la modernización del transporte público.
  • Financiará un programa de transferencias a los hogares para que –sin tener que golpear sus menguados presupuestos- puedan contribuir con el mantenimiento y mejora de los servicios públicos. 
  • Un transporte colectivo de calidad permitirá la des-automovilización de las ciudades, contribuyendo a reducir el colapso del tráfico automotriz, la pérdida de tiempo en largas colas que atenta contra la productividad del trabajo y, por si fuera poco, ayudará a reducir la emisión de gases de efecto invernadero causado por la quema de combustibles fósiles. 

Del diálogo político al diálogo económico

El interés por lograr una solución política, electoral y pacífica a la crisis venezolana no se puede centrar única y exclusivamente en la agenda política de los líderes y partidos que aspiran tomar el poder y solo piensan en las elecciones presidenciales. La atención a los problemas económicos que arruinan la vida de la población más vulnerable no puede seguir postergada hasta que se convoquen unas elecciones y se elija un nuevo presidente. 

Es falso que hasta que no se produzcan los cambios políticos no se podrán impulsar los cambios económicos que la gente necesita. En las negociaciones mediadas por Oslo que tendrán que reactivarse, y en la Mesa Nacional de Diálogo recientemente constituida, hay que acordar medidas urgentes para aliviar la calamidad en la que se ha convertido la vida para un porcentaje cada vez mayor de las familias, empresas e instituciones venezolanas. 

Las ambiciones personales de los líderes y las agendas particulares de los partidos políticos tienen que abrirle paso a la atención de los pequeños y grandes problemas que van erosionando la vida cotidiana. Con este o con otro gobierno hay que pensar y proponer soluciones para aliviar y superar la tragedia que sufrimos los 26 millones de venezolanos que aquí nos quedamos y que aquí sufrimos.

Mientras se construyen los acuerdos políticos para reinstitucionalizar el poder electoral y se crean las condiciones para realizar elecciones libres, a tono con los estándares internacionales, hay que acordar medidas económicas que contribuyan a resolver problemas concretos de la vida cotidiana. Las élites políticas, en lugar de apostar a exterminarse, están emplazadas a acordar medidas en beneficio de la población más vulnerable. Sin afanes de protagonismo, estas acciones podrán ser acordadas en el mecanismo de Oslo o en la Mesa Nacional. Se trata de iniciar un esfuerzo mutuo que -en vez de generar costos políticos para el oficialismo o la oposición- les permitirá compartir los méritos que se deriven de haber complementado sus capacidades y recursos para contribuir así a resolver los grandes problemas de interés nacional.

 

@victoralvarezr

Divide y vencerás puede ser mucho dividir y poco vencer, por Armando Martini Pietri

CON INSISTENCIA SE COMENTA, que la oposición secuestrada en el G4/Guaidó, y el oficialismo obediente al castrismo/Maduro/Cabello, están divididos. Cada cual tiene grupos enfrentados, se pelean entre sí. El presidente encargado, no se representa ni se obedece a sí mismo sino más o menos dice algo después que logra poner de acuerdo a la marabunta que tiene dentro de la cueva. Maduro no manda, Cabello posee influencia y otros co-gobiernos internos tienen ascendientes. Sin olvidar a los militares en épocas de ascensos, promociones, relevos y contrataciones. La realidad es que el país está dividido, y parece costumbre venezolana.

Más de un prócer que se jugó fortuna, prosperidad y familia, se consideraba a sí mismo como jefe máximo y cuestionaba la autoridad de Simón Bolívar, especialmente caudillos venidos o forjados en las durezas de Oriente. José Antonio Páez fue jefe leal a Bolívar, incluso ni siquiera esperó a que muriera para impedir su entrada al país. Tras la larga, sangrienta, ruinosa y bastante caótica guerra de independencia, comenzaron algo más de 70 años de caudillos que inventaban sus propias revoluciones, algunos alcanzaron por más tiempo o por menos la jefatura del Estado, otros se quedaron en el camino, finalmente fueron convertidos por el puño y astucia de Juan Vicente Gómez en jefes civiles, sargentos y coroneles con haciendas.

Sin caer en cuentos de la historia, ni siquiera durante los casi 30 años de terror y control absoluto del benemérito, Venezuela supo lo que era unión. Mucho hablar y proclamarla, pero poco ejecutarla, en este país cada quien tira para su propia mochila.

Sin embargo, se han dado casos de abrazos convenientes. El Pacto de Punto fijo allá en las profundidades del siglo XX, cuando venezolanos inteligentes comprendieron que solos, cada uno por su lado, no podrían responsables gobernar una Venezuela seria; Acción Democrática, Copei y sus dirigentes decidieron continuar unidos cuando Jóvito Villalba no logró contener la borrachera revolucionaria del comunismo que Fidel Castro proclamaba en lo único que dio a su país hasta que murió, discursos, y URD tuvo minutos de euforia para después diluirse en el tiempo.

Décadas después la izquierda testaruda procastrista, envidiosa de ilusiones, fantasías y demasiadas veces apaleada por las masas populares venezolanas encontró un oportuno salvavidas que se fue convirtiendo en gigantesca balsa en la cual cabían los que estuviesen dispuestos a hacer lo que el comandante de la barcaza, y marineros de confianza -a su vez sumisos- decidieran. Era una embarcación en pleno desarrollo, como suele decir un periodista que quiso ser militar y aviador, pero le faltó estatura, aunque justo es reconocerlo le sobró conocimiento de lo internacional hasta que se montó en la almadía y encegueció. Es el problema de los que quieren ser más papistas que el Papa, más chavistas que Chávez. Y no decimos más maduristas que Maduro porque es cosa diferente, habría que decir más diazcanelista que Díaz-Canel, porque a los castristas más castristas que Castro hace tiempo escaparon o los fusilaron. 

Así como el Libertador murió llamando a la unión, hasta el himno nacional habla de unidos y todo eso, el caballito blanco ya no trota hacia la derecha sino a la izquierda, pero solo y por su propia cuenta. Los venezolanos no somos unidos ni siquiera en el exilio, porque para unirse hay que tener una mezcla de opinión similar y grandeza para compartirla, diferente a la generosidad para indicar una dirección o compartir media hallaca.

Para dar ejemplo de unión desuniendo, un grupo de fracasados muy prestigiosos se une a la parte fuerte del régimen -la que tiene armas y le queda algo de dinero- ya que, por lo visto, del otro lado de la gran oposición desunida en sus conceptos, soberbias, exclusiones, malacrianzas, prepotencias y procedimientos, pero al menos aparente y anudada para terminar de quitarse la ignominia castro-madurista, no les han hecho el más mínimo caso.

Lo que está sucediendo en la sede de las Naciones Unidas esta semana semifinal de septiembre es que una gran cantidad de gobiernos del mundo se han unido en la certeza de que el castro-madurismo ya ha hecho metástasis de riesgo continental y es necesario extirparlo, sacarlo por las buenas o por las menos buenas -por las malas es cosa de Estados Unidos-, sin que falte el grupito desunido con los de antes y unidos en defender al castro-madurismo. El cerco diplomático quedó escenificado en los márgenes de la Asamblea General de la ONU con reuniones e intervenciones; las cuales culminaron con el incremento de sanciones por parte de Estados Unidos y la condena general a la dictadura madurista.

Hay uniones que contaminan y matan, divisiones que elevan voluntades y encienden alarmas, monedas con dos caras que jamás logran mirarse la una con la otra, unirse es conveniencia, desunirse cada cual para marchar a su aire es realidad humana.

 

@ArmandoMartini

El orden social de la libertad, por Víctor Maldonado C.

SOÑAR NO CUESTA NADA. Pero tenemos el deber moral de visualizar las condiciones en las que podemos garantizar un país mejor. Si, mejor que el fraude populista, la ruina socialista, el autoritarismo comunista y la irresponsabilidad con la que se ha entregado Venezuela a una subasta a favor de un ecosistema criminal que se está jugando a los dados porciones de territorio y de los recursos del país. Si, mucho mejor que esta inestabilidad constante, esta negación perenne de un futuro que no se puede conjugar, porque sin reglas claras, derechos de propiedad vigentes y seguridad ciudadana garantizada todo se traduce en llanto y crujir de dientes. Si, mucho mejor que la factura propositiva de la clase política venezolana, cuyo pedigrí socialista no les permite sino pensar en términos de gobierno extenso, mucho poder en manos de los burócratas y toda la capacidad de maniobra para resguardar al gobierno a pesar de que por esa razón se atropelle al ciudadano. Si, mucho mejor que el lodazal de la complicidad, la corrupción, los malos manejos y el tener que tolerar sin rechistar el enriquecimiento inexplicable de los que deberían ser funcionarios y servidores públicos probos y modestos. Si, mucho mejor que la ruina de las universidades, la desbandada de profesionales, la descapitalización del talento, y el deterioro del salario.

Pero para tener un país mejor tenemos que intentar rupturas radicales con lo que hasta ahora hemos sido, pero también como hasta ahora hemos concebido el país. John Rawls diría que tendríamos que comenzar a ser racionales y razonables. Se es racional cuando se conciben y se persiguen los bienes particulares sin que medie coerción alguna ni patrón impuesto por otra fuerza o capacidad que la propia. El hombre racional aspira a ser libre y entiende que su libertad no es otra cosa que el intentar realizar el propio proyecto de vida, siempre y cuando ello no signifique desmejorar o afectar a nadie. Se es razonable cuando se tiene un sentido del deber y de la justicia, cuando se ejerce la ciudadanía, se practica la compasión como valor personal y se exige al mandatario que se concentre en la tarea de garantizar a todos el bien común, entendido como (1) el disfrute de las libertades básicas a la vida y a la propiedad, (2) la libertad de trabajo y de movimiento, porque nadie debería verse en condición de esclavitud o confinamiento, (3) el relevo y la alternancia democrática que permitan a todos los que se lo propongan el ejercer cargos de responsabilidad, (4) la garantía social de que cualquiera pueda generar ingresos y riquezas y, (5) una vivencia social que garantice las bases de la dignidad de la persona y el autorrespeto.

Los buenos proyectos aseguran la libertad. Los malos proyectos arman ingenierías sociales insostenibles, con estados extensos y entrometidos, que al final son tan costosos que terminan allanando las posibilidades de los ciudadanos. Por eso mismo, luego de haber sido esclavizados por el socialismo del siglo XXI, deberíamos pensar en el qué hacer cuando esto pase. Incluso, deberíamos tener a la mano argumentos muy convincentes para exigir una ruptura radical con este estado de cosas. Los que prometen encargarse del país sin romper con el socialismo del siglo XXI nos están ofreciendo cambiarnos unas cadenas oxidadas por otras relucientes. No hay forma alguna de administrar el socialismo en beneficio de los ciudadanos. Los que digan que si pueden que digan cómo con el mismo diseño destruccionista pueden estabilizar la economía, resolver el colapso de los servicios y generar confianza estable para que vengan nuevas inversiones. O cómo pueden recuperar al país del clima de inseguridad, violencia e impunidad que suma cientos de miles de muertos y millones de desplazados. Que traten de convencernos de cómo van a lidiar con una nómina de más de tres millones de empleados públicos y un desempleo en el sector privado que es inconmensurable. O cómo van a convencernos de que un nuevo bolívar puede ser más eficaz que una dolarización que reconozca el derecho de los venezolanos a no dejarse robar el producto de su trabajo y sus esfuerzos para ahorrar algo. Nada de lo que hasta ahora se ha intentado sirve. Hay que desecharlo.

Recuerden siempre que los buenos gobiernos trabajan con tres prioridades que no son ni siquiera conmutables: Trabajan primero que nada para garantizar la vigencia de la libertad. En segundo lugar, se proponen generar un marco de condiciones que permitan la igualdad de oportunidades, y eso solamente es posible mediante estado de derecho, reglas del juego claras, y la evitación de relaciones clientelares y el establecimiento de privilegios. Reglas claras, pocas reglas, y la preeminencia de la lógica del servicio público por encima de cualquier pretensión de poder. En tercer lugar, para generar nuevas oportunidades a los que tienen menos capacidad de origen para hacerlo por su propia cuenta. Es lo que John Rawls llama el “principio de la diferencia”, que se debe practicar sin afectar ni la libertad ni las reglas del juego institucionales. A ningún gobierno le debería estar permitido juguetear con el populismo, practicar la demagogia, y ofrecer lo que no puede pagar sin violentar el derecho de los demás.

Estas consideraciones deberían conducirnos a ciertas exigencias concretas. La primera de ellas, un gobierno limitado a lo básico. La segunda, una economía libre de la manipulación monetaria populista, preferiblemente dolarizada. La tercera, un país sin empresas públicas y sin caer en la demagogia barata de que hay unas que son estratégicas y que deben por lo tanto estar en manos del estado. La cuarta, “despatrimonializar” al estado venezolano y dejar de verlo como el dueño exclusivo de los recursos del país. No solamente porque eso aplasta al ciudadano, sino porque esa es la causa raíz de la corrupción y el autoritarismo en el ejercicio del gobierno. La quinta, un país desregulado, derogando toda la legislación del socialismo del siglo XXI. La sexta, un país sin censura, sin adjetivos a la libertad de expresión, sin entidades y agencias reguladoras, y con un gobierno sin la posibilidad de cerrar emisoras, canales de TV o bloquear redes sociales.

La séptima, una economía de libre mercado con respeto por los derechos de propiedad. Sin proteccionismos inexplicables ni ventajas a empresas nacionales. Ni subsidios ruinosos, ni tarifas o precios controlados. Competencia plena a favor del ciudadano consumidor. La octava, un mercado laboral desregulado, que priorice y favorezca las nuevas inversiones, revitalice el ánimo emprendedor y la generación de nuevos empleos bien remunerados. La novena, nuevas reglas del juego democráticas que respeten la autonomía de los poderes públicos, seleccionen a sus integrantes por probidad y credenciales y no por cupos partidistas, y en donde nunca más haya reelección para los cargos ejecutivos. Descentralicemos el gobierno, apostemos a las instituciones y deroguemos los caudillismos.

La décima, un mercado político abierto a todas las opciones democráticas, pero restringido para el socialismo autoritario, violador de derechos, saqueador del país y socio principal del ecosistema criminal. Undécimo, un gobierno que practica la subsidiariedad pero que renuncia a ser hegemónico en ningún sector o territorio. Se debe innovar en soluciones eficaces para que todos los ciudadanos acceso a servicios públicos de calidad, tomando en cuenta que solamente las sociedades que producen riqueza y bienestar son capaces de atender bien los requerimientos de sus ciudadanos. Duodécimo, un país que es compasivo con los miembros de la sociedad menos favorecidos, pero cuyo propósito no es hacer demagogia con la pobreza de sus ciudadanos sino producir condiciones para que ejerzan su derecho a ser libres, construir sus proyectos de vida y ser beneficiarios de un país de oportunidades.

Por eso, cuando se habla del cese de la usurpación, primer paso lógico e inconmutable, se tiene que referir a una ruptura histórica con las bases concretas del socialismo, el caudillismo, el populismo y el patrimonialismo. Un gobierno de transición tiene que enfocarse en medidas de corto plazo para restaurar las libertades perdidas, restituir la justicia, recomponer transitoriamente los poderes públicos, y concentrarse en posibilitar elecciones libres y competitivas. Solamente cuando tengamos un gobierno democrático y legítimo podremos refundar el país y conducirlo por la ruta de la libertad y la prosperidad.

En el transcurso hay que cuidarse de las viudas del estatismo, y de los nostálgicos del populismo socialista. No hay atajos al replanteamiento radical de nuestras reglas del juego. No solamente porque vamos a recibir un país saqueado, sino porque no merecemos volver a comenzar una etapa de lo mismo que nos ha conducido hasta aquí. El desafío es no volver a endosar a nadie la garantía de nuestras libertades. Nadie es lo suficientemente confiable. Nadie merece tener tanto poder como para hacer con la sociedad lo que se le antoje. Tampoco una mayoría que siempre va a ser circunstancial. Por eso los consensos y los mandatos tienen que ser claros: gobierno limitado y gobernantes por tiempo limitado.  Poder limitado, rendición de cuentas ante poderes públicos independientes, y responsabilidad ante tribunales competentes y probos. Porque el poder es una tentación peligrosa y muy fácil de corromper.

Lamentablemente estamos lejos del cese de la usurpación. Los mandatarios que elegimos para la tarea (el inefable G4 y su carnal el Frente Amplio) nunca asumieron como propio el proyecto de superar el socialismo. Lo de ellos siempre fue intentar, mediante diálogos, negociación y negociados, intentar una connivencia más amable para todos ellos. No tuvieron el coraje de intentar la ruptura, sino que pretendieron un mero e irrelevante relevo en las posiciones. Se nota con doloroso esplendor en la gestión de CITGO, Monómeros Colombo-Venezolanos, Alunasa, la ansiosa trama alrededor del pago de los bonos, la precoz intentona de refinanciación de la deuda y los malos manejos de los fondos (muchos o pocos) para la ayuda humanitaria. El poder corrompe, por eso lo mejor es conferir poco poder al mandatario y exigirle rendición de cuentas, cosa que inexplicablemente rehúyen nuestros líderes políticos. Esa es, precisamente, la premisa de los totalitarios que dicen ser los heraldos de la libertad, pero que en realidad la extinguen; dicen respetar la propiedad, pero lo que verdaderamente hacen es expoliarnos a todos. Porque su proyecto no es otro que su propio poder ilimitado, a veces disfrazado de “justicia social” que no es tal cosa, que no existe en realidad, porque sin libertad todo lo demás es imposible.

Pero advierto, el proyecto y el desafío de la libertad no se agota ni se extingue con el fracaso real o aparente de Guaidó. Si fracasa, fracasan él y la plataforma que lo hizo venirse abajo, pero de ninguna manera el país. Los ciudadanos seguiremos intentándolo, tal vez con más heridas y muchas cicatrices, pero con más claridad de propósitos. Si fracasan ellos vendrán otros por la revancha.  Así que adelante porque como lo dijo maravillosamente Jorge Luis Borges “Nadie es la patria. Ni siquiera el tiempo cargado de batallas, de espadas y de éxodos”.

@vjmc