Víctor Maldonado C., autor en Runrun

Víctor Maldonado

Eso que llaman coraje, por Víctor Maldonado C.

Vivimos épocas de falsa cosecha porque antes no se ha sembrado

Vivimos tiempos en donde hasta tus mejores amigos te recomiendan docilidad y apaciguamiento. Otros insisten en que no es tanto lo qué se dice sino el cómo se dice, porque al final las formas importan, y por eso mismo alegan que no tiene sentido que el costo sea tanta gente ofendida por una argumentación que insiste en ir a contracorriente, llevando la contraria al humor y a la interpretación convencional, que suele ir de comparsa y en procesión en el mismo sentido errático de sus dirigentes. Lo mismo da que estemos hablando del combate al totalitarismo o si nos estamos refiriendo a las diversas expresiones del flanco democrático. Todos coinciden en el mismo exhorto: la verdad no es tan importante como la necesidad de mantener las ligazones entre nosotros. La recomendación más popular insiste en que es preferible el compadrazgo fundado en la mentira que la soledad que provoca algunas veces mantener el foco en la realidad.

Por esa razón en Venezuela se la hacen olas a una unidad sin deliberación y sin condiciones. Una congregación donde todos deben sumar, aunque sean sus contradicciones y desvaríos. Una forma de avanzar retrocediendo donde lo importante es la falsa liturgia del estar juntos, a pesar de que en el transcurrir se rompa cualquier fundamento de la confianza y el compromiso. Una unidad planteada sin proyecto común, que por esa misma razón es un homenaje a la fuerza y al fraude. Una unidad que aspira a recomponerse luego de la traición y el desprecio, pero que obviamente nunca lo logra. Una ficción alucinante a la que lamentablemente los venezolanos le rinden pleitesía. Son, por lo tanto, épocas donde se le hacen demasiadas reverencias a la flaqueza de espíritu y muy mala propaganda al coraje.

El coraje y el asumir riesgos insensatos no son la misma cosa

Por otra parte, hay una predisposición a confundir el coraje con la temeridad. No son la misma cosa.  El temerario afronta el peligro sin buen juicio. Arriesga todo, lo suyo y lo ajeno, en embestidas irreflexivas que a veces salen mal. El que es excesivamente imprudente termina tarde o temprano atropellado por su propia insensatez. Nada más peligroso que los que asumen la vida como una partida de dados donde en cada lanzamiento se lo juegan todo. Sin embargo, en el imaginario nacional, hay una especial predisposición a estimular en los otros esa conducta, con el pecado adicional de querer sacar provecho político del que se arriesgó y murió o fue cogido preso, para después terminar negociando la renovación de una capitulación que ya lleva veinte años. Lo verdaderamente repugnante es estimular la conducta temeraria en los otros, esperando que ese cálculo convenga a las propias maquinaciones.

Tampoco es equivalente a la simulación de la lucha

Otros afirman que en el camino han “dejado el pellejo”. Eso ni es coraje ni es temeridad. Es simulación de la lucha. Los que lo dicen por lo general gozan de buena salud e inmejorable posición. Pero ellos insisten en hacer valer como bueno el esfuerzo sin resultados, y la ineficacia que aun así exige reconocimiento social, sin importarles en qué medida terminan pervirtiendo el sistema de méritos cuando se insiste en que es más importante la lástima que los efectos esperados de una política. Teniendo presente el creciente número de políticos que reclaman “el haber dejado el pellejo en la lucha”, nuestra época parece, en muchos sentidos, una telenovela donde la protagonista es la lástima, porque el fracasado pide el homenaje debido a su sufrimiento, esperando además que todos acaten su reciente sabiduría política y social “que solo produce el pasar por condiciones extremas”. No está demás decir que es una conocida falacia el hacer pasar una cosa por la otra. 

¿Y entonces, qué es el coraje?

El coraje es otra cosa. Juan Pablo II decía que el coraje caracteriza a todos los que tienen el valor de decir “no” o “sí” cuando ello resulta costoso. Es una característica propia de los hombres que dan testimonio singular de dignidad humana y humanidad profunda. Justamente por el hecho de que son ignorados, o incluso perseguidos por su compromiso con la verdad y los valores trascendentales como la vida, la libertad, la propiedad, la verdad y la justicia. El coraje es hacer lo correcto, vivir una moral de interrogaciones que se resiste al endoso automático, y tener claro por qué y por quienes vale la pena asumir el riesgo.

El hombre que tiene coraje cívico sabe que la vida correcta tiene sus peligros. Sabe que debe afrontarlos. Sabe que muchas veces, por defender una causa justa, va a tener que experimentar dificultades y soportar la adversidad. Sabe que tiene que encarar el miedo cotidiano. Y que debe superar la tentación que está allí susurrando que nada vale la pena, que mejor es inclinar la cerviz y dejar pasar, o peor aún, que solo tiene sentido “jugar a ganador” así sea por los mendrugos que recibe de la mesa de sus amos. El que tiene coraje no se da por vencido tan fácilmente, no abandona el esfuerzo sin intentar al menos enfrentar el desafío cuando está en juego lo valioso de la vida. Pero no lo hace irreflexivamente. El coraje es el talante de aquellos que son capaces de diseñar una estrategia y mantenerse en su curso con disciplina.

En el Evangelio según Mateo, capítulo 10, Jesús enseña a sus discípulos la magnitud del compromiso de predicar en su nombre: “Mirad, yo os envío como corderos en medio de lobos. Sed cautos como serpientes y cándidos como palomas”, mantengan la sencillez, prediquen con la verdad, no pierdan la fe ni la confianza en Dios, reúnanse con gente honorable, sean firmes en la adversidad, no teman a la contradicción ni al conflicto, asuman su responsabilidad y sean generosos tanto en el dar como en el recibir. Váyanse de donde no los quieran, y resistan hasta el final. ¿No es ese el coraje que hemos estado buscando como signo de la política buena y sustanciosa?

La ruta del coraje la emprenden los que tienen coraje

Si tuviéramos que hacer un inventario sobre las condiciones del coraje, el primero de ellos sería un indeclinable compromiso con la verdad. Tarea nada fácil porque estamos presionados constantemente para apartar la mirada y dirigirla hacia la mentira por la vía de la ofuscación, el debilitamiento de la voluntad, el relativismo y el escepticismo. Es más fácil vivir aferrados a una mentira condescendiente que asumir la verdad con todos sus requisitos.  Recordemos a Max Weber. Es racional quien hace buenos cálculos entre medios y fines, teniendo como condición que hay un estado de derecho que nos permite predecir la conducta de los otros. Deja de ser racional quien se deja llevar por las emociones o por la tradición, y es más difícil todo cuando se vive bajo el signo de la arbitrariedad totalitaria y la impunidad narco-criminal. Pero nada nos obliga a la evasión. Y mucho menos al silencio cómplice. Este ecosistema se nutre de nuestra complacencia y de la tibieza con la que asumimos la lucha. Nuestro silencio y el constante beneficio de la duda son sus nutrientes, y lo que le ha permitido mantenerse tantos años. La verdad exige el compromiso de proclamarla con claridad y vigor.

Juan Pablo II en su Encíclica “El esplendor de la verdad” nos recuerda el deber ineludible de diferenciar lo que es bueno de lo que es malo, y la búsqueda de la verdad “como acto de la inteligencia de la persona, que debe aplicar el conocimiento universal del bien en una determinada situación y expresar así un juicio sobre la conducta recta que hay que elegir aquí y ahora”. Esta recta razón es la que nos posibilita y exige la disolución de cualquier forma de connivencia con el mal, cualquier arreglo con los que lo provocan, cualquier posibilidad de dejarlo sobrevivir en las estructuras sociales que han medrado hasta aniquilarlas. La ruta del coraje exige ruptura radical con el patrocinio del mal.

Por eso me gustaría decir que la ruta del coraje exige un ineludible sentido de la realidad, ese esfuerzo siempre inacabado de comprender y reconciliarnos con lo que está ocurriendo, sin que necesariamente esto signifique que sea posible la componenda, el perdón o el sometimiento a lo que nos daña y nos reduce al ser animal desprovisto de humanidad. Arendt nos acompaña en este difícil proceso cuando nos propone que entender esto que nos está pasando es reconocer que vivimos en un mundo donde estas cosas que nos ocurren son posibles. Son posibles la crueldad, la traición, la deslealtad, el saqueo, el crimen, el asesinato, la violación de derechos, el desvarío y el alejamiento radical de lo humano. También son realizables sus contrarios, y en eso precisamente consiste el llamado a comprender para luchar por un mundo mejor, en el que la verdad, discernida apropiadamente, puede ser un instrumento de liberación.

El sentido de realidad da paso a otra condición de la ruta del coraje: No se pueden usar medios inútiles, así como tampoco se pueden proponer fines retóricos. La verdad y su concomitante sentido de la realidad, nos exige que evitemos las cláusulas condicionales.

  1. No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista pueda ser derrotado de una forma tan simple como sacar del cargo ejecutivo a uno de ellos. Por lo tanto, proponer esas elecciones donde el retador exige “que ambos se despojen del cargo para ir parejos a unas elecciones” es inútil por incompleto e inconsistente con un diagnóstico apropiado de la situación.
  2. No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista tenga incentivos para dejar el poder mediante procesos de diálogos o negociaciones pactadas. No sólo por su condición de sistema difuso, ambiguo y líquido, sino porque sus condiciones para la cohesión interna exigen el uso impune de la fuerza pura y dura, y que ninguno de ellos caiga en desgracia o sea entregado.
  3. No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista acceda a ceder el poder mediante su sometimiento a elecciones libres, porque es incapaz de garantizarlo y porque el régimen de ventajas, extorsiones, chantajes e impunidad forman parte de la esencia del ecosistema.
  4. No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista se pueda despojar de su propia naturaleza arbitraria, ventajista y mafiosa para abrir espacios al reconocimiento y respeto por otras opciones.
  5. No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista se pueda afrontar eficazmente mediante una rebelión popular que sume testimonialmente más presos y mártires políticos. Porque no hay condiciones de marco institucional que velen por derechos y garantías ciudadanas.
  6. No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista practique la decencia pública y la honestidad en el manejo de los recursos. Todo lo contrario, se enriquece porque practica la corrupción, el saqueo y el cohecho para afianzar su poder y para debilitar moralmente a los que se les oponen. El ecosistema tiene en sus garras a una oposición corrompida, sin principios, incapaz de discernir y diferenciar lo bueno de lo malo, y que se ha visto reducida a ser el contorno del régimen que dicen combatir.
  7. No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista sea derrotado por la vía de una unidad entre corruptos, amorales y honestos. Por eso la unidad ha sido el fetiche explotado e implorado por todos los bandos para simular la lucha e imponer vía trampa y fraude un cómodo modus vivendi entre unos y otros que ahora tiene componentes y escenarios internacionales.
  8. No es verdad que solos podemos derrotar este ecosistema que se nos ha impuesto por la vía de la fuerza. La oposición honesta, no corrompida y que apuesta al coraje necesita toda la ayuda internacional posible.

Entonces la ruta del coraje exige que, reconociendo la realidad tal y como es, se pida ayuda internacional y se nos reconozca como víctimas cuyas estadísticas de éxodo, enfermedad, violencia política y muerte hablan por nosotros. Esta ruta exige denunciar la impostura de medios que no son tales, de cursos estratégicos que simulan la lucha, tanto como la profesionalización de la política como farsa y espectáculo que pide a cambio recursos sobre los que no rinden cuentas, ni permiten observaciones sobre eficacia y efectividad. El coraje exige de nosotros denuncia y propuesta, sin caer en la tentación de la promesa vana. Es una ruta que se esfuerza por tener resultados, usando el tiempo apropiadamente, teniendo presente todas las consecuencias que el mal inflige a la gente, y que insiste en lo que es obvio: que un régimen de hecho solo sale por la fuerza.

Por eso la ruta del coraje necesita de líderes con coraje: Para atenerse a la verdad, analizar los hechos con sentido de realidad, denunciar el mal y comprometerse con el bien, y solamente usar medios eficaces para intentar lograr los resultados que se buscan. Finalmente alinear y organizar el esfuerzo para lograr la fuerza que necesitamos: Alineación internacional, con un solo diagnóstico, un único significado y una sola modalidad de lucha; Alineación institucional, con un solo discurso de denuncia y necesidad de cambio, sin que sean colonizadas por partidos y programas de partidos; Alineación ciudadana, para que sean partícipes cotidianos de la ruta del coraje. Y todos asociados a la misma fuerza moral, capaces de discriminar lo bueno de lo malo, la paja del trigo, la verdad de la mentira, y lo eficaz de lo inútil.

Quisiera terminan citando a José Antonio Marina: “La valentía (el coraje) es la virtud del despegue, porque nos permite pasar del orbe de la naturaleza, sometido al régimen de la fuerza, al orbe de la dignidad, que está por hacer, y que debe regirse por el régimen de la dignidad. Es también la virtud de la fidelidad al proyecto (de la libertad), porque nos permite perseverar en él a pesar de los pesares, al permitirnos esa transfiguración que transforma nuestra fiereza en valor y el egoísmo en razón compartida”. Dicho de otra forma, debemos convertirnos en adalides de nuestra propia liberación sin ceder, sin dudar, sin caer en el conformismo, sin corrompernos ni prostituirnos. Esa es la ruta del coraje.  

 

@vjmc

La política entre la virtud y la malicia, por Víctor Maldonado C.

NO HAY LIDERAZGO BUENO SIN IDEAS CLARAS. Por eso no se puede convalidar el nihilismo con el que actualmente se quiere abordar la política venezolana. No es cierto que cualquier posición tenga el mismo valor y tampoco lo es que cualquier decisión que se tome provoque resultados equivalentes. La nueva generación de dirigentes está demasiado acostumbrada a que le compren como buenas los juegos de palabras, las reinterpretaciones de los conceptos y la ambigüedad declarativa que luego les permite tener salidas supuestamente honorables. Entre otras cosas, ese “ingenio ilustrado” que exhiben, al carecer de fortaleza moral, los hace parte de una incapacidad estructural de la actual oposición venezolana para identificar salidas y provocar rupturas.

El cese de la usurpación es un constructo político que los venezolanos tenemos absolutamente claro en su significado. Porque lo teníamos muy claro apoyamos masivamente a la Asamblea Nacional cuando invocó el 233 constitucional, declaró la vacancia por usurpación, y designó un presidente interino, al que se le encomendó por medio de un estatuto (el marco legal de su presidencia) que concentrara sus esfuerzos para que cesara la usurpación, presidiera un gobierno de transición, y en el menor corto plazo posible convocara y realizara elecciones libres. Que nadie se llame a engaños. Se acordó un sólido y unívoco compromiso moral entre los ciudadanos y la Asamblea Nacional para que esa estrategia se llevara adelante.

¿Qué entendimos por cese de la usurpación? Un curso estratégico que implica hacer todo el esfuerzo posible para derrocar y sustituir un sistema ideológico y político que es totalitario, radical-comunista, militarista, corrupto y absolutamente ajeno al derecho y a la justicia. No es por tanto reducible ni “encarnable” en una persona o un grupo de ellas, dejando indemne la institucionalidad que le da soporte y le otorga significado. El desafío encomendado fue sustituir al comunismo por un régimen de libertades, respeto por los derechos y garantías y con una orientación determinante hacia el sistema de mercado. Nadie dijo que el cese de la usurpación era equivalente a sacar a Nicolás Maduro. El que así lo exprese ahora está traicionando con alevosía el espíritu y propósito de la invocación del 233 constitucional. Y además está demostrando pobreza de espíritu, incapacidad estratégica y un inmenso desprecio por la razón ciudadana.

Por eso mismo, el que haya una oposición que quiera violentar el concepto para que en lugar de una sustitución radical se practique una fatal connivencia donde nada va a cambiar en su esencia, es la ratificación de que hay un déficit muy grave en la constitución del liderazgo venezolano, que es capaz de replantear las metas y subordinarlas a sus intereses, a su comodidad y peor aún, a una versión lujuriosa y concupiscente de la política, centrada en el disfrute, la acumulación de poder, la captación de recursos sin preocuparse por su origen, la constitución de grupos de interés ajenos a las expectativas ciudadanas, una impropia cercanía a los gestores del dinero sucio, y lo que resulta de todo esto como conclusión necesaria: la insana pretensión de esa coalición de malos intereses de postergar los cambios, alejar la competencia política y pagar el menos costo posible por dejar las cosas como están, pero con un barniz diferente, para que no se note que se está trabajando muy duro para que nada cambie en la esencia, aunque en la apariencia se intente al menos presentar lo contrario.

El cese de la usurpación es una meta de esencia y no de apariencia. O se rompe con el actual ecosistema criminal y comunista, o devorará a los que simulan ser sus adversarios. Porque hay diferencias entre una cosa y otra es que, esa coalición de malos intereses, centrada en mantener las cosas como están, se molesta tanto cuando se le impugna argumentalmente, se le increpa la traición narrativa y se le deslegitima y deja sin respaldo. Por eso mismo, cuando el presidente Juan Guaidó insiste en ese terceto de errores, a saber, despojarse del cargo, facilitar un consejo de transición con obvia mayoría del régimen usurpador, y prestar su nombre (sin autorización o legitimación alguna) para unas votaciones sin cumplir los requisitos para poder ser llamadas elecciones libres, no queda otro remedio que “tirarlo a pérdida” y comenzar a imaginar qué vamos a hacer cuando esta etapa termine de colapsar.

Un líder político eficaz es a la vez virtuoso y malicioso. Vale la pena explicar lo que quiero decir. Comencemos por lo más fácil. Cuando invoco la malicia me refiero a esa mirada desconfiada y suspicaz que impide el que te tomen por pendejo. Es decir, lo que le faltó a la rana de la fábula. ¿A quien se le ocurre montar un alacrán en el lomo y confiar en que no te va a hacer daño? ¿A quien se le ocurre sentarse a negociar con un ecosistema criminal, experto en salirse con la suya, mentiroso, cruel, represivo, saqueador y deseoso de ganar tiempo, estabilizar su posición internacional y salir de la trampa de las sanciones? ¿A quien se le ocurre renunciar a la constitución de una amenaza creíble que sirva como respaldo al conflicto planteado? ¿A quien se le ocurre tratar de estar simultáneamente en dos estrategias que son mutuamente contraproducentes? Les voy a abreviar el interrogatorio:  Eso solo se le ocurre a un líder que cree en la falsa virtud de la candidez, que no tiene malicia y por lo tanto está fatalmente condenado a ser aguijoneado una y mil veces por el alacrán totalitario. Ese tipo de liderazgo pasa por decente, dice que deja el pellejo y pone el pecho, pero en realidad es un tipo de dirigencia pendeja y por ende condenada al fracaso. Porque se creen Mandela y se resisten a Sun Tzu, porque carecen de suficiente entereza para comprender el momento que se vive, y porque les falta virtud.

Manuel García Pelayo recordaba alguna vez que desde los antiguos se exige a los líderes la suprema virtud política de la prudencia, “esa sabiduría de triple mirada que, considerando cómo han sido las cosas pasadas y previniendo las futuras, sabe lo que hay que hacer u omitir en el presente”. Todo lo contrario a ese fatal incrementalismo desarticulado que intenta foguearse entre la improvisación y la necedad juvenil. Aplaudir el “así como va viniendo vamos viendo” es una loa a la flojera intelectual, al déficit de pensamiento analítico, a la aridez estratégica y al conformismo que no quiere tomar la iniciativa y que le perturba el riesgo. Del político se espera reflexión y buen talante. José Luis López Aranguren insistía en la forja del carácter, en los buenos hábitos que te hacen fuerte y resistente a las tentaciones de los pecados capitales. Un mal político gusta de aduladores, se rodea de seres insignificantes que solo aportan aquiescencia y hambre de poder. Y por supuesto, sin compromiso con ideas, pero si con clichés como “soy de izquierda” y todas las derivaciones que de esa declaración puedan hacerse.

Un líder virtuoso tiene ideas claras y principios sólidos. Nosotros lamentablemente compramos liderazgos inconsistentes y afectos a la mentira y la simulación. ¿Cuántas veces se negó el proceso de negociación tutelado por Noruega? ¿Cuántas veces se ha tergiversado el contenido pactado al cese de la usurpación? ¿Cuántas veces se ha negado el debate, la rendición de cuentas, y la exigencia de una unívoca decisión de luchar hasta el final? ¿Cuántas veces se ha advertido sobre la fatalidad del dinero sucio y su agenda perniciosa? ¿Cuántas veces han vestido los falsos hábitos de la resignación debajo del que se esconden trácalas y acuerdos inconfesables? ¿Cuántas veces nos han puesto a depender de aspiraciones personales o de partido?

La virtud política obliga a la definición de conceptos. Desde las ideas se forjan realidades luminosas. Sin ideas claras, cualquier cosa tiene el mismo sentido y valor. Si nos referimos a liberación es porque sabemos urgente y necesario el sacar a los ciudadanos de la condición de servidumbre y la victimización masiva que estamos sufriendo. Nada menos que eso significa esa palabra. Si nos referimos a libertad estamos haciendo ver que los ciudadanos quieren vivir sin miedo, sin estar sometidos a la lucha diaria por sobrevivir, que no quieren ver cómo se destruye la familia porque se tiene que separar para intentar tener alguna probabilidad. Y que necesitan replantearse sus proyectos, con alegría y sentido de patria. Concebida así, la libertad es una idea poderosa, muy diferente a la fatalidad resignada de un liderazgo que ni quiere, ni sabe, ni puede encontrar la ruta del coraje. ¿Pero cómo puede romper con lo actual alguien que pretender hacerlo mejor con las mismas condiciones? ¿Cómo hacemos con los que no quieren ruptura sino enmienda, porque son igualmente socialistas, estatistas, intervencionistas e incapaces de confiar en el poder de creación de riqueza de la gente? ¿Cómo hacemos con los líderes que improvisan al ritmo de las mentiras que proponen?

Claro que un líder liberador necesita demostrar fortaleza para mantener la constancia en la ruta acordada; prudencia para discernir con “malicia” lo bueno y lo malo, los que están a favor del bien y los que son tentación para la perdición; justicia para determinar qué es lo importante y diferenciarlo de lo accesorio; y templanza para no caer víctima de los vicios, los atractivos del poder auto-referenciado y las perniciosas agendas del dinero sucio.

El peor vicio de nuestro liderazgo es el fingimiento del plano de imposibilidades con las que intentan persuadir al país de que sus logros son los máximos posibles de obtener, cuando en realidad son menos que los mínimos exigibles. Nosotros hemos encarado un liderazgo que ha planteado las siguientes falacias: 

  1. No puede haber injerencia internacional porque nadie está interesado en una salida de fuerza para Venezuela. (La falacia de la falsa predicción política). Como si no existieran la persuasión, el mercadeo, el lobby y la diplomacia, la negociación, la teoría de los juegos y la estrategia del conflicto. Detrás de eso hay decisiones tomadas que, al parecer, son inconfesables. Adelanto una: Ellos dicen “que como no hay posibilidad de injerencia internacional, deben ir a negociar a Barbados y con la tutela de los noruegos”. Facilitan una ruta desprestigiando a la alternativa.
  2. No puede haber cese de la usurpación, pero podemos despojarnos “ambos” del poder para ir a unas elecciones dirigidas por un consejo de estado donde cuatro (4) miembros son del régimen usurpador. (La falacia de la rana cándida y el alacrán confiable). Detrás de esto hay un ángel caído en el pecado de la soberbia. El presidente Guaidó confundió el respaldo popular a la invocación del 233 constitucional con un respaldo incondicional a su persona, incluso si se lanza como candidato. Alguien le hizo ver que era demasiado fácil ganar. Le presentaron encuestas falseadas, le entregaron dinero para la campaña, organizaron un comando, y están prestos para lanzarse al ruedo. Depende, por cierto, de que el régimen acceda a ese acuerdo, y no solamente convoque unas elecciones parlamentarias.
  3. La ley es menos importante que la coyuntura política. (La falacia del “vivo pendejo”). Por eso violan el estatuto y dejan sin resguardo a la asamblea nacional. De la misma forma quieren negociar unas votaciones sin que importe que quede viva la asamblea constituyente. No les importa recibir eufóricos a los diputados del bloque de la patria, aun violando el 191 constitucional, y sin que por eso estos reconozcan la legitimidad de la asamblea y la validez de su junta directiva. Y sin exigir algo a cambio, por ejemplo, darle el mismo tratamiento de impunidad a los diputados que están presos o en el exilio.
  4. Los tiempos de Dios son perfectos. Por eso “aguanta papá, aguanta”. (La falacia de la falsa paciencia). Los ciudadanos, con razón, los ven cómodos y sin apuro. Los aprecian sin ese sentido de urgencia que los hace impresentables y en fatal contraste con una población exánime, devastada por el tiempo presente, y que con mucha razón exige la demostración de que se está haciendo lo indecible para salir de esto. Y no es tiempo que se toma para reflexionar. Es tiempo que se pierde esperando a que pase algo, a que cuajen las negociaciones, como si el milagro fuese el resultado de la política activa. ¡Me temo que no es así! No hay milagros, hay decisiones acertadas y buenas estrategias, o malos resultados precisamente por falta de virtud y malicia. El milagro, en todo caso, sería que se atrevieran a hacer lo correcto.
  5. El esfuerzo es más loable que los resultados. (La falacia de la falsa valentía como excusa al fracaso aunque “ha dejado el pellejo y dado el pecho”). Es muy fácil argumentar sobre el esfuerzo superlativo como excusa cuando no hay resultados apreciables. Eso se llama manipulación emocional deliberada, exacerbación sentimental y, por supuesto, perversidad, una versión muy despreciable del mal que quiere escamotear toda responsabilidad por los fracasos y quiere además reconocimiento y admiración.

No podemos especular con sesgo hacia el buen desempeño. No debemos celebrar supuestos esfuerzos sin resultados plausibles. Pedro Emilio Coll lo determina muy bien en su cuento “El diente roto”. Lo que vemos puede ser mal interpretado, sobre todo si somos proclives a la ligereza cuando valoramos a los demás.  Recordemos el asombro y la complacencia de toda la sociedad con quien “con la punta de la lengua, tentaba sin cesar el diente roto; el cuerpo inmóvil, vaga la mirada sin pensar”. La gente creyó que era pensamiento y reflexión profundas, y no era así, solo un hombre infeliz y reducido a un mal hábito. Porque eso puede ser realidad, los ciudadanos debemos ser impenitentes y obstinados en la exigencia de rendición de cuentas, explicaciones y definiciones políticas. A los “diente roto” les conviene nuestra aquiescencia, nuestro aplauso incondicional, nuestra docilidad y nuestro silencio.

¿Por qué son importantes las ideas y los valores en el ejercicio de la política? Porque el arte de la política se trata de posicionamiento de las convicciones y movimientos estratégicos para lograr los cambios deseados. Sin ideas es poco probable mantener la ruta del coraje. Y sin coraje es imposible lograr los cambios que la gente exige y desea con desesperación vital. No es para cualquier lado a donde queremos ir. Es hacia la libertad y la prosperidad. Todo aquello que lo retarde es malo, reprobable y descartable. Todo aquello que lo anticipe es bueno y aprovechable.

@vjmc

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Ruptura o Colaboracionismo, por Víctor Maldonado C.

NO SE PUEDEN SERVIR a dos señores a la vez. La vieja frase del evangelio bien podría aplicarse a una forma de hacer política que se ha incubado entre nosotros como una de las variadas formas del mal que no nos deja avanzar. Me refiero esta vez a los que quieren combatir al régimen amigándose con el régimen. Los que dicen que lo están venciendo mientras están negociando con ellos las viejas formas por las cuales el régimen se ha quedado con el poder mientras demuele a todos sus supuestos adversarios hasta hacerlos bagazo inservible. Esta vez no va a ser diferente y los que hoy todavía tienen algo de imagen y confianza ciudadana, muy pronto serán desahuciados como parte de lo que nadie quiere al frente del país.

Hay una pertinaz ceguera en esa forma de hacer política llena de indefiniciones y espacios de incertidumbre. No puede ser casual que así haya sido una y otra vez. Hay un diseño que se impone por defecto, el que busca negociar lo innegociable, el que intenta lo mismo sin importar los fracasos seriales, el que trata de resolver esto sin que haya un balance previo de ganancias y pérdidas basado en las experiencias anteriores. ¡Qué daño ha hecho por estos lares la mala comprensión del “ganar-ganar”! Porque ese modelito de bolsillo no aplica casi nunca, pero en nuestra realidad mucho menos. Los obnubilados de siempre debería comenzar a reconocer, luego de veinte años de demostraciones contumaces, que el socialismo del siglo XXI es el último modelo disponible de un totalitarismo marxista que no está hecho para la convivencia democrática. Aquí lo único que se ha demostrado hasta la náusea en los últimos veinte años es que lo que gana el régimen lo pierde el país, sin que nadie haya podido evidenciar que hay la más leve tendencia a que esta vez pueda ser diferente. El insistir es culposo.

La verdad sea dicha, no hay totalitarismo que pueda compartir el poder dentro de la lógica del pluralismo. Es contra su propia naturaleza, ausente de controles, incapaz de presentar rendición de cuentas, y permanentemente indispuesto para la práctica cívica de la integridad. A estas alturas resulta verdaderamente revulsivo que quieran seguir intentándolo. No hay diálogo posible ni fructuoso. Lo que sorprende es que, a pesar de todas las evidencias, sigan insistiendo en lo mismo. Pero eso es lo que están haciendo, incluso al costo de desbaratar el estatuto que rige la presidencia interina y devastar la frágil opción de Juan Guaidó.

Se quiere hacer pasar por cierto lo que es una farsa. No hay diálogo sino una cuidadosa puesta en escena en la que se presentan como contrapartes los que son una misma cosa, que juegan al juego imposible de deslindarse para disimular que no son dos, sino que son uno, porque desean lo mismo y no la pasan mal cuando permanecen juntos. Las identidades entre los que son los mismos son de pensamiento y acción. Piensan igual, admiran a los mismos “héroes” y tienen igual visión del país. No pueden dejar de pensar como lo que son. Las soluciones que conciben no pueden imaginar la superación del socialismo, porque no creen que el socialismo sea nefasto o inviable. Y el problema que tenemos los venezolanos es que unos y otros son igualmente socialistas. Desde el flanco del socialismo no se puede juzgar como malo la implementación del socialismo. Por eso les cuesta reconocer algo más que un resoluble déficit de instrumentación de la actual experiencia, y de ninguna manera van a llegar a la conclusión de que el modelo es malo. Y eso es parte del problema que nosotros tenemos: Que todos ellos creen que la solución más eficaz pasa por el intento de perfeccionar la ejecución del socialismo. Y por eso mismo pueden quedarse todos sin intentar ruptura.

Hay responsabilidad política en la recalcitrancia con la que socialistas quieren enmendarle la plana a los socialistas que retienen indebidamente el poder. Porque son la misma cosa creen que pueden ir juntos a una transición en la que se pueden regularizar todos los desastres que han acumulado. Porque son socialistas creen que para hacerle el favor a una de las caras la otra debe apelar a la eliminación de las sanciones. Como si estuviéramos lidiando con una patología de personalidades múltiples, en este juego de roles el establishment nacional juega a ser a la vez policía y ladrón, el bueno y el malo, el culpable y el inocente, mientras el país sufre la sangría del tiempo que ellos pierden sin importarles un pepino cada uno de los dramas personales que ellos contribuyen a agravar.

Porque unos y otros son deudores emocionales del socialismo. Todos ellos se han paseado por la militancia en los partidos de izquierda, y todos ellos han compartido el mismo proyecto de asaltar el poder para imponer el modelo en el que ellos creen: Derechos relativizados a la sobrevivencia de la revolución, el castigo inclemente a la propiedad, la persecución del éxito, el fomento autoritario del estado interventor y la identificación de dos enemigos irreductibles: la empresa privada y el sistema de mercado. No son dos partes, es un solo punto de vista que está dispuesto a la más obscena connivencia, en la que comparten los mismos modelos mentales, tienen la misma jerga y creen que entre ellos pueden imponer a todo el país sus términos de negociación, por los qua nada cambia, sobre todo la posibilidad de seguir mandando y asolando los recursos del país. La consigna es sencilla: poder, riqueza e impunidad absoluta.  De allí el fracaso del país y la serena tranquilidad de todos ellos. Todo lo demás es coreografía.

En política no hay promedios sino posiciones fundadas en la integridad y en el compromiso con la verdad. Los tibios, que intentan puntos medios imposibles, son vomitivos. Por eso el discurso político hay que desentrañarlo para saber cual es el señor al que verdaderamente están rindiendo homenaje los políticos. Porque repito: No se pueden servir a dos señores a la vez. Y para saberlo hay que rastrear la realidad. Hay que desconfiar por lo tanto de aquellos que dicen una cosa y hacen otra, de los que evaden su responsabilidad frente al país y se mantienen en el plano de la más mediocre calistenia, yendo de aquí a allá, pero incapaces de dar respuesta a una única pregunta, a la interrogante universal de los venezolanos: El cese de la usurpación ¿para cuándo?

¿En qué consiste la ruptura? Significa el dejar atrás la conducta displicente con la demagogia de los políticos. Implica el ser estrictos en la exigencia de resultados y especialmente escrupulosos a la hora de pedir cuentas sobre los medios que se utilizan para lograr los fines acordados. Significa romper definitivamente con la amoralidad con la que ejercemos la ciudadanía y esa práctica tan inconveniente de ser los “perdonavidas” de nuestros líderes. Porque con eso solo hemos logrado una generación de perdedores recurrentes que, aferrados a nuestra indulgencia, se mantienen dirigiendo nuestros destinos.

Pero la ruptura también consiste en romper con el socialismo, tirarlo a pérdida definitivamente, no creer en que puede ser redimible y, por lo tanto, dejar sin respaldo al discurso populista que vende como piedra filosofal el gobierno extenso que promete omnisciencia, omnipresencia y omnisapiencia, como si pudieran ser una expresión cabal de una divinidad y no un mal necesario al que debemos delimitar en sus confines. Acabar entre nosotros con la falsa convicción de que los que dirigen el gobierno tienen más virtudes que la suma del resto de los ciudadanos, y por lo tanto hay que encomendarles la distribución de la riqueza. Ruptura es acabar con la falsa creencia que nos subordina al populismo, que nos ata a las imposturas de partidos que han traicionado una y otra vez la causa del país. Romper sobre todas las cosas con la ingenua creencia de que el socialismo usurpador es redimible y por lo tanto susceptible de negociar una transición. Hay que deslindarse de la ingenuidad que se expresa en falsas soluciones que nunca llegan precisamente porque son falsas. Deshacerse de los falsos profetas y de la ansiedad porque esta vez los líderes no nos traicionen. Hay que romper con los falsos atajos y la presunción de que esta vez es cuestión de tiempo. Hay que deslastrarse de una forma de hacer política y de vivir el país que nos tiene encadenados. Romper es intentar algo nuevo. Hay que salir de esto, y esa posibilidad comienza con que creamos que romper es posible y deseable. Sacar a todos los mercaderes del templo, decirles lo que efectivamente son, y permitir quo otros se encarguen. Porqué con los que tenemos al frente solo aseguramos muchos años más de servidumbre. 

Porque la otra opción, la que están practicando, es colaborar con el régimen. ¿Qué quiere el régimen? Una oposición que quiera negociar y que esté dispuesta a quitar las sanciones sin que cese la usurpación. El régimen necesita contrapartes socialistas que “comprendan lo que está ocurriendo”. Y que no sean tan quisquillosas a la hora de ir a unas elecciones “con mínimas condiciones”. El régimen necesita una oposición que no tenga apuros, que realmente carezca de vocación de poder, y que por supuesto, tenga los mismos modelos de estado que ellos han estado erigiendo. Le gusta esa “oposición” que no tiene demasiados problemas para convivir con la asamblea constituyente, que acate de hecho las decisiones del tribunal de justicia, y que luzca tan feliz al ver la reincorporación de los diputados “del bloque de la patria”. Al régimen le encanta esa oposición que le da lo mismo cumplir la ley que ignorarla, que se dobla para no partirse (podría decirse mejor que se inclina) y que “así como va viniendo va decidiendo”. Una oposición pedilona, ingenua, dócil y paciente con los desvaríos de sus líderes. Una oposición que le saca el jugo a cada parodia electoral, pero que no llega nunca a la ruptura que el país les exige. Una oposición que le hace el favor al régimen de perseguir a la disidencia, que gusta de la delación y que usa las redes sociales para afirmar lo que el régimen desea y que ellos compran como agenda propia. ¿Puede estar más feliz el régimen que con esta oposición de falsos arrestos, coreografías exentas de peligros, que se descompone en el esfuerzo de parecer sin ser, y que es el coladero perfecto del capital político que acumula? ¿Puede estar más satisfecho el régimen que con esta oposición condicionada indefectiblemente al diálogo? ¿Puede estar más tranquilo el régimen que con esa intelectualidad que idolatra la negociación y reniega de cualquier tipo de conflicto? Pues bien, esa es la oposición que tenemos. O si quieren, ese es el gobierno que no nos merecemos.

Nada va a ocurrir. El peor diseño posible, un gobierno colegiado, silencioso, incapaz de rendir cuentas, obsesionado con ir a unas elecciones inadmisibles, empecinado en seguir negociando, profundamente soberbio y prepotente, socialista hasta los tuétanos, corrompido en términos de medios y fines, que perdió la ruta hace rato y que no demuestra que le importe si vamos o no vamos, mucho menos si vamos bien o mal, porque a fin de cuentas, hace rato pasaron el punto de no retorno y se condenaron a la fatal irrelevancia de los que teniendo talentos que poner a trabajar, prefirieron esconderlos debajo de la cama, logrando solamente caer por la pendiente de la que no van a poder regresar. Que esto haya ocurrido no es culpa de los que se los advertimos. La responsabilidad es solamente de ellos y de la forma que tenemos de asumir la política, tan indulgentes que permitimos lo inimaginable hasta que ya es demasiado tarde. Ahora solo podemos imaginar lo que viene después de esto, porque ya estamos en el final del epílogo. 

 

@vjmc

El orden social de la libertad, por Víctor Maldonado C.

SOÑAR NO CUESTA NADA. Pero tenemos el deber moral de visualizar las condiciones en las que podemos garantizar un país mejor. Si, mejor que el fraude populista, la ruina socialista, el autoritarismo comunista y la irresponsabilidad con la que se ha entregado Venezuela a una subasta a favor de un ecosistema criminal que se está jugando a los dados porciones de territorio y de los recursos del país. Si, mucho mejor que esta inestabilidad constante, esta negación perenne de un futuro que no se puede conjugar, porque sin reglas claras, derechos de propiedad vigentes y seguridad ciudadana garantizada todo se traduce en llanto y crujir de dientes. Si, mucho mejor que la factura propositiva de la clase política venezolana, cuyo pedigrí socialista no les permite sino pensar en términos de gobierno extenso, mucho poder en manos de los burócratas y toda la capacidad de maniobra para resguardar al gobierno a pesar de que por esa razón se atropelle al ciudadano. Si, mucho mejor que el lodazal de la complicidad, la corrupción, los malos manejos y el tener que tolerar sin rechistar el enriquecimiento inexplicable de los que deberían ser funcionarios y servidores públicos probos y modestos. Si, mucho mejor que la ruina de las universidades, la desbandada de profesionales, la descapitalización del talento, y el deterioro del salario.

Pero para tener un país mejor tenemos que intentar rupturas radicales con lo que hasta ahora hemos sido, pero también como hasta ahora hemos concebido el país. John Rawls diría que tendríamos que comenzar a ser racionales y razonables. Se es racional cuando se conciben y se persiguen los bienes particulares sin que medie coerción alguna ni patrón impuesto por otra fuerza o capacidad que la propia. El hombre racional aspira a ser libre y entiende que su libertad no es otra cosa que el intentar realizar el propio proyecto de vida, siempre y cuando ello no signifique desmejorar o afectar a nadie. Se es razonable cuando se tiene un sentido del deber y de la justicia, cuando se ejerce la ciudadanía, se practica la compasión como valor personal y se exige al mandatario que se concentre en la tarea de garantizar a todos el bien común, entendido como (1) el disfrute de las libertades básicas a la vida y a la propiedad, (2) la libertad de trabajo y de movimiento, porque nadie debería verse en condición de esclavitud o confinamiento, (3) el relevo y la alternancia democrática que permitan a todos los que se lo propongan el ejercer cargos de responsabilidad, (4) la garantía social de que cualquiera pueda generar ingresos y riquezas y, (5) una vivencia social que garantice las bases de la dignidad de la persona y el autorrespeto.

Los buenos proyectos aseguran la libertad. Los malos proyectos arman ingenierías sociales insostenibles, con estados extensos y entrometidos, que al final son tan costosos que terminan allanando las posibilidades de los ciudadanos. Por eso mismo, luego de haber sido esclavizados por el socialismo del siglo XXI, deberíamos pensar en el qué hacer cuando esto pase. Incluso, deberíamos tener a la mano argumentos muy convincentes para exigir una ruptura radical con este estado de cosas. Los que prometen encargarse del país sin romper con el socialismo del siglo XXI nos están ofreciendo cambiarnos unas cadenas oxidadas por otras relucientes. No hay forma alguna de administrar el socialismo en beneficio de los ciudadanos. Los que digan que si pueden que digan cómo con el mismo diseño destruccionista pueden estabilizar la economía, resolver el colapso de los servicios y generar confianza estable para que vengan nuevas inversiones. O cómo pueden recuperar al país del clima de inseguridad, violencia e impunidad que suma cientos de miles de muertos y millones de desplazados. Que traten de convencernos de cómo van a lidiar con una nómina de más de tres millones de empleados públicos y un desempleo en el sector privado que es inconmensurable. O cómo van a convencernos de que un nuevo bolívar puede ser más eficaz que una dolarización que reconozca el derecho de los venezolanos a no dejarse robar el producto de su trabajo y sus esfuerzos para ahorrar algo. Nada de lo que hasta ahora se ha intentado sirve. Hay que desecharlo.

Recuerden siempre que los buenos gobiernos trabajan con tres prioridades que no son ni siquiera conmutables: Trabajan primero que nada para garantizar la vigencia de la libertad. En segundo lugar, se proponen generar un marco de condiciones que permitan la igualdad de oportunidades, y eso solamente es posible mediante estado de derecho, reglas del juego claras, y la evitación de relaciones clientelares y el establecimiento de privilegios. Reglas claras, pocas reglas, y la preeminencia de la lógica del servicio público por encima de cualquier pretensión de poder. En tercer lugar, para generar nuevas oportunidades a los que tienen menos capacidad de origen para hacerlo por su propia cuenta. Es lo que John Rawls llama el “principio de la diferencia”, que se debe practicar sin afectar ni la libertad ni las reglas del juego institucionales. A ningún gobierno le debería estar permitido juguetear con el populismo, practicar la demagogia, y ofrecer lo que no puede pagar sin violentar el derecho de los demás.

Estas consideraciones deberían conducirnos a ciertas exigencias concretas. La primera de ellas, un gobierno limitado a lo básico. La segunda, una economía libre de la manipulación monetaria populista, preferiblemente dolarizada. La tercera, un país sin empresas públicas y sin caer en la demagogia barata de que hay unas que son estratégicas y que deben por lo tanto estar en manos del estado. La cuarta, “despatrimonializar” al estado venezolano y dejar de verlo como el dueño exclusivo de los recursos del país. No solamente porque eso aplasta al ciudadano, sino porque esa es la causa raíz de la corrupción y el autoritarismo en el ejercicio del gobierno. La quinta, un país desregulado, derogando toda la legislación del socialismo del siglo XXI. La sexta, un país sin censura, sin adjetivos a la libertad de expresión, sin entidades y agencias reguladoras, y con un gobierno sin la posibilidad de cerrar emisoras, canales de TV o bloquear redes sociales.

La séptima, una economía de libre mercado con respeto por los derechos de propiedad. Sin proteccionismos inexplicables ni ventajas a empresas nacionales. Ni subsidios ruinosos, ni tarifas o precios controlados. Competencia plena a favor del ciudadano consumidor. La octava, un mercado laboral desregulado, que priorice y favorezca las nuevas inversiones, revitalice el ánimo emprendedor y la generación de nuevos empleos bien remunerados. La novena, nuevas reglas del juego democráticas que respeten la autonomía de los poderes públicos, seleccionen a sus integrantes por probidad y credenciales y no por cupos partidistas, y en donde nunca más haya reelección para los cargos ejecutivos. Descentralicemos el gobierno, apostemos a las instituciones y deroguemos los caudillismos.

La décima, un mercado político abierto a todas las opciones democráticas, pero restringido para el socialismo autoritario, violador de derechos, saqueador del país y socio principal del ecosistema criminal. Undécimo, un gobierno que practica la subsidiariedad pero que renuncia a ser hegemónico en ningún sector o territorio. Se debe innovar en soluciones eficaces para que todos los ciudadanos acceso a servicios públicos de calidad, tomando en cuenta que solamente las sociedades que producen riqueza y bienestar son capaces de atender bien los requerimientos de sus ciudadanos. Duodécimo, un país que es compasivo con los miembros de la sociedad menos favorecidos, pero cuyo propósito no es hacer demagogia con la pobreza de sus ciudadanos sino producir condiciones para que ejerzan su derecho a ser libres, construir sus proyectos de vida y ser beneficiarios de un país de oportunidades.

Por eso, cuando se habla del cese de la usurpación, primer paso lógico e inconmutable, se tiene que referir a una ruptura histórica con las bases concretas del socialismo, el caudillismo, el populismo y el patrimonialismo. Un gobierno de transición tiene que enfocarse en medidas de corto plazo para restaurar las libertades perdidas, restituir la justicia, recomponer transitoriamente los poderes públicos, y concentrarse en posibilitar elecciones libres y competitivas. Solamente cuando tengamos un gobierno democrático y legítimo podremos refundar el país y conducirlo por la ruta de la libertad y la prosperidad.

En el transcurso hay que cuidarse de las viudas del estatismo, y de los nostálgicos del populismo socialista. No hay atajos al replanteamiento radical de nuestras reglas del juego. No solamente porque vamos a recibir un país saqueado, sino porque no merecemos volver a comenzar una etapa de lo mismo que nos ha conducido hasta aquí. El desafío es no volver a endosar a nadie la garantía de nuestras libertades. Nadie es lo suficientemente confiable. Nadie merece tener tanto poder como para hacer con la sociedad lo que se le antoje. Tampoco una mayoría que siempre va a ser circunstancial. Por eso los consensos y los mandatos tienen que ser claros: gobierno limitado y gobernantes por tiempo limitado.  Poder limitado, rendición de cuentas ante poderes públicos independientes, y responsabilidad ante tribunales competentes y probos. Porque el poder es una tentación peligrosa y muy fácil de corromper.

Lamentablemente estamos lejos del cese de la usurpación. Los mandatarios que elegimos para la tarea (el inefable G4 y su carnal el Frente Amplio) nunca asumieron como propio el proyecto de superar el socialismo. Lo de ellos siempre fue intentar, mediante diálogos, negociación y negociados, intentar una connivencia más amable para todos ellos. No tuvieron el coraje de intentar la ruptura, sino que pretendieron un mero e irrelevante relevo en las posiciones. Se nota con doloroso esplendor en la gestión de CITGO, Monómeros Colombo-Venezolanos, Alunasa, la ansiosa trama alrededor del pago de los bonos, la precoz intentona de refinanciación de la deuda y los malos manejos de los fondos (muchos o pocos) para la ayuda humanitaria. El poder corrompe, por eso lo mejor es conferir poco poder al mandatario y exigirle rendición de cuentas, cosa que inexplicablemente rehúyen nuestros líderes políticos. Esa es, precisamente, la premisa de los totalitarios que dicen ser los heraldos de la libertad, pero que en realidad la extinguen; dicen respetar la propiedad, pero lo que verdaderamente hacen es expoliarnos a todos. Porque su proyecto no es otro que su propio poder ilimitado, a veces disfrazado de “justicia social” que no es tal cosa, que no existe en realidad, porque sin libertad todo lo demás es imposible.

Pero advierto, el proyecto y el desafío de la libertad no se agota ni se extingue con el fracaso real o aparente de Guaidó. Si fracasa, fracasan él y la plataforma que lo hizo venirse abajo, pero de ninguna manera el país. Los ciudadanos seguiremos intentándolo, tal vez con más heridas y muchas cicatrices, pero con más claridad de propósitos. Si fracasan ellos vendrán otros por la revancha.  Así que adelante porque como lo dijo maravillosamente Jorge Luis Borges “Nadie es la patria. Ni siquiera el tiempo cargado de batallas, de espadas y de éxodos”.

@vjmc

Tiempos perdidos, por Víctor Maldonado

SANTO TOMÁS DE AQUINO solía decir que “solo es bueno en absoluto el que tiene buena voluntad”, o sea, el que está dispuesto a la acción y pretende hacer el bien. Pero no es suficiente. La sola bondad no garantiza que las decisiones que se tomen sean las adecuadas. Es más, la bondad irreflexiva no sirve en la política. Ya lo decía Maquiavelo: “la bondad no basta”, entre otras cosas porque ética y política son dos planos en constante tensión que no siempre se resuelven a favor de buenas soluciones. Y mientras el primero es el refugio del “deber ser pero que nunca es”, el segundo, la política, se fundamenta en la capacidad para apreciar certeramente la realidad, el cálculo experto de la próxima acción, que debe estar integrada a una estrategia y a la instrumentalidad de medios y fines. La política no es el espacio de los “pajaritos preñados”, pero tampoco es buena para los que se dan por vencidos antes de intentarlo.

Escribo este artículo cuando simultáneamente el gobierno del presidente Juan Guaidó anuncia formalmente que se agotó el mecanismo de Barbados. ¿No les parece algo tarde?  En el transcurso fueron muchas las voces que advirtieron sobre la tragedia de intentar nuevamente un curso de acción “políticamente correcto”, supuestamente decente y, por supuesto, expresión sublime de la mejor buena voluntad y de una ingenuidad que no tiene parangón desde el caso convertido en fábula, la rana aguijoneada por el alacrán. Jugar a la corrección política con un ecosistema criminal es no haber entendido nada. Nunca leyeron a Maquiavelo ni se interesaron por Sun Tzu. Poca filosofía y excesivo voluntarismo. Pura iniciativa sublime, sicodélica, alucinante y fatalmente errática. Y la verdad sea dicha, un intento de ensamble entre los que piensan y creen las mismas cosas, un intento de aggiornamento entre izquierdosos, un concilio de todos los que se reconocen en ese socialismo silvestre que medra en el sitio donde debería privar la conciencia, y que niega la fatalidad de una ideología que tiene como objeto la servidumbre de los demás.

Pero no fue solamente ingenuidad. A esas advertencias tempranas sobre lo indebido e inútil de una nueva charada de negociación se opusieron de inmediato los intereses del statu quo, que por alguna razón prefieren que nada cambie mientras hacen el aguaje de un proceso que está condenado a hacernos perder el tiempo y las oportunidades. Milton Friedman escribió en 1984 un libro que debería estar en la cabecera de todo político. Lo llamó La Tiranía del Statu Quo, y en él advertía que todo gobernante tiene un período inicial de gran respaldo, que ese tiempo no dura más de nueve meses, y que si no lo aprovecha queda rehén del triángulo de hierro formado por la burocracia que se resiste a los cambios, los grupos de interés (el dinero sucio, los proteccionistas, los contratistas y parte de los partidos que medran en esta situación, entre otros) que buscan defender sus privilegios, y los esquemas clientelares que no quieren desbancar el populismo. Este triangulo de hierro opera como una gigantesca piedra de molino, y explica casi totalmente las supuestas contradicciones que se aprecian tanto en el G4 (grupo de partidos que son el soporte político del presidente Juan Guaidó) como en el Frente Amplio (expresiones de la “sociedad civil” subordinadas al G4 para darle plataforma social a su acción política).

Porque esa es una de las consecuencias trágicas, la creciente distancia que hay entre su forma de tratar los problemas del país y lo que el país espera realmente de ellos. Hay entre unos y otros una brecha insondable entre dos formas irreconciliables de manejar el tiempo. En ellos una irresponsable pérdida del tiempo en el laberinto de la futilidad y la candidez con la que asumen sus responsabilidades. Y por la otra un ansioso sentido de urgencia frente a condiciones y plazos que no esperan por nadie: la muerte, la enfermedad, el hambre, el empobrecimiento, el éxodo, la soledad, la desolación y el desencanto. Ellos en una especie de procesión sin sentido, en una calistenia que no los conduce a ningún lado mientras el resto del país desespera, se cansa y muere a todo indicio de esperanza. Ellos en Barbados y los ciudadanos en poblaciones sin luz, sin seguridad, sin economía y sin poder avizorar el futuro.

Porque mientras ellos atendían a los fastos de los diálogos noruegos el país terminaba de hundirse en un abismo económico, político y social. Y el frágil intento de la presidencia interina, trastabillaba nuevamente entre los fiascos, la duda y la inamovilidad. Entre esas grietas los mismos de siempre, los enemigos pertinaces de la libertad susurraron en las orejas apropiadas la posibilidad de una victoria electoral, incluso sin cese de la usurpación. Voces aflautadas no dejaron de argumentar cuan fácil podía ser enterrar la daga electoral en un régimen supuestamente debilitado hasta el punto de querer ceder el poder, eso sí, con orden y concierto, con la debida pompa y circunstancia, sin cederlo todo, en fraterna connivencia, calcando modelos de procesos gatopardianos, bendecidos por los que creen que el mal no existe, y que el bien tampoco, porque todos somos una cosa y la otra, y por lo tanto podríamos alternarnos el poder y también la dirección y beneficios principales del saqueo a los recursos del país. Esos, los de las tres tentaciones en el desierto de la imprudencia más pertinaz, siempre han usado como cortafuegos la trampa de la paz. Todo lo que no sea perder el tiempo en negociaciones espurias es una amenaza a la paz que todos queremos. Son los ideólogos de la falta de coraje y de la ausencia total de imaginación política, que por esa misma razón, lucen su prestigio hecho jirones, porque sin dignidad ni paz posible pasean sus impudores en los espacios públicos y las nuevas ágoras que son las redes sociales.

Nada es más tentador que unas elecciones para los políticos venezolanos. “Candidato no es gente” solía decir un viejo amigo. Es la oportunidad de la siega, la vendimia de nuevos recursos que terminan engordando cuentas bancarias privadas, y permiten la renovación de ciertos activos personales. Odebrecht, que lo sabía cabalmente, sabía que para cada ocasión le tocaba repartir proporcionalmente a las probabilidades de triunfo, que siempre son subjetivas. Las encuestadores, asesores y analistas las sienten como el amanecer con maná, leche y miel. Algunos luego de años de trácalas electorales viven muy bien, compraron chalés en España y desde allá lanzan sus predicciones e insisten en sus recomendaciones. Una tentación que la conoce perfectamente el régimen, y que usa a destajo. El régimen, ese ecosistema criminal, sabe de qué pata cojean sus fraternos interlocutores y juegan duro. Saben que “toda guerra está basada en el engaño” como lo advierte Sun Tzu, por eso “ofrecen al enemigo un cebo para atraerlo” y luego sin ningún problema les parten el espinazo y los dejan lisiados, arrastrándose por allí para que sirvan de lección a los que vienen después.  Si por lo menos los nuestros hubieran leído el Arte de la Guerra y no se hubiesen concentrado tanto en su plan de país, que luce ahora tan lejano como la estrella que ni siquiera vemos.

Ahora, agotado el tiempo, casi al cierre del 2019, con carismas desechos y deslegitimados por la secuencia de fiascos que nadie quiere asumir con responsabilidad y sobre los que nadie quiere rendir cuentas, pretenden seguir como si nada. Pero si han ocurrido cosas, entre otras, un fatídico y monumental derroche de oportunidades y tiempo, una trágica ausencia de firmeza, un vacío estratégico, una práctica insólita de la duda sistemática, un bamboleo entre esto y aquello que los hace ver como poco confiables, un circo de pescuezos irredentos, incapaces de una coreografía cónsona con las ganas que todos tenemos de liberarnos de esta pesadilla. El tiempo perdido es irrecuperable.

Volvamos al cálido refugio de la filosofía. Porque estamos viviendo la convulsión de la imprudencia, la carencia de discernimiento, la falta de reflexión y como intento fatal de compensación, un exceso de voluntarismo, como si estuviéramos en manos de una pandilla de adolescentes, inflamados de hormonas y empeñados a realizar sus ganas. Pero ya lo dijimos antes, “deseos no empreñan”.

José Luis López Aranguren arguye al respecto que no se trata de proyectar por proyectar. Que, en esos casos, al igual que con los sueños, el hombre se mueve sin resistencia alguna, pasando por alto que cada deseo es a la vez una cláusula condicional que se gira contra la realidad hasta hacerla irreconocible. El creer, por ejemplo, que un régimen titular de un ecosistema criminal tiene interés en sentarse a conversar para dejar amigablemente el poder, no es otra cosa que un sueño infantil, pero en ningún caso parte de la realidad. El desechar la fuerza y el auxilio exterior para resolver un secuestro, porque llegado el momento todo se va a resolver por las buenas, es un delirio sicodélico, pero en ningún caso una opción factible. Lo mismo pasa por creer que los asociados consuetudinarios con el dinero sucio quieren acabar con el negocio para darle paso a la república, o que se puede hablar de elecciones sin haber extirpado el tumor de ventajismos y trampas que tiene el tamaño de la burocracia, los intereses creados y la servidumbre populista. ¿Y si mejor no encaramos la realidad tal y como es?

Continuemos con el argumento del filósofo español. “El verdadero proyecto, el posible, se hace con vistas a la realidad y tiene, por tanto, que plegarse a ella, atenerse a ella, apoyarse en las cosas, contar con ellas, recurrir a ellas. Pues bien: este plegamiento a la realidad, este uso concreto y primario de la inteligencia, que, frente a la rigidez propensa a la repetición habitudinal, posee flexibilidad para adaptarse a las nuevas situaciones, es precisamente la prudencia”. A este concepto quería llegar por esta vía. No es suficiente la buena voluntad. Y por lo tanto en nada justifica el discurso del esfuerzo inconsumado, la épica del pellejo dejado en la lucha, la pureza de las intenciones, o el querer evitar daños mayores. Repito, ni dignidad, ni éxito, ni paz se obtiene por la vía de la imprudencia, sino el llanto y crujir de dientes en las afueras del festín, tal y como señala el evangelio al hablar de las vírgenes necias.

El tiempo perdido es irrecuperable. Alguien tiene que rendir cuentas sobre ese tiempo derrochado, el error sistemático de un curso de acción que se advirtió como inconveniente, la persecución obsesiva a todos los que se opusieron, el montaje de una maquinaria para aplastar la disidencia y la prepotencia abusiva y pertinaz de ese statu quo en el transcurso. Alguien tiene que asumir la responsabilidad por las consecuencias nefastas de este proceder, y permitir el viraje. El país no es de nadie, es de todos los ciudadanos que no han derogado ni entregado su derecho a decidir, y que tiene memoria, el último recurso de la justicia.

@vjmc

ES RESPONSABILIDAD DEL ANÁLISIS un compromiso inexpugnable con la realidad. Para bien o para mal debemos tener plena conciencia de nuestro acontecer histórico, única forma de saber si tenemos o no tenemos razones para mantener la esperanza en el sentido que propuso Juan Pablo II a saber, «una actitud fundamental que nos debe mover a no perder de vista la meta final que da sentido y valor a nuestra entera existencia y, por otra, ofrece motivaciones sólidas y profundas para el esfuerzo cotidiano en la transformación de la realidad con el fin de hacerla conforme al proyecto de Dios». Y porque la verdad es una condición de la libertad.

  1. El grupo de partidos, conocido como el G4 es la base de sustentación del gobierno interino de Juan Guaidó. Tal vez la mejor forma de llamarlo la ha aportado Diego Arria cuando lo designa como gobierno colegiado. El ser respaldado por Acción Democrática, Un Nuevo Tiempo, Primero Justicia y Voluntad Popular, hace que la presidencia sea también expresión de un conjunto de formas de proceder y compromisos asumidos con el dinero sucio, al margen de lo que esperan los ciudadanos. Esa unidad que proclaman es realmente una coalición sectaria y excluyente, con intereses propios y un proyecto de país empeñado en replicar el estatismo y las relaciones clientelares y corruptas que se derivan naturalmente de un gobierno sin límites.
  2. Este grupo de sustentación tiene como interés fundamental el legitimar un proceso de negociación blanda que conduzca a unas votaciones que solamente servirán para legitimar el actual orden de cosas. Pero no nos equivoquemos, para esa trama de intereses en acción y en posición tiene especial importancia que no haya cese de la usurpación, un ecosistema perfecto para el saqueo de los recursos y la impunidad de los que son sus principales patrocinantes y benefactores.
  3. La mentira se ha convertido en elemento esencial del actual ejercicio de la política. Cada cierto tiempo el sistema perverso se estrella contra la realidad y provoca esos fiascos que hemos visto con estupor. Tenemos la desgracia de sufrir una dirigencia que practica la mentira con contumacia. Son los campeones del “sí, pero no”, del “yo no voy, pero ya estoy”, “el quiebre ya está listo” y otras versiones de los descalabros políticos. Comenzaron mintiendo sobre el rol de la ayuda humanitaria. Se desbarrancaron en Cúcuta con el “si o si”. Volvieron a estrellarse el 30 de abril, han mentido descaradamente sobre los diálogos tutelados por Noruega, y han engañado a sus interlocutores internacionales, no una vez sino unas cuantas veces.
  4. La única estrategia consistente de la presidencia interina es ir a unas elecciones. Por lo tanto, están dispuestos a violar el estatuto que define el espíritu y propósito del interinato y a mentir u ocultar la verdad tantas veces como haga falta. Ya no creen necesario el cese de la usurpación, tampoco la necesidad de un gobierno de transición que estatuya el estado de derecho y garantice las condiciones para unas elecciones competitivas. Por alguna razón, el presidente Juan Guaidó se cree candidato imbatible y unánime en unas elecciones donde no importen ni los contextos, ni los contendientes.
  5. La mejor forma de practicar la política es dándole la debida importancia a las máximas morales y a las obligaciones jurídicas. Esto debería obligar a nuestros dirigentes al respeto de las instituciones, al cumplimiento de las reglas que ellos han jurado respetar y defender, sin abrirse al turbulento espacio de la arbitrariedad. El gran desafío de la presidencia interina es precisamente ese, el sentar las bases de una práctica republicana que se ha perdido, el respetar y el volver a dotar de esa respetabilidad y creencia en la validez de la Asamblea Nacional como reducto de legitimidad que puede convertirse en el último y eficaz bastión frente a las arremetidas del régimen usurpador, devenido en ecosistema criminal. El contraste debería ser radical entre unos y otros. Por eso la desgracia de tener que ver como se igualan en un “todo vale”, en un “sentarnos a conversar porque podemos convivir”, en una cerrazón a la justicia que incluso los hace sacrificar el TSJ legítimo para congraciarse con el otro, funesta y patética guillotina de todas las libertades. La misma levedad inaceptable que los hace asiduos del canal Globovisión, como si todo valiera lo mismo, y no fuera importante el viejo apotegma que sentencia “dime con quién andas y te diré quien eres en realidad”.
  6. El dinero sucio, la corrupción y todas las formas de explotación y saqueo de los recursos del país convergen en una agenda de mantenimiento del statu quo. Que nada cambie dentro del sistema perverso de relaciones es su mejor apuesta. Y como ocurre siempre, están dispuestos a movilizar todos sus recursos para que esto sea así. Por eso somos espectadores algo sorprendidos que en la agenda del presidente interino lo fundamental sea ratificar que su coalición es imbatible, más allá de lo que se diga sobre la integridad de sus miembros. Como hemos visto en los días recientes, la corrupción partidista tiene una condición inmunológica fundada en el compadrazgo imbatible, los endosos automáticos propios de la costra en la que se ha convertido el grupo de poder, la primacía cultural del amiguismo y las logias y la defensa a ultranza de una corriente de intelectuales y supuestos influencers
  7. El argumento más usado para defender el particularismo vernáculo es que hay dos raseros. Con uno juzgan al régimen, y con otro muy diferente a los suyos. Por eso hay dos tipos de corrupción, la mala, practicada por el socialismo del siglo XXI, y la perdonable, e incluso justificada, practicada por esa oposición institucional con la que juegan pingpong. Una es condenada y con la otra se practica una indulgencia que los convierte en amorales y con la que atan una inmensa piedra de molino al futuro del país. El sistema inmunológico de la corrupción opera dándole un manto de impunidad a unos y otros, por eso aquí “de eso no se habla”, llegándose a decir que Odebrecht (la corrupción que afecta a los propios) es nada con la que ha operadas desde PDVSA (la que beneficia a los ajenos, pero también a los propios).
  8. Hay una preocupante prioridad por ponerle la mano a los activos del país. No solamente CITGO, los bonos, la refinanciación de la deuda, también empresas de menos renombre, pero con flujo de caja más libre, como es el caso de Monómeros Colombo-Venezolano, filial de Pequiven, ahora bajo en control de la presidencia interina. Sin embargo, no hay contralor especial, ni rendición de cuentas, ni de responsabilidad política sobre las decisiones que se toman. Nada más peligrosa que la falta de transparencia y el ejercicio del poder sin check and balances. Nada más distante de la pretensión de volver a la república civil que el uso, disfrute y disposición de esos bienes del país al margen del escrutinio ciudadano.
  9. Todos los desplantes del régimen de Nicolás Maduro son una extensión de su debilidad. Un reconocimiento de que son muchos los vencidos por una ideología y una forma de hacer gobierno que está condenada al fracaso. El fracaso no tiene solamente indicadores cuantitativos sino ese envilecimiento espiritual de aquel que ha perdido el alma y por lo tanto llega a la convicción de que no tiene nada que perder, y por lo tanto está dispuesto a que los demás lo pierdan todo. La gran mentira alrededor del socialismo del siglo XXI es sobre el cálculo de su fuerza real, lo que no implica que no tenga recursos a la mano, y que los quiera y pueda usar.
  10. El seguir embarcado en unas negociaciones imposibles es, sobre todas las cosas, un imperdonable error de cálculo. Todas las veces que se comete un error de cálculo político es porque se supone indebida e irreflexivamente que los interlocutores o adversarios están practicando la realpolitik con las mismas convicciones, semejantes estructuras valorativas y el mismo compromiso. La ingenuidad de esos actores políticos los encalla en una interacción de la que salen escaldados. De no ser así no tendríamos a buena parte de los parlamentarios en el exilio luego de haber intentado un contacto que advertimos era peligroso e inútil. Los improvisados negociadores no entienden que sus contrincantes practican la mala fe con la misma frialdad que aplican que se aprecia en los otros ámbitos de la vida política y social venezolana. El gran fracaso de nuestros dirigentes es porque desechan los precedentes y son improvisados e irreflexivos en la composición de tiempo y lugar, asumiendo que el otro ha incurrido en algún proceso de conversión que los transforma en pacifistas y los deja fuera del espacio de crimen y violaciones que hasta ahora ha sido su guarida.
  11. Nadie se ha paseado hasta el momento en una pregunta crucial. En cuanto a las negociaciones con el régimen, su aceptabilidad o no, depende no solamente de las condiciones oprobiosas en las que se han puesto al margen todos los ciudadanos sometidos al secreto autoritario y a la designación también implacablemente autoritaria de unos negociadores que no cuentan con el respaldo, la simpatía o la respetabilidad de un país que simplemente desconfía de ellos. Pero es que hay algo más, ¿cuál es el tipo de mundo futuro que se esboza para los venezolanos? ¿El de Stalin González? ¿El de Martínez Motola? ¿El de quién? No lo sabemos, porque ¿cuál es el significado preciso de esas condiciones que no conocemos pero que deben existir? Por cierto, frente a ese atropello a nuestros derechos ciudadanos salió, como cabía esperar, el endoso automático, el “confío plenamente y pongo mis manos en el fuego por…”. ¿Sabían ustedes que en la comisión está también el antiguo rector del CNE que juraba que teníamos un sistema electoral blindado? ¿Por qué debemos confiar ahora en él?
  12. Henry Kissinger señalaba que cuando los estadistas desean ganar tiempo, ofrecen negociaciones. Esto tiene que extenderse incluso a los que no lo son, pero que juegan en la política, como es el caso que nos atañe. Y hay tres preguntas que se hace Kissinger sobre diplomacia que yo quiero plantear en ocasión de lo que estamos viviendo: ¿Puede la presidencia interina de Guaidó efectuar una negociación importante con el régimen sin pagar el costo de fragmentarse y volverse añicos? ¿Usará el régimen de Maduro esta nueva serie de negociaciones para recomponerse y tratar de sobrevivir? ¿Podría Nicolás Maduro hacer concesiones importantes sin perder dominancia? En esas tres preguntas está la repuesta que anteriormente hemos dado. Para ninguna de las partes hay incentivos reales de llegar a un resultado, a menos que cualquiera de las partes esté alucinando, seamos víctimas de la ingenuidad más peligrosa, estemos en manos de improvisados o, la peor de todas las situaciones, unos y otros son el mismo bando desempeñando una coreografía previamente ensayada.
  13. Konrad Adenauer advertía a todos sus visitantes que su gran aprendizaje como estadista había sido no confundir los arrebatos de energía con la fuerza. Y bien que lo dijera porque ni en física significan lo mismo. En todo caso el estadista alemán se refería a los “arrebatos calisténicos”, puestas en escena y manifestaciones catárticas cuyo momento siguiente siempre es depresivo, y que no acumulan fortaleza, que es otra cosa. Porque tal y como algunos deben sentir en la médula, existe en negociaciones políticas ciertos experimentos que no se pueden intentar, porque su fracaso entraña un riesgo irremediable, y el peligro de un desplome de todo lo construido. Hay algunos que tienen como tónico universal y piedra filosofal eso que llaman “la calle”, piedra contra la cual se han estrellado al no conseguir nada de lo que ofrecen. Eso es energía derrochada si no hay propósito e incentivos racionales. La fuerza es otra cosa. En nuestro caso tiene que ver con el cuarteto de condiciones en donde se articulan la relevancia moral, alineación institucional, respaldo internacional y resiliencia ciudadana que permitiría el sereno propósito de la liberación del país. Y ese cuarteto de condiciones, que en algún momento estuvieron presentes y disponibles para la acción política, ahora lucen más efímeros.
  14. El problema de fondo es el aprendizaje  desestructurante y desinstitucionalizado de una dirigencia política que ha crecido al descampado, que solo ha conocido y experimentado el terrible y arbitrario socialismo del siglo XXI, y sus contrapartes igualmente desestructuradas y viciosas de las que han formado parte sin contrariar sus bases filosóficas. El país que está representado en esa oposición tiene poco acervo político y una muy escasa reflexión diferente a querer tomar por asalto el país para reconstruir las ruinas de un estado fallido y volver al imposible petroestado que nos trajo hasta aquí. Esa oposición no quiere un estado diferente. Quieren montarse sobre él para seguir practicando los mismos vicios y las mismas recetas.
  15. Solamente una ruptura radical determinada para construir las bases de una república liberal, con todos sus límites bien delineados, podría ser una alternativa que nos saque del abismo de imposibilidades y frustraciones que nos tiene paralizados. Podríamos tener libertad, oportunidades y compasión con los menos favorecidos si ideamos un sistema político diferente a la lógica del minero, su saqueo, su cobardía histórica y su reproducción de la pobreza.
  16. Finalmente, algunos se preguntan por qué, si todo está tan mal para el régimen, no hay indicios de que ceda en algo. La respuesta la da Tocqueville y la saben los regímenes despóticos: “El momento más peligroso para un mal gobierno es cuando comienza a reformarse… Los sufrimientos que se habían soportado por parecer inevitables se vuelven intolerables cuando aparece un escape…”. Ellos nunca cederán en nada.

Juan Pablo II hablaba del deber de escoger entre la verdad y la mentira, entre el bien que significaba la primera y el mal que se expresaba con la segunda. Se trata de plantear una esperanza que no desilusione, que sea la compañera de nuestro difícil camino y el calor que abrigue nuestros corazones cuando sintamos esa desolación tan propia de los malos tiempos. Recordemos que solamente la verdad nos hará libres.

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@VJMC

El socialismo que acecha, por Víctor Maldonado

DEBEMOS A KANT UNA SENTENCIA terrible: “Con madera tan torcida como de la que está hecho el hombre no se puede construir nada completamente recto”. La historia del hombre es, por lo tanto, la secuencia de caídas y esfuerzos monumentales para volverse a levantar. Nadie quiere decir con esto que no se reconozcan los aportes maravillosos del progreso tecnológico y las inmensas oportunidades que se han hecho disponibles gracias al capitalismo, o si se quiere, la economía de mercado. Entre otras, la idea de libertad y el derecho de propiedad, la exigencia del poder hacer y también el reclamo de que nos dejen hacer con lo que seamos capaces de producir; en boca de Norberto Bobbio, libertad de obrar y libertad de querer. O como lo plantearía Ayn Rand, el compromiso ético de no ser el siervo de nadie ni de exigir la servidumbre de nadie. Cada ser humano con el potencial para ser su propio protagonista y de escribir su propio guión.

Pero en las cercanías siempre ha estado la tentación. La envidia por las realizaciones de los otros, la reelaboración ideológica de la riqueza como un robo, la insólita idea de que los ricos producen pobres, y el uso mediocre de las estadísticas y los promedios para determinar la desigualdad, como si alguna vez en nuestra historia fuimos más iguales que ahora. Con esto perdemos de vista que solo el hombre es capaz de inventar, innovar, crear, producir y pensar que siempre lo puede hacer mejor, siempre y cuando eso que haga, el esfuerzo que invierta le suponga alguna utilidad o ganancia. Cuando la envidia consiguió juglares e ideólogos, rápidamente se propuso que no debía tolerarse, que era inmoral enriquecerse mientras otros no lo lograban. Se inventó la justicia social, mecanismo redistribuidor que pasó a ser una imposición política, y se dejó de lado la ética de la solidaridad, la caridad y la filantropía. Con el socialismo el buen samaritano pasó a ser un impuesto, se olvidó que el hombre progresa desde la construcción creciente y voluntaria de la virtud, la religión dejó de tener sentido orientador y el estado se propuso como el gran gendarme.

Hobbes lo planteó como una exigencia de vida o muerte. Peor es no tenerlo, porque el hombre, víctima de sus pasiones y ganas, entraba en guerra y provocaba la extinción de cualquier cosa parecida a la humanidad. De nuevo el fuste torcido, la generalización del mal, la confusión entre libertad y libertinaje, el uso de la fuerza y la ausencia de orden social. Y es que libertad y propiedad corresponden a un orden social donde se respeta la vida, se aprecia los resultados de los otros, se respeta lo ajeno y se tiene un gobierno limitado a eso, a garantizar que nadie prevalido por la fuerza usada ilegítimamente viniera a romper los equilibrios naturales.

Adam Smith fue en eso preclaro. A pesar de su optimismo, propio de la escuela de filosofía moral escocesa, también advertía en el ser humano esa tendencia a hacer daño, que por lo tanto había que regularlo; de eso se encargaba la sociedad que definía lo aceptable de lo inaceptable, y también la policía, que administraba la justicia como expresión de los sentimientos de venganza de los ciudadanos. ¿A quién se le ocurrió esa espantosa escalada de totalitarismo, capitalismo de estado y tutoría tiránica de los seres humanos? Llamemos al gran culpable como lo hizo Isaiah Berlin: “el pensamiento progresista” que surgió con el racionalismo del siglo XVII, siguió su fatal argumentación con el empirismo del siglo XVIII, se consolidó en el resentimiento con el marxismo del siglo XIX y, por supuesto, tomó el estado y la política mediante el leninismo del siglo XX. Todos ellos provistos de una inmensa prepotencia intelectual, estaban dispuestos a reorganizar racionalmente la sociedad, superar cualquier tipo de confusión o prejuicio, y llevar a la humanidad a una nueva época de luz, donde “el hombre nuevo” no padecería ningún tipo de necesidad porque ellos habían descubierto la forma de satisfacerlas. Y lo iban a hacer a la fuerza y mediante la revolución si eran necesarias.

Isaiah Berlin nos relata que eso era lo que soñaba el ilustrado Condorcet en su celda de la cárcel en 1794. Decía emocionado que por la vía de la razón iban a ser capaces de “crear el mundo libre, feliz, justo y armonioso que todos deseaban”. ¿Quiénes lo iban a crear y administrar? Obviamente ellos, los progresistas. ¿Cómo lo iban a lograr? Mediante la imposición autoritaria del socialismo que, de suyo implicaba tres cosas: planificación central de la economía, creciente capitalismo de estado, y restricciones progresivas de los derechos de propiedad. Con su natural corolario, la violencia de estado, porque por lo general a la gente no le gusta que la nariceen y mucho menos que le expolien sus activos. Pero ¿qué es eso  en términos de costos si a cambio pasas a un nuevo estadio de humanidad donde todos viven felices, liberados de cualquier mezquindad?

Ya sabemos que todo socialismo real se descompone rápidamente en colapso, represión, violencia y ruina social. Lo que prometen es imposible de lograr porque el hombre es como es, no hay nada semejante al “hombre nuevo” y lo que produce es una escoria que es capaz de cualquier cosa, matar, corromperse o asociarse con cualquier otra expresión del mal, para lograr aferrarse cada vez más precariamente al poder.

A estas alturas cualquier ciudadano medianamente informado debería sospechar de todos aquellos que vienen con intentos de seducción política mediante un plan. Llámese como quiera, “plan de desarrollo económico y social del socialismo” o el “plan país”que también es socialista. Es la misma pretensión progresista de encargarse de las vidas y suerte de los ciudadanos desde el ejercicio tiránico del poder. Todos llegan diciendo más o menos lo mismo, que son ellos los que saben, que deberíamos agradecer tanto talento prestado al servicio público, que en las carpetas que tienen en los maletines están los cálculos, y que ellos, esa clase esclarecida, tienen el inventario de todos los problemas y también todas las soluciones. Recuerdo ahora la famosa canción de Rubén Blades para comentar que incluso tienen “lentes oscuros pa’ que no sepan qué está mirando, y un diente de oro que cuando ríe se ve brillando”. Toda una canallada. Porque luego resulta que no pueden con tanta matriz de insumo-producto, ni quieren, ni tienen el tiempo necesario, ni es real tanto talento. Pura soberbia estructural, y parafraseando a Berlin, una insaciable ansia de poder.

Porque como lo plantea Hayek, la sociedad libre, que existe cuando los individuos tienen libertad y derechos, se organiza de manera espontánea, mediante las decisiones particulares y empresariales que adoptan los individuos sobre parcelas específicas que les preocupan, y que dominan. Los iluminados racionalistas vienen a decir que esas decisiones, que se dan por millones cada minuto, son más imperfectas que su especial talento para recomponer el mundo. Mises dirá al respecto que los que pretenden tamaña hazaña no hacen otra cosa que tantear en la oscuridad, y yo complementaría diciendo, que no hacen otra cosa que sumirnos a todos en la oscuridad y el oscurantismo.

Volvamos al pecado socialista por excelencia cual es la acumulación obsesiva del poder entendido como control crecientemente totalitario. Su fracaso es tan ominoso que no toleran el éxito privado, por pequeño que resulte. De allí las expropiaciones con el mezquino sentido de la destrucción. Millones de hectáreas que se dejan en barbecho, monopolios manufactureros completos que terminan siendo inservibles, bienes inmuebles que se expolian para transformarlos en monumentos a la desidia. Y la corrupción que deja la traza de obras inconclusas que se deben sumar al colapso de las que heredaron como infraestructura de servicios públicos. Mientras transcurre tanto destruccionismo por diseño, la libertad sufre, aplastada, acechada, comprometida por el hambre, la soledad, la enfermedad incurable, la ausencia de medicinas, el aislamiento porque ya no hay cobertura de telefonía, la ausencia de un servicio de energía eléctrica confiable, la falta de agua, o lo que quieran imaginar, porque el colapso se sufre a la medida de las necesidades insatisfechas de cada uno.

El socialismo es ese acto de soberbia y prepotencia que termina en crimen de lesa humanidad. Pero también es esas ansias enfermizas de poder que los transforma en tiranías totalitarias que cercenan la libertad y censuran cualquier resquicio de verdad. El fracaso los conduce a la mentira, la mentira los empuja al crimen, y a todos ellos los convierte en secuestradores de cualquier posibilidad de cambio político que pueda ser pactado. El socialismo nunca se va por las buenas.

Frente al socialismo hay solamente dos opciones: colaboración o ruptura. El problema reside en cuanta cultura socialista hay en la dirigencia política. Cuántos de ellos creen que los que pueden intentar el gran salto hacia la sociedad feliz y planificada son ellos. Cuántos asumen la justicia social, cuántos desprecian el mercado, cuántos no conciben el orden extenso como verdadera posibilidad, y cuántos se ven como usufructuarios del poder entendido como capacidad de disponer sobre la vida y bienes de los demás. La ruptura es mercado, libertad, gobierno limitado, pequeño pero eficaz, y un liderazgo de servicio público, poco estruendoso, incluso poco interesante.

Por eso el verdadero peligro es que la alianza que sostiene al gobierno interino del presidente Guaidó es socialista, estatista, populista y clientelar. El discurso de todos ellos, sean de AD, PJ, UNT, o VP es el mismo: tomar por asalto el poder para administrar el estado patrimonialista venezolano. Invertir los escaso recursos en tener empresas públicas, mantener la ficción de una empresa petrolera del estado, y reservarse los recursos del país y sus fuentes de riqueza para que sean “administrados” por esa legión de burócratas sin experiencia alguna que se pasean por el país con programas sectoriales bajo el brazo. Ese plan país, he dicho muchas veces, no es el plan del país, pero ellos insisten en imponerlo porque es el consenso de unos centenares de técnicos y cuenta con el aval de las universidades. Se han convertido en expertos de las puestas en escena y de los hechos cumplidos.

Porque los consensos del país parecen ser otros. No quieren un estado que los aplaste. No están dispuestos a pagar la reposición del saqueo de empresas públicas. No quieren seguir intentando lidiar con una moneda que es manoseada por el populismo y malversada por la demagogia. Están hartos de un estado dadivoso en la miseria, extorsionador a través de sus programas sociales, asqueroso en el uso de la historia, prepotente en la injerencia de su estado docente, y represor brutal de la libertad de hacer y de poder que comentamos al principio. Quieren libertad, seguridad ciudadana y posibilidades.  ¿Van a seguir ofreciendo lo mismo? ¿Van a cambiar las cajas CLAP por las que tienen impresa la cara de Leopoldo? ¿Van a seguir trajinando con las necesidades de la gente sin darles una mínima oportunidad de ser libres? ¿Van a seguir con el festín de la corrupción?

Porque el estado patrimonialista no solamente es delincuente sino corrupto. Y el dinero sucio tiene agenda política, se ceba en el compadrazgo, cultiva las relaciones clientelares, financia políticos y partidos políticos y luego exige favores. Seguir dentro de los márgenes del socialismo garantiza que la corrupción sea la gran ganadora. Y el cinismo, ese que exhiben políticos de vieja y nueva data, que no tienen como explicar su tren de vida, pero retan a que les descubran el cómo. La corrupción y los ilícitos, como hemos visto, tiene sus canales (sus cloacas), sus capilaridades siniestras y clandestinas, y al final, dejan pocas pruebas diferentes a una gran suspicacia, y preguntas sin respuesta: ¿cómo vives así?  ¿cómo vives donde vives? ¿si no recibes sueldo alguno, si tu partido no recauda entre sus militantes. ¿Si no hay transparencia en la rendición de cuentas? Porque ahora resulta que, apostando a la memoria corta del venezolano, todos son ricos de cuna, si no ellos, sus suegros, todos tienen “empresas” o negocios. Todo eso es obviamente una pantalla argumental que no termina de explicar nada.  El “contratismo” podría explicar muchas de esas vidas inexplicablemente infatuadas. Eso también es socialismo esencial. 

Al final uno no termina de saber si tanto izquierdismo vernáculo, dicho con tanta displicencia, solo demuestra la fatal ignorancia de nuestra clase política, así como la innegable responsabilidad de nuestras instituciones generadoras de cultura y educación en el esfuerzo perverso de replicar el pensamiento socialista, incluso en aquellos que estudiaron en las mejores universidades privadas. Me temo que es también el producto de falta de carácter, o de talante, como lo planteaba José Luis López Aranguren. Porque a estas alturas algo es innegable: el socialismo promete, pero no cumple. Es una mula ideológica, estéril, primitivo y devastador. Decir que se es de izquierda es apostar a montarse en esa mula, o terminar siendo una muy especial versión del minotauro mitológico, mitad mula, mitad progresista.

Quedemos al menos advertidos sobre lo que podría venir: la ratificación del fracaso que ya vivimos. El socialismo degradado que hemos descrito acecha y pretende desde ya que no hablemos mal de sus nuevas posibilidades. Porque ya empezaron, si no fuera así, ¿cómo podemos explicar la campaña que exige que no se hable mal de Guaidó? ¿cómo podemos explicar que no quieren debate real sobre el plan que ellos llaman plan país, sino que lo presentan como un hecho cumplido, aduciendo que están preparados porque tienen un plan? Precisamente, porque tienen ese plan no están preparados. En todo caso, los consensos básicos son otros, empeñados en la liberación y la exigencia de libertad (incluida la de expresión), así como también los venezolanos estamos en camino de construir nuevos tabúes políticos. El socialismo es uno de ellos.

 

@vjmc

 

Sistemas perversos y elecciones libres, por Víctor Maldonado

VENEZUELA VIVE DE NUEVO un episodio de lamentables tentaciones. Se habla ahora de la posibilidad de unas elecciones pactadas entre el régimen usurpador y los negociadores del presidente Guaidó. Una salida por el flanco imposible, lleno de cláusulas condicionales, muy alejado de la calibración estratégica que nos exige evaluar los principios y precedentes que caracterizan al socialismo del siglo XXI, recordar sus trampas, su indisposición a renunciar a la violencia y al ventajismo, sus instituciones espurias, el descontrol totalitario con el que ha sometido al país, el descalabro de toda instancia de gobierno, y la articulación de alianzas y coaliciones con cualquier tipo de empresa del mal que los beneficie, sin importar el daño implícito que por eso mismo ocasionen. Todo esto es comprobable, y sin embargo la tentación allana la razón de los demócratas y coloca al país en la imposibilidad de salir del abismo en el que se encuentra.

El régimen usurpador no es un gobierno tradicional. Es un sistema perverso cuyos insumos, resultados y funcionamiento tienen su propia racionalidad: el mantener el poder a cualquier costo para continuar el saqueo de los recursos del país. El proceso del cual se sirven no tiene cotas morales, no se ciñen por derechos humanos o garantías constitucionales, no les importa hacer trampa o practicar el engaño, no exhiben un centro de poder sino un equilibrio de intereses donde conviven roles latentes y prácticas manifiestas que son coordinadas por lo único que los mantiene unidos, precisamente el evitar ceder posiciones a cualquier costo. La táctica más sencilla es, por supuesto, ganar tiempo. El mismo tiempo que perdemos nosotros. No se puede entender nada si no se asume que este sistema perverso se mantiene porque realiza un conjunto de actividades complementarias e interdependientes para el logro de su propósito común. Y que esas actividades tienen una fuerte inercia que les impide un quiebre o ruptura, incluso les imposibilita un cambio de ruta o de agenda hacia la corrección de su propia esencia.

No hay nada que indique que el régimen pueda o quiera hacer unas elecciones libres. El mínimo sentido común así lo indica. Y por eso mismo el Estatuto que rige la transición a la democracia para restablecer la vigencia de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, en su Artículo 2. definió un itinerario (ruta, camino, trayecto, recorrido) político de democratización y reinstitucionalización “que incluye las siguientes etapas: liberación del régimen autocrático que oprime a Venezuela, conformación de un Gobierno provisional de unidad nacional y celebración de elecciones libres”. En el mismo artículo se afirma que el Estatuto entiende por transición el itinerario de democratización y reinstitucionalización. Dicho de otra forma, la ruta no se puede invertir, no se puede conmutar, no se puede alterar sin dañar el mandato explicito que se le dio al presidente de la Asamblea Nacional: ¡Primero el cese de la usurpación! Lamentablemente el presidente Guaidó y sus asesores creen que eso es posible porque el orden carece de importancia. Picaron el anzuelo al creer que mediante elecciones pueden desmontar un sistema perverso, y no al revés.

Un sistema es perverso cuando se aleja radicalmente de su misión institucional. En este caso eso ocurrió cuando todos los poderes públicos renegaron la constitución y se fundieron en la revolución. Todos al unísono se llamaron socialistas, chavistas, antimperialistas y, por lo tanto, se divorciaron de la legalidad, se alejaron del ciudadano y se volvieron obsecuentemente sectarios y excluyentes. Tener como consigna que “todo era válido dentro de la revolución” fue un llamado de atención que dejamos pasar con la lenidad que caracteriza a los líderes del flanco democrático. A muchos de ellos, buena parte del llamado G4, en lugar de intentar un límite, ya vimos como el dinero sucio y las componendas los colocaron dentro del flanco del “todo vale”. Por eso hay conductas y agendas inexplicables, que solo son comprensibles cuando se cae en cuenta que ellos son parte incluida de esa revolución amoral y no el intento de ser su alternativa.

Ellos y buena parte del establishment son los tontos útiles, pero bien remunerados, que hacen que el sistema funcione con las máscaras apropiadas a cada una de las circunstancias. Por eso el régimen es integral y profundamente siniestro. Porque esas componendas tan bien logradas suman perversidad al método que funciona desde el abuso del poder, el compadrazgo cruzado, la presencia de una burocracia que transforma sus ineficiencias en formas de sometimiento y, el uso sistemático de la mentira, la hipocresía y el enmascaramiento eufemístico para devastar la confianza y la esperanza de los ciudadanos.

La tentación de cohonestar unas votaciones sin que antes ocurra el cese de la usurpación muestra a sus patrocinantes tal y como son, ingenuos y funestos. Pero continuemos nosotros con el análisis desde el punto de vista de los sistemas sociales. ¿Por qué el cese de la usurpación es una condición indispensable? Porque primero hay que derrumbar un sistema social malévolo, cuyas expresiones institucionales son las siguientes:

1. Una Asamblea Nacional Constituyente espuria que funciona como legislativo supraconstitucional y que no se reconoce ningún límite para su actuación. Por cierto, la misma ante la cual los gobernadores de Henry Ramos Allup y los alcaldes por mampuesto de otros partidos políticos, se juramentaron e inclinaron la cerviz. ¿Son posibles unas elecciones libres con la presencia y sobrevivencia de esta instancia?

2. Un Tribunal Supremo de Justicia que usurpa el derecho y se coaliga con el resto de los poderes públicos para negar la ley y allanar la legitimidad de la Asamblea Nacional, ¿Con ellos al resguardo de la legalidad, se pueden hacer elecciones libres?

3. Una Fiscalía General de la República que expresa y representa la justicia revolucionaria, administra la suerte de los presos políticos y de los que traicionan la revolución. ¿Son posibles unas elecciones libres con la rectoría de esta Fiscalía General de la República?

4. Una Contraloría General de la República que inhabilita de oficio a los líderes políticos que les resulten incómodos. De nuevo pregunto, ¿Son posibles unas elecciones libres con la actuación y hechos cumplidos de este poder público?

5. Una Defensoría del Pueblo que usa y abusa de ese término abstracto (pueblo) para dejar al ciudadano sin posibilidad alguna de defenderse de las mañas y excesos del poder revolucionario. ¿Son posibles unas elecciones libres con esta modalidad de repudio al ciudadano?

6. Una Policía Nacional Bolivariana y unos cuerpos de seguridad especializados en la persecución y represión política, pero que no tiene ningún interés en resguardar las calles y restablecer la seguridad ciudadana, permitiendo los desafueros de los colectivos subordinados al sistema perverso, administradores de la falsa justicia revolucionaria y amedrentadores de oficio. ¿Con ellos “resguardando” garantías y derechos se pueden hacer elecciones libres?

7. Una Fuerza Armada chavista, revolucionaria, socialista, cuyo alto mando mantiene una lealtad perruna, al punto de ir contra los suyos, desconocerles sus derechos y violar su dignidad. ¿Con ellos al frente del Plan República, pueden ocurrir elecciones libres?

8. Unos gobernadores y alcaldes que también persiguen, funcionando como altavoces regionales de la represión institucionalizada por el sistema perverso, tergiversadores de la realidad y participes de la propaganda, la mentira y el saqueo. ¿De verdad alguien cree que ellos pueden ser parte de unas elecciones libres?

9. La presencia de guerrillas, carteles, pranes y encomenderos de la delincuencia, con el control real de porciones del territorio, negadores de facto de la soberanía constitucional, activadores del miedo, ¿Estando ellos actuando con total impunidad, de verdad alguien puede concebir que tengamos elecciones libres?

10. El protagonismo del dinero sucio, que tiene agenda política, que compra y transa liderazgos, que no quiere cambios radicales que le dañen el negocio, que tienen en nómina a varios de los que pasan por ser “de los nuestros”, que son dueños de medios de comunicación, ¿Alguien puede creer que ellos van a permitir elecciones libres?

Porque nos enfrentamos a un sistema perverso, mientras esté vigente, no puede pensarse en elecciones libres. Y por eso mismo, creer que ese sistema perverso puede deponerse por pedazos, peor aún, pensar que el problema es solamente Nicolás Maduro y sus secuaces, pero que el resto del sistema es salvable, incluido el PSUV, no puede ser otra cosa que un nuevo intento de traicionar a los ciudadanos y al país. Eso es lo que se está negociando en Barbados. Nada mas y nada menos que una imposibilidad. ¿O es que alguien cree que puede ser estable una transición democrática en connivencia con las instituciones del chavismo?

Pero el presidente Guaidó cree que él si puede. Aquí nos topamos con el providencialismo mesiánico que siempre hemos denunciado. Deberían ser tratados como traidores a la patria los que le han vendido que su liderazgo se puede imponer “con unas condiciones mínimas”, una nueva composición del CNE, en la que los partidos del G4 se reparten cargos con el PSUV, al que reconocen como par democrático y no como parte de la usurpación devastadora. Debería denunciarse al coro de encuestólogos, analistas y beatas que gritan que sí es posible, que es factible una nueva etapa de fraternidad totalizante, donde unos y otros se funden en un abrazo, que se trata de pasar la página… para que continúe el sistema perverso vigente y se le niegue de nuevo al ciudadano el derecho a optar entre opciones democráticas, al líder que dirija los destinos del país, por un período limitado.

Los sistemas perversos no son susceptibles a la contrición. No cambian. No logran desasirse de la inercia destructiva que los caracteriza. Por eso mismo la necesidad de una ruptura que debe hacerse con el coraje debido. Hay que romper, y hacerlo temprano, porque la tentación siempre está allí, el mal siempre querrá permanecer, y siempre esta dispuesto a reclutar nuevos militantes entre los ingenuos bienintencionados y otros que no son tanto, pero que están allí como coadjutores del engaño. Por eso debemos exigir que el presidente Guaidó se ciña a lo previsto en el Estatuto que rige su actuación, con la secuencia prevista, y el sentido de urgencia que tiene una gestión que no tiene tiempo que perder.

@vjmc