Víctor Maldonado C., autor en Runrun

Víctor Maldonado

En busca del 5-J, por Víctor Maldonado C.

A Luis Barragán

@vjmc 

Doscientos nueve años y un inmenso vacío. Ese sería un epitafio perfecto para un país fallido. Es poco lo que se puede evocar de la declaración de independencia y de aquellas gestas gloriosas que se narran todavía hoy en tono peripatético e infatuado, cuando la realidad es otra. Si acaso hubo independencia, ahora mismo no somos libres. Si alguna vez tuvimos país, en la actualidad eso es poco menos que una nostalgia. Ahora somos más colonia bastarda que país libre.

Y el millón de kilómetros cuadrados que casi somos se lo disputan cualesquiera de las variopintas versiones de fuerza cuyo único interés es el saqueo y la depredación. Hemos vuelto al pavoroso año 1814, cuando las ciudades se vaciaron queriendo huir de Boves, esa tiranía hecha de resentimiento, y que iba montada a caballo para arrasar con todo.

Nuestro éxodo contemporáneo huye de lo mismo, de la reivindicación del odio, capaz de matarnos de hambre mientras suena al fondo la última versión de “patria querida”. La historia sirve para apreciar la secuencia que nos ha traído hasta aquí.

Ahora todo el tiempo del país transcurre encerrados en una terrible cuarentena que hiede a control social y a condicionamiento operante. El miedo a todo y a todos es la negación fisiológica de la libertad y la esperanza. Y no es que alguno piense que la pandemia sea eterna, como sí lo parece ser el control férreo que tiene el caos que nos aplasta bajo el imperativo ideológico tenaz del socialismo del siglo XXI.

La pandemia cesará, solo para indicarnos que no tenemos independencia alguna. Que vivimos la ruina y el fallido en la inmensa soledad de lo poco importante. Pero además lo experimentamos sabiendo que quienes deberían dirigirnos son tan fatuos y escasos, más aun que los que debieron improvisar un rol en aquellos tiempos de nuestra revolución germinal.

¿Acaso tuvo sentido?

Los venezolanos solemos perdernos en los recovecos de una historia mal contada, pero que nos ha acomplejado hasta el presente. Porque ¿cómo podemos volver a ser esos héroes magnánimos que arruinaron sus vidas y haciendas para parir la libertad de todo el continente? Peor aún ¿acaso lo fueron? ¿Hubo alguna vez esa coincidencia de semidioses esclarecidos que se dedicaron a la libertad? ¿Y si no fue así? ¿Si solo fueron intereses, emociones, envidias y desencuentros que al final se sintetizaron en un curso de acción posible, el más posible, el que aprovechó las circunstancias de la debilidad y la confusión de los borbones?

¿Qué pasa si en lugar de ser nosotros los protagonistas de nuestro destino, solamente fuimos la consecuencia de la capacidad rapaz y depredadora del “emperador de los franceses”, que puso de rodillas a una familia real venida a menos por las conjuras internas y el fétido manejo de la sucesión? ¿Y si los interinatos de aquellas épocas, las cortes y la regencia, lo hicieron tan mal que nos abrieron un espacio de justificación de los hechos cumplidos, tan incapaces que eran de comprender nada, víctimas de su propia contradicción, y si, de las brutales embestidas del ejército napoleónico?

¿Qué vamos a responder si llegamos a la conclusión de que para la época el imperio ya no era posible, y finalmente fuimos resultado y no causa, a pesar del guion que dijimos que interpretamos con esa solidez de las proclamas? ¿Y si solo fue una huida hacia ningún sitio? ¿Y cómo podemos justificar lo que después ocurrió? La primera república estaba condenada antes de nacer. ¿Por qué?

Mariano Picón Salas en su ensayo sobre Francisco de Miranda nos va relatando la trama. Para finales de 1810 los saldos eran agridulces. La Junta Suprema no había podido incorporar al movimiento autonomista a Maracaibo, Coro y Guayana. Ellas seguían como garantes del poder español. Divididos llegaron al 5 de julio, y por eso el documento fundamental de la nacionalidad fue suscrito por representantes de las provincias de Caracas, Cumaná, Barinas, Margarita, Mérida, Barcelona y Trujillo.

Un sitio, la capilla del seminario Santa Rosa de Lima. Una hora, 3:00 p. m. “Nosotros, reunidos en Congreso, queremos reafirmar nuestros derechos y autorizar el libre uso que vamos a hacer de nuestra soberanía”. ¿Nosotros?

Al parecer pugnaban tres partidos, digamos que tres puntos de vista sobre las razones y alcances de la movida independentista. No había, por lo tanto, una antorcha de luz que los guiara hacia los senderos inefables de la unidad. Ni luz, ni música de fondo. Cada grupo tenía una apuesta que poco a poco iba a colocar sobre la única mesa posible. Tres partidos y “algunas individualidades sobresalientes y enérgicas como Rivas y Bolívar”, y de seguro, la de Francisco de Miranda.

El primer grupo estaba integrado por “los aristócratas autonomistas que querían aprovechar la excelente coyuntura de la guerra española para mandarse solos”. Picón Salas sigue escudriñando en las razones. “Su vigorosa patria potestad sobre hijos, esclavos, hatos de ganado, haciendas de cacao y tanques de añil, no encuentra otra restricción que la política. Ser poder político, así como ya son poder familiar y poder económico, es lo que en el fondo auspician. Hay buenos y malos hombres en esta primera ficción autonomista”. Como siempre, a un preclaro Martín Tovar Ponte se opondrá un tortuoso e integrante Marques de Casa León.

El segundo grupo estará formado por una juventud ilustrada, y embriagada con la lectura de los textos y autores de la revolución francesa. Estos “sienten, románticamente, el deseo de un cambio; abominan de todo lo viejo, ven en la revolución una maravillosa aventura cargada de sorpresas, y para escándalo de las antiguas familias y los prejuicios vigentes, cultivan la amistad de los pardos y gentes de color. Ellos serán el núcleo dirigente de la Sociedad Patriótica.

El tercer grupo es la reacción. Son los comerciantes y funcionarios españoles que se ven desplazados por el patriarcado criollo, demasiado cerca, y, por lo tanto, una imposición más interesada que el lejano rey. Ellos, y el pueblo mismo, preferían esa justicia y ley aplicadas en nombre del borbón, y no lo que se venía venir, “el ensoberbecido patricio criollo que subrayaba su altanera preeminencia”.

“En nombre de Dios, todopoderoso, nosotros los representantes…”. Así comienza la larga fundamentación encomendada al diputado Juan Germán Roscio y al secretario del congreso, Francisco Isnardi. España no puede seguir rigiendo debido al “trastorno, desorden y conquista que tiene ya disuelta a la nación española”.

No deja de considerarse una larga y exhaustiva lista de agravios, desencuentros y desplantes practicados por los gobiernos de España, que no les dejan ninguna otra alternativa que declarar solemnemente que las provincias unidas de Venezuela son, de hecho y de Derecho, estados libres, soberanos e independientes, creyendo y defendiendo la santa, católica y apostólica religión de Jesucristo, como el primero de los deberes.

El Diccionario de historia de Venezuela de la Fundación Polar señala que el manuscrito original se perdió. Cosas de la larga guerra. No se tiene el original que llevaba las firmas de los cuarenta y un diputados, el sello del congreso, la firma de secretario Isnardi y el decreto refrendatorio suscrito por los triunviros Mendoza, Escalona y Padrón.

Afortunadamente el texto había sido reproducido en El Publicista de Venezuela del 11 de julio de 1811, y en la Gaceta de Caracas del 16 de julio del mismo año. Los primeros cien años de independencia tuvieron como referencias esas fuentes. Pero en 1907 se consiguió en Valencia un libro de actas manuscrito del Congreso Constituyente de 1811-1812. Ese es el que está en el Salón Elíptico del Palacio Federal, que se abre solemnemente una vez al año.

Al llegar Chávez al poder, lo primero que hizo fue abrir el cofre y manipular el libro de actas. Las profanaciones siempre van contra los símbolos. El que haya sido él, debió advertirnos sobre la catástrofe que luego nos iba a venir por él.

Pero antes a alguien se le ocurrió que el mismo día de la independencia se celebrara también el día de la fuerza armada venezolana. Ese maridaje constante entre la ficción militar y una independencia que fue proclamada por civiles siempre ha atentado contra la comprensión de lo que somos, por una parte, y lo que nunca fuimos por la otra.

Buscando el 5 de julio caigo en cuenta de que todas nuestras efemérides se han perdido entre marchas militares, arengas marciales y esa visión epopéyica, ridícula y mentirosa que no nos pone a pensar en las fisuras de lo humano, que bien nos haría saber y reconocer para comprender esta inercia laberíntica que nos asola una y otra vez.

Los días previos fueron obviamente tensos. Tres partidos y dos puntos de vista. ¿Centralistas a favor de Caracas, o federales en desmedro de la fortaleza que iba a ser necesaria para enfrentar una guerra civil pavorosa, y la reacción de un imperio que no iba a quedarse de brazos cruzados? La decisión no fue la más conveniente. Y la república se perdió. Había quienes preferían hacer las cosas con calma, apostando a la progresividad. Bolívar respondía febrilmente que “vacilar es perdernos”. La sabiduría a veces no se lleva demasiado bien con el ímpetu. Miranda, diputado por El Pao, gracias a uno de los varios desplantes de la petulancia caraqueña, observaba con temor. Él quería la independencia, pero sabía de riesgos, y presentía el bochinche.

En el congreso, un arrollador discurso de Miranda a favor de la independencia fue respondido con una bofetada de Ramón Ignacio Méndez. Se fueron a las manos porque los argumentos en contra se habían agotado. La verdad es que declararon dejar de ser colonia española, pero no podían dejar de ser cultura colonial, esa que por más de trescientos años había regido sus vidas.

No es fácil dejar de ser a través de un acta. No es fácil dejar de ser, por más que la emoción del momento suscriba lo contrario.

Esta búsqueda nos confronta con algunos hallazgos: No fueron todos, no estaban claros, no estaban realmente unidos alrededor de un propósito unívoco, no previeron los costos. Fue una época de confusa agitación. El bochinche estaba a la vuelta de la esquina.

El resultado no podía ser otra que “la patria boba”. Una cosa era la declaración de la independencia, además suscrita con la prosa encendida de Roscio, y otra muy diferente encarar la realidad, que tuvo efectos telúricos para los que no estaban preparados los constituyentes.

Mariano Picón Salas lo describe maravillosamente: “la guerra había sido actividad ajena a aquellos patricios caraqueños que gozaron de un mundo tan próspero y pacífico como el de los últimos años del coloniaje. Los capitanes de milicia de la provincia venezolana apenas lucían su hermoso tricornio, su espadín diplomático, su casaca azul, su camisa de seda en las fiestas oficiales, además regidas por el más cortesano ceremonial”. Será la guerra de las primeras sorpresas con que tropezarán los magnates. La guerra y la necesidad de reconocer la capacidad de quien la tuviera, que no todo podía darse graciosamente por el merecimiento de un buen nombre, o por riqueza.

Dos mundos se enfrentaban fratricidamente. Por una parte, los privilegios que pretendían conducir lo que ignoraban. Por la otra, la experiencia comprobada de Miranda, que por pardo, tenía los días contados. Lo odiaban. Le envidiaban su trayectoria. No lo soportaban. Pero más allá de la inquina, del quítate tú para ponerme yo, de la pretensión de que fueran los demás los que pagaran los costos, lo cierto es que después de las proclamas, y más allá de los encendidos debates del congreso, la realidad se iba a imponer y a dar todas las lecciones que fueran necesarias.

El pretender que fue un momento idílico es totalmente falso. Seguían siendo colonia.

Culturalmente restringidos a sus propios fueros, tuvieron que ocurrir muchas cosas para que cayeran en cuenta que el desafío podía atropellarlos hasta dejarlos fuera de combate. Que podía ser más grande que ellos y lo que significaban. Y que nada ni nadie podían asegurarles nada. Que probablemente iban a perderlo todo, que el camino era largo, sangriento y extenuante. Pero, sobre todo, que las categorías con las que trataban de comprender al mundo no les iban a servir. Estaban inmersos en una revolución saturniana, ávida de devorar a sus perpetradores.

Lo cierto es que en los albores de esa primera experiencia de adultez republicana la acción política y militar de 1811 estaba atascada entre el problema regionalista, el de las castas, el problema hacendado, el miedo a la igualdad que en realidad pocos, muy pocos querían, la querella constitucional, y los costos de ese experimento que, invocando a Dios todopoderoso, llamaron independencia.

Desde nuestra época fundacional improvisamos, despreciamos la realidad tal y como es, creemos que los detalles que estorban a nuestros planes, ellos mismos se disuelven. Desde el principio el delirio se posesiona de nuestras decisiones.

A doscientos nueve años mi parecer es que queda poco de esa independencia proclamada. Pasaron cosas. No nos hemos reconciliado con nuestros propios mitos.

Bolívar fue también profanado, no solamente en sus huesos, peor aun, en su significado, quedando sumergido en la vorágine que nunca quiso ser. Su nombre pisoteado e igualado a la peor barbarie posible. Su legado escarnecido. Su pueblo diezmado.

¿No habrá llegado el momento de ofrendarle la paz y el silencio que nunca le hemos dado? Y nosotros ¿advertiremos que llevamos poco más de dos siglos sin encontrar el reposo de la libertad y la verdadera prosperidad, que solo producen repúblicas con instituciones fuertes y un apego irrestricto al derecho? ¿Seguiremos invocando los trágicos espectros del caudillismo, la violencia, el poder mal entendido, la corrupción y el populismo? ¿No tenemos acaso los mismos problemas de la época fundacional?

Mario Briceño Iragorry señaló alguna vez que Venezuela se debía a sí misma un mea culpa colectivo. Porque mientras no adoptemos una aptitud humilde y serena, no seremos capaces de tener la claridad requerida para entender nuestra función social. Yo coincido con el intelectual trujillano en que necesitamos abrirnos a un proceso de sinceridad y austeridad capaz de llevarnos a la salvación de nuestro destino histórico y darnos las razones de nuestro desfigurado rostro presente. No podemos dejar de buscar la ocasión para que ese proceso, doloroso pero fructuoso, se dé alguna vez.

Mientras tanto yo seguiré buscando en el 5J los rastros perdidos de esa libertad que quiero y que no encuentro.

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Razones para la ruptura, por Víctor Maldonado C.

@vjmc

¿Cómo se debe sentir un país enajenado, confinado a ser espacio para el saqueo y la brutal corrupción? ¿Cómo se debe sentir una sociedad anulada, devastada por sus dirigentes, asediada por la ruina, que anticipa por todos los confines un colapso que ya llegó, pero que nos negamos a reconocer? ¿Cómo se va a sentir un país que todos los días comprueba que las promesas no se honran, que los compromisos no se cumplen, que cualquier curso estratégico es subastado al mejor postor?

Hay muchas razones para rechazar lo que está ocurriendo. Pero eso no es suficiente. Hay que buscar las causas y reconocer que tenemos cierta capacidad de dominio para intentar el cambio, si y solo si a nosotros nos parece que hay un problema social que debe resolverse. No es poca cosa. Porque sin esa predisposición a intentar el cambio, podría ocurrir una adaptación a una situación incómoda que favorezca a las estructuras de dominación y se ceben en la integridad del ciudadano.

Dicho de forma más precisa: solo tendremos un problema para resolver si antes declaramos que una determinada situación tiene que ser superada. ¿Qué es lo que hay que superar?

La pregunta no es de fácil respuesta. Nos coloca en la necesidad de discriminar los síntomas de sus causas (otra vez esa palabra, ese llamado de atención a ser radicales). ¿Qué es lo que debemos resolver para que la situación cambie, no solamente de apariencia, sino en su esencia? Porque la realidad indica que la gente frente a los problemas tiene un dossier de respuestas adaptativas.

Uno vanamente puede creer que la sociedad es un rompehielos dispuesto para quebrar cualquiera que sea la resistencia, pero no siempre es así. Frente a una dificultad cada uno lo encara poniendo en juego su capacidad de análisis, su fortaleza para mantener el curso de acción que permite la solución, y todo el coraje que necesita para resistir los embates. Como esa mezcla nunca es perfecta, algunos se la juegan todo para para resolverlo, pero como no somos infalibles, a veces lo exacerban, otras tantas se rinden frente al trance, o tratan de olvidarlo, mientras que otros, ya sabemos, deciden doblarse para no partirse.

La diversidad de afrontamientos personales frente a una misma situación obliga a los líderes a intentar una narrativa social que homogeneice la diversidad de interpretaciones y encaramientos con el fin de lograr la fuerza suficiente para encarar y resolver la dificultad. Para los que quieren una versión preliminar de lo que significa “fuerza”, aquí la tienen: es la capacidad que se despliega para que muchos tengan la disposición de asumir como propia una versión unívoca de una situación social que es propuesta por el líder. Que todos la vean de la misma forma. Que todos la llamen de la misma manera. Pero sigamos. Es también la capacidad que algunas veces tienen los dirigentes para alterar la percepción y evaluación que sobre la realidad tiene la gente.

Pero encarnar una opción de fuerza tiene como requisitos la diferenciación y el contraste. ¿Qué significa asumir un proceso de diferenciación? Significa tener la capacidad para demostrar que hay diferencias, que se encarnan y se asumen sistemas de valores, intenciones, capacidades y metas que son distintas a la de los otros cuando se plantean resolver un problema o allanar una situación.

Eres distinto cuando te perciben diferente, hasta el punto de que, cuando te comparan con los otros, tienen que asumir que hay discrepancias insalvables, oposiciones cruciales, puntos de vista estratégicos irreconciliables, y, por lo tanto, es imposible no tener la necesidad de optar por uno u otro. No hay puntos medios.

Por eso la ruptura es necesaria, porque en este momento de la política, los más peligrosos son los indefinidos.

Aquellos que creen que pueden surfear sobre las olas sin caerse, incluso, manteniendo la estética del hombre erguido y musculoso, pero que, a la hora de la verdad, no pasan de ser versiones alucinantes de la mentira y la mediocridad. En este momento “o eres chica, o limonada”, y asumes el riesgo. Porque los agazapados, los que creen que pueden pescar en río revuelto, los imprecisos, creen que son lo que no son, y creen ver lo que no ven.

Tal y como lo sentencia el ángel apocalíptico a la iglesia de Laodicea: “Conozco tus obras, que no eres ni frío ni caliente. Ojalá fueras frío o caliente, pero como eres tibio, ni frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca. Dices que eres rico, que tienes abundancia, que no te falta nada; y no te das cuenta de que eres desgraciado, miserable y pobre, ciego y desnudo”. (Ap. 3,15-16) ¡El ángel lo dijo todo!

Para hacer ruptura nos encontramos con una primera gran dificultad: la cultura rentística-familística-clientelar-particularista que define a los venezolanos. Con la costra nostra nadie quiere romper. Nadie quiere sacrificar un esquema de relaciones en el que obtiene reconocimiento y prebendas, y fuera del cual nada funciona con las reglas de la afiliación, que son las únicas que saben usar los venezolanos. En Venezuela “tú eres las relaciones que tienes”, y por lo tanto, la pregunta que siempre debe tener respuesta es dónde están los conocidos que reparten poder, influencia y beneficios.

En Venezuela se ha practicado un estatismo socialista de compinches, donde todo el mundo se reconoce familísticamente, y la regla que no se puede romper es precisamente la que impone que nadie puede ir contra nadie hasta el punto de dejarlo fuera, porque así no se trata a la familia. Efectivamente hay peleas y contradicciones dentro del grupo, pero eso sí, que la sangre no llegue al río, “que no haiga peos”, porque de eso no se trata.

En Venezuela la meritocracia que funciona es la del adulador, la del jalabolas, la del compinche, la del que mantiene la armonía del grupo, la del alcahueta y la del relativista moral.

Porque ya ustedes saben, hay que doblarse para no partirse. Y los malos y los corruptos son los otros, porque nuestra propia maldad y corrupción tiene que ocultarse bajo el velo de nuestra propia condescendencia. Vivimos bajo el argumento de los dos raseros.

El problema está en que desde el relativismo y la alcahuetería no se construyen repúblicas, ni se abunda en la modernidad, y tampoco se puede garantizar libertad y derechos. El familismo es saqueo con malas justificaciones. Es populismo depredador y sectario. Es la cultura de la injusticia y los déficits de criterio para valorar al ciudadano. Es la vivencia de la mordaza y la reducción a la servidumbre del bufón, que tiene que vivir en las márgenes de la lisonja y la zalamería. Y por supuesto, la demagógica apelación a la lástima, porque “pobrecito, él, que ha dejado el pellejo, merece nuestra consideración”, aunque sea mediocre, no haya hecho nada, sea un traidor, un corrupto o un indeseable.

En Venezuela el poder y el dinero son los grandes baremos de la más repugnante incondicionalidad, en relación de los cuales está prohibido indagar, preguntar, razonar, considerar o valorar. Es un todo o nada tribal y fisiológico que deja al ciudadano desprevenido en la peor sumisión, y coloca a los liderazgos en la tentación de no romper, sino tratar de surfear las violentas olas del dejar hacer.

Porque si fuera más fácil no tendríamos la política que hoy nos pesa tanto sobre nuestras espaldas. Esa política es la representación más conspicua de lo que somos como sociedad, y de esa asfixia de inconformidad, tristeza y desolación que algunos ciudadanos tenemos. ¿Cómo es posible que dependamos del G4 y sus satélites?

¿Cómo es posible que tengamos tan mala calidad de dirigentes en una asamblea nacional que por eso mismo incumplió, se corrompió, e intentando ser gobierno interino, a través de su presidente, nos ha dado tantas razones para la vergüenza? ¿Cómo es posible que una semana tras otra debamos llevarnos las manos a la cabeza porque cuando no están negociando a espaldas del país están ocupados en sus propios asuntos, que nunca son los del país?

¿Cómo es posible que no exijamos responsabilidad sobre el tiempo derrochado, sobre los recursos recibidos, sobre una gestión tan permisiva? ¿Cómo es posible que nadie se pregunte cómo viven? ¿De qué viven ellos y sus círculos de familiares y amigos? ¿Cómo es posible que aceptemos, como buena la mentira, la tergiversación, el eufemismo y el vacío de sinceridad de este liderazgo? ¿Por qué no marcamos distancia de la futilidad, la improvisación y la falta de reflexión?

¿Cómo es posible que todavía hoy sean ellos los que nos dirigen sin que haya ocurrido rebelión, ruptura, corte radical y expulsión del juego? ¿Por qué seguimos creyendo en milagros súbitos, en “datos confidenciales” que se riegan por cadenas de Whatsapp, en las mascaradas discursivas? ¿Por qué seguimos suplicando que haya unidad, como si la unidad exculpara o absolviera los déficits de carácter y compromiso de los defraudadores de nuestra confianza?

¿Cómo es posible que no vomitemos a los que firman hoy una cosa y mañana otra, a los que se bambolean en la ponchera de sus propios intereses, que antier se abrazaban, ayer endosaban y hoy dicen que se oponen?

¿Saben cuál es el común denominador de todas las respuestas a esas preguntas? Que todos ellos cuentan con nuestra desmemoria. Nuestra pertinaz indulgencia, nuestro arraigo caudillista, nuestra predisposición servil. Y ese aturdimiento social que quiere forzar una relación carismática donde no hay esa energía extrema que pueda posibilitarlo. Ellos nos suponen erotizados, atolondrados y miserables. Ellos pretenden nuestra solidaridad automática, esa que nos hace comportar como familia mafiosa y no como república liberal. Pero ¿somos eso que suponen y pretenden?

Romper es apostar a tres situaciones incómodas pero necesarias: a la soledad que se provoca cuando nos quedamos sin referentes; a la necesidad de comenzar de cero en la lucha por la liberación del país; y a la necesidad de replantearnos la cualidad que deberían tener los nuevos liderazgos, sin caer en la trama perversa de sustituir un caudillo por otro. Y todas estas decisiones suponen el dolor de la separación, del marcar distancia, de la reconstrucción del sistema de valores, y de la exigencia de responsabilidad y justicia.

O rompemos o estamos condenados. Porque estos políticos no son nuestros liberadores. Son nuestros carceleros. Se lucran de nuestra desdicha. Han convertido nuestro desierto en su empresa.

Les interesa nuestra desmoralización para que no caigamos en cuenta de sus verdaderas intenciones. Sus programas son la continuación del saqueo estatista. Su discurso es la connivencia institucionalizada en un “gobierno de unidad y emergencia nacional”. Su práctica es la complicidad en competencia corrupta. Su mérito es el tiempo perdido y entregado como ofrenda al ecosistema de relaciones perversas a la cual pertenecen. Y nuestro aporte es, ya lo dijimos, la conmiseración con la que los tratamos. Pero romper ya va siendo cuestión de vida o muerte.

En este caso no vale hacer el intento de Abraham para salvar a las insalvables Sodoma y Gomorra. ¿Se puede salvar un sistema de relaciones perversas porque suponemos que hay un justo en medio de ellos? ¿Es que acaso “ese justo” no ha tenido tiempo para reflexionar, para apartarse, para denunciar la trama perversa, para pedir justicia y luchar por la libertad? ¿Es que acaso la omisión interesada, la permisividad agazapada, el colegiar la perversidad, no provoca responsabilidad? ¿Van a decir que no sabían nada?

¿Cuánto más debemos esperar por su conversión? ¿Cuánto más vamos a sostener una institucionalidad parlamentaria que se ha vuelto progresiva e irrevocablemente espuria?

¿Cuándo vamos a dar una lección de madurez y arrojo político que haga la diferencia? ¿Cuándo vamos a dejar de sentir la pajita para apreciar la viga que pesa sobre nuestro ojo y nos niega la visión de la realidad? ¿Cuándo vamos a dejar de castigar a los que tienen una mirada radical y crítica sobre nuestro proceso político?

No se avanza más porque hay un sistema de intereses creados en salvar el particularismo venezolano. Los caza rentas son variopintos, la renta que se percibe también. Algunos no quieren perder posición, otros no quieren enfrentarse al escrutinio de su grupo de amigos, otros no quieren perder su privilegiada capacidad de saqueo, otros no quieren perder la oportunidad de llegar al poder. Los intereses creados se encarnan en creencias y prácticas asociadas a la lealtad perruna y a la exclusión de los que piensan diferente.

No hay institución venezolana que no esté al menos rasguñada por la tentación mafiosa que pretende el unanimismo impracticable y una sumisión primitiva a la palabra y designios del grupo que toma las decisiones. Un particularista nunca hará justicia porque no cree en criterios de valoración universal. Un particularista nunca creará instituciones porque la abundancia institucional les resta poder y los pone en evidencia. Un particularista nunca será el heraldo de la libertad sino el reemplazo de la tribu con la que compite en la caza de la renta nacional. Porque no tiene ética sino amigos, gente en la que puede confiar, y los otros, a los que desplazan.

Debo finalizar con lo que en 1969 escribió José Luis López Aranguren sobre la crisis moral, que a veces se confunde con una crisis política: “Es una crisis consistente en desmoralización. Desmoralización de los vencidos, originada en la impotencia, o en la conciencia -justa o errónea- de la impotencia. Desmoralización de los ‘vencedores’ cuyo proyecto se limita, desde hace mucho tiempo, a la conservación a todo trance del poder. Y desmoralización de los ciudadanos, al margen de la política que, como masa neutra, apoya de modo pasivo a los detentadores del poder. Porque solo están pensando en su propia condición de sobrevivientes”.

Es una crisis moral que debemos atajar intentando la ruptura para la que tenemos muchas razones.

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El trabajo en socialismo es la servidumbre, por Víctor Maldonado C.

@vjmc 

Es inútil ir contra las efemérides. En la Venezuela del 2020 todavía el día del trabajador es feriado, y todos aprovechan la oportunidad para hacer loas al obrero y alabar el genio del trabajador. No deja de ser extraño que sea feriado el cuadragésimo octavo día de un encierro que amenaza con prolongarse más allá de la capacidad de resistencia de la mayoría de los ciudadanos. Un feriado sumergido en un detente de la vida que dice celebrar lo que casi ya no existe.

Los socialismos son especializados en el destruccionismo. Son el ejercicio contumaz de esa prepotencia que transforma a los políticos en planificadores centrales, o sea, en los que pretenden doblegar la compleja realidad, constituida por millones de interacciones entre millones de personas, para reducirla a una matriz de insumo-producto que quiere ser el alfa y omega de todas las cosas.

Pero no solo quieren determinar la realidad a sus cálculos sobre la felicidad y la justicia. También quieren ser los propietarios de todos y también de sus propiedades. Los socialistas, prevalidos de la fuerza ejercida con rasgos psicopáticos, te proponen una oferta que no puedes rechazar: cambiar tus grados de libertad por servidumbre “benevolente”, administrada por un estado todopoderoso que, sin embargo, solo te plantea como alternativa la muerte si es que se te ocurre intentar la disidencia.

¿Cómo alguien puede pensar que ocurra el trabajo como hecho social en un ambiente determinado por el exterminio de la libertad?

El sistema de mercado es, al igual que el Estado, un método para coordinar y controlar el comportamiento de la gente, mediante interacciones favorables cuyo mediador universal es el dinero. Ud. solicita un servicio, lo paga y, a cambio, lo recibe. El estado socialista se lo devora para quedar como la opción totalitaria. Por eso en los socialismos el dinero deja de tener valor y los mecanismos de intercambio son penalizados.

Un sistema de mercado existe cuando los mercados proliferan y se interrelacionan unos con otros de una manera muy peculiar. Este orden peculiar, cuando se logra, tiene el objetivo de organizar y coordinar buena parte de las actividades de una sociedad, mediante las interacciones mutuas de los compradores y vendedores. La señal de lo valioso no es un decreto, ni una ideología. Es el precio que se transa. Obviamente, detrás de millones de transacciones ocurre el milagro del capital, resultado del trabajo continuo y sistemático y de la inversión productiva.

Detrás de los bienes y servicios que se ofrecen en el sistema de mercado está el mercado laboral, donde se ofrecen y se demandan talentos que se transan por un precio que se llama salario. Sin sistema de mercado no hay posibilidad de imaginarnos un mercado de trabajo, solo desempleo, informalidad, grandes grupos de ciudadanos que son perdedores netos y un sistema de servidumbre que se ceba en la necesidad de sobrevivir que tienen los seres humanos.

La planificación central con toda esa parafernalia de proclamas, decretos y propaganda, que son la negación forzada de una lógica masiva que quiere ser la intérprete irrevocable de todas las expectativas sociales. Como no puede, le toca aplicar la simplificación autoritaria: salario mínimo, bolsas CLAP, cadenas nacionales de radio y televisión, censura generalizada y morral tricolor. Los ciudadanos quedan reducidos a categorías operacionalizables y a condiciones mínimas de supervivencia.

Un sistema de órdenes centralizado no es capaz de superar la eficacia de las interacciones mutuas, en forma de transacciones. Un ejemplo notable es la comparación imposible entre la telefonía estatal (que no existe) y la competencia privada (que tampoco existe al estar regulada y controladas sus tarifas). Porque solo mediante este sistema global de transacciones, propia del sistema de mercado, se puede lograr una asignación eficiente de las tareas, habida cuenta de que es una sociedad entera la que debe coordinarse, y es necesario obtener el fruto de muchas – casi infinitas – tareas diferentes.

Sin un sistema de mercado complejo, no hay trabajo. Porque el trabajo es la forma del hacer posible la satisfacción de la oferta y de la demanda. Si esa lógica resulta obstaculizada hasta casi exterminarla, desaparecen las empresas y con ellas desaparecen los empleos, los bienes y los servicios, se produce escasez e inflación, y al final nos conseguimos con que “solo tenemos patria”. O sea, ese socialismo tóxico que le importa poco inmolarnos a todos para ellos preservarse en el poder y seguir saqueando nuestro presente y nuestro futuro.

Entonces ¿Qué es lo que estamos celebrando hoy? ¿En serio somos capaces de hacer loas al trabajo que no existe, al sistema de mercado aplastado por el destruccionismo socialista, a la falta de un mercado robusto que demande talento para resolver problemas? ¿En serio hay algo que celebrar? ¿En serio tenemos que acompañar la solicitud de reivindicaciones imposibles de pedir a un régimen que supuestamente desconocemos por usurpador? 

Un país sin economía, sin sistema de mercado, sin mercado laboral, no debería hacer de este día nada diferente a un silencio luctuoso.

Por eso mi llamado a que conquistemos el primer bastión de la liberación, que no es otro que el sentido de realidad. Si no sabemos qué vivimos, cuáles son sus causas y sus terribles consecuencias, nunca podremos descifrar el laberinto en el que parecemos irremisiblemente perdidos. El rechazar una efeméride irrelevante podría ser el primer paso.

Caracas, 1 de mayo de 2020.

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Caracas en aparente rebeldía, por Víctor Maldonado C.

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En casa dividida lo seguro es la ruina

Fernando VII, el rey borbón de principios del siglo XIX, nunca la tuvo fácil. Tal vez cosas de la época, de su propia personalidad y la de su padre Carlos IV. No hubo entre ellos una sucesión natural, esa que ocurre al morir el rey y le sucede su hijo, sino que ocurrieron conjuras, abdicaciones, rendiciones, perdones exigidos y obligados por las circunstancias, y de paso la circunstancia más turbulenta de ese siglo en toda Europa: la presencia invasora de las fuerzas de Napoleón Bonaparte, quien toma España aprovechando la debilidad de una dinastía víctima de contradicciones endogámicas y de la debilidad de carácter de quienes querían reinar, pero no gobernar.

No debe haber sido fácil para los súbditos españoles de aquel entonces ver cómo en una ciudad francesa, Bayona, ocurrieron en un solo día (7 de mayo de 1808) las abdicaciones seriales de Carlos IV y su hijo Fernando VII a favor del emperador de los franceses, que gobernó por intermedio de su hermano hasta marzo de 1814. Obviamente los hechos políticos no ocurren de súbito. Antecedentes, procesos, cálculos estratégicos, delaciones, traiciones y la mirada aterrada ante el prestigio del más importante general de la época, probablemente se confabularon para provocar este interregno que interrumpió la placidez del dominio imperial sobre las américas que había durado más de trescientos años. En política, los espacios de debilidad son tomados por la fuerza por quienes exhiben mayor capacidad de dominio.

Los vacíos de poder se llenan

Los españoles nunca reconocieron al usurpador. Pepe Botella, así apodado, se vio rápidamente competido en términos de legitimación y legitimidad por una sucesión de cuerpos colectivos que se decían representantes de los derechos del rey Fernando VII, cautivo en Francia. Las más representativas fueron el Consejo de Regencia y las Cortes de Cádiz, que se instalan entre enero y septiembre de 1810, siempre con el asedio de las contradicciones internas y la persecución del ejército invasor.

Para la época Caracas era una ciudad de unas cuarenta mil almas. Las noticias no llegaban tan rápido, pero poco a poco fue siendo evidente que algo estaba pasando en la metrópoli. Los mantuanos tenían años inquietos. La conspiración fallida de 1808 ya dejó entrever la confusa posición en la que se mantenían. Todos, por supuesto, juraban a viva voz lealtad a su rey, de quienes querían ser los protectores de sus derechos dinásticos, pero todos tenían otras pretensiones. Francisco de Miranda se había convertido en un gran instigador, cuyas cartas caían en saco roto porque todavía en aquella época pesaban mucho las diferencias entre los grupos sociales, y los mantuanos no iban a endosar sus proyectos a alguien que no fuera uno de ellos. Había mucho ruido y a la vez mucha sordina, pero de alguna manera se intuía que los franceses seguían avanzando hasta cercar cualquier iniciativa que le significara competencia.

La mentira nunca es secreta

Vicente de Emparan y Orbe, a la sazón gobernador y capitán general de la provincia de Venezuela, trataba de morigerar la situación. Sabía de la inquietud conspirativa de los principales de la ciudad. El 2 de abril fue delatada la conspiración de la Casa de la Misericordia, pero el gobernador, por lo visto muy seguro de sí mismo, mandó a confinar en sus haciendas a los involucrados, entre los que estaban los hermanos Bolívar. “No pasa nada en España. Aunque no he recibido noticia alguna en los últimos dos meses, no tenemos por qué asumir lo peor”. Y así lo mandó a reproducir en la Gaceta de Caracas del 13 de abril. Pero al día siguiente llegó a Puerto Cabello un buque español con noticias contrarias. Sevilla fue tomada por los franceses, la Junta Suprema de España fue disuelta y se ha creado un nuevo Consejo de Regencia.

También llegaron a Caracas tres heraldos de ese consejo de regencia con copia de una alocución que ese cuerpo había dirigido a los españoles de América en ocasión de la convocatoria de las Cortes de Cádiz: “Desde este momento os veis elevados a la dignidad de hombres libres… vuestros destinos están en vuestras manos”. Emparan seguía jugando al secretismo. Dijo que había recibido información muy importante de España, pero no soltó prenda. Sin embargo, fue inútil. A partir del 18 de abril todo fueron reuniones para planificar la constitución de una Junta en Caracas. Al día siguiente era Jueves Santo, día idóneo porque el capitán general tenía que ir junto con el Cabildo Municipal a la catedral. No había arzobispo en la ciudad desde la muerte de Francisco de Ibarra. Así es el destino, porque esa circunstancia permitía un mayor protagonismo a los cuadros intermedios, como el canónigo de la catedral caraqueña José Cortés de Madariaga. Otro sacerdote ganado para la causa era Francisco José Rivas, hermano de un agitador de calle llamado José Félix.

Camarón que se duerme…

Emparan nunca se lo creyó. Más bien parecía tranquilo. Y mira que le llegaban evidencias sobre la actitud revolucionaria de los mantuanos en coalición con los pardos. Pocos españoles seguían siendo leales a las instituciones tradicionales de la Corona, mientras que la mayoría estaba maniobrando la situación para asumir el poder, y quién sabe, lograr la independencia. Para ello, lo primero era implantar otra referencia para la cual sobraban los gobernadores y capitanes generales. El 19 de abril todo estaba cocinado. La revolución había tomado un curso irreversible con el que obviamente no podía tener nada que ver quien había sido designado por el rey para gobernar en su nombre. No valieron argumentos. Emparan se retira al ver inútil mayores esfuerzos, pero en el camino aprecia a una ciudad amotinada y, lo que resultó peor, unas fuerzas militares en franca rebelión. Solo le quedaba su auctoritas y la apelación a la ciudad. ¿Quieren que siga mandando? El canónigo sirvió de guionista para un no rotundo que, sin embargo, tuvo su momento de vacilación. Todos sabían que estaban deponiendo al rey aun cuando decían que iban a proteger sus derechos.

En el acta que se redactó el mismo día consta la impronta revolucionaria: el gobernador y capitán general, el intendente del Ejército y Real Hacienda, el subinspector de artillería y el auditor de Guerra, así como la Real Audiencia, quedaban privados de mando que ejercían, a la vez que se suprimían todas esas instituciones. Como siempre, el pueblo inconsciente de sus propios haceres, ante la lectura pública del documento, gritó “Viva nuestro Rey Fernando VII, nuevo Gobierno, Muy Ilustre Ayuntamiento y Diputados del pueblo que representan”. Ese era el grito, sin embargo, poco a poco los revolucionarios comenzaron a cantar otras estrofas invitando a que todo el continente siguiera el ejemplo que Caracas dio. Obviamente este solo era la parte inicial de un principio que a la larga resultó borrascoso.

Epílogo o moraleja

Hace doscientos diez años ocurrieron cosas importantes. Luego de trescientos años de dominación la metrópoli lucía exhausta, carente de hombres de estado y víctima de las contradicciones de una dinastía que sufría los efectos de su propia degradación. La virtud de aquellos venezolanos fue ver la oportunidad y tomarla a pesar de todos los riesgos que ello significaba, y que al final los arrasó también a ellos.

Coincido con Mariano Picón Salas cuando señala que “hubo en ese momento del siglo XIX un potente núcleo de suramericanos que, contra todo designio, pusieron cerebro y corazón animoso para que empezásemos a ser dueños de nuestro propio destino nacional. Pero esa lucha no se cerró en Ayacucho; es proeza que revive contra peligros y armas distintas en cada generación”.

Doscientos diez años después los venezolanos vivimos un momento muy oscuro. Nuestros héroes han sido convertidos en fetiches del mal, invocaciones satánicas que se nos imponen para reducirnos a esta servidumbre tan brutal. Nuestros himnos son ahora un canto contrario a lo que alguna vez significaron. Nuestros panteones han sido profanados y nuestra historia tergiversada. Por eso vale la pena hacer homenaje a ese momento y a esa sensación de atrevimiento, ruptura, desafío y coraje que esa generación de venezolanos nos dejó como legado.

Nuestro país no comenzó con Chávez, ni la historia contada por el socialismo del siglo XXI tiene que ver con lo que ocurrió en realidad. Por eso, el 19 de abril deber servirnos a todos para abrir de nuevo un libro y con la curiosidad del caso volvernos a reencontrar con lo que realmente ocurrió, cuando la palabra libertad comenzó a balbucearse con todas las imperfecciones del primer aprendizaje hasta llegar a ser lo que es hoy, de nuevo una aspiración que inspira porque nos sabemos ajenos a ella, y porque tenemos claro que su reivindicación será el objetivo de nuestras próximas batallas.

 

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La oración en el silencio de la noche, por Víctor Maldonado

@vjmc 

Todo silencio, todo vacío. La ciudad está desolada. O al menos eso parece desde la imaginación insomne. Cualquiera diría que las ciudades están tristes cuando carecen de esa algarabía que siempre se oye al fondo. En nuestro caso este silencio denota la tristeza que es la acumulación de la desesperanza que todos cargamos encima y que, sin embargo, no nos quita capacidad de lucha y de mantener el esfuerzo de soñar un país mejor. En este afán hemos envejecido todos, incluso los más jóvenes que han debido asumir una madurez que todavía les falta para encarar desde su arrojo esta maldición que significa vivir al día, sin saber a dónde nos lleva este mar grotesco y arbitrario en el que se nos ha convertido el país. Somos la paradoja de saber cómo estamos y a pesar de eso, no resignarnos. El mal totalitario parece regir entre la persecución a la libertad, la dispersión de los ciudadanos, el exterminio de cualquier recurso que rinda tributo a la vida y la exhibición morbosa, por parte de ellos, de una forma de vida donde todo es tentación y excesos.

El demonio es exterminio, tentación y cínica indiferencia. Tienta con el dinero fácil mientras concede a cambio el infeliz atributo de la indolencia que mata la conciencia. Ellos padecen otro silencio más demoníaco, nada escuchan, ni el reclamo por justicia, ni los gritos que imploran ayuda, ni la tragedia del hambre, la desesperación o la muerte. El silencio de ellos es la única contraprestación que reciben por estar al servicio de la destrucción. Ese dinero robado, el saqueo de los recursos del país, la delación interesada, la tortura, el manoseo de la justicia, el placer extremo, el descontrol de los instintos, todos esos excesos son de ellos, tanto como el hambre del niño que esta noche no puede comer, de la viejita que se deshace entre la soledad y la incomprensión de lo que está ocurriendo, y de todos aquellos que sienten miedo. Ese dinero transformado en placer y en dolor, en goce y en restricción, en desvarío y en tristeza, en algarabía narcisista y en la quietud del hambre, sed y soledad, todas estas contradicciones y dicotomías son los extremos de un mismo camino y la ruta de un mismo caminante, que es perverso y depredador. La ciudad silenciosa vela y pide que Dios aparte de su boca ese cáliz lleno amargura. La ciudad está también triste hasta la muerte, se sabe rodeada de lobos hambrientos. ¿Quisimos pasar por esto? ¿Hicimos caso omiso de las señales que nos indicaban que esto era lo que venía? ¿Abrimos el redil a los falsos pastores? Todo estaba escrito. La noche, su silenciosa tristeza, evoca un insoportable vacío de Dios. Los falsos pastores nos lo han arrebatado.

Condenados a muerte

Un país sin derechos tampoco puede respetar la dignidad de la vida. ¿En qué momento fuimos condenados a esta muerte por sorteo? ¿Cuál fue la decisión originaria, el momento raíz que desató todo el caos que ahora vivimos con angustia? ¿En qué sitio se perdió la compasión por el daño abstracto, ese que no nos toca aun, ese mal que afecta al otro lejano de nosotros y que, sin embargo, también es venezolano? ¿Cuándo nos dejó de importar la suerte de los que se fueron cruzando los dedos, esperando que nada pudiera ser peor que un país sin ley, sin economía, sin moneda, sin trabajo, sin alimentos, sin luz, sin agua, sin seguridad, sin telecomunicaciones, sin señales de cambio? ¿Cuándo a los que se fueron les dejó de importar el trajinar de los que se quedaban atrás, con la mirada perdida en un horizonte irreplicable, replanteándose la vida, ahora más precaria, con más soledad y con menos oportunidades? ¿Cuándo dejó de importarnos el niño que se vio abandonado por la fuerza de las circunstancias, porque sus padres se fueron con la promesa de mandar para una comida que ahora falta en la mesa, y que se suma a la escasez de abrazos, la carencia de afectos, y a la nostalgia creciente porque la promesa no fue el desamparo sino el estar juntos para afrontar una vida que no es promesa sino sentencia? La pandemia es solamente la última línea de una condena certera en un país desvencijado, descoyuntado, con ciudadanos transformados en rehenes y siervos descartables. Reos somos de muerte, aun siendo culpables, porque el mal tan afianzado ya no es capaz de discriminar. El niño mira desde su rincón y llora la falta de sueños a la que ha sido condenado.

La cruz a cuestas

Desde la noche que transcurre insomne ratifico el pacto con mi propio silencio. Mantener, en la medida de lo posible, una ficción de normalidad cuando todo es ambiguo, turbulento e inexplicable. No es una noche agónica. Esa es precisamente la tragedia. Nada transcurre. Todo está detenido mientras avanza esa nebulosa falta de certezas para la cual no hay preguntas, mucho menos respuestas. El peso es infinito y a la vez liviano. Se debe cargar, pero no se puede soportar sobre los hombros. Todo consiste en eso, en seguir adelante sabiendo que la cuesta es interminable y que, si acaso tiene fin, ella concluye en el mismo Gólgota de incomprensiones. En eso consiste el peso, en la imposibilidad de cálculo, en la negra noche que lo cubre todo, incluso la capacidad para imaginar el futuro. Y, sin embargo, no tengo una convicción más firme que seguir avanzando con serenidad en la ruta que me toca, como si nada estuviera ocurriendo, como si la cruz no fuera tal.

La noche acompaña todas las cavilaciones que vienen en tropel cuando ni siquiera estamos preparados para las preguntas cuyas respuestas sabemos y no sabemos. ¿Esto pasará? ¡Todo pasa! ¿Sobreviviremos a esta época y lucharemos porque la otra que venga aplaste el mal que hoy nos somete? ¡El mal es esquivo e impreciso! ¿Y mientras tanto, qué pasará con mi vida, mis afectos, mis proyectos, mi futuro? La única respuesta es esta cruz que pesa y no pesa, que cargo y no cargo, que tiene ruta y que no tiene sendero, y que siempre culmina en el Gólgota. Preocúpate por la cruz de hoy, por la que sientes esta noche, por la que acompaña tus silencios. Reza y pide a Dios que te dé fuerzas para seguir adelante. Y pídele que te deje dormir, que los sueños sean benignos y te dejen imaginar la libertad que entre tanta oscuridad todos hemos perdido.

Todos tenemos una primera caída

Cargo mi cruz, pero me siento agobiado. ¿Y si huyo de todo esto y me salvo yo? ¿Y si me entrego definitivamente al mal que vive tan bien? Allí están ellos, los que tienen el látigo en la mano y no son nunca la espalda que maltratan. Cerca está el que reparte y se queda con la mejor parte. El que tiene acceso a gasolina, divisas, alimentos, carro, mujeres lindas y paseos a Los Roques. En la esquina, al comenzar la dura cuesta, sonríen porque se sienten más allá de cualquier alcance. Ellos son la revolución impune, la que gana con nuestra perdición. La que todavía se ríe, canta y goza. Ellos sí tienen futuro. Yo solamente tengo este madero que me pesa tanto y me hace tropezar. Ellos son ese traspiés que ahora yo quiero con demencia febril. ¿Y si lanzo lejos esta cruz tan pesada y me abrazo a sus pies, juro lealtad y agarro la vara con la que me amenazan para ser yo el que golpee a los demás? Me pesa la tentación más que la cruz misma, y caigo. Desearlo es solamente el principio. ¿Y por qué no? ¿Por qué ser yo el perdedor si puedo hacer que sean los demás los perdidos? Mi hijo me saca de mis delirios. Me dice ¡Vamos, yo te acompaño! Me levanto y sigo adelante, con la cruz a cuestas, comprometido con la ruta, agradeciendo el susurro de Dios que me salva del desvío.

El cuarto mandamiento

Ser viejo no significa que seas descartable. Este camino está empedrado con falsos dilemas. En el camino de mi propio calvario me consigo con algo extraño. Mi madre es la que llora por mí. Debería ser lo contrario, pero ¿quién decide la vida y la muerte de los demás? ¿Quién es capaz de condenar a la muerte al otro? ¿Quién toma la determinación de que son ellos, padres y abuelos, los que no tienen otro derecho que su propia suerte al momento de sobrevivir a la enfermedad? ¿El que tiene esa potestad lo haría con su madre, su tío, su abuelo, su padre, su hermano mayor? ¿Quién te confirió juez y señor hasta hacerte repugnante al “no matarás”?

Esta cultura del descarte de los que sirven menos ha construido una ciudad donde en cada esquina huele al acre abandono llevado hasta sus últimas consecuencias. Honrar es ahora una liturgia de las distancias. La vida se ha convertido en esa pantalla que luce tantas veces como un escudo que nos protege de la realidad. Hoy condenamos a muerte a los débiles, a los que no se pueden defender, y con eso relativizamos derechos que para nosotros son inalienables e imprescriptibles, pero que para los demás son condicionales porque los hacemos depender de nuestra propia conveniencia. Mientras tanto, mi cruz se ve confortada porque allí está ella, velando mi paso, honrando esa vieja promesa del amor incondicional que con tanta facilidad apartamos ahora. Yo sigo de largo. Señor, danos una buena vida y muerte apacible. Que no sea yo el que descarte ni mucho menos el descartado. Que al momento de la despedida final pueda estar acompañado y que no sea el abandono el único compañero.

¡Ayúdame!

Me pesa tanto que no voy a poder llegar. Esta noche de oscuridad absoluta me siento más débil y frágil que nunca. Solos no podemos. No hay forma de seguir erguido, con este peso, recorriendo un camino tan tortuoso. ¡Ayúdame por favor y hazme justicia! ¡Ayúdame y déjame coger un respiro! ¡Regálame al menos un minuto de descanso! Otórgame un halo de esperanza, ven y lucha conmigo. Rescátame para que mi carga sea más llevadera. No quiero que entiendas mal. No quiero que lleves mi cruz. No quiero cargarte con ella. Solo quiero que el peso se alivie, quiero que tú hagas el camino, y me alejes de la cima del monte donde el mal quiere verme crucificado. Al final llegaré allá, encontraré mi camino y cumpliré la voluntad de Dios. Lo haré con dignidad y en su momento. Pero ahora apiádate de mí, préstame tus manos, confíame tus hombros, dame tu fuerza, y tal vez juntos seamos capaces de replantear nuestro destino. Ayúdame porque solo no puedo.

La oscuridad ya no me deja ver

Ten compasión y déjame ver. Ven y limpia mi rostro de tanta penumbra. Quiero poder saber en qué consiste esta trama que el mal ha hilvanado con tanta paciencia. El engaño original, los pactos fraudulentos, las promesas incumplidas, la perversidad del que te ha mentido, el uso de la fuerza para aplastarte, el miedo para inmovilizarte, el hambre para que no tengamos fuerza, la separación para que perdamos de vista las razones por las cuales seguir luchando, la muerte exhibida en toda su atrocidad para saquearnos el pudor. El olvido y la indiferencia como una epidemia que nos permite el abandono sin arrepentimientos. Lávame el rostro y déjame ver con claridad lo que es malo, lo que es bueno, lo que se puede perdonar, lo que no podemos olvidar y los hechos que debemos administrar con justicia. Lávame el rostro y déjame ver cuál es el camino y cuál es la perdición.

No llores por mí. Compadécete de tu propia suerte

Ya es tarde para resolver lo que está a punto de consumarse. Me verás caer mil veces más. Verás cómo se juegan la suerte para disputarse lo que yo valoro, mi libertad y un ambiente de justicia y memoria que no pierda de vista la iniquidad. Verás cuando los malos se disfracen de apropiados para seguir gobernando. Tendrás que soportar la sorna y la bajeza. Te quitarán lo tuyo cuando ya no tengan nada más que arrebatarme. Y serás testigo silente, ¿e indiferente?, de mi muerte, de muchas muertes, de las que son abandono, apatía, las que se provocan cuando insistes en voltear la mirada, cuando aplaudes las falsas victorias, cuando te abandonas a la comodidad de tu propia cobardía y cedes, concedes y te dispones a convivir con el mal que te aplasta. No llores por mí porque es cuestión de tiempo que seas tú el que se transforme en víctima. No llores por mí, porque estoy a pasos de ser un todo consumado, una cabeza caída en sus hombros, muerta, irreversiblemente muerta. Llora por ti, por tu absurda ceguera.

Volvemos al mismo silencio de la noche

La ciudad continúa oscura y taciturna. Pero todos nos sabemos insomnes y víctimas de las mismas preguntas que no queremos hacernos, y de esas respuestas que no queremos darnos. La ciudad confunde. Silencio no es sosiego. Es grito de desolación, porque la muerte no claudica, el hambre no espera, la enfermedad no cesa, la desesperación no se atenúa. ¿Dónde está el Dios compasivo que en esta noche parece tan distante? ¿Por qué nos sentimos tan abandonados, tan yermos? Son preguntas que evaden, son falsas interrogantes que nos quiere colocar en un umbral de comodidad que no merecemos. No es Dios el que está fallando. Somos nosotros los que estamos lejos y por lo tanto no alcanzamos a ver.

La vida se aprecia en perspectiva o no se ve bien. Llegar hasta aquí es una demostración de fortaleza indómita. Llegar sin haber caído en la tentación del extravío o de la entrega al mal, es la demostración de que Dios ha permitido que nos mantengamos invictos. Dios susurra en nuestras mentes y corazones, mientras habla con el ejemplo de los que nos rodean. Se expresa en el coraje del que no se inclina ante el mal a pesar de los costos. Te hace ver que está allí, en el padre que no abandona a sus hijos a pesar del hambre. Y de los hijos que no dejan morir a sus padres en soledad y desprecio. En los médicos que arriesgan su vida para salvar a otros. En los que comparten su pan, aunque sea escaso. Y en los políticos que no ceden, ni transan, ni se callan. La noche no puede ocultar una ciudad que nos da lecciones.

Dios está allí, en el camino de nuestras dudas que milagrosamente se transforman en certezas. Está en nuestras caídas y en nuestras ganas de levantarnos. En nuestra mirada compasiva tanto como en nuestra santa indignación cuando pedimos que el cielo nos conceda justicia. Se refleja en la verdad, y en el testimonio que se da a favor de la verdad. Dios está en nuestro coraje cotidiano, cuando no nos reducimos al silencio, cuando el insomnio no nos impide deliberar y rezar. Dios está en los exhortos de Juan Pablo II, que nos precedió en la experiencia del comunismo, y que nos pide que no caigamos víctimas del miedo porque “el miedo es el primer aliado de los enemigos de la causa. Obligar a callar mediante el miedo, eso es lo primero en la estrategia de los impíos. El terror que se utiliza en toda dictadura está calculado sobre el mismo miedo que tuvieron los Apóstoles. Cristo no se dejó aterrorizar por los hombres. Saliendo al encuentro de la turba, dijo con valentía: Soy yo”. Dios está en la pregunta que resuena como un trueno en la noche oscura que nos impugna ¿Y tú? ¿Y yo?

¿Dónde está Dios? En nuestro compromiso con la verdad, en nuestras ganas de proclamarla, aunque sea una verdad dura, complicada, problemática, tajante, peligrosa. Proclamar la verdad sin oportunismos, sin edulcorarla, sin la falsa apariencia de la diplomacia. Juan Pablo II, que como nosotros hoy, vivió alguna vez la maraña totalitaria, el mal exterminador en todo su apogeo, nos impugna y nos empuja a “dar testimonio de la verdad, aun al precio de ser perseguido, a costa incluso de la sangre, como hizo Cristo mismo…” Esa es nuestra cruz esencial y la presencia de Dios en medio de nosotros, si algo hay que hacer, si en la noche oscura te preguntas ¿cuál es la propuesta? ¿qué puedo hacer yo? La respuesta es sencilla: proclama la verdad, no le hagas concesiones al miedo, esgrime la verdad y lucha porque sea la verdad la que se imponga, porque solo un estrecho compromiso con la verdad nos hará libres.

¡Que la presencia de Dios nos de la fuerza para seguir adelante!

Jueves Santo, 9 de abril del 2020.

La fuerza demoledora de la realidad, por Víctor Maldonado C.

@vjmc 

¿Qué es la realidad? La realidad es la verdad, el espacio de la experiencia donde todo se pone a prueba, los planes, las promesas, la fidelidad y la esencia de las personas. En este plano de la experiencia vital lo que es, es. Y llegado el momento, la realidad pasa factura. Como lo advierte la fábula de la cigarra y la hormiga, si no te preparas apropiadamente para los ciclos cambiantes de la vida, más temprano que tarde caerás en las redes de tu propia desgracia. Porque las desgracias de las gentes son, en buena parte, labradas a cincel por las malas decisiones, las propias, y las que permitimos a los demás. Esa también es la enseñanza de los sueños de Faraón que se nos narra en el capítulo 41 del Génesis. Las siete vacas flacas que devoran a las gordas, o las siete espigas secas y maltratadas que acaban con las espigas hermosas y granadas, indican que a los períodos de abundancia siguen los de escasez, y que cualquier gobierno sensato administra los buenos tiempos para encarar los peores, que siempre van a venir, siempre. Por eso, la irreflexividad de la cigarra es inaceptable y no sujeta a la compasión de la laboriosa hormiga.

Es precisamente lo que expresa el hexagrama 41 del I Ching: SUN / La merma. La reflexión asociada a este hexagrama anuncia que “El aumento y la merma llegan cada cual a su tiempo”. No asumirlo es de estúpidos. No es cuestión de deseos sino de la forma como las civilizaciones han abierto surcos para que el progreso sea estable y la sobrevivencia no sea un dilema crucial que se presenta cada cierto tiempo. “Es cuestión entonces de adaptarse al momento, sin pretender encubrir la pobreza mediante una huera apariencia. En los momentos de merma, la sencillez es precisamente lo indicado, lo que confiere fuerza interior gracias a la cual podrá uno volver a emprender algo”. Solo así se logrará transitar el ciclo infinito de las mutaciones, porque si de algo podemos estar seguros es que la vida está llena de experiencias indeseables. Solo los más fuertes, los que se preparan mejor, los que tienen el carácter apropiado tendrán la posibilidad de afrontarlas con éxito.

Por eso el capitalismo es infinitamente superior al saqueo socialista. Porque el trabajo incesante y pertinaz, continuo y sistemático, es el que permite la acumulación que al final hace la diferencia entre la posibilidad de sobrevivir o darnos cuenta de lo irrecuperable que resulta el tiempo perdido. La esencia del buen gobierno es precisamente la previsión. Insisto, los buenos tiempos son oportunidades valiosas que debemos aprovechar “para cuando llegue el invierno”.

Pero los socialismos “viven la vida loca” del saqueo y la mentira. Un experimento social tras otro, violando todas y cada una de las reglas de la realidad hasta terminar siendo los gestores del exterminio de ciudadanos sometidos a la más brutal servidumbre.

Es el desgraciado caso que ahora vivimos los venezolanos, con un país devastado, arruinado, sin reservas, sin capacidad productiva, “somalizado” territorialmente y exprimido hasta los tuétanos por quienes no tienen ningún compromiso con eso que se llama gobierno. Podríamos hacer el inventario de sinsentidos que a lo largo de dos décadas ha propuesto el chavismo. Todas ellas con la única excusa de favorecer la insurgencia del “hombre nuevo” cuya máxima felicidad consiste en consumir lo que antes no ha producido. Una experiencia de repartición que tiene un error de origen insalvable: si no produces primero, no tienes como repartir nada, solo el vacío, solamente la nada.

Ludwig von Mises comienza el prefacio de su libro Gobierno omnipotente planteando un dilema siempre presente entre las ideologías políticas. Dice que al tratar los problemas de la sociedad y de la economía no hay otro punto más relevante que el siguiente: si las medidas propuestas son adecuadas realmente para producir el efecto que buscan sus autores, o si darán como resultado un estado de cosas que es aun más indeseable que el anterior que se tenía intención de cambiar. ¿Ustedes qué opinan? ¿Estamos mejor que antes? Porque esta etapa terrible comenzó con la crítica feroz a la cuarta república, a su corrupción supuesta, el cerco a “la moribunda constitución”, el abatimiento a todas sus instituciones, el asedio al mercado, la defenestración de los derechos de propiedad, la persecución de la libre empresa, la sustitución del mérito profesional por la lealtad perruna revolucionaria, el desguace de la empresa petrolera, la repartición indebida y criminal de los recursos del país entre los amigotes de la revolución, y el creer que la propia burbuja donde sobrevive la nomenklatura revolucionaria era suficiente barrera para mantenerse protegidos de la indignación de la gente y del rechazo del mundo civilizado. Vuelvo a preguntar: ¿Estamos mejor que cualquier antes imaginable?

Mientras escribo este artículo me consigo con un tuit de Alberto Ray (@seguritips) que lo resume todo: “La economía criminal no cree en el ahorro. Todo lo que gana lo gasta. Es un modelo oportunista y una vez que agota una fuente de recursos se muda a otra más rentable. El problema es que con el virus se cierran las opciones y quienes se alimentan del delito comienzan a desesperar”. Ese es el código moral de los depredadores. Es la norma del socialismo del siglo XXI, que solo se sostiene mientras las condiciones no mutan catastróficamente. Es el caso de la pandemia que nos agobia en este fatídico 2020. Ahora se muestran total e indefectiblemente desnudos de posibilidades. Ni siquiera tienen excusas para un desempeño tan precario, tan infortunado.

Porque el régimen que se ufanaba de la soberanía agroalimentaria no tiene reservas de alimentos. El que decía que ahora el petróleo es del pueblo se encuentra sin reservas de gasolina. El que dijo que iba a hacer realidad la revolución de la salud no tiene un solo hospital bien equipado para hacer frente a la emergencia. El que proclamó una y mil veces que tenía resuelta la emergencia eléctrica ahora no puede controlar los apagones seriales que afectan a todo el país. El que proclamó que tenía satélites para dar el gran salto en telecomunicaciones exhibe un desempeño desastroso en internet, telefonía y banda ancha. Tampoco hay como abastecer de agua a las ciudades, ni se les garantiza a los venezolanos seguridad, justicia, debido proceso y algún tipo de libertad.

Y toda esta debacle está siendo escrutada desde “una cuarentena social” que no le hace concesiones a la verdad. El socialismo es un inmenso fraude. Un desastre apoteósico. Es la ruina perfecta. El saqueo llevado hasta sus últimas consecuencias.

Porque la realidad es demoledora. Todo el monumento de mentiras y propaganda se hunde ominosamente cuando usted busca gasolina y no la consigue. Cuando busca efectivo y no lo encuentra. Cuando sufre de apagones y racionamiento inhumano del agua. Cuando está enfermo y se siente totalmente desvalido. Cuando sufre censura, represión y arbitrariedad. Cuando aprecia que el país está inerme, dejado a su suerte, víctima indefensa de cualquier enfermedad, sin poder obtener atención, medicinas o curación. Sin empleos ni oportunidades de sobrevivir, sin poder pensar en un largo plazo que vaya más allá del próximo mes. Con esta forma de contactar con la realidad tan demoledora nadie va a creer en los efectos taumatúrgicos de una ideología inservible para la prosperidad y la buena vida.

El socialismo del siglo XXI es la demostración perfecta de que, sin emprendimiento privado, sin libre mercado, sin respeto a los derechos de propiedad, sin fomento de la innovación, sin un gobierno limitado a hacer lo suyo en términos de abundancia institucional, seguridad, justicia e infraestructura, todos padecemos y experimentamos la ruina social. Porque sus recetas no funcionan y porque las excusas se agotan y pierden potencial explicativo.

El caso venezolano no puede explicar cómo se arruinó un país que venía acumulando sesenta años de infraestructura, desarrollo de talento y capacidad para explotar racionalmente sus recursos. Pero llegó la madre de todas las demagogias, el genoma de todos los populismos, la mezcla perfecta de socialismo y militarismo, el epítome del buen salvaje devenido en mejor revolucionario. El país se entregó a la alucinación perfecta, dejamos su conducción en las manos menos indicadas, la mezcla apropiada de maldad, indiferencia y estupidez que lo que no arruinó lo regaló. Y lo que no regaló lo dejó perder. Las mal llamadas empresas del Estado (porque son empresas del partido) son una demostración. Y aquí la realidad también es demoledora: o sabes gerenciar o quiebras aparatosamente. No vale que seas el leal perfecto. No cuenta que muevas la cola cuando oyes el discurso del líder. O tienes talento o no lo tienes. Y si no lo tienes acabas con lo que te han encomendado.

La realidad también es demoledora con ese afán socialista de distribuir sin comprender las leyes más elementales de la economía. Aquí “los leales” saquearon los activos y reservas de las empresas para demostrar compromiso revolucionario. Invirtieron irresponsablemente el proceso económico que solo al final del ciclo productivo tienes utilidades y debes tomar decisiones para distribuir. Estos “genios” primero se repartieron las utilidades y cuando era imposible dijeron que no podían producir. Dieron lo que no tenían, y entonces giraban contra un banco central que fue criminalmente entregando todas las reservas para mantener una orgía de corrupción y desenfreno de la que se lucraron todos los de aquí y también los países de ALBA, esos que ahora no nos mandan “ni una curita” en homenaje a la mentada “solidaridad de los pueblos”.

La realidad es que ahora nadie habla de las reservas porque ya no existen. Estos odiaron tanto que terminaron acabando con el país moderno y decente que recibieron. Pero hagamos homenaje a la memoria. ¿Recuerdan los desvaríos de la industria petrolera “roja rojita”? ¿Recuerdan los desplantes del monopolio siderúrgico? ¿Y la hegemonía telecomunicacional? ¿Recuerdan esa chequera que se blandía como una extensión genital de la supuesta vitalidad revolucionaria? ¿Recuerdan los “exprópiese” que generaban esa histeria colectiva y los aplausos de los trabajadores supuestamente “dignificados” por la benevolencia de “papá Estado”? ¿Recuerdan la euforia reguladora, el congelamiento de las tarifas, la gasolina “regalada”, el cierre de las estaciones de radio, la “extraña” complacencia de las televisoras, y esos “raros propietarios”, ricos súbitos, que ayer eran mediocres de medio pelo y hoy tenían en el bolsillo para comprarlo todo, absolutamente todo? ¿Y las prepago, bendecidas y afortunadas?… ¿De dónde salieron todos esos reales para patrocinar tanta osadía alucinógena? ¡Pero llegó la realidad y mandó a parar!

Para los hebreos lo verdadero es lo que es fiel. Lo que cumple o cumplirá su promesa. No es solamente la realidad, sino aquella que ni engaña ni traiciona. La que no defrauda. Y para determinar la fuerza de la verdad solo hay que esperar. Porque a toda cigarra le llega su invierno. A todo faraón imprevisivo se lo devoran las vacas flacas. El que no obra con sencillez y humildad se lo lleva la merma que siempre, siempre llega. Y llega sin avisar, sin tiempo para las excusas. Llega como el relámpago, y se lo lleva todo.

Ahora, desde la cuarentena y la pandemia, cuando vivimos en un país desprovisto, malogrado por tantos años de socialismo, ojalá esta fábula encuentre en nosotros oídos prestos a la moraleja. No importa lo que prometa. No importa quién lo diga. No importa el punto intermedio ni la apoteosis de la demagogia. El final siempre es el mismo: Socialismo es saqueo, ruina y desolación. Porque la realidad es demoledora.

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El diablo está en los detalles, por Víctor Maldonado

@vjmc

 

En el mundo de las organizaciones no hay cambio más radical que el que llaman “transformacional”. Supone ruptura y una nueva forma de asumir la realidad. Implica quiebres con los que se ha venido haciendo hasta entonces para asumir que lo viejo ya no sirve y que no queda otro camino que salir del espacio de confort para intentar algo absolutamente novedoso. Obviamente eso ocurre cuando la necesidad hace impostergable el intentar el máximo esfuerzo para sobrevivir, como cuando sobreviene una innovación tecnológica que deja a la anterior en la más absoluta obsolescencia. En esos casos no hay nada que hacer. O te montas en ese tren, o quedas para que otros te usen de ejemplo sobre la incapacidad para responder a los desafíos de la realidad.

Los pioneros son siempre personas muy incomprendidas, incluso odiadas. Schumpeter decía que en todos ellos había esa locura que caracteriza a los creativos. Todos ellos pasan por una época de soledad y rechazo para luego ser admirados, no por sus propuestas sino por sus resultados. Primero tratados como locos y luego reconocidos como exitosos.  Abren nuevos surcos, imponen nuevos paradigmas, cambian las formas de relacionarse con el mundo y crean esas “divisorias” que diferencian lo anterior de lo nuevo. No hablan de adaptación, no quieren saber nada de resignación. Ellos escapan donde otros quedan prisioneros. No gravitan alrededor de nada. Crean nuevos espacios de atracción donde los demás, incluso sus más apasionados críticos, terminan por rendirle tributos.

Eso también pasa en la política. Y debería pasar en nuestra forma de ver las soluciones a la crisis venezolana. ¿Cómo salimos de esto? Los conservadores (que en este caso son los que no quieren salir de su espacio de confort) van a afirmar que la solución es la conformación de una gran alianza unitaria que sea el polo vencedor en unas elecciones, no importan las condiciones. Que para constituir esa alianza no se pueden hacer baremos propositivos o morales, porque lo importante es lograr una masa crítica que sea capaz de demostrarle al régimen usurpador que es una minoría ínfima y por lo tanto debe irse cuanto antes.

 

Pero el diablo está en los detalles

Porque la salida conservadora, que supone que lo malo puede tener buen néctar, asume que es posible congregar a lo dañado para que se reconstituya, y que el país va a conseguir la solución a su crisis por un proceso similar a la generación espontánea. O sea, que la corrupción la van a acabar los corruptos, que el estatismo va a ser derogado por los socialistas, que el clientelismo va a ser superado por los demagogos y que el populismo va a ser dejado atrás por los caudillos. Y por supuesto, que los marcos morales son metafísicos y en nada tienen que ver con la política real, esa que se practica todos los días, donde por lo visto se puede lidiar y ganarle la partida a la traición, la deslealtad, la adulancia, el saqueo del erario o la connivencia con los represores y violadores de los derechos humanos. Nada de moralinas, argumentan los conservadores, porque “todos somos arrieros y en el camino andamos”, una mano lava la otra, favor por favor, y nada malo tiene recibir una ayuda de quien saqueó. De esta forma vemos que lo que verdaderamente pesa en un cambio que parece imposible es que nadie quiere ser pionero, todos andan cuidando sus relaciones, y todos aspiran a una conversión masiva por la que va a ser innecesario pasar facturas, porque “todos somos venezolanos”. El error de la salida conservadora es que no quiere salir de nada, sino que aspira a ser y a quedarse con todo.

Como los detalles no importan, a lo máximo que podemos aspirar es al cambio de elenco, pero de ninguna manera de guion y de resultados. De allí el hastío que buena parte de los ciudadanos tienen con una oferta política que no tiene nada nuevo que ofrecer. Y que no quiere ofrecer nada diferente.

Los pioneros, a diferencia de los conservadores, proponen una ruptura radical y transformacional. Y para ello acuden al depositario de la soberanía. No se están imaginando un arreglo de cúpulas, porque están echadas a perder. Proponen un nuevo pacto, nuevos protagonismos, nuevas estrategias y resultados diferentes. ¿Qué significa eso? Romper con la corrupción, desafiar el compadrazgo y el clientelismo, asumir con coraje la ruptura con los que han defraudado al país, evitar la lástima “perdona vidas” con los cómplices del desguace nacional, y entender que los venezolanos merecen el advenimiento de una nueva época, donde los odres viejos no sirven para albergar los vinos nuevos.

Los conservadores advierten que así no se hace política. Que los que así piensan pertenecen a otros espacios, pero en ningún caso a la política. Esa afirmación nos obliga a hacernos una pregunta crucial: ¿Qué es la política? Definámosla por su contrario: No es el espacio para condenar al ciudadano a la servidumbre. Tampoco es el ámbito para garantizar la impunidad de una dirigencia llena de mediocres. De ninguna manera debería servir para lavarle la cara a la corrupción. La política es, entre otras cosas, el espacio para hacer realidad los valores en los que se creen en el marco de un orden social que sirva a la felicidad del individuo. El llamado de los pioneros sería intentar un país donde la probidad y la idoneidad construyan espacios crecientes de libertad y prosperidad. ¿O es que los valores sirven para guardarlos en el bolsillo a la hora de tener que tomar decisiones? ¿O nos tenemos que resignar a la perversidad de decir una cosa y hacer otra? ¿Tenemos que vivir subyugados por las apariencias y apaleados por una realidad en constante disonancia? ¿Debemos resignarnos a que la mentira es el signo de la política? Y peor aún ¿Estamos condenados a vivir una forma de hacer política que es perversa?

Los conservadores se aferran a la nostalgia de un país que nunca fue pero que ellos fabularon. Un país donde las relaciones importaban. Donde la amistad era a prueba de balas. Donde el haber estado juntos obliga para siempre a una lealtad a prueba de sensatez. Un país de conversos constantes, de caídos que se redimen y de situaciones que se superan. El país de la perenne connivencia, donde todos caben, el tirano con sus víctimas, el represor con sus reprimidos, el corrupto con sus saqueados, el torturador con sus torturados. Una unidad perfecta solo porque nadie pregunta, nadie se atreve a impugnarla, nadie atina a salir de la ofuscación para ir al abrazo de la verdad. Y la verdad está en los detalles. ¿Eso es posible? ¿Es posible el perdón al tirano?

Y aquí vuelve el diablo con sus detalles. En un país dañado hasta los tuétanos. Torturado y saqueado por una dirigencia que ha sido incapaz de cualquier atisbo de prudencia. Un país que ha caído víctima del cinismo ejercido por sus élites, donde al parecer, todo vale, lo bueno, lo malo, lo peor, lo inimaginable, porque la política es así, y no puede ser de otra manera. Y entonces cualquiera que pregunte si no vale pena separar la paja del trigo, si no tiene sentido tomar la hoz y segar el campo para intentar una nueva cosecha, es tildado de ingenuo y despachado a los espacios previstos para la reflexión sin consecuencias. ¿Porque las relaciones y el acervo de memorias compartidas son más importantes? Cuando se plantea la ruptura y el imperativo de una moral pública todos se escandalizan ¿y la respuesta es que así no se hace política? ¿Acaso el sentido común es tan conservador que pretende seguir con la inmolación de los venezolanos porque no hay opción? ¿Porque la única opción es la política como pesca de arrastre, donde todo lo que se agarra es bueno?

La ruptura que necesitamos es con las élites del país, dañadas hasta los tuétanos. ¿O estamos condenados a dar por buenos los respaldos de los malos? La ruptura que necesitamos es con la connivencia que exige una repartición clientelar para llegar al poder. ¿O estamos condenados a sufrir una vez tras otra la nefasta experiencia de los frentes amplios y las mesas de la unidad? La alianza es con los ciudadanos, con la gente que hasta hoy ha sido excluida y que ha sufrido en carne propia esta hecatombe donde todos hemos sido víctimas. Necesitamos un pacto con la verdad. ¿O es que necesitamos el vínculo de la mentira, de la oferta fraudulenta, del descaro propositivo, para ganar adeptos? ¿La verdad no es más fuerte? ¿Necesitamos acaso intentar alianzas con el que tarde o temprano traiciona o practica la deslealtad? ¿La integridad no es más fructuosa?

Pero hay algo más. El pionero necesita del respeto, e incluso del temor que provocan aquellos que son capaces de mantener su posición. Por la vía del respeto llegan incluso a ser queridos, tanto como desafiados por los que se quedan atrás. Y aquí en Venezuela hay muchos que tienen que ser dejados atrás para abrirle una oportunidad al futuro. La élite pestilente que se ha lucrado con la muerte y la desolación de los venezolanos, que ha parasitado sus instituciones, que las han silenciado para sus propias conveniencias, que han perseguido y devastado derechos, que se han creído dueños de la verdad oficial para contrariar y aniquilar a los que han pensado diferente, que han preferido la censura porque hace homenaje a su resentimiento revanchista, esa dirigencia no puede ser exonerada. Por eso los pioneros son temidos.

La innovación está centrada en darle una oportunidad a la libertad. Superar el caudillismo y sus montoneras para instaurar el estado de derecho. Superar la complicidad del amiguismo y el compadrazgo, para abrirle paso a la justicia. Superar la amoralidad facilista para que podamos tener una cultura centrada en valores. Superar el diletantismo para volver a restaurar el mérito. Superar la corrupción para vivir un país de probidad y honestidad. Superar el crimen para vivir seguros. Superar el guaraléo político para experimentar la firmeza. Superar la mediocridad para tener excelencia. Superar el tiempo que se pierde, para tener eficacia. Superar la perversidad para vivir la verdad. Y solo la verdad nos hará libres.

 

Eso que llaman coraje, por Víctor Maldonado C.

Vivimos épocas de falsa cosecha porque antes no se ha sembrado

Vivimos tiempos en donde hasta tus mejores amigos te recomiendan docilidad y apaciguamiento. Otros insisten en que no es tanto lo qué se dice sino el cómo se dice, porque al final las formas importan, y por eso mismo alegan que no tiene sentido que el costo sea tanta gente ofendida por una argumentación que insiste en ir a contracorriente, llevando la contraria al humor y a la interpretación convencional, que suele ir de comparsa y en procesión en el mismo sentido errático de sus dirigentes. Lo mismo da que estemos hablando del combate al totalitarismo o si nos estamos refiriendo a las diversas expresiones del flanco democrático. Todos coinciden en el mismo exhorto: la verdad no es tan importante como la necesidad de mantener las ligazones entre nosotros. La recomendación más popular insiste en que es preferible el compadrazgo fundado en la mentira que la soledad que provoca algunas veces mantener el foco en la realidad.

Por esa razón en Venezuela se la hacen olas a una unidad sin deliberación y sin condiciones. Una congregación donde todos deben sumar, aunque sean sus contradicciones y desvaríos. Una forma de avanzar retrocediendo donde lo importante es la falsa liturgia del estar juntos, a pesar de que en el transcurrir se rompa cualquier fundamento de la confianza y el compromiso. Una unidad planteada sin proyecto común, que por esa misma razón es un homenaje a la fuerza y al fraude. Una unidad que aspira a recomponerse luego de la traición y el desprecio, pero que obviamente nunca lo logra. Una ficción alucinante a la que lamentablemente los venezolanos le rinden pleitesía. Son, por lo tanto, épocas donde se le hacen demasiadas reverencias a la flaqueza de espíritu y muy mala propaganda al coraje.

El coraje y el asumir riesgos insensatos no son la misma cosa

Por otra parte, hay una predisposición a confundir el coraje con la temeridad. No son la misma cosa.  El temerario afronta el peligro sin buen juicio. Arriesga todo, lo suyo y lo ajeno, en embestidas irreflexivas que a veces salen mal. El que es excesivamente imprudente termina tarde o temprano atropellado por su propia insensatez. Nada más peligroso que los que asumen la vida como una partida de dados donde en cada lanzamiento se lo juegan todo. Sin embargo, en el imaginario nacional, hay una especial predisposición a estimular en los otros esa conducta, con el pecado adicional de querer sacar provecho político del que se arriesgó y murió o fue cogido preso, para después terminar negociando la renovación de una capitulación que ya lleva veinte años. Lo verdaderamente repugnante es estimular la conducta temeraria en los otros, esperando que ese cálculo convenga a las propias maquinaciones.

Tampoco es equivalente a la simulación de la lucha

Otros afirman que en el camino han “dejado el pellejo”. Eso ni es coraje ni es temeridad. Es simulación de la lucha. Los que lo dicen por lo general gozan de buena salud e inmejorable posición. Pero ellos insisten en hacer valer como bueno el esfuerzo sin resultados, y la ineficacia que aun así exige reconocimiento social, sin importarles en qué medida terminan pervirtiendo el sistema de méritos cuando se insiste en que es más importante la lástima que los efectos esperados de una política. Teniendo presente el creciente número de políticos que reclaman “el haber dejado el pellejo en la lucha”, nuestra época parece, en muchos sentidos, una telenovela donde la protagonista es la lástima, porque el fracasado pide el homenaje debido a su sufrimiento, esperando además que todos acaten su reciente sabiduría política y social “que solo produce el pasar por condiciones extremas”. No está demás decir que es una conocida falacia el hacer pasar una cosa por la otra. 

¿Y entonces, qué es el coraje?

El coraje es otra cosa. Juan Pablo II decía que el coraje caracteriza a todos los que tienen el valor de decir “no” o “sí” cuando ello resulta costoso. Es una característica propia de los hombres que dan testimonio singular de dignidad humana y humanidad profunda. Justamente por el hecho de que son ignorados, o incluso perseguidos por su compromiso con la verdad y los valores trascendentales como la vida, la libertad, la propiedad, la verdad y la justicia. El coraje es hacer lo correcto, vivir una moral de interrogaciones que se resiste al endoso automático, y tener claro por qué y por quienes vale la pena asumir el riesgo.

El hombre que tiene coraje cívico sabe que la vida correcta tiene sus peligros. Sabe que debe afrontarlos. Sabe que muchas veces, por defender una causa justa, va a tener que experimentar dificultades y soportar la adversidad. Sabe que tiene que encarar el miedo cotidiano. Y que debe superar la tentación que está allí susurrando que nada vale la pena, que mejor es inclinar la cerviz y dejar pasar, o peor aún, que solo tiene sentido “jugar a ganador” así sea por los mendrugos que recibe de la mesa de sus amos. El que tiene coraje no se da por vencido tan fácilmente, no abandona el esfuerzo sin intentar al menos enfrentar el desafío cuando está en juego lo valioso de la vida. Pero no lo hace irreflexivamente. El coraje es el talante de aquellos que son capaces de diseñar una estrategia y mantenerse en su curso con disciplina.

En el Evangelio según Mateo, capítulo 10, Jesús enseña a sus discípulos la magnitud del compromiso de predicar en su nombre: “Mirad, yo os envío como corderos en medio de lobos. Sed cautos como serpientes y cándidos como palomas”, mantengan la sencillez, prediquen con la verdad, no pierdan la fe ni la confianza en Dios, reúnanse con gente honorable, sean firmes en la adversidad, no teman a la contradicción ni al conflicto, asuman su responsabilidad y sean generosos tanto en el dar como en el recibir. Váyanse de donde no los quieran, y resistan hasta el final. ¿No es ese el coraje que hemos estado buscando como signo de la política buena y sustanciosa?

La ruta del coraje la emprenden los que tienen coraje

Si tuviéramos que hacer un inventario sobre las condiciones del coraje, el primero de ellos sería un indeclinable compromiso con la verdad. Tarea nada fácil porque estamos presionados constantemente para apartar la mirada y dirigirla hacia la mentira por la vía de la ofuscación, el debilitamiento de la voluntad, el relativismo y el escepticismo. Es más fácil vivir aferrados a una mentira condescendiente que asumir la verdad con todos sus requisitos.  Recordemos a Max Weber. Es racional quien hace buenos cálculos entre medios y fines, teniendo como condición que hay un estado de derecho que nos permite predecir la conducta de los otros. Deja de ser racional quien se deja llevar por las emociones o por la tradición, y es más difícil todo cuando se vive bajo el signo de la arbitrariedad totalitaria y la impunidad narco-criminal. Pero nada nos obliga a la evasión. Y mucho menos al silencio cómplice. Este ecosistema se nutre de nuestra complacencia y de la tibieza con la que asumimos la lucha. Nuestro silencio y el constante beneficio de la duda son sus nutrientes, y lo que le ha permitido mantenerse tantos años. La verdad exige el compromiso de proclamarla con claridad y vigor.

Juan Pablo II en su Encíclica “El esplendor de la verdad” nos recuerda el deber ineludible de diferenciar lo que es bueno de lo que es malo, y la búsqueda de la verdad “como acto de la inteligencia de la persona, que debe aplicar el conocimiento universal del bien en una determinada situación y expresar así un juicio sobre la conducta recta que hay que elegir aquí y ahora”. Esta recta razón es la que nos posibilita y exige la disolución de cualquier forma de connivencia con el mal, cualquier arreglo con los que lo provocan, cualquier posibilidad de dejarlo sobrevivir en las estructuras sociales que han medrado hasta aniquilarlas. La ruta del coraje exige ruptura radical con el patrocinio del mal.

Por eso me gustaría decir que la ruta del coraje exige un ineludible sentido de la realidad, ese esfuerzo siempre inacabado de comprender y reconciliarnos con lo que está ocurriendo, sin que necesariamente esto signifique que sea posible la componenda, el perdón o el sometimiento a lo que nos daña y nos reduce al ser animal desprovisto de humanidad. Arendt nos acompaña en este difícil proceso cuando nos propone que entender esto que nos está pasando es reconocer que vivimos en un mundo donde estas cosas que nos ocurren son posibles. Son posibles la crueldad, la traición, la deslealtad, el saqueo, el crimen, el asesinato, la violación de derechos, el desvarío y el alejamiento radical de lo humano. También son realizables sus contrarios, y en eso precisamente consiste el llamado a comprender para luchar por un mundo mejor, en el que la verdad, discernida apropiadamente, puede ser un instrumento de liberación.

El sentido de realidad da paso a otra condición de la ruta del coraje: No se pueden usar medios inútiles, así como tampoco se pueden proponer fines retóricos. La verdad y su concomitante sentido de la realidad, nos exige que evitemos las cláusulas condicionales.

  1. No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista pueda ser derrotado de una forma tan simple como sacar del cargo ejecutivo a uno de ellos. Por lo tanto, proponer esas elecciones donde el retador exige “que ambos se despojen del cargo para ir parejos a unas elecciones” es inútil por incompleto e inconsistente con un diagnóstico apropiado de la situación.
  2. No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista tenga incentivos para dejar el poder mediante procesos de diálogos o negociaciones pactadas. No sólo por su condición de sistema difuso, ambiguo y líquido, sino porque sus condiciones para la cohesión interna exigen el uso impune de la fuerza pura y dura, y que ninguno de ellos caiga en desgracia o sea entregado.
  3. No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista acceda a ceder el poder mediante su sometimiento a elecciones libres, porque es incapaz de garantizarlo y porque el régimen de ventajas, extorsiones, chantajes e impunidad forman parte de la esencia del ecosistema.
  4. No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista se pueda despojar de su propia naturaleza arbitraria, ventajista y mafiosa para abrir espacios al reconocimiento y respeto por otras opciones.
  5. No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista se pueda afrontar eficazmente mediante una rebelión popular que sume testimonialmente más presos y mártires políticos. Porque no hay condiciones de marco institucional que velen por derechos y garantías ciudadanas.
  6. No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista practique la decencia pública y la honestidad en el manejo de los recursos. Todo lo contrario, se enriquece porque practica la corrupción, el saqueo y el cohecho para afianzar su poder y para debilitar moralmente a los que se les oponen. El ecosistema tiene en sus garras a una oposición corrompida, sin principios, incapaz de discernir y diferenciar lo bueno de lo malo, y que se ha visto reducida a ser el contorno del régimen que dicen combatir.
  7. No es verdad que un ecosistema narco-criminal y terrorista sea derrotado por la vía de una unidad entre corruptos, amorales y honestos. Por eso la unidad ha sido el fetiche explotado e implorado por todos los bandos para simular la lucha e imponer vía trampa y fraude un cómodo modus vivendi entre unos y otros que ahora tiene componentes y escenarios internacionales.
  8. No es verdad que solos podemos derrotar este ecosistema que se nos ha impuesto por la vía de la fuerza. La oposición honesta, no corrompida y que apuesta al coraje necesita toda la ayuda internacional posible.

Entonces la ruta del coraje exige que, reconociendo la realidad tal y como es, se pida ayuda internacional y se nos reconozca como víctimas cuyas estadísticas de éxodo, enfermedad, violencia política y muerte hablan por nosotros. Esta ruta exige denunciar la impostura de medios que no son tales, de cursos estratégicos que simulan la lucha, tanto como la profesionalización de la política como farsa y espectáculo que pide a cambio recursos sobre los que no rinden cuentas, ni permiten observaciones sobre eficacia y efectividad. El coraje exige de nosotros denuncia y propuesta, sin caer en la tentación de la promesa vana. Es una ruta que se esfuerza por tener resultados, usando el tiempo apropiadamente, teniendo presente todas las consecuencias que el mal inflige a la gente, y que insiste en lo que es obvio: que un régimen de hecho solo sale por la fuerza.

Por eso la ruta del coraje necesita de líderes con coraje: Para atenerse a la verdad, analizar los hechos con sentido de realidad, denunciar el mal y comprometerse con el bien, y solamente usar medios eficaces para intentar lograr los resultados que se buscan. Finalmente alinear y organizar el esfuerzo para lograr la fuerza que necesitamos: Alineación internacional, con un solo diagnóstico, un único significado y una sola modalidad de lucha; Alineación institucional, con un solo discurso de denuncia y necesidad de cambio, sin que sean colonizadas por partidos y programas de partidos; Alineación ciudadana, para que sean partícipes cotidianos de la ruta del coraje. Y todos asociados a la misma fuerza moral, capaces de discriminar lo bueno de lo malo, la paja del trigo, la verdad de la mentira, y lo eficaz de lo inútil.

Quisiera terminan citando a José Antonio Marina: “La valentía (el coraje) es la virtud del despegue, porque nos permite pasar del orbe de la naturaleza, sometido al régimen de la fuerza, al orbe de la dignidad, que está por hacer, y que debe regirse por el régimen de la dignidad. Es también la virtud de la fidelidad al proyecto (de la libertad), porque nos permite perseverar en él a pesar de los pesares, al permitirnos esa transfiguración que transforma nuestra fiereza en valor y el egoísmo en razón compartida”. Dicho de otra forma, debemos convertirnos en adalides de nuestra propia liberación sin ceder, sin dudar, sin caer en el conformismo, sin corrompernos ni prostituirnos. Esa es la ruta del coraje.  

 

@vjmc