Julio Castillo Sagarzazu, autor en Runrun

Julio Castillo Sagarzazu

“Mátenlos a todos…”, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

“Mátenlos a todos, que Dios sabrá reconocer a los suyos…”. La frase se atribuye a Simón de Montfort, oficial de las fuerzas papales que comandaba el sitio de Beziers, donde los protestantes cátaros se habían hecho fuertes. Al quebrar la resistencia y entrar a saco a la ciudad, se cuenta que le preguntaron cómo se hacía para diferenciar a los buenos católicos de los protestantes, a la hora de pasarlos a cuchillo. Dicen que aquella fue la respuesta.

Este episodio, y el de la Noche de San Bartolomé, que dejó más de 7000 muertos, son pruebas de hasta dónde el fanatismo puede llevarnos.

Ambos hechos ocurrieron en la época de las monarquías absolutas; pero no son exclusivos de ese tiempo en el que no había el rasero de la ley para tratar de evitar monstruosidades. En pleno siglo XX, y con un gobierno elegido por voto popular, la humanidad conoció la prédica de un personajillo torcido, devenido en canciller alemán, que proclamó la superioridad de la raza aria, la necesidad de un espacio vital para ella y convenció al pueblo más culto de Europa para que lo siguiera. Con las consecuencias que todos conocemos.

Hoy, de nuevo, más de 80 años después, “el fantasma de los fanatismos recorre el mundo”. Nuevas versiones de los liderazgos que han conducido a la humanidad a estas tragedias han tomado forma, alternativamente, para dejar sembrado de minas el territorio del futuro.

Hace algún tiempo, los terrícolas creíamos que la inestabilidad era un asunto del tercer mundo y que las imágenes de gente matándose entre sí por asuntos políticos, religiosos y tribales, seguirían apareciendo, como siempre, al final del noticiero televisivo con la consabida frase de cierre del locutor que afirmaba: “La ONU ha solicitado el cese de las hostilidades y hace un llamado a las partes para que entablen el diálogo”

Pues eso era antes. Las imágenes del asedio y asalto al Capitolio norteamericano, las acciones de grupos filoterroristas de acción directa o propaganda como ANTIFA o QAnon; las otras imágenes de centenares de personas armadas con equipos de asalto militar, paseándose en las calles, son para poner los pelos de punta. La afirmación, de acuerdo con la cual los Estados Unidos están TÉCNICAMENTE más cerca que muchos otros países de una guerra civil, no es desgraciadamente un argumento peregrino.

En efecto, un país en el que hay casi 300 millones de armas de fuego (sí, ¡300 millones!) en poder de la población civil, donde el discurso político y el fanatismo ha adquirido proporciones alarmantes y donde el descreimiento en las instituciones conoció un ascenso vertiginoso en las últimas semanas, se puede convertir en campo propicio para que cualquier cosa pueda pasar. Las pasiones desatadas pueden desbordarse en algún momento. Y no hay fuerza policial o militar en el mundo capaz de controlar a 300 millones de armas disparando a la vez.

Hay que hacerse entonces la pregunta: ¿Es el momento de acentuar las tensiones o de tratar de lograr equilibrios y regresar a la normalidad?

La respuesta pareciera obvia pero desgraciadamente no lo es. Una de las consecuencias del fanatismo es la frivolidad con la que se juzgan los peligros. Voy a referir una corta anécdota que lo demuestra. Me la contó el buen amigo Antonio Ecarri: hablábamos de los esfuerzos que hacíamos con amigos y familiares en la época de las llamadas guarimbas para convencerles de que las acciones aisladas no llevaban a ninguna parte; que en la política son las grandes movilizaciones y no los pequeños focos los que pueden transformar la realidad. Me dijo que se había acercado a unos jóvenes que custodiaban, con orgullo, su barricada y les alertó de que la exacerbación de esa conducta podía llevarnos a una guerra civil. Sorprendido, escuchó la respuesta de una chica que le aseveró con toda la ingenuidad y también con toda la irresponsabilidad del mundo: “¡Ay, sí qué chévere!, aquí lo que hace falta es una guerra civil para sacar a estos malandros”.

Es realmente espeluznante escuchar hoy a personas cercanas justificando la violencia en los Estados Unidos dependiendo de si viene de donde son partidarios o no. Aterra pesar que ensalzan el desfile de gente armada dispuestas a matar a otro (como ha sucedido) como medio de defender ideas o supuestos derechos.

Es igualmente preocupante constatar la cantidad de personas que están de acuerdo con “verle el hueso” a lo que está pasando. Unos quieren que Trump se dé un autogolpe, declare la ley marcial y fusile a los pederastas, globalistas, comunistas y musulmanes que “protege” Biden. Y otros alegan que a Trump hay que destituirlo; quitarle todas las redes sociales y sacarlo por la puerta de atrás de la Casa Blanca, donde lo espere un coche patrulla que lo lleva a la cárcel.

En este ambiente solo puede prosperar una tragedia.

La suerte de los Estados Unidos y de buena parte del mundo libre, de su economía y su vida civilizada, va a depender de cómo el liderazgo norteamericano maneje esta situación. Afortunadamente, mientras emborrono esta cuartilla, leo que Biden está descartando iniciar un inútil impeachment. Mientras Trump, aparte de la malacrianza de no asistir a la toma de posesión, ha declarado que habrá una transición tranquila.

El esfuerzo por construir nuevos consensos para avanzar, para enfrentar la pandemia y para recuperar la economía y la normalidad en la vida de los norteamericanos no será una tarea fácil. Pero es la única vía para salir del atolladero. Si no se impone la sindéresis, la negociación y la convivencia, se estará abonando el camino para que la mitad de ese gran país oiga los cantos de sirena de cualquier pintor de brocha gorda, como los que sedujeron el pueblo alemán, y salga a matar a la otra mitad.

Hace falta que el liderazgo norteamericano tenga la inteligencia de Ulises y se amarre al mástil de la nave, para que el país no caiga en la tentación de la violencia.

Ni la cultura, ni las tradiciones, ni las voces aisladas pueden detener las tragedias, una vez que echan a andar. Nunca se puede descartar que un loco recorra la avenida Pensilvania al grito de “MÁTENLOS A TODOS”. Solo la fuerza del liderazgo UNIDO puede evitar que el Potomac se convierta en un río de sangre. Como se convirtió el Sena la noche de San Bartolomé…

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Contigo aprendí, por Julio Castillo Sagarzazu

Armando Manzanero, autor de Contigo aprendí. Foto Mark Anthony en Twitter 

@juliocasagar

Todos hemos aprendido algo de Armando Manzanero. No hay una sola de sus canciones que no nos interpele el alma y haga vernos dibujados en algunos de los pasajes que ellas que narran. Esas letras elocuentes han estado siempre acompañadas de una melodía que se nos mete por todos los poros de la piel hasta llegar al alma.

Manzanero nos convenció de que la semana podía tener más de siete días y que podíamos ver la luz del otro lado de la luna. Lo logró con el poder invencible de la música que es la manera como Dios remendó el capote del inmenso zaperoco bíblico de la Torre de Babel.

Podemos hablar miles de lenguas, pero el Canon de Pachelbel, El Ave María de Schubert, el Yesterday de Los Beatles, los acordes de la Marsellesa, Adoro del maestro, La Quinta Anauco de Aldemaro, la Ansiedad de Chelique, el Caballo viejo del tío Simón y el Duérmete mi niño, el himno nacional con el que nuestras madres y abuelas arrullan a los niños venezolanos, siempre harán que reconozcamos que, en el fondo, somos una misma especie capaz de emocionarse con las mismas cosas.

La música zurce con hilos invisibles los jirones rotos de las sociedades; hace colchas con los retazos en que a veces se rompen los pueblos. Por eso las partidas de Manzanero, de Víctor Cuica, de María Rivas, de Sandy, de Tito Rojas, de John Lennon, de Aldemaro Romero y del tío Simón, nos duelen como si hubiésemos tenido su sangre. Aunque, en el fondo, quizás la hayamos tenido cuando escuchamos sus creaciones.

No es por azar que las naciones tienen himnos, los ejércitos bandas de guerra; que cuando cumplimos años nos cantan el cumpleaños feliz; que cuando nacemos nos cantan nanas para dormir y que las iglesias tienen coros para cumplir con aquello que decía San Agustín (quien canta, ora dos veces)

Los artistas, y en particular los músicos, suelen interpretar con sus canciones y sus temas las realidades que les ha tocado vivir. En Venezuela, cuando marchamos cantamos y voceamos consignas, es una manera de sentirnos unidos, de comunicar fuerzas.

Una canción puede convertirse en un catalizador, en un revulsivo, un detonante para sumar voluntades. Quizás el más icónico de estos casos sea el que representó, durante el risorgimento italiano, el coro de los esclavos interpretando el “va pensiero”… (”Un pensamiento volando sobre las alas doradas de la nostalgia”) en el Nabucco de Verdi. Esta canción se convirtió en una especie de segundo himno nacional y en el referente de la unidad y libertad de Italia. Pocos saben que VERDI es el acrónimo de “Vittorio Emanuele, Re de Italia”. Dicen que el ánimo que esta canción insufló en el espíritu de los italianos fue decisivo en la concreción de esa Italia unida.

Quién no recuerda también la más emocionante de las interpretaciones de La Marsellesa que se han visto en un filme, cuando, en el bar de Casablanca, decenas de franceses ahogan el canto de los oficiales nazis con su himno nacional, desafiando los peligros que aquello suponía. Es una de mis escenas favoritas de todo el cine que he visto y una muestra irrebatible del poder de la música para unir a la gente en una causa.

Ojalá que en Venezuela tomemos prestado de estos ejemplos. Del papel inusitado y mágico que puede tener el arte, la música y el espíritu sublimado para unir voluntades.

Nuestros artistas se han unido ayer muchas veces para luchar por la democracia y en estos días aciagos también. Necesitamos reeditar esas experiencias y llenar el vacío que, a veces, el liderazgo político no puede colmar para, de esa manera, articular sinergias que nos hagan llegar hasta donde solos no podríamos.

Estamos seguros de que este año todos esos seres humanos extraordinarios que nos dejaron en los últimos días: Manzanero, Sandy, Tito Rojas, Víctor Cuica y antes María Rivas y Aldemaro Romero, puedan armar un buen guateque en el cielo y enviarnos sus buenas vibras a esta tierra de gracia.

Contigo aprendimos maestro.

¡No deje de enseñarnos!

Armando Manzanero en Viña del Mar, video en duna.cl

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El dólar y los poderes creadores del pueblo, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

En uno de los más bellos poemas de Aquiles Nazoa, intitulado Credo, el poeta hace referencia a estos poderes creadores del pueblo. Pensando en ello y en un reciente artículo del amigo Francisco Contreras, me adentro en la temeraria aventura de sugerir que el uso del dólar, por parte de amplios sectores sociales, se ha convertido en un elemento esencial de la resistencia con el que los venezolanos han resuelto enfrentar los planes de Maduro y su política económica.

Veamos: Fidel Castro logró un éxito inconmensurable en Cuba para el mantenimiento de su dictadura con el cierre del acceso a las divisas para los ciudadanos cubanos. La estrecha franja de personas que podían acceder a ellas, a través del trapicheo pequeñas cantidades que salían de empleados de embajadas y remesas clandestinas, solo podían usarlas en unas ostentosas tiendas, que bajo el eufemismo de “diplomáticas”, eran donde se surtía la nomeklatura del régimen y unos cuantos pocos privilegiados. Sin dinero circulando y sin medios de pago, como tarjetas de crédito, solo podía existir la economía controlada tanto para la producción, como para el consumo. Esta herramienta de sometimiento, fue clave, como ya dijimos, en el atornillamiento del castrismo.

No fue por azar que Chávez fue un enamorado del control de cambios y de los regímenes de entrega de divisas controlados por el gobierno. Con ellos creó su boliburgesía y arruinó a los adversarios.

El modelo era más político que económico; por eso, Aristóbulo tenía razón cuando decía: “Si quitamos el control de cambio, nos tumban”.

Pasó el tiempo y la destrucción de la industria petrolera (única fuente oficial de divisas), la corrupción y el manirrotismo internacional, pasaron factura. Maduro quiso mantener el sistema. Anunció guerras a muerte contra el dólar y contra Dolar Today; declaró miles de veces su victoria sobre la divisa “del imperialismo” y nos prometió una economía en la que circularían yenes, yuanes, petros, guaicaipuros y miles de fantasías más.

Todo fracasó: la mano invisible del mercado derrotó la mano peluda de los controles. La derrota fue tan fulminante que un día tuvo que admitir, en cadena nacional, que la circulación del dólar era un milagro que había salvado al país.

En un principio, el dólar comenzó a circular para dar salida al efectivo represado por miedo a las sanciones; por las remesas enviadas hasta en sobres de los “puerta a puerta” y por el colador de las fronteras, pero luego se fue convirtiendo en un fenómeno generalizado. Desaparecido el bolívar, todos los precios comenzaron a ser fijados en dólares.

El bolívar, gran mecanismo de control social, a través de las pensiones, los bonos, el carné de la patria, las cajas CLAP, desapareció. Y con ello perdió el régimen una de sus principales herramientas de sumisión. ¿A qué habitante de un barrio le pueden amenazar con quitarle una pensión, un paquete de arroz partido y un hueso de pernil? A muy pocos pueden montar en un autobús para ir a votar mostrando la zanahoria de unos millones de bolívares que no valen nada. Solo les queda el garrote, la zanahoria se ha podrido.

Los plomeros, los jardineros, las trabajadoras domésticas cobran sus estipendios en dólares. El “empoderamiento” que esto ha generado, les ha hecho, sin duda alguna, más independientes de las dádivas del gobierno.

Maduro perdió la oportunidad de encerrar a los venezolanos en la jaula castrista de la absoluta dependencia del Estado. Güiria ha sido un ejemplo palpable. Hace poco, sus habitantes indignados por la tragedia que nos conmovió a todos y en uso de una dignidad, frente a la que hay que quitarse el sombrero, sacaron de su comunidad al ministro Isturiz que creyó que con unas “canaimitas” y unas cajas CLAP podía calmar la justa ira de estos compatriotas.

Esta victoria social y ciudadana es irreversible. Es una prueba irrefutable de la capacidad de resiliencia, de creatividad y de rebeldía cívica de los venezolanos.

No es el objeto de esta nota analizar el tema de la dolarización y la manera perversa, sin duda, de cómo el régimen tratará de utilizarla; y tampoco sobre las otras consecuencias sociales y económicas que haya producido. Se trata de un ángulo particular sobre el que hemos querido llamar la atención, como un elemento más (de muchos) que los venezolanos han escogido para no dejarse esclavizar por el régimen.

Ya la chequera de Chávez no recorre la América Latina y la de Maduro esta devaluada en Venezuela. Esta bofetada de esa mano invisible del mercado no se la han dado las grandes corporaciones ni el imperialismo; se la han dado las manos callosas de trabajo de los más humildes de nuestros compatriotas que se le han zafado a su maquiavélico plan de controlarlos. “Los poderes creadores del pueblo” son definitivamente infinitos. Algo para ser tomado en cuenta en la redefinición de una estrategia para lograr la libertad en 2021.

¡Feliz año para todos!

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

¿Negocian los autócratas?, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

Sí, los autócratas definitivamente sí negocian. Suelen hacerlo en dos circunstancias:

1. Cuando están débiles y no les queda otra salida para salvar el pellejo o para “salvar los muebles del incendio”

2. Cuando necesitan ganar tiempo.

Hay numerosos ejemplos de ambos supuestos. Uno paradigmático sobre la negociación para salvar el pellejo lo protagonizó el propio Vladimir Ilich Ulianov (a) Lenin, cuando se vio obligado a firmar la Paz de Brest-Litovsk con los alemanes a finales de la Primera Guerra Mundial. Lo hizo cuando no tenía otra opción. Eso se deduce de sus propias palabras: “Hemos debido firmar la paz, cuando los cañones germanos apuntaban al corazón de Petrogrado”. Es absolutamente seguro que si la situación hubiese sido la contraria, es decir, si los cosacos rusos hubiesen estado en Potsdam, a las puertas de Berlín, hubiera entrado a sangre y fuego a la capital alemana y no habría habido súplica de tregua o acuerdo que lo hubiese detenido. Habrían izado la bandera roja en el Reichstag, como lo hicieron sus sucesores del ejército rojo en la segunda guerra.

Otro ejemplo de negociación con el agua al cuello fue la de las FARC con el gobierno colombiano. No fue sino cuando la democracia colombiana (al precio altísimo de las atrocidades de todas las guerras) les derrotó política y militarmente, que avinieron en dejar las armas. Aquí también, si la situación hubiese sido la contraria, o sea, si Tirofijo o el Mono Jojoy hubiesen tenido medio millón de combatientes en Zipaquirá o en Usaquén, listos para entrar en Bogotá, no hubiera habido acuerdo de paz que valiera. Habrían entrado inmisericordes hasta la plaza de Bolívar y, hoy, Iván Márquez despacharía ad infinitum desde el Palacio de Nariño.

Asimismo, el ejemplo emblemático de la negociación de un autócrata para ganar tiempo es, sin duda, la que puso en marcha Hitler y cuyo resultado exitoso, para él, fue la firma del Tratado de Múnich. El Fuhrer ganó tiempo para terminar de armar a Alemania, frente a las narices de una Europa paralizada por el miedo y un Chamberlain y un Daladier que le permitieron ocupar los sudestes checoeslovacos y la orilla desmilitarizada del Rin, creyendo que con eso calmarían sus delirios expansionistas. Como les dijo Churchill “cargaron con la humillación del tratado y además no evitaron la guerra”

Es evidente que, en estos acuerdos que firmaron con todos estos pájaros de cuenta, hubo una contraparte que considero que debía suscribirlos. La pregunta obligada es: ¿Se debe llegar acuerdos con sujetos como estos? ¿Qué pensaban o que querían los que firmaron con ellos? Como suele ocurrir en la política (y “la guerra es la continuación de la política por otros medios” como nos recuerda el Barón Von Claussewitz) la respuesta debería ser: ¡Depende! ¿Y depende de qué? Pues de las circunstancias; de los intereses; del momento.

Veamos el caso del Tratado de Múnich. Churchill, quien fue quien tuvo razón, nunca dijo que no había que tratar con Hitler. Él mismo, en varias ocasiones, estuvo a punto de hacerlo. En un viaje a Alemania concertaron una cita que fue suspendida por el dictador en protesta por una declaración del líder inglés sobre el tratamiento salvaje de Alemania a los judíos y luego, en medio de la tragedia de Dunkerque, bajo el bombardeo de Londres y la indiferencia de los primos norteamericanos, lo pensó igualmente. Lo que Churchill adversó y hay que repetirlo hasta la saciedad, fue el infame Tratado de Múnich y sus nefastas consecuencias para la humanidad.

Por estos lares

Ahora bien, ya por estos lares y en estos momentos, en Venezuela es ineludible la pregunta: ¿Se puede y/o se debe negociar con el régimen de Maduro?

De que se puede, se puede. Ha habido experiencias de las que hablaremos luego. ¿Se debe?, pues una vez más, ¡Depende! ¿De qué? De lo que quieras lograr y de lo que sea factible lograr. Como acabamos de decir, ya se ha negociado con Maduro. Oslo y Barbados fueron un ejemplo.

¿Qué paso con Oslo y Barbados? Desde afuera, nos atrevemos a decir que ese formato no funcionó ni funcionará por una razón muy sencilla. Maduro no le cree a la oposición y la oposición no le cree a Maduro, nada de lo que pueda discutirse y acordarse. Sentados en una mesa, ni con la Madre Teresa de Calcuta de mediadora, será posible conseguir ningún acuerdo. De nada valdrán las buenas intenciones de terceros. Nos atrevemos a concluir que eso no llegará a buen puerto. La otra razón que pareciera abonar en el sentido de que hay que encontrar otro formato, es que Venezuela es un problema geopolítico mundial y como tal debe ser tratado. Las partes contendientes deberían contar con esta realidad. Desde este punto de vista es cierta la afirmación: “solos no podemos”

En consecuencia, y aunque parezca temeraria la afirmación: sobre Venezuela deben negociar quienes tengan intereses en ella y en el brete geopolítico en el que el país se ha convertido. ¿Y quiénes son estos señores? La lista puede ser larga, pero la corta puede estar integrada por: Estados Unidos, Cuba, Rusia, China, y nuestros países limítrofes, Colombia y Brasil. Estos países deberían montar una agenda, en consulta obviamente con las partes enfrentadas en Venezuela y proponer una hoja de ruta sobre el tema de nuestro país. ¿Qué debería interesarnos a los demócratas venezolanos? Pues que finalmente pudiéramos conseguir las condiciones para que la soberanía nacional y popular pueda expresarse para definir el futuro de la nación; que rescatáramos el derecho al voto y a ejercerlo con eficacia.

¿Maduro estará interesado en que esa sea la conclusión de una negociación? Obviamente que no. En estos momentos siente que sus adversarios no tienen fuerza para sacarlo de Miraflores y piensa que puede resistir.

¿Pero Maduro está tan fuerte como cree? No. Maduro, en realidad, está débil, muy débil. Tiene el 85 % del país en contra. Tiene las principales democracias del mundo en contra. Tiene un país deshilachado que en cualquier momento le explota en la cara.

Tiene cada vez menos posibilidades de que sus aliados den la cara por él luego del informe de la ONU sobre los Derechos Humanos y el anuncio del proceso ante la Corte Penal Internacional. Además, su estrategia de última hora de lograr el reconocimiento internacional del 6D falló estrepitosamente y a lo interno no pudo conseguir apoyos más allá de los de la Mesita y los Alacranes, que ya los tenía hace tiempo. Sin embargo, Maduro que sabe todo esto, siente que sus adversarios están igualmente débiles y por eso se dio el lujo de darle con la puerta en las narices a la Unión Europea y echar por tierra un supuesto acuerdo que Capriles y Borrel habían trabajado.

Es en este marco, en el que el actual statu quo pareciera prolongarse y en el que ninguna de las partes pareciera tener la fuerza suficiente para exterminar a la otra, en el que un nuevo formato que integre la presión política y diplomática de TODOS los involucrados en el problema de Venezuela, pueda dar frutos en el medio plazo.

Se podría comenzar poniendo de nuevo sobre la mesa las dos propuestas de régimen transitorio que se han formulado: una es la que planteó el presidente Trump a través de su delegado especial Elliot Abraams; y otra, la que planteó la AN y a la que denominó Gobierno de Emergencia Nacional. Ambas planteaban la separación de Maduro y de Guaidó y la conformación de un Consejo de Estado que regiría al país hasta unas elecciones libres. Y se ocupara, entre tanto, de administrar la ayuda humanitaria. En la propuesta norteamericana se preveía un progresivo desescalamiento de las sanciones a cambio de concesiones democráticas hacia las elecciones libres. Si esas elecciones comprenden la revalidación de TODOS los mandatos públicos y se logran las condiciones necesarias para realizarlas, serían una interesante iniciativa a auscultar.

¿Es imposible lograrlo? Nunca lo sabremos si no lo impulsamos. Para ello debemos redefinir la unidad de los factores que verdaderamente adversan al régimen dentro y fuera del país. Hoy quizás no veamos claro el camino, pero esa debilidad intrínseca del régimen que hemos aludido, puede jugar a favor de la aspiración de las fuerzas democráticas.

Hoy no tenemos los cañones que apunten al corazón de Petrogrado, pero podemos tener un arma más poderosa que todos los cañones: una reformulación de la unidad, con una agenda común y un nuevo marco de apoyo internacional a nuestra causa, aprovechando las nuevas coyunturas geopolíticas del mundo.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Apostarle a la política, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

Hace unos días, en algunos de los numerosos chats en los que participamos todos, una persona me indicaba, a propósito de una nota anterior, que le diera más razones para convencerla de participar en la consulta popular.

En realidad no tenía más que las que hoy referiremos en esta nota y que puede resumirse en la frase que sirve de título al artículo: hay que apostarle a la política.

En efecto, luego de la carta de los obispos venezolanos en las que pronunciaron una sentencia inapelable e incontrovertible: “No basta con abstenerse”, se abrió un debate en el país sobre qué habría que hacer. La conclusión casi unánime fue que no podíamos quedarnos de brazos cruzados; no podíamos dejarnos llevar por la inercia de los acontecimientos. Hacía falta una propuesta que pudiera convertirse en un eje para la acción de los millones de venezolanos que no querían participar en la farsa del 6D, pero que tampoco veían caminos frente a ellos.

No era fácil convencer de que ese camino era el de la consulta popular. Las condiciones eran adversas por donde se le vieran, pero aquí justamente era cuando había que apostarle a la política. ¿Y cómo se apuesta a la política? Es relativamente sencillo: en primer lugar hay que encontrar y creer en una idea justa. La fuerza de una idea justa es la base de una victoria. Ya lo decía Víctor Hugo: “nada tiene más fuerza que una idea a la que ha llegado su momento”. No importa cuán compleja parezca llevarla a cabo. Si creemos que es justa hay que luchar por ella. ¿Luchar por ella? Sí, porque las ideas solas nunca han ganado batallas.

En la política las ideas hay que convertirlas en carne, sangre y huesos de millones de seres humanos para que pueda tener chance de triunfar y eso solo se logra con la ORGANIZACIÓN.

Organizar es poner a la gente de carne y hueso tras una bandera; reunirlas, debatir con ellas; fijarse metas; rendir cuentas; hacer balances. Eso es lo que ha ocurrido con la consulta popular. Esa vanguardia opositora que estaba viéndose el ombligo; pastoreando nubes y discutiendo sobre el sexo de los ángeles, consiguió un eje de trabajo y se reanimó. Los voluntarios reaparecieron, los que discutían se reunieron a hacer algo concreto y a enfrentar juntos las adversidades comunes. En otras palabras, salimos de la quietud, del marasmo que genera la inercia. ¡Qué razón tenían nuestras abuelas cuando nos decían que “la ociosidad era la madre de todos los vicios”!

Ahora seguramente pasaremos días discutiendo los guarismos. Habrá expertos que dirán que la raíz cuadrada de pi, sobre la quinta potencia de X al cuadrado, es el verdadero resultado y otros replicarán otra cosa. Lo cierto es lo que pasó, lo que vimos, las decenas de miles de compatriotas animados de nuevo; los abuelos nonagenarios haciendo su cola; la gente vadeando ríos y usando burros para transportar el material; los nuestros resistiendo las agresiones de los colectivos fascistas y los miles de compatriotas de la diáspora volviendo a gritar “sí se puede” y mandando sus fotos y videos para darnos ánimo. ¡Qué maravilloso contraste con el día gris de amenazas, soledades y trapacerías del 6D!

Eso es apostarle a la política. Eso es tener el coraje de empujar una iniciativa aunque no tengamos todas las respuestas. Eso es poner la voluntad unida en un objetivo. Eso es el equivalente a lo que en las religiones es la oración: pedir todos juntos para que se nos dé algo o para dar gracias por algo. La política es una de las pocas ramas del quehacer humano donde la voluntad pueda cambiar la realidad, y lo que ocurrió el sábado es un ejemplo de la voluntad eficiente y efectiva.

Ahora nos toca, subidos en esta plataforma, afrontar el 2021. El próximo año seguirá habiendo desafíos decisivos, cruciales y complicados. Tenemos en las alforjas el bastimento necesario para superarlos. Tendremos que replantear la unidad, reestructurar lo que haya que reestructurar, corregir lo que haya que corregir y solidificar lo que hemos hecho bien, que no es poco.

Nos enfrentaremos a una nueva realidad geopolítica mundial con Biden en la Casa Blanca. La ayuda decidida del presidente Trump a Venezuela no puede perderse, pero habrá que reformularla con base al nuevo panorama.

Debemos aprovechar las ventajas que se producirán por la nueva óptica del multilateralismo y la cooperación que se abren paso. La causa de Venezuela debe conseguir la rendija para colarse y volver a estar en la agenda como el problema geopolítico mundial que es. Pero sobre todo debemos diseñar una estrategia unitaria y coherente que nos permita llegar a la tierra prometida de rescatar la democracia conquistando el derecho a hacer unas elecciones libres, justas y verificables que cambien TODOS los mandatos públicos para que comencemos de nuevo esta partida de hacer grande a Venezuela.

Por lo pronto, a seguir la lección que nos deja la consulta popular. Poner la política y confiar en ella. Evitar caer en baches de inactividad y en la pelea subalterna y, sobre todo, confiar en la frase de Víctor Hugo, porque la justeza de nuestra causa es monumental y hace tiempo que le llegó su momento.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Oscar Wilde y los encuestólogos, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

En una ocasión, a su regreso de un viaje a París, preguntaron a Oscar Wilde su opinión sobre los franceses. Con la mordacidad y la genialidad que acompañó a su obra literaria, contestó lapidariamente: “No puedo responderle, no los conocí a todos”

Ya le valdría a mucho analista, encuestólogo y opinador de oficio prestar atención a las palabras del bardo inglés. Una gran cantidad de ellos se han convertido en especialistas de generalidades. Expresiones como “la gente dice”; “la gente piensa”; “todo el mundo opina”, han llenado los espacios donde tendemos a expresarnos a falta de medios de comunicación objetivos y libres.

Es verdaderamente pasmoso ver cómo estos opinadores han devenido, en virtud de no sabemos qué ciencia infusa, en escrutadores del alma de los demás; y dan por sentado que sus ideas son la del resto de los mortales. Algunos incluso hacen encuestas y nos las comentan pensando que somos tontos de capirote. Les falta poco para decir que “ganará quien saque más votos y perderá el que saque menos”

Una de las narrativas que han escogido, a propósito de la política venezolana, está retratada en la sentencias “aquí todos son iguales”, “la gente está harta de todos”, “todo va a seguir igual”. Para estos personajes, los resultados de las elecciones fraudulentas de Maduro son una ocasión de lujo para dejar deslizar de nuevo sus teorías apocalípticas sobre el destino que nos espera.

En efecto, como no podían decir que las elecciones del 6D fueron un éxito, porque no llegaron al 20 % de los votos (que fueron los que sacaron, no los que consiguieron después entre gallos y medianoche) entonces lo que les ha dado en opinar es que “nadie ha ganado con los resultados”.

No les importa para nada el extraordinario fenómeno de rebeldía silenciosa de millones de nuestros compatriotas que no le pararon a las amenazas; que fueron inmunes a la presión, al halago de los perniles, los bonos, el gas, las cajas de arroz con gorgojos.

No, nada de eso es digno de ser señalado. No cuadra en el discurso de que “aquí nada sirve”. No han tenido la delicadeza de dejar constancia de que una parte de la dirección política y de la sociedad civil tiene meses en campaña denunciando el fraude y llamando a los venezolanos a la abstención disidente. Eso no cuenta, sería reconocer que alguien hizo algo bueno y eso no entra en su catastrófica visión del mundo y de Venezuela.

En el fondo, muchos de ellos estaban chingos de que Maduro obtuviera la victoria política de una gran participación para demostrar que los otros estaban equivocados.

Esa narrativa de la noche oscura necesita meter a todo el mundo en el mismo saco: a Fernando Albán y a quienes le torturaron y le lanzaron por un balcón; a los carceleros y a los presos; a las víctimas y a los verdugos; a los que persiguen y a los perseguidos; a los pillos y a los honestos. Ese saco es necesario para reafirmar la idea de que todos son iguales y que solo nos salvará el diluvio.

Por supuesto que es ingenuo, absurdo y hasta imprudente que se interpretaran los resultados del 6D como el Nirvana del nuevo país que tenemos en la puerta. Que sería patético que quisiéramos repartirnos la abstención, como los legionarios las vestiduras de Cristo al pie de la Cruz.

Los desafíos que tenemos por delante son inmensos, los peligros aun más. Y no vienen todos del régimen y su capacidad para la crueldad. Ciertamente, muchos vienen de nuestros errores, de nuestras faltas, de nuestras omisiones, de las pequeñas miserias humanas que nos colonizan el espíritu. Pero son desafíos a superar, problemas a resolver, limitaciones a colmar. Ninguno de esos problemas humanos y políticos es una lápida bajo la cual estamos enterrados, superarlos es solo parte de la lucha.

Hay un camino abierto luego del fracaso de Maduro, de la mesita, de los que pasaron agachados, de los alacranes. Ahora su discurso de participar a cualquier precio está devaluado. Y ellos también. Dudo mucho que alguien tenga interés en volverlos a buscar. Ya el trapiche hizo su trabajo y sabemos qué hacen con el bagazo.

Dependerá de nosotros los demócratas sacar las lecciones correctas y enfilar la proa al futuro, viendo alto, no hacia abajo, no jurungando los albañales, ni regodeándonos en las miserias de los demás.

Ahora más que nunca debemos recomponer las fuerzas; replantear la unidad; superar los errores; ser más directos y transparentes; confiar más en los inmensos poderes creadores del pueblo y en nuestros aliados dentro y fuera del país.

La Consulta debe tener éxito y el próximo año debemos inaugurarlo con la esperanza y la fe puesta en que Venezuela tiene las reservas morales y políticas para salir adelante. Y que nuestros ciudadanos, y el mundo, podrán ayudarnos a llegar a la tierra prometida de unas elecciones justas, limpias, creíbles y verificables, que es como los demócratas aspiramos a lograr los cambios para prosperar y hacer de Venezuela el país alegre y pujante que se merece ser.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Encuentros cercanos del tercer tipo, por Julio Castillo Sagarzazu

Monumento nacional de la Torre del Diablo, en Wyoming (EE. UU.), espacio de los cinematográficos “encuentros cercanos del tercer tipo”.  Foto: Linforth, Pixabay.

@juliocasagar

Todos recordamos la famosísima y laureada película de Steven Spielberg en la que un grupo de personas que no se conocían, pero que compartían la obsesión por los ovnis, llegan a la Montaña del Diablo en Wyoming. Cada uno de ellos tenía historias y estímulos distintos. Allí, en aquel desierto (el sitio del encuentro), Roy Neary (Richard Dreyfuss) descubre que la maqueta que construyó a partir de sus visiones del lugar se desplegaba ante sus ojos.

Esa Montaña del Diablo tiene su equivalente en Venezuela en la fecha del 6 de enero. ¿Por qué? Pues, porque ese día se concentrarán las opiniones de gente que viene de distintas visiones, opiniones, intereses y proyectos. Estas personas tienen muy poco o, en algunos casos, nada en común. En realidad, llegarán allí orientados por la necesidad que tienen de que ese día ya no exista la Asamblea Nacional legítimamente electa y que no esté Juan Guaidó para presidirla.

Para el régimen es más que evidente que desea ese día llegue para aumentar su carpeta de sofismas jurídicos y tener más “argumentos” para salir de ese peñasco en el zapato que representa la Asamblea Nacional, único órgano electo en legítimos comicios.

Ya sabemos lo que dirán: que la Constitución establece que ese día se posesiona una nueva Asamblea y que la nueva es la que ellos habrán electo el 6 D. En un proceso que solo reconocen ellos y sus aliados de ocasión, más interesados en el 15 y último, que en hacer política para salir de esta desgracia.

Sobre lo que el régimen dirá o deje de decir no es de lo que va esta nota. Esta nota lo que quiere es especular un poco sobre las razones por las cuales también hay muchos opositores y dirigentes de las fuerzas democráticas venezolanas que esperan llegar a esa Montaña del Diablo y que ese día ya no esté Juan Guaidó en el panorama.

Tampoco estas cuartillas quieren pronunciarse sobre el tema moral o ético que implica coincidir con el régimen en este objetivo. No es que el tema no sea importante pero, por razones de comprensión del asunto, vamos a obviar especular sobre él y a asumir que su idea es que el liderazgo de Guaidó deba ser sustituido por el liderazgo de alguno de ellos para facilitar salir de la pesadilla de país. Es sobre esa peligrosa apuesta de lo que tratamos aquí.

Apelemos primero a la sabiduría popular: no se cambia de caballos en la mitad del río. Juan Guaidó es el presidente de le Asamblea Nacional. Su presidencia interina no es producto del capricho del algún dirigente o de él mismo. La comunidad internacional, las cancillerías y los servicios jurídicos de las democracias más decentes del mundo han convenido en desconocer la farsa del 6D y continuar reconociendo a la actual Asamblea, hasta que se produzcan elecciones libres y justas para sustituirla.

De manera que no son superfluas las preguntas: ¿Podemos decirle a nuestros aliados que ya se acabó todo; que echamos tierrita y no jugamos más? ¿Tenemos algo creíble, factible y jurídicamente viable para sustituir lo que tenemos? La respuesta a ambas preguntas pareciera ser un No rotundo. En efecto, no podemos decirles a esas más de 60 democracias del mundo que vamos a cambiar porque tenemos otros líderes que consideran que ellos lo harían mejor.

Si se tratara de una contienda normal, en una institucionalidad distinta o de unas primarias, como las que ya hemos efectuado, el asunto no sería ni grave ni complejo. Sería más bien normal y útil para dirimir liderazgos, pero este no es el caso.

Lo complejo, e incluso lo cuestionable de esta posición, es que la mayoría de esos liderazgos que se postulan como alternativos necesitan que se vaya Guaidó; pero, paradójicamente, que se quede Maduro. ¿Por qué?

Pues porque Maduro en Miraflores es lo que da sentido a una “nueva oposición”. Maduro es la sopita. Con un 15 % de aceptación popular es más fácil bregar con él.

Es él quien concita el repudio mundial. Es él el señalado por el informe de la comisión Bachelet.  Maduro es el pasible de una investigación por la Corte Penal Internacional. Que Maduro se quede es imprescindible para algunos. Unos para esperarlo en la bajadita del 2024 “acumulando fuerzas” y platica; y otros como sparring y trompo servidor.

Esta estrategia para salir de Guaidó ha transitado varios periodos. Es obvio que cuando este vivió su luna de miel popular, recién investido presidente interino, nadie tenía músculo para oponerse. Casi todos guardaron un ceremonioso silencio. Pero fue pasando el tiempo y las posibilidades de sacar a Maduro se hicieron complicadas; entonces, con la paciencia del depredador que persigue a la presa herida, algunos consideran que ha llegado el momento para saltar sobre ella y eso es lo que ocurre ahora.

Para llevar a cabo este objetivo se crearon varias narrativas (no olvidemos que para llegar a la Montaña del Diablo en Wyoming hubo varios caminos y varias motivaciones). Algunos asumieron desgastar a Guaidó presentándolo como incapaz de concitar una solución de fuerza. Otros se fueron al otro extremo y lo presentaron como incapaz de concitar una solución política y electoral. Este fuego cruzado lo soporto Guaidó por meses. Pero, las cosas han cambiado. Ahora, cuando se ha desvanecido la política, de acuerdo con la cual ya no todas las opciones están sobre la mesa, porque sus eventuales protagonistas la han caracterizado como de realismo mágico; y cuando la vía de los acuerdos con el régimen para montar unas elecciones medianamente creíbles también fracasaron, los antiguos compañeros de ruta han decidido que llegó el momento de partir aguas con él.

En efecto, como el adversario principal es Guaidó y la dirección política de la AN, algunos se han dado a la tarea de lapidar la iniciativa de la consulta nada más que porque viene de donde viene. Iniciativa, por cierto, que es una propuesta de sectores de la sociedad civil venezolana.

Muchos de quienes se oponen aún no nos dicen qué puede sustituirla como mecanismo para oponerse a la farsa del 6D.

No han tenido ese detalle que agradeceríamos altamente quienes aún no llegamos al grado de iluminación para entender la situación. Lo cierto es que sería loable que indicaran alguna pista para debatirla y ponernos a trabajar por ella si es mejor que lo que está sobre la mesa.

Por supuesto que debemos anotar, en tributo a la verdad, que no todos los que se oponen a la consulta lo hacen por motivos “fútiles o innobles”, como dice nuestro Código Penal. También es obligada esta aclaratoria para no cometer el error de meter a todos en el mismo saco y preservar la integridad de quienes hacen observaciones de buena fe y con la mejor intención de que las cosas avancen en la dirección deseada.

Ahora, sobre el tema del liderazgo, también debemos aclarar que todos están en su derecho de querer postularlo y ejercerlo. La conseja popular nos recuerda que “en las puertas del cielo, primero yo que mi abuelo”. Es legítimo igualmente no estar de acuerdo con la dirección política de la Asamblea Nacional y que a alguien no le guste Guaidó. Nadie es monedita de oro para gustarle a todo el mundo. Igualmente, es absolutamente necesario reivindicar el derecho a criticar y señalar errores de la dirección política de la AN; y esta debería tener la entereza y la inteligencia para asumir los errores, enmendar las fallas y explicarle al país lo que se está haciendo con transparencia y con las puertas abiertas.

Pero vale la pena preguntarse ¿es este el escenario y el momento para dirimir ese asunto del liderazgo? Escuchemos esta frase de monseñor Escrivá, hoy elevado a los altares. Lo dice en Camino, su obra más importante: “la gente no se santifica a pesar de sus defectos, sino con sus defectos”. Esta máxima podría ser utilizada hoy en día para caracterizar el problema de la dirección política de la oposición venezolana.

No es a pesar de nuestros defectos, sino con nuestros defectos que debemos marchar unidos. Obviamente que unidos los que tenemos como meta salir del régimen y no convivir con él; unidos quienes creemos que los linderos de la ética y los de la complicidad con los violadores de los derechos humanos son una línea roja que no hay que traspasar.

Efectivamente, como hemos dicho en muchas notas anteriores, no se puede pagar el precio de la “unidad” para convivir con quien no nos conviene (la misma conseja que se aplica a que es preferible un buen divorcio que un mal matrimonio). Pero debemos aprender a manejar ese instrumento, esa herramienta que es la unidad con inteligencia, con sindéresis, ubicando con claridad los momentos y los escenarios para la disidencia y los que son para la acción común.

Hay que internalizar lo que dice el Eclesiastés: “todo cuanto hay bajo el sol tiene su hora”. Si el barco se hunde, nos hundimos todos. Para decirlo con las más elocuentes palabras de Benjamín Franklin, quien también debió lidiar con problemas semejantes a los nuestros, “O actuamos juntos, o nos cuelgan por separado”. No en balde Franklin fue el inventor del pararrayos, ese artilugio que nos ahorró muchas sorpresas que venían del cielo, de donde también venían los alienígenas de los Encuentros cercanos del tercer tipo.

Vamos, entonces, a propiciar el encuentro. Y a ahorrarnos ese desierto de Wyoming donde está la Montaña del Diablo.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El cisne negro nació en un mercado de Wuhán, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

En un interesante trabajo, intitulado El futuro tiene su historia, Henrique Salas Romer, utilizando analógicamente la tesis de Ortega y Gasset sobre el papel de las generaciones en el devenir de la humanidad, sugiere que en el año 2019 se habría cumplido uno de los ciclos que crean hitos y condicionan el decurso de la historia.

A falta de un evento concreto que señalar, el autor nos sugiere (relatando varios antecedentes) que un cisne negro podría aparecer para convertirse en el hecho disruptivo y desencadenador de los cambios de la próxima era.

Ahora sabemos que la crisis del coronavirus, que ya cumple un año, comenzó en un mercado de Wuhán, por estas fechas. Es evidente que ha sido un evento que ha impactado el mundo y que ha producido, desde ya, muchísimos cambios que probablemente no percibamos; así como no percibimos que la hierba crece todos los días. Quizás sea ese el acontecimiento del 2019 que podía convertirse en el esperado cisne negro. El pistoletazo de Sarajevo, el collar de la reina o la nariz de Cleopatra. Eventos que, sin importancia aparente, devinieron en parte aguas de la historia.

Hace días, leía un relato de Carlos Rojas, un médico psiquiatra amigo, de cuya pluma hubieran querido presumir Jung y Freud juntos, en el que, a propósito de las imágenes de sus personajes reflejadas en el espejo, se pregunta si no es acaso posible que esas imágenes hayan estado siempre allí y que los espejos, en los insondables misterios que encierran, las guarden dentro de sí y que solo las muestran cuando la luz les interpela.

Asimilando esta sugerente idea a la historia, pudiéramos decir que todas las cosas que estamos viendo ya estaban allí y que solo el ángulo de luz que se refleja sobre ellas les da forma y secuencia. Después de todo, ¿no fue esto lo que descubrieron los impresionistas? Al fin y al cabo su magia fue construir imágenes y relatos a través de la luz. Efectivamente, es la luz la que crea las formas. Esa fue la esencia de su revolución.

Ya el coronavirus, que tiene un año con nosotros, cambió completamente al mundo. Quizás, repetimos, no nos hayamos dado cuenta, pero cosas que fueron asumidas como eternas se han ido desmoronando con pasmosa velocidad. El teletrabajo, para citar una sola, va a dinamitar el mercado inmobiliario a nivel mundial. El valor del metro cuadrado de oficinas se desplomará y aumentará el de las propiedades rurales. El movimiento demográfico del campo a las ciudades que, durante siglos modeló la conducta urbana de varias generaciones, se invertirá. El mismo fenómeno del trabajo conocerá insospechados cambios. La revolución industrial, que creó los grandes conglomerados manufactureros y la producción en serie, verá reducidos sus efectos. Es incluso probable que asistamos al fin de la gran factoría industrial y que los productos que consumamos sean el final de una larga cadena que incluye pequeños productores y gente que trabaja en sus casas haciendo las piezas.

En la industria petrolera y la energética, relacionadas ambas con la movilidad, conoceremos una verdadera metamorfosis.

Hasta las relaciones personales y la manera de comunicarnos conocerán cambios radicales. Abrazarse y besarse, una práctica tan común en nuestra sociedades, serán gestos cada vez más reducidos al ámbito familiar. Los estereotipados saludos de los japoneses, coreanos y chinos nos serán cada vez más comunes.

Ni siquiera la vacuna revertirá completamente esta tendencia. Una vez que la economía comience a descubrir y saborear las ventajas de estos brotes, será como las fieras que se ceban con la carne humana: difícilmente abandonarán su costumbre.

Ahora bien, cabría preguntarse ¿cómo impactaran la vida social, o mejor dicho, la estructura de nuestras sociedades estos cambios? La respuesta pertenece al género de la ciencia ficción. Y aunque sabemos que Venezuela no está para cuentos de ciencia ficción y ejercicios de futurología, podemos aventurarnos a decir, observando lo que ya está ocurriendo, que en un futuro no muy lejano la brecha entre los pobres y los ricos crecerá abismalmente. Ni los mercados de trabajo, ni los bursátiles, ni las empresas podrán, en el corto plazo, asimilar estas transformaciones para dar trabajo y asistencia a todos los que se irán quedando rezagados.

Los gobiernos no tendrán dinero para los planes sociales que mitiguen esta suerte de pequeño holocausto que tendrá lugar en nuestras sociedades. Los planes de rescate multinacionales serán todos insuficientes.

Debemos prepararnos para una mutación completa de lo que conocemos como Estados nacionales. Las crisis golpearán más allá de las fronteras y los movimientos migratorios de las víctimas serán incontenibles. No será posible proveer seguridad social ni personal, tal como la conocemos. Lo que conocemos como fuerzas armadas quizás desaparezcan y reencarnen en esas guardias pretorianas que las películas de thrillers sobre el futuro, nos enseñan a cada rato. Esos pequeños ejércitos estarán al servicio de pequeños círculos que, por su acumulación de recursos, habrán logrado construir burbujas para mantenerse. Al menos así lo han descrito los guionistas de esas películas que hemos nombrado. Pareciera que no estaban tan descarriados, ni su imaginación era tan febril.

¿Y cuando ese horror ocurra, “cuando el futuro nos alcance”, se acabará el mundo? No. No se acabará, simplemente cambiará. Como cambió cuando desparecieron los dinosaurios o como cuando ocurrieron las glaciaciones y los miles de calentamientos globales que hemos tenido. Habrá nuevos estrechos de Bering quizás virtuales que atravesarán los más aptos para colonizar la nueva realidad.

¿Y quiénes serán los más aptos? Aquí la respuesta pareciera más sencilla. Los colonos de la nueva humanidad no serán los de las burbujas de privilegiados. Ellos degenerarán, como degeneran los pueblos endogámicos que no se mezclan con otros y no conocen la magia del mestizaje. Cada burbuja será un pequeño Imperio romano que caerá víctima de su depravación y su decadencia. No tendrán incentivos para progresar y se apuñalarán los unos a los otros, como hizo Brutus con Cesar, cuando los recursos ya no les alcancen.

De nuevo sobrevivirán, para dar la razón a Darwin y ¿por qué no a Malthus?, los mejor dotados y los que hayan tenido la flexibilidad, y la clarividencia, para comprender que entramos a una nueva era. Los que estén convencidos de que portan una nueva arca de la alianza y son pasajeros de una nueva arca de Noé. Los hijos o nietos nuestros que hayan sido formados en una nueva cultura basada en la solidaridad y en la competencia sana.

Es cierto que los más fuertes sobrevivieron al paso del estrecho de Bering, pero esos trashumantes se hicieron sociedad (y no solamente sobrevivientes) no cuando abandonaron en la nieve a los enfermos, sino cuando alguno de ellos volteó hacia atrás y se regresó a ayudar, a darle mano y levantar a alguno de los que habían caído. Esos niños deberán comprender que la ciencia y la tecnología son para ponerlas al servicio de la humanidad y no para esclavizarse a ellas o para sacarles provecho indebido. Los que se atrevan a regresarse para dar la mano a quien lo necesita, deben ser los que lideren la nueva civilización. Una civilización que se está forjando desde ya aunque no lo percibamos, porque son como las imágenes que contiene el espejo de los personajes de Carlos Rojas.

La revolución que está por venir no tendrá una Toma de La Bastilla en París o un asalto al Palacio de Invierno en Petrogrado. Afortunadamente, no tendrán esa épica de pacotilla que ha servido para engañar a incautos y para levantar estatuas a “héroes” que solo buscaron el poder para envilecerlo y envilecerse. Será una revolución cotidiana y ojalá que tranquila y sin desmanes.

El destino de la humanidad dependerá de ese nuevo liderazgo; dependerá de que surja un nuevo “Humanismo societario” que ponga al ser humano como centro de la atención de la sociedad. Todo dependerá de ellos y su responsabilidad.

Sí, de su responsabilidad y compromiso y de su libre albedrío para usarlos. No está de más recordar que podremos conseguir la vacuna para la covid-19, pero que aún no se ha conseguido una contra la estupidez. Siempre podremos equivocarnos de nuevo.

Por lo pronto, ya esta rueda de los cambios echó a andar. El cisne negro, que siempre andamos buscando, puede haber nacido en un mercado chino. Vaya usted a saber.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es