Julio Castillo Sagarzazu, autor en Runrun

Julio Castillo Sagarzazu

#ApuntesDeOtoño 4 | Cuando alzas la voz, la gente no te escucha, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

Casi toda la Venezuela de hoy se ha convertido en una gallera. Lo peor de todo es que es una gallera virtual, infinita, cuyos gritos llegan al planeta entero, amplificados por la potencia de las redes sociales. Todos estamos en grupos de WhatsApp, que son un endemoniado escenario de gritos, incordios, desacuerdos que mezclan tantos insultos por no compartir puntos de vista con sus emojis ofensivos, hasta paradójicas felicitaciones por el cumpleaños de alguno de sus miembros, con sus tortas de velitas encendidas y botellas de champaña descorchadas. Una verdadera esquizofrenia colectiva cuyo análisis haría las delicias de Freud.

Hasta en el de la urbanización, a la que he llamado en alguna nota anterior: Bonita vecindad, ocurren a veces agrios comentarios sobre si hay que matar o no a una mapanare que se te metió en la casa, o tumbar o no el árbol que tapa las cloacas. Allí y, pese a la fraternidad que nos une en bonitos momentos, se desatan los truenos entre “conservacionistas” y “ecocidas”.

Lo más curioso de todo es el hecho de que no hay que ser ni filólogo, ni lingüista, para reparar en que, en una gran cantidad de casos, los contendientes están de acuerdo. Solo que no se han dado cuenta, porque están más interesados en halar la brasa para su sardina argumental, que en tratar de entender al otro para ver dónde están las coincidencias.

Estemos claros en que hay diferencias; en que hay distintas maneras de ver el país y las rutas para rescatarlo y que también hay intereses subalternos y/o legítimos que juegan su papel. Esto es así hoy y será así hasta la consumación de los siglos. Es muy probable, incluso que ese quimérico día, habrá distintas opiniones sobre cómo afrontar el Apocalipsis y el gran Armagedón que nos prometen las Escrituras. De manera que esto no debe escandalizarnos.

Las unidades completas y perennes nunca han existido en el liderazgo de los procesos históricos.

Es una ingenuidad pretenderlas y una pérdida de tiempo luchar por un cuadro idílico, como el de los angelitos de las obras de Zurbarán, agarraditos de la mano, adorando a la virgen María.

De manera que lo sensato es asumir las diferencias y aprender a vivir con ellas. No obstante, hay que decirlo y de esto va esta nota, es necesarísimo también hacer el babilónico esfuerzo para tratar de no sobreexponerlas con exuberancias fuera de lugar, que lo que hacen es entorpecer el camino y fabricar problemas donde, a veces, no los hay.

Es a ese respecto que me han venido al recuerdo dos anécdotas que pareciera importante referir y que ilustran bien lo que señalamos.

La primera es sobre un debate radial al que concurrí con Saúl Ortega, candidato del PSUV en las elecciones parlamentarias del 2010. Saúl es un amigo de las luchas universitarias y un ponderado adversario de las luchas políticas, aun cuando era particularmente ácido en sus comentarios. Tuvo por años, por ejemplo, un programa de radio en el que presentaba a su operador de controles como Julio Castillo “el bueno”, lo cual no era precisamente simpático.

Lo cierto del caso es que durante el programa perdí el control del volumen de lo que decía. Quizá me alteré significativamente al punto de haberme salido de las casillas, porque de pronto me vi alzando la voz, lo cual no suele ocurrirme normalmente.

Yo juraba, sin embargo, que había hecho un gran programa; que me la “había comido” y que le había ganado la partida a Saúl. Mi desconcierto fue grande cuando comencé a preguntar a los equipos que nos acompañaban y a familiares sobre la opinión del debate. Prácticamente ninguno supo decirme si la había parecido bien o mal y, aun menos, analizar los argumentos que había expuesto. Prácticamente lo único que recordaban todos, eran la “grisapa” en la que el programa se había convertido y la gritería que la pobre moderadora, trataba de inútilmente de controlar.

Moraleja: cuando alzas la voz la gente no te escucha. La gente oye el ruido, pero no se entera de lo que dices.

La otra anécdota tiene que ver con la discusión entre los líderes. Henrique Salas Romer fue electo como primer presidente de la Asociación de Gobernadores de Venezuela. Consciente del momento que vivía el país y de lo necesario que sería luego mantener aquel espacio, lo manejó con prudencia y claridad estratégica.

Solía acompañarle en las sesiones, aun cuando mi cargo en el gabinete era el de Secretario de Desarrollo Económico. En aquel equipo, era no obstante, de los que quien tenía más kilometraje en la política, y por eso, termine tomando nota de aquellas reuniones. Fue una oportunidad inmensa. Conocer a los primeros 22 líderes regionales del país y tener el privilegio de estar en sus reuniones, fue una escuela de excepción. Por inercia entonces, me fui convirtiendo en una suerte de secretario ad hoc de aquella asociación. De allí viene lo que nos interesa relatar.

Cuando observaba las discusiones de aquellos personajes tan importantes, en un país donde la descentralización comenzaba a tener un gran sex-appeal, notaba que la mayoría de las veces estaban contestes en las cosas que discutían; pero la manera como se lo decían creaba el espejismo de un desencuentro, cuando en realidad estaban de acuerdo. Era natural que así fuera. Estábamos observando a 22 líderes, 22 personalidades; 22 egos con sus defectos y virtudes.

Estar de simple observador me permitía tomar cierta distancia. Cuando aquellas cosas ocurrían, tomaba papel y lápiz y trataba de redactar unas líneas que permitieran recoger lo esencial de lo que se discutía, buscaba lo sustantivo y trataba de desechar lo adjetivo. Con la anuencia del presidente, pedía la palabra y con la excusa de exponer las conclusiones del debate, tomaba aquel papel y leía.

Era impresionante lo que invariablemente ocurría. Aquellas 22 personas que minutos antes parecían estar en desacuerdo, terminaban concluyendo que, en realidad, estaban de acuerdo. No había milagros, aquel Pentecostés del consenso estaba a flor de piel, solo había que escarbar un poquito para encontrarlo.

Lo cierto es que, cuando se baja el volumen, se atemperan las pasiones, se pone de lado el protagonismo, las cosas ocurren de manera diferente.

Bien nos valdría en este momento ensayar mecanismos que nos permitan separar esa paja del grano y talar ese árbol que nos impide ver el bosque.

Este tema, aparentemente trivial, ha devenido en un tema crucial del movimiento de las fuerzas democráticas en Venezuela. Estamos en uno de esos momentos en los que la FORMA ES EL FONDO y en el que la manera como abordemos los problemas va a tener mucho que ver con la solución de ellos.

Si algo nos ha enseñado la pandemia es que si el médico se contagia de la enfermedad del paciente, no lo puede curar. Si permitimos que la maledicencia, el insulto, el odio y la procacidad escatológica del chavismo se nos meta en las venas, no podremos curar al país de esta otra pandemia que nos ha caído. Una cruzada por recuperar la sindéresis, no nos vendría mal.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Apuntes de otoño III | Las ideologías son una quincalla, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

El apunte de esta semana va de análisis acerca de la pertinencia o no, de un criterio que postula que la administración de un Estado debe necesariamente inspirarse en una posición ideológica determinada. Como siempre, para argumentar nuestra posición, nos serviremos de dos anécdotas de la que fuimos participantes.

No obstante, debemos decir primero que esta discusión, que los más importantes pensadores sociales y políticos habían dejado de lado hace algún tiempo, ha renacido de nuevo. Esta parecía conjurada con la aceptación, por parte de un grueso segmento de la intelectualidad mundial, de la tesis de Francis Fukuyama en El fin de la historia, según la cual el mundo se dirigía victorioso hacia una aceptación general de la democracia liberal.

Ello se debe a la aparición de varios liderazgos carismáticos que, apoyados en posiciones ideológicas, han aparecido en la escena mundial. Líderes como Trump, Chávez o Margaret Tatcher no han dejado indiferentes a casi nadie; y han puesto de nuevo sobre la mesa la discusión sobre temas que ya se daba por sentado eran antiguallas destinadas a ser investigadas por los arqueólogos. Fueron exitosos en su operación de respiración boca a boca de aquellos cuerpos exangües.

Lo más tradicional de este debate es desempolvar los viejos conceptos de la izquierda y la derecha; del capitalismo y el socialismo y todos los ismos que derivan de esta antinomia que, creemos, es una anacrónica y maniquea división de las ideas o de las maneras de pensar.

Pero, vayamos a nuestra historia: corrían los años 1990 y 1991. Venezuela acabada de entrar en una de las más interesantes etapas de la historia política contemporánea. En 1989 se habían realizado las primeras elecciones directas a gobernadores en el país. Por casi 30 años había dormido en la Constitución, como la princesa del cuento de Perrault, una norma que preveía la elección directa de los gobernadores. Hizo falta el beso de príncipe del Caracazo, para que nuestra clase política despertara y abriera aquella válvula.

En Carabobo, como es conocido, una coalición de Copei, el MAS y decenas de otros partidos minoritarios llevó a la gobernación a Henrique Salas Romer. Pocos creían en que tal victoria se produciría. Tanto, que conseguir un candidato dispuesto a sacrificarse al liderazgo de Oscar Celli y Acción Democrática no fue una tarea fácil (este cuento será motivo de otro apunte).

En las alforjas del nuevo gobernador estaba la idea de utilizar aquel impulso para proponerse una tarea más ambiciosa: profundizar el proceso de descentralización y dar los pasos necesarios en la vía de una nueva federación para Venezuela.

En otro apunte hablaremos igualmente de ello; y de las gestiones que comenzaron con la firma de la Declaración de la Casa de la Estrella en Valencia por parte de varios de los primeros mandatarios electos en sus estados, que comulgaban con esta estrategia de avanzar hacia metas más ambiciosas.

Lo que nos ocupa ahora es la anécdota que llevó a Carabobo a adoptar un modelo particular y original en el manejo del puerto de Puerto Cabello, que es el más importante del país, y que fue uno de los barcos insignia de ese bisoño proceso de descentralización que daba sus pinitos en el país.

De acuerdo con la Ley de Descentralización, para asumir aquella competencia solo era necesario que la Asamblea Legislativa aprobara una ley. Antes de que se dieran los primeros pasos, fue menester derrotar una pancada de ahogado del centralismo que pretendió otorgar los muelles a empresas extrañas antes de que la Asamblea aprobara el instrumento legal (fue una batalla interesante y digna también de mencionar en otro momento).

Se comenzó a redactar el proyecto de ley y se abrió un proceso de consultas muy amplio con distintos sectores vinculados a la actividad portuaria. El fin era que expusieran sus ideas y criterios acerca de cómo se debería manejar el puerto, una vez descentralizado.

En una de las muchas sesiones y mesas de trabajo a las que concurrimos, debo referirme a una que tuvo lugar en la Cámara de Comercio de Puerto Cabello, con representantes de las más importantes empresas de servicios navieros.

Recuerdo que a aquella fuimos comisionados por el gobernador la Dra. Marielena Giménez y yo. La reunión trascurrió con toda cordialidad y plena de interesantes planteamientos. Al concluir, y con las notas tomadas, nos regresamos a Valencia.

Al llegar a mi oficina, tengo el aviso de una de las personas que había estado en la reunión. Un viejo amigo de luchas de la Facultad de Derecho que urgía a que lo llamara de vuelta. Resumo su conversación de esta manera: ¿Julio, tú sabes de qué se quedaron hablando los representantes de las empresas cuando ustedes se fueron? No, le respondo. Pues se quedaron conversando sobre cómo podían hacer para formar UNA EMPRESA ENTRE TODOS para proponerse como administradores del puerto.

Dicho en otras palabras: aquellos amigos defensores de la libre competencia, del libre mercado, del capitalismo de oportunidades estaban, ni más ni menos, discutiendo cómo hacían para organizar un MONOPOLIO para manejar a Puerto Cabello. Así lo hicimos constar en nuestro informe.

Al final, debemos decirlo, la decisión sobre la manera de manejar el puerto tuvo mucho que ver con tratar de evitar que se manejara de manera monopólica; a ello abono también lo que ocurrió en una segunda anécdota.

El gobernador Salas Romer había atendido la invitación de María Liberia, la carismática jefa del gobierno de Curazao. Formé parte de la delegación y una de las cosas que fuimos a ver fue el puerto de la isla. Recorrimos las instalaciones con directivos de la empresa que manejaba el puerto, representantes de la Cámara de Comercio y del gobierno insular.

Cuando el representante de la empresa ponderaba las maravillas del funcionamiento dio mucha importancia a que se habían acabado los robos de mercancías. “Se acabaron los ladrones”, nos dijo con orgullo. Inmediatamente, el representante de la Cámara de Comercio le paró y le corrigió diciéndole: “No, no se acabaron; quedó uno” ¿Cuál? Le preguntó el directivo de la empresa, “pues ustedes, que cobran lo que les da la gana y estamos obligados a pagar porque son un monopolio y no hay competencia”. De más está decir que el viaje concluyó en silencio.

Tras la reflexión que provocaron estos eventos, la ley estableció normas muy severas contra las prácticas monopólicas y de cartelización de tarifas. El Estado mantuvo el control de los muelles, sin otorgarlos en concesión. Y se dio posibilidades a todas las empresas para que compitieran con las labores de carga, descarga, estiba y caleta que son las que constituyen la actividad portuaria.

Gracias a ese modelo, el puerto de Puerto Cabello protagonizó el siguiente milagro económico, político y social: 10 meses después de la descentralización, el puerto se empezó a manejar con 120 trabajadores, contra los 4500 que tenía el INP. Un barco que solía pasar entre 60 y 70 horas en el muelle, comenzó a pasar menos de 35 horas y “last but not least”, un puerto que daba 1500 millones de bolívares en pérdidas a la nación, comenzó a dar 800 millones de ingreso al estado Carabobo. El puerto salió de las listas negras de las aseguradoras que cobraban sobre primas a los barcos que lo tenían como destino y su buen funcionamiento hizo que su Hinterland llegara hasta el Norte de Santander en Colombia.

Si Carabobo hubiera adoptado la receta ideológica de privatizar el puerto y entregarlo a una sola empresa y quedarse como fiscal de una concesión; si se hubiese cedido a la pretensión de algunos que esgrimían el argumento de que el Estado no debe inmiscuirse en los negocios, a Puerto Cabello le hubiese pasado lo mismo que a Maracaibo o a Curazao. El monopolio los hizo ineficientes y terminaron perdiendo clientes en favor de Puerto Cabello que, como hemos dicho, en muy poco tiempo, y sin seguir supercherías y supersticiones ideológicas, consiguió una fórmula de sentido común y adaptado a la realidad para ser exitoso y eficiente.

Las ideologías, definitivamente, son una quincalla.

 

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Apuntes de otoño II | Más vale caer en gracia que ser gracioso, por Julio Castillo Sagarzazu

Fotos izq. y cen., en mis encuentros con las comunidades, llamados “Café con Julio”; der.: como alcalde de Naguanagua (Valencia).  Apuntes de otoño II.

Esta semana proseguimos nuestros “Apuntes de Otoño”, esta vez hablaremos de la experiencia de una elección y de una reelección. Veamos:

 

@juliocasagar

Más vale caer en gracia que ser gracioso

Despuntaba el milenio, había llegado el año 2000 y el mundo no se había acabado, como decían que profetizaban los mayas; las computadoras tampoco se volvieron locas, pero la destrucción de Venezuela había comenzado. Chávez daba sus primeros pasos en esa dirección. El Congreso se había disuelto tras la entrada en vigencia de la nueva Constitución.

En los días previos nos había tocado momentos duros y estresantes. Era el primer vicepresidente de la Cámara de Diputados, cuya presidencia ostentaba Henrique Capriles. Me tocó estar al frente de sus debates muchas veces, saltar la verja para evitar que arbitrariamente cerraran las sesiones. Todo eso lo contaremos en otro apunte, pues hay importantes lecciones sobre el particular.

En este apunte nos referiremos a la importancia de la política cara a cara; del contacto directo y personal con los votantes, tan relegado ahora a un segundo plano gracias a que lo hemos sustituido por los contactos virtuales. Asilamiento exponenciado ahora, y quién sabe por cuánto tiempo por la pandemia que nos asola.

Como decíamos, recalábamos en la casa y todo parecía que podríamos dedicarnos por un tiempo a un cierto retiro a los cuarteles de invierno para regresar a la universidad con mayor dedicación. A la formación personal, al posgrado tantas veces postergado, a la familia y a un poco de sosiego.

No obstante, una cosa piensa el burro y otra quien lo arrea. La vida nos tenía una sorpresa. Esta vino en la forma de una especie de pequeña poblada que tocó la puerta de la casa, un día antes de vencerse el lapso para presentar candidaturas a las elecciones municipales de aquel año.

Eran casi 40 personas, encabezadas por nuestra querida amiga Vestalia Sampedro. Había dirigentes vecinales de Naguanagua y de Proyecto Venezuela de la región. Fueron a proponerme que presentara mi candidatura a la alcaldía de Naguanagua. Les expliqué que no estaba entre mis planes, que prefería dedicarlo a lo que antes conté. Se retiraron con la misma promesa de Scarlet O ́Hara, “lo pensaré mañana” les dije.

Al día siguiente y luego de una conversación telefónica con Henrique Salas Romer, decidí inscribir mi candidatura. El siguiente paso fue ir donde el gurú en quien confiaba. Miguel Bello, el fundador de la encuestadora Pronóstico, para que hiciéramos una encuesta y explorar las posibilidades que tendría aquel disparate que acababa de decidir. Cinco días después me daba la mala noticia: “Estás de cuarto en las preferencias. Quien encabeza te lleva 19 puntos por encima”. Para amortiguar el mazazo me dice: “no todo es tan malo, no tienes rechazo y te conoce más del 55 % de la gente”.

Ya estaba montando en el burro, había que arrearlo. Desempolvé un viejo estudio que otro gran amigo, Roberto De Vries, me había regalado en alguna de mis aventuras electorales. Allí decía cuál era la imagen que, de acuerdo con sus investigaciones, yo proyectaba. Lo resumo con esta expresión coloquial: “tienes muy mal lejos, nadie que no llegue a conocerte va a votar por ti”; “proyectas una imagen de lejanía”. “Para que alguien vote por ti, tiene que conocerte y tocarte”. “Acuérdate de que más vale caer en gracia que ser gracioso”.

Pues bien, conseguimos una camioneta pick up, montamos unas mesas y sillas de festejo y varios termos con café. Programamos unas jornadas, llamadas “UN CAFÉ CON JULIO”. Hicimos una lista de los barrios de Naguanagua en orden de dificultad electoral creciente; los que creíamos más fáciles primero y luego los que nos parecían más difíciles. Cuando habíamos hecho 85 reuniones y contactado a casi 1200 personas, Miguel regresó con sus encuestadoras. Habíamos subido 15 puntos y nuestra principal contendora ya solo nos superaba por 4.

Ya sabíamos que el mandado estaba hecho. ¿Qué logró este milagro? Una sola cosa: el contacto directo y la radio bemba multiplicadora.

Logramos la elección y venía el desafío de la reelección. El ambiente era mucho más hostil. El gobernador nos adversaba y jugaba duro en contra. Nuestros adversarios tenían apoyo logístico y político importante. Naguanagua es un municipio pobre. Hace 20 años no existían los grandes centros comerciales y de recreación de hoy. Solo había un comercio local incipiente. No había recursos para grandes obras. Decidimos poner el acento en lo social, cultural y deportivo.

Había guardado afortunadamente el cuaderno donde estaban anotados todos los “Cafés con Julio” y, apenas tomamos posesión, comenzamos, con el mismo orden, a realizar “Cafés con el Alcalde”.

Explicábamos cuántos recursos teníamos disponibles e incentivamos a las comunidades se “arroparan hasta donde llegaba la cobija” Hubo interesantísimas discusiones sobre las prioridades de inversión. En otro Apuntes de otoño daremos cuenta de los programas sociales, culturales y deportivos que lograron poner a este municipio pobre en el paisaje regional con particular énfasis.

Como nos ocupa el tema de la política directa y cara a cara, pasaremos a relatar la estrategia que al final nos llevó a la reelección en medio de aquel panorama complicado y hasta peligroso. Diseñamos un cronograma de “almuerzos con el Alcalde” con los siguientes criterios:

a) Haríamos dos o tres a la semana;

b) Serían sorpresivos. A las 10 de la mañana, comunicaba a los responsables dónde sería el almuerzo. Uno de nuestros activistas visitaba la casa, escogida entre gente que no fuese partidaria de nosotros, pero tampoco hostil;

c) Si la persona era muy necesitada le ayudábamos con los ingredientes para el almuerzo, pero lo ideal es que no fuera así;

d) Llegaba a las 12 y 30 p. m. a comer con la familia que estuviera presente. Invariablemente, se corría la voz de que estaba en la casa y un grupo de vecinos se acercaban a la puerta de aquella casa;

e) Al salir, invitaba a los vecinos reunidos a recorrer la comunidad para ver los problemas y a eso de las 3 o 4 de la tarde, ya estábamos de regreso.

Lo verdaderamente interesante fueron los hallazgos que hicimos cuando investigamos el efecto de la actividad. Yo escribía una columna en el diario de mayor circulación de la región y la usábamos para averiguar la efectividad de la comunicación a través de los medios versus la comunicación personal.

Al día siguiente de la visita, realizábamos una encuesta en la comunidad. Los resultados eran sorprendentes. Los resumo aquí:

1) Nunca subió de un 4 % las personas que habían visto el artículo.

2) A la pregunta de si habían visto al alcalde en el barrio, la respuesta estuvo siempre entre el 12 y el 15 %. Pero a la pregunta, ¿supo usted que el alcalde estuvo en el barrio ayer?, la respuesta nunca bajó del 85 %.

¿Qué quería decir esto? Pues que la llamada “Radio Bemba” en los barrios populares es casi 100 veces más efectiva que la de los medios de comunicación. ¿Por qué ocurre esto? Muy sencillo: la gente se levanta entre 5 y 6 a. m. y se va a pie hasta la parada del autobús, en el camino habla con los vecinos; al llegar a la parada ocurre otro tanto. Lo mismo en el autobús y de regreso se repite la rutina. Como suele no haber aire acondicionado, los vecinos salen a las puertas de sus casas hasta que refresque o hasta que la inseguridad o la novela de las 9 p. m., recomendaban entrar. Allí seguían hablando y comunicándose.

Nada de esto ocurre en las urbanizaciones de clase media, y mucho menos en los edificios. Todos sabemos que pueden pasar años sin que nos enteremos de quién es el vecino y qué hace todo el día.

Nuestra conclusión fue que el contacto personal hacía prodigios. Se comunicaba empatía, se demostraba que estamos en sintonía con los problemas. En una palabra, nacía el afecto que te puede hacer prácticamente invulnerable frente a los ataques políticos de los adversarios.

Desgraciadamente, una mezcla del uso exagerado de las redes sociales, con una falta de experticia en la comunicación humana, terminaron creando burbujas que engañan al liderazgo político. Los algoritmos sustituyeron el instinto y nos metieron en espacios de gente que piensa parecido, que tiene hábitos parecidos y construyen un árbol que impide ver el bosque de la realidad. La política es analógica, no es digital.

La pérdida de contacto con las personas de carne y hueso ha distorsionado la percepción de la realidad y los nexos que se crean entre el dirigente y la gente común, son frágiles y sin alma, sin afectos de por medio.

Este es uno de los temas a resolver por parte de la nueva dirigencia del país. Ojalá este apunte de otoño, sustentado en hechos medidos y comprobados, sirva de algo para que esa reflexión se haga.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Apuntes de otoño (I), por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

La tradición oral fue desde siempre, y al menos hasta la aparición de la escritura y luego de la imprenta, la forma más eficaz de transmisión del conocimiento. Contar cuentos ha sido un oficio que todas las civilizaciones y todas las épocas han respetado y me aventuro a decir que estimado, incluso hoy, cuando la historia se cuenta en 140 caracteres.

Por otro lado, quienes carecemos de las herramientas académicas para participar en los debates de temas abstrusos y profundos, siempre conseguimos alguna anécdota que explica, de manera sencilla, lo que otros hacen de manera complicada. Esto lo entendió a la perfección el hijo de un carpintero de Nazaret, que terminó cambiando al mundo con la revolución del espíritu más profunda que se haya conocido hasta ahora. Él logró que imagináramos que un grano de mostaza puede encerrar, en su pequeñez, una fortaleza inusitada si cae en buena tierra.

Estos apuntes en el otoño de nuestra actividad pública y política pretenden ser un grano de mostaza regado al voleo, con la esperanza de que en alguna tierra buena caiga, ahora que ya no tenemos la edad del agricultor bisoño que ara el terreno y lo cuida a diario.

Contaremos cuentos y anécdotas que puedan tener algún interés y sean pertinentes para colaborar en la comprensión de problemas que se debaten en los grandes foros a los que no tenemos acceso. Al final del día, los que haremos será lo mismo que hacemos con los nietos en la hamaca: les hablaremos de lo que nos ha ocurrido y cómo vimos las cosas hace tiempo. Al menos con ellos me funciona. Logro que dejen los videojuegos por un rato y se entretengan con los relatos. Eso esperamos con esta serie que hoy comenzamos.

No tomar tus deseos por realidades

La política es el arte de lo posible. Una cosa es lo que queremos que ocurra y otra muy distinta lo que puede ocurrir. Nuestra juventud trascurrió soñando con un cambio revolucionario del mundo. Creíamos que porque había injusticias era suficiente desear que se acabaran para que ello ocurriera. Pensábamos que las ideas de igualdad y solidaridad, que estaban en nuestras cabezas, estaban en las cabezas de todos los demás.

En una ocasión, en medio de una campaña electoral, recalábamos Alberto Franceschi y yo en la casa de Miguel Bello, quien fue un personaje particular de la política carabobeña. Un gran factótum. En su casa se forjaron acuerdos en la universidad, en los concejos municipales, en la Asamblea Legislativa. Cuando Luis Herrera Campíns ganó las elecciones y su encuestadora Pronóstico pronosticó (nunca mejor dicho) su victoria, acertando por décimas los números reales, su figura tomó la dimensión de gran gurú.

Allí fuimos Alberto y yo a contarle de nuestra novedosa y esforzada campaña electoral. Habíamos comprado una vieja camioneta pick up a la que un viejo militante de la izquierda regional, José Valecillo, con manos prodigiosas trasformó en una tarima portátil. Con ella dábamos tres mítines diarios en los barrios populares. Nos sentimos los dueños de la opinión pública. ¿Quién podía superar tamaña hazaña? Estuvimos varios minutos hablando de nuestros prodigios y nos jactábamos de cómo habíamos explicado que las tragedias de los pobres se debía al egoísmo de los ricos y sus gobiernos. Con la paciencia y la sabiduría de los años, Miguel se inclinó hacia atrás en su poltrona preferida de la sala rodeada de obras de arte y nos dijo: “ustedes sí que son ingenuos, no saben que lo que más le gusta a un pobre es un rico”.

Aquel mazazo de sinceridad nos descolocó por un momento y quizás no le dimos crédito y seguimos con nuestros mítines y nuestra cruzada propagandística. Es obvio que los números no nos dieron la razón. La enseñanza es que un dirigente político debe fundar su acción en realidades y no en deseos. El instinto es importante y lo da la práctica de todos los días y el estar en contacto directo con la gente, pero los objetivos que te planteas deben estar fundados en lo que es objetivo. Claro que hay que perseguir sueños y tener proyectos, pero para que estos sean comprensibles deben estar traducidos al lenguaje de millones y no en el lenguaje de los escogidos y narcisos que creen que sus ideas son realidades porque son de ellos. Aprender ese lenguaje es clave para tener éxito en la política.

Sin organización no hay vida

Las ideas solas no ganan batallas. Las ganan cuando se convierten en voluntad y cuando esa voluntad se organiza. Por eso nacieron los partidos políticos. La idea no es de sus primeros organizadores.

En el Evangelio hay varias claves de lo que hay que hacer para que una doctrina no muera. La iglesia no es un partido político, pero es una institución que tiene más de 2000 años. Sobrevive porque está organizada, estructurada, jerarquizada y se impone metas para hacer conocer y ampliar su mensaje. Aquí no nos referimos a su misión profética, sino a su forma terrenal. Cuando Jesús dijo a Pedro, “tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia” estaba dejando muy claro que no solo los mandaba a predicar la buena nueva, sino que tenían que organizarse para que aquellas palabras no se las llevara el viento de los tiempos.

Nuestra primera experiencia política electoral está muy vinculada a la organización para lograr unos fines. Corría el año 1968 y un grupo de jóvenes estudiantes del Liceo Pedro Gual que no teníamos filiación política más que la amistad y estar vinculados con Palestra, un movimiento fundado por un hermano de La Salle de nombre Humberto Peñaloza, que formaba jóvenes cristianos y que operaba como una verdadera escuela de líderes, resolvimos participar en las elecciones para elegir el Centro de Estudiantes del liceo más importante de Carabobo. Debíamos enfrentarnos a la poderosa coalición del PCV y el MIR que ganaba prácticamente todas las elecciones estudiantiles en liceos y universidades.

El día que decidimos participar nos trazamos un plan. Organizamos una estructura con un delegado por cada curso. Constituimos comisiones de propaganda y finanzas. Algunos nos dedicamos a redactar un programa de reivindicaciones. Cada día, a las 7 de la mañana, nos dábamos cita en la puerta del liceo y evaluábamos lo realizado y nos proponíamos nuevas tares.

Encabecé aquella plancha, como candidato a presidente; y como secretarios general y de organización estaban Paqui Yanes e Iván Hurtado. Nuestro representante en la Comisión Electoral fue Jaime Salama. Ganamos las elecciones, fue una sorpresa para todos. No veníamos de la política; hoy en día nos calificarían de miembros de la sociedad civil. No tuvimos el apoyo de ningún partido, pero no nos quedamos en la tribuna “manageando” el partido, sino que decidimos bajar al terreno a jugar. No confiamos solo en nuestro mensaje de amplitud y de crítica a la vieja dirigencia. NOS ORGANIZAMOS para participar y para ganar aquellas elecciones.

Si este apunte sirve de algo, debería ser para comunicar lo importante de organizarse, de organizar la voluntad y las ideas. De no quedarse atascado en la opinión, en la difusión y ahora en el teclado si es que quieres lograr objetivos políticos. Eficacia y eficiencia sin organización no existen. Tener un plan, evaluarlo y elaborar tácticas y estrategias con él es básico para todo aquel que quiera obtener resultados en este mundo complejo.

La próxima semana continuarán estos apuntes de otoño.

 

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¿Cuándo se invaden los países?, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

Todos conocemos la vieja cita del barón Von Clausewitz que nos recuerda que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. De manera que cualquier guerra, ofensiva o defensiva, suele ser la expresión “por otros medios”, de las luchas políticas internas de los países.

Ningún país manda tropas a otros, como no sea porque su situación interna lo obliga a ello o porque ello reditúa políticamente algo a sus gobernantes.

Esto es así desde que el mundo es mundo. Antes de que nacieran los estados nacionales modernos, las tribus y sus jefes hacían lo mismo. Cuando apretaba el hambre, cuando los recursos se agotaban en alguna comarca, pues se liaban los bártulos y se desenfundaban los garrotes para ir a buscarlos allende.

Como era obvio, adonde llegaban no solían recibirlos de buen grado. “Lo mío es mío” deben haber dicho aquellos fortachones cromañones o neandertales antes de liarse a garrotazos y pedradas para defender los intereses propios, frente a aquellos metiches que venían a llevarse el alimento o a asentarse en sus dominios.

Es cierto que a una guerra preceden ideas que tratan de justificarlas o que le dan un piso o justificación política. Ningún país, por más trogloditas que sean sus líderes, se despierta un día para decir al unísono: “vámonos de guerra hoy”, como si fueran a ir a una verbena o a un picnic. Las inflamas nacionalistas, el orgullo nacional herido, la necesidad de libertad, la seguridad nacional son algunas de las ideas fuerza que se esgrimen para darle “fundamento” a una aventura militar.

Pero como vemos, ni siquiera esto es pan de cada día. Estas flamígeras propuestas suelen darse en momentos de crisis particulares en los que se necesita amalgamar la voluntad interna con un enemigo externo; cuando se necesita elevar la popularidad o cuando la precariedad de recursos obliga, a la necesidad o a la avaricia, a ir a buscarlos fuera.

De hecho, casi todas las guerras comienzan siendo “populares”. Las películas del género nos muestran los gloriosos desfiles de los soldados que van al frente vitoreados por sus conciudadanos. Lo que ocurre luego, cuando comienzan a llegar los ataúdes con los cuerpos, es siempre otra historia.

Hitler fue un maestro en la manipulación de los sentimientos nacionales frente a la humillación del Tratado de Versalles. Primero para llegar al poder y luego para poner al pueblo alemán detrás de sí para ir a una guerra con la excusa de la búsqueda de un espacio vital e histórico para Alemania, con la promesa de que aquel ultraje no se cometería de nuevo. Muchas veces nos preguntamos ¿cómo es posible que el pueblo más culto de Europa se hubiese dejado seducir por un fanático pintor de brocha gorda y buen parlanchín? Muy sencillo, en la República de Weimar para comprar un pan había que llevar una carretilla de dinero a la panadería y, para comprar el mismo pan al día siguiente, había que llevar dos.

Suele ocurrir que detrás de cada líder populista siempre hay una necesidad sentida que este ha interpretado y manipulado exitosamente.

Si nos venimos más cerca y analizamos las causas de nuestra guerra de independencia, sin dejarnos cautivar por el espíritu de Venezuela heroica, vamos a descubrir que, efectivamente, las ideas de la Ilustración, que también estuvieron en el origen de la Revolución Francesa, jugaron un papel muy importante en la “ideología” de la liberación patriótica.

De hecho, la Capitanía General de Venezuela fue la vanguardia de los movimientos independentistas, entre otras cosas, porque su situación geográfica le permitía tener acceso con prioridad a los libros y a ideas que venían de Europa. Esos tratados estuvieron primero en los estantes de bibliotecas de Caracas que en los de los virreinatos de México o del Perú.

Pero vamos a estar claros, el leit motiv, la principal razón objetiva por la cual la independencia se convirtió en un tema relevante, sobre todo para las elites caraqueñas y mantuanas de la época, fue que sentían que ya se  habían “echado los pantalones largos” para hacerse cargo del comercio del tabaco, el café y el añil que estaba monopolizado por la Compañía Guipuzcoana. Esta empresa, que tenía el monopolio de comercio exterior de la Colonia, les pagaba los precios que a bien tenía, muy distintos a los del mercado internacional de entonces. Por cierto ¡oh paradoja! los mismos barcos de la Guipuzcoana que comerciaban las mercancías, trajeron los libros que inspiraron la rebelión en contra de su monopolio.

Una vez proclamada la independencia, la primera cuenta que sacaron nuestros padres fundadores, y a justo título, fue que necesitarían el apoyo logístico y militar de potencias extranjeras para hacer frente al imperio español. “Solos no podemos” se decían seguramente en el cabildo caraqueño y en el templo de San Francisco luego del 5 de julio de 1811.

No fue entonces por casualidad que la primera embajada, ese mismo año, que conformo el naciente gobierno revolucionario fue a Londres en busca de esa ayuda. La misma, estaba integrada por Simón Bolívar, Andrés Bello y López Méndez. ¿Por qué a Londres? Pues porque la Gran Bretaña era el gran rival de la España de la época. No era porque los ingleses eran amantes de la libertad ni nada parecido. La que Napoleón solía llamar la “Pérfida Albión” acababa de librar una guerra sangrienta contra los patriotas norteamericanos que reclamaban su libertad del Reino Unido.

De manera que no fue ningún súbito ataque de amor por la independencia de nuestras naciones que tuvieron los ingleses lo que llevo allá a nuestros primeros embajadores.

Aquella delegación llegó a la casa de Miranda, quien ya tenía años aposentado en la urbe londinense haciendo la misma cosa. Tratando de conseguir financiamiento y apoyo militar para la libertad de Venezuela. William Pitt, su joven primer ministro, hay que decirlo, “mareó” a Miranda durante varios años, prometiéndole tal ayuda. Por eso, cuando sus compatriotas llegaron, este  les advirtió sobre lo complicado que estaba la cosa. Y lo amarrete que Pitt había resultado para “bajarse de la mula”.

¿La ayuda británica llegó? Sí, claro que llegó, pero no cuando la pedimos, ni cuando la necesitamos, sino cuando le convino al Reino Unido por sus intereses. Aquella delegación llegó en 1811 a pedirla, pero la geopolítica de la Europa de entonces hizo que no fuera hasta 1818 que llegara la Legión Británica al país; y prudentemente integrada por “voluntarios” y no por cuerpos regulares de los soldados de su majestad. Es que al final del día, “los países no tienen amigos, sino intereses”.

Aquí va otro ejemplo inglés: ¿Cuántas veces trató Churchill de convencer a los norteamericanos de que entraran en la guerra para salvar a la “Madre Patria”? Sir Winston se valió de la persuasión, del halago, de la intimidación, incluso de ciertas travesuras y nada. Los Estados Unidos se mantenían en la neutralidad. Se consideraban seguros porque el Atlántico por el Este y el Pacífico por el Oeste los protegían de los bárbaros en guerra. ¿Cuántas veces llegó Churchill de regreso a Londres con migajas de ayuda militar de sus hermanos angloparlantes?

Tuvo que venir el almirante Yamamoto, en un soleado domingo de diciembre de 1941, tres años después de que Europa se desangraba en aquel conflicto, a bombardear a Pearl Harbor, para que los Estados Unidos despertaran del letargo, recordaran su compromiso con el mundo libre, su rechazo al fascismo de los discursos de ocasión y se incorporaran a la guerra. Es decir entraron cuando les convino y cuando ellos lo necesitaron. No cuando Europa los necesitó.

Hoy en Venezuela tenemos de nuevo sobre la mesa el debate sobre si la solución de nuestra crisis es o no una intervención militar extranjera. Para referirse a ella, hemos utilizado una gama de eufemismos y de nombres técnicos sacados del derecho internacional y de los tratados internacionales. No nos detengamos en matices jurídicos. Llamemos las cosas por su nombre.

Lo primero que hay que decir es que no hay que escandalizarse por hablar del tema. Las intervenciones militares han ocurrido y seguirán ocurriendo. Tampoco rehuyamos el tema con argumentos morales. Si de algo no se ocupan las guerras es de la moral. En estas líneas lo que trataremos es de analizar si, en el actual contexto geopolítico nacional e internacional, tal alternativa es viable o posible para Venezuela.

La primera pregunta, en ese sentido, debería ser: ¿Puede ocurrir una intervención militar extranjera en Venezuela? Claro que sí. Han ocurrido varias en América Latina. La segunda pregunta: ¿Es factible que ocurra en este contexto de hoy?

 Primero veamos

¿Quiénes pueden intervenir en Venezuela? Obviamente los Estados Unidos. Al fin y al cabo estamos en su zona de influencia (en su back yard, dicen ellos) y por razones también obvias y logísticas, los países fronterizos Colombia y Brasil. Igualmente podría ocurrir de parte de una coalición internacional, invocando Tratados como el TIAR o misiones de paz de la ONU, tipo cascos azules etc.

Veamos el caso de los Estados Unidos: el presidente Barack Obama dio un paso clave, jurídicamente hablando, cuando declaró a Venezuela como amenaza para la seguridad interna de los Estados Unidos. De ese instrumento jurídico es del cual dimanan las facultades para establecer las sanciones, la operación en el Caribe para controlar las rutas del narcotráfico y las operaciones ilegales de materiales estratégicos desde Venezuela, que ha emprendido la administración de Trump. Y que hasta hoy se mantienen como medida de presión contra Maduro.

Ahora bien, ¿conviene o pueden los Estados Unidos ir más allá? De que pueden, por supuesto que pueden. Hasta ahora no lo han hecho. Como no lo han hecho con Cuba durante 60 años, a pesar de que era un activo exportador de la guerrilla en todo el continente y sostenía luchas armadas en Angola, Mozambique y Argelia. La razón es que en realidad la amenaza de Maduro y los Castro a Estados Unidos no es una amenaza militar. Una amenaza de esa naturaleza solo ocurrió una vez en la historia y lo constituyó la crisis de los misiles de octubre de 1962, cuando el mundo estuvo al borde de la tercera guerra mundial. Aquel asunto se resolvió diplomáticamente (por cierto contra los intereses de Castro) cuando Krushev se llevó sus misiles a Turquía y dejó a Fidel sin escalera y “guindado de la brocha”.

Es cierto que, a diferencia de Castro, de quien se llegó a documentar colaboración con elementos del narcotráfico y cuyo apoyo a las guerrillas fue explícito, Maduro ha incursionado en un terreno movedizo y peligroso por sus relaciones con Irán, con grupos calificados de terroristas. Y porque la corrupción criolla ha salido del país y se ha convertido en un elemento desestabilizador, más allá de nuestra fronteras, influyendo en la política, las policías y autoridades de otros países. Repetimos, ese extremo nunca fue tocado por Castro de manera tan abierta y expuesta, como lo ha hecho temerariamente Venezuela.

Los Castro, como los mapurites, saben a quién perfumar y hasta dónde llegar. Y no sabemos si aconsejan a Maduro sobre la materia. Por esto es que, de ser cierta la especie denunciada por el presidente Duque sobre la adquisición de misiles iraníes de medio y largo alcance por parte de la FAN, este estaría dando un paso inédito y peligroso. Veremos en los próximos días cómo se desarrolla este tema de incalculable importancia.

¿Ahora bien, estas y otras provocaciones de Maduro son necesarias o suficientes para una acción de fuerza? Necesarias sí. Suficientes, dependerá de cuáles otros intereses tenga Trump en estos momentos. Si en algún momento, por razones electorales o políticas, o porque su entorno detecta otras amenazas futuras, por supuesto que un dirigente como Trump podría perfectamente “amanecer de bala”, como dicen los mejicanos y ordenar una intervención en Venezuela.

Para eso no necesitará el TIAR, ni que lo pida Guaidó, ni la invocación del 185 por parte de la AN, ni ninguna de esas exquisiteces jurídicas.

Esto lo sabe cualquiera y lo saben también quienes lo piden por aquí. Sin embargo, en las actuales condiciones y dado el desarrollo de su campaña electoral, no parecieran que eso le convendría, por los momentos. ¿Y cuáles serían esas condiciones en las que Trump se encuentra en estos momentos? Acompáñenos al siguiente párrafo donde intentaremos explicarlo.

Usted piensa, amigo lector, que un país que acaba de ver presenciar un virtual incendio de sus principales ciudades por la muerte de… Floyd, un  exconvicto afroamericano que huía de la escena del crimen, con antecedentes penales y que fallece en el curso de una operación policial por una mala práctica del agente, puede darse el lujo de llevar sus tropas a otro país al que la mitad de los norteamericanos no conoce, a “luchar por su libertad”? ¿Cuántas camisetas “Americans live matters” aparecerán cuando llegue la primera bolsa negra? ¿Pensamos que a Trump le interesa política o electoralmente esto?

Vietnam aún está fresca en la memoria norteamericana. Vietnam es la prueba de que las guerras pueden no perderse en el campo de batalla. Los norteamericanos no fueron derrotados por el Vietcong o por las tropas de Ho Chi Min. Los norteamericanos fueron derrotados por sus propios jóvenes en las calles de Washington, de Nueva York, de San Francisco y en las de Londres, Paris, Berlín y Tokio y por sus propios soldados desmoralizados que no entendían por qué los mandaban a morir y a matar en unos lejanos arrozales del delta del Mekong.

Una guerra desestabiliza internamente a los países y parece que Trump, interesado en la economía norteamericana y en sus votantes, ha optado por una nueva versión de aislacionismo en esta materia, para evitar justamente las contaminaciones internas de cualquier aventura militar. Su dejadez progresiva de la OTAN, el insólito e inesperado abandono de los kurdos en Siria, abonan en favor de esta tesis. Ser policía del mundo, como lo dijo una vez, pareciera que va a contrapelo de su misión de “Make America Great Again”

 ¿Y Colombia y Brasil?

Nuestros dos vecinos sufren en sus propias carnes lo que ha significado la crisis venezolana. Migraciones masivas, incorporación de nuestros jóvenes a bandas delictivas y guerrilleras. En Colombia, no hay duda que la reactivación guerrillera de un sector de las FARC ha contado con apoyo logístico del lado venezolano de la frontera. Y que el dinero de la explotación ilegal del arco minero ha significado una nueva inyección de financiamiento para su subversión interna.

La posición del presidente Duque en solidaridad con la democracia venezolana ha sido sin duda proactiva e importante en el terreno político y diplomático. ¿Y en el otro terreno? Pues recordemos que Duque fue el primer presidente en pronunciarse expresamente en contra de una intervención militar en Venezuela. ¿Por qué? ¿Será que Duque se rajó? La respuesta es fácil si echamos una mirada a la situación interna de Colombia.

Un país que hace pocos días estuvo convulsionado por inmensas manifestaciones por la muerte de un joven en una protesta; con una guerrilla aún beligerante; una izquierda con opciones electorales; con su más icónico líder contemporáneo preso; con la consiguiente crisis por la pandemia. ¿Ese país, creemos que está en condiciones para intervenir militarmente en Venezuela? ¿Le convendrá a Duque abrir esa caja de los truenos?

¿Y Brasil? Bolsonaro preside la segunda nación del mundo con más infectados y muertes por el coronavirus. Su personalidad carismática y seguramente la debilidad de su oposición, golpeada por los escándalos de corrupción, le ha permitido capear el temporal sin excesivas pérdidas de popularidad. A diferencia de Trump, más bien su caída de aceptación fue revertida con su peculiar manejo de la crisis.

Quizás esta no sea entonces una crisis de popularidad la razón para entender la tibieza con la cual el presidente brasileño, de un tiempo a esta parte, ha comenzado a tratar el tema venezolano. Quizás las razones hay que buscarlas en su particular relación con China. ¡Sí! China es la principal inversionista en Brasil y sus relaciones diplomáticas y políticas son excelentes.

¿No notamos que durante toda la crisis de Hong Kong no ha habido una sola palabra de condena a la represión o de solidaridad con los jóvenes de esa ciudad, enfrentando con paraguas a policías de la China comunista armados hasta los dientes? Bolsonaro no puede decirse que ha cambiado a favor de Maduro, lo que sí podemos decir es que ha decidido “meterse con el santo, pero no con la limosna”.

 La comunidad internacional

¿Y Europa y la OEA y la ONU y el resto de la comunidad internacional? Pues hay que decir que la mayoría de las democracias decentes en el mundo están apoyando la institucionalidad en Venezuela representada por el interinato de Juan Guaidó en la presidencia de la República, en su carácter de presidente de la Asamblea Nacional. Todo de conformidad con lo que establece la Constitución.

Se trata de una realidad peculiar y que seguramente las facultades de leyes y los especialistas en Derecho internacional del mundo entero estudiaran en los próximos años. Este hecho inédito es, ciertamente, una de las principales fortalezas de las fuerzas democráticas venezolanas y ha sido el freno para que muchas de las arbitrariedades del régimen no hayan ido más allá.

Ahora bien, ¿este apoyo se ha traducido por alguno de los gobiernos o de los organismos multilaterales en un apoyo a una acción de fuerza en Venezuela?

Hay que ser sinceros y decir que no es así. Más bien, el primer comunicado sobre el particular del Grupo de Lima, la organización más “resteada” con la causa de la democracia venezolana, se manifestó abiertamente en contra de cualquier salida de fuerza e hizo votos por una salida política y electoral.

En igual sentido lo han hecho la Unión Europea y la OEA. Su secretario general, por cierto, ha hecho importantes aportes en la calificación del régimen de Maduro como Estado fallido, aun cuando la declaratoria formal no se ha producido. Por otro lado, las gestiones para echar a andar el TIAR marchan al ritmo desigual que le imprimen las distintas cancillerías y sus intereses internos. Dicho en otras palabras, el mecanismo aún no arranca.

 Concluyamos con una idea…

Venezuela es efectivamente un problema geopolítico mundial. Chávez lo convirtió en eso cuando declaró a las FARC beligerantes; cuando se asoció con regímenes peligrosos para la estabilidad mundial y cuando el dinero de la corrupción dejó de ser un fenómeno local para infectar sociedades fuera de Venezuela. Como tal, la solución a nuestra crisis no será íntegramente interna, sino que vendrá de la conjunción de circunstancias externas y endógenas.

¿Cuándo? ¿Cómo? Nadie lo sabe. Ni siquiera lo saben aquellos a quienes las circunstancias les llevarán a tomar las decisiones clave. Los que andamos de a pie y no tenemos acceso a esos centros de poder, no nos queda otra misión que la de continuar la presión interna; acompañar en su sufrimiento y en sus luchas a ese 85 % de compatriotas que quieren un cambio y, en el terreno político, a los esfuerzos de la única institución legitima de la sociedad venezolana que es la Asamblea Nacional y a su presidente.

La ruta que llevará a la recuperación de la democracia, de la reconciliación nacional, será tan inédita como la crisis que pretenderá resolver.

Conozco muchos venezolanos cansados, golpeados por la pesadilla que vivimos, pero no conozco uno solo que haya resuelto apoyar al régimen porque no queda otro camino.

Miles de venezolanos se movilizan a diario por reivindicaciones sociales y porque se respeten sus derechos. Muchas veces lo hacen solos y, no pocas veces, su esfuerzo queda aislado porque no hay mecanismos de conexión entre quienes luchan.

Las fuerzas democráticas luchan en condiciones precarias y duras, de represión y de dificultad excepcionales. Todo eso retarda la salida de la pesadilla. El país es un barril de pólvora a punto de estallar. ¿Cuándo? No lo sabemos, lo que sí podemos saber es que es que, aunque alguien se baje del barril y apague la mecha, esta es cada vez más corta.

De esta vamos a salir más temprano que tarde. Lo que no nos podremos ahorrar es más esfuerzo y compromiso de nosotros mismos. No porque deseemos que vengan a resolvernos los problemas, estos se resolverán más rápido. Es comprensible que haya compatriotas desesperados pensando que ocurra una solución mágica que venga de afuera. Lo entendemos. Pero nada sustituirá nuestro propio esfuerzo. La conseja popular es sabia: “deseo no empreña”.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad.Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La filosofía de Emilio y la protesta de Martín, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

Emilio y Martin son mis nietos. Tienen 11 años y como solo los niños, los borrachos y los locos dicen la verdad, importante es entonces que, cuando hablan, les prestemos atención.

Hace unos días, en plena pandemia, cuando el confinamiento nos hacía inventar rutinas en la casa, tratamos de poner en orden su tiempo. Nada fácil. El quid del asunto era ver cómo hacíamos para que se despegaran del Fortnite, un videojuego que hace furor entre sus amigos y en el cual juegan en línea con ellos. Negociábamos el uso del tiempo y les fijamos como hora tope las 10 y 30 de la noche. Como ya teníamos dificultades para desconectarlos hasta para comer, debimos ser más drásticos y redujimos el tope a las 9 p. m. Martín, el sindicalista del par, inmediatamente protestó y dijo que era una violación del contrato colectivo, rezongaba y argumentaba. Emilio, el diplomático del par, dijo con sapiente calma: “MARTÍN, LAS COSAS CAMBIAN…”

Las cosas cambian. Emilio y Heráclito, quien nos advierte que “nadie se baña dos veces en el mismo rio”, lo saben y con razón lo dicen cuando es necesario. Las cosas cambian y la historia, por más que sea una guía y nos muestre los acontecimientos pasados, como un espejo que cruza el camino de los tiempos, no se repite. Y cuando lo hace suele ser, como lo dijo Marx, a propósito del golpe bonapartista del 18 de Brumario, “una vez como tragedia y otra como farsa”.

El debate sobre si se vota o no se vota en Venezuela, a propósito de las elecciones convocadas de manera írrita por el no menos írrito CNE, nombrado por el irritísimo TSJ, suele echar mano de ejemplos de elecciones en otros momentos y otras latitudes.

Cada quien hala la brasa para su sardina, demostrando con el acontecimiento y la versión del que le conviene, cómo fue de acertado votar, o cómo lo fue abstenerse. Hay quienes hablan de la victoria del NO en el referéndum de Pinochet y la posterior victoria opositora; de la victoria de la señora Chamorro contra Ortega en Nicaragua; de las recientes protestas contra Lukashenko; algunos nos transportan más allá en el tiempo y nos hablan de la acertada participación de los bolcheviques en la Duma zarista.

Solemos citar igualmente nuestra propia experiencia del 2005, cuando la oposición se abstuvo. No obstante, vamos a tratar de analizar otra situación más próxima en el tiempo y, por ende, más cercana también a la realidad actual: las elecciones de 2015.

Muchos dicen que ha sido el hito político (democrático) más importante alcanzado por la oposición al régimen en Venezuela. Creo que esta es una afirmación incontestable. Lo que pasó después, es donde está mi Dios sentado. Ello ha dado pie a que otros opinen que de nada sirvió tal hito porque el régimen (haciendo un “up grade” autoritario”) se quita la careta y en pocas semanas ya había eliminado la mayoría absoluta, anulando las elecciones de los diputados de Amazonas y luego declarando en desacato a la Asamblea Nacional.

¿Quién tiene razón? Pues, por extraño que parezca, ambos tienen razón. O parte de ella. En lo que pensamos que no tienen razón es en extrapolar el ejemplo, por aquello, que ya dijimos, de que la historia no se repite nunca de manera exacta. Que Martín puede protestar todo lo que quiera, pero Emilio tiene razón cuando dice que “las cosas cambian”

¿Y qué clase de análisis es este? ¿En qué quedamos entonces?

Quedamos en que en cada momento las direcciones políticas tienen que inventar y definir una agenda. Que para elaborar esa agenda, diseñar una estrategia y decidir acciones hay que leer el presente y hacer prospectivas sobre el futuro.

¿Qué hemos dicho insistentemente desde esta ventanita digital? Vamos a tratar de resumirlo de seguidas.

1. Maduro tiene en su contra el 85 % de los venezolanos. Si la cosa fuese al contrario, estaríamos fritos.

2. El liderazgo opositor ha ensayado diversas vías y estrategias para desalojarlo del poder, sin éxito hasta ahora.

3. Hubo una decisión capital para haber logrado el apoyo del mundo democrático en el mundo. Fue no haber concurrido a las elecciones irregulares del 2018, lo que ha permitido que se considere al régimen ilegítimo y se reconozca el interinato de Juan Guaido como presidente de la AN.

4. No existen evidencias de que la comunidad internacional esté dispuesta a transitar otras vías para restaurar la democracia en Venezuela que no sea continuar la presión diplomática y las sanciones.

5. El liderazgo opositor ha estado unido en varias ocasiones (elecciones 2015) pero actualmente tiene visiones distintas sobre la vía para la recuperación democrática.

6. Los venezolanos que lograron hacer espectaculares manifestaciones pidiendo la salida del régimen, hoy están replegados. Este repliegue se refuerza con la crisis de la pandemia; el agravamiento de la situación económica que obliga a la gente en ocuparse de sobrevivir y la diáspora de millones de activistas, líderes y luchadores.

7. El régimen ha aumentado la represión, persecución de líderes y partidos opositores y aprovecha la pandemia para acentuar sus mecanismos de control social.

8. La protesta social (no la política) NUNCA ha decaído. En el mes de julio hubo más de 500 manifestaciones espontáneas, sin liderazgo conocido, contra la escasez de gasolina, de gas, de insumos médicos, etc. Es un error decir entonces que los venezolanos están anestesiados. Y es evidente que hay una base objetiva para que la protesta reconecte con lo político. Ese es uno de los grandes retos del liderazgo.

9. Pareciera evidente que es necesario un viraje de política, de remozamiento de las estructuras de dirección que conecte de nuevo con el país nacional y que aproveche la referencia nacional de Juan Guaidó.

10. Las elecciones son teóricamente un escenario privilegiado para la movilización de las conciencias, pero en estas condiciones pensamos que se traducirían en una nueva desilusión, porque todo está preparado para que sean fraudulentas y no se reconozcan los resultados. Entonces la lucha de los demócratas debería ser aprovechar el tema electoral montando una agenda para que se obtengan esas condiciones y que evaluáramos en un punto de esa lucha si participamos o no. Lamentablemente, pusimos la carreta delante de los bueyes y antes de plantear esa lucha, nos dividimos entre abstencionistas y participacionistas, cada uno con elementos justos de análisis, pero ninguno con fuerza para que su posición sea incluyente de todos. Hay tiempo para el viraje. Estamos a la espera.

Venezuela es un problema geopolítico internacional y ese hecho será clave en la solución de nuestra crisis, pero nadie vendrá a arreglarlo por nosotros. La política no se hace por “out sourcing”. A nosotros nos toca poner el liderazgo con la política correcta. De esta manera, el apoyo internacional y las negociaciones entre los países a propósito de nosotros, serán tanto más favorables a nuestra democracia, cuando más avancemos por nosotros mismos por la conquista de nuestra propia libertad.

 

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Yesterday, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

Para muchos de nuestros contemporáneos Yesterday, de Los Beatles, es la banda sonora de la juventud. Su título sirve para evocar y trasladarnos a esos años y, a veces, plantearnos si es cierto la vieja conseja de acuerdo con la cual todo tiempo pasado fue mejor.

En días pasados, en uno de los muchos chats de redes sociales en los que participamos, se planteó una interesante, y desgraciadamente efímera, discusión acerca de si hablar de los tiempos de oro de la democracia venezolana, de sus obras y sus líderes, era adoptar una conducta lastimera y nostálgica que reflejaba una pérdida de la esperanza o haber abandonado la lucha por un mejor futuro.

Veamos. La nostalgia y el recuerdo de buenos momentos vividos son conductas naturales y hasta positivas de los seres humanos. Tendemos a recordar los acontecimientos agradables y a olvidar los desagradables. Sin este mecanismo del cerebro humano, nuestra especie habría tenido mucho más difícil su supervivencia. Este tamiz hedónico es, en gran parte, responsable de las habilidades de resiliencia y sobrevivencia que hemos desarrollado.

Pero en Venezuela, evocar estos logros que tuvimos como sociedad tiene adicionalmente una especial importancia para dibujar el porvenir y es también una importante herramienta de pedagogía política.

¿Por qué? Pues porque nuestro país llegó a ser en un momento el que mayor crecimiento per cápita de todo el planeta; porque batimos récords en años consecutivos de crecimiento económico; porque llegamos a tener la empresa pública más rentable de la tierra; porque nuestros índices de escolaridad fueron los mejores de la América Latina, incluyendo al Chile de Andrés Bello; porque nuestra democracia era la más estable y consolidada de la región.

Y si una vez tuvimos eso, pues sencillamente tenemos el material para volverlo a tener. Allí radica, entre otras cosas, la importancia de recordar esa realidad.

Lo otro importante tiene que ver con la enseñanza de no tropezar dos veces con la misma piedra y con la obligación que tenemos de amarrarnos a los mástiles de los barcos, como Ulises, para no volver a dejarnos cautivar por los cantos de sirena de otro populista elocuente, vengador y émulo chimbo de Robin Hood que venga a hacer caer por inocente a tanta gente culta y bien informada que se dejó seducir.

De manera que dibujar aquel país que tuvimos no tiene nada que ver con la nostalgia, la “saudade” de portugueses y brasileños o la “morriña” de los gallegos; sino que más bien, como hemos dicho, nuestro deber debería ser convertirlo en añoranza por esos tiempos que podemos volver a conquistar. Esa añoranza que es una mezcla de nostalgia con esperanza.

Es esta perspectiva una de las tareas que tendríamos pendientes. Una de las vacunas contra el populismo barato que necesitamos inocular cuando recobremos la democracia y la libertad, es la de rescatar en nuestra escuela y liceos, aquella maravillosa asignatura llamada Formación Social Moral y Cívica que nos enseñe a formar nuevos ciudadanos en valores democráticos y en decencia pública.

Vamos a necesitar un proceso de “desintoxicación” no solamente de la parafernalia ramplona que los libros y catecismos chavistas obligaron a los docentes a usar para impartir a nuestros niños, sino también una nueva perspectiva de nuestra historia contemporánea para poner en valor a todo el liderazgo político y social de nuestros años democráticos.

Un liderazgo que tuvo la entereza de derrotar a la subversión castrista cuando quiso apoderarse, a través de la violencia, de nuestro país y que fue el que pudo construir las bases de esa Venezuela que con justa añoranza queremos recobrar.

La historia no puede y no debe echarse hacia atrás. También es necesario desarrollar el espíritu crítico de nuestros jóvenes para que sean capaces de juzgar los errores de los líderes de ese momento y para que los eviten, cuando les toque la responsabilidad de conducir los destinos de esta tierra de gracia. Errores que, sin ninguna duda, fueron los polvos que nos trajeron estos lodos.

Yesterday existirá por siempre. Y cada vez que la escuchemos evocaremos una parte de nuestra historia que ha quedado atrás. Nuestro compromiso es convertir esa añoranza, como dice Silvio Rodríguez en su Canción del Elegido, en “un arma cargada de futuro”.

 

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La política como religión, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

Toda religión tiene sus preceptos y, en muchos casos, sus catecismos para hacerlos didácticos y comprensibles para todo el mundo. Descansan todas en dogmas insondables para la razón y para la ciencia. En esos dogmas se creen por fe y esa es la clave. Que no discutas, que no te plantees interrogantes sobre ellos, precisamente porque esa creencia ciega, necesita esa inmensa fuerza espiritual que es la fe para que funcione.

Ninguna religión puede permitir tampoco que sus principios se decidan democráticamente. Faltaba más. Ninguna va a correr el riesgo de que se repita la historia de aquella famosa votación del Ateneo de Madrid en 1936, que decidió que Dios no existía en reñidos comicios. Ese día, por cierto, Dios perdió por un solo voto.

Eso que vale para la religión y que un creyente acepta de manera libre, desgraciadamente tiene su correlato en la política. Y aquí, querido lector, sí no funciona eso de que “la salsa que es buena para el pavo, es buena también para la pava”.

Ocurre que la política debería estar fundada en la razón, en la verificación, en la táctica y la estrategia para el logro del poder político que es lo que las formaciones políticas se proponen, pero nunca en verdades eternas e inmutables

Ahora bien, todo esto no significa que la política debe prescindir de la teoría y los principios. También es cierto que las ideas del mundo que se sueña deben darse a conocer. Es necesario que alguien venda esos sueños y que nos muestren, como lo hace el arquitecto en sus planos, el diseño de esa nueva casa en la que todos quisiéramos vivir.

También es permisible que así como hay escuelas de arquitectura con ideas sobre cómo utilizar el espacio, sobre a quién hay que darle prioridad en la construcción de esos espacios, sobre cómo diseñar ciudades y edificios, que en la política existan escuelas de pensamiento y que se debatan las ideas que la sustentan. Hasta allí todo está bien. Como dijimos, la política debe seguir una doctrina y unos postulados “teóricos” o “filosóficos”. De otra manera sería pragmatismo puro y duro, lo cual es absolutamente deleznable para quienes quieren ser arquitectos del futuro.

El problema se presenta cuando la doctrina la convierten en sí misma en una religión y entonces aparece el catecismo de las ideologías, con sus mandamientos, sus dogmas, sus verdades indiscutibles, sus santos y sus iglesias.

De esta suerte, la ideología se convierte en un recetario de repostería en el que desparecen “la pizca”, “el puñado”, el toque de un ingrediente, que son detalles que hacen grande la comida salada y aparecen entonces los gramos exactos, las cantidades escrupulosamente medidas y el orden en su mezcla, so pena de que “pongas la torta” horneando la torta si no lo sigues al pie de la letra.

Para mayor desgracia, como en “La Sociedad de los Poetas Muertos”, la mayoría de los preceptos de las ideologías son de autores y políticos muertos cuyos capítulos y versículos se recitan y se recetan desde hace décadas, incluso siglos, como si nada hubiera cambiado desde que estos sumos sacerdotes hablaron.

De esa suerte, la ideología es la mejor camisa de fuerza del pensamiento, es como una inyección castradora de las que aplican en algunos países a los pederastas y delincuentes sexuales irrecuperables. ¿Si ya está todo dicho y todo está resuelto, para que vamos a pensar?

Cuando Francis Fukuyama decretaba el fin del historia y pronosticaba el reinado a perpetuidad de la sociedad liberal y democrática, no contaba con que en la próxima esquina le esperaban, para emboscarlo, los inefables líderes de la izquierda y la derecha para resucitar las viejas consejas y las viejas verdades reveladas y nunca cumplidas.

En un intento por remozarlas y por “poner vino nuevo en odre viejo” les consiguieron disfraces y maquillajes, así, el neoliberalismo, el progresismo y otros tantos “ismos”, consiguieron trajes nuevos.

La gran feria de los engaños seguía. Todo pretendía estar funcionando hasta que llego el coronavirus y “mando a parar”

De pronto los piaches del neoliberalismo, rebuscando en sus cajones de sastre, consiguieron a Keynes y comenzaron a gastar y regalar dinero público. Los cheques comenzaron a llegar a las casas de norteamericanos sorprendidos y el proteccionismo conoció un remozamiento para hacer “America great again”.

La Unión Europea, por su parte, acuerda un paquete de medidas e insta a su Banco Central a poner en el pote más de 700.000 millones de euros, la mitad de los cuales serán a fondo perdido para los países miembros afectados por la pandemia.

López Obrador y Bolsonaro comienzan burlándose del coronavirus y diciendo que hay que trabajar para que la economía no colapse. El primero saca estampitas y escapularios a modo de vacuna y el segundo cae enfermo por no hacerle caso a su colega izquierdista.

La izquierda redentorista de los pobres se convierte en la fábrica de fortunas mal habidas más grande de la historia de la humanidad.

Odebertch (el del Lula trotskista para remediar el fracaso de la IV Internacional fundada por Trotsky) se convierte en la V Internacional y mete sus pezuñas en gobiernos de izquierda y derecha, demostrando que la ideología del dinero es más poderosa que todas las demás, que no son más que quincallas, baúles de abalorios y espejitos para engañar incautos.

En Venezuela nos va a tocar reconstruir el país después de esta pesadilla. Ya, en los círculos de pensadores de izquierda y de derecha nos comienzan a predicar desde sus púlpitos las nuevas (viejas) ideologías que deben inspirar la acción del Estado para esa etapa. Ojalá que no caigamos en sus trampas, y no nos dejemos seducir por sus recetas y sus catecismos. Ojalá no nos tropecemos con la misma piedra.

Para gobernar un país solo hace falta honestidad y sentido común. Rodearse de los mejores y tener un poquito de grandeza (valga la contradicción).

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