Julio Castillo Sagarzazu, autor en Runrun

Julio Castillo Sagarzazu

¿Y si falla la linterna de Diógenes?, por Julio Castillo Sagarzazu
Es bueno buscar a la persona justa como Diógenes con la linterna. Pero si la linterna falla o no aparece a quien buscamos, no nos podemos quedar en la oscuridad dando palos de ciego

 

@juliocasagar

Dicen que Diógenes recorría los caminos de Grecia con una linterna en la mano, buscando al hombre justo. Era un loable propósito. Que se sepa, Diógenes era un hombre bueno, con buenas intenciones, sin mayores cálculos y alejado del halago y las tentaciones del poder. Se cuenta, incluso, que una vez estuvo frente a él el propio Alejandro Magno, quien le dijo: “Pídeme lo que quieras”, a lo que Diógenes respondió: “Te pediría que te apartaras un poco, porque me tapas la luz del sol”.

Es altamente probable que, así de bien intencionados, son los que plantean que hay que desechar el método de las primarias para escoger un eventual candidato de la oposición (o de una parte de ella) para unas, igualmente eventuales, elecciones presidenciales.

Es obvio e indiscutible que les asiste la razón cuando dicen que un candidato para tal desafío debería nacer de un amplio consenso y luego de dar la pelea por acuerdos programáticos y de futura gestión para el país. Resulta más que evidente que el candidato y eventual presidente de una Venezuela a reconstruir, debería ser el fruto de un amplísimo consenso nacional. Eso es lo que el sentido común (que es, por cierto, el menos común de los sentidos) aconsejaría. De hecho, esa fue la manera como se fabricaron candidaturas como las de Alwyn, la de Suárez e incluso, la de Wolfgang Larrazábal.

¿Y si no funciona?

Pero, ahora bien, ¿qué deberíamos hacer si la linterna con la que Diógenes busca a esa persona justa no funciona? ¿Cuál es la razón por la que debemos abandonar lo que ya es una adquisición de las fuerzas opositoras, y casi una suerte de “doctrina” de acuerdo con la cual, para escoger candidatos unitarios, se intenta: 1º. El consenso; 2º: las encuestas; 3º: las primarias?

No pareciera de buen juicio, lo repetimos, lanzar anatemas desde ahora contra alguno de los mecanismos. Recordemos que cualquiera que sea el que usemos, el régimen tratará de que salga “con plomo en el ala”. Si al final no tenemos la inteligencia de hacer lo que se hizo en Barinas y tenemos que recurrir a las primarias, tampoco es ninguna desgracia. Quizás con las primarias no podamos decir lo que Churchill decía de la democracia: que “era el peor sistema de gobierno, excepción hecha de todos los demás”. Pero no cabe duda de que es un mecanismo al que se puede perfectamente recurrir en el caso de que no resulten “todos los demás”.

En notas anteriores hemos hecho énfasis en que lo verdaderamente prioritario es hacer coincidir la realidad geopolítica mundial con la necesidad de realizar elecciones libres y democráticas en el país. No es aún seguro (ni siquiera porque se reanuden las negociaciones de México) que el régimen vaya a hacer elecciones obligatoriamente. Siempre estará abierta la opción Nicaragua; o la más elegante y light de inhabilitar candidato tras candidato, como en Barinas. Para eso sí se debería diseñar una estrategia común.

Que sea prioritario lo dicho anteriormente, en manera alguna imposibilita que discutamos sobre la cantidad de temas que suelen plantearse públicamente: programas, plataformas y, por supuesto, mecanismos para escoger candidaturas.

Lo inteligente, en este caso, así como algunos señalan que no debe excluirse a nadie, que tampoco se excluyan, a priori mecanismos.

Al final del día, la democracia ha sido siempre un tema de mayoría y no de unanimidades (que son siempre sospechosas). Esta es una realidad que no puede dejarse de lado, en nombre de ninguna posesión de verdades.

Los intereses, las ambiciones, la escogencia del mejor terreno, son comprensibles. Y son, también, datos de la realidad. Como igualmente hemos dicho en otras ocasiones, ninguna propuesta es inocente y todos están en el derecho de “halar la brasa para su sardina”, de alabar su queso y escoger el mejor terreno. Nadie está obligado a pelear enchiquerado.

Pero este debate no puede ser infinito, no pueda estar sujeto a “que las naves lleguen de Asia”. El liderazgo democrático, tiene que hacer política con el calendario en la mano. Las agendas tienen que ver con poner compromisos y actividades en cada día del mes y de la semana. También tiene que ver con dar prioridad a iniciativas y tener sucedáneos cuando las cosas toman senderos distintos a los previstos.

Es bueno buscar a la persona justa como Diógenes con la linterna. Pero si la linterna falla o no aparece a quien buscamos, no nos podemos quedar en la oscuridad dando palos de ciego.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La unidad de nuestros tormentos, por Julio Castillo Sagarzazu
Con la palabra unidad es difícil lidiar. Es una de esas con las que no se puede pelear en el centro del ring porque te tiran a la lona

 

@juliocasagar

Me permito parodiar el título de un famoso artículo de José Ignacio Cabrujas en uno de esos tan inolvidables como seguramente interesantes debates internos del MAS. EL MAS DE MIS TORMENTOS, escribía Cabrujas para señalar su estado de espíritu sobre lo que se desarrollaba al interno del partido que él, como muchos intelectuales venezolanos de la época, abrazó con tanta esperanza.

Comenzaremos por decir que con la palabra unidad es difícil lidiar. Es una de esas con las que no se puede pelear en el centro del ring porque te tiran a la lona. Pertenece a la familia de las expresiones agradables como amor, paz, entendimiento, normalización, acuerdo y tantas otras que evocan pensamientos positivos y amables en la mente. De manera que no “lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”, sino que nos dejaremos llevar, citándola, por esa connotación agradable que tiene entre los venezolanos. Particularmente cuando se piensa en que las fuerzas democráticas deben estar unidas para la recuperación de la democracia y la libertad en el país.

Dicho esto, regresamos a lo que afirmáramos en la nota de la semana pasada sobre el tema de la manera como la oposición democrática venezolana debería enfrentar la posibilidad de unas eventuales elecciones en el país, pautadas para el año 2024.

En primer lugar, reiteramos que estamos lejos de que “el mandado esté hecho”. Unas eventuales elecciones no dependerán solamente de lo que ocurra en el país, sino que será, esencialmente, una decisión en clave geopolítica internacional. Venezuela puede desaparecer momentáneamente de los titulares, pero no del radar de los grandes intereses mundiales. Las razones son obvias y huelgan las explicaciones. Baste con decir que no somos Bolivia, o Nicaragua, o Haití.

De manera que bien valdría asumir como tarea la presión interna y externa, como la primera prioridad, para que, en el momento adecuado, logremos que la mayoría de los intereses de dentro y de fuera converjan en esas elecciones. Algunos irán de buen grado, otros amarrados y otros con el pañuelo en la nariz. Así suelen resolverse estos temas.

Como sabemos que hay que mascar chicle y caminar al mismo tiempo, hay que prestar atención a la manera como las fuerzas democráticas logran el mayor consenso posible para afrontar este reto. Por eso hablar de los métodos para escoger candidatos, para lograr acuerdos y programas comunes, no es para nada extemporáneo, ni fútil, ni innoble.

Aquí hay que señalar varias cosas:

No habrá unidad absoluta

Efectivamente, no todo bicho con uña que se defina como opositor estará en la misma trinchera. ¿Por qué? Pues porque el oficialismo logrará que, con los más variados discursos, unos de buena fe y otros de pésima, fabriquen su propia opción. De manera que los viudos y las viudas de la unidad total pueden empezar a llorar de una vez.

Métodos interesados

Lo segundo es que no hay argumento inocente en lo relacionado con los métodos. En efecto, así como antes de un partido los capitanes escogen la cancha donde se sienten más cómodos y la sortean con una moneda al aire, así mismo los candidatos, los partidos, el régimen, la sociedad civil con aspiraciones tratarán de escoger su método. Al respecto, podríamos decir que pareciera que estarían alineándose con la idea antiprimarias quienes, obviamente, se vean con menos opción para ganarlas. Nada que reprochar. Están en su derecho. Por vía de contrario, aquellos que se sienten con más fuerza, con más “aparato”, más recursos, pues apostarán por la consulta. Tampoco nada que reprochar.

Tenemos que acostumbrarnos a oír argumentos “impecables” de todos lados. El papel aguanta todo. Y más cuando se trata de campañas electorales.

¿Y que pensamos que hará el régimen?

Pues, el régimen tiene muchas opciones. Para sus operadores este tema es capital. Están seguros de que su única apuesta es que mientras más grande sea la fragmentación opositora, más chance tienen de ganar con su 20 %. En eso se les va la vida y pondrán toda la plata y el empeño que les haga falta. No será la primera vez.

Ya están actuando en esa vía. Lograron un debate del que saldrá, con plomo en el ala, el método que se escoja. A medida que se avance, veremos más vestiduras rasgadas en los argumentos y más crispación. Las expresiones irán in crescendo hasta que infecte el debilitado sistema inmune del opositor promedio, para que este se “asquee” de tanta diatriba interna y resuelva quedarse en su casa y preparar, el domingo de marras, una parrillita con cerveza importada de los bodegones.

Ya veremos cómo algunos jacobinos, partidarios hoy de la participación en unas primarias abiertas, universales, directas y secretas, se “retirarán indignados” de la “farsa opositora” para presentar sus propias opciones. Quisiéramos equivocarnos, pero no creemos que ninguno de ellos, conocidos agentes del régimen, se queden en el redil opositor “legitimando” un proceso que saben que no van a ganar. Estarán un ratico y después que hayan cumplido su misión francotiradora, se retirarán. Y no precisamente a la francesa, sino haciendo todo el ruido que sean capaces de hacer. Dicho en latín un poco vulgar: yo los dejaría entrar, para que les sea más difícil salir.

A estas alturas, querido lector, usted estará pensando, y con razón, que todo está perdido; que no hay nada que hacer. Pues no es así: el 80 % del país quiere un cambio. Y la política es también el arte de organizar la voluntad.

Los aires en el mundo están soplando, aunque aun levemente, en favor de una solución política en Venezuela. Si sabemos sortear (lo hemos hecho en otras ocasiones) todas las borrascas y los obstáculos, podremos tener una alternativa competidora. No será única, quizás no será la que todos tenemos como sueño; no será el retrato hablado de nuestro líder perfecto. Pero la tarea es desarrollar el instinto de nuestro ciudadano para que sepa separar la paja del grano y comprenda cuál es la opción más conveniente al país.

Termino parodiando a Cabrujas de nuevo: ¡Sí podemos! ¡Somos MAS!

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Amarrarnos como Ulises, por Julio Castillo Sagarzazu
Como Ulises, deberemos amarrarnos al mástil del sentido común, para no sucumbir a los cantos de las sirenas de las presidenciales

 

@juliocasagar

Vamos a ver: el debate sobre cómo deben afrontar las fuerzas democráticas el tema de una posible elección presidencial debería ser abierto, sin exclusiones y admitiendo todos los criterios por más excéntricos o enrevesados que estos nos parezcan.

Deberíamos igualmente estar es disposición de admitir que es legítimo que alguien quiera decir, en el curso de dicho debate, que antes de unas primarias, se debería hablar de una propuesta de país, de un programa etc., etc. También deberíamos aceptar que se hagan propuestas sobre modalidades, sobre métodos, sobre segundas vueltas, consensos y encuestas.

Todo esto está bien. Pero convendría también advertir que este debate debe tener un fin. Que sería absurdo que cayéramos en el vicio del debate interminable y que el resfriado de un proceso electoral nos agarre sin el pañuelo de un acuerdo mínimo.

Si algo deberían hacer las fuerzas democráticas desde ahora es dotarse de una agenda y un cronograma. Como primero debe ser lo primero, lo más importante sería que diseñáramos una estrategia común de presión para que las elecciones, aun hipotéticas, puedan efectivamente realizarse.

Sería un error suponer que esta batalla está ganada. Aún estamos en una encrucijada peligrosa que puede llevarnos o a unas elecciones con estándares aceptables o a la vía que ha llevado a Daniel Ortega a hacer desaparecer todo vestigio de democracia en Nicaragua. Managua está más cerca de Caracas de lo que podamos imaginar.

Hay hoy en día una rendija geopolítica interesante que se ha abierto y se debería aprovechar: todo parece indicar que Rusia se empantanará en Ucrania. El Donbás y el este de ese martirizado país va a ser el escenario de un conflicto de largo aliento. Cuando Putin logre ocupar militarmente la región es cuando de verdad empezarán sus problemas. Una fuerza de ocupación tiene que ser ejército y policía a la vez; los generales tienen que ser alcaldes y resolver problemas a sus soldados y a los pocos habitantes que queden. Los rusos tendrán que enfrentarse, como los nazis en Francia y Yugoeslavia, los franceses en Argelia y los norteamericanos en Vietnam, al asedio de una resistencia moralizada y fácil de avituallar desde el oeste.

Si Putin sigue desgastándose, si los republicanos ganan las elecciones de medio término, la presión sobre Maduro puede aumentar. Esta presión, dependiendo de cómo la oposición y las democracias aliadas lo manejen, pueden hacer que Maduro acepte regresar a México y negociar un acuerdo decente; o puede, en su desesperación, tratar de imitar a Ortega. Como dijimos antes, las dos vías están abiertas. Y sería un error creer que ya el mandado electoral está hecho y que contáramos esos pollos antes de nacer.

De manera que la oposición venezolana debe aprender a lidiar con esta realidad y paralelamente diseñar una estrategia que apunte hacia un acuerdo que desemboque en una propuesta unitaria.

Esta propuesta unitaria no será nunca, digámoslo claro, una candidatura única. No hay condiciones en el país para que una alternativa única se enfrente a Maduro. La razón de esta realidad no tiene nada que ver con las inefables diferencias entre los lideres opositores (aun cuando esas rivalidades cuentan e influyen). En realidad, no habrá opción única porque el régimen ya tiene decidido que sus agentes en la oposición siembren la matriz de opinión de que no hay unidad, independientemente de la fórmula que la oposición use para lograrla.

Si hay un consenso, ya está preparado el discurso de que se pusieron de acuerdo los cogollos. Si se hacen unas primarias, ya está masticado el argumento de que primero hay que ponerse de acuerdo en un proyecto de país; de que los partidos que se pongan de acuerdo para hacerlas no representan a nadie, etc. etc. Todos argumentos fastidiosamente recurridos, pero que serán presentados para hacerlos digeribles entre el votante opositor promedio.

¡Ojo con esto! Como suele ocurrir, habrá mucha gente que de buena fe compre este discurso. Los tópicos y los lugares comunes, sobre todo cuando tienen algún sustento (y en este caso, obviamente tiene mucho) son argumentos atrayentes. Ojalá consigamos la sabiduría suficiente para poder diferenciar la sinceridad de la impostura. Como Ulises, deberemos amarrarnos al mástil del sentido común para no sucumbir a los cantos de las sirenas.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Lo que pudo haber sido y no fue (o no ha sido…), por Julio Castillo Sagarzazu
Cuando los lobbies se imponen, se corre el riesgo de que ocurra lo que ocurrió con Chávez en Venezuela. La antipolítica terminó imponiendo al teniente coronel

 

@juliocasagar

Aun en medio de la Guerra Fría, con la amenaza de la crisis de los misiles en Cuba; con el asesinato de John F. Kennedy y la espantosa guerra de Vietnam, no todo parecía perdido. Se veía una tenue luz al final del túnel: la juventud del planeta se convirtió en un motor de arranque de grandes esperanzas.

Salieron a las calles de todas las ciudades del mundo; se reunieron en Woodstock a mostrar una fuerza inusitada; rodearon a los Beatles y a los Rolling Stones a cantarle al optimismo, a la paz, a los submarinos amarillos y a la libertad. Lo hicieron en el oeste y también en el este. En París prohibían prohibir y en Praga se enfrentaron a pecho descubierto a los tanques del Pacto de Varsovia. Todo ello ocurrió en la mágica primavera europea de 1968. Hubo igualmente un Pentecostés en los líderes de la Iglesia católica y nació el “aggiornamento”. Los pastores comenzaron a celebrar la misa de frente a sus feligreses y les hablaron en sus lenguas maternas.

Había crisis, pero, como lo dijimos, también había esperanzas de cambio. No en balde los chinos escriben la palabra crisis con dos ideogramas: uno es el que representa “peligro” y el otro “oportunidad”

Dicho esto, queremos destacar un acontecimiento simbólico con un profundo significado y que quizás se metió en las venas del género humano y le hizo soñar, por un tiempo, que la humanidad podía tener un destino común: se trató del viaje del hombre al espacio.

¿Por qué escogemos, entre tantos, este hecho singular?

Pues porque, por alguna razón, los seres humanos desde el inicio de los tiempos han dirigido siempre su mirada al cielo para buscar las respuestas a preguntas que no han podido resolver. Y también para pedir lo que sus fuerzas no les han permitido alcanzar.

Todas las culturas y religiones nos hablan de viajes siderales, de contactos de dioses de las alturas con seres humanos. El carro de fuego de Elías aparece en los relatos de todas las civilizaciones y confesiones.  Haber podido constatar, entonces desde las alturas, que TODOS (mayúsculas ex profeso) vivimos en este globo azul y que TODOS somos compañeros de viaje de la misma nave espacial, nos ha debido hacer pensar también que TODOS podíamos tener un destino común.

Mutatis mutandi, se trataba de un sentimiento parecido al que recorrió el mundo en el Renacimiento, cuando salimos de la oscuridad de la Edad Media, reivindicando el valor del Hombre, y la vuelta a los cánones de belleza de los griegos, es decir, de los descubridores de la democracia y la filosofía. Esa fue la tarea de los grandes humanistas como Erasmo, Petrarca y luego de genios como Leonardo da Vinci.

Esos dorados 60 fueron (con todas sus convulsiones) los del cuarto de hora de la cultura de la paz y el amor y los de las grandes esperanzas que ya se insinuaban en los 50, cuando Selecciones del Reader’s Digest y las películas de Hollywood nos hicieron soñar que los grandes automóviles descapotables serpenteando por parajes de inusitada belleza. Allí estuvieron, no obstante, Corea, Vietnam y la Guerra Fría para recordarnos que no todo era miel sobre hojuelas.

Pero cayó luego el Muro de Berlín y con él vino el fin de esa guerra fría. Muchos pensaron que iríamos a un mundo unipolar y que nos encaminaríamos sin mayores contratiempos, a un mundo liberal y democrático bajo el liderazgo de las grandes potencias occidentales.

No fue así. China, por su lado, amenazando, con su desarrollo colosal, con exportar su modelo de negación de libertades; y Rusia, por el otro, con un Putin desempolvando las tesis de la supremacía racial y el espacio vital de la Gran Rusia.

Así estaba el mundo cuando nos llegan dos muy malas noticias: la invasión a Ucrania y la masacre de Uvalde, pocos días después de la de Buffalo. Una vez más nos despertamos convencidos de que, definitivamente, algo está podrido en Dinamarca y que sus efluvios contaminan todo el planeta.

Justo ocurre todo esto, cuando renacían las esperanzas de que podíamos lograr puntos de acuerdo razonables para hacer avanzar la humanidad después de los estragos de la pandemia.

La invasión rusa a Ucrania tiene mucho que ver con la personalidad psicótica de Putin, con sus sueños de expansión gran rusos y con la geopolítica del mundo. Lo de Estados Unidos, sin embargo, tiene una raíz más profunda y más endógena.

Veamos:

Hoy en Norteamérica hay una crisis espiritual que amenaza con llevar a ese país a las mismas condiciones que crearon la guerra de secesión. No pareciera que hay un proyecto común de nación.

Los poderosos lobbies han tomado el control de la sociedad. Las farmacéuticas presionan a los demócratas; los perros de la guerra y la Asociación Nacional del Rifle a los republicanos. Los intereses de los sectores sobresalen por encima de los intereses de la nación en su conjunto. Las llamadas “minorías” tratan de imponerse a las mayorías, desnaturalizando la esencia de la democracia, mientras cada quien trata de sacar partido de esos intereses. El respeto a la diversidad, que es una de las virtudes de la democracia, corre el peligro de desnaturalizarse, haciendo del “melting pot” (otra virtud de la diversidad norteamericana) un caldero indefinido de intenciones.

Cuando estos grandes intereses se imponen, se corre el riesgo de que ocurra lo que ocurrió con Chávez en Venezuela. La antipolítica, liderada por los antiguos Amos del Valle, por los que crecieron y se enriquecieron de las canonjías del Estado nacional, terminaron imponiendo al teniente coronel, para detener los cambios.

Como ya dijimos, toda crisis es un peligro. Pero también una oportunidad. Ojalá que los Estados Unidos puedan volver a encontrar el espíritu de los “padres fundadores” y que puedan hacer acopio de las reservas morales y humanas que le hicieron el país líder que ha sido.

Menudo compromiso el de su liderazgo.

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Locademia de diplomacia, por Julio Castillo Sagarzazu
Nadie defiende a quien no se defiende a sí mismo. Una respuesta como la de Zelenski por parte de la oposición venezolana es más necesaria que nunca

 

@juliocasagar

Cuando el presidente Joe Biden ofreció a Volodímir Zelenski sacarlo junto con su familia de Ucrania, apenas se inició la invasión a su país, estaba revelando que ni sus informes de inteligencia, ni lo que le decían sus asesores, eran de fiar. En ese mismo instante, la respuesta del presidente Zelenski cambió el curso de los acontecimientos y la geopolítica del globo. Le respondió que él no necesitaba un Uber que lo sacara de Kiev, que lo que necesitaba eran armas y recursos para resistir la agresión rusa.

Tampoco los informes de inteligencia de Putin eran verdaderos. Pensó que la “operación militar” sería un paseo hasta la capital. Que sus tropas serían recibidas como liberadoras en las calles del país invadido y que algún general prorruso tomaría el poder y enviaría a Zelenski preso, o al exilio.

En el caso de Ucrania, estamos en presencia de una situación en la cual la decisión de un hombre pudo cambiar el curso de los acontecimientos y revelar que todas las previsiones, los cálculos y las teorías de juegos estratégicos se pueden estrellar contra esa voluntad desplegada con valentía, audacia y tesón.

Pues bien, tengo para mí que, en el caso de lo que está ocurriendo hoy en relación con la conducta de los principales actores de la geopolítica mundial con Venezuela, pudiéramos también estar en presencia de un desconcierto generalizado, en el que los hechos de Ucrania han tenido mucho que ver.

Expliquémonos: la primera reacción de Europa y de los Estados Unidos, luego de que fueran sorprendidos por la decisión de Zelenski y de los ucranianos de luchar contra la invasión, fue la de tratar de organizar un frente común para solidarizarse con esta lucha. Todos han estado contestes en que no podrían intervenir directamente en la guerra, a través de la OTAN, porque ello implicaría una escalada insospechada del conflicto. Por esa razón, tomaron la decisión de avanzar con una serie de sanciones que han ido in crescendo a medida que el conflicto ha seguido. Y a medida en que se va haciendo evidente que Putin puede perder la guerra.

A partir de entonces, es igualmente evidente que la OTAN ha rediseñado su participación en la guerra de Ucrania para transformarla en una guerra de desgaste, para hacer empantanar a los rusos −como en Afganistán− y enviar el mensaje de que juegan a la salida de Putin del gobierno, producto del fracaso militar.

Rusia (los rusos también juegan) saben que su arma estratégica son sus suministros energéticos a Occidente. Cortarlos es una amenaza grave y los gobernantes europeos y de Estados Unidos lo saben. La primera y lógica reacción ha sido la de tratar de garantizar fuentes alternativas. Es en ese marco que se explican las movidas de la Casa Blanca, tratando de reestablecer contactos con Miraflores en Venezuela. Explicaría igualmente la reacción de Putin de llamar a botón a Maduro en Turquía para que disimulara mejor sus devaneos con los gringos.

En una situación geopolítica como esta, era el momento de activar los poderosos lobbies de norteamericanos y venezolanos que hace tiempo apuestan por una flexibilización de las sanciones y una apertura del negocio petrolero.

Los movimientos se han hecho. Incluso, mientras escribimos estas líneas, se realiza en Davos una reunión muy bien montada y financiada por esos factores, con el objeto de darle más resonancia a su intención de que Venezuela vuelva a ser una fuente de negocios para ellos. Veremos en qué resulta toda esta frenética y bien financiada gestión.

Lo cierto del caso es que los sectores que, “cazando el guiri” de la guerra de Ucrania, esperaban un explosivo cambio en la situación, al menos por ahora, solo han parido un ratón.

La licencia de Chevron, por ejemplo, es una renovación y se inscribe más en los intereses de la petrolera que en los del régimen de Maduro. En efecto, Chevron estaba autorizada desde siempre a producir, pero no a comercializar. Le vendía todo al Estado venezolano y este no le retribuía el dinero de las ventas que hacía. Se especula que la deuda es ya mayor a los 3000 millones de dólares. De manera que, con la autorización de Chevron para vender, quien más se alivia es la empresa misma.

En lo político, tampoco las cosas les han ido mejor. La posición oficial de la Casa Blanca sigue siendo “wait and see”. Esperarán que Maduro haga movimientos para hacer modificaciones al régimen de sanciones. La inminencia de las elecciones del “mid term” no parecieran autorizar grandes audacias en ese terreno.

Un movimiento brusco podría hacer bascular parte importante de la votación latina hacia los candidatos republicanos. Maduro debería tomar nota de esta realidad. Porque si los republicanos avanzan electoralmente, le será mucho más difícil obtener flexibilidades de la administración.

Está visto que Biden lo que menos necesita en este momento es un bloqueo de su política exterior, nada más que para complacer al ala izquierda de sus parlamentarios. Si yo fuera Maduro, me apuraría por crear un ambiente que haga avanzar las negociaciones en México y en obtener resultados decentes para la organización de unas elecciones libres. Una mayoría republicana y una derrota de Putin es el peor de los escenarios que puede tener; y ninguna de las dos cosas son imposibles.

De manera entonces que, con las cosas así planteadas, lo que las fuerzas democráticas deben hacer es preparar las condiciones para que la comunidad internacional sepa de manera clara y meridiana que lo que queremos no es que nos manden un Uber a salvarnos. Que lo que queremos es restearnos en la lucha por nuestra democracia y nuestra libertad.

Anecdóticamente, quisiéramos recordar el 30 de abril de 2019. A esta hora no conocemos qué ocurrió aquel día en Venezuela. Cuando se desclasifiquen los documentos correspondientes, lo sabremos. Lo que sí sabemos es lo que expresaron muchos funcionarios americanos. El propio delegado especial del presidente Trump declaró públicamente que los “complotados” apagaron los teléfonos y no atendieron más llamadas. Dicho en latín vulgar, estaban entendidos con gente del entorno de Maduro y nosotros no sabíamos quiénes eran. Estaban dispuestos a dejarlos en un régimen de transición. Cuando sepamos todo lo que ocurrió podremos decir si aquello nos convenía. O no. Al final del día, recordemos, “los países no tienen amigos, sino intereses”.

Lo cierto es que nadie defiende a quien no se defiende a sí mismo. Una respuesta como la de Zelenski, por parte de la oposición venezolana, es más necesaria que nunca. Son respuestas que cambian la historia.

En eso hay que trabajar.

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Trotsky y la CANTV, por Julio Castillo Sagarzazu
Para que todo le funcione al régimen es necesaria la opacidad. En el caso de la CANTV, no se sabe cuáles son los números de la empresa

 

@juliocasagar

A León Trotsky le costó caro no entender lo que estaba pasando en la Unión Soviética. Un sicario de Stalin (que amaba a los perros y terminó paseándolos por las playas cubanas de Varadero) le hundió un piolet de alpinista en el cráneo y suprimió, con ese golpe, la competencia en el mundo del marxismo. Los herederos de Trotsky, como era de esperarse de cualquiera trotskista que se respete, terminaron dividiéndose y subdividiéndose cada vez que se veían al espejo o se sentaban en un encuentro a debatir. Stalin sabía lo que hacía.

Trotsky, preso en la jaula de esa religión laica que es el marxismo, se enredó todo a la hora de caracterizar a la nomenclatura soviética. Pensó, mecánicamente, que como los medios de producción de la URSS estaban en manos del Estado, no podía llamársele clase a los burócratas que los usufructuaban. No entendió que los privilegios de aquellos burócratas venían de los excedentes que Marx llamaba plusvalía, aunque ellos no fueran los accionistas de los entes que los producían. Con esta confusión metodológica, prefirió llamar a esa burocracia estalinista una “casta parasitaria”

La famosa frase de Marx: “El ser social determina la conciencia social” ha podido servirle para explicar el fenómeno que tenía ante sus ojos. Pero, lo repetimos, era esclavo del fetichismo marxista, que afirmaba que la conciencia se determina por el lugar que tengas en las relaciones sociales de producción.

En realidad, el análisis del asunto iba más por el lado de Jung y de Freud, que por el lado de Marx y Engels. Jung, explicando la existencia de un “inconsciente colectivo” que precedía a los inconscientes individuales y Freud, atribuyendo la conciencia y el inconsciente a impulsos interiores, entre los que la libido jugaba un papel preponderante.

En efecto, solo saliéndonos de la caja de razonamiento influida por el marxismo, se puede entender cómo funciona la mecánica de la conciencia y el poder en expresiones como las de la burocracia estalinista o en la de los promotores del socialismo del siglo XXI.

Hoy, cuando algunos se deslumbran y cantan la muerte del pensamiento económico y político de Chávez, porque Maduro acaba de anunciar que pondrá a la venta el 10 % de las acciones de la CANTV, valdría la pena pasearse por estas consideraciones.

En realidad, lo que ha ocurrido y también pasó con Chávez, es que toda elite gobernante, para mantenerse en el poder, busca la manera de crear su propia estructura de privilegios económicos y sociales. Los fenómenos de la burocracia soviética y el del llamado socialismo del siglo XXI, ocurrieron en medio del capitalismo y, por consiguiente, en medio de los “inconscientes” y valores de este.

Como los ideales políticos del socialismo no pudieron concretarse en ninguna parte, al menos no de la manera clásica, como etapa intermedia entre la dictadura del proletariado y el comunismo, tal como lo programaran Marx y Engels, entonces, tampoco cultural y espiritualmente pudo el socialismo construir ninguna conciencia socialista, con códigos de conducta, éticos y estéticos.

En países donde el llamado “socialismo real” llegó a gobernar, se creó una clase, una casta (como quiera llamarse) que cambió las fechas patrias, las banderas, los himnos, las parafernalias protocolares, pero continuó aferrada a los privilegios que da el poder y haciendo lo indecible para defenderlos.

De manera que, regresando al punto inicial, los burócratas del socialismo del XXI lo que ha hecho es crear para sí un mecanismo de reproducción del capital en el que lo único importante es que se garanticen los privilegios materiales y el nivel de vida que han alcanzado hasta hora.

Es de esa manera que hay que interpretar la frase “el ser social determina la conciencia”. Como hemos dicho en otras notas, la llamada ley antibloqueo, es eso lo que busca. En latín vulgar puede traducirse como: “puedes hacer toda la plata que quieras, si eres mi pana, te garantizamos que no tendrás problemas sindicales, que puedes depredar el ambiente y que puedes llevarte por delante las leyes”

Para que todo esto funcione es necesaria la opacidad y la falta de transparencia. En el caso de la CANTV, por ejemplo, no se sabe cuáles son los números de la empresa: no sabemos si ya Carlos Slim, pana de AMLO, ya compró Movilnet a la que desagregaron de la CANTV. Venezuela es un país, estimado lector, donde ni siquiera sabemos cuánto es el presupuesto nacional.

Algunos dicen que es buena esta decisión y que es un paso en la dirección correcta. Es verdad, es buena. Tan buena como darle un analgésico a quien padece una grave infección. Mitigarle el dolor es un acto piadoso, pero si no se la da un antibiótico, no se curará la causa de sus males. El antibiótico que Venezuela necesita es el del cambio político. Las medidas aisladas son pequeñas dosis de analgésicos que no resolverán el problema de fondo. Todo lo contrario, van en la vía de afianzar un modelo que no es el que Venezuela necesita.

No perder este foco es básico para que no nos desviemos por meandros que solo nos harán más largo y complejo llegar a la meta deseada: recuperar la democracia y la libertad para que tengamos las condiciones necesarias para una verdadera y sostenible recuperación económica.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Carujo, Millan Astray y la Universidad, por Julio Castillo Sagarzazu
Esta agresión del régimen a la Universidad no es un hecho aislado. Se inscribe en su estrategia de aniquilación de la academia venezolana

 

@juliocasagar

Millán Astray, el hombre que se llevaba la mano a la pistola cuando escuchaba la palabra cultura y que interrumpió un discurso rectoral al grito de “Muera la inteligencia, viva la muerte” y Carujo, pidiendo la renuncia a Vargas, alegando que “el mundo es de los valientes”, se enfrentaron a dos respuestas igualmente icónicas: Unamuno, diciéndole al general “vencerán, pero no convencerán” y la del sabio, respondiendo, “el mundo es del hombre justo”.

Ambos diálogos han sido presentados y se han constituido en un tópico que refleja la tradicional y ancestral lucha de la civilización contra la barbarie.

Esta lucha es tan vieja como la especie humana misma. Es la lucha por el cambio y el progreso contra el statu quo. Estas luchas, que siempre tienen como motor la mejora de las condiciones materiales y espirituales de los pueblos, no comienzan normalmente con el enfrentamiento brutal de las posiciones antagónicas.

Como hemos comentado en notas anteriores, una clase política hegemónica o dominante no se hace de la noche a la mañana. Los momentos explosivos (los que registra la historia como fiestas patrias) son los días en que los vencedores lograron su objetivo político. Las fechas suelen ser caprichosas o arbitrarias y coinciden con el culmen de alguna gran movilización o con los intereses de los vencedores. De ello son ejemplos la Toma de la Bastilla y la del Palacio de Invierno. (Venezuela, por cierto, es uno de los pocos países en las que una derrota militar, la del 4F, se celebra como una victoria.)

A decir verdad, las grandes transformaciones, las que implican un cambio de régimen son, en la práctica, el resultado de un largo periodo de acumulación de fuerzas de quienes se proponen el cambio.

En ocasiones lo logran solos, en ocasiones en alianzas con otros sectores. Por lo general, primero ponen en jaque a las alianzas dominantes y cuando acumulan la suficiente fuerza, proceden al jaque mate.

En ese proceso, es muy importante (quizás ese sea uno de los grandes aportes de Antonio Gramsci a la teoría política) tener el control de un campo de batalla particular que es el cultural. No el cultural referido a las bellas artes (que también) sino el cultural referido a los modos de pensar, interactuar, percibir y relacionarnos entre todos.

En esta batalla, como en todas, debilitar la vanguardia del adversario y destruir su columna vertebral es clave. Esa es la razón por la cual, en Venezuela, desde que Chávez llegó al poder (lo cual ha continuado Maduro) se propuso emprender una cruzada para debilitar la Universidad. Institución en la que nunca pudo hacer crecer su oferta política.

Es cierto que muchos sectores de la clase media venezolana y profesional, cayendo en la trampa de la antipolítica, votaron por Chávez. Pero las universidades, como instituciones, nunca pudieron ser controladas. Ni siquiera en el movimiento estudiantil pudieron construir una fuerza homogénea y ganadora.

La agresión a la que hoy vemos sometidas a las universidades, la ruina de sus campus y plantas físicas y, en particular, el carro de guerra desplegado contra las condiciones de vida y de trabajo de profesores y estudiantes no es ni casual, ni el resultado de torpezas administrativas o crisis financieras. Es, como hemos dicho, un plan de desmantelamiento de la vanguardia intelectual del país.

El caso de los profesores y trabajadores universitarios es patente. Contra ellos se ha puesto en marcha (desde hace años) un plan de humillación y exterminio. Hace caer en un ingreso que rondaba los dos mil quinientos o tres mil dólares por mes, hasta menos de 30 dólares (aumentados a menos de 300 hace apenas unos días) es un plan deliberado para hacerlos desaparecer.

Hace 20 años, una familia de profesores universitarios no solamente podía vivir decorosamente con su salario, sino que, con la ayuda de sus cajas de ahorros, podían garantizar planes de salud y acceso a viviendas y recreación a los niveles de cualquier país latinoamericano.

Por poner un solo ejemplo: este mes hemos sido notificados de que las primas de seguro básicas (aquellas que solo cubren 4000 dólares en siniestros) tendrán una prima de más de 1200 dólares al año.

Estamos casi seguros de que, a partir del mes de junio, más del 95 % de los profesores quedaremos sin cobertura de salud. Sencillamente los números de las familias no cuadran.

Es cierto que, frente a esta situación, hay sectores e individualidades que se plantean planes alternativos para hacer frente a esta tragedia anunciada. Eso está bien y es plausible. Sin embargo, es necesario comprender que esta agresión del régimen no es un hecho aislado y que se inscribe en su estrategia de aniquilación de la academia venezolana y los líderes que pueden generar pensamientos alternativos.

Nuestro caso es parecido al de un preso de conciencia inocente. Su lucha no es para que le mejoren sus condiciones de reclusión, sino para que le den la libertad, injustamente arrebatada.

Esta semana, hemos regresado algunos a las aulas y a las clases presenciales. Se trata de una buena noticia. Quizás sea el momento para que autoridades, gremios, profesores y estudiantes se replanteen la reorganización, para luchar contra estos siniestros planes.

Esa debería ser la verdadera preocupación y el verdadero contenido del debate. Es algo más trascendente o importante que la pintura de los autobuses o el gasoil para sus tanques.

Es una lucha por la supervivencia de la vanguardia productora de las ideas y de quienes pueden encabezar la batalla cultural por el rescate de la democracia en Venezuela.

En Venezuela esto es particularmente importante, desde el 19 de abril de 1810, pasando por las generaciones del 28, la del 58, la del 68 y la del 2008, la academia universitaria ha jugado tradicionalmente un rol de vanguardia.

A la democracia venezolana le interesa mucho que no nos derroten. Que Millán Astray y Carujo no se salgan con la suya.

Todos deberíamos estar pensando en cómo evitarlo.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Bolívar y Piar: juntos en el Panteón, por Julio Castillo Sagarzazu
En la oposición no podemos darnos el lujo, como Bolívar y Piar, de esperar 200 años para que nos entierren juntos

 

@juliocasagar

Los vericuetos de la historia son caprichosos e inescrutables. ¿Quién podría imaginar a Robespierre y Luis XVI descansando en paz en un mismo recinto? ¿O a Stalin y Trotsky? ¿A los Montesco y a los Capuletto? Pues bien, en esta tierra de gracia ha ocurrido que Manuel Piar y Simón Bolívar son vecinos de sarcófagos en nuestro Panteón Nacional.

Las explicaciones de la “historia oficial” (u oficialista) son verdaderamente cándidas. Nos cuentan que Piar fue un hombre engañado por los enemigos de Bolívar y que el Congreso de Cariaco fue un aquelarre de conjurados que metieron en su cabeza de pardo libertario, la idea de la sedición y la traición. Hay que estirar la historia como un chicle para comprar semejante argumento.

Han pasado más de 200 años de aquel fusilamiento y hoy podemos decir que Bolívar tomo aquella decisión (a través de un Consejo de Guerra y un fiscal que les eran absolutamente leales) condenando a Piar a la pena capital, porque no podía permitirse un torneo de rivalidades en plena guerra. ¿Ha podido resolverlo de otra manera? ¿Cuánto hubo de celo personal ante el carisma indubitable de un general que era también un líder social y que reiteradamente se manifestó en contra de la manera como Bolívar, y los mantuanos, dirigían la revolución emancipadora?

Valdría también hacernos las mismas preguntas, cambiando a Piar por Miranda. ¿Cuánto pesó el pedigrí revolucionario y el pasado glorioso de Miranda, para que les entregara a los españoles? ¿Se justificó su capitulación de San Mateo ante Monteverde? ¿Cuánto temía Bolívar del liderazgo del Generalísimo, quien también era “blanco de orilla”, hijo de canarios y soldado de todas las revoluciones del mundo?

Las respuestas son muy difíciles de encontrar y sabemos que su solo planteamiento es polémico y delicado. No obstante, lo que nos interesa en esta nota es poner de manifiesto cómo el tema de la unidad, las lealtades, las traiciones, los distintos puntos de vista son moneda corriente en la política y en la guerra en todos los tiempos y todas las latitudes.

Los desencuentros entre el liderazgo venezolano ni son nuevos, ni van a desaparecer nunca. Son propios de la naturaleza humana. No hay institución, política, civil, militar o religiosa que no lo conozca y que haya saboreado las hieles del cisma y las rupturas.

No es inteligente entonces andar llorando por los rincones porque no conseguimos la unidad.

Tampoco ayuda mucha enzarzarnos en cruzadas salvíficas predicando en el desierto y pidiendo a nuestros líderes que se porten bien en esa materia.

No es porque emprendamos una cruzada por la desaparición de los egos, los intereses, las divergencias que estos desaparecerán. La conducta de los líderes suele ser impermeable a los buenos consejos, a las exhortaciones y a los rezos suplicantes. Cuando se sienten depositarios de la verdad, difícilmente se les mueve de ese punto.

¿Entonces, es una guerra perdida la guerra por la unión del liderazgo opositor venezolano?

Por supuesto que no, pero es una lucha que tiene que desechar las ilusiones y que tiene que proponerse la creación de condiciones externas a esos liderazgos y a sus organizaciones. Sera “desde afuera”, con iniciativas políticas, o con acontecimientos sociales de gran monta, que lograremos alcanzar los niveles de acuerdo que hoy necesitamos.

Ejemplos sobre lo que hablamos sobran. ¿Quién puede negar que el 27F generó una reacción de la clase política que, luego de salir del estado catatónico que provoco la sorpresa de los acontecimientos, se propuso impulsar cambios importantes que llevaron, por ejemplo, a las elecciones directas de gobernadores y alcaldes? ¿O que el 4F significó la superación del bipartidismo y la victoria electoral de Rafael Caldera?

¿Es que no acabamos de asistir a un proceso en el que la presión de las regiones obligó a las direcciones nacionales de los partidos, no solo a participar en las elecciones del 21N, sino a lograr niveles importantes de acuerdo electoral? ¿Qué significo la experiencia posterior de Barinas, si no fue también la victoria de una iniciativa que nació de los propios dirigentes regionales?

Como notará el lector, no se trata de tareas fáciles. Los acontecimientos sociales no los gobernamos y tienen vida propia. Y también los dirigentes regionales y los de la sociedad civil tienen sus propios intereses y sus bemoles. Pero algo hay que intentar.

Es necesario poner iniciativas en la calle y en el debate. La legitimación de la dirección política de la oposición, la consulta nacional, las mismas primarias son todas propuestas para estudiar y que van en la vía de salir de la lloradera por la falta de la unidad o de la plegaria para que esta prenda en la cabeza de los dirigentes.

No podemos darnos el lujo de esperar 200 años para que la historia nos entierre juntos.

La cosa es urgente.

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