Julio Castillo Sagarzazu, autor en Runrun

Julio Castillo Sagarzazu

El pulpo a la gallega y la política, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar 

Excúsenos esta anécdota personal. La usaremos porque ilustra muy bien lo que queremos manifestar en esta nota. Corría el año 1972. Después de un par de años en Francia, regresábamos en un buque de la Línea C, el Verdi (alguien una vez me comentó que allí había regresado también Rómulo Betancourt, ¡una pelusa!).

Viajábamos en tercera clase (no había cuarta). En el amplio camarote se apilaba una docena de literas. Encima de la nuestra y a su lado, dos gallegos “hacían la América”. Una vez acomodados, comienza un debate que duró casi los 21 días de travesía. Uno de los gallegos -creo que el de A Coruña- sostenía, con la fruición del caso, al de Pontevedra que el “pulpo a feira” (que los legos llamamos pulpo a la gallega) se servía con patatas que se habían cocido con el pulpo en la misma olla. El de Pontevedra replicó, en 21 días con sus noches, que se trataba de un despropósito, que las patatas se salcochaban aparte y luego se chafaban en el plato para servir.

Con la paciencia del chamo que escucha a dos empecinados adultos, callé los primeros días de la travesía. Hasta que un día, seguramente ya en el frío Atlántico, después de haber traspuesto el estrecho de Gibraltar, me llené de valor y pregunté a cada uno cómo lo cocinaba, cuáles eran las opiniones de los comensales después de degustar aquellas dos técnicas de cocinado tan alabadas y defendidas por ambos. Mi sorpresa fue mayúscula. Ninguno de los dos había hecho jamás un “pulpo a feira”. Al jurungarles un poco más la lengua, ambos confesaron que lo que afirmaban eran referencias. Que las abuelas, las madres y las tías eran las que sabían los secretos del pulpo. ¿Quién lo iba a decir? Y yo que pasé más de la mitad de la travesía creyendo que compartía camarote con dos chefs gallegos de renombre.

Hoy en día, las redes sociales están llenas de esta clase de especialistas. Los hay por ejemplo quienes ya tienen, antes que todos los laboratorios del mundo, la cura del coronavirus: las pócimas, las infusiones, las carreras bajo el sol que nos recomiendan… están a punto de matarnos por envenenamiento o por aturdimiento.

Lo mismo ocurre con los especialistas del corazón (no los cardiólogos, que también los hay aficionados) sino los que dan consejos sobre amores, desamores, roturas de corazón, similares y conexos. No faltan obviamente los nigromantes, los profetas, los adivinadores del futuro que han convertido a Instagram, a Facebook y a Twitter en inmensas bolas de cristal para adivinar el futuro y dejar constancia de ello por escrito aunque sea en 140 caracteres.

Pero los que se llevan las palmas son los politólogos aficionados. Estos son un poco una mezcla de brujo, médico, adivino, filósofo y pare de contar. No es algo extraño y menos en Venezuela, donde la política se ha convertido en el pan nuestro de cada día.

La pesadilla que vivimos los venezolanos nos ha convertido a todos en especialistas y, repetimos, es hasta normal que ello ocurra. A nadie se le ocurre entrar a un quirófano a decirles a los médicos cómo hay que operar, pero con la política hay licencia para hacerlo con la mayor libertad. No se trata de un hecho negativo, todo lo contrario. Que los ciudadanos corrientes opinen siempre será mejor que a que se queden callados.

Es cierto que hay mucho opinador de oficio, incluso algunos de mala fe que, como nuestros chefs gallegos del barco, jamás han hecho un “pulpo a feira”. La mayoría de ellos hacen suya la enseña “si muero en Madrid que me entierren en Sevilla y si muero en Sevilla que me entierren en Madrid”. Ya sabemos que es por jorobar. A esos habrá que decirles “dejad que los muertos entierren a sus muertos y pasar la página.

Pero hay otros que una vez patearon el asfalto. Que fueron a las comunidades a llevar “la buena nueva” del cambio en Venezuela, que arriesgaron vidas y haciendas y que hoy solo son capaces de participar en un “tuitazo” o en el posicionamiento de una etiqueta, como mejor “sacrificio” por la causa.

Es verdad que no hemos logrado el cambio. Es verdad que los partidos y sus dirigentes han cometido errores. Nada más lejos de la intención de esta nota que la de justificar los errores o de “ningunearlos”.

Pero en descargo de todos debemos decir que nos enfrentamos a un adversario que decidió resistir con prescindencia de la opinión pública, la democracia y las leyes.

Las fuerzas democráticas han resistido, han logrado un maravilloso respaldo internacional y mantienen la figura a pesar de los perseguidos, los muertos y los presos. Pero es evidente que sin la participación comprometida de la sociedad civil será mucho más difícil avanzar, y lograr el cambio que más del 80 % de los venezolanos queremos.

Muchas veces hemos escrito en este espacio que en la política no basta la voluntad, es necesaria la voluntad organizada que es la única que produce transformaciones.

Es alentador que aún haya muchos compatriotas que mantienen la figura y siguen en la vanguardia. Cada día vemos cómo distintos foros se realizan debatiendo temas importantes. Han aparecido igualmente documentos firmados por personalidades relevantes, promoviendo gestiones.

Falta, sin embargo, el paso de la organización. Falta presionar, no solo a quienes detentan el poder, sino también a quienes le enfrentan. Las fuerzas que apoyan al Guaidó no pueden luchar solas y deben escuchar a quienes no militan en los partidos, pero hay que hacerse escuchar.

Es la hora de regresar a aquel maravilloso movimiento de voluntarios que se formó al llamado de la AN para ayudar en las tareas del gobierno interino.

Hace falta un gran movimiento social que haga suyas las dos más importantes consignas hacia el cambio hoy en día: la lucha por un Gobierno de Emergencia Nacional y por lograr condiciones para unas elecciones libres.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El que no hace le hacen, Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar 

Si usted en cada inning embasa tres corredores sin outs y no logra anotar carreras porque sus tres siguientes bateadores se ponchan en conteo de tres bolas y cero strike, o si usted falla tres penaltis seguidos contra el arco contrario, usted no puede culpar al rival de su derrota.

Eso está pasando en Venezuela con las fuerzas democráticas a propósito del abandono que se ha hecho de una iniciativa redondita y que pintaba, como dicen los españoles, la mar de bien.

Se trata del Gobierno de Emergencia Nacional. Una consigna que cuando fue lanzada recibió el apoyo unánime de los aliados internacionales de Guaidó. Incluso, algunos gobiernos amigos de Maduro se permitieron saludarla como una salida política digna de ser discutida.

Estados Unidos llegó hasta ponerle al lado una agenda de su propia cosecha, cierto, pero en una demostración de que estaban a favor de la salida en cuestión. Presentaron un plan de desescalamiento de las sanciones a medida de que fuera avanzando la transición surgida de dicho gobierno. Elliot Abrams, que fue el vocero de la propuesta, llegó a plantear el argumento grueso de que podía quedarse tanto el Alto Mando militar, como varios funcionarios del régimen.

La propuesta es redondita porque supone, tal como fue planteada, que Guaidó y Maduro daban un paso a un lado y se formaría un Consejo de Estado con participación de TODOS los sectores políticos representados en la Asamblea Nacional.

Ese Consejo se fijaría dos misiones básicamente: la primera, promover la entrada de ayuda para paliar la crisis humanitaria (agravada ahora con el coronavirus) y administrarla internamente; y la segunda, organizar unas elecciones libres para poner fin a la crisis política.

Pasan los días y esta iniciativa de ganar-ganar por todas partes no recibe el calor necesario. Algunos la desechan porque piensan que es difícil de implementar porque Maduro no lo aceptaría. Esta posición tiene el error de que lee la realidad de atrás para adelante. Pasa por alto que poner esta consigna en la calle y tratar de ganar adhesiones dentro y fuera del país, valerse de ella como un eje organizativo y político es lo realmente importante. Y lo que puede preparar el camino para una nueva realidad si esta llegara prender en el alma de millones de venezolanos.

Esta inacción ha generado un vacío y en la física y en la política los vacíos no son tolerados, tienden a llenarse de algo. En Venezuela ese “algo” que ha sustituido la agenda que hubiese dado la iniciativa a Guaidó, ha sido la propuesta de elecciones parlamentarias con las que el oficialismo ha avanzado en estos días. La alianza que sostiene a Guaidó, le quitó la vista a la pelota y paso en un santiamén a la defensiva.

El resultado: ahora todos hablan de elecciones, de condiciones, de fechas, del CNE. Todos tienen una teoría sobre participar o no. Los partidarios de comerse el elefante por pedacitos y los que se lo quieren comer de un tirón; los que ponen el ejemplo chileno; los que ponen el ejemplo de Nicaragua. Los de la transición española, los fanáticos de la República de Platón; los de los Estados Generales en Francia y los del asalto al Palacio de Invierno en Petrogrado.

Desgraciadamente, del Gobierno de Emergencia Nacional ya muy poco se habla.

¿Es tarde para hacerlo? Por supuesto que no. Hay una sabana de oportunidades. Más del 80 % de nuestros compatriotas quiere un cambio. Ya quisiera cualquier líder poder cabalgar una sensación de esa cuantía. Y una ciudadanía anhelando vivir de otra manera.

Ojala que opere un Pentecostés en la dirección política del país y resuelvan jugarle un quintico a esta iniciativa. Hay espacio para arrimarle al mingo. No sería sensato bocharlo a él. Eso solo se hace en los tiros que no tienen ni boche ni arrime.

De acuerdo con Yogui Berra “el juego no se acaba hasta que no se termina”, faltan muchos innings aun. No tenemos que traer todas las carreras en todos los episodios, lo que tenemos es que no seguir ponchándonos con tres en base. Recordemos que quien no hace, le hacen.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La oración y la política, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar  

No amigo lector, esta nota no tiene nada que ver con la religión, ni trata de ningún análisis teológico para que lo cual no estoy preparado. Trata de la oración como fenómeno humano, como actitud individual y colectiva que es corriente en la conducta de los creyentes y de los no tanto.

Y quizás, especulemos un poco, también en ese terreno misterioso y poco investigado de la fuerza que tiene el espíritu en la concreción de hechos objetivos y de cambios sociales.

Florentino silbaba para sentirse acompañado y para alejar al Diablo. Esta sensación de desamparo ante lo desconocido y frente a la soledad donde primero consigue interpelación es en nuestro espíritu.

Cuando todas las religiones hacen de la oración el vehículo privilegiado de la comunicación con Dios, están interpretando correctamente esa necesidad ancestral que, en algún momento de la evolución, se alojó en el cerebro de los humanos y que les ayudó notablemente a surgir como especie en un entorno lleno de incertidumbres y de miedos a lo que no sabían interpretar.

Ahora, cuando la neurociencia ha avanzado notablemente, se ha llegado a descubrir que cuando las personas oran se liberan las mismas hormonas que nos producen sensaciones agradables y que, por esa vía, logramos desprendernos de la cotidianeidad y alcanzar estados de mejoría mental y física. Hoy en día, numerosas terapias y escuelas de pensamiento sobre el bienestar físico y espiritual como el yoga, el tai chi, la meditación, se apoyan en este principio que es ya de casi unánime aceptación.

Todo esto, que es válido para la esfera individual, tiene una interpretación particular cuando ocurre como fenómeno colectivo.

Efectivamente, todas las religiones tienen en la congregación de sus fieles uno de sus mejores vehículos para comunicar sus preceptos. También para evocar la necesaria comunicación de ideales y disparar las emociones de grupo, que son un ingrediente necesario para la preservación en el tiempo de cualquier organización humana, independientemente de sus fines.

¿Y todo esto que tiene que ver con la política?

Pues pareciera que bastante. Veamos: la política es el arte de lograr convencer y convocar mayorías para el logro de un fin básico que es alcanzar el poder. Para cautivar y seducir mayorías no basta con los razonamientos y con exponer las ideas. Normalmente, ello es necesario para construir las vanguardias con las que se hacen los partidos políticos.

Realmente, las organizaciones políticas son agrupaciones de personas unidas por un pensamiento y una interpretación común de las realidades y las tareas a realizar para transformarlas. Pero para trascender al partido, a la agrupación de tus iguales, estás obligado a llegar a las multitudes que necesitas emocionar y cuya voluntad se organice para avanzar hacia tus fines. Para ello las ideas y las ideologías, como dijimos, tienen una influencia limitada.

Surge de esta manera la propaganda y la agitación políticas en las que juega un papel importante, como ya dijimos, la capacidad de emocionar y convencer de que lo que estás intentando tiene posibilidades de lograrse. En pocas palabras, que tu esperanza es una cosa que puede venderse.

Una marcha, un mitin, es un escenario privilegiado para ello. Cuando marchamos (y mira que lo hemos hecho en Venezuela en estos años) nos sentimos fuertes. Cuando decimos las consignas las deseamos y nos parecen alcanzables, cuando las cantamos aun más (San Agustín decía que quien canta ora dos veces).

Sería aventurado y temerario decir que la fe mueve montañas y que con solo querer una cosa basta para que suceda. Eso en la política no suele ocurrir. Lo que sí puede ocurrir – y ha ocurrido cientos de veces en el mundo- es que la voluntad y los deseos organizados y la fuerza espiritual que se ponga para lograr un fin pueden remover montañas de realidades.

Por eso las consignas en la política tienen la misma importancia para reafirmar una causa, como lo tienen en la religión los mantras, las letanías, los cánticos y el recitar los versos del Corán o de la Tora.

Las consignas deben asumirse para desplegarlas, para luchar por ellas, para convertirlas en un eje de acción capaz de modificar a la realidad. Que sea fácil lograrla obviamente es importante. Pero lo es aun más saber si es justa. Si es justa hay que luchar por ella aunque su concreción no parezca estar a la vuelta de la esquina.

Hace semanas las fuerzas democráticas venezolanas plantearon al país y al mundo la necesidad de luchar por un GOBERNO DE EMERGENCIA NACIONAL. Ese planteamiento recibió un amplio respaldo nacional e internacional. Inexplicablemente no se ha movido casi nada para concretarla.

Maduro ha tenido éxito en desviarnos de ella, en hacernos perder la vista a la pelota. Y ha buscado temas que nos dividen. Y se ha caído en la trampa de seguirle el juego. Sí, así mismo como lo lee amigo lector: hemos desechado lo que nos une para enfocarnos en lo que nos divide.

Lo menos que puede hacer uno por una consigna es convertirla en una fuerza espiritual, capaz de mover las realidades, como hacemos cuando oramos en soledad y como nos atrevemos a luchar cuando lo hacemos colectivamente. Cuando planteamos una es para luchar por ella, para emocionar, para entusiasmar para organizar a su alrededor

Bien convendría a nuestra dirigencia revisar el evangelio de San Lucas Capítulo 11, versículos 33 al 35. Que nos dice “no se enciende una lámpara para colocarla debajo de la mesa sino para ponerla donde alumbre a todos”.

Nuestras consignas se merecen estar en lo alto. No debajo de la mesa.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

No quitarle la vista a la pelota, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar  

Juan de Mata Osta, entrenador de béisbol en Los Criollitos de Camoruco, equipo en el que militamos en la categoría infantil, lo primero que nos decía, era: No hay que quitarle nunca la vista a la pelota. Si está fildeando se le va a ir el rolling entre las piernas, y si está bateando, lo van a ponchar.

Este consejo es clave y de librito para todos los deportes en los que se juega con una pelota, pero también lo es para muchas otras cosas.

Efectivamente, perder el foco, dejarse distraer, perder la concentración son peligros para el éxito de cualquier empresa humana y, sin duda alguna, lo es mucho más cuando ese error lo cometemos en la actividad política.

¿A propósito de qué viene esta observación? Pues a propósito de que inexplicablemente hemos abandonado una iniciativa que lanzamos hace alrededor de un mes y que tuvo la virtud de haber concitado el apoyo de los Estados Unidos, la Unión Europea, la mayoría de los gobiernos de la OEA, de aliados de Maduro como los gobiernos de Argentina y México que reiteraron su simpatía por una salida política a nuestra crisis. Y, aquí en Venezuela, del G4, del resto de la Alianza Parlamentaria, de la Iglesia, de la mayoría de organizaciones de la sociedad civil y pare usted de contar.

¿Cuál era esa iniciativa? El GOBIERNO DE EMERGENCIA NACIONAL. ¿En qué consiste?, ¿cómo se come? Su propuesta original la esquematizo de este modo:

a) Se aparta Guaidó, se aparta Maduro,

b) Se forma un Consejo de Estado con participación de TODAS las fuerzas políticas representadas en la AN,

c) ese Consejo de Estado tendría una representación de la FAN,

d) Las principales misiones de ese GEN serían dos: 1) Hacer frente a la crisis humanitaria arbitrando la entrada de recursos, y 2) Preparar unas elecciones libres y con garantías.

¿Y por qué la hemos abandonado o ninguneado?

Vaya usted a saber. Pero la respuesta más accesible y probable es que LE QUITAMOS LA VISTA A LA PELOTA para irnos “detrás de cualquier hombre (o evento) a caballo” que nos pasa por enfrente.

También, hay que decirlo, algunos la han abandonado porque no la creen viable y argumentan que Maduro no lo aceptaría nunca. A estos últimos hay que decirles varias cosas: primero, es que esa propuesta no está dirigida a Maduro, sino a todo el país. Y luego que en la política no se deben desplegar las iniciativas porque sean estas fáciles o difíciles, sino por si son justas o no lo son. Si además de justas, son fáciles, bendito sea Dios, pero si no son fáciles lo que hay que hacer es trabajar, trabajar y trabajar para que lo sean.

Las consignas no son palabras mágicas. No son un abracadabra. A las consignas hay que convertirlas en voluntad y no en cualquier voluntad, que sería caer en el “voluntarismo”, sino VOLUNTAD ORGANIZADA. Hay que arriesgar. Hay que ganarse la opinión de las mayorías no diciéndole las cosas una sola vez, sino repitiéndoselas en todos los escenarios.

La voluntad organizada logra transformar realidades y puede hacer posible lo que no lo pareciera hoy. Hay que organizar en torno a la propuesta, hacerlas carne, hueso y sangre de millones.

Hay que ponerse fechas y objetivos, hacer agendas (la agenda es de lo único que somos dueños cada uno). Si seguimos en esta inercia, si lo dejamos morir de mengua, nunca vamos a poder saber si el Gobierno de Emergencia Nacional era o no una buena iniciativa y hasta dónde habría dado de sí. El esfuerzo y los peligros que a diario corren los militantes y dirigentes políticos, incluyendo el propio Juan Guaidó, no se merecen este “achante”.

Hay que montarse, entonces, en campañas con ese objetivo y no quedarse en actos y menciones esporádicas. La promoción de una idea o un producto solo causa su efecto cuando es reiterativa y constante, ese es el principio en el que descansa la eficacia de la publicidad. Esa es la razón por la cual la Coca Cola, que es la marca más conocida en el mundo, sigue gastando fortunas en marketing y propaganda. La gente olvida lo que no se le recuerda.

Por supuesto que una dirección política debe atender los problemas de todos los días, pero sin perder el norte y los ejes políticos que ella misma ha diseñado.

Lo del CNE, por ejemplo, es algo que estaba cantado y, sin embargo, hoy nos tienen obsesionados como una rareza. Que los analistas, los opinadores, los periodistas, las redes sociales estén hablando de ello es lógico y comprensible. Pero la dirigencia política no debería quitarle la vista a la pelota y debería seguir en el único camino que hasta ahora ha recibido un apoyo solido de los sectores organizados dentro y fuera del país, para seguir avanzando.

Esa consigna que cayó como una lotería no merece dejarse languidecer.

Finalmente, y a propósito de lotería, me perdonará el lector que termine esta nota con un viejo chiste (ya sabemos que la cosa no está para chistes): es el de aquel señor que iba diariamente a pedirle a un santo que le hiciera el favor de que se ganara la lotería. Un día tras otro se aparecía con la misma cantaleta, “por favor haz que me gane la lotería”, le imploraba y repetía como una letanía. Un día el santo, hastiado de tanta pedidera, bajó del nicho y le dijo: “muy bien, te voy a conceder tu deseo, pero vale, cómprate un quintico. ¿Cómo te doy el premio si nunca te compras uno?

El Gobierno de Emergencia Nacional merece que le juguemos un quintico. Por lo menos un quintico.

¡Ojalá que así sea!

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Futbolito, polarización y política, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar  

El lector seguramente recordará un partido de futbolito improvisado que tuvo lugar en las jornadas de grandes movilizaciones populares en el 2002, en plena autopista de Prados del Este en Caracas. El juego enfrentó a dos equipos, uno de los manifestantes de la oposición y otro de defensores del gobierno de Chávez. Por varias horas ambos, jugadores e hinchas, confraternizaron sobre el asfalto caliente de aquel caliente momento de la política nacional. Por cierto, nadie recuerda el score, todos recordamos que el partido tuvo lugar.

¿Recordaremos acaso también la reacción de Chávez? Yo sí, y claramente. Montó en cólera, sacó de su costal todos los improperios contra los ricos, los apátridas, los escuálidos. Identificó muy bien, para su gente, quiénes eran aquellos con los que jamás debían juntarse y ni siquiera ir a misa; mandó el mensaje de acuerdo con el cual confraternizar y sonreír con los explotadores era una traición.

A todos ellos les quedó claro que quien quería ver deporte que se fuera a la cancha del Círculo Militar a verlo lanzar su rabo e cochino. O que se pusiera en su barrio a jugar chapita, como jugaba él con el teniente Andrade antes de dejarlo tuerto.

¿Por qué esta reacción tan desmesurada frente a un inocente partido de fútbol de calle? Pues justamente porque el partido no era inocente, al menos no para sus planes. Porque para imponer el régimen que padecemos desde entonces hace falta mucha división, mucho odio y sobre todo meter muchas cuñas entre la unidad de los gobernados para que no puedan juntarse nunca.

Así se hizo la polarización política y social. Venezuela ya no era un solo país y los venezolanos no tendrían un solo proyecto para mejorar y avanzar, sino que la vida desde entonces se planteaba entre ricos y pobres; patriotas y apátridas; buenos y malos; chavistas y no chavistas.

Chávez creó su ring de boxeo, su zona de confort. Y acopió la leña que sería el combustible que avivaría, hasta el día de hoy, su hoguera de la manutención del poder.

¿Cuál es la lógica de la polarización? Pues, demostrar que el proyecto político que encarno no triunfará hasta que no derrotemos y aniquilemos definitivamente al adversario. A la victoria no se llega sino sobre las ruinas del adversario. Mientras tanto, todos los problemas, las miserias, los sinsabores, son parte de la larga marcha hasta la Tierra Prometida. Los pobres conquistarán el cielo como lo cantó Marx sobre los Comuneros de París de 1871 porque “el motor de la historia es la lucha de clases” y su “partera es la violencia”.

Todo esto ocurrió ante nuestros ojos. Este escenario fue concebido como  una trampa jaula con cuyo paral no hemos dejado de tropezar nunca. Hemos caído en el juego de la polarización para solaz de quienes lo inventaron para mantenerse en el poder.

Han sido pocas las ocasiones en las cuales hemos sorteado la trampa. Una de ellas fue en el 2015, cuando logramos la maravillosa victoria electoral de la Asamblea Nacional. Aquella campaña fue impecable. Era la época de las colas, del bachaqueo, del estallido de la megainflación y de la escasez.

Hubo muchas consignas, pero el fundamento de todas ellas era “Si no quieres esta vida de colas, de irrespeto, de escasez y de vida cara, vota contra Maduro en la AN”. Es decir, nos salimos del mensaje polarizador del ¡Maduro vete ya! para hablar a la gente de sus problemas. Lo cual, desde que el mundo es mundo, es la única manera de convencer a alguien para que haga el puente entre su vida cotidiana y la política.

Pero, como cuando el pobre lava llueve, enseguida regresamos a la zona de confort de Maduro. En lugar de convertir la Asamblea en el pivote de las luchas sociales y populares y la aspiraciones de los millones de compatriotas que nos llevaron allí, volvimos a caer en la trampa.

No se había secado la tinta del acta donde Tibisay proclamada la irreversibilidad de nuestra victoria, cuando le ofrecimos al país que en 6 meses sacaríamos a Maduro. Conclusión: Maduro nos dijo “vengan a Miraflores a sacarme” y nosotros le tomamos la palabra y cada vez que lo intentábamos, las ballenas no nos dejaban pasar de Chacaíto.

Mi cauchero chavista que votó por la oposición me dio una clase de política cuando aquello ocurrió. Me dijo: “Vistes, Julio, lo que querían era un quítate tú para ponerme yo…”.

Y como las desgracias nunca vienen solas, nos equivocamos en el fondo y también en la forma. Con esa política nos retiramos a los salones de los hoteles, a las redes sociales a realizar cuanto foro, seminario, taller y simposio, entre nosotros mismos (ahora hacemos tuitazos, webinars y sesiones de Zoom) para elucubrar sobre el sexo de los ángeles. Y dejamos a la gente entendiendo con sus problemas y viendo desde las gradas la pelea de boxeo entre Morochito Rodríguez y Muhammad Ali.

Venezuela ha visto agravar todos aquellos problemas y hay quien quiere vendernos la idea de que los venezolanos nos estamos adaptando a la situación como la ranita de la olla con agua tibia. Esta es solo una verdad a medias. Se trata de un mecanismo de defensa natural de toda persona que pone la sobrevivencia como punto central de su existencia. Gracias a ese instinto nos hemos preservado como especie.

Pero la lógica de hierro de la historia y de la lucha social nos enseña que los pueblos despiertan insospechadamente. A veces despiertan y los derrotan y a veces despiertan y logran victorias y avances.

La diferencia entre una y otra está en la clarividencia y capacidad de su dirección política. Es necesario reconstruir la credibilidad y la confianza. El 80 % de los venezolanos no quiere a Maduro y lo responsabiliza de la actual pesadilla.

Solo hay que regresar a estar con la gente y a organizarla. Poner una política creíble, transversal que interese a TODOS  y no a un grupito de iluminados. Y diseñar una agenda que destierre la polarización de las consignas puramente políticas; que ponga énfasis en los problemas que padecemos todos los venezolanos y diseñe el país bonito y distinto que también todos queremos.

Imaginemos por un rato que aquel partido de fútbol en Prados del Este llegue al medio tiempo y terminemos hablando de nuestros problemas comunes y que entonces nos pusiéramos de acuerdo para actuar. No habría ballenas pa’ tanta gente. El segundo tiempo lo jugaríamos en libertad.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La alegría y la política, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar 

El año 1988 tuvo lugar el referéndum para que los chilenos se pronunciaran sobre el destino del régimen político instaurado por Pinochet. Aquella campaña electoral fue un laboratorio de nuevas ideas y concepciones de la comunicación política.

El debate sobre cómo debía enfocarse esa campaña enfrentó dos corrientes. Por un lado, la de los dirigentes tradicionales de las organizaciones que habían vivido la dictadura (socialistas, comunistas, democratacristianos). Todos con el pedigrí suficiente y la autoridad moral y política para hacer oír su voz; y, por el otro, una camada de chamos nacidos o educados en el exilio de sus padres en las mejores universidades norteamericanas y europeas.

Estos últimos terminaron imponiendo su posición sobre la manera de abordar el desafío electoral. Todo esto está recogido en una película que ningún dirigente político puede dejar de ver, titulada NO y a la cual remito para no tener que explicar los detalles de esa confrontación de ideas tan interesante.

Basta con señalar aquí que la consigna que presidió la campaña que llevó a la victoria al NO por más de 10 puntos, fue CHILE, LA ALEGRÍA YA VIENE, cuyo jingle y canción completa invito igualmente a escuchar. Su imagen fue un arcoíris con los colores de todos los partidos de que la apoyaban.

La tesis de presentar las atrocidades de la dictadura con su secuela de desmanes, crímenes y violaciones de los derechos humanos, que era la manera como se había concebido por años la estrategia política de la oposición, fue desechada. Se suponía que la alegría implicaba muchas cosas para el cambio en Chile, entre ellas la justicia y que no hubiera impunidad. Fueron magistrales en comunicar esa idea.

¿Por qué es útil tratar este tema hoy en Venezuela?

Pues porque siempre es necesario recordar que una de las funciones de la política es vender esperanzas. Convencer de que siempre se puede vivir mejor y, sobre todo, de que vale la pena luchar para eso. Por eso, matar la esperanza y provocar las condiciones para la desesperanza inducida, el síndrome de Estocolmo y la desmoralización son armas tan usadas por los regímenes que quieren bloquear los cambios.

Una de las celadas que suelen tender es la de magnificar su crueldad. Recordemos cómo nos trasmitieron en vivo y directo la muerte de Oscar Pérez, las imágenes de Requesens detenido.

Comunicar la idea de que son malos, que contra ellos no podemos hacer nada, y después lograr que nosotros mismos reproduzcamos su maldad es una de librito de todas las policías políticas del mundo, desde la Gestapo al G2.

Por eso, cuando se está en un ambiente tan feo, es bueno saber cómo hacemos para no embarrarnos de todo lo sucio que nos rodea. Habría que ver cómo desciframos el misterio de las garzas blancas que no manchan sus plumas con el barro del estero. O imitar la sabiduría del médico que no deja contaminarse del mal de su paciente, pues entonces no podría curarlo.

Hay un ejemplo maravilloso de cómo sortear lo feo y producir sensaciones que queremos comunicar positivamente. Ese ejemplo es Tosca, quizás la más conocida ópera de Puccini. Se trata de un verdadero thriller. Muestra la corrupción, la tortura, la traición política en la época de la invasión napoleónica a Italia.

Me imagino que Puccini sabía que esta tragedia sería imposible de vender como la historia desagradable que era. ¿Qué hizo? Pues le compuso dos de las más bellas y melodiosas arias que tenga ópera alguna: E lucevan le estelle y Recóndita armonía. Al escucharlas es evidente que lo escabroso pasa a un segundo plano.

O el de los renombrados científicos Francis Crick, James Watson y Maurice Wilkins, quienes descubrieron el ADN y por ello se hicieron acreedores del Premio Nobel. Preguntados por un periodista sobre el por qué habían representado su estructura con la forma y colores con las que la hicieron, respondieron “porque era más bonito así”.

Pues sí, llegado un momento, la alegría, la belleza, la esperanza, pueden llegar a ser ideas subversivas, pueden convertirse en un eje movilizador.

La mente humana está preparada para ello. De hecho existe un mecanismo que opera como una suerte de “tamiz hedónico” mediante el cual tendemos a olvidar los sucesos desagradables en favor de los agradables.

Es de preocuparse entonces cuando constatamos cómo el régimen venezolano logra tasas importantes de desesperanza inducida, de pesimismo militante, ayudado por legiones de escribidores y opinadores que les compran ese pescado podrido; por repetidores de su invencibilidad; por samuráis que se destripan a diario; por autoflagelantes de oficio; por propagadores de la tesis chimba según la cual “todos son iguales”; por los que meten en el mismo saco a víctimas y verdugos, a presos y carceleros.

Han logrado, entre todos, crear un engendro monstruoso de mil cabezas que hasta se alegra de que pongan preso o maten a un opositor porque, de acuerdo con sus estándares, la víctima, como los sospechosos de la Ley Robespierre, podría ser colaboracionista.

Esta actitud absurda evita el verdadero debate sobre los errores que el liderazgo opositor a Maduro ha cometido. Lo convierte en un debate de pasiones y no en uno de ideas.

Como dijimos arriba, no podemos curar a Venezuela si nos enfermamos del odio que combatimos, de la misma manera que los médicos y enfermeras no pueden curar a los enfermos de coronavirus si se contagian.

Valdría le pena incluir esto en el debate. Sería importante crear una fábrica de optimismo y alegría para usarlos como arma de cohesión. Una vez estuvimos por millones en la calle cantando aquella canción “quitarnos los miedos, sacarlos afuera, pintarnos la cara color esperanza, mirar al futuro con el corazón… 

¡SABER QUE SE PUEDE, QUERER QUE SE PUEDA!

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

“Qué bonita vecindad...

@juliocasagar 

Con la frase que sirve de título a esta nota comenzaba el tema musical de ese mítico programa mexicano El Chavo del 8. Terminaba la estrofa con esta otra “No valdrá medio centavo, pero es linda de verdad”.

El programa obviamente estaba concebido para despertar el interés televisivo, por lo que mostraba historias y escenas de las virtudes y miserias de toda vecindad de ese sector social que incluye a pequeños comerciantes, mujeres solas cuidando sus hijos, maestros, “toeros” como don Ramón, niños solitarios como El Chavo y algunos de su pandilla. Obviamente, con la truculencia necesaria para su marketing y para mantener la atención del target al cual estaba dirigido.

Esa vecindad no tenía más adversidades que las que son propias a las de unas familias semiexcluidas en el México de los grandes problemas sociales. Sobrevivían con lo justo para que la saga continuara sembrando expectativas y pareciéndose al gran público mexicano.

Lamentablemente la serie no sobrevivió lo suficiente para que el libretista nos deleitara con capítulos de cómo se desenvuelve una vecindad de esas en la pandemia del coronavirus.

Esta nota que tiene en sus manos quiere explicar cómo vive una vecindad, la nuestra, en medio de los desafíos a los que una familia debe enfrentarse en la Venezuela abollada por 20 años destrucción planificada y que ahora se enfrenta al desafío de sobrevivir con la COVID-19 como espada de Damocles sobre nuestras cabezas.

La historia, como verán, no es de horror sino de todo lo contrario. No es la del Chavo, pero habría podido serlo. Veamos primero…

¿Quiénes somos? Pues somos una comunidad de 62 casas, todas igualitas, construidas hace alrededor de 45 años. Tenemos 42 viviendo en una de ellas. Dada la cercanía de la Universidad de Carabobo, muchos de sus compradores fuimos profesores universitarios, entre ellos había también profesionales liberales, comerciantes, algún militar retirado. En fin, un encuestador de la época diría que éramos clase B y C. Hoy en día, creo que la mayoría somos compradores originales.

El cuento de cómo estamos enfrentando esta situación es peculiarmente interesante. Vea el lector que uso la palabra “hemos” porque es la adecuada a lo que está ocurriendo. Tenemos una particularidad interesante. Nuestra presidenta es una francesa incansable y nuestro animador ecológico, cuidador del agua y más activo directivo, un gringo (no ingeniero, sino jardinero paisajista). No cometo una exageración si digo que son los más venezolanos de toda la urbanización. Nunca han querido irse. Es una suerte que nos hayan tocado de vecinos.

Pues bien, estas 62 familias, desde que la crisis se ha recrudecido, se han convertido en una piña para enfrentar los problemas. El agua escasa que viene de un manantial del cerro ha sido administrada con criterio y las escaramuzas sobre su distribución se han solventado en asambleas con el pueblo de la Entrada y los barrios circundantes. La sangre nunca ha llegado al río y tenemos el agua más pura de toda la comarca.

Los problemas de movilidad se han atenuado porque cada semana recibimos la visita de mercaditos y abastos ambulantes que traen toda clase de mercancías y donde, cual mercadillo europeo, compartimos y departimos quienes a veces pasábamos meses sin vernos.

Los operativos de gas han sido exitosos y, una cosa muy importante, las desavenencias normales de la convivencia se han atenuado porque como la ociosidad es la madre de todos los vicios, cuando nos ponemos a trabajar y a estar pendientes de cosas importantes como cuando llega el señor de las verduras o el del cartón de huevos, los rollos normales pasan a un segundo plano.

¿Y esta Narnia dónde queda? Pues la verdad es que esta Narnia esta en Venezuela y vivimos la desgracia que todos nuestros compatriotas viven a diario. Casi todos los mayores son padres o abuelos de Skype cuando tenemos luz e internet.

Los sueldos que una vez fueron buenos y que nos hizo soñar con jubilaciones doradas ya no alcanzan, y toda una red de ofertas de pastelitos, pizzas, tortas, gestiones etc., han poblado los grupos de Whatsapp del vecindario.

Todos luchamos por sobrevivir. Pero algo nos ocurrió en medio de la tragedia nacional. De repente descubrimos que somos mejores vecinos y mejores seres humanos que antes.

¿Y qué hacemos con esto?, ¿el liderazgo venezolano va a dejar que esto se muera de mengua?, ¿no vamos a advertir que algo importante está pasando?, ¿que, como la hierba que crece sin que nos demos cuenta, un mundo nuevo se está abriendo paso?

Los dirigentes políticos nos hemos educado en el paradigma de que para producir cambios hay que tomar el poder político. Obviamente que esto es cierto. Pero en nuestro imaginario persiste la idea de que en algún momento una gran victoria electoral, una toma de la Bastilla o a un Palacio de Invierno en Petrogrado o un derrumbe del muro de Berlín serán el detonante para que cambien las cosas.

No negamos que la historia está jalonada por acontecimientos como estos y que lo que ahora llamamos “Cisnes Negros”, esos eventos inesperados que pueden dar un giro completo a la realidad, tienen una importancia capital. En Venezuela podríamos ser testigos de un hecho que hoy ni siquiera imaginamos y que podría cambiar el rumbo de lo actual. ¿Quién puede saberlo?

Repetimos que todo esto es posible, pero esa visión solemne, atrabiliaria y de gran epopeya de la historia nos ha privado de ver que, como decíamos en una nota anterior, lo “little or small is beatiful” y que los cambios que queremos ya pudieran estar ocurriendo entre la gente.

Un líder político es muchas cosas, pero una de las más importantes es que debería ser un buen “head hunter”, un scout de grandes ligas que ande buscando los mejores talentos para hacer un gran equipo.

Estamos demasiado ocupados en lo grande y en los teclados de nuestros teléfonos y hemos descuidado lo pequeño, lo que ocurre en las comunidades. Por eso ya no las visitamos. Por eso pensamos en la gloriosa marcha que de Altamira a Miraflores recuperara la libertad o en que nos van a resolver el problema contratando un “out sourcing”.

Esas marchas siempre las paran en Chacaíto. Nunca nos hemos preocupado por “sacarle penco” a las ballenas de la Guardia y llegarnos a Catia, que está a 5 minutos de Miraflores, a ganarnos a la gente para la idea de que la única manera de resolver sus problemas es que cambie el Gobierno.

Seguramente nos sorprenderemos cómo, en casi todas partes, esta crisis ha hecho crecer brotes verdes de gente que se ha ganado el respeto de sus vecinos, que dan la cara, que ponen su trabajo, que no especulan. Esos, los mejores. Los de las nuevas “bonitas vecindades” que existen en el país.

¿Que esperamos para buscarlos?

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El asteroide b 612, por Julio Castillo Sagarzazu
Escultura El primer sueño de Saint-Exupéry (Bélgica) , de Tom Frantzen. Foto Guy Delsaut en Wikimedia Commons, 2015.

@juliocasagar 

Este nota trata de una de una desilusión de gente grande, pero de esas que vienen no de la niñez temprana como la de los regalos del niño Jesús o las moneditas dejadas por el ratón Pérez, sino de otras, quizás más duras porque son “racionales”; de esas que cada quien se hace a su medida, esperando que algún momento el misterio del tiempo y del espacio la hagan coincidir con la realidad.

Son las ilusiones de los años mozos, las de los sueños juveniles, aquellos días en los que pensábamos que bastaba que quisiéramos que el mundo fuera mejor para que efectivamente lo fuera.

En aquellos días, un señor llamado Pepe Vitale puso en nuestras manos un cuento que pensé infantil, su nombre: El Principito, escrito por un joven aviador francés de nombre Antoine de Saint-Exupéry.

En realidad, aquel no era un cuento; terminamos descubriendo que era un tratado de vida: una de las frases acuñadas en una de sus páginas se quedó para siempre grabada en algún lugar del cerebro de esos que conservan las cosas buenas: “solo con el corazón podemos ver, lo esencial es invisible para los ojos…”

Pues bien, para la época en la que Pepe nos ofreció aquel maravilloso libro, ya Saint-Exupéry llevaba años desaparecido. Había salido en una misión de reconocimiento durante la Segunda Guerra Mundial al norte de África y nunca más se supo de él.

No supe nunca por qué pensé que Saint-Exupéry no había muerto. Me cree la fantasía de que había ido a reunirse con el Principito en el asteroide B 612, enfilando la proa de su avión hacia el infinito hasta aterrizar suavemente en el diminuto planeta de su pequeño amigo. Pensaba que allí preparaba su obra maestra y que un día, en su viejo aparato, descendería para ofrecerla al mundo en miles de idiomas o, mejor dicho, en uno solo, comprensible a todos. Sería una suerte de libro de libros que hablaría de la forma en que la Tierra sería un planeta más vivible.

Sin embargo, no fue así, hace unos días, un reportaje sobre su vida hecho por la televisión alemana, nos dio cuenta de que un pescador le había arrancado al mar el misterio de su desaparición: una pulsera con su nombre y parte del fuselaje de su avión de reconocimiento.

Aquello fue un golpe inesperado, no pensaba que más de 30 años después de habernos fabricado esa fantasía de su encuentro quimérico en el asteroide B 612, una noticia como esta podía decepcionarnos.

Pensamos en tantos otros libros, en tantos otros textos que hicieron de nuestra juventud días de militancia en causas fabuladas. Y luego, la vida nos mostró a Ian Palach inmolándose ante los tanques rusos un día de Primavera en Praga; Soljenitsine nos desveló el Gulag soviético; descubrimos que la Revolución Cultural China no solo quemaba las partituras de Beethoven por ser música burguesa, sino que ajusticiaba a los músicos que la tocaban; que Fidel encarcelaba poetas y vimos finalmente como se derrumbaba el Muro de Berlín.

Desgraciadamente, durante este tiempo, las cosas no cambiaron tampoco del otro lado de la moneda; el planeta Tierra sigue conteniendo las más insultantes de las injusticias, las inequidades siguen vivas y, cuando ciertamente hay índices de calidad y cantidad de vida que han mejorado para la especie, aún estamos lejísimos de esa utopía que soñamos alguna vez.

Por eso alguna vez nos hemos llegado a preguntar: ¿será que somos la jugarreta de algún dios menor, cuyas creaciones han sido Hitler, Stalin, Pol Pot, Castro y hasta los nuestros de aquí?

¿Sera que esas mentiras convertidas en ideologías, o esas ideologías hechas mentira, han sido creadas para ocultar las insaciables ansias de poder y dinero consustanciales a los seres humanos?

Hoy vemos cómo en Venezuela decenas de antiguos militantes de la justicia y las causas fabuladas de hace tantos años, inventan una revolución que terminamos descubriendo como un atajo para llenarse los bolsillos sin importar que, para ello, fabricara las más atroz de todas las pobrezas que nos han azotado.

Una “revolución”, otra más de las “revoluciones” fabricadas por hombres egoístas y ávidos de poder nos pone al borde de un Armagedón final. ¿Será que este es necesario, será que una pandemia de cosas terribles debe venir para hacernos resurgir de nuevo?

La NASA aún no descubre ningún meteorito que se vaya a estrellar contra el planeta dentro de los próximos siglos, como lo hizo Saint-Exupery contra el mar Mediterráneo, de manera que a los tripulantes de esta nave espacial que es la Tierra, no nos queda más remedio que seguir peleando para mejorarla.

Hace falta una nueva generación de niños y jóvenes con el alma de Saint-Exupéry; millones de aviadores que enfilen la proa hacia el infinito y que inventen la manera de no caer de nuevo.

En esa búsqueda deberíamos andar todos.

Nuestra viejas decepciones solo deben ser abono de nuevas esperanzas.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es