Julio Castillo Sagarzazu, autor en Runrun

Julio Castillo Sagarzazu

El aleteo de la mariposa, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

Todos conocemos el ejemplo didáctico con el que se explica la llamada Teoría del caos, postulada por Henri Poincaré. “El aleteo de una mariposa en Hong Kong, puede provocar una tormenta en Nueva York”. La teoría y, obviamente el ejemplo, lo que tratan de postular es que uno, o varios pequeños acontecimientos pueden provocar efectos mucho mayores que ellos mismos y que tales eventos son, por esa misma razón, impredecibles e incuantificables, antes de que se produzcan.

Posteriormente, Nassin Taleb nos ofreció una versión, en clave de politología, a la que denominó “Teoría del cisne negro” y en la que dijo que acontecimientos políticos y sociales inesperados pueden convertirse en catalizadores o propulsores de cambios en la situación y en el statu quo. Argumentaba, además, que la imprevisibilidad de tales acontecimientos no era óbice para que no nos aprovecháramos de ellos.

Hoy en Venezuela estamos asistiendo a una situación particular. La pandemia del coronavirus nos está mostrando su más espantoso rostro. El sistema de salud, que se ha venido destruyendo por años, está colapsado y la angustia de todos los venezolanos, sin excepción, ha tocado limites desconocidos. En medio de esta tragedia, todos vimos como una pequeña puerta de esperanza se abría con el acuerdo suscrito entre funcionarios de Juan Guaidó y Nicolás Maduro, para acceder al mecanismo COVAX con el que todos los países están accediendo a las vacunas. Esa acuerdo fue saludado, como era de esperarse, por tirios y troyanos y, tenemos que decir, que significó un alivio en medio de tantas malas noticias.

Pues bien, Maduro decidió, por su cuenta, romper el acuerdo para que las vacunas ingresaran. Y no solo eso, sino que de una manera obscena, cínica y cruel, restregándonos en la cara “su inmunología”, nos dijo que ya él se había vacunado. A la par de que nos enteramos que “sus diputados” y militares, sin ningún protocolo y criterio, lo habían hecho también.

Como era de esperarse, el mercado negro de vacunas hizo su aparición; los negocios como el “laboratorio de Maiquetía” donde cobran 60 $ por PCR; los espacios VIP en hospitales públicos, donde por $300 te vacunan y por $400, te hacen el delivery, se vinieron a sumar a los agravios contra el pueblo, al que como única respuesta se le da es que se encierre en su casa a morirse de hambre, para no morirse del virus chino. Todo esto ocurre después de las “góticas milagrosas”; de la molécula mágica y las promesas tempranas de vacunación.

Esta es una gaffe de Maduro, no sabemos si sugerida por el G2 para aumentar la desmoralización entre los venezolanos. Pero, lo cierto, es que no le ha salido bien. Su propia gente, la tropa, los policías de a pie y sus los funcionarios están indignados. Es posible que trate de recoger el agua derramada y se nos presente ahora con un plan de vacunas rusas u otra insólita “solución” a las que nos tiene acostumbrados. Argumentalmente no le será fácil recuperarse. Pero (siempre hay un pero) las dictaduras no necesitan ser simpáticas. Y no les importa si son mayoría o minoría en la población; al fin y al cabo, mientras ellos cuenten los votos, estos temas no les preocupan.

No obstante, lo que Maduro no puede controlar (aunque sí pueda reprimirla) es la indignación que ha producido en la gente y todos sabemos que la indignación es un disparador de la voluntad, incluso más que la rabia y el odio. Pudiéramos, incluso, decir que la indignación es una rabia racionalizada.

Este acontecimiento, podría entonces convertirse en un cisne negro para Venezuela pero, (otro pero) hay que decirlo claramente, para que ello tenga lugar, y para que todo desemboque en el cambio que queremos, es necesario que concurran muchas cosas.

Primero: hay que convertir la indignación en voluntad organizada, a lo largo y ancho del país;

segundo: el presidente Guaidó debe encabezar un vasto movimiento de defensa de la  salud de todos los venezolanos y porque se respete el acuerdo para traer las vacunas;

tercero: se debe consensuar una agenda entre TODOS (mayúscula ex profeso) los que estén porque el derecho a nuestra salud y a nuestras vacunas se respete, sin pedir más condiciones que compartamos el justo reclamo a Maduro por su conducta y la aspiración de que se nos vacune a todos conforme a un protocolo de prioridades definido por los científicos y los académicos.

Ya sabemos que el objetivo final de los demócratas venezolanos es salir de la pesadilla de este régimen, pero hoy es un error interponer consignas políticas, electorales o particulares, antes de esta lucha humanitaria por la vida. Es más, la única manera de que nuestro pueblo haga el “link” entre su tragedia y la necesidad de salir de este régimen de oprobio es que le acompañemos de manera consecuente, sincera y valiente en esta lucha por la vida. Cada quien se irá dando cuenta de quién es consecuente y quién no.

No sabemos si el aleteo de esta mariposa pueda provocar la tormenta democrática que queremos, pero es una oportunidad única para hacerlo.

Unión en la lucha, determinación del liderazgo, agenda de iniciativas concretas y sinceridad en el acompañamiento serán claves para definir el destino de Venezuela en los próximos meses.

Nota bene: al terminar de escribir estas líneas, Delcy Rodríguez anuncia que se ha pagado el primer tramo del acuerdo COVAX. Una gran victoria que demuestra dos cosas: a) que sintieron la repulsa general por su conducta, y 2) que el cuento del bloqueo y las sanciones es como el virus: “chino”.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Sobre simetrías y asimetrías, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

En los lejanos estudios de Derecho penal, recuerdo con interés toda la doctrina en relación con la proporcionalidad en la defensa, en cómo se dictaminaba que el exceso (siempre el exceso) incluso en la defensa, hacia desparecer los atenuantes y hasta la no imputabilidad en algunos casos. También nos enseñaron cómo la saña, la alevosía, la premeditación, la ventaja y actuar investido de autoridad eran agravantes a la hora de imponer una pena.

Todo el derecho civilizado consiste en establecer equilibrios en una sociedad en donde no los hay. No en balde la justicia se representa con una mujer de ojos vendados con una balanza en la mano y una espada en la otra.

La evolución de los normas en el mundo civilizado ha llegado a establecer que hay débiles y fuertes jurídicos en una relación. Considera, por ejemplo, débil al reo cuando se establece que la irretroactividad se le aplique si se trata de disminuir o eliminar una pena. La máxima: “in dubio, pro reo” o “in dubio, pro operario” o “in dubio, pro súbdito”, supone que, en caso de dudas, la justicia debe optar por el más débil.

En Venezuela creemos que en la relación regimen-oposicion hay una asimetría indiscutible; y una relación que no podemos calificar sino de agresor con agravantes y su víctima.

De allí que resulta difícil entender posiciones de cierto sector que se reclama de la oposición, de acuerdo con la cual la responsabilidad y en consecuencia las demandas a la dictadura y a la oposición pueden equipararse. ¿Cómo es posible que pensemos que es igual la víctima que el verdugo; los perseguidores que los perseguidos; los carceleros que los presos? ¿Cómo podemos equiparar las responsabilidades sobre el desastre de país que tenemos?

¿La oposición ha cometido errores? ¡Sí!, demasiados para mi gusto. Pero ello solo nos debe llevar a sugerir, presionar, exhortar, exigir (el verbo que más nos cuadre) a que esos errores se debatan y se superen. Por cierto que en este tema (el de los errores), como en casi todos en la vida, es muy difícil que alguien pueda tirar la primera piedra con solvencia y justificación. Vamos a recurrir al tópico y al socorrido argumento de “pasar la página” y al no menos infausto lugar común del “la historia nos juzgará”.

Pero en este tema, es decir, en el de la consideración igualitaria entre dictadura y oposición sí hay un hiato, una diferencia de método.

No es una diferencia táctica como el tema de ir o no ir a votar. Se trata de un tema de la mayor importancia para poder labrar caminos de entendimiento entre quienes nos llamamos opositores.

Vamos a analizar, por ejemplo, el caso de las vacunas que es explicativo de lo que queremos señalar. Veamos:

Todos saludamos con entusiasmo que se hubiese llegado a un acuerdo. Lo celebramos, como hubiéramos celebrado que Maduro hubiese dejado entrar la ayuda humanitaria por el Táchira; que no hubiese saboteado el programa de Héroes de la Salud y tantos otros episodios relacionados con la ayuda humanitaria. En todas las guerras se producen acuerdos para que la Cruz Roja recoja los heridos, deje pasar suministros, se atienda a la población civil, etc. Cosas con las que este régimen es absolutamente insensible e indiferente.

Pues bien, con el tema de las vacunas se LLEGÓ A UN ACUERDO (mayúsculas ex profeso) para activar el mecanismo COVAX con el que el mundo entero ha logrado hacerlas entrar en los países. Es el caso que, una buena mañana, nos despertamos y nos enteramos de que el régimen ROMPÍA (otra vez mayúsculas ex profeso) el acuerdo y no dejaría entrar las vacunas, con el argumento estúpido de que eran de la farmacéutica AstraZeneca. Ese mismo día nos enteramos igualmente de que las cubanas (que no están aprobadas por nadie porque están en experimentación) y las rusas sí entrarían por iniciativa del propio gobierno, burlándose del acuerdo.

Está bien, hasta aquí, nada sorprendente. La crueldad de un régimen que le ha importado poco la suerte de los ciudadanos ya no nos asombra. Sus frases: “no pateo perro muerto”; “Franklin Brito huele a formol” “el Cardenal Castillo Lara se debe estar pudriendo en el infierno” siempre nos han dado la medida de cuánto nos desprecian.

Lo que no podemos comprender es cómo, haciendo caso omiso de esta realidad, una parte de la oposición regresa inexplicablemente a la tesis de que “hay que ponerse de acuerdo para que entren las vacunas”; o peor aun: “no se debe politizar el tema de las vacunas”, pasando por alto, o mejor dicho, aun más grave, pasando por debajo de la mesa el gesto inaceptable del gobierno y sin hacer mención de la patada a la mesa donde nos habíamos acordado.

Esta es la versión en “modo vacuna” de la tesis que promulga (y que nos separa de manera ostensible) que, en el fondo, somos culpables de la conducta del régimen porque siempre estamos exigiendo algo. Que nos tratan mal porque no nos portamos bien. Es el síndrome que desgraciadamente acompaña a la mujer maltratada que piensa que es su culpa que el marido la maltrate. Que si cocinara más sabroso y planchara mejor las camisas, entonces no le pegaría.

Hacer acuerdos. Por supuesto, todos los que haya que hacer. No solo sobre la emergencia humanitaria, sino también sobre temas políticos y sociales. La política es el arte de lograr acuerdos para hacer prevalecer el bien común.

Pero de allí a “pedir una tregua”, cuando quienes agreden están armados y reprimen sin escrúpulo alguno, hay un trecho muy grande. Los episodios de violencia indeseada, como todas las violencias, se desencadenan normalmente desde el poder y luego vienen las espirales que nadie puede parar.

Claro que es necesario el acuerdo humanitario de las vacunas. Y ese acuerdo está concluido. No hay que hacerlo de nuevo. Ya lo hicimos. Lo que hay que pedir con fuerza es que el régimen regrese a él y no pedirlo, como si no se hubiera hecho.

En este caso, la simetría es una gran injusticia.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Un poquito de futuro ¡por favor!, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

Estamos enfermos de presente y es natural. Lo está el mundo, asombrado con los efectos de la pandemia. Y lo estamos mucho más los venezolanos que no solo debemos enfrentar, a pecho descubierto, al coronavirus, sino que tenemos que vivir en la pesadilla que los jenízaros que nos gobiernan han creado de manera cruel, consciente y premeditada.

Hace horas no más nos despertábamos escuchando decir, con el mayor desparpajo, que se rompía el acuerdo que había sido suscrito entre los técnicos del Ministerio de Salud y los comisionados de Guaidó para traer las vacunas a Venezuela. Lo hacían con el argumento palurdo de que la AstraZeneca no iba a entrar a Venezuela. A la par, nos han dicho que sí entrará la cubana para que experimenten con los venezolanos y que comprarán la rusa con un sobreprecio del 150 %. Mientras esa declaración se hacía, nuestros médicos, que aún no han sido vacunados, seguían cayendo en su campo de batalla.

La verdad, debemos decirlo, hay demasiado presente, demasiado presente cruel y horroroso para pensar en el futuro. Y lo entendemos. Pero es justamente en este punto que debemos preguntarnos: ¿todo esto es casual? ¿Toda esta conducta del régimen es el resultado de un comportamiento sádico o disparatado? ¡Definitivamente no!

La siembra de la desesperanza ha sido siempre la mejor táctica para ganar una guerra o cualquier confrontación.

Sembrar la idea de que no podemos derrotarlos; hacer crecer la idea de que “son capaces de todo”, y de cualquier crueldad, es en realidad su mejor arma junto con la división de los adversarios. Eso, y no otra cosa, es lo que les mantiene en el poder de Miraflores.

Si estamos de acuerdo en que sus dos armas son esas, deberíamos estarlo también en que esas son las armas que hay que neutralizar. ¿Es posible? La respuesta es, ¡sí!

Para fundamentar esta respuesta con datos objetivos, y no con puro feeling y con conjeturas, remitámonos a todas las encuestas y a los estudios de opinión. Repasemos en las redes y medios digitales las reseñas diarias de los pequeños y grandes conflictos y protestas que COTIDIANAMENTE (mayúsculas a propósito) se desarrollan en el país.

Si hacemos esto, nos convenceremos de dos cosas:

a) Maduro no crece en apoyo popular. Es muy posible que su 15 % de aceptación sea ya su lecho de rocas y

b) la gente no se ha cansado de luchar y protestar.

Resulta obvio entonces que hay un margen inmenso de posibilidades para lograr un cambio en el país, a condición, como decimos arriba, que las fuerzas democráticas actúen en unión y que ofrezcamos un país distinto y un futuro posible.

Sobre lo primero se han vertido ríos de tinta y hay que seguir haciéndolo. Hay que presionar a nuestro liderazgo para que haya grandeza en la acción y menos peleas por botellas vacías y pequeñeces.

En esta prédica hay que perseverar y presionar. Pero esta nota no va de eso, que ya bastante lo hemos tratado. Esta nota pretende hablar de lo otro, del marketing sobre el futuro que debemos hacer, no solo como terapia social para salir del charco de la cotidianeidad espantosa, sino para usarla como un mecanismo moralizador y sembrador de esperanzas.

En Venezuela la apuesta por el futuro tiene una dimensión particular. ¿Cuál? Pues la de rebuscar en nuestro pasado las estupendas realidades que una vez tuvimos. No es esta una búsqueda nostálgica, no es un ejercicio de saudade, como se dice en portugués, o de guayabo como se dice en nuestro latín vulgar.

¡No! se trata justamente de afincarse en una parte de aquella realidad, tomar impulso y saltar hacia el futuro.

¿Cuál es esa parte? En realidad es extensa, pero limitémonos a señalar que una vez fuimos el país con mayor crecimiento económico del planeta y un ejemplo de democracia y de construcción de consensos reflejados, entre otras cosas, en el Pacto de Puntofijo y la Constitución de 1961. De esas realidades, nació una particular idiosincrasia nacional: la de ser el más igualitario país de la América Latina.

No busquemos cifras. Trasladémonos a una panadería en la mañana (si estaba en una zona cercana a una construcción, aun mejor). Allí veíamos congregados a los viandantes normales con los dueños del desarrollo, los obreros, los ingenieros y los curiosos, volviendo loco al portugués pidiendo la gama más extraordinaria de tipos de café que ha existido en la historia de la gastronomía mundial: un tetero, un blanquito, un con leche tibio, uno bien caliente, un cerrero.. Terminaba aquel barista martirizado con una solución mágica y democrática. “marroncito para todo el mundo”.

Allí no se escuchaba la palabra “su merced”, ni había inclinaciones de cabeza para hablar. Había que ser muy entrado en años para que te trataran de usted. Ese crisol, ese melting pot criollo fue nuestra ventaja competitiva y comparativa por muchos años.

Cometimos muchos errores. La elite política se separó de la gente. La corrupción (comparada con la de hoy, robo de gallinas) sentó sus reales y se sirvió la mesa para que un charlatán, vendedor de baratijas, aprovechando la siembra de la antipolítica y la frivolidad frente a ella, viniera retrotraernos a la edad media en calidad de vida.

De manera que parte de nuestro futuro es regresar a lo bueno que perdimos, pero también a superar lo malo.

Un nuevo régimen no solo debe recuperar la democracia formal. Debe resolver el tema del tamaño del Estado; confiar de nuevo en la iniciativa privada y no solo devolver lo expropiado, sino privatizar lo que no debe estar en manos del Estado, que solo debe quedar para regular los excesos. Esa es la clave de la mayoría de los países desarrollados. Todos tienen leyes draconianas contra los monopolios, la cartelización y  las prácticas que impiden la libre competencia. Debemos construir una salud y una educación públicas robustas, que son insustituibles. La pandemia ha demostrado que son más necesarias que nunca.

Pero, sobre todo, necesitamos un liderazgo que nos devuelva a aquella maravillosa panadería de los “marroncitos para todo el mundo”. Y para eso hay que ir practicando y ensayando como hacen los deportistas y los artistas antes de las competencias y los eventos: hay que derrotar la polarización y la división. Hay que pensar en el equipo y la orquesta y no en los averages individuales y el virtuosismo personal.

Hay que resembrar la esperanza del cambio. Como nos lo recuerda Julio Cortázar, “la esperanza le pertenece a la vida, es la misma vida defendiéndose”.

¡Vamos a entrarle al futuro!

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Vacunas y política, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

El acuerdo para traer las vacunas contra el coronavirus ha sido saludado dentro y fuera del país por muchos actores relevantes. Es natural que haya sido así. No obstante, siempre será bueno recalcar que este gesto, en manera alguna exculpa al régimen de Maduro del manejo irresponsable de la crisis originada por la pandemia. Y mucho menos del desastre asistencial del país que ha cobrado muchas más vidas que la COVID-19. Sin embargo, no agüemos la fiesta, saludemos también el acuerdo.

Lo que nos interesa en esta nota es preguntarnos si este acuerdo pueda ser extrapolado a otras esferas de la vida nacional y particularmente a la política. Para responder esta interrogante, habría que hacer previamente otra: ¿tiene Maduro incentivos para negociar otras cosas? La respuesta de este escribidor es que sí tiene. ¿Cuáles serían entonces? Pues nos aventuramos a señalar los que siguen:

1. Maduro no tiene seguridad de que en algún momento no le estalle en la cara un conflicto social de gran envergadura. La burbuja de la dolarización forzada y obligada por la propia gente, y su viraje sobre el tema del control de precios, ciertamente ha llenado los anaqueles de productos. Pero también es verdad que, cada vez, menos gente puede comprarlos.

Paradójicamente, los venezolanos que siempre han vivido de un pequeño negocio, los mecánicos, los plomeros, los jardineros, algunas profesiones liberales como médicos u odontólogos que han dolarizado sus servicios, están capeando la situación con menos dramatismo.

No obstante, los empleados públicos, los profesores universitarios y quienes viven de un salario fijo, han conocido el horror de la depauperizacion.

Estas capas medias informadas, activas, son un foco permanente de inconformidad que en cualquier momento puede hacer masa crítica. Maduro nunca tuvo miedo de las marchas de Altamira a Miraflores, porque supo que en Chacaíto las paraba con cuatro ballenas de la Guardia Nacional. Parar una turba enardecida que baje de los cerros cercanos, es otra cosa. Su “vanguardia” está armada y son bandas salvajes, dispuestas a todo.

2. Maduro sabe igualmente que sus mecanismos de control social están mellados. Quitarle una caja CLAP, un bono, un salario, ya no intimida a nadie. Ya esa forma de presión la perdió.

3. Maduro sabe que el apresto operacional de sus fuerzas represivas está en niveles peligrosísimos. Las tropas y las policías están sufriendo en primera línea la crisis social, incluyendo la covid-19.

4. Maduro no tiene confianza en su entorno. Las sanciones le están impidiendo satisfacer todas las apetencias. Su gobierno es en realidad un sindicato de intereses de gente con mucho poder.

5. Las sanciones y las recompensas por las cabezas de personeros del régimen serían siempre una espada de Damocles pendiendo sobre ellos.

6. La mayoría de los miembros de la “nomenclatura” oficial están deseosos de obtener garantías, impunidades y vías de escape si estas son necesarias. Hay muchos nietos con ganas de conocer Disney y muchos abuelos quieren campanear un buen escocés en Miami Beach.

7. Maduro, que ha logrado mantener el campo opositor dividido, no ha podido, sin embargo, subir en el apoyo popular. Y tampoco ha logrado hacer que la presión internacional sobre él decrezca o que el apoyo de los principales factores democráticos del mundo a Guaidó desaparezca.

Si estas premisas son ciertas, que creemos que lo son, pueden estar reuniéndose las condiciones para que la comunidad internacional (incluyendo aliados de Maduro) consigan el milagro de que una negociación que lleve a unas elecciones libres, justas y verificables, tenga lugar en el mediano plazo.

Esta negociación debería superar el formato de Oslo y Barbados. Es decir, una parte de buena fe mediando entre dos factores que no se creen lo que hablan, por un formato de países interesados en la solución de la crisis geopolítica que es Venezuela y que sean GARANTES de eventuales acuerdos.

Desde ese punto de vista y para que el catarro de esa gripe no nos agarre sin pañuelo, lo que los demócratas venezolanos deberían estar debatiendo, en lugar de candidaturas, cuotas y liderazgos, es cuáles serían nuestras condiciones aceptables para ser puestas sobre la mesa. Ponerle nombre y apellido a cada una de ellas y presionar para que se instale esa mesa de negociación.

Esa sería la vacuna contra la crisis que tanto estamos esperando.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Guaidó y Barataria, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

Una cierta narrativa pretende abrirse paso en el debate de las fuerzas democráticas venezolanas. Se trata de minimizar el rol político del gobierno interino reconocido por las 50 democracias más decentes del mundo; dar por concluida la continuidad de la Asamblea Nacional y considerar a Guaidó un simple interlocutor de la oposición. Para esta tesis, su interinato quedaría reducido a la quimérica gobernación de la ínsula de Barataria, legada por la no menos quimérica autoridad de don Alonso Quijano a Sancho, su fiel escudero.

Como “de todo hay en la viña del Señor”, forzoso es concluir que no todos los que tienen esta postura lo hacen por las mismas razones.

Hay aquí un abanico de posiciones que van desde quienes con honestidad intelectual cuestionan jurídica y políticamente tal realidad, hasta los que la asumen como parte de su estrategia de esperar a Guaidó “en la bajadita”.

Dicho esto, pasemos a considerar algunos aspectos que, a nuestro juicio, hacen imprescindible mantener como una conquista ese reconocimiento de la presidencia interina ejercida por Juan Guaidó en la lucha por la democracia venezolana.

Comencemos por afirmar que no pretendemos atrincherarnos en ningún argumento leguleyo. Pero sí es necesario poner de relieve la opinión que, en su momento, emitió el Bloque Constitucional de Venezuela, coordinado por el Dr. Ramón Duque Corredor e integrado por eminentes juristas venezolanos, con la que se dejó meridianamente establecido que no habiéndose realizado elecciones legítimas, de acuerdo con la Constitución, la Asamblea Nacional electa el 2015 se mantenía en ejercicio de sus funciones. Siendo Juan Guaidó su presidente, le corresponde asumir la vacante absoluta de la primera magistratura nacional, declarada anteriormente por la misma Asamblea Nacional.

¿Sea trata de un caso atípico? Sí, sin ninguna duda. Seguramente las facultades de ciencias políticas y jurídicas del mundo entero lo estudiarán en los próximos años como una peculiaridad inédita. Pero lo estudiarán como una incidencia jurídica alternativa y no como una chapucería caprichosa. En esto, por cierto, han coincidido las cancillerías y sus servicios jurídicos de más de 50 países en el mundo que mantienen su reconocimiento a Guaidó.

Este hecho, por cierto, no solo tiene las connotaciones políticas y jurídicas válidas para nuestro país. El ejercicio del gobierno interino de Guaidó es el que ha servido de base para todas las decisiones judiciales que materializan la protección de activos de la Republica en el extranjero.

La mayoría de los tribunales de los países donde esos bienes y haberes se encuentran han terminado resolviendo, conforme a una doctrina y jurisprudencia específica, que otorgan la titularidad de los derechos que dimanan de esos bienes a las instituciones que reconozcan las cancillerías y gobiernos donde tienen sede esos tribunales. Es por ello que el Banco de Inglaterra no ha entregado el oro de sus bóvedas a Maduro; y que los tribunales de Luxemburgo, Suiza y Estados Unidos mantienen congeladas cuentas que, de otra manera, estarían en manos de la corrupción. Tampoco Gustavo Tarre sería embajador en la OEA. Ni recibieran a Guaidó como primer mandatario en decenas de los más importantes países del mundo.

No sería serio y no se podría comprender que mañana dijéramos a todos esos países que hemos resuelto cambiar de criterio; que ya Guaidó no es el presidente interino y que los bienes asegurados deben regresar a las manos de quienes los han dilapidado.

Como podrá apreciar el lector, no se trata de un asunto menor. Y aun cuando es legítimo que aquí cada quien, conforme a sus intereses y opiniones, tenga una posición determinada sobre el tema de la vigencia del mandato de Juan Guaidó como presidente interino, el asunto no puede ser despachado alegremente. Se trata de una cuestión mayor; de una conquista que tenemos los demócratas venezolanos y que es necesario preservar.

Aquí no deberían importar las luchas por liderazgos; ni los intereses políticos que siempre habrá. En la consideración de este tema debería privar un consenso por encima de las diferencias.

Venezuela no es Barataria. Es un país sufrido, asediado por una crisis monstruosa donde solo la pequeña burbuja de privilegiados, afectos al régimen, tienen acceso a los favores de una vida normal.

De ponernos de acuerdo y construir un consenso sobre este y otros temas clave de la lucha política hoy en día, podrá depender lo temprano o tarde que salgamos de esta pesadilla.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Carta abierta a una carta abierta, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

Un grupo de valiosos venezolanos, la mayoría de los cuales son buenos amigos de vieja data, han recurrido al muy respetable expediente de poner negro sobre blanco sus ideas acerca de la situación política actual y dirigirle una carta abierta a Juan Guaido, que, para quien esto escribe, es el presidente interino de Venezuela y para ellos, la principal referencia de la oposición. Una diferencia importante, pero que no invalida ni su respetable iniciativa y mucho menos el deber de debatir ideas que se deriva del hecho de que estas se planteen con claridad, como ellos han hecho.

Palabras más, palabras menos (todas ellas muy bien escritas y articuladas) le plantean que se ponga al frente del proceso electoral que elegiría gobernadores y alcaldes este año. Hasta aquí todo impecable. Esa debería ser la actitud de Guaidó en una democracia normal. Lo que ocurre es que Venezuela no es una democracia normal. Es más, ni siquiera es una democracia. Si para algo califica el régimen de Maduro es para ser considerado, más bien, una dictadura.

La carta evita esta consideración y usa el término autocracia. No queremos entrar en un debate semántico, pero una dictadura implica una anomalía sistémica del régimen y una autocracia solo hace referencia al autoritarismo del gobernante.

Esta primera caracterización es importante porque la carta pareciera obviar que el régimen venezolano funciona sistémicamente como un negador de libertades en todos los terrenos.

Y en el que nos ocupa, el terreno electoral, sus instituciones están concebidas y, cada vez mejor diseñadas, para evitar la pérdida del poder. Sin que caigamos en ninguna exageración, podemos afirmar que el sistema electoral venezolano, está en un nivel parangonable al de que cuenta “los votos” en Cuba y al que los contaba en la extinta Unión Soviética.

¿Eso quiere decir que vamos a desertar el terreno de la lucha electoral? ¡NO!, para nada. No debemos abandonar ningún escenario de lucha, ni el social, ni el gremial, ni el económico, mucho menos el electoral. Lo que quiere decir justamente es que el tema del sistema electoral hay que colocarlo en el corazón de una política opositora, acompañando el de la tragedia social de nuestros compatriotas.

El tema de las condiciones para participar en un proceso electoral es tratado en la carta. Pero es tratado como un “ítem” de la lucha y no como el central. De alguna manera se hace eco de la especie que trata a las condiciones como un capricho de la oposición; como una excusa para abstenerse.

Esta posición obvia un tema central: los venezolanos no confían en el sistema electoral. Todos los llamados de nuestros amigos el 6D no surtieron efecto. ¿Por qué surtirán efecto ahora?

¿Cuál es la razón por la que debemos soslayar el poderoso apoyo de las democracias más importantes del mundo que nos acompañan para lograr esas condiciones? Y, lo que es más importante, presionan al régimen de Maduro para una negociación que logre ese objetivo. ¿Por qué no empujamos todos en ese sentido? ¿Por qué debilitamos nuestra capacidad negociadora, ofreciéndole en bandeja de plata a Maduro el argumento de que las condiciones no son necesarias, porque él ya tiene “una oposición” que acepta ir a unos comicios con sus reglas y organismos electorales?

Hemos mencionado la palabra NEGOCIACIÓN (en mayúsculas adrede) y coincidimos con ustedes en que “la política es el arte de los posible” ¿Por qué entonces, no presionamos juntos para que tal negociación ocurra y podamos tener unas condiciones que estimulen a los venezolanos a ir a votar?

¿Por qué no ponemos el acento, más bien, en discutir entre nosotros, cuáles serían esas condiciones? La AN aprobó un decálogo de ellas en demostración de que no es militante de la “abstención en dictadura”. A requerimiento de la UE se concentraron en 5 condiciones, demostrando de nuevo que queremos votar y también elegir. Maduro lo que hizo fue dar un portazo en la nariz a Borrell.

¿No merecería Maduro una carta abierta también exigiéndole que se siente a negociar?

A veces echamos de menos que todas las exigencias para validar la democracia se hagan a Guaidó, como si él fuese el responsable de su degradación. Es Maduro y su régimen quienes la han violentado. Este no es un elemento menor.

¿Qué tal si escribimos otra carta, esta vez siendo todos, “los abajo firmantes” convocándonos a un gran debate nacional sobre las condiciones necesarias para ir a votar y que culminara en el compromiso de aceptar todos una formula unitaria para participar electoralmente? A las dictaduras hay que exigirles y presionarlas. No es válido el argumento de acuerdo con el cual no debemos pedirles, porque nunca van a aceptar.

Si eso ocurriera, si nos atrevemos a debatir y a comprometernos con las resultas de ese debate, no solo Juan Guaidó se pondría al frente de un movimiento para ir a votar, sino que es seguro que estaría al frente de más de 20 gobernadores y 300 alcaldes, en la lucha por la libertad de Venezuela.

Estamos a tiempo.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

¿Si votamos, ganamos?, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

¡Pero por supuesto que sí! Si votamos ganamos. Pero esa no es ninguna consigna original. Fue la que abanderó Henry Falcón en su campaña contra Maduro. Fue también la consigna que utilizaron quienes participaron en las elecciones del 6 de diciembre. La pregunta verdaderamente importantes es: ¿por qué los venezolanos no votaron, a pesar de que dirigentes nacionales tan importantes, excandidatos presidenciales como Eduardo Fernández, Claudio Fermín, el propio Falcón, Felipe Mujica, el exalcalde Barreto y tantos otros, les pidieron que lo hicieran? ¿Por qué no pudieron convencer a ese 80 % de nuestros compatriotas que están contra Maduro y su régimen en ir a las urnas para demostrar su rechazo?

Quizás la respuesta a esta última pregunta sea hoy más importante que la respuesta a la que sirve de título al artículo. Para responderla no hay que rebuscar muchos argumentos ni elaborar un tratado de sociología política. Las verdaderas razones pueden concentrarse básicamente en dos:

 Sistema electoral sin credibilidad

La primera razón tiene que ver con la falta de credibilidad de los ciudadanos en el sistema electoral. En efecto, es muy difícil que un venezolano madrugue el día de las elecciones, se disponga hacer una cola para depositar un voto sobre el que tiene serias sospechas de que vaya a ser respetado o contado. Ni siquiera tiene seguridad de que esté en la lista de votantes de la mesa en la que ha votado siempre, pues en las últimas elecciones se ha llegado hasta “reubicar” 24 horas antes del día de la elección a casi el 15 % de los votantes de aquellos centros en donde el oficialismo sabe que siempre ha sido derrotado.

Sabe igualmente que los miembros de mesa terminan siendo todos chavistas porque a los que salen sorteados jamás les entregan las credenciales y son sustituidos por militantes que llegan ese día al centro. Saben también que la mayoría de los partidos que son verdaderamente opositores fueron expropiados de la organización, de sus símbolos y sus tarjetas para entregárselos a alacranes que se han prestado a ello.

 Oposición sin unidad de propósito

La segunda razón por la cual es muy difícil que se convenza a la gente de ir a votar es porque no percibe que haya unión de propósitos en la oposición, porque contempla un escenario de división y no consigue la foto de los dirigentes anunciando una política común.

De manera que estas dos realidades son los dos grandes desafíos que las fuerzas opositoras deben superar en Venezuela para recuperar ese arma insustituible de los demócratas que es el voto popular.

Sobre lo primero, es decir, el logro de condiciones, hay que ser muy claros: no hay mil caminos que lleven a ese destino. En realidad hay uno solo. Se trata de llegar a una negociación para arrancar esas condiciones. ¿Maduro va a negociar? La respuesta es sencilla: depende de los incentivos que tenga para ello.

Lo que pareciera cierto es que la oposición no tiene nada que pueda incentivarlo a negociar, porque lo que él quiere que le den está en otras manos otorgarlo. Esa es la razón por la cual el formato de la negociación no puede ser el de Oslo o Barbados. El formato debe ser el de una mesa con TODOS aquellos que puedan ser garantes de los acuerdos y que puedan obligar a las partes a cumplir con lo acordado.

Así las cosas, lo razonable pareciera que en esa hipotética mesa de negociaciones para logar el objetivo de unas elecciones justas, libres y verificables, deberían estar (por lo menos) los Estados Unidos, Cuba, Rusia, la Unión Europea, Colombia y Brasil. Si de esa negociación salen condiciones aceptables, TODOS, pero absolutamente TODOS deberíamos asumir el compromiso de ir a votar.

Si logramos la foto de toda la dirección opositora junto con los gremios, las organizaciones empresariales, académicas y civiles, cumpliríamos con el segundo cometido y habremos logrado pulsar la tecla que vuelva a entusiasmar a los venezolanos para ir a ejercer el único derecho que en democracia existe para generar los cambios, que es el derecho a votar y a elegir.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

¿Libertades para algunos o libertad para todos?, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

El principio básico de la percepción de la Terapia Gestalt establece que “El todo es más que la suma de las partes” En otros terrenos del pensamiento humano y de la vida social, este principio es irrebatible. La concreción de esfuerzos patentizados en alianzas, en acuerdos, en esfuerzo común, suele ser siempre más que la sumatoria de las partes que han participado en el proceso de la formación de ese todo.

En Venezuela urge un acuerdo que ponga por delante lograr una unidad superior que sería, sin duda, mucho más importante que la suma de los intereses de las partes que lo logren.

Ese acuerdo, obviamente, debería reconocer que todos: empresarios, dirigentes políticos y sociales, tienen todo el derecho de tratar de proteger sus intereses legítimos. En efecto, tanto derecho tiene un empresario a defender su empresa, como un dirigente político a postular su liderazgo y recurrir a sus conciudadanos para validarlo.

Otro elemento importantísimo sería reconocer que, en el duro camino de lograr la libertad total, podrían y deberían alcanzarse logros parciales. Esto está en la esencia misma de toda lucha política. No hay trasformación alguna que se haya logrado, en la lucha contra poderosos adversarios, de la noche  a la mañana o de una sola vez.

Probablemente, la más emblemática de las lecciones, en este sentido la leamos en el decurso de la Revolución rusa. En sus prolegómenos ocurrió el enfrentamiento de dos facciones del Partido Obrero Social Demócrata Ruso. Una, la de los bolcheviques (en ruso significa maximalistas); y la otra, la de los mencheviques (que significa minimalistas). Teóricamente, los primeros eran los partidarios de derrocar los zares con la fuerza de su propia organización e instaurar el socialismo directamente. Los segundos, planteaban la necesidad de alianzas con otras organizaciones y que tal proceso sería necesariamente gradual.

Paradójicamente, los grandes maestros del gradualismo fueron, en realidad, los bolcheviques quienes, desde 1905 cuando formaron el primer soviet, hasta 1917 cuando lanzaron la consigna ¡Todo el poder a los soviets!, forjaron alianzas y convivieron con numerosos adversarios políticos.

Tanto fue así, que dejaron como legado para la lucha política el axioma según el cual todo proceso de cambio pasa por un periodo de “dualidad de poderes”. Dicho de otra manera: mientras no seas poder, crea un poder alterno para enfrentar al poder establecido. En Venezuela, en el 2015, con la extraordinaria victoria parlamentaria de la oposición, se comenzó un periodo objetivo de dualidad de poder.

Ya las calles habían demostrado que Maduro era minoría, pero la conquista de la AN convirtió en tangible lo que hasta ese momento no lo era. Este proceso conoció altas y bajas, hasta que vino el hito de esa dualidad con la juramentación de Juan Guaidó como presidente interino. Esto logró no solamente volver a recuperar el entusiasmo social interno, sino el prodigio inimaginable de lograr que más de 60 países (las democracias más importantes del mundo) desconocieran a Maduro y le reconocieran a él. Un hecho sin parangón en la historia universal contemporánea. Al fin, se visualizó un poder dual con perspectivas ciertas.

Estos dos acontecimientos, debemos subrayarlo, tuvieron un denominador común: la estrecha unión de todos los factores democráticos de la nación. Una excelente demostración de cómo se pusieron de lado intereses particulares y de cómo se logró esa unión superior para avanzar.

Hoy día está planteado, ni más ni menos que el mismo compromiso. Ningún reflujo anímico puede justificar que esta unión se rompa. Ningún interés es lo suficientemente importante para sacrificar a los demás.

Incluso, las luchas graduales, las que pueden permitirnos acceder a posiciones para disputar el poder  “oficial”, deben ser planteadas y desarrolladas como parte de un plan estratégico común que es el de salir del régimen que nos oprime.

Aquí van unas líneas que pudieran permitirnos transitar este espinoso y minado camino. Las proponemos con toda humildad desde Carabobo. Desde donde libramos la batalla que selló nuestra independencia en 1821; donde nació Venezuela como Republica independiente en 1830 y donde comenzó la industrialización a finales de los años 50.

1. Un acuerdo de todos los sectores interesados en recuperar la democracia debería comenzar por plantear un amplio avenimiento de todo el país para hacer frente a la horrorosa crisis humanitaria, comenzando por un pacto nacional para hacer frente a la COVID-19 y para acelerar la llegada de las vacunas a ser aplicadas universalmente.

2. Un acuerdo de esta naturaleza debería elaborar un protocolo común que haga frente a los reclamos y exigencias para que se logre el respeto de derechos básicos, como la libre expresión, la libertad de los presos políticos y militares; el regreso de los exiliados; el establecimiento de condiciones electorales establecidas en la Constitución; las libertades económicas, el respeto al derecho de propiedad, el inmediato cese de invasiones urbanas y privadas; la garantía de seguridad jurídica y personal; la eliminación de las trabas burocráticas y fiscales.

3. Este protocolo debería contener también mecanismos para tramitar las diferencias entre los sectores que concurran al acuerdo, sean estos políticos o gremiales. Es urgente dejar de tramitar estentóreamente las lógicas diferencias entre nosotros.

4. Igualmente se deberían acordar mecanismos de lucha unitarios para apoyar los planteamientos sectoriales acordados y, en particular, la concreción de elecciones libres en el país. Para lo cual nos apoyan las democracias más importantes del planeta. Este último punto es de importancia capital. Venezuela es un problema político planetario y en su solución están interesados muchos países.

Hay signos prometedores de que, con la nueva realidad geopolítica mundial, la agenda sobre Venezuela pueda consensuarse en favor de la democracia.

Una hipotética negociación internacional, que supere las falencias de formato de Oslo y Barbados, debe conseguirnos unidos en torno a estos pedidos de elecciones libres. Sería una tragedia que intereses subalternos nos muestren ante nuestros aliados como un saco de gatos, sin estrategia común.

Como se verá, una alta dosis de voluntad política, de sindéresis, de sacrificios particulares, nos van a demandar lograr acuerdos como los que aquí sugerimos. Nadie debe pensar que su plan, su interés, su propuesta, es más importante que la de los demás, por mucho que parezca urgente en este momento. No le quitemos la vista a la pelota. Las libertades de unos, no son más importantes que la libertad para todos.

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