Julio Castillo Sagarzazu, autor en Runrun

Julio Castillo Sagarzazu

¡Vuelvan caras!, por Julio Castillo Sagarzazu

Fragmento de la obra Vuelvan caras (1890), en la que Arturo Michelena recrea al óleo la batalla de Las Queseras del Medio, liderada por Páez. Wikimedia Commons.

No podemos meternos voluntariamente a las catacumbas. Hay que salir a pelear. Hay que sorprenderlos. ¡VUELVAN CARAS, CARAJO! A Morillo lo podemos derrotar

 

@juliocasagar

Una de las hazañas militares más importantes de la guerra de independencia, tuvo lugar en Las Queseras del Medio en abril de 1819. La historia cuenta que José Antonio Páez, con 153 jinetes, logró engañar nada menos que al jefe de las fuerzas realistas en Venezuela, que contaba con casi 1220 efectivos.

Se dice que el propio Fernando VII recriminó esta derrota vergonzosa a Morillo, quien le respondió: “Su majestad, deme a un José Antonio Páez y a mil de sus lanceros y yo pongo el mundo a sus pies”

El elemento clave de esta victoria fue, sin duda, la sorpresa. Morillo se confió en su superioridad numérica; en que Páez efectivamente huiría y no plantaría combate. Todos conocemos lo que ocurrió: en un momento dado, y mientras era perseguido y hostigado por Morillo, el centauro llanero lanza su famoso grito “VUELVAN CARAS”. Y aquellos 153 jinetes destrozaron las filas realistas.

Pero no fue la sorpresa únicamente la que consiguió esta victoria. Lo fue  también la determinación, la unidad de las fuerzas y, sobre todo, la fidelidad a la causa de la libertad que corría por las venas de aquellos llaneros que, descalzos y mal apertrechados, pocos meses después, acompañan a Bolívar en el paso de los Andes para liberar a la Nueva Granada.

El VUELVAN CARAS de Páez tampoco habría tenido éxito si la desunión hubiese cundido en sus filas, si sus subalternos hubieran dado contraórdenes o si se hubiese enfrascado en un inútil “debate” sobre qué hacer.

Las luchas contra las dictaduras, como muchas batallas de la historia militar del mundo, han sido ganadas en numerosos sitios también haciendo gala de la determinación, la sorpresa, la constancia y la unidad de las fuerzas que se le oponen.

La oposición venezolana, cuya sola existencia y resiliencia es en sí mismo un milagro de la constancia en la lucha, está ciertamente diezmada por la persecución; sobrevive a importantes desencuentros internos y lucha en medio de dificultades inusitadas.

El régimen, empero, aun no puede aniquilarla. No ha tenido fuerza para hacerlo como querría. Echa mano, entonces, del librito y nos agrede; nos divide y hoy, justamente, nos agrede más para dividirnos más. Los nombres de Freddy Guevara, el presidente Guaidó y Emilio Graterón, no fueron escogidos por azar. Son el mensaje para que sepan que van por la desmoralización y por meter una cuña en la unidad opositora. Es evidente que quiere descarrilar la unidad compleja y problematizada que tenemos.

Sabe que, aun en nuestras condiciones adversas, no ha logrado destruir la gran fortaleza que tenemos que es que más del 85 % de nuestros compatriotas quiere un cambio.

Ese gran tesoro no se lo puede arrebatar a las fuerzas democráticas. Sabe que allí, en algún lugar de la conciencia de los venezolanos, duerme un tigre que puede devorarlo si se despierta. Sabe que la voluntad de ser libres está en el ADN del ser humano. Sabe que Cuba, ese caimán dormido, se está despertando y usando a Martí para poner buenamoza a la libertad. Sabe que son tan débiles que un rapero cambiando “Patria o muerte” por Patria y vida, puede desestabilizar un país.

Las dictaduras pueden sorprenderse y esa es nuestra tarea. Pero a la sorpresa hay que agregar determinación, unidad y fidelidad a la causa, como la tuvieron los llaneros de Páez.

La sorpresa es hacer lo que ellos no esperan que hagamos. Como lo dijimos en una nota anterior, debemos jugar caribe y robarle la base no al cátcher, sino al pitcher.

Las otras dos cosas

La unidad, está en nuestras manos lograrla, deponiendo diferencias circunstanciales; la fidelidad a la causa, podemos lograrla posponiendo intereses pequeños.

Quien esto escribe no es un analista político. No tengo las herramientas de análisis para montar una explicación en power point para un grupo de empresarios que quiera saber si se puede invertir en Venezuela. Solo soy un dirigente político cuyo instinto le dice que entre los venezolanos, que nunca se han rendido, está creciendo el sentimiento de que la única rebelión que hoy es posible es la rebelión de los votos, que es lo que el venezolano de a pie tiene en sus manos para ajustar cuentas contra los que generaron esta pesadilla.

No estoy en capacidad de determinar si un proceso, como el que tenemos por delante, legitima jurídicamente o no a la dictadura. Sé que eso le importa un pito a todas las dictaduras. Tampoco puedo adivinar si Maduro dejará o no a los protectores o si aprobara al Estado comunal.

Lo único que siento es que la dictadura no quiere que vayamos unidos a este proceso. También siento que le empezaron a crecer los enanos de su circo interno; sé que no tiene apoyo popular y quieren espantarnos de las urnas. El instinto solo me dice, entonces, que no debemos hacer lo que ellos quieren que hagamos.

No podemos meternos voluntariamente a las catacumbas. Hay que salir a pelear. Hay que sorprenderlos.

¡VUELVAN CARAS, CARAJO!

A Morillo lo podemos derrotar.

Voy a votar, por Luis Ugalde

Voy a votar, por Luis Ugalde

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Las condiciones: el eterno dilema de la política, por Julio Castillo Sagarzazu
Eso que llaman las ‘condiciones objetivas’ para el cambio está dado de sobra y desde hace mucho tiempo. El nivel de vida de los venezolanos es ruinoso y no ha dejado de deteriorarse

 

@juliocasagar

El aforismo: “la política es el arte de lo posible”, no es más que la versión, en ese terreno, de la ancestral limitación humana de no poder hacer siempre lo que se quiere sino lo que se puede.

No obstante que todo eso sea cierto, no lo es menos que la política también es el arte de trasformar la realidad y no necesariamente adaptarse a ella.

Para lograr este objetivo de cambiar las cosas, los liderazgos se valen de dos herramientas: una es la voluntad y otra la organización; o dicho de una manera más plástica y quizás más poética: se valen de la voluntad organizada.

Uno de los activistas más eficaces en el diseño de la lucha por la trasformación social y la toma del poder político es un señor que, pese a todas sus promesas de redención social, terminó engrosando la galería de los tiranos de la humanidad, se trató de Vladimir Uliánov, conocido en los bajos fondos de la política como Lenin.

El personaje de marras logró diseñar un método de conquista del poder asignándole un papel a la táctica y uno a la estrategia y, además, construyendo una organización de profesionales, afincada en el seno  del pueblo, que fue el partido bolchevique. No se lo pensó dos veces y participó en las elecciones de la Duma zarista, una suerte de remedo de parlamento imperial y con unas deplorables condiciones  antidemocráticas para su elección, solo para que su partido creciera y para llevar sus ideas a todas partes.

Tampoco tuvo reparos en aceptar que los enemigos de su país lo sacaran del exilio en Suiza, lo embutieran en un tren blindado y lo despacharan a Petrogrado. Sabían los alemanes que su presencia en Rusia desestabilizaría al gobierno de los zares y debilitaría su esfuerzo bélico. Dicho y hecho. Lenin desembarcó en abril, en la propia estación se dispara un mitin y despliega las llamadas “Tesis de Abril”; lanza la consigna: fuera los ministros burgueses del gobierno y todo el poder a los soviets. El mandado estaba hecho. Eso, como dijimos, ocurrió en abril, y en octubre ya era dueño de “Todas las Rusias”, como Catalina la Grande.

Este señor que habría sido un brillante guionista de Juego de tronos, sabía cómo se asaltaba y cómo se administraba el poder; cómo se concebían y se ejecutaban las alianzas y cómo se avanzaba paso a paso hacia el objetivo. Fue él, justamente, quien diseñó la tesis de la necesidad de que concurrieran las condiciones objetivas con las subjetivas para que fuera exitosa la tarea de conquistar ese poder.

Las condiciones objetivas hacen referencia a la situación material de vida de las grandes mayorías. Él postulaba que para que hubiera un cambio, estas deberían ser penosas e insoportables para la gente.

Las condiciones subjetivas tenían que ver con el grado de organización de las mayorías, su nivel de conciencia y la dirección política.

Esta fórmula se las explicó a sus partidarios de esta forma parabólica:

“Para que haya la revolución se necesita que los de arriba no puedan seguir gobernando como antes; que los de abajo no quieran seguir siendo gobernados por los de arriba; que la mayoría de los del medio se pongan del lado de los de abajo y que haya una dirección política que guie a los que quieren un cambio”.

¿Y cómo se come esta ensaladilla rusa en Venezuela? ¿Cómo se lee el tema de las condiciones objetivas y las subjetivas que son necesarias para un cambio por aquí en estos lares?

Veamos

Eso que llaman las “condiciones objetivas” está dado de sobra y desde hace mucho tiempo. El nivel de vida de los venezolanos es ruinoso y no ha dejado de deteriorarse.

En efecto, un marciano desembarca mañana en nuestro país y seguramente vaticinaría que el régimen de Maduro no duraría ni tres días con esa situación. Sin embargo, eso no es lo que va a pasar en tres días. ¿Por qué?

Aquí caemos en el tema de las condiciones subjetivas:

El nivel de conciencia de los venezolanos para luchar por ese cambio, que en algunos momentos fue altísimo, ha sido destruido por la falta de éxito de las iniciativas para salir del régimen. Lo más parecido a nuestro estado de ánimo es (de nuevo los rusos) una montaña rusa. En ocasiones percibimos como cercano un desenlace y en ocasiones caemos en barrena y lo vemos lejano.

El nivel de organización de los ciudadanos ha sufrido igualmente un descalabro: los partidos políticos han sido desmembrados; han perdido contacto con la gente; están perseguidos. Las organizaciones civiles igualmente. Llegamos a tener un voluntariado de más de 700.000 personas que hacían colas para inscribirse para colaborar con el gobierno interino en sus inicios y ya no ni hay rastro de ello.

De manera que, entonces, podemos concluir que aunque los de arriba no pueden gobernar como antes, los de abajo no quieren seguir siendo gobernados por los de arriba y la inmensa mayoría de los del medio están igual que los de abajo, falta, sin embargo, el nivel de organización y la dirección política que nos conduzca al cambio.

Si esto es así, se supone que el liderazgo político nacional debería estar trabajando en eso. Para ello, desde esta ventanita de papel, sugerimos lo siguiente:

1. Trabajar en la unidad teniendo en cuenta que es un reclamo nacional pero que debe ser explicada. Hay que decir que la “unidad” tiene sus límites y sus fronteras. Que no podemos recibir a cualquier bicho con uñas; que los alacranes ya eligieron su camino y están del otro lado. Y que, excluyéndolos a ellos, los que quedamos deseando un cambio debemos actuar en unión a pesar de nuestras diferencias y no pretender matrimonios de velo y corona, ni unidades quiméricas.

2. Esta sinergia unitaria debería abordar las negociaciones auspiciadas por la comunidad internacional con una posición común.

3. Hay que asumir que los tiempos de la negociación y los de las elecciones regionales no coincidirán. Es imperioso aclarar las condiciones aceptables para participar y tener una posición común clara. Sobre este particular es necesario decir que este acontecimiento solo podría ayudar a crear condiciones favorables al despertar opositor si se logra un entendimiento que pueda volver a entusiasmar a nuestro votante natural y que contribuya a volver a ganar confianza en el valor del voto como instrumento de  lucha. Es cierto que tanto partidos, como sectores sociales han venido evolucionando hacia ello, pero aun no es suficiente. Falta la foto de familia; buenos candidatos con perfil de seguir la lucha hasta el objetivo final y compromiso del liderazgo de mantener el esquema de entendimiento.

No todo será miel sobre hojuelas, nunca lo será en una dictadura, pero la actual coyuntura podría permitirnos dar un paso en la dirección correcta. Aún quedan muchos más, pero, como dice la sabiduría china, “una gran marcha comienza con un paso”.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Política inteligente, sin teléfonos inteligentes, por Julio Castillo Sagarzazu
Para un dirigente político que limita su accionar político a las redes sociales, esto es una tragedia y si ese dirigente político es venezolano, donde solo el 15% tiene teléfonos inteligentes, la tragedia es babilónica

 

@juliocasagar

Gabriel García Márquez relataba en una entrevista, a propósito de su vida en Venezuela como reportero de Elite y otras publicaciones, que el nuestro era un país peculiar. Dijo que aquí, a diferencia de otros países que había conocido, “las cucarachas volaban”. Estudios de mercadeo descubrieron igualmente que «se bebía más Pepsi Cola que Coca Cola y que se fumaban más cigarrillos cortos que largos”.

Pues bien, esas eran algunas de las peculiaridades de nuestro pasado. Una de nuestros días, ocasionada por la dramática situación que nos ha hecho vivir este régimen de pesadilla que nos ha tocado, es que, a diferencia de nuestros países hermanos, en Venezuela solamente el 15 % de sus habitantes tiene teléfono inteligente.

En efecto, el país que fue mejor comunicado de la América Latina, ha visto decrecer paulatinamente su capacidad de estar interconectado. La crisis económica que afecta a nuestras familias no da para comprar o reparar teléfonos inteligentes.

Paradójicamente, una parte muy importante de nuestra dirigencia política, homologando los comportamientos de otras latitudes, se ha afincado para su comunicación, y para sus análisis, en los recursos de unas redes que, en realidad llegan a muy poca gente.

Ojalá que no se pretenda dar un debate afirmando la importancia de estar en las redes y de acceder a la comunicación digital; y a reforzar la idea de que la guerra híbrida de hoy en día se da en el espacio cibernético más que en las trincheras on the ground. En eso estamos de acuerdo y es un tema inobjetable. Lo que está en discusión es su pertinencia y su peso específico en un país como Venezuela, con la situación que hemos descrito.

Todos sabemos que las redes, e internet en general, están manejadas por algoritmos que son órdenes que se dan a los aparatos que usamos, basadas en cálculos matemáticos sobre nuestros hábitos de consumo, nuestras costumbres, nuestras pertenencias sociales, políticas y religiosas. Eso es lo que hace que si estamos leyendo un interesante artículo sobre el arte cubista, por ejemplo, de repente nos salga un banner anunciándonos la última oferta de pizza y de hamburguesas con papitas fritas. Basta que hayamos usado alguna aplicación para hacer un pedido, para que seamos víctima de un bombardeo inclemente de propaganda para que volvamos a consumir lo que ya una vez consumimos.

Así trabajan los algoritmos y eso es bueno para vender pizzas y hamburguesas, pero no necesariamente para hacer política.

Esta realidad es una de las cosas que hace inducir a los usuarios de las redes a manejarse en burbujas de iguales, es decir, entre gente que opina parecido, que come parecido, que va a los mismos sitios, que se interesa por cosas parecidas etc., etc.

Para un dirigente político que limita su accionar político a las redes sociales, esto es una tragedia. Y si ese dirigente político es venezolano, la tragedia es babilónica. Ese dirigente está limitando su análisis y su comunicación únicamente al círculo al que él pertenece, con el agravante de que aquí ese círculo se escoge de entre solo un 15 % de la población.

Hace algunos meses publicamos una nota que se intitulaba LA POLÍTICA ES ANALÓGICA, NO DIGITAL y, hace algo más de un año, otra intitulada LA VIDA NO ES UN ALGORITMO, que pretendían poner en evidencia esta realidad y que hacia énfasis en otro enorme error de una importante fracción de nuestra dirigencia que había abandonado el contacto personal (el único que a nuestro juicio obra prodigios en la comunicación política) en favor de Instagram y Facebook; que había dejado de estar con la gente de carne y hueso; y había sustituido esa presencia por el selfi con la gente como backing de escenografía.

Ojalá que esta reflexión no se asuma como una lucha chimba de lo nuevo contra lo viejo, porque no es así. Se trata de un simple llamado de atención a la necesidad de regresar al olvidado terreno del insustituible contacto personal y la lucha social. Tomemos por ejemplo la siguiente realidad: mucha gente se sorprende de que se hagan convocatorias por las redes para actividades que, a veces, tienen más “likes” en el “flyer” en el que se llama al acto, que gente presente. La verdadera razón es que, además, esos llamados solo son vistos por menos del 15 % de las personas.

No hay dirigentes de carne y hueso activando entre la gente, dando la palmadita en el hombro para que el vecino vaya, o despertando a la vecina para que se vista a acudir a la cita; y tampoco, lo cual es peor, hay muchos dirigentes que no se han probado en sus comunidades en luchas concretas a quienes los potencialmente convocados agradezcan algo o que les admiren por algo. Es muy difícil atender a una invitación de quien no se conoce, no se aprecia o no se admira.

Ya sabemos que para un dirigente opositor en Venezuela es cuesta arriba el trabajo que en otros países es relativamente normal. Aquí tenemos la represión, el control social del régimen, la inseguridad personal, la escasez de recursos de movilización incluyendo la falta de gasolina, la precariedad económica y, para colmo ahora, la pandemia. Pero eso solo debe aguzarnos la inteligencia para agenciarnos los medios alternativos de comunicación y de relacionarnos con la gente.

El otro asunto que es necesario plantear es el de la formación de nuestros dirigentes. ¡Abramos el debate! Hace muchísimos años en nuestros partidos casi ha desaparecido la discusión de ideas, la formación política, el estudio. Dejamos que se cuele gente que llega para colmar aspiraciones. Y las aspiraciones, que son claves en la política, cuando están en la cabeza y el corazón de un dirigente formado y con conocimiento de su misión, son virtudes. Pero cuando esas aspiraciones están en la cabeza y el corazón de alguien que desdeña la formación, los valores, el compromiso, el resultado es lo que estamos viendo al frente del Estado venezolano.

De manera que son muchos los desafíos que tenemos por delante y lo relevante es que, además de muchos, debemos resolverlos rápido y con inteligencia. De que hagamos esto correctamente, va a depender en mucho lo rápido o lento que salgamos de esta pesadilla.

Un ítem sobre este tema, en los continuos encuentros del liderazgo opositor, que culmine en un esfuerzo por la formación de nuestros dirigentes y sobre la manera de comunicarnos con nuestros ciudadanos, es clave y necesarísimo en este momento.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Carabobo, por Julio Castillo Sagarzazu
El espíritu de Carabobo debe regresar. Deberemos convocarnos TODOS para forjar un nuevo pacto nacional, a un nuevo proyecto común solidario, democrático y de progreso

 

@juliocasagar

Hemos sido educados en un mundo y en una escuela que rinde culto a las batallas y a las guerras; que erige monumentos y arcos del triunfo a los victoriosos de grandes epopeyas que terminaron siendo grandes matanzas (en Venezuela, incluso, se celebra el disparate de un 4 de febrero honrando a los perdedores de una jornada, lo cual es equivalente a que el Campo de Carabobo hubiese sido construido por los españoles).

Pero las cosas son así, la humanidad ha debido recurrir al horroroso expediente de la guerra cuando a los pueblos que diseñan sus destinos no les ha quedado otro camino; cuando se han agotado los recursos de la diplomacia y la persuasión o cuando, para ejercer el sagrado derecho de la defensa, no ha quedado más camino que levantarse contra la opresión.

Al fin y al cabo, como decía el tanta veces citado barón Carl von Clausewitz, “la guerra es la continuación de la política por otros medios” y así hay que asumirlo.

No obstante todo lo dicho, nada lava la espantosa cara de la guerra y las tragedias que trae a los pueblos y naciones. Por eso alarma ver propagandistas de guerras que, con una frivolidad pasmosa, mandan a hacerlas con otros porque piensan que son la solución más rápida y expedita para resolver un problema. Muchos no saben lo que dicen y les convendría recordar al famoso Erasmo de Rotterdam quien nos señaló con sabiduría: “Ama la guerra quien no la conoce”

Por eso, en lo personal, no dejo de envidiar a Portugal, un país que celebra su fecha nacional en conmemoración del nacimiento de Camoens, su más exquisito poeta; y que además, cuando tuvo que hacer una revolución para cambiar de régimen, en lugar de disparar los fusiles, su pueblo optó por ponerles un clavel en la boca del cañón.

Desgraciadamente, los nacionalismos exacerbados, las dictaduras y los regímenes que necesitan buscarse un enemigo externo, también recurren a los llamados a la guerra.

En ocasiones lo hacen  soliviantando las bajas pasiones de los pueblos; lanzando soflamas bélicas y acudiendo al expediente palurdo del falso patriotismo para usarlo como latiguillos en la búsqueda de apoyos fáciles y baratos. Es lamentable que muchas veces hayan tenido éxito y la humanidad haya pagado con sangre, sudor y lágrimas tal estupidez.

La pesadilla que vive Venezuela desde hace ya más de 20 años tiene como telón de fondo la conducta de un régimen que usa el bolivarianismo, el antimperialismo de pacotilla y el nacionalismo de ocasión como contenido de sus narrativas de días de fiesta patria.

Ayunos de hazañas, hijos de la derrota del Museo Militar del 4 de febrero, tuvieron que inventar la épica de su lucha antimperialista y la jerigonza militar para esconder sus fracasos, sus violaciones de los derechos humanos y la inmensa tragedia en la que nos han sumergido.

Es así como llegamos a los 200 años de la conmemoración de la Batalla de Carabobo con una celebración que, en lugar de unir  a los venezolanos, nos sigue separando y enfrentándonos.

Actos de brujería, mancillando el que se ha llamado el Altar de la Patria, anunciados a los cuatro vientos por sus organizadores; desfile de militares rusos y cubanos (cuando en Venezuela, y siguiendo la disposición de El Libertador, solo se permitía marchar a soldados británicos con bayoneta calada en agradecimiento justamente a la decisiva participación de la Legión Británica en la Batalla de Carabobo); ausencia de Maduro del desfile militar y Día del Ejercito por haber preferido irse a una reunión del Alba en Caracas; por no hablar de la ignominiosa “desaparición” de José Antonio Páez, cuya carga por un flanco de las fuerzas de La Torre, con sus heroicos lanceros, fue clave en la táctica militar de aquella gesta de armas.

Qué lejanos los días del sesquicentenario de la batalla, cuando los carabobeños presenciamos un júbilo nacional que brincó por encima de diferencias políticas y sociales; cuando miles de nuestros compatriotas se agolparon de lado y lado de la flamante y recién abierta autopista Tocuyito-Campo de Carabobo, para presenciar la llegada de las delegaciones de todo el mundo que venían al acto. Encabezado este por el presidente Caldera, su memorable discurso aún es un texto de obligatoria lectura.

Video: Sesquicentenario de la Batalla de Carabobo. Canal Rafael Caldera Oficial, Youtube.

Pero hablar de Carabobo hoy día no puede circunscribirse a la remembranza histórica o a la reseña nostálgica. La importancia de nuestro estado trasciende más allá de esa añoranza.

Carabobo es el estado venezolano de mayor importancia geopolítica de la nación. Que aquí haya tenido lugar el hecho de armas que selló la Independencia no fue un hecho casual. Las llanuras de Taguanes eran una encrucijada vital desde el punto de vista militar y estratégico. No fue obra del azar tampoco que aquí en Carabobo haya nacido Venezuela en el Congreso de la Casa de La Estrella en 1830. Ni que haya sido la primera capital de la República. Tampoco fue obra de la casualidad que las empresas multinacionales hubiesen escogido Valencia para instalarse y hacer de ella la ciudad industrial de Venezuela.

Y corriendo en el tiempo, debemos decir que tampoco fue una circunstancia aleatoria que Carabobo haya sido el estado donde el proceso de descentralización haya alcanzado quizás las más altas cotas de desarrollo en el país; y que Puerto Cabello, por algunos años, fuera el principal puerto del norte de la América Latina. De aquí, y de ese proceso, salió igualmente Salas Romer, el candidato que enfrentó a Chávez en aquellas elecciones, que puso dos opciones y dos modelos de país como alternativas para los venezolanos.

El espíritu de Carabobo debe regresar. Volver a Carabobo es una exigencia nacional; a ese crisol de voluntades que hicieron posible la Independencia y que jugaron un papel tan importante en convertir a Venezuela en el gran país que una vez fue.

Más temprano que tarde, deberemos convocarnos TODOS (mayúsculas ex profeso) los hombres y mujeres de buena voluntad, por encima de nuestras diferencias y nuestra pertenencias, a forjar un nuevo pacto nacional. Un nuevo modelo de convivencia que nos regrese a vivir como hermanos con un proyecto común solidario, democrático y de progreso.

¡QUE VIVA CARABOBO!

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El corazón de Petrogrado y el de Venezuela, por Julio Castillo Sagarzazu
El país sigue estando en la agenda internacional, porque somos un grave problema geopolítico. Como a Petrogrado en 1918, hoy los cañones apuntan al corazón de Venezuela

 

@juliocasagar

El 3 de marzo de 1918 León Trotsky, por encargo del entonces bisoño gobierno soviético, encabezado por Lenin, firmó la paz de Brest-Litovsk. En palabras de este último, fue “un abismo de derrota, desmembramiento, esclavitud y humillación”, pero no tenían otra opción… ya “los cañones alemanes apuntaban al corazón de Petrogrado”. Con esta firma, entregaban casi tres millones de kilómetros cuadrados, cerca de 55 millones de habitantes y enormes reservas de carbón, hierro y petróleo.

Lo más humillante es que la firma de este tratado no fue con los vencedores de la guerra, sino con los perdedores. Todas las maniobras para ganar tiempo esperando la derrota definitiva del imperio alemán por parte de los aliados o el soñado levantamiento del Soviet de Berlín, no surtieron efecto. La maquinaria de guerra rusa está desvencijada y la población ya no aguantaba más.

Los aliados ganadores tomaron sus previsiones, los franceses desembarcaron en Odessa y los británicos se desplegaron en Múrmansk y hasta los japoneses se apostaron en el oriente soviético, justamente para impedir que los alemanes llegaran a Petrogrado aprovechando la debilidad rusa.

Este tratado obviamente fue desconocido por todas las potencias vencedoras, después de la firma del Tratado de Versalles. Era la oportunidad de apuntar entonces al corazón del comunismo que ya era una amenaza para sus intereses en Europa. Sin embargo, no lo hicieron.

En la Segunda Guerra Mundial, el general Eisenhower, le quitó la gasolina a su curruña, el también general George Patton, para evitar que llegara primero que los rusos a Berlín, pues sabía que su intención era “seguir luego a Moscú”.

Es legítimo entonces preguntarnos ¿Y todas estas alianzas aparentemente contra natura, de dónde vienen? ¿Por qué se hacen? La respuesta es muy sencilla: son cosas de la geopolítica. En efecto, así como “el corazón tiene razones que la razón no comprende” (expresión nada menos que de Pascal) la geopolítica tiene las suyas que a veces la política sola no comprende.

Una nueva pregunta: ¿Y esto por qué? ¿De dónde viene este pragmatismo casi cínico? La respuesta la tiene un diplomático inglés, lord Palmestton, que decía: “Inglaterra no tiene amigos permanentes, ni enemigos permanentes, tiene intereses permanentes” Es la cruda verdad: los países no tienen amigos, tienen intereses.

¿Y esto como se come hoy en Venezuela? Pues se come así: Hoy día Venezuela es una pieza importante del ajedrez geopolítico mundial. Chávez nos metió en ese tablero con sus amistades peligrosas; con la llegada a Venezuela de Hizbulah; con su reconocimiento de la guerrilla colombiana con lazos evidentes con el narcotráfico; con el desembarco de más de 30.000 cubanos, no por Machurucuto, sino por la  rampa 4 de Maiquetía y ahora, con la dispersión del dinero opaco de Venezuela por el mundo; por la dejación de soberanía en las fronteras y por la profunda crisis que nuestra diáspora ha generado en los países del continente, desde el Río Grande hasta la Patagonia.

Hay analistas que dicen que Venezuela ya no es una prioridad; que nuestros problemas no le interesan a nadie. Esto es solo parcialmente cierto. Nuestros problemas ciertamente interesan a muy pocos. Pero los países se interesan por los problemas de otros cuando les causan problemas a ellos. Un vecino puede desbaratar su casa y es su problema, pero si lo hace con un estruendo y de madrugada, ya es mi problema. Y eso es lo que está haciendo Maduro con Venezuela, con el vecindario y con el mundo: causando problemas.

Es por esa razón que Venezuela sigue estando en la agenda internacional, porque somos un grave problema geopolítico.

En la cumbre del G7, fuimos nombrados. La presidenta de la Comisión Europea, el presidente del Consejo Europeo y el Secretario de Estado Norteamericano, “siguen de cerca” el proceso que lleve a unas elecciones libres y justas”; el barco iraní cargado con lanchas misilísticas parece que se desvió de repente; los noruegos insistirán en una tercera ronda de negociaciones con la aprobación de la UE, los Estados Unidos y Canadá; se convoca una reunión que recauda más de 1500 millones de dólares para los desplazados venezolanos y Borrel se reúne con Arreaza. Todo esto ocurrió, nada más, que la última semana.

Esa es la razón por la cual nuestra crisis no se puede entender en clave nacional solamente. Los análisis que se hacen, fundados en las fuerzas de la oposición y las del régimen, siempre serán parciales. La discusión sobre si se negocia o no se negocia con Maduro es absolutamente intrascendente. Con Maduro están negociando desde hace tiempo, por diversas vías y lo seguirán haciendo, con nosotros, sin nosotros o contra nosotros. Él tiene interés en hacerlo, se equivocan quienes dicen que por tener la fuerza armada de su lado no lo tiene. Está en minoría nacional, rodeado de escorpiones; sin el dinero de antes. Claro que quiere negociar, obviamente que en sus mejores condiciones. Para él, y para todo el que negocia, eso es lo lógico.

Lo que las fuerzas democráticas deben hacer es mantener una postura firme, unitaria y clara para que de esas negociaciones salgan elementos que nos permitan avanzar para el rescate de la democracia.

Hay que entender también que el término “negociación” implica que todas las partes pondrán sobre la mesa sus aspiraciones y que normalmente resultara algo que “convenga” y no necesariamente que satisfaga a todos. Ya veremos. Tengamos la posición inteligente de Churchill, quien nunca se opuso a negociar con Hitler; de hecho, el mismo estuvo a punto de encontrarse directamente con él. Lo que Churchill criticó y con justa razón, fue el vergonzoso Tratado de Múnich. Eso es lo que debemos evitar.

Hay una oportunidad abierta, no quiere decir que ganemos la apuesta. Nadie lo ha dicho, pero lo repetimos: si no participamos activamente en la búsqueda de una negociación política, lo harán otros por nosotros. Recordemos que las viejas democracias están acostumbradas a negociar con dictadores, con delincuentes y con quien tengan que hacerlo si les conviene.

Los cañones apuntan al corazón de Venezuela. Hay una oportunidad para entendernos entre nosotros para enfrentar a la dictadura y seguir avanzando. No es inteligente desperdiciarla.

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La unidad de nuestros tormentos, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

Hace unos meses escribíamos en una nota, y ahora lo confirmamos: hay palabras con las que no se puede pelear en el centro del ring porque te noquean. Palabras como: paz, amor, convivencia, diálogo, entendimiento y unidad son alguna de ellas.

Tienen una carga semántica que le dan valor por sí mismas. No necesitan ponerse al lado de otras, ni adjetivarlas. Tienen buena prensa, buena reputación, son atractivas y la gente las acepta como buenas.

La nota de hoy tiene que ver con una de esas palabras. Una que nos atormenta: unidad. Reconocemos que no es fácil tratar de hacerle una disección para separar sus cosas buenas o malas porque, repetimos. Casi todas sus connotaciones son buenas.

En el caso de Venezuela, el tema de la unidad para enfrentar a Maduro, es un tema de primera importancia y lo es porque aunque pareciera evidente y de perogrullo que teniendo el régimen una evidente minoría de aceptación entre los venezolanos que no llega al 15 %, el otro 85 % que le adversa no se ha podido articular para desalojarlos del poder.

Una de las razones por las cuales hay que examinar el término unidad, es que ha sido evidente que Maduro ha logrado poner como operadores de sus planes políticos a una parte de quienes en algún momento se presentaron como sus opositores. La mayoría de ellos siguen presentándose como gente de oposición y algunos, incluso, no se ahorran críticas a los disparates de Miraflores. Por supuesto que ello forma parte del plan. Si no hablaran como oposición, no servirían a esos propósitos. Como decían los abuelos “chirulí se coge con chirulí”

La línea entre ellos y el resto de la oposición no es fácil de trazar y cometeríamos enormes injusticias si nos erigiéramos en el juez de delitos de opinión para arrogarnos la prerrogativa de decir quién es  puro y quién no lo es, como lo hacían los tribunales nazis que decretaban la pureza racial aria.

De manera que para no hacer ese papel de cazador de brujas, hay que asumir que hay gente que aunque tenga posiciones que directa o indirectamente benefician a Maduro, ellas son producto de su manera de ver las cosas y que algunos de ellos proceden de buena fe. Lo razonable sería entonces que la línea roja de separación que hay que trazar es con aquellos que ostensiblemente vendieron su primogenitura por un plato de lentejas; aquellos que resolvieron traficar con sus conciencias por unos cuantos euros que contaban detrás de las puertas de los baños y que son descaradamente agentes del régimen y sus colaboradores confesos.

Con ellos no hay unidad posible. Ellos ya escogieron su campo y cuando hablemos de esa unidad en los siguientes párrafos de esta nota, el tema no tiene nada que ver con ellos. Sencillamente no hacen falta, que se queden donde están.

Para el resto de los venezolanos, esa inmensa mayoría del 85 % de nuestros compatriotas y para el liderazgo que eventualmente lucha por conducirla es que van las recriminaciones, sugerencias y entrepituras que siguen, porque, por más vueltas que le demos el asunto, será indudablemente necesario que actuemos juntos para terminar con la pesadilla.

Veamos entonces:

Que nadie está diciendo que tenemos que jurarnos amor eterno y casarnos de velo y corona. Que ya sabemos que no somos iguales, que pensamos distinto en muchas cosas. Nadie nos está pidiendo que sellemos un pacto de sangre, ni siquiera que forjemos un acuerdo por los siglos de los siglos.

Lo que está pidiendo a gritos la gente es que nos entendamos, no a pesar de nuestras diferencias, sino con nuestras diferencias. Es que actuemos unidos porque tenemos un objetivo común que es salir del régimen que nos mal gobierna.

Es obvio que las diferencias son necesarias e indispensables para que avancen los procesos. Si no hay debate, si no hay discusión, todo se pudre como el agua estancada.

La dialéctica y el movimiento están en el origen de la existencia de todas las cosas. El organismo más pequeño que es la célula, se divide a diario y compite con otras para asegurar su existencia, pero llega un momento que tiene que convivir para formar un tejido y tiene que trabajar junto con otras células para que ese tejido forme un órgano y para que ese órgano desarrolle su función. No por esa cooperación deja de ser un organismo vivo e independiente.

Repitámoslo: hoy lo que nos pide a gritos la sociedad venezolana no es que dejemos de ser quienes somos; o que hipócritamente nos digamos que somos la misma cosa cuando no lo somos.

Lo que nos pide a gritos la sociedad venezolana martirizada, es que nos pongamos de acuerdo para desarrollar una política unitaria para enfrentar a Maduro y a su minoría.

Como ya dijimos, no es comprensible que un régimen, que no tiene más del 15 % de apoyo popular, se mantenga en Miraflores porque hay pequeñas y parroquiales diferencias; que por cálculos subalternos o simplemente por falta de miras, no nos ponemos de acuerdo para transitar un periodo de tiempo con una posición común y liderar la gran mayoría de los venezolanos, es 85 % de compatriotas que no quieren a Maduro.

¿Y sobre qué debemos ponernos de acuerdo? Pues para lo que todo el mundo decente y civilizado nos apoya: lograr una salida política.

Para tratar de conseguir ese objetivo se ha puesto sobre la mesa un nuevo proceso de negociaciones auspiciado por el reino de Noruega, que cuenta con el apoyo de los Estados Unidos, Canadá y de la Unión Europea. ¿Entonces? ¿Por qué buscamos a Dios por los rincones?

Lo que tenemos que hacer es definir unos mínimos aceptables para ir a esa mesa de negociaciones. ¿Cuáles podrían ser esos mínimos? (y disculpen la entrepitura) Lo primero, lo esencial, tendría que ser la promoción de condiciones para atender la dramática y cada vez peor situación humanitaria, no solo la que deriva de la pandemia, sino la que se ha agravado por la inflación, y el caos de los servicios como el agua, la luz y el gas.

Concertarnos para hacer frente y proponer soluciones de emergencia es de primera necesidad y luego, y entrando en el terreno político, obviamente que ese acuerdo debería tratar:  libertad de los presos políticos, civiles y militares; regreso de los exiliados; habilitación de los inhabilitados; compromiso de elecciones limpias con observación internacional adecuada y un cronograma que establezca dilucidar todos los mandatos pendientes de elegir. Las fechas podrían discutirse.

¿Es todo esto muy difícil? No pareciera. Ciertamente, si sobre eso nos ponemos de acuerdo, podremos ir en mejores condiciones para negociar con la dictadura. No son cosas originales, en realidad es lo que se ha venido planteando desde hace un tiempo. Es una versión comprimida del decálogo aprobado por la AN para ir a las elecciones del 6D.

Esto tiene que ponerse sobre la mesa pronto y hay que presionar para que sepamos rápidamente cual es la respuesta del régimen sobre esas propuestas. Cuando las conozcamos deberemos abrir un debate para saber si las aceptamos o no las aceptamos.

Lo más importante es que podamos decidir conjuntamente lo que hay que hacer. Si el régimen logra batirnos al detal; si tiene éxito en dividirnos para que unos hagan una cosa y otros hagan otra (sobre todo de cara a las elecciones regionales) nos enfrentaremos a la peor de las derrotas.

Ninguno de los discursos sobre “recuperar espacios” “organizar y movilizar en medio de la campaña”, y otras afirmaciones parecidas, van a funcionar.

El régimen se saldrá con la suya. El votante natural de la oposición se quedara en su casa. No importa cuán brillante, cuan chévere, cuán buena nota sean los candidatos. Si no accionamos unidos quienes verdaderamente adversamos a Maduro, no habrá vida.

Bien nos valdría recordar a Benjamín Franklin, sabio por muchos títulos y razones y quien debió enfrentarse a la amarga realidad de la desunión de sus compañeros de ruta, y quien tuvo que recordar a sus contemporáneos: “O ACTUAMOS JUNTOS, O NOS COLGARAN POR SEPARADO”

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Venezuela y el renacimiento, por Julio Castillo Sagarzazu
Un renacimiento de Venezuela deberá tener en cuenta no solo la necesidad de vencer el oscurantismo medieval que nos arropa, sino también, como lo hicieron los sabios de aquel despertar de la humanidad, el regreso a los cánones de una moral y de servicio público, tan vapuleados en estos años

 

@juliocasagar

No se haga ilusiones, amigo lector. Esta nota no trata de ningún análisis comparativo entre nuestro país y lo que ocurría en otros lares en la época del Renacimiento. Que por aquellas fechas, la mitad de nosotros andábamos en guayuco y la otra mitad andaba buscando El Dorado e ingeniándoselas para llevarse lo poquito que esta Tierra de Gracia daba por entonces.

Pero de lo que sí trataremos es de un tema que nos parece pertinente sobre la naturaleza del nuevo liderazgo que debe surgir para la reconstrucción de Venezuela, después de esta lúgubre edad media en la que el Socialismo del Siglo XXI (¡vaya paradoja!) nos ha metido inmisericordemente.

Para entrar en el tema valdría la pena antes señalar un asunto al que prestamos poca atención cuando hablamos del Renacimiento. La sola palabra nos induce a pensar en aquella explosión del arte y de la ciencia que produjo los portentos monumentales que aún hoy admiramos como las más bellas creaciones del género humano.

El Renacimiento fue, ciertamente, la competencia entre soberanos del oriente y occidente por rodearse de los mejores artistas y arquitectos e incluso matemáticos y pensadores para construir las catedrales, los palacios y las mezquitas más extraordinarias; también para hacer de sus cortes las más notables y eruditas de la época.

Pocos recordamos, sin embargo, que el estallido espiritual de aquellas sociedades, en su intento por dejar atrás a la Edad Media, con todos sus prejuicios, supercherías y su oscuridad, planteaba también, desde el punto de vista estético y del pensamiento, un regreso a los cánones clásicos de belleza y libertad que los griegos habían legado a la humanidad en el culmen de sus artes, su filosofía y su democracia.

Cierto que el geocentrismo de Ptolomeo también fue cuestionado por nuevos científicos como Galileo, pero la piedra en la que se asentaron los nuevos pensadores para hacerlo fue en Aristóteles y su mensaje eterno de acercar la filosofía a la ciencia, a las matemáticas y a la observación sin prejuicios.

Este es un ejemplo claro de que la evolución humana, y los cambios revolucionarios que producen las sociedades, nunca se han hecho sin tener un punto de apoyo en lo que se ha vivido anteriormente.

Cuando nos dispongamos reconstruir a Venezuela, obviamente que habrá que barrer (y no debajo de la alfombra precisamente) los vicios, los modos y conductas de quienes, durante los últimos 20 años, han desgarrado al país.

Pero bien nos valdría la pena tomar impulso en algunas de las piedras fundacionales de nuestra democracia y nuestro progreso que nos hicieron, alguna vez, el país de mayor crecimiento en el mundo y el faro democrático de la América Latina.

En efecto, sin nostalgias y sin guayabos, debemos volver a examinar, como lo hicieron aquellos inimitables genios del Renacimiento, cuáles son las cosas a las que debemos regresar; evaluar con cuáles piedras tropezamos para no volver a hacerlo; ver dónde nos equivocamos para no transitar el mismo camino. Pero también dónde acertamos y cuándo hicimos las cosas bien.

En esta tarea la vista y la atención deben detenerse no solo en el Pacto de Puntofijo, que fue el acuerdo de las fuerzas democráticas para hacer frente  a las vicisitudes que vendrían en los años siguientes, sino en algo más trascendente: en el documento que reflejó el acuerdo de país que se forjó y que duró más de 40 años como marco de convivencia, que fue la Constitución de 1961. Un texto suscrito por todo el abanico político del país. Y el que nos permitió, además de la convivencia que hemos señalado, llegar a las cotas de desarrollo social, humano y económico que nos colocaron por décadas a la cabeza de la América Latina.

Al salir de esta pesadilla, es hacia allá donde debemos apuntar los esfuerzos. Es necesario producir un marco de convivencia sólido de proyecto político, histórico y ético que nos reconcilie y nos ponga  a remar a todos en la misma dirección.

Ese proyecto debe prefigurarse desde ahora. Las fuerzas políticas y sociales que promueven el cambio en Venezuela deben parecerse a lo que se quiere estructurar para el futuro.

Debe combinar no solo puntos de vista políticos y gremiales, sino integrar a distintas generaciones de ciudadanos, miradas diferentes y la diversidad en todas sus facetas, para que el pacto que logremos sea duradero y nos permita avanzar juntos por décadas.

La única uniformidad que sería aceptable es la de la ética y la moral; así como la necesaria vocación de servir al país y no servirse de él. Esas reservas éticas y morales habrá que buscarlas en el interior de los corazones, espíritus y voluntades de los hombres y mujeres de buena voluntad que han estado en primera fila en la lucha contra la dictadura. Con ellos se deberán vencer el inmediatismo, la corrupción y la primacía de intereses individuales que, digámoslo también, se han infiltrado en nuestras filas, confirmando aquello de que “de todo hay en la viña del Señor”.

Un renacimiento de Venezuela, entonces, para que sea progresivo y eche hacia adelante la rueda de la historia, deberá tener en cuenta no solo la necesidad de vencer el oscurantismo medieval que nos arropa, sino también, como lo hicieron los sabios de aquel despertar de la humanidad, el regreso a los cánones de una moral y de servicio público, tan vapuleados en estos años. Y que una vez nos hicieron un país grande, hacia el que el mundo entero volteaba sus miradas.

¡Sí se puede!

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¿Cuándo derrocamos a Maduro? ¡Avisen, por favor!, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

Uno ve soflamas apasionadas de muchas personas, advirtiendo de que es un error pretender salir de Maduro por ningún otro medio que no sea derrocándolo. Que hacerse eco de todas las iniciativas que la comunidad internacional ha desplegado para tratar de forzar la realización de unas elecciones libres, es una pérdida de tiempo inexcusable.

Entonces empieza uno a entusiasmarse de que aparezca una vía más rápida, más expedita y más eficaz de salir de la pesadilla y empieza a averiguar a ver dónde es que tal plan maravilloso se fragua. Pregunta a los amigos que escriben por Twitter y no saben nada; va uno discretamente a conversar con algún militante de esas ideas y tampoco sabe nada; sigue en el juego de la candelita y va de sitio en sitio con la esperanza de que le digan: “por allá fumea”, pero nada.

La ignorancia sobre la trama de este plan que nos traerá la libertad es general.

Al final uno termina enterándose de que no hay nadie planeando tal hazaña; que la mayoría de los derrocadores no tiene plan; que lo de ellos es un deseo que no empreña y que a lo sumo lo que la mayoría de ellos quiere es que el tal derrocamiento lo hagan otros. Una especie de proyecto llave en mano; un modelo pret a porter, un outsourcing hecho por terceros; una subcontrata para no pagar prestaciones sociales a los trabajadores.

Una subespecie de los derrocadores va más allá. No quieren dejar nada a la creatividad de la gente. Ni siquiera sueñan con millones de venezolanos tomando Miraflores en una recreación tropical de la toma del Palacio de Invierno de Petrogrado o de la Bastilla. No, ¡faltaba más!, lo de ellos no es una chusma haciendo justicia, sino la invasión de una fuerza extranjera que se quede incluso luego un buen tiempo para ver si mejoramos la raza. Uno se pone a buscar entonces los que preparan la cabeza de playa para el desembarco; los que colaborarían hincando “la pica en Flandes”; los iniciadores del foco guerrillero y tampoco consigue nada.

Estos guerreros de la guerra de Mambrú me hicieron recordar una anécdota de los años 80. Tomábamos un café en un pequeño local Carlos, mi hermano, alias el Nene (¡sí, se llama Carlos!) Moisés Moleiro y este escribidor. Aclaremos que cuando el MIR había decidido entrar a ese estruendoso error que fue la lucha armada, los hermanos Castillo teníamos 9 y 10 años. El evento que cuento ocurrió cuando ya el partido tenía años de haber abandonado esa política y había entrado en la vida democrática y nosotros, como dirigentes estudiantiles, pasamos a formar parte de esa arrolladora fuerza que lo hizo ganar casi todas las FCU del país.

Pues bien, junto a nosotros, en otra mesa, comenzó un señor (contemporáneo de Moisés) a despotricar en voz alta del abandono de la lucha insurreccional; de la “traición” que ello había significado. Lo hacía con la convicción del que siente que tiene la verdad de su lado y tiene que proclamarla. Carlos se levantó de la mesa y se dirigió al protestante. Yo me puse en guardia porque conozco su carácter y su afición a zanjar este tipo de discusiones de la manera más concluyente. Sin embargo, se sentó mansamente y comenzó a susurrar algo al gritón. A los pocos minutos regreso a la mesa y el acusador de todas las traiciones se quedó calladito y no volvió a gritar. ¿Qué le dijiste a ese hombre?, le preguntamos. Nos respondió: “Muy sencillo, le dije que el abandono de la lucha armada era una estrategia para engañar al gobierno y que en persona estaba comisionado para reclutar gente, así como él, para reiniciarla de nuevo. Que me diera su dirección y su teléfono para contactarlo”. El tercio obviamente le dijo que “ya no podía”, “que él ayudaba desde afuera”; que trabajaba en el IAN (infiltrado, por su supuesto) y que tenía dos hijos, bla, bla, bla…

Dicho en otras palabras, nuestro guerrero de marras también quería (como los de ahora) que otros le hicieran la guerra por la cual él suspiraba.

Dicho todo esto y constatado que ninguno de los derrocamientos ni las invasiones están programados, ni figuran en el orden del día de ningún grupo conocido, estamos entonces en la obligación de recurrir al doloroso, pedestre y nada apasionado expediente de tratar de hacer lo poco que podemos después de haber marchado, arriesgado el pellejo, pancarteado, reunido con nuestros pares convenciéndoles de que hay que luchar y ponernos a trabajar en lo que podemos: emborronar cuartillas, ir a los zoom que nos inviten; pasearse por las comunidades “lanza y tapaboca al ristre” como Alonso Quijano, tratando de convencer a la gente de que, a los que no tenemos balas, no nos queda más remedio que jugarle al quintico de que nos dejen expresar que somos mayoría.

¿Difícil? ¡Sí, muy difícil! A las dictaduras no les gustan las elecciones. Además compran “opositores” que les dicen amén a lo que ellos digan; crean especies y subespecies de alacranes que juegan el juego de Esaú de venderse por un plato de lentejas. Les ponen palos a las ruedas de la carreta de cualquier negociación y nos “guaralean” tratando de ganar tiempo.

Es muy difícil, pero es la que nos tocó. Todas las democracias decentes del mundo nos acompañan en esta titánica tarea, más parecida a la de Sísifo que a la de Aquiles, un héroe con su talón vulnerable, pero héroe al fin. Nos acompañan a eso y no para otra cosa. Que las otras son para ellos realismo mágico, que ya nos lo dijeron.

Hoy, hay condiciones para que esa ciclópea negociación pueda comenzar. Maduro tiene menos del 15 % de los venezolanos a su favor. Ya no tiene CLAP, ni bonos. Las vacunas lo atormentan y su tráfico aun más. Su único soporte, la FAN, esta resentida de desmoralización. Apure ha demostrado su nulo apresto operacional y se le han visto todas las costuras infames. También quiere que relajen las sanciones y que les quiten las de su círculo íntimo. No sabe cuándo una crisis le estalla en la cara ni cuando sus “aliados” de las FARC y el Coqui le dan la espalda.

Esos son sus incentivos para sentarse.

¿Pateara la mesa? Es probable. Es lo que ha hecho siempre. Pero es la alternativa que tenemos. Estar en esa mesa (si es que hay mesa) y acompañar a nuestra gente que sufre; que no tiene vacunas, ni agua, ni luz, y que casi cree que no tiene esperanzas, es nuestra única opción.

Felicitémonos de que, pasito a pasito, se incorpora gente y dirigentes al Acuerdo de Salvación Nacional. Cuidemos y pongamos la unidad entre algodones y aunque “no basta rezar”, como decía Ali Primera, oremos a José Gregorio para que nos ayude en este trance del que saldremos, más temprano que tarde.

POSTDATA: De todas formas, si alguien sabe de otro camino más rápido, por favor que mande un mensajito por WhatsApp o deslice un sobre por debajo de la puerta con las coordenadas. Se lo sabremos agradecer.

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