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#NotasSobreLaIzquierdaVenezolana | Los historiadores y la izquierda venezolana en la hora actual (I), por Isaac López*
Sin negar la responsabilidad que parte de los sectores políticos de la izquierda venezolana ha tenido en el proyecto chavista, reducir la explicación solo al régimen instaurado a partir de 1999 no parece una postura histórica

 

@YsaacLpez

El analista e investigador mexicano Jorge G. Castañeda, en su indispensable libro de 1994 La utopía desarmada, señala: “Aunque al igual que cada dos o tres décadas, se ha puesto de moda despreciar la importancia de términos como izquierda o derecha en el ‘nuevo orden mundial’, no todos los interesados comparten este punto de vista. En buena medida porque no es cierto. Como Carlos Fuentes ha dicho: “Lejos de disolverse en la euforia del capitalismo triunfante, la significación de derecha e izquierda se hace cada vez más neta… Pero donde la distinción entre izquierda y derecha se vislumbra más necesaria, es en nuestra América Latina”. (p. 24). Ante la debacle de la izquierda latinoamericana que presenciamos comparto la opinión del canciller de Vicente Fox y autor de la mejor biografía del Che Guevara.

En Venezuela son escasos los esfuerzos que tanto bibliófilos, como historiadores dedicados al tema, han realizado para la construcción de obras de referencia y valoraciones de conjunto sobre la extensa historiografía y bibliografía existentes en torno a la izquierda nacional. Trabajos que nos permitan conocer −más allá de radicalismos, fanatismos y sectarismos de la hora− el devenir de las ideas, sucesos fundamentales, propuestas y proyectos, entronques y vinculaciones entre quienes ayer y hoy se autocalifican como comunistas y socialistas.

En un país donde la madurez de los estudios de historia puede calibrarse –entre otros asuntos– por la escasez de repertorios bibliográficos sobre temas específicos, donde los catálogos e índices de los centros bibliotecarios se encuentran desfasados respecto a la producción y no existen boletines periódicos del ingreso a depósito legal, hacer investigación rigurosa y sistemática comporta cada día más graves limitaciones. Además de una obra pionera como la de Germán Carrera Damas (UCV, 1967), no existen trabajos dirigidos a hurgar en la historiografía marxista venezolana, aspecto fundamental en el panorama de la historia de las ideas en el país.

Lejos del trabajo que se espera, imbuidos en el presentismo, afán exhibicionista y de notoriedad, muchos de nuestros historiadores han optado por una postura intelectual oportunista, aún en el frágil sistema de libertades en el cual vivimos: hacer oposición política al régimen desde su oficio como garantía de reconocimiento en sectores que antes les desdeñaron y dieron preferencia a opinadores provenientes de la ciencia política o la literatura. Eso, partiendo del supuesto interés de los venezolanos por la historia.

Una operación que, si bien ha favorecido la proyección de nombres ya destacados por la calidad profesional y la amenidad, ha permitido también la profusión de historiadores-opinantes sobre la realidad política nacional en medios y redes, que despiertan la atención al solo nombrarse su profesión, pero que al poco de su comparecencia hacen se abra paso la decepción y el aburrimiento. Si bien es cierto que los medios de aquí y de allá exigen divos del espectáculo, que no reflexión y análisis.

Dejando de lado a veces la rigurosidad del oficio, los historiadores venezolanos –fieles o adversos al régimen– se juegan la carta de la exhibición, lo cual comporta no pocos riesgos para la Historia.

Nada más alejado del hacer profesional que la construcción de un relato o una interpretación acomodados a la militancia partidista o a la demanda de los medios.

La Lucha que no acaba. Vida política de Rafael Guerra Ramos, de María Teresa Romero, es un testimonio de principal interés para la historia de la izquierda vernácula. Esa izquierda de prosapia, que quizás se sienta compelida a contar su verdad frente a los desmanes del régimen chavista, apoyado también por una parte de esa izquierda y por sus descendientes. De Diego Salazar a Diego Salazar. Una veta de la historiografía marxista que ya requiere también ajustada definición y caracterización.

El libro se divide en nueve partes, a saber: De entrada, un político de los que quedan pocos; Érase una vez un campesino de los llanos orientales que resolvió convertirse en comunista en la capital; La política en serio: cárcel, exilio, clandestinidad; Perdidos en el laberinto de la lucha armada; Un nuevo político en el juego democrático; A manera de epílogo, mirando al futuro; Fotografías; Testimonios; y Agradecimientos.

Miembro del Partido Comunista de Venezuela y luego del Movimiento al Socialismo, es Rafael Guerra Ramos un político de fina madera, un político de honor, que sí los hubo en este país. Su consecuencia y verticalidad ética son un ejemplo para un tiempo donde todas las brújulas están extraviadas, donde a la gente cada vez más le cuesta distinguir entre las actitudes de los representantes del régimen y las de la oposición, donde todo parece negociable, la actividad política se pretende en redes y maquinarias publicitarias, y no junto a la cotidianidad de la gente.

Alejado siempre del espectro publicitario de la política, Rafael Guerra Ramos participó en variedad de procesos de nuestra historia reciente.

Uno de sus desempeños que más llamó nuestra atención, entre los expuestos en este libro, fue el de diputado al Congreso Nacional durante las décadas de los setenta, ochenta y noventa del siglo XX, es decir en el preludio de este amargo hoy. Aspecto importante, pues a veces pareciera que la izquierda venezolana en el siglo XX solo fue guerrilla, conspiración y veneración a Fidel Castro.

Guerra Ramos fue miembro de comisiones legislativas cuyas investigaciones llevaron al esclarecimiento, apresamiento y juzgamiento de los ejecutantes de acciones como: el asesinato del joven abogado masista Ángel Alberto Aguilar Serrada, torturado por agentes de la Dirección de Inteligencia Militar (DIM) en 1974, cuando trataban de implicarlo en la muerte de Carlos Alberto Núñez Tenorio, exguerrillero, exconfidente del DIM y en ese momento inspector de ese cuerpo (pp. 211-212); el asesinato en 1976 de Jorge Rodríguez –padre de dos figuras fundamentales del régimen chavista: Jorge y Delsy Rodríguez–, secretario general de la Liga Socialista, torturado por miembros de la Dirección General Sectorial de Servicios de Inteligencia y Prevención (DISIP) para hacerlo confesar su participación en el secuestro del industrial norteamericano W.F. Niehous (pp. 212-213); y el crimen del inspector Luis Alberto Ballarales en 1984, en el cual se evidenció la “inescrupulosa corrupción y descomposición moral” que permeaba a la Policía Técnica Judicial (PTJ) (pp. 213-214).

También fue parte de la Comisión del Congreso Nacional investigadora del “caso de los pozos de la muerte” en 1986, en la cual se estableció la responsabilidad de la PTJ en el ajusticiamiento de delincuentes y la desaparición de sus cuerpos en el estado Zulia. Proceso que fue cerrado sin llegar a conclusiones finales por el “entonces juez quinto de primera instancia Iván Rincón Urdaneta, con fuertes vínculos amistosos con la PTJ”, y quien con el correr de los años se haría “ficha esencial del régimen chavista”, siendo embajador de Venezuela en la Santa Sede y en Colombia, “desde donde ha denunciado varios intentos de golpe de estado contra Nicolás Maduro”. (pp. 214-217). Aquí el retrato de unos cuerpos policiales que ayer y hoy parecen actuar igual.

Rafael Guerra Ramos participó también en la investigación del llamado “Caso Tablante” de 1991, cuando se verificó que el diputado del MAS, Carlos Tablante, sostenía vínculos de subordinación con altos funcionarios de la DISIP y en particular con su director Porfirio Valera, recibiendo a cambio “dinero, vehículos y otras prebendas”, asunto que fue sellado por la mayoría de los diputados, pero que ocasionó el disgusto y fraccionamiento dentro de la organización política a la cual pertenecían Tablante y Guerra Ramos. Este último sostuvo posición contraria a lo que consideró una falta de ética y honor de su compañero de partido. Como sabemos, producto de la “coherencia y verticalidad” de Carlos Tablante –Ybéyise Pacheco, dixit, p. 216– es el texto El Estado delincuente: cómo actúa la delincuencia organizada en Venezuela, escrito junto con Marcos Tarre y publicado por Editorial Melvin en 2013, informe de acusaciones contra altos personeros del régimen chavista con prólogo del juez español Baltazar Garzón.

Casos como los concisamente descritos muestran la descomposición policial y política de un país.

Casos que habría que sumar a los muy difundidos en los medios como: la adquisición de un conjunto de rústicos en la cual se vieron involucrados entre otros el ministro J. A. Ciliberto y la secretaria privada del presidente Jaime Lusinchi; los vicios en la licitación de repotenciación de dos fragatas misilísticas de la armada venezolana por la empresa Margold; los vínculos de las policías venezolanas en el tráfico de estupefacientes que llevaron a la detención del exgobernador y exviceministro del Interior Adolfo Ramírez Torres; los tratos ilícitos en el otorgamiento de divisas de RECADI; la denuncia de Camilo Lamaletto contra Braulio Jattar y Douglas Dager, presidente de la Comisión de Contraloría del Congreso, por extorsión; o el tráfico de influencias y contrabando de oro en el caso Cecilia Matos, exsecretaria del presidente Pérez, todos de los finales de los 80 e inicios de los 90, los cuales configuran el antecedente inmediato para que gruesos sectores de la población, hastiados de corrupción e impunidad, optaran por llevar a la dirección del país al vengador de Sabaneta.

Hay diagnósticos y señalamientos puntuales en este libro: “Con gran capacidad actoral y de manipulación, Hugo Chávez tuvo la insuperable habilidad de utilizar los gigantescos recursos que tuvo a la mano para lograr su obra maestra: desarrollar el parasitismo social al máximo, corromper a fondo a sus servidores militares y civiles, convirtiendo las instituciones del Estado en instrumentos al servicio de sus fantasías ‘revolucionarias’. Repartió adulancia y dinero para todo el que se sentía herido y menospreciado. No es difícil con poder, dinero, maldad y astucia hacer lo que hizo ese militar con los chavistas…” (p. 114).

Algunos de los pasajes son terribles, como cuando Rafael Guerra Ramos relata las torturas en la cárcel en 1966, en pleno gobierno de Raúl Leoni: “-Quedé adolorido con los golpes sobre las costillas y el estómago. Había oscuridad total. Sentí las paredes heladas, igual que el piso…” (p. 151); o “-Me quedé callado un rato. El militar insistió. Lo vi de frente y le dije que si mi vida estaba en sus manos mi deseo era terminar de una vez, porque era un deshonor militar hacer lo que están haciendo conmigo, y le mostré las quemaduras y las llagas en las nalgas, el pubis, la entrepierna y en el pene. Nos volvimos a ver a los ojos. Se paró y llamó al teniente Bajares y al civil. Me subí lentamente los pantalones. Le ordenó al civil que me examinara y salió con el teniente Bajares y otro militar…” (p. 155).

Mientras frente al chavismo y sus excesos hay críticas y cuestionamientos, en estos casos solo hay narración de parte de la politóloga María Teresa Romero. Asunto del que se hacen desentendidos también muchos otros investigadores.

Conforta saber que en este país ha existido gente como Rafael Guerra Ramos, cuando pareciera que toda nuestra historia reciente es fraude, corrupción, artimaña. Este texto es una invitación a la comprensión del proceso político en el cual estamos sumergidos, proceso que no comienza precisamente con las intentonas golpistas de 1992 y con la llegada al poder de Hugo Chávez en 1999.

La memoria no puede ser corta, no para los historiadores que deben ser faro en medio de tanta oscurana. Flaco favor le hacen muchos historiadores al país cuando por ganarse el favor de ciertos medios y aparecer en sus espacios se empeñan en señalar el origen del desastre que vivimos en la construcción de un proyecto socialista o en la izquierda nacional.

Sin negar la responsabilidad que parte de los sectores políticos de la izquierda venezolana ha tenido en el proyecto chavista, reducir la explicación solo al régimen instaurado progresivamente a partir de 1999 no parece ciertamente una postura histórica.

La comprensión seria del devenir político venezolano es un asunto de sobrevivencia para la democracia en el país, de allí que no consideremos impertinente la participación de los historiadores en el debate público; el problema es cuando dejan de serlo para convertirse en militantes complacientes de los sectores en pugna.

Intentar comprender lo que el sociólogo Miguel Ángel Campos denomina el origen más cercano es una obligación para los historiadores venezolanos verdaderamente comprometidos con su oficio y con la grave realidad de su país.

Esperamos que la discusión necesaria siga abierta más allá de la mediocracia, oportunismo, trepadorismo y vaciedad que caracterizan también esta hora. A todos nos toca abrir caminos a debates y reflexiones que colaboren al entendimiento del porqué llegamos a la terrible situación venezolana actual. Estas entregas son, también en su torpeza, angustia y deseo de comunicación, parte de una preocupación sostenida e intentos de reflexión surgidos en el trabajo de investigación. Ojalá contribuyan a seguir cuestionándonos. Gracias por sus lecturas.

(María Teresa Romero. La lucha que no acaba. Vida política de Rafael Guerra Ramos. Caracas, Fanarte, C.A. Primera edición, 2017. 279 págs.// La imagen es una postal: «Revolucionarios de La Habana«.)

* Historiador. Profesor. Universidad de Los Andes. Mérida

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