La crisis del chavismo - Runrun
Elias Pino Iturrieta Ago 19, 2020 | Actualizado hace 3 semanas
La crisis del chavismo

Fragmento de la obra Erosión (1975), de César Rengifo (1915 – 1980). 

@eliaspino

La crisis del chavismo no se puede examinar como lo hicimos aquí con las crisis anteriores de Venezuela. Aquellas tuvieron inicio y culminación, mientras la de la actualidad no ha terminado, ni se sabe cuándo terminará. De aquellas se pueden manejar datos definitivos, susceptibles de conducir a análisis convincentes, pero la conmoción de nuestros días está sujeta a la dinámica de los sucesos que se presentan en cascada y sobre los cuales no se pueden ofrecer corolarios estables.

Si tratamos con relativa propiedad los problemas de la Independencia, de la Guerra Federal y el Gomecismo porque podíamos manejar evidencias concretas sobre sus vicisitudes desaparecidas y superadas, no puede suceder lo mismo con la tragedia que padecemos hoy.

La crisis del gomecismo

La crisis del gomecismo

El estudio de las crisis antiguas cuenta con la distancia ofrecida por la evolución del almanaque, que aparta nuestras vivencias de las vivencias anteriores y facilita la elaboración de un argumento capaz de contar con una recepción confiada del lector. Pero no hay recorridos que nos separen de los hechos actuales, sobre cuya apreciación predomina necesariamente la guía de una subjetividad imposible de evitar.

Ya expresé tal subjetividad cuando afirmé que padecemos una tragedia, pero otros pueden sentir lo contrario; es decir, la experiencia de una época que no es necesariamente nefasta. Cada quien habla de la feria según le va en ella, dice el refrán popular, y en tal modo tiene cabida y sentido la diversidad de las opiniones sin que debamos quebrarnos la cabeza por su existencia. De allí la dificultad de ofrecer una versión objetiva de la crisis del chavismo, como tratamos de hacer en los cuatro artículos anteriores con los asuntos examinados.

Pero cabe la posibilidad de asomar unas generalidades, gracias a las cuales podamos consentir sin mayores trabas que la sociedad experimenta hoy una de sus hecatombes más pronunciadas.

El paso de la riqueza a la pobreza de la sociedad es una de ellas, sin que pueda quedar espacio para las cavilaciones. El deterioro del proceso de creación y distribución de los recursos materiales destaca en este sentido. Tal vez se pueda considerar que no pasamos del paraíso al averno porque ese edén no existía antes del advenimiento del chavismo, sino apenas su simulacro, pero es evidente la existencia de una declinación económica que ha conducido a penurias que no se sentían desde los tiempos del gomecismo.

El desacierto de las medidas para el fomento de las actividades productivas, pero también la pugna contra las que generaban provecho durante los últimos años de la democracia representativa, ha desembocado en un panorama de estrecheces del cual difícilmente tienen memoria los venezolanos de la actualidad, ni sus abuelos, y para cuyo conocimiento deben rebuscar en los libros de historia. No solo por el ataque a la empresa privada y por el desprecio de la vida confortable que pudo disfrutar la clase media, sino especialmente por la flagrante desidia en el manejo de la industria petrolera.

Debido al desquiciado maltrato de esa gallina de los huevos de oro que nos había arreglado la vida, el tránsito de una colectividad de mediano pasar a una sociedad muerta de hambre debe considerarse como uno de los corolarios de la administración chavista. Pero en términos dominantes e indiscutibles, que han producido migraciones masivas sin analogía con el resto de las sociedades latinoamericanas en el siglo XX y en lo que llevamos del XXI.

Un pueblo sedentario, que vivía sin apremios dentro de sus confines, se ha convertido en protagonista de un nomadismo inédito que no solo ha transformado unos hábitos seculares, sino también afectos entrañables. ¿No basta esta referencia para calcular la profundidad del agujero que han cavado los gobernantes en dos décadas de gobierno, y para que se logre apoyo abrumador en la condena de su presencia y de su permanencia?

Al deterioro de la economía se une el descalabro de la burocracia según se conocía antes, capaz de atender a medias las necesidades de la población. Destruida la anterior, o reemplazada por empleados gélidos e incompetentes, ha provocado perjuicios generalizados en servicios públicos como los sanitarios o los de que deben ocuparse de los requerimientos de la vida cotidiana, hasta extremos que facilitan las comparaciones con los descuidos característicos del siglo XIX.

El derrumbe de la economía del país de los hidrocarburos ha desembocado en el divorcio con cierta tradición de eficiencia que predominaba en las oficinas públicas, susceptible de dar curso a unos hábitos relativamente llevaderos que contenían las protestas ciudadanas.

Debe recordarse que ninguna calamidad natural ha abatido al país, ni tampoco el fuelle de las grandes protestas cívicas, sino solo en lapsos intermitentes, para calcular la estatura del retroceso venezolano desde el ascenso del comandante Chávez y de sus continuadores.

Un retroceso sobre cuyas causas existen razones para hurgar en la parcela de las relaciones económicas, desde luego, pero también en los propósitos antirrepublicanos que han orientado la conducta del régimen.

El objetivo primordial del régimen chavista ha sido la destrucción de la república, según la concebía la sociedad desde las primeras décadas del siglo XIX, antes de las guerras de Independencia. Si consideramos que valores fundamentales de nuestra sociabilidad, como la libertad y la democracia, la deliberación y la expresión de ideas dependen del sistema de frenos y contrapesos creado por los diferentes ensayos republicanos a través del tiempo, y exitosos en épocas de convivencia constructiva, la ruptura del modelo propuesto por Chávez y plasmado en la Constitución “bolivariana”, pero también en una manera diversa de comprender la historia y de juzgar a sus protagonistas, significa un salto hacia el vacío que conduce al predominio de la arbitrariedad en el ejercicio del poder hasta llegar a estadios de crueldad, y al desarrollo de la corrupción hasta escalas jamás conocidas.

Avasallado el modelo de convivencia creado por los padres conscriptos de 1811, perfeccionado por los fundadores de 1830 y hecho producto de actualidad por los renovadores de 1945 y 1958, la nueva horma de la bota da cabida a los vicios que solo puede contener el republicanismo sentido como fundamento de la vida y como meta de los negocios públicos. Falta y desafío primordiales, que no han sido advertidos por los políticos que se oponen al régimen, representan la esencia de una dominación capaz de llegar a niveles de destrucción sobre los cuales es imposible un pronóstico alentador.

Proceso sin postrimerías a la vista, caldero en el que todos nos revolvemos, no existe la posibilidad de suscribir ahora el acta de su desaparición, ni de medir cabalmente sus corolarios, pero solo la negligencia dejaría de incluirlo en la casilla de las crisis llamadas a marcar la vida de Venezuela. Queda como capítulo final de la serie de textos que hemos escrito sobre las conmociones fundamentales que nos han involucrado, pero, en especial, como reto pendiente.

 

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