Elías Pino Iturrieta, autor en Runrun

Elias Pino Iturrieta

#DiezPensadoresIneludibles | ¿Venezuela ha tenido pensadores de importancia?, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

¿Venezuela ha tenido pensadores de importancia? Parece una pregunta absurda, pero tiene sentido. Si las personas de la actualidad, especialmente los jóvenes, apenas han vivido la experiencia del chavismo, pueden sentir que no ha sido distinto en el pasado.

Una sociedad como la nuestra, dominada por sujetos divorciados de entendimientos de la vida que provengan de estudios humanísticos y científicos, hechos con la debida seriedad y con el requisito necesario de la pausa, puede suponer que todo está en orden; o que, por añadidura, no vale la pena detenerse a averiguar sobre la existencia de un conjunto de personas del pasado dedicadas al oficio de pensar. Y a poner el pensamiento en la solución de los problemas de su sociedad.

¿No pueden imaginar que es habitual la oscuridad que les rodea, la penumbra o la medianía que descienden del régimen para envolver el paisaje? Pueden suponer que esos pensadores jamás existieron o, asunto peligroso, que son como los locutores del chavismo.

Viendo a gentes como Nicolás Maduro y como muchos de los miembros de su equipo, a quienes difícilmente puede relacionarse con la lectura, o con la escritura, mucho menos con el trabajo de anotar dudas y copiar referencias en las bibliotecas que les ayuden en el entendimiento del pueblo que pretenden gobernar, no se plantea aquí un asunto irrelevante. Más todavía si recordamos a su antecedente y guía, el teniente coronel Hugo Chávez, producto de un batiburrillo de estereotipos y del atropello de algunas bibliografías que hicieron pensar que realmente tenía ideas en la cabeza; que había llegado a una reflexión capaz de orientar la vida de la república hacia metas de interés.

Como la pluma se le resistió, como es probable que jamás pudiera hilvanar una docena de cuartillas coherentes sobre lo que entendía de la sociedad y de su futuro, cambió la propuesta de lo que supuestamente barruntó en horas de soledad, como las de los filósofos, por una borrachera de palabras que los destinatarios pudieron o pueden confundir con pensamiento.

De lo cual se desprende que mucha gente pueda jurar que Chávez pensó de veras sobre Venezuela, o sobre cualquier otro tema de interés general, y que un equipo de sus herederos bajo la guía de Nicolás Maduro ha continuado el trabajo. Por lo menos algunos de sus representantes de la alta burocracia y de la educación “revolucionaria”, debido a que han fundado cátedras de altos estudios del pensamiento del comandante Chávez, y tribunas del mismo género que producen, no solo el desafío de suponer que tuvieron ellos alguna relación con el pensamiento propiamente dicho, sino también la posibilidad de imaginar que hubo en el pasado gente parecida a ellos, dedicada a las faenas del pensamiento.

La influencia de este encumbramiento, de esta deplorable confusión, no se debe desdeñar: tiene veinte años de presencia en las alturas del poder, susceptibles de conducir a la pregunta del principio. Debido al peso de dos décadas y a lo que han propuesto sobre la sociedad sus corifeos estelares, es probable que la mayoría asegure que jamás se ha pensado con seriedad en Venezuela; o que quizá existió una remota empresa de gentes parecidas a los marcianos que tuvieron la ocurrencia de ponerse a pensar con seriedad sobre el rumbo de la colectividad. O que la mayoría cumplió el cometido de la reflexión según lo hizo Chávez y lo hacen sus acólitos. Pero no es así, por fortuna.

Desde su fundación como república, o tal vez desde las últimas décadas del período colonial, la sociedad ha contado con el servicio de un lúcido conjunto de pensadores que han reflexionado con solvencia, y en no pocos casos con profundidad, sobre los temas cruciales de su tiempo y sobre los retos del futuro.

Muchos dejaron huella entre los miembros de su generación e influyeron en lo adelante; otros carecieron de influencia en su presente y la posteridad tuvo la misión de descubrirlos. Pero forman parte de un empeño de iluminación al cual debe acudirse, no solo para poner a los fantoches del chavismo en su lugar, sino especialmente para mirarnos hoy en la hondura de su espejo. Gracias a su aporte, Venezuela fue una república hecha y derecha, como quizá pueda ser otra vez  en los días venideros.

Serán el objeto de una serie de artículos que iniciaremos a partir de la próxima semana en Runrunes, en los cuales describiremos la obra de los que consideramos como fundamentales. Debido a que no se trata de hacer una enciclopedia, Diez pensadores ineludibles será el título del conjunto de los escritos.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

#LasReconstrucciones | Del gomecismo a la democracia popular, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

Como se vio en anterior oportunidad, la dictadura de Gómez dejó un país atrasado y cautivo que carecía de las herramientas para afrontar los desafíos del futuro. Serias carencias de alimentación, educación pública y salubridad, no permitían pensar en soluciones cercanas. El hábito de un terror impuesto durante veintisiete años conspiraba contra las aspiraciones de un pueblo amansado por las torturas y las cárceles.

El panorama parecía lleno de escollos por el continuismo de los representantes del régimen en el control del gobierno. Pero Venezuela sale de su atolladero, hasta abrir los caminos de una democracia popular sobre la cual solo pensaban unos cuantos chiflados cuando muere el tirano omnipotente. Describiremos a continuación los rasgos esenciales de ese tránsito capaz de producir, en apenas una década,  una importante mudanza de la sociedad.

En la renovación irremediable de los protagonistas de la vida se puede encontrar la causa principal de la mudanza. Los presos que salen de cárceles duras y prolongadas, la mayoría combatientes viejos sin relaciones con la política del momento, reaparecen para tratar de encontrar ubicación en un ambiente al que se deben enfrentar como primerizos.

Los exiliados de 1928 y 1929, estudiantes que regresan transformados en hombres maduros, en hechuras de experiencias radicales en los terrenos profesional y político, no se van a conformar con lo que encuentran. La gente que ha permanecido en su lugar, pero que puede aguzar la vista y la nariz desentrenadas, siente que esa reaparición de guerreros que parecen fantasmales y esa parvada de retornados con aires cosmopolitas, son una caja de sorpresas de la cual conviene estar cerca.

Historiadores como Picón Salas, Velásquez y Caballero han dejado páginas imprescindibles sobre la atmósfera de contrastes que entonces se establece debido a una heterogénea reunión de individuos a quienes mueve la necesidad del cambio, sin que se pueda afirmar que ya tienen planes acabados e ideas firmes sobre lo que sucederá.

Los herederos del gomecismo también dejan de ser los de antes. Como el patrón ha muerto, tienen la oportunidad de moverse con cierta autonomía. Sienten que los hombres que deben gobernar son o quieren ser distintos. Y no tienen más remedio que acoplarse a sus necesidades sin pasarse de la raya, sin ser los entusiastas de la renovación, pero estrenándose en un pugilato que no puede depender de la crueldad en la cual se formaron.

El presidente López Contreras sabe que su ascenso fue el producto de una victoria frente a lo más áspero del gomecismo; y que su permanencia depende no solo de un alejamiento perentorio de la cuna, sino también de utilizar a los viejos y a los nuevos venezolanos que rondan en su vecindad. Si dudaba sobre la imposición de lidiar en plaza nueva, una masiva movilización de estudiantes que conmueve a Caracas el 14 de febrero de 1936, acompañada por gente común que se incorpora entusiasmada, lo obliga a dialogar con dirigentes desconocidos hasta entonces y a buscar las maneras de abrir el compás.

Así comienza un sendero de reformas que profundizará el segundo y último mandatario del posgomecismo, Isaías Medina Angarita, para que después se establezca un trienio de democracia popular al cual debe considerarse como prólogo del régimen estable de libertades que permanece, a partir de 1958, hasta el advenimiento del chavismo.

Sin la represión de antes, o suavizada por un clima obligado a la tolerancia, desde 1936 comienza la creación de partidos pequeños y la actividad de sindicatos que reclaman los derechos de sus afiliados. Pese a que algunos de los partidos son declarados ilegales y se ordena la expulsión de un grupo de sus líderes, continúa una actividad subterránea que accede a la superficie cuando encuentra ocasión.

La Federación de Estudiantes de Venezuela se convierte en imán para la convocatoria de aglomeraciones y para la edición de manifiestos a los cuales sobran destinatarios. Ya en 1937 se lleva a cabo una plenaria nacional de los comunistas, sin que la sangre llegue al río. En las elecciones municipales de 1940, manipuladas por el gobierno, los adversarios pueden hacer propaganda y efectuar asambleas públicas. Dos periódicos que animan la apertura democrática y van a contar con creciente lectoría –Últimas Noticias, en 1941; y El Nacional, en 1943- son pioneros de un asombroso desvelamiento de la realidad.

El partido Acción Democrática es legalizado en 1941; y el PCV cuatro años más tarde. En 1945, la ley permite que las mujeres puedan ser electoras y candidatas en los procesos municipales. Es evidente la mudanza del panorama político, hasta el extremo de que los detentadores del poder deben permitir la entrada de algunos opositores en los cuerpos deliberantes y considerarlos como parte de acuerdos cuando sea menester.

Si se recuerda el hermetismo que reina hasta finales de 1935, está en marcha una prometedora transición. Que formen parte de ella dos mandatarios provenientes de la élite gomecista, tal vez porque no les quedaba otra salida, no es detalle trivial.

Sucede entonces una modernización de las herramientas de gobierno y una atención más solícita de los problemas sociales, que preparan la ruta para los cambios de la posteridad. Una burocracia más eficaz y la idea de modernizar las oficinas públicas y las regulaciones susceptibles de atender a una sociedad inconforme, son el prefacio del dinamismo que se hará patente después. No se ofrecerá ahora una lista cabal de las realizaciones del área, sino solo una referencia capaz de enterarnos de cómo el posgomecismo se distancia del entendimiento que la dictadura tenía de la sociedad.

Ejecutorias como: el inicio de una campaña antipalúdica, la promulgación de la Ley del Trabajo y la fundación del Instituto Pedagógico Nacional, en 1936; programas para el aumento de la escolaridad, en 1937; promulgación de la Ley de Hidrocarburos, creación de la Contraloría General de la República e inauguración del edificio del Museo de Bellas Artes, en 1938; aprobación de la Ley del Seguro Social Obligatorio, en 1939; aprobación de la Ley del Impuesto sobre la Renta, en 1942; promulgación de una nueva Ley de Hidrocarburos e inicio de la construcción de la Ciudad Universitaria de Caracas, en 1943; aprobación de la Ley Agraria, en 1945…

Con la ayuda de los profesionales que han regresado después de la muerte del dictador, abierta la ventana para aires que estaban vedados, pendiente de muchas ideas de la oposición, la cúpula no solo acompaña, sino que también promueve, conductas susceptibles de avanzar hacia la colectividad hospitalaria que ni siquiera la riqueza de la renta petrolera había sugerido.

Sin embargo, y a pesar de los avances, en los cenáculos de las administraciones posgomecistas permanece la idea de la incapacidad del pueblo, o de la necesidad de tutelarlo hasta cuando madure. La movilización de los opositores por el voto universal directo y secreto para la elección de los poderes públicos, activa durante el último lustro, choca con la muralla de los notables del gobierno que se asumen como pedagogos de unos hombrecitos todavía ineptos, y como dueños de la licencia que les permitirá después la determinación de su destino.

Luego del fracaso de un acuerdo que dejaba la solución del asunto para el futuro cercano, un golpe militar ocurrido en 1945 inicia un breve lapso de democracia en el cual se profundizan las bases para una mutación de mayor profundidad, antecedente de la república de nuestros días.

Se llega a la meta después de una década de trasformaciones que parecen pausadas, precavidas en exceso, pero gracias a las cuales la sociedad se desembaraza de la tiranía más oscura de su historia sin acudir a la violencia.

 

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#LasReconstrucciones | De la Guerra Federal a la modernidad guzmancista, por Elías Pino Iturrieta

El Palacio Federal Legislativo es uno de los legados de la modernidad guzmancista. Litografía de Enrique Naun, 1877-1878. 

@eliaspino

En anterior artículo se mostraron las evidencias del caos provocado por la Guerra Federal y por el gobierno del Mariscal Falcón, testimonios de una destrucción que parecía irremediable. Entuertos terribles, como se trató de mostrar, pero cesaron para dar paso a un proceso de reconstrucción que no ha tenido buena prensa; pero que no solo permitió la sobrevivencia de la sociedad, sino también la posibilidad de pensar en que las cosas irían mejor cuando terminara el siglo.

Sin que se pueda hablar de una trasformación capaz de dar un vuelco radical de la arbitrariedad a la equidad, de la opresión a la democracia o de los enfrentamientos civiles a una concordia duradera, entre 1870 y 1899 los dirigentes dan pasos significativos para el ordenamiento de la vida mediante el perfeccionamiento de mecanismos que lo permitieran.

Como no se puede pedir al pasado lo que no puede dar, los aportes que ahora se describirán deben medirse con una vara capaz de calcular los escollos impuestos por el tiempo no pocas veces desolado que entonces transcurre, sin la imposición de los prejuicios de quienes los observan desde el futuro.

Dicho lo cual, se deben destacar los esfuerzos de regulación de la convivencia que detienen el salto de mata que había imperado en las décadas anteriores. Hay gobierno. Por fin se pueden hacer planes y se llevan a cabo, se propone un modelo de república cuya estabilidad prevalece frente a convulsiones posibles de contener.

Durante el Septenio (1870-1876), el Quinquenio (1879-1884) y la Aclamación Nacional (1886-1887), períodos presididos por Antonio Guzmán Blanco, un vigoroso personalismo puede disminuir los intereses de los caudillos federales y ofrecer un modelo susceptible de implantación nacional. Entonces se concretan iniciativas fundamentales para el apuntalamiento de la vida que se anhelaba desde la creación del Estado nacional, procesos de homogeneidad que van dando forma a una sociedad pendiente de unos valores y de unas regulaciones a los cuales faltaba asentamiento.

Realizaciones esenciales del guzmancismo hacen que se sientan como realidades a las cuales conviene acostumbrarse:

1. La educación pública gratuita y obligatoria;

2. la difusión de los principios constitucionales y del pensamiento liberal a través de manuales de rudimentos;

3. el afianzamiento del estado laico;

4. la creación del culto a los héroes y de un sentimiento patriótico relacionado con los fastos de la Independencia;

5. la modernización de la prensa y de los medios propagandísticos;

6. el control más eficaz de la burocracia;

7. la introducción de métodos estadísticos para el conocimiento de la realidad;

8. la dominación más asertiva del territorio a través de la construcción de unas primeras carreteras y de tramos ferroviarios;

9. vínculos cada vez más frecuentes y veloces con Europa y Estados Unidos.

Son hechos a los cuales se busca cauce a través de la creación de una moneda nacional y con la redacción de los códigos Civil, Penal, de Comercio, de Hacienda y Militar, que dan golpes  a la dispersión del pasado reciente y trasmiten la sensación de que el país marcha hacia un porvenir halagüeño.

Sin alcanzar el éxito de las realizaciones de Guzmán, durante las administraciones de los presidentes Linares Alcántara, Crespo, Rojas Paúl y Andueza Palacio se mantiene la orientación, para que predomine un entendimiento uniforme de los negocios públicos según lo que se considera como progreso en la segunda mitad del siglo XIX, que decae y en ocasiones llega a sumideros profundos, pero que no deja de estar presente.

La interferencia del caudillismo, negado a aceptar las presiones del centralismo presidencial, el rigor de las leyes y los refinamientos del trato social; el personalismo hiperbólico cuando Guzmán está al frente y la ubicuidad de la corrupción administrativa no permiten hablar de una época dorada, sino de un panorama de contrastes cargado hacia la opacidad. Pero -y esto no deja de ser una hazaña en medio de la pobreza del erario y de las carestías de la cotidianidad, especialmente entre las clases humildes- la nave del Estado no zozobra.

Entre otras cosas por el establecimiento de casas comerciales, nacionales y extranjeras, que prestan dinero al sector público para que los negocios prosperen. Y que llegan a estrenarse en una actividad bancaria que no existía y a organizarse en una Cámara representativa de la influencia desarrollada  en sectores resistidos a doblegarse ante la anarquía. Balbuceos, se pudiera afirmar si se quiere exagerar, pero no esfuerzos baldíos.

Una enciclopedia pionera de hechura doméstica, el Primer libro venezolano de literatura, ciencias y bellas artes, publicado en 1895, se regodea en las obras de la época y las anuncia como preludio de un avance que aguarda con esperanza la llegada del siglo XX.

Se detiene en los volúmenes de historiadores como José Félix Blanco, Ramón Azpurúa, Feliciano Montenegro, Felipe Larrazábal, Arístides Rojas y Lisandro Alvarado. Pondera la producción de poetas como Abigail Lozano, Francisco Guaicaipuro Pardo, Vicente Coronado y Juan Antonio Pérez Bonalde. Llama la atención sobre la profundidad del pensamiento de Tomas Lander, Antonio Leocadio Guzmán, José María de Rojas e Ildefonso Riera Aguinagalde. En materia de codificación y legislación recomienda los trabajos de Diego Bautista Urbaneja, Nicomedes Zuloaga y Manuel Cadenas Delgado.

No ahorra elogios sobre las hazañas de médicos como José de la Cruz Limardo, Guillermo Michelena y Manuel María Ponte. Destaca las obras de naturalistas de la talla de Alejandro Ibarra, Rafael Villavicencio y Vicente Marcano; y de matemáticos como Olegario Meneses, Lino Revenga, Jesús Muñoz Tébar y Agustín Aveledo. En la parcela de la pintura llama la atención sobre los imprescindibles lienzos de Martín Tovar y Tovar, Arturo Michelena, Cristóbal Rojas, Antonio Herrera Toro y Emilio Mauri. Por último, propone una nómina de músicos brillantes entre los cuales sobresalen Federico Villena, Salvador Llamozas, Ramón Delgado Palacio, Gustavo Vollmer y Teresa Carreño.

Un elenco tan importante, aunque seguramente desconocido hoy en la mayoría de los casos, habla de fábrica, de interés por el bien común, de horas aprovechadas. Por desdicha, desde las ínfulas y las pretensiones de la actualidad no se advierten los aportes de su época, sino solo la oscuridad que le atribuyen.

 

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#LasReconstrucciones | De la guerra de Independencia a la república liberal, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

Parecía que la  esperanza no tenía abono después de las guerras de Independencia -ya vimos en artículo anterior los testimonios de la devastación que produjo-, pero la sociedad encuentra el camino de la reconstrucción y llega a situaciones de convivencia que no parecían posibles, a estadios de republicanismo que apenas figuraban en la cabeza de unos ilusos sin los pies en la tierra.

A partir de la batalla de Carabobo, ya sin fuerzas realistas capaces de provocar peligro, se siembran las raíces de un renacimiento que convierte a la sociedad en un paradigma de modernidad. Venezuela pasa entonces de las matanzas a la armonía, de los odios provenientes de los campos de batalla a los diálogos de la concertación, de la languidez de ideas a una proliferación del pensamiento gracias a los cuales se logra una vida prometedora.

El proceso arranca formalmente en 1830, cuando los políticos, los militares y los dueños de bienes materiales liquidan la unión colombiana para levantar un país más comprensible y llevadero.

Pero la corriente se mueve desde el lustro anterior, cuando los propietarios sufren en carne propia las consecuencias de la escabechina y tratan de buscar una salida. Una salida trabajosa porque significa romper con las ejecutorias anteriores, célebres y celebradas. La ruptura obliga a repensar la estructura de la república para hacerla viable, ya que la vastedad geográfica en la cual se vivía y los intereses contradictorios que juntaba impedían salidas accesibles para los problemas venezolanos. También conduce a distanciarse del proyecto de Bolívar para manejarse en cauce hospitalario, empresa gigantesca debido a la fama y a la influencia del prócer.

Estamos ante una hazaña fundacional, debido a que conduce a una modificación territorial y política capaz de cambiar las reglas del juego en procura de una convivencia susceptible de satisfacer a una sociedad escarmentada e inconforme.

Una metamorfosis de esta magnitud solo puede ser lograda por una generación madura y brillante, que ha aprendido la lección del pasado inmediato y tiene las herramientas para levantar un edificio a la altura de las circunstancias.

Como la metamorfosis sucede, estamos en capacidad de anunciar, después de la ruina y la sangre de la víspera, el advenimiento de un conjunto de lúcidos creadores que merecen el crédito que el futuro les ha negado.

A partir del movimiento denominado La Cosiata, se llega a acuerdos entre los capitanes de tropas establecidos en el contorno con los propietarios quebrados y los exiliados recién retornados, para la creación de un sistema liberal de administración alejado de la remota Bogotá, de las interferencias del vicepresidente Santander y de la dictadura del Libertador, quien ha creado a Bolivia con presidencia vitalicia y piensa traer el modelo autoritario a Colombia.

Conviene resaltar el hecho de que son piezas esenciales del acuerdo figuras como Páez y Mariño, cargados de laureles y jefes de tropas capaces de infundir pavor, quienes consienten en la atención de las necesidades de los hacendados y los comerciantes empobrecidos, de las ideas de los intelectuales que buscan nuevos horizontes y de  un puñado de muchachos recién llegados del extranjero.

Abundan los forcejeos, pero se impone la necesidad de la sobrevivencia y la obligación de convenir el bien de la cúpula con apertura de criterios. Aunque parezca exagerado, se piensa y actúa por primera vez en función de los aprietos nacionales y en cómo aliviarlos, es decir, en los entuertos venezolanos que apenas se habían analizado a la carrera. Antes predominaron las teorías ilustradas y las doctrinas extranjeras, los modelos de Europa y los Estados Unidos que se debían imitar; pero ahora, aunque no dejen de estar presentes los antiguos moldes, las circunstancias imponen su dominio y no queda más remedio que atenderlas. De lo contrario, a todos se les va la posibilidad de controlar el poder político.

Toma cuerpo así una administración de orientación capitalista, gracias a la cual se llega a situaciones de progreso material, de deliberación de las elites y probidad en el manejo de los recursos públicos, que se establece formalmente desde 1830 para sostenerse hasta 1849, cuando el autoritarismo de José Tadeo Monagas la derrumba.

El parlamento funciona sin trabas, la prensa llega a un florecimiento sin precedentes, la judicatura se maneja sin obstrucciones, el estado laico da sus primeros pasos, hay libertad de cultos.

Se cumplen las obligaciones de la deuda externa, el trabajo de pensadores profundos que no habían existido como conjunto en el pasado marca diferencias con las luminarias aisladas de antes; libre del mecate  de la ortodoxia, florece una competencia de cuño liberal que cambia las costumbres y los principios morales de origen colonial, no sin oposición, no sin escándalo, pero capaz de iniciar una trayectoria que no dejará de mirarse después en su espejo, aunque no lo confiese.

Hasta se llega entonces al atrevimiento de elegir a un presidente civil que no dura mucho tiempo y a dominar la primera militarada del proceso republicano. Hitos a través de los cuales se puede calcular la trascendencia del cambio que ha podido lograr una concertación de  militares y civiles venezolanos después de veinte años de destrucción masiva.

El proyecto no alcanza a dos décadas porque debe luchar con muchos capitanes que lo rechazan, amparados en sus huestes, o con la ascendencia todavía cercana de la Colonia que la Independencia no pudo borrar, o con la exasperación producida por las maneras capitalistas de producir riqueza sin las cadenas del pasado.

Los vaivenes de la economía provocan la escisión de la cúpula en dos partidos que llegan a enfrentamientos de importancia a partir de 1840, y un inicio de revueltas populares que favorecen la imposición del autoritarismo. Pero se ha hecho un trabajo trascendental de reconstrucción material y de variación de la mentalidad colectiva. Así como de introducción de novedades que generalmente no se han apreciado a cabalidad pese a que señalan el rumbo hacia el cual se orienta después Venezuela cuando trata de aferrarse a los principios del republicanismo contra las dictaduras y las corruptelas.

A la primera catástrofe siguió el primer proyecto de atención del bien común llamado a perdurar.

El empeño en mirar solamente las glorias de las batallas triunfales contra el imperio español, y en considerar a Bolívar como tótem intocable, ha impedido que lo miremos con ojos apacibles.

 

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De las crisis a las reconstrucciones, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

Se ha tratado en la anterior serie de artículos de llamar la atención sobre las crisis que ha experimentado la sociedad venezolana. Como sentimos que solo existe la conmoción de la actualidad, que es la que de veras nos pesa y a la cual consideramos como fundamental por razones obvias, porque es la que nos ha tocado, se quiso llamar la atención sobre los fenómenos de destrucción y dolor que han retado a la colectividad desde su nacimiento como república.

Así apreciaríamos de manera distinta las penas que nos agobian, pensamos, debido a que seríamos capaces de relacionarlas con vivencias anteriores que nos permitirían juicios más equilibrados. De allí los escritos consecutivos sobre la Independencia, la Guerra Federal, el Gomecismo y el Chavismo, que circularon hasta la semana pasada. Pero tal serie puede llevar a un juicio unilateral.

Puede provocar la sensación de que todo ha sido terrible en el pasado y en nuestros días. Que hemos ido de mal en peor desde los primeros pasos que dimos en el sendero de la república en el cual todavía nos movemos, y que no parece dispuesto a ofrecernos una tregua.

Nadie puede dudar de la existencia de las crisis anteriores, porque se concretaron y llevaron a nuestros antepasados, como nos ha llevado la actual a nosotros, a un teatro de calamidades. Pero salimos de ellas, en muchos casos con notable éxito.

La lección de las crisis consiste en que deben llamar la atención sobre el hecho de que no fueron permanentes, sino etapas que tuvieron fin para permitir la entrada de situaciones diversas y auspiciosas.

Pero, ¿por qué terminaron esas crisis que se pintan con los colores más oscuros, con tonos fúnebres? No fue por obra del milagro, o por el auxilio de factores procedentes del exterior, ni por los caprichos del azar, sino por la voluntad de sobrevivencia y superación de los venezolanos de tres épocas fundamentales.

De la cuarta, la del Chavismo, no se puede decir lo mismo porque no ha tenido conclusión, aunque la deseemos con vehemencia, pero las otras ofrecen lecciones de optimismo y sabiduría que no se pueden echar en saco roto.

Del baño de sangre de la Independencia se pasó a la arquitectura de una república liberal que fue modelo de equidad y circunspección durante casi tres décadas. La depredación de la Guerra Federal condujo a un lapso de concertación que redujo los erizamientos y condujo a situaciones de progreso material y de armonía afectiva en las cuales nadie creía cuando se suscribieron los tratados de paz. La sociedad se fue alejando paulatinamente del horror del Gomecismo, mediante una transición que condujo a las primeras manifestaciones realmente democráticas de nuestra historia, y a una cohabitación respetuosa o civilizada.

Ninguna de tales crisis detuvo el movimiento de la historia, ninguna condujo a la decisión de apagar la luz y cerrar para siempre la casa, ninguna impidió que los venezolanos de cada tiempo levantaran cabeza, sino todo lo contrario.

De allí la necesidad de llamar la atención sobre los esfuerzos de fábrica que siguieron a los capítulos de devastación, que trataremos de realizar en próximos textos.

Cada época produce su salvación en fecha oportuna. En cada conjunto de protagonistas circunscritos a una época determinada, en este caso a la crisis de esa época, tienen asiento la idea de la reforma y el anhelo de tiempos mejores. Los que se han dedicado a la matanza deben dejar que la gente viva, los responsables de las tinieblas se rinden ante la luz y los ocupados en la destrucción deben parar para que se levanten flamantes edificios. Quizá no porque quedaran satisfechos con sus actos, sino debido a que sus semejantes, los que también están en ese allí y en ese ahora, les aconsejan un cambio de conducta, o los obligan a llevarlo a cabo. O simplemente por debilidad, por agotamiento, porque les llegó la hora.

Los hombres no esperan a la descendencia para que les remiende la vida, sino que buscan la aguja y el dedal para que sus hijos la encuentren mejorada, más hospitalaria o habitable cuando ellos abandonen el centro de la escena. Veremos lo que parece esencial de esas reconstrucciones en los textos de las semanas venideras. Ojalá nos aleccionen sobre cómo salir de la penuria actual.

 

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La crisis del chavismo, por Elías Pino Iturrieta

Fragmento de la obra Erosión (1975), de César Rengifo (1915 – 1980). 

@eliaspino

La crisis del chavismo no se puede examinar como lo hicimos aquí con las crisis anteriores de Venezuela. Aquellas tuvieron inicio y culminación, mientras la de la actualidad no ha terminado, ni se sabe cuándo terminará. De aquellas se pueden manejar datos definitivos, susceptibles de conducir a análisis convincentes, pero la conmoción de nuestros días está sujeta a la dinámica de los sucesos que se presentan en cascada y sobre los cuales no se pueden ofrecer corolarios estables.

Si tratamos con relativa propiedad los problemas de la Independencia, de la Guerra Federal y el Gomecismo porque podíamos manejar evidencias concretas sobre sus vicisitudes desaparecidas y superadas, no puede suceder lo mismo con la tragedia que padecemos hoy.

El estudio de las crisis antiguas cuenta con la distancia ofrecida por la evolución del almanaque, que aparta nuestras vivencias de las vivencias anteriores y facilita la elaboración de un argumento capaz de contar con una recepción confiada del lector. Pero no hay recorridos que nos separen de los hechos actuales, sobre cuya apreciación predomina necesariamente la guía de una subjetividad imposible de evitar.

Ya expresé tal subjetividad cuando afirmé que padecemos una tragedia, pero otros pueden sentir lo contrario; es decir, la experiencia de una época que no es necesariamente nefasta. Cada quien habla de la feria según le va en ella, dice el refrán popular, y en tal modo tiene cabida y sentido la diversidad de las opiniones sin que debamos quebrarnos la cabeza por su existencia. De allí la dificultad de ofrecer una versión objetiva de la crisis del chavismo, como tratamos de hacer en los cuatro artículos anteriores con los asuntos examinados.

Pero cabe la posibilidad de asomar unas generalidades, gracias a las cuales podamos consentir sin mayores trabas que la sociedad experimenta hoy una de sus hecatombes más pronunciadas.

El paso de la riqueza a la pobreza de la sociedad es una de ellas, sin que pueda quedar espacio para las cavilaciones. El deterioro del proceso de creación y distribución de los recursos materiales destaca en este sentido. Tal vez se pueda considerar que no pasamos del paraíso al averno porque ese edén no existía antes del advenimiento del chavismo, sino apenas su simulacro, pero es evidente la existencia de una declinación económica que ha conducido a penurias que no se sentían desde los tiempos del gomecismo.

El desacierto de las medidas para el fomento de las actividades productivas, pero también la pugna contra las que generaban provecho durante los últimos años de la democracia representativa, ha desembocado en un panorama de estrecheces del cual difícilmente tienen memoria los venezolanos de la actualidad, ni sus abuelos, y para cuyo conocimiento deben rebuscar en los libros de historia. No solo por el ataque a la empresa privada y por el desprecio de la vida confortable que pudo disfrutar la clase media, sino especialmente por la flagrante desidia en el manejo de la industria petrolera.

Debido al desquiciado maltrato de esa gallina de los huevos de oro que nos había arreglado la vida, el tránsito de una colectividad de mediano pasar a una sociedad muerta de hambre debe considerarse como uno de los corolarios de la administración chavista. Pero en términos dominantes e indiscutibles, que han producido migraciones masivas sin analogía con el resto de las sociedades latinoamericanas en el siglo XX y en lo que llevamos del XXI.

Un pueblo sedentario, que vivía sin apremios dentro de sus confines, se ha convertido en protagonista de un nomadismo inédito que no solo ha transformado unos hábitos seculares, sino también afectos entrañables. ¿No basta esta referencia para calcular la profundidad del agujero que han cavado los gobernantes en dos décadas de gobierno, y para que se logre apoyo abrumador en la condena de su presencia y de su permanencia?

Al deterioro de la economía se une el descalabro de la burocracia según se conocía antes, capaz de atender a medias las necesidades de la población. Destruida la anterior, o reemplazada por empleados gélidos e incompetentes, ha provocado perjuicios generalizados en servicios públicos como los sanitarios o los de que deben ocuparse de los requerimientos de la vida cotidiana, hasta extremos que facilitan las comparaciones con los descuidos característicos del siglo XIX.

El derrumbe de la economía del país de los hidrocarburos ha desembocado en el divorcio con cierta tradición de eficiencia que predominaba en las oficinas públicas, susceptible de dar curso a unos hábitos relativamente llevaderos que contenían las protestas ciudadanas.

Debe recordarse que ninguna calamidad natural ha abatido al país, ni tampoco el fuelle de las grandes protestas cívicas, sino solo en lapsos intermitentes, para calcular la estatura del retroceso venezolano desde el ascenso del comandante Chávez y de sus continuadores.

Un retroceso sobre cuyas causas existen razones para hurgar en la parcela de las relaciones económicas, desde luego, pero también en los propósitos antirrepublicanos que han orientado la conducta del régimen.

El objetivo primordial del régimen chavista ha sido la destrucción de la república, según la concebía la sociedad desde las primeras décadas del siglo XIX, antes de las guerras de Independencia. Si consideramos que valores fundamentales de nuestra sociabilidad, como la libertad y la democracia, la deliberación y la expresión de ideas dependen del sistema de frenos y contrapesos creado por los diferentes ensayos republicanos a través del tiempo, y exitosos en épocas de convivencia constructiva, la ruptura del modelo propuesto por Chávez y plasmado en la Constitución “bolivariana”, pero también en una manera diversa de comprender la historia y de juzgar a sus protagonistas, significa un salto hacia el vacío que conduce al predominio de la arbitrariedad en el ejercicio del poder hasta llegar a estadios de crueldad, y al desarrollo de la corrupción hasta escalas jamás conocidas.

Avasallado el modelo de convivencia creado por los padres conscriptos de 1811, perfeccionado por los fundadores de 1830 y hecho producto de actualidad por los renovadores de 1945 y 1958, la nueva horma de la bota da cabida a los vicios que solo puede contener el republicanismo sentido como fundamento de la vida y como meta de los negocios públicos. Falta y desafío primordiales, que no han sido advertidos por los políticos que se oponen al régimen, representan la esencia de una dominación capaz de llegar a niveles de destrucción sobre los cuales es imposible un pronóstico alentador.

Proceso sin postrimerías a la vista, caldero en el que todos nos revolvemos, no existe la posibilidad de suscribir ahora el acta de su desaparición, ni de medir cabalmente sus corolarios, pero solo la negligencia dejaría de incluirlo en la casilla de las crisis llamadas a marcar la vida de Venezuela. Queda como capítulo final de la serie de textos que hemos escrito sobre las conmociones fundamentales que nos han involucrado, pero, en especial, como reto pendiente.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La crisis del gomecismo, por Elías Pino Iturrieta

“Los pavores públicos y notorios del gomecismo no solo se limitan a los confines de su época…”. Levitando (1988), obra de Pedro León Zapata. Mixta sobre tela 180 x 161 cm. MBA. (*) 

@eliaspino

“Todo está por hacerse”, afirma el general Eleazar López Contreras en enero de 1936. Hombre de confianza de la dictadura que termina con la muerte de su detentador y sustituto escogido por la cúpula para el ejercicio de la primera magistratura, no va a decir tonterías en un momento tan comprometido.

Después de veintisiete años de régimen férreo, en cuyo lapso recibe la sociedad los beneficios de la renta petrolera y siente el nacimiento de un proceso de modernización que la aleja de las modestias del siglo XIX, parece exagerado que el flamante mandatario se estrene con una frase lapidaria a través de la cual sugiere el inicio de una fábrica que arranque desde las bases.

Sus palabras permiten el acercamiento a una cadena de padecimientos gracias a los cuales se puede asegurar cómo, bajo la coyunda de Juan Vicente Gómez, Venezuela experimenta una de las crisis más profundas de su historia.

La situación no se advierte si nos detenemos en la calma chicha que entonces predomina y en la desaparición de las guerras del pasado reciente, o en el engañoso barniz de la realidad. Pero de las estadísticas brotan evidencias que golpean la cara.

Si nos detenemos en los dígitos sobre actividades que pueden considerarse superfluas, pareciera que todo marchase viento en popa. En 1919 se gastan 185.000 bolívares en whisky, pero la cifra asciende hasta 965.000 en 1929. También en 1919, las llamadas bebidas alcohólicas finas atraen la atención de los consumidores hasta por la cifra de 4.117.000 bolívares, para que en 1928 la cantidad llegue hasta los 11.269.000. En el mismo lapso aumenta en términos desmesurados el gasto en artículos metálicos con baños de oro y plata, guantes de seda o piel, paraguas de algodón y medias de seda.

En 1927 se incrementa la compra de fonógrafos, pianolas e instrumentos musicales para escuchar o interpretar el jazz y el charleston. Más amenidad, pues, a vuelo de pájaro. El interés en gustos suntuarios aumenta por la atracción que provocan los automóviles procedentes de Estados Unidos, los discos de 78 revoluciones y el aroma de los cigarrillos rubios, cuya afición se multiplica debido a campañas de publicidad nunca vistas antes. Pero entonces las papas y la manteca de cerdo se traen de Alemania, de Siam el arroz y de España y Portugal el aceite de oliva, las sardinas y el atún. Ya observamos un contraste de la frivolidad con la esterilidad, que se vuelve más lacerante al detenerse en datos sobre las carencias que abruman a  las mayorías que no participan del festín.

Son entonces habituales las quejas de los hacendados por falta de mano de obra en las haciendas. Las compañías petroleras ofrecen a los campesinos 30 bolívares semanales por sus labores, incluyendo trabajos sabatinos, pero prefieren obreros procedentes del Caribe inglés y holandés familiarizados con la lengua de los gerentes. La explotación de los nacionales se refleja en las estadísticas vitales de 1928, que son conmovedoras.

Casi el 60 % de la población sufre enfermedades venéreas en los hacinamientos de la industria, sufridos en la mayoría de los casos por individuos procedentes de migraciones internas.

El consumo per cápita de carne es inferior a 35 gramos diarios. Más del 50 % del campesinado no consume carne, y el 90 % de sus integrantes no conoce el huevo en su dieta habitual. Venezuela se incorpora al cenáculo de los países ricos, se ha dicho, pero en medio de aberraciones extremas sobre cuyas distorsiones habla con elocuencia nuestro vistazo. Ya cuando López Contreras llega a Miraflores, una misión de la Unión Panamericana sugiere medidas de urgencia para evitar una  calamidad en el área de la alimentación y la salud de los pobres.

El panorama de la educación es de alarmantes carencias. Del ingreso petrolero, que ha llevado a un abultamiento sin precedentes del erario, apenas se dedica el 6.4 % del presupuesto para instrucción pública. Un país que en 1935 tiene 3.360.00 habitantes, solo cuenta con 60 maestros titulares. Apenas funcionan 3 liceos y 15 colegios en la vastedad del mapa, con un poco más de 1000 alumnos. Hay dos universidades casi despobladas, debido a que la matrícula general, en el mejor de los casos, solamente llega a los 1532 estudiantes regulares. Si se agrega el hecho de que no existen escuelas rurales, advertimos la extensión sin confines de una parcela a la cual nadie abona durante casi tres décadas.

La oscurana se oculta en la falaz cortina de las celebridades que ocupan el Ministerio de Educación, o las tribunas de la cultura, intelectuales cuyo prestigio llega a nuestros días pese a su complicidad con tantos abandonos. Son los predicadores del “cesarismo democrático, los plumarios del “hombre fuerte y bueno” que manda desde Maracay, los doctrinarios de las excelencias de una muchedumbre que ha adquirido la admirable conducta de obedecer, quienes también se hacen de la vista gorda ante las manifestaciones de crueldad que predominan en términos aplastantes.

Un comité de exiliados que funciona en México trata de llevar la cuenta de los asesinados y los torturados de la tiranía, pero son abrumados por su cantidad y por la monstruosidad de sus pormenores.

No es posible, por su ubicuidad y ostentación, meter en un solo archivo la atmósfera de horrores que envuelve a la sociedad. Se requieren bibliotecas enteras para la reunión de sus testimonios, y bibliografías sin tasa para dar cuenta de una de las épocas de mayor ferocidad que sufre la sociedad venezolana. Los he referido en artículo anterior de esta columna para insistir sobre el hábito del miedo que imponen en todos los rincones del mapa, capaces de prolongarse en la posteridad y de causar parálisis o indecisiones colectivas frente a las arbitrariedades de los gobiernos hasta nuestros días. Producen pavores públicos y notorios, que no solo se limitan a los confines de su época. De allí el sitio principal que debe ocupar el gomecismo, ese tiempo vergonzante y despiadado, en el estudio de las crisis venezolanas.

 

(*) Nota del editor: la imagen que preside este artículo fue intervenida para adaptarla a la página. En la esquina inferior derecha se muestra en sus dimensiones originales. 

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La crisis de la Guerra Federal, por Elías Pino Iturrieta

El caballo rojo (1974), de Pedro León Zapata. Óleo sobre tela, 70.5 x 85.5 cm. La imagen acompaña el artículo Los caballos de Zapata, publicado Letralia.

@eliaspino

En 1867, Ricardo Becerra, un pensador de la vanguardia liberal, lamenta las matanzas de la Guerra Federal. Después de observar los resultados catastróficos del gobierno del Mariscal Falcón, sugiere una especie de borrón y cuenta nueva para volver a los tiempos del centralismo establecido cuando se funda la república. Becerra dirige El Federalista, periódico célebre de la época, afecto a las corrientes triunfales y leído con fruición por los seguidores del oficialismo, pero descubre desde su atalaya un panorama oscuro que lo conmueve hasta el extremo de mostrar su arrepentimiento por haber figurado entre los animadores del conflicto.

Guzmán Blanco se ve obligado a contestarle, porque se trata de un vocero capaz de provocar reacciones impredecibles; y a su testimonio, difícil de subestimar, acudimos ahora para aproximarnos a la segunda tragedia de la historia de Venezuela, después de la guerra de Independencia

La Guerra Federal, que trascurre entre 1859 y 1863, lleva a la sociedad a una calamidad parecida a la que funda la república.

La trascendencia de la conmoción se resume en el número de hechos armados que se desarrollan entonces en todos los rincones del mapa, menos en los Andes.

La muralla de las cordilleras salva a una región que espera su entrada en la política nacional por la puerta grande, mientras el resto del territorio es presa de la desolación.

Entre batallas de importancia y escaramuzas, los historiadores cuentan 2000 encuentros que dejan un saldo de 200.000 cadáveres en un lapso de cinco años. Datos suficientes para calcular la estatura de los perjuicios que se ciernen sobre la colectividad, y que parecían de difícil retorno después de casi cuarenta años de convivencia relativamente atemperada.

En el terreno de la economía la situación se traduce en una agricultura en cenizas, que se había alejado del abismo después de la desmembración de Colombia, y en una parálisis del comercio parecida a la que predominó hasta el triunfo de Carabobo contra los realistas. El joven arcediano Antonio José de Sucre, sobrino del héroe de Ayacucho y a quien esperan horas tumultuosas frente a  los liberales, afirma en 1866 que la situación obligaba a comenzar la vida desde su principio, como si antes no hubiera existido nada constructivo.

El país había intentado un experimento de gobierno que congeniaba con los adelantos del siglo y con el establecimiento de costumbres burguesas; un ensayo de deliberación que se quería alejar de la violencia, una administración que al principio se distancia del escándalo y detiene la corrupción de los políticos, una tradición de pensamiento solvente sobre los problemas esenciales, pero la Guerra Federal echa las contribuciones al rincón.

Un conglomerado de soldados harapientos reclama ahora el puesto que le ha negado el proyecto liberal, pero lo hace en términos amenazantes.

Sus gritos de “muerte a los blancos” y de “muerte a los que saben leer y escribir”, salidos de las huestes de Ezequiel Zamora y repetidas por las partidas realengas que florecen a partir de 1862, auguran situaciones de enfrentamiento que apenas se habían abocetado. Ahora pretenden posiciones de vanguardia los representantes del pueblo “feberal” y los gritones de la “feberación”, para iniciar un proceso cargado de desafíos cada vez más riesgosos para el republicanismo que ha buscado establecimiento trabajosamente. En medio de la conflagración los conservadores se dividen mientras el viejo Páez cae en la tentación de la dictadura, para que una pieza fundamental de la balanza del poder se vuelva polvo.

Los godos encuentran reemplazo en los caudillos del pueblo “feberal”, líderes sin mayores luces pero sustentados en muchedumbres lugareñas y en la influencia del coraje físico, que desestabilizan la marcha de los asuntos públicos hasta la llegada del siglo XX, cuando sus desmanes y sus años los vuelven rivales endebles para el castrismo y el gomecismo salidos de unas montañas virginales.

Como añadidura, durante el gobierno del Mariscal Falcón, ya concluida la Guerra Federal, suceden más de un centenar de combates a través de los cuales la anarquía se ensaña con una comarca muerta de hambre. Un pronunciado dislocamiento conduce al retorno del octogenario José Tadeo Monagas a la casa gobierno.

La vuelta de un dictador despreciado y derrocado en la víspera inicia un lapso de rapiña y mediocridad, el “Gobierno Azul”, breve por fortuna, gracias a cuyo paso podemos entender la magnitud del sumidero a que llega entonces Venezuela.

Un hijo y un sobrino del anciano soldado se disputan el poder, sin más credenciales que sus familiares agallas y solo con la fuerza de una soldadesca grosera. Las calles de Caracas son tomadas por bandas de alborotadores, los llamados “lyncheros”, que siembran el pánico sin que nada les estorbe. Es tal la confusión, son tales la pobreza de la discusión política y la falta de luces, que la autonomía de las regiones planteada como causa de la conflagración termina en un ensayo de centralismo que no estaba en el programa, y que hace befa de las búsquedas del pasado reciente.

Si alguien piensa que en la actualidad pasamos por una crisis jamás experimentada, el  esbozo que ya termina puede quitarles la idea.

 

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