Elías Pino Iturrieta, autor en Runrun

Elias Pino Iturrieta

#CrónicasDeMilitares | Balance del militarismo, un asunto crucial para Venezuela (II), por Elías Pino Iturrieta
De los empeños de un ejército nacido en Venezuela brota un mapa de repúblicas que era una ensoñación hasta la fecha, una fábula sin fundamento

 

@eliaspino

Si cuesta afirmar que, como República, Venezuela es una hechura militar, como tratamos de plantear en el artículo anterior, puede ser más riesgosa la afirmación de que fueran los militares como contingente -el Ejército- la obra más importante de nuestra sociedad a través de la historia. Veremos ahora algo del crucial punto, sin dudar de que pueda crear ronchas en el ámbito de los entusiastas del civilismo.

La Independencia del país no solo fue una hazaña militar indiscutible, la más importante de los venezolanos desde el período colonial, sino también la creación de una maquinaria capaz de imponerse en el país y más allá de nuestras fronteras, como jamás sucedió en el resto de las repúblicas que vieron la luz en el siglo XIX hispanoamericano.

Estamos ante un suceso sobre el cual no se ha insistido lo suficiente, o sobre el cual pasamos sin hacer ruido, pese a su trascendencia. Veremos ahora algunos puntos al respecto.

El análisis de la circunstancia venezolana, muy cuesta arriba debido a la preponderancia del Ejercito Pacificador llegado de la península bajo el comando de Pablo Morillo, hace que Bolívar lleve la guerra hacia la Nueva Granada. La estrategia no solo condujo a triunfos fundamentales a partir de la batalla de Boyacá, sino también a la posibilidad de llevar a cabo campañas plausibles en el sur del continente. Pero lo plausible se convierte en hazaña inesperada, susceptible de rivalizar con las fuerzas independentistas de Argentina y Chile que dirigía San Martín, y de plantar banderas y predominios en el mítico territorio del Perú. Jamás la política local había llegado a semejante preponderancia, hasta el extremo de hacer posible un dominio que jamás había soñado un antiguo colono, un americano que se anuncia como árbitro de una hegemonía jamás imaginada.

Gracias a los movimientos del ejército venezolano que se fortalece y modifica en las campañas de los cercanos Andes, alimentado por las fuerzas reinosas después de enseñorearse en sus páramos, sucede una hazaña que cambia la orientación de la historia universal. Parece exagerado, pero no hay tal desmesura. De los empeños de un ejército nacido en Venezuela, pensado con énfasis por el Libertador y convertido en realidad tangible debido a los empeños de un soldado brillante como Sucre, brota un mapa de repúblicas que era una ensoñación hasta la fecha, una fábula sin fundamento. Y también un poderío que no había existido y que no solo podía imponer las líneas políticas a escala continental, sino también el derrotero de las potencias liberales de Europa y de los imperios en declinación.

La reflexión sobre la influencia del ejército en nuestra historia debe pasearse por estas cúspides, debe solazarse en estos copetes inaccesibles en la víspera, para entender la razón de que en el futuro inmediato la vida venezolana dependa necesariamente de los hombres de armas. No se trata de una imposición caprichosa, ni de una mala jugada de la historia, ni de la opacidad de los civiles, sino de la marcha natural de los acontecimientos. Solo el ejército puede determinar entonces el destino de la república, moldearlo de acuerdo con las necesidades de la oficialidad. Por ejemplo, puede y debe acabar con Colombia para que Venezuela sea lo que era en los principios de la contienda, nada menos.

#CrónicasDeMilitares | Balance del militarismo, un asunto crucial para Venezuela (I), por Elías Pino Iturrieta
Si llevamos meses tratando el tema militar aquí en Runrunes, no fue por llenar espacios. Se trata de un aspecto que ha sido tratado con ligereza y desdén

 

@eliaspino

Si llevamos meses en el tratamiento de tema militar, aquí en Runrunes, no fue por la necesidad de llenar espacios. Se trata de un punto esencial de nuestra historia, pero también de un aspecto que ha sido tratado con ligereza, especialmente con desdén, como si habitualmente produjera incomodidad.

Intentamos un tratamiento orientado por la ecuanimidad, o alejado de posiciones extremas, pero quizá convenga un remate como el que se intentará de seguidas.

No se exagera cuando se abunda en un asunto que en general no ha recibido tratamiento adecuado, y que no ha dejado de producir vergüenzas innecesarias, especialmente las que provienen de un civilismo supuestamente subestimado y vilipendiado.

El primer problema, falso problema, desde luego, depende de dilucidar el punto del origen de Venezuela como república independiente. Si fue un fenómeno fraguado en el calor de una guerra encarnizada, es evidente que lo militar ocupe el primer lugar en las explicaciones y, por supuesto, en la determinación de cómo los sucesos evolucionaron hasta llegar a la concusión prevista.

Los procesos iniciados en la primera década del siglo XIX, capitales en el plan de divorciarse del imperio español, tuvieron influencia del pensamiento moderno, o de otros pensamientos procedentes de la antigüedad colonial, pero hubieran quedado en nada sin el sustento de una fuerza militar que les concediera consistencia. No se trata de reducir la influencia de los letrados de la época, civiles y religiosos, sino de considerar las pocas posibilidades de éxito que podían tener las plumas, los discursos y la gran erudición, que los hubo, sin otros soportes capaces de mostrar no solo fortaleza, sino también resolución o intrepidez.

¿Hubieran llegado a buen puerto las reflexiones de un Roscio, o de un Palacio Fajardo, o de un López Méndez, y las intervenciones de los parlamentarios primerizos, si se hubieran limitado a aparecer en la naciente prensa que apenas leían unos pocos, o a sonar en los escaños del parlamento abarrotado de debutantes inexpertos? Desde luego que no. Había que hacer ejércitos de la nada para llevar a cabo un cometido riesgoso y con contadas probabilidades de triunfo.

Ese es el punto que ahora más interesa. Hacían falta los pensadores y los políticos que se estrenaban en los espacios públicos, desde luego, pero sin ofensas armadas no se llegaba a ninguna parte. De allí que, desde sus inicios, la república dependiera más de las bayonetas que de las reflexiones de los intelectuales, más del derramamiento de sangre que de las peroraciones cívicas de los hombres que vestían levita y lucían corbatín. No eran nada esas prendas, o no serían nada ante el uniforme militar. Por razones obvias.

De allí que necesariamente fuese un militar el eje de la situación. Han sobrado las intenciones de presentar a la figura estelar del proceso como un pensador moderno y como un hombre de lecturas y bibliotecas, pero se trata de un disfraz sin asidero en la realidad. Bolívar fue, esencialmente, un hombre de armas. El resto es adorno, en el más razonable de los casos. Solo estudió para soldado, en un breve lapso de su juventud, y se hizo grande en los campos de batalla. ¿Cuesta mucho detenerse en esa verdad del tamaño de una basílica? Si, cuesta mucho, porque las generaciones del futuro se empeñaron en presentarlo como un administrador civil y como un autor ilustrado, como una estatua de bronce rodeada de pergaminos. Tal vez como un remedo de Andrés Bello, o de alguien como el celebrado humanista de Caracas, pese a que jamás estuvo interesado en calzar esas botas alejadas del ejercicio pleno del poder y de lo que él llamaba gloria en sus discursos y en sus cartas. Su gloria no estaba en las bibliotecas, ni en la redacción de volúmenes enjundiosos, sino en ser, como fue, un mandatario poderoso y singular.

Estamos ante el primer punto que sobre la materia requiere aclaraciones contundentes. ¿Cuesta mucho afirmar que, como república, somos hechura de un militar? ¿Molestan tanto los militares, o molestarán en el futuro, hasta provocar rubores, como para ponerle ropa de prestado e ideas que jamás profesó a un pater que se ufanó de sus charreteras y de sus paseos triunfales por América, a la cabeza de una soldadesca? Conviene pensar en estas curiosas vergüenzas, antes de continuar con el primordial asunto.

#CrónicasDeMilitares | Juan Vicente Gómez y la fundación del ejército nacional, por Elías Pino Iturrieta

El dictador Juan Vicente Gómez (izq., Archivo Nacional), otras vistas del ejército gomecista (der. juanvicentegomezpresidenteblogspot).  

Cuando nace el ejército nacional tiene más de gomecismo que de patriotismo, más de control frío que de predominio institucional

 

@eliaspino

En el escrito de la pasada semana tratamos de mostrar los antecedentes de la creación del ejército nacional, asomados durante el mandato de Cipriano Castro (1899-1908).

Aprovechando la decadencia del caudillaje histórico y sus cualidades de conductor de tropas, el gallo montañés puede pensar sin prisas en un designio de disciplinas castrenses y esbozar los planos fundacionales de una estructura pedagógica que no existía, pero los desvíos de un cesarismo cada vez más orientado por el libertinaje y por los excesos del personalismo, aunque también por los aprietos del erario, hacen que se quede en el boceto. El primer capítulo, apenas asomado, continúa, ahora con éxito redondo, durante la dictadura de Juan Vicente Gómez (1908-1935).

Como en el caso de Castro, se trata de un proyecto nuevo y distinto. Ahora se abre un camino que la política no ha transitado hasta la fecha. Ninguna piedra se ha levantado de la arquitectura que en breve se extenderá por todos los rincones del mapa, ninguna de sus criaturas se ha enseñoreado en Venezuela. Es una tuerca que conviene remachar, debido a que se ha pregonado la idea de la existencia de una fuerza armada nacida en el siglo XX, cuyo origen se encuentra en la Independencia y cuyas glorias continúa para bien de la patria.

Lo que viene ahora tiene más de gomecismo que de patriotismo, más de praxis férrea que de retorno a las proezas libertarias, más de control frío que de predominio institucional.

Tal punto explica los desmanes posteriores, y derrumba el discurso que las actuales cabezas de una institución pretendidamente “bolivariana” desembuchan cuando encuentran ocasión. Se anuncian como herederos del Libertador, pero en realidad son hechuras gomecistas.

El plan gomecista de ejército se comienza a ejecutar cuando todavía el petróleo no ha llenado las arcas públicas, y obedece a la necesidad de apuntalar una centralización sin la cual se temía por la estabilidad del naciente régimen. De allí que los primeros pasos del asunto coincidan con la inauguración de un plan carretero cuyo propósito no es económico, sino esencialmente la facilidad de movilización de elementos favorables al gobierno en caso de necesidad.

El plan no pretende la comunicación de las comarcas para el tránsito adecuado de bienes materiales, aunque igualmente sirva para el cometido, sino acelerar el movimiento de fuerzas de control y choque frente a los levantiscos que puedan estorbar pese a que están cada vez más alicaídos. De allí que, a partir de 1912, se puedan transitar vías como la carretera del este de Caracas, la de Maracay hacia Ocumare de la Costa, la de Valencia hacia Villa de Cura y la de la capital hacia La Guaira. Siguen a la Reforma Militar, iniciada en 1909 con estudios sistemáticos y adecuada infraestructura.

La Academia Militar es el centro del designio, fundada el 5 de julio de 1910 bajo la tutela de Samuel Mc Gill. Mc Gill traza una carrera de tres años para oficiales profesionales siguiendo instrucción coherente en lo teórico y en lo práctico. El vínculo entre la institución y los intereses del régimen se lleva a cabo a través de una Inspectoría General del Ejército a la cual también se encarga el establecimiento de una Oficina Técnica Militar, que es la sede de un incipiente Estado Mayor que debe ocuparse de redactar las reglamentaciones necesarias. Fruto de sus labores el Código Militar, vigente a partir de 1911, y la publicación de boletines para ilustración de los cadetes. En la misma fecha comienza el funcionamiento de una Escuela de Aplicación Militar para el adiestramiento de soldadescas anteriores a la fundación de la Academia. También entonces la sociedad presencia el estreno de vestuarios nuevos, con kepis y cascos para desfiles y jornadas. Al año siguiente entran en funcionamiento la Escuela de Oficiales de Tropa, la Escuela de Clases, la Escuela Naval y la Escuela de Cabos de Mar. El Ministerio de Guerra y Marina, que era antes una figura relativamente inexistente, ya es un despacho con presencia nacional.

En 1911 la sociedad presencia en el ejército el estreno de vestuarios nuevos, con kepis y cascos para desfiles y jornadas. Foto ejército prusiano de Gómez (en Caracas Chronicles).

Cuando la carta magna inventa un Ejecutivo bicéfalo, Gómez se ocupa directamente de dar mayor consistencia a su criatura. Mientras Victorino Márquez Bustillos se encarga de la modernización de la burocracia y de que el Estado sea más eficaz, don Juan Vicente pone su atención personal en el ejército. En 1915 cambia el esquema de organización de los regimientos, restructura el cuerpo de edecanes y estrena un Comando Superior de cuya actividad está pendiente desde Maracay. Lo más importante: encarga a un oficial de su total confianza, Eleazar López Contreras, la modernización de los estatutos de recluta y la supervisión de nuevas leyes y reglamentos. El predilecto general entrega en breve la mayor de sus obras, hasta entonces: el Código Militar de 1923, que unifica y actualiza el conjunto de las regulaciones castrenses. Desde 1918 ha ordenado estudios para la fundación de una Escuela de Aviación Militar que funciona a partir de los siguientes tres años. Se edifican entonces numerosos cuarteles y dos hospitales militares, a través de cuyas moles se entera la sociedad de la existencia de una extremidad de la dictadura que no solo es inédita, sino que también parece invencible. Y que no es asunto finito, porque el hombre que la moderniza asciende a la presidencia de la república cuando el Benemérito Comandante muere de viejo rodeado de bayonetas.

Cuando guerreros de fama como Arévalo Cedeño, Horacio Ducharne, José Rafael Gabaldón y Juan Pablo Peñaloza son derrotados o contenidos por el ejército del régimen no piensan en las hazañas de la Independencia, ni hacen comparaciones con gestas como las de Carabobo y Ayacucho. Saben que han caído frente a una fortaleza que no había existido hasta entonces y frente a la cual era poco lo que podían hacer.

Si eso sienten de veras los primeros derrotados por una aceitada molienda de armas modernas y comandos homogéneos, buscarles patas patrióticas a los estertores del caudillismo o a perder la pelea por una democracia que es apenas un proyecto, o un delirio, es tomar el rábano por las hojas. Ha nacido un tenaz instrumento de sometimiento que continuará su trabajo en la posteridad, aunque en ocasiones memorables, no pocas, hace las paces con la institucionalidad republicana y con el respeto de las regulaciones civiles. El resto es exageración, o propaganda sin sustento.

#CrónicasDeMilitares | Cipriano Castro y el ejército nacional, por Elías Pino Iturrieta
En Venezuela no ha existido ejército, afirma don Cipriano en 1901, sino un cuartel de mala muerte’. No es una afirmación exagerada

 

@eliaspino

La primera idea que se pretende rescatar ahora es la de la inexistencia del ejército nacional hasta los comienzos del siglo XX. Parece obvio, después de la serie de artículos que hemos presentado en Runrunes sobre el tema en los últimos meses, pero conviene remacharlo debido a que los políticos de la actualidad, especialmente los “revolucionarios” y los uniformados que los encabezan, dan como un hecho la existencia de un cuerpo armado al servicio de la nación que se inicia durante las guerras de Independencia para llegar hasta la actualidad.

El ejército que derrota al imperio español desaparece después de su hazaña, deja de existir cuando el cometido de la separación política se cumple, y lo que nace como substituto en nuestros días es una institución sin nexos con el glorioso pasado del que nos ufanamos.

La segunda idea es la de señalar cómo lo que sucede de seguidas, a partir de 1830, es la negación del proceso anterior en materia militar. No solo porque las metas dejan de ser panorámicas para volverse particulares, sino también porque no se crean instituciones dedicadas a fundar una carrera de las armas en sentido nacional y al servicio de proyectos constitucionales.

De allí la proliferación de mesnadas desorganizadas y la carencia de pensamientos susceptibles de conducir a una creación estable y coherente de veras en materia de defensa y seguridad de la nación. La posibilidad de un cambio de planes capaz de una fábrica realmente seria en materia militar depende de la debilidad de los elementos que fomentaron la precariedad anterior, o que se aprovecharon de ella, y eso es justo lo que aprovecha Cipriano Castro cuando concluye el siglo XIX.

El ascenso de Castro y de un conjunto de seguidores que se pueden considerar como advenedizos porque jamás nadie los tomó en cuenta en el pasado, porque en realidad carecieron de importancia desde el punto de vista político, se debe al declive de los caudillos.

La campaña triunfal que lleva a cabo se debe a sus cualidades de conductor de tropas, sin duda; pero especialmente a la decadencia del caudillaje que lo enfrenta sin éxito.

Esos caudillos cuyo encumbramiento dependió de la ausencia de estudios castrenses, del salto de mata, del coraje físico, de los secretos de la topografía y de los caprichos del azar, apenas son un remedo de lo que fueron. Basta un soplo vigoroso de brisa andina para echarlos de la escena, como sucede. Si ya no están, o son un estorbo que no produce preocupaciones, pueden ser reemplazados por los alumnos de una escuela militar para cuya fundación llegan, por fin, tiempos auspiciosos.

En Venezuela no ha existido ejército, afirma don Cipriano en 1901, sino un cuartel de mala muerte entendido por la sociedad como correccional, como refugio de indeseables o como depósito de aventureros. No es una afirmación exagerada, sino una traducción fiel de lo que había sido la rutina de los cuarteles y la conducta de sus habitantes, desde la alta oficialidad hasta los miembros de la soldadesca, por lo menos a partir la segunda mitad del siglo XIX.

No solo piensa el nuevo mandatario que hace un diagnóstico correcto de la situación, sino que tiene una oportunidad de oro para cambiarla aprovechándose de que los gamonales están de salida porque se están muriendo físicamente o porque cada vez importan menos en una sociedad harta de sostenerlos y sufrirlos.

Castro anuncia una tarea que no puede concluir, pero la encamina. Ordena la creación de la carrera de las armas, en cuya estación elemental aumenta el pie de la fuerza controlada por el mismo, adquiere nuevo parque para oficiales y tropa, mejora el rancho y el vestuario, funda una maestranza general e importa trenes y artillería de montaña. Después anuncia la creación de una Escuela de Marina de Guerra, con arsenal y almirantazgo; y la futura construcción del edificio para la Academia Militar. En la cabeza del Restaurador las guerras no son incumbencia de los chopos de piedra, sino de una estructura capaz de mudanzas trascendentales.

Estamos ante el primer capítulo de una historia realmente diversa en un aspecto esencial para el control de la sociedad, que no había existido desde el nacimiento de la autonomía republicana. Será profundizado y complementado durante el régimen de Juan Vicente Gómez, quien más bien crea un soporte eficaz de su tiranía que un apéndice esencial de la república moderna. Pero es otro proceso

#CrónicasDeMilitares | Castro entre los peligros y el amor, por Elías Pino Iturrieta
A partir del bloqueo de Venezuela, sucedido en 1902, el presidente Cipriano Castro se convierte en la primera molestia internacional

 

@eliaspino

A partir del bloqueo de Venezuela, sucedido en 1902, el presidente Cipriano Castro se convierte en la primera molestia internacional. Así comienzan a calificarlo en los círculos diplomáticos. Los Estados Unidos, celosos de su dominio en América Latina, se oponen a la intervención de los gobiernos europeos y arbitran para una solución pacífica, pero pronto don Cipriano será también inconveniente para ellos. En adelante se desata una tormenta que lo tiene como objetivo, y sobre cuyos elementos fundamentales se tratará de hacer ahora un resumen.

Envalentonado por el buen viento que lo sopló en el bloqueo, Castro decide cobrar a los consorcios extranjeros su descarada participación en el levantamiento armado que precedió a los sucesos de la intervención.

En 1905 se apodera de la Compañía del Cable Francés, a cuyos directivos acusa de complicidad con los caudillos que se levantan en la “Revolución Libertadora”. Se querella con los miembros del ferrocarril alemán, y en 1908 inicia juicio contra las empresas norteamericanas New York and Bermúdez Company y Orinoco Mining, cuyas oficinas clausura por incumplimiento de contratos con la nación. El presidente Teodoro Roosevelt propone entonces un arreglo del caso en los tribunales internacionales, pero Castro argumenta que el pleito es exclusividad de la justicia venezolana. Ha abierto un primer frente que lo puede conducir al abismo.

Mientras la gran prensa estadounidense y europea le dedica fieros y continuos ataques antes de la ruptura de relaciones diplomáticas, la reacción es distinta en América Latina. “Honorable General (le escribe un vecino de Mayagüez), en mi cuenta usted con un soldado que está dispuesto a morir por defender la patria del gran Bolívar”. Desde San Juan, un señor Juan Rivero le dice: “En esta isla alaban su valerosa conducta y su patriotismo, pues dicen que dará a comprender a las naciones de Europa que no deben abusar (…) Si ud. cree que yo pueda serle útil mande como guste, que todo sacrificio es poco cuando hay peligro”. Procedente de Río de Janeiro, llega esta correspondencia remitida por José Paulo de Mello: “Animado dos mais nobles sentimientos de Americano, e crente de que a causa sacrosanta dessa Grande República jamais será vencida pe los ambiciosos e petulantes, venho vos ofrecer meus insignificantes prestimos para combatir”.

Según el barranquillero José de los Santos Echezuría, toda Colombia lo apoya a pesar de la enemistad de los gobiernos. Juan Fernández le ofrece desde Cabo Rojo “trescientos jóvenes valerosos” para el servicio desinteresado de Venezuela. Y Maximino Alfaro le escribe así, desde su lecho de enfermo en el Hospital General de Toluca: “Si el destino tiene decretado que la justicia que ud. defiende lo saque a ud. ileso y que venga el derrumbamiento completo en los sostenedores de la reacción, no podemos menos que levantarle un santuario en nuestros corazones, en donde siempre lo veremos y lo respetaremos”.

Pero los gobiernos latinoamericanos, con excepción del argentino, guardan silencio. En el fondo las protestas de solidaridad remitidas por sus ciudadanos, aparte del respaldo afectivo, poco servicio prestan a la empresa que agobia al Restaurador, quien palpa en Miraflores la soledad de su posición. Ahora no se trata de hablar de liberalismo y tradición, ni de derrotar a unos caudillos decaídos, como hizo antes, ni de hacer la publicidad de una pobre nación avasallada, sino de enfrentarse directamente ante antagonistas formidables que pueden eliminarlo en un santiamén. “Han actuado como bárbaros”, escribe a un paisano llamado Felipe Vivas; “la bandera inglesa ha amparado las fechorías del pirata”, anota en otra misiva; “y ahora me quieren dar garrote los yanquis”, afirma también, aunque tal vez no imagine que le falta experimentar lo peor.

#CrónicasDeMilitares | El golpe mortal contra el caudillismo, por Elías Pino Iturrieta
En su mensaje de 1903 ante el Congreso, resuena una frase del general Castro que cambia la historia de Venezuela: “He vencido al caudillaje, muerto por mi propia mano”

 

@eliaspino

En 1902, cuando Cipriano Castro se impone ante la denominada “Revolución Libertadora”, ocurre un fenómeno trascendental de nuestra historia: el caudillismo que ha reinado desde los tiempos de la Guerra Federal recibe un mandoble que lo conduce al cementerio. Culmina una etapa política en Venezuela, de disgregación e indisciplina, para que comience un proceso de uniformidad y coherencia que se necesitaba para la modificación de los asuntos públicos. De seguidas se describirán los aspectos principales del suceso.

Los hechos encuentran origen en el extranjero y no llegan a buen puerto, a pesar de la influencia y del dinero de quienes los promueven. En 1883 la nación concede a un estadounidense llamado Horace Hamilton los derechos de explotación de asfalto y betún en el lago de Guanoco. De inmediato Hamilton traspasa sus derechos a la empresa New York and Bermúdez Company, que no cumple las obligaciones a las que se compromete para que unos modestos empresarios venezolanos pidan que se les conceda legalmente el emprendimiento.

El secretario de Estado de los Estados Unidos, animado por el empresario Nelson Rockefeller, presiona por un fallo favorable a sus connacionales. Llega a sobornar a dos magistrados de la causa para que el presidente Castro reaccione con gran énfasis. Ordena que se salten los frenos y los lapsos del proceso y que se llegue a una sentencia favorable para los reclamantes venezolanos, como en efecto sucede.

Sin asfalto ni betún, los yanquis encabezados por Rockefeller ofrecen 1.000.000 de dólares, un barco y armas de última generación al banquero Manuel Antonio Matos, concuñado de Guzmán y político conocido desde los tiempos de El Septenio, para que se deshaga del estorbo castrista. No solo le entregan los mencionados recursos antes de que comience los movimientos armados, sino que también garantizan la cooperación del Gran Ferrocarril de Venezuela, empresa de capital alemán que reclama pagos vencidos al gobierno, y de los capitalistas franceses, también descontentos, que manejan el Cable Interoceánico. De tales tratos sale la “Revolución Libertadora”, que parece invencible antes de que estalle la pólvora.

El movimiento se muestra insuperable debido al enjambre de caudillos de todos los rincones del país que acuden al llamado de Matos y de sus opulentos promotores. En el estandarte “libertador”¨ se cobija lo más granado del caudillismo de la época. Se unen al alzamiento los hombres de presa más temibles, entre quienes destacan espadones como Domingo Monagas, Ramón Guerra, Luciano Mendoza, Gregorio Riera, Antonio Fernández, Juan Pablo Peñaloza, Pedro Ducharne, Zoilo Vidal, Luis Loreto Lima, Rafael Montilla y Nicolás Rolando. Llegan a formar un ejército de 14.000 hombres que parece imbatible por el prestigio y por la experiencia de quienes lo comandan. Pero también debido a que unos acorazados procedentes de Estados Unidos, Francia y Alemania, pernoctan en las bocas del Orinoco para ayudarles en lo que se pueda. Castro está sentenciado a muerte, según los observadores de la situación.

En especial por los pocos apoyos que al principio puede mostrar. La mayoría de los caudillos quiere desplazarlo, y el dinero que falta en sus arcas sobra en las del enemigo. Sin embargo, lo que parece mengua se vuelve ventaja y da fundamento a cálculos alentadores.

Mientras el ejército rival es un enjambre de contradicciones frente a las cuales no se impone una autoridad indiscutible, las tropas gobierneras solo obedecen a una sola cabeza que todos acatan de manera automática. Mientras un banquero sin prestigio militar trata de ordenar sin suerte los intereses y los caprichos de sus comandantes, el gallo montañés que viene triunfando desde 1899 se beneficia de la férrea lealtad de oficiales y tropa.

Cuenta, en especial, con la diligencia y con la laboriosidad del jefe de su ejército, un tachirense llamado Juan Vicente Gómez, poco conocido por el público, quien envía tres contingentes frescos de los Andes para dar batalla en el lugar que escoja su caudillo. Como no hay discusiones, sino solo movimientos obedientes, don Cipriano prepara con la debida anticipación el campo de batalla.

Selecciona la población de La Victoria y sus alrededores, después de un estudio concienzudo de la topografía. Pasea repetidas veces por el escogido teatro, levanta fortificaciones, abre trincheras, establece las posiciones de sus hombres, explica los planes a los oficiales y se pone a esperar a unas montoneras desordenadas y carentes de liderazgo. Durante el mes de octubre de 1902 hace lo que le parece en el lugar, generalmente con acierto, y logra un triunfo contundente que continuará Gómez, a quien encarga la persecución de los enemigos en desbandada.

En su mensaje de 1903 ante el Congreso, resuena una frase del general Castro que no es un recurso retórico, sino una verdad susceptible de cambiar la historia de Venezuela. Dice ante los diputados que lo aclaman: “He vencido al caudillaje, muerto por mi propia mano”.

#CrónicasDeMilitares | Cadenas para los “perros gordos”, por Elías Pino Iturrieta
La carta de Cipriano Castro a uno de los carceleros más temibles de la época, da cuenta de los tiempos oscuros que esperan al republicanismo venezolano

 

@eliaspino

El tormento de los presos políticos fue práctica habitual en el siglo XIX venezolano, pero se lleva a cabo sin embozo cuando comienza la dictadura de Cipriano Castro en los comienzos del siglo siguiente. La importancia que tiene el documento que ahora se leerá radica en que muestra sin subterfugios una crueldad que en el pasado se trató de ocultar.

Antes la crueldad se cebó en el cuerpo de los enemigos, desde luego, −se habla de ella en las memorias de las víctimas y en los testimonios de figuras de la época−, pero sus ejecutores se afanaron por hacerla invisible. La misiva que veremos ahora, remitida por el presidente Cipriano Castro cuando enfrenta y derrota a sus enemigos en las últimas guerras civiles, ofrece ideas sobre cómo se endurecen los tratos políticos cuando está por concluir el dominio de los caudillos. O, y esto es lo que importa de veras, sobre cómo no se guardan fórmulas en el ocultamiento de una atrocidad.

El 21 de enero de 1902, Cipriano Castro remite al jefe de la cárcel de Maracaibo, general Jorge Bello, las siguientes órdenes:

De Roberto Pulido para arriba y para abajo. Debe ponerle Ud. grillos a todos los presos políticos de importancia que piensen obtener su libertad por la sublevación, la fuga o cualquiera otra puerta de esas que no sea la que Ud. les abra por mi orden.

Tiene Ud. ahí presos de mucha importancia y próximamente le irán otros perros gordos, y su Ud. no toma las precauciones de seguridad que son menester, puede tener un conflicto en cualquier momento, pues ha de saber Ud. que esos señores están convencidos de la vanidad de sus esperanzas en el triunfo de las revoluciones, y de que estarán presos mientras yo consolido definitivamente la paz y el imperio del orden (…)

Téngale preparado al famoso traidor Guerra el mismo calabozo donde lo tuvo Guzmán por traidor también, y si fuere posible, los mismos grillos que arrastró en su época.

Como el general Aranguren ha debido trasmitirle al vagabundo Sisoes Finol, le advierto que debe ponerle también sus grillos.

En otra correspondencia para el mismo destinatario, fechada al siguiente día, agrega El Restaurador:

El General Prato entregará a Ud. 34 presos políticos cuyos nombres están en la lista que le adjunto. En esa lista indico con una cruz a los que Ud. debe ponerles grillos y esta operación la hará por parejas que indico en la lista con una rayita curva, es decir, que a cada dos presos les pone un par de grillos de modo que una argolla corresponda a la pierna derecha de uno y la otra argolla a la pierna izquierda del otro.

También le incluyo una lista de presos que debe poner en libertad.

Complemento de la anterior, la orden redondea una exhibición de encarnizamiento, o de frialdad gigantesca, sobre la cual ningún jefe de Estado o ningún caudillo de importancia dejó constancia en el pasado. Antes también se atormentaba a los “perros gordos”, o se procuraba que tuvieran una vida imposible, pero no se escribían instrucciones para reducirlos a límites estrechos e inhumanos. Había maneras de ocultar la incomodidad y la penuria que debían experimentar, de acuerdo con la opinión de los rivales que tenían la sartén por el mango: un comentario en el oído, un gesto debidamente traducido por los subalternos…, pero jamás una disposición comunicada sin precaución por telégrafo.

En Los días de Cipriano Castro, Picón Salas recoge las noticias detalladas que publican entonces los periódicos sobre los caudillos y los políticos civiles que están en cautiverio, una información que el gobierno “restaurador” quiere ventilar para hacerle publicidad a su fortaleza. Pero también el importante autor se detiene en las burlas que el mandatario pregona en la prensa sobre cómo salen “gordos y tronchones” los presos después de pasar una temporada en La Rotunda, o en los castillos que funcionan como cárceles. Pretende una comparación entre el paso por las ergástulas y una excursión vacacional.

Sin el conocimiento de estos pormenores no se puede calcular cabalmente la imposición dictatorial que se establece en breve. Nada qué ver con las persecuciones y las tropelías de la segunda mitad del siglo XIX, por el grado de desvergüenza a que llegan. La carta de Castro a Jorge Bello, uno de los carceleros más temibles de la época, en la cual un jefe de estado gira instrucciones precisas sobre cómo castigar con dureza a los adversarios políticos y militares, entre ellos un respetado hombre de armas como el general Guerra, da cuenta, como pocas a través de nuestra historia, de los tiempos oscuros que esperan al republicanismo venezolano. También de las precariedades de los enemigos de la dictadura, desde luego.

#CrónicasDeMilitares | Una muerte fundamental, por Elías Pino Iturrieta

Panteón de Joaquín Crespo, en el cementerio General del Sur, 2015. Foto de Edwin Toro en Wikimedia Commons.

Una historia distinta comienza en Venezuela con la muerte de Joaquín Crespo, el último de los grandes caudillos del siglo XIX

 

@eliaspino

La desaparición de un hombre no cambia el curso de la historia, porque el rumbo de los acontecimientos depende de un conjunto de causas que influyen en forma diversa. Es así, sin duda, pero no todos los decesos son iguales. Hay situaciones cuya evolución se trastoca debido a la desaparición física de un personaje especialmente singular, pese a que otros factores también determinan su evolución. Partiendo de esta premisa se trata ahora el caso de la muerte del general Joaquín Crespo, el Taita de la Guerra, ocurrida en combate en 1898.

Desde su cuarta década, la vida venezolana del siglo XIX depende de las guerras civiles. En términos generales, la mayoría de los políticos suben y bajan según les vaya en los campos de batalla. Si no sale de un triunfo militar, el cargo de presidente de la República es una decisión de los hombres de armas, así como el contenido de las leyes y la orientación de los debates parlamentarios. No existe entonces un ejército nacional, sino un conjunto de tropas dirigidas por caudillos en atención a circunstancias pasajeras y no pocas veces a caprichos del azar.

El civilismo trata de permanecer en el candelero, pero solo en ocasiones excepcionales ocupa las primeras planas. En tal época crece y llega a su apogeo Joaquín Crespo, un caudillo rural debido a cuya desaparición comienza a declinar el teatro del cual fue protagonista.

Soldado raso en 1858, su coraje físico lo eleva a las alturas del mando y lo conecta con los líderes más importantes, como Juan Crisóstomo Falcón y Antonio Guzmán Blanco. En 1871, este le concede las insignias de general en jefe de los Ejércitos de Venezuela. Después va a ser presidente de estado, designado a la presidencia de la república, diputado cuando su jefe quiere y ministro de Guerra y Marina.

Apenas ha aprendido a leer y rudimentos de aritmética, pero en 1884 llega por primera vez a la presidencia, promovido por Guzmán, y en 1893 vuelve después del triunfo de la “Revolución Legalista”. La partida del “Ilustre Americano” a Europa, y el dinero que amasa en actos de corrupción administrativa, lo convierten en mandón sin rival, o en enemigo a vencer si alguien se atreve contra sus célebres cargas de machete.

Se siente tan seguro de su autoridad que lleva a cabo, en 1897, un escandaloso fraude electoral para que se imponga la candidatura de uno de sus acólitos, Ignacio Andrade. Encuentra la muerte en el sitio denominado La Mata Carmelera cuando sale a combatir al candidato derrotado en los comicios, José Manuel Hernández, apodado El Mocho, el 16 de abril de 1898.

Cuando desaparecen unos soldados célebres como Ezequiel Zamora, Juan Crisóstomo Falcón y Francisco Linares Alcántara; cuando Guzmán se va a París para no volver o cuando caudillos establecidos desde la Guerra Federal, como León Colina, Gregorio Riera y Ramón Guerra, no han tenido éxito estable en las escaramuzas, Crespo se convierte en el eje de la política.

Su prestigio militar, respetado en todos los rincones, el dinero acumulado en fructíferos negocios y la maña que desarrolla para contar con plumarios eficaces, lo convierten en el único as de la baraja que puede dominar el juego por el control del poder. Ahora, muerto y enterrado, no tiene sucesor digno de respeto, ningún hombre de armas calza sus botas, nadie puede sentarse en su trono.

El mayor de los problemas del momento es la orfandad del presidente Andrade, quien pierde su principal soporte armado y no encuentra un reemplazo digno de confianza, pero el resto del caudillaje tampoco las tiene todas consigo debido a que ninguna de sus figuras es lo suficientemente fuerte para aspirar a un dominio duradero.

En consecuencia, los caudillos tienen que matarse a la recíproca o tratar de sobrevivir en unos conflictos sin fecha de terminación, que los desgasta y los hace más débiles. Si se agrega a sus problemas la pesada carga del almanaque, es decir, que ya no son los jóvenes de antes sino viejos sobrados de achaques y carentes de ideas nuevas, se puede observar en su redondez la calamidad que les ha proporcionado la falta del más poderoso de los suyos.

Una calamidad que seguramente también se siente en unas mesnadas fatigadas de pelear sin recompensas dignas de atención. Ha desaparecido el más atrayente de sus imanes, el indiscutible frente a los demás, y no hay otras atracciones personales en el panorama. Si no está harta del todo, la soldadesca campesina carece de alicientes para continuar las guerras civiles, y ninguna liebre con charreteras salta en el árido paisaje para animarla. Se da entonces oportunidad a unos actores extraños, o apenas conocidos, que tienen capacidad para hacer una historia distinta. Vendrán de los Andes bajo el mando de un capitán apenas renombrado, Cipriano Castro, y la política tomará rumbos inéditos.

No se exagera cuando se afirma que la mudanza comienza con la muerte de Joaquín Crespo, el último de los grandes caudillos del siglo XIX. Entonces no muere el solo, porque también marchan hacia el cementerio, en moroso pero inexorable cortejo, como cadáveres de veras o como vejestorios anodinos, los hombres de su estirpe.