Elías Pino Iturrieta, autor en Runrun

Elias Pino Iturrieta

#CrónicasDeMilitares | Sobre el tema militar, por Elías Pino Iturrieta

El tema militar más allá del patrioterismo. Monumento a Simón Bolívar en La Paz, Bolivia. Foto: Francisco Riveros Machicado / Wikimedia Commons, 2018 (interv. por Runrunes).

@eliaspino

Por razones obvias, la memoria nacional ha girado en torno a asuntos bélicos y a episodios de cuartel. Si la república nace en un campo de batalla, lo más natural es que se acuda a los fragores de la cuna para explicar el futuro, o para solazarse en los hechos que nos dieron origen como establecimiento autónomo. No tiene sentido alarmarse por esa predilección, debido a que en las obras de los hombres de armas encontramos las más evidentes y célebres de nuestras realizaciones como sociedad.

Están de moda las poses de alejamiento de los asuntos del militarismo debido a las reacciones de la actualidad frente a las tropelías de la dictadura “bolivariana”, que se ha solazado en la exaltación de las soldadescas, pero tal conducta subestima la trascendencia de lo que realmente hicieron por la patria los hombres de lanza y espada entre 1811 y 1830. Y, a la vez, magnifica el trabajo de los próceres civiles hasta el punto de juzgarlos como piezas claves de la Independencia.

La nueva valoración de los políticos y los héroes-capitanes merece tratamiento específico, pero debe señalarse entre los temas pendientes de un análisis equilibrado.

De momento, se ocupará nuestras sucesivas columnas solo de lo referido a la república en armas de la cual venimos y ante la cual ahora queremos ponernos recelosos y distantes.

Se puede pensar, en primera instancia, que volvemos a un tema manido, a unos asuntos demasiado conocidos y excesivamente celebrados. Ciertamente se pueden llenar bibliotecas enteras sobre la materia, con producciones que provienen del siglo XIX para mantener su profusión en la actualidad, con obras que han permanecido en el interior de la sensibilidad colectiva y prometen continuidad. Pero la inmensa masa de tal bibliografía es de tono apologético o, en el mejor de los casos, literatura que no traspasa los límites de la corrección ante las hazañas de los héroes. Además, se trata de un caudal de escritura cuyo empeño también consiste en el descrédito del enemigo, como si los procesos fueran apenas una hostilidad de héroes y villanos, una cruzada de los ángeles contra los demonios.

De allí que ahora anunciemos la posibilidad de ver esa historia desde una perspectiva diferente. A través de crónicas que se presentarán a partir de la próxima semana, otra óptica de lo militar tratará de ofrecerse con la pretensión de mostrar detalles diversos, asuntos subestimados por los libros más conocidos, narraciones que puede sugerir verdades ocultas en el manto del patrioterismo.

Ya una nueva historiografía le está metiendo diente afilado a ese menú, y seguramente aprovecharemos su contenido para que nos dejemos de reverencias exageradas ante el bronce de los padres de la patria, pero la mayoría de los fragmentos saldrán de una inquietud anterior del escribidor con la pretensión de buscar sendero seguro para una memoria en cuya orientación se ha exagerado desde la academia y desde la política.

Por allí van los tiros de la serie de artículos que podrán leer a partir de la próxima semana. Tienen la esperanza de sugerir recuerdos útiles de veras para salir de un entendimiento acartonado de las grandes obras del pasado heroico, posibilidad que tal vez permita cierta lucidez al enfrentar los retos de la actualidad.

#HistoriaDeMédicos | La consideración de la locura en nuestro siglo XIX, por Elías Pino Iturrieta

Algunas ideas sobre los locos y sobre la locura en el siglo XIX venezolano parecen ajustadas a lo que generalmente se piensa en la época. Imagen: personificación de la locura en el Hospital Pitié-Salpêtrière, París. Litografía de Armand Gautier (1857).

@eliaspino

Un informe del jefe político de Maturín, referido a los tres primeros años de la autonomía nacional, nos coloca frente a las maneras de tratar el problema de la locura, que hasta ahora no habíamos manejado en nuestra serie de artículos. Dice:

En 1831, 1832 y lo que va del año presente ha sido difícil el cuidado de los orates, que en número superior a los veinte pululan en la calle y en variedad de lugares del Cantón, recogiendo inmundicias, haciendo sus necesidades en la vía, peleando, caminando en desnudez y haciendo una fuerte comparsa por no tener familia que los protejan. La colecta para comprarles ropas y medicina contra los piojos, se quedó en cinco pesos, que no alcanzan para nada. No existiendo un depósito para ellos, tenemos la necesidad de hacer celdas para una correcta vigilancia porque han abundado las quejas de la ciudadanía, y porque no se ha encontrado modo de llevarlos al orden.

Cinco años más tarde, el jefe político de La Asunción habla de los dolores de cabeza causados en la población por una media docena de locos que deambula en la vía pública. De acuerdo con su relación:

Son dos hombres y cuatro mujeres gritando y bailando en la calle, entrando en las casas, hablando insertidumbres (sic) de nunca acabar, hasta el suceso de gritar contra la Divina Providencia y sus sagrados Ministros, contra la Madre de Dios y la autoridad civil. Se comprende la fuerza de su enajenación, al saber que han llegado a arrojar malas expresiones contra la memoria de Simón Bolívar, mientras hacen el disparate de vivar al rey de España. Como no caben en la cárcel, muy estrecha y en proceso de arreglarle el tejado, queda el remedio de darle unos buenos palos y asearlos, que se les han dado, ante el reclamo de los vecinos disconformes por lo pasajero del dicho remedio. Por ese motivo, una suscripción de vecinos ha pedido el destierro de esos enfermos, pero no se ha intentado, porque nadie los aceptará para perder la quietud de sus costumbres, razón debido a la cual el problema no se puede arreglar, sin que se deje de estar pendiente con los mismos arbitrios.

El episodio debió preocupar a quienes lo presenciaban, pues atentaba contra figuras y valores esenciales como la religión católica y la fama del Padre de la Patria, pero nadie pensó mejores salidas que el desarraigo y el castigo corporal.

Ni los casos ni los desenlaces son extravagantes, si consideramos un escrito redactado por el gobernador de Carabobo en 1842. Veamos:

Del ejemplo de los locos se puede arribar a la conclusión de que no tenemos manera de componernos. Los que andan mostrando sus vergüenzas no hay como taparlos con un manto decente, por mucho que se pida en el nombre de la modestia. A los pleitistas no los quiere recibir la policía, porque no les corresponde. Y en relación con el cuartel, a nadie le parece un buen almacén para su pernoctación. Cuando se reclama dinero para fabricar unos apresamientos o hasta otro tipo de detención, no aparece la plata. El remedio de unos correazos es pasajero, que se aplica para que se amansen y para que se devuelvan otra vez a la locura. No hay manera tampoco de componernos en apartar a los varones de las hembras, por mucha dureza que se haga; porque hasta se ha platicado con el sor. Vicario del partido, a ver con una de sus predicas, y asegura que no hay predica que entre en los entendimientos disturbados. Habrá que encerrarlos para cuando venga el Sor. Presidente, por dos o tres días, pero y después estaremos como estábamos antes.

Como se ha visto, con la ocasión de una visita del primer magistrado a Valencia aparecen algunas ideas sobre los locos y sobre la locura que parecen ajustadas a lo que generalmente se piensa en la época. Se asemejan a los pareceres de los jefes políticos de Maturín y La Asunción. Pero el asunto merece un tratamiento más profundo. Ahora apenas se ha presentado un bosquejo para provocar la curiosidad de los lectores y, ojalá, la atención de investigadores especializados.

#HistoriaDeMédicos | El leproso de Angostura: un caso elocuente de 1832, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

Hasta ahora, en una serie de textos, hemos tratado los temas de la salud en el pasado manejando situaciones generales a través de las cuales se observan los problemas de la época. De las crisis panorámicas se sacan conclusiones capaces de reflejar las vicisitudes más importantes, lo cual concede al examen suficiente solvencia.

Hoy topamos con un caso individual, susceptible de ofrecer mayores luces sobre los padecimientos de la república naciente y sobre cómo se enfrentan entonces.

La sensibilidad de un grupo de ciudadanos en torno a un suceso particular que no pasa inadvertido en la comunidad, nos aproxima a una situación específica que ofrece pistas de interés sobre unas conductas  que hoy no podemos apreciar por otros conductos. De allí la trascendencia que pueda tener.

Veamos, pues, la historia de Antonio Alcalá, un eficiente escribano de Angostura que debe ser echado del trabajo por una enfermedad que provoca fundados temores. Hijo del difunto José Gabriel Alcalá, un político célebre en la región, prócer regional de la Independencia, en 1832 es sometido a una investigación que conduce a su salida del servicio por las reacciones producidas por su avanzada lepra.

Cuando aparecen los síntomas del mal debe retirarse de la actividad que lleva a cabo en un juzgado, porque los compañeros temen un contagio y porque la gente del común apenas se atreve a traspasar el umbral del despacho. Debido a su eficiencia, y en atención a la memoria de su padre, las autoridades permiten que prosiga las labores en el domicilio familiar. Desde allí envía los papeles que redacta, pero la situación se vuelve insoportable.

Uno de los subalternos se niega a recoger la documentación escrita por el pobre Antonio, debido a que “está lleno de lepras asquerosas y temibles de contagio”. Después, un testigo asegura bajo fe de juramento:

Todos los funcionarios que tienen que actuar con el Escribano Antonio Alcalá, impedido de salir a la calle, se ven precisados a concurrir aunque con repugnancia al mismo oficio del Escribano Antonio Alcalá, defendiéndose sus respiraciones con pañuelos, por la fetidez que arroja la supuración de las lepras del citado Escribano enfermo, que permanece siempre en un chinchorro metido y para levantarse a firmar necesita del auxilio de brazos ajenos que lo lleven y acomoden en el lugar destinado para el efecto.

Los jueces que se encuentran forzados a inevitables contactos con el funcionario, afirman que “lo hacen con repugnancia y temor de la infección de la peste”. El expediente describe después la actitud de un ciudadano de apellido Baldani, a quien Alcalá debía entregar un texto de importancia para un proceso: “Rehusaba presentarse por ante él por serle repugnante la pestilencia de su enfermedad y quería reservarse de un contagio”.

El Alcalde Segundo ordena la comparecencia de un litigante ante el escribano, pero recibe la siguiente contestación:

La enfermedad contagiosa del señor Alcalá me obliga a precaver mi salud; y este motivo me ha animado a decir a U. que con actuarios daré mi declaración, si se necesita, y no por ante dicho Escribano. Este remedio lo conceden las leyes vigentes y me amparo de él.

Así las cosas, Antonio Alcalá pierde la escribanía. La calidad de su trabajo y el parentesco con una celebridad comarcana no pueden contra la turbación provocada por la lepra. Al principio se acepta que realice labores en la casa de familia, pero pronto el terror hace que los compañeros de oficina y otros vecinos de Angostura se empeñen en su salida del cargo, para evitar una cercanía que puede conducirlos a idéntica situación. Disponen lo que está a su alcance para evitar la proximidad de lo que juzgan como una podredumbre que puede ser la suya personal.

El individuo de competente oficio y esclarecido origen desaparece por la existencia de un terror que borra los datos de una trayectoria conocida y estimada en la ciudad. Las llagas y el olor convierten a Antonio Alcalá en un enemigo público que no puede permanecer en policía normal.

Si así actúa un grupo de personas de una ciudad importante frente a un individuo conocido, es evidente que el pavoroso riesgo de contraer la lepra, en Angostura o en otro lugar, borra cualquier sentimiento de solidaridad en el caso de los apestados anónimos. Las reacciones son las propias de quienes sienten que están frente a un mal incurable en un tiempo que no ha tenido medios para atender dolencias menos aparatosas, ni sensibilidad para hacer de la benevolencia una conducta establecida. El predicamento del escribano, que ahora sacamos de su rincón, permite comprender muchas reacciones de la época. A través de un solo hecho, aparentemente minúsculo, se pueden entender situaciones que van más allá de sus estrechos límites.

#HistoriaDeMédicos | La tragedia de los lazarinos de Villa de Cura en 1835, por Elías Pino Iturrieta

Imagen: fragmento de la obra Madre de la india, de Oswaldo Guayasamín.

@eliaspino

Entre las penalidades que afligen a los enfermos en nuestro siglo XIX, que hemos venido relatando en artículos sucesivos, destaca el abandono de los pacientes de elefantiasis. Como se entiende entonces que la lepra es un mal contagioso, se suceden actos de discriminación y abandono que convierten a los enfermos en parias sin redención. De seguidas veremos un testimonio elocuente sobre ese horror.

De acuerdo con un Reglamento de Policía que data de 1831, y con disposiciones de las Diputaciones Provinciales, publicadas en 1832 y 1848, era obligatoria la  reclusión de los leprosos en lazaretos, o su aislamiento en espacios alejados de las poblaciones. Cuando los lazaretos no se podían construir, ni podían mantenerse por carencias presupuestarias, asunto que era habitual, los enfermos que vagaban en los campos, y aun en las ciudades por descuido de la autoridad, eran mantenidos en un apartamiento tan riguroso como el que detalla el siguiente documento de 1835, procedente de Villa de Cura:

La consternación creada por dos pacientes de elefancia o Mal de S. Antonio aparecidos en la Villa, ha encarecido su envío al terreno escogido. Ya alejados de la población, y sin que haya relación con las personas sanas, la policía mantiene un cercado, en el que residen 20 o más, que nadie ve porque no se permite que una persona que no pertenezca a la guardia, se acerque en la distancia de diez leguas. Cada semana son subministrados de alimento, como maíz y granos, que se meten por una apertura, con la ayuda de una lanza estirada, y ella también cumple la función de alejarlos del sirviente que los pasa. Se mete agua cada tres días, siguiendo el mismo procedimiento. El pueblo entrega, cada dos o tres meses, ropa en la capilla del Santísimo, que se lleva igualmente, pero que los recluidos no usan por (sic) los dolores de la avanzada elefancia sofocan los movimientos corporales. Están encerradas tres mujeres y una niñita, que conviven con los apestados, del sexo masculino, no teniendo manera de impedir el contacto, por estar prohibida la entrada y desconocer las maneras de estar en el confinamiento. No ha habido un olor de un muerto, desde 14 de septiembre del año próximo pasado, pero sigue muy insufrible la pestilencia, de las llagas esparcidas por el viento. No ha habido escapatoria, de ninguno de los lázaros, para interés de la población, y cumplimiento de las ordenanzas.

Ni siquiera tienen los enfermos un techo para protegerse de las inclemencias del tiempo. Así parece, pues la fuente solo habla de una especie de potrero sometido a una vigilancia tan puntillosa que, aparte de impedir la relación con las personas sanas, no permite que los policías se enteren de las cosas que suceden en el interior del tapial que los confinaba.

Apenas un subalterno protegido por una lanza se aproxima a la rústica clausura en la que permanecen execrados. Apenas en el lapso de tres días reciben consuelo para la sed y en períodos más prolongados pueden hacerse de unas ropas que seguramente no les sirven para nada.

Solo el hedor de las purulencias es la pista para suponer cómo evolucionan los “pacientes” en la jaula. El informe detalla un encierro que no debió provocar reacciones de misericordia, sino felicitaciones, pues el responsable lo escribe porque forma parte de un menester humanitario y legal que  deben conocer sus superiores.

Evidencias de este tipo ofrecen versiones de la historia de Venezuela que no se relacionan con las hazañas bélicas. Ni pueden servir de pedestal para las estatuas de los próceres. Nos invitan a un recorrido inusual que descubre estrecheces, penurias y vergüenzas que se han metido debajo de la alfombra para no estropear la estética de la casa, o ante las cuales pasamos de puntillas para evitar el escándalo. De allí la utilidad de divulgarlas en la actualidad. Por lo menos, aunque confinadas en sus límites, ofrecen la posibilidad de nuevos conocimientos sobre el pasado.

#HistoriaDeMédicos | Cordones sanitarios del siglo XIX, por Elías Pino Iturrieta

Imagen: fragmento de la obra El triunfo de la Muerte (c. 1562) de Pieter Brueguel el Viejo, en Wikipedia, dominio público.

@eliaspino

En nuestro siglo XIX, el gobierno central no puede controlar las emergencias provocadas por el desarrollo de las pandemias. Sin presupuestos adecuados, pero también sin la autoridad capaz de imponerse en la vastedad de un territorio incomunicado, predomina una situación de dislocamiento que se tratará de describir a continuación mediante la muestra de evidencias a través de las cuales se pueden captar las limitaciones de la época, lo que tuvieron qué experimentar los antepasados para hacer la república que logra consolidación en el siglo XX. Veremos ahora casos muy elocuentes.

En 1832, los vecinos de Araira hacen patrullas para impedir la salida de sus habitantes, debido a que suponen la existencia de una epidemia de vómito negro cuya propagación deben impedir. Al enterarse de la situación, los miembros de la Facultad de Medicina de la Universidad de Caracas se quejan en la prensa, y piden al gobierno que envíe personas adecuadas para hacer la vigilancia. Pero no estamos ante un caso aislado.

Armados con palos, pistolas, cuchillos, machetes y lanzas, “gritando y amenazando en nombre del gobierno y de la Iglesia, haciendo guardias de madrugada a madrugada”, unos violentos sujetos se oponen a que los habitantes de San Francisco de Tiznados traspasen sus fronteras. El pánico provocado por las noticias sobre una peste, que han circulado en marzo de 1842, conduce a este tipo de desenlaces que no buscan la curación ajena, sino la salvación propia.

En 1853 ocurre un suceso parecido en Valera. Según informa Diego Bustillos, célebre médico de Trujillo, la aparición de la enfermedad llamada Tifus de América provoca el encierro forzado e ilegal de los valeranos. Pese a que no se trataba de un mal contagioso, en los aledaños organizan fuerzas para mantener a las personas dentro de la población y para que nadie del exterior pueda aproximarse. Las autoridades de los lugares limítrofes, “dejándose llevar de un celo exagerado, con sus acuerdos inconsultos negaron toda especie de recursos a un pueblo afligido y a un pueblo hermano, con quien se hallan ligados por los estrechos vínculos de religión, de política, de comercio y hasta de familia”. Así abunda sobre la situación el doctor Juan Nepomuceno Urdaneta, en pliego que envía a Caracas sobre los hechos.

Pero estos cordones sanitarios no eran infrecuentes, según el doctor Urdaneta. Asegura que, debido a los flacos presupuestos que apenas permitían un movimiento espasmódico e ineficaz de la administración pública, no pocos procuran la salvación a su manera. Seguramente las historias del sacrificio de pueblos enteros por el azote de una enfermedad, sobre la falta de médicos y sobre la pobreza de los hospitales, alimentan la sensación de vivir en un territorio mustio y agrio, y al entendimiento de la subsistencia como un milagro, o como un asunto privado o individual que habitualmente termina mal. 

Para ver cómo la gente procura entonces las salvaciones a su manera, veremos para terminar un documento suscrito por un grupo de habitantes de Barinas cuando reciben la noticia de que les cambiarán al médico por un juez. Escriben al presidente de la república, en un documento de 1839:

Los pleitos los podemos resolver, casi siempre por las buenas y a veces por las malas, entendiéndonos entre nosotros como siempre ha sucedido aquí. O séase que podemos ser jueces nuestros propios jueces naturales (sic), sin que se saque plata para emplear un señor que sabe lo que nosotros sabemos; la plata se necesita para pagar el Doctor, que en eso si sabe más que cualquiera, mientras los juicios pueden esperar en el tiempo sin que nadie se valla (sic) a morir por eso, pues la peste y las tercianas no son problemas de tribunal, sino del cuerpo.

En el esquema de las prioridades, los barineses de 1839 apuestan por la medicina. La justicia es una coyuntura que se maneja como se ha manejado desde antes y de la cual no se pueden esperar catástrofes de importancia. Se las pueden arreglar sin tribunales, apelando a las costumbres, a las influencias locales y quizá hasta al uso de la fuerza. En cambio, no se sienten capaces de enfrentar el reto de las epidemias y las fiebres. Son asuntos que requieren conocimientos especializados que no están a su alcance, o que, en casos como los que aquí se han esbozado, dependen de la arbitrariedad de los tumultos y de los llamados del pánico.

¿Tiempos superados? Sin las ataduras que deben controlar la imaginación del historiador, el lector del país de nuestros días puede opinar a sus anchas.

#HistoriaDeMédicos | Una epidemia, derechos individuales y justicia en 1742, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

En medio de la epidemia de viruelas que fustiga a la provincia de Caracas entre 1739 y 1742, encontramos un caso relacionado con las medidas que se toman contra la enfermedad, pero también con un enfrentamiento entre los excesos de la autoridad y los derechos de los vasallos, susceptible de relevancia. Parece asunto de nuestros días. Veremos lo fundamental de seguidas.

Rodrigo García de Guevara y Pedro Arteaga Soloeta, alcaldes ordinarios de San Sebastián de los Reyes, ante la propagación de la enfermedad ordenan la evacuación inmediata de la población hacia espacio descampado. Algunos habitantes de la villa de San Francisco, correspondiente a la jurisdicción, no atienden la orden, motivo que obliga a las autoridades a una medida drástica. Les comunican que, si no abandonan sus domicilios en un plazo de veinticuatro horas, perderán las propiedades y pagarán pena de cárcel. Los vecinos José Francisco de Salazar, Florencio de Medina y Juan Gabriel de Villanueva se niegan a obedecer y escriben al Gobernador y Capitán General, Gabriel de Zuloaga:

Y porque en todo y por todo es (hablando debidamente) injusto y desarreglado dicho mandato y contra la práctica común y general que en tales casos se observa en todo el orbe, pues cuando acaecen semejantes enfermedades contagiosas en las ciudades, villas y lugares, una vez ya infectadas los que voluntariamente procuran resguardarse de ella se retiran y degredan a otros parajes por serle permitido por derecho natural a cada uno el resguardo y precaución del daño que conoce, pero no se ha visto ni practicado el que faltando al mismo derecho natural y caridad cristiana los que se hallan sanos y libres de la enfermedad dejen sus casas, hijos y mujeres enfermos y los echen de ellas contra su propia voluntad por la impiedad que resulta contra los pobres enfermos en abandonarlos en un mal tan peligroso, y solo cuando estos son pocos que con su degredo se puede remediar el daño de que se infeccione todo el pueblo se ocurre a este remedio como es común estilo; de que resulta la contraria práctica que voluntariamente mandan ejecutar dichos alcaldes; para cuyo remedio ocurrimos al recto y justificado proceder de Vuestra Señoría para que se sirva, como lo suplicamos, en méritos de Justicia y Caridad atendernos; Revocando, por contrario imperio, o por la vía o forma que más haya lugar, el dicho auto y declararlo por injusto y contra derecho mandando nos mantengamos en dicho partido de San Francisco en nuestras casas, cuidando de nuestra familia con la caridad debida como es de razón y de justicia, y a dichos alcaldes que con ninguna causa, motivo ni pretexto nos inquieten ni perturben.

Estamos ante un enfrentamiento entre la atención de una calamidad pública y el respeto de los derechos individuales, como los que se presentan en la actualidad y se deben atender en los tribunales. Desde una localidad aparentemente alejada de las dinámicas urbanas y de la influencia de la modernidad en la vida cotidiana, mana la lucidez de unos vecinos desconocidos hasta ahora, o escondidos en los rincones de la historia, que levantan su voz con el apoyo de razonamientos que parecen irrebatibles cuando se juzga la trascendencia de las prerrogativas personales ante mandatos  a los cuales se concede precedencia en situaciones de crisis colectiva. Contra la lógica, contra las obligaciones de la caridad – solidaridad, diríamos hoy-  y contra el derecho que tienen unos súbditos de manejarse según su voluntad ante la invasión de las viruelas, no puede predominar una decisión de los alcaldes que acude a la prepotencia y a la desmesura para convertirse en realidad. Tal es el resumen del alegato.

Pero, si impresiona la rotundez y la claridad del escrito de los agraviados, no sucede menos al conocer la respuesta de la instancia superior. El Gobernador y Capitán General responde desde Caracas, en 11 de enero de 1742, así:

Revocaba y revoco y mandaba y mando que dichos alcaldes no obliguen en manera alguna a los vecinos y moradores del partido de San Francisco que estuvieren sanos de la epidemia de viruelas a que salgan de sus viviendas y casas, sí el que los que estuvieren enfermos de dicha epidemia sean sacados y retirados a parte o paraje de donde no puedan infestar la demás gente de dicho partido y de otros dando para ello dichos alcaldes como cosa del bien público y de su precisa obligación aquellas providencias que convengan para ello y para la asistencia y manutención de dichos enfermos, guardando y cumpliendo en todo lo así mandado y la orden en que por justicia les está dada por gasto de ella, del corriente pena de quinientos pesos aplicados de por mitad a la real cámara y gastos de este tribunal y con el apersonamiento que en dicha carta les está hecho y líbrese despacho, se notifique o notificare a don Francisco Gómez Román, quien las y pondrá en asistencia de testigos.

El Gobernador Gabriel de Zuloaga no encuentra discrepancia entre las disposiciones sanitarias de carácter general y las prerrogativas de los reclamantes, como se ha visto. Hace la distinción, apoya las quejas de los vecinos, pide verificación de las prevenciones tomadas contra la pandemia y amenaza con multas, en caso de necesidad, para que se aplique estricta justicia.

Lo trascendente de la vicisitud radica en que permite verificar cómo, en el seno de la monarquía absoluta, en una jurisdicción de una dependencia de ultramar sujeta a las decisiones de los representantes de un rey de derecho divino, encuentran desenlace favorable unos vecinos que levantan la voz porque sus derechos han sido conculcados, y porque saben cómo reclamar. La ocasión de las viruelas que azotaron a San Sebastián de los Reyes cuando va a terminar el siglo XVIII, descubre matices de importancia para la comprensión del pasado colonial. No fue tan oscuro, ni tan estático, como han pretendido los clichés del futuro.

#HistoriaDeMédicos | Hospitales como de la Edad Media, por Elías Pino Iturrieta

Imagen: escena de enfermos fragmento del grabado la Historia del Mundo Nuevo, de Girolamo Benzoni, del Museo de Ciencias británico, en Wikimedia Commons.

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Ricardo Archila, historiador de la medicina en Venezuela, cuando revisa testimonios de la década de 1880 afirma que se ha acercado a la era medieval de nuestros hospitales. Hoy veremos un par de fuentes de la época, que confirman su versión.

En primer lugar, las afirmaciones de Laureano Villanueva, quien llegó a ser rector de la Universidad Central de Venezuela, redactó una biografía del doctor José María Vargas y un extenso texto sobre celebridades médicas en el Primer Libro de Literatura, Ciencias y Bellas Artes editado en 1895, al cual aludimos en artículo anterior. Sobre el punto que ahora referimos, dice:

Hasta 1888 los hospitales de Caracas eran casas inmundas, en donde se hacinaban los infelices que no tenían donde morir. Eran lugares de depósitos para proveer los cementerios, pues todos estaban mal servidos en la parte facultativa, sin administración, higiene, ni recursos de ninguna especie, sucios, hediondos y con edificios en ruina.

Villanueva describe un panorama totalmente alejado de la profilaxis y de  un mínimo sentido de preocupación por la salud de los internos, pero también de cómo se experimenta una situación que no ha provocado, ya cuando va a terminar el siglo XIX, la atención de los gobiernos desde la época de la fundación de la república. Un mínimo cuidado desde las alturas de la administración pública, hubiera evitado el doloroso cuadro sobre el cual informa a los lectores de su tiempo, y ahora a nosotros.

Otra figura de primera línea en la época, Rafael Villavicencio, introductor del positivismo en las aulas universitarias y formador de un destacado conjunto de científicos, en un escrito de 1879 afirma:

Tenemos en Caracas el Hospital de la Caridad para hombres, el de mujeres, el de lazarinos y el hospital militar; y en Los Teques el hospital de locos. Ninguno de ellos puede darnos una idea de las enfermedades en Caracas, pues los enfermos no van al hospital sino como último recurso, y es necesario confesar que no les falta razón si se atiende a lo mal servidos que están. No hablamos del servicio profesional, pues los médicos que se encuentran a la cabeza de estos establecimientos merecen la confianza del público, sino del servicio interior como ropa, alimentos, servicio doméstico, etc., etc.

A la somera descripción sigue una alusión que descubre las causas del abandono. Leamos:

La sociedad y la autoridad que es su representante, debían dirigir una mirada de compasión hacia estos infelices, destituidos de todo recurso, que yacen postrados en el lecho del dolor, y disponer la inversión de una suma mayor de la gastada para esos establecimientos, tan bien montados y hasta lujosos, en todo país civilizado.

La colectividad no se preocupa por el destino de los enfermos, hasta el punto de destacar por una indiferencia escandalosa. Si a los gobiernos  les importa poco la sanidad pública, quizá por las carencias de sus presupuestos, o por ignorancia de los políticos, la abulia colectiva no los presiona para que modifiquen su conducta, o simplemente para que lleven a cabo unos pocos movimientos para el mejoramiento de unos institutos que dependen de su autoridad. De allí que Villavicencio trate de mover conciencias cuando refiere los beneficios que las personas comunes obtendrán de una adecuada atención hospitalaria. Agrega:

La sociedad tiene además un interés directo en el buen servicio de los hospitales; es allí donde se forman los verdaderos médicos prácticos. Es a la cabecera del enfermo y observando con minuciosa atención los procedimientos de la naturaleza en la marcha de las enfermedades, que se alcanza alguna habilidad en el arte del diagnóstico; que se obtiene esa penetración del desenvolvimiento consecuente de la enfermedad, que tanto caracteriza al verdadero médico.

¿Sirvió de algo esta pedagogía, este descubrimiento del vínculo de los hospitales con el perfeccionamiento de una ciencia primordial para la prolongación y la mejora de la vida, para la debida estimación del prójimo, para el bien común? Si nos guiamos por la experiencia de un joven médico que se gradúa en 1890, tal vez no fuera Villavicencio  capaz de conmover a las autoridades, ni a los lectores que pudo tener. Cuando sale con su diploma de galeno bajo el brazo, el imberbe Santos Aníbal Dominici, profesional de estelar importancia más adelante,  confiesa que jamás ha entrado a una sala de hospital.

Pero estamos ante un asunto que necesita mayor investigación. De allí que recomiende la lectura de la Antología del pensamiento científico venezolano que debemos a Jaime Requena, Fernando Merino y Blas Bruni Celli (Kálathos, 2020). Los compiladores ofrecen material para meterse en honduras aprovechables.

#HistoriaDeMédicos | Grandes médicos venezolanos del siglo XIX, por Elías Pino Iturrieta

En la imagen, la portada del libro de Lauraeno Villanueva y los médicos José María Vargas, Carlos Arvelo, Louis Daniel Beauperthuy y Manuel María Ponte (comp. Runrunes).

 

@eliaspino

En el Primer libro venezolano de Literatura, Ciencias y Bellas Artes, publicado en 1895, Laureano Villanueva hace el resumen de los avances en el campo de la medicina. Se trata de una tarea que le es familiar, porque ha escrito una biografía del famoso doctor José María Vargas, paradigma de los galenos nacionales.

En lo que viene de seguidas, y de la mano de Villanueva, veremos cómo se aprecian los adelantos de nuestras ciencias médicas en las tres últimas décadas del siglo.

Su reverencial recorrido alude a un progreso que le parece digno de encomio. Hoy conoceremos la nómina de las celebridades que pueblan sus páginas.

Carlos Arvelo, catedrático de Patología Externa en la universidad de Caracas, que por sus cualidades lo llevó al rectorado. Cirujano eminente, había perfeccionado sus conocimientos en Europa y destacó por sus escritos sobre fiebre amarilla y procedimientos operatorios. Luis Daniel Beauperthuy, radicado en Cumaná, estudioso de las alteraciones de la sangre a través del microscopio y de la influencia de los fluidos de la economía animal en las fiebres, investigaciones gracias a las cuales llegó a conclusiones de trascendencia para la curación del cólera asiático y del vómito negro, que envió en una Memoria a la Academia de Ciencias de París.

Manuel María Ponte, autor de una Historia natural de la mujer y de unos Consejos a la mujer, pero también editor de la Gaceta Científica de Venezuela entre 1876 y 1887. Además, fue fundador de una Unión Médica que “enriqueció a la ciencia con estudios sobre nuestros climas, enfermedades y plantas”. Luis Rodríguez, descendiente de una estirpe de especialistas eminentes, laureado en Caracas, París y Nueva York, catedrático de Patología en la Universidad Central y autor de trabajos reconocidos por el maestro Mallet en su Thérapeutique des malades de l´apareil urinaire. También lo citaron Duplay y Reclus en su Traité de Chirurgie. Manuel María Zuloaga, introductor de los estudios médicos en el Colegio de Valencia, autor de investigaciones sobre el cólera, el tifus y las fiebres perniciosas de la Laguna de Valencia.

R. Villavicencio, “de ilustración vastísima”; el doctor J. Esteva, “tan modesto como sabio”; el doctor Dagnino, “a quien debe la ciencia discípulos eminentes y libros útiles”; “los doctores Bolet, y J. J. Briceño y su sobrino Rafael, que perfeccionó sus estudios en Europa; el doctor S. Vaamonde, catedrático muy ilustrado de Patología en nuestra universidad y práctico de inteligencia investigadora; el doctor F. Padrón, que ha utilizado para las ciencias en la estación balnearia que fundó en las trincheras las aguas sulfurosas llamadas de agua caliente; el doctor A. Frías, maestro de Anatomía de casi todas nuestras generaciones médicas en los últimos treinta años; Rísquez y Ruíz, obreros beneméritos de nuestra medicina”.

Después Villanueva anuncia a las figuras de la posteridad, formadas por las eminencias que ha referido y en institutos prestigiosos del exterior. Escribe al respecto: “Ocupan los claros que dejan los viejos en el profesorado y en la práctica, muchos jóvenes de luces y amor a la sabiduría educados en Europa, y empapados en los conocimientos del mundo científico moderno, como Mosquera, Aguerrevere, Seco, Ramella, los Herrera Escalona, Chirinos, Lobo, los hermanos Villegas, J. R. Revenga, E. Celis, López Baralt, Acosta Ortiz, Ríos, Carreyó Luces, Couturier, Razett, Hernández, N. Guardia, hijo, Elías Rodríguez, hijo, Dominici, Myer Flegel, Ackers, de los cuales algunos sirven actualmente cátedras en la universidad, otros las clínicas del Hospital Vargas y trabajan otros por fundar un laboratorio de fisiología y bacteriología, dando todos pruebas diariamente de talento e instrucción. Estos son los maestros del porvenir”.

Laureano Villanueva, quien suministra los datos que ahora se han mostrado, fue rector de la Universidad Central de Venezuela y ministro en los gobiernos de Francisco Linares Alcántara e Ignacio Andrade. Además, escribió la célebre Vida del valiente ciudadano general Ezequiel Zamora, obra canónica del liberalismo amarillo. Pudo ser muy entusiasta al hablar de los colegas de su época.