Elías Pino Iturrieta, autor en Runrun

Elias Pino Iturrieta

Los dioses del miedo, por Elías Pino Iturrieta
Deimos (2016, 44 x 39 x 18 cm), bronce de Matteo Pugliese. Foto original en su web oficial matteopugliese.com .

@eliaspino 

El historiador Gugliemo Ferrero considera que todas las civilizaciones son el resultado de una lucha tenaz contra el miedo. El miedo las ha formado a través del tiempo, asegura, y después propone la necesidad de analizar el vínculo hasta llegar a entendimientos profundos sobre el comportamiento de las sociedades. No es una idea que se deba subestimar en nuestros tiempos conmovidos por el pánico ante el coronavirus, y que trataremos de atender en escritos sucesivos. Ahora, para comenzar, haremos un boceto de las devociones religiosas que el miedo inspiró en los hombres de la antigüedad, a primera vista alejado o desaparecido en la actualidad.

Para los antiguos, el miedo era un castigo de los dioses. De allí la necesidad de relacionarse de manera adecuada con su influencia, de alejarse de ella o de provocar su presencia en el enemigo. Los griegos divinizaron a Deimos y a Phobos, representaciones del temor y del miedo, respectivamente, para que fueran benignos con ellos. En especial con sus ejércitos. Fueron entonces fundamentales las liturgias que trataron de evitar las rivalidades entre las dos figuras, sobre todo en tiempos de guerra. También desde épocas remotas el pueblo castrense de los espartiatas edificó un altar a Phobos, frente a cuya efigie ofreció sacrificios Alejandro antes de la batalla de Arbelas. Entonces aparecen muchos testimonios de este tipo.

Homero habla de Deimos y Phobos entrometidos en las hazañas de Troya, repartiendo entre los hombres el apocamiento y el coraje y cada vez más solicitados por los capitanes de la soldadesca. Tales potencias fueron romanizadas con los nombres de Pallor y Pavor, a quienes Tulio Hostilio consagró dos oratorios después de contemplar la derrota de sus soldados por las huestes albanas. Ordenó preces obligatorias postrados en sus aras, antes de presentarse en el campo de batalla. Las peleas se ganaban matándose los unos con los otros, desde luego, pero también debido a decisiones tomadas por las deidades desde su omnipotente pináculo. De allí el auge del culto griego a Pan.

Pan fue originalmente dios nacional de Arcadia. A la caída de cada día, según un arraigado relato que circulaba en campos y ciudades, se ocupaba de sembrar el terror entre los pastores, pero también en sus rebaños, hasta el punto de provocar calamidades y carestías sobre las cuales resultaba imposible el encuentro de explicaciones terrenales. En el siglo V los griegos lo convirtieron en una especie de patrono general (algo parecido a un Santiago Apóstol del futuro en la guerra de los cristianos españoles contra los moros), con un imponente santuario en la Acrópolis. La derrota de los persas en Maratón fue atribuida por los atenienses a la colaboración de Pan, como también otras hazañas que favorecieron a los griegos frente a los invasores. Así, por ejemplo, el desastre de Jerjes en Salamina. Pan hizo que los jefes de la flota de Jerjes recibieran órdenes contradictorias, y así confundieron sus movimientos hasta estrellarse en el caos, aseguraban en los templos y en la plaza pública.

Aunque fueron guerreros capaces de sembrar el espanto, o quizá precisamente por eso, para los antiguos mexicanos la preocupación no se centraba en ganar una batalla, sino en triunfar frente a los desafíos de la cotidianidad. Como, según sentían, no estaba en manos de los mortales atender el vaivén de la vida, prevenir el rumbo de las cosas, dedicaron templos y ofrendas a Tezcatlipoca, un poder que obraba según su antojo para hacer que las situaciones de la rutina se torcieran. Tezcatlipoca tenía un espejo para observar las conductas de las criaturas de la tierra, lo que obraban a diario, y para cambiarlas según los tirones de su humor. Los hombrecitos que no podían disponer de su destino pedían el favor del todopoderoso titiritero, quien lo movía en atención a su capricho y, a veces, para complacer a los fieles. Por ejemplo, para no pasar de la tranquilidad al desasosiego, de la bonanza a la pobreza, de la salud a la enfermedad. Era el dios de la ubicuidad del miedo, el timón de la incertidumbre insistente e inefable, tal vez la mayor confesión de las limitaciones de los seres humanos ante los retos de la realidad.

Un guía de alta montaña interpelado por el historiador Pierre Servoz hace unos años, respondió así: “Siempre se tiene miedo de la tormenta cuando se la oye crepitar. Se erizan los cabellos debajo de la boina”. “El miedo es normal y es de siempre”, escribió antes Sartre. Por consiguiente, la reacción reflejada en el imperfecto elenco de dioses que hemos visto no fue exclusiva de los antiguos. Nos habita hoy y mueve las plegarias.

¿De peores hemos salido?, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino 

Venezuela ha pasado por crisis severas que ha podido manejar con éxito, pero tal vez estemos ante una mayor sobre cuyo impacto costará levantar cabeza. Miremos un poco a las más importantes del pasado, y veamos cómo la sociedad las superó, para que cada quien saque cuentas después sobre el desafío que ahora le toca y piense en la posibilidad de salir victorioso.

Estamos acostumbrados a ver en la Independencia una hazaña gloriosa, sin descubrir la tragedia que fue de veras. La sociedad de las postrimerías coloniales vivía un apogeo económico y una situación de convivencia que no parecía orientada a alternativas de hostilidad. Antes de 1810, el joven Andrés Bello pregonaba las bondades del paraíso del café y el cacao que era Venezuela, sin imaginar la catástrofe que se avecinaba. Para desdicha de las mayorías de la población, arrastradas a un conflicto que no les interesaba, el pensil se convirtió en infierno debido a las batallas contra los realistas.

“Nada es de lo que fue”, afirmó Bolívar en una carta famosa de 1814, cuando apenas empezaban las matanzas de hombres y animales, cuando todavía sobraba el tiempo para destruir las propiedades, las cosechas y las instituciones.

Bastan menos de dos décadas para que la población disminuya como consecuencia de la sangre derramada y del hambre padecida, para que el comercio antes opulento se vuelva parodia, para que la mano de obra llegue a una escasez jamás experimentada, para que ni siquiera se encuentre una hogaza de pan en la mesa de los mantuanos que todavía subsisten. Los pardos se ven diezmados, los esclavos han muerto o se han extraviado en los montes para librarse de sus propietarios, los soldados vagan por las campiñas sin oficio ni beneficio y los alumnos no tienen escuelas, mientras las ruinas del terremoto de 1812 simbolizan el escombro que ha tocado las fibras más íntimas de la vida. Venezuela es un desierto evidente y un padecimiento sin paliativos en 1830, cuando se estrena como república autónoma. El país es un enigma trágico, asegura la Memoria del ministro de lo Interior en 1831.

Con la Guerra Federal hemos sido menos indulgentes, no la vemos con los ojos amaestrados para aplaudir las glorias inmaculadas de la Independencia, pero desconocemos la magnitud del holocausto que significó para la sociedad que apenas había disfrutado treinta años de concordia intermitente. Al estudiar lo que sucedió entonces, un sociólogo positivista habló de la existencia de “la sociedad suicida”. Fue un lustro de inclemente escabechina, efectuada en la mayoría de los rincones del mapa, para que el ensayo de civilización liberal iniciado después de la Independencia se fuera al tarro de la basura. Pero, asunto que pocas veces se ha analizado, fue el inicio del reino de unos líderes sin compasión ni letras, con más sombras que luces, tras cuyas banderas desprovistas de mensaje se levantó el incendio de un enfrentamiento por la justicia social que no pasó de manifestaciones cargadas de odio y movidas por antiguas frustraciones, prólogo de una carga que pesaría más tarde como un fardo en las espaldas del pueblo que necesitaba equidad y de los líderes que se ocuparon de manipularlo. Después de un conflicto demasiado largo, pero especialmente luego de que los triunfadores hicieran de las suyas en el Gobierno, un famoso crítico que escribía en El Federalista, semanario cercano al nuevo oficialismo, llegó a asegurar que la guerra recién terminada había sido una aberración injustificable. 

Pero los venezolanos de la primera época se levantaron de las ruinas de la Independencia para edificar una comarca solvente, una república sin deudas, una sociedad sin corruptelas, una legalidad susceptible de respeto, un pensamiento y unos pensadores dignos de admiración. La sociedad de la segunda época logró controlar el apetito del caudillaje y el auge del vandalismo, para que se efectuara una nueva reconstrucción de la colectividad y de la vida. Pudo concertar un avenimiento entre los nuevos protagonistas, para que un autoritarismo flamante impusiera nuevas formas de cohabitación, códigos modernos para el desarrollo de las principales vicisitudes, instancias que produjeran respeto y acatamiento. Así, el suicidio advertido por la posteridad no pasó de ser una estrafalaria exageración. Las generaciones de cada tiempo acudieron con puntualidad a un reto provocado por la insistencia de la muerte y por el riesgo de perder sus bienes y sus intereses, hasta llegar a la proeza de volverlos motivo de éxito colectivo. ¿No pueden hacer ahora lo mismo, o algo parecido, ante la tragedia que las aflige?

Tal vez no. Los enfrentamientos fratricidas de la actualidad en nada se parecen a los mencionados, o existen de una manera que no facilita la maniobra de usarlos en una analogía razonable. Batallas como La Puerta y Santa Inés no vienen a cuento. Guerras a muerte como las antiguas no se ven en el paisaje.

Los embates contra las propiedades y contra los intereses de los ciudadanos se ocultan en la máscara del populismo, sin asomarse con los colmillos afilados de los perros de ayer.

La sociedad no pasa por los mismos acometimientos, o parece que no pasa, fenómeno que la ha hecho más mansa y manejable, más cómoda, oportunista y cobardona. Además, no sabe cómo lidiar con un padecimiento invitado, con unos torturadores llamados a gobernar, con una tragedia solicitada como panacea. Solo la desasistencia sanitaria se puede comparar con las carestías habitualmente padecidas por la sociedad del siglo XIX, pero no sabemos si nos puede obligar a meternos en la misma carreta de unos remotos viajeros agobiados que maduraron durante el trayecto.

Los cómplices y el coronavirus, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

Lo más aconsejable para poner las barbas en remojo ante la pandemia que comienza a azotarnos es mirar a la incompetencia del régimen, a su corrupción y abulia proverbiales, pero no es la única posibilidad de encontrar las razones de lo que será, seguramente, una calamidad generalizada. Si advertimos la bíblica indiferencia del chavismo para la atención de los problemas sociales, hasta el punto de convertir la vida de las mayorías en un escombro, tendremos razones suficientes para calcular la tragedia que nos espera, mas también conviene mirarnos en el espejo como sociedad para admitir la responsabilidad que nos incumbe. Si por sus vicios intrínsecos, por sus limitaciones congénitas y por su entendimiento rudimentario de la convivencia, el régimen no está en capacidad de salir airoso en la batalla contra una asoladora enfermedad, parece que tampoco tengamos como pueblo las virtudes que nos permitan cantar victoria. En los párrafos que siguen trataré de aproximarme al asunto, que es peliagudo.

¿El pueblo venezolano es solidario y compasivo? ¿Somos un conglomerado de individuos que mira por el prójimo y trabaja en conjunto por el bien común? Las respuestas habituales conducen a una afirmación positiva y entusiasta que no se encontrará en estas líneas. Tal vez se trate de una carencia antigua, de una indiferencia remota, pero resulta difícil encontrar entre nosotros los testimonios de compromiso social sobre los cuales generalmente alardeamos. Bastan las reacciones de las mayorías frente a la reinante dictadura, para pensar en cómo hemos evadido una obligación republicana que data de los orígenes de la patria y no hemos sabido honrar. El chavismo no solo se ha establecido, sino que también ha degenerado en la usurpación de la actualidad, debido a que, con honrosas excepciones, los venezolanos nos hemos limitado a contemplar desde la barrera el espectáculo de su entronización.

No es cierto que nos hayamos opuesto como sociedad al oprobio que hoy nos humilla y enajena. Todo lo contrario: ha sido un desfile de horrores sin tropiezo, como si fuera una verbena, porque nos hemos negado a advertir sus miserias.

Decidimos engordar la vista para no descubrir el tamaño del monstruo invitado a vivir en la sala de la casa. Pero no es un defecto reciente, ni una carencia exclusiva de hoy. Nuestros padres hicieron lo mismo ante la dictadura de Pérez Jiménez, y nuestros abuelos ante la tiranía gomecista, y los antepasados más lejanos frente al guzmancismo y el monaguismo. Escamoteamos  una dejación que nos abruma cuando hablamos de las resistencias llevadas a cabo en tales épocas, en ellas ocultamos la desidia colectiva, porque nos robamos las hazañas de un puñado de héroes debido a cuyo sacrificio tenemos licencia para escribir páginas doradas. Son conductas que se deben estudiar con la debida profundidad, tal vez con la ayuda de la Historia de las Mentalidades, para enterrarlas en el pasado.

Pero, por lo que se relaciona con nuestros días, se debe analizar cómo el ejemplo del régimen ha incrementado un individualismo sin piedad que conspira contra cualquier designio de naturaleza colectiva. Dejadas a la mala del diablo y, pese al tono monocorde de un discurso que insiste en la justicia social, las personas abandonadas a su suerte procuran la subsistencia sin respetar las reglas de una convivencia planteada después de la Independencia, creada en el siglo pasado y ahora al borde del precipicio. Sin acceso a las subsistencias y sin las dádivas de un establecimiento calamitoso y empobrecido, cada cual se la juega a su manera sin mirar hacia los lados.

Una autoridad cada vez más desprestigiada, o feliz porque se libra de la obligación de gobernar, o forzada a disimular porque no está en capacidad de oponerse a las criaturas que ha multiplicado, facilita los desmanes que cada quien perpetra en detrimento de los asuntos generales de la colectividad.

Los buhoneros, por ejemplo, pero también otros comerciantes de elevado coturno, que manejan los mercados a su antojo para explotar a una población cada vez más angustiada y necesitada. En la nómina deben incluirse muchos profesionales liberales, quienes se valen de sus conocimientos para determinar, partiendo de gélido interés, el destino de unas clientelas cada vez más desvalidas. Solo temen a las mafias del oficialismo, rivales de las que ellos protagonizan, porque deben atender la petición de sus matracas para que las desalmadas rutinas del “socialismo del siglo XXI” nos conviertan cada vez más en un pantano putrefacto.

La epidemia de coronavirus no es solo un problema de salud pública, sino un asunto de compromiso gregario y disciplina compartida. Es decir, de obligaciones que los venezolanos hemos subestimado, o ignorado del todo, especialmente en las décadas ominosas del chavismo,  para refocilarnos en las pulsiones de un conjunto de egolatrías minúsculas que claman al cielo y  han impedido la realización de hazañas dignas de memoria. De allí que la posibilidad de detener la enfermedad, que es un desafío de naturaleza republicana, se sienta como obra ardua y distante. ¿Podrán contra el coronavirus unos gobernantes inhábiles y expoliadores, mientras los observan los gobernados indolentes y convenienceros? Pienso que lo más adecuado sería solicitar, como único salvavidas, el auxilio del doctor José Gregorio.

La marcha del deslinde, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

Habitualmente el éxito de las marchas de la oposición se ha calculado por el número de personas que congregan y por el entusiasmo que muestran, pero la más reciente es susceptible de un comentario distinto. Puede pensarse que evitar la cuenta de los manifestantes trata de evadir el hecho de que no fuera realmente multitudinaria, pero la objeción no funciona porque asistió un número considerable de ciudadanos; o que dejar de lado las referencias al fervor que suscitó es salirse por la tangente, pero justo es ese el rasgo que la singulariza e invita a reflexionar con seriedad.

A diferencia de la mayoría de las anteriores concentraciones, fue esta una marcha silenciosa a través de la cual se patentizó una adustez concordante con los signos del tiempo político que se vive.

Pero una marcha silenciosa que nació de la espontaneidad, porque nadie la pensó de tal manera. No se escuchó ninguna consigna, ni los gritos de costumbre. Nadie insultó a la madre de Maduro, ni pateó la memoria del “comandante eterno”. Las bailoterapias brillaron por su ausencia, así como también los megáfonos de los partidos a través de los cuales brotaba de pronto el sonido de uno de sus voceros convocando a la cruzada definitiva. No fue un desfile de personalidades, porque nadie las estaba buscando, sino solo una congregación de pares. La mayoría de los diputados actuó sin espavientos, por fortuna o por el ejemplo de los reunidos. Se vieron muchas señales, insignias y colores de las diferentes banderías, pero sin el afán de singularizarse sino solo con la modesta orientación de ofrecer su compañía. Pocos carteles de protesta, para completar el desusado paisaje, quizá porque la discreción de cada manifestante era un desgarrado anuncio de reprobación.

Pero, además, fue una manifestación sin el dinamismo de la juventud, sin el calor que los muchachos le imprimen a su tránsito por los senderos de la lucha. Éramos gente madura, en la abrumadora mayoría de los casos. Personas cuarentonas, cincuentonas y muchísimos de los que ya vamos para viejos. ¿Por qué? Porque somos los que quedamos y quisimos representar a los hijos y a los nietos del exilio, ocupar y guardar su lugar para el futuro. Porque los estudiantes, seguramente sin pensarlo de veras y mostrando una discreta presencia, quisieron que les hiciéramos el turno mientras se preparan para nuevos desafíos. O porque fue así, simplemente, sin que nadie lo calculara de antemano, de lo cual se deduce la existencia de una singularidad capaz de llamar la atención de los líderes para que, ante la contundente evidencia, maduren como los dirigidos y cambien el rumbo de sus planes. Entre otras cosas porque aquello no fue una muestra colectiva de cansancio, ni un nuevo testimonio de desengaño, ni un adiós colectivo, sino la manifestación de un temple diverso, seguramente más acerado, de un compromiso distinto después de aprender las lecciones recientes de la realidad y de mostrar lo aprendido a través de pasos austeros y serenos.

Huelga decir que están leyendo una versión subjetiva, a la cual se agrega lo que viene. De cómo el mensaje no tuvo tiempo de llegar a la dirigencia, o de cómo una resistente miopía no lo pudo percibir, sobran las pruebas en las palabras que clausuraron el acto de la oposición en la Plaza Alfredo Sadel. La retórica de siempre, como si las escenas anteriores no clamaran por una rectificación, por lo menos en el campo de los discursos. La influencia de las prisas, tal vez, la costumbre de lidiar con conductas predecibles, la dificultad de descubrir hechos de importancia cuando se te echan encima, el valladar que significa el hallazgo de una caminata que parece común y se hace insólita. Una multitud acababa de proclamar su crecimiento, su entrada en la ciudadanía, algo difícil de digerir en medio del calor de una reacción inesperada. Todos los líderes y el más importante de ellos, Juan Guaidó, tienen ahora tiempo para averiguar lo que sucedió de veras durante la marcha del 10 de marzo y para actuar en consecuencia. No deben olvidar que buscamos cobijo en su guía todos los que, sin ensayo previo, sin un libreto propuesto por cabeza ajena, ostentamos la templanza que ha sido objeto del presente texto.

La estatura de un líder, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

Las circunstancias definen la magnitud de un liderazgo personal. Las posibilidades de dirigir con lucidez a un conglomerado no se decretan, no se resuelven en los despachos de las personas influyentes, sino cuando una figura elevada por sus pares se crece ante los desafíos que topa en el camino. Los conciliábulos de la dirigencia pueden escoger a uno de los suyos para que los represente, los comandos de los ejércitos pueden entregarse a un capitán para que los dirija en el campo de batalla, los cardenales deben escoger a su pontífice después de encomendarse al Espíritu Santo, pero no siempre aciertan.

El dirigente, el capitán y el papa se prueban en las lides de sus funciones, porque deben cumplir una misión que rebasa las fronteras de lo que se les pidió en un momento determinado y ante un aprieto específico.

Ahora se machacan estas verdades de Perogrullo para llamar la atención sobre el crecimiento del liderazgo de Juan Guaidó, que no solo ha llegado a alturas dignas de atención, sino especialmente al predicamento de exhibir autoridad de sobra para pedir el respaldo de la ciudadanía frente a la tragedia que se puede remediar bajo su control.

Guaidó no aparecía como designado por las disposiciones de un destino irrefutable, sino solo como el producto de unos tratos burocráticos que obligaban a refrescamientos en la dirigencia de la AN. Le tocaba el turno de encabezar el parlamento y de sobrellevar la carga con decoro, sin que nadie pensara que dependería de su figura la realización de hazañas memorables.

Sin embargo, la decisión de un grupo de sus electores lo puso frente a la posibilidad de retar al usurpador desde una posición que nadie avizoraba, desde una trinchera que nadie se había atrevido a cavar, y debió apechugar con un encargo que seguramente jamás le pasó por la cabeza.

Pero le tuvo que pasar, aunque nunca se imaginara en semejante trance. Lo importante del hecho no radica en que debió recibir de pronto la alternativa en una plaza con los graderíos cada vez más solos, sino en que se ha lucido en la lidia. ¿Cuántos lo conocían antes de que llegara a la presidencia del parlamento? ¿Aparecía en la víspera entre los ases de la baraja? ¿Estábamos familiarizados con su imagen, o con su cartel de dirigente universitario y de figura de un partido político? No, desde luego: era el debutante de la feria y una promesa en la ruleta.

La fundación de una ascendencia distinta de las habituales impidió que captáramos en toda su magnitud lo que traía en las maletas. Un discurso diverso que todavía necesita retoques, una juventud inusual en el centro de la tribuna, o lo que olía a inexperiencia excesiva; un porte alejado de los que atraían a las multitudes del siglo XX, una sencillez sin maquillaje como las de los individuos a quienes se dirige con naturalidad, una presencia sin el soporte de los desaparecidos partidos de masas, tapaban la mole rocosa de un ascenso que hoy no admite discusión. Debió corregir errores garrafales, como el disparate de La Carlota, o procurar su olvido; y distanciarse de influencias perniciosas, prominentes y menos conocidas, para llegar a una posición de hierro y cemento que lo ha colocado en lo más alto del pico. Escaló peldaños dorados en su reciente gira internacional, cuando fue interlocutor de los líderes del mundo democrático ante quienes no solo mostró argumentos solventes, sino también una presencia de ánimo que solo distingue a los estadistas experimentados. 

Así las cosas, ¿qué le faltaba a Guaidó para la consagración? Que se le percibiera como un hombre valiente, que mostrara coraje físico de manera elocuente. Lo que ha venido haciendo ha contado con el auxilio de dosis permanentes de osadía, pero su conducta ante la arremetida de los “colectivos” del oficialismo en Barquisimeto, sucedida hace poco, lo coloca en la vanguardia de los individuos templados e impávidos. Pese a que llegó a la ciudad en son pacífico, sin cuchillas ni pólvoras, no se arredró ante los disparos de unos matones, acompañó a sus seguidores sin ceder ante presiones bárbaras de gran peligrosidad y cumplió con la agenda pese a las pretensiones de una pandilla de malhechores que venían por su cabeza. Después se mostró reposado ante la opinión pública. Si las clientelas nacionales se postran ante los individuos bizarros, como afirmaban los  teóricos  positivistas, el más reciente del elenco les ha llovido del cielo.

Las encuestas lo colocan en altas escalas de aceptación, como ninguno de los de su orilla que le pueden rivalizar, pero necesita una aclamación clamorosa. Las manifestaciones de masas que está promoviendo son la mejor ocasión para refrendar una autoridad ganada a pulso, la confirmación de una alianza imbatible frente al continuismo de la usurpación. Un hombre solo no llega a la meta en la circunstancia venezolana. Por consiguiente, en la hora de los compromisos supremos debemos ser dignos de su liderazgo.

El alma mater asediada por la dictadura
La mancilla en la obra La educación (Francisco Narváez, 1950), en la UCV, se alza como dolorosa metáfora de “la repugnancia que las universidades le provocan al chavismo”. Foto Luis Chacín, 2016.

@eliaspino

Sabemos que la universidad venezolana ha sido, entre las instituciones establecidas desde antiguo, una de las víctimas preferidas del chavismo. La furia de los ataques del régimen ha convertido a las altas casas de estudio en una ruina, hasta extremos solo comparables con los escombros que fueron en el siglo XIX debido a la devastación de la guerra de Independencia y de las guerras civiles. Pero, pese a los ataques que el régimen del “comandante eterno” y ahora el de la usurpación les han prodigado, ahora se prepara el asalto final, el ataque supremo contra la autonomía y la dignidad que han podido mantener a duras penas.

Solo un vistazo de la planta física de nuestras universidades da cuenta de cómo las han atacado a mansalva durante veinte años asoladores. Ni siquiera se puede atender a los alumnos de noche por la carencia de bombillas. Los estudiantes hacen colectas en la calle para lograr la iluminación de las aulas. Los laboratorios desvencijados o desprovistos de sus utensilios, las bibliotecas sin posibilidad de renovarse, los auditorios sin los requerimientos mínimos para ocuparse de su función, las oficinas sin papel para atender sus obligaciones, el mobiliario condenado al abandono…, dan cuenta de una dejación premeditada desde las alturas del poder. Como se sabe, la modestia del sueldo condena a los profesores a vivir como harapientos, o a formar parte de la diáspora que les puede permitir un pasar decoroso. Tales son, si miramos solo hacia la superficie, los rasgos de un menoscabo que clama al cielo.

La normativa institucional ha estado sometida al capricho de la dictadura, hasta el extremo de impedir la renovación de autoridades de acuerdo con los principios habituales de alternancia y en atención a los hábitos de cogobierno que han imperado en tiempos de normalidad.

Los equipos rectorales y los decanos se han mantenido, en su mayoría, debido a la fidelidad a unos principios que les son caros, luchando hasta extremos de extenuación. Se ven cansados y quizá envejecidos en el ejercicio de sus rutinas, pero continúan en las funciones para las cuales fueron elegidos por sus comunidades. En el caso de los estudiantes la resistencia ha llegado hasta escalas de epopeya, no solo por su empeño en mantener los principios de representatividad establecidos por las reglas de la autonomía, sino también por sus batallas en el campus y en la calle contra los desmanes del régimen. Mientras se ha hecho más evidente la repugnancia que las universidades le provocan al chavismo, mayores han sido el decoro y el coraje de sus habitantes.

Ahora la usurpación, valiéndose de su control del TSJ, planea la arremetida final. Los magistrados que obedecen ciegamente al Ejecutivo están a punto de ordenar una intervención destinada al desalojo de las autoridades establecidas por la autonomía, y a su reemplazo por figuras dóciles que terminarán el designio de liquidar el bastión que no han podido dominar. Para llevar a cabo la escandalosa pretensión apelarán a un solo artículo de la Constitución, el que consagra el imperio de la democracia representativa y protagónica, sobre cuya supuesta preeminencia sobre el resto de los contenidos de la Carta Magna, se cargarán la Ley de Universidades y penetrarán a mansalva en los campus como los bárbaros en el templo. De acuerdo con la supuesta preponderancia de la tal democracia representativa y protagónica, los magistrados permitirán que los empleados y aun los obreros participen, no solo en la elección de autoridades, sino también en la discusión de los trabajos de ascenso de los catedráticos. Justo en los únicos lugares en los cuales no tiene cabida la democracia, bajo ningún respecto, justo en los predios exclusivos de la aristocracia del conocimiento, pueden reinar las decisiones de la ignorancia y la estulticia.

Enterado de la inminencia del desastre, un universitario cabal, hombre de luces y luchas, pidió a uno de los capitanes del oscuro proyecto que le diera una sola justificación para una aventura que ni siquiera fue concebida por la Unión Soviética de Stalin. Completaremos la obra inacabada del Moscú glorioso, llevaremos la lucha de clases al alma mater, respondió el aludido sin siquiera parpadear.

En los pasillos de las universidades autónomas, concretamente en los mentideros de la UCV, ya circulan los nombres de los rectores oficialistas que llegarán con la misión de montar el cuadrilátero para que peleen los proletarios contra los burgueses de la academia. Parece que los equipos rectorales de la actualidad, los decanos y los responsables de fundaciones universitarias conocen los detalles del macabro propósito y, en contados casos, están dispuestos a dejar sus funciones sin oponer resistencia. Tal vez el cansancio les aconseje una despedida después de heroicas escaramuzas. Otros seguirán en la contienda con el objeto de evitar una afrenta que denunciamos desde aquí, para que la sociedad no deje sola a la más pura y limpia de sus instituciones republicanas.

El pobre regreso de Guaidó, por Elías Pino Iturrieta

Decíamos en el artículo anterior que el retorno de Guaidó conducía a pensar en sucesos de estreno en la política venezolana, en una mudanza  de los negocios públicos que nos distanciara de pesados y recientes fracasos. Sabemos que la aparición de elementos capaces de cambiar el rumbo de la vida no es cosa fácil, sino un moroso atisbo de evidencias distintas y prometedoras, de manera que no pensábamos que las cosas se harían radicalmente  diversas en cuestión de un par de días, pero lo que ha pasado desde la vuelta del líder no anuncia el inicio de un capítulo distinto de la lucha contra la usurpación que debe encabezar un viajero marcado por la victoria en plazas foráneas. 

Se esperaba la ceremonia de un triunfo de estilo imperial romano, una aglomeración rendida ante los pies del conquistador de fortalezas extranjeras, pero la recepción apenas se caracterizó por una escuálida compañía. La menguada asistencia que se hizo presente en el aeropuerto de Maiquetía no guardó correspondencia con la hazaña realizada por el viajero adornado por inesperados laureles. Solo un puñado de entusiastas se animó a servirle alfombra de honor, como si hubiera sido poco lo concretado en la víspera. Si el vínculo de un líder con sus seguidores se advierte en el calor demostrado en un contacto físico a través del cual se compruebe la profundidad de un nexo, la renovación de una promesa capaz de anunciar nuevos rumbos hacia la tierra prometida, el peregrino y los distantes mirones nos quedamos con los crespos hechos.

¿Qué debieron hacer los dirigentes de los partidos que acompañan a Guaidó, los jefes de las organizaciones que lo llevaron a la presidencia de la AN y al posterior estrellato? Pensar que el pueblo no saldría con facilidad de su modorra, o de su comodidad, o de su temor frente a las represalias del régimen, pese a la magnitud del trabajo realizado por su heraldo durante las semanas anteriores. En consecuencia, movilizar a sus vanguardias, llevar a sus militantes más constantes y convencidos, aprovechar la oportunidad para inaugurar, mediante un soporte multitudinario, el primer capítulo de lo que puede ser una historia flamante y vigorosa en la lucha por la restauración de la democracia. Pero no lo hicieron, por desdicha, para que presenciáramos un espectáculo de poca monta en todos los sentidos.

Se puede pensar que ahora se detiene la vista en detalles sin trascendencia, sin considerar las trabas puestas por la usurpación para impedir el éxito de la bienvenida, imposibles de superar, o muy arduas, como la interrupción  de tramos carreteros, los cortes de luz y el envío de fuerzas paramilitares con el objeto de convertir la fiesta en funeral, pero precisamente se trata de reprochar a la dirigencia cómo no tuvo presente lo que se esperaba sin necesidad de devanarse los sesos, sin el desafío de las sorpresas,  y cómo no lo superó partiendo de estrategias elementales. No exagera quien hable de la indiferencia de los partidos de la oposición ante un suceso que debieron explotar. ¿Acaso no sabían lo que podía suceder en el retorno de quien es la figura fundamental de la oposición? ¿Acaso esperaban la rutina de una vida escapada hace décadas de la normalidad escamoteada por la ¨revolución?

Peor si no lo sabían. Mucho peor si anhelaban un apacible fin de itinerario con caminos despejados, o sin ¨colectivos¨ que actuaran con la complicidad de las autoridades de Maiquetía. Sería como pensar un país de cohabitación civilizada que no existe y al cual se debe volver antes de que la república se ahogue en una ciénaga pestilente. Sería como soñar que el régimen tomó buenamente la decisión de reformarse porque estaba cansado de su arbitrariedad, o apenado por su arraigada vocación de desfachatez, o dispuesto a ofrecer un ramo de flores a su enemigo más significado. ¿No demuestran los líderes de la oposición, debido a indiferencias como la que nos ocupa, su divorcio tajante de la realidad venezolana o, lo cual sería escandaloso, su irrespeto a la figura de la cual dependen para sobrevivir?

El pobre regreso de Guaidó, después de una cruzada apoteósica en el extranjero, no es una nimiedad que se debe pasar por alto. Todo lo contrario, es el peor comienzo de lo que la sociedad espantadiza y cobardona esperaba para animarse a ser otra.

Los desafíos de una gira, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

 

El exitoso periplo de Juan Guaidó en el exterior debe cambiar el rumbo de la política venezolana. La sonoridad de su visita, por la acogida que tuvo en los poderes establecidos de Colombia, Europa y América del Norte, obliga a pensar en la posibilidad de una mudanza de los trabajos de la oposición en términos positivos. Lo que hizo el joven en su viaje, jamás llevado a cabo antes por un líder venezolano que no detentara el poder a plenitud, conduce a pensar en la apertura de horizontes alentadores en la evolución de un conflicto que transitaba por camino torcido debido a los pasos torpes de la dirigencia en 2019. Todos sabemos los detalles de la gira, susceptibles de provocar gestos de aclamación, pero pueden quedarse en la reminiscencia de una epopeya si lo que realizó en el extranjero no se vuelve trabajo convincente entre nosotros.

Lo que hará el régimen usurpador después de la elevación de Guaidó no cabe en estas líneas, porque seguramente será semejante a lo que ha llevado a cabo hasta ahora: no solo negar los eventos, sino también asegurar que el líder solo existe en el universo de las fantasías. No cambiara el fundamento del discurso, ni su tratamiento de los problemas populares. Continuará su idilio con Rusia y su dependencia de Cuba, que quizá se vuelvan más intensos por razones obvias, pero lo mantendrá sin variaciones de fondo porque le ha permitido sobrevivir sin aprietos. Seguirá su concubinato con la falsa oposición y con los individuos comprados para controlar el Capitolio, que existían antes de la gira y sobre cuya continuidad no admite dudas pese a la repelencia que producen. De allí que lo más interesante pueda ahora consistir en una mirada hacia los de nuestra orilla, no en balde son los más concernidos, para ver de a cómo les tocará en adelante.

Y el primer concernido es el triunfal viajero, quien no las llevaba todas consigo cuando hizo las maletas. Ojalá cuando las deshaga, mientras cuelga la ropa en el armario, entienda la necesidad de una mudanza seria de las maneras de hombre público que lo habían conducido a un apocamiento evidente.

Debe pasar de la retórica desgastada a vocablos que se conviertan en el imán del principio, pero, en especial, a una mudanza radical de estrategias para que sus trofeos no naden dentro de pronto en agua de borrajas. El hombre que fue capaz de la elevación exterior, debe llegar a un encumbramiento doméstico sin el cual no se puede pensar con seriedad en metas cercanas. Nadie le puede disputar el liderazgo luego de la fulgurante cruzada, a menos que esté loco o dominado por los consejos de la egolatría, pero debe mimar y multiplicar ese liderazgo porque las pasiones de los pretendientes al lugar estelar están a la espera del oxígeno que los reanime.

Un asunto que no solo incumbe al líder ascendente de nuevo, sino especialmente a los partidos de la oposición. Deben despertar de su letargo para darle con la puerta en las narices a los enclenques rivales de Guaidó, pero especialmente para meterle cemento a una unidad que solo existe en apariencia. Hay que decirlo con claridad: persisten en su seno los odios congénitos entre PJ y VP; se ve a los adecos como unos vejestorios sin destino, mientras ellos levantan las credenciales de su antigüedad para distanciarse de la inexperiencia de los más jóvenes; las banderías de cuño regional no ven más allá de su topografía lugareña, mientras subestiman las necesidades de lo panorámico; todos han dejado que Copei se cocine  en su propia salsa, sin buscar fórmulas para que la verde familia abandone la fragmentación; la pretensión oficialista de controlar mediante presiones subalternas a los partidos que le parecen temibles, no se ha enfrentado con el coraje correspondiente; individuos con el solo aval de su voluntad, o con patrones inconfesables,  realizan faenas de torpedeo constante a la nave de sus ¨amigos¨; desde el extranjero, líderes y grupúsculos no hacen de amalgama sino de interferencia. Si la administración que se ha creado desde la presidencia de la AN no ha funcionado como se esperaba, o ha estado distorsionada por lunares y sombras, se debe a esta dislocación que debería terminar en breve.

Después de una gira internacional tan cargada de promesas, Guaidó y los partidos que lo acompañan están ante el desafió de la coherencia y del triunfo.  

Deben buscar la consistencia que no ha sido su emblema, el éxito que les ha sido esquivo por propia responsabilidad, por una incongruencia que no solo los ha alejado de la posibilidad de tener el poder sino también el favor popular.

El viento de otras latitudes es tornadizo y no se quedará para facilitar la vida de la oposición.