Elías Pino Iturrieta, autor en Runrun

Elias Pino Iturrieta

El miedo a la peste, por Elías Pino Iturrieta

Médico durante una epidemia de peste en Roma, siglo XVII (grabado de Paul Fürst, 1656): túnica que cubre el cuerpo, guantes, máscara con forma de pico, sombrero y varita. El apodo “Doctor Schnabel” significa “Doctor Pico”. Imagen en Wikipedia.

@eliaspino

La peste ha sido el fenómeno de la historia universal de occidente que ha provocado mayores pánicos colectivos.

Durante los cuatro siglos que corren entre 1348 y 1720, fechas que marcan la evolución de pavorosos males que asolaban ciudades y regiones de Europa, la peste fue la rectora de los miedos compartidos por todos los estratos de las sociedades.

Más que la fiebre miliar llamada inglesa que azotó a Inglaterra y Alemania en el siglo XVI, o que la viruela y la gripe pulmonar activas a partir del XVIII, por ejemplo, capaces de producir  estragos.

Un precioso texto nos informa sobre lo que pudo significar la peste en aquellas sociedades. Hablamos de las afirmaciones de Bocaccio en la introducción del Decamerón, que compendian las sensaciones trágicas y las desesperanzas provocadas por la pandemia en su ciudad. La extensa cita que sigue vale la pena:

“Tanta y tal fue la crueldad del cielo, y en parte de los hombres, que entre el mes de mayo y el siguiente mes de junio, por la virulencia de la enfermedad tanto como por la poca diligencia que cerca de los enfermos se tenía, se cree y afirma que dentro de los muros de la ciudad de Florencia mas de cien mil criaturas humanas fueron arrebatadas de esta vida presente, número que, por ventura, antes que aquel mal aventurado accidente ocurriese no se pensaba que en todas ellas existiera. ¡Oh, cuántos grandes palacios, cuántas hermosas y bien edificadas casas, cuántas nobles habitaciones y moradas, llenas y pobladas de nobles moradores y grandes señores y damas, de los mayores hasta el menor servidor quedaron vacías y solas! ¡Cuántas familias, cuántos excelentes linajes, cuántas grandes y ricas heredades y posesiones, cuántas y cuán preciosas riquezas se vieron sin heredero y legítimo sucesor, desamparadas! ¡Cuántos valerosos y nobles hombres, cuántas y cuán hermosas, graciosas y galanas damas, cuántos gentiles y alegres hidalgos que, no a juicio del pueblo común, mas al de Galeno, Hipócrates y Esculapio, serían juzgados bien salubérrimos y sanos, a la mañana comieron con sus compañeros y amigos, y a la noche cenaron en el otro mundo, con sus antepasados!”

De la lectura se desprende la existencia de una calamidad capaz de crear pánicos generalizados, e incontables casos de locura de centenares de gentes debido a dos razones fundamentales: la voluntad de Dios y la desidia de los hombres. Enigmática e inevitable la primera, criticable la otra.

Una combinación de tal naturaleza no solo provocaba mortandades e insanias, sino ruina material y también, principalmente, la imposibilidad de mantener el gobierno que la república se había dado.

Bocaccio refiere la desaparición de una clase dirigente que no puede sobrevivir pese a las riquezas que posee y a las influencias que puede movilizar, para que la ciudad quede en la cercanía de un abismo sin líderes. Pero también reflexiona sobre las limitaciones de la ciencia para detener el mal. Morir de la noche a la mañana no es una metáfora sobre la proximidad del paso inesperado hacia el más allá, usada ya por los autores de la época, sino la comprobación de la inutilidad de la medicina aun en lugares tan opulentos y civilizados como Florencia cuando despunta el Renacimiento.

Los sacerdotes y los artistas explican o describen la peste como una decisión de un Dios colérico ante los pecados de la humanidad, como una lluvia de saetas justas y certeras fulminada desde el cielo. Es un recurso de comprensión que remonta a la Ilíada, en cuyas páginas habla Homero de las flechas que disparaba Aquiles desde su inagotable carcaj contra los hombres veleidosos.

En las postrimerías del siglo XIII, Santiago de Voragine, autor de La leyenda áurea, manuscrito célebre en adelante, habla de cómo santo Domingo vio a Cristo armado con tres lanzas para acabar con los pecadores. En los sermones se relatan hasta la fatiga escenas parecidas cuando se debe explicar la peste, y las paredes de las iglesias se llenan de imágenes que vinculan la tragedia con una retaliación del hijo de Dios. Problema serio de veras, proclamado por autoridades indiscutibles, debido a que la peste terminaba por entenderse como una responsabilidad de las sociedades que la padecían.

Los pecadores recibían merecido castigo. Pero también la divina misericordia suministraba remedio, por fortuna: los santos antipestíferos. Si se establecía una conexión adecuada entre los implorantes y su presunto puente hacia la salud, como San Sebastián, uno de los más socorridos, el enfermo se podía librar de martirios insoportables, en especial de las llamadas fiebres furiosas y de dolores pavorosos en las ingles y en las axilas, punzadas en las extremidades, bubones y suciedades en el lugar postrero, abandonados hasta por sus parientes más cercanos.

Porque, para aumentar la carga de su tránsito, la peste pone en evidencia un riesgo irrelevante en tiempos normales, algo inadvertido en horas apacibles: el peligro del prójimo.

Los familiares se alejan del contagiado, los médicos los desatienden, o los tratan con excesiva cautela; los funcionarios y los enfermeros cubren sus rostros con unas mascarillas con picos parecidos a los de los pájaros, las ropas se remojan en vinagre cuando se acercan los desdichados que la enfermedad ha sentenciado a muerte, o evitan tragar saliva mientras están en su cercanía. “El enfermo está secuestrado en una zahúrda en el apartamiento más remoto de la casa, o ve que la gente no solo huye de su presencia sino a la vez  de la ciudad, mientras los más diligentes  impiden que los forasteros traspasen las murallas de la  población”, según un documento  de Marsella fechado en 1348.

 “Una ruptura inhumana”¨, afirma el historiador Jean Delumeau cuando estudia las maneras de enfrentar las situaciones de peste comentadas ahora. Pero son casos del pasado remoto, historias superadas e irrepetibles, males corregidos o acabados por la ciencia, por la solidaridad de nuestros días y por la preocupación de las autoridades, especialmente en Venezuela. ¿No es así, estimados lectores?

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El miedo a Gómez, por Elías Pino Iturrieta

Por la frialdad y el terror establecidos a sus anchas en la casa de gobierno, Gómez puede entrar sin vaselina, aunque de forma curiosa, en el cuadro de honor del pánico nacional. Foto original Revista Selecta, septiembre 2009 / Wikimedia Commons.

@eliaspino 

El 30 de junio de 1923 es asesinado Juan Crisóstomo Gómez, don Juanchito, hermano del jefe del Estado y vicepresidente de la República. Pasada una semana, un señor toca a solas el piano en la sala de su casa de Caracas, pero muere de repente porque sufre un infarto al miocardio. Un miembro del cuerpo represivo llamado La Sagrada ha trepado por la reja de la ventana que da a la calle, para averiguar quién perturba el duelo de la familia presidencial. Sorprendido por el inesperado oyente, el pianista cae fulminado por un síncope, es presa del pavor que domina a la sociedad y se marcha de prisa al más allá. En la serie que hacemos en Runrunes sobre el miedo en las sociedades occidentales, hoy toca el turno al que seguramente sea el mayor o el más emblemático de la sociedad venezolana.

Juan Vicente Gómez y el gomecismo se distinguieron por una ferocidad exhibicionista, como ninguna de las dictaduras anteriores y posteriores.

Los tormentos que administraron a sus enemigos políticos, o a cualquier adversario, fueron del dominio público. Los personeros del gobierno, en lugar de evitar su difusión, optaron por la libre circulación de los desmanes. Nadie ignoraba entonces los padecimientos de los presos abandonados en La Rotunda, o en Las Tres Torres, o en el Castillo de Puerto Cabello y en jaulas pueblerinas.

Se sabía de las torturas minuciosas, de la hambruna de los prisioneros y de los dolores del tortol. Un cautivo podía pasar una década “encortinado”, es decir, aislado en su ergástula sin sentir la luz del sol, y en la calle circulaba como moneda corriente la noticia de la atrocidad. Se conocía la identidad de los torturadores, quienes paseaban fuera de las cárceles sin que nadie los viera como sujetos abominables y apestosos. Eran parte del paisaje. Nadie podía calcular la duración de los pavorosos encierros porque no provenían de la sentencia de los tribunales, sino de  los caprichos de don Juan Vicente y su tribu, pero el detalle era apenas parte de los hábitos y lo rutinario siempre deja de llamar la atención.

La barbarie capaz de  impresionar a los lectores de nuestros días que acompañan a José Rafael Pocaterra en su libro sobre el calvario de La Rotunda, o que revisan las investigaciones de Jesús Sanoja Hernández sobre las víctimas de la resistencia de un sector de venezolanos ante la tiranía, formaba parte de la rutina de la época, de una costumbre tan tesonera de relacionarse con los asuntos públicos que debió dejar huella en sus sucesores.

En cada estado de la república marcaba las pautas de la vida un procónsul que hacía lo que consideraba oportuno para evitar erizamientos, sin que en las regiones parecieran insólitos los groseros mandarinatos. Sin que se advirtiera incomodidad ante el hecho de depender de sujetos dignos de repulsa como Eustoquio Gómez, Silverio González, Timoleón Omaña y  José María García, por ejemplo.

Debe recordarse que tenían a su cargo una policía doméstica integrada con predominio de tachirenses, llamados chácharos, la sanguinaria Sagrada. Cuando las “sagradas” recorrían las ciudades y los campos, la gente sentía el escalofrío que inspiraba la presencia del tirano y la autoridad de los mandones que reinaban con mano férrea en las provincias. Sabían que eran la antesala de las familiares prisiones, o del cementerio, y se postraban ante ellas como frente a los santos del altar.

El régimen de Juan Vicente Gómez coincide con la formación de la sociedad petrolera que afinca sus rasgos para iniciar un capítulo de  historia susceptible de mover la vida hasta la actualidad.

Es una hegemonía cruel de veintisiete años, que desde 1899 cuenta con el prólogo del autoritarismo de Cipriano Castro. La duración cronológica permite hablar de una influencia capaz de resistir el paso del tiempo para determinar la conducta de las generaciones posteriores, afirmación a la cual puede ofrecer crédito, pero también interrogaciones suspicaces, el hecho de que sea el aborrecible tirano uno de los personajes más visitados por el imaginario venezolano, una presencia constante de los anecdotarios pese a las evidencias de su malignidad.

Condecorado con las medallas de la fortaleza y la bonhomía por los intelectuales que lo adularon, obtuvo pasaporte para una muerte apacible y para una resurrección bienvenida. Un verdugo bondadoso que sale de la tumba para hacer excursiones por su hacienda, en suma. Preservado con maquillajes durante el período llamado posgomecismo, que comienza a partir 1936, después de la desaparición física del tirano, resulta difícil quitarle peso a lo que dejó como herencia a quienes intentaron salir de su pantano.

Desde el silencio del reinado de Gómez, los pianistas venezolanos se cuidan todavía de los conciertos caseros. De allí que “el hombre fuerte y bueno”, el “César democrático”, la figura de una estatua cuartelera en el Táchira, el tótem de Maracay, el personaje de un célebre parque de diversiones, el muñeco de artesanía que adorna miles de casas junto a la estampita de José Gregorio, el protagonista de una de las telenovelas con mayor sintonía en los últimos tiempos, pero también la frialdad y el terror establecidos a sus anchas en la casa de gobierno, pueda entrar sin vaselina, aunque de forma curiosa, en el cuadro de honor del pánico nacional.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

José Gregorio Hernández y la sociedad venezolana, por Elías Pino Iturrieta

Estatua del Dr. José Gregorio Hernández en su pueblo natal, Isnotú, estado Trujillo – Venezuela. En el fondo, las placas por “favores recibidos” de cientos de sus devotos. Foto Rjcastillo / Wikimedia Commons, 2013.

La beatificación de José Gregorio Hernández establece, en un vínculo antiguo e incuestionable, la conexión con el resorte emotivo que pueda sacar de la penumbra a la mayoría de la población necesitada. Una razón para levantarse de la camilla de los convalecientes.

 

@eliaspino

Hundida en uno de los peores momentos de su historia, Venezuela está cada vez más necesitada de alicientes. Cuando se habla de elementos que permitan la salida de un profundo agujero, la mirada busca hacia factores de naturaleza económica y hacia un arreglo político de urgencia. Con el auxilio de tales factores lo demás se dará por añadidura, se piensa habitualmente. Y se piensa así con razón, porque tales son los aspectos más evidentes de la realidad que pueden conducir a otros capítulos de la vida, más hospitalarios. Sin embargo, hay ingredientes de naturaleza afectiva que no consideramos cuando se trata de encontrar un salvavidas, pese a que pueden ser fundamentales.

El desarrollo material es esencial para salir de la crisis, pero existe un entramado de razones sentimentales que pueden abonar la parcela caracterizada hasta ahora por la esterilidad de sus frutos. Las motivaciones provenientes de la afectividad no se observan a simple vista, ni se pueden calcular con precisión matemática, pero pueden ser un motor capaz de insuflar dinamismo a escenarios caracterizados por la abulia. El orgullo arrinconado puede salir de la periferia de la sociedad para ubicarse en su centro, tras el propósito de enderezar pesadas cargas.

Es una cuestión de sensibilidad compartida, una prescripción de inexplicable procedencia que remueve la mentalidad de un conglomerado que de pronto se identifica con su lado constructivo, capaz de orientar una iluminación a través de la cual se descubre un atractivo paisaje donde antes solo se percibía lobreguez.

Dentro de tal perspectiva se quiere considerar ahora la beatificación de José Gregorio Hernández, por la conexión que puede establecer con la mayoría de la población necesitada de un resorte que la pueda sacar de la penumbra. Debido a un vínculo antiguo e incuestionable, que proviene de la primera mitad del siglo XX y se ha prolongado hasta hoy sin solución de continuidad, puede devolver la benéfica hinchazón de pertenecer a un conglomerado que no las tiene todas consigo, pero que de pronto encuentra una razón para levantarse de la camilla de los convalecientes.

¿De cuántos paisanos podemos hoy enorgullecernos, sin que exista el estorbo de las dudas? ¿Sobre cuál obra personal o particular existe consenso, es decir, abrumador consentimiento en torno a sus cualidades y a sobre cómo pueden influir positivamente en nuestras vidas? En una evolución alimentada por el contraste de las polémicas y por la actividad de individuos rodeados de desconfianzas, o asumidos como villanos; en una sociedad que ya ha encasillado en la memoria el catálogo de sus héroes desaparecidos y el desfile aún activo de un repertorio de individuos abyectos, o considerados como tales, llueve del cielo la legitimación de un bienaventurado.

Solo Simón Bolívar ha contado con la fe unánime de los venezolanos. Hay otras figuras de trascendencia a quienes se ha concedido el beneficio de una fe mayoritaria, pero únicamente el Libertador está en el pináculo del altar. Aparte del examen de contados historiadores, y de la liturgia tendenciosa que los políticos han promovido para su beneficio, nada ha impedido que ocupe el lugar más alto y menos objetado en el tabernáculo republicano.

Los demás son pigmeos, si se intenta una comparación. Ningún otro actor nacido entre nosotros ha sido objeto de una veneración capaz de resistir el paso del tiempo y las pasiones de los hombres, hasta la entrada de José Gregorio Hernández en la historia patria.

Un médico de nuestros días distinguido por las habilidades de su profesión y por su atención de los humildes, un personaje comprometido con el cumplimiento de su deber sin alardes, llega a una elevación capaz de provocar, no solo una atención mayoritaria, sino también el fervor de las multitudes.

De allí que estemos ante un suceso que se aleja de lo corriente para volverse excepcional, desde el punto de vista simbólico.

Ahora José Gregorio Hernández tiene un certificado oficial de virtud, un diploma proveniente de una autoridad suprema que garantiza la certeza de sus cualidades. La Iglesia avala su posesión de las virtudes teologales -fe, esperanza y caridad- en grado superlativo, pero también que las demostró durante su vida, ya sin duda, mediante el apego escrupuloso a la enseñanza de la Escritura y a la asiduidad de las plegarias devotas. Tales son los requisitos sobre los cuales se averigua desde la Edad Media para verificar los pasos de la santidad de los mortales.

El Médico de los Pobres se ha hecho acreedor de un reconocimiento por tales ejecutorias, debido a cuyo ejercicio puede convertirse en intercesor de favores ante la divinidad. El heroico ejercicio de las virtudes, atribuido a sus obras por los fieles antes de que obtuvieran crédito canónico, conduce a la posibilidad de obrar portentos por petición de quienes parten de su biografía para conseguirlos. Ahora esos portentos tan buscados, o por lo menos uno de ellos, han sido legitimados por la Congregación que examinó en la sede romana un voluminoso expediente sobre su vida. De lo cual se deduce, nada menos, que es o puede ser un puente que conduce a esferas metafísicas, un camino oficial para la obtención de las gracias especiales que en ocasiones concede Dios. 

José Gregorio Hernández no solo llega a los altares por el fervor o por la desesperación de los enfermos y los desvalidos que se han postrado ante su efigie, sino ahora por la autoridad de la Madre Iglesia encarnada por el papa desde la basílica de San Pedro.

El rostro de un venezolano, el porte laico de un paisano, la figura familiar de un médico de Isnotú, de un señor de corbata, chaleco y sombrero como el de las estampitas que llevaron como talismán en la cartera nuestras abuelas y nuestras madres de todos los rincones del mapa, será descubierto por Francisco ante la multitud congregada en la plaza de San Pedro.

Es evidente que el papa no mostrará la figura de un hombre solo, la imagen de un eremita del desierto, sino una representación o una hechura de la sociedad venezolana. Ya nuestro catolicismo contaba con la proclamación de tres beatas -María de San José, Candelaria de San José y Carmen Rendiles-, pero la certificación oficial de sus cualidades no se puede comparar con la que nos ocupa porque no impactó a la totalidad de la sociedad sino a individuos y a espacios de limitada proyección. Para las mayorías sus beatificaciones fueron un grato descubrimiento, una bienvenida sorpresa, el resultado de un empeño de tres congregaciones religiosas y de las comunidades en las cuales realizaron sus caridades y sus desprendimientos, que llegó a la meta sin que la sensibilidad de las mayorías le hubiera servido de prólogo.

En cambio, la beatificación de José Gegorio estuvo precedida por multitud de procesiones de las gentes sencillas del país y del vecindario latinoamericano, por miles de anécdotas sobre el desfile de sus milagros, por millones de velas encendidas, por novenas y jaculatorias de origen plebeyo, por su ubicación en altares pueblerinos y en cultos heterodoxos, por su entrada en expresiones del folklore, en el comercio de objetos religiosos y en la esfera de las artes plásticas, como ningún venezolano relacionado con el catolicismo hasta el día de hoy.

De lo cual se deduce, si concedemos trascendencia a los elementos simbólicos y a los ingredientes afectivos que influyen en la historia, que podemos estar ante un motivo capaz de ayudar a la sociedad a abandonar la oscura ciénaga en la que chapotea. No porque el popular beatificado obre el milagro que reclaman los pueblos para salir de un entuerto que no han sabido remendar, ni para dejar en las manos de una potencia sobrehumana lo que la indiferencia y los desaciertos de las mayorías han omitido, ni para servir de relevo a unos políticos apaleados y desconcertados, sino porque una iluminación que mana de las entrañas del país profundo habitualmente tiene la vocación de no pasar en vano.

Porque puede remover las fibras de unos hombrecitos que, según parece desde el borde del despeñadero, solo han permanecido en la vida para mostrar sus flaquezas.

El miedo como característica de los pobres, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino 

En obras fundamentales de la literatura occidental, antiguas y modernas, se insiste en presentar el miedo como un rasgo propio y exclusivo de los hombres humildes, de las personas sin bienes de fortuna, mientras se atribuye a los miembros de las clases elevadas el monopolio de la valentía. Las crónicas sobre las epopeyas que han adquirido celebridad desde los tiempos  de Troya se detienen en los nombres de los reyes aguerridos y de los miembros de las cortes que los rodean, en testimonios de coraje físico de heroicas figuras dignas de memoria, para que la soldadesca ocupe  planas mínimas pese a que pone la carne en el asador. Estamos ante una recurrencia de pareceres, que conviene referir en esta serie que hacemos en Runrunes sobre los temores que han influido en el comportamiento de las sociedades.

Una de las referencias clásicas sobre el asunto se encuentra en la Eneida, que no solo importa debido a cómo fue seguida por autores posteriores, sino también porque explica los motivos de su afirmación. Escribe Virgilio: “El miedo es la prueba de un bajo nacimiento”. Nadie se atreve después a dudar de la sentencia, sino todo lo contrario. Es repetida con obediencia reverencial, para que adquiera consistencia el vínculo que se establece entre la cobardía y la pertenencia a los estratos más desposeídos de la colectividad.

El poeta plantea un nexo mecánico, un lazo ineludible entre la causa y su efecto: asocia necesariamente el rasgo deplorable de la cobardía con la ubicación de las personas en la base de la pirámide social.

Para los patricios de la Roma imperial era fundamental el concepto del honor, un atributo que los hacía merecedores del pináculo y por el cual eran capaces de dar la vida en situaciones extremas. Como a los plebeyos ese asunto no les importaba porque no les servía para nada, no eran capaces de participar en hazañas que los distinguieran ni siquiera un poco. No les interesaba. De allí su prolongada inclusión en los archivos de la cobardía.

En adelante prolifera el enaltecimiento de los héroes, sin que los autores permitan que el pueblo entre en el cuadro de honor. Los textos con especial audiencia en este sentido se deben a Amadís de Gaula, escritor de los libros de caballería más leídos y traducidos en Europa desde principios del siglo XVI. La fama de personajes fantasiosos, los caballeros andantes que adquieren prestigio por triunfar en combates desiguales, se convierte en un ideal perseguido por las clases acomodadas y por los hidalgos que buscan acenso, como don Quijote.

Uno de los autores que más influye en la orientación es Torcuato Tasso, quien no refiere fabulaciones sino episodios supuestamente sucedidos en la realidad. De acuerdo con la que asegura en su Jerusalén liberada, los caballeros de la nobleza, ante las murallas de la ciudad santa “se adelantan a la señal de las trompetas y de los tambores, y se ponen en campaña con altos gritos de alegría”. Las conductas referidas por Tasso son calcadas por otros volúmenes sobre la bizarría de las noblezas, independientemente del lugar y de la fecha en que lo demostraran. Solo era cuestión de no salirse del estereotipo.

Las crónicas más trajinadas de fines del medioevo y principios de los tiempos modernos ponen a circular los nombres de figuras que se convierten en arquetipos  de la valentía, capaces de llegar hasta la posteridad y de reafirmar la idea de cómo solo los caballeros que se les parecen merecen lugar en la historia.

Uno de los primeros que destaca en el repertorio de los nobles bizarros es Juan sin Miedo, quien gana su elocuente nombre en la batalla de Lieja sucedida en 1408 y en la cual no deja títere con cabeza, jugándose la vida en el centro de una pavorosa sangría. Le sigue Carlos el Temerario, de quien expresó un repetido e imitado trovador: “Era altivo y de gran valor, seguro en el peligro, sin miedo y sin espanto; y, si alguna vez Héctor fue valiente ante Troya, este lo fue otro tanto”. Para remachar las reminiscencias clásicas, un cronista dice que “en su conducta era un Fabio Máximo, y en empresas sutiles un Coriolano”. Estamos solo ante un par de ejemplos, de los cuales encontrará el lector infinito collar de perlas en las producciones de Hollywood y en las series de Netflix.

Pero, aparte de lo que ruede en las películas, conviene insistir en la idea expuesta por Ronsard en sus Crónicas: “Como el leño no puede arder sin fuego, el gentilhombre no puede acceder al honor perfecto, ni a la gloria del mundo, sin proezas”. Montaigne, un pensador moderno y generalmente alejado de los lugares comunes, asegura que los plebeyos, debido a que no les interesa la honra, son propensos al espanto y solo  pueden actuar en las batallas como un rebaño de ovejas.

En los Caracteres de La Bruyere se lee una explicación que  invita a reflexionar: “El soldado no se siente conocido; muere oscuro y perdido en la multitud; vivía de todos modos, pero vivía, y esa es una de las fuentes de la falta de valor en condiciones bajas y serviles”. Al hombre común no le servía para nada pelear, en suma, y de allí su cómodo pasar por los rincones de la pusilanimidad.

La idea de la cobardía de los pobres cambia a partir de la Revolución Francesa y de las guerras napoleónicas, es lo contrario gracias a los episodios pintados por Goya y a las descripciones de las independencias de los Estados Unidos y las colonias hispanoamericanas, pero tiene la larga y pesada  cola de unas interpretaciones como la que se acaban de bosquejar. Se supone que son versiones superadas, clichés desafortunados y condenados a la desaparición, pero lo prudente es no atreverse a tomar la espada para defender el punto. Tales gestos quizá no concedan honor.

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El miedo a los judíos, por Elías Pino Iturrieta

Monumento al Holocausto. Berlín, Alemania. Foto Chiaravi / Pixabay.

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El miedo a los judíos es uno de los sentimientos predominantes de la cultura accidental desde fines de la Antiguedad, de arduo tratamiento porque va unido a demostraciones de odio que traspasan la precaución que prevalece cuando las sociedades topan con comunidades a las cuales consideran como perjudiciales, o como amenazantes por las características y las intenciones que supuestamente las distinguen.

Sea por el temor que produce su peculiaridad, o por las manifestaciones de repulsión que conducen a reacciones sanguinarias, estamos ante uno de los fenómenos más estremecedores de la historia de Occidente.

Las referencias mayores sobre el asunto se encuentran con Hitler y con el Holocausto de la raza judía que promovió junto con sus brutales secuaces, pero son apenas el testimonio de una conducta remota y masiva que incumbe a todas las civilizaciones europeas, y a sus sociedades tributarias.

La reunión del miedo y el odio tiene origen doctrinal, un asunto sobre el cual se debe insistir debido a que no han faltado las explicaciones que la atribuyan principalmente al sentimiento popular. Para las autoridades cristianas los judíos representan el Mal Absoluto. Son los responsables del pecado más grande que pudo haber cometido la humanidad desde su creación: el Crimen de Deicidio.

Una conjura de la casta sacerdotal, una conspiración de sinagogas, condujo a la crucifixión del Hijo de Dios mientras la sociedad de entonces se hacía la desentendida, pecado y complicidad sin enmienda que han de trasmitirse de manera automática a los descendientes de la estirpe para que los expíen mediante apartamiento severo y, si es necesario, con la muerte. Tal interpretación, derivada de interpretaciones parciales de los evangelios y filtrada en los primeros concilios de la cristiandad, provoca  conductas que se convierten en tendencia abrumadora de las sociedades europeas, y en traslado de prejuicios después de los descubrimientos  geográficos de la época moderna.

Las autoridades laicas anteriores a la formación de los estados nacionales igualmente fomentan la persecución, como deslinde necesario para el control político que requerían. La determinación de lugares específicos de domicilio y de impuestos especiales, hasta llegar a prohibirles el ejercicio de oficios propios de la gente principal y, en ocasiones, a imponerles una indumentaria que los discriminara, acompañó el empeño de los documentos canónicos que los fulminaban.

Como eran miembros de una religión distinta, no podían quedar bajo la jurisdicción eclesiástica sino cuando atacaban el culto oficial o lo pervertían, motivo que condujo a la vigilancia puntillosa de conversos, judaizantes y “marranos”, probables animadores de herejías cuyo control, habitualmente desalmado, finalmente quedó en manos del Tribunal del Santo Oficio. Sin dependencia directa de las mitras ni de la sede romana, sino como despacho creado por el poder civil y financiado por sus arcas, la Inquisición podía hacer que la tierra temblara cuando perseguía y castigaba a los que “marraban” la fe de Cristo.

Por añadidura, las crisis económicas, las pestes y la pobreza hicieron que la gente común los convirtiera en objeto de su rencor. La relación de los judíos con el comercio y su participación descollante en pequeños y grandes manejos de usura que no estaban reñidos con la idea ancestral que tenían y tienen de la moral, hicieron que las muchedumbres hambrientas y embrutecidas los culparan de sus estrecheces y organizaran numerosos progroms sobre cuyas crueles devastaciones abundan testimonios desde 1300, por lo menos.

Los resentimientos de la población se cebaban con los israelitas, a quienes atribuían ritos satánicos, brujerías, sacrilegios y crímenes tan horrendos como el asesinato de niños recién nacidos.

Falsedades, en general, que permitían el asalto de los ghetos y la rapiña de las propiedades procedentes del trabajo de sus moradores, codiciadas por la plebe que no tenía dónde caerse muerta y a la cual despreciaban las aristocracias lugareñas. Fueron tan pavorosos los progroms durante la Edad Media, pero también en el Renacimiento y en lo posterior, que en no pocas ocasiones tuvieron que intervenir los obispos, y hasta el papa de turno, para impedir su recrudecimiento. Los púlpitos pueblerinos alimentaron  los sentimientos hostiles, hasta el extremo de acusar a las juderías de realizar conjuras nacionales e internacionales sobre cuya existencia todavía se insiste en nuestros días.

Para entender la profundidad y la genuinidad del miedo mezclado con odio que hemos esbozado, conviene recordar que las relaciones entre cristianos y judíos, con anterioridad a los progroms, fueron apacibles. Antes del siglo XI apenas se encuentran vestigios de un antijudaísmo popular. En la Alta Edad Media controlaron un amplio sector del comercio internacional, con el acuerdo o la sociedad de las autoridades gentiles. No fue entonces infrecuente el trato de los maestros de las universidades cristianas con eruditos adheridos a la fe mosaica. En las  cartas reales, los israelitas eran considerados como hombres libres que hablaban la lengua materna de las regiones en las cuales habitaban, y frecuentaban sitios públicos y hasta casas señoriales sin mayor impedimento. El miedo y el odio surgieron después, pero vinieron para quedarse.

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El miedo a los aparecidos, por Elías Pino Iturrieta

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Shakespeare, en el primer acto de Ricardo III, hace que el cortejo fúnebre de Enrique VII pase frente a su asesino. Cuando la urna está ante el homicida, el cadáver del rey se pone a sangrar. La obra, una de las emblemáticas de los tiempos modernos, recoge una tradición que remonta a Platón y fue difundida por Marsilio Ficino durante el Renacimiento, sobre la lenta separación entre alma y cuerpo que sucede después de la muerte.

Ya Ronsard había escrito sobre cómo los cadáveres sienten pasiones, alegrías y pesadumbres como las de los vivos, o como las que habitaron su cuerpo antes de dejar la existencia física. Esas pasiones, aseguró, “vienen por el aire para hacernos saber la voluntad de los dioses”. Además: “Aportan pestes, languideces, tormentas y rayos; hacen ruidos en el aire para espantarnos”. También delatan a los homicidas, como se ve en Ricardo III.

En la Antigüedad se consideraba que los muertos no estaban muertos del todo: podían hacer irrupciones, no pocas veces amenazadoras, en situaciones del presente.

Los difuntos, según algunos tratadistas influyentes, en especial cuando acababan de fallecer, se convertían en seres inmateriales y volátiles que podían asentarse a su manera en la realidad para cumplir propósitos pendientes, buenos y malos.

Agrícola, un médico famoso del siglo XVI, aseguró que se refugiaban en galerías subterráneas y que no solo se conformaban con mirar el desfile de los vivos: los podían atacar y maltratar, de acuerdo con su humor o con alguna cuenta pendiente. Pero, como se ve en el teatro de Shakespeare, podían hacer justicia. Se vuelve sobre el punto porque tal idea se incorporó a los usos del derecho penal de Alemania, en cuyas regulaciones se aseguraba que las personas fallecidas, debidamente interrogadas, podían ofrecer pistas sobre el delito del que fueron víctimas. “El muerto prende al vivo”, afirmaban policías y jueces.

Sobre el peso que ha tenido la idea de la permanencia de los muertos en la posteridad, y de la necesidad de tenerlos presentes para evitar percances que pueden ser costosos, se encuentra evidencia en los juicios contra  cadáveres archiconocidos, procesos que no fueron insólitos y se consideraron como imprescindibles.

Hay dos muy dignos de atención, trajinados por los historiadores. En 897 se desterraron de Roma los restos mortales del papa Formoso, quien fue exhumado para que los jueces leyeran expedientes sobre su nefasto pontificado y lo sentenciaran a ser ahogado en el Tíber. En Basilea, año del Señor de 1559, sacaron los despojos de un rico propietario llamado Jean de Brujes porque se descubrió que en realidad se trataba de David Joris, un activo promotor de la iglesia anabaptista. El descubrimiento de su identidad obligó a un juicio póstumo y a una ejecución del cadáver en plaza pública, que fue comentada durante años y divulgada en profusión de gacetillas. Si se ponían en el banquillo, era por compartir el postulado de que conservaban poder desde el más allá, o de que ese más allá podía permanecer en el más acá si no se metía la mano.

Pudiera completar tales anales la exhumación de Bolívar dispuesta por el comandante Chávez, ritual penumbroso para ver qué cualidades sacaba del santón nacional el desenterrador; novísima demostración de la influencia que la política concede a los difuntos, y de cómo los puede aprovechar, no sin temeridad, en sus planes de dominación.

Otras resurrecciones han promovido el comandante y sus sacristanes, pero no precisamente para buscar la concordia después de remover tumbas sino para traer los rayos, las languideces, las pestes y los ruidos que refería Ronsard. Mas, como ahora hablamos del más aparecido de los venezolanos, cuyas salidas de la tumba solo se han convertido en malignas después de las paletadas de tierra empujadas por los “revolucionarios”, quizá convenga dejar las cosas de este tamaño porque muchos seguirán con la esperanza de sentirlo de nuevo entre los vivos.

Debe recordarse que las danzas macabras que han prevalecido a través del tiempo son encabezadas por esqueletos que vencen el tiempo para atormentar a los hombres del porvenir; que el folklore del mundo está habitado por aparecidos amenazantes esperando en la penumbra a la vuelta de la esquina; que el cuidado de no visitar los cementerios de noche, ni a solas, se mantiene y respeta para que los durmientes no despierten, para evitar sus iras; y que, aunque no lo confesemos, rezamos y ordenamos misas tras el deseo de que los finados tengan realmente fin. ¿No son pruebas suficientes del miedo que provoca su segundo debut, aun en nuestros modernísimos tiempos?

 

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Los rumores y el miedo, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

En 1768, el colegio de los oratorianos de Lyon fue devastado por una multitud enfurecida. Había corrido la voz de que los religiosos albergaban en secreto a un príncipe manco, que necesitaba la colocación de partes provenientes de otros cuerpos para superar su  limitación física. ¿Cómo? Para lograr el cometido, de acuerdo con las historias que comenzaron a divulgarse, los sacerdotes capturaban a los jóvenes que pasaban por las cercanías con el objeto de amputarles un brazo para tratar de implantarlo en el cuerpo del presunto príncipe, quien aceptaba con entusiasmo la operación que le devolvería la plenitud de sus  facultades. Aterrada por la novedad, una muchedumbre asaltó el santo lugar e hirió de gravedad a veinticinco monjes.

Venían apareciendo en los periódicos las hipótesis sobre la posibilidad de la implantación de miembros en individuos sin el cuerpo completo, una probable cirugía hasta entonces desconocida que atrajo la atención de los lectores o se trasmitió a los analfabetos por comentarios incesantes en las tertulias y en la calle. A la vez, sufrían los oratorianos una campaña de desprestigio por haberse atrevido a reemplazar a los jesuitas en los planteles de enseñanza, después de su expulsión de Francia. Como la congregación de los hijos de san Ignacio gozaba de gran prestigio entre las élites, y también en estratos humildes de la sociedad, sus sustitutos fueron objeto de censuras generalizadas, la mayoría insostenibles, pero reiteradas sin freno. Pasto para los rumores, por lo tanto.

Más conocidos e impresionantes son los sucesos de la noche de san Bartolomé, año de 1572, cuando multitudes enfurecidas perpetraron una matanza de hugonotes en París y en otras ciudades francesas.

Durante cinco días ocurrió una masacre de hombres y mujeres indefensos, que eran desnudados en la calle y después ahogados en el Sena. Los jóvenes y los niños eran destripados frente a los templos en medio de general aplauso, y se perseguía con cuchillas a las mujeres encinta para evitar que trajeran al mundo una nueva generación de herejes. Fue tal el grado de inseguridad que se vivió en la capital, que se pensó en sacar a los reyes  del Louvre para evitar que fueran atacados.

Se habían interpretado unos recientes edictos de pacificación como regulaciones complacientes que preparaban el camino para el monopolio de la política por los reformados. Se había comentado en las calles que Montmorency, noble armado hasta los dientes y muy próximo al trono, quien avanzaba con tropas hacia París para evitar disturbios, simpatizaba  con algunos pastores cismáticos y estaba a punto de convertirse en uno de sus fieles. Para colmos, del matrimonio de Margarita de Valois con el protestante Enrique de Navarra, futuro candidato a la Corona, no se esperaba sino la entrega del poder a los hugonotes. Eran versiones insostenibles, porque la monarquía se mantenía fiel al papado y solo trataba de evitar el crecimiento de las tensiones; Montmorency seguía postrado ante el altar de la fe tradicional y la boda de los miembros de la familia real solo buscaba salidas de equilibrio ante las crecientes tensiones. Sin embargo, los temores del pueblo católico predominaron y sucedieron entonces los célebres desmanes.

Hay centenares de sucesos como los descritos, pero de todos se deducen elementos a través de los cuales se explica la aparición de los rumores y la cosecha de sus consecuencias. Vienen de un punto de partida asentado en la realidad, son fantasías con asidero en interpretaciones de hechos sucedidos anteriormente y sobre cuyo contenido real se exagera, pero que conducen a la manifestación de emociones colectivas que crecen progresivamente hasta llegar a la explosión.

La convergencia de varios episodios sometidos a las pulsiones de la sociedad, o relacionados con situaciones de injusticia o malestar que no parecen encontrar remedio mediante la acción de los poderes establecidos, desatan comportamientos irracionales que son capaces de modificar los procesos generales. No tienen un autor singular, debido a que son originados por la irracionalidad colectiva. De allí que aparezcan cuando los cálculos de los guardianes del orden no los esperan. Urden polvorines inadvertidos y de azarosa conclusión. Las inquietudes acumuladas se transforman en rumor, y el rumor influye en el rumbo de la historia por la inestabilidad que origina.

En general se considera a los rumores como productos de las sociedades preindustriales, cuyos poderes rudimentarios no pueden contener su divulgación. Se pudiera objetar la afirmación con solo recordar el pánico que se multiplica en New York a la altura de 1953, cuando Orson Wells anuncia en un programa de radio la invasión de los marcianos. Una propalación que podemos considerar como delirante produjo escenas de pánico colectivo como las que, según suponemos desde nuestras ínfulas de hombres civilizados del siglo XXI, solo podían suceder en la Edad Media cuando el predicador agitaba a masas ignorantes y sumisas.

Hoy las prédicas por los canales habituales de la tecnología, como el tuíter y otros conductos similares de gran penetración, no pocas veces son sabiamente fabricadas para producir conductas que se pueden considerar como esquizofrénicas, y aun como catatónicas.

Cuando la credulidad se enemista con la objetividad porque reina un descontento previo, o porque el entendimiento no puede superar sus limitaciones ante el desafío de comprender el entorno, o porque las frustraciones se pueden encaminar hacia un sendero hecho a la medida para poderes que actúan desde la trastienda, una ola de rumores de última generación no solo puede crear comportamientos pueriles, sino también pavores que no se descubren con facilidad porque son alimentados por la cotidianidad, porque no cuesta nada morder su carnada después de estar frente a la computadora.

 

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El miedo a los cambios, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

La propaganda política y la publicidad comercial se han encargado con éxito de vender la idea de que los hombres se entusiasman por los cambios y que los buscan porque quieren ser distintos, o porque aceptan la invitación a dejar de ser lo que fueron. De allí la incitación a usar la ropa atrevida que antes no se usaba, que ofrecen los negociantes de la moda, por ejemplo. O el mensaje de los líderes de los partidos orientado a proponer mudanzas hacia una vida mejor que depende de salir de lo viejo, malo esencialmente, para inaugurar un paraíso caracterizado por las novedades.

Como estamos ante mensajes exitosos, no en balde los destinatarios de las cuñas se entusiasman por una indumentaria que antes no se atrevían a usar y los clientes de los hombres púbicos votan por ellos para que los lleven a una sorprendente tierra prometida, debe parecer errónea la proposición anunciada en el título sobre el temor que producen los cambios en la generalidad de los seres humanos.

Sin embargo, no caben dudas sobre los pavores que producen las variaciones de la rutina, la pérdida de control provocada por situaciones inéditas, el meterse en una vida distinta a la de los antepasados y a la de uno mismo.

La Historia de las Mentalidades, una especialidad que insiste en la necesidad de detenerse en la pesada carga de los sucesos anteriores para entender la evolución de las sociedades, machaca la idea de que el pasado no pasa del todo por la necesidad que tienen los hombres de aferrarse al mundo conocido que heredaron de sus padres y legarán a sus descendientes. Si ese pasado se borra, o si abjuramos de sus fundamentos, ocurrirá un desquiciamiento capaz de producir la tragedia de la confusión generalizada, o el azar de una insania colectiva que puede provocar rupturas de inimaginable pronóstico. Es una propuesta problemática, seguramente inadmisible porque apuesta, en apariencia, por una petrificación de la sociedad, pero en realidad lo que pretende es evitar que nos entusiasmemos más de la cuenta con las clarinadas de mudanza que oímos a cada rato y que no son sino una engañifa, o una ilusión.

Nadie quiere que le cambien la vida porque sabe manejar la que tiene. La innovación conduce a la perplejidad, y la perplejidad puede desembocar en la desesperación. Por más insatisfactorias o frustrantes que sean las rutinas, son las únicas seguridades que tiene el hombre. Pueden ser trágicas, pero ofrecen la posibilidad de la sobrevivencia, la ocasión de estirar la arruga. Pueden provocar la búsqueda de situaciones mejores, más llevaderas o alentadoras, pero sin hacer cabriolas peligrosas para implantarlas porque el hombre puede extraviarse hacia lo indescifrable, o perder la razón y la vida ante la posibilidad de encontrarlas. De allí que los historiadores, cuando intentan una definición de las mentalidades, se refieran a “un mandato de los difuntos”, a unas instrucciones que cada quien trae en la cabeza porque allí las metieron los antecesores para que manejara con cierta propiedad su itinerario, y para que después las trasmitiera a sus sucesores con el objeto de que evitaran la aventura de la inseguridad de sus destinos y la calamidad de la confusión de la sociedad.

Los cambios históricos solo se producen a través de procesos de larga duración en el tiempo, un trayecto secular la mayoría de las veces.

La vida que ha de cambiar camina poco a poco a su decrepitud. Debido a esa decrepitud, a un menoscabo moroso y testarudo, esa vida en decadencia da cabida en su seno a los elementos que la reemplazarán. La precariedad de la vida anterior permite que, mediante procesos caracterizados por una pétrea lentitud, vayan creciendo en su seno las raíces del futuro. Pero el hecho no significa el advenimiento de una plenitud de novedades, o el predomino exclusivo de lo que antes no se había experimentado. El pasado se las arregla para sobrevivir, no solo disfrazado de presente sino también con suficiente maquillaje para anunciarse como parte de lo que vendrá más tarde. El cambio químicamente puro no existe, porque los hombres le tienen mucho miedo.

Es un tema digno de reflexión debido a que nadie quiere que le vean como parte de un museo de antigüedades, ni como actor pusilánime de la historia. O debido a que generalmente se habla del dinamismo de los procesos sociales y de cómo han conducido y conducen a metamorfosis trascendentales, a hechos desconocidos por las generaciones anteriores. ¿Es así, sin discusión?

¿Todo es nuevo a cada rato bajo el sol, porque los hombres quieren que así lo sea cuando les viene en gana, o cuando el entorno lo solicita?

Las siguientes afirmaciones del filósofo José Gaos, uno de los introductores de la Historia de las Mentalidades en América Latina, ojalá puedan ofrecer claridad al asunto para que cada quien fraternice con sus temores. Escribió el maestro: “Lo que sienten y piensan los hombres sobre el mundo humano, sobre el mundo sobrenatural, sobre el mundo histórico, sobre la vida pública y la vida privada no cambia con facilidad. Las cosas humanas, cuanto más esenciales, menos mudables. Cambiar tan fácilmente como, digamos, de ropas, de personalidad, sería literalmente de locos, y en el caso habría un gran loco: la naturaleza, o su autor”.

Amigos lectores, ¿no le tienen ustedes miedo a la locura?

 

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