Elías Pino Iturrieta, autor en Runrun

Elias Pino Iturrieta

Guaidó es lo que nos queda de república, por Elías Pino Iturrieta

EN OTROS LUGARES HE TRATADO el asunto del desmantelamiento de la república, para presentarlo como tema crucial de la actualidad venezolana. No hay democracia, ni libertad, si no existe el domicilio que las custodia. La democracia y la libertad no son plantas que florecen a la intemperie, sino productos de un establecimiento creado especialmente para cuidarlas a través del tiempo. Sin el sistema de frenos y contrapesos que se ha construido desde la antigüedad, y que se ajusta a la solicitud de cada época, los principios de la sociabilidad llamada republicana languidecen y desaparecen sin remedio.

Es un problema que no se aprecia a primera vista debido a que, como no hay reyes coronados ni estamentos nobiliarios como los del pasado colonial, nos sentimos no solo como republicanos, sino como creadores y custodios de una república moderna desde el siglo XIX. No advertimos la desaparición progresiva de las reglas del juego, ni su remplazo por sus enemigos jurados: la arbitrariedad, el personalismo y la enemistad con la deliberación. Son los rasgos dominantes del país desde el advenimiento del chavismo, que ha logrado liquidar los fundamentos de un modo de entender los negocios públicos planteado por los padres conscriptos y disminuido progresivamente, hasta el punto de que apenas se mantenga levantado solo uno de sus pilares.

Llevado a su máxima expresión el papel de Ejecutivo y del individuo que lo encarna, rodeada la cabeza del gobierno por una casta militar que domina sin tasa, domesticado el Poder Judicial, controladas las regiones por las decisiones inapelables de la autoridad central, asfixiada la posibilidad de comunicar libremente las ideas sobre los asuntos que incumben a la sociedad, ¿cómo pensar que hay un problema más trascendente en la Venezuela de nuestros días que el rescate de la república y la restauración del republicanismo? No hay posibilidad de que la democracia y la libertad vuelvan de nuevo por sus fueros, sin el trabajo previo de levantar el edificio desmantelado de una colectividad de ciudadanos capaces de asumir el compromiso de volver a los orígenes propuestos por los fundadores de la nacionalidad, que se mantiene en la fachada de la vida y en los rincones de la retórica, pero que no existe en el interior de un cuerpo social que no se ha dado cuenta de la magnitud de tal ausencia.

Pero el proceso de desmantelamiento llevado a cabo desde el advenimiento del comandante Chávez no tuvo ocasión de derrumbar una de las columnas del domicilio republicano, o no pudo atacarla de frente debido a la trascendencia histórica del adversario: el nexo de la ciudadanía con sus representantes reunidos en Congreso. De allí que, en medio del general destrozo de las fórmulas más caras y clásicas de cohabitación, se haya mantenido un vestigio del hacer republicano al cual nos hemos atado desde el nacimiento de la nación: la existencia y la influencia de una Asamblea Nacional que representa la soberanía nacional y que puede, por lo tanto, convertirse en fundamento de un reencuentro con el entendimiento de la vida y con las maneras cívicas de administrarla que forman el credo esencial de la patria venezolana desde su fundación.

Si tiene sentido la explicación, tenemos en Juan Guaidó, y en el poder público que provocó su elevación, el único vestigio de republicanismo que nos remite a una tradición venerable y a las luchas de los antepasados para custodiar la libertad e imponer la democracia. La raíz de su autoridad fue abonada en la única parcela de cuño republicano que se ha librado de la devastación chavista. Elegida por el pueblo en forma arrolladora, sede de los únicos debates de importancia política que pueden analizar con autonomía los entuertos domésticos, refugio de unos partidos que han limitado sus intereses específicos para llegar a un proyecto compartido, la Asamblea Nacional es el único hilo de la madeja en cuya permanencia puede encontrarse la esencia de una historia digna de memoria y retorno.

En su espejo podemos topar con la imagen del primer cuerpo colegiado de la Confederación, con los debates de la intrépida Convención de Valencia, con las empeños del Congreso asesinado por Monagas y con la resurrección del parlamentarismo en 1946, por ejemplo, fragmentos de una atalaya colectiva que se mantiene frente al antirrepublicanismo que la quiere borrar del mapa. Por consiguiente, la presencia de Guaidó, debido a que ejerce la presidencia del cuerpo y las funciones que la representación popular le ha encargado, merece una atención que traspasa la barrera de la actualidad para conectarse con sensibilidades primordiales de la sociedad, con capítulos sin cuya consideración la república puede llegar a un postrero abismo. Así debemos apreciarlo en la actualidad, pero también debe verse así él mismo, con el soporte de los colegas que lo pusieron en el cargo.

 

@eliaspino

El Nacional 

Guaidó, el pueblo y los políticos, por Elías Pino Iturrieta
A PARTIR DE LAS RECRIMINACIONES DE Pompeo, el tema de la desunión de los opositores frente a la usurpación ha cobrado relieve. El incremento de la idea relacionada con los debates internos de los líderes de los partidos parte del conocimiento que el secretario de Estado de Estados Unidos debe tener de la política venezolana, pues la viene trajinando sin cesar. Por consiguiente, se  supone que su afirmación tiene fundamento. De allí que hayan corrido las pareceres adversos en torno a los jefes de los partidos de nuestra orilla, hasta crear una tenencia digna de atención que los muestra como sujetos solamente interesados en sus propósitos particulares, por los cuales juegan sin freno en detrimento de la causa común de derrotar al usurpador lo más pronto posible.
Pompeo es una fuente digna de atención, no faltaba más, pero los hechos no lo acompañan del todo porque, por lo menos a simple vista, por lo que vemos en la superficie, permanece entre los jefes opositores el cometido de permanecer juntos, o de que no se vea a vuelo de pájaro el descosido de su indumentaria. Es lo menos que pueden hacer porque no les conviene mostrar las troneras de su techo, dirán ustedes, pero hay elementos que permiten sentir cómo es más lo que los junta que lo que los disgrega; y que se aferran a la pasta de una amalgama dispuesta a resistir muchos embates.
 

El fundamento de la amalgama es Juan Guaidó, quien ha logrado un respaldo popular que lo convierte en pilar del proyecto que se está desarrollando para salir de la usurpación. Las giras que lleva a cabo en el interior de la república lo demuestran a cabalidad. Las comunidades colman las calles para aclamarlo. En las poblaciones grandes y pequeñas lo ven como la encarnación de una esperanza próxima, como la cercanía de una regeneración que no debe esperar para convertirse en hecho concreto. Su discurso es aplaudido por las multitudes, independientemente de lo que diga, o sin detenerse a cogerle las goteras que algunos analistas han advertido en su contenido, sus palabras son recibidas con señales de apoyo y regocijo. Si así sucede, si no se exagera en estas líneas ante el calor popular que abrasa al joven líder, parece imposible que existan, en el seno de los factores de la oposición, elementos que se le opongan o que pretendan formar tienda aparte sin su cobijo.

 

Una piedra se atravesó en el camino, los deplorables hechos del 30 de abril, la irresponsabilidad y la locura que significaron, pero, pese a su trascendencia, no logró disminuir la potencia de su liderazgo. Fue un episodio con el cual estuvo Guaidó vinculado por acción y por omisión, según parece cada vez más, pero que no se tradujo en el advenimiento de una debilidad realmente peligrosa. Pese a sus negativos corolarios, el líder pudo superar un bache de ardua salida, o los espectadores terminaron por sentirlo como un fenómeno transitorio que no debía conducir a buscar otra cabeza en medio de la lucha. Se mantuvo el nexo entre el líder y la ciudadanía, por lo tanto, lo más evidente cuando observamos cómo el joven sigue su marcha viento en popa con el apoyo de la ciudadanía. De una ciudadanía desesperada,  de un gentío que no encuentra otro palo para ahorcarse, se podrá decir, pero lo cierto es que lo que pudo ser un valladar insuperable se volvió escollo menor y pasajero gracias a una estrella personal que brilla en el centro del firmamento.
La superación del serio problema, de la indiscutible torpeza, no solo se logró gracias al respaldo popular que los hechos no disiparon, sino también porque, se supone, los líderes de los partidos se sacaron los trapitos en privado y llegaron a la conclusión de evitar una mudanza de domicilio y un cambio de jefe en el condominio. Se estaba ante un capítulo de precariedad que pudo alimentar fraccionalismos partidistas e intereses personales, pero que no tuvo un desenlace explosivo. Era el momento de pasar facturas cargosas y tal vez definitivas, pero los cobradores frenaron el impulso y guardaron los recibos  en el maletín. Quizá no los quemaron, pero los metieron en el archivo. Si se buscaba una ocasión para que se manifestaran del todo las distancias proclamadas por Pompeo, los intereses individuales, las ansias candidaturales que estaban en cuarentena, la sangre no llegó al río.

 

Se habla aquí de los dirigentes más reconocidos por la sociedad y de los partidos arraigados a escala nacional, a los cuales debe atribuirse el destino de la unidad. No entran en el cuadro los dirigentes sin respuesta positiva en las encuestas, ni los que van cuesta abajo por sus flagrantes errores del pasado reciente, que han  labrado a pulso su soledad o que no han sabido cambiar su desierto por un vergel. Lo cual no significa que no estemos ante una abundancia de zancadillas, ante ataques arteros contra Guaidó y contra las organizaciones que lo respaldan. Seguramente se fijó en ellos Pompeo cuando comunicó su sombrío diagnóstico. De ser así, es cuestión de que la ciudadanía haga lo mismo para no perder la oportunidad que ofrece un liderazgo que merece permanencia.

 

@eliaspino

El Nacional

La república desmantelada, por Elías Pino Iturrieta

DURANTE EL MANDATO DE CHÁVEZ comenzó el trabajo de acabar con la estructura republicana de Venezuela, y el usurpador lo ha completado. Nos hemos preocupado por la desaparición de los usos democráticos y de los principios de libertad que han formado parte de la evolución social desde el siglo XIX, sin caer en cuenta de que esos elementos fundamentales dependen de una estructura anterior que los sostiene y promueve: la república. No basta con el hecho de que la nación se muestre en términos formales u oficiales como una organización de naturaleza republicana. Hace falta que tal denominación sea hospitalaria con conductas e ideas distintas a las establecidas durante el absolutismo monárquico, o durante los despotismos del antiguo régimen europeo, o de despotismos anteriores de allá, o de mandonerías posteriores de acá orientadas por los intereses del autoritarismo.

El comienzo del desmantelamiento se relaciona con el hecho de que, por decisión del comandante Chávez votada por los electores, comenzáramos a llamarnos República Bolivariana de Venezuela. La denominación significó un divorcio del vínculo con el ideario liberal que había alimentado los intentos de sociabilidad ensayados a partir de las guerras de Independencia, que procuraron el establecimiento de un sistema de frenos y contrapesos que impidiera el predominio de una hegemonía personal, o la elevación de una sola bandería en el manejo de los asuntos públicos. La relación con un proceso histórico de larga duración, es decir, creado y reformulado a través del tiempo buscando un acercamiento cada vez más íntimo con los requerimientos de la modernidad, con las doctrinas ilustradas de los siglos XIX y XX, con sus modelos legislativos y con la esencia de sus deliberaciones, se cambió por lo que pudo pensar y hacer un hombre en un breve lapso o, mucho peor, por lo que decía Chávez que un héroe había realizado o barruntado en dos décadas de su vida.

De allí el inicio de una traducción tendenciosa de lo que había entendido un personaje histórico sobre la política de su tiempo –que no era precisamente liberal, ni amistoso con las polémicas sobre el gobierno, ni dado a acoger a todos los sectores sociales– efectuada por un aventurero, o por un apresurado lector de panfletos, o por un entusiasta seguidor de disparates, o por un manejador de micrófonos capaz de llegar a auditorios amplios, o por un experto escarbador de pasiones debido a la cual se deformaron los principios fundacionales y se borró un proceso esencial de fábrica ciudadana, o se ubicó en plano secundario. La república había luchado en el pasado por la eliminación de los elementos que la negaban o sofocaban, pero, por si fuera poco el daño en marcha, la dislocación animada por Chávez les dio el aire que necesitaban para volver por sus fueros: el militarismo, el voluntarismo, la obediencia ciega, el compadrazgo, el clientelismo, el manual de rudimentos, la ignorancia supina de los burócratas, la violencia ejercida por grupos sin soporte institucional…, pasaron de la periferia al centro de la escena para redondear el oficio de menoscabo republicano que no hemos advertido a cabalidad a pesar de su mole monstruosa. En las manos de Maduro se ha tratado de un asalto con golpes de mandarria, pero pensamos que es un guerra ventajista contra unos partidos o contra un elenco de dirigentes, o contra cierto entendimiento de la democracia, sin preocuparnos al ver cómo socava las bases del edificio que más importa porque les servía de domicilio a ellos y a nosotros sus deudos.

Para que se tenga una idea del reto que afronta Venezuela, y de cómo parece difícil que pueda encontrar desenlace positivo si no agarra el toro por los cuernos, si no olvida lo accesorio para atender lo primordial, acudo a una afirmación de extraordinaria importancia por la época en la cual se hizo, por el político que la expresó y, en especial, por la sociedad debido a cuyos problemas se quiso poner de relieve. El 17 de agosto de 1898, George Clemenceau escribió desde París al conde de Aunay: “Habría un medio de asombrar al universo, haciendo algo totalmente nuevo: la República, por ejemplo”.

 

@eliaspino

La voluntad del capitán Cabello, por Elías Pino Iturrieta

LA IMPOSICIÓN DE LA VOLUNTAD DE UN HOMBRE sobre la sociedad, o la idea que tiene la sociedad de que su vida depende de lo que resuelva una sola persona, me obliga a mirar hacia el período gomecista. Quizá la relación parezca anacrónica, pero puede ilustrar cabalmente sobre el asunto.

Como se sabe, durante la tiranía de Juan Vicente Gómez la colectividad estaba pendiente de lo que resolviera el mandamás porque se trataba de decisiones inapelables, pero también de lo que dispusieran sobre cualquier vicisitud los miembros de su clan. Para aclarar el punto, miremos hacia las ergástulas en las cuales padecían entonces horrible encierro centenares o miles de presos políticos.

La crueldad del tratamiento a los prisioneros, o la duración de su permanencia en las jaulas, dependía del individuo que lo había remitido a ellas. Ese tardará en salir porque es un preso de Vicentico, calculaban los deudos y los amigos del cautivo. Puede ser que fulano esté pronto en la calle, pensaban ante otro caso, porque su encierro fue ordenado por don Juanchito, que es un señor de buenos sentimientos. A algunos les pronosticaban lustros o décadas de clausura debido a que habían llegado a su pavoroso destino por órdenes del general Eustoquio. Y así sucesivamente. Para descifrar el misterio de las mazmorras se tenía que pensar en un trío de dueños y señores.

Los jueces y los tribunales no hacían nada ante tales predicamentos. Se limitaban a callar, porque en la mayoría de las ocasiones no se enteraban del tránsito de los reclusos. Como no ordenaban su retención, tampoco determinaban la fecha de su libertad. Eran negocios políticos con los cuales no se relacionaban porque pertenecían con exclusividad a los miembros de un clan irrebatible, o en los que participaban como juguetes de los que tenían la sartén por el mango.

Se escogió este ejemplo por su elocuencia, pero bajo ningún respecto para señalar a nuestro capitán Cabello de la actualidad de atrocidades como las cometidas por el niño Vicentico o por el primo Eustoquio. Entre otras cosas, porque no hay evidencias que puedan sostener la afirmación y porque estamos en épocas distintas. Pero he dicho nuestro capitán Cabello porque es, dentro de la dictadura que padecemos, el personaje más relacionado con las rutinas de los ciudadanos en la mayoría de los trances, y, por lo tanto, susceptible de analogía. Más que el mismo usurpador, que ya es mucho decir.

En Venezuela todos están pendientes de lo que dice el capitán Cabello en su programa de televisión, o de lo que declara a los periodistas cuando tiene ganas, o de los discursos que de vez en cuando suelta en el organismo que dirige. Pero no lo hacen por la atracción que produce su elocuencia, una cualidad que le está vedada, ni por las profundidad de su talento, sobre el cual pueden existir fundadas dudas, sino por la sensación que se tiene de que lo que diga se convertirá en decisión fulminante de la cúpula chavista; y de que su voluntad no solo podrá cambiar el rumbo de la política, sino también los planes de los particulares en materias tan privadas como iniciar un negocio, planificar los estudios de los hijos, hablar en las tertulias con los amigos o tomarse unas vacaciones. El cobijo del capitán sería una bendición, desde luego. De allí que la diana de su voz sea más importante que la tinta de la Gaceta Oficial. O lo parece, de acuerdo con las sensaciones de la ciudadanía que vive pendiente de lo que afirma y de lo que calla para ver cómo enfrentará los retos de cada día.

No se toca el punto para que el lector piense que el capitán es más importante que el usurpador, lo cual puede ser idea superflua a la hora de meterse en las interioridades de la cúpula, sino solo para detenerse en la aberración que significa el hecho de que pueda ser el centro de la vida ante las leyes, ante los intereses de otras figuras del cogollo y frente a las instancias que distinguen la marcha de las repúblicas en el siglo XXI. No solo una aberración, sino un retroceso tan escandaloso que concede licencia para tratar de medir su tamaño con un ejemplo sacado del gomecismo. Un ejemplo que tal vez no funcione porque durante aquella época tenebrosa se hacían notar varios miembros de la tribu reinante y hoy copa la escena uno solo.

 

@eliaspino

El Nacional 

COMIENZAN A APARECER LAS CRÍTICAS contra la actividad política de Juan Guaidó, que merecen un comentario capaz de ponerlas en su lugar, es decir, de mostrarlas como evidencias de reproches que no encuentran fundamento en la realidad. Desde luego que no se trata de impedir que circulen porque sus portavoces tienen el derecho de decir lo que consideren adecuado sobre los asuntos del bien común, pero conviene destacar que, además de insostenibles, son muestras de una injusticia y de una exageración susceptibles de sembrar sospechas sobre su orientación.

Hay un asunto de bulto que las condena al derrumbe, y sobre el cual he insistido en textos anteriores: los procesos históricos son el resultado de una evolución pausada, no se dan de la noche a la mañana. La presencia de Guaidó en la vanguardia de la oposición comenzó a principios del año, después de una inercia que no auguraba desenlaces inmediatos y luego de un refrescamiento inesperado de las élites políticas. Nadie esperaba un cambio profundo de la conducta de los líderes de la Asamblea Nacional, ni de los planes de algunos partidos políticos, pero se concretó sorpresivamente para anunciar no solo acciones distintas contra la usurpación, sino también la dirección de un joven que era apenas conocido por la colectividad y a quien se encargaba la misión de hacer cosas nuevas y diversas desde el Parlamento. El asunto se concreta en enero de 2019, y ya en marzo lo critican porque no ha hecho nada de interés para llevarnos a buen puerto. La impaciencia provocada por la supuesta inacción del líder, o por su cacareada ineficacia, contrasta con la pachorra de décadas que han tenido con el chavismo. Ante Chávez y ante su heredero seguramente consideraron que convenía atenerse a las pausas impuestas por el reloj de la historia, pero ahora quieren que el almanaque pase sus hojas en un santiamén. Curioso, ¿no es cierto?

Pero lo más llamativo del asunto se encuentra en que es de una sencillez automática comprobar los frutos cosechados por el líder desde el comienzo de su gestión. Quizá el más importante sea el renacimiento del vínculo entre la dirección política y el entusiasmo de las masas, sin el cual todo lo que se intente contra la usurpación está condenado al fracaso. Las manifestaciones de la sociedad contra la dictadura se han convertido en ríos incontenibles de ciudadanos que habían abandonado la plaza pública, pero que ahora la hacen suya con una determinación que parecía perdida. La actitud diferente de los dirigentes que ahora llevan la batuta, jóvenes en su mayoría, ha influido en el tránsito de la pasividad popular a una caudalosa participación en las calles, pero es evidente que la conexión establecida entre las cualidades de un líder y las esperanzas de la multitud ha sido fundamental. Estamos ante una hazaña, frente a un fenómeno inusual que no sé cómo pueden subestimar los catones de la actualidad. Llamar la atención sobre la necesidad de mantener la flama de esa popularidad para que no deje de alumbrar debe ser una prioridad en los cálculos de quienes han logrado que arda, pero aquí no estaríamos en el parapeto de los reparos, sino en el área de la prevención.

Por si fuera poco, el ascenso de Guaidó y el designio de sus asesores han fomentado respaldos internacionales que, aparte de dar soporte a su papel de mandatario interino de Venezuela, han hecho de la causa de la libertad venezolana una empresa de trascendencia mundial. Ahora las penalidades de la república no solo se debaten como cosa propia en el seno de las democracias de América y Europa, sino que también han generado apoyos institucionales y materiales que pueden solventar la crisis humanitaria que padecemos y, desde luego, ayudarnos a salir de Maduro. El control de las plantas de la industria petrolera nuestra que funciona en Estados Unidos es una elocuente evidencia del punto. Pasamos de los ojos de Chávez a los ojos del universo, de las conversaciones pasajeras con otras latitudes a tratos solventes y permanentes, hasta el punto de que el joven sometido a las flechas domésticas sea también figura estelar en las tribunas más solicitadas del mundo occidental. En cuestión de un trimestre caminamos de lo específico a lo genérico, de los entuertos de aldea a aires cosmopolitas, un itinerario que escapa a quienes pretenden hacer viajes apurados sin pasar por Chacaíto.

Olvidan los críticos que, como dice el refrán, Rusia también juega. El usurpador y sus secuaces tiran dentelladas contra el proyecto de transición, un hecho a través de cuyo entendimiento se pueden descubrir los valladares del recorrido democrático y los desafíos de Juan Guaidó. ¿Por qué no los toman en cuenta? Quizá porque la mudanza por la cual se lucha ahora también los convierta a ellos en antiguallas, en asunto yerto del pasado.

@eliaspino

¿Atrapados sin salida? por Elías Pino Iturrieta

LA CATÁSTROFE QUE VIVIMOS EN VENEZUELA es una de las mayores de su historia, hasta el punto de que sea imposible compararla con una anterior que se haya desarrollado sin escaramuzas de guerra civil y sin el peso de convulsiones provocadas por la naturaleza. Solo en las matanzas provocadas por los enfrentamientos fratricidas, o por terremotos e inundaciones, ha sido sometida la sociedad a situaciones de sufrimiento colectivo como la que hoy experimentamos. Tiene una causa identificable sin posibilidad de dudas, como todas las que la precedieron –el cisma en la descomposición política de 1812, las batallas de la federación en la postración de la economía, por ejemplo– pero, a pesar de la localización del motivo mayor o casi exclusivo que ha originado la tragedia, no se ha podido superar. Estamos, por lo tanto, ante la presencia de un enigma sobre cuyo desenlace nadie puede apostar con seguridad, pese a la desesperación que ha provocado y a la humillación masiva que es su corolario más evidente.

La situación degenera durante la dictadura de Maduro, debido a que su gestión multiplica los horrores del pasado reciente hasta el punto de que, en lugar de remendar el establecimiento desvencijado por su predecesor, lo conduce apurado hacia la ruina. El edificio público sometido a la orientación destructiva del teniente coronel Chávez se vuelve escombros en cuestión de un lustro, lo cual no es difícil si consideramos la faena de depredación ejercida sobre su estructura por el fundador de la “revolución”, pero la posterior faena de demolición no deja de ser impresionante por su velocidad. Tal vez porque estemos ante el espectáculo de un hecho excesivamente vertiginoso, nos hemos paralizado mientras sucede frente a los desconcertados ojos.

La parálisis no solo incumbe al pueblo que advierte el derrumbe sin hacer mayor cosa porque no sabe cómo desafiar a la rauda bestia devastadora, sino también al liderazgo de oposición que debe esperar el paso de los años para calibrar el desafío y ponerse en movimiento. Temporadas de inacción, o de tumbos infructuosos, conceden oxígeno a la dictadura hasta permitirle supervivencia a pesar de sus dislates. Los lapsos de hibernación que se disfrutan en la cama de los partidos políticos, o sus espacios de pereza, por no hablar de otras circunstancias capaces de erizar el pelo, no son una amenaza que obligue a la moderación de los mandones. De allí la persistencia de un fenómeno que todavía no camina hacia el cementerio que merece con creces.

En la hora de destapar responsabilidades debe considerarse la capacidad de crueldad que caracteriza al chavismo, susceptible de apagar corajes consistentes con crímenes y torturas que no se molesta en ocultar. Cuando se siente que todavía no se verá la luz al final del túnel, la vocación sanguinaria del régimen es un factor que se debe poner en primer plano para entender las estaciones de un sendero trabajoso. Pero hay dos elementos que invitan a mirar lo que falta de itinerario con ojos benevolentes: el deterioro abrumador de la etapa encabezada por Maduro, cuya profundidad es el prefacio de su propio abismo, y el nacimiento de un movimiento de oposición que supera las vacilaciones del pasado y recupera el imán que había perdido para atraer el entusiasmo de las masas sin la cuales no es posible el retorno de la democracia. Con ese imán en la mano, manejado con la guía de ideas nuevas y distintas, podemos matar a la madre de todas las catástrofes que ha padecido Venezuela.

 

@eliaspino

El Nacional 

La guerra sucia, por Elías Pino Iturrieta

ARMA PREFERIDA DE LA DICTADURA, fórmula para generalizar las calumnias y producir daños a la oposición, la guerra sucia se ha incrementado en estos primeros meses del año. Como la impotencia aumenta en los predios de un régimen acorralado por las reacciones populares, el plan de manchar la reputación del liderazgo que lo adversa se viene multiplicando para revolver el río buscando ganancias. No debe desestimarse el nuevo intento, pese a que parece condenado al fracaso debido a la fortaleza de los dirigentes que ahora destacan en la vanguardia de las luchas sociales. Es un último recurso del usurpador, sobre cuya arremetida debemos estar preparados.

¿Por qué? Porque le ha funcionado durante mucho tiempo. Las divisiones de la oposición no solo se han debido a que sus figuras representan un determinado entendimiento de los negocios públicos, sino también a que ellos mismos han querido dividirse en buenos y malos gracias a las campañas de los propagandistas del oficialismo. La fabricación de villanos y malhechores, de colaboracionistas y alcahuetes del sistema ha favorecido a los compañeros de camino a quienes cae del cielo la alternativa de librarse de los más incómodos, es decir, de los que los rivalizan con éxito; aun sabiendo que calcan el libreto de los laboratorios oficiales y quizá sin maginar que pueden ser después las víctimas. En la medida en que se denigra de quienes parecen sus émulos en el Parlamento, en el partido, en las coaliciones y en la consideración del pueblo, pasan agachados para que el vendaval de porquerías haga su trabajo. En consecuencia, la guerra sucia cuenta, al comenzar la carrera, con la mitad de la pelea ganada.

La otra mitad le es concedida por la credulidad popular, por los afanes de simplificación movidos por la impaciencia, la desesperanza y también la ignorancia de una clientela que, como no encuentra soluciones mágicas, como no se cumplen el domingo las metas planteadas el sábado, se solaza en la detracción de los corderos ofrecidos en bandeja de plata. No deja de ser placentero el descubrimiento de la paja en el hombro ajeno cuando permite que disimulemos la viga que estorba la visión del ojo propio, sentencia bíblica que manejan a su manera los montadores de ollas podridas para pescar no solo destinatarios incautos, sino igualmente sujetos irresponsables que les sirven de coro. Entre ellos, un grupo deplorable de periodistas que repiten sus infundios con ánimo digno de mejor causa; y los guerreros del teclado que acuden al único recurso que tienen para llegar a la fama, los caracteres ofrecidos por el Twitter. La más difundida de las colaboraciones, por cierto, aunque también muy idiota porque solo les permite notoriedad efímera.

Sin embargo, buena parte del éxito de la guerra sucia se ha debido a sus víctimas, que no reaccionan ante una avilantez que los degrada como políticos y como ciudadanos. Ven el vuelo de los dardos y apenas los esquivan. Se arrinconan esperando que pase el ventarrón de las inmundicias, sin hacer mayores gestos para reivindicarse. Una conducta digna de atención debido a que, si no se observa con mirada piadosa, puede significar la admisión de una culpa. Por fortuna, se puede explicar tal actitud en el hecho de que, aparte de contar con simpatizantes de sobra, habitualmente la acometida llega acompañada de amenazas que tocan la vida y la libertad de los atacados, o de sus familiares cercanos, círculo ominoso que conduce al silencio o, en no pocos casos, al exilio.

Hace poco, en entrevista concedida a Milagros Socorro, Julio Borges salió del mutismo para ofrecer detalles sobre la persecución de que ha sido objeto, sobre la intimidación a la cual fue sometido, sobre las infamias que la dictadura ha arrojado en torno a su reputación y, en especial, sobre la bajeza de unos perseguidores a quienes identifica con pelos y señales. De la ponderación de esa entrevista salieron los comentarios que se han ofrecido hoy. Es, si no la primera, una de las denuncias más vigorosas de la cruzada de difamación que mancha la política venezolana.

@eliaspino

El Nacional 

De cómo se renovó el liderazgo, por Elías Pino Iturrieta

PARA ANALIZAR LA NOVEDAD DEL LIDERAZGO de oposición que hoy conmueve a Venezuela, miremos hacia la gestión de la anterior directiva de la AN. Puede servir para comentarios aceptables. Fue una gestión anodina, sin capacidad para manejar los asuntos de su incumbencia con el objeto de rescatar la credibilidad del organismo representado, menos todavía para restablecer el nexo con las masas de votantes que provocaron una representación apabullante de adversarios de la dictadura en las curules. Actores de gestos timoratos y de poses sin magnetismo, gente tal vez sin deseos de dejar huellas de su paso, oradores sin palabras memorables, políticos sin un pensamiento capaz de demostrar que de veras estaban allí para combatir al régimen o para dar señales de vida trasmitían una sensación de parálisis debido a la cual no solo se jugaba la vida del Parlamento, sino también el destino de los combates por la democracia.

Sus sustitutos son lo contrario, en términos redondos. En actividad desde el primer día, empeñados en mirar de cerca los problemas inadvertidos por la miopía de los antecesores, ansiosos de abrir los portones del Capitolio para echarse a la calle a buscar lo que se había perdido en la víspera, gentes de arriba pendientes, por fin, de la gente de abajo; parlamentarios haciendo, por fin, su trabajo con empeño, significan el hallazgo de unas antípodas que parecían perdidas en profundo abismo. Si, para mayor excepcionalidad, para hacer una arrolladora ostentación de primicias, se aferran a la lucidez de un sorprendente político joven a quien ofrecen posición de vanguardia, la sensación de una mudanza esencial de la cúpula, y de que ha cesado una modorra perniciosa, dinamiza la atmósfera e invita a proezas que no estaban en el programa de las luchas sociales.

Pero lo más llamativo del asunto radica en que no hubo que asaltar el edificio del Congreso para que sucediera la mutación. No se expulsó a sus viejos habitantes a la fuerza para cambiarlos por otros distintos que le imprimieran fuerza y le pusieran aceite a la maquinaria. La trasformación salió del propio organismo que parecía agotado, quizá porque, así como se jugaban la vida sus criaturas si continuaban adormecidas e indiferentes como antes, también condenaban la república al cementerio. Las circunstancias fueron fundamentales en la mudanza, desde luego, porque el diagnóstico de la inacción coincidió con la usurpación perpetrada por Maduro y con la multiplicación de las carestías que agobian al pueblo, trance que obligó a definiciones como las de hoy y, quizá también, a hacer de la necesidad virtud. Sea como fuere, la elaboración de un libreto para la dirección de los nuevos capítulos, hecho por cabezas de la casa combinadas con fuerzas de afuera, es decir, por la dirigencia política del país, por protagonistas del exilio y por factores de otras latitudes, ha concretado un movimiento de rechazo a la usurpación a través de la valoración del parlamentarismo, sobre cuyas posibilidades nadie hubiera apostado en el pasado reciente.

El seguimiento del libreto, su ejecución de todos los días, ha dependido fundamentalmente de los parlamentarios jóvenes, de los menos cargados de años y de historias. Se puede pensar que forzaron la metamorfosis para hacer que los mayores se subieran al tren antes de que partiera, para que no permanecieran varados y defraudados en la estación; o que concertaron un plan que los arropara a todos sin que los más viejos dejaran de estar presentes, pero relativamente distanciados del timón. Más como viajantes de primera que como directores de itinerario. No como convidados de piedra, porque tenían boleto de ida y vuelta y derecho al menú principal, pero apenas como partes del pasaje que se necesita para culminar el trayecto.

Un elenco sobresaliente de jóvenes ha logrado la restauración del Parlamento como factor de poder, hasta el extremo de que podamos observar la gestión de la directiva anterior como antecedente digno de olvido, y ha hecho el portento de un nuevo movimiento de masas que hace temblar al usurpador. Representan un refrescamiento de élites que nos puede llevar a un capítulo mayor del republicanismo si no olvidan que la política viene de antes, de mucho antes, de cuando el registro civil aún no suscribía la partida de nacimiento de cada uno de ellos.

 

@eliaspino

EL NACIONAL