Elías Pino Iturrieta, autor en Runrun

Elias Pino Iturrieta

#CrónicasDeMilitares | Santander deja sin hueso sano al marqués del Toro, por Elías Pino Iturrieta

Imagen: Francisco Rodríguez del Toro, el marqués del Toro (izq) y Francisco de Paula Santander (der.). Compos. Runrunes

Las puyas del vicepresidente Santander y las ínfulas magisteriales del marqués del Toro ofrecen un testimonio precioso de la política de la época

 

@eliaspino

Sabemos que a don Francisco Rodríguez del Toro, Marqués del Toro, no le fue bien como conductor de tropas. Todo lo contrario, porque sus campañas de la llamada Primera República contra los realistas de Coro y Valencia fueron un fracaso sin paliativos. Pero le atraía la materia, la flama de los campamentos y la preparación de las contiendas, según se desprende de un curioso plan para la defensa de Colombia que envía al ministerio de la Guerra en 12 de enero de 1824 (Las Fuerzas Armadas de Venezuela en el siglo XIX, Caracas, Ediciones de la Presidencia de la República, tomo 4, Caracas, 1963). Entonces ejerce el cargo de intendente del Departamento de Venezuela, al cual solo incumben los asuntos civiles, pero se atreve a aconsejar en la materia militar que le ha sido esquiva.

El documento es digno de atención debido a los comentarios fulminantes que hace sobre su contenido el general Francisco de Paula Santander, vicepresidente de la república, que veremos a continuación.

Santander lee con detenimiento el plan que ha enviado el marqués desde Caracas, y lo llena de observaciones escritas de su puño y letra. Podemos suponer que lo hace como parte de sus obligaciones oficiales, o debido a su esmero en el servicio, pero confiesa la emulación que lo mueve. Escribe en el pie de la primera página:

Pongo al margen observaciones, no porque sirvan de contestación, sino para que en algún tiempo se sepa que el Vicepresidente actual de Colombia entiende más de guerra que el Intendente de Venezuela».

Don Francisco de Paula siente la necesidad de demostrar su superioridad frente al atrevido remitente, solo eso lo lleva a hacer observaciones cáusticas. De allí su importancia, pese a que, tal vez, no solo reflejen una antipatía personal sino también diferencias con otros funcionarios venezolanos. Un detalle de sus apuntes lo sugiere, como veremos más adelante.

Cuando inicia el documento, el marqués insiste en la necesidad de cuidar con esmero las operaciones del río Apure y la navegación del Orinoco. Veamos lo que apunta su lector: “Esta experiencia la tiene el Vicepresidente de vista y sufrimiento y no de oídas”. La descalificación es contundente, no en balde hace una analogía entre la dura vivencia  de las campañas militares y las palabras vanas. Después el remitente sugiere reformas de fortificaciones y artillería en Guayana y Maracaibo, ante lo cual anota tajantemente el incomodado superior: “Que se vean las comunicaciones anteriores a los del Zulia y Orinoco sobre la defensa de sus provincias, y las que tiene sobre Guayana el mismo Intendente de Venezuela”. Está lloviendo usted sobre mojado, como puede sentir si revisa con atención los papeles que se le han enviado oportunamente, y que no ha leído, pudo escribir Santander si quería dar a su pluma mayor contundencia.

Pero no hay que impacientarse por la llegada de dardos más envenenados, debido a que no tardan en aparecer. El plan se detiene después en la sugerencia de preparar a Santa Marta para evitar su dominio por probables invasores, y en la necesidad de proteger las comunicaciones entre Maracaibo y el Valle de Upar. Anota Santander sobre la sugerencia: “Santa Marta no es plaza fuerte que pueda resistir un sitio”. Y sobre el otro asunto: “Esto es tan claro que lo comprende aun quien jamás haya saludado el arte de la guerra”. ¿Cabe mayor altanería, mayor desprecio?

Por supuesto. El marqués se atreve luego a sugerir la reforma de los cuerpos de dragones y a plantear la manera de manejarlos con mayor eficacia, ante lo cual garabatea Santander: “El Intendente no debe haber leído a los profundos militares que demuestran la inconveniencia de los Dragones”. Pero todavía hay más. Cuando pretende hacer observaciones panorámicas sobre la defensa del Departamento, veamos lo que anota Santander: “Verdades que el Vicepresidente en vez de haberlas leído u oído, las ha palpado y tiene prescrito el plan de defensa dado para Venezuela”. Huelgan los comentarios.

Como el vicepresidente no plantea sus observaciones para que se responda de manera formal al Marqués-Intendente, estamos ante un caso de animosidad del cual pueden enterarse los allegados a los altos círculos políticos y el propio ministro de la Guerra. Son probabilidades que no se deben subestimar en un ambiente proclive a la división, y en el cual se hacen cada vez más evidentes las distancias entre los administradores de Bogotá y los subalternos de Caracas.

Sobre cómo se puede relacionar la vicisitud con las querellas que entonces suceden entre venezolanos y neogranadinos, de acuerdo con lo que se sugirió antes, es decir, para que salgamos de los estrechos límites de un encontronazo personal, una última anotación de Santander ofrece pistas. Escribe, en la parte final de sus objeciones:

Ya el Gobierno descubre que el Intendente lo que más desea es publicar su papel para que le admiren sus conocimientos, a imitación de la publicación que ha hecho El Venezolano de las observaciones del Administrador del Tabaco. Y para contrarrestarle he escrito estas notas en febrero 11 de 1824”.

La nota traslada el asunto de lo individual a lo colectivo, de lo particular a lo panorámico, para que los historiadores puedan ubicar el testimonio dentro de un contexto amplio con el cual se vincula. Debemos recordar que, como desvela su título, El Venezolano es un periódico de Caracas que hace críticas de la administración bogotana desde la perspectiva de los intereses locales. En torno a esa peculiaridad se puede entender la última observación añadida por el neogranadino, que permite una comprensión más certera de lo que puede ocultar su antagonismo con el Intendente del Departamento de Venezuela. Aunque, si solo se tratara de una querella personal, las puyas del vicepresidente y las ínfulas magisteriales del marqués ofrecen un testimonio precioso de la política de la época.

#CrónicasDeMilitares | Bolívar ante los excesos escandalosos de Mariño, por Elías Pino Iturrieta
Con Mariño estamos frente a una usurpación ventilada con descaro, ante una desmesura que se exhibe sin antifaz. Bolívar lo encara a través de un áspero oficio

 

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Un oficio del Libertador para el general Santiago Mariño, fechado en 13 de abril de 1819 en el sitio de Paso Caballero, nos informa de unas desmesuras a través de las cuales se observan las dificultades de obediencia que impedían entonces la realización de campañas coherentes y exitosas (Las Fuerzas Armadas de Venezuela en el siglo XIX, Caracas, Ediciones de la Presidencia de la Republica, tomo 3, 1970). Pese a que Bolívar detenta una autoridad legítima, concedida por sus pares, el subalterno se maneja según su antojo con una autonomía y una soberbia que la desconocen y perturban.

La aspereza de la correspondencia que veremos nos pone ante una irritante conducta, en la cual debemos detenernos para sentir la estatura de los intereses personales que interferían el manejo de la guerra cuando apenas se estaba reanudando contra ejércitos experimentados y bien armados.

La correspondencia comienza con una queja por la falta de noticias sobre unos movimientos recientes de la tropa comandada por el general Zaraza, que eran importantes para la coordinación de la campaña, pero después se refiere a la total desconexión de Mariño, de cómo actúa sin informar a su jefe. Escribe Bolívar:

Si esta omisión de V. E. me sorprende, no debe haberme causado menos efecto y extrañeza el absoluto silencio que V. E. guarda sobre sus operaciones y las de la División enemiga que tiene al frente.

Hace lo que le parece, pues, sin tomarse la molestia de informar a su superior. Es lo que se desprende del reproche, pero es apenas el prólogo de una infracción de mayor alevosía. Bolívar se entera de ella cuando alguien le pide que revise un documento de los que habitualmente redacta Mariño para diversos destinatarios. Sorprendido por lo que descubre, agrega:

V.E. usa en él de títulos que no le corresponden, y estando esto impreso no es presumible que sea falta del Secretario ni de otra persona. Hasta ahora yo ignoraba que V.E. fuese Capitán General de la Nueva Granada, y estaba persuadido de que era yo el único que lo había alcanzado, porque así me lo afirmó el señor Secretario de la Guerra al tiempo de dirigirme el Despacho. Yo celebraría que también V.E. gozase del mismo honor, y desearía saber si V.E. tiene ese título por el Gobierno general de aquella República. Solo en este caso continuará V.E despachando con él, porque sería un abuso que irritaría a los granadinos y que siempre será muy perjudicial y escandaloso. Los Capitanes Generales en Venezuela se llaman Generales en Jefe. Esta denominación está determinada por la ley y su infracción es un crimen, mayor aun que el de adoptar un nuevo título porque a lo menos en este último caso no se muestra el desprecio por la ley que en el primero. 

Estamos frente a una usurpación ventilada con descaro, ante una desmesura que se exhibe sin antifaz, pero que apenas es un pormenor minúsculo cuando nos asombramos con lo que agrega el prócer que se proclama como único Capitán General de la Nueva Granada. Veamos:

Por graves que son estas faltas parecen todavía leves y disimulables comparadas con las otras de que voy a hablar a V.E. Siento una extrema repugnancia a darles crédito, y ciertamente las habría desatendido y rechazado si las quejas no fuesen tan repetidas, y si no emanasen de los primeros empleados y del mismo Vicepresidente. V.E. es acusado: Primero, de haber pretendido apoderarse del mando, a pretexto de las facultades que tuve a bien delegarle para el mejor acierto de sus operaciones militares, y que de ningún modo se extendían a la provincia de Guayana, ni podían ser en perjuicio de las autoridades establecidas en las respectivas provincias. Así lo expresé a V.E. en la comisión que se libró, tan clara y distintamente, que no puede V.E. creerse facultado para poner en receso todas las autoridades del país cuyo mando se le ha encargado.

Segundo: V.E. ha entorpecido y detenido su marcha de la capital sin necesidad, haciendo peticiones de auxilios extraordinarios, e inoportunas protestas sobre los resultados de sus observaciones. V.E. había mandado el Ejército de Oriente poco antes, sabía su situación y los recursos del país, y si no lo creía capaz para ejecutar el plan de campaña debió representármelo o no encargarse del mando que voluntariamente aceptó y prefirió a su representación en el Congreso.

Pero hay más, de acuerdo con lo que afirma el oficio:

Últimamente, V.E ha tomado la correspondencia que venía para mí del señor general Bermúdez, la ha abierto y hecho de ella el uso que le ha parecido. Yo no sé bajo qué aspecto se crea V.E. autorizado para ver las comunicaciones del Gobierno, cualesquiera que sean, y mucho menos las de un Gobierno de provincia que puede y debe entenderse directamente con él.

Es evidente que no estamos ante un simple caso de desobediencia susceptible de sanción severa, sino ante movimientos destinados a la toma del comando supremo a cualquier costo. Mariño no quiere manejar un ejército dependiente de su superior, se niega a ser una pieza del engranaje bélico. Se apropia de unos signos de autoridad a través de los cuales anuncia su cercano ascenso hasta la cima de la pirámide, que lleva a cabo a través de movimientos autónomos o mediante violaciones que solo pueden desprenderse de un entendimiento personalista del proceso en el cual participa y del desprecio que siente por Bolívar. A menos que el superior haya exagerado o mentido en el oficio que acabamos de comentar.

#CrónicasDeMilitares | El cuidado de los caballos en 1821, por Elías Pino Iturrieta
Un «tras cámara» de la refulgente Independencia, o cómo era la laboriosa y vital faena de cuidar a los caballos en 1821

 

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Los estudiosos de la Independencia han preferido analizar y exaltar el aspecto heroico, sin detenerse en las urgencias de las campañas, no pocas veces capaces de conducirlas al fracaso y a través de las cuales se advierte el esfuerzo que realmente significaron. Ahora nos aproximaremos al vital asunto a través de un oficio que envía el general Pedro Briceño Méndez al coronel Bartolomé Salom, Jefe del Estado Mayor General.

Es una correspondencia fechada en el cuartel de Tinaquillo, el 18 de agosto de 1821, en la cual trata el vital asunto del suministro de caballos y la necesidad de su oportuno cuidado. Un primer fragmento de interés discurre como sigue:

Por el oficial que manda el piquete de Húsares que esperaba aquí a S.E. para servir de escolta, se ha sabido que los caballos que trae no llegarán a San Carlos, porque tal es su mal estado. El mismo asegura que estos eran los mejores que había en la madrina del escuadrón. Así, es seguro que si marcha, éste perderá todos los caballos y retardará el cargamento que debe venir escoltando. En atención a esto, dispone S.E. que regrese el piquete que formaba su guardia y vaya a reunirse a su cuerpo. Que el escuadrón todo, marche a acantonarse en las plantaciones de tabaco de Guaruto con orden de que ponga a engordar los caballos con el malojo que actualmente está muy abundante allí, porque se han perdido todos los maizales y los labradores dan hasta de balde el malojo, con tal de que lo corten; pero si no se pudiere conseguir de este modo, se procurará de cualquier otro. En ambos casos habrá una escrupulosa economía y vigilancia en las distribuciones para que no se cause un gasto extraordinario y para asegurarse de que en efecto se consume todo en las bestias.

Las letras no necesitan comentario, porque se explican por sí solas. Tampoco el siguiente párrafo, sobre el robo de esos animales tan necesarios para la guerra. Dice así:

En un potrero inmediato a las plantaciones de Guaruto se echaron a engordar, al cuidado de un oficial, cuatrocientos caballos del Estado. S.E. ha sabido ahora que el oficial dice que no hay sino trescientos cincuenta, y quiere que V.S averigüe la causa de la disminución. Si se los han robado o se han perdido castigará al oficial cuidador, porque tuvo orden de dar parte de estas novedades para remediar el mal, y en este caso hará también que se mude la caballería a un potrero cerrado que hay en Maracay, perteneciente al doctor Marrero, entregándolos y encargándolos a un oficial de dragones, el más cuidadoso y celoso que haya.

El documento permite que conozcamos necesidades y rutinas que habitualmente subestimamos. Preferimos contemplar estatuas, sin parar mientes en las razones de su elevación. Nos traslada a un lapso crucial de la guerra, cuando se ha triunfado en Carabobo y está a punto de comenzar una campaña dirigida hacia lugares remotos, desconocidos y escabrosos, como Quito y el Perú. Si estudiamos sin prisas unas  contingencias como la que se acaba de mostrar, tendremos cabal idea de la magnitud de la empresa.

#CrónicasDeMilitares | Un intento de asesinar a Páez, por Elías Pino Iturrieta
Los realistas contrataron en 1820 a un sicario para asesinar a Páez, pero evidentemente se quedaron con los crespos hechos

 

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Después de la llegada del ejército que dirige el general Morillo, llamado Pacificador, los realistas se detienen en la importancia de Páez como rival de sus movimientos y en la necesidad de derrocarlo en el campo de batalla. Es necesaria su humillación en una acción de guerra para una orientación adecuada de la campaña y para levantar la moral de la tropa, plantea el estado mayor, pero esa posibilidad se vuelve remota debido a la pericia del lancero en las lides de los llanos y al fervor que despierta entre sus soldados. De allí que se plantee entonces la necesidad de sacarlo del camino a través del asesinato. El plan se pone en marcha a mediados de 1820, pero fracasa. De seguidas veremos lo fundamental del suceso, apenas comentado en su época y casi desconocido por la posteridad.

Los realistas localizan a un sujeto con deseos de prosperar, a quien ganan para la macabra empresa. Se trata de un joven teniente coronel llamado Tomás Villasana, quien ha combatido en las fuerzas republicanas y en ocasiones se aleja de las contiendas para acercarse a territorios dominados por las fuerzas del rey. No se relaciona entonces seriamente con los soldados españoles, pero los trata con una naturalidad distanciada de las pasiones bélicas. Entonces lo atraen con sus requiebros y le hacen una oferta tentadora. Le darán el cargo de Juez de Llanos, y tal vez después otros empleos remuneradores, si se compromete a matar a Páez. Villasana acepta.

Pero suelta la lengua ante unos llaneros que militan en las fuerzas de San Carlos y El Baúl. Agustín Farías, un cabo de caballería, asegura ante sus superiores que le ha escuchado expresiones aventuradas sobre el Centauro, y que ha hablado de su futura designación como Juez de Llanos. Un sargento llamado José Bello, de servicio en el cuartel de Achaguas, reitera una versión parecida. Partiendo de esas declaraciones, en noviembre de 1820 Páez ordena que se le abra expediente para averiguar el asunto con detalles. Los trámites no sufren escollos, porque el sospechoso se entrega sin resistencia y confiesa de inmediato sus intenciones. Cuando le exponen las versiones del cabo y del sargento, confirma su designio de llevar a cabo el homicidio, animado por las promesas realistas.

¿Cómo termina la historia del teniente coronel Tomás Villasana, que ahora desenterramos? Veamos cómo la cuenta Páez al general Santander, en oficio de 2 de enero de 1821:

A pesar de lo horroroso del crimen y de haberse comprobado suficientemente, yo lo hubiera sujetado a la decisión de un Consejo, si la oficialidad toda, montada en cólera, no me hubiera pedido con vivas instancias el pronto y público escarmiento, pretendiendo además que muriese ahorcado. Determiné fusilarlo como una medida de seguridad, cuando a los tres días de preso, sin embargo de estar asegurado con grillos, cargó sobre el centinela para quitarle el fusil por lo que recibió varios bayonetazos.

Un final expedito, de acuerdo con la versión de quien iba a ser víctima del asesinato. Seguramente el hecho condujo a las reacciones descritas en el documento, pero sobre el ataque de un delincuente encadenado a un centinela que le quita la vida con su bayoneta, el destinatario de la correspondencia pudo solicitar una averiguación. Sin embargo, como no  dijo nada entonces el general Santander, un oficial meticuloso y apegado a los códigos, nada tenemos que agregar nosotros ahora. Solo recordar cómo los realistas se quedaron con los crespos hechos, debido a que Páez continúa sus proezas hasta obligarlos a abandonar el país cuando toma la fortaleza de Puerto Cabello, en 1823.

#CrónicasDeMilitares | El general Valero contra el general Salom, y una reacción inútil de Bolívar, por Elías Pino Iturrieta
Don Simón designó al Gral. Antonio Valero de Bernabé como comandante militar del istmo de Panamá y lo mantuvo entre sus interlocutores, pese a su airada reprimenda por el enfrentamiento con el Gral. Bartolomé Salom

 

@eliaspino

El general Antonio Valero de Bernabé, prócer de nuestra Independencia nacido en Puerto Rico, protagonizó un enfrentamiento con el general Bartolomé Salom cuando llevaba a cabo el sitio de la fortaleza de El Callao. Fue un escandaloso desafío que provocó la ira de Bolívar, quien entonces se mostró enfático contra el puertorriqueño en documentos que en breve se convirtieron en papel mojado. Ahora veremos lo esencial del episodio.

Valero de Bernabé había llegado a Venezuela en 1822, después de destacar como oficial de los ejércitos mexicanos que luchaban contra los realistas. Decepcionado por la proclamación de Iturbide como emperador, pidió la baja para continuar sus luchas entre nosotros. Fue bien recibido, no solo porque se conocían sus actividades en el conmovido virreinato, sino también sus antecedentes de heroísmo en la guerra de Independencia de España contra Napoleón, en la cual obtuvo el grado de coronel y distinciones por sus esfuerzos en la defensa de Zaragoza. Apenas al llegar a Caracas, se le dio el mando de una columna que debía marchar hacia el Perú. Al probar sus destrezas, pronto llegó a alta ubicación en las huestes del general Salom que debían capturar los esenciales fortines de El Callao. Entonces sucedió  el encontronazo que provocó la ira del Libertador.

En oficio que remite el secretario José Gabriel Pérez al ministro de Guerra y Marina, fechado en Arequipa el 21 de mayo de 1825, nos enteramos de la vicisitud y de la reacción del Jefe Supremo de la República. Dice así:

Su Excelencia El Libertador, Jefe Supremo de la República, me manda informar a S. E. el Poder Ejecutivo de esa República, la criminal conducta del señor General Manuel Antonio Valero con el señor General en Jefe del Ejército sitiador del Callao, General Bartolomé Salom. El General Valero, olvidando sus deberes, la disciplina militar y la subordinación, ha cometido el detestable delito de desafiar al General Salom por disgustos nacidos del servicio. Ese crimen es tanto más grave cuanto que ha sido cometido delante de una plaza enemiga sitiada, y la conducta del General Valero pudo haber producido funestos males a la República, introduciendo en las tropas el desorden y la anarquía. S. E. el Libertador le previene con esta fecha que marche a Bogotá a presentarse al Gobierno Supremo, porque no quiere que continúe aquí en descrédito de las tropas de Colombia. S. E., como colombiano, ha tenido el más profundo sentimiento de la conducta del General Valero, y ruega al Gobierno de Colombia que este General sea juzgado para que sienta el justo rigor de las leyes de esa República, ultrajadas por Valero.

Pero, además, Bolívar hizo que su secretario también escribiera al infractor un oficio en el cual afirmó:

S. E.  el Libertador no quiere que V. S. continúe bajo ninguna clase como auxiliar de Colombia en el Perú, sino que en el acto mismo que reciba esta orden se ponga en marcha para Bogotá a presentarse al Poder Ejecutivo. S.E. no quiere que V.S. continúe en esta República, ni quiere que contagie con su mal ejemplo a las tropas de Colombia que hasta hoy han sido el modelo de la subordinación y la disciplina.

Estamos ante una falta relevante que se debía corregir, frente a una respuesta institucional acorde con la gravedad de la indisciplina, pero la reacción se pierde en las nebulosas de la política, o en las posteriores necesidades de la guerra. Basta un repaso de la hoja de vida del general Valero de Bernabé, para enterarnos no solo de que permanece en el servicio de la república, sino también de que gozará del favor de quien le ha propinado dura reprimenda. Fue más tarde ascendido a General de Brigada y llegó a desempeñarse como jefe del estado mayor del ejército de Colombia. Además, don Simón lo designó como comandante militar del istmo de Panamá y lo mantuvo en el elenco de sus interlocutores.

Cuando sucedió la desmembración de Colombia, Páez dispuso que Antonio Valero de Bernabé fuera su ministro de Guerra y Marina. El oficial puertorriqueño aceptó sin vacilar, pero renunció al enterarse de que el Libertador había sido expulsado de territorio venezolano. Escogió entonces un exilio voluntario. Volvió a altas funciones durante la presidencia del general José Tadeo Monagas, sin que nadie se acordara de sus escandalosas diferencias con el general Salom, vencedor de El Callao todavía activo en política, ni de unas decisiones de Bolívar que jamás se ejecutaron. 

#CrónicasDeMilitares | Bolívar le enseña táctica a Bermúdez, por Elías Pino Iturrieta
Bolívar no da consejos porque los obtuvo de los textos bélicos que se leían en la época, los saca de examinar cómo se han movido los ejércitos realistas

 

@eliaspino

La guerra de Independencia no es dirigida por oficiales de escuela, formados en academias, sino por capitanes que aprenden su oficio mientras se enfrentan al enemigo. Es así en la mayoría de los casos. El hecho no significa que los sucesos dependan entonces del azar, porque los líderes tratan de evitar su influencia cuando la necesidad los obliga y no solo llegan a imponerse frente a las circunstancias porque las pronostican y las dominan, sino también porque las preparan de antemano. De esa pedagogía nacida de los desafíos cotidianos provienen las lecciones que remite Bolívar al general José Francisco Bermúdez, en correspondencia fechada en 3 de junio de 1819, que veremos de seguidas.

Bolívar ha designado a Bermúdez como general en jefe del Ejército de Oriente, pero debe marcharse de Venezuela para hacer la guerra en la Nueva Granada. Decide entonces enviarle unas instrucciones, de las cuales se verán ahora tres en las cuales insiste.

Veamos la primera de esas instrucciones:

En primer lugar, debe usía tener presente que los enemigos confían más en su disciplina que en su valor; que más confían en las sorpresas que en los ataques regulares; y que ellos nos suponen incapaces de obrar según los principios de la táctica. Piensan que no sabemos movernos, porque no sabemos evoluciones. Es preciso, pues, que vean en el ejército de Oriente lo que en el de Occidente: valor, táctica y disciplina. El enemigo ataca siempre en columnas cerradas, porque anteriormente se les recibía siempre en batalla. Luego que lo recibamos en columnas también cerradas, es probable que despliegue en batalla y que cambie de frente para sorprendernos y aprovecharse de nuestra perplejidad.

Esta es la segunda:

Regla general: si no hay obstáculos invencibles en el campo de batalla, o si nosotros no ocupamos posiciones ventajosísimas, debemos observarlo constantemente, y desde muy lejos, para atacarlo en la misma formación en que venga marchando; mas siempre prontos a seguir sus movimientos con la última celeridad, procurando muy cuidadosamente oponerle un frente igual, o poco mayor, aunque nuestro fondo sea un poco que el del enemigo. Un ala sobresaliente tiene mucho adelantado para flanquear al enemigo. Usía hará que las primeras compañías sean de hombres selectos, para ponerlas siempre al frente, porque las tres primeras filas deciden regularmente de la suerte de la columna y aun de la victoria. El resto de la columna sigue el impulso de la cabeza.

Y, por último:

El enemigo no aleja jamás sus cuerpos avanzados de la masa de su ejército, lo que nos da una gran facilidad para observarlo de cerca y obrar según las circunstancias. Si usía observa diligentemente las tropas españolas, puede lograr destruirlas sin aventurar una batalla que pueda ser ruinosa.

Aparte de ofrecer al lector detalles que seguramente desconocía, el texto de hoy permite que observemos la guerra de independencia como lo que realmente fue: una proeza nacida de la nada, desde el punto de vista militar, o de unos rudimentos que no garantizaban éxitos si no se volvían algo más concreto y confiable, sino se transformaban en una herramienta no solo capaz de garantizar la supervivencia, sino también la victoria.

La contienda produjo una pedagogía sobre la marcha, una enseñanza impuesta por la necesidad, lo cual significa que la formación de los ejércitos republicanos no provino de manuales inexistentes en las cercanías, ni de aulas que todavía no se habían levantado, sino de las lecciones ofrecidas por la realidad después de 1811. Bolívar no da consejos porque los obtuvo de los textos bélicos que se leían en la época, los saca de examinar cómo se han movido los ejércitos realistas.

Y se convierte en maestro de ese curioso colegio, debido a que la  observación del entorno le aconsejó crear un aula trasmitida a través del correo para enseñar a un oficial de importancia lo que la experiencia le acababa de comunicar. Así comprobamos aquí. Pero también a otros, según se conoce a través de diversas fuentes. Y ahora funcionó el ensayo docente, no en balde sabemos que el educando entró con sobradas credenciales en el cuadro de honor de las batallas. Aunque también se formó como autodidacta, desde luego.

#CrónicasDeMilitares | Las elecciones para el Congreso de Angostura fueron controladas por el ejército, por Elías Pino Iturrieta
¿Cómo hacer unas elecciones parlamentarias en 1819, con el país en guerra y las tropas realistas dominando la mayoría del territorio? Bolívar acude al Ejército. Lo cívico depende ahora de lo militar…

 

@eliaspino

¿Cómo hacer unas elecciones parlamentarias en 1819, cuando el país está en guerra, y cuando las tropas realistas dominan la mayoría del territorio? Después de la superación de numerosos escollos, Bolívar se empeña en la fundación de instituciones modernas que le den plataforma sólida al proyecto republicano y al poder que ya ostenta. Controlado el mando de las huestes y manejable la situación del Oriente del país después de la invasión de Los Cayos, resuelve convocar un parlamento constituyente en Angostura. La credibilidad de la asamblea depende del ejercicio de la soberanía popular, un principio aceptado como fundamental desde 1811, pero también de lograr que esa soberanía se exprese sin provocar dudas.

No solo debe enfrentar a las fuerzas del general español Pablo Morillo, numerosas y bien dotadas, sino también a sus rivales del lado revolucionario. Un congreso capaz de crear nuevas instituciones acrecentaría su liderazgo ante los enemigos realistas y frente a los émulos del bando patriótico, por una parte; pero, igualmente, cambiaría el carácter del conflicto debido a la introducción del manual moderno de cohabitación que se echaba en falta. Para concretar el plan en una situación que apenas domina, el Libertador acude al único elemento confiable que puede manejar con tranquilidad relativa, y que puede influir en las comunidades en las cuales está asentado: el Ejército Libertador. Veremos de seguidas el Reglamento de Elecciones para el Congreso de 1819, en el cual se entrega el control del proceso electoral a la decisión de los hombres de armas.

Es un reglamento largo y meticuloso, de cuyo contenido se verán ahora los aspectos relativos a la puesta en marcha del proceso electoral y a su supervisión. Se trata de los siguientes fragmentos:

En cada división del Ejército Republicano será el Jefe de ella el comisionado para la convocación de sufragantes y demás que se expresará. (…)

Los jefes de cada división por sus propios conocimientos, y por el informe que adquieran de personas idóneas, se certificarán de los que existan al alcance de su mando con derecho de elegir; y de todas ellas formarán listas por el orden alfabético, con expresión de su naturaleza y vecindario, estado y edad. (…)

No pudiendo practicar por sí mismos esta averiguación, el llamamiento de los sufragantes, la presidencia del concurso de ellos y la recolección de sus votos, substituirán estas funciones en los oficiales más aptos. (…)

Si por las circunstancias en que a la sazón se hallare el Jefe o su División, creyere incompatible con ellas el llamamiento y concurrencia simultánea de todos los electores, los irá llamando o haciendo comparecer ante sus comisionados por el turno y orden que le parezca más conveniente, a fin de que cada uno vote lo más pronto posible, y sin mengua del servicio. (…)

Cada sufragante ha de estar bien advertido de que viene a elegir por sí mismo, y no por medio de otros electores, el diputado o diputados que tocaren a su división.

Será también advertido de que el acierto o  desacierto en la elección, depende la dicha o desdicha del país, y de que la Diputación, cualquiera que sea el lugar y cuerpo de donde ella resulte, no es para ninguno en particular, sino para la extensión de Venezuela. (…)

En cada una de las divisiones militares y provincias comprendidas en este reglamento, se verificará el escrutinio, comparación y cotejo de los votos, y se tendrán por elegidos para representantes los que hayan reunido a su favor la mayoría del número total de electores y para suplentes suyos, los que se hayan acercado más a esta mayoría. (…)

Concluida la recolección de votos en cada parroquia, el comisionado de ella la remitirá luego al Jefe de provincia o división encargado del escrutinio, comparación y cotejo de sufragios, a que pertenecieren los sufragantes parroquiales.

Se ha copiado una cita extensa, para que puedan calcular la profundidad y la minuciosidad del control que ejerce el ejército sobre los ciudadanos que deben enviar diputados a Angostura. De acuerdo con las órdenes del Consejo de Estado, dispuestas el 17 de octubre de 1818, se trata de un proceso que depende de  oficiales armados desde el momento de su inicio  y hasta la comunicación de los resultados. O desde sus vísperas, debido a que deben hacer los llamamientos con anticipación y disponer de los lugares en los cuales se realizarán las votaciones. Más todavía: pueden entrometerse en la decisión de los electores cuando deben explicarles cuando el voto es bueno para la república y cuando no lo es, de acuerdo con las indicaciones del Reglamento.

Hay constancia documental de que los factores escogidos cumplen su cometido (Las Fuerzas Armadas de Venezuela en el siglo XIX. Textos para su estudio, Caracas, Presidencia de la República, tomo 3, 1970). Es evidente cómo Bolívar cumple el propósito electoral con el auxilio esencial de los cuarteles, o sea, con la asistencia de la única organización disponible para un designio de envergadura en una situación amenazada por los realistas. Lo cívico depende ahora de lo militar debido a una necesidad, se advierte una conjunción que se debe observar con entusiasmo en medio de las limitaciones que todavía entorpecen el establecimiento republicano; pero que también puede depender de los intereses que el segundo elemento imponga sobre el primero. El no detenerse en tal posibilidad sería demasiado ingenuo.

#CrónicasDeMilitares | Las hazañas del Diablo, por Elías Pino Iturrieta

Busto de bronce de Antonio Nicolás Briceño en el paseo Los Trujillanos, de Barinas (robado en 2018). Foto Marinela Araque / Archivo IAM Venezuela (Interv. por Runrunes).

El aeropuerto de Valera lleva el nombre del Diablo Briceño, quizá porque fuera el primer venezolano que tuvo la idea de diseminar cadáveres de españoles y canarios por los cuatro vientos…

 

@eliaspino

Antonio Nicolás Briceño, prócer de la Independencia, llega a nuestra serie de asuntos militares por una befa de la institucionalidad que conduce a un derramamiento de sangre que no ha merecido juicios severos por el hecho de ser promotor de la república. Veremos ahora lo principal de los delitos que cometió, observados en general con ojos benévolos por la posteridad.

Propietario de tierras, descendiente de un linaje trujillano que proviene del siglo XVI, casado con la hija de una familia mantuana, estudiante del Seminario de San Buenaventura de Mérida y de la Real y Pontificia Universidad de Caracas, que le otorga títulos para que se desempeñe  como abogado en las Audiencias de Santa Fe y Caracas; famoso en su juventud por un pleito que sostiene con su pariente Simón Bolívar por los linderos de unas haciendas, apodado El Diablo porque representó al siniestro personaje en un auto sacramental, Antonio Nicolás Briceño es uno de los diputados que destacan en el Congreso de 1812 y hacen la guerra sin suerte contra el realista Monteverde. Preocupado por la violencia que entonces se desata, llega a proponer la clemencia en el castigo de unos frailes de Valencia a quienes se quería ahorcar por delitos de conspiración.

Briceño se convierte en hombre de presa después de la reconquista de la provincia por los españoles. Marcha al exilio y vuelve a las armas desde la Nueva Granada bajo la jefatura de Bolívar, pero desconoce las órdenes del comando y llega a cometer unas tropelías capaces de provocar el alejamiento de muchos de sus compañeros de armas. Veamos una correspondencia que descubre sus enormidades:

Me ha estremecido el acto violento que U. ha ejecutado hoy en San Cristóbal; pero me ha horrorizado más el que deponiendo todo sentimiento de humanidad, haya U. comenzado a escribir su carta con la misma sangre que injudicialmente se ha derramado, y que me haya remitido la cabeza de una de las víctimas. Crea U. que ni mi religión, ni mis principios, ni mi humanidad, permiten excesos semejantes¨

Así le escribe en abril de 1813 uno de sus superiores, el coronel neogranadino Manuel del Castillo. El mantuano había ordenado el fusilamiento de dos hacendados españoles de avanzada edad debido a su actitud pasiva ante los acontecimientos políticos, y había enviado sus cabezas a Cúcuta en alarde de su hazaña.

Pero antes, en Cartagena de Indias, había redactado un plan de liberación, parcialmente revisado por Bolívar, y del cual extraemos ahora las siguientes disposiciones:

2. Como esta guerra se dirige en su primer y principal fin a destruir en Venezuela la raza maldita de los españoles europeos, incluso los isleños, quedan por consiguiente excluidos de ser admitidos en la Expedición por patriotas y buenos que parezcan, puesto que no debe quedar uno solo vivo, y así por ningún motivo y sin excepción serán rechazados. (…) 9. Se considera mérito suficiente para ser premiado y obtener grados en el ejército, presentar un número de cabezas de españoles europeos, incluso los isleños, y así el soldado que presente veinte será ascendido a Alférez vivo y efectivo; el que presentare treinta, a Teniente; el que presentare cincuenta, a Capitán, etc.

Tal vez hayan influido los crímenes antecedentes de Monteverde en la atrocidad de las medidas, pero lo que ahora se desea destacar es la propuesta de un plan de demolición de la vida anterior sin la sugerencia de cómo se iniciará después una convivencia diversa.

Como Monteverde antes y como Boves a la sazón, se acoge a la práctica de una ruptura radical para cuya ejecución no se mueven ideas de carácter institucional, sino solo los sentimientos de destrucción masiva que motivan la conducta de un individuo apoyado en sus huestes.

Podemos asumir que, movido por las pasiones que la guerra ha despertado en su sensibilidad, busca la restauración de la república partiendo de la violencia orientada hacia un holocausto que el lenguaje de nuestros días denomina genocidio.

Mientras ciertos compañeros de bandería, como Manuel del Castillo, permanecen aferrados a valores que pueden encauzar el conflicto y obedecen seguramente a un parecer de la superioridad, Briceño los desprecia sin formular otros en su substitución.

Pero hay motivos de mayor trascendencia que lo llevan a actuar así. Cuando responde los reproches de su compañero de armas sobresale un argumento que mucho pesará después en la historia de Venezuela. Escribe al coronel del Castillo, en 10 de abril de 1813:

Ahora si U. mira que yo soy un hijo de Venezuela, Jefe de una pequeña expedición que a mi costo y con mil fatigas y trabajos he formado para libertar a mis compatriotas, la que he puesto a disposición de U. con este fin y que también soy un miembro del Poder Ejecutivo de Venezuela según los documentos que U. mismo ha visto, y bajo cuyo concepto ha firmado el papel en que estoy reconocido como tal ¿qué extraño es que y cumpla las proposiciones bajo las que he levantado estas tropas y que he mostrado al mismo Presidente de Cartagena? ¿No soy yo quien debo responder a mis conciudadanos de estas operaciones, y no quedo yo aquí mismo para que en todo tiempo me juzguen los que crean haber yo hecho excesos dignos de castigo?

Briceño se concibe como parte de un equipo directivo, como pieza de una milicia que actúa de acuerdo con unas reglas y en atención a una línea de mando, pero también como el capitán de una hueste autónoma que puede actuar según sus deseos. Reivindica su rol de financista y organizador de una tropa para legitimar las órdenes independientes que da y las conductas que puede promover.  Está en capacidad de crear un sistema de ascensos militares basado en la decapitación de los españoles porque sufragó los gastos de la soldadesca y dedicó grandes esfuerzos en su organización. Cuando degüella a dos desafortunados peninsulares solo ha ejecutado lo que ha anunciado: un hecho que pueden reclamarle a título individual, porque la iniciativa comienza y termina en su persona.

Las afirmaciones no solo forman parte del personalismo que en breve determinará la política venezolana. También ofrecen la posibilidad de entender la Proclama de Guerra a Muerte que expedirá Bolívar seis meses más tarde, un tema merecedor de un estudio más detallado que hemos llevado a cabo en anteriores artículos.

Antonio Nicolás Briceño es fusilado en Barinas el 15 de junio de 1813. El aeropuerto de la ciudad trujillana de Valera lleva hoy su nombre, quizá porque fuera el primer venezolano que tuvo la idea de diseminar cadáveres de españoles y canarios por los cuatro vientos.