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#EspañaEnAméricaSinLeyendas | La conversión del padre Bartolomé de Las Casas, por Elías Pino Iturrieta
Bartolomé de Las Casas quería ser rico y destacar en el manejo de los asuntos mundanos. Pero dos sermones lo convirtieron en el venerado obispo de Chiapas y líder del partido indófilo

 

@eliaspino

Fray Bartolomé de Las Casas es justamente célebre por sus luchas contra la violencia de los españoles en las primeras décadas de la conquista de América. Debido a sus constantes intervenciones en la Corte y en los círculos intelectuales, Europa se conmovió por las depredaciones de los primeros encomenderos, y los reyes trataron de eliminarlas o paliarlas mediante leyes especiales. Se considera a su Historia de las Indias como un clamor por la justicia social y por los derechos de los pobladores autóctonos, capaz de conmover a los lectores de la época y de resistir el paso del tiempo hasta convertirse en documento ineludible para los estudiosos, pero también para los animadores de la leyenda negra de España. Sin embargo, el religioso beligerante no fue así desde cuando inició sus contactos con los primeros colonizadores de las Indias. Veremos ahora los elementos principales de ese prólogo habitualmente desconocido.

Ya nos aproximamos en artículo anterior a cómo Bartolomé vio, desde su atalaya de joven sevillano, con ojos asombrados y benevolentes, la hazaña colombina. Como su padre era amigo del almirante, no solo obtuvo preferencia para zarpar en próximos viajes a hacerse de recursos para prosperar, sino que también se paseó por la ciudad con un indito regalado por Colón a su padre y a quien trató de educar según las costumbres de la ciudad. Joven formado en el seno de la iglesia, experto en latines y sobrino de un canónigo de la catedral, exhibió las cualidades del indito para probar los portentos civilizatorios de la educación y los contactos de su familia con el personaje más connotado de la época. Después de esa aproximación a la celebridad, aceptó la invitación de su padre para viajar con el almirante virrey en su expedición de 1502 con destino a La Española.

¿Desde el momento de su llegada a La Española, el joven Las Casas se convirtió en apóstol de los indígenas martirizados o asesinados en masa?

A decir verdad, fue testigo de innumerables ataques de los conquistadores, frente a los cuales guardó silencio. Pero no solo se conformó con observar a los hombres de armas que buscaban riquezas en medio del desenfreno y sin las ataduras de la autoridad, que los dejaba actuar a sus anchas. Fue titular de una encomienda y dispuso que “sus” indios trabajaran en la exploración de minas y en el cultivo de parcelas agrícolas, como hacían todos los primeros aprovechadores de los espacios encontrados. El propio actor, ya en su fase de autor, describió su conducta de ese tiempo, de la siguiente manera: “Todas estas obras y otras, extrañas de toda naturaleza humana, vieron mis ojos, y ahora temo decirlas, no creyéndome a mí mismo, si quizá no las haya soñado”. Pero no las soñó: no solo fue testigo de ellas, sino también uno de sus responsables. Así lo afirmó en su Historia de las Indias.

Los misioneros franciscanos no se alarmaban por la conducta de los conquistadores. Vivían en la molicie y se hacían de la vista gorda, como la inmensa mayoría de europeos que entonces se establecían, aseguró el joven que se aproximaba cada vez con mayor profundidad a la fe hasta tomar la decisión de ordenase de sacerdote, el primero en las nuevas tierras del rey de España. Pero llegaron los misioneros dominicos para cambiar la biografía del recién tonsurado. No solo se impresionó por la austeridad de su vida, y por el afecto que mostraban a los siervos de los encomenderos, sino especialmente por dos sermones que lo conmovieron hasta llenarlo de lágrimas. Uno fue pronunciado por fray Pedro de Córdoba en 1510 sobre la búsqueda del Paraíso en las nuevas tierras. “Yo lo oí, y por oírlo me tuve por felice”, confesó después el joven. El otro fue predicado por fray Antonio de Montesinos en 1512, en el cual hizo las siguientes preguntas sobre los indígenas ante la capilla repleta de españoles en la fiesta de adviento: “¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos?”.

Bartolomé de Las Casas no solo se hizo entonces religioso de la Orden de Santo Domingo, sino que también se convirtió en el profeta infatigable que anunciaba la perdición de la catolicidad española si no cesaba la explotación inmisericorde de los indígenas. Como contó desde el primer momento con el apoyo de los dominicos, influyentes en los círculos del poder y orientadores del brazo armado de la Inquisición, volvió a la península en 1515 para no cesar en su lucha por la justicia social hasta el día de su muerte; sin que los representantes más elevados de la autoridad, entre ellos tres reyes y tres generaciones de consejeros de Indias pudieran dejar de oírlo, o de estremecerse debido a las conminaciones de su cruzada. Otras figuras cercanas a los monarcas, a las instituciones responsables de los asuntos coloniales y también a la jerarquía eclesiástica, hicieron lo posible por callarlo, o por echar en el saco roto de la burocracia el caudal de sus quejas, pero la mole de sus argumentos predominó para ofrecer la posibilidad de una comprensión adecuada de la conquista de América.

Lo elocuente del caso es que el muchacho viajó a América en busca de fortuna personal, como su padre y como muchos de sus amigos y conocidos de Sevilla, hasta que dos predicadores lo llamaron a un proyecto que no era el suyo, pero del cual llegó a ser el vocero más famoso y socorrido. Quería ser rico, quería destacar en el manejo de los asuntos mundanos, pero dos sermones lo convirtieron en el venerado obispo de Chiapas, en líder del partido indófilo y en el autor de la imprescindible Historia de las Indias, gracias a cuyas páginas se entiende mejor una hazaña esencial de los tiempos modernos.