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#EspañaEnAméricaSinLeyendas | Bartolomé y el indito, por Elías Pino Iturrieta
El joven las Casas no solo comprobó que el indito era como todos los muchachos que conocía, sino también que estaba dotado para desenvolverse con éxito en una sociedad como la española de entonces

 

@eliaspino

Fray Bartolomé de las Casas es, como se sabe, uno de los críticos más severos de la conquista realizada por los españoles en América. Nadie le gana en celebridad como líder del partido indófilo y como denunciante de las tropelías llevadas a cabo por los primeros encomenderos, tanto en las nacientes colonias como en la corte ante los reyes. Pero quizá no se tenga claridad sobre cómo se convirtió en lo que fue a la postre, debido a que la firmeza de sus posiciones puede conducir a pensar que forman parte de un solo bloque enfático. De seguidas se describirá una parte poco conocida de su vida, especialmente de sus rutinas juveniles, en las cuales no mostró las cualidades que lo llevaron después a la celebridad como campeón de la justicia social en los principios de la historia moderna.

Hijo de Pedro de las Casas, un mercader de mediano caudal que descendía de conversos, Bartolomé de las Casas se formó en su Sevilla natal bajo la protección de un tío, Luis de Peñalosa, quien era canónigo musicólogo de la catedral. Bajo el amparo del sacerdote estudió latín con el famoso maestro Antonio de Nebrija, hasta adquirir una formación cultural propia de los hijos de familias acomodadas. Como los Peñalosa se habían empleado en el servicio de la reina Isabel, no lo fue difícil acercarse a las fuentes del poder en crecimiento hasta destacar por su formación en las materias predilectas de la ortodoxia. En breve, y debido a su aprovechamiento en el seminario hispalense y a los informes sobre la moderación de sus costumbres, fue uno de los primeros candidatos para obtener la tonsura.

Como a todos los pobladores de Sevilla, le causó grande impresión el retorno de Colón después de su primer viaje, sin imaginar que en breve se involucraría en la continuación de la aventura.

Debido a malos tratos de negocios, su padre se alistó en 1493 en la segunda expedición del Almirante, a quien conocía de cerca desde cuando procuraba el favor de los reyes católicos para su aventura. Desde entonces, la América española fue el destino y el desafío del joven Bartolomé. Pero ese destino y ese desafío tienen un prólogo poco conocido. Para fomentar los vínculos amistosos, Colón regaló a Pedro de las Casas uno de los jóvenes indios que había traído como muestra de su hazaña, y Pedro lo entregó a su hijo Bartolomé mientras fraguaba el plan de embarcar hacia La Española con su amigo convertido en prometedor Virrey.

Bartolomé acogió con singular cariño al indito, con quien se acompañaba en sus visitas sociales y a quien mostraba a los circunstantes como si se tratara de una extraña representación del género humano. Era normal que el muchacho despertara la curiosidad en Sevilla, debido a que jamás nadie había visto a un individuo de su procedencia, vestido a su usanza, o más bien desvestido, y hablando una incomprensible jerga. Tampoco podía parecer extravagante que se dudara sobre la humanidad del inusual acompañante por sus diferencias con los mancebos habituales y porque, según se decía, había comido carne de sus semejantes y adorado a unos pavorosos demonios. Pero, en la medida en que lo trataba y exhibía, la perspicacia del nuevo dueño llegó a una conclusión distinta que pudo influir en su conducta del futuro. El joven las Casas no solo comprobó que el indito era como todos los muchachos que conocía, sino también que estaba dotado para desenvolverse con éxito en una sociedad como la española de entonces.

Gracias a las destrezas adquiridas en el manejo del español, lo hacía participar en tertulias, le pedía que repitiera oraciones a Santa María y lo animaba a escribir con corrección algunos textos, para que todos vieran que no se trataba de una curiosidad sino de una persona como las otras del contorno. Los testimonios anteriores a 1502, o inmediatamente posteriores, indican que, sin librarlo de su condición de siervo, no solo trató de vincularlo con la cultura oficial, con los hábitos predominantes, sino que también le demostró singular afecto. En 1500, cuando se hizo valer el testamento de Isabel la Católica en el cual afirmaba que los habitantes del Nuevo Mundo no eran esclavos, el indito de Bartolomé volvió como vasallo libre a la isla de La Española en una expedición comandada por el pesquisidor Francisco de Bobadilla.

Bartolomé de las Casas marchó a las islas de Indias en 1502, como doctrinero titular y miliciano de una nueva expedición en la cual también navegó su padre. Buscó de nuevo la relación con el indito de sus días de seminarista, pero no hay testimonio de que entonces iniciara sus críticas contra la dominación de la cual formaba parte. Pese a que presenció terribles crueldades, perpetradas por su comandante y amigo Pánfilo de Narváez, guardó silencio. Sus distancias y censuras son posteriores. Un destacado historiador de nuestros días, Manuel Jiménez Fernández, escribe lo siguiente sobre el tema tratado aquí en forma somera: “A nuestro entender, no se ha insistido bastante en la decisiva influencia, fácilmente rastreable, que en el ánimo generoso y abierto del joven Bartolomé ejerció esa convivencia entre los 24 y los 26 años con el mozuelo vivo y despejado a quien más tarde volviera a tratar amigablemente en La Española”.