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#EspañaEnAméricaSinLeyendas | Las huestes indianas (y II), por Elías Pino Iturrieta
La manera de organizar las huestes indianas desde su origen, y la lejanía del poder que las creó, conducen a una vulneración institucional y a situaciones de crueldad

 

@eliaspino

Para enterarnos de las consecuencias de la formación de las huestes indianas, sobre las cuales se hizo una somera descripción en el escrito de la semana anterior, conviene detenerse en testimonios a través de los cuales se observa cómo la Corona no puede controlar desde España las tropas que organizó a medias. Esa incapacidad de enterarse oportunamente del movimiento de unos soldados que solo dependen relativamente o nominalmente de su comando, y que actúan con autonomía o sin coordinación, produce fenómenos de temprano caudillismo que pueden repercutir en el futuro, cuando las repúblicas ya independizadas den sus primeros pasos. De allí la trascendencia del asunto.

La investigación de un historiador de gran prestigio, el mexicano Silvio Zavala, da cuenta de diferentes desobediencias de los conquistadores en el espacio que debían dominar, y sugiere que pueden ser el camino para conductas anárquicas que ocurren en el futuro, cuando sucede la creación de la república. La manera de formarse las huestes durante el período de la conquista conduce a la eliminación del poder regio, o a su traba habitual, afirma Zavala, para que se siembren las semillas de unas discordias y de unas conductas autónomas que no serán infrecuentes en el siglo XIX para debilidad de las instituciones.

En las páginas de su imprescindible libro, Los intereses particulares en la conquista de la Nueva España (México, El Colegio Nacional, 1991), abundan las sugerencias destinadas a entender cómo la formación de las huestes indianas deja huella en muchos acontecimientos de la posteridad.

Para respaldar la interpretación acudiremos ahora a dos testimonios, a partir de los cuales se puede observar sin trabas la magnitud del fenómeno.

El primero proviene de una fuente fundamental del período temprano de la dominación, la Historia de la conquista de la Nueva España escrita por Bernal Díaz del Castillo, quien narra las andanzas de su jefe, Hernán Cortes, en el sojuzgamiento del imperio mexica. Ahora interesa releer el siguiente fragmento:

La Nueva España es una de las buenas partes descubiertas del Nuevo Mundo, la cual descubrimos a nuestra costa, sin sabedor de ello su majestad; y después que las tuvimos pacificadas y pobladas de españoles, como muy buenos y leales vasallos de su majestad somos obligados a nuestro rey y señor natural, con mucho acato se las enviamos a dar o entregar con nuestros embajadores en Castilla, y desde allí a Flandes, donde su majestad en aquella sazón estaba con su corte.

Vemos cómo se impone la realidad de la autonomía del conquistador en toda su crudeza, o cómo la monarquía no está capacidad de dominar la situación sin la anuencia de los hombres de armas que actúan en su nombre. El rey de España, en este caso Carlos I, el rey emperador, está atendiendo asuntos perentorios en Flandes, negocios que le importan para el fortalecimiento de su poder, y es sorprendido por las nuevas de Cortés.

El conquistador le cede unos territorios y unas riquezas que ha obtenido partiendo de sus planes personales y de sus agallas, y el rey emperador se hace más fuerte debido a una empresa con la cual no tuvo relaciones antes y cuyos beneficios recibe porque un súbdito fiel reconoce su señorío.

No hizo nada para asentar su autoridad en una tierra de la cual no tenía ni la más peregrina información hasta entonces.

Pero domina esa jurisdicción en adelante, como también después sus sucesores, por decisión de un atrevido capitán en quien influye el peso de los hábitos españoles de reconocimiento a una autoridad impuesta por Dios a través de su iglesia, como seguramente sintieran los mayores de su casa. Pero, así las cosas, ¿quién tiene realmente el dominio de la situación?, ¿el rey y sus descendientes?, ¿las leyes de Indias que apenas comienzan a redactarse?, ¿el conquistador?

Las preguntas encuentran áspera respuesta en la colonia venezolana, salida de la pluma del conquistador Lope de Aguirre, llamado El Tirano por sus coetáneos. La dirige a Felipe II, hijo y sucesor del rey emperador, y va directo al grano. Después de describir sus penalidades personales y la sangre derramada por sus huestes, por los célebres y temidos Marañones, concluye así ante el soberano:

Mira, mira rey español que no seas cruel a tus vasallos ni ingrato, pues estando tu padre y tú en los reinos de España sin ninguna zozobra, le han dado tus vasallos a costa de su vida y haciendas tantos reinos y señoríos como en estas partes tienes, y mira rey y señor que no puedes llevar con título de rey justo ningún interés destas partes donde no aventuraste nada, sin que primero los que en ello han trabajado y sudado sean gratificados.

No es lo mismo que apunta Cortés, quien no se atreve con amenazas pese a la cuantía de lo que cede a la Corona, pero afirma una precedencia que se debe considerar cuando se juzguen los hechos de la conquista española y busque la responsabilidad en sus cabezas coronadas, o en las autoridades que tratan de gobernar desde la distancia europea. La manera de organizar tales huestes desde su origen, y la lejanía del poder que las creó, conducen a una vulneración institucional y a situaciones de crueldad e inhumanidad que se reproducen en numerosas partes de las colonias y que seguramente influirán en la posteridad, aun en la más lejana. De allí la necesidad de dedicar dos entregas de nuestra serie a la formación de las huestes indianas, como se ha efectuado.