Astrid Polanco camina entre las paredes rotas de su apartamento en la planta baja del bloque 223 de Ciudad Caribia con la voz quebrada. Muestra la habitación principal, pasa al baño colapsado y señala las fracturas en la mampostería. “Esta parte del cuarto se cae… todas las paredes se caen. El baño está todo caído. Como vemos, está todo destrozado”, dijo.
El 24 de junio, cuando ocurrió el doble terremoto que sacudió la zona central del país, el descuadre de la infraestructura trabó la salida de su vivienda. “Pensé que todo se me iba a caer encima. Cuando íbamos saliendo las puertas no abrían. Los vecinos del frente nos ayudaron para poder salir a todos”, relató a Runrun.es.

A metros de su bloque, en la cresta de la Cordillera de la Costa que separa al valle de Caracas del litoral central –entre los municipios Libertador y Carayaca–, la brisa de la montaña barre hoy una hilera de carpas montadas sobre la tierra. A espaldas de los refugiados, varios edificios tienen etiquetas amarillas en sus fachadas. Transcurrieron 51 días desde el doblete sísmico para que la comunidad de Ciudad Caribia viera iniciar el arribo de los primeros camiones con materiales de construcción.
Concebida en 2011 por el expresidente Hugo Chávez, quien la consideró la “ciudad del siglo XXI”, esta urbanización alberga a más de 23 000 habitantes en 137 edificios, cuenta con tres instituciones educativas y un hospital.
La ladera de las etiquetas amarillas
De acuerdo con los balances comunitarios de la zona, el impacto del doble sismo alcanza a 12 edificios del complejo urbanístico —la mayoría conformados por 20 apartamentos cada uno—, lo que suma un total de al menos 138 inmuebles comprometidos. Aunque inicialmente se contabilizaban 118 familias en situación de contingencia, el número ha ido en ascenso tras la inclusión reciente de dos bloques adicionales a la lista de estructuras con daños.
Durante el recorrido realizado por el equipo de Runrun.es, se constató de primera mano la situación en siete de estos 12 edificios situados de forma casi consecutiva en la ladera de la montaña: los bloques 210, 219, 220, 221, 222, 223 y 224. En ellos, las inspecciones técnicas de la Comisión Presidencial para la Evaluación de Habitabilidad de Viviendas aplicaron etiquetas amarillas que indican acceso restringido.

Pese a la magnitud del movimiento telúrico y a la destrucción interna en varios apartamentos, Ciudad Caribia no registró víctimas mortales. La infraestructura de su hospital local sirvió como el primer punto de contención y triaje para los heridos que las ambulancias trasladaban desde la costa de La Guaira dada su cercanía con la autopista.
Sin embargo, en el interior de los bloques residenciales, el sacudón dejó huellas profundas y expuso fragilidades en la construcción.
Ante la restricción de acceso a los apartamentos agrietados, decenas de residentes se instalaron en campamentos en las áreas adyacentes a los edificios y en el espacio de una estructura destinada originalmente a un gimnasio que no llegó a concluirse.

El crujido de las paredes interiores
En el piso 1 del bloque 222 de Ciudad Caribia, Jairo Ortiz, de 75 años, preparaba la cena familiar cuando ocurrió el doble terremoto del 24 de junio. “Estaba aquí lavando el arroz para la cena. Las dos niñas, como duermen allá, estaban allá con los teléfonos y el niño estaba aquí”, contó Ortiz. Tras resguardar a sus nietos bajo las vigas principales, la familia presenció la caída de los revestimientos del baño.
Ortiz explicó que el inmueble presentaba fragilidades previas: “Esto estaba rajado así ya desde hace tiempo porque por ahí van los tubos de la electricidad”. Después de que pasaron los temblores, en casa de Ortiz terminaron de derribar manualmente los pedazos de mampostería inestables para prevenir accidentes dentro de la vivienda.

Aleska López camina sobre los escombros del que fue su dormitorio. La pared divisoria de su apartamento colapsó por completo. “Mi apartamento quedó destrozado porque primero se cayó la pared de mi cuarto hacia mi cama. O sea, si yo hubiese estado aquí, me imagino que no sé, no estuviera viva”, relató a Runrun.es.
Aquel 24 de junio la urbanización quedó a oscuras y sin señal telefónica residencial. Únicamente los equipos con líneas de la empresa estatal Movilnet con las líneas 0422 lograron emitir llamadas intermitentes. Al día siguiente, cuando retornó el flujo eléctrico, los vecinos conocieron el impacto del sismo en el resto del país.
Hoy, Aleska pernocta en el campamento exterior y rechaza las reparaciones cosméticas en la edificación. “Yo quiero que me tumben todas las paredes, que no me reparen nada. Tumbar todo porque la fachada, la estructura como tal está deteriorada, está partida, doblada, oxidada”, indicó al mostrar las grietas que cruzan el exterior del bloque.

La resistencia en la intemperie
La vida comunitaria se trasladó a las áreas aledañas y a una estructura inconclusa de lo que sería un gimnasio. Entre sábanas guindadas para amortiguar el sol y fogones improvisados, las familias afectadas organizan su día a día.
Yuleidy Rodríguez, de 31 años, comparte una carpa individual con su esposo y sus tres hijos de 12, 11 y 6 años. “Desde el momento estoy en carpa. Hace ya como 2 o 3 días me dieron una carpa individual. Una carpita azul donde estoy con mis hijos y mi esposo”, relata.
A pesar del hacinamiento y la incertidumbre, Rodríguez mantiene activa su labor en la Casa de Alimentación de la zona. “Yo le trabajo a Casa de Alimentación, tengo tiempo con ellos y entonces ahorita aquí le estamos cocinando lo que es el tema de los refugiados y aquí nosotros mismos también cocinamos”, indica sobre las jornadas diarias de preparación de comida para el campamento.

Un plan oficial que llega después de 50 días
El recorrido realizado por este medio coincidió con el inicio formal del censo de viviendas afectadas y el arribo de la segunda fase de la denominada “Operación Caracas Sonríe”.
Desde la E.B.N. “Samuel Robinson” —una de las tres escuelas de la urbanización que también presentaron daños en sus paredes—, la alcaldesa de Caracas, Carmen Meléndez, encabezó la entrega de herramientas e insumos para las cuadrillas comunitarias. “Trajimos el material, bloques, cemento, todo lo que se utiliza, las herramientas que deben tener la brigada para hacer el trabajo y bueno, nos vamos activando. Nunca es tarde, ¿verdad? Nunca es tarde”, declaró la funcionaria ante las familias del sector.

En los puntos de acopio dispuestos a lo largo de la vía principal se observaron sacos de cemento, herramientas manuales y galones de pintura. Las cuadrillas obreras iniciaron la destrucción de paredes en los edificios afectados, mientras los habitantes de los bloques agrietados permanecen a la espera de evaluaciones de ingeniería que confirmen si sus apartamentos podrán volver a ser habitados de forma segura.
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