Samuel González-Seijas, autor en Runrun

Samuel González-Seijas

Cerritos de Aragua, por Samuel González-Seijas

Cerros de Aragua. Fotos: Samuel González-Seijas. Comp. Runrunes

@lectordepaso

Era un viaje planeado para dejar a un familiar muy querido en el peaje de Tapatapa, de donde lo recogerían para ser llevado al Playón de Ocumare de la Costa. Lo hicimos un sábado, a media mañana. Había sol y la autopista, creo que en mucho tiempo no la había visto así, estaba despejada y sobre todo limpia.

Desde antes de esa fecha, yo me había hecho a la idea de ver otra vez un paisaje que siempre me pareció entrañable. A días aún del sábado de la salida, yo había ido y venido mentalmente por aquellos parajes. Figuré cómo salía de Paracotos hacia Las Tejerías y de allí hacia El Consejo y La Victoria. Lugares sugeridos por sus nombres en los carteles de la vía, pero sobre todo, por el cambio en el ambiente y en la vegetación que recorre todo el trayecto hasta Maracay, que era mi destino.

Cuando niño, me llamaban la atención las extensiones que ardían, que dejaban ese olor a monte quemado y una capa de humo que abarcaba mucho espacio. Olía a madera consumida, a paja seca, a fogón de leña. Olía también a tierra abonada y caliente, en la que estaban mezclados el orine y la bosta de los animales de cría, que debían de ser muchos por allí. Era una sensación de campo inmensa, que no podía percibir con la mirada sino con el olfato. De algún modo, pasar por aquellos lugares potenciaba una sensorialidad de animal que no es corriente. Pero sabemos, también por experiencia, que la distancia entre animal y niño es casi nula, porque ambos se valen de un cuerpo que está siempre abierto al acontecer.

Y aunque entonces era niño, el sábado del viaje de este enero algo frío, volví a serlo. ¿Cuántos años después?

Como iba conduciendo no podía dejarme arrastrar como antaño por los verdes y los oleajes de los sembradíos de caña. Veía con rapidez, haciendo foco en fragmentos llamativos. Lo demás lo completaba la memoria. Allá estaban los chaguaramos de la hacienda Santa Teresa; estaban las ceibas y los araguaneyes; algún samán imponente, bajo cuya copa conocemos la porción de sombra que expande. Luego la fábrica de alimentos, en la entrada sur de Turmero. En fin, puntos de una costura muy resistente, que aún sigue en mí como un mapa singular.

Y además, están los cerros. Primero se levantan como pequeñas colinas desde el borde mismo de la autopista. Luego, con la tierra sembrada de por medio, se elevan hasta alturas dobles o triples, curvados e hirsutos. Desde allí continúan creciendo hasta que el polvillo y la calima no dejan mirar más allá. Esos cerros ardidos y eternos tienen un encanto que no sé si llamar virgen o salvaje. Tal vez lo sean. Lo que sigo sintiendo es que en sus intocadas lejanías hay mucho de soledad y errancia, de renuncia y de silencio. Me dan la imagen, cuando los miro al recorrer la vía, de que expresan algo muy nuestro, algo hondo, que preferimos no decir.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Cielos distantes, por Samuel González-Seijas

Cielos de Caracas. Foto Samuel Gónzález-Seijas.

@lectordepaso

Típicos días azules de estos tiempos de fin de año. Aun cuando no debiera, hace un buen sol y el calor no ceja durante las primeras horas. Ya en la tarde es cuando comienza a cambiar la temperatura, a veces hasta de modo repentino. Ha sido la circunstancia climática del año: calor y luego el cambio súbito, incluso con lluvia llegada la tarde o la noche.

Lo que a uno le viene es la imagen de que en estos climas nuestros la miseria de ánimo o la desdicha, en su versión pública, de participación y vida ciudadana, queden siempre “impertérritos” frente a todo. Los días pueden ser crueles a más no decir, porque son bellos y por eso, inmisericordes.

No son espejo de la penuria urbana, están siempre de su cuenta, no les incumbe nada de lo que aquí abajo pueda ocurrir.

Son días bellos sin piedad. Son días que nos dejan huérfanos, que nos hacen mirar como niños atolondrados frente a una vidriera. Días de azules incansables que parecen ponernos a prueba (cuántas más) a ver si resistimos su lejanía preciosa, su pátina esmaltada, la lozanía de sus nubes estacionarias.

No se cumple aquello de “como arriba, es abajo”. Esa analogía universal y primera está ocluida para nosotros. Nuestra distancia con lo celeste continúa su dureza de hierro sobre el vivir menesteroso. Cuánta gente hay que reverencia en público esos cielos impolutos. Hay mucha ansia de consuelo, de limpieza interior, en esta urbe perseguida.

Parece que solo como alivio nos quedan las aves que van y vienen. Ellas son como heraldos que trasladan los deseos repetidos, las peticiones disparadas al aire, en la calle, desde cualquier ventana. Mensajeras de tribulaciones, nuestras aves citadinas hacen su delivery espiritual. Se llevan lo que ya no encuentra modo de salir con ordinaria soltura. Y hay que ser justos: aunque el cielo esté ahí, imperturbable, la naturaleza no nos abandona del todo. Ella reconoce nuestra orfandad y envía sus animalitos al rescate.

Ya sabremos si el trabajo que hacen surte efecto. Lo que demore en ocurrir será por cuenta nuestra. En ocasiones hay que aprender a pedir para que el clima, cuando es opresivo o desértico, cambie de signo y nos haga más habitable el lugar al que pertenecemos.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Estar aquí tanto como allá, por Samuel González-Seijas

@lectordepaso

Lo confesaré sin titubear: sé estar en dos sitios al mismo tiempo

Me tomó trabajo reconocerlo; aceptarlo aun me demanda reflexión y examen. Cómo llegué a semejante situación, no sabría explicarlo del todo. Digo, por ahora, que la cosa no deja de ser fascinante.

Bastó, creo, que la situación cambiara de golpe: el ambiente general, la manera de acometer las tareas cotidianas, registrar el paso del tiempo. El orden de las salidas y entradas que terminó alterado de raíz, los días de giro corto, de paso angosto en pocos metros, repetidos al infinito.

Entonces, comencé sin querer a verme ocupando lugares desconocidos. Una vez, luego de parpadear con la normalidad de costumbre, quedé situado en una calle de Bruselas. Creo que es un bello día de otoño, por el azul caramelo y los edificios iluminados suavemente. La luz es un almíbar naranja y hace frío y son las diez de la mañana.

Por supuesto que me hice la pregunta de rigor, porque a lo extraño no puede uno dejar de increparlo. Sin embargo, como si hubiese estado allí otras veces, caminé tranquilo. Disfruté de la temperatura y creí no ser de donde súbito había venido. Era, en ese paseo involuntario, de una extranjería feliz. Mi estancia en aquella ciudad duró el alcance de mi vuelo, que suele ser de buena autonomía. Siempre que decido salir de aquí, es decir, de allá de donde vengo, puedo quedarme el tiempo suficiente para satisfacer mi gana de movimiento, mi sed de aire.

Otro día, mientras colocaba en su lugar unos platos que habían sido usados la noche anterior, me asomé a una avenida en París. Ancha y cruzada por vehículos y gente que iba en dos direcciones. Me sorprendió el ancho de las aceras que, vistas de golpe, me parecieron más amplias que la propia calzada. Qué  insignificantes se ven los carros allí, qué innecesarios.

Un amigo me dice que París es para amar y caminar, pero también para rumiar una pena. Desde mi ventana no veo el Sena pero si la languidez de los cuerpos que andan, y yo me siento igual.

Quiero pasear mis tristezas en libertad. Y las alegrías, cuando aparezcan. Quisiera quedarme contemplando más, pero buenas voces detrás de mí me recuerdan que los cafés están abiertos y será deliciosa la tarde. Los que me hablan son mis queridos, con los que he viajado muchas veces (ellos no se dan del todo cuenta).

Poner la cabeza en la almohada me deja en Nueva York, sin dormirme. Aunque con la práctica reiterada, he preferido cambiar mi boleto a Vancouver. Estoy en ese puerto maravilloso que se abre a una rada tranquila. Se ven aviones pequeños que aterrizan en el agua, ferrys que entran y salen, globos con su cestica debajo llevando una pareja. Estoy unos días que son de fascinación y desvelo; me aventuro por zonas boscosas, de lagos helados y abetos enormes como pirámides. Voy a pie por senderos de coníferas. Temo que, al paso, encuentre a un oso grandulón y pase el susto de mi vida. Pero no importa, camino. Lo que más repito es el viaje de regreso, que hago en un tren que me deja en Toronto. Es una ruta deliciosamente sola, despejada, hecha como para que en cada estación suban a conversar contigo tus imágenes rotas, tus memorias nudosas, y charlar con café o chocolate hasta que vuelvan a ser amigas.

Así paso mi tiempo. Así, voy dibujando mi mapa. Descuidado y gozoso, logro el hechizo de ocupar otros lugares. No importa que sin falta deba regresar. Estoy aquí tanto como allá.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Inquietud de la lluvia, por Samuel González-Seijas

@lectordepaso

Escribió alguna vez Jorge Luis Borges: la lluvia es un asunto que siempre ocurre en el pasado. La frase es más o menos así. Y parece tener razón porque puestos en situación de oír o ver cómo cae sobre la ciudad, ella tiene la facultad de ponernos, de lleno, en un continuo temporal. La lluvia abre la puerta a la memoria y las imágenes nos anegan.

Esto que digo me viene de pronto cuando he salido a hacer la compra del sábado de cuarentena y, mientras iba camino de la charcutería, se soltó un aguacero contundente. Llovió como se dice que siempre lo hacía en Caracas en estas épocas cuando por fin ha entrado nuestra temporada invernal.

Como antes del palo de agua hacía calor, iba vestido al acaso con bermudas, franela, zapatos deportivos. Antes de salir me alargaron un paraguas porque ya se veía lo que podía ocurrir. Y en efecto ocurrió. El aguacero cayó raudo, con viento. Como la tienda a la que iba quedaba no más allá de una cuadra de distancia, pude llegar menos emparamado. Solo los zapatos y parte de las piernas llevaron la peor parte pero incluso así pude guarecerme en el local.

Cerré mi paraguas bajo el toldo de entrada del establecimiento. El toldo me recordó los usados en ciertas playas italianas vistas en películas y fotos, porque estaban hechos de barras blancas y rojas. Me recordó una tarde larga en Pedro González, en la isla de Margarita, cuando los propios italianos la habían convertido en un bulevar de cafés, pequeños restaurantes y una posada. Eran las mismas barras rojas y blancas, alternadas. La lluvia hizo que me detuviera a ver ese techo saliente que protegía de seguir mojándome, pero además me dio el boleto para visitar ciertas imágenes, esas que se quedan con uno para siempre.

Luego, pasé a contemplar la calle: en el tiempo de mi ensimismamiento se había anegado por la fuerza y cantidad de lo que estaba cayendo. Las bocas de los desagües no se daban abasto y la vía quedó sumergida. Pensé en cómo me devolvería a la casa en semejante situación. Pero casi que de corridas me fui a otras imágenes: días de lluvia continua en la avenida Casanova, por allá en diciembre del 99; un bar que no cerraba, mujeres y voces, amigos que se repetían, tragos que ayudaban a remar sobre una tristeza que, por entonces, me llevaba colgado de los hombros.

Recordé una madrugada en Pariata, con una chica de la noche, cuyo espectáculo de club era dejarse derramar cera caliente en los pezones y en las caderas. Una cera rojiza, como un barro perfumado, que repetía mis lágrimas secretas.

Era mi deslave personal. Recuerdo su olor a cigarrilos, su acento de caracol portoriqueño, su nariz de polvo blanco. Fue el 12 de diciembre de ese año, el último día en que la vi. Probablemente se la tragó la desgracia del 15. Hoy es un nombre que me acompaña.

Che Borges, ¡cuánta razón tenías, mira cómo estoy aquí, coagulado en el tiempo, con mi jamonada, mi rebanadas de queso y mi tapaboca, viendo alelado el agua caer, sumido en la suspensión, como un juguete o una adivinanza, vertiginoso también en un golpe de ida y vuelta al pasado!

Ese caer de la lluvia, ese rugir o ese tintinear, según ocurra, es lo más parecido a una detención, como si en la rutina mecánica de los días, ella lo suspendiera todo, y abriera, frente a uno, pasadizos que olvidamos transitar. La lluvia parece ser también un recurso de la historia, y no únicamente la personal; puede ser, en ocasiones, la de todo un grupo humano. No importa, creo, el tamaño que ese colectivo tenga o lo disímiles que sean sus individuos.

Hice mi compra porque, claro, con aquel chaparrón muy poca gente se atrevió a salir como yo lo hice. Había apenas dos que ya pagaban y los chicos que atendían aprovecharon para comer y manguarear.

Antes de salir me di vuelta a ver cómo seguía la descarga. No solo se había aplacado sino que además despuntó el sol otra vez. Así de brusco fue el cambio. Agua y sol súbitos, como corresponde a este cielo caraqueño indescifrable, caprichoso, disponedor, pero imposible de no amar.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Eso que va, se aleja y siempre vuelve, por Samuel González Seijas

@lectordepaso 

No es el ciclo descrito por la sabiduría hindú, no es el de la rueda de nacimientos, muertes y reencarnaciones. No es Samsara. Es, apenas, creo, un hilo que lanzó el azar para que una vida pudiera, luego de consumada, asistir a otra. Dos hilos, entonces, dos puntas que a través de alguien encontraron continuidad para que lo vivo continuase, frágil pero insistente.

Conozco a alguien a quien esta semana el azar le puso en las manos ayudar de manera efectiva a uno de sus prójimos. Fue un azar tan contundente que parecía dirigido por una mano invisible. Este alguien fue informado de que unos medicamentos para el tratamiento contra el cáncer estaban disponibles para ser usados. La persona a los que pertenecían cerró los ojos para siempre y los frascos, pequeños y novísimos, no se usarían. Aunque no por mucho tiempo.

Este alguien que conozco supo que quien había fallecido era la suegra de uno de sus mejores amigos. La señora Ospina vivía en Guatire con su esposo. Sus hijos, en el extranjero. La eventualidad de la enfermedad hizo que una de ellas estuviera aquí, para acompañar, para servir, para amar. Y de este modo, este alguien que conozco supo del suplicio de intentar mejorar en Caracas la salud de la señora. Supo de las dificultades tejidas en los viajes de Guatire al Hospital Pérez Carreño para las quimioterapias, supo del calor y de los recorridos sobre el asfalto insoportable del trayecto, supo de las emergencias combinadas y atroces de la salud y de la falta de combustible. Este alguien que conozco supo que al final, el cuerpo de la Sra. Ospina no resistió lo suficiente, y que un evento cerebro vascular terminó derrotándola.

Y allí quedaron las medicinas, en estricta hilera de uso, a mano de la necesidad, esperando su turno para hacer el trabajo. Pasaron unos días. Pasaron como cuando van sacándose del clóset las ropas que no se van a volver a usar.

A este alguien que conozco le llegó al celular la petición de urgencia de unos medicamentos entre los que estaban aquellos que ya aparentemente no serían para nadie. Esta vez era la Sra. Da Silva, caraqueña, de tres hijos, dos adultos y una adolescente, habitante de Macaracuay, quien requería tener aquellos para su tratamiento, también del mismo origen que el de la señora Ospina. Y no se conocían. La rueda extraña de vivir, permanecer o irse las estaba presentando por vez primera, les estaba juntado las manos a una distancia francamente insalvable.

Algo que aquí quiere ser llamado azar les hizo darse un apretón. Ocurrió como en esas viejas películas en las que el personaje se aleja en un barco que acaba de zarpar y que, de pronto, en un movimiento decidido se saca el anillo de una de sus manos para lanzarlo al muelle y quien lo ataje no la olvide. Así, con serena desesperación.

Entonces, este alguien que conozco entregó a Gabriela, la hija más pequeña de la Sra Da Silva, los medicamentos que esperaba. Luego, me dijo por teléfono, con voz de quien se ha aliviado de algo que lo persigue, que si estas situaciones, estas conexiones pudieran verse, formarían un entramado espeso, sólido, sobre la ciudad. Como un tendido eléctrico en el que miles de cables se cruzan y hasta se enmarañan. ¿Cuánta gente en Caracas no andará a esta hora convertida en mensajero de estos azares? 

Porque la cadena o la rueda de la vida también puede ser eso: gesto entre desconocidos que apuestan por permanecer, por insistir, por dejar a otro la memoria incluso sin nombre de lo que fue una historia, un recorrido, una batalla propia y en silencio.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Trópico gavilán, por Samuel González-Seijas

@lectordepaso 

No solo la Guacamaya, con su graznido selvático y sus colores de otro tiempo. Tampoco el zamuro, un habitante del aire todavía más viejo, que siempre patrulla en círculos altísimos y marca con su tiza negra dónde se descompone lo vivo, dónde ha caído algo (¿alguien?) muerto. Ni la garcita ribereña del Guaire, tan delicada y frágil como uno la ve, pero que sobrevive de lo que pesca en la corriente sucia de la ciudad. Menos aun las palomas, que ni en las plazas abundan como antes.  

Una ave de signo distinto se ha metido entre los árboles de las avenidas y los filos de los edificios: el gavilán. Ocre quemado sobre una capa de plumas de tonalidad crema, suave como el pasto; dos patas amarillas y el pico de matar se mueven a plena tarde, todos los días del calendario nuestro.

¿Quién que mire con detenimiento, no ha visto este magnífico rapaz cuya aparición frecuente entre nosotros me ha resultado sorpresiva y hasta inquietante? Verlo al acecho, insomne de cazar a plena luz del día, es toda una experiencia. Su estampa, como la de todo animal depredador, de líneas agudas y vuelo súbito como este, le trae a uno figuras de heráldica y emblemas nobles, de leyendas que solo se tienen en la memoria o en el sueño. Sobre todo en una ciudad que perdió sus antiguas imágenes hace tiempo, que no conecta o que le cuesta conectar con sus contenidos primeros, esta aparición inesperada del gavilán la lleva de nuevo hasta un territorio en el que sus habitantes no tienen cómo defenderse. Porque para un caraqueño, probablemente para una buena porción de nosotros, ya el recuerdo del pasado es como una masa oscura o difusa que mientras más lejos está en el tiempo histórico, más desdibujada le resulta. El gavilán parece abrir una puerta imaginaria a una ciudad que fue antes que todo rural, muy anclada a los ritmos de sus primeros días, apegada a actividades de la tierra durante casi cuatro siglos. Por eso, creo, inquieta su bella aparición.

He tenido la fortuna de ver el vuelo de caza de estos pájaros. He visto cómo en una mañana, sobre una colina de Caurimare, dos loros aleteaban para salvarse delante de un gavilán que los seguía. He visto su rayo súbito caer de arriba sobre cuerpos de menor tamaño, que pagaron su descuido con un zarpazo limpio. Sobre todo, en la luz más llevadera de las cinco de la tarde, los he observado tejer sus rutas, marcar su espacio, llamar a su pareja con un pitido como de ferrocarril, metálico y penetrante.    

Allí donde abunde la vegetación, el gavilán estará acechando. Hay que decir también que el gavilán de estos días ha adoptado comportamientos que quiebran esta imagen algo romántica y afectada con la que lo recupero aquí. Ese mismo bello animal, de indiscutible diseño y porte, sabe asimismo comer de los restos humanos, se sabe quitar el disfraz totémico que la imaginación le ha colocado encima y baja hasta el suelo, como muchos de nosotros, a intentar recoger su mendrugo de vida.

He visto gavilanes esperar a que niños desalojen un patio de recreo para abalanzarse sobre los restos de lo que aquellos han comido. Picotean como gallinas pedazos de sándwich, bolsas de galleta, tocones de pan. Detrás del hospital universitario de Caracas, en la UCV, he mirado una bandada entera moverse sobre las cercanías de un container de basura, esperando a las ratas, supongo. Al menos en eso, la naturaleza salvaje de estos alados mantiene su pulso. Y es cuando he visto estas cosas que comienzo a entender que la urbe se ha llenado de animalejos que han hecho crecer, en proporción, la población de estos gavilanes famélicos. Una tensión entre ratas y rapaces se hace hoy más estrecha y uno pudiera libremente ver en esa realidad el símbolo de lo que se cuece colectivamente.

Gavilanes del trópico, que van y vienen, limpien la ciudad inmunda, destartalada y febril. Maten sus presas y vuelvan con el sol de la tarde a su lejano reino. Es, secretamente, mi petición.     

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Un fantasma que no descansa, por Samuel González-Seijas

Monumento a las Víctimas del Comunismo. Foto Lanzoficial / Wikimedia Commons, 2012.

@lectordepaso 

Un fantasma recorre Suramérica, el fantasma del totalitarismo. Incluso, ya hay un país en que ese espectro, más temible que toda la burguesía junta, pequeña o grande, está dejando sus hijos monstruosos, que son Terror, Latrocinio, Homicidio, Delación. Y también dos niñas, fantasmitas incansables, ánimas malditas: Burla y Descaro. El fantasma mayor se las sienta en las piernas y les da de comer.

¿Qué diría el gran Marx de estos ectoplasmas salidos de su guante, de sus paseos por los cafés de Londres, de sus conversas y solicitudes de dinero a su amigo Engels? ¿Qué diría? No habrá que echarle la culpa de todo al pobre, que un hombre que gasta sus días quemándose las pestañas en la biblioteca del Museo Británico no puede llevar sobre sí semejantes toneladas. Pensemos, mejor, que los desvíos a sus muy loables teorías políticas, económicas y revolucionarias, terminaron en la cocina de los hacedores de muertos, es decir, de los buenos revolucionarios bolcheviques, primero, y de otras razas de buenos salvajes de la política, luego.

Hay un Fidel por ahí, médium adelantado en hablar con fantasmas terribles y ponerlos a trabajar.

Hace poco más de una semana, en un país de esa Suramérica fantasmal, un personaje de la política del día, que no se debe mencionar para no darle un minuto adicional de vida, amenazó a la Academia de Matemáticas y Ciencias Naturales por el hecho de que esta había anunciado y alertado la progresión brutal de los contagios de la pandemia que está asolando el planeta en este 2020, en ese país. Los voceros de la institución establecieron sus opiniones sobre métodos y modelos científicos de medición, lo cual arrojó hipótesis predictivas que cualquiera, en la situación apremiante en que se encuentra, valora y necesita para saber qué puede afrontar y a qué podría recurrir para salvarse…

Pero he aquí que el espectro que recorre Suramérica lo cogió por el cuello y le mostró los dientes. Pasó lo que siempre pasa en esas situaciones y que la historia muestra con fehaciente claridad: el poder total hace lo que le place con los individuos, los vacía, los lava, intenta incansablemente sacarle las vísceras y poner allí un relleno atroz, siempre caliente: miedo, confusión, huida. Porque no otra cosa buscaba aquella amenaza del personaje, sino estofar malamente el vientre de los que ya padecemos bastante. Porque a la verdad hay que ladrarle para que se espante, hay que apuntarla con el mejor calibre para que no asome.

Esa es la herencia de los falderos de Marx, los canes labradores que no sueltan su presa nunca. Dicen que hubo un Lenin, dicen que hubo un Stalin. La escuela de espectros no ha clausurado, y de tanto en tanto salen de ella nuevas promociones de alumnos adelantados que no tardan en reactualizar su cartilla de muerte.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Kiosko de medianoche, por Samuel González-Seijas

@lectordepaso 

La noche hecha de nudos, caótica, pesada, aquella de la normalidad febril de siempre, se abre ahora liviana sobre la ciudad. No deja de ser por ello menos noche, no deja de albergar sus animales ni sus sonidos abruptos y, en estos meses de retiro, su silencio atronador. Sin embargo, la detención general de la vida la ha relajado como si fuese un cuerpo en trance. Está viva, pero a veces no se le siente.

La calle larga que cruza un lateral de mi edificio, al suroeste de la capital, sube desde la orilla de El Guaire y la autopista para terminar abrupta en una vieja fábrica de cartones Smurfit Kappa que solía tener actividad hasta años recientes. Los alrededores están poblados por indigentes que recogen papel, desperdicios, cartones, escombros. A ellos la noche no los inquieta porque siempre ha sido su elemento natural, su medio acuoso, su útero.

Para los demás mortales, insomnes como yo, ella es una dimensión incierta, de volúmenes cambiantes, de raras temperaturas, caprichosa peregrina que se hace temer muchas veces.

Con esta idea dándome vueltas, me di cuenta de que en esa calle larga y bajo estas noches de silencioso vacío, un kiosko de venta de comida y chucherías permanece abierto. Una sola luz sale de su fachada, blanca y fría, como esas de hospital a esas horas. Visto desde donde yo lo veo, a diez pisos sobre el suelo, el kiosko adquiere la estampa de un encuadre de cine negro. El asfalto, la esquina, el poste, son elementos usuales en un film clásico. Tiene mucho de bello conocido, sobre todo mucho de inquietante.

El kiosko “Buen provecho” que así se llama (de día he curioseado si tenía algún cartel, y eso fue lo que vi) alberga visitantes esporádicos que, a esa altura de la madrugada, y hablo de pasadas las 2 a. m., se detienen por un cigarro o algún refresco. Y los que hacen la visita son casi siempre policías. Esos mismos que han paseado la avenida con luces cocteleras y sus parlantes recomendando y advirtiendo que no se puede salir. Policías que se acercan, con sus vehículos a veces encendidos, a conversar quién sabe de qué temas, pero que por la gesticulación de sus cuerpos se intuye que la trama es la misma: nombres, persecuciones, alijos, rumores, órdenes, billeteras, montos, mujeres. Se ven de cuando en cuando la silueta de una culata o la punta de una pistola.

Los tipos duros de este film fuman a caladas sostenidas como si en vez de aspirar por placer se estuvieran asfixiando. Todos esos cigarros son como luciérnagas que se queman al vuelo. No hay risas, de hecho, las voces se oyen apagadas como si hablaran detrás de algo, como si una bolsa les cubriera la cara.

Pasado el tiempo se retiran. El kiosko vuelve a ser el mismo, con su luz de pasillo y su ventana muda. Me pregunto si estas vidas nocturnas, estas actividades fuera de tiempo son las que serán para los años que se avecinan. También sé que por lo general ha sido así, las zonas del gran oeste caraqueño tienen sus propios climas, sus estaciones, sus tránsitos. Vivo en una dimensión con sus reglas no escritas, donde manda una manera peculiar de ser social, donde no entra el orden ni se impone del todo lo razonable, donde además hay mucho miedo, más de lo que la otra parte de la ciudad estaría dispuesto a creer que hay.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es