Samuel González-Seijas, autor en Runrun

Samuel González-Seijas

Cuba y mis penas, por Samuel González-Seijas
Escuchar ‘Sueño con serpientes’ me dejaba embobado, suspendido. ¿Por qué no supe ver lo que tenía en frente? ¿Por qué fui instrumento de ideas que no eran mías?

 

@lectordepaso

Uso la palabra pena en su sentido de ‘dolor’, ‘tristeza honda’, pero también como la usamos en nuestro país, es decir, como ‘vergüenza’, ‘bochorno’.

Desde ambas recordaré qué es Cuba para mí. Tierra que jamás he pisado pero que me concierne siempre.

Aunque entonces no podía saberlo, mi primer acercamiento a lo cubano vergonzante fue a los siete años, cuando en casa se escuchaba la nueva trova. Mi padre ponía a Silvio y a Pablo de tanto en tanto, en una grabadora de esas que se usaban para los interrogatorios, alargada y con un asa para llevarla. Tampoco podía darme cuenta de lo que son capaces los objetos de revelar en sus usos y funciones. Era incapaz de ver ese sarcasmo artístico y político en mi querida grabadora de entonces.

Lo cierto es que la música de Silvio me quedó como una marca imborrable. De todo lo que allí se escuchaba, era a él a quien volvía siempre, fascinado por las imágenes que sus canciones me daban y que ya a esa edad podía ‘ver’ en mi mente.

La más repetida por mí era Sueño con serpientes. Escucharla me dejaba embobado, suspendido. Sus imágenes me metían en estado de trance. Me fascinaba viajar por dentro de aquella serpiente, como dice la letra, entrar por su boca, y dejarme caer en su entraña como un viajero privilegiado. Era prodigioso sentirlo.

‘La mato y aparece una mayor’ dice la letra. También: ‘con mucho más infierno en digestión’… increíble era cómo yo podía ir viendo, como si fuese proyectado en una pantalla de cine, todos los detalles que la canción me hacía agregar a sus imágenes iniciales.

Y ahí me quedaba horas, rumiando imaginaciones felices.

Eso fue por el año 78, más o menos. Nunca mi padre habló de política, ni de izquierda ni derecha, ni de revolución. Nunca escuché en casa mencionar a Fidel, a menos que ese nombre saliera de algún noticiero.

Ni siquiera hablaba de Cuba: ese nombre lo vine a escuchar asociado al béisbol y a otro tipo de música tiempo después, gracias a mis tíos siempre salvadores.

Pero para sentir pena por aquello, es decir por Silvio, la trova y eso, tuve que llegar a la universidad.

Entre ese año y mi llegada a la Escuela de Letras muchas cosas ocurrieron, como era de esperarse.

Silvio se borró de mis intereses adolescentes, desplazado por el rock y la salsa, el deporte, las caídas familiares, los primos y las vacaciones escolares, las novias que no tuve.

Y sin embargo, lo cubano seguía presente. No eso que más arriba llamé ‘vergonzante’ sino un lado distinto de una cultura que de a poco iba conociendo, aunque mi padre, sin explicar nada, seguía conectado a ‘eso’ de un modo que jamás llegué a conocer, ni siquiera cuando lo verdaderamente nefasto cubano era en nuestro país un asunto notorio.

Recuerdo que a mi padre, fotógrafo periodista del famoso Diario de Caracas, le fue asignado el trabajo de hacer un reportaje por los 25 años de la revolución. Recuerdo los preparativos, la ida y la vuelta. Luego, el trabajo publicado en páginas centrales. Las fotos, el malecón, las vistas, quizá la garita de un viejo fortín colonial. Todo en blanco y negro.

El texto no puedo traerlo de vuelta. No sé qué decía, si elogiaba o si condenaba. O si era un balance más o menos objetivo. Como se ve, Cuba venía por la acera de mi padre, o de algún modo, asociado a él.

Pero sin él, la Cuba mía, que yo consideraba feliz, me llegaba en los nombres de sus deportistas, Juan Torena, Sotomayor, Casablanca, Tany Pérez, Teófilo Stevens. Grandes nombres todos.

Jamás estuve politizado en esos años, tal vez porque la edad no me lo permitía, pero además porque el país tampoco. Venezuela no me llevaba por ahí, me hacía ignorar hasta su propia historia, sus reveses, sus disputas, sus aciertos. Eso que llamaban democracia.

Pero llegué a la universidad y eso lo cambió todo o casi todo. Entre otras cosas, allí, a la vuelta de cualquier pasillo, en los jardines, frente a los mesones de libros, sonreído y con un cigarrillo en la mano me esperaba Silvio Rodríguez.

Fue la locura.

Era como estar rodeado de agua por todas partes. Era como estar a punto de ahogarme sin saberlo y, además, feliz. No solo volví a escuchar aquellas canciones sino que ‘milité’ en su música. No encuentro otro verbo que lo exprese mejor. Y es de esperarse.

¿Qué otra cosa puede venir de un ambiente como ese, universitario de mis veinte años, en el que todo era una invitación a militar en algo?

Claro, estoy refiriéndome a la UCV, no a otras. Y la Nueva Trova era allí un clima, una estación.

¿Cómo podía sustraerme a su influjo?

Me aprendí todas las canciones, y escuché todos los discos, caminé tarareando, silbando, esos pasillos de mi felicidad, que no eran muertos porque, al contrario de lo que decía el propio Rodríguez en otra canción, nunca necesité la muerte de otro para ser feliz. Ni la muerte ideológica ni menos la física.

Y los años 90 me pasaron así, como en un sueño agradable del que, ajá, iba a despertar de golpe.

¿Por qué fui tan ciego, tan tonto? Y ¿por qué no supe ver lo que tenía en frente? ¿Por qué fui instrumento de ideas que no eran mías?

¿Qué me llevó a militar en una felicidad espuria?

Con esa ingenuidad ignorante leí, escuché, bailé de Cuba lo que pude. Me costó muchísimo separar el grano de la paja. Me costó matizar mi fascinación por Carpentier, Marruz, Vitier, Guillén, Diego, y otros que no menciono… Salieron al rescate: Cabrera Infante, Lezama, Piñera, Gutiérrez, Loynaz, Arenas, Octavio Armand, Vocal Sampling, Paquito D’ Rivera, Sandoval, Ibrahim Ferrer, Albita, la India. Y Celia que reina desde el cielo.

Dos largas décadas me ha tomado poner en orden lo cubano en mí, de encontrar sitio para la enorme marca que con el transcurrir y con lo que mi propio país o una parte de él quiso importar de allá; de saber dónde o con qué morirme de vergüenza y de qué no; de entender que Cuba puede cantarme otra música.

Otra letra también, que puedan sacarme de la honda pena que se lleva al pensar en la isla buena y maltratada; que me ayude a salir finalmente del estómago de aquella serpiente silvana, ahora entiendo que muy feroz y cruel porque me tragaba a mí y a sus hijos.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Dolor, género y conciliación, por Samuel González-Seijas

@lectordepaso

Los eventos de la última semana, semana horrenda, indecible, atroz, en la que una denuncia de abuso sexual desde una cuenta anónima desató quizá la más grande cayapa moral que se haya visto en la vida pública del país, terminaron, como se sabe, con la muerte del agresor por mano propia y, luego, por un silencio parecido al que se siente minutos después de un naufragio.

Toda la situación, que para mí es la de un cuerpo enfermo hecho de dos cabezas, la de las víctimas y los victimarios, me llevan a tener que decir algunas cosas que quieren apuntar a la discusión que espero esté por darse a partir de lo ocurrido.

Con algunos amigos conversaba el asombro que me producían los llamados crecientes de algunas mujeres indignadas por la denuncia a sumarse a la protesta y luego a la acusación y el escarnizamiento del agresor o agresores que habían sido denunciados, con nombre y apellido, en la red social Twitter. Veía lo que me pareció algo semejante a un tsunami: una enorme ola que se nos venía encima y de la cual no íbamos a escapar. Nunca había sentido, ni siquiera en las refriegas políticas y ciudadanas de los últimos seis años, una masa crítica de indignación como la que vi durante esta última semana de abril. Si cerraba los ojos, era como oír un torbellino de voces, manos que se alzan, llantos, salivazos, puños en una mesa, imploraciones, mentadas de madre, suspiros, carraspeos, gritos.

Presenciar de qué modo el dolor toma forma, se hace monstruo, era algo que me dejaba de una pieza.

Recibir aquella andanada de dolor, en lo personal, no me hizo sumarme a ella sino más bien querer protegerme o huir. Tal es la potencia del miedo desatado en todas direcciones. Entendía como entiendo ahorita, qué había originado toda la vorágine. Entendía como lo hago ahorita, la rabia de víctimas que no tuvieron otra opción que buscar apoyos a sus miedos en los miedos de otras víctimas que tampoco habían dicho nada. Pero las voces del coro, de un coro creciente y desbordado, le dieron a los testimonios de abuso una dirección y una amplificación semejante a un estallido nuclear que seguramente dejará sus secuelas radioactivas. Creo que ya las estamos viendo.

Con esos amigos también hablamos de asuntos que se visibilizaron durante la protesta, como la realidad del machismo, el abuso de poder, la relación poder-sexualidad, la empatía con el otro, la solidaridad, la vergüenza, el perdón. Intentar entender todo, tratar de reflexionar esos temas al calor de lo que iba dándose, era lo más difícil. Aún lo es. 

En ese marco de cosas, vino a colación un tema que ha sido ignorado de forma tan rampante como lo ha sido el del abuso sexual contra las jóvenes y mujeres que allí se manifestaron. 

Son cosas de hombres, pero creo que hay que decirlas. Al menos, hay que plantear la pregunta para que el aire no quede marcado con un solo color. La pregunta podría ser esta: ¿cuándo visilizaremos los abusos y tratos violentos que los hombres y mujeres han ejercido sobre nosotros, los hombres? ¿O es que de eso no se habla? ¿O es que son cosas de hombres y los hombres que vean cómo lo resuelven?

Si como alguien muy querido dijo, que nuestro problema es un machismo estructural, anidado también en una cultura militarista y varonil, habría que preguntarse, a partir de ese argumento, si ese machismo, si esa condición casi ontológica del varón venezolano no está también incluida en las capas de todos los que vivimos en este malhadado país.

¿Estoy afirmando que las mujeres son machistas estructurales también? No lo digo pero me hago la pregunta. Y responderla, pienso que debería pasar por traer a la plaza pública, en un gesto acorde con la propia valoración de género que hoy se manifiesta, las realidades que también los hombres sufren y han sufrido desde niños, sea por la violencia a secas, sea por la depredación sexual. Que la hay, mucha, variada y continua. Estas preguntas, estas reflexiones no pretenden minimizar ni hacer escurrir el bulto de lo que ya no puede ocultarse: lo que se ha puesto en marcha no va a parar o no debería parar.

Que esta ola femenina de protesta y de reivindicación que se ha mostrado no desaparezca dependerá, me parece, de que adquiera otro registro y otra tonalidad, parecidas a las que buscan cierta armonía sin consentimiento, buena racionalidad con empatía verdadera, la empatía que no se impone, que no se decreta sino la que sale de la propia realidad consciente, de ese «darse cuenta» trágico que nos enseñan los dramaturgos griegos. Porque ese darse cuenta y la empatía que de eso deriva se llama compasión, es decir, una mirada totalizante que abarca el mayor espectro del dolor humano, en el que estamos incluidos los que agredimos y los que no.

Los hombres también sufren, quién lo pensaría. Tal vez un paso en el camino al cambio, al desmantelamiento del núcleo estructural de la depredación asociada a lo sexual, entre otras, pase por la inclusión de todos los errores, todas las imágenes, todos los desamparos que viven ambos géneros. Es la humana condición. Sincerarnos ahí donde tenemos pérdidas en común, hombres con mujeres, mujeres con hombres, es la tarea que nos increpa en esta hora indecible de nuestra Venezuela.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Que siga sonando, por Samuel González-Seijas
Este artículo se publicó en El Nacional a raíz de la trágica muerte de Cheo Feliciano, acaecida el 17 de abril de 2014. Se reproduce hoy para conmemorar la vida de esta leyenda de la salsa

 

@lectordepaso

Murió Cheo Feliciano. De acuerdo con palabras de su mujer, regresaba de una pasada por el casino, adonde había ido aun ignorando la petición que ella le había hecho: “no vayas». Murió mientras regresaba a casa, en su automóvil, por una vía de San Juan de Puerto Rico. Tenía 78 años. Muere en el choque contra un objeto fijo, un poste, al parecer. De este modo, desaparece alguien que tuvo que sortear no pocas adversidades en la vida y que, a pulso de trabajo y de talento artístico, pudo ir esquivando cuanto le fue posible esquivar. Quizá lo que hizo fue aplazarlas. Ellas lo seguían esperando, literalmente, en una curva del camino.

Quien conoce algo de su vida sabe que fue hombre que probó casi todo: el amor, la gracia, el éxito, los paraísos artificiales, la debacle, el presidio. Y, luego, el salir de la caverna y volver a cantar.

Su gusto enorme podía sentírsele en la hondura, en la cadencia y el dejo de negro elegante que tenía, criado para el goce interminablemente triste del Caribe. ¿No ha sido su voz, para gran parte de los latinoamericanos, un sonido natural como el de algún pájaro selvático, un sonido de la manigua colada en el jazz de las ciudades? Es el sonido de la infancia en el barrio, el que salía de un radio cantabile y que hacía de coro en las horas lentas pero también sobresaltadas del cuerpo. Cuánta vida interpretada para acompañar la desesperanza pobre, esas mañanas y tardes de ollas, de patios mojados, de chorro que golpea el suelo del baño; de días de otras músicas y otros radios, algunos discretos, otros dando alaridos en las ventanas del vecindario, como cables enmarañados que chocan sus descargas.

En la voz de Cheo puede recobrarse una infancia. Fue tantas veces el arrullo de un padre bonachón, que habla con vozarrón de dios de las tormentas y sonrisa de octava de piano. Un dios que juega y acaricia. Yo tuve una casa en la que su canto disolvía los silencios y los espacios largamente entumecidos. Esa virilidad que tenía para cantar esparcía en el ambiente bríos como de caballo joven que sabe recibir el polen vaginal de la noche. Era un dios de aceite para la piel de las hembras. Ellas lo adoraban.

Cheo Feliciano despertaba todo eso. Era constatable en las rumbas que improvisaban mis tíos. Hoy las evoco como fotografías de mi álbum de familia. En la sala de aquella casa había un picó de madera, largo y algo imponente, como un mayordomo de hotel venido a menos. En él escuché casi todos mis discos infantiles. Hasta que en un golpe de suerte, el abuelo llegó a la casa con un equipo japonés, plato, deck, amplificador y cornetas tres vías. Entonces el viejo mayordomo salió con la misma discreción con la que había permanecido en la sala. Nunca supe cómo ni cuándo marchó a su exilio definitivo. Allí escuché por primera vez la voz de Cheo, aunque mis platos principales variaban desde Simón Díaz hasta las canciones del Chavo del Ocho. En ocasiones algún Gardel para consolar al abuelo. Desde ellos, El Cheo era lanzado al ruedo de la sala por mis tíos bailadores y escanciadores de ron. Eran fiestas de viernes o sábados, jamás de los domingos. Escuché sus canciones de juerga, sus improvisaciones, su montuno bien sembrado y arborescente, sus lamentos de negro borinqueño.

Él fue nuestra fiesta, así como de igual modo lo fueron sus acompañantes permanentes: Blades, el Pete Conde, Celia, Richie y Bobby, Willie, Harlow y el otro dios: Ismael Rivera. Ellos hacían nuestra celebración relámpago de los incansables fines de semana, en las que se barría la telaraña oficinesca y el aburrimiento de los mojigatos años setenta. Años de petróleo bonchón, de grandeza con pata de palo, en los que yo nací.

Mi madre lo ama. Yo heredé de ella, por ese apéndice umbilical que nos une, el respeto y la intimidad hacia su música. ¡Qué siga sonando!

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Nobleza que asiste, por Samuel González-Seijas

@lectordepaso

En el nuevo encierro, lo que le queda es salir a comprar al kiosco improvisado de la esquina. Aunque era en principio casi un tugurio de ventas rápidas (harina, refrescos, cigarrillos, enlatados) ya hoy muestra una estructura más sólida, con más forma. Entonces, va allí por algo que lo saque unos minutos de los resabidos metros cuadrados donde vive.

Para acercarse debe cruzar la avenida principal y bordear una estación de gasolina. Como sale de noche, siempre está cerrada, como todo lo demás. La excepción es la bodeguita.

Aún pasan vehículos, pocos. Lo distrae verlos porque le hacen volver a sentir la frecuencia de un ritmo. Pasan y siguen los carros, moviendo el aire y dejando ese sonido de lejanía que suelen hacer. Le gusta esa paradoja de sonido y silencio en un solo movimiento.

Una vez en la ventana del local, que es una adaptación típica de los que montan un negocio donde pueden, pasea la mirada por las pocas cosas que hay, siempre como si no las hubiera visto. Entonces vuelve a preguntar por esto o por lo otro. Le gusta la iluminación discreta.

Hay unos cachorros de perro debajo de una mesa, al fondo, cerca de una nevera.

La muchacha que atiende o su padre, que trabaja con ella, se levantan y ya entienden qué va a pedir porque en verdad no hay mucho qué escoger. Lo sirven con amabilidad, con una confianza que se ha tejido sola, al acaso de las visitas y las charlas de ocasión.

Lleva una bolsa grande, sobre todo para regresar más cómodo. Pero esta vez no pide nada de lo usual y se permite repasar los rústicos anaqueles a ver si el azar le susurra otra cosa.

Entonces recuerda que fumaba. No cigarrillos sino tabacos. Le vuelve el sabor como una experiencia cercana. Pregunta si tienen, porque antes ha llevado.

La muchacha le da la espalda y levanta ambos brazos para coger un par de cajas de una repisa alta.

La chica es esbelta aunque no bella especialmente. Tiene hombros redondos y una piel propia de su edad. Viste de franela y leggins. Una vestimenta cómoda y barata. Usa lentes y parece inteligente. No se distrae con ella más allá de eso.

Ya tiene las cajas en frente. Compra al detalle. Paga y trata de prolongar el gesto de girar para regresar a su edificio.

En el lobby de entrada, y aprovechando la luz, decide mirar los tabacos a ver cuál marca le han vendido. No reconoce la vitola pero se fija que lleva estampada la efigie de un caballero, ataviado con elegancia, como un señor renacentista, tal vez un Sforza o un Pazzi o un Medici. Sí, aunque la estampa no es de calidad, se puede ver la categoría noble del personaje.

Debajo, en letras rojizas, dice «El duque», y eso le alegra la salida porque sabe que vivirá una aventura imaginaria mientras el fuego consuma las apretadas hojas, mientras el humo se extienda por el apartamento. Viajará, verá lugares no vistos y escuchará voces en otros idiomas.

Tal vez, toda esa nimiedad le haga merecedor de una vida más alta, invisible pero concreta… Y dormirá tranquilo.

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¿Dónde nos cogió el Caracazo?, por Samuel González-Seijas

@lectordepaso

Mi 27F del 89 comenzó al bajarme de un carrito de la ruta Prados del Este Chacaíto. Ya se había desatado en Guarenas y estaba por llegar a Caracas.

Por entonces, no había comenzado la universidad y con un par de amigos habíamos salido a buscar algo que hacer, algún trabajo.

Ese carrito lo tomamos de regreso del cc Concresa, adonde nuestros cuerpos vagabundos habían ido a parar esa mañana del lunes.

Pensábamos los tres que podíamos encontrar colocación en algún lugar, o algo por el estilo. Pero no recuerdo de quién fue la idea de ir a parar hasta allá. Tal vez, alguno de los tres, tenía un recorte de prensa en el que se solicitaban empleados para una tienda de artículos deportivos (creo que Puma Sports).

Hicimos de todo en esos pasillos del Concresa. Y todo fue un caminar dando vueltas, diciéndonos lo que nos podríamos comprar y lo que no (y nada podíamos comprar con esos bolsillos tan flacos que teníamos), esos zapatos, aquella chaqueta, los discos que sonaban al pasar por las discotiendas, las hamburguesas, los helados. Aún no éramos amigos del licor así que no nos atacaba la sed de una cerveza. Una lata de Coca-Cola era suficiente para recuperarse.

Al regreso, en la tarde, un embotellamiento descomunal en la autopista hizo que muchos se bajaran de los transportes públicos y comenzaran a caminar hasta la zona más próxima con estación de metro. Así lo hicimos nosotros también, hasta Chacaíto, donde el desespero y la agitación había comenzado, aunque no se sabía muy bien por qué.

Había un ruido raro, como un estruendo continuado que era producido por todo el corre corre que mostraba la gente. Sonaban cornetas de vehículos, sonaban sirenas, sonaban las santamarías que se cerraban con violencia. Era una estampida general. Y nosotros tres nos veíamos a la cara como preguntándonos «qué coño pasa».

Logramos montarnos en el metro, cada uno para su casa. Estaba anocheciendo y lo que ocurrió durante las siguientes horas ha quedado hasta hoy como un negro álbum de imágenes, de sacudidas congeladas en el tiempo, de desastre.

Fueron dos días de desorden y fiesta (duró hasta el 29 cuando suspendieron las garantías y comenzaron los disparos y persecuciones que intentaron aplacar el asalto a los comercios) en los que entendí qué significaban las palabras Disturbio, Conmoción, Saqueo.

Nunca después sentí la calle como esa vez. Nunca había visto ese animal sin cabeza que es una turba (otra palabra de ese día), de gente dando coletazos.

Era entonces un muchacho de 17 años, con toda una vida por delante.

Y miren, todo lo que hubo por delante.

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¡Oye, Pacheco!, por Samuel González-Seijas

Johnny Pacheco con «aquella flauta que sabía convertir en instrumento de percusión». Foto Gary Williams en elnuevodia.com

@lectordepaso

Doy fe de que me hice salsero entre los 7 y 11 años. Lo supe tiempito después porque, en las fiestas de mi casa, todas mis tías me sacaban a bailar. Ninguna de ellas supo, ni mi madre que a esa edad lo sabe todo de uno, cómo me había hecho bailarín, y bueno.

Resulta que la culpa de esa educación musical y sentimental la tuvo el señor Ángel, quien era por esa época, 78-81, el dueño y conductor del transporte con el que me dejaba, a veces dolorido, otras eléctrico, en la entrada del San Judas Tadeo, mi colegio en La Pastora.

El señor Ángel era un gallego o isleño (ahora que lo pienso) alto y fuerte que llevaba como distintivo unos lentes gruesos que le hacían ver los ojos chiquitos. Además, en la punta de todo su ser brillaba como una esfinge el poder de un carácter de perros. Se sulfuraba y con razón.

¿Cómo soportar day by day a diez muchachitos pegando gritos desde las seis de la mañana y luego al mediodía, de regreso? Además hacía calor. En mi niñez siempre hacía calor. Y yo salía con sueño de mi casa y regresaba con él, sudado y con dolor de cabeza.

Y el sr. Ángel nos tenía a raya.

En esas condiciones, pues, y para lograr que el pasaje que ocupaba ese auto tipo ranchera a punto de destartalarse no se saliera de madre más de la cuenta, el conductor Isleño (sí, eso era) encendía la radio a un volumen de fiesta al que, al menos yo, no estaba acostumbrado.

Puedo decir que fui sometido a esa especie de trato que reciben los espías capturados en campo enemigo, porque recibir andanadas de música cuando uno está en duermevela todavía no puede llamarse sino lavado de cerebro.

Y la música que atravesaba mis oídos renuentes era la salsa. Sí, la mismísima salsa que salía de aquel radio, emitida por la programación de Radio Rumbos.

Era, sin duda, una ordalía, una prueba, una tortura que, andando los años, pocos, se instaló en mi cabeza con potencia y autonomía. Quién lo iba a decir.

Aprendí a seguir los quiebres de la melodía; los saltos, retrocesos y reiteraciones del ritmo; las salidas rápidas en improvisaciones y las carcajadas que a veces cierran una descarga.

Así, cuando en las tardes estaba ya en plan de hacer tareas, de pronto se me venían a la boca frases de los coros que oía. Sin saberlo, cantaba a Harlow, a Blades, a Lavoe, a la enorme Celia, que además se parecía mucho a mi abuela Elba, y por supuesto, a Johnny Pacheco.

Desde luego no sabía que era él, solo movía los hombros o los dedos sobre la rodilla siguiendo la evoluciones de su flauta mágica y juguetona.

Los grandes tatuajes musicales que Pacheco dejó en mi alma novicia están hechos con las voces de Blades, Pete Conde Rodríguez, Justo Betancourt y Celia, principalmente.

Una vez que en televisión pude ver quién era, la sensación que me dio fue la de ser un pachanguero, palabra que, por entonces, estaba en el ambiente.

Pacheco no daba la idea de dirigir nada sino de meter a toda esa gente que tocaba y cantaba para él en un nivel superior de la fiesta y del cuerpo feliz y agradecido. Uno lo veía y notaba a un hombre que podía divertirse sin culpa. Había en Pacheco una corriente continua, bien administrada, que llegaba a sus picos a través de aquella flauta que sabía convertir en instrumento de percusión.

Por algo era el mascarón en la proa de todo ese Olimpo de la salsa. Él era su dios regente.

Ahora que ha muerto, lanzo mis imágenes al oleaje salado de lo vivido. Y lo hago sin tristezas, lo hago agradecido. Pacheco me dio lo que solo él podía darme en aquellos días: elegancia para el lance, contención y disfrute culto de la alegría.

Salud, masterísimo.

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Cerritos de Aragua, por Samuel González-Seijas

Cerros de Aragua. Fotos: Samuel González-Seijas. Comp. Runrunes

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Era un viaje planeado para dejar a un familiar muy querido en el peaje de Tapatapa, de donde lo recogerían para ser llevado al Playón de Ocumare de la Costa. Lo hicimos un sábado, a media mañana. Había sol y la autopista, creo que en mucho tiempo no la había visto así, estaba despejada y sobre todo limpia.

Desde antes de esa fecha, yo me había hecho a la idea de ver otra vez un paisaje que siempre me pareció entrañable. A días aún del sábado de la salida, yo había ido y venido mentalmente por aquellos parajes. Figuré cómo salía de Paracotos hacia Las Tejerías y de allí hacia El Consejo y La Victoria. Lugares sugeridos por sus nombres en los carteles de la vía, pero sobre todo, por el cambio en el ambiente y en la vegetación que recorre todo el trayecto hasta Maracay, que era mi destino.

Cuando niño, me llamaban la atención las extensiones que ardían, que dejaban ese olor a monte quemado y una capa de humo que abarcaba mucho espacio. Olía a madera consumida, a paja seca, a fogón de leña. Olía también a tierra abonada y caliente, en la que estaban mezclados el orine y la bosta de los animales de cría, que debían de ser muchos por allí. Era una sensación de campo inmensa, que no podía percibir con la mirada sino con el olfato. De algún modo, pasar por aquellos lugares potenciaba una sensorialidad de animal que no es corriente. Pero sabemos, también por experiencia, que la distancia entre animal y niño es casi nula, porque ambos se valen de un cuerpo que está siempre abierto al acontecer.

Y aunque entonces era niño, el sábado del viaje de este enero algo frío, volví a serlo. ¿Cuántos años después?

Como iba conduciendo no podía dejarme arrastrar como antaño por los verdes y los oleajes de los sembradíos de caña. Veía con rapidez, haciendo foco en fragmentos llamativos. Lo demás lo completaba la memoria. Allá estaban los chaguaramos de la hacienda Santa Teresa; estaban las ceibas y los araguaneyes; algún samán imponente, bajo cuya copa conocemos la porción de sombra que expande. Luego la fábrica de alimentos, en la entrada sur de Turmero. En fin, puntos de una costura muy resistente, que aún sigue en mí como un mapa singular.

Y además, están los cerros. Primero se levantan como pequeñas colinas desde el borde mismo de la autopista. Luego, con la tierra sembrada de por medio, se elevan hasta alturas dobles o triples, curvados e hirsutos. Desde allí continúan creciendo hasta que el polvillo y la calima no dejan mirar más allá. Esos cerros ardidos y eternos tienen un encanto que no sé si llamar virgen o salvaje. Tal vez lo sean. Lo que sigo sintiendo es que en sus intocadas lejanías hay mucho de soledad y errancia, de renuncia y de silencio. Me dan la imagen, cuando los miro al recorrer la vía, de que expresan algo muy nuestro, algo hondo, que preferimos no decir.

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Cielos distantes, por Samuel González-Seijas

Cielos de Caracas. Foto Samuel Gónzález-Seijas.

@lectordepaso

Típicos días azules de estos tiempos de fin de año. Aun cuando no debiera, hace un buen sol y el calor no ceja durante las primeras horas. Ya en la tarde es cuando comienza a cambiar la temperatura, a veces hasta de modo repentino. Ha sido la circunstancia climática del año: calor y luego el cambio súbito, incluso con lluvia llegada la tarde o la noche.

Lo que a uno le viene es la imagen de que en estos climas nuestros la miseria de ánimo o la desdicha, en su versión pública, de participación y vida ciudadana, queden siempre «impertérritos» frente a todo. Los días pueden ser crueles a más no decir, porque son bellos y por eso, inmisericordes.

No son espejo de la penuria urbana, están siempre de su cuenta, no les incumbe nada de lo que aquí abajo pueda ocurrir.

Son días bellos sin piedad. Son días que nos dejan huérfanos, que nos hacen mirar como niños atolondrados frente a una vidriera. Días de azules incansables que parecen ponernos a prueba (cuántas más) a ver si resistimos su lejanía preciosa, su pátina esmaltada, la lozanía de sus nubes estacionarias.

No se cumple aquello de «como arriba, es abajo». Esa analogía universal y primera está ocluida para nosotros. Nuestra distancia con lo celeste continúa su dureza de hierro sobre el vivir menesteroso. Cuánta gente hay que reverencia en público esos cielos impolutos. Hay mucha ansia de consuelo, de limpieza interior, en esta urbe perseguida.

Parece que solo como alivio nos quedan las aves que van y vienen. Ellas son como heraldos que trasladan los deseos repetidos, las peticiones disparadas al aire, en la calle, desde cualquier ventana. Mensajeras de tribulaciones, nuestras aves citadinas hacen su delivery espiritual. Se llevan lo que ya no encuentra modo de salir con ordinaria soltura. Y hay que ser justos: aunque el cielo esté ahí, imperturbable, la naturaleza no nos abandona del todo. Ella reconoce nuestra orfandad y envía sus animalitos al rescate.

Ya sabremos si el trabajo que hacen surte efecto. Lo que demore en ocurrir será por cuenta nuestra. En ocasiones hay que aprender a pedir para que el clima, cuando es opresivo o desértico, cambie de signo y nos haga más habitable el lugar al que pertenecemos.

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