Samuel González-Seijas, autor en Runrun

Samuel González-Seijas

Nobleza que asiste, por Samuel González-Seijas

@lectordepaso

En el nuevo encierro, lo que le queda es salir a comprar al kiosco improvisado de la esquina. Aunque era en principio casi un tugurio de ventas rápidas (harina, refrescos, cigarrillos, enlatados) ya hoy muestra una estructura más sólida, con más forma. Entonces, va allí por algo que lo saque unos minutos de los resabidos metros cuadrados donde vive.

Para acercarse debe cruzar la avenida principal y bordear una estación de gasolina. Como sale de noche, siempre está cerrada, como todo lo demás. La excepción es la bodeguita.

Aún pasan vehículos, pocos. Lo distrae verlos porque le hacen volver a sentir la frecuencia de un ritmo. Pasan y siguen los carros, moviendo el aire y dejando ese sonido de lejanía que suelen hacer. Le gusta esa paradoja de sonido y silencio en un solo movimiento.

Una vez en la ventana del local, que es una adaptación típica de los que montan un negocio donde pueden, pasea la mirada por las pocas cosas que hay, siempre como si no las hubiera visto. Entonces vuelve a preguntar por esto o por lo otro. Le gusta la iluminación discreta.

Hay unos cachorros de perro debajo de una mesa, al fondo, cerca de una nevera.

La muchacha que atiende o su padre, que trabaja con ella, se levantan y ya entienden qué va a pedir porque en verdad no hay mucho qué escoger. Lo sirven con amabilidad, con una confianza que se ha tejido sola, al acaso de las visitas y las charlas de ocasión.

Lleva una bolsa grande, sobre todo para regresar más cómodo. Pero esta vez no pide nada de lo usual y se permite repasar los rústicos anaqueles a ver si el azar le susurra otra cosa.

Entonces recuerda que fumaba. No cigarrillos sino tabacos. Le vuelve el sabor como una experiencia cercana. Pregunta si tienen, porque antes ha llevado.

La muchacha le da la espalda y levanta ambos brazos para coger un par de cajas de una repisa alta.

La chica es esbelta aunque no bella especialmente. Tiene hombros redondos y una piel propia de su edad. Viste de franela y leggins. Una vestimenta cómoda y barata. Usa lentes y parece inteligente. No se distrae con ella más allá de eso.

Ya tiene las cajas en frente. Compra al detalle. Paga y trata de prolongar el gesto de girar para regresar a su edificio.

En el lobby de entrada, y aprovechando la luz, decide mirar los tabacos a ver cuál marca le han vendido. No reconoce la vitola pero se fija que lleva estampada la efigie de un caballero, ataviado con elegancia, como un señor renacentista, tal vez un Sforza o un Pazzi o un Medici. Sí, aunque la estampa no es de calidad, se puede ver la categoría noble del personaje.

Debajo, en letras rojizas, dice “El duque”, y eso le alegra la salida porque sabe que vivirá una aventura imaginaria mientras el fuego consuma las apretadas hojas, mientras el humo se extienda por el apartamento. Viajará, verá lugares no vistos y escuchará voces en otros idiomas.

Tal vez, toda esa nimiedad le haga merecedor de una vida más alta, invisible pero concreta… Y dormirá tranquilo.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

¿Dónde nos cogió el Caracazo?, por Samuel González-Seijas

@lectordepaso

Mi 27F del 89 comenzó al bajarme de un carrito de la ruta Prados del Este Chacaíto. Ya se había desatado en Guarenas y estaba por llegar a Caracas.

Por entonces, no había comenzado la universidad y con un par de amigos habíamos salido a buscar algo que hacer, algún trabajo.

Ese carrito lo tomamos de regreso del cc Concresa, adonde nuestros cuerpos vagabundos habían ido a parar esa mañana del lunes.

Pensábamos los tres que podíamos encontrar colocación en algún lugar, o algo por el estilo. Pero no recuerdo de quién fue la idea de ir a parar hasta allá. Tal vez, alguno de los tres, tenía un recorte de prensa en el que se solicitaban empleados para una tienda de artículos deportivos (creo que Puma Sports).

Hicimos de todo en esos pasillos del Concresa. Y todo fue un caminar dando vueltas, diciéndonos lo que nos podríamos comprar y lo que no (y nada podíamos comprar con esos bolsillos tan flacos que teníamos), esos zapatos, aquella chaqueta, los discos que sonaban al pasar por las discotiendas, las hamburguesas, los helados. Aún no éramos amigos del licor así que no nos atacaba la sed de una cerveza. Una lata de Coca-Cola era suficiente para recuperarse.

Al regreso, en la tarde, un embotellamiento descomunal en la autopista hizo que muchos se bajaran de los transportes públicos y comenzaran a caminar hasta la zona más próxima con estación de metro. Así lo hicimos nosotros también, hasta Chacaíto, donde el desespero y la agitación había comenzado, aunque no se sabía muy bien por qué.

Había un ruido raro, como un estruendo continuado que era producido por todo el corre corre que mostraba la gente. Sonaban cornetas de vehículos, sonaban sirenas, sonaban las santamarías que se cerraban con violencia. Era una estampida general. Y nosotros tres nos veíamos a la cara como preguntándonos “qué coño pasa”.

Logramos montarnos en el metro, cada uno para su casa. Estaba anocheciendo y lo que ocurrió durante las siguientes horas ha quedado hasta hoy como un negro álbum de imágenes, de sacudidas congeladas en el tiempo, de desastre.

Fueron dos días de desorden y fiesta (duró hasta el 29 cuando suspendieron las garantías y comenzaron los disparos y persecuciones que intentaron aplacar el asalto a los comercios) en los que entendí qué significaban las palabras Disturbio, Conmoción, Saqueo.

Nunca después sentí la calle como esa vez. Nunca había visto ese animal sin cabeza que es una turba (otra palabra de ese día), de gente dando coletazos.

Era entonces un muchacho de 17 años, con toda una vida por delante.

Y miren, todo lo que hubo por delante.

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¡Oye, Pacheco!, por Samuel González-Seijas

Johnny Pacheco con “aquella flauta que sabía convertir en instrumento de percusión”. Foto Gary Williams en elnuevodia.com

@lectordepaso

Doy fe de que me hice salsero entre los 7 y 11 años. Lo supe tiempito después porque, en las fiestas de mi casa, todas mis tías me sacaban a bailar. Ninguna de ellas supo, ni mi madre que a esa edad lo sabe todo de uno, cómo me había hecho bailarín, y bueno.

Resulta que la culpa de esa educación musical y sentimental la tuvo el señor Ángel, quien era por esa época, 78-81, el dueño y conductor del transporte con el que me dejaba, a veces dolorido, otras eléctrico, en la entrada del San Judas Tadeo, mi colegio en La Pastora.

El señor Ángel era un gallego o isleño (ahora que lo pienso) alto y fuerte que llevaba como distintivo unos lentes gruesos que le hacían ver los ojos chiquitos. Además, en la punta de todo su ser brillaba como una esfinge el poder de un carácter de perros. Se sulfuraba y con razón.

¿Cómo soportar day by day a diez muchachitos pegando gritos desde las seis de la mañana y luego al mediodía, de regreso? Además hacía calor. En mi niñez siempre hacía calor. Y yo salía con sueño de mi casa y regresaba con él, sudado y con dolor de cabeza.

Y el sr. Ángel nos tenía a raya.

En esas condiciones, pues, y para lograr que el pasaje que ocupaba ese auto tipo ranchera a punto de destartalarse no se saliera de madre más de la cuenta, el conductor Isleño (sí, eso era) encendía la radio a un volumen de fiesta al que, al menos yo, no estaba acostumbrado.

Puedo decir que fui sometido a esa especie de trato que reciben los espías capturados en campo enemigo, porque recibir andanadas de música cuando uno está en duermevela todavía no puede llamarse sino lavado de cerebro.

Y la música que atravesaba mis oídos renuentes era la salsa. Sí, la mismísima salsa que salía de aquel radio, emitida por la programación de Radio Rumbos.

Era, sin duda, una ordalía, una prueba, una tortura que, andando los años, pocos, se instaló en mi cabeza con potencia y autonomía. Quién lo iba a decir.

Aprendí a seguir los quiebres de la melodía; los saltos, retrocesos y reiteraciones del ritmo; las salidas rápidas en improvisaciones y las carcajadas que a veces cierran una descarga.

Así, cuando en las tardes estaba ya en plan de hacer tareas, de pronto se me venían a la boca frases de los coros que oía. Sin saberlo, cantaba a Harlow, a Blades, a Lavoe, a la enorme Celia, que además se parecía mucho a mi abuela Elba, y por supuesto, a Johnny Pacheco.

Desde luego no sabía que era él, solo movía los hombros o los dedos sobre la rodilla siguiendo la evoluciones de su flauta mágica y juguetona.

Los grandes tatuajes musicales que Pacheco dejó en mi alma novicia están hechos con las voces de Blades, Pete Conde Rodríguez, Justo Betancourt y Celia, principalmente.

Una vez que en televisión pude ver quién era, la sensación que me dio fue la de ser un pachanguero, palabra que, por entonces, estaba en el ambiente.

Pacheco no daba la idea de dirigir nada sino de meter a toda esa gente que tocaba y cantaba para él en un nivel superior de la fiesta y del cuerpo feliz y agradecido. Uno lo veía y notaba a un hombre que podía divertirse sin culpa. Había en Pacheco una corriente continua, bien administrada, que llegaba a sus picos a través de aquella flauta que sabía convertir en instrumento de percusión.

Por algo era el mascarón en la proa de todo ese Olimpo de la salsa. Él era su dios regente.

Ahora que ha muerto, lanzo mis imágenes al oleaje salado de lo vivido. Y lo hago sin tristezas, lo hago agradecido. Pacheco me dio lo que solo él podía darme en aquellos días: elegancia para el lance, contención y disfrute culto de la alegría.

Salud, masterísimo.

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Cerritos de Aragua, por Samuel González-Seijas

Cerros de Aragua. Fotos: Samuel González-Seijas. Comp. Runrunes

@lectordepaso

Era un viaje planeado para dejar a un familiar muy querido en el peaje de Tapatapa, de donde lo recogerían para ser llevado al Playón de Ocumare de la Costa. Lo hicimos un sábado, a media mañana. Había sol y la autopista, creo que en mucho tiempo no la había visto así, estaba despejada y sobre todo limpia.

Desde antes de esa fecha, yo me había hecho a la idea de ver otra vez un paisaje que siempre me pareció entrañable. A días aún del sábado de la salida, yo había ido y venido mentalmente por aquellos parajes. Figuré cómo salía de Paracotos hacia Las Tejerías y de allí hacia El Consejo y La Victoria. Lugares sugeridos por sus nombres en los carteles de la vía, pero sobre todo, por el cambio en el ambiente y en la vegetación que recorre todo el trayecto hasta Maracay, que era mi destino.

Cuando niño, me llamaban la atención las extensiones que ardían, que dejaban ese olor a monte quemado y una capa de humo que abarcaba mucho espacio. Olía a madera consumida, a paja seca, a fogón de leña. Olía también a tierra abonada y caliente, en la que estaban mezclados el orine y la bosta de los animales de cría, que debían de ser muchos por allí. Era una sensación de campo inmensa, que no podía percibir con la mirada sino con el olfato. De algún modo, pasar por aquellos lugares potenciaba una sensorialidad de animal que no es corriente. Pero sabemos, también por experiencia, que la distancia entre animal y niño es casi nula, porque ambos se valen de un cuerpo que está siempre abierto al acontecer.

Y aunque entonces era niño, el sábado del viaje de este enero algo frío, volví a serlo. ¿Cuántos años después?

Como iba conduciendo no podía dejarme arrastrar como antaño por los verdes y los oleajes de los sembradíos de caña. Veía con rapidez, haciendo foco en fragmentos llamativos. Lo demás lo completaba la memoria. Allá estaban los chaguaramos de la hacienda Santa Teresa; estaban las ceibas y los araguaneyes; algún samán imponente, bajo cuya copa conocemos la porción de sombra que expande. Luego la fábrica de alimentos, en la entrada sur de Turmero. En fin, puntos de una costura muy resistente, que aún sigue en mí como un mapa singular.

Y además, están los cerros. Primero se levantan como pequeñas colinas desde el borde mismo de la autopista. Luego, con la tierra sembrada de por medio, se elevan hasta alturas dobles o triples, curvados e hirsutos. Desde allí continúan creciendo hasta que el polvillo y la calima no dejan mirar más allá. Esos cerros ardidos y eternos tienen un encanto que no sé si llamar virgen o salvaje. Tal vez lo sean. Lo que sigo sintiendo es que en sus intocadas lejanías hay mucho de soledad y errancia, de renuncia y de silencio. Me dan la imagen, cuando los miro al recorrer la vía, de que expresan algo muy nuestro, algo hondo, que preferimos no decir.

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Cielos distantes, por Samuel González-Seijas

Cielos de Caracas. Foto Samuel Gónzález-Seijas.

@lectordepaso

Típicos días azules de estos tiempos de fin de año. Aun cuando no debiera, hace un buen sol y el calor no ceja durante las primeras horas. Ya en la tarde es cuando comienza a cambiar la temperatura, a veces hasta de modo repentino. Ha sido la circunstancia climática del año: calor y luego el cambio súbito, incluso con lluvia llegada la tarde o la noche.

Lo que a uno le viene es la imagen de que en estos climas nuestros la miseria de ánimo o la desdicha, en su versión pública, de participación y vida ciudadana, queden siempre “impertérritos” frente a todo. Los días pueden ser crueles a más no decir, porque son bellos y por eso, inmisericordes.

No son espejo de la penuria urbana, están siempre de su cuenta, no les incumbe nada de lo que aquí abajo pueda ocurrir.

Son días bellos sin piedad. Son días que nos dejan huérfanos, que nos hacen mirar como niños atolondrados frente a una vidriera. Días de azules incansables que parecen ponernos a prueba (cuántas más) a ver si resistimos su lejanía preciosa, su pátina esmaltada, la lozanía de sus nubes estacionarias.

No se cumple aquello de “como arriba, es abajo”. Esa analogía universal y primera está ocluida para nosotros. Nuestra distancia con lo celeste continúa su dureza de hierro sobre el vivir menesteroso. Cuánta gente hay que reverencia en público esos cielos impolutos. Hay mucha ansia de consuelo, de limpieza interior, en esta urbe perseguida.

Parece que solo como alivio nos quedan las aves que van y vienen. Ellas son como heraldos que trasladan los deseos repetidos, las peticiones disparadas al aire, en la calle, desde cualquier ventana. Mensajeras de tribulaciones, nuestras aves citadinas hacen su delivery espiritual. Se llevan lo que ya no encuentra modo de salir con ordinaria soltura. Y hay que ser justos: aunque el cielo esté ahí, imperturbable, la naturaleza no nos abandona del todo. Ella reconoce nuestra orfandad y envía sus animalitos al rescate.

Ya sabremos si el trabajo que hacen surte efecto. Lo que demore en ocurrir será por cuenta nuestra. En ocasiones hay que aprender a pedir para que el clima, cuando es opresivo o desértico, cambie de signo y nos haga más habitable el lugar al que pertenecemos.

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Estar aquí tanto como allá, por Samuel González-Seijas

@lectordepaso

Lo confesaré sin titubear: sé estar en dos sitios al mismo tiempo

Me tomó trabajo reconocerlo; aceptarlo aun me demanda reflexión y examen. Cómo llegué a semejante situación, no sabría explicarlo del todo. Digo, por ahora, que la cosa no deja de ser fascinante.

Bastó, creo, que la situación cambiara de golpe: el ambiente general, la manera de acometer las tareas cotidianas, registrar el paso del tiempo. El orden de las salidas y entradas que terminó alterado de raíz, los días de giro corto, de paso angosto en pocos metros, repetidos al infinito.

Entonces, comencé sin querer a verme ocupando lugares desconocidos. Una vez, luego de parpadear con la normalidad de costumbre, quedé situado en una calle de Bruselas. Creo que es un bello día de otoño, por el azul caramelo y los edificios iluminados suavemente. La luz es un almíbar naranja y hace frío y son las diez de la mañana.

Por supuesto que me hice la pregunta de rigor, porque a lo extraño no puede uno dejar de increparlo. Sin embargo, como si hubiese estado allí otras veces, caminé tranquilo. Disfruté de la temperatura y creí no ser de donde súbito había venido. Era, en ese paseo involuntario, de una extranjería feliz. Mi estancia en aquella ciudad duró el alcance de mi vuelo, que suele ser de buena autonomía. Siempre que decido salir de aquí, es decir, de allá de donde vengo, puedo quedarme el tiempo suficiente para satisfacer mi gana de movimiento, mi sed de aire.

Otro día, mientras colocaba en su lugar unos platos que habían sido usados la noche anterior, me asomé a una avenida en París. Ancha y cruzada por vehículos y gente que iba en dos direcciones. Me sorprendió el ancho de las aceras que, vistas de golpe, me parecieron más amplias que la propia calzada. Qué  insignificantes se ven los carros allí, qué innecesarios.

Un amigo me dice que París es para amar y caminar, pero también para rumiar una pena. Desde mi ventana no veo el Sena pero si la languidez de los cuerpos que andan, y yo me siento igual.

Quiero pasear mis tristezas en libertad. Y las alegrías, cuando aparezcan. Quisiera quedarme contemplando más, pero buenas voces detrás de mí me recuerdan que los cafés están abiertos y será deliciosa la tarde. Los que me hablan son mis queridos, con los que he viajado muchas veces (ellos no se dan del todo cuenta).

Poner la cabeza en la almohada me deja en Nueva York, sin dormirme. Aunque con la práctica reiterada, he preferido cambiar mi boleto a Vancouver. Estoy en ese puerto maravilloso que se abre a una rada tranquila. Se ven aviones pequeños que aterrizan en el agua, ferrys que entran y salen, globos con su cestica debajo llevando una pareja. Estoy unos días que son de fascinación y desvelo; me aventuro por zonas boscosas, de lagos helados y abetos enormes como pirámides. Voy a pie por senderos de coníferas. Temo que, al paso, encuentre a un oso grandulón y pase el susto de mi vida. Pero no importa, camino. Lo que más repito es el viaje de regreso, que hago en un tren que me deja en Toronto. Es una ruta deliciosamente sola, despejada, hecha como para que en cada estación suban a conversar contigo tus imágenes rotas, tus memorias nudosas, y charlar con café o chocolate hasta que vuelvan a ser amigas.

Así paso mi tiempo. Así, voy dibujando mi mapa. Descuidado y gozoso, logro el hechizo de ocupar otros lugares. No importa que sin falta deba regresar. Estoy aquí tanto como allá.

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Inquietud de la lluvia, por Samuel González-Seijas

@lectordepaso

Escribió alguna vez Jorge Luis Borges: la lluvia es un asunto que siempre ocurre en el pasado. La frase es más o menos así. Y parece tener razón porque puestos en situación de oír o ver cómo cae sobre la ciudad, ella tiene la facultad de ponernos, de lleno, en un continuo temporal. La lluvia abre la puerta a la memoria y las imágenes nos anegan.

Esto que digo me viene de pronto cuando he salido a hacer la compra del sábado de cuarentena y, mientras iba camino de la charcutería, se soltó un aguacero contundente. Llovió como se dice que siempre lo hacía en Caracas en estas épocas cuando por fin ha entrado nuestra temporada invernal.

Como antes del palo de agua hacía calor, iba vestido al acaso con bermudas, franela, zapatos deportivos. Antes de salir me alargaron un paraguas porque ya se veía lo que podía ocurrir. Y en efecto ocurrió. El aguacero cayó raudo, con viento. Como la tienda a la que iba quedaba no más allá de una cuadra de distancia, pude llegar menos emparamado. Solo los zapatos y parte de las piernas llevaron la peor parte pero incluso así pude guarecerme en el local.

Cerré mi paraguas bajo el toldo de entrada del establecimiento. El toldo me recordó los usados en ciertas playas italianas vistas en películas y fotos, porque estaban hechos de barras blancas y rojas. Me recordó una tarde larga en Pedro González, en la isla de Margarita, cuando los propios italianos la habían convertido en un bulevar de cafés, pequeños restaurantes y una posada. Eran las mismas barras rojas y blancas, alternadas. La lluvia hizo que me detuviera a ver ese techo saliente que protegía de seguir mojándome, pero además me dio el boleto para visitar ciertas imágenes, esas que se quedan con uno para siempre.

Luego, pasé a contemplar la calle: en el tiempo de mi ensimismamiento se había anegado por la fuerza y cantidad de lo que estaba cayendo. Las bocas de los desagües no se daban abasto y la vía quedó sumergida. Pensé en cómo me devolvería a la casa en semejante situación. Pero casi que de corridas me fui a otras imágenes: días de lluvia continua en la avenida Casanova, por allá en diciembre del 99; un bar que no cerraba, mujeres y voces, amigos que se repetían, tragos que ayudaban a remar sobre una tristeza que, por entonces, me llevaba colgado de los hombros.

Recordé una madrugada en Pariata, con una chica de la noche, cuyo espectáculo de club era dejarse derramar cera caliente en los pezones y en las caderas. Una cera rojiza, como un barro perfumado, que repetía mis lágrimas secretas.

Era mi deslave personal. Recuerdo su olor a cigarrilos, su acento de caracol portoriqueño, su nariz de polvo blanco. Fue el 12 de diciembre de ese año, el último día en que la vi. Probablemente se la tragó la desgracia del 15. Hoy es un nombre que me acompaña.

Che Borges, ¡cuánta razón tenías, mira cómo estoy aquí, coagulado en el tiempo, con mi jamonada, mi rebanadas de queso y mi tapaboca, viendo alelado el agua caer, sumido en la suspensión, como un juguete o una adivinanza, vertiginoso también en un golpe de ida y vuelta al pasado!

Ese caer de la lluvia, ese rugir o ese tintinear, según ocurra, es lo más parecido a una detención, como si en la rutina mecánica de los días, ella lo suspendiera todo, y abriera, frente a uno, pasadizos que olvidamos transitar. La lluvia parece ser también un recurso de la historia, y no únicamente la personal; puede ser, en ocasiones, la de todo un grupo humano. No importa, creo, el tamaño que ese colectivo tenga o lo disímiles que sean sus individuos.

Hice mi compra porque, claro, con aquel chaparrón muy poca gente se atrevió a salir como yo lo hice. Había apenas dos que ya pagaban y los chicos que atendían aprovecharon para comer y manguarear.

Antes de salir me di vuelta a ver cómo seguía la descarga. No solo se había aplacado sino que además despuntó el sol otra vez. Así de brusco fue el cambio. Agua y sol súbitos, como corresponde a este cielo caraqueño indescifrable, caprichoso, disponedor, pero imposible de no amar.

 

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Eso que va, se aleja y siempre vuelve, por Samuel González Seijas

@lectordepaso 

No es el ciclo descrito por la sabiduría hindú, no es el de la rueda de nacimientos, muertes y reencarnaciones. No es Samsara. Es, apenas, creo, un hilo que lanzó el azar para que una vida pudiera, luego de consumada, asistir a otra. Dos hilos, entonces, dos puntas que a través de alguien encontraron continuidad para que lo vivo continuase, frágil pero insistente.

Conozco a alguien a quien esta semana el azar le puso en las manos ayudar de manera efectiva a uno de sus prójimos. Fue un azar tan contundente que parecía dirigido por una mano invisible. Este alguien fue informado de que unos medicamentos para el tratamiento contra el cáncer estaban disponibles para ser usados. La persona a los que pertenecían cerró los ojos para siempre y los frascos, pequeños y novísimos, no se usarían. Aunque no por mucho tiempo.

Este alguien que conozco supo que quien había fallecido era la suegra de uno de sus mejores amigos. La señora Ospina vivía en Guatire con su esposo. Sus hijos, en el extranjero. La eventualidad de la enfermedad hizo que una de ellas estuviera aquí, para acompañar, para servir, para amar. Y de este modo, este alguien que conozco supo del suplicio de intentar mejorar en Caracas la salud de la señora. Supo de las dificultades tejidas en los viajes de Guatire al Hospital Pérez Carreño para las quimioterapias, supo del calor y de los recorridos sobre el asfalto insoportable del trayecto, supo de las emergencias combinadas y atroces de la salud y de la falta de combustible. Este alguien que conozco supo que al final, el cuerpo de la Sra. Ospina no resistió lo suficiente, y que un evento cerebro vascular terminó derrotándola.

Y allí quedaron las medicinas, en estricta hilera de uso, a mano de la necesidad, esperando su turno para hacer el trabajo. Pasaron unos días. Pasaron como cuando van sacándose del clóset las ropas que no se van a volver a usar.

A este alguien que conozco le llegó al celular la petición de urgencia de unos medicamentos entre los que estaban aquellos que ya aparentemente no serían para nadie. Esta vez era la Sra. Da Silva, caraqueña, de tres hijos, dos adultos y una adolescente, habitante de Macaracuay, quien requería tener aquellos para su tratamiento, también del mismo origen que el de la señora Ospina. Y no se conocían. La rueda extraña de vivir, permanecer o irse las estaba presentando por vez primera, les estaba juntado las manos a una distancia francamente insalvable.

Algo que aquí quiere ser llamado azar les hizo darse un apretón. Ocurrió como en esas viejas películas en las que el personaje se aleja en un barco que acaba de zarpar y que, de pronto, en un movimiento decidido se saca el anillo de una de sus manos para lanzarlo al muelle y quien lo ataje no la olvide. Así, con serena desesperación.

Entonces, este alguien que conozco entregó a Gabriela, la hija más pequeña de la Sra Da Silva, los medicamentos que esperaba. Luego, me dijo por teléfono, con voz de quien se ha aliviado de algo que lo persigue, que si estas situaciones, estas conexiones pudieran verse, formarían un entramado espeso, sólido, sobre la ciudad. Como un tendido eléctrico en el que miles de cables se cruzan y hasta se enmarañan. ¿Cuánta gente en Caracas no andará a esta hora convertida en mensajero de estos azares? 

Porque la cadena o la rueda de la vida también puede ser eso: gesto entre desconocidos que apuestan por permanecer, por insistir, por dejar a otro la memoria incluso sin nombre de lo que fue una historia, un recorrido, una batalla propia y en silencio.

 

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