Mi 27F del 89 comenzó al bajarme de un carrito de la ruta Prados del Este ChacaÃto. Ya se habÃa desatado en Guarenas y estaba por llegar a Caracas.
Por entonces, no habÃa comenzado la universidad y con un par de amigos habÃamos salido a buscar algo que hacer, algún trabajo.
Ese carrito lo tomamos de regreso del cc Concresa, adonde nuestros cuerpos vagabundos habÃan ido a parar esa mañana del lunes.
Pensábamos los tres que podÃamos encontrar colocación en algún lugar, o algo por el estilo. Pero no recuerdo de quién fue la idea de ir a parar hasta allá. Tal vez, alguno de los tres, tenÃa un recorte de prensa en el que se solicitaban empleados para una tienda de artÃculos deportivos (creo que Puma Sports).
Hicimos de todo en esos pasillos del Concresa. Y todo fue un caminar dando vueltas, diciéndonos lo que nos podrÃamos comprar y lo que no (y nada podÃamos comprar con esos bolsillos tan flacos que tenÃamos), esos zapatos, aquella chaqueta, los discos que sonaban al pasar por las discotiendas, las hamburguesas, los helados. Aún no éramos amigos del licor asà que no nos atacaba la sed de una cerveza. Una lata de Coca-Cola era suficiente para recuperarse.
Al regreso, en la tarde, un embotellamiento descomunal en la autopista hizo que muchos se bajaran de los transportes públicos y comenzaran a caminar hasta la zona más próxima con estación de metro. Asà lo hicimos nosotros también, hasta ChacaÃto, donde el desespero y la agitación habÃa comenzado, aunque no se sabÃa muy bien por qué.
HabÃa un ruido raro, como un estruendo continuado que era producido por todo el corre corre que mostraba la gente. Sonaban cornetas de vehÃculos, sonaban sirenas, sonaban las santamarÃas que se cerraban con violencia. Era una estampida general. Y nosotros tres nos veÃamos a la cara como preguntándonos “qué coño pasa”.
Logramos montarnos en el metro, cada uno para su casa. Estaba anocheciendo y lo que ocurrió durante las siguientes horas ha quedado hasta hoy como un negro álbum de imágenes, de sacudidas congeladas en el tiempo, de desastre.
Fueron dos dÃas de desorden y fiesta (duró hasta el 29 cuando suspendieron las garantÃas y comenzaron los disparos y persecuciones que intentaron aplacar el asalto a los comercios) en los que entendà qué significaban las palabras Disturbio, Conmoción, Saqueo.
Nunca después sentà la calle como esa vez. Nunca habÃa visto ese animal sin cabeza que es una turba (otra palabra de ese dÃa), de gente dando coletazos.
Era entonces un muchacho de 17 años, con toda una vida por delante.
Y miren, todo lo que hubo por delante.
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