Los eventos de la última semana, semana horrenda, indecible, atroz, en la que una denuncia de abuso sexual desde una cuenta anónima desató quizá la más grande cayapa moral que se haya visto en la vida pública del paÃs, terminaron, como se sabe, con la muerte del agresor por mano propia y, luego, por un silencio parecido al que se siente minutos después de un naufragio.
Toda la situación, que para mà es la de un cuerpo enfermo hecho de dos cabezas, la de las vÃctimas y los victimarios, me llevan a tener que decir algunas cosas que quieren apuntar a la discusión que espero esté por darse a partir de lo ocurrido.
Con algunos amigos conversaba el asombro que me producÃan los llamados crecientes de algunas mujeres indignadas por la denuncia a sumarse a la protesta y luego a la acusación y el escarnizamiento del agresor o agresores que habÃan sido denunciados, con nombre y apellido, en la red social Twitter. VeÃa lo que me pareció algo semejante a un tsunami: una enorme ola que se nos venÃa encima y de la cual no Ãbamos a escapar. Nunca habÃa sentido, ni siquiera en las refriegas polÃticas y ciudadanas de los últimos seis años, una masa crÃtica de indignación como la que vi durante esta última semana de abril. Si cerraba los ojos, era como oÃr un torbellino de voces, manos que se alzan, llantos, salivazos, puños en una mesa, imploraciones, mentadas de madre, suspiros, carraspeos, gritos.
Recibir aquella andanada de dolor, en lo personal, no me hizo sumarme a ella sino más bien querer protegerme o huir. Tal es la potencia del miedo desatado en todas direcciones. EntendÃa como entiendo ahorita, qué habÃa originado toda la vorágine. EntendÃa como lo hago ahorita, la rabia de vÃctimas que no tuvieron otra opción que buscar apoyos a sus miedos en los miedos de otras vÃctimas que tampoco habÃan dicho nada. Pero las voces del coro, de un coro creciente y desbordado, le dieron a los testimonios de abuso una dirección y una amplificación semejante a un estallido nuclear que seguramente dejará sus secuelas radioactivas. Creo que ya las estamos viendo.
Con esos amigos también hablamos de asuntos que se visibilizaron durante la protesta, como la realidad del machismo, el abuso de poder, la relación poder-sexualidad, la empatÃa con el otro, la solidaridad, la vergüenza, el perdón. Intentar entender todo, tratar de reflexionar esos temas al calor de lo que iba dándose, era lo más difÃcil. Aún lo es.Â
En ese marco de cosas, vino a colación un tema que ha sido ignorado de forma tan rampante como lo ha sido el del abuso sexual contra las jóvenes y mujeres que allà se manifestaron.Â
Son cosas de hombres, pero creo que hay que decirlas. Al menos, hay que plantear la pregunta para que el aire no quede marcado con un solo color. La pregunta podrÃa ser esta: ¿cuándo visilizaremos los abusos y tratos violentos que los hombres y mujeres han ejercido sobre nosotros, los hombres? ¿O es que de eso no se habla? ¿O es que son cosas de hombres y los hombres que vean cómo lo resuelven?
Si como alguien muy querido dijo, que nuestro problema es un machismo estructural, anidado también en una cultura militarista y varonil, habrÃa que preguntarse, a partir de ese argumento, si ese machismo, si esa condición casi ontológica del varón venezolano no está también incluida en las capas de todos los que vivimos en este malhadado paÃs.
¿Estoy afirmando que las mujeres son machistas estructurales también? No lo digo pero me hago la pregunta. Y responderla, pienso que deberÃa pasar por traer a la plaza pública, en un gesto acorde con la propia valoración de género que hoy se manifiesta, las realidades que también los hombres sufren y han sufrido desde niños, sea por la violencia a secas, sea por la depredación sexual. Que la hay, mucha, variada y continua. Estas preguntas, estas reflexiones no pretenden minimizar ni hacer escurrir el bulto de lo que ya no puede ocultarse: lo que se ha puesto en marcha no va a parar o no deberÃa parar.
Que esta ola femenina de protesta y de reivindicación que se ha mostrado no desaparezca dependerá, me parece, de que adquiera otro registro y otra tonalidad, parecidas a las que buscan cierta armonÃa sin consentimiento, buena racionalidad con empatÃa verdadera, la empatÃa que no se impone, que no se decreta sino la que sale de la propia realidad consciente, de ese “darse cuenta” trágico que nos enseñan los dramaturgos griegos. Porque ese darse cuenta y la empatÃa que de eso deriva se llama compasión, es decir, una mirada totalizante que abarca el mayor espectro del dolor humano, en el que estamos incluidos los que agredimos y los que no.
Los hombres también sufren, quién lo pensarÃa. Tal vez un paso en el camino al cambio, al desmantelamiento del núcleo estructural de la depredación asociada a lo sexual, entre otras, pase por la inclusión de todos los errores, todas las imágenes, todos los desamparos que viven ambos géneros. Es la humana condición. Sincerarnos ahà donde tenemos pérdidas en común, hombres con mujeres, mujeres con hombres, es la tarea que nos increpa en esta hora indecible de nuestra Venezuela.
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