Pedro Méndez Dager, autor en Runrun

Pedro Méndez Dager

COVID-19 y articulación política, por Pedro Méndez Dager

@pedro_mendez_d

Vista la amenaza que representa la COVID-19 y la medida en que el desastre humanitario venezolano podría acentuarse con el virus que la produce, se plantea la posibilidad de que el gobierno del presidente encargado, Juan Guaidó, y el régimen de Maduro pudiesen articular algunas acciones para minimizar la catástrofe en ciernes. Al respecto algunas consideraciones:

* Ante todo es bueno recordar que Venezuela ya viene de un esquema de emergencia humanitaria. Esto no es nuevo y el régimen no ha mostrado ninguna voluntad de llegar a acuerdos que beneficien a la gente dejando entrar la ayuda humanitaria. ¿O es que acaso los muertos de los últimos años por falta de medicinas, de servicios o de seguridad, son menos muertos que los que puede causar la COVID-19?

* En todas las oportunidades en las que se han buscado posibilidades de acuerdo y encuentro, el régimen ha demostrado que solo quiere obediencia y sometimiento. Esto ocurrió con todos los diálogos y con todas las posibles salidas democráticas, constitucionales y pacíficas como el referéndum y todas las elecciones después del 2015. Es el régimen el que debe dejar la demagogia y la política clientelar y realmente estar dispuesto a trabajar por solucionar el problema del colapso del sistema de salud y el posible impacto del coronavirus. Nosotros estamos dispuestos a articular.

* La posibilidad de entregarles recursos debe quedar descartada. Así no se va a contener la crisis. Lo que necesitamos es el personal, la infraestructura y equipos necesarios para controlar el virus y sus efectos secundarios.

* Una alternativa podría ser utilizar recursos de la nación con los que cuenta el gobierno encargado en el exterior para que, con aprobación de la Asamblea Nacional, pudiésemos financiar el apoyo de organizaciones internacionales dedicadas a la salud u otros para desplegar un programa de contención de los efectos de la COVID-19.

* Por otra parte, hay que tener en cuenta la experiencia con aquel proyecto de CAF para la electricidad en el Zulia, el apoyo planteado en aquella oportunidad no resolvía técnicamente el problema eléctrico del Zulia y potencialmente podía convertirse en una fuente de corrupción, que hubiese sacrificado nuestra posición política y no hubiese ayudado a ningún zuliano.

* Articular en esta materia, además, debería permitirnos avanzar en la agenda y condiciones hacia una elección presidencial, aprovechando la presencia de organizaciones internacionales para garantizar la posibilidad de que sean competitivas. Esto, por supuesto después de superada la crisis del virus. Y es que esto es, ante todo, un problema político, debemos hacer política de altura y realmente enfocada en el bien común para salir de la crisis de la COVID-19 pero, además, para resolver las condiciones que generaron desde hace años una emergencia humanitaria compleja en el país.

* Pero aun más importante es entender y recordar constantemente que aquí no hay dos bandos que no se ponen de acuerdo. Dos grupos en igualdad de condiciones disputándose el poder. Aquí lo que hay es un grupo que ha secuestrado al país, a su población y a su territorio, ha encarcelado, exiliado, torturado. Han expropiado y destruido la infraestructura del país, sus recursos y sus tierras productivas. Mientras que el otro grupo ha insistido, por 20 años, mediante vías democráticas en conseguir una salida constitucional y pacífica. Buena parte del país está secuestrado por organizaciones criminales, por lo tanto no podemos bajo ningún respecto ser ingenuos en nuestra actuación de aquí en más. Tenemos que entender las condiciones en las que el régimen hace su política y tener claro, en todo momento, que ese es el ambiente en el que se movería cualquier intento de articulación.

* Dicho todo esto y tomando estas previsiones, debemos ser nosotros, con Juan Guaidó a la cabeza, quienes impulsemos la propuesta y agotemos las posibilidades para articular todo lo posible. Esta articulación, necesariamente, debe pasar por el reconocimiento de la Asamblea Nacional como el espacio natural para lograrlo. Nosotros estamos dispuestos a trabajar por el país.

El gobierno del presidente (e) de la República Juan Guaidó tiene un plan para rescatar a Venezuela y proyectarla hacia el desarrollo, después de 20 años de destrucción. El Plan País es la garantía de que el cambio no es un salto en el vacío y la Asamblea Nacional ha trabajado para que el consenso sea el pilar sobre el cual se sostenga este gran acuerdo nacional que dibuja el futuro del país y que podría ser la expresión, en términos de política pública, de ese gran pacto de pueblo que debemos construir de cara al futuro, para liberar a Venezuela e implantar condiciones de gobernabilidad que hagan viable la reconstrucción de la República.

Han sido años demasiado duros para el alma venezolana: el trauma que hemos vivido durante estos 20 años es de magnitudes comparables a los peores dramas que ha vivido el mundo, en la misma proporción de las grandes guerras, los genocidios y las peores hambrunas. Es la clase de episodios que destruyen por completo y para siempre una nación o que la obligan a reconstruirse en torno a un pacto fundamentado en lo realmente propio de la nacionalidad y de los valores compartidos.

Jared Diamond, quien ganó el Premio Púlitzer con el libro “Armas, Gérmenes y Acero” ha escrito recientemente uno más en la trilogía de libros después de “Colapso”. En la nueva publicación, llamada Upheaval (Convulsión), Diamond propone una teoría de cómo las naciones pueden recuperarse de grandes crisis en función de ejemplos como Finlandia después de resistir la invasión soviética o Chile pudiéndose recuperar después los años de conflicto en los gobiernos Allende-Pinochet. Su teoría se fundamenta en la importancia de que los pueblos puedan hacer auto evaluaciones de su situación y sus causas, y tomar responsabilidad por los errores colectivos y también por los grandes acuerdos necesarios para salir de situaciones traumáticas. Todo lo anterior cimentado en los valores fundamentales y en la necesidad de definir la identidad de una nación.

Cara al futuro, los venezolanos tenemos el reto de definir esos valores fundamentales y asumir la responsabilidad colectiva, no solo de reconstruir a Venezuela, sino más bien de construir una nueva y mejor Venezuela. Definir nuestra visión y nuestro lugar en el mundo y el rol que queremos jugar en un momento en el que la globalización ya no es una opción sino una condición existencial.

 

Hoy, la tarea inmediata es la liberación del país, pues Venezuela ha sido ocupada y su soberanía entregada a grupos criminales nacionales y extranjeros. Esta tarea es de todos, sí, pero la gran tarea colectiva será la reconstrucción. Hoy los riesgos y las grandes decisiones deben ser asumidos por un liderazgo político responsable y consciente del verdadero desastre en el que estamos metidos. Pero la tarea de reconstruir es de todos en mucha mayor medida que la tarea de liberación. Allí no habrá espacio para las excusas, ni habrá condiciones o tiempo para que los que se fueron esperen “a ver qué pasa”.

La labor de reconstrucción es, y ha sido en países como la Alemania de la postguerra, una tarea en la que cada venezolano será responsable y se necesitará del trabajo, el sacrificio y la honestidad de todos para la construcción de instituciones sólidas, con la mirada puesta en reconstruir la República y la democracia, y en generar riqueza, empleo y bienestar desde un aparato productivo que, además, tendrá que competir con tenacidad en un mundo integrado y en unas circunstancias donde la inversión extranjera, no solo será conveniente, sino necesaria.

Ese es el desafío para Venezuela entera: aceptar que estamos en una crisis histórica y que, de entrada, no hay para todo y para todos; aceptar que cada uno de nosotros tiene responsabilidad por acción u omisión en las causas que nos llevaron al desastre; identificar los problemas estructurales que aquejan nuestra sociedad y que nos metieron en estos lodos y unirnos en torno a lo verdaderamente venezolano, asumiendo cada cual su cuota de responsabilidad, sacrificio y riesgo.

¡Facilito!

@pedro_mendez_d

Lo único exigible es la liberación, por Pedro Méndez Dager

“EXIGIMOS LA DISCUSIÓN DE UN ACUERDO sectorial de cooperación, para atender la reconstrucción del sistema eléctrico nacional en el que hemos avanzado con los actores políticos, equipos técnicos de la ONU y la Corporación Andina de Fomento”. #SociedadCivilHabla 

Con este tweet y otros, organizaciones como el Centro Gumilla exigían sea puesto en marcha un “mecanismo humanitario (que) ofrece un espacio institucional regido por los principios de humanidad, neutralidad, imparcialidad e independencia que bien podría producir las condiciones para garantizar la claridad, tanto en el manejo de fondos como en la realización de los diversos proyectos prioritarios que aliviarían el gran sufrimiento que atraviesa el pueblo de Venezuela”. Y la implementación de un “acuerdo sectorial de cooperación para atender la reconstrucción del sistema eléctrico” que requiere la “sincera voluntad de todos los actores” y que sería implementado por CAF y ONU.

Para quien escribe estas líneas resulta desconcertante que se “exija” a todos los actores como si se tratase de dos iguales que se pelean en las mismas condiciones por el poder en Venezuela. Pareciera que sigue sin ser evidente que la sociedad venezolana ha sido secuestrada por un grupo de bandas criminales con los agentes cubanos a la cabeza. No discuto los méritos de estas organizaciones, pero hago un llamado a que se haga la interpretación correcta. No nos puede seguir ganando la ingenuidad, estos regímenes no juegan.

Bajo esta lógica, se coloca en los mismos términos y condiciones, al gobierno interino y al régimen usurpador. El primero deriva de un poder legítimo, democrático, constitucional emanado de las facultades de la Asamblea Nacional Venezolana, y el segundo de la imposición por fuerzas transnacionales, con una estrategia que buscan eliminar de raíz la posibilidad misma de disentir. ¿Qué haremos como sociedad? ¿Resistimos o permitimos nuestra aniquilación? ¿Equiparamos poderes y condiciones o somos capaces de ver las diferencias?

Venezuela sufre los embates de una tiranía, de la ocupación cubana y de la presencia de innumerables grupos irregulares en nuestro territorio. Organizaciones que crecieron a la sombra del todopoderoso Estado socialista, hoy se saben independientes, sin lealtad a quienes les colocaron en el centro del poder; autónomos dominan a placer la soberanía, el territorio y los destinos de los millones de venezolanos. No perdamos de vista la naturaleza del régimen, nuestro principal objetivo debe ser liberar al país y reconstruir la República. Solo así millones de venezolanos podrán salir de la miseria, podremos recuperar los servicios, el empleo, la educación y la productividad y ponernos a recorrer, por fin, el largo camino al desarrollo.

Describir las raíces de la descomunal crisis del Sistema Eléctrico Nacional, no es el objeto de esta nota. En efecto, no se trata de una grave obsolescencia de equipos y tecnología: el Sistema Eléctrico Nacional está pulverizado desde las represas y centros de generación, hasta las redes locales de distribución. Los equipos humanos, la capacidad tecnológica que el País fue desarrollando, entrenando y consolidando desde mediados del S. XX, están en proceso de dispersión y en buena medida forman parte de la diáspora que, en busca de la supervivencia, comienza a fortalecer las reservas de recursos humanos en todo el vecindario americano.    

Después de desperdiciar, a lo largo de los últimos veintiséis años, la más brillante oportunidad de liquidar el subdesarrollo energético y eléctrico en Venezuela, contribuyendo así de manera esencial a evitar que la pobreza volviera a enseñorearse de los venezolanos; después de hacer desaparecer los sucesivos y sustanciales fondos asignados a proyectos sin producir resultados, los representantes del oficialismo cubano-chavista no están en posición para ser invitados a la reconstrucción inicial del Sistema, excepto para la entrega de cuentas y el suministro de la información inicial requerida.

El único acuerdo pensable, es uno que garantice el reconocimiento de una nueva administración surgida de la dirección del Presidente (e) Juan Guaidó, bajo un eficaz control final de la Asamblea Nacional y sin la participación de CORPOELEC. No estamos en condiciones de conceder nuevos puntos a la ingenuidad y arriesgarnos a destruir la esperanza y la incipiente confianza de los venezolanos, en la reconstrucción. ¿Estarán en disposición, los directivos y gestores del Sistema Eléctrico actual, en cenizas, acudir a este esfuerzo conjunto? ¿Podrán omitir las dramáticas circunstancias y la radical incidencia de la crisis eléctrica, en la vida diaria de los venezolanos, en los sistemas de salud, en los sistemas de producción, en los medios de comunicación, en toda la vida de la sociedad venezolana? Es con ellos con los que tienen que hablar y a quienes tienen que convencer las personas que, probablemente de muy buena fe, abogan por un encuentro entre las fuerzas democráticas y los responsables de la gestión del Sistema Eléctrico Nacional.

Exponer los escasos recursos, la confianza y la fe del pueblo, a la rapacidad demostrada por más de veinte años sería acercarse a una hecatombe sobrevenida, sólo que esta vez, seríamos todos o casi todos, cómplices. Solamente si el control minucioso e íntegro desde la etapa de diagnóstico y proyectos, hasta la normalización de operaciones de las nuevas obras, queda en manos de un nuevo funcionariado, perfectamente supervisado y evaluado, podría hablarse de un entendimiento. Y eso supone la transferencia inmediata de la administración y de los recursos, al gobierno interino y a la democracia.

Entender la dimensión existencial de la tragedia en que nos metió el Chavismo, no es fácil, ¡pero no es tan complicado!

@pedro_mendez_d

¡Venezuela, la oportunidad es ahora! Por Pedro Méndez Dager

VAN 20 AÑOS DE UN PROCESO de destrucción sistemática de la institucionalidad, de la economía y de la sociedad venezolana. Años, además, en los que se ha entregado la soberanía de la nación a otros países y a organizaciones criminales. Después de 20 años de recorrer un desierto de empobrecimiento, depauperación y éxodo de millones de compatriotas, enero de 2019 está significando la cristalización de un esfuerzo nacional por la liberación, cuya punta de lanza es la Asamblea Nacional y el presidente (e) Juan Guaidó.

Tenemos entre manos una oportunidad única como no se nos había presentado en mucho tiempo, quizá nunca en estos 20 largos años. Es una ventana de oportunidad pequeña y difícil de alcanzar, pero como decía alguien en las redes sociales, en estos días, una ventana por la que todo un país se quiere meter para salir a respirar, por fin, el aire fresco de la libertad, el progreso y el desarrollo.

Esta oportunidad, por supuesto, es compleja, de difícil ejecución y peligrosa, pues enfrentamos a una tiranía totalitaria que, además, responde a intereses internacionales y criminales, en lo que ha dejado de ser un enfrentamiento entre grupos políticos para convertirse en el secuestro que ejecuta un grupo de organizaciones criminales, sobre una sociedad entera y sus instituciones. Pero aun siendo peligrosa e improbable, es menester entender que, si no es esta la oportunidad correcta para liberar a Venezuela, las oportunidades que tengamos en el futuro serán aún más peligrosas y complicadas de llevar a término.

En segundo lugar, es fundamental entender, por parte de los distintos grupos que conforman la opción democrática, que la sociedad está ganada al esfuerzo liderizado por Guaidó. En esta situación, si ganamos, ganamos todos y si perdemos, perdemos todos, no hay espacio para el cálculo político, la sociedad premiará a quienes acompañen este épico esfuerzo civil y patriótico por reconstruir la República y castigará las posiciones tibias sea cual sea el resultado final de esta lucha. Pero, además, es necesario entender, que, ante la magnitud del reto, el esfuerzo de todos es imprescindible. Las tareas son diversas y en varios frentes: la protesta ciudadana, la presión institucional, el invitar a las FAN a la reconstrucción de la República, la presión internacional, la protesta por servicios, libertades y reivindicaciones y se requiere que todos los venezolanos nos involucremos para generar la presión necesaria.

En tercer lugar, debemos dimensionar lo que ha sido el apoyo internacional y comprender que se trata del apoyo decidido y coordinado de todo el mundo libre, de todas las naciones de occidente y de todos nuestros potenciales socios comerciales. Occidente y sus instituciones, aquellas que han sido el fruto del avance de la libertad, de los derechos humanos, de la democracia, de la economía abierta, está apoyando a la causa de la libertad en Venezuela, consciente de que la sociedad ha sido secuestrada y debe apoyarse solidariamente a quienes sufren los abusos de la tiranía y de sus socios. Asimismo, el Mundo y la región perciben que Venezuela se ha convertido en una amenaza para la estabilidad de la región, por la influencia de diversas organizaciones guerrilleras y criminales en el país. Ese apoyo del mundo libre, así de claro, así de decidido, será muy difícil de construir en el futuro. Es por eso que es imperativo hacer todo lo que esté a nuestro alcance por llevar a buen puerto este esfuerzo nacional de liberación.

Por último, pero quizá lo más importante, es fundamental que la sociedad como un todo, ese 80% de personas que apoyan a Guaidó, asumamos con sinceridad la necesidad de acercar, de reintegrar y reinstitucionalizar a las Fuerzas Armadas. Es labor de todos, tender una mano a todos los funcionarios civiles y militares para emprender juntos el camino de la reconstrucción de la patria, sin mezquindades y entendiendo la enorme complejidad del reto por delante. Nuestros hermanos en las Fuerzas Armadas sufren en el corazón de sus familias las privaciones, la escasez, la tristeza de ver a los familiares partir, el dolor de ver a la madre pasar trabajo. No es justo seguir manteniendo en el poder, sobre un trono de bayonetas a quienes nos han sometido al empobrecimiento.

Parte fundamental y fundacional de este esfuerzo que tocará hacer en el futuro, será la de poder despolitizar a las Fuerzas Armadas y ayudar, todos, a que esa institución sea el orgullo de los venezolanos, un lugar de excelencia, prestigio y sobre todo el pilar fundamental de la defensa de la soberanía nacional y de sus instituciones democráticas.

 

@pedro_mendez_d

En Tumeremo se empieza a acabar Venezuela, por Pedro Méndez Dager

EN MEDIO DE LA POSTRACIÓN A LA QUE NOS QUIERE SOMETER EL GOBIERNO, con las instituciones destruidas y silenciados la mayor parte de los medios de comunicación, algo terrible ha venido ocurriendo en el Arco Minero. Enfrentamientos armados que hacen comenzar a pensar en nuestro caso ya no como un reflejo de la Cuba pobre y oprimida, sino de El Congo pobre, oprimido y lleno de sangre, violencia y caos.

Los venezolanos vivimos horas dramáticas, tristes y monótonos. Los días se nos van en largas colas, trámites burocráticos, peregrinaciones buscando productos o peor aún: postrados en casa sin nada productivo qué hacer, solamente pescando alguna de las dádivas, de las migajas que caen de la mesa del festín del régimen. Pero en medio de tanta amargura no podemos permitirnos perder de vista algunos procesos que revisten la mayor gravedad para la existencia misma de nuestro país.

Los combates ocurridos en los últimos días en Tumeremo, en el Municipio Sifontes y alrededores, del estado Bolívar, dan cuenta de algo descomunalmente grave, en el proceso de disolución de Venezuela. Se están terminando de pulverizar las instituciones base de la existencia de nuestro estado-nación. Estamos dejando de existir.

Que un grupo guerrillero penetre varios cientos de kilómetros en nuestras fronteras, no a enfrentar a fuerzas regulares venezolanas sino a pandillas y grupos de mineros ilegales, sin que nuestras Fuerzas Armadas Nacionales puedan haberlo evitado, habla de la destrucción de todas las condiciones que definen la existencia de aquello a lo que llamábamos la República de Venezuela.

Por otra parte, estos sucesos anuncian un aspecto de la inmensa complejidad y dificultad de la tarea que nos espera, si es que llegamos conquistar una nueva oportunidad de construir la patria que dejamos destruir: hay que empezar por edificar nada menos que el gran y fundamental medio para ejercer el poder y la soberanía, es decir aquella institución en la que, libremente, delegamos el uso de la violencia para proteger nuestra paz interna y nuestra soberanía, las Fuerzas Armadas. Y después, tocará reestablecer esa soberanía que dejamos entregar y prostituir.

A quienes sirven en nuestras Fuerzas Armadas: otra Venezuela es posible, una donde nuestras fronteras sean infranqueables, desarrolladas y lugar de comercio que traiga prosperidad para todos, una donde los recursos naturales puedan ser explotados sin destruir el ambiente, una donde nuestra Venezuela sea respetada en el concierto de las naciones libres e integrada a nuestra región para generar empleo y prosperidad para todos. Una Venezuela libre, digna y justa.

 

@pedro_mendez_d

Los restos de la administración pública a punto de desaparecer, por Pedro Méndez Dager

 

Las informaciones que circulan en la Red, y los rumores, lo mismo que algunos de los titulares que aparecen en lo que resta de la prensa nacional, dan cuenta de una interminable sucesión de noticias que, a fuerza de ser frecuentes, causan un efecto contrario a lo esperado: pasan inadvertidas. Pero es inminente, el Estado venezolano colapsa día a día se desmorona peligrosamente bajo su propio peso, pronto no quedará quien apague la luz.

Así, por ejemplo, hemos sido advertidos de que “Los campos petroleros de Monagas, están desolados, por la renuncia masiva de trabajadores”.  Otra información reseña que “Venezuela, una de las más grandes reservas mundiales de petróleo, planea cerrar tres de sus más grandes refinerías debido a los recortes en el suministro de crudo y a la falta de personal”.  Pero similares situaciones se están viviendo en toda la administración pública, desde sus instancias nacionales hasta los niveles municipales: es un desplazamiento masivo de los servidores públicos hacia lo que sea. No se trata de que el sector privado esté absorbiendo ese recurso, porque allí se dan fenómenos análogos. Se trata de que la gente empieza a preferir quedarse en casa o utilizar el tiempo en conseguir la forma de “rebuscarse” con más ventaja que en el sector público, donde recibe un pago ridículamente escaso, insuficiente e inseguro, además de los malos tratos, la permanente amenaza de despido para todo aquél que no se pliegue a las conductas y consignas que el régimen genera, en busca del único objetivo en cuyo logro ha sido efectivo: controlar el poder.

Con excepciones muy circunscritas, los sueldos y salarios y demás condiciones de trabajo, habían venido siendo tradicionalmente modestos, por decir lo menos, a lo largo de toda la era democrática, como suele ocurrir en todo el sector público latinoamericano, por una serie de razones bien conocidas, pero, de manera especial, aquéllas relacionadas con la perversión estatista de los gobiernos, el manejo cavernícola de la política económica, el gigantismo burocrático, el clientelismo y el primitivismo gerencial en la gestión pública. Pero lo que estamos presenciando en Venezuela, desde hace más de dieciocho años, es el paroxismo de todos los vicios tradicionales, y la introducción de prácticas peores aún, cuando muchos creíamos que tal cosa no era posible. El resultado es el fracaso frontal de todo el proceso administrativo, y la ruina no solamente de la administración pública sino, junto con ella, del país entero. El que nos dejen a los que consigamos resistir y no derrumbarnos será un campo de ruinas irreconocible y yermo, para una tarea descomunal que requerirá de muchos años de consagración y dedicación patriótica, de muchos recursos y de los mejores talentos de la patria venezolana. Mientras no ocurra el milagro, es del máximo interés salvar lo salvable de la Administración, de las garras de los cuerpos represivos y ejecutores de la tierra arrasada decretada por el socialismo. Para todos, tirios y troyanos, esa entidad tan poco comprendida, tan mal llevada y tan esencial para la existencia de una sociedad moderna como lo es el Estado, debe ser mantenida y reforzada. Porque la parálisis del Gobierno y de la Administración, ya no es una fantasía opositora: es una muy alta probabilidad, en una sociedad cuyo gobierno se ha empeñado en centralizarlo todo, y cuya gente se ha resignado a tolerarlo. No quedará quien arranque o vigile los generadores eléctricos, o mantenga a trancas y barrancas, el complejo de comunicaciones radioeléctricas, ya en estado de semi-parálisis y en proceso acelerado de retraso tecnológico; terminarán de quedar en coma los hospitales y todo el sistema de salud, y los alumnos que logren desayunar llegarán a edificios donde ya no está una buena parte de los maestros, ni de los administradores del sistema educacional; ni habrá quien procese los muy malos pagos de la seguridad social, ni lleve los controles de los contribuyentes, para no hablar de lo que pasará con los tribunales sin secretarios ni demás funcionarios, para procesar las órdenes del ejecutivo, o con las notarías y registros cerrados. El listado podría tomarse unas páginas más. Puede que esté llegando el momento en que ni siquiera se consiga quién le caiga a rolazos a los que protestan, de cuantos nos hemos empeñado en no escapar por Cúcuta, Maicao, Santa Elena de Uiren, los puertos o los aeropuertos.

Mientras tanto, se impone sobrevivir. Un resto milagroso de responsabilidad y decencia, de amor por Venezuela, debería hacer reflexionar a los administradores fracasados de esta posesión castrista en tierra firme, y comenzar, antes de su partida definitiva, a suministrar información y a buscar consejo en los sectores serios y altamente competentes del País no gubernamental, que los hay, para facilitar el inicio inmediato de la tarea titánica que le queda por delante a los equipos de gobierno que se atrevan a recoger el desafío.

No cabe duda de que la tierra arrasada y los pueblos aniquilados, son opciones estratégicas que les han resultado eficaces y bastante seguras, a los regímenes totalitarios del S. XX, en su empeño por desintegrar toda voluntad de resistencia y conseguir una sumisión incontestada, ante sus los dueños del poder revolucionario. Lo novedoso es que, noventa y dos años más tarde, nos haya tocado a los venezolanos en el S. XXI, y que, gracias a un complejo ideológico-psiquiátrico-político, esa tragedia socio política haya sido asumida e impuesta por una élite militarizada, sedicente nacionalista y revolucionaria, y que el diabólico procedimiento haya supuesto la entrega del “bravo pueblo”, en las garras de una mini potencia fracasada y paupérrima. Nada de lo descrito es producto de la fantasía. Abra usted la prensa de hoy o la de ayer, lo que queda de prensa coherente y encontrará información, afeitada y controlada, pero todavía suficiente, cuando menos para deducir la verdad de lo dicho.

A los funcionarios públicos que aún quedan, aun aquellos que alguna vez creyeron en la revolución la invitación es a cambiar, todos sabemos que un mejor país es posible. Es hora de pasar la página y salir de este desastre del que todos somos víctimas.  Llegó la hora de no seguir mirándose el ombligo o de voltear para otro lado: cada día que pasa hace más difícil y más dolorosa la reconstrucción. Hay que empezar desde los verdaderos, los más profundos fundamentos del proceso político, hay que cambiar el modelo y hacerlo de inmediato.

 

@pedro_mendez_d

A un año de la rebelión de la gente, por Pedro Méndez Dáger

 

Vivimos estos días el primer aniversario de la heroica rebelión de los ciudadanos venezolanos, su juventud, sus trabajadores, sus amas de casa, sus estudiantes y casi todos los sectores de la comunidad nacional, frente a la opresión política y la desintegración del país que los venezolanos habíamos venido construyendo en altibajos, a lo largo de dieciséis décadas largas, pero un pequeño grupo de oportunistas y demagogos, se ha empeñado en demoler durante los últimos veinte años.

 

No pasará y no olvidaremos el entusiasmo de aquellas semanas, esos primeros pasos en la rebelión de toda la gente, que iluminó de esperanza la tristeza y desolación del pueblo, con la valiente juventud venezolana en primera fila, reclamando la reconstrucción de las instituciones pulverizadas por una tiranía al servicio de Cuba.

Fue una rebelión pacífica, que trajo de vuelta a nuestras calles, algunas de las más descomunales manifestaciones que hemos protagonizado los venezolanos, en el empeño de no dejar perder la República. Una rebelión desarmada, que puso en las autopistas y avenidas, a vibrantes multitudes de gente de todas las edades, pero, en especial, a los jóvenes que señalaron un rumbo al enardecido pueblo en ejercicio de su genuina voluntad democrática.

Por momentos, aún en medio de las neblinas asfixiantes, se apoderó de nosotros la sensación de que teníamos de verdad el destino en nuestras propias manos; de que estábamos muy cerca de reconquistar la libertad y la autonomía democrática que nos habían arrebatado, de que el gran objetivo estaba al alcance, de que valía la pena el riesgo y la infinidad de sacrificios de todas las dimensiones y de que unos cuantas movilizaciones más impondrían las condiciones para llegar, por fin, al logro de los objetivos.

Luego vino el andar y el desandar, en medio de las nubes de humo tóxico, penetrado por las luces relampagueantes de las motos usadas para la represión, en medio de las explosiones, el sonido de los diésel de las tanquetas adquiridas, con dineros que no fueron nunca a los hospitales, a los preescolares, a los comedores escolares, a las universidades, ni a los modestos salarios de la buena gente de la Administración Pública; el estar plantados frente a los fogonazos de las armas de fuego, los gritos de la multitud ante la caída de los heridos, la alternancia normal entre el coraje y el miedo, el entusiasmo y la sed, las intoxicaciones y los heridos, las escapadas y los regresos… Y el frenazo repentino del liderazgo, una vez que el entusiasmo empezó su normal declive, como efecto acumulado de una permanencia en la calle y en la protesta, portentosamente larga y poblada de víctimas, represión, pero, sobre todo, de héroes.

Para muchos de los marchantes, quizá con excepción de los muy jóvenes, el recuerdo de 2002, nos hizo creer que se repetiría el fenómeno y que las fuerzas decisivas –principalmente los restos de aquellas fuerzas que habitan los cuarteles, y que alguna vez fueron las Fuerzas Armadas de la República de Venezuela, se pondrían en marcha e impondrían la liberación de la tiranía y el retorno a la democracia, ante la evidencia de la masiva y constitucional rebelión pacífica de la gente.  No ocurrió. No se atrevieron. Ganó el control de los comisarios de Cuba.

Y con el frenazo de la gente en marcha, la decepción y la frustración. Algunos de cuantos estuvimos en casi todos los escenarios de Caracas y de aquel liderazgo callejero en todas las ciudades del interior,nos hacíamos pocas ilusiones acerca de lo que es capaz de hacer la tiranía, sometida como está a la presión de agentes externos aún peores que ellos, quizá porque supimos, en cierta medida, cuál era la magnitud de las dificultades, de las limitaciones propias y, sobre todo, de los incentivos de quienes se mantienen haciendo negocios a costas del estado venezolano.

Bajo las circunstancias, el fervor fue transitoriamente disminuyendo y llegó el final de aquella increíble cadena de manifestaciones. Nada quita, sin embargo, del ambiente posterior, la sensación de que, en conjunto, las direcciones superiores de los partidos de la Oposición, se fueron poniendo al margen y terminaron por imponer una retirada de las calles. “Ustedes apagaron las calles” es la frase que nos arrojan a la cara, a nosotros los políticos, muchos ciudadanos. Por el momento, un año después, llueve sobre los dirigentes jóvenes de los partidos democráticos, la crítica de que nos dejamos convencer y de que aceptamos reconocer la necesidad de una retirada táctica, de las calles. “Ustedes no se cuadraron con nosotros”, recriminan todavía muchos de los más fervorosos partidarios de las grandes marchas de la primavera 2017.

Es, además, correcto afirmar que no se ha terminado de hacer el balance de aquellas largas y heroicas jornadas, y quizá éste no sea todavía el mejor de los momentos para dar prioridad a la documentación y el estudio objetivo de lo ocurrido. Sin duda, es necesario dejar ahora el resto de aquella importante tarea a los historiadores y a los buenos científicos sociales.  Sin embargo, aquí, al borde de las trincheras, es imprescindible hacer el balance técnico de lo ocurrido, para afinar la estrategia, que es y debe ser una. Porque donde hay varias ¨estrategias¨, no hay estrategia.

La luz reencendida en abril de 2017 no se apagó y no se va a apagar. Éste es el primer cumpleaños, y de pronto para encender millones de luminarias, que ratificarán la decisión de conquistar la democracia republicana y de reemprender la construcción de una Venezuela libre, digna y justa para todos.

No le quepa duda al tirano y a su pandilla de asociados: los ciudadanos volverán a las calles. Volverá la juventud a llenar de coraje y alegría la marcha incontenible de la gente en la reconquista de la libertad. La sangre derramada no habrá corrido en vano. Con más y mejor información, con más ilustrados cuadros de dirección, mejor informados sobre la naturaleza y las dimensiones reales de la tragedia, ¡Volveremos! El proceso en marcha hará que la conducción política reconozca a fondo causas profundas y los ingredientes delincuenciales de la tiranía que nos oprime. Nuestro rol, el del liderazgo y el de todos los ciudadanos debe ser organizarnos, entendernos y unirnos en la solidaridad. Germina en las comunidades una rebelión descomunal, incontenible, reivindicante, redentora. ¡Volveremos!

 

@pedro_mendez_d

La construcción de Venezuela: una tarea colosal, por Pedro Méndez

 

I

Primero lo primero

Más temprano que tarde y al menos en algunas de las etapas previas, desde ahora mismo, a nosotros, el pueblo venezolano amante de la libertad, del progreso, de la modernidad y de la democracia, se nos viene encima una tarea de dimensiones planetarias: la construcción de Venezuela. Y digo construir y no reconstruir pues quizá sea mucho más lo que quede por construir, que lo que podamos rescatar, no tanto en la obra física cuanto en la estructura administrativa, en el proceso económico, en la gestión y garantía de la seguridad de las personas y de la nación como un todo. En definitiva, en la construcción y ejecución de una nueva visión de país.

Pensando en el futuro, en las condiciones en las que nos toca comenzar y en las potencialidades que tenemos, esta visión podría proponer: una clase media grande y próspera, el negocio petrolero abierto, servicios de calidad para todos y el país descentralizado. Un proyecto factible y realizable en una generación, pero que podría ir dando resultados a la vuelta de unos pocos años.

Pero primero lo primero. Es esencial y urgente comenzar por construir y garantizar, un frente amplio fundado sobre la solidaridad entre los demócratas de verdad. Un frente competente, informado y bien comunicado, con unidad de comando y capacidad de reacción. Se nos puede estar haciendo tarde para este esencial e imprescindible requisito, y es necesario y honesto aceptar que aquí nos hemos venido equivocando. ¿Cómo conseguirlo? Está claro que la posibilidad de éxito pasa por que en las reuniones donde se planifican las más trascendentales decisiones, no puedan, no deban ser incluidos ni aceptados aquellos elementos que siguen siendo presa de las dudas y de las connivencias por acción u omisión con el régimen.

Después vienen muchas áreas de acción por tomar en cuenta y someter a una planificación rigurosa. Unas parecen evidentes para todos. Otras de las que apenas hablamos, pueden ser esenciales, entre ellas deschavización de nuestra cultura y nuestro lenguaje. Esto incluye derribar los mitos sobre las razones que explican la pobreza y por qué estamos como estamos, los nombres y adjetivos con los que nos llamamos a nosotros mismos, a nuestra Patria, el nombre y la verdadera historia de nuestra democracia. Darle respuestas modernas y desarrolladas a los fenómenos que el socialismo explica desde el resentimiento, las fábulas ideológicas que ya constituyen un fracaso planetario, y los complejos.  Podrá resultar una curiosidad comenzar por un hecho cultural, pero la verdad es que no son pocas las consecuencias haber sido, por más de 25 años, objeto de un bombardeo sistemático y de un lavado de mentes bastante exitoso, amén de los mitos y prejuicios que ya traíamos desde el pasado.

Por el contrario, debemos avocarnos a la reconstrucción de la confianza que quiso destruir el régimen mediante la lucha de clases y la polarización impuestas artificialmente. Confianza que es la base de otro elemento por fomentar: nuestra capacidad para asociarnos, para construir redes y tejido social que nos permita, por fin, resolver en las instancias medias de la sociedad todos los problemas que podamos sin tener que depender del estado. Asimismo, proteger a la familia. Que cada madre y padre puedan levantar a sus hijos y un hogar digno y propio, que permita a cada niño venezolano las condiciones necesarias de afecto, seguridad, nutrición y educación. Estas son las bases de la necesaria reunificación nacional.

Otra prioridad, será repensar y construir los nuevos sistemas y medios de seguridad, con énfasis en la reversión de la ruina en la que están dejando a las Fuerzas Armadas. Ruina que se refleja no tanto en su dotación y equipamiento, sino en valores, ética, disciplina, sentido del país, concepción de sí mismas y de las instituciones democráticas, cultura, instrucción, educación, salud y un largo rosario de carencias, cultivado y programado por los colonizadores cubanos y aceptado por una importante fracción de su oficialidad. Pero, sin duda, también debe ser repensado y dignificado todo el sistema de inteligencia, todas las policías y cuerpos de investigación.

Luego debemos repensar la educación, esa parte esencial e imprescindible en la Venezuela por hacer, pieza esencial de la que no queda mucho en pie. Quizá esta parte de la tragedia podamos reinterpretarla como una gran oportunidad para no volver a los vicios y limitaciones del pasado, y repensar la educación de la Venezuela de nuestros sueños, con la mente puesta en las conquistas de la educación de los países punteros en este arte. Poner como prioridad la educación y no tanto los intereses de los sindicatos, priorizar los sistemas de evaluación de los profesores y considerar opciones como los sistemas de vouchers para el financiamiento del costoso sistema educativo.

Repensar las instituciones, con énfasis y urgencia en el delicado estado de ruina en el que nos dejan el poder judicial, para evitar los vicios del pasado remoto, suprimir de raíz la podredumbre material y la corrupción moral en la que la sumió el transitorio régimen socialista. Darnos también un parlamento que sea realmente la casa de los ciudadanos, en el que dos cámaras puedan revisar los temas nacionales sin perder de vista las necesidades de las regiones y las ciudades. Y, al otro lado, en Miraflores, un Ejecutivo de venezolanos ilustrados, competentes y democráticos, capaz de organizar, promover y conducir la inmensa tarea de construir la nueva y reunificada Venezuela.

Y, claro, también, y con las urgencias técnicas del caso y a la medida de los recursos que irán llegando, acometer la descomunal hazaña de construir para nuestra Venezuela una casa nueva: sus ferrocarriles, metros, puertos, aeropuertos, autopistas, carreteras, vías de penetración y sistemas de agua y electricidad actualizados, con la mirada puesta en las tecnologías punteras, que asombran al mundo. Todo lo anterior como escenario propicio para una economía lanzada al futuro: la economía global, de los servicios y de la información, sobre la triple base de una agricultura pensada para los rubros en que somos competitivos, una industria moderna, coordinada con la industria petrolera y sus encadenamientos y una base de libertad para emprender, donde la formalidad esté al alcance de todos y la moneda realmente refleje el valor de nuestro esfuerzo.

II

Un proyecto para todos: una clase media próspera, el negocio petrolero abierto, servicios para todos y el país descentralizado.

Dados los pasos esenciales, podremos dedicarnos como generación a un proyecto de todos y para todos. Un proyecto de país pensado, en primera instancia, para que podamos incluir en la clase media, a unos 25 millones de venezolanos en los próximos 20 años, gracias a un crecimiento económico sostenido, a una moneda estable que permita el ahorro y a condiciones suficientes para que muchas y muy diversas pequeñas y medianas industrias contraten a millones de venezolanos. Una clase media con acceso a educación de calidad, con posibilidades de ahorrar, de tener una casa propia  y de retirarse con tranquilidad. Las lecciones de los países desarrollados son dos: que solo una clase media vigorosa puede darle estabilidad a un sistema democrático y a instituciones avanzadas y que son las pymes las que generan empleo en masa para todos, no las grandes corporaciones y mucho menos el Estado. No importa la desigualdad tanto como la movilidad y el hecho de que las mayorías tengan acceso a una vida digna.

Servicios para todos es una consigna posible en un país con recursos hídricos suficientes, no solo para el consumo humano, sino para la generación de gigantescas cantidades de energía eléctrica. Industrias ambas en las que se debe buscar fórmulas públicas y privadas según el caso, según aquello que sea más eficiente para entregarles servicios de calidad a la gente. Un país petrolero y un país con una base de infraestructura educativa y de salud mínima, sobre la cual se puede y se debe montar un sistema mixto público y privado de educación y salud para todos.

El negocio petrolero abierto para todos. El dilema no pasa por privatizar o no a PDVSA. “La industria” probablemente nunca vuelva a ser lo que fue, pero el dilema no es si debe existir o no; el gran reto es abrir el negocio petrolero para que otras compañías nacionales y extranjeras puedan invertir en condiciones de seguridad jurídica y libertad económica suficientes. Es además necesario que dejemos de renegar de nuestro petróleo, que asumamos con orgullo que somos un país petrolero y que más bien desarrollemos los encadenamientos que permitan impulsar numerosas industrias asociadas. Debemos y podemos llevar nuestra producción petrolera a unos 7 millones de barriles diarios en los próximos 7 a 10 años y prepararnos poco a poco para que, promediando la próxima generación, el petróleo empiece su declinar definitivo.

El país descentralizado. Un país en el que la solución de los problemas esté cerca de la gente, en el que todos podamos participar en la toma de decisiones, en el que el estado central dependa de las regiones y de la gente y no exactamente al revés. Aspiremos a un país descentralizado, aprendamos del camino recorrido en los noventa, que acercó las competencias a los municipios y estados y que dinamizó como nunca la dinámica del poder y la hizo más democrática y cercana a todos. Descentralizar significa repartir mejor la renta petrolera, disminuir la burocracia central, permitirle a las regiones que se encarguen de sus puertos, aeropuertos, autopistas, de la salud preventiva, de la educación y de la seguridad. Avancemos, hacia un sistema de tributación petrolera desconcentrada y hacia mecanismos en los que Caracas dependa de la provincia y no al revés. ¿Nos atrevemos?

Descentralizar para acercar las decisiones y soluciones a todos, ofrecer servicios de calidad para todos, abrir nuestra gran industria a todos y así construir una clase media grande y próspera base de una sociedad libre, digna y justa.

No será una tarea sencilla. De hecho, es titánica. Es una hazaña hermosa, irresistible y perfectamente posible, a partir de la voluntad, la energía, el talento y, sobre todo, la solidaridad de dos generaciones de venezolanos que en parte siguen en esta Tierra de Gracia, y en parte regresarán, llenas de ideas, saberes y proyectos, desde un exilio que nunca debió haberse producido. Es un proyecto para todos.

@pedro_mendez_d