democracia archivos - Página 2 de 115 - Runrun

democracia

La trampa que faltaba… Por Antonio José Monagas

TUVIERON RAZÓN QUIENES fustigaron la política cuando demostraron la futilidad que, casi siempre, acompaña sus ejecutorias. Sobre todo, en momentos en que sus operadores presumen de la fuerza de su gestión para rebasar las discreciones propias de las formalidades que se configuran bajo la praxis de la economía y del devenir del desarrollo social y cultural. Incluso, muchas veces, las pachotadas de individuos de tan reducida condición política, imponen sus intereses. Aunque algunas veces, a través de negociaciones, que bajo conveniencia forzada, imperan en contextos donde la palabra poco o nada se acata y respeta. Particularmente, cuando las mismas se trazan en terrenos de poder político donde se acostumbra a conceder espacio a la violencia. Ya sea por la fuerza, la amenaza o por la siembra del miedo.

Desde hace décadas, el populismo devenido en abierta demagogia viene aprovechando oportunidades para hacerse del mayor número de condiciones posibles con las cuales articular mecanismos de usurpación y falsificación política. En ese fragor, su praxis ha pervertido la moral pública tanto como ha trastornado situaciones propias de la funcionalidad administrativa y de la dinámica del poder político. En el curso de esas determinaciones, entra la sumisión en el sucio juego que su desenfreno bien sabe animar.

Es ahí cuando emergen circunstancias que incitan confusiones a instancia de oscuros intereses manipulados desde los mismos cenáculos del poder político. Sobre todo, en coyunturas en que los intríngulis del poder quedan al descubierto o desenmascarados dada la ristra de traiciones, detracciones, complicidades y transgresiones cometidas en desacuerdo con leyes públicas o acuerdos instituidos o reconocidos.

Es el problema que ocurre en ambientes que simulan el ejercicio de la política. Pero de una política disfrazada a duras penas de “democracia”. Es justamente el problema que se suscita cuando se juega equivocadamente con las libertades y los derechos consumados éstos con la impudicia que puede concebirse desde el sarcasmo, el revanchismo y el resentimiento. Es el problema que acompaña toda realidad política dictatorial.

Es, nada más y nada menos, lo que describió la farsa que acababa de jugarle el régimen usurpador venezolano al proceso de negociación que venía asintiendo el gobierno de Noruega en pos de conciliar criterios que, supuestamente, buscaban dirimir la grave crisis política venezolana. Sin embargo, lo que recién se advirtió con la reunión de los presuntos negociadores del régimen y advenedizos en nombre de la oposición venezolana, reveló lo que se venía venir. Y fue que más pudo la avaricia del régimen dictatorial, que lo que pesa bajo su supuesta administración de gobierno. Es decir, el soterrado y abultado caos que vive la salud, los servicios públicos, la alimentación y la calidad de vida del venezolano.  

Tan obscena trastada, puso de relieve no sólo la grosera avaricia del régimen por seguir obscenamente enquistado al poder. Sino también, la descarnada voracidad  de una oposición minoritaria que mejor pareció ser la representación más indigna de adláteres del oficialismo en situación de pesadumbre. O de quienes por padecer la distancia de las apetecidas y tentadoras mieles del poder, se atrevieron a saltar con el mayor  descaro la barrera del pudor político (talanquera), trasponiendo los límites de la vergüenza.

Es lo que dio cuenta el desarrollo de los hechos que vivió el país político el pasado 16-S cuando la desfachatez retrató a reconocidos personajes en abierto perjurio. O mejor dicho, en el curso exacto de una traición no más a la patria, que a los valores de la democracia y a las esperanzas de una población acontecida por la soberbia de un régimen represivo, traidor, corrompido y abusivo. Lo que quedó evidenciado del encuentro dado en la Casa Amarilla, entre facciones de la politiquería rastrera, fue un acto de inmoralidad propio del más mezquino oportunismo.

Pero igualmente, propio de cual montaje de teatro sacado de una novela manchada de sangre. Propio de algún juego deshonesto, viciado y contaminado de un fraudulento poder. Propio de un absurdo obligado a ser convertido en desastrosa realidad. Propio de cual iniciativa desviada por el carácter despreciable que inmediatamente alcanzó. Fue, infelizmente, la trampa que faltaba… 

 

@ajmonagas

Chile y su transición a la democracia

EL PASADO VIERNES 6 Y SÁBADO  7 de septiembre, estuvo en Caracas el chileno Claudio Orrego, como parte de una iniciativa que Reacin (Red de Activismo e Investigación por la Convivencia), en conjunto con Diálogo Social, propicia a favor de espacios para el debate y la búsqueda de soluciones concertadas.

Orrego, dirigente estudiantil durante la dictadura de Pinochet, y quien fue, además, dos veces Alcalde del Municipio Peñalolén y Gobernador de la Región Metropolitana de Santiago, compartió su testimonio frente a estudiantes, grupos de diálogo y demás integrantes de la sociedad civil. 

El relato de Orrego no fue en aras de pretender que la salida de la dictadura, en el caso venezolano, debe ser una copia al carbón de lo que fue el panorama chileno. Por el contrario, entiende las diferencias de las realidades, pero enfatiza que la reconstrucción del tejido social, tal y como fue vital en la conquista de la democracia de su país, lo es también para Venezuela.

Afirmó, por otra parte, que la extrema vulnerabilidad política, social y económica, hace que la gente se reconecte. Por lo cual considera este un momento idóneo para promover escenarios que permitan escucharse y atender los problemas que, en medio de una crisis severa, no escatiman en ideologías políticas.

La visita de Orrego forma parte de un movimiento que Reacin ha venido articulando a fin de promover una salida no violenta para Venezuela. Este año, en la misma línea, Hassine Abassi, tunecino y Premio Nobel de la Paz, visitó el país de la mano de la organización. Y el año pasado, fue José Luiz Ratton, sociólogo y experto en seguridad pública, quien desde Brasil vino a Venezuela a compartir sus experiencias entorno a la violencia. 

 

Ni dictadura, ni violencia

Cuando tenía 7 años, su papá político opositor al entonces gobierno de Salvador Allende, fue amenazado de muerte. Y años después, en 1978, después de que su papa publicara un libro del asesinato del ex canciller del fallecido presidente, nuevamente su familia fue víctima de un atentado incendiario en su casa, esta vez a manos de la dictadura de Pinochet. 

Así, despertó en Orrego una conciencia política que se combinó, en poco tiempo, con el pleno entendimiento de que el respeto a los derechos humanos y la democracia eran las cláusulas no negociables del contrato. No en balde, afirma, ha dedicado gran parte de su vida al servicio público.

Fue hasta 1983,  año álgido para Chile en lo que a movilizaciones sociales se refiere, que Orrego manifestó una clara postura de no violencia, incorporándose al Movimiento contra la Tortura Sebastián Acevedo, grupo de personas que en medio de fuertes represiones por parte de cuerpos de seguridad de la dictadura, respondían de manera pacífica a través de proclamación de consignas en defensa de los derechos humanos, cantos y oraciones. 

 

El encuentro en una necesidad común

 A finales del año 1973, la Iglesia Católica en Chile, lidera un movimiento que defiende los derechos humanos de los perseguidos, muchos de los cuales eran tajantes opositores a la propia iglesia. 

A partir de allí, se comienzan a documentar casos que ponen a Chile en ojo de la comunidad internacional, dando los primeros pasos hacia la salida del régimen autoritario.

En el año 1982 comienzan las protestas masivas encabezadas por los trabajadores. Y tras esto, un primer acuerdo político llamado Movimiento Democrático Popular (MDP), conformado por sectores de la oposición —Partido Comunista de ChilePS-Almeyda y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), más unas facciones de la Izquierda Cristiana y el MAPU—.

Tras el paro nacional de 1986 y un atentado militar en contra de Pinochet que no prosperó, un acuerdo nacional —auspiciado por la iglesia — es firmado  en 1987 por gran parte de la oposición y el sector de derecha más liberal. Estos últimos, siendo partidarios de Pinochet, suman su voluntad hacia una transición a la democracia.

Si bien este acuerdo no tenía ningún poder vinculante, era una clara declaración de propósito de una clase política que se negaba a cruzarse de brazos.

 

El plebiscito: un nuevo desafío

La discusión en torno al plebiscito dictaminado por Pinochet, tocó las entrañas de la oposición.  

Sin registros electorales, sin libertad de prensa y con los partidos políticos proscritos, el escepticismo y la desesperanza pretendían ganar terreno.

Sin embargo, salvo el Partido Comunista, que siempre mantuvo una lógica de insurrección militar, todos estuvieron de acuerdo con participar. 

Fue entonces cuando empezó una voraz campaña para activar a la gente a inscribirse en el registro electoral. Y los resultados, exitosos, arrojaron que un 98% de la población en edad de votar, se inscribió. La reserva democrática, en palabras de Orrego, permanecía latente.

Fue el año de la disolución del MDP, y la creación de la Concertación de Partidos Políticos por el No, conformado por 16 partidos. Era el antecedente de la Concertación de Partidos Políticos por la Democracia.

 

La alegría ya viene

La campaña, tras la victoria de la movilización social al registro electoral, no podía erigirse sobre las tragedias moldeadas por el régimen. No podía despertarse el miedo, ni mucho menos la desesperanza. La alegría ya viene, fue el entonces nombre de la campaña que gritaba un “no” rotundo a la dictadura.

Con un gran despliegue de trabajadores en las mesas electorales, y en medio de la incertidumbre por saber si Pinochet iba o no a reconocer los resultados, a las 5:30 de la tarde la oposición da un primer boletín con tendencia irreversible a su favor.

Pero no fue sino hasta alrededor de la media noche que el entonces Jefe de la Fuerza Aérea, Fernando Matthei, anuncia oficialmente el triunfo del no, previo a entrar a una convocatoria de emergencia de la Junta de Gobierno.

 

La transición  apenas comenzaba

Tras el plebiscito de Pinochet, el demócrata cristiano Patricio Aylwin, la cabeza de la Concertación de Partidos Políticos por la Democracia, fue elegido presidente. Fue, con ese triunfo, que empezaba la transición.

Aylwin, según lo expresado por Orrego, tuvo que sentar su liderazgo sobre reflexiones que nadie quería escuchar, entendiendo que solo sentándose con todos los representantes de los sectores políticos, era posible una verdadera democracia.

Para Orrego, se trató de una cadena de desafíos de la sociedad civil y la clase política. No hubo ningún esfuerzo aislado, todo en sinergia, terminó por permitir el derrocamiento de la dictadura.

 

El verdadero reto del día después, por Armando Martini Pietri

LAS INMENSAS POSIBILIDADES pronosticadas sobre la Venezuela que comenzará después del cese la usurpación, pueden ser ciertas, siempre y cuando se extinga la cohabitación con quienes demolieron y arrasaron la nación. Lo más importante no será la reconstrucción de obras, agilización de la economía, redimensionamiento de escalas salariales, relanzamiento de servicios públicos con acento en los suministros de electricidad, agua y gas. Las telecomunicaciones para sacarlas del ruinoso y vergonzoso atraso, rescate a fondo de la industria petrolera, reorganización de las relaciones internacionales, re-institucionalidad de instituciones, devolver la independencia a los poderes, todo al mismo tiempo, porque todo, es prioritario y nada tiene tiempo que perder. Labor colosal, para gigantes, habrá que hacerla, incluso la delicada y comprometedora tarea del refinanciamiento de la indescriptible y no auditable deuda externa e interna que tiene lo que el castro-madurismo llama Estado, más bien, vergonzosa catástrofe, para no comentar la compleja labor de coordinar el regreso de millones de ciudadanos, de todas las edades, oficios, experiencias y necesidades que se han ido a otras latitudes en busca de vida, quienes no pueden regresar a pasar trabajo, hambre y carencia, hay que prepararles una patria digna a la cual valga la pena retornar para reconstruirla.

Pero hay dos condiciones que deberemos poner en práctica.

Una de las ventajas fundamentales de la democracia es que todos estamos en el deber de meter el hombro, aunque pensemos diferente. Para levantar una gran nación no importa cómo se delibere si empujamos, y sumamos esfuerzos para estimular, influir y provocar una patria libre, democrática, satisfecha, plena de oportunidades. Así creció la Venezuela que tuvimos, criticamos, amamos hasta hace veinte años. Partidos políticos con ideologías diferentes, líderes que tenían interpretaciones y propuestas, buscando respaldo popular, unas veces en el poder, otras en oposición. Para todos, la patria era una, el propósito central el sostenimiento de la democracia y desarrollo del bienestar. Fue así como Rómulo Betancourt, por ejemplo, derrotó conspiraciones civiles y militares, creadas en el país, e importadas de la Cuba castrista y República Dominicana del dictador Rafael Leónidas Trujillo.

La otra actitud, y así, “actitud”, es la educación.

No es ir a los planteles, a estudiar gramática, historia, geografía, matemáticas, química, física y demás exigencias, guías y bases necesarias, ni es sólo ir a la escuela primero, al liceo después y luego a institutos, academias, universidades porque necesitamos médicos, ingenieros, abogados, economistas, periodistas, científicos, biólogos, informáticos y el amplio etcétera profesional moderno.

Es todo eso y la formación personal, entrenar nuestras mentes, pensar, razonar para tener principios, objetivos, analizar y no dejarnos convencer por palabreríos insulsos, demagogia barata, charlatanes embusteros sino por razonamientos, convicciones, hechos.

Con una ciudadanía así educada, que cruce calles por donde se debe hacerlo, que no expectore en el piso, no bote desechos en cualquier lugar, sienta y cultive la convicción de la limpieza no sólo personal sino de su entorno, vecindario, ciudad, país. Que ceda el paso a menores, damas, y ancianos, cuando vaya a ingresar al vagón del Metro, entre en un ascensor. Ciudadanos que sepan racionalizar la paciencia y el orden en una cola; empleados públicos y privados que entiendan que no son amos del tiempo de las personas en fila. 

Ciudadanos con convicción de servir bien y adecuadamente, que tengan a orgullo esmerarse en sus obligaciones, entiendan el concepto real de “servidor público”, que no es bajar la cabeza sino levantar la dignidad y el mérito de servir.

Ésa es la labor que comienza en el primer segundo de la nueva Venezuela. La violación a los Derechos Humanos y usurpación deben cesar y llevarse con ella ese concepto perverso de “pájaro bravo” que tanto daño nos ha hecho. No podemos seguir siendo el país del Tío Conejo astuto, tramposo y aprovechador, sino el del Tío Tigre fuerte, trabajador, empeñoso. Ciudadanos que entiendan, razonen la necesidad y justicia. 

No se trata de ser ricos o pobres, se trata de ser, de verdad, buenos ciudadanos capaces de votar, elegir con inteligencia, no con emociones rudimentarias, que analicen propuestas y personalidades de los diferentes candidatos, porque en política y elecciones se mezclan emociones con razones igual que en la vida.

El trabajo más importante desde que se inicia el día después no es celebrarlo -y lo celebraremos, es un derecho que nos hemos ganado-, sino asumir la decisión de no volver a ser jamás sólo el país rico con mujeres bellas, desorden y picardía, sino el país de las buenas costumbres ciudadanas, de principios y valores, de mujeres y hombres educados para serlo.

Se agota el tiempo, las bases en las que se sustenta Venezuela se derrumban a punto de colapsar. El presidente interino caduca y no puede darse el lujo derrochando oportunidades, por el bien de la nación, debe deslastrarse de individuos inconvenientes. Comienzan a flaquear los apoyos, hay descontento, más grave, desconfianza en su entorno, por cierto, algunos bajo investigación. 

 

@ArmandoMartini

Entre holgazanes, arrogantes y fanfarrones, por Antonio José Monagas

PRETENDER UNA “REVOLUCIÓN”, no es asunto de agazapados, arrogantes o bravucones. Es un proceso que compromete la intelectualidad sobre la cual se yerguen valores de moralidad, justicia y verdad. Es un proceso que, dada su esencia y nivel de subsistencia, traspasa las fronteras de la economía, de la política y de la sociedad donde circunscribe sus acciones. Por eso cuando se habla de “revolución”, debe hacerse con la observancia que su acaecer merece.

De ahí que la historia, aún cuando no siempre ha sabido discernir entre revoluciones folkloristas y de seria envergadura, contempla casos de revoluciones de importancia. Así se tiene, por ejemplo, el caso de la revolución cultural forjada a partir de las tradiciones que hicieron de China, el símbolo de la cultura asiática. O de otras revoluciones que indistintamente del carácter que contuvieran, marcaron hitos que trascendieron los tiempos y acontecimientos.

Pero de eso, a lo que vulgarmente se ha pretendido en Venezuela llamando “revolución”, la brecha luce casi indeterminada. Precisamente, por la desproporción que hay entre una situación engrosada por una narrativa sin contenido, preparada para que sirva de cebo a ilusos, incultos, corruptos, violentos y furibundos, y otra situación concebida en la perspectiva de una realidad definida por libertades, deberes y derechos que encausen la igualdad, la tolerancia y la solidaridad. En un todo con los principios que fundamentan la vida en correspondencia con los estamentos que cimientan el andamiaje de la democracia.

Por eso, para la historia nacional venezolana, termina siendo un acontecimiento de insólita referencia, considerar la “revolución” que ha presumido el manido “socialismo del siglo XXI”, infortunadamente instalada en Venezuela, como el camino expedito, que a decir del discurso político de rojo trazado, ha buscado refundar una República en el contexto de una “(…) sociedad democrática, participativa y protagónica”. Así lo anunciaba la Constitución Nacional la cual para diciembre de 1999, le apostaba al replanteamiento de una Venezuela soportada en un “Estado democrático y social de Derecho y de Justicia” (Del artículo 2).

Sólo que luego de veinte años, los susodichos preceptos constitucionales cayeron en la desidia provocada por el descaro de un gobierno que desperdició groseramente inmensas oportunidades dispensadas por el fabuloso ingreso del mercado petrolero. Así, el país fue convirtiéndose en el terreno apto para el cultivo de las maledicencias, la corrupción, el delito, la venganza, el chantaje, el crimen y el ultraje político. Realidades éstas, animadas por el resentimiento, el odio, las apetencias y la soberbia de sus gobernantes cívico-militares.

Fueron estos los elementos fácticos que estructuraron la política gubernamental. Al extremo, que apagaron buena parte de las libertades, garantías y necesidades que le impregnan sentido a la vida del venezolano. Y además, tales actitudes fijaron el modo de accionar medidas de las cuales se ha valido el régimen para usurpar cualquier función de gobierno posible que conduzca a ganar el mayor espacio político o algún ápice de autoridad que le garantice enquistarse en el poder. A desdén, de las consecuencias que sus torcidas ejecutorias acarrearían y devinieron en trágicas realidades.

De forma que en esta retahíla de incorrecciones y trivialidades, degeneró la política revolucionaria, mal llamada “socialismo del siglo XXI” Razón por la cual, se han valido de aquella parte de la población que, desafortunadamente, cayó en el engaño de la “antipolítica”. Pues así lograron hacerse del poder las huestes que fantasearon en momentos en que la inercia de una historia buchona y bullanguera,  hizo de Venezuela el escenario para deparar sobre sus fauces el mejor espectáculo que en la desidia podía montarse.

Fue así también, como estos funcionarios de mala calaña, se aprovecharon de la gestión gubernamental convirtiéndola en el medio expedito para actuar con la demagogia que el tiempo de la política requirió para afianzar sus atrevimientos.

De esa manera,  el régimen diseñó la estrategia política necesaria para urdir cuantas posibilidades le ha permitido el aprovechamiento de situaciones en beneficio propio. Por tanto, puede inferirse que para haber escalado en su maraña de complicidades, el régimen se valió de una fuerza popular que, sin méritos, se ha prestado para validar  las condiciones necesarias para que el régimen se haya enquistado en el poder. Por eso exalta sin fundamento la presencia de un “pueblo”. Pero no “pueblo” en el sentido antropológico, ni sociológico. Menos, demográfico. Apenas ese tal “pueblo”, ha sido un grupo de vividores de oficio, apertrechados políticamente, carroñeros de camino, preparados para aupar y embrollarse entre quienes han sabido usurpar posturas y posiciones de gobierno. O sea, entre holgazanes, arrogantes y fanfarrones.

 

@ajmonagas

En defensa de la UCV, por Laureano Márquez

COMO EGRESADO DE LA Universidad Central de Venezuela, no puede uno permanecer impávido e indiferente ante este nuevo atropello a nuestra alma mater

La democracia es el mejor sistema de gobierno que se ha podido dar el ser humano a lo largo de la historia, es el que iguala a los ciudadanos, confiriendo a cada uno el mismo derecho a opinar sobre los asuntos que a todos nos conciernen en un complejo equilibrio entre justicia y equidad. Así como es el mejor sistema de gobierno, es también el más débil, si no hay tras él una visión ética de la política y un proceso de preparación creciente y sistemático de la población para la exigente tarea del ejercicio de la ciudadanía. 

La mayor debilidad que la democracia presenta es que democráticamente se puede optar por la extinción de la democracia al escoger una opción cuyos postulados sean la negación de la misma. Sucedió en la Italia fascista, en la Alemania nazi, también en la Venezuela chavista. Los caudillos no democráticos, lo primero que hacen al llegar al poder es desnaturalizar la democracia, convenciendo a la población -y a ellos mismos- de que la  aclamación popular sustituye a la democracia, de que al encarnar ellos la auténtica voluntad del pueblo, las votaciones son intrascendentes, por ello, cuando se hacen -si se hacen- deben blindarse los sistemas electorales para que no permitan que triunfe una opción diferente.

La existencia de la democracia no significa que todo deba ser sometido al voto popular. Por ejemplo, se cuestiona mucho en los últimos tiempos que se convocara, en el Reino Unido, a un referéndum para decidir la salida de la Unión Europea. Someter un tema de tal trascendencia a las pasiones del momento no fue una buena idea. Terminó ganando una opción que dividió al país y complicó las cosas para todos, incluido el propio Reino Unido. El liderazgo democrático debe implicar también un ejercicio de formación ciudadana. La enemiga principal  de la democracia es la demagogia. 

Hay temas e instituciones que requieren de una ponderación que también es democrática.  ¿Se imaginan los lectores -por ejemplo- qué consecuencias tendría para la justicia que los jueces fuesen electos con campañas electorales? Aunque los jueces sean electos, se busca para ellos un sistema de elección que pondere su capacidad académica, jurídica y profesional para el cargo. Se busca -en teoría- que lleguen los más capaces y justos y no los más populares. Ideal sería una democracia en la que el pueblo eligiese también a sus mejores jueces, pero en la realidad no es usualmente así.

Algo similar sucede con las instituciones académicas. Su democracia es de una naturaleza diferente porque se intenta que en la elección de sus autoridades, la preparación, la capacidad, la trayectoria académica tenga un peso específico en función de la propia esencia de la institución. Por eso, en las elecciones universitarias se da mayor peso en la votación al académico e investigador de larga trayectoria que al estudiante recién inscrito. Tiene lógica, se supone en teoría, que el primero debería tener un mayor conocimiento de los requerimientos y necesidades de la universidad. Dicho en otras palabras: en ciertas instituciones es más democrático (para su existencia y supervivencia) que haya algo menos de democracia, aunque suene contradictorio.

Los togados que se hacen pasar por Tribunal Supremo de Justicia, consideran que en las elecciones de la Universidad Central de Venezuela debe haber voto igualitario. Es su último desesperado intento  de destruirlo todo, se pretende también acabar con nuestra universidad. Las instituciones académicas de Venezuela, con la UCV a la cabeza no se han doblegado ante el régimen, han sido por el contrario centros de resistencia, casualmente en defensa del sistema democrático.

Es comprensible que la universidad represente el principal enemigo para un régimen que en su esencia y existencia es contrario a la razón.

 

@laureanomar

 

Juan Guaidó desde Guárico: La democracia no es un regalo, siempre va a estar en juego

EL PRESIDENTE ENCARGADO de Venezuela, Juan Guaidó aseguró que la lucha en el país es por recuperar la democracia y la normalidad.

En un recorrido por San Juan de Los Morros, en el estado Guárico, el también presidente de la Asamblea Nacional señaló que los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro prefirieron invertir dinero en otro países y en importar comida antes que invertir en el campo, “ustedes lo saben, cuánto no destruyeron Guárico y los llanos venezolanos”.

Guaidó señaló que el trabajo continua y que “no podemos decir que hemos ganado mientras siga la usurpación, no podemos decir que hemos ganado porque somos mayoría o porque nos reconoce el mundo”.

Agregó que será “suficiente” cuando se cumplan las tres premisas del cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres. Alertando también que la democracia no es gratis ni un regalo, “de hecho, la perdimos. La democracia siempre va a estar en juego”.

“Yo escuché muchas veces ´si no trabajo no como´, esa es una media verdad porque si no trabajo no me supero, no puedo ayudar a mi familia, pero ya hoy sabemos que sin democracia no comemos”, expresó ante los guariqueños.

El presidente encargado ratificó que el objetivo es que los venezolanos puedan vivir de su sueldo y no esperar a un subsidio o una caja de comida mensual. “¿Quién quiere estar esperando todo un mes una caja de cartón?”, se preguntó.

Foto: David Dittmar y Alfredo Lasry

Guaidó es lo que nos queda de república, por Elías Pino Iturrieta

EN OTROS LUGARES HE TRATADO el asunto del desmantelamiento de la república, para presentarlo como tema crucial de la actualidad venezolana. No hay democracia, ni libertad, si no existe el domicilio que las custodia. La democracia y la libertad no son plantas que florecen a la intemperie, sino productos de un establecimiento creado especialmente para cuidarlas a través del tiempo. Sin el sistema de frenos y contrapesos que se ha construido desde la antigüedad, y que se ajusta a la solicitud de cada época, los principios de la sociabilidad llamada republicana languidecen y desaparecen sin remedio.

Es un problema que no se aprecia a primera vista debido a que, como no hay reyes coronados ni estamentos nobiliarios como los del pasado colonial, nos sentimos no solo como republicanos, sino como creadores y custodios de una república moderna desde el siglo XIX. No advertimos la desaparición progresiva de las reglas del juego, ni su remplazo por sus enemigos jurados: la arbitrariedad, el personalismo y la enemistad con la deliberación. Son los rasgos dominantes del país desde el advenimiento del chavismo, que ha logrado liquidar los fundamentos de un modo de entender los negocios públicos planteado por los padres conscriptos y disminuido progresivamente, hasta el punto de que apenas se mantenga levantado solo uno de sus pilares.

Llevado a su máxima expresión el papel de Ejecutivo y del individuo que lo encarna, rodeada la cabeza del gobierno por una casta militar que domina sin tasa, domesticado el Poder Judicial, controladas las regiones por las decisiones inapelables de la autoridad central, asfixiada la posibilidad de comunicar libremente las ideas sobre los asuntos que incumben a la sociedad, ¿cómo pensar que hay un problema más trascendente en la Venezuela de nuestros días que el rescate de la república y la restauración del republicanismo? No hay posibilidad de que la democracia y la libertad vuelvan de nuevo por sus fueros, sin el trabajo previo de levantar el edificio desmantelado de una colectividad de ciudadanos capaces de asumir el compromiso de volver a los orígenes propuestos por los fundadores de la nacionalidad, que se mantiene en la fachada de la vida y en los rincones de la retórica, pero que no existe en el interior de un cuerpo social que no se ha dado cuenta de la magnitud de tal ausencia.

Pero el proceso de desmantelamiento llevado a cabo desde el advenimiento del comandante Chávez no tuvo ocasión de derrumbar una de las columnas del domicilio republicano, o no pudo atacarla de frente debido a la trascendencia histórica del adversario: el nexo de la ciudadanía con sus representantes reunidos en Congreso. De allí que, en medio del general destrozo de las fórmulas más caras y clásicas de cohabitación, se haya mantenido un vestigio del hacer republicano al cual nos hemos atado desde el nacimiento de la nación: la existencia y la influencia de una Asamblea Nacional que representa la soberanía nacional y que puede, por lo tanto, convertirse en fundamento de un reencuentro con el entendimiento de la vida y con las maneras cívicas de administrarla que forman el credo esencial de la patria venezolana desde su fundación.

Si tiene sentido la explicación, tenemos en Juan Guaidó, y en el poder público que provocó su elevación, el único vestigio de republicanismo que nos remite a una tradición venerable y a las luchas de los antepasados para custodiar la libertad e imponer la democracia. La raíz de su autoridad fue abonada en la única parcela de cuño republicano que se ha librado de la devastación chavista. Elegida por el pueblo en forma arrolladora, sede de los únicos debates de importancia política que pueden analizar con autonomía los entuertos domésticos, refugio de unos partidos que han limitado sus intereses específicos para llegar a un proyecto compartido, la Asamblea Nacional es el único hilo de la madeja en cuya permanencia puede encontrarse la esencia de una historia digna de memoria y retorno.

En su espejo podemos topar con la imagen del primer cuerpo colegiado de la Confederación, con los debates de la intrépida Convención de Valencia, con las empeños del Congreso asesinado por Monagas y con la resurrección del parlamentarismo en 1946, por ejemplo, fragmentos de una atalaya colectiva que se mantiene frente al antirrepublicanismo que la quiere borrar del mapa. Por consiguiente, la presencia de Guaidó, debido a que ejerce la presidencia del cuerpo y las funciones que la representación popular le ha encargado, merece una atención que traspasa la barrera de la actualidad para conectarse con sensibilidades primordiales de la sociedad, con capítulos sin cuya consideración la república puede llegar a un postrero abismo. Así debemos apreciarlo en la actualidad, pero también debe verse así él mismo, con el soporte de los colegas que lo pusieron en el cargo.

 

@eliaspino

El Nacional 

¿Qué significa “todas las opciones”? Por Ángel Oropeza

EN UNA DEMOCRACIA, LO QUE HAY QUE hacer para sustituir a un gobierno es perfectamente predecible, porque la alternabilidad y el cambio político son rasgos característicos y consustanciales con ella. La gente se organiza, expresa su voluntad soberana a través de mecanismos electorales, y todos respetan la decisión mayoritaria de los ciudadanos.

En una dictadura, por el contrario, el cambio de gobierno no solo está prohibido, sino que quienes lo intenten son considerados por los usurpadores como reos de delito. Por tanto, lo que hay que hacer para superar una dictadura tiene que enfrentar la inevitable incertidumbre de lo no predecible, pero además debe asumir la necesaria flexibilidad que requiere una lucha contra un enemigo que desconoce normas y escrúpulos.

Cuando la oposición democrática venezolana habla responsablemente de que en la estrategia de liberar a Venezuela “todas las opciones están sobre la mesa”, se refiere a la necesidad de enfrentar a la dictadura con todas las armas de la lucha cívica. Y en esta lucha, como en el ajedrez, todas las piezas cuentan. Es un grave error pensar que con solo una de ellas se puede ganar el juego. De hecho, si usted en el ajedrez mueve bien todas sus piezas, pero se equivoca con una, no importa lo bien que lo hayan hecho las demás, usted no va a ganar. Exactamente igual que en la lucha política.

La alternativa democrática venezolana tiene en su tablero de juego varias piezas simultáneas: la articulación social, la organización popular, la presión de calle, la protesta legítima, el trabajo político de socavamiento de las bases de apoyo del régimen, la presión y la acción internacionales, la docencia social, el acompañamiento a las luchas ciudadanas y la exploración sobre la viabilidad de mecanismos de negociación con el enemigo, por citar solo las más importantes.

Todas estas modalidades del combate político son complementarias e incluyentes. Unas son más visibles, públicas y evidentes; otras más propias del trabajo callado y sin estridencias, y algunas se desarrollan con el menor ruido posible, como corresponde a quienes enfrentan una dictadura. Pero todas son elementos necesarios de una misma ecuación, que deben ser combinados y coordinados con adecuada direccionalidad, de manera inteligente y simultánea.

Lamentablemente, cuando algunas personas oyen la expresión “todas las opciones sobre la mesa” piensan solo en la que les gusta y tienden incluso a satanizar a las demás. Es necesario, por tanto, seguir insistiendo: no se trata de una opción o la otra. Es una estrategia integrada, de adelantar y trabajarlas todas, porque todas las opciones se alimentan mutuamente y contribuyen al mismo objetivo. 

En el tablero del modelo fascista que hoy nos explota también hay varias piezas de juego. De ellas, hay tres de mayor peso e importancia, sobre las cuales descansa su esperanza de ganar el juego. En primer lugar, la represión y el uso de la fuerza bruta, con los cuales se busca quebrar la capacidad de resistencia de la gente y disuadir sus expresiones políticas a punta de miedo. Luego, el uso de los recursos del Estado para chantajear a los más vulnerables, obligándolos a canjear su dignidad por derechos que les son propios. Y, por último, la emisión sistemática de mensajes cuyo objetivo es generar desánimo, desunión y desesperanza en la población.

Aquellas son las piezas de la estrategia democrática. Estas últimas, las armas de la dictadura. Pero nótese algo importante. En esta etapa del combate por la liberación de Venezuela, hemos avanzado al punto de que ya nadie habla del símil de “David contra Goliat” para referirse a la asimetría de fuerzas de la oposición democrática frente a la tiranía. Hoy se usa, en cambio, la analogía del “choque de trenes” para describir la paridad de la coyuntura. Del lado democrático tenemos a la inmensa mayoría de la población, a casi todos los sectores sociales organizados, a la comunidad internacional y a la Constitución. ¿Qué tiene la dictadura? Recursos para chantajear y capacidad de represión y tortura.

Ante el choque de trenes, cobra más importancia que nunca la activación integrada y coordinada de todas –léase bien, de todas– las piezas y herramientas que conforman la estrategia democrática. Dejar de lado alguna por razones de popularidad, simpatía o argumentos subjetivos es simplemente debilitar las opciones de liberación, que al final de todo es lo que el pueblo pide a gritos y lo único que verdaderamente cuenta.

 

@AngelOropeza182

El Nacional