Armando Martini Pietri, autor en Runrun

Armando Martini Pietri

Una locura pensar en resignación, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini  

Es mentira que vamos bien, andamos mal y empeorando, nos enfermamos rodeados de miseria, pasando hambre y envueltos en la frustración. El régimen no puede profesar ovación por las calles vacías, porque no están desoladas, lucen repletas de coraje, voluntad de lucha, atiborrada de fe en la fuerza y empeño ciudadano. Que el Estado haya fallado, engañado, robado y maltratado, no es cuento nuevo, pero tampoco de resignación.

Lo hemos vivido a lo largo de nuestra historia, por estos e incluso más graves problemas. La guerra de Independencia y Federal no son simples fechas, sumaron años de devastación, tormento y angustia más allá de las sangrientas glorias de batallas, muertos, heridos, peste y hasta un terremoto devastador.

Con el mismo pueblo, pero una diferencia fundamental: los líderes que condujeron aquellos terribles caminos fueron próceres, héroes, se sacrificaron al frente, algunos se enriquecieron, la mayoría empobreció y murió en aras de grandes ideales.

Mientras que los que hoy gritan directrices y amenazas no erigen nada, son estafadores, proclaman ideales para ocultar villanías y corrupción. Esparcen crueldad y represión. No construyen, sino destruyen.

“La historia me juzgará”, exclamó con su habitual perversidad e intuición fabuladora el ignominioso líder de tiranías y tiranos Fidel Castro. Juzgado como el fracaso social y económico que ha sido su desgraciada e infeliz revolución. También, la historia reseña a quienes, con más codicia y menos brillo, afligen, patean y reprimen al venezolano.

Nuestros esclavistas, aparte de ladrones, verdugos e incompetentes funcionarios, son solo una parte del horror y errores, mientras quienes padecemos la eterna cuarentena del desastre, somos historia, con alzas y bajas.

Los nazis no pudieron exterminar a los judíos; tampoco los comunistas aniquilar a chinos, rusos, polacos, checos. Los chavistas, ideólogos de la piratería, son cleptómanos represores. No han podido ni podrán abatir el gentilicio y venezolanidad que procuran reducir al silencio.

Parecemos solitarios, pero no estamos ausentes. Somos perseguidos, paralizados, pero jamás rendidos. La lucha persiste, no de la boca para afuera como aúllan represores y malhechores, sino la del empeño de cada mujer y hombre para continuar, construir lo que destruyen sin compasión. Levantarse cada vez que nos golpean, trabajar con empeño y la firmeza que a lo largo de la verdadera historia nos caracteriza.

Independiente de lo grande que hayan sido Simón Bolívar, Francisco de Miranda, José Antonio Páez, Simón Rodríguez, Antonio José de Sucre y muchos otros; sin el apoyo de los venezolanos no hubieran podido ser libertadores. No importa lo codiciosos y cínicos que puedan ser los empuñadores del castrismo, sin nosotros no podrán destruirnos.

Aquí hemos estado siempre y ahora en buena parte del mundo; seguimos siendo el pueblo afable, de coraje, talento, principios éticos, valores morales, buenas costumbres. Y continuaremos siéndolo, no importan fusiles, poniendo cara, valor ciudadano, caminando en el presente para construir con optimismo el futuro que merecemos. No permitiremos nos lo quiten de las manos ni de la conciencia.

Quieren imponer un ambiente de conformismo, resignación y pesimismo, pero el que llevamos en la sangre y el espíritu es de confianza, convicción.

La política de presión del gobierno estadounidense está reduciendo flujos de divisas formales y legales que consiente la permanencia del usurpador. De profundizarse, el castrismo enfrentará situaciones críticas inclusive la de mantener a quienes los sustentan. La inexorable realidad hallará salida.

Habrá escapatoria a esta catástrofe económica, hecatombe política, calamidad social, destrucción de la honorabilidad, extravió ético y miseria de ideas. De la crisis por sectores pasamos a la general. Lo próximo que sobrellevaremos es colapso, nadie sabe cuándo. Pero eventualmente tendremos la república saludable que anhelamos para comenzar un proceso electoral participativo, transparente, democrático e imparcial.

Algunos demuestran pánico de enfrentarse, cuando se oponen al cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres, en ese orden; son cohabitadores colaboracionistas, se han burlado de la inmensa mayoría, tendrán consecuencias, correrán la misma suerte de sus compañeros de régimen. Enfrentaran la justicia y su justo castigo.

Un gobierno de emergencia nacional paritario es una oportunidad para torturadores, violadores de los derechos humanos, pranes, instituciones profanas, sanguijuelas y zánganos del tesoro público; pretensión absurda que no será tolerada por la mayoría ciudadana.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

No todo lo que rebrota reluce, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini  

Señalan los opresores, generales de calamidad, jefes de la ruina, que nos han convertido en pedigüeños y, peor, en ciudadanos resignados, que ¡sorpresa! hay un “rebrote” de coronavirus. Y toman medidas que apabullan aún más a los que estamos, por decirlo así, pegados contra la pared.

Del confinamiento “voluntario” se viene observando la destrucción en manos de indolentes que acentúan las acciones de control social, mientras sacan provecho de la ignorancia y conformismo inducido.

La covid-19 en Venezuela no es una desgracia, es parte de la desgracia. Otra muestra de los descuidos del castrismo invasor, chavismo anunciador de revolución partiendo de la desobediencia a los cargos e instituciones constitucionales. Derramando sangre, demoliendo gentilicios.

Engaño descarado a los ingenuos que creyeron en simples militares ambiciosos, de escasa formación y profunda inopia no solo de las ciencias, cultura en general, sino, peor incluso, de la realidad que los rodeaba. Ni siquiera supieron darse cuenta de que el tirano sinvergüenza que los abrazaba y susurraba codicias, era el mismo que pocos años antes apoyó sin reparo, ante el mundo, al dirigente contra el cual insurgieron y querían matar.

El coronavirus aparece, contagia, asesina a los débiles, retrocede y embiste mientras dirigentes castristas a diario hacen un balance de contagiados y fallecidos. Ocupados en resaltar que la mayoría de los casos provienen de países vecinos, como si la enfermedad, desidia de la sanidad y abandono de la salud pública tuvieran nacionalidad.

Han hecho revolución, pero de la destrucción en base a una terrible combinación: estrategia deliberada con indescriptible torpeza. Los comunistas acabaron con las naciones de las cuales se han adueñado porque igualar sobre ruinas y pobreza es conceptualmente la consolidación del Estado proletario.

Stalin hizo de la pobreza un arma de control; de la policía, legalidad represora y asesina; de los proletarios, masa alcoholizada y temerosa. En Vietnam el comunismo fue terquedad frente a los errores estadounidenses. Mao hizo del campesinado un acopio de esclavos. En la China moderna el comunismo borra al maoísmo, conserva el poder político y confía el crecimiento a la iniciativa privada. Mientras, Putin se aferra al poder tratando de que el petróleo le genere una economía sin depender solo de la venta de armas.

En Cuba y Venezuela el comunismo no es más que un pretexto para la propaganda manipulada, miseria y hambre resultado de la incompetencia, desacierto e incapacidad.

Mientras que en el mundo, los gobiernos atacan con mayor o menor eficiencia la pandemia, en la tierra de Bolívar solo piensan en dejar claro que los enfermos vienen de otras latitudes. Por eso les desestabiliza que la epidemia, en vez de descender con la larga cuarentena e indigencia, crezca. Y sacan a militares y policías a la calle.

Mientras Bolton hace fortuna escribiendo chismes, nosotros chismeamos haciendo colas, o negociando para que no nos golpeen. Cierran el siempre aglomerado metro sin pensar en el insuficiente transporte público para paliar los efectos de esa decisión. Sin embargo, la realidad se impone y obliga abrir al día siguiente. Mantienen en total incuria y desgano al sector agropecuario, que no solo tiene potencial para alimentar al país, sino para exportar y producir divisas. Y dejan caer la industria de mayores ingresos, la petrolera y la petroquímica.

Asaltan los partidos políticos en franca decadencia y, por contraste, convierten a ciertos dirigentes en los nuevos héroes. Restringen movimientos de la más brillante, coherente y respetada líder, la convierten en víctima y se presentan como hombres machos que golpean a mujeres por el pecado de ser más inteligentes que ellos; intervienen la economía sin tener más conocimiento del dinero que robarlo y esconderlo para vivir como pachás dentro y fuera de Venezuela.

Se ha desperdiciado año y medio, así como el apoyo internacional recibido. Lo más grave, hicieron lo posible por impedir una operación internacional de paz que liberase nuestra nación de la opresión, devolviese la democracia y libertad. No queda otra que continuar intentando, con diferentes actores y estrategias, dejando en el olvido el pasado cómplice, atiborrado de errores y fracasos.

Hoy no somos un país, ni siquiera una posibilidad. Solo un territorio de parlanchines, ofrecedores de milagros que llenarán sus bolsillos. Y de fantoches habladores de pendejadas que sobreviven porque se asocian con la tiranía. El rey Midas convertía en oro todo lo que tocaba, pero no podía comerlo y murió desesperado de hambre.

Quienes hoy nos gobiernan convierten lo que tocan o tratan de manejar en desecho, ruina y caca. Estas tampoco se comen.

El venezolano ha demostrado capacidad de resistencia, tolerancia a pesar del temor e incertidumbre. La ciudadanía empobrecida, enferma, presa en su propio país, sin futuro. Esclavos de la revolución bolivariana, sodomizados por los herederos de quien sembró afrenta y deshonor.

Parte importante de la fortaleza de regímenes autoritarios se construye sobre errores, omisiones o acciones de quienes se le oponen.

 

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El contrapuesto silencio, mutis antagonista, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini  

En este mundo de virtual locura comunicacional, reino del internet y redes sociales, Venezuela se va disolviendo en el ruidoso mutismo de tiranos y antagonistas. No hay palabras ni conceptos. Lo que escuchamos es retumbo de la decadencia, ecos del silencio.

La realidad impone condiciones diferentes de hacer política: que sea auténtica, coherente, respetuosa, seria. Que rinda cuentas, que sea motivadora, que inspire confianza, seguridad y, sobre todo, coraje. Solo así ganará representatividad y credibilidad.

¿Para qué referirnos al régimen usurpador? Es sabido que la delincuencia hace ruido para que miremos en otra dirección mientras roba en la oscuridad. Y a veces sin recato, en la claridad del día. En las cárceles se escuchan gritos y gemidos, resuenan la angustiosa incertidumbre, el dolor y el fracaso, sigilo murmurante de la derrota. Mientras que en las calles reina la escandalosa anarquía, sordina de la confusión.

Años de ofertas, frustraciones, cambios de rumbo, repetición de errores, similares promesas en bocas diferentes, y de otras perennes tan elásticas que se adaptan a los nuevos bocazas. Tratan de mostrar perseverancia obligada y unidad de chantaje mientras envejecen chapoteando en el mismo charco, es en realidad una afonía rebosante de vergüenzas.

Sectores rivales desaparecen, pero siguen como vicio oculto. Los mismos en la historia de la humanidad porque no se han inventado perversiones ni pecados nuevos. La conocida aversión, que no es sino hipocresía ofreciendo libertad y bienestar, ha mutado varias veces de rostro. Caretas van y vienen, pero el mensaje confuso, impreciso, desordenado, armado como el meccano de un débil mental, es el mismo con alguno que otro mensaje diferente, originalidades ocasionales.

La diferencia entre antes y ahora, o son ellos ni sus partidos, es el presidente de los Estados Unidos. El golpe de Estado entre ridículo, cómico y solitario con cara desconcertada y sorprendida recuerda a aquél aparatoso, que envió a Chávez a La Orchila, para después traerlo porque nunca lograron ponerse de acuerdo en qué hacer con el poder.

Quienes dudan de la invasión controlada por el chavismo fueron sectores que, a pesar de las advertencias, se dejaron infiltrar. No se entra en una casa si no se dejan las puertas abiertas o ventanas mal cerradas, no se sientan asaltantes en la sala si no los permite el dueño, esté o no apuntado por pistolas y puñales.

Algunos han desplegado elipsis irresponsables ante banderas extranjeras y guías perversas. Se critica sin organizar firmezas ni contraataques y, por eso, somos obedientes empleados de uno de los dos más miserables países de Latinoamérica.

No vale la pena analizar porciones rivales por sus ruidos desorganizados, nunca lograron consistencia suficiente para ser una opción real. Hay que considerarla por lo que ha producido, militares atrincherados que obedecen, partidos que se muerden las colas y apenas una mujer con más coraje, perseverancia y coherencia que todos juntos. Ni siquiera hay que indagar por la tiranía a la cual afirman enfrentarse, lo es solo porque no tiene oposición organizada y frontal capaz de derribarla.

Quienes monopolizan son parte del chavismo, y su desplome debilita al régimen, se autodestruyen entre sí o son asaltados por su socio. Se mantienen cuando se les hace el favor de revigorizarlos. Y porque los que desean algo distinto no han sido idóneos para emprender una instancia que reúna a verdaderos, comprometidos, adversarios contra la afrenta castrista. Lo importante es otorgarle representatividad a la inmensa mayoría que no se siente incorporada ni defendida.

No se volverá a una Asamblea Nacional como la del 2015. Algunos que resultaron electos estafaron, decepcionaron, engañaron, traicionaron, no rindieron cuentas, incumplieron sus ofertas y no pocos se corrompieron. La verdad es dura, pero siempre llega y, esta vez, para quedarse.

Es hora de plantarse ante los fracasados de siempre, sectores que de una u otra forma pactaron con el régimen para cohabitar y mantener espacios. Hablar de un monopolio delictivo es inexacto, pues muchos otros forman parte del cáncer degenerativo que mantiene a Venezuela en la indigencia.

Esa plataforma, corroída, putrefacta, excluyente y fracasada hay que echarla al pipote de la basura, olvidarla, eliminarla de nuestros afectos.

Abramos los ojos, superemos los largos años de manipulación y embuste. Despertar de esta pesadilla, insurgir, revelarse contra el statu quo, el establishment.

Para que Venezuela sea libre y democrática hay que despedirlos. Faltaron a su trabajo, no alcanzaron su objetivo; no podían, nunca fueron adversarios, fingieron para apaciguar y cohabitar con el mal del cual son partícipes y socios. Cuando los tramposos son estafados por los de similar calaña, demuestran incondicional amoralidad. Es un sinsentido salir de lo malo para abrazarnos a lo peor. ¡Que se vayan en su silencio!

 

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Contrarrevolución, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini  

Es lo que se opone a la revolución. Puede ser ideológica, activa en calles y actitudes. Ofensiva política que tiende a eliminar los efectos de una revolución anterior. ¿Cuál es la revolución y cuál la contrarrevolución? Depende del cristal con que se mire, o sea, según quien la defina. Una busca un cambio total e irreversible en sentido económico, político y social; la otra, oprimir los efectos, es la oposición al cambio que intenta volver al orden.

Los comunistas liderados por Mao Tsé Tung llamaron a su movimiento contra el imperio “revolución” y calificaban de “contrarrevolución” al que encabezaba Chang Kai Shek, que también se había levantado contra el poderío. Este, respaldado por Estados Unidos, planteaba una república al estilo occidental. Mientras que los maoístas, amparados por la Unión Soviética, proponían una sociedad comunista.

Ambas eran revoluciones, necesarias e impostergables. Surgieron dos líderes que coincidieron, pero divergieron en ideología y objetivo final. ¿Dos revoluciones? En realidad la misma con dos filosofías diferentes: los comunistas con Stalin, los no comunistas con Roosevelt.

Sin entrar en detalles de profundidad histórica, ganaron los comunistas con el infame pero práctico expediente de seducir a los campesinos ofreciéndoles deshacerse de los propietarios. Y perdieron los anticomunistas por llamar a los campesinos y propietarios, ninguno de los cuales vio más allá de sus intereses.

Surgieron la China continental, grande y comunista; y la anticomunista, refugiada en la isla de Taiwán. Décadas después, los capitalistas taiwaneses se convirtieron en una pequeña y eficiente potencia económica, mientras los comunistas de Pekín, enfrascados en su comunismo de miseria y esclavitud, terminaron quedándose sin los ceños fruncidos de Stalin y Mao.

Se desplomó la Unión Soviética, Rusia se occidentalizó al punto de que hoy es una economía de enorme industria y dependencia petrolera. Y un chino, que escasamente media el metro sesenta de estatura, planteó que no importaba el color del gato con tal de que cazase ratones; podemos ser comunistas en pensamiento y capitalistas en producción.

China es potencia económica, a los taiwaneses pocos los reconocen, pero todo el mundo les compra. Y los estultos copiadores de marxismos tiránicos de las desaparecidas Unión Soviética y China maoísta están en ruinosa decadencia tras años de estruendosos, ruinosos fracasos, sostenidos solo por ser autocracias despóticas, hablachentas, represoras y violadoras de los derechos humanos, como Nicaragua, Cuba y Venezuela.

Contra esas revoluciones vienen las contrarrevoluciones. En la grande y poderosa China continental -a pesar de su éxito económico- empezó y se mantiene en Hong Kong; en Nicaragua y Cuba hierve en cárceles y exilios, en Venezuela crece, aunque dando bandazos desde hace al menos diez años.

Y, como en aquella revuelta China de emperadores en decadencia, revolución y contrarrevolución en rebelión, las ayudas y los hilos se manejan desde afuera. Angustias y pobrezas empezaron a corregirse cuando el presidente de Estados Unidos fue invitado y llegó a Pekín. Cuando la muerte se llevó a Mao y al maoísmo, las cosas empezaron a avanzar. En Venezuela las esperanzas renacieron cuando un empresario presidente decidió que quería hacer cambios en su “área de influencia”.

Donald Trump no vendrá a Caracas, pero la contrarrevolución venezolana ha viajado a Washington. La Casa Blanca sabe bien que ni el éxito ni el fracaso son solitarios, por eso han dejado solo al régimen usurpador, pero también han hecho saber a la contrarrevolución que solos no podrán.

Por eso, cese de la usurpación y transición. La contrarrevolución llegará al poder para alinearse con la estrategia estadounidense.

 

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¡Es preferible ser sacudido por la verdad que besado por una mentira!, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini  

El régimen y sus embustes han hecho de la simulación, propaganda distorsionada, ocultamiento de cifras y realidades, una política de acción a lo largo de estos años. A esa ofensa no se pueden aceptar medias verdades, vaguedades, hipocresías e incluso falsedades por parte de una oposición organizada, dispersa.

Para politiqueros y fanáticos decir la verdad es pecado mortal. Despreciando a quienes están convencidos que hacerlo es lo correcto. El uso y abuso de la mentira es tan obsceno que la ciudadanía tiene sed de franqueza. El brete entre verdad y política no es exclusivo de Venezuela.

Hace mucho escuchamos “lo dice el periódico” para corroborar un aserto. Quien hoy lo dijera sería abucheado. Lo que nunca se ha hecho, ni entonces ni ahora, es utilizar como argumento de autoridad “lo dice este o aquel político”. Cuando proliferan embustes, contradicciones, incoherencias y omisión intencionada, la credibilidad de los dirigentes -pagan justos por pe­cadores- no es está en mínimos, sino que anda por el suelo y más abajo.

Es fundamental decir verdades claras, contundentes, frente a la ruina económica, miseria social, catástrofe ética, indiscreción moral, corrupción y calamidad política que devoran sin piedad a una sociedad engañada, confusa, abatida, incrédula.

Las cúpulas podridas apresuran en negociaciones oscuras la marcha estafadora hacia unas elecciones parlamentarias fraudulentas. Panorama que podría conducir al temido estallido social, que nadie quiere ni desea. No puede haber diálogo si no hay verdad y posibilidad de alcanzar algo de ella. No se crea la verdad con discursos, sino que sale al encuentro.

La tendencia en transformar la verdad de hecho en opinión es una forma moderna de faltar a ella.

Así, la verdad que se opone a un grupo político dominante, que asume la representación del todo, es descalificada, rechazada con hostilidad. El G4 y voceros se presentan -indebidamente- como la única oposición, pero no pueden continuar engañando al ciudadano, diciéndole que lo único necesario para cambiar y transformarnos en un país decente es ir a votar. Patraña generadora de expectativa e ilusiones imposibles de satisfacer. Mejor ejemplo, las elecciones parlamentarias de 2015 tras las cuales se ofreció de todo. Nada se cumplió.

El régimen ha perdido casi todo excepto poder, armas y el poco dinero que ingresa. La oposición decente, responsable, valiente tiene la mayoría ciudadana. La dictadura domina los poderes públicos que actúan sumisos y cumplen instrucciones oficialistas. El G4 dispone de votos, pero mucho más de rechazo y descontento por su incapacidad e incompetencia. Sus pequeñeces y errores son demasiados.

La negación de los hechos, es decir, la mentira, es hegemónica. Vicisitudes de dominio público son consideradas tabú por los súbditos del régimen, como sucedía en la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin, no se mencionaban los campos de concentración ni exterminio pese a que su existencia no era ningún secreto.

El régimen castro-venezolano tiene la fuerza, los contrarios la verdad. Las autocracias no se basan en la verdad sino en la fuerza. El castrismo sabe que por caminos legales y legítimos está perdido. Pero abusa del poder para cambiar lo que considere para sostenerse.

La estrategia obliga confrontar con la verdad. Los venezolanos no han dejado de responder firmes a los llamados a elecciones, excepto cuando las perciben fraudulentas, tramposas. Un magnífico ejemplo: los comicios presidenciales mayo 2018, que han permitido a la oposición el reconocimiento del mundo libre y democrático.

Es momento de autenticidad, sinceridad, honradez. Hora de apelar al coraje que venezolanos han demostrado una y otra vez. De explicar las cosas como son, no insultar a los que piensan decir la verdad es lo adecuado y correcto. Ese es el deber, el reto verdadero, de los dirigentes aspirantes de la oposición. No hacerlo es pintarse en la frente la derrota.

Los ciudadanos son en su mayoría moderados, amarrados a las circunstancias de su vida cotidiana, a la realidad de los hechos. En consecuencia, precisa y requiere se exponga la situación histórica en que se encuentra la nación, se detallen proyectos viables, se rechacen imposibles, se precisen logros, se reconozcan fracasos y rindan cuentas. Así de sencillo. Quien tenga el coraje de hacerlo será recompensado por algo de lo que carecen los políticos: autoridad moral, distinta de la potestad que les otorga la investidura democrática.

Una autoridad no es más que credibilidad sobre la que se funda el liderazgo merecedor de tal nombre. Y es imprescindible cuando un pueblo se encuentra inmerso en la confusión que conduce a la quiebra social, erosión económica y a una inexorable pérdida de oportunidades.

Hacen falta estadistas, líderes, partidos políticos fuertes, responsables, coherentes, pero, en tiempos de crisis, son irrelevantes sin un liderazgo provisto de autoridad para inspirar confianza y credibilidad.

La falsedad es tan escandalosa que el país reclama certidumbre. Hay que advertir con fuerza la falta de escrúpulo oficialista. En democracia la verdad es vital.

 

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¿Cuántos se han ido?, ¿cuántos volverán?, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini  

Muchos más volverán -diría el poeta español Gustavo Adolfo Bécquer- sus nidos a colgar. Tienen que reconocer, salvo la minoría corrompida, acomplejada, asustada hasta los tuétanos, que esto no es una revolución.

Lo que chavistas llevan años desarrollando, entre robos, errores y corrupción, solo llega a nivel de catástrofe, al igual que la revolución castrocubana. La que dirigen los nefastos Castro es un colosal fracaso socioeconómico anidado en una astuta estrategia de propaganda y represión. La tragedia cubana es culpa de Fidel, el más siniestro que haya parido y conocido América. Se le escapó la vida entre discursos de interminable verborragia, palabrería y paja -estratégica, pero charlatanería-, profundización del poder militar y control social cavados en tierras secas de miseria y hambruna cubana.

A Chávez se le fue la existencia tratando de duplicar el modelo que finalmente lo dejó morir. A Maduro y a sus socios cohabitantes, amantes del diálogo y la negociación, atiborrados de errores pasados y presentes, con la propuesta verdulera de convivir en términos vergonzosos, se les está yendo el tiempo en resolver lo que no entienden, sin discernimiento ni carisma.

No tienen la menor idea de cómo se ajustan las cargas mientras se cruza el río, obstaculizando y perjudicando la solución. Lo demuestran años de pesadilla calamitosa e inviabilidad de ensayos constitucionales y diplomáticos negociados, a fin de restituir la libertad y democracia, sustituyendo a los patibularios que mantienen sojuzgada y cautiva a Venezuela.

La experiencia indica que las dictaduras comunes ceden ante apremios, presiones internas y externas. Pero los regímenes totalitarios, comprometidos en delitos de lesa humanidad, están dispuestos a arrasar antes que ceder el poder. El nazismo es un ejemplo.

Expropiaciones, salidas impuestas perjudican a la gran mayoría popular, la que, se supone, el castromadurismo necesita y protege. ¿O es que acaso el régimen está tan ciego y sordo que confía en que su parafernalia entretiene o distrae?

Contrarrevolución es lo que se opone a una revolución. Puede ser ideológica, activa en calles y actitudes, definida a grupos ciudadanos, sectores económicos o como vaya siendo necesario en cada país. ¿Cuál es la revolución y cuál la contrarrevolución? depende del cristal con que se mire, según quien defina una y otra.

Se abrió ante el oficialismo la alcabala de caída libre y, para la mayoría, una aparente rendija hacia la libertad. Quizá reflexionaron que disparar para frenar una multitud no era confiable, no solo porque al ordenarlo corrían el riesgo de una matanza de complicado manejo internacional ante quienes reclaman legitimidad, democracia, respeto por leyes y derechos humanos. También temieron que militares y uniformados, enmascarados o no, se animaran a apretar gatillos.

¿Se pueden detener a enfurecidos ciudadanos?, ¿a cuántos habría que dar de baja? ¿Qué estallaría primero, el miedo ciudadano hirviendo de emociones, o el temor de los castrenses de ser más represores de lo que han sido? Un despeñadero de furias y contrafurias, de esperanzas refrenadas y rechazadas.

El cangrejo bolivariano avanza de lado y hacia atrás. Para controlar que nadie pase muestran fusiles impresionantes, pero ineficientes contra el arrebato popular. Son uniformados enseñando dientes pero con hambre e incertidumbre del mañana.

Gobernar es hacer, no solo dejar caer. Chávez se murió creyendo que hacía una revolución sin entender que cada día más era un títere de ventrílocuos cubanos. Maduro envejece rodeado de guardaespaldas, payasos de ocasión, bufones utilitarios, hampones oportunistas; acosado por sus errores y el empeño inútil en ser lo que ni es ni podrá jamás llegar a ser: un líder apreciado, respetado y seguido.

 

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La revolución se seca y el descrédito ahoga, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini  

Venezuela está molesta, obstinada, la economía desastrosa, la incompetencia de quienes presumen de dirigentes es intolerable. El país coincide, deben partir el coronavirus, el castro-comunismo-socialista, la usurpación, sus amigos cómplices y la contraparte apaciguadora colaboracionista. Apéndice pestilente, atenazador del interinato impidiendo liberarnos del insulto bufón controlado desde La Habana. Hay que deslastrarse de la partidocracia descompuesta que no deja avanzar.

Deben percatarse de que mientras se empeñan en atrincherarse, más los rechazan y desaprueban.

La ciudadanía, sin comprometer principios democráticos de criterio, libre pensamiento y opinión, debe considerar la necesidad perentoria de ruptura con los siniestros lacayos del castrismo-madurismo que ponen en riesgo el futuro y en peligro generaciones venezolanas.  

El régimen autoritario depende de la propaganda, censura y auxilio de oportunistas para mantener un barniz de legitimidad. Aunque, de momento, pareciera más ventajosa la apuesta de ocultar. La verdad y rendición de cuentas como principio están desechadas, son parte imprescindible del olvido voluntario y conveniente.

Es tradicional que una instalación de bombeo o tubería reviente y se complique hasta la imposibilidad de distribuir agua a densos sectores urbanos. Con la revolución castrochavista -lo de “bolivariana” es solo un decir político y propagandístico- un problema habitual se ha convertido endémico.

Al no llover, fuentes y embalses disminuyen, porque la pava de esta vergüenza es de extensión y permanencia máxima; además la infraestructura que las hidrosocialistas deben mantener se les hace barro entre las manos. El mantenimiento es gran ausente año tras año -y llevamos veintiuno-.

Lo que el oficialismo manosea lo estropea. Suerte de Midas tropical al modo cubano, uno de los mayores fracasos de la historia latinoamericana.

Debe ser sabotaje, naturalmente, empezando por la torpeza, negligencia, desidia y corrupción, fuentes inagotables del estropicio a la nación en el cual ha devenido la revolución de metáforas, fábulas, promesas incumplidas y engañosas. Por ejemplo, las gratificaciones de limosnas que el usurpador anuncia con cara dura, sonrisas irónicas de pantalla llegan tarde, son disminuidas por el otro saboteador, la hiperinflación; y cuando cobran, apenas adquieren una pendejada devaluada.

Es la tragedia de la revolución fracasada, una nación desvencijada, un pueblo decepcionado y en fuga, y un rival que habla, promete, pero poco o nada cumple. No crean en diálogos, acuerdos ni transiciones, la verdadera adversaria no anuncia ni cae en esas leyendas de bagatela y fantasía.

No es solo el castro-madurismo el falsario, también una parte contraria vanidosa y presumida.

El grave inconveniente tendremos que resolverlo los venezolanos, sin míticas invasiones, pero con ayuda internacional humanitaria, evitando que el castro-madurismo desagüe por completo las arcas públicas. Lo que no se han robado, lo han despilfarrado; como el agua cuando se derrama en las calles antes de llegar a los hogares. Asumiremos solventar la controversia a pecho, manos y boca seca, con decisión y coraje, superando la añagaza de donativos cicateros y el chantaje draconiano del Carnet de la Patria.

En la Venezuela castro-madurista no basta con ser venezolano para comer y disfrutar una mínima felicidad. Hay que ser militante o militar, creerle los embustes al oficialismo, aplaudirlos como focas, seguirlos como borregos, aunque solo sean esperanzas vanas.

Pero no se van, la verdad sea dicha, porque no saben qué hacer y ni a dónde ir los gozones holgazanes del pináculo revolucionario y, tampoco, los de la simulación contraria que los acompañan en la conchupancia reprensible del vagabundear sin ética ni moral.

Venezuela, se divide en tres toletes. Los que se fueron, un 15 % de la población, ahora envidiados; están los escuchadores de ilusiones, anuncios populistas y mentiras tanto del régimen como de sectores antagonistas blandengues, ambos con un 20 %; todos los demás, más del 65 % cada día más arrinconados y desesperanzados.

Se irán, pero qué triste papel histórico han cumplido, tanto los que sean puestos a la orden de la justicia, asociados, socios, partícipes encubridores y quienes tengan la ocasión indecente de regocijarse silenciosos en sus haberes robados a la nación.

¡Venezuela no puede sustituir unos delincuentes por otros!

 

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El embuste y anfibología como política, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini  

Los ciudadanos demandan claridad, reclaman certidumbre, emplazan de ley rendición de cuentas y exigen como obligación ¡la verdad! Sin embargo los ignoraron, se burlaron por el atrevimiento de solicitar nitidez; optando transitar senderos de falsedad, eligiendo fracasos, exilio, muerte, cárcel, persecución, tortura, violaciones a los derechos humanos pudiendo evitarse apuntando a la verdad. No obstante, persisten porfiados, obsesivos, en adornar la mentira y ocultar correspondencia entre lo que pensamos o sabemos con la realidad.  

Emergen sospechas por actuaciones de representantes del gobierno interino. ¿Es moral el silencio? Hay quienes razonan que no señalar la descomposición es corrupción. Se les tilda de radicales, reprocha de divisionistas y califica de traidores. Imprimiendo frases utilitarias como “suma, no restes”, “los trapos sucios se lavan en la casa”, “no es el momento, ya habrá tiempo”.

Reclamar no implica -como aseguran conniventes- complacer la dictadura, fortalecerla, generar desconfianza en el pueblo opositor. Al contrario, demuestra madurez y lucidez política al exigir de sus representantes la verdad y la rendición de cuentas. Ello no puede ser motivo de extorsión alegando “unidad”. Así lo pretenden titiriteros con su vil chantaje. Denunciar que entre quienes adversan a ladrones y bandidos oficialistas hay pudrición, no es hacerle daño, lesionar al interinato ni apoyar al régimen. Creerlo así sería de una sandez y estulticia infinita.

Que la ciudadanía reclame limpidez no es delito, denota raciocinio y conciencia. Esperar moral y ética de las instituciones públicas no debe extrañar; no hacerlo, es inobediencia.

¿Realmente deseamos recuperar el país? No basta sustituir al usurpador régimen castrista, es inevitable apartar a quienes acaricien establecer el poder sobre bases de mentira y podredura.

Sin duda, es corrupción la complicidad con el delito y delincuentes, estén en el bando que sea; no denunciarlos, ni llamarles la atención a quienes se sirven del silencio y sigilo para hacer ellos lo que critican a los otros es vagabundería y desvergüenza.

¿Es imprudente denunciarlos, decirles a todos que del lado opositor también hay forajidos? Existen los convencidos de que no. La indiscutible labor de patria, rescate del país y restauración de la democracia es transitar con la verdad como bandera y el rechazo a la impunidad como guía de acción.

La libertad de opinión, expresión, pensamiento y criterio son pilares básicos de la democracia. Su ausencia impide el ejercicio de otros derechos. La protesta, participación en asuntos públicos o defender libertades como la vida, justicia, educación, salud, trabajo, propiedad privada, entre otros.

La Constitución, honorabilidad y respetabilidad no establecen diferencia de ubicaciones. Un ladrón es bandolero en el partido que esté, indistinto de quien apoye, o provenga del nivel socio-económico que sea. El séptimo mandamiento de la ley de Dios, derecho natural y cimiento de las estructuras legales del mundo, no señala “no robarás cuando estés en el Gobierno”, ni tampoco “no robarás cuando estés en la oposición a cualquier gobierno”, o “no robarás si eres cristiano”. Dice clara, pura y simple “no robarás”. El delito, el pecado, es robar; el mandato es no hacerlo.

Quien recarga indebidas cantidades en el presupuesto para una obra de interés público es un ladrón, y tanto como lo es quien le aprueba el cálculo ilícito. También es cleptómano el funcionario que cobra gastos excesivos, consumos por lujos, para ser cancelado por la institución para la cual trabaja, viviendo por encima de las previsiones de su cargo y responsabilidades.

E igualmente corrupto es quien conociendo estas acciones no denuncia, no hace lo que esté en su deber ciudadano, no solo para advertir, sino para frenarlas. Por ello, se insiste, rendir cuentas como manda la ley. No solo financieras, sino de gestión. Su relajación e incluso la omisión de controles legales, institucionales, sociales y públicos que pongan en riesgo la transparencia, aminoren mecanismos para la rendición de balances y lucha contra la corrupción son inaceptables. La exigencia para imponerlos con la participación de los ciudadanos es cada vez más mayor, enérgico e imperativo. La protección de lo público es indispensable.

No se quiere pasar de una tiranía pervertida a una democracia corrompida. Hay que sacar de sus trincheras a los delincuentes para llevarlos a la justicia, al castigo, y poner en su lugar a ciudadanos honestos, responsables, calificados, que puedan mirar cara a cara, con la conciencia limpiam no solo a cónyuges e hijos, sino también y aun más, a cada ciudadano. La democracia y libertad no se construyen ni se fortalecen perdonando o complaciendo. Se fundan, al pie de la letra, con la moral como gallardete.

Si por pensar así, proclamarlo y exigirlo, se les califica de radicales, serán nada distinto a lo que fueron nuestros libertadores. La libertad, derechos y deberes no se practican con impunidad ni simpatías, se ejerce como hay que ejercerla, radicalmente.

Las complicidades, contradicciones y anfibologías no permiten avanzar, la falta de exigencia a los líderes paraliza. Los ciudadanos precisan libertad, pero también requieren la verdad, abarcando honestidad, buena fe y sinceridad, conocimientos de las cosas que se afirman como realidad, por parte de la dirigencia política e instituciones. El embuste, la patraña, el gazapo han hecho más daño que los errores cometidos.

Venezuela demanda justicia. Se es honesto o deshonesto, no hay medias tintas.