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Opinión

Reconocer al otro

Reconocer al otro, por Armando Martini P.
Reconocer al otro no es un signo de debilidad, sino de madurez democrática

 

@ArmandoMartini

En la danza de la existencia, un ingrediente esencial, aunque subestimado, es la capacidad de reconocer al otro. No es un simple gesto de protocolar cortesía, sino un acto profundo de empatía y comprensión que se erige en una sociedad sana, libre, y verdaderamente democrática.

En la cotidianidad, despreocupados, con frecuencia nos zambullimos en diatribas imperecederas, disputas necias e interminables de acalorados agravios. En esta vorágine, es bueno recordar una premisa básica pero significativa: la necesidad de reconocer al otro. No hacerlo nos aleja de la democracia, dilapidamos razón y malgastamos sentimientos con autoritarios, que actúan con descaro e impunidad.

Con extremos opuestos, es fácil chamuscarnos en la flama de un torrente delirante; donde diferencias ideológicas, culturales y sociales parecen abismales. Esencial cultivar un espíritu de entendimiento hacia aquellos que piensan diferente. Reconocer al otro no implica estar de acuerdo con sus puntos de vista o posturas; entender que, detrás de esas diferencias, hay seres humanos con experiencias, valores y perspectivas únicas.

En lo político, la idea cobra relevancia aun mayor. La democracia se fundamenta en el diálogo, debate, negociación entre grupos y corrientes de pensamiento. Sin embargo, en demasiadas ocasiones, estos principios son relegados en favor del antagonismo y la confrontación constante. Una sociedad enferma, tiene libertad restringida y está en riesgo de supresión. Cada quien es dueño de una verdad y se hizo su historia particular, sin disposición a compartirla o negociarla, sino a dominar para imponerla.

Piedra angular de la convivencia

El reconocimiento del otro no es solo un imperativo moral, también es estrategia pragmática para construir sociedades armoniosas. Implica escuchar, considerar argumentos discrepantes y buscar puntos de encuentro que permitan avanzar hacia soluciones que beneficien al conjunto de la sociedad. No se trata de abandonar convicciones o renunciar a aspiraciones, sino de reconocer la legitimidad de la diversidad de opiniones y trabajar por un bien común que trascienda diferencias partidistas.

Reconocer al otro es la piedra angular de la convivencia. Desafortunadamente, la desconfianza y el tribalismo hacia el adversario son de uso habitual. Privilegiando la demonización sobre lo constructivo, anteponiendo la victoria partidista a la búsqueda de consensos duraderos. Este enfoque, lejos de fortalecer la democracia, la debilita y pone en riesgo. La disposición a valorar y auscultar perspectivas diferentes a las propias, cuando estamos inmersos en un conflicto de ideas y sentires. La diversidad no es amenaza, sino una oportunidad para el enriquecimiento mutuo. Nadie es dueño de la verdad ni de la solución a problemas complejos.

Reconocer al otro no es debilidad

Reconocer al otro no es un signo de debilidad, sino de madurez democrática. Es el primer paso hacia la construcción de sociedades justas, inclusivas y cohesionadas, donde las diferencias sean vistas como fuentes de enriquecimiento y no de división. En la vida, el desafío radica en encontrar lo que nos une por encima de lo que nos separa, y trabajar juntos hacia un futuro común prometedor.

Se ha perdido la capacidad de reconocer al otro como ser humano con preocupaciones legítimas, obstaculizando el progreso político, y desmejorando los cimientos de armonía democrática al fomentar hostilidad entre la ciudadanía. En las interacciones diarias, encontramos multiplicidad de personas que provienen de culturas, contextos socioeconómicos y creencias disímiles. En lugar de imponer perspectivas, adoptar una actitud de apertura y respeto. Valorar la dignidad y derechos de cada individuo, independiente de las diferencias

El reconocimiento del otro es un principio fundamental que debe guiar acciones y decisiones. Solo cuando aprendemos a apreciar la pluralidad, construiremos democracia y libertad. El deseo, al ser proscrito, es una forma de matar al ser humano. Y, los regímenes mandones tratan de exterminarlo para conseguir la sumisión. Si por falta de conducción política llegamos al totalitarismo tendremos, en definitiva, aniquilación de la libertad y, por tanto, de la existencia.

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