Asdrúbal Aguiar, autor en Runrun

Asdrúbal Aguiar

Payá y el remedio contra el globalismo, por Asdrúbal Aguiar

El activista político cubano Oswaldo Payá (1952 – 2012). Foto Pedro Portal / Archivo El Nuevo Herald.

@asdrubalaguiar 

Pasadas tres décadas desde el final del comunismo franco y sin telones, en medio de una inflexión histórica demencial ganada para la sinuosidad y el relativismo, puedo decir, si llegan a admitirse paralelos, que somos observadores de un tiempo similar al que tuvo como testigos a la primera y segunda grandes guerras del siglo XX.

En la antesala de estos partos cruentos media una carrera competitiva demencial por el predominio político y económico entre distintas naciones. Las potencias, ávidas por hacerse de recursos y nuevos mercados, dan cabida al encono destructivo; mientras otras, más preocupadas por la disminución de sus poderes, le abren las puertas al templo de Jano.

En el primer caso, un “incidente”, el asesinato del archiduque austríaco Francisco Fernando en Sarajevo; y en el segundo, otro, la invasión a Polonia por la Alemania nazi, resucitan el miedo colectivo, el enclaustramiento de las familias o las migraciones forzadas en masa.

La muerte se hace presente sin discriminar – al igual que con el “incidente” de la COVID 19 – y los seres humanos pasan a depender de los imaginarios que se construyen desde sus gobiernos.

Estos imponen la disciplina pública y privada y hasta la regla del «distanciamiento social», extensivo entre amigos y ahora enemigos mutuos –en la hora, los «bioterroristas»– al punto de instaurarse, así ocurre en los espacios del fascismo según Piero Calamandrei, regímenes de la mentira y la maldad absoluta.

Pues bien, transcurridas las dos primeras décadas del siglo XX, a treinta años desde la declaratoria del “final de la historia” y tras la caída del Muro de Berlín, el errado predicado de la desaparición de las ideologías, la simplificación maniquea del agotamiento del socialismo real, el ingreso de la Humanidad a la edad de la Inteligencia Artificial –que muda la realidad geográfica y apaga el valor del tiempo que cuece costumbres y culturas para afirmar la virtualidad e instantaneidad de la experiencia humana– nos han ganado, como ayer, otro Sarajevo.

El conflicto USA-China por el dominio de la tecnología 5.G, favorecedora del gobierno digital y sus plataformas (Twitter, Instagram, Facebook, Snapchat, You Tube, la Qzone de los chinos) y la manida tesis del deterioro de la Naturaleza, que se mostraría incapaz de acoger a todos sus habitantes a menos que se revierta la relación de estos para con ella, se soportan sobre un denominador común, el globalismo integrista.

A saber, la aniquilación de los fundamentos de la civilización judeo-cristiana y el imperio de la “modernidad líquida”, que es la negación de toda forma estable de asociación y de afectos.

Avanzamos, así, hacia la construcción de un Nuevo Orden, de cuyas categorías constitucionales espera la globalización desde 1989 – lo reclama Luigi Ferrajoli desde la escuela florentina – pero que llegan contaminadas por una premisa inédita que es desviación que amenaza la vida en dignidad del género humano; ya no la vida biológica, gravemente comprometida y en cuarentena, sino la vida en dignidad, la del hombre varón y mujer como especie caída perfectible, hija de la razón libertaria, iluminada por la conciencia moral.

Esta vez, en defecto del Homo sapiens, desplazándose al Homo Videns  hijo acrítico de la televisión y sus realidades al detal –y al Homo Twitter en boga– el internauta que une textos telegráficos con imágenes de conveniencia para forjarse su propia y arbitraria verdad narcisista –el Homo Deus et Machina como inteligencia artificial se anuncia altivo, capaz de pensar y decidir por los humanos y de sustituirnos a todos y a conveniencia, asegurándonos protegernos de nosotros mismos. La vivencia de la cuarentena es aleccionadora. Adormece bajo las maravillas del Skype y el Zoom el sentido vital de la «otredad».

Por esto he vuelto a Oswaldo Payá, fallecido hace 8 años a manos de la satrapía cubana y atiendo a su experiencia, que es ajena a lo corriente y es profética. Releo su memorioso libro La noche no será eterna, a pedido de su hija Rosa María. Pocos párrafos me bastan, a la luz de lo anterior.

El pez no puede vivir fuera del agua, dice Oswaldo, pero metido en una pecera, con agua y todo, se le roba su libertad. Y eso es el comunismo, agrega. Al meter a los pueblos en peceras “para adueñarse de sus conciencias” se les irroga “un daño antropológico”, un “daño a escala humana” para someterlos.

“La descrita situación de confinamiento sin perspectivas genera en muchos el síndrome de indefensión incorporada”, pues marca a las personas en todo su quehacer, “en sus análisis y en su conducta, siempre modulados por el miedo y la desesperanza”, explica, casi que recreando nuestros aislamientos y encierros por el coronavirus.

Como cubano, víctima del comunismo hasta el sacrificio total, recuerda Payá que “el ataque, con abierta y manifiesta intención aniquiladora, fue masivamente contra la moral, la cultura y la memoria nacional, que era esencialmente cristiana”.

Hoy vemos desde nuestras pantallas digitales que se queman iglesias y derrumban símbolos de la memoria colectiva, bajo la ira desatada de quienes celebran sus orfandades y celebran como en Zaratustra la muerte de Dios.

Y Oswaldo, cuyo verbo es llama ardiente, hace crónica y siembra esperanzas con el ejemplo: “Si por una parte el intento de descristianización sistemática de parte del régimen cubano fue y es una de las bases necesarias para someter al pueblo totalmente, por esa misma parte el renacer de la fe es, sin duda, [nuestra] principal fuente de liberación”. Ella nos fija con raíces e impide seamos briznas de paja lanzadas al viento.

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El globalismo antioccidental, por Asdrúbal Aguiar

XXV Foro de São Paulo. Foto americanuestra.com

@asdrubalaguiar 

Para la construcción política y el manejo contemporáneo de las relaciones internacionales, la cultura y la religión se muestran otra vez en su relevancia “como factores determinantes”. Ello es posible pues se ha superado el paradigma estado-céntrico. De allí la acusada globalización y también, debo enfatizarlo, su desviación más peligrosa, el globalismo progresista.

Una “mayor riqueza y complejidad” revela la dinámica humana de actualidad, a pesar de la pandemia y el distanciamiento social en curso (Isaac Caro e Isabel Rodríguez, “El enfoque del diálogo civilizacional desde América Latina”, Bogotá, Revista de Relaciones Internacionales, Estrategia y Seguridad, vol. 11, núm. 1, 2016).

Las ideologías no han muerto como se predicaba. Sin embargo, a las más radicales y probadamente deshumanizadas se las usa como mitos movilizadores e instrumentales, con desembozado criterio utilitario y para el control brutal del poder.

Se las tamiza y reinterpreta arbitrariamente, para sumar adeptos entre los huérfanos de ciudadanía, los disgregados sociales e internautas, para confundir a seguidores reflexivos, o para dividir a quienes se estiman como peligro para las pretensiones expansivas y dictatoriales del globalismo.

De suyo impulsan al ser humano, a la subjetividad autónoma que es el hombre como ente racional y pensante, para hacerlo tributario de las fuerzas integradoras emergentes que los mismos impulsores del “relativismo utilitario” citado ven como propicias para el dominio “político” y de las voluntades en el planeta: la Naturaleza y la Inteligencia Artificial. No por azar se habla de “post-milenarismo” (Eric Gans, 2000). “Nos encontramos en plena crisis” afirman la mayoría de los pensadores (Sergio Pérez Cortés, Itinerarios de la razón en la modernidad, México, Siglo XXI Editores, 2012).

Opto en lo personal por volver, desde la otra acera, a la crucial reflexión de Jacques Maritain, factor de convergencia y promotor del “civilizado” cruce de civilizaciones constante en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, cuyos deberes nadie lee: “La política no se ocupa de entes abstractos”, dice. El bien y el mal de que se ocupa “se hallan encarnados en energías históricas de una intensidad, una duración y una amplitud concreta determinadas”. Por lo que de “frente a las fuerzas que actúan en la escena de la historia, no tiene que apreciarse tan solo la verdad o la falsedad de los valores que representan consideradas en sí mismas y en estado abstracto, en su significación intemporal. Tiene que apreciarse además la energía de realización histórica y el coeficiente de porvenir que aportan; agrega (Ídem, pp. 234-235), sea para confrontarlas, sea para acompañarlas.

Maritain, ante el realismo deshumanizado de quienes cultivan como deidad a la Madre Tierra o, cambiando lo cambiable, juegan a la virtualidad narcisista sobre las autopistas de la información, prefiere conjugar en términos tridimensionales. Asume a la realidad tal y como es, luego la describe y ordena a través de normas efectivas y no de ideales irrealizables.

Mas no se deja atrapar ni por la crudeza de lo cotidiano, la de la especie caída, ni por la técnica matemática de los legistas o el determinismo naturalista; pues al cabo, para él, según mi exégesis y bebiendo en las enseñanzas de Werner Goldschmidt, las dimensiones sociológica y normativa de la realidad tienen como desiderátum uno estrictamente humano, por ende, el verse perfeccionadas conforme a la justicia; léase, con vistas a la mayor libertad del hombre, sujeto y no objeto de la naturaleza y autor tanto como víctima de la ciencia, transformada hoy en andamiajes digitales disgregadores y masificadores de la humanidad.

Un ejemplo resulta pertinente a nuestra consideración inicial. Lo concreta en 2005 el gobierno de España como Alianza de Civilizaciones – contra Occidente – en defecto del Diálogo entre Civilizaciones adoptado por la ONU en 2001. Ya Fidel Castro, el Gran Hermano del Caribe hace de las suyas junto con Lula da Silva, reo de delitos. Desde el Foro de São Paolo construyen sus anclajes de manos del procónsul José Luis Rodríguez Zapatero, para luego volver hasta América y hacer los ensayos y después regresar a la Península, dándole su estocada final al Occidente de la Justicia.

“En Occidente se manifiestan entre diversos sectores crecientes sentimientos de rechazo de los valores árabes e islámicos, percibidos por muchos como intransigentes y como una amenaza para su modo de vida”, reza el galimatías de Zapatero, que es fórmula de impunidad y manipula al mal de la criminalidad agregando lo que sigue: “Más preocupante todavía es la asociación que a veces se realiza por algunos entre dichos valores y las prácticas violentas, o incluso el terrorismo. Paralelamente, en el mundo árabe e islámico se reafirman con vigor los símbolos propios de identidad, a la vez que se difunde una imagen distorsionada de un Occidente agresor (por la frecuente disposición a hacer uso de la superioridad militar), discriminador (en la aplicación de la legalidad internacional), e insensible ante sus justas reivindicaciones políticas (por ejemplo, en el caso de Palestina)”.

El asunto no es baladí. Hugo Chávez, peón del juego global planteado por el Foro como manga de perseguidos por corrupción y presentes en el Grupo de Puebla, plagiando a Antonio Gramsci, confiesa en 2004 que “la vieja idea hay golpearla, golpearla, golpearla, pero golpearla sin clemencia por el hígado, por el mentón, todos los días, en todas partes, las viejas costumbres, si no lo hacemos, si no las demolemos, ellas nos va a demoler tarde o temprano”.

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“El narco-neo-comunismo, por Asdrúbal Aguiar

@asdrubalaguiar 

Dos textos de Jacques Maritain me resultan sugestivos como contexto de valor y de orientación ante las ideas que definen al narco-neo-comunismo. Desde 1989 llamado socialismo del siglo XXI, rebautizado como progresismo treinta años después, en 2019.

Tales ideas se expresan más como tácticas “líquidas” que como una suerte de cosmovisión renovada. Predican la globalidad o el globalismo –si cabe el neologismo, para el manejo utilitario y corrupto de la disolución social – y el impulso de las migraciones hacia casas enemigas; la fractura de la memoria colectiva, tras saltos al pasado remoto e inmemorial y su revisionismo; el integrismo ambientalista y panteísta; la negación del personalismo judeocristiano; en fin y como soporte de fondo el relativismo, esa dictadura posmoderna que no discierne entre la criminalidad o la corrección política y las leyes universales de la decencia.

Los albaceas de esta renovada desviación histórica y de la conducta, miembros del Foro de Sao Paulo y algunos de su Grupo de Puebla, se han curado en salud.

En los varios documentos que suscriben entre 1990 y 1991 alertan que los verán y perseguirán como terroristas y narcotraficantes. En 2019, junto con el partido de la izquierda europea reclaman la libertad de Simón Trinidad.

El debilitamiento de los espacios geopolíticos por impulso de la sociedad de la información ha propiciado la fragmentación social y la fragua de miríadas de núcleos “de diferentes”, y la predica del final de los grandes relatos culturales y de sus solideces hoy sirven de aliciente a lo señalado en una hora de oscurana e incertidumbres.

Maritain tuvo el privilegio de trabajar en una síntesis de civilizaciones que provee a la convivencia pacífica y permite superar el régimen de la mentira que hace ebullición y llega a su término con la Segunda Gran Guerra del siglo XX. A propósito de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 narra su vivencia: “Estamos de acuerdo en esos derechos a condición de que no se nos pregunte por qué». Es con el «por qué» con lo que la discusión comienza”, dice.

Transcurridos doce años desde el desmoronamiento del Muro de Berlín y advertido por el Club de Roma que “el mundo está pasando un período de trastornos y fluctuaciones en su evolución hacia una sociedad global” (Bruselas, 1996), en 2001 acoge la ONU la iniciativa del Diálogo de Civilizaciones propuesta por el presidente de Irán, Muhammad Jatami; quien “a diferencia de otros mandatarios iraníes se caracterizó por la búsqueda de una cercanía con Occidente y por enfatizar la necesidad de un diálogo, donde Irán fuese el punto de encuentro de las culturas orientales y occidentales”.

En mala hora se le opuso el galimatías de la Alianza de Civilizaciones, en 2005, de manos de José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del gobierno de España, montado sobre los atentados de Atocha (2004) en Madrid. Han tenido lugar los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York (2001), precedidos por los atentados en Buenos Aires a la embajada de Israel (1992) y la Asociación Mutual Israelita Argentina, AMIA (1994).

Tras explicar que también busca impedir la teoría del “choque de civilizaciones” esgrimida desde la academia norteamericana por Samuel P. Huntington (“The clash of civilizations”, Foreign Affairs, Vol. 72, N°3), admite que le importa frenar las acciones represivas contra el terrorismo. El documento oficial suyo declara la necesidad de comprender “los factores que alimentan los radicalismos y la violencia” y que, a la luz del tiempo transcurrido hasta el instante tienen nombre propio, Estados Unidos y la cultura occidental que sostiene mientras los europeos la entierran.

No por azar en la declaración conjunta de 2019 mencionada, las izquierdas del Foro y las de Europa anuncian su batalla “contra la política agresiva de Donald Trump” y para defender, precisan, a la “democracia” y los “procesos revolucionarios”.

Pues bien, advirtiéndose de inviable lo que pretenden algunos desde hace dos décadas, a saber, un “diálogo” o sincretismo de laboratorio entre quienes asociados a la criminalidad “política” predican la muerte de Dios y los que sostienen los principios que guían a “la conciencia de los pueblos libres” y son comunes a sus varias civilizaciones, Maritain, uno de los exponentes más reconocidos de la corriente humanista cristiana, apuesta por una metodología de aproximación fundada en la razón práctica moderna.

Juzga de posible enunciar los predicados “que constituyen grosso modo una especie de residuo compartido, una especie de ley común no escrita, en el punto de convergencia práctica de las ideologías teóricas y las tradiciones espirituales más diferentes”. Pero juntando las dimensiones de la realidad [la descriptiva o normativa, la de la efectividad sociológica de las prescripciones de la conducta, y la adecuación de ambas al principio de Justicia o de mayor libertad para la persona humana], conjura, aquí sí, las desviaciones marxista y fascista que se retroalimentan de maldad en doble vía.

Con los pies sobre la tierra las denuncia. Cree y está demostrado que someten “al hombre a un humanismo inhumano, el humanismo ateo de la dictadura del proletariado, el humanismo idolátrico del César o el humanismo zoológico de la sangre y de la raza”. Son taras sociales que justamente vuelven por sus fueros bajo la fórmula progresista del narco-neo-comunismo y en medio de la disolución social en avance, haciendo posible la epidemia de neopopulismos corruptos y posdemocráticos que se expande por el mundo.

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La diáspora, esperanza de Venezuela, por Asdrúbal Aguiar

Refugiados, escultura de Bel Borba. Paseo de Recoletos de Madrid. Foto Andrey Filippov / Wikimedia Commons, 2019.

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A propósito del Día Mundial del Refugiado (20/6/2020), la Coalición por Venezuela realiza su primera asamblea. Reúne a 61 organizaciones de las Américas vinculadas a la diáspora, a las víctimas del ostracismo, el desplazamiento y la explotación de sus hombres y mujeres. Junta a los núcleos de venezolanos que por millones transitan como desheredados sobre los caminos extranjeros y se dispersan. Aspira a mostrar otra óptica, la más exacta, del drama que viven estos al perder las seguridades de la tierra-patria. Han de emprender una reconstrucción desde el imaginario que trascienda y les devuelva su sentido de pertenencia.

Al caso la historia de las migraciones es la misma historia de la Humanidad, sea con propósitos de realización y para otear otros arraigos que ayuden a perfilar mejor los proyectos de vida.

El Libro de los libros, desde el Génesis, cuenta que Dios se muestra y revela como un extranjero de paso por la tienda de Abraham, que le acoge benevolente (18, 1-15). Antes nos dice cómo aquél planta al hombre a quien forma dentro de un jardín, en Edén (2, 8), dándole su primera patria. A la emigración inaugural, la de Abraham desde Ur hasta Canaán (11, 31 y 12, 1-8), sigue la de Moisés en el Éxodo. La primera fija la idea de la migración como misión y la segunda la de la esperanza, justamente en una hora en que el hombre judío ve pisoteada su humanidad y huye del oprobio egipcio.

La razón de poder que expulsa a los venezolanos, como narrativa, por utilitaria y atada a intereses de suyo insensibles a lo humano se ha vuelto inútil e ineficaz. Ella conjuga en términos políticos y de derechos políticos. Se mira en el Estado y sus actores, quienes pugnan por administrar el poder.

Desea la coalición, así y como lo espero, conjugar en términos similares a los de los padres de las declaraciones de derechos humanos, hacerlo pro homine et libertatis, construir la esperanza desde la mirada de las víctimas.

La diáspora es, pues, un concepto que mal calza o se aviene con el que ve a las migraciones como una bandera ideológica o de oportunidad. De significación mercaderil y hasta de violencia que fomenta el desarraigo o la pérdida de las raíces e identidades para destruir patrias ajenas y sostener la peregrina idea una Madre Tierra o Pachamama libre de parcelas y de culturas. Pero buscan encarnarla, eso sí, quienes aspiran a regentarla desde las plataformas globales, las digitales y las de quienes esperan nos metabolicemos en la Naturaleza como partes de esta, una vez concluyan los distanciamientos sociales impuestos.

El primer trasiego de hombres y de mujeres que a tenor de las crónicas llegan a América y a lo que luego será Venezuela – los españoles de la península, invadidos por los musulmanes desde el siglo VI al XV de la era cristiana y cuya empresa repiten estos ahora sobre suelo europeo – lo forman desplazados. Les titula de criminales la leyenda negra. Tal y como algunos califican a los venezolanos de la actual diáspora.

Se trataba entonces de judíos sefardíes a quienes los reyes católicos obligan a convertirse, a que salgan del país o les condenan a muerte por desacato de la orden real. Así, la patria venezolana se vuelve de tal forma tierra de acogida.

Llegada la hora de la república se reafirma como tal bajo José Antonio Páez. Revierte las proscripciones y exclusiones de los decretos de Guerra a Muerte y, el 13 de junio de 1831, el Senado y la Cámara de Representantes promueven la inmigración de los naturales de las islas Canarias a quienes se les otorgan cartas de naturaleza y asignan en propiedad tierra para el trabajo.

Destruida como se encuentra la república que fuese Venezuela, rotos su andamiaje y texturas de nación, los venezolanos arriesgamos vagar al desnudo por caminos extraños y perder nuestra inacabada concreción moral histórica, siempre huidiza y de presente, si obviamos a Ulises y a Ítaca como el ancla memoriosa que lo salva.

El tránsito puede sernos corto o largo y hasta la vuelta. El acompañamiento recíproco a la luz de las pérdidas sufridas y que nos son comunes, más allá de un tricolor patrio que es símbolo, y el escuchar de los corazones lacerados por la arritmia de las emociones al momento de partir o esperar por el regreso, puede servirnos de estrella polar. 

El discurso prepotente que no deja ejemplaridad, como el repetir que en Caracas se adoptan las Convenciones de Asilo Diplomático y Territorial, o el afirmar que compartimos lo nuestro con quienes viven sus iguales oscuranas dictatoriales en América Latina, revela mezquindad. Es la negación de nuestra predicada generosidad.  

Es más aleccionador saber que fuimos parte de aquellos discursos desembozados y altisonantes, patrioteros, que condenaban la Matricula General de Extranjeros dispuesta por el gobierno de Luis Herrera; o la firma por Carlos Andrés Pérez de un decreto de regularización de indocumentados que les devolvía la dignidad e identidad perdidas.  

Don Andrés Bello, orgullo de nuestras letras y emblema de nuestra diáspora pionera, que debe irse a Chile y separarse de su Venezuela, escribe que ella alcanza su regeneración civil y consistencia política a fines del siglo XVII, dado el feliz “malogramiento de las minas”. Quizás sea este, de cara al derrumbe de nuestro mito de nación petrolera, el signo auspicioso que vuelve por sus fueros.

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La pandemia es el progresismo, por Asdrúbal Aguiar

@asdrubalaguiar 

Me ocupa y preocupa el tiempo posterior a la covid-19. El planeta funciona “en piloto automático”, ayudado por la inteligencia artificial. Sobre sus autopistas digitales corren las narrativas de conveniencia. Los caídos son estadísticas útiles para lo funerario, y de quienes detentan el poder sin acotamiento moral.

La conseja más trillada y a la que la pandemia le viene como anillo al dedo es la de la vuelta del hombre a la Naturaleza, que grita según la ONU. Obvia que la “primera guerra global” presente, que es virtual pues no tiene cara visible y ataca por las espaldas, nace de una imprudencia o el dolo – algún día se sabrá – de los operadores de la ciencia, servidores del establecimiento farmacéutico. Pero vayamos a lo concreto.

La experiencia de la “dictadura constitucional” –los estados de excepción o emergencia– durante el flagelo que cobra víctimas reales: unas 355.000 muertes equivalentes a los homicidios durante los regímenes de Chávez y Maduro en Venezuela, de suyo no atenta contra el Estado democrático. Eso, si se le administra y controla mediante contrapesos al gobernante que manda por decreto.

Las mejores gestiones de la crisis, cabe observarlo, han sido realizadas por los Estados con mejores índices democráticos en la región: Costa Rica, Uruguay, Colombia. Lo que preocupa y me mortifica es la deriva a mediano plazo.

En el pasado, así como las dictaduras militares del siglo XX se refugian en la tesis de la “seguridad nacional” para confiscar nuestras libertades, otro tanto hacen las socialistas del siglo XXI, los despotismos progresistas esgrimiendo la defensa de los excluidos, los discriminados, los carenciados de todo, a quienes se les niega el derecho al “buen vivir”.

Sobre las mieles del “autoritarismo constitucional” en boga es predecible que, con sus excepciones, los gobiernos intenten prorrogarlo. Ahora para cuidar del empleo y para alimentar los desnutridos o enfermos.

Argentina ha decretado por un año su estado de necesidad y urgencia. Las gentes de todas partes habrán de abandonar sus nichos o madrigueras con disciplina, en orden, en lo posible favoreciéndose el trabajo a distancia dada la eficacia del Deus ex Machina y con respeto temeroso por la Pachamama.     

El Gran Frenazo ocurre, casualmente, al concluir el año 2019, pasados 30 años desde el quiebre histórico de 1989, cuando cae el socialismo real y la Humanidad ingresa en la era de la biotecnología y la robótica. Como toda guerra, la bacteriológica del coronavirus deja daños materiales y psicológicos que habrán de repararse integralmente, sin retardos.

Urge subsidiar a los desempleados. Asistir a quienes se quedan sin acceso a la comida y las medicinas, como velar por el universo de las pequeñas y medianas empresas que se han paralizado, no sus obligaciones, y en lo sucesivo huérfanas de capital para reactivarse. No digamos de las grandes empresas que atienden a la demanda de bienes y servicios, las mayores empleadoras, al borde de la quiebra.

Será inevitable, entonces, que la “dictadura constitucional” busque la resurrección del Estado asistencialista y proveedor, un parque jurásico que por todos hizo y por todos pensó en el pasado siglo, volviéndose cárcel de ciudadanos. Es el mal necesario de la transición hacia la normalidad.

El asunto grave es que la emergencia –he allí los ejemplos ominosos de Cuba, Venezuela, Nicaragua y también España– puede favorecer intelectualmente y como narrativa de opinión a quienes aún se afanan para sujetarnos a una emergencia constante y estructural, de largo plazo, con propósitos de dominio totalitario.

Ese es el debate que avanza por sobre la realidad de la pandemia. Se cuela en sus intersticios y distribuye ataques o provoca silencios deliberados. Juzga los comportamientos de los gobernantes con la balanza de caradurismo pandémico.

El progresismo regional y el global se mueve con rapidez. Quiere despejar obstáculos, uno de ellos la Casa Blanca.

Les sobran los tontos útiles, como los que ejercen censuras y abren canales de comunicación a conveniencia desde las plataformas digitales y sus redes, sirviendo a tirios o a troyanos, pero nunca a la verdad.

La reconfiguración del marxismo o socialismo real a raíz la caída del Muro de Berlín y en Occidente la asume el Foro de São Paulo, hoy el Grupo de Puebla, una reunión de condenados por la justicia. Busca reconstituirnos a su imagen y abusa de nuestras debilidades hispanas: la astucia, el fingimiento, la picardía, el servir a varios amos, el engaño, la desconfianza, el resentimiento, tal y como las describe el Lazarillo de Tormes. Callan a sus muertos. Son heraldo de los ajenos.   

Lo cierto es que luego del amago criminal chino, bajo protesta de la progresista Unión Europea, Donald Trump aísla a su nación el pasado 12 de marzo. Prohíbe los vuelos internacionales, pero lo siguen esquilmando. La España de Iglesias anuncia su cuarentena dos días después. La Cuba comunista once días más tarde. El México de López Obrador con un rezago de cinco semanas, predicando que “hay que abrazarse, no pasa nada”. Entretanto la colonia que es Venezuela dice tener 11 fallecidos y su vecina Colombia, de igual población, declara que los suyos son 803. República Dominicana, isla como Cuba y similar en habitantes, señala que han muerto 474 personas. El régimen castrista, comunista, socialista y progresista, admite para sí 82 víctimas. No más.

La pandemia del progresismo marcha. Las ciudades bajo claustro callan, por ahora.

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Una pandemia de autoritarismos, por Asdrúbal Aguiar

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La pandemia de la covid-19 desde ya deja lecciones, cuando menos alertas que reclaman una actitud más responsable de las élites globales comprometidas con la experiencia de la democracia; no sea que al superarse la fase más crítica regresemos al Medioevo, con las libertades básicas vapuleadas, bajo miedos existenciales inducidos.

El sistema multilateral heredado de la Segunda Gran Guerra del siglo XX, desfigurado desde los años ’60 al reafianzarse el peso de los Estados por sobre el principio tutelar y ordenador de la dignidad humana [pro homine et libertatis] y quedar condicionado a la lógica de la bipolaridad ideológica (capitalismo vs. comunismo, Norte vs. Sur), es el gran ausente. Más allá de la oferta de dineros sin intereses no ha podido conducir a la Humanidad, globalizada por la amenaza china.

En presencia de nuestra “primera guerra global” virológica y desleal –por tratarse de un enemigo artificial e imperceptible, como lo indican las investigaciones–, la ONU y sus filiales me recuerdan a la inútil Sociedad de las Naciones. No pudo evitar la Primera Gran Guerra de 1914 con sus equilibrios.

Los Estados, frágiles víctimas de la liquidez cultural y digital que nos envuelve, penetrados por la paraestatalidad criminal y enfermos de populismo, han tenido que proceder por las vías del ensayo y error. Cada uno actúa por su cuenta, separado, mientras el virus destructivo no discrimina geográficamente ni en lo personal; todos a uno de sus gobiernos, eso sí, usufructúan de la “dictadura constitucional” sin controles reales, salvo en los casos de Estados Unidos, Costa Rica, Colombia, Uruguay, y España en medio de tensiones.

Mientras la Humanidad se repliega en una suerte de vuelta al útero materno para librarse del daño pandémico –“De aquella cueva nos valga el asilo, en ella, siendo racionales alcarrazas, nos libraremos”, reza el diálogo entre Giges y Sumesf  (1740)–, toman su espacio los dioses nuevos de nuestra contemporaneidad: el “grito de la Naturaleza” y el “gobierno artificial o virtual” que nos controla a distancia, sin el arbitramento impertinente de la soberanía popular.

El morbo de la corrupción que se profundiza durante las dos últimas décadas hace de las suyas a costa de esas presas asustadas que nos hemos vuelto, ahítas de cuidar la vida a cualquier precio.

La desinformación (fake news) es divertimento o distracción para los internautas en cuarentena, mientras la información médica unas veces se oculta o se dosifica a conveniencia por quienes la detentan, midiendo los efectos políticos poscoronavirus.     

Dentro del marco de incertezas globales presentes puede decirse que la pandemia tampoco discrimina por razones democráticas. Pero la realidad democrática está contando en los resultados de la gestión de la covid-19.

USA, sin ahogar los contrapesos federales ni ocultar la verdad, nos muestra un panorama de letalidad elevada por la enfermedad, es cierto. Pero México, su vecino, relajando los controles de modo irresponsable presenta muertes que son un tercio menores a las de Brasil, mientras que este, bajo la conducción de un militar, presenta casi un 20 % de mortalidad con relación a la misma USA y teniendo un 34 % menos de su población.

Colombia, administrando la excepción con apego al Derecho y una población proporcional a las de Venezuela y Argentina, duplica la letalidad de la última; pero Venezuela, bajo un régimen despótico, ofrece un efecto tan pequeño de la pandemia que es similar al de su otro vecino, Trinidad, que apenas cuenta con el 0,2 % de la población venezolana.

Si se mira a Cuba, con una población parecida a la de República Dominicana –ambas son islas, aquella una dictadura y esta una democracia deficiente– su régimen afirma tener solo un 17 % de las muertes ocurridas en la segunda.

Costa Rica y Uruguay, consideradas democracias plenas y con poblaciones similares, con apego cuidadoso a sus tradiciones civiles y democráticas, muestran un panorama benigno y alentador por sobre la región. Han tenido éxito. Las conclusiones no se hacen esperar.

Bajo los regímenes autoritarios de Cuba, Nicaragua y Venezuela, la data baja tiene contracara la censura de la información junto con la persecución política de quienes la desafían.

Entretanto, como cabe agregarlo al margen, España, cuya democracia se encuentra afectada por la desviación autoritaria de su gobierno, teniendo el 14 % de la población de USA ya ha sufrido un 30 % de su letalidad. Pero los juicios de valor negativo en los medios globales se mantienen direccionados. Les preocupan los gobiernos de Brasil y el Ecuador, casualmente. Y mientras México es saludada con énfasis, no hacen otro tanto con Costa Rica o Uruguay. Tras la COVID-19, en suma, la región puede verse inundada por la pandemia de los autoritarismos.

Un ilustre hijo de la nación azteca, expresidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Sergio García Ramírez, decía bien que “para favorecer sus excesos, las tiranías clásicas que abrumaron a muchos países de nuestro hemisferio invocaron motivos de seguridad nacional, soberanía, paz pública…”. Y advierte que “otras formas de autoritarismo, más de esta hora, invocan la seguridad pública, la lucha contra la delincuencia para imponer restricciones a los derechos y justificar el menoscabo de la libertad”.

Las excusas, sin lugar a duda, ahora serán la pandemia en curso o la que viene, el cuidado de la naturaleza, o ponerle coto digital a la sobreinformación que conspira. Vivimos en una oscurana.   

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La razón de humanidad, por Asdrúbal Aguiar

@asdrubalaguiar 

Releo el libro de Martti Koskenniemi, diplomático finlandés que hace cátedra en Helsinki. Su título es ejemplarizante: Il mite civilizzatore delle nazioni o El suave civilizador de las naciones (2001). Narra el ascenso y la caída del originalmente llamado Derecho de gentes entre 1870 y 1960. Y digo sobre lo sugerente del título pues en su contenido nos recuerda, a quienes hemos entregado décadas a la enseñanza de esa disciplina, que la obediencia o no de las naciones a las reglas del Derecho ha dependido siempre de “sus acogidas en la conciencia de los pueblos civiles”. No habría Derecho ni derechos sin encarnación, en pocas palabras.

Más allá de las modalidades adquiridas por las fuentes formales que alimentan al ordenamiento internacional y cuyos órganos de aplicación aún medran al servicio de causas ideológicas, uno de los pioneros intelectuales de la Europa de mediados del siglo XIX apunta que la fuerza jurídica internacional es persuasiva. En último caso depende del “comportamiento de la opinión pública”.

Tanto que, quienes infringen las obligaciones internacionales – violan derechos humanos, ejecutan crímenes de lesa humanidad– jamás niegan la fuerza del Derecho. Se justifican ante la propia opinión pública manipulando al antojo sus términos.  

Lo cierto es que en sus escarceos iniciales como ciencia y bajo el espíritu liberal que desafía a la célebre Santa Alianza contra la que insurgen nuestras naciones americanas al hacerse repúblicas, se privilegia como fundamento del orden internacional a “la conciencia del género humano, que se manifiesta o expresa por medio de la opinión colectiva”. Ciencia y conciencia son los grandes ideales del siglo XIX, cuando el cultor del Derecho internacional es visto como el órgano de la conciencia de la Humanidad y la opinión pública, al término, se manifiesta en unas reglas o en un orden que casi se forma por introspección.

El gran humanista de América y pionero de la diáspora, don Andrés Bello, autor de un manual sobre Principios de Derecho de Gentes (Santiago de Chile, 1832 y Caracas, 1837), se anticipa a los europeos y a la sazón recuerda que “la buena fe entre enemigos no solo requiere que cumplamos fielmente lo prometido, sino que nos abstengamos de engañar en todas las ocasiones en que el interés de la guerra no está en conflicto con los deberes comunes de la humanidad”. De modo que, según él, “no es lícito abusar de la humanidad y generosidad del enemigo para engañarle”. Y no pongo ejemplos para no hacer apología de quienes no la merecen y crean falsos positivos para desafiar a la Casa Blanca, cargándose vidas humanas para sus despropósitos “ideológicos”. La cuestión no es baladí.

Un estimado colega, actual juez de la Corte Internacional de Justicia, Antonio Augusto Cançado Trindade, recuerda que habiendo sido las Américas pionera en el campo de los valores y principios del Derecho internacional, se le hace obligante “la construcción de un nuevo jus gentium para el siglo XXI, en el cual pase a ocupar posición central la preocupación por las condiciones de vida de todos los seres humanos en todas partes, y en el cual la nueva «razón de humanidad» pase a primar sobre la razón de Estado”.

Así hubo de ser y no lo fue a partir de 1945, cuando se adoptan las cartas internacionales de derechos humanos. Antes bien, se constata el comportamiento discriminatorio o taimado que, por alegadas “razones de Estado” todavía afecta a las decisiones o la falta de decisiones en los órganos de protección, en la Corte Penal Internacional, en los responsables de hacer valer la “responsabilidad de proteger” a poblaciones víctimas de carnicerías por quienes han secuestrado los poderes de los Estados para fines criminales en pleno siglo XXI. 

Los principios ordenadores del Derecho internacional americano, sucesivamente desarrollados en el plano universal y acogidos en distintas declaraciones históricas del sistema interamericano, cuentan con pátina y privilegian las cuestiones de Estado, entre otros: el uti possidetis iuris (Doctrina Bolívar, 1819), la solidaridad continental (Congreso Anfictiónico, 1926 y Doctrina Álvarez, 1962), la prohibición del uso de la fuerza (Doctrina Drago, 1902), la igualdad entre nacionales y extranjeros (Doctrina Calvo, 1896); el no reconocimiento de los gobiernos de facto (Doctrina Tobar, 1906 y Doctrina Betancourt, 1948); la No-intervención (Doctrina Estrada, 1930); la solución pacífica de controversias (Doctrina Bello, 1832); la responsabilidad internacional del Estado (Doctrina Guerrero, 1930); el Derecho humanitario o de la guerra (Doctrina Sucre, 1819).

La pandemia global, si acaso no pide reconsiderar los fundamentos del Derecho internacional en las Américas citados, sí impone volver a los orígenes. La razón de Humanidad grita más que la Naturaleza y emerge como regla de conducta global. Hace escrutinio sobre el comportamiento de las organizaciones multilaterales, los Estados y sus gobiernos en la hora. Observa la mayor o menor negligencia de estos al preferir o no el valor eminente de la vida humana.

Valen, entonces, las palabras de ese gran salvadoreño, último presidente de la Corte Permanente de Justicia Internacional y primer presidente de su sucesora, la Corte Internacional de Justicia, José Gustavo Guerrero, quien al referirse a las relaciones entre los Estados recuerda que “la cortesía no pasa de ser una forma de hipocresía si no va acompañada, tanto en la vida privada como en la pública [de los gobernantes] de otras prácticas que todas las religiones y todas las doctrinas morales han enseñado a través de todos los tiempos: sinceridad, lealtad, equidad”.

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El rompecabezas global, por Asdrúbal Aguiar

@asdrubalaguiar 

Imaginando las características del Nuevo Orden Global (NOG) pasada la cuarentena, cabe decir que el derecho a la vida se ha jerarquizado sobre el resto de los derechos, a pesar de que una sociedad relativista hasta ayer intenta disponer de la misma vida, sea para crearla, sea para destruirla en su génesis o al considerarla inútil.

En la circunstancia sobran quienes desde el atalaya del poder se escudan tras la vida para afirmar sus autoritarismos, negadores de la misma vida con dignidad.

La pandemia muestra, así, dos variables que buscan sobreponerse y exacerban sus realidades. Las erige como entes. Una es el ecosistema digital, que le permite al mundo funcionar mientras las gentes medran en sus encierros. La otra es la Naturaleza, que avanza y desafía al hombre que la habita, casi reclamándole se incline y mire hacia la tierra, no más hacia el zénit que alberga a los dioses pues le hace creer que es el dios de lo creado.

Se trata de un fenómeno extraño. Los símbolos de la precariedad y la genialidad se juntan cómplices –el Hábitat y el andamiaje digital– para desplazar al genio finito que es el mismo hombre.

El asunto no es nuevo. Adquiere relieve bajo el coronavirus. Las narrativas pugnan desde la Gran Ruptura en 1989 – el final de la experiencia del socialismo real y el ingreso del mundo a la sociedad de la información – y al iniciarse la larga transición que culmina en 2019 con un Gran Frenazo.

La masacre de Tiananmén (China) impone el capitalismo dictatorial y amaga la libertad, y la violencia destructiva de El Caracazo muestra al hombre como disoluto e irresponsable, ávido de protectores. Son ambas las premisas del Foro de São Paulo (Sao Paulo, 1990, y México, 1991) y sus propuestas revisionistas: recuperar las identidades culturales e históricas de los pueblos, y lograr la “preservación del medio ambiente…, por las nacionalidades y etnias que sufren la opresión y discriminación de nuestras sociedades”. Es su respuesta al orden global, mientras sus socios denuncian anticipadamente que USA y el Occidente alegarán como “coartada” la lucha contra el narcoterrorismo para acallarlos.        

La Declaración del Milenio de la ONU (2000), acto seguido fija como paradigmas el respeto a la Naturaleza y la responsabilidad común de los gobiernos en la gestión económica y social del mundo. Mas la periodista Flora Lewis, testigo de la mesa que la precede advierte que el debate entre los gobernantes se redujo a presentar al “Occidente contra el resto del mundo”. Papa Ratzinger, antes de su renuncia, advierte el peligro de que este se avergüence de sus raíces judeocristianas.

El terrorismo de origen musulmán destruye luego los cimientos del Derecho internacional con sus ataques a las Torres Gemelas de Nueva York (2001), a Atocha en Madrid (2004) y a Londres (2005). Deja a la vera 3250 víctimas y 8540 heridos.  

Hugo Chávez, quien ejerce el poder en Venezuela con el apoyo sincronizado de Cuba y el mundo árabe, hace propia la premisa del foro. Condena que USA pretenda “romper principios sagrados de soberanía de los pueblos” como reacción ante el terrorismo. Y a la sazón José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del gobierno español, beneficiario de los atentados, propone ante la ONU resolver a través del “diálogo, la tolerancia y el entendimiento”. Junto con el presidente turco Recep Tayyip Erdoǧan plantea la Alianza de Civilizaciones en 2004, a fin de diluir el sentido humano del Diálogo de Civilizaciones propuesto por Mohammad Jatamí en 1998 ante el choque predicho por Samuel Hungtinton.

La ONU, tras la estira y encoge, cristaliza la idea de la Responsabilidad de Proteger (R2P) ante los “crímenes de guerra, la depuración étnica y los crímenes de lesa humanidad”. Un lustro después, sensiblemente, el presidente Barack Obama se suma a la Alianza de Zapatero y Erdoǧan.

La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, pasado otro lustro, invisibiliza en la práctica a la democracia y al Estado de Derecho y sitúa como ejes del orden esperado “un mundo donde la humanidad viva en armonía con la naturaleza” y en el que “la interconexión mundial brinde grandes posibilidades para acelerar el progreso humano”.

El debate acerca el calentamiento global –que desaparece ante la resurrección de la Naturaleza bajo el coronavirus– y la violencia popular sin discurso compartido pero direccionada hacia los “sólidos” de la modernidad y creencias occidentales, ocupan la antesala del Gran Frenazo, desde Santiago de Chile hasta Hong Kong. La prensa prefiere hablar de la “violencia económica”, “sexual” y de “género”, “doméstica” como “psicológica”, o el “acoso” o el “ciberacoso”.

A todas estas el Foro de São Paulo junto con el Partido de la Izquierda Europea, a mediados del 2019, ratifican desde Caracas su narrativa. La explotan sobre las redes. Consideran a la Unión Europea incapaz para “que sea respetuosa de la naturaleza” y reclama el derecho de los migrantes maltratados y humillados por USA, tanto como se compromete a sostener “una pedagogía comunicacional” para enfrentar al capital financiero que busca controlar la tecnología para establecer un “consenso social” permeable a sus intereses.

Que el papa Francisco, en medio de la pandemia, declare: “No estamos más en la cristiandad… no somos los más escuchados…” o que rescate de la literatura indígena y neomarxista el “buen vivir” para que el hombre se metabolice con la Naturaleza y ajuste su libertad a las leyes de esta, es una redundancia.

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