Asdrúbal Aguiar, autor en Runrun

Asdrúbal Aguiar

Vuelvo sobre algunas reflexiones anteriores, esta vez a propósito de la lúcida y oportuna consideración que nos hace el catedrático venezolano Román J. Duque Corredor: “El reto es consolidar … la transición… mediante el restablecimiento… de la Constitución”.

Las crisis constitucionales que ocurren en todo Estado son abordadas, de ordinario, a través de formas transitorias de “dictadura” constitucional. Se habilita al gobierno mediante ley para que dicte medidas de excepción, sobre materias que son competencia del parlamento, hasta lograrse la normalidad institucional. Pero distinto es, lo recuerda Duque, que el mismo gobierno o en colusión con otros poderes deje a una nación sin Constitución. No es que se la viole o desconozca, haciendo posible un debate interpretativo, sino que se la destruye, en pocas palabras, se auspicia una vida social y política desligada de toda regla, sólo fundada en el poder despótico o la anarquía.

Venezuela es, en cuanto a lo anterior, un emblema, si bien media allí un puente entre la constitucionalidad y su desaparición, calzando aquí lo descrito por Piero Calamandrei en Il regime della menzogna: “Las palabras de la ley no tienen más el significado registrado en el vocabulario jurídico. Hay un ordenamiento oficial que se expresa en las leyes, y otro oficioso, que se concreta en la práctica política sistemáticamente contraria a las leyes… La mentira política, … se asume como el instrumento normal y fisiológico del gobierno”.

Dos experiencias, una pasada, otra actual, pueden ilustrarnos.

A los dictadores militares latinoamericanos del siglo XX les molesta no se les llame presidentes constitucionales; y es que, accediendo al poder por vías de hecho, las revisten de sacramentos constitucionales. Se rinden ante sus formas. Las “dictaduras” del siglo XXI, cultoras del comunismo, matizadas hoy de progresismo, se inician con la implosión de los edificios constitucionales en vigor. Arguyen, a conveniencia, que la voluntad del pueblo actúa y decide a su arbitrio, desligada de toda normatividad ética o formal.   

En 1999, por ende, de espaldas a la Constitución de 1961 y con el aval de los jueces supremos, se dicta en Venezuela una nueva Constitución a través de un mecanismo constitucionalmente inexistente, la Asamblea Constituyente. Luego, a pesar de las graves desviaciones autoritarias y militaristas que consagra su texto, deja de existir, integralmente, en sus aspectos dogmáticos y en los orgánicos. Lo que da lugar, ahora, a un esfuerzo para su restablecimiento, con un Estatuto para la Transición que adopta, el pasado año, la Asamblea Nacional que aún resta sobre el descampado de la ilegitimidad actuante.

La experiencia de las transiciones encuentra su primer foco de actividad en los países de Europa oriental salidos del comunismo y en procura, según las Asambleas de la ONU que se inauguran en Manila, Filipinas, en 1988, de “democracias nuevas” o restauradas. El desiderátum es el dictado de una Constitución. Es una de las alternativas que menciona el profesor Duque Corredor en su exposición, antes de abordar la que le interesa, la de la transición para el restablecimiento de una Constitución abandonada, violentada, destruida en su totalidad, incluso huérfana de sustentos institucionales.

Se trata de un predicado válido, también para los casos de Ecuador y Bolivia, cuyos ordenamientos históricos también los desmontan profesores españoles – escribanos al servicio de La Habana – apoyados en la citada opción constituyente, la de la tabula rasa, que imagina y crea sociedad y Estado como si nunca hubiesen existido, desmemoriadas, sin raíces ni parentelas.

Alain Touraine comenta que en el siglo corriente “la democracia es esclava de su propia fuerza”. No le falta razón. Lo cierto es que en el vacío de transición las expresiones políticas emergentes – que ya no dictan ni son dictaduras, sino que disuelven – ocupan, a manos de distintas organizaciones de la criminalidad transnacional, los espacios nacionales y globales para forjar, exactamente, cinturones de impunidad, ajenos al imperio de cualquier ley, recreadores de un relativismo absolutizado. Al cabo, castigan y lapidan, con la mayor severidad y manipulando a la propia ley, a las fuerzas o actores que se le oponen, reescribiendo sus historias y expedientes, mientras, a la par, avanzan en la disolución de lo constituido y sus órdenes. España en la siguiente escala.

A la luz de la subliminal crítica que me dirige Roberto Viciano Pastor, uno los señalados profesores venidos desde la Madre Patria (véase mi Revisión Crítica de la Constitución Bolivariana, 2000), tachando mi compromiso con los valores éticos de la democracia, sí debo decir que esa Constitución, la de 1999, es el “pecado original”. En sus normas se explica el fenómeno que ahora da lugar a la doctrina de la transición democrática, obligando a los demócratas a morderse la cola.

Pero la tesis de Duque Corredor es saludable y oportuna, desde mi perspectiva. Antes que sugerir lo inevitable, la vuelta a la Constitución destruida por vía de una transición que prescriben sus normas, deja una enseñanza fundamental: Mal podrá debatirse otra Constitución sobre el vacío – como ocurre con la que hoy busca restablecerse – si se aspira a que refleje nuestras raíces.

El Cardenal Jorge Mario Bergoglio, en su opúsculo La nación por construir, 2005, no por azar recuerda que la ruptura y discontinuidad del diálogo intergeneracional “prohija toda una gama de abismos y rupturas: entre la sociedad y la clase dirigente y entre las instituciones y las expectativas personales”.

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Asdrúbal Aguiar Ene 18, 2020 | Actualizado hace 1 semana

Los partidos son hoy colchas de retazos, en Occidente. Su crisis ocurre, incluso, en Estados Unidos, como lo muestran su Congreso, las incidencias internas de aquellos, y las complejas relaciones de uno y otros con el presidente Donald Trump, quien gobierna a través de Twitter.

Los pilares que fueran el Partido Socialista y la Democracia Cristiana italianos son piezas del museo romano. No los destruye una peste bubónica medieval, menos traficantes de ilusiones adherentes al posmarxismo globalizador o practicantes de la religión posdemocrática.

Los partidos peronista y radical de la Argentina, el conservador y liberal de Colombia, el adeco socialista o el humanista cristiano venezolanos, son precedentes del terremoto que aqueja por igual al Partido Popular y PSOE en la Península.

 

Que en el ecosistema político sucedáneo y en forja confluyan, utilitariamente, los especímenes jurásicos que se reúnen alrededor del Foro de Sao Paulo, por haber llegado a la estación del tren de la historia antes, en 1991, a la espera de ocupar los primeros asientos del futuro que se escribe –  es sugerente la obra de Harari, Homo Deus – no les ubica como autores ni les transforma en determinantes de lo que ocurre o sus perspectivas. 

Que resulte inverosímil que las realidades más ominosas y amenazantes de la convivencia humana y política en boga se muestren tozudas, difíciles de revertir por los actores y las víctimas que se oponen a los desafueros del poscomunismo instalado en partes de Iberoamérica, durante las dos décadas precedentes y que ahora hacen cuna en la España, mejor sugiere la presencia de ese ecosistema distinto, incomprendido por las mayorías, ajeno a las convencionalidades conocidas.

No por azar, tirios y troyanos, en las mal llamadas izquierdas y derechas, a pesar de sus evocaciones al pasado, lo primero que han hecho es trastornar el lenguaje y sus símbolos, desfigurar sus contenidos, apelar desesperadamente a formas cambiantes – cambiando las retóricas, manejándolas al detal – para incidir en el amasijo de individualidades dispersas en el que se ha trasformado el mundo, durante los últimos 30 años.

¿A qué me refiero con todo esto?

El Homo Sapiens que somos las generaciones más viejas, por apegadas a los sólidos conceptuales y los catecismos, probablemente estemos obstaculizando el desagüe de las generaciones que se miran en el Homo Twitter “cansiniano” y que, al caso, son más inteligentes que las nuestras y que las del Homo Videns “sartoriano”, hijos de la TV, acríticos, para quienes no existe otra realidad que la de la pantalla.

El Homo Twitter se mueve en la liquidez, fluidamente, con espíritu instantáneo y desconfiado, ávido de experiencias y no de usos horarios o lealtades – ni afectivas, ni políticas, ni laborales, ni como parejas – y tanto como escribe, en 140 caracteres y es maestro de lo metafórico, anuda su lengua digital a las imágenes que le agradan o sosiegan sus arrebatos.

 

Sin embargo, sin desmedro de la descripción anterior o junto a ella, acaso como visual que nos muestra el bosque, vuelvo a lo que escucho decir a un investigador español de ciencia, tecnología y sociedad, Javier Echeverría, en el marco de un coloquio en el que participamos sobre los espacios lingüísticos y la mundialización, en París, en 2001. Afirma, con pertinencia, que ha emergido un espacio social nuevo que se sobrepone a los otros dos espacios históricamente conocidos: El del entorno rural y el de la ciudad o urbano, que tienen sus respectivas culturas y coinciden en estar atados al lugar y ser beneficiarias del tiempo, en crear costumbres y fijar tradiciones.

En los entornos señalados, radicalmente distintos del tercero y en curso, se habla de la plaza, del mercado, de la catedral, la tienda y la oficina, la casa familiar o el club social, como se aceptan autoridades, burocracias, palacios, parlamentos, partidos, se lee la prensa o el libro impreso. El espacio y el tiempo se relacionan con lo humano y saben de la velocidad y la finitud. En ellos la gente camina, se asienta, está presente, confronta a las élites directamente, tiene memoria crítica, se separa en grupos o en recintos físicos, o por lenguas, incluidas las políticas. Conoce la proximidad y la distancia, también su apego a la patria.

El tercer entorno, entre tanto, no está en la tierra sino en las “nubes”, hecho de redes, sin textura humana.

Sus ciudadanos, digitales o internautas, son transversales, viven aislados o en retículas transnacionalizadas. No caminan, se desplazan, pero a través del flujo electrónico y las autopistas digitales, de modo constante o inestable, al gusto. Ocupan los espacios globales y hacen infinitos, según se los permita la imaginación electrónica, y tienen memoria, sí, pero asímismo electrónica. No saben de raíces, pues el pasado y el porvenir lo modelan  a diario y a conveniencia. 

El Tercer Entorno “modifica profundamente las actividades sociales y humanas” desde ya: la guerra se hace ciberguerra; el dinero es electrónico e imaginario; la ciencia crea vida artificial; el derecho territorial para los iguales es paleontología; la plaza pública o política está en el periodismo subterráneo, sin editores, y la intoxican Fake News; la religión se hace predica electrónica casera; y hasta el sexo se vuelve virtual, con su pornografía a cuestas.

Entre tanto, unos soldados y diputados luchan en Caracas por los espacios del Capitolio Federal, inaugurado en 1877 por el General Antonio Guzmán Blanco, El Ilustre Americano. 

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Recién ordeno y cierro, por lo pronto, mi obra periodística y de ensayos acometida a lo largo de los últimos veinte años. Son 8 volúmenes y casi 5.000 las páginas en las que me muerdo la cola para entender y denunciar a la mutante revolución que se cuece entre el Foro de Sao Paulo y sus escribanos de Valencia, España.

Adiestrados estos, intelectualmente, por La Habana, se montan sobre los hombros una tarea cuya realización preocupa hace treinta años, cuando se predica, con liviandad, el fin del comunismo, vale decir, la llegada del posmarxismo que se apalanca sobre los proventos del capitalismo y manipulando las formas de la democracia, para vaciarlas de todo contenido. Eso sí, oculto tras los camisones de ocasión, útiles en el mercado de la opinión pública y para sus redes globales: bolivarianismo, luego socialismo del siglo XXI, al término progresismo; ese mismo que vocean el impresentable de Ernesto Samper Pisano y José Luis Rodríguez Zapatero.

Más directos y sinceros han sido, ayer Fidel Castro, quien, ante la pregunta de una periodista sobre el significado del socialismo del corriente siglo, la ataja en seco: ¡es comunismo!, nada más; hoy, Alberto Garzón, novel ministro de Pablo Iglesias dentro del morganático régimen que se instaura en España, quien afirma que: “el proyecto político de Castro está más vivo que nunca”.

Todo comienza, pues, con un pequeño volumen, el noveno, de apenas 128 páginas, editado por el diario El Nacional el año 2000, que escribo a finales de 1999 para dar cuenta de mi Revisión crítica de la Constitución bolivariana. Desde entonces y ahora, la llamo el pecado original. Su prólogo – ¿quién podría imaginarlo?, yo mismo me sorprendo – se lo solicito a un cordial y amigable profesor valenciano, a quien conozco a inicios de dicho año cuando atiendo una cita del director general de la UNESCO, para dictar en España una charla, en Castellón de La Plana.

Él y varios de sus colegas, así, llegan a Caracas para enterarse, con fines académicos, del proceso constituyente nuestro. Es lo que esgrimen y me dicen al saludarme. Mas al cabo son ellos quienes, tras bambalinas, imaginan e impulsan a La Bicha de Hugo Chávez, como primera experiencia acordada entre Lula y Fidel en 1991, dándole paso franco al poscomunismo señalado. Y como se sab más tarde, les contrata Isaías Rodríguez, vicepresidente de la Constituyente, embajador en España, manifiesto protector de la ETA, lo que es un dato secundario para esta crónica.

Topamos, así, con el posmarxismo en tierras americanas, con sus constituyentes a cuestas y sus procesos para el desmontaje de nuestras democracias, amantadas estas por el patrimonio moral del Occidente judeocristiano.

Se cuecen los estatutos políticos del poscomunismo en los hornos de la universidad valenciana y su fundación, que a lo largo de los años se hará beneficiaria de asesorías generosas asignadas desde Caracas, Quito, y La Paz. Me refiero a la Fundación CEPS, al Centro de Estudios Políticos y Sociales cuyo cerebro más destacado y acucioso es el actual catedrático Roberto Viciano Pastor. En lo adelante no oculta más su filiación ni sus tareas, como el haber dirigido los “equipos de seguimiento y asesoramiento a las Asambleas Constituyentes de Venezuela (1999) y las más recientes de Ecuador y Bolivia”.

“La observación del autor es crítica – dice Viciano sobre y acerca de mi desencuentro con “su” Constitución y en el prólogo que me escribe en 2000 – desde una particular visión del derecho, de la función pública y del deber del Estado, y desde una priorización de los valores de la que, desde luego, no es espejo fiel la nueva Constitución”. Se refiere, obviamente, a la suya, a la que asesora desde Valencia y para Venezuela, a partir de una institución cuyo portal la muestra como consultora política, jurídica y económica, de las “fuerzas y gobiernos progresistas de América Latina”.

Lejos de lo anecdótico, lo vertebral es que tras un ejercicio y varias puestas en escena por quienes se empeñan en no quedarse huérfanos ante el agotamiento de la experiencia del socialismo real soviético, pasadas tres décadas de sinuosa penetración, experimentando más allá de los predios de la Madre Patria, los armadores españoles del Foro de Sao Paulo regresan a su nicho, al CEPS en el que amamantan a Pablo Iglesias y los constructores de PODEMOS. Se trata de los destructores que intentarán ser, ahora, de la milenaria cultura de la que se avergüenzan una parte de la Europa y la España posmodernas: No lo digo yo, lo afirma el Papa Ratiznger, en pasada oportunidad, cuando desnuda al progresismo como relativismo cabal y amoral de la existencia.

Llega a Madrid, en suma, la muerte de Dios – lo repito por enésima vez – y el presupuesto para que la corrección política signifique el fin de los sólidos morales y cualquier acotamiento desde lo racional. Es lo que manda, al caso y como lo señalo en mi anterior columna, la Agenda igualitaria de la ONU 2030.

Lo más insólito es que todo se reduce al advenimiento de una procaz religión, nutriente de la desesperanza, asociada con el delito, envilecedora como ninguna, la de “los principios y valores de Fidel Castro, que debemos seguir defendiendo”, según lo indica Garzón. En esa estamos, en el plano de los “rauxas”, dirán los catalanes.

El Papa millenial y Venezuela, por Asdrúbal Aguiar

Vuelvo a S.S. Francisco – recuerdo con gratitud al Cardenal Jorge Bergoglio – dada su proximidad decembrina a nuestro sufrimiento como pueblo: “probado largamente por tensiones políticas y sociales”. Pide que Jesús bendiga a quienes se prodigan “para favorecer la justicia y la reconciliación”.

No se separa el Papa de la narrativa europea que nos mira compasivamente y omite nuestra madurez alcanzada. Nos reduce como realidad que deja de ser promesa, la del Mundo Nuevo, desde cuando nos soltamos de su mano tutelar.

“Sottosviluppati”, subdesarrollados, es la cuña que golpea en los oídos de quienes transitamos por las aulas universitarias romanas en los tormentosos años ’70, marcados por el mayo francés de 1968, germen del relativismo hoy en boga.

Hay quienes insisten – lo hace el canciller europeo, el catalán Josep Borrell – en mirarnos bajo dicha óptica, transcurrido medio siglo desde entonces, pidiéndonos celebrar lo alcanzado: Nos damos dictadores, pero por vías democráticas, y ellos, cuando menos, se muestran comprometidos con la redención de los excluidos. ¿Qué más puede pedirse?

Al Papa lo comprendo, íntimamente. “El que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve”, reza la primera carta de Juan. No es el caso de Borrell, menos el de su camarada José Luis Rodríguez Zapatero, empeñados en salvar de su derrumbe al criminal de lesa humanidad Nicolás Maduro; así descrito por una partidaria de éstos, Alta Comisionada de la ONU, Michel Bachelet.

Vayamos a lo esencial.

Francisco asume a cabalidad el contexto inédito que ata a las realidades disueltas que nos afectan y nos estremecen confundiéndonos. Las citadas serían peccata minuta, a no ser por los millones de víctimas venezolanas.

En vísperas de la Navidad, ante la Curia Romana se declara millenial: “No estamos viviendo simplemente una época de cambios, sino un cambio de época… los cambios no son más lineales, sino de profunda trasformación; constituyen elecciones que transforman velozmente el modo de vivir, de interactuar y elaborar el pensamiento, de relacionarse entre las generaciones humanas…”.

Apunta, sin decirlo, al Homo Twitter cansiniano, quien, como lo advierte Yuval Noah Harari, arriesga transformarse en Homo Deus ex machina, si deja que su albedrío se lo arrebaten los componentes digitales. Pero aclara que “la actitud sana es… la dejarse interrogar por los desafíos del tiempo presente y comprenderlos con las virtudes del discernimiento”. Tanto como le pide a la Curia “iniciar procesos. Nosotros debemos iniciar procesos, más que ocupar espacios. Dios se manifiesta en el tiempo y está presente en los procesos de la historia”, ajusta.

Como leal discípulo de Romano Guardini, el Padre Jorge, al volver sobre su añejo argumento ahora como Papa – lo expresa en Evangelii Gaudium – y al reiterar que “el tiempo es superior al espacio”, empero, olvida la realidad del ecosistema digital que nos propone comprender.

La relación entre el tiempo y el espacio, que marca el sentido de la velocidad, ha quedado rota para las generaciones del presente, más ganadas para la experiencia inmediata y con desapego a las territorialidades, sean sólidas como intelectuales.

Zigmunt Bauman, filósofo polaco fallecido hace dos años, advierte llegada la “modernidad líquida”. Señala que “los fluidos, por así decirlo, no se fijan al espacio ni se atan al tiempo”. De mi parte he afirmado que todo internauta, como practicante de la política al detal y sin lealtades “para toda la vida”, lleva una existencia de descarte, prét-a-porter, de emociones momentáneas. Esa es la realidad, gústenos o no.

El Cardenal Bergoglio ha de convenir con lo que dice en su obrita La Nación por Construir, que me obsequiara en 2005: “La realidad es superior a la idea… El análisis de la realidad no tiene que ser un análisis de tipo ideológico donde yo proyecto una postura previa sobre la realidad, sino ver la realidad tal cual es”.  Mas el problema es que su afirmación también tiene en lo adelante su reverso: el ciudadano digital construye argumentos a partir de su estado de ánimo o indignación. Luego avanza sobre el pedazo de la realidad que ve útil o incluso de la mentira (Fake News) si le sosiega.

Francisco es coherente con su Exhortación Apostólica citada: “Trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos. Ayuda a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad”.  Mas a los venezolanos nos resulta ilusorio reparar en su sabio consejo, pues agonizamos, carecemos de tiempo y hemos perdido el espacio, somos diáspora.

Mal podemos escuchar a Borrell, además, pues el Papa, ante la Curia, de modo fulminante declara que “no estamos ya en un régimen de cristianismo porque la fe ya no constituye un presupuesto obvio de la vida común”. Y la cuestión es que Papa Ratzinger,  su antecesor, al escrutar a los europeos del presente, recuerda bien que: “Occidente siente un odio por sí mismo que es extraño y que sólo puede considerarse como algo patológico; … ya no se ama a sí mismo; sólo ve de su propia historia lo que es censurable y destructivo, al tiempo que no es capaz de percibir lo que es grande y puro… Necesita de una nueva –ciertamente crítica y humilde– aceptación de sí misma, si quiere verdaderamente sobrevivir”, y a la par aconsejarnos. 

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En este tiempo de espera, de advenimiento, de expectativa que dura cuatro semanas – el Adviento para los cristianos – ante la llegada al mundo, para creyentes y no creyentes, del «espíritu de la Navidad», adquiere pertinencia considerar su hondo significado.

La cuestión vale para todos, pues desborda, como hecho cultural, al plano de lo confesional, si bien la referencia al mismo se nos imponga como interrogante, tal y como lo reseña en su bella novela escrita en 1917, Ignacio Manuel Altamirano, La Navidad en las montañas: “¿Quién que haya nacido cristiano y que haya oído renovar cada año, en su infancia, la poética leyenda del nacimiento de Jesús, no siente en semejante noche avivarse los más tiernos recuerdos de los primeros días de la vida?”.

Ese momento, mágico y rasgante a la vez, sugiere la preeminencia del valor de los recuerdos dentro de la experiencia humana, la de todos, que en todos y cada uno es distinta, fatalmente. Es la vuelta a las raíces, acaso al Génesis o que para Ulises la representa Ítaca, como en procura de un punto de apoyo que nos permita seguir trillando el camino que tenemos por delante y nos falta hasta que todo se consume.

Navidad es ser memorioso. Pero no basta el ejercicio introspectivo, si a la luz de ese espíritu se la desfigura para solo mirar nuestra sombra y omitir la vivencia de quienes nos rodean. O también la de uno mismo, cuando luego de volver sobre la ruta del retorno, despertamos en el presente, que es realidad hecha de falencias.

Altamirano lo cuenta, en términos dramáticos: “Me hallaba perdido entonces en medio de aquel océano de montañas solitarias y salvajes; era yo un proscrito, una víctima de las pasiones políticas, e iba tal vez en pos de la muerte, que los partidarios en la guerra civil tan fácilmente decretan contra sus enemigos”. Y refiere que, en medio de sus tribulaciones y para su sosiego se le aproxima un cura de almas de pobreza inenarrable, que hace buena y veraz esa fibra de humanidad que despierta, justamente, en el instante de la Navidad memoriosa.

“Tengo una casa cural muy modesta — dice este — como que es la casa de un cura de aldea, y de aldea pobrísima. Mis feligreses viven con el producto de un trabajo ímprobo y no siempre fecundo. Son labradores y ganaderos, y a 30 veces su cosecha y sus ganados apenas les sirven para sustentarse. Así es que mantener a su pastor es una carga demasiado pesada para ellos; y aunque yo procuro aligerarla lo más que me es posible, no alcanzan a darme todo lo que quisieran, aunque por mi parte tengo todo lo que necesito y aun me sobra. Sin embargo, me es preciso anticipar a Vd. esto, señor capitán, para que disimule mi escasez, que, con todo, no será tanta que no pueda yo ofrecer a Vd. una buena lumbre, una blanda cama y una cena hoy muy apetitosa, gracias a la fiesta”.

Navidad, además y más que un alto en los conflictos propios a la existencia, que nunca se detienen a menos que uno se enajene, es el momento de rescate del sentido de la solidaridad que nos revela, justamente, como seres humanos, racionales, trascendentes.

La reacción del proscrito capitán deja su enseñanza, su humilde postración ante la verdad que trasunta a las formas y diluye las miserias, igualmente propias de lo humano.

“Venga esa mano, señor, Vd. no es un fraile, sino un apóstol de Jesús… Me ha ensanchado Vd. el corazón; me ha hecho Vd. llorar… Señor, le diré a Vd. francamente y con mi rudeza militar y republicana, [que] yo he detestado desde mi juventud a los frailes y a los clérigos; les he hecho la guerra; la estoy haciendo todavía en favor de la Reforma, porque he creído que eran una peste; pero si todos ellos fuesen como Vd., señor, ¿quién sería el insensato que se atreviese, no digo a esgrimir su espada contra ellos, pero ni aun a dejar de adorarlos? Oh, ¡señor! yo soy lo que el clero llama un hereje, un impío, un sansculote; pero yo aquí digo a Vd., en presencia de Dios, que respeto las verdaderas virtudes cristianas. …”, acaso sin ser cristiano.

De modo que, y he aquí lo que nos deja, en el caso de los venezolanos, este tiempo de dolor y de ausencias que nos toca vivir, y padecer, y extraer del mismo una prédica de esperanza. El anuncio de la venida de Jesús es el anticipo de su cruz y posterior su resurrección. Sus padres, como un sino de ese anuncio, huyen atribulados en medio de la Natividad que los alcanza en Belén: “La nochebuena se viene / La nochebuena se va. Y nosotros nos iremos / Y no volveremos más”, reza el poeta popular, gitano, desconocido.

Queda, en fin y en hora buena, el consuelo que todos nos damos llegada la hora, el momento del abrazo, el compartir con alegría, el recrear el espíritu de la Navidad que nos anima a vivir los conflictos con sentido prometeico, pensando en la crueldad de Herodes que es, a la sazón, presagio. Se trata de la disposición fraterna a la comunicación con los otros, que sosiega. Navidad es, pues, acompañamiento. Es, como lo predica la Primera Carta de Juan escrita en Éfeso: “El que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve”.

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Asdrúbal Aguiar Dic 07, 2019 | Actualizado hace 2 meses
Poshumanismo, por Asdrúbal Aguiar

Intento entender a fondo lo que ocurre en América Latina, de modo general en el Occidente, preñada de sismos sociales en expansión, atrapada entre la ruidosa violencia callejera y el subterráneo amortiguado de las narco-redes de la mentira que se expande y es lo más perverso. 

Un paso más atrás reparo en la actuación de las Naciones Unidas sobre Venezuela, uno de los ejes del Foro de São Paulo que explota, azuza y estimula a conveniencia el señalado escenario, para robarse los derechos de autor de un fenómeno de mayor calado y complejidad.

No es posible obviar el ambiguo comportamiento del Secretario General, Antonio Guterres, quien acaso mira por el retrovisor – se cree administrando la comunidad de Estados que se forja a partir de 1648 y hoy hace aguas – o, mejor, se cuela, para no comprometerse, en el plató digital de la posverdad, hecho de medias verdades y manipulaciones.

Sólo así se explica que la ONU – como lo prueban las actuaciones contrapuestas entre la Alta Comisionada de Derechos Humanos y el Consejo de Derechos Humanos – se revele incapaz, siquiera, de salvar el principio ordenador del Derecho internacional que cristaliza en 1945: el del respeto a la dignidad de la persona humana. Elige juez del tribunal de derechos humanos – dicho coloquialmente – a la misma persona que ha de condenar por crímenes de lesa humanidad y vínculos con la criminalidad transnacional. Es la muestra del final irremediable de un sistema internacional en agonía: cascarón sin alma ni carnes, cuyos Estados e instituciones declinantes las copan ahora el narcotráfico y el terrorismo. Colombia no es la excepción.     

Encuentro así, a beneficio de inventario, un neologismo que puede agregarse al río de los neologismos acuñados desde los inicios del corriente siglo – incluso antes, en 1995, cuando Norberto Ceresole, miliciano argentino neofascista, le habla de “posdemocracia” a Hugo Chávez Frías – para intentar describir este panorama de galimatías que usa de la desconfianza generalizada y la desafección política de la gente. Ese neologismo es el “poshumanismo”.

La dignidad humana y su respeto han sido el desiderátum de la cultura occidental durante la última mitad del siglo XX. Ha obligado a los propios Estados, en casos de colusión con sus atributos, a que la Justicia constitucional decida siempre a favor de la libertad, pro homine et libertatis. La doctrina social de la Iglesia recuerda, a propósito, que la persona es el centro y finalidad de la vida política y económica, proscribiendo su cosificación, como ocurre bajo los totalitarismos comunista, nazi y fascista.

El caso es que, siendo el hombre la verdad terrena y objetiva, no perfecta sino perfectible, inteligente pero limitada, necesitada de los otros y que se concreta en el homo sapiens: atado a la racionalidad teórica y práctica, luego de volverse homo videns o feligrés acrítico de las imágenes parciales de la realidad que le muestra la televisión, ahora deriva en Homo Twitter. Arriesga ser un dígito o número, nada más, dentro del torrente de las comunicaciones globales.  

Desheredado de los espacios – abandonando el hogar que pasa de abuelos a padres, negado al trabajo estable y para toda la vida, ajeno a su patria de bandera que considera inútil o pieza de museo, sin lazos de lealtad “hasta que la muerte nos separe” – lleva hoy una vida de nómade. Practica sobre las redes una vida de descarte, prét-a-porter, de experiencias instantáneas, y es inevitablemente narcisista. Es fácil presa de los inescrupulosos de la política, mientras no se eduque para el dominio de la inteligencia artificial, de la realidad virtual y líquida, en movimiento constante, inestable, como lo recuerda Zigmunt Bauman.

De modo que, de no encontrarse pronto una fórmula que instituya o reinstituya los lazos mínimos de pertenencia humana capaces de reunir a las cavernas platónicas y burbujas de sombras diversas en las que se han transformado nuestras sociedades “sin Estado”: ambientalistas, feministas, anarquistas, LGBT, de tribus urbanas, grupos étnico-raciales y neoreligiosos, nacionalistas, fundamentalistas, etc. –   avanzará el hombre, varón y mujer, hacia el plano fatal de la inteligencia prestada o por encargo. El componente digital desechable terminará ejerciendo por él su libre albedrío y conocerá, entonces, al Homo Deus ex machina que describe la reciente obra de Yuval Noah Harari.

Como prisionero del caos, los individuos que deambulan dentro de multitudes sin freno e inconexas, mostrando indignación por lo que le ocurra a cada uno, todos a uno endosan la máscara de Jóker. Como en el teatro de la antigua Grecia proyectan con desenfado y a través de aquélla sus personalidades. Pasan desde la bonhomía como discurso hasta la criminalidad más desenfadada y ocupan las calles de Quito, Bogotá, Santiago de Chile, Caracas, Barcelona, París, Hong Kong. Han mordido en el árbol de la ciencia. No quieren más ataduras que las suyas propias. Dicen no necesitar de Dios, pues se asumen como dioses posmodernos y olvidan lo escrito en el Génesis, tanto como niegan, incluso, el Holocausto: “Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gen.2:17).

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Sacudirle a Venezuela la cultura caudillista, la del capataz político, costó mucho a la democracia, entre 1959 y 1999. Deja, sin embargo, resabios, en las cúpulas del partidismo, tanto que resucita al apenas iniciarse el siglo XXI, pero con una desviación perversa.

El general Juan Vicente Gómez, andino y acotado, cuya impronta como déspota de un gobierno de letrados marca la primera mitad de nuestro pasado siglo, hecha los dientes mirando a las montañas. Mira hacia el cielo y sabe de límites, como el permanecer en el poder hasta que Dios mande. Pero respeta, por ende, los sacramentos, las formas de urbanidad, las reglas que curan contra el caos social y aseguran la amistad civil.

No se muda de Caracas a Maracay sin antes asegurarse que se ha reformado, para ello, a la Constitución. Y al concluir cada mandato no permanece siquiera un minuto más en el ejercicio del poder. Lo traslada al presidente de la Corte Federal o al del Consejo de Gobierno, mientras sale por una puerta e ingresar por la otra para juramentarse.

Ese andamiaje de ataduras o acotamientos ha saltado por los aires. Su disolución actual ocurre a la luz del día, más por la jactancia de ensoberbecidos que por deberes de transparencia; pues hasta se forjan fraudes a la legalidad o se falsifican documentos a conveniencia, como el de la muerte de Hugo Chávez o los que expide como baratijas la inefable Sala Inconstitucional.

El poder se ejerce a trompicones, en abierta colusión con la ilegalidad y la indecencia. Modela conductas y mentes bajo clara inspiración cubana, a lo largo de las últimas dos décadas. Aplana, incluso, la sobriedad característica de nuestra tradición caudillista.

 

¿A cuenta de qué viene esta perorata?

Leo recién la carta de despido de nuestro embajador en Colombia, Humberto Calderón Berti, hombre de Estado y reconocida trayectoria. En el pasado maneja con probidad y experticia al país petrolero que somos, y hasta preside a la OPEP. Su adversario político, Carlos Andrés Pérez, incluso le nombra Canciller de la República para atenuar la crisis democrática que se lo engulle.

La remoción de un diplomático es normal en el oficio, si se sabe hacer y con tacto. Ninguna relación hace con los cambios rutinarios de la burocracia. Me deja estupefacto, así, la razón que se alega en el caso de Calderón: el cambio de la política exterior por el encargado presidencial. Obvia, el redactor de tan insólita carta, que tal política es de Estado y no de gobierno, es de base constitucional y esencia permanentes. Es inmodificable, salvo en sus énfasis, exceptuándose al régimen usurpador de Nicolás Maduro.

Mal cabe el argumento obsecuente que algún parlamentario avanza, para decir que en democracia no hay empleos públicos por derecho, como lo pretendiera Evo Morales en Bolivia. ¡Y es que obvia el mal ejemplo de sus pares, atornillados como propietarios de partidos – piezas de museo – desde hace dos décadas y algo más, en algunos casos! Son los resabios a los que aludo, matizados por la ruptura corriente de los cánones para la convivencia sana y el respeto ajeno.

Lo ocurrido con Calderón es muy serio, salvo para los narcisistas digitales. Se ha comprometido a la nación y al prestigio del mismo gobierno parlamentario de Juan Guaidó. Trastorna los esfuerzos para la solución de la tragedia que lleva a cuestas Venezuela. No se midieron las incidencias sobre el gobierno ante el cual estaba acreditado, Colombia, que al paso sufre de manera gravosa al clan narco-criminal que tiene como vecino.

 

Cuando se decide nombrar a un embajador, no se olvide esto, antes de hacerlo el gobierno que le acredita consulta al gobierno de destino, al que le envía los antecedentes del candidato. Ha de ser aceptado por éste y de allí que se le dé o no el plácet. Su remoción concita, inevitablemente, iguales efectos bilaterales que han de cuidarse.

Pero vuelvo al principio, al desenfado en los modos que, si bien es propio de la fluidez dentro del llamado ecosistema imperante, no puede llegar a tanto como lanzar sobre la ruleta a los asuntos vitales del Estado; sobre todo si se admite que el cese de la usurpación planteada en Venezuela ha de implicar un cambio de mentalidad, no una simple modificación de políticas públicas o de titularidades de cargos que se asignan a discreción de un conciliábulo clientelar.

En mi larga proximidad al espinoso mundo de la diplomacia, durante cuatro décadas de enseñanza y varios años de servicio exterior e internacional, dos aprendizajes me acompañaron. Los dejo a beneficio de inventario. No son consejos, pues no los doy a quien no me los pide.

El país perdió y vio achatado su territorio, o sufre de agresiones por potencias extranjeras, más por los desplantes y la falta de sensatez de algunos de nuestros gobernantes, sobre todo de los parlamentarios, que por obra de nuestras debilidades nacionales.

 

Desde cuando puse mi primer pie en la Casa Amarilla – era un estudiante menor de edad – y voy al encuentro del canciller de Venezuela, Ignacio Iribarren Borges, firmante del Acuerdo de Ginebra que destruyen los errores a mansalva del chavismo, entendí el compás del ambiente y de sus procederes casi vaticanos. Tanto que, en 1979, el presidente Luis Herrera, metafóricamente me los explica cuando ejerzo como Vicecanciller provisional de otro gran veterano, José Alberto Zambrano Velazco: “La política exterior, querido Asdrúbal, no da votos, los quita todos cuando se yerra o se la hace depender de los enconos”.

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La “asociación” entre la política y la criminalidad estructurada transnacional, en lo particular la del narcotráfico y lavado de dineros corruptos, que apela al terrorismo para inhibir a sus enemigos mediante la siembra del terror, es un fenómeno específico del siglo XXI. Es la consecuencia de la inevitable liquidez de las fronteras, más allá de que tal “asociación” y su holding cubano se hagan de enclaves que les aseguren la impunidad, mientras alcanzan a expandirse y dominar a nivel planetario.

No le basta o no es lo propio del ecosistema digital sobre el que se apuntala la “asociación” desafiar con la sola violencia a sus adversarios. Los cánones de la globalización la hacen cada vez más impertinente, en la medida misma en que las autopistas de la información le facilitan crear narrativas justificativas de su deshacer e instantáneamente. Así que, las armas que apuntalan a este proyecto de maldad absoluta, suerte de tecnología para la destrucción, son las de la manipulación política de las realidades. Apelan al clima global de desconfianzas e incertidumbres imperante, incrementado por los neologismos en boga: posverdad, pospolítica, posmodernidad, posliberalismo, posdemocracia.

 

Ayer, la “asociación” se oculta tras el mito del socialismo del siglo XXI. Hoy se renueva como progresismo a ritmo de Twitter, tutelado por la naciente reconversión del Foro de Sao Paulo como Grupo de Puebla. La lucha contra el imperialismo es la categoría o símbolo resurrecto, gratamente musical a los oídos de la envejecida Europa y sus discípulos latinoamericanos.

 

Además, poder propulsar a través de las redes el reclamo airado e indignado de derechos como armas – no de los derechos humanos, que son todos y para todos, sino los de los diferentes, que pulverizan y siembran caos sin vocación de poder – les favorece. Quita la mirada sobre los actos criminales de la “asociación” y no arriesgan su poder real, salvo el de las entelequias de los Estados y gobernantes incómodos para esta, y les sirven para instrumentar su estrategia de disolución de los valores occidentales e imponer el relativismo.

En 1999, desde Venezuela se pacta la primera entente entre el narcotráfico – representado por las FARC – y la naciente revolución militar bolivariana. Luego, al requerirse de la sublimación del hecho, para asegurarlo en sus propósitos necrofílicos, se instala una narrativa apropiada al ecosistema global. Hugo Chávez se revela como el maestro de las ilusiones a la medida: “Yo mastico coca todos los días en la mañana y miren cómo estoy.

Evo [Morales, gobernante de Bolivia] me regaló, así como Fidel [Castro] me manda helados Copelia y muchas otras cosas que me llegan frecuentemente de La Habana; Evo me manda pasta de coca. Se las recomiendo, entonces, no es cocaína…”, afirma ante el mundo, públicamente, en acto oficial, en 2008. Banalizado el narcotráfico, llegado el 2009 e intentando blindar Mel Zelaya su dominio en Honduras como parte de la “asociación”, busca repetir la fórmula castro-chavista.

Provoca una constituyente “democrática” para quedarse en el poder eterna y democráticamente, lo que lo expulsa. Su caída arriesga a la “asociación”. Chávez y su Canciller Nicolás Maduro, junto a la gobernante argentina, Cristina Kirchner y el chileno José Miguel Insulza, secretario de la OEA, arman una intervención para reparar los daños. Honduras es el puente de oro de los negocios hacia el norte.

La intervención se frena, pero se impone la solución negociada, sugerida por otros presidentes de la región que prefieren distraerse con los árboles sin mirar al bosque. El diálogo es, al cabo, la gran ganancia de la “asociación”. Es reconocida como actor político y a su holding habanero se le consagra como la Meca de la Paz. Así, llegado el gobierno de Juan Manuel Santos en Colombia, se pasa la página de la acusación de Álvaro Uribe contra Chávez por sus vínculos con el narcotráfico y como responsable de crímenes de lesa humanidad.

Pacta el primero con las FARC e invita a Porfirio Lobo, sucesor de Zelaya, para que se entienda con éste. Lobo, más tarde, pasará por el trago amargo de ver a su hijo involucrado en el narcotráfico, como parte de la “asociación”. Los muertos y el crimen por ajustes de cuentas, no obstante, se hacen exponenciales. Hay altos y bajos en la gerencia de la “asociación” que se le encomienda a Nicolás Maduro, siempre bajo los dictados del holding. Pero la guerra de narrativas, en las redes, tamiza lo peor y hace mudar las percepciones de la realidad.

Pasada una década, el mayor beneficiario del lavado de los dineros criminales, Lula da Silva, es puesto en libertad. La Kirchner, bajo cuyo mandato ingresa la “asociación” con sus dineros a la Argentina, sometida a juicio es electa vicepresidenta. Y al término, el protector de la mayor cadena de producción de cocaína, Evo Morales, miembro de la “asociación”, expulsado por la misma deriva de violencia popular que alimenta el buró diplomático de esta – el Grupo de Puebla – para diluir las acciones internacionales en contra de su más preciado enclave, la Venezuela de Maduro, es acogido con honores por Andrés Manuel López Obrador.

 

Días antes, dicho gobernante, pone en libertad al hijo del Chapo Guzmán, el mayor narcotraficante de México.

 

En suma, la cuestión es que mientras avanza la “asociación” y otra vez copa espacios desestabilizando a sus críticos, los europeos obvian la criminalidad transnacional y política para no dejar sin piso a su monserga antinorteamericana. Ser parte tácita de la “asociación”, a través de su mascarón de proa útil, el holding cubano, lo juzgan de preferible. Entre tanto, las víctimas son brizna de paja en el viento, letras muertas en los informes de la ONU.

 

@asdrubalaguiar