Asdrúbal Aguiar, autor en Runrun

Asdrúbal Aguiar

Venezuela está en la ONU, por Asdrúbal Aguiar

Los Estados permanecen, no así los gobiernos, menos los usurpadores. Estos pasan. Llegan a su término, si bien la realidad global también disminuye a los primeros – incluyendo a los organismos internacionales que forman – como suertes de cascarones, incompatibles con el deslave humano y la liquidez espacial que fijan la globalización y el Homo Twitter.

De modo que, si nos atenemos a los cánones del Sistema de Naciones Unidas, en una votación secreta, en plena era de la transparencia, se acaba de elegir al Estado de Venezuela como miembro del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Cosa diferente es la pregunta obligada: ¿Quién ocupará la silla, representando a los venezolanos?

Eso dependerá del cese de la usurpación de Nicolás Maduro, antes de los dos años que dura el mandato que recibe Venezuela en el Consejo. Y, como lo he repetido hasta la saciedad, eso igualmente depende de la misma comunidad internacional que la ha elegido.

Cabe decir que mal pueden los venezolanos, por sí mismos, librarse del secuestro al que se encuentran sometidos. Una organización transnacional del crimen y terrorista controla los hilos restantes de ese Estado fantasma o en agonía que es Venezuela. Su población migra para sobrevivir, su territorio ha sido canibalizado, carece de un verdadero gobierno.

Lo aberrante a todas estas, es que, la ONU, ahora le permita al régimen usurpador de Maduro acreditarse para ejercer una representación que no tiene. Admitirla constituiría fraude al orden público internacional consagrado por la Carta de San Francisco, que se adopta sobre una tragedia de hondo calado histórico, el Holocausto.

Los alemanes, quienes sí saben de lo que hablo, no por azar y como reflejo del estatuto “onusiano”, al dictar su Constitución en 1949 la encabezan con una norma que amarra a todas las demás, sean las relativas a los derechos, sean las concernientes a la organización de su Estado federal, a saber, la del respeto a la dignidad de la persona humana, por todo y por todos.

Todavía hoy, en las escuelas de Alemania se enseña sobre los asesinatos en masa de judíos y los campos de concentración. Hasta allí, rutinariamente, son llevados los alumnos, a esos altares del mal absoluto, transformados en museos de la memoria, para recordarles el ¡nunca más!

Lo insólito y vergonzante es que algunos socialistas europeos y los gobiernos dentro de los que se mimetizan – afectados por el mito de Xión y de Tántalo, epígonos de la ingratitud – aún no les perdonen a los judíos ser el espejo de la perversión de los gobernantes de aquellos; haber quedado sujetos sus pueblos por las redes del nazi-fascismo, por un sino de su historia. Menos superan que los Estados Unidos les hayan salvado de la tragedia que se los engulle hasta 1945.

Sólo la traición, la deslealtad, la ingratitud para con sus propias raíces culturales, las occidentales y cristianas, explican esta vez el tsunami musulmán que se posa sobre suelo europeo con acendrada vocación fundamentalista, en medio de locales que muestran vergüenza con su identidad común.

Rezan los clásicos que la ingratitud, la ruptura del vínculo que atara a Zión y Tántalo con Zeus, quien los sienta en la mesa de los dioses y les llena de privilegios, la pagan sus descendientes, plagados de enormes infortunios, condenados a la asocialidad, entre un mundo animal que no los acoge y un mundo humano y de humanidad que los rechaza.

Pero, en suma, más allá de las abstracciones jurídicas o las citas de los clásicos que provoca el caso de la elección de Venezuela o permitírsele a Maduro asumir dicha representación en el Consejo de Derechos Humanos del mundo – que escandaliza a la decencia – lo más grave es que sustituye en su puesto a la Cuba de los Castro. Todo cambia para que nada cambie.

¿Reaccionó esa opinión pública contra dicha Isla como lo hace contra la elección de Venezuela, siendo que aquella reúne sesenta años de muy graves atentados a los derechos humanos y cuyo gobierno, a la sazón, firma papeles dentro de la ONU con la sangre de sus degollados?

Cabe preguntarse, aquí sí, en dónde se encontraba a todas éstas y en la hora de la elección que trastorna, el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres. Era y es su deber, derivado de las competencias implícitas de su cargo, cuidar de los activos principistas del sistema universal construido sobre las ruinas de la Segunda Gran Guerra del siglo XX. Mal puede argüir que se trata de una decisión de los Estados miembros, cuando ha de saber que su condición no depende de éstos una vez como fuera elegido, ni es el cagatintas de los gobiernos, a la manera como lo fue, en su instante y en la OEA, José Miguel Insulza.

Jacques Maritain, representante de Francia en el evento fundacional de la UNESCO, en Londres, el 16 de noviembre de 1945, describe con locuacidad su momento, ese que Guterres, socialista portugués, da por enterrado y borra de los libros: “Nos reunimos en un momento particularmente grave de la historia del mundo [..] La angustia de los pueblos cae sobre todas las orillas [… ] Lo que se pide a la inteligencia humana es tomar conciencia de que hemos entrado en una era crucial de nuestra historia, en la que —bajo pena de muerte— los gigantescos medios de potencia procurados por el dominio científico de la materia deberían someterse a la razón”. 

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Fake News, ¿Atentan contra la democracia?, por Asdrúbal Aguiar

LA ASAMBLEA DE LA SIP, en Salta, adoptó el pasado año una declaración complementaria de su Declaración de Chapultepec, fijando los Principios de la Libertad de Expresión en la Era digital. Allí leo lo siguiente: “El ecosistema digital ha generado nuevos espacios que empoderan a los usuarios para crear, difundir y compartir información. Todo ello contribuye a alcanzar las aspiraciones de la Declaración Universal de los Derechos Humanos para que la libertad de expresión se ejerza sin limitación de fronteras y exenta de amenazas y violencia”.

Dicho documento, a renglón seguido advierte que: “La diseminación maliciosa o deliberada de desinformación por parte de actores estatales o privados puede afectar la confianza pública. La desinformación no se debe combatir con mecanismos de censura ni sanciones penales, sino con la adopción de políticas de alfabetización noticiosa y digital. Los intermediarios tecnológicos deben adoptar medidas de autorregulación para prevenir la diseminación deliberada de desinformación”.

Durante la reciente Asamblea del órgano del periodismo hemisférico, en Coral Gables, junto a los expresidentes Laura Chinchilla, de Costa Rica, y Jamil Mahuad Witt, de Ecuador, debatimos sobre la incidencia de las redes sociales en la experiencia de la democracia. A finales del mes, en el IV Diálogo Presidencial de IDEA, habremos de responder a una pregunta tautológica: Fake News, ¿atentan contra la democracia?

La Carta Democrática Interamericana prescribe la transparencia, es decir, la realidad públicamente ventilada sobre las cuestiones que interesan a todos y forman a la cosa pública, como uno de sus estándares. La mentira, de suyo conspira contra toda elección informada y competitiva.

El nazismo y el fascismo, durante la Segunda Gran Guerra, se afirman sobre el régimen de la mentira. Un prestigioso profesor italiano, Piero Calamandrei, lo describe como “corrupción y degeneración en los regímenes políticos”. La mentira es el instrumento normal y fisiológico del gobierno, al punto que la legalidad se simula, y ocurre su adulteración, “el engaño legalmente organizado de la legalidad”.

El asunto es más acuciante ahora, a la luz de dos neologismos que se abren espacio generoso sobre las autopistas digitales: la posdemocracia y la posverdad.

Sobre la primera tengo presente lo que señala en 2000 la literatura británica y, antes, en 1995, le plantea Norberto Ceresole al exgolpista y gobernante venezolano fallecido, Hugo Chávez Frías. En mi libro sobre la Calidad de la democracia (MDC, 2018), prologado por la presidenta Chinchilla, refiero que la posdemocracia es “un anti-modelo o modelo de corte neofascista que diluye el entramado institucional y lo pone al servicio de hombres o líderes providenciales, quienes establecen una relación directa y paternal con el pueblo auxiliados por el mismo tejido mediático de la globalización”.

Ahora sabemos, hasta la saciedad, que los gobernantes del siglo XXI, como lo fuera hasta hace poco Silvio Berlusconi, en Italia, gobiernan más como periodistas, una vez como logran reducir o someter a los medios de comunicación social para imponer sus “verdades”, lejos de todo debate o escrutinio colectivo.

Sobre la posverdad, como concepto que se cruza y retroalimenta con el anterior, ocurre algo más insidioso. Plantea lo que con pertinencia destaca Henrique Salas Römer en El futuro tiene su historia (2019), a saber, la guerra entre narrativas.

No se trata, efecto, de la confrontación sana de opiniones sobre la realidad o su encuadre conceptual antes de trasladarla a conocimiento del público o en cuanto a las formas distintas de presentarla, como es propio de la prensa libre. Se trata, antes bien, de la narrativa que falsifica la realidad con fines aviesos o de competencia por el poder, apelando a los símbolos o sensaciones mineralizadas en la gente; y que al multiplicársela a través de las redes deriva en dogma de fe, asumido no por pocos sino por centenares de miles de internautas feligreses. En otras palabras, la mentira muta o muda en “verdad” o realidad virtual desde que recibe su santificación por la ciudadanía digital. Y quien así lo logra obtiene la victoria, incluso fugaz.

Vayamos al ejemplo.

En las Américas hay coincidencia en que el régimen de Venezuela medra bajo secuestro de estructuras criminales coludidas con el narcotráfico y el terrorismo, a la manera de un holding, gestionado desde Cuba, que organiza sus negocios tras los bastidores de la política y para influir en toda la región devastando a sus democracias. Mientras tanto, los países europeos, con sus excepciones, insisten en que allí ocurre otra cosa, una controversia entre políticos por deficiencias democráticas que han de resolverse electoralmente, con asistencia internacional.

¿Dónde se encuentra, entonces, el umbral que separa lo veraz de lo mendaz, el cinismo de la vergüenza?

La noticia engañosa siempre ha existido, como la apelación a las emociones antes que la objetividad, nutrientes de los populismos de toda laya. Mas hoy estamos en presencia de un “círculo vicioso de desinformación”, obra de un periodismo silvestre, sin editores. Quienes reciben la información, la producen y circulan expandiendo, es verdad, la participación democrática, desafiando al poder arbitrario. Otros, a través de Bots, promueven con mayor éxito “fake news”, y destruyen a la confianza, el tejido social, las alternativas políticas.

¿Será posible afirmar el derecho a la verdad, por encima del manido derecho a la diferencia?

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El futuro

Henrique Salas Römer entrega a las generaciones del presente y el porvenir, de modo especial a las venezolanas, su legado de observaciones y experiencias. 

Aún recuerda mi generación la advertencia que nos hace en la hora previa a las elecciones presidenciales de 1998. Decía que uno u otro – él o Hugo Chávez, pasajeros del mismo tren de la historia y de dos generaciones concurrentes – marcarían con su huella al país y los efectos se verían a 15 años plazo. Casualmente, coincidieron con la muerte del último y su herencia de destrucción. Hoy mejor se comprende tal predicción, a la luz de la obra escrita por aquél, El futuro tiene su historia, que se califica por sí misma. 

El autor, formado en la Universidad de Yale, analiza los hitos y procesos históricos transcurridos por el mundo. Les ancla en 1899 y desanda en 2019, mirando hacia el futuro con propósitos pedagógicos: evitar que el tren de la historia nos deje varados en la estación, como piezas de desecho.

En el tren de la historia, que hace y construye historia en un momento dado, siempre viajan dos generaciones que la marcan, cada una ocupando 15 años y ambas sumando 30 años con sus experiencias e interacciones; correspondiéndole a la mayor bajarse en la siguiente estación para que suba otra, y así sucesivamente.

Conservo en la memoria mi encuentro de Roma, en 1993, con Giulio Andreotti, varias veces Primer Ministro y centro de la vida política de Italia desde 1946. Él fallece como Senador a vida en 2013. Le pregunto por la persecución que sufre junto a Bettino Craxi, veinte años menor que él, también ex primer ministro y líder del partido socialista. Sin rodeos y sin pensarlos dos veces, el titán de la democracia cristiana me responde:

“Bettino y yo caminábamos sobre la línea férrea, muy distraídos, muy animados. No nos percatamos que venía el tren de la historia. Nos pasó por encima”.

Salas Römer es cabalmente orteguiano. Sigue al ícono de la ilustración hispana que fuera José Ortega y Gasset, de quien copia el método de las generaciones y lo traslada para su análisis en tiempos de globalización. 

A la generación venezolana que insurge en 2007 le toca trillar hoy con su precedente. Y el caso – esto lo afirmó yo, no lo dice Henrique, sólo sigo sus pasos – es que, en nuestro caso, la actuante en 1989, cuando se agota la República civil de partidos y que echa dientes una década atrás, no abandona sus asientos. Mantiene congestionado y detenido el tren de Venezuela, que probablemente llegue con retraso a su siguiente escala.

¿Es esto un sino y algo fatal, como parece y propio de nosotros, me pregunto? 

Venezuela ingresa al siglo XIX en 1830, con 30 años de retardo, de manos de José Antonio Páez. Lo hace al siglo XX una vez muerto Juan Vicente Gómez, en 1935. El tren de ahora nos ha devuelto al siglo XIX y quiera Dios que podamos retomar nuestra senda hacia el futuro, a más tardar, el 2030. 

Estados Unidos hace aparición en la escena mundial, 110 años atrás. Vive la Gran Depresión 30 años después, e inicia su carrera espacial 30 años más tarde, en 1959. Es este el hito, justamente, en el que finalmente nace nuestra república civil y civilizada, ajena a la república de las armas. 

La realidad que forja el Pacto de Puntofijo la trabajan, 30 años antes, los miembros de la generación de 1928. Se sostiene 30 años hasta 1989, último escalón del sistema de partidos democráticos, pero acaudillados, que nos rige hasta ese momento. Después, como lo dice Salas Römer, mirando hacia afuera y adentro, ocurre el Gran Vacío, que se cierra este año, pasados 30 años.

1989 fue el aldabonazo, en lo global y con efectos domésticos en Venezuela. Cae el Muro de Berlín, se diluyen las tensiones entre el Este y el Oeste, e ingresa la Humanidad, es lo central, a una Era distinta, a algo más que una etapa – un cambio de época como lo refiere Carlos A. Montaner. Llega el tiempo del tiempo con su velocidad agonal, para diluir el significado de la geografía que aún ocupan las cárceles de ciudadanía que son los actuales Estados. Ha lugar, en el vacío de coyuntura, a manifestaciones de “neofundamentalismo” que se aprecian, primero en Alemania, luego en Caracas con los “bolivarianos”. 

Si leemos la obra de Salas Römer constataremos, entonces, que no se trata de “incidentalismo”, menos de conjuras o miserias políticas – que si las hubo y las refiere este – que fuesen las determinantes en la cuestión venezolana.

Estamos “ya” en 2019. Las migraciones cambian la faz de una Europa que renuncia a sus raíces cristianas y se repiten en las Américas; se impone el vértigo, sea en las comunicaciones con el 5G, sea con el tren bala chino de 350 km. por hora o el avión, como lo recuerda Henrique, que cruzará el Atlántico antes de que un pasajero se mueva desde el aeropuerto Kennedy hasta la Gran Manzana. El Oriente – ex Oriente lux – pone su mirada en el Occidente, mientras éste – ex Oriente lex – permanece distraído en su estación y camina sobre los rieles del tren que anuncia su llegada. Ojalá no le ocurra lo mismo que al Onorevole Andreotti.

Quiera Dios que las generaciones del presente, las venezolanas, hagan un alto en su diario narcisismo digital en modo de cumplir con la otra máxima de Ortega y Gasset, en sus Meditaciones del Quijote: “Sólo cuando nos damos perfecta cuenta de que el paisaje visible está ocultando otros paisajes invisibles nos sentimos dentro del bosque”.

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Venezuela, víctima de la izquierda europea, por Asdrúbal Aguiar

EL PASADO 23 PUDIMOS celebrar el activismo de la comunidad internacional alrededor de la grave cuestión venezolana que nos mantiene como presas, sin aparente solución.

Ello se logra por obra de una filigrana a manos de tres artesanos de experiencia, emisarios del encargado presidencial Juan Guaidó: su canciller, Julio Borges, y sus embajadores ante la OEA y Washington, Gustavo Tarre Briceño y Carlos Vecchio.

El caso es que el activismo señalado, que ha lugar en el marco de las Naciones Unidas, concita la reacción de los europeos, un verdadero monumento al cinismo. 

A la par de los enviados de Guaidó, Colombia, Brasil y Estados Unidos, alcanzan a consensuar una narrativa apropiada a las circunstancias – muy realista – y que, al término, focaliza como germen destructivo de Venezuela a la Cuba de Castro y Díaz-Canel. 

Los europeos, entre tanto, se ocupan de diluir o matizar los medios de solución propios a la misma, con otra narrativa, más que ideal, relativista, engañosa, supuestamente racional, hija de lo posible.

Veamos una y otra.

Los países americanos miembros del TIAR declaran lo siguiente: 

“El territorio venezolano se ha convertido en refugio, con la complacencia del régimen ilegítimo, de organizaciones terroristas y grupos armados ilegales, como el Ejército de Liberación Nacional, Grupos Armados Organizados Residuales y otros que amenazan la seguridad continental, … [y] el conjunto de esas actividades criminales, asociado a la crisis humanitaria generada por el deterioro de la situación política, económica y social…, representa una amenaza para el mantenimiento de la paz y la seguridad del continente”.

Los países miembros del Grupo Internacional de Contacto – previo anunciar haber rebanado a su favor a Panamá, para poner en duda la unidad americana – repiten la visual que arrastran, por cierto, desde el año 2003. Entonces se empeñan en impedir el referéndum revocatorio del mandato de Hugo Chávez, que al término lo impone la OEA a pesar de Jimmy Carter. El asunto, como se ve, no es reciente ni casual. No es solo José Luis Rodríguez Zapatero quien se empeña en desmontar el revocatorio constitucional de Nicolás Maduro, y lo logra.

 El texto europeo reza así:

“Una transición negociada que conduzca a elecciones presidenciales creíbles, transparentes y supervisadas internacionalmente, la reinstitución de los poderes públicos y un paquete de garantías que permitan la convivencia política son elementos esenciales para superar la crisis, lograr la reconciliación nacional y la recuperación económica. Las rutas alternativas solo pueden conducir a una mayor polarización, un mayor deterioro de la situación humanitaria y un aumento de las tensiones regionales con graves riesgos de error de cálculo”.    

La lectura de  ambas declaraciones hace innecesaria la exégesis.

Se trata de dos mundos. De allí que, sibilinamente, la última intente justificarse por quienes adhieren a la misma, arguyendo lo inaceptable e incivilizado del uso de la fuerza que se esconde tras el mecanismo del TIAR. Pero la verdad es otra. 

La tesis de los americanos no transita por los predios de la beligerancia clásica – pasada de moda, inútil en siglo XXI  – y le ha abierto puertas, eso sí, a las sanciones multilaterales contra los miembros de la asociación criminal transnacional que secuestra a Venezuela; que provoca la diáspora para facilitarse sus tareas criminales complejas; para canibalizar como lo hacen el territorio venezolano, succionándole sus riquezas anárquicamente y haciéndolo patio libre para el narcotráfico, el terrorismo, y la exportación regional de la violencia.

¿Qué acaso las negociaciones es lo pertinente, dicen los europeos?, es una verdad palmaria. 

Mas una cosa es una negociación entre fuerzas del orden y unos secuestradores o plagiarios, y otra distinta la que ha lugar entre políticos y cosmovisiones que tensionan el ambiente, todavía más ahora bajo el relativismo moral y el progresismo que impone la realidad transicional de la globalización.

De modo que, al leer el texto europeo no pude menos que volver mi mirada al pasado, a la columna que escribo un 6 de enero de 2003 para el diario El Universal de Caracas, sobre “La miopía de la izquierda europea”. Y esta vez pienso en Antonio Guterres, secretario de la ONU, en la canciller Mogherini y en el canciller Borrell, y en la misma Bachelet, todos a uno, casualmente, miembros de la Internacional Socialista.  

Algunos párrafos de aquella columna me bastan para contextualizar el reduccionismo de los europeos y para darle sentido al título de esta otra, pasada una generación:

“Si un militar exgolpista latinoamericano se transforma a la manera de Chávez en presidente y tiene arrojos de autócrata, ello sería propio de nuestra condición sociológica de comarcas del subdesarrollo. Y si el mismo, por lo demás, resulta electo con el voto mayoritario de su pueblo y asume como compromiso la defensa de los pobres, antes que un “gorila” o simple “milico” sería una revelación: una suerte de Mesías, quien habría redimido los pecados de sus primitivos y corrompidos compatriotas”.

“Hitler, encaramado sobre la Constitución de Weimar y Mussolini, manipulando el célebre Estatuto Albertino, son vivos ejemplos y testimonios de algunos liderazgos europeos que, habiendo emergido de la emoción y de la adhesión popular, igualmente concluyeron haciendo de sus electores las primeras víctimas de la insania dictatorial”. Y eso que no tenían bajo el radar al cartel de Cuba, al terrorismo deslocalizado, el lavado de dineros corruptos, y al narcotráfico colombo-venezolano.

 

@asdrubalaguiar

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Quo vadis, Venezuela, por Asdrúbal Aguiar

Así como es fácil observar que cada treinta años se cierra un ciclo político en Venezuela, destructor de paradigmas, podemos suponer que en el 2019 habrá de concluir el período de incertidumbre que se inicia en 1989. Allí fenece la república civil de partidos, forjada treinta años antes, en 1958.

Pero es audacia de ignorantes querer fijarle contenidos anticipados a lo que habrá de ocurrir. Más lo es intentar responder hacia dónde vamos los venezolanos, hasta que no hayamos definido un camino apropiado y compartido, de unidad en la pluralidad, y sobre todo eficaz para labrarnos el destino al que aspiramos todos.

Deambulamos por los caminos varios, en un ir y venir propio de desorientados o jugadores de azar, atrapados entre agentes de viajes, amos de casinos, comerciantes de baratijas, a los que sólo importan sus ventas e intereses.
Pedro, sobre la Via Appia, le pregunta al Mesías Quo Vadis, Domine. Este le responde con Verdad, pues es Ser y Esencia plenos y en plenitud: Roman vado iterum crucifigi, ¡voy hacia Roma para ser crucificado de nuevo!
Sabía bien el Maestro que, si Pedro no se daba la vuelta y retomaba su destino superando los miedos, quedaría crucificada la Iglesia naciente.

A la pregunta Quo Vadis, Venezuela, susceptible de formulársele a quienes tomaron la vía de Oslo-Barbados o ahora la de la Casa Amarilla con Pedros impostores y de circunstancia, mi respuesta sería, dudando: ¡Van hacia Miraflores, crucificando una vez más a los venezolanos ¡

Solo una falta de memoria imperdonable – aquí sí – explica que al término del primer recorrido – Oslo/Barbados – y al que sigue el otro, se digan algunos, para justificarse, que al menos quedó en evidencia la mala fe de Nicolás Maduro y su asociación criminal transnacional.

La pregunta, entonces, no sería Quo Vadis, sino ¿cuántas veces más debemos probarnos y probarle a los otros, el espíritu zorruno y ladino de interlocutores de tan amoral trayectoria?

José Ortega y Gasset, en sus Meditaciones del Quijote recuerda que “la misión de los árboles patentes es hacer latente el resto de ellos, y sólo cuando nos damos perfecta cuenta de que el paisaje visible está ocultando otros paisajes invisibles nos sentimos dentro del bosque”.

He optado, al efecto, por la metodología que describo en mi más reciente libro sobre Calidad de la democracia. Reza así: “Sólo el texto de una obra permite ordenar el reparto de los actores – en el caso, los actores de la democracia – para que, al margen de sus actuaciones respectivas [las individuales], todos a uno logren armonía de conjunto y un desenlace [exitoso] a la trama. Y para que, al término, ganen todos con la satisfacción emocionada del auditorio que los mira, que también es participe central de la obra”.

“El público que observa desde la galería – agrego – puede captar en los actores de escena discursos distintos e inconexos, que pueden corresponder o no a los niveles distintos y las variantes de los diálogos planteados; más lo cierto es que a lo largo de la obra y al término, no la pueden desconocer quienes ocupan las butacas del teatro y ya han pagado su abono con el sufrimiento o la expectativa. Luego del clímax de la obra, donde todo es aparente confusión, sucesivamente se han de resolver los conflictos entre los personajes de la trama”.

El caso es que varias obras se escenifican, juntas, en el «teatro de la democracia», domiciliado en Venezuela. Mientras, otra, la real, avanza oculta entre bastidores. Aquellas, las primeras, distraen y confunden, chocan entre sí y se neutralizan ante un público fastidiado, decepcionado, y la última hace de las suyas, empuja su actuación hacia un desenlace fatal.

Los títulos de las primeras son populares: “Cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres”; otro, que lo debemos al genial dramaturgo José Ignacio Cabrujas, “Caja de gatos”, o encuentro entre socialistas en Barbados; el último y desdoroso, “La Casa Amarilla o aquí no pasa nada”.

En el escenario se empujan los actores de éstas queriendo mostrar cada uno su mejor talante, con narrativas improvisadas e imaginarias, y tras el telón se representa, en efecto, una tragedia con otro diálogo cerrado: “El señor de los cielos secuestra a Venezuela”.

Ella canibaliza al cuerpo de la nación y lo posee con violencia, lo deja sin territorio. Expulsa a sus hijos, huérfanos, y les anula la autonomía de la voluntad, les infesta con drogas y crímenes y adormece con sus dineros. En cada representación, durante cada noche, mata al Estado y al pueblo venezolano lo crucifica.

Hete aquí lo importante y la enseñanza.

Hace pocos días se presenta en el teatro un ilustre visitante, el embajador venezolano Gustavo Tarre Briceño, quien aprovecha el intermedio e invoca al TIAR gritando ¡Alerta! Advierte que se recrean dramas a la vez y hacen tráfico las ilusiones, cuando en la parte trasera “El señor de los cielos” prepara su culmen magistral, la voladura de todo el teatro con su audiencia.

Si me preguntasen y aquí termino, Quo vadis, respondería que voy a la parte oculta del escenario para reclamar se le clausure y con ella a la tragedia de muerte y traiciones que procura el Vellocino de Oro, emulando a la Medea de Eurípides.

Luego volveré a mi butaca, conjurado el peligro, y presenciaré, ahora sí, el drama de la libertad, con sus resoluciones varias y por hacer. No sé de su final, puede ser novedoso.

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La iniciativa Tarre y el secuestro de Venezuela, por Asdrúbal Aguiar

EL EMBAJADOR GUSTAVO TARRE BRICEÑO, representante en la OEA del encargado presidencial venezolano, Juan Guaidó, ha puesto una pica en Flandes. Con el apoyo de 12 gobiernos – entre éstos los geopolíticamente más importantes (Colombia, Brasil, USA) al momento de resolver sobre la honda crisis, si así se le puede llamar en propiedad a la tragedia humana y humanitaria de proporciones abismales e infrahumanas que sufre Venezuela – ha invocado el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca o TIAR. Ha pedido y logrado la convocatoria de su órgano de consulta, integrado por los Cancilleres de los Estados partes, para que analice dicha realidad tal y como es, crudamente, sin subterfugios ni matizaciones de conveniencia, sin mediatizaciones ideológicas o escapatorias mercaderiles.

¿Qué significa ello, en el fondo, desde la perspectiva venezolana dominante y sufriente, y la de los países que, sin titubeos, con trasparencia, acompañan de manera responsable y un firme sentido ético al pueblo venezolano, que es la víctima que cabe tutelar, al final de las cuentas?

No se trata, en efecto, de un conflicto entre actores políticos y moralmente equiparables, menos de una asincronía entre perspectivas ideológicas que antagonizan en lo doméstico y en medio de acusadas deficiencias institucionales y democráticas, causando supuestamente lo que han causado; y que requerirían ser conciliadas, políticamente, como al término insisten tozudamente los europeos, la canciller socialista Federica Mogherini, la España de Sánchez, e incluso la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet.

Se trata, como lo veo e indica la Iniciativa Tarre – dicho esto coloquialmente y para que mejor se entienda – de un caso típico de secuestro, del plagio criminal de toda una población para fines delictivos y terroristas, para causar desestabilización regional, comprometiendo la paz y seguridad americanas.

Ello se capta a cabalidad sólo cuando el observador – lejos de la trampa narcisista mediática – se mira a sí en el rostro de los cuatro millones de hombres, mujeres y niños que forman esa diáspora casi bíblica de los venezolanos, en procura de algún mendrugo que les permita sobrevivir en tierras lejanas, no todas abiertas o generosas, y se entiende.

Colombia, en lo particular, la más amable y fraterna, que hace apenas un lustro cuenta con una inmigración que acaso frisa unos 150.000 extranjeros, ahora está digiriendo la presencia de más de un millón doscientos mil compatriotas nuestros a quienes alberga y busca darles el sustento que las más de las veces no tiene para su propia gente. Su economía se ve afectada, y también su gobernabilidad, dentro de una ingeniería criminal extranjera y vecina que muestra con cinismo su auténtico rostro: Las FARC, en sincronía con Cuba, se rearman – después de penetrar en el establecimiento democrático neogranadino – y anuncian su sociedad con el Ejército para la Liberación Nacional (ELN) colombiano, que controla la parte sur de Venezuela en alianza con el régimen usurpador de Nicolás Maduro Moros.

En suma, todos a uno de los venezolanos – incluidos sus actores políticos, todos, con sus debilidades o particularidades conocidas – son víctimas de secuestro o plagiados, tanto como lo fueran en su momento Ingrid Betancurt y Clara Rojas bajo las FARC, durante el cautiverio al que las sometiesen éstas dentro de la frontera colombo-venezolana.

Pedirle a los secuestrados, pues, que arbitren previamente sobre sus liberaciones y democráticamente, más que un desatino es una estupidez.

A la Betancourt y a la Rojas las rescataron las autoridades colombianas sin esperar a que la una o la otra se entendiesen entre sí, luego con sus plagiarios, para después decidir sobre cómo salvarlas de su desgracia.

Por su misma situación, sólo cabía esperar de ellas que viviesen su infierno con ánimo confuso, amedrentadas, parceladas sus perspectivas y a ratos rabiosas o desesperanzadas; o como ocurre en todo plagio, para soportarlo, una u otra buscaba congraciarse con su verdugo en la selva profunda o hasta pensaba a ratos en inmolarse y enfrentarlo con coraje.

Resulta imposible, en suma, que los secuestrados y víctimas de un crimen tan perverso como este y por parte de terroristas y narcotraficantes ofrezcan como pago y homenaje de quienes acudan a salvarlos un concierto sublime, de afinados compases rítmicos, dirigido por Arturo Toscanini.

Pero hete aquí lo importante. Los venezolanos, los secuestrados, por voz de Tarre han dicho a las fuerzas del orden regionales y globales – fracturadas hoy en sus narrativas – sobre la realidad cruda que cargan a cuestas y hace la diferencia, y que corta las aguas desde la perspectiva del TIAR: Grupos criminales, narcoterroristas armados, concertados, aliados incluso con fuerzas militares extranjeras, incluidas algunas extracontinentales – amenazan desde un Estado con actos de agresión varios no solo a sus vecinos sino a quienes, desde adentro o desde afuera, no les toleran y les niegan impunidad, comprometiendo la paz y la seguridad hemisféricas.

Es una cuestión, entonces, policial y de tipo quirúrgico. Los pasos están claramente discernidos en el texto del TIAR, que en lo adelante reclama, obviamente, de la voluntad de sus gobiernos miembros. El asunto está queda en manos de la policía. Es su responsabilidad, incluso para con la historia. No depende más de los secuestrados. Así de sencillo.

@ASDRUBALAGUIAR

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Entre la mentira y la ficción del consenso, por Asdrúbal Aguiar

EN VARIAS DE MIS COLUMNAS vuelvo y repito, tanto como puedo, el análisis que un notable jurista además de periodista italiano, Piero Calamandrei, hace acerca del fascismo. Lo conoce en sus entrañas y lo padece.

Salvando las distancias, Cuba y Venezuela, su colonia, son hoy una réplica al calco, por más que sus corruptas y criminales burocracias se disfrazacen de socialistas del siglo XXI o progresistas.

El autor describe el régimen de la mentira (Il fascismo come regime della menzogna, edición póstuma, 2014) y señala que es más torvo que su simple vivencia bajo la ilegalidad. Simula la legalidad. Es el engaño, legalmente organizado, a la legalidad. Se mueve en el terreno cotidiano de la manipulación y el fraude constitucional, y en el de la doblez en sus comportamientos.

A sus prácticas sistemáticas contrarias a la ley – sus crímenes y delitos – les dan una vuelta y las presentan como legales o, en su defecto, al descubrírselas, las endosan o atribuyen a sus adversarios. La mentira política, connatural a la corrupción y degeneración que se sufre bajo tal sistema, es para sus actores, en efecto, “el instrumento natural y fisiológico de gobierno”.

Recuerda Calamandrei el cinismo del fascismo. Construye sus escenarios políticos, además, fingiendo el consenso popular. Se nutre del Discurso del servilismo voluntario, escrito por Étienne de la Boétie (1530-1563), que mejor se entiende con las cajas CLAP que le sirven al régimen de Nicolás Maduro en Venezuela para la compra de conciencias e imponer el silencio crítico, dando o negando el alimento diario; o exigiendo firmar contra Donald Trump por las sanciones que le ha impuesto a él y sus cómplices, como miembros de una asociación criminal vinculada al narcoterrorismo.

La Boetié cree que todo tirano se apoya en una minoría de aprovechadores y corruptos, pero cuenta con el sostenimiento pasivo de una mayoría de imbéciles – eso afirma – que, entre el riesgo de la rebelión y la oscura resignación, prefieren perder la libertad y salvar la vida. Se acomodan, sencillamente.

Calamandrei admite que hasta las más malditas y odiadas dictaduras o dominaciones extranjeras – es el caso la de Cuba sobre Venezuela – arguyen ese consenso tácito de los oprimidos, como fundamento de sus legitimidades; lo que ciertamente hacen y con desparpajo, sólo porque durante “un período que puede durar decenios de sufrimiento” las tentativas de cambio “no encuentran medios prácticos que las hagan explotar en una revolución victoriosa”, frustrándolas.

Que el país no reaccione ante tanto dislate y mendacidad sistemática lo explica Calamandrei.

La uniformidad en la verdad y la “desorientación y mortificación de las inteligencias” adversas que impone el régimen a través de la propaganda totalitaria y el control de todos los medios, causa anemia crítica, división; y el terror sembrado por los grupos armados y espías, que se cierne contra quien osa desnudar la mentira, completa la tarea.

En cuanto a lo primero, tenemos a mano la denuncia reciente por los responsables de la destrucción y desaparición reales de la república de Venezuela, quienes le atribuyen a la cabeza restante de esta: Juan Guaidó, despedazar la soberanía nacional y entregar a Guyana el Territorio Esequibo.

Cabe repetir, entonces, lo sabido y veraz.

Ha sido descuartizado el territorio venezolano y entregado para su canibalización al ELN, las FARC, Hezbollah, Cuba, Rusia, Siria, China, Líbano, y el “pranato” – grupos criminales armados – al servicio de éstos, por Maduro.

Se ha hecho desdorosa la historia reciente de nuestra lucha por la defensa del Esequibo desde cuando asume el poder, en 1999, Hugo Chávez Frías, un felón: En 2009 el embajador guyanés en Caracas le intima a renunciar a la reclamación, y guarda silencio, mientras su canciller, Maduro, acepta que lo que se debate es la validez o no del laudo arbitral que nos despojó de la parte oriental venezolana, coincidiendo con la tesis guyanesa.

No podía ser de otro modo. En 2007, el mismo Chávez señala que la reclamación se originó en una imposición de los Estados Unidos a los gobiernos de la IV República, y antes, en 2004, a la par de su Canciller, Jesús Arnaldo Pérez, omite protestar la entrega del Esequibo por Guyana a empresas transnacionales, para su libre explotación.

Imposible, pues, que se reescriba esa realidad palmaria.

En medio de una dirección y un pueblo como el nuestro, que sólo aprendieron a vivir durante más de medio siglo bajo las formas constitucionales y sus métodos legales, ahora inútiles, lo diría don Piero, ocurre “el tormento chino de veinte años de mentiras enmascaradas en cientos de formas diversas, con expedientes variados, y hechas de modo deliberado para golpear en la ingenuidad de las fantasías”.

Incluso, así, nos cuenta este que esa experiencia del fascismo, la suya, durante veinte años de corrupción y ruinas no lograron contaminar a los mejores jóvenes. Se hicieron inmunes a la tentación materialista de sus dignidades y probidad, y con el apoyo de quienes fueron purgados de la patria, con paciencia y método, con preparación obstinada, al final, rompieron el molde e innovaron: “Non mollare” fue la consigna. No te rindas, ante la maldad y la mentira.

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@ASDRUBALAGUIAR

Colombia desnuda a Venezuela, por Asdrúbal Aguiar

LAS DILACIONES SOBRE LA CUESTIÓN venezolana son un crimen de lesa majestad, de cuyas responsabilidades mal se podrá librar la comunidad internacional. No le bastará el tiempo para lamentarlo.

El presidente de Colombia, Iván Duque, formado en el mundo de los derechos humanos, ha pedido a la Corte Interamericana eleve su voz ante la Corte Penal Internacional para que las denuncias – incluido el Informe de la Alta Comisionada de la ONU, Michel Bachelet, obra de sus colaboradores– sobre los crímenes de lesa humanidad ejecutados por el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela sean juzgados, y ya mismo. Urge frenar el infierno que padecen los venezolanos y sus países de obligado destino. 

António Guterres, secretario de la misma ONU y ex presidente de la Internacional Socialista, sigue impávido. Estira la arruga y apela al lenguaje doble, como lo hiciera en su momento José Miguel Insulsa, hoy exsecretario de la OEA. No le pesa el desangramiento de la población venezolana, que es apenas un punto de agenda y motivo para el incremento de su burocracia multilateral. Nada le importa una república que deja de ser tal, cuyo territorio lo despedazan la narco-guerrilla colombiana (ELN y FARC), las asociaciones criminales cívico-militares y de “pranes”, el Hezbollah, y de cuyas riquezas se nutren Cuba, Rusia, China, Siria, y hasta el señalado grupo terrorista islámico para continuar con su empresa de maldad absoluta por el mundo.

El asunto viene al caso pues el Consejo Permanente interamericano, de seguidas al discurso de Duque se reúne – bajo el liderazgo de Luis Almagro, su actual secretario – y acuerda, con 21 votos, condenar las violaciones graves, generalizadas y sistemáticas de derechos humanos – léase, crímenes de lesa humanidad que incluyen asesinatos, torturas y desapariciones forzadas de personas – en Venezuela, demandando se lleven a los responsables ante una Justicia universal independiente y se les castigue.

El precedente es oportuno, de mucho peso. Con buen tino –mediando la hábil experticia del representante venezolano de Juan Guaidó, presidente encargado y cabeza de la Asamblea Nacional, Gustavo Tarre Briceño– el problema se sale de bulto, finalmente. Desnuda el comportamiento cínico de los intereses internacionales coludidos; esos que desvian la atención hacia lo subalterno: hacia la supuesta polaridad y hasta paridad política entre Guaidó y Maduro, o entre Maduro y Guaidó, que habría de resolverse con unos buenos oficios o mediaciones diplomáticas. 

Es como si no les importase el riesgo de quedar al desnudo, como desnuda está desde siempre y allí la realidad venezolana: un Estado que dejó de ser tal para transformarse en una multinacional del crimen organizado y el terrorismo. No calumnio, hablo con hechos, los describo.

Ayer, no más, esa misma comunidad de Estados y gobiernos, y al paso el expresidente Juan Manuel Santos, Premio Nobel de la Paz, se escandalizan y rasgan las vestiduras ante el anuncio por las FARC de que vuelve a su “negocio” y reasume las armas; le pone término a los acuerdos de paz e impunidad facilitados por Noruega y La Habana. 

A pesar del golpe imprevisto no despierta la memoria de quienes – lo diría Ortega y Gasset – han optado por invisibilizar al bosque y mirar los árboles patentes, ocultando detrás de la superficie lo esencial y profundo, a saber, que Venezuela ha desaparecido como cosa pública y su nación se hizo hilachas y sufre, bajo el secuestro del narco-crimen. 

Hurgo en las noticias de hace casi una década. Refieren la denuncia que en 2010 eleva ante la OEA el gobierno de Colombia por el uso del territorio venezolano como aliviadero de la narco-guerrilla de las FARC y el ELN; y la organización por éstas, desde aquél, de atentados a los derechos humanos y la violencia contra los colombianos. 

El presidente del Consejo Permanente, un embajador ecuatoriano, decide renunciar ante la presión de Rafael Correa para que se aborte el debate sobre el tema, que afecta a Hugo Chávez. E Insulza aplaude, tras las cortinas. La reunión se convoca para el día 22 de julio con un título preciso: “Presencia de grupos narcoterroristas en territorio venezolano que afecta la seguridad nacional de Colombia”. Nada se resuelve, de suyo todo se traspapela.

Días después, Correa y Maduro – éste en representación de Chávez – acuden a la toma de posesión de Santos, cuyo discurso inaugural reza: “Ahora nos toca a nosotros”. Y se entiende, no cabe duda. 

A la vera queda su predecesor, Álvaro Uribe, quien, tozudo y claro en el discernimiento entre los ámbitos de la política y la criminalidad, denuncia luego al gobernante y militar venezolano ante la Corte Penal Internacional. El escrito lo recibe el Fiscal Luis Moreno Ocampo, a la sazón denunciado por sus vínculos dinerarios con el régimen libio de Muamar el Gadafi, cuyo empresario de mampara le contrata por 3.000.000 de dólares, según Infobae. 

“Los guerrilleros preparan acciones terroristas en suelo venezolano para ejecutarlas en Colombia contra la población”, es el argumento, confirmado ha pocas horas, de Uribe. Estalla como volcán cuando el tiempo mengua y el dolor de las víctimas – ahora venezolanas – del narcotráfico y el terrorismo organizado como “Estado” se hace llanto, pero se ahoga; no tiene eco que conmueva a la ONU, tampoco a los europeos, a su Alta Representante, Federica Mogherini, y a su muy noruego Grupo Internacional de Contacto. No lo olvidaremos.  

 

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