Asdrúbal Aguiar, autor en Runrun

Asdrúbal Aguiar

“El narco-neo-comunismo, por Asdrúbal Aguiar

@asdrubalaguiar 

Dos textos de Jacques Maritain me resultan sugestivos como contexto de valor y de orientación ante las ideas que definen al narco-neo-comunismo. Desde 1989 llamado socialismo del siglo XXI, rebautizado como progresismo treinta años después, en 2019.

Tales ideas se expresan más como tácticas “líquidas” que como una suerte de cosmovisión renovada. Predican la globalidad o el globalismo –si cabe el neologismo, para el manejo utilitario y corrupto de la disolución social – y el impulso de las migraciones hacia casas enemigas; la fractura de la memoria colectiva, tras saltos al pasado remoto e inmemorial y su revisionismo; el integrismo ambientalista y panteísta; la negación del personalismo judeocristiano; en fin y como soporte de fondo el relativismo, esa dictadura posmoderna que no discierne entre la criminalidad o la corrección política y las leyes universales de la decencia.

Los albaceas de esta renovada desviación histórica y de la conducta, miembros del Foro de Sao Paulo y algunos de su Grupo de Puebla, se han curado en salud.

En los varios documentos que suscriben entre 1990 y 1991 alertan que los verán y perseguirán como terroristas y narcotraficantes. En 2019, junto con el partido de la izquierda europea reclaman la libertad de Simón Trinidad.

El debilitamiento de los espacios geopolíticos por impulso de la sociedad de la información ha propiciado la fragmentación social y la fragua de miríadas de núcleos “de diferentes”, y la predica del final de los grandes relatos culturales y de sus solideces hoy sirven de aliciente a lo señalado en una hora de oscurana e incertidumbres.

Maritain tuvo el privilegio de trabajar en una síntesis de civilizaciones que provee a la convivencia pacífica y permite superar el régimen de la mentira que hace ebullición y llega a su término con la Segunda Gran Guerra del siglo XX. A propósito de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 narra su vivencia: “Estamos de acuerdo en esos derechos a condición de que no se nos pregunte por qué». Es con el «por qué» con lo que la discusión comienza”, dice.

Transcurridos doce años desde el desmoronamiento del Muro de Berlín y advertido por el Club de Roma que “el mundo está pasando un período de trastornos y fluctuaciones en su evolución hacia una sociedad global” (Bruselas, 1996), en 2001 acoge la ONU la iniciativa del Diálogo de Civilizaciones propuesta por el presidente de Irán, Muhammad Jatami; quien “a diferencia de otros mandatarios iraníes se caracterizó por la búsqueda de una cercanía con Occidente y por enfatizar la necesidad de un diálogo, donde Irán fuese el punto de encuentro de las culturas orientales y occidentales”.

En mala hora se le opuso el galimatías de la Alianza de Civilizaciones, en 2005, de manos de José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del gobierno de España, montado sobre los atentados de Atocha (2004) en Madrid. Han tenido lugar los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York (2001), precedidos por los atentados en Buenos Aires a la embajada de Israel (1992) y la Asociación Mutual Israelita Argentina, AMIA (1994).

Tras explicar que también busca impedir la teoría del “choque de civilizaciones” esgrimida desde la academia norteamericana por Samuel P. Huntington (“The clash of civilizations”, Foreign Affairs, Vol. 72, N°3), admite que le importa frenar las acciones represivas contra el terrorismo. El documento oficial suyo declara la necesidad de comprender “los factores que alimentan los radicalismos y la violencia” y que, a la luz del tiempo transcurrido hasta el instante tienen nombre propio, Estados Unidos y la cultura occidental que sostiene mientras los europeos la entierran.

No por azar en la declaración conjunta de 2019 mencionada, las izquierdas del Foro y las de Europa anuncian su batalla “contra la política agresiva de Donald Trump” y para defender, precisan, a la “democracia” y los “procesos revolucionarios”.

Pues bien, advirtiéndose de inviable lo que pretenden algunos desde hace dos décadas, a saber, un “diálogo” o sincretismo de laboratorio entre quienes asociados a la criminalidad “política” predican la muerte de Dios y los que sostienen los principios que guían a “la conciencia de los pueblos libres” y son comunes a sus varias civilizaciones, Maritain, uno de los exponentes más reconocidos de la corriente humanista cristiana, apuesta por una metodología de aproximación fundada en la razón práctica moderna.

Juzga de posible enunciar los predicados “que constituyen grosso modo una especie de residuo compartido, una especie de ley común no escrita, en el punto de convergencia práctica de las ideologías teóricas y las tradiciones espirituales más diferentes”. Pero juntando las dimensiones de la realidad [la descriptiva o normativa, la de la efectividad sociológica de las prescripciones de la conducta, y la adecuación de ambas al principio de Justicia o de mayor libertad para la persona humana], conjura, aquí sí, las desviaciones marxista y fascista que se retroalimentan de maldad en doble vía.

Con los pies sobre la tierra las denuncia. Cree y está demostrado que someten “al hombre a un humanismo inhumano, el humanismo ateo de la dictadura del proletariado, el humanismo idolátrico del César o el humanismo zoológico de la sangre y de la raza”. Son taras sociales que justamente vuelven por sus fueros bajo la fórmula progresista del narco-neo-comunismo y en medio de la disolución social en avance, haciendo posible la epidemia de neopopulismos corruptos y posdemocráticos que se expande por el mundo.

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Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La diáspora, esperanza de Venezuela, por Asdrúbal Aguiar

Refugiados, escultura de Bel Borba. Paseo de Recoletos de Madrid. Foto Andrey Filippov / Wikimedia Commons, 2019.

@asdrubalaguiar 

A propósito del Día Mundial del Refugiado (20/6/2020), la Coalición por Venezuela realiza su primera asamblea. Reúne a 61 organizaciones de las Américas vinculadas a la diáspora, a las víctimas del ostracismo, el desplazamiento y la explotación de sus hombres y mujeres. Junta a los núcleos de venezolanos que por millones transitan como desheredados sobre los caminos extranjeros y se dispersan. Aspira a mostrar otra óptica, la más exacta, del drama que viven estos al perder las seguridades de la tierra-patria. Han de emprender una reconstrucción desde el imaginario que trascienda y les devuelva su sentido de pertenencia.

Al caso la historia de las migraciones es la misma historia de la Humanidad, sea con propósitos de realización y para otear otros arraigos que ayuden a perfilar mejor los proyectos de vida.

El Libro de los libros, desde el Génesis, cuenta que Dios se muestra y revela como un extranjero de paso por la tienda de Abraham, que le acoge benevolente (18, 1-15). Antes nos dice cómo aquél planta al hombre a quien forma dentro de un jardín, en Edén (2, 8), dándole su primera patria. A la emigración inaugural, la de Abraham desde Ur hasta Canaán (11, 31 y 12, 1-8), sigue la de Moisés en el Éxodo. La primera fija la idea de la migración como misión y la segunda la de la esperanza, justamente en una hora en que el hombre judío ve pisoteada su humanidad y huye del oprobio egipcio.

La razón de poder que expulsa a los venezolanos, como narrativa, por utilitaria y atada a intereses de suyo insensibles a lo humano se ha vuelto inútil e ineficaz. Ella conjuga en términos políticos y de derechos políticos. Se mira en el Estado y sus actores, quienes pugnan por administrar el poder.

Desea la coalición, así y como lo espero, conjugar en términos similares a los de los padres de las declaraciones de derechos humanos, hacerlo pro homine et libertatis, construir la esperanza desde la mirada de las víctimas.

La diáspora es, pues, un concepto que mal calza o se aviene con el que ve a las migraciones como una bandera ideológica o de oportunidad. De significación mercaderil y hasta de violencia que fomenta el desarraigo o la pérdida de las raíces e identidades para destruir patrias ajenas y sostener la peregrina idea una Madre Tierra o Pachamama libre de parcelas y de culturas. Pero buscan encarnarla, eso sí, quienes aspiran a regentarla desde las plataformas globales, las digitales y las de quienes esperan nos metabolicemos en la Naturaleza como partes de esta, una vez concluyan los distanciamientos sociales impuestos.

El primer trasiego de hombres y de mujeres que a tenor de las crónicas llegan a América y a lo que luego será Venezuela – los españoles de la península, invadidos por los musulmanes desde el siglo VI al XV de la era cristiana y cuya empresa repiten estos ahora sobre suelo europeo – lo forman desplazados. Les titula de criminales la leyenda negra. Tal y como algunos califican a los venezolanos de la actual diáspora.

Se trataba entonces de judíos sefardíes a quienes los reyes católicos obligan a convertirse, a que salgan del país o les condenan a muerte por desacato de la orden real. Así, la patria venezolana se vuelve de tal forma tierra de acogida.

Llegada la hora de la república se reafirma como tal bajo José Antonio Páez. Revierte las proscripciones y exclusiones de los decretos de Guerra a Muerte y, el 13 de junio de 1831, el Senado y la Cámara de Representantes promueven la inmigración de los naturales de las islas Canarias a quienes se les otorgan cartas de naturaleza y asignan en propiedad tierra para el trabajo.

Destruida como se encuentra la república que fuese Venezuela, rotos su andamiaje y texturas de nación, los venezolanos arriesgamos vagar al desnudo por caminos extraños y perder nuestra inacabada concreción moral histórica, siempre huidiza y de presente, si obviamos a Ulises y a Ítaca como el ancla memoriosa que lo salva.

El tránsito puede sernos corto o largo y hasta la vuelta. El acompañamiento recíproco a la luz de las pérdidas sufridas y que nos son comunes, más allá de un tricolor patrio que es símbolo, y el escuchar de los corazones lacerados por la arritmia de las emociones al momento de partir o esperar por el regreso, puede servirnos de estrella polar. 

El discurso prepotente que no deja ejemplaridad, como el repetir que en Caracas se adoptan las Convenciones de Asilo Diplomático y Territorial, o el afirmar que compartimos lo nuestro con quienes viven sus iguales oscuranas dictatoriales en América Latina, revela mezquindad. Es la negación de nuestra predicada generosidad.  

Es más aleccionador saber que fuimos parte de aquellos discursos desembozados y altisonantes, patrioteros, que condenaban la Matricula General de Extranjeros dispuesta por el gobierno de Luis Herrera; o la firma por Carlos Andrés Pérez de un decreto de regularización de indocumentados que les devolvía la dignidad e identidad perdidas.  

Don Andrés Bello, orgullo de nuestras letras y emblema de nuestra diáspora pionera, que debe irse a Chile y separarse de su Venezuela, escribe que ella alcanza su regeneración civil y consistencia política a fines del siglo XVII, dado el feliz “malogramiento de las minas”. Quizás sea este, de cara al derrumbe de nuestro mito de nación petrolera, el signo auspicioso que vuelve por sus fueros.

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La pandemia es el progresismo, por Asdrúbal Aguiar

@asdrubalaguiar 

Me ocupa y preocupa el tiempo posterior a la covid-19. El planeta funciona “en piloto automático”, ayudado por la inteligencia artificial. Sobre sus autopistas digitales corren las narrativas de conveniencia. Los caídos son estadísticas útiles para lo funerario, y de quienes detentan el poder sin acotamiento moral.

La conseja más trillada y a la que la pandemia le viene como anillo al dedo es la de la vuelta del hombre a la Naturaleza, que grita según la ONU. Obvia que la “primera guerra global” presente, que es virtual pues no tiene cara visible y ataca por las espaldas, nace de una imprudencia o el dolo – algún día se sabrá – de los operadores de la ciencia, servidores del establecimiento farmacéutico. Pero vayamos a lo concreto.

La experiencia de la “dictadura constitucional” –los estados de excepción o emergencia– durante el flagelo que cobra víctimas reales: unas 355.000 muertes equivalentes a los homicidios durante los regímenes de Chávez y Maduro en Venezuela, de suyo no atenta contra el Estado democrático. Eso, si se le administra y controla mediante contrapesos al gobernante que manda por decreto.

Las mejores gestiones de la crisis, cabe observarlo, han sido realizadas por los Estados con mejores índices democráticos en la región: Costa Rica, Uruguay, Colombia. Lo que preocupa y me mortifica es la deriva a mediano plazo.

En el pasado, así como las dictaduras militares del siglo XX se refugian en la tesis de la “seguridad nacional” para confiscar nuestras libertades, otro tanto hacen las socialistas del siglo XXI, los despotismos progresistas esgrimiendo la defensa de los excluidos, los discriminados, los carenciados de todo, a quienes se les niega el derecho al “buen vivir”.

Sobre las mieles del “autoritarismo constitucional” en boga es predecible que, con sus excepciones, los gobiernos intenten prorrogarlo. Ahora para cuidar del empleo y para alimentar los desnutridos o enfermos.

Argentina ha decretado por un año su estado de necesidad y urgencia. Las gentes de todas partes habrán de abandonar sus nichos o madrigueras con disciplina, en orden, en lo posible favoreciéndose el trabajo a distancia dada la eficacia del Deus ex Machina y con respeto temeroso por la Pachamama.     

El Gran Frenazo ocurre, casualmente, al concluir el año 2019, pasados 30 años desde el quiebre histórico de 1989, cuando cae el socialismo real y la Humanidad ingresa en la era de la biotecnología y la robótica. Como toda guerra, la bacteriológica del coronavirus deja daños materiales y psicológicos que habrán de repararse integralmente, sin retardos.

Urge subsidiar a los desempleados. Asistir a quienes se quedan sin acceso a la comida y las medicinas, como velar por el universo de las pequeñas y medianas empresas que se han paralizado, no sus obligaciones, y en lo sucesivo huérfanas de capital para reactivarse. No digamos de las grandes empresas que atienden a la demanda de bienes y servicios, las mayores empleadoras, al borde de la quiebra.

Será inevitable, entonces, que la “dictadura constitucional” busque la resurrección del Estado asistencialista y proveedor, un parque jurásico que por todos hizo y por todos pensó en el pasado siglo, volviéndose cárcel de ciudadanos. Es el mal necesario de la transición hacia la normalidad.

El asunto grave es que la emergencia –he allí los ejemplos ominosos de Cuba, Venezuela, Nicaragua y también España– puede favorecer intelectualmente y como narrativa de opinión a quienes aún se afanan para sujetarnos a una emergencia constante y estructural, de largo plazo, con propósitos de dominio totalitario.

Ese es el debate que avanza por sobre la realidad de la pandemia. Se cuela en sus intersticios y distribuye ataques o provoca silencios deliberados. Juzga los comportamientos de los gobernantes con la balanza de caradurismo pandémico.

El progresismo regional y el global se mueve con rapidez. Quiere despejar obstáculos, uno de ellos la Casa Blanca.

Les sobran los tontos útiles, como los que ejercen censuras y abren canales de comunicación a conveniencia desde las plataformas digitales y sus redes, sirviendo a tirios o a troyanos, pero nunca a la verdad.

La reconfiguración del marxismo o socialismo real a raíz la caída del Muro de Berlín y en Occidente la asume el Foro de São Paulo, hoy el Grupo de Puebla, una reunión de condenados por la justicia. Busca reconstituirnos a su imagen y abusa de nuestras debilidades hispanas: la astucia, el fingimiento, la picardía, el servir a varios amos, el engaño, la desconfianza, el resentimiento, tal y como las describe el Lazarillo de Tormes. Callan a sus muertos. Son heraldo de los ajenos.   

Lo cierto es que luego del amago criminal chino, bajo protesta de la progresista Unión Europea, Donald Trump aísla a su nación el pasado 12 de marzo. Prohíbe los vuelos internacionales, pero lo siguen esquilmando. La España de Iglesias anuncia su cuarentena dos días después. La Cuba comunista once días más tarde. El México de López Obrador con un rezago de cinco semanas, predicando que “hay que abrazarse, no pasa nada”. Entretanto la colonia que es Venezuela dice tener 11 fallecidos y su vecina Colombia, de igual población, declara que los suyos son 803. República Dominicana, isla como Cuba y similar en habitantes, señala que han muerto 474 personas. El régimen castrista, comunista, socialista y progresista, admite para sí 82 víctimas. No más.

La pandemia del progresismo marcha. Las ciudades bajo claustro callan, por ahora.

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Una pandemia de autoritarismos, por Asdrúbal Aguiar

@asdrubalaguiar  

La pandemia de la covid-19 desde ya deja lecciones, cuando menos alertas que reclaman una actitud más responsable de las élites globales comprometidas con la experiencia de la democracia; no sea que al superarse la fase más crítica regresemos al Medioevo, con las libertades básicas vapuleadas, bajo miedos existenciales inducidos.

El sistema multilateral heredado de la Segunda Gran Guerra del siglo XX, desfigurado desde los años ’60 al reafianzarse el peso de los Estados por sobre el principio tutelar y ordenador de la dignidad humana [pro homine et libertatis] y quedar condicionado a la lógica de la bipolaridad ideológica (capitalismo vs. comunismo, Norte vs. Sur), es el gran ausente. Más allá de la oferta de dineros sin intereses no ha podido conducir a la Humanidad, globalizada por la amenaza china.

En presencia de nuestra “primera guerra global” virológica y desleal –por tratarse de un enemigo artificial e imperceptible, como lo indican las investigaciones–, la ONU y sus filiales me recuerdan a la inútil Sociedad de las Naciones. No pudo evitar la Primera Gran Guerra de 1914 con sus equilibrios.

Los Estados, frágiles víctimas de la liquidez cultural y digital que nos envuelve, penetrados por la paraestatalidad criminal y enfermos de populismo, han tenido que proceder por las vías del ensayo y error. Cada uno actúa por su cuenta, separado, mientras el virus destructivo no discrimina geográficamente ni en lo personal; todos a uno de sus gobiernos, eso sí, usufructúan de la “dictadura constitucional” sin controles reales, salvo en los casos de Estados Unidos, Costa Rica, Colombia, Uruguay, y España en medio de tensiones.

Mientras la Humanidad se repliega en una suerte de vuelta al útero materno para librarse del daño pandémico –“De aquella cueva nos valga el asilo, en ella, siendo racionales alcarrazas, nos libraremos”, reza el diálogo entre Giges y Sumesf  (1740)–, toman su espacio los dioses nuevos de nuestra contemporaneidad: el “grito de la Naturaleza” y el “gobierno artificial o virtual” que nos controla a distancia, sin el arbitramento impertinente de la soberanía popular.

El morbo de la corrupción que se profundiza durante las dos últimas décadas hace de las suyas a costa de esas presas asustadas que nos hemos vuelto, ahítas de cuidar la vida a cualquier precio.

La desinformación (fake news) es divertimento o distracción para los internautas en cuarentena, mientras la información médica unas veces se oculta o se dosifica a conveniencia por quienes la detentan, midiendo los efectos políticos poscoronavirus.     

Dentro del marco de incertezas globales presentes puede decirse que la pandemia tampoco discrimina por razones democráticas. Pero la realidad democrática está contando en los resultados de la gestión de la covid-19.

USA, sin ahogar los contrapesos federales ni ocultar la verdad, nos muestra un panorama de letalidad elevada por la enfermedad, es cierto. Pero México, su vecino, relajando los controles de modo irresponsable presenta muertes que son un tercio menores a las de Brasil, mientras que este, bajo la conducción de un militar, presenta casi un 20 % de mortalidad con relación a la misma USA y teniendo un 34 % menos de su población.

Colombia, administrando la excepción con apego al Derecho y una población proporcional a las de Venezuela y Argentina, duplica la letalidad de la última; pero Venezuela, bajo un régimen despótico, ofrece un efecto tan pequeño de la pandemia que es similar al de su otro vecino, Trinidad, que apenas cuenta con el 0,2 % de la población venezolana.

Si se mira a Cuba, con una población parecida a la de República Dominicana –ambas son islas, aquella una dictadura y esta una democracia deficiente– su régimen afirma tener solo un 17 % de las muertes ocurridas en la segunda.

Costa Rica y Uruguay, consideradas democracias plenas y con poblaciones similares, con apego cuidadoso a sus tradiciones civiles y democráticas, muestran un panorama benigno y alentador por sobre la región. Han tenido éxito. Las conclusiones no se hacen esperar.

Bajo los regímenes autoritarios de Cuba, Nicaragua y Venezuela, la data baja tiene contracara la censura de la información junto con la persecución política de quienes la desafían.

Entretanto, como cabe agregarlo al margen, España, cuya democracia se encuentra afectada por la desviación autoritaria de su gobierno, teniendo el 14 % de la población de USA ya ha sufrido un 30 % de su letalidad. Pero los juicios de valor negativo en los medios globales se mantienen direccionados. Les preocupan los gobiernos de Brasil y el Ecuador, casualmente. Y mientras México es saludada con énfasis, no hacen otro tanto con Costa Rica o Uruguay. Tras la COVID-19, en suma, la región puede verse inundada por la pandemia de los autoritarismos.

Un ilustre hijo de la nación azteca, expresidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Sergio García Ramírez, decía bien que “para favorecer sus excesos, las tiranías clásicas que abrumaron a muchos países de nuestro hemisferio invocaron motivos de seguridad nacional, soberanía, paz pública…”. Y advierte que “otras formas de autoritarismo, más de esta hora, invocan la seguridad pública, la lucha contra la delincuencia para imponer restricciones a los derechos y justificar el menoscabo de la libertad”.

Las excusas, sin lugar a duda, ahora serán la pandemia en curso o la que viene, el cuidado de la naturaleza, o ponerle coto digital a la sobreinformación que conspira. Vivimos en una oscurana.   

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La razón de humanidad, por Asdrúbal Aguiar

@asdrubalaguiar 

Releo el libro de Martti Koskenniemi, diplomático finlandés que hace cátedra en Helsinki. Su título es ejemplarizante: Il mite civilizzatore delle nazioni o El suave civilizador de las naciones (2001). Narra el ascenso y la caída del originalmente llamado Derecho de gentes entre 1870 y 1960. Y digo sobre lo sugerente del título pues en su contenido nos recuerda, a quienes hemos entregado décadas a la enseñanza de esa disciplina, que la obediencia o no de las naciones a las reglas del Derecho ha dependido siempre de “sus acogidas en la conciencia de los pueblos civiles”. No habría Derecho ni derechos sin encarnación, en pocas palabras.

Más allá de las modalidades adquiridas por las fuentes formales que alimentan al ordenamiento internacional y cuyos órganos de aplicación aún medran al servicio de causas ideológicas, uno de los pioneros intelectuales de la Europa de mediados del siglo XIX apunta que la fuerza jurídica internacional es persuasiva. En último caso depende del “comportamiento de la opinión pública”.

Tanto que, quienes infringen las obligaciones internacionales – violan derechos humanos, ejecutan crímenes de lesa humanidad– jamás niegan la fuerza del Derecho. Se justifican ante la propia opinión pública manipulando al antojo sus términos.  

Lo cierto es que en sus escarceos iniciales como ciencia y bajo el espíritu liberal que desafía a la célebre Santa Alianza contra la que insurgen nuestras naciones americanas al hacerse repúblicas, se privilegia como fundamento del orden internacional a “la conciencia del género humano, que se manifiesta o expresa por medio de la opinión colectiva”. Ciencia y conciencia son los grandes ideales del siglo XIX, cuando el cultor del Derecho internacional es visto como el órgano de la conciencia de la Humanidad y la opinión pública, al término, se manifiesta en unas reglas o en un orden que casi se forma por introspección.

El gran humanista de América y pionero de la diáspora, don Andrés Bello, autor de un manual sobre Principios de Derecho de Gentes (Santiago de Chile, 1832 y Caracas, 1837), se anticipa a los europeos y a la sazón recuerda que “la buena fe entre enemigos no solo requiere que cumplamos fielmente lo prometido, sino que nos abstengamos de engañar en todas las ocasiones en que el interés de la guerra no está en conflicto con los deberes comunes de la humanidad”. De modo que, según él, “no es lícito abusar de la humanidad y generosidad del enemigo para engañarle”. Y no pongo ejemplos para no hacer apología de quienes no la merecen y crean falsos positivos para desafiar a la Casa Blanca, cargándose vidas humanas para sus despropósitos “ideológicos”. La cuestión no es baladí.

Un estimado colega, actual juez de la Corte Internacional de Justicia, Antonio Augusto Cançado Trindade, recuerda que habiendo sido las Américas pionera en el campo de los valores y principios del Derecho internacional, se le hace obligante “la construcción de un nuevo jus gentium para el siglo XXI, en el cual pase a ocupar posición central la preocupación por las condiciones de vida de todos los seres humanos en todas partes, y en el cual la nueva «razón de humanidad» pase a primar sobre la razón de Estado”.

Así hubo de ser y no lo fue a partir de 1945, cuando se adoptan las cartas internacionales de derechos humanos. Antes bien, se constata el comportamiento discriminatorio o taimado que, por alegadas “razones de Estado” todavía afecta a las decisiones o la falta de decisiones en los órganos de protección, en la Corte Penal Internacional, en los responsables de hacer valer la “responsabilidad de proteger” a poblaciones víctimas de carnicerías por quienes han secuestrado los poderes de los Estados para fines criminales en pleno siglo XXI. 

Los principios ordenadores del Derecho internacional americano, sucesivamente desarrollados en el plano universal y acogidos en distintas declaraciones históricas del sistema interamericano, cuentan con pátina y privilegian las cuestiones de Estado, entre otros: el uti possidetis iuris (Doctrina Bolívar, 1819), la solidaridad continental (Congreso Anfictiónico, 1926 y Doctrina Álvarez, 1962), la prohibición del uso de la fuerza (Doctrina Drago, 1902), la igualdad entre nacionales y extranjeros (Doctrina Calvo, 1896); el no reconocimiento de los gobiernos de facto (Doctrina Tobar, 1906 y Doctrina Betancourt, 1948); la No-intervención (Doctrina Estrada, 1930); la solución pacífica de controversias (Doctrina Bello, 1832); la responsabilidad internacional del Estado (Doctrina Guerrero, 1930); el Derecho humanitario o de la guerra (Doctrina Sucre, 1819).

La pandemia global, si acaso no pide reconsiderar los fundamentos del Derecho internacional en las Américas citados, sí impone volver a los orígenes. La razón de Humanidad grita más que la Naturaleza y emerge como regla de conducta global. Hace escrutinio sobre el comportamiento de las organizaciones multilaterales, los Estados y sus gobiernos en la hora. Observa la mayor o menor negligencia de estos al preferir o no el valor eminente de la vida humana.

Valen, entonces, las palabras de ese gran salvadoreño, último presidente de la Corte Permanente de Justicia Internacional y primer presidente de su sucesora, la Corte Internacional de Justicia, José Gustavo Guerrero, quien al referirse a las relaciones entre los Estados recuerda que “la cortesía no pasa de ser una forma de hipocresía si no va acompañada, tanto en la vida privada como en la pública [de los gobernantes] de otras prácticas que todas las religiones y todas las doctrinas morales han enseñado a través de todos los tiempos: sinceridad, lealtad, equidad”.

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El rompecabezas global, por Asdrúbal Aguiar

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Imaginando las características del Nuevo Orden Global (NOG) pasada la cuarentena, cabe decir que el derecho a la vida se ha jerarquizado sobre el resto de los derechos, a pesar de que una sociedad relativista hasta ayer intenta disponer de la misma vida, sea para crearla, sea para destruirla en su génesis o al considerarla inútil.

En la circunstancia sobran quienes desde el atalaya del poder se escudan tras la vida para afirmar sus autoritarismos, negadores de la misma vida con dignidad.

La pandemia muestra, así, dos variables que buscan sobreponerse y exacerban sus realidades. Las erige como entes. Una es el ecosistema digital, que le permite al mundo funcionar mientras las gentes medran en sus encierros. La otra es la Naturaleza, que avanza y desafía al hombre que la habita, casi reclamándole se incline y mire hacia la tierra, no más hacia el zénit que alberga a los dioses pues le hace creer que es el dios de lo creado.

Se trata de un fenómeno extraño. Los símbolos de la precariedad y la genialidad se juntan cómplices –el Hábitat y el andamiaje digital– para desplazar al genio finito que es el mismo hombre.

El asunto no es nuevo. Adquiere relieve bajo el coronavirus. Las narrativas pugnan desde la Gran Ruptura en 1989 – el final de la experiencia del socialismo real y el ingreso del mundo a la sociedad de la información – y al iniciarse la larga transición que culmina en 2019 con un Gran Frenazo.

La masacre de Tiananmén (China) impone el capitalismo dictatorial y amaga la libertad, y la violencia destructiva de El Caracazo muestra al hombre como disoluto e irresponsable, ávido de protectores. Son ambas las premisas del Foro de São Paulo (Sao Paulo, 1990, y México, 1991) y sus propuestas revisionistas: recuperar las identidades culturales e históricas de los pueblos, y lograr la “preservación del medio ambiente…, por las nacionalidades y etnias que sufren la opresión y discriminación de nuestras sociedades”. Es su respuesta al orden global, mientras sus socios denuncian anticipadamente que USA y el Occidente alegarán como “coartada” la lucha contra el narcoterrorismo para acallarlos.        

La Declaración del Milenio de la ONU (2000), acto seguido fija como paradigmas el respeto a la Naturaleza y la responsabilidad común de los gobiernos en la gestión económica y social del mundo. Mas la periodista Flora Lewis, testigo de la mesa que la precede advierte que el debate entre los gobernantes se redujo a presentar al “Occidente contra el resto del mundo”. Papa Ratzinger, antes de su renuncia, advierte el peligro de que este se avergüence de sus raíces judeocristianas.

El terrorismo de origen musulmán destruye luego los cimientos del Derecho internacional con sus ataques a las Torres Gemelas de Nueva York (2001), a Atocha en Madrid (2004) y a Londres (2005). Deja a la vera 3250 víctimas y 8540 heridos.  

Hugo Chávez, quien ejerce el poder en Venezuela con el apoyo sincronizado de Cuba y el mundo árabe, hace propia la premisa del foro. Condena que USA pretenda “romper principios sagrados de soberanía de los pueblos” como reacción ante el terrorismo. Y a la sazón José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del gobierno español, beneficiario de los atentados, propone ante la ONU resolver a través del “diálogo, la tolerancia y el entendimiento”. Junto con el presidente turco Recep Tayyip Erdoǧan plantea la Alianza de Civilizaciones en 2004, a fin de diluir el sentido humano del Diálogo de Civilizaciones propuesto por Mohammad Jatamí en 1998 ante el choque predicho por Samuel Hungtinton.

La ONU, tras la estira y encoge, cristaliza la idea de la Responsabilidad de Proteger (R2P) ante los “crímenes de guerra, la depuración étnica y los crímenes de lesa humanidad”. Un lustro después, sensiblemente, el presidente Barack Obama se suma a la Alianza de Zapatero y Erdoǧan.

La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, pasado otro lustro, invisibiliza en la práctica a la democracia y al Estado de Derecho y sitúa como ejes del orden esperado “un mundo donde la humanidad viva en armonía con la naturaleza” y en el que “la interconexión mundial brinde grandes posibilidades para acelerar el progreso humano”.

El debate acerca el calentamiento global –que desaparece ante la resurrección de la Naturaleza bajo el coronavirus– y la violencia popular sin discurso compartido pero direccionada hacia los “sólidos” de la modernidad y creencias occidentales, ocupan la antesala del Gran Frenazo, desde Santiago de Chile hasta Hong Kong. La prensa prefiere hablar de la “violencia económica”, “sexual” y de “género”, “doméstica” como “psicológica”, o el “acoso” o el “ciberacoso”.

A todas estas el Foro de São Paulo junto con el Partido de la Izquierda Europea, a mediados del 2019, ratifican desde Caracas su narrativa. La explotan sobre las redes. Consideran a la Unión Europea incapaz para “que sea respetuosa de la naturaleza” y reclama el derecho de los migrantes maltratados y humillados por USA, tanto como se compromete a sostener “una pedagogía comunicacional” para enfrentar al capital financiero que busca controlar la tecnología para establecer un “consenso social” permeable a sus intereses.

Que el papa Francisco, en medio de la pandemia, declare: “No estamos más en la cristiandad… no somos los más escuchados…” o que rescate de la literatura indígena y neomarxista el “buen vivir” para que el hombre se metabolice con la Naturaleza y ajuste su libertad a las leyes de esta, es una redundancia.

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La pandemia y un diálogo entre papas, por Asdrúbal Aguiar

@asdrubalaguiar 

 “Al final del día, con todos estos eventos, la naturaleza nos envía un mensaje… Si no cuidamos la naturaleza no podemos cuidarnos a nosotros mismos” y necesitamos “ir a este futuro armados con la naturaleza como nuestro aliado más fuerte”, sostiene Naciones Unidas.

Papa Francisco en igual línea, como parte de su “lucha por los derechos de los más pobres, de los pueblos originarios, de los últimos”, invita a que se “custodie celosamente la abrumadora hermosura natural que la vida engalana, la vida desbordante que llena sus ríos y sus selvas”.

En una suerte de mea culpa sugiere se reescriba la historia, pues “no siempre los misioneros estuvieron al lado de los oprimidos” durante la conquista de América, admite. Es lo que le pide hace un año y ahora logra Andrés Manuel López Obrador.

De modo que al escuchar el “grito de la Amazonia” nos recomienda contemplarla para que se vuelva nuestra “como una madre”; pues, “si entramos en comunión con la selva, fácilmente nuestra voz se unirá a la de ella y se convertirá en oración”, señala Francisco en su Exhortación apostólica de diciembre pasado. La Amazonia, la naturaleza, es “un lugar teológico, un espacio donde Dios mismo se muestra”, agrega el pontífice.

Benedicto XVI, papa jubilado como le llamaría Nietzsche, aborda la cuestión con anterioridad y carácter pionero. No se deja atropellar por los particulares, lo eventual, por muy gravoso que sea. Pregunta y nos pregunta por el sentido de la vida y su plenitud. Y aclara que no se trata de una fuga del presente.

“Al ver la belleza de las criaturas y constatar la bondad que existe en todas ellas”, imposible es no creer en Dios y a través de Él abrirnos a nuestros semejantes con vistas a la Creación, que es un libro, el otro gran libro, observa. Hay un orden de prelaciones, recuerda. “Somos más hijos de la cultura, y por tanto de la fe, que de la naturaleza” (2007) deduciéndose como sustantiva la “ecología del hombre”.

Francisco insiste, antes bien, en la idea de la “ecología integral” que ata a la idea matriz del “buen vivir”, de estirpe andina, recogida por las constituciones socialistas de Ecuador y Bolivia.

Ratzinger habla del “arte de vivir juntos” y su síntesis es clara: “La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y la debe hacer valer en público. Y, al hacerlo, no solo debe defender la tierra, el agua y el aire como dones de la creación que pertenecen a todos. Debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo”, reza su encíclica Caritas in Veritate (2009).

Subraya con énfasis que es contrario al verdadero desarrollo considerar a la naturaleza como más importante que la persona humana misma, pues esa postura “conduce a actitudes neopaganas o de nuevo panteísmo: la salvación del hombre no puede venir únicamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista”, precisa.

En una de las exégesis de la obra de Marx sobre el “buen vivir” se explica que este solo es posible a partir de la refundación del pasado tradicional indigenista: “el Sumak Kawsay sería la utopía concreta donde el humano se reencuentra de manera respetuosa con la naturaleza. El buen vivir solo es alcanzable a través de las luchas sociales transformadoras de las estructuras necrofílicas del poder político, económico y cultural del sistema capitalista”, escribe J.C. García Ramírez para Nuevo Humanismo (2017).

Dos perspectivas nos plantea este diálogo transcendental para la Humanidad, con vistas al día después.

Una es la que propone y comparte la ONU, a cuyo tenor el hombre ha de mirar a la tierra y rendirle culto, pues en ella descubre a su ser y esencia y le fija los equilibrios, como lo sostiene Francisco. La otra no le impide “tocar la tierra” con la mano. Prefiere, sí, que el hombre mire a sus hermanos y junto a estos, conservando la Casa Común y aprendiendo de sus signos, lo haga hacia arriba para trascender. No solo es tierra y en tierra se convierte.

El marxismo, el progresismo del siglo XXI ve al hombre sometido a las leyes naturales. De donde la ruptura de ese equilibrio se hace “irreparable bajo el capitalismo” o por cualquier sistema que produzca sin “racionalidad metabólica o ecológica”.

Ratzinger, no por azar, advierte preocupado y antes de su renuncia que ahora “el hombre quiere hacerse por sí solo y disponer siempre y exclusivamente por sí solo de lo que le atañe”; por lo que su conclusión es meridiana: “Los deberes que tenemos con el ambiente están relacionados con los que tenemos para con la persona considerada en sí misma y en su relación con los otros”.

La acogida del planteamiento de Francisco en los medios occidentales se hace evidente y es exponencial. Es el papa actual quien invoca, acaso sin quererlo, la tesis del “metabolismo social” mientras tamiza la doctrina ecológica que forja Ratzinger apoyado en Juan Pablo II. Esta pone el énfasis en el hombre, en la persona humana y en cómo deteriora las relaciones sociales un ambiente adverso, como las guerras, la destrucción de los recursos naturales, las zonas desérticas por los conflictos”.

“El modo en que el hombre trata el ambiente influye en la manera que se trata a sí mismo, y viceversa”, es la sentencia final del papa jubilado. De allí la pandemia.

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Dios no ha muerto, por Asdrúbal Aguiar

@asdrubalaguiar 

La pandemia hace presa de todos. Nos mantiene en agonía psicológica, sin discriminar. Deja víctimas fatales por miles en el planeta. Se recogen cadáveres a las puertas de las casas como si fuesen bolsas de desperdicios situados a la vera. Las noticias fluyen como un río sin madre, desesperan. Se cuentan el millón de enfermos y casi unas 50.000 víctimas fatales, mientras los desempleados por el frenazo global alcanzan a más de 10 millones de personas.

La afectación mayor se advierte en los espacios industrializados. La necesaria coordinación de políticas globales auxiliada por las plataformas digitales demuestra que ningún actor o potencia podrá por sí solo paliar los efectos devastadores del virus sobre la economía mundial, tampoco lograr eficacia en la movilización de los recursos sanitarios indispensables. Al término la clave es, que así como solo Cristo salva según los cristianos, esta vez solo nos salva el refugio.

Al cierre de las fronteras exteriores de los Estados le han seguido los aislamientos por municipios, localidades y barriadas. Unos y otros, sobre todo los últimos, empeñados en que el aislamiento social ralentice la ola de daños casi que han impuesto la regla de San Benito: “Ordenó que en aquel su alcázar… hubiese unos monjes tan recogidos, que ninguno de ellos jamás saliese, ni hombre alguno pudiese entrar en la clausura” (Crónica general, Navarra, 1609).

Algunos detalles medievales son aleccionadores.

“En el 1591 una nueva peste explotó en Estrasburgo: su primer síntoma era un fuerte bostezo o estornudo; al enfermo le asalta un vértigo y cae muerto sobre la vía. Y es esta ocasión cuando tiene lugar el uso de desearle salud a quienes estornudan. Pero estas visitas devastadoras de la peste bubónica solo cesan en Europa a finales del siglo”, según una crónica napolitana de 1895. Mientras, otra señala que lo importante es la limpieza de calles y la asistencia de médicos en los municipios. El cierre de puertas a los extranjeros, tapiar las casas de los enfermos o encerrar a los apestosos, sobre todo prohibir reuniones y asambleas de todo tipo, como ocurre en la Inglaterra del siglo XV. A lo que Hipócrates agrega una recomendación para los pudientes, inválida en 2020: “Huir de prisa, lejos y por mucho tiempo” (L’economie médiéval, París, 1993).  

Así las cosas, releo el libro luminoso de Roberto Vacca, escritor nonagenario romano quien es ingeniero y futurólogo, intitulado Il medioevo prossimo venturo. La degradaziones dei grandi sistemi (Mondadori, 1971), pues se trata justamente del que influye sobre el ensayo de mayor suceso de Umberto Eco Hacia la nueva edad media, publicado el año siguiente.

Refiere el colapso de los sistemas de la era tecnológica por sus complejidades exponenciales y por ser exponencialmente incontrolables, y de suyo la inevitable regresión luego del colapso, la vuelta hacia las realidades humanas de más fácil y realizable gestión. La hipótesis es el blackout ocurrido en la costa este de Estados Unidos en 1965, cuando 30 millones de personas se quedan sin electricidad durante más de 13 horas, lo que le hace imaginar al autor una situación de eventual parálisis ferroviaria que congestiona a las ciudades, afecta a los controladores aéreos, causa la caída de algunos aviones en un tiempo de invierno que obliga a las gentes a recluirse en sus casas. Estas encienden fuegos para calentarse, los bomberos no se dan abasto y como escasea la comida se hacen rutina los asaltos y la violencia, tanto como se saquean los supermercados. Mueren centenares de personas cuyos cuerpos degradados provocan epidemias, hay psicosis colectiva y quienes sobreviven buscan asegurarse formas de vida básicas bajo cuidado de próximos o de mercenarios, mientras otros migran y se hacen diáspora, como en el Medioevo.

Lo cierto es que tal ejercicio, podemos repetirlo ahora con Eco, “se trata de una profecía o de una constatación”.

El Tercer Entorno, ese que hemos venido experimentando durante el curso de las dos últimas generaciones – han pasado 30 años desde 1989 – y es distinto de las experiencias rural y urbana, ha hecho menguar el valor del espacio geográfico y del tiempo como del uso del mismo tiempo y del valor que le otorgamos a las cosas o afectos durables, para sobreponerle la experiencia virtual instantánea. El coronavirus, a golpes, nos fija residencia y despierta de una ilusión tan perversa como los narcóticos, no por ella misma sino conducirnos a la muerte de Dios, léase el abandono de la razón de humanidad.

El andamiaje digital y sus formas de conducir la cotidianidad en el siglo XXI son y deben seguir siendo instrumentos de mediación, para fines humanos. Nada más. Se constata como nunca que sus creadores, al enajenar la voluntad de las personas o al enejarse estas voluntariamente haciéndose dependientes del entramado tecnológico, de nada les sirve lo virtual ante la fragilidad de la vida. Sin discernimiento queda el vacío, el aislamiento, la clausura, la muerte sin haber muerto y no solo por efecto de un virus, que acaso lo provoca la misma ciencia.

La existencia de quienes habitamos en la Tierra depende de nosotros mismos y nuestros camaradas de “feudo”. Es la experiencia que nos atenaza, y obliga. El Estado, la política, los hospitales, sirven y mucho, pero son en la circunstancia ese hilo débil que en la desventura de la contaminación separa a la vida de la agonía sobre un precipicio, que llegado el caso ha de transitarse para que sanemos si es que se logra.

Es mi aprendizaje de la hora canónica.