Asdrúbal Aguiar, autor en Runrun

Asdrúbal Aguiar

Asdrúbal Aguiar Dic 07, 2019 | Actualizado hace 2 días
Poshumanismo, por Asdrúbal Aguiar

Intento entender a fondo lo que ocurre en América Latina, de modo general en el Occidente, preñada de sismos sociales en expansión, atrapada entre la ruidosa violencia callejera y el subterráneo amortiguado de las narco-redes de la mentira que se expande y es lo más perverso. 

Un paso más atrás reparo en la actuación de las Naciones Unidas sobre Venezuela, uno de los ejes del Foro de São Paulo que explota, azuza y estimula a conveniencia el señalado escenario, para robarse los derechos de autor de un fenómeno de mayor calado y complejidad.

No es posible obviar el ambiguo comportamiento del Secretario General, Antonio Guterres, quien acaso mira por el retrovisor – se cree administrando la comunidad de Estados que se forja a partir de 1648 y hoy hace aguas – o, mejor, se cuela, para no comprometerse, en el plató digital de la posverdad, hecho de medias verdades y manipulaciones.

Sólo así se explica que la ONU – como lo prueban las actuaciones contrapuestas entre la Alta Comisionada de Derechos Humanos y el Consejo de Derechos Humanos – se revele incapaz, siquiera, de salvar el principio ordenador del Derecho internacional que cristaliza en 1945: el del respeto a la dignidad de la persona humana. Elige juez del tribunal de derechos humanos – dicho coloquialmente – a la misma persona que ha de condenar por crímenes de lesa humanidad y vínculos con la criminalidad transnacional. Es la muestra del final irremediable de un sistema internacional en agonía: cascarón sin alma ni carnes, cuyos Estados e instituciones declinantes las copan ahora el narcotráfico y el terrorismo. Colombia no es la excepción.     

Encuentro así, a beneficio de inventario, un neologismo que puede agregarse al río de los neologismos acuñados desde los inicios del corriente siglo – incluso antes, en 1995, cuando Norberto Ceresole, miliciano argentino neofascista, le habla de “posdemocracia” a Hugo Chávez Frías – para intentar describir este panorama de galimatías que usa de la desconfianza generalizada y la desafección política de la gente. Ese neologismo es el “poshumanismo”.

La dignidad humana y su respeto han sido el desiderátum de la cultura occidental durante la última mitad del siglo XX. Ha obligado a los propios Estados, en casos de colusión con sus atributos, a que la Justicia constitucional decida siempre a favor de la libertad, pro homine et libertatis. La doctrina social de la Iglesia recuerda, a propósito, que la persona es el centro y finalidad de la vida política y económica, proscribiendo su cosificación, como ocurre bajo los totalitarismos comunista, nazi y fascista.

El caso es que, siendo el hombre la verdad terrena y objetiva, no perfecta sino perfectible, inteligente pero limitada, necesitada de los otros y que se concreta en el homo sapiens: atado a la racionalidad teórica y práctica, luego de volverse homo videns o feligrés acrítico de las imágenes parciales de la realidad que le muestra la televisión, ahora deriva en Homo Twitter. Arriesga ser un dígito o número, nada más, dentro del torrente de las comunicaciones globales.  

Desheredado de los espacios – abandonando el hogar que pasa de abuelos a padres, negado al trabajo estable y para toda la vida, ajeno a su patria de bandera que considera inútil o pieza de museo, sin lazos de lealtad “hasta que la muerte nos separe” – lleva hoy una vida de nómade. Practica sobre las redes una vida de descarte, prét-a-porter, de experiencias instantáneas, y es inevitablemente narcisista. Es fácil presa de los inescrupulosos de la política, mientras no se eduque para el dominio de la inteligencia artificial, de la realidad virtual y líquida, en movimiento constante, inestable, como lo recuerda Zigmunt Bauman.

De modo que, de no encontrarse pronto una fórmula que instituya o reinstituya los lazos mínimos de pertenencia humana capaces de reunir a las cavernas platónicas y burbujas de sombras diversas en las que se han transformado nuestras sociedades “sin Estado”: ambientalistas, feministas, anarquistas, LGBT, de tribus urbanas, grupos étnico-raciales y neoreligiosos, nacionalistas, fundamentalistas, etc. –   avanzará el hombre, varón y mujer, hacia el plano fatal de la inteligencia prestada o por encargo. El componente digital desechable terminará ejerciendo por él su libre albedrío y conocerá, entonces, al Homo Deus ex machina que describe la reciente obra de Yuval Noah Harari.

Como prisionero del caos, los individuos que deambulan dentro de multitudes sin freno e inconexas, mostrando indignación por lo que le ocurra a cada uno, todos a uno endosan la máscara de Jóker. Como en el teatro de la antigua Grecia proyectan con desenfado y a través de aquélla sus personalidades. Pasan desde la bonhomía como discurso hasta la criminalidad más desenfadada y ocupan las calles de Quito, Bogotá, Santiago de Chile, Caracas, Barcelona, París, Hong Kong. Han mordido en el árbol de la ciencia. No quieren más ataduras que las suyas propias. Dicen no necesitar de Dios, pues se asumen como dioses posmodernos y olvidan lo escrito en el Génesis, tanto como niegan, incluso, el Holocausto: “Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gen.2:17).

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Sacudirle a Venezuela la cultura caudillista, la del capataz político, costó mucho a la democracia, entre 1959 y 1999. Deja, sin embargo, resabios, en las cúpulas del partidismo, tanto que resucita al apenas iniciarse el siglo XXI, pero con una desviación perversa.

El general Juan Vicente Gómez, andino y acotado, cuya impronta como déspota de un gobierno de letrados marca la primera mitad de nuestro pasado siglo, hecha los dientes mirando a las montañas. Mira hacia el cielo y sabe de límites, como el permanecer en el poder hasta que Dios mande. Pero respeta, por ende, los sacramentos, las formas de urbanidad, las reglas que curan contra el caos social y aseguran la amistad civil.

No se muda de Caracas a Maracay sin antes asegurarse que se ha reformado, para ello, a la Constitución. Y al concluir cada mandato no permanece siquiera un minuto más en el ejercicio del poder. Lo traslada al presidente de la Corte Federal o al del Consejo de Gobierno, mientras sale por una puerta e ingresar por la otra para juramentarse.

Ese andamiaje de ataduras o acotamientos ha saltado por los aires. Su disolución actual ocurre a la luz del día, más por la jactancia de ensoberbecidos que por deberes de transparencia; pues hasta se forjan fraudes a la legalidad o se falsifican documentos a conveniencia, como el de la muerte de Hugo Chávez o los que expide como baratijas la inefable Sala Inconstitucional.

El poder se ejerce a trompicones, en abierta colusión con la ilegalidad y la indecencia. Modela conductas y mentes bajo clara inspiración cubana, a lo largo de las últimas dos décadas. Aplana, incluso, la sobriedad característica de nuestra tradición caudillista.

 

¿A cuenta de qué viene esta perorata?

Leo recién la carta de despido de nuestro embajador en Colombia, Humberto Calderón Berti, hombre de Estado y reconocida trayectoria. En el pasado maneja con probidad y experticia al país petrolero que somos, y hasta preside a la OPEP. Su adversario político, Carlos Andrés Pérez, incluso le nombra Canciller de la República para atenuar la crisis democrática que se lo engulle.

La remoción de un diplomático es normal en el oficio, si se sabe hacer y con tacto. Ninguna relación hace con los cambios rutinarios de la burocracia. Me deja estupefacto, así, la razón que se alega en el caso de Calderón: el cambio de la política exterior por el encargado presidencial. Obvia, el redactor de tan insólita carta, que tal política es de Estado y no de gobierno, es de base constitucional y esencia permanentes. Es inmodificable, salvo en sus énfasis, exceptuándose al régimen usurpador de Nicolás Maduro.

Mal cabe el argumento obsecuente que algún parlamentario avanza, para decir que en democracia no hay empleos públicos por derecho, como lo pretendiera Evo Morales en Bolivia. ¡Y es que obvia el mal ejemplo de sus pares, atornillados como propietarios de partidos – piezas de museo – desde hace dos décadas y algo más, en algunos casos! Son los resabios a los que aludo, matizados por la ruptura corriente de los cánones para la convivencia sana y el respeto ajeno.

Lo ocurrido con Calderón es muy serio, salvo para los narcisistas digitales. Se ha comprometido a la nación y al prestigio del mismo gobierno parlamentario de Juan Guaidó. Trastorna los esfuerzos para la solución de la tragedia que lleva a cuestas Venezuela. No se midieron las incidencias sobre el gobierno ante el cual estaba acreditado, Colombia, que al paso sufre de manera gravosa al clan narco-criminal que tiene como vecino.

 

Cuando se decide nombrar a un embajador, no se olvide esto, antes de hacerlo el gobierno que le acredita consulta al gobierno de destino, al que le envía los antecedentes del candidato. Ha de ser aceptado por éste y de allí que se le dé o no el plácet. Su remoción concita, inevitablemente, iguales efectos bilaterales que han de cuidarse.

Pero vuelvo al principio, al desenfado en los modos que, si bien es propio de la fluidez dentro del llamado ecosistema imperante, no puede llegar a tanto como lanzar sobre la ruleta a los asuntos vitales del Estado; sobre todo si se admite que el cese de la usurpación planteada en Venezuela ha de implicar un cambio de mentalidad, no una simple modificación de políticas públicas o de titularidades de cargos que se asignan a discreción de un conciliábulo clientelar.

En mi larga proximidad al espinoso mundo de la diplomacia, durante cuatro décadas de enseñanza y varios años de servicio exterior e internacional, dos aprendizajes me acompañaron. Los dejo a beneficio de inventario. No son consejos, pues no los doy a quien no me los pide.

El país perdió y vio achatado su territorio, o sufre de agresiones por potencias extranjeras, más por los desplantes y la falta de sensatez de algunos de nuestros gobernantes, sobre todo de los parlamentarios, que por obra de nuestras debilidades nacionales.

 

Desde cuando puse mi primer pie en la Casa Amarilla – era un estudiante menor de edad – y voy al encuentro del canciller de Venezuela, Ignacio Iribarren Borges, firmante del Acuerdo de Ginebra que destruyen los errores a mansalva del chavismo, entendí el compás del ambiente y de sus procederes casi vaticanos. Tanto que, en 1979, el presidente Luis Herrera, metafóricamente me los explica cuando ejerzo como Vicecanciller provisional de otro gran veterano, José Alberto Zambrano Velazco: “La política exterior, querido Asdrúbal, no da votos, los quita todos cuando se yerra o se la hace depender de los enconos”.

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La “asociación” entre la política y la criminalidad estructurada transnacional, en lo particular la del narcotráfico y lavado de dineros corruptos, que apela al terrorismo para inhibir a sus enemigos mediante la siembra del terror, es un fenómeno específico del siglo XXI. Es la consecuencia de la inevitable liquidez de las fronteras, más allá de que tal “asociación” y su holding cubano se hagan de enclaves que les aseguren la impunidad, mientras alcanzan a expandirse y dominar a nivel planetario.

No le basta o no es lo propio del ecosistema digital sobre el que se apuntala la “asociación” desafiar con la sola violencia a sus adversarios. Los cánones de la globalización la hacen cada vez más impertinente, en la medida misma en que las autopistas de la información le facilitan crear narrativas justificativas de su deshacer e instantáneamente. Así que, las armas que apuntalan a este proyecto de maldad absoluta, suerte de tecnología para la destrucción, son las de la manipulación política de las realidades. Apelan al clima global de desconfianzas e incertidumbres imperante, incrementado por los neologismos en boga: posverdad, pospolítica, posmodernidad, posliberalismo, posdemocracia.

 

Ayer, la “asociación” se oculta tras el mito del socialismo del siglo XXI. Hoy se renueva como progresismo a ritmo de Twitter, tutelado por la naciente reconversión del Foro de Sao Paulo como Grupo de Puebla. La lucha contra el imperialismo es la categoría o símbolo resurrecto, gratamente musical a los oídos de la envejecida Europa y sus discípulos latinoamericanos.

 

Además, poder propulsar a través de las redes el reclamo airado e indignado de derechos como armas – no de los derechos humanos, que son todos y para todos, sino los de los diferentes, que pulverizan y siembran caos sin vocación de poder – les favorece. Quita la mirada sobre los actos criminales de la “asociación” y no arriesgan su poder real, salvo el de las entelequias de los Estados y gobernantes incómodos para esta, y les sirven para instrumentar su estrategia de disolución de los valores occidentales e imponer el relativismo.

En 1999, desde Venezuela se pacta la primera entente entre el narcotráfico – representado por las FARC – y la naciente revolución militar bolivariana. Luego, al requerirse de la sublimación del hecho, para asegurarlo en sus propósitos necrofílicos, se instala una narrativa apropiada al ecosistema global. Hugo Chávez se revela como el maestro de las ilusiones a la medida: “Yo mastico coca todos los días en la mañana y miren cómo estoy.

Evo [Morales, gobernante de Bolivia] me regaló, así como Fidel [Castro] me manda helados Copelia y muchas otras cosas que me llegan frecuentemente de La Habana; Evo me manda pasta de coca. Se las recomiendo, entonces, no es cocaína…”, afirma ante el mundo, públicamente, en acto oficial, en 2008. Banalizado el narcotráfico, llegado el 2009 e intentando blindar Mel Zelaya su dominio en Honduras como parte de la “asociación”, busca repetir la fórmula castro-chavista.

Provoca una constituyente “democrática” para quedarse en el poder eterna y democráticamente, lo que lo expulsa. Su caída arriesga a la “asociación”. Chávez y su Canciller Nicolás Maduro, junto a la gobernante argentina, Cristina Kirchner y el chileno José Miguel Insulza, secretario de la OEA, arman una intervención para reparar los daños. Honduras es el puente de oro de los negocios hacia el norte.

La intervención se frena, pero se impone la solución negociada, sugerida por otros presidentes de la región que prefieren distraerse con los árboles sin mirar al bosque. El diálogo es, al cabo, la gran ganancia de la “asociación”. Es reconocida como actor político y a su holding habanero se le consagra como la Meca de la Paz. Así, llegado el gobierno de Juan Manuel Santos en Colombia, se pasa la página de la acusación de Álvaro Uribe contra Chávez por sus vínculos con el narcotráfico y como responsable de crímenes de lesa humanidad.

Pacta el primero con las FARC e invita a Porfirio Lobo, sucesor de Zelaya, para que se entienda con éste. Lobo, más tarde, pasará por el trago amargo de ver a su hijo involucrado en el narcotráfico, como parte de la “asociación”. Los muertos y el crimen por ajustes de cuentas, no obstante, se hacen exponenciales. Hay altos y bajos en la gerencia de la “asociación” que se le encomienda a Nicolás Maduro, siempre bajo los dictados del holding. Pero la guerra de narrativas, en las redes, tamiza lo peor y hace mudar las percepciones de la realidad.

Pasada una década, el mayor beneficiario del lavado de los dineros criminales, Lula da Silva, es puesto en libertad. La Kirchner, bajo cuyo mandato ingresa la “asociación” con sus dineros a la Argentina, sometida a juicio es electa vicepresidenta. Y al término, el protector de la mayor cadena de producción de cocaína, Evo Morales, miembro de la “asociación”, expulsado por la misma deriva de violencia popular que alimenta el buró diplomático de esta – el Grupo de Puebla – para diluir las acciones internacionales en contra de su más preciado enclave, la Venezuela de Maduro, es acogido con honores por Andrés Manuel López Obrador.

 

Días antes, dicho gobernante, pone en libertad al hijo del Chapo Guzmán, el mayor narcotraficante de México.

 

En suma, la cuestión es que mientras avanza la “asociación” y otra vez copa espacios desestabilizando a sus críticos, los europeos obvian la criminalidad transnacional y política para no dejar sin piso a su monserga antinorteamericana. Ser parte tácita de la “asociación”, a través de su mascarón de proa útil, el holding cubano, lo juzgan de preferible. Entre tanto, las víctimas son brizna de paja en el viento, letras muertas en los informes de la ONU.

 

@asdrubalaguiar

Asdrúbal Aguiar Nov 18, 2019 | Actualizado hace 3 semanas
Venezuela 2030, por Asdrúbal Aguiar

EL TÍTULO DE ESTA COLUMNA identifica el encuentro que sostuvimos con los estudiantes de SciencesPo, en Paris, auspiciado por Plan País, el originario, nacido en USA hace una década. Les manifiesto que los venezolanos hicimos entrada al siglo XIX en 1830 y al siglo XX, pasadas sus primeras tres décadas. Y que, en 1989, casualmente, se cierra el ciclo de nuestra república democrática formal inaugurada 30 años antes, en 1959; construida en los 30 años previos, a partir de 1928, por su generación universitaria. 

En 1989, mientras cae el Muro de Berlín todos celebramos la muerte de las ideologías y la victoria del capitalismo liberal. No nos ocupamos, empero, de los síntomas más gravosos y desafiantes que acompañan a dicha caída. Emerge entre nosotros la logia bolivariana, que fractura nuestra identidad histórica alrededor de los cuarteles y después en los partidos. Y en Alemania, distante de La Habana, toma cuerpo, paralelamente, otra logia, la de los verdes ecologistas, feministas, defensores de las minorías sexuales, que renuncian a la corbata y acuden al parlamento con pantalones vaqueros y zapatos deportivos.

Mientras en Venezuela ocurre El Caracazo y la violencia se traga a un millar de compatriotas, en la Plaza de Tiananmén es masacrado otro millar. Y ambas manifestaciones se hacen de narrativas unitarias: Aquélla, la de la lucha contra la corrupción, ésta, por las libertades.

Pues bien, 30 años después, en 2019, el fundamentalismo de las localidades humanas sobrevenidas se hace violencia en Hong Kong, en Barcelona, en Santiago de Chile, en Ecuador, pero es colcha de retazos, unida sólo por la indignación, por cualquier cosa.

¿A qué viene todo esto?

En 1989, agotada república civil, Carlos Andrés Pérez entiende que, dada la gran ruptura en marcha, ha lugar al Gran Viraje. Rafael Caldera se empeña en pegar el rompecabezas social. Y Hugo Chávez opta, como solución, por devolvernos hasta Génesis republicano. Todos entienden, no obstante, que algo ha pasado y rompe los cánones.

Pasados 30 años, los venezolanos aún no reparamos sobre esta compleja cuestión de fondo. Sus consecuencias se las atribuimos a la anti-política, a una malhadada conjura de las izquierdas, que las hay, o a un fallo de las políticas.

Hasta el cierre de este ciclo treintañero, en 2019, lo cierto es que Venezuela ha sido objeto de todas las terapéuticas posibles. Ninguna logra repararla.

Se apuesta a la resurrección del cesarismo, en 1999. En 2002 se apela a la Fuerza Armada. En 2004 se acude a las urnas referendarias. Diez años más tarde se ejercita La Salida, con sus consecuencias de muertos y encarcelados. Antes, en 2005, después, en 2018, se renuncia al voto. Se apelamos a la comunidad internacional, a Carter, a Gaviria, a Zapatero, a Samper, y nada. El desafío de los escuderos de calle es legendario, superior al boliviano.

 

Se copian los modelos de concertación a la chilena – con la Coordinadora Democrática, la Mesa de la Unidad, el Frente Amplio, y se regresa a las urnas. Gana la mayoría parlamentaria en 2015 la oposición, y ahora busca convencerse, en otra jornada electoral, que sí es mayoría. Se copia, para unir partes, el mantra “cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres”. Es la estrategia textual que la OEA le fija a Nicaragua en 1979, hace 40 años.

Hoy, eso sí, somos “virtualidad”, en Miraflores y en la Asamblea. Y he aquí la clave, la que desvela el asunto que pasamos por alto en 1989, a saber, el ingreso del mundo a la Era de la Inteligencia Artificial, destructoria de espacios y geografías políticas. A la ciudadanía fronteriza la sustituye la ciudadanía de redes, el valor del tiempo y su vértigo, la imaginación o realidad virtual, la de las verdades relativas.

A la democracia formal se le sobrepone la de usa y tire, la de descarte. A la sociedad de la confianza le sobreviene la de la desconfianza total. A la sociedad de masas con cultura que armoniza se la cambia por la individualización colectiva de los ánimos, que hace de las intimidades y el enojo un hecho público, mientras se rechazan las ideas abstractas de bien común o interés general.

Quienes con empeño y sacrificio trabajan para aliviarnos de penalidades, desde adentro y desde afuera, o se miran en el Homo Sapiens y viven atados a la racionalidad normativa de la política y la democracia, o prefieren comportarse como el Homo Videns sartoriano: hijos de la televisión, atrapados por el impacto de las imágenes, y apenas mascullan.

Esta vez domina el Homo Twitter cansiniano, que combina a los dos mundos anteriores con 140 caracteres y el Instagram. Sufre de narcisismo digital, de entropía, y construye realidades a cuotas a partir de sus sensaciones, de sus emociones inmediatas. Esa es su naturaleza. Vino para quedarse, enfrentado a los poderes declinantes.

En este un cosmos inédito donde se brega con neologismos: posdemocracia, posverdad, posliberalismo, pospolitica, posmodernidad. El contacto es instantáneo con las audiencias y segmentado, sin partidos ni parlamentos. Se hace la guerra, pero con narrativas apropiadas a la Era de la Inteligencia Artificial, sin ejércitos ni tribunales ideológicos.

Lo revelador, a todas estas, es que el Socialismo del siglo XXI, perspicaz, al ponderar su experiencia de 30 años, en 2019 cambia de vestido y se hace progresista, para seguir simulando. Entretanto, los demás miramos al retrovisor de la democracia formal, y aquél se hace de una Tecnología de Eliminación, un TEC a la manera del sistema UBER o el de AMAZON. No le interesa competir, como a estos no les interesa hacerlo con taxistas o retails, sino acabarlos.

La enseñanza no se hace esperar.

Perderemos el Tren de la Historia si no somos capaces de crear una Tecnología de la Libertad (TDL), y un soporte teórico que la apoye con narrativas distintas, más propias del siglo en avance. Se trata de instituir, antes que maquillar instituciones o políticas públicas. Chile anuncia ser el próximo laboratorio constitucional, luego de la tragedia venezolana.

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Hasta el siglo XX, desde mucho antes de que se produjese el gran quiebre de la historia en 1989, cuando se derrumba la Cortina de Hierro y emerge con fuerza inusitada la inteligencia artificial, los Estados territoriales – ahora piezas de museo – si eran democráticos se organizaban sobre la base de la división del poder, del ejercicio de contrapesos entre sus distintas manifestaciones: la legislativa, la judicial, la administrativa o de gobierno. La elección de sus titulares, por ende, si bien implicaba el otorgamiento de un voto de confianza, se dispensa a beneficio de inventario, no es total. En las cabezas de la política y de la Ciudad se confía, por ende, pero no tanto como para dejar de vigilarlas.

La democracia, siendo sustancialmente representativa, expresa así un modelo o sistema de desconfianza constante. Para mantenerla, dentro de límites razonables y a fin de asegurar la gobernabilidad, se predica la participación en las tareas de control, sea por los propios ciudadanos, sea, en nombre de éstos, por los demás poderes del Estado distintos del controlado.

El espacio público, en suma, es una casa de cristal cuyo interior lo observan todos, las 24 horas del día.

¿A qué viene todo esto?

Más allá de las conjuras – que las hay y toman cuerpo desde el Foro de São Paulo y la sede de su casa matriz, La Habana – la violencia popular destructiva y sin destino que se aprecia en la región, no solo en la América Hispano-Lusa sino igualmente en el Occidente, cuyas raíces culturales y cristianas están siendo vapuleadas por la onda de relativismo y amoralidad que ahora se expande como pólvora encendida, refleja desconfianza, un estado de incredulidad suma por parte de la gente hacia el poder político. Lo hace precario.

No se trata, como lo afirman los reduccionistas, de un quehacer irresponsable por la supuestamente anti-política sociedad civil, pues, así como nuestras sociedades se están parcelando y pierden sus texturas, la idea de la política, en lo adelante incluye al mundo de la intimidad, el de los enojos personales, ahora transformados en cuestión pública. Esto es así, así resulte absurdo. Cabe entenderlo, si el propósito es reconducir ese fenómeno con sabiduría y espíritu abierto, en procura de renovar el sentido de la política, afirmado en raíces y el servicio a la verdad.

La cuestión es que quienes, asumiéndose como líderes y además considerándose con derecho a usufructuar, a su arbitrio, del Internet y las redes “sociales” para su oficio y la práctica cotidiana del narcisismo digital, parecen no digerir las reglas de este cosmos. Luego se rasgan las vestiduras cuando al quedar al descubierto sus abusos de confianza o su falta de pudor ante la orfandad existencial de los internautas, estos se vuelven en su contra.

 

César Cansino, lucido teórico del tema de la posverdad – que deja de lado los hechos objetivos al momento de incidirse sobre la opinión pública, apelando más a las creencias y sentimientos personales – destaca, entre otros, dos efectos de este inédito panorama que presenciamos: Uno, el paso de las sociedad de masas – con una cultura unitaria, atada a visiones compartidas – a la individualización de la sociedad, que hace reparo difuso y diversificado contra todas las versiones oficiales de quienes se consideran detentadores del poder. El otro, el tránsito desde una sociedad de confianza hasta otra de desconfianza.

Si bien en la confianza, incluso relativa, ayer radica la unidad social bajo un orden político dado y compartido, ahora, mediante la inevitable práctica de la ciudadanía digital y mientras logra educarse ella para atajar las irrealidades que se construyan como verdades, por lo pronto rige una “sociedad de distanciamientos”, de seres aislados, prevenidos. Unidos todos, eso sí, al momento de expresar sus indignaciones y drenar sus desconfianzas, no sólo entre ellos mismos sino fundamentalmente contra quienes no reparan en los ánimos predominantes en las redes y los desafían con desparpajo.

Cabe, pues, separar la paja del trigo. El problema no radica tanto en la práctica del periodismo digital que trabaja en línea inversa, por lo explicado, al periodismo profesional. Cada internauta parte de su estado de ánimo o aspiración y va en búsqueda sólo de aquel pedazo de la realidad que le serena y le valida su convicción personal; así no muestre toda la realidad, pues no le importa. La cuestión es que quienes usan las redes para las Fake News y a tal propósito disponen de Bots para hacerlas correr con destino a centenares de miles de internautas, creando hechos falsos para estimular la crispación o para dividir y sembrar mayor desconfianza entre la gente, son esencialmente los actores políticos; quienes se han corrompido al medrar en las aguas cenagosas de la mendacidad, tanto a la derecha como a la izquierda, y los grupos que los financian, para beneficiarse, unos y otros, del caos constitucional de transición.

Cabe estar conscientes que, si al Homo Videns de Sartori se le podía acusar de estúpido y pasivo, el Homo Twitter de Cansino racionaliza el discurso con aguda inteligencia. Es capaz de crear metáforas de la realidad con apenas 140 caracteres, y de atarlas a lo que ve, evitando que las imágenes hablen por sí solas o confundan.

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La ciencia, desde siempre, escruta hasta en sus profundidades a la naturaleza que nos rodea: a la madre tierra, para desentrañarla, para comprenderla mejor, tanto como persiste en su empeño milenario de ampliar la temporalidad de la vida humana.

De manos de las nuevas tecnologías ingresamos en una Era que, además de conocer nuestro mapa genético, pone en entredicho el valor de los espacios territoriales y la misma materialidad, haciendo privar al imaginario humano, a la virtualidad, asumiendo como su paradigma  la velocidad de vértigo.

No se trata del esfuerzo por dejar a la tierra y conquistar el espacio, que cristaliza con la llegada del hombre a la luna hace 60 años ni de la posibilidad que se hace cierta, 60 años después, de viajar desde Pekín hasta Nueva York en dos horas con el IPlane chino. Se trata de lo dicho, de una Era nueva, no de una simple estación o edad dentro de un ciclo histórico continuo, centrada aquella en la inteligencia artificial.

Hace 30 años, en 1989, se cae el muro de Berlín y predica el final de las ideologías – del comunismo y la sobrevivencia del capitalismo liberal – sin que se repare en lo dicho; salvo para repetir lo cosmético, como el renacimiento marxista bajo el socialismo del siglo XXI o el progresismo a ritmo de Twitter,  para engaño de incautos mientras otros anuncian la llegada del posliberalismo: No habrían más piedras filosofales y aceptan que son recónditos los caminos por los que recorre la naturaleza del hombre.

Lo esencial, insisto, es que, el agotamiento de las repúblicas y la insurgencia de los fundamentalismos sociales o la vuelta a los enclaves primitivos es la consecuencia de la quinta revolución industrial, una de cuyas manifestaciones más populares es el mundo fragmentario de las redes sociales y el Internet. En la medida en que diluyen los viejos lazos de la ciudadanía estatal fronteriza favorecen los nichos entre semejantes, excluyentes de los diferentes, quienes se relacionan entre sí dentro de cavernas virtuales y de corte platónico.

Las violentas manifestaciones en Cataluña, Paris, Hong Kong, Santiago, nada tienen que ver con las de hace 30 años, como El Caracazo o la masacre de Tiananmén, coincidentes, estas sí, en sus motivaciones: rechazo de la corrupción, rezago en el bienestar, agotamiento de los partidos políticos.

Las primeras proceden de una insatisfacción innominada, aguas abajo del fenómeno de desarticulación social señalado, del sentimiento de orfandad que sigue a la ruptura de la “amistad social” – fundamento de la confianza y de la política – entre los individuos. Se reacciona, entonces, contra los poderes más preocupados por lo abstracto del interés colectivo e indiferentes ante el enojo íntimo de cada internauta. Y así cada protesta se direcciona contra el único foco visible del Estado en agonía, su gobernante, sea de izquierda, sea de derecha, al que se le lapida por razones incidentales.

La cuestión es compleja. Hace relación, entre otros elementos, con ese cosmos que ha sido propio de la ciencia-ficción y ahora es realidad cruda y muda. El Parlamento Europeo nos la describe:

“Desde el monstruo de Frankenstein creado por Mary Shelley al mito clásico de Pigmalión, pasando por el Golem de Praga o el robot de Karel Čapek —que fue quien acuñó el término, los seres humanos han fantaseado siempre con la posibilidad de construir máquinas inteligentes, sobre todo androides con características humanas”; y “existe la posibilidad de que a largo plazo [¿?] la inteligencia artificial llegue a superar la capacidad intelectual humana”.

Las redes y su uso exponencial son, sin cortapisas, un logro civilizador que profundiza la experiencia de la libertad. Para su comprensión de nada sirven los símbolos y conceptos del siglo XX, menos los del XVIII y XIX, cuando tienen lugar las revoluciones que les dan textura a nuestros sistemas constitucionales.

Esta es mi apreciación y quizás la única, por lo pronto. Es bastante, si al menos sirve para aproximarnos, con humildad y sabiduría, a ese entorno inteligente y artificial ya instalado de modo terminante en el Occidente de las leyes y en el Oriente de las luces.

Que las nuevas relaciones y los actores emergentes dentro de este teatro novedoso de la ciudadanía digital se muestren con predominio y hasta desplacen a los rezagados, por carentes de sabiduría digital – por vivir en estado de vacuidad y como renegados hasta de sus propias raíces culturales, como los europeos – es lo inevitable, pero no son fatales sus amenazas.

Al cabo, el hombre – antes de que se vea sustituido por la robótica y la industria 4.0, es aún el mismo. Está a tiempo de servirse de estas y no de servirlas como esclavo, superando a la posverdad, es decir, rescatando a la razón y su relación con lo objetivo, sin que  signifique el abandono de su sensibilidad emocional, a fin de discernir sobre la manipulación de las realidades, mirando fuera de la cueva.

Hay, en suma, invertebración social, indignación, e inmediatez conductual, que siguen al debilitamiento del espacio público como armonizador entre las personas, como proyectos unos y únicos. En la incertidumbre media el instinto de la supervivencia, el preferir creer en lo que sosiega, por irreal que se le considere. Vivimos el desbordamiento de un río sin cauce que exacerba el pluralismo e infla los derechos de los dispersos, sin posibilidades de cabal garantía. A la inteligencia artificial debe acompañarla la prudencia digital del hombre, varón o mujer.

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Soy consciente en cuanto a que la modernidad y su optimismo se encuentran comprometidos; como comprometidas han estado siempre las promesas del humanismo, pues han de pugnar con quienes, como traficantes de ilusiones, prometen el paraíso en la tierra a costa de la cosificación de la persona. A la sazón, entre tanto, los amigos de la libertad nos miramos en el espejo retrovisor de la democracia.

Comparto, al respecto, el criterio del profesor Eudaldo Forment, quien apoyado en un célebre libro escrito hace casi una centuria: Una nueva edad media (1933) afirma que el hombre – se refiere al europeo, pero vale para el actual – vive “como si habitase exactamente en la superficie de la tierra, ignorando lo que está por encima y lo que está por debajo de él”. 

Las generaciones del presente tienen razones para celebrar que cuentan con lo mejor de los dos mundos superados: el de la mera razón y la lectoría – el del Homo Sapiens – y el de las imágenes u Homo Videns de Giovanni Sartori. El Homo Twitter sucedáneo – expresión provocadora de César Cansino – tanto como escribe y no más de 140 caracteres se relaciona con las imágenes, pero sin tiempo para la conciencia y menos para el pensar profundo. El vértigo no se lo permite. 

Dado ello, arriesga dejar de ser lo que es y en su esencia: persona una y alter ego, y puede desdecir de su naturaleza, pasando de servirse de la ciencia a servirla como tótem que lo domina. A lo más terminaría siendo un mero táctico de la libertad. 

Me pregunto: ¿Será que el tiempo que se abre en 2019 para durar otros 30 años, dos generaciones, agotado el Gran Vacío que suscita la experiencia frustrada del socialismo real y las incertezas que nos monta a cuestas la incierta victoria del liberalismo en 1989, es en conclusión el arraigo del relativismo? ¿Se consolida la muerte de Dios e ingresamos en la Era de las verdades circunstanciales, construidas sobre las percepciones de mayoría, que dejan resentimientos, cansancio, sentimientos de desconfianza entre todos?

La cuestión no es baladí. 

 

El Homo Twitter, en línea inversa a la del periodismo tradicional, ancla primero en su prejuicio o cosmovisión, en su orfandad íntima, para luego crear información y transmitirla, yendo en búsqueda de la realidad; pero sólo de aquella parte que le sirve y le es útil para validar su propia animosidad o serenar el espíritu. 

 

Este es, nada menos, el desafío ingente, inexcusable, que ha asumir y entender a profundidad el liderazgo social y político, apenas entrenado para el narcisismo digital y llamado a construir una tecnología al servicio de la verdad.

A qué viene todo esto.  

Mientras la Alta Comisionada de la ONU, Michel Bachelet, demuestra que todos los derechos humanos han sido violentados de manera muy grave, sistemática y generalizada, por el régimen represor de Nicolás Maduro, otra narrativa nos llega desde Europa. Nos habla de una nación distinta, que padece una crisis política y falta madurez democrática.  

¿Ambas narrativas son ciertas, una veraz, otra falsa y construida a la medida?

No olvidemos, a todas éstas, que somos tributarios de la cultura occidental y cristiana, incluso encontrándose amenazados sus valores por la tecnología marxista de dominación en avance, tributaria de la Escuela de Frankfurt. 

Al reconocimiento de la razón y del ser humano, que se concretan en la gran enseñanza greco-romana de la sabiduría, la vertiente cristiana la completa con las ideas de la persona – como realidad humana no una, sino única, propia de cada ser, la menos común – y la de la libertad o el libre albedrío, que revela a la dignidad de la persona humana. Y esas ideas o premisas le agrega algo esencial que redondea nuestra cultura de decantación milenaria, a saber, la del amor supremo o caridad, es decir, la del “querer el bien para alguien”. 

 

En el olvido de esa “amistad civil” que alimenta la confianza y que hemos proscrito en la política, y que antes que procurar la unidad en las diferencias sustituye ahora la idea de la donación desde el poder por la posesión del poder, es en donde reside, como lo creo, la crisis contemporánea del humanismo. Desbordamos, con generosidad, en los odios y por ello mentimos.   

 

Así, mortificado por lo que todos observamos, repito las palabras de Jacques Maritain, cabeza de la delegación francesa, dichas al momento de instituirse la UNESCO; cuyos activos como los de la ONU están en entredicho, aún más luego de la elección de Venezuela al Consejo de Derechos Humanos y dada la espiral de destrucción que azota a Iberoamérica y España:

“Nos reunimos en un momento particularmente grave de la historia del mundo [..] La angustia de los pueblos cae sobre todas las orillas […] Lo que se pide a la inteligencia humana es tomar conciencia de que hemos entrado en una era crucial de nuestra historia, en la que —bajo pena de muerte— los gigantescos medios de potencia procurados por el dominio científico de la materia deberían someterse a la razón”. 

Es la razón, en suma, la instancia inderogable. Pero no basta. Estamos ante una hora – permítaseme el anglicismo – que urge de un sistema UBER para la política, para la ordenación digital y tecnológica de la libertad en el siglo XXI. ¡Ojalá no nos pase lo que al Búho de la Minerva, que levanta su vuelo en el ocaso.

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Venezuela está en la ONU, por Asdrúbal Aguiar

Los Estados permanecen, no así los gobiernos, menos los usurpadores. Estos pasan. Llegan a su término, si bien la realidad global también disminuye a los primeros – incluyendo a los organismos internacionales que forman – como suertes de cascarones, incompatibles con el deslave humano y la liquidez espacial que fijan la globalización y el Homo Twitter.

De modo que, si nos atenemos a los cánones del Sistema de Naciones Unidas, en una votación secreta, en plena era de la transparencia, se acaba de elegir al Estado de Venezuela como miembro del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Cosa diferente es la pregunta obligada: ¿Quién ocupará la silla, representando a los venezolanos?

Eso dependerá del cese de la usurpación de Nicolás Maduro, antes de los dos años que dura el mandato que recibe Venezuela en el Consejo. Y, como lo he repetido hasta la saciedad, eso igualmente depende de la misma comunidad internacional que la ha elegido.

Cabe decir que mal pueden los venezolanos, por sí mismos, librarse del secuestro al que se encuentran sometidos. Una organización transnacional del crimen y terrorista controla los hilos restantes de ese Estado fantasma o en agonía que es Venezuela. Su población migra para sobrevivir, su territorio ha sido canibalizado, carece de un verdadero gobierno.

Lo aberrante a todas estas, es que, la ONU, ahora le permita al régimen usurpador de Maduro acreditarse para ejercer una representación que no tiene. Admitirla constituiría fraude al orden público internacional consagrado por la Carta de San Francisco, que se adopta sobre una tragedia de hondo calado histórico, el Holocausto.

Los alemanes, quienes sí saben de lo que hablo, no por azar y como reflejo del estatuto “onusiano”, al dictar su Constitución en 1949 la encabezan con una norma que amarra a todas las demás, sean las relativas a los derechos, sean las concernientes a la organización de su Estado federal, a saber, la del respeto a la dignidad de la persona humana, por todo y por todos.

Todavía hoy, en las escuelas de Alemania se enseña sobre los asesinatos en masa de judíos y los campos de concentración. Hasta allí, rutinariamente, son llevados los alumnos, a esos altares del mal absoluto, transformados en museos de la memoria, para recordarles el ¡nunca más!

Lo insólito y vergonzante es que algunos socialistas europeos y los gobiernos dentro de los que se mimetizan – afectados por el mito de Xión y de Tántalo, epígonos de la ingratitud – aún no les perdonen a los judíos ser el espejo de la perversión de los gobernantes de aquellos; haber quedado sujetos sus pueblos por las redes del nazi-fascismo, por un sino de su historia. Menos superan que los Estados Unidos les hayan salvado de la tragedia que se los engulle hasta 1945.

Sólo la traición, la deslealtad, la ingratitud para con sus propias raíces culturales, las occidentales y cristianas, explican esta vez el tsunami musulmán que se posa sobre suelo europeo con acendrada vocación fundamentalista, en medio de locales que muestran vergüenza con su identidad común.

Rezan los clásicos que la ingratitud, la ruptura del vínculo que atara a Zión y Tántalo con Zeus, quien los sienta en la mesa de los dioses y les llena de privilegios, la pagan sus descendientes, plagados de enormes infortunios, condenados a la asocialidad, entre un mundo animal que no los acoge y un mundo humano y de humanidad que los rechaza.

Pero, en suma, más allá de las abstracciones jurídicas o las citas de los clásicos que provoca el caso de la elección de Venezuela o permitírsele a Maduro asumir dicha representación en el Consejo de Derechos Humanos del mundo – que escandaliza a la decencia – lo más grave es que sustituye en su puesto a la Cuba de los Castro. Todo cambia para que nada cambie.

¿Reaccionó esa opinión pública contra dicha Isla como lo hace contra la elección de Venezuela, siendo que aquella reúne sesenta años de muy graves atentados a los derechos humanos y cuyo gobierno, a la sazón, firma papeles dentro de la ONU con la sangre de sus degollados?

Cabe preguntarse, aquí sí, en dónde se encontraba a todas éstas y en la hora de la elección que trastorna, el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres. Era y es su deber, derivado de las competencias implícitas de su cargo, cuidar de los activos principistas del sistema universal construido sobre las ruinas de la Segunda Gran Guerra del siglo XX. Mal puede argüir que se trata de una decisión de los Estados miembros, cuando ha de saber que su condición no depende de éstos una vez como fuera elegido, ni es el cagatintas de los gobiernos, a la manera como lo fue, en su instante y en la OEA, José Miguel Insulza.

Jacques Maritain, representante de Francia en el evento fundacional de la UNESCO, en Londres, el 16 de noviembre de 1945, describe con locuacidad su momento, ese que Guterres, socialista portugués, da por enterrado y borra de los libros: “Nos reunimos en un momento particularmente grave de la historia del mundo [..] La angustia de los pueblos cae sobre todas las orillas [… ] Lo que se pide a la inteligencia humana es tomar conciencia de que hemos entrado en una era crucial de nuestra historia, en la que —bajo pena de muerte— los gigantescos medios de potencia procurados por el dominio científico de la materia deberían someterse a la razón”. 

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