Asdrúbal Aguiar, autor en Runrun

Asdrúbal Aguiar

El factor Trump dividirá la historia, por Asdrúbal Aguiar

@asdrubalaguiar

El mundo, sobre todo los europeos y latinoamericanos e incluidas sus dictaduras de izquierda, como se constata desde los hechos del 6 de enero pasado, aún gira alrededor de Estados Unidos. Este sigue siendo la Roma de la antigüedad en el siglo XXI y todos los caminos conducen a ella. Acaso, como todos los imperios, en algún momento llegará a su final.

El factor Donald Trump es el síntoma que no el origen de la compleja realidad histórica global que vive Occidente desde hace treinta años (1989-2019). Aquél la desnuda. La literatura sigue repitiendo que Hugo Chávez Frías en Venezuela fue un traspiés, es decir, el producto de la negligencia o la miopía política de sus predecesores, quienes debieron frenarlo a tiempo y hasta encarcelarlo de por vida.

Nadie ha querido apreciar que Trump y Chávez, tanto como Berlusconi en Italia, son íconos que dibujan el presente y anuncian el porvenir.

Las masacres del Caracazo y Plaza Tiananmén – en ambos extremos del planeta – fueron las campanadas del derrumbe de la Unión Soviética y el ingreso de la Humanidad a la 3ª revolución industrial; la del dominio digital y la virtualidad, de lo imaginario con su tiempo de vértigo, por sobre las realidades geográficas de las patrias de bandera y sus sólidos culturales.

El tráfico de las ilusiones o la vuelta al anclaje en los nacionalismos históricos fue previsible desde entonces, eran los efectos que no las causas. Preocupaba a los alemanes, en 1989, el resurgir de los fundamentalismos. Yugoslavia luego se disuelve como Estado y se atomiza alrededor de sus culturas primarias, que las llevan a su guerra de genocidios. En Venezuela, en esa hora, no emergen las Fuerzas Armadas – como en los siglos XIX y XX – ante un estamento, el político, que califica de antipatriota, sino que lo hace como logia «bolivariana», anclada en el pretérito una vez como comienzan a disolverse las patrias de bandera después de la caída del Muro de Berlín.

La dispersión social, apagado el denominador común de las ciudadanías, se hace regla y se celebra. Se multiplican las legitimidades reticulares – acaso legítimas – y se les atribuyen derechos particulares, imposibles de ser garantizados por exponenciales desde el Leviatán que sostuviese el orden en todos nuestros países a lo largo de la modernidad.

Allí están como indignados los afrodescendientes, las comunidades originarias, los LGBT, las tribus urbanas, las parejas X, los abortistas, los amigos de la eutanasia, como factores microsociales de integración que se excluyen los unos a los otros. Hasta se bloquean los unos a los otros como internautas y en la plaza pública digital. Sustituyen la anticuada lucha de los “obreros del mundo uníos” del marxismo y hasta la consigna amalgamadora de las revoluciones modernas: «libertad, igualdad, fraternidad». Y ahora aparecen con mayor virulencia otros grupos que se demonizan recíprocamente, Black Lives Matter y el supremacismo blanco. Todos a uno van por sus derechos singulares y arbitrarios. Todos reclaman para sí que se les proteja en la diferencia, en la disolución social y ciudadana que significan.

Entre tanto, los ambientalistas ofrecen a las ovejas dispersas volver a la Madre Tierra o Naturaleza y juntos metabolizarse dentro de ella. Y quienes más poder real adquieren desde 1989, superior al de los Estados y los gobiernos – he allí el factor Trump – nos dicen, en este disparadero deconstructivista, que si aceptamos volvernos dígitos dentro sus plataformas digitales, recobraremos el orden, la cordura; eso sí, bajo sus reglas y cánones. Dentro de ellas todo, fuera de ellas nada. Meses atrás, no lo olvidemos, artistas internautas derrocan al gobernador de Puerto Rico a través de las redes.    

Poco le ha importado al mundo, hasta ayer, que Recep Erdogan incurra en crímenes de lesa humanidad en Turquía o los haya cometido Nicolás Maduro en Venezuela; o que hayan ocurrido suicidios en cadena como tomas del parlamento en Hong Kong por el movimiento que, pidiendo auxilio a Estados Unidos, muestra en sus pancartas: «Si nos quemamos, te quemas con nosotros».

Esos ejemplos, como el de la otra satrapía, la del crimen organizado transnacional del narcotráfico cubano-venezolano, han sido objetos de curiosidad, útiles para la observación por laboratorios académicos. Mantienen ocupada, justificándola, a la burocracia de Naciones Unidas, inútil durante la pandemia. Hablan de la búsqueda de instantes propicios, necesarios hasta que tales represores del siglo XXI decidan sentarse a negociar y emulen la experiencia de Juan Manuel Santos, premio nobel de la paz.

Las quemas de las catedrales católicas, íconos de la cultura occidental judeocristiana – como pasa en Chile durante los meses recientes – son aceptadas como expresión reivindicativa y de revisionismo histórico, hasta que desde Washington se denuncia, y el planeta escucha angustiado, un grito de alarma: “Se ha profanado el templo de la democracia”.

Los dueños del gobierno digital emergente, pasados los hechos, aceptando que ha sido polémica la decisión de Twitter de suspender de manera definitiva la cuenta de su importante usuario, aún ocupante de la Casa Blanca, anuncian la creación de otra plataforma tecnológica. Acopiará ella estándares en su cerebro artificial que logren discernir sobre eventos como los ocurridos durante las elecciones en Estados Unidos y para que en el futuro haya decisiones más acertadas, menos controvertidas.

El Homo Twitter de César Cansino, que toma fuerza durante los últimos 30 años hasta llegada la pandemia de la China digital, le abrirá espacio al Homo Deus de Yuval Harari. A buen seguro nos regirá durante los siguientes 30 años, hasta el 2049. El culto del «dataismo», de la inteligencia artificial, de la robótica se impondrá, en la circunstancia. Dicen sus dueños que será capaz – ante el Homo Sapiens que somos todos, llenos de dudas y preguntas e incapaces de autogobernarnos – de responderle a la Humanidad, incluso, si Dios existe o no.

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La Iglesia del 23 de enero, por Asdrúbal Aguiar

De izq. a der. monseñores Jesús María Pellín, Rafael Arias Blanco y Hortensio Castillo. La torre de San Pedro y gráficas históricas del 23 de enero. Fotos Wikipedia.org, dominio público. Comp. Runrunes.  

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La política se hace y renace en la plaza pública, su lógica es ciudadana. Bajo los despotismos, medra la resistencia. Es dispersa. Algunos de los suyos ceden en la oscurana presas del miedo, sin luces de libertad, atenazados por el instinto de la sobrevivencia. Es el contexto donde florecen las negaciones, pariente del otro en el que bullen los odios entre los que pierden el poder usufructuado antes en jolgorio de complicidades: Marcos Pérez Jiménez y Pedro Estrada, derrocados, se separan.

Sobre el 23 de enero de 1958 y la predicada unidad de los políticos se vierten cántaros de agua llegado cada aniversario. Ocultan la otra historia, la de su “alma”, que es delta de circunstancias, obra del coraje cural, un deslave de la naturaleza.

Miguel Otero Silva escribe sobre la inmediatez: “Centenares de presos, centenares de torturados, centenares de muertos era, al cabo de nueve años de tiranía, el balance de una oposición heroica pero hondamente dividida”. Ramón Díaz Sánchez recrea el ambiente de conmociones que arranca con el 18 de octubre de 1945, mientras Arturo Uslar Pietri, certero, apunta que “si el 18 de octubre fue el movimiento de un partido y un sector del ejército”, el 24 de noviembre de 1948 un golpe militar seco, el 23 de enero ha sido singular y distinto.

A seis meses del derrocamiento del dictador, sobre el estado del alma venezolana en ebullición, cuando “huye de la oscuridad de la noche”, es cuando la Junta Patriótica, formada por URD y los comunistas, se establece. Luego llaman al COPEI y la clandestina AD; partidos que, una vez superado el puente, se reorganizan y paren sus líderes el Pacto de Puntofijo, para darle salida de largo aliento y estabilidad al huracán incontrolable: “Caracas es una vasta conspiración. Y cada casa de la ciudad una tertulia de conjurados. Se conspira en los barrios residenciales, en los sectores de clase media, y en los bloques obreros”, narra quien será presidente de la Cámara de Representantes neogranadina, el poeta y diplomático José Umaña Bernal.

Frente al despilfarro y el grosero enriquecimiento dentro de la «boutique» caraqueña se disimulan las condiciones infrahumanas en que viven las mayorías. Son los párrocos y el arzobispo Rafael Arias Blanco quienes interpretan esa injusticia y enfrentan la vanidad del dictador.

El Vaticano se activa. Llega a Caracas el cardenal Caggiano y desde el municipio observa que “hay tanta riqueza que podría enriquecer a todos, sin que haya miseria y pobreza”. Arias intima a la organización sindical, para que de ella surja una opción “entre el socialismo materialista y estatólatra que considera al individuo como pieza… y el materializado capitalismo liberal, que no ve en el obrero sino un instrumento de producción”. La invita “a completar lo que aun falta a la paz social”. Enciende la mecha.

Pio XII dedica tres veces su palabra al pueblo venezolano sufriente. En 1956, al canciller de la dictadura le dice, sin concesiones, que solo habrá desarrollo armónico cuando entiendan que el progreso son “elementos otorgados no a una persona exclusivamente sino a toda una sociedad que debe sentir sus provechosos efectos”.

Sorprende al régimen, sí, el cese del silencio de los intelectuales, los hombres de negocios y profesionales. Pasado el alzamiento del 1° de enero, cuando trepidaran sobre Caracas los fuselajes aéreos, firman remitidos antes de la huida del sátrapa: “Es necesario, para la recuperación institucional y democrática de Venezuela, que el gobierno garantice el pleno ejercicio de los derechos ciudadanos”, mascullan cuidadosos.

La crónica de Gabriel García Márquez en ese momento germinal de nuestra democracia –cuando “ya está el helado al sol” según la descripción de Luis Felipe Llovera Páez – muestra el verdadero rostro de la diosa Tique del destino. El clero es el actor principal.

El arzobispo es llamado por el ministro del interior, Laureano Vallenilla –“no iba a misa, pero conocía los sermones”, escribe El Gabo, y lo hace esperar hora y media para darle una lección. El padre Hernández Chapellín, director de La Religión, ante Vallenilla espeta: “Voy a hablarle como sacerdote, que solo teme a Dios… casi todo el pueblo los odia y los detesta”.

El padre Sarratud sabe que lo buscan. Se entrega a manos del segundo de Estrada, Miguel Sanz. A él y al padre Osiglia de La Candelaria y a monseñor Moncada, de Chacao, llevados a la Seguridad Nacional donde se encuentran Hernández Chapellín y el padre Barnola -el semiinterno- se les acusa de haber instigado el levantamiento.

El padre Álvarez de La Pastora se mueve, para que, al llegar los esbirros por haberle impreso volantes a la Junta Patriótica, ello no impida que los huelguistas del 21 de enero suenen las campanas de la Iglesia. El nuncio apostólico protege a Rafael Caldera, quien sucesivamente viaja al exilio, y al joven oficial Roberto Moreán Soto. Y monseñor Jesús María Pellín, hombre de bibliotecas como el actual papa emérito, sermonea sobre el prevaricato imperante.

El 21 de enero, monseñor Hortensio Carrillo – trujillano, de quien fuésemos monaguillos el actual cardenal Baltazar Porras y este simple escribano – protege en la iglesia de Santa Teresa a los médicos manifestantes. El régimen la profana con sus fusiles y ametralladoras. “Una bomba estalló a pocos metros de monseñor… los fragmentos se le incrustaron en las piernas y con la sotana en llamas se arrastró hasta el Altar Mayor”. Las mujeres “mojaron sus pañuelos en el agua bendita de la sacristía y apagaron la sotana”, reseña quien más tarde será Premio Nobel de Literatura.

“El heroico pueblo de Caracas, con piedras y botellas, descongestionó el sector… el párroco [presa de terribles dolores] experimenta una inmensa sensación de alivio. La misma sensación de alivio que experimenta Venezuela”. La dictadura ha sido derrocada. “El hambre carece de color político, y el dolor y la esclavitud son siempre la tierra de nadie”, precisa Umaña.

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La anormalidad del sentido común, por Asdrúbal Aguiar

@asdrubalaguiar

Concluidos los 30 años de la transición que se inicia en 1989, cuando se cierran los otros 30 inaugurados con los viajes al espacio ultraterrestre y que finalizan con la tercera y cuarta revolución industrial, la digital y la de la inteligencia artificial, el año 2020 ha sido el primero de una contracultura que ya domina. Es globalista, forja una «civilización» omnicomprensiva, totalizante más que universalista. A su término, pasados como sean otros 30 años, si no le sorprende alguna regresión “revolucionaria” el Homo deus ex machina del israelí Yuval Noah Harari verá su amanecer, en el año 2049.  

El Homo Twitter de César Cansino será una antigualla. Última síntesis entre dos piezas de museo, el Homo Sapiens, de sólidos culturales y cultor de catecismos e hijo de la razón ilustrada, y el llamado Homo Videns sartoriano, hijo de la televisión y receptor acrítico de verdades enlatadas, comienza a declinar.  

Lo cierto es que se inaugura la acuñada «nueva normalidad» planetaria tras una pandemia de origen artificial obra del ingenio humano contemporáneo. Es hija de un laboratorio chino situado en la población Wuhan – el Instituto de Virología – del que se desprende ¿por omisión o deliberadamente? la fatal COVID-19. El encierro del género humano y la regla del «distanciamiento social» son sus consecuencias inmediatas. Las sucede una emergencia estructural – proceso de adecuación colectiva a lo «nuevo» – que, si no acaba o es el final de la vida política, la deja en suspenso. La plaza pública, que acaso muta, y el valor normativo de las constituciones de los Estados pierden su sentido.

Los derechos a la vida y la salud se sobreponen como fines y para sus cuidados no se repara en los medios. Son el argumento – ¿inevitable? – que ataja dos siglos de experiencia liberal ordenadora y diluye u oculta al paso las premisas de fondo de tal proceso transformador y existencial que avanza sin obstáculos.

Un largo decurso fundado en la idea de la progresividad – ¿la perfectibilidad de la persona humana? – nos lleva hasta la expansión ilimitada de los derechos consignados bajo la tríada «libertad, igualdad y fraternidad» de 1789.

Desde el Vaticano hoy se pone el énfasis sobre la última variable, «Hermanos todos», quizás en un intento por sostener la atadura de un mundo que se fragmenta o para justificar que las convicciones bíblicas se vuelven líquidas y relativizan.

En el plano de lo nominal, hasta ayer no bastaba con el reconocimiento de los derechos humanos fundamentales, los civiles y políticos o los económicos y sociales. Se les agregan otros y se les sobreponen, calificándoselos como de tercera e incluso cuarta generación a fin de profundizar las diferencias sociales como se constata. Dan cuenta de las atomizaciones que sobrevienen a raíz de la implosión de las patrias de bandera y el espíritu de lo nacional en el curso de los últimos 30 años.

Antes de la pandemia se añaden, como parte del ecosistema de gobernanza virtual y de religiosidad naturalista o panteísta naciente, los derechos de acceso al ciberespacio, al uso de las redes digitales, a la seguridad de los internautas, y asimismo los derechos de esas otras «cosas» o entes que, distintos del hombre adánico, integran a la Creación: los árboles, los animales, el clima, las piedras, los ríos. El mismo papa Francisco desea -lo afirma el pasado febrero- una Iglesia de rostros amazónicos.

Las constituciones políticas que se adoptan desde inicios del presente siglo, en América Latina, son menús generosos en derechos, expandibles e ilimitados. Copan la mitad de sus textos. Ofrecen opciones para todos los gustos, en proporción a la dispersión o diferenciación social crecientes que estimulan. Unos y otros, de suyo pierden su «fundamentalidad» y la «inherencia» que a lo humano ha sido común en los «derechos del hombre» –varón y mujer- desde las grandes revoluciones de los siglos XVIII y XIX. En la actualidad son meras expectativas, símbolos movilizadores de los ánimos, razones para la indignación colectiva dispersa. Son ríos sin madre, de imposible protección tutelar efectiva. Son los síntomas descriptivos de lo «epocal», obra de una demencial ruptura epistemológica.

Al cabo emerge con fuerza lo paradójico, una contradicción en las esencias.

Esos derechos que se advierten de vitales y casi los únicos o reales durante la pandemia, discriminan y excluyen. A la vida que espera por nacer se le descarta y a la que aún no termina y carece de salud, se le impone como «derecho-deber» su extinción. No median test de balance o criterios de proporcionalidad o razonabilidad entre pretensiones opuestas. Una vida puede negarle la vida a otra cuando le pesa en sus entrañas, y quien la va perdiendo por menguarle la salud y volverse carga, ha de aceptar su muerte. Es lo propio de la «nueva normalidad», del deconstructivismo civilizatorio en boga.

Por lo pronto, apenas cabe lo descriptivo. La posmodernidad refiere las crisis de los grandes sólidos histórico-culturales; la posdemocracia identifica la inmediatez en la relación de los liderazgos con la dispersión social y la prosternación de las mediaciones institucionales; el posliberalismo da cuenta de la pérdida de las condiciones culturales que hicieran posible la promesa de libertad y anuncia el avance hacia un «progresismo neomarxista» y un neoliberalismo salvaje que se juntan en el delta del globalismo; en fin, la posverdad, al cuestionar el peso de las enseñanzas seculares de Occidente por suponérselas faltas de objetividad, opta por la realidad mutante construida a la medida de cada individuo, mediante un metalenguaje de redes en el que se instala como verdad y por segundos lo que parece serla.

Lo raizal es la pérdida contemporánea del sentido común. Me refiero, con Linderberg, al quiebre de los valores compartidos y sostenidos como universales, “que, como sentido común, juegan dentro de un grupo tan importante que desplazan la atención hacia un conjunto de conocimientos esencial para la interacción humana dentro del mismo y a través de sus límites”.

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Payá y el remedio contra el globalismo, por Asdrúbal Aguiar

El activista político cubano Oswaldo Payá (1952 – 2012). Foto Pedro Portal / Archivo El Nuevo Herald.

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Pasadas tres décadas desde el final del comunismo franco y sin telones, en medio de una inflexión histórica demencial ganada para la sinuosidad y el relativismo, puedo decir, si llegan a admitirse paralelos, que somos observadores de un tiempo similar al que tuvo como testigos a la primera y segunda grandes guerras del siglo XX.

En la antesala de estos partos cruentos media una carrera competitiva demencial por el predominio político y económico entre distintas naciones. Las potencias, ávidas por hacerse de recursos y nuevos mercados, dan cabida al encono destructivo; mientras otras, más preocupadas por la disminución de sus poderes, le abren las puertas al templo de Jano.

En el primer caso, un “incidente”, el asesinato del archiduque austríaco Francisco Fernando en Sarajevo; y en el segundo, otro, la invasión a Polonia por la Alemania nazi, resucitan el miedo colectivo, el enclaustramiento de las familias o las migraciones forzadas en masa.

La muerte se hace presente sin discriminar – al igual que con el “incidente” de la COVID 19 – y los seres humanos pasan a depender de los imaginarios que se construyen desde sus gobiernos.

Estos imponen la disciplina pública y privada y hasta la regla del «distanciamiento social», extensivo entre amigos y ahora enemigos mutuos –en la hora, los «bioterroristas»– al punto de instaurarse, así ocurre en los espacios del fascismo según Piero Calamandrei, regímenes de la mentira y la maldad absoluta.

Pues bien, transcurridas las dos primeras décadas del siglo XX, a treinta años desde la declaratoria del “final de la historia” y tras la caída del Muro de Berlín, el errado predicado de la desaparición de las ideologías, la simplificación maniquea del agotamiento del socialismo real, el ingreso de la Humanidad a la edad de la Inteligencia Artificial –que muda la realidad geográfica y apaga el valor del tiempo que cuece costumbres y culturas para afirmar la virtualidad e instantaneidad de la experiencia humana– nos han ganado, como ayer, otro Sarajevo.

El conflicto USA-China por el dominio de la tecnología 5.G, favorecedora del gobierno digital y sus plataformas (Twitter, Instagram, Facebook, Snapchat, You Tube, la Qzone de los chinos) y la manida tesis del deterioro de la Naturaleza, que se mostraría incapaz de acoger a todos sus habitantes a menos que se revierta la relación de estos para con ella, se soportan sobre un denominador común, el globalismo integrista.

A saber, la aniquilación de los fundamentos de la civilización judeo-cristiana y el imperio de la “modernidad líquida”, que es la negación de toda forma estable de asociación y de afectos.

Avanzamos, así, hacia la construcción de un Nuevo Orden, de cuyas categorías constitucionales espera la globalización desde 1989 – lo reclama Luigi Ferrajoli desde la escuela florentina – pero que llegan contaminadas por una premisa inédita que es desviación que amenaza la vida en dignidad del género humano; ya no la vida biológica, gravemente comprometida y en cuarentena, sino la vida en dignidad, la del hombre varón y mujer como especie caída perfectible, hija de la razón libertaria, iluminada por la conciencia moral.

Esta vez, en defecto del Homo sapiens, desplazándose al Homo Videns  hijo acrítico de la televisión y sus realidades al detal –y al Homo Twitter en boga– el internauta que une textos telegráficos con imágenes de conveniencia para forjarse su propia y arbitraria verdad narcisista –el Homo Deus et Machina como inteligencia artificial se anuncia altivo, capaz de pensar y decidir por los humanos y de sustituirnos a todos y a conveniencia, asegurándonos protegernos de nosotros mismos. La vivencia de la cuarentena es aleccionadora. Adormece bajo las maravillas del Skype y el Zoom el sentido vital de la «otredad».

Por esto he vuelto a Oswaldo Payá, fallecido hace 8 años a manos de la satrapía cubana y atiendo a su experiencia, que es ajena a lo corriente y es profética. Releo su memorioso libro La noche no será eterna, a pedido de su hija Rosa María. Pocos párrafos me bastan, a la luz de lo anterior.

El pez no puede vivir fuera del agua, dice Oswaldo, pero metido en una pecera, con agua y todo, se le roba su libertad. Y eso es el comunismo, agrega. Al meter a los pueblos en peceras “para adueñarse de sus conciencias” se les irroga “un daño antropológico”, un “daño a escala humana” para someterlos.

“La descrita situación de confinamiento sin perspectivas genera en muchos el síndrome de indefensión incorporada”, pues marca a las personas en todo su quehacer, “en sus análisis y en su conducta, siempre modulados por el miedo y la desesperanza”, explica, casi que recreando nuestros aislamientos y encierros por el coronavirus.

Como cubano, víctima del comunismo hasta el sacrificio total, recuerda Payá que “el ataque, con abierta y manifiesta intención aniquiladora, fue masivamente contra la moral, la cultura y la memoria nacional, que era esencialmente cristiana”.

Hoy vemos desde nuestras pantallas digitales que se queman iglesias y derrumban símbolos de la memoria colectiva, bajo la ira desatada de quienes celebran sus orfandades y celebran como en Zaratustra la muerte de Dios.

Y Oswaldo, cuyo verbo es llama ardiente, hace crónica y siembra esperanzas con el ejemplo: “Si por una parte el intento de descristianización sistemática de parte del régimen cubano fue y es una de las bases necesarias para someter al pueblo totalmente, por esa misma parte el renacer de la fe es, sin duda, [nuestra] principal fuente de liberación”. Ella nos fija con raíces e impide seamos briznas de paja lanzadas al viento.

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El globalismo antioccidental, por Asdrúbal Aguiar

XXV Foro de São Paulo. Foto americanuestra.com

@asdrubalaguiar 

Para la construcción política y el manejo contemporáneo de las relaciones internacionales, la cultura y la religión se muestran otra vez en su relevancia “como factores determinantes”. Ello es posible pues se ha superado el paradigma estado-céntrico. De allí la acusada globalización y también, debo enfatizarlo, su desviación más peligrosa, el globalismo progresista.

Una “mayor riqueza y complejidad” revela la dinámica humana de actualidad, a pesar de la pandemia y el distanciamiento social en curso (Isaac Caro e Isabel Rodríguez, “El enfoque del diálogo civilizacional desde América Latina”, Bogotá, Revista de Relaciones Internacionales, Estrategia y Seguridad, vol. 11, núm. 1, 2016).

Las ideologías no han muerto como se predicaba. Sin embargo, a las más radicales y probadamente deshumanizadas se las usa como mitos movilizadores e instrumentales, con desembozado criterio utilitario y para el control brutal del poder.

Se las tamiza y reinterpreta arbitrariamente, para sumar adeptos entre los huérfanos de ciudadanía, los disgregados sociales e internautas, para confundir a seguidores reflexivos, o para dividir a quienes se estiman como peligro para las pretensiones expansivas y dictatoriales del globalismo.

De suyo impulsan al ser humano, a la subjetividad autónoma que es el hombre como ente racional y pensante, para hacerlo tributario de las fuerzas integradoras emergentes que los mismos impulsores del “relativismo utilitario” citado ven como propicias para el dominio “político” y de las voluntades en el planeta: la Naturaleza y la Inteligencia Artificial. No por azar se habla de “post-milenarismo” (Eric Gans, 2000). “Nos encontramos en plena crisis” afirman la mayoría de los pensadores (Sergio Pérez Cortés, Itinerarios de la razón en la modernidad, México, Siglo XXI Editores, 2012).

Opto en lo personal por volver, desde la otra acera, a la crucial reflexión de Jacques Maritain, factor de convergencia y promotor del “civilizado” cruce de civilizaciones constante en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, cuyos deberes nadie lee: “La política no se ocupa de entes abstractos”, dice. El bien y el mal de que se ocupa “se hallan encarnados en energías históricas de una intensidad, una duración y una amplitud concreta determinadas”. Por lo que de “frente a las fuerzas que actúan en la escena de la historia, no tiene que apreciarse tan solo la verdad o la falsedad de los valores que representan consideradas en sí mismas y en estado abstracto, en su significación intemporal. Tiene que apreciarse además la energía de realización histórica y el coeficiente de porvenir que aportan; agrega (Ídem, pp. 234-235), sea para confrontarlas, sea para acompañarlas.

Maritain, ante el realismo deshumanizado de quienes cultivan como deidad a la Madre Tierra o, cambiando lo cambiable, juegan a la virtualidad narcisista sobre las autopistas de la información, prefiere conjugar en términos tridimensionales. Asume a la realidad tal y como es, luego la describe y ordena a través de normas efectivas y no de ideales irrealizables.

Mas no se deja atrapar ni por la crudeza de lo cotidiano, la de la especie caída, ni por la técnica matemática de los legistas o el determinismo naturalista; pues al cabo, para él, según mi exégesis y bebiendo en las enseñanzas de Werner Goldschmidt, las dimensiones sociológica y normativa de la realidad tienen como desiderátum uno estrictamente humano, por ende, el verse perfeccionadas conforme a la justicia; léase, con vistas a la mayor libertad del hombre, sujeto y no objeto de la naturaleza y autor tanto como víctima de la ciencia, transformada hoy en andamiajes digitales disgregadores y masificadores de la humanidad.

Un ejemplo resulta pertinente a nuestra consideración inicial. Lo concreta en 2005 el gobierno de España como Alianza de Civilizaciones – contra Occidente – en defecto del Diálogo entre Civilizaciones adoptado por la ONU en 2001. Ya Fidel Castro, el Gran Hermano del Caribe hace de las suyas junto con Lula da Silva, reo de delitos. Desde el Foro de São Paolo construyen sus anclajes de manos del procónsul José Luis Rodríguez Zapatero, para luego volver hasta América y hacer los ensayos y después regresar a la Península, dándole su estocada final al Occidente de la Justicia.

“En Occidente se manifiestan entre diversos sectores crecientes sentimientos de rechazo de los valores árabes e islámicos, percibidos por muchos como intransigentes y como una amenaza para su modo de vida”, reza el galimatías de Zapatero, que es fórmula de impunidad y manipula al mal de la criminalidad agregando lo que sigue: “Más preocupante todavía es la asociación que a veces se realiza por algunos entre dichos valores y las prácticas violentas, o incluso el terrorismo. Paralelamente, en el mundo árabe e islámico se reafirman con vigor los símbolos propios de identidad, a la vez que se difunde una imagen distorsionada de un Occidente agresor (por la frecuente disposición a hacer uso de la superioridad militar), discriminador (en la aplicación de la legalidad internacional), e insensible ante sus justas reivindicaciones políticas (por ejemplo, en el caso de Palestina)”.

El asunto no es baladí. Hugo Chávez, peón del juego global planteado por el Foro como manga de perseguidos por corrupción y presentes en el Grupo de Puebla, plagiando a Antonio Gramsci, confiesa en 2004 que “la vieja idea hay golpearla, golpearla, golpearla, pero golpearla sin clemencia por el hígado, por el mentón, todos los días, en todas partes, las viejas costumbres, si no lo hacemos, si no las demolemos, ellas nos va a demoler tarde o temprano”.

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“El narco-neo-comunismo, por Asdrúbal Aguiar

@asdrubalaguiar 

Dos textos de Jacques Maritain me resultan sugestivos como contexto de valor y de orientación ante las ideas que definen al narco-neo-comunismo. Desde 1989 llamado socialismo del siglo XXI, rebautizado como progresismo treinta años después, en 2019.

Tales ideas se expresan más como tácticas “líquidas” que como una suerte de cosmovisión renovada. Predican la globalidad o el globalismo –si cabe el neologismo, para el manejo utilitario y corrupto de la disolución social – y el impulso de las migraciones hacia casas enemigas; la fractura de la memoria colectiva, tras saltos al pasado remoto e inmemorial y su revisionismo; el integrismo ambientalista y panteísta; la negación del personalismo judeocristiano; en fin y como soporte de fondo el relativismo, esa dictadura posmoderna que no discierne entre la criminalidad o la corrección política y las leyes universales de la decencia.

Los albaceas de esta renovada desviación histórica y de la conducta, miembros del Foro de Sao Paulo y algunos de su Grupo de Puebla, se han curado en salud.

En los varios documentos que suscriben entre 1990 y 1991 alertan que los verán y perseguirán como terroristas y narcotraficantes. En 2019, junto con el partido de la izquierda europea reclaman la libertad de Simón Trinidad.

El debilitamiento de los espacios geopolíticos por impulso de la sociedad de la información ha propiciado la fragmentación social y la fragua de miríadas de núcleos “de diferentes”, y la predica del final de los grandes relatos culturales y de sus solideces hoy sirven de aliciente a lo señalado en una hora de oscurana e incertidumbres.

Maritain tuvo el privilegio de trabajar en una síntesis de civilizaciones que provee a la convivencia pacífica y permite superar el régimen de la mentira que hace ebullición y llega a su término con la Segunda Gran Guerra del siglo XX. A propósito de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 narra su vivencia: “Estamos de acuerdo en esos derechos a condición de que no se nos pregunte por qué». Es con el «por qué» con lo que la discusión comienza”, dice.

Transcurridos doce años desde el desmoronamiento del Muro de Berlín y advertido por el Club de Roma que “el mundo está pasando un período de trastornos y fluctuaciones en su evolución hacia una sociedad global” (Bruselas, 1996), en 2001 acoge la ONU la iniciativa del Diálogo de Civilizaciones propuesta por el presidente de Irán, Muhammad Jatami; quien “a diferencia de otros mandatarios iraníes se caracterizó por la búsqueda de una cercanía con Occidente y por enfatizar la necesidad de un diálogo, donde Irán fuese el punto de encuentro de las culturas orientales y occidentales”.

En mala hora se le opuso el galimatías de la Alianza de Civilizaciones, en 2005, de manos de José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del gobierno de España, montado sobre los atentados de Atocha (2004) en Madrid. Han tenido lugar los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York (2001), precedidos por los atentados en Buenos Aires a la embajada de Israel (1992) y la Asociación Mutual Israelita Argentina, AMIA (1994).

Tras explicar que también busca impedir la teoría del “choque de civilizaciones” esgrimida desde la academia norteamericana por Samuel P. Huntington (“The clash of civilizations”, Foreign Affairs, Vol. 72, N°3), admite que le importa frenar las acciones represivas contra el terrorismo. El documento oficial suyo declara la necesidad de comprender “los factores que alimentan los radicalismos y la violencia” y que, a la luz del tiempo transcurrido hasta el instante tienen nombre propio, Estados Unidos y la cultura occidental que sostiene mientras los europeos la entierran.

No por azar en la declaración conjunta de 2019 mencionada, las izquierdas del Foro y las de Europa anuncian su batalla “contra la política agresiva de Donald Trump” y para defender, precisan, a la “democracia” y los “procesos revolucionarios”.

Pues bien, advirtiéndose de inviable lo que pretenden algunos desde hace dos décadas, a saber, un “diálogo” o sincretismo de laboratorio entre quienes asociados a la criminalidad “política” predican la muerte de Dios y los que sostienen los principios que guían a “la conciencia de los pueblos libres” y son comunes a sus varias civilizaciones, Maritain, uno de los exponentes más reconocidos de la corriente humanista cristiana, apuesta por una metodología de aproximación fundada en la razón práctica moderna.

Juzga de posible enunciar los predicados “que constituyen grosso modo una especie de residuo compartido, una especie de ley común no escrita, en el punto de convergencia práctica de las ideologías teóricas y las tradiciones espirituales más diferentes”. Pero juntando las dimensiones de la realidad [la descriptiva o normativa, la de la efectividad sociológica de las prescripciones de la conducta, y la adecuación de ambas al principio de Justicia o de mayor libertad para la persona humana], conjura, aquí sí, las desviaciones marxista y fascista que se retroalimentan de maldad en doble vía.

Con los pies sobre la tierra las denuncia. Cree y está demostrado que someten “al hombre a un humanismo inhumano, el humanismo ateo de la dictadura del proletariado, el humanismo idolátrico del César o el humanismo zoológico de la sangre y de la raza”. Son taras sociales que justamente vuelven por sus fueros bajo la fórmula progresista del narco-neo-comunismo y en medio de la disolución social en avance, haciendo posible la epidemia de neopopulismos corruptos y posdemocráticos que se expande por el mundo.

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La diáspora, esperanza de Venezuela, por Asdrúbal Aguiar

Refugiados, escultura de Bel Borba. Paseo de Recoletos de Madrid. Foto Andrey Filippov / Wikimedia Commons, 2019.

@asdrubalaguiar 

A propósito del Día Mundial del Refugiado (20/6/2020), la Coalición por Venezuela realiza su primera asamblea. Reúne a 61 organizaciones de las Américas vinculadas a la diáspora, a las víctimas del ostracismo, el desplazamiento y la explotación de sus hombres y mujeres. Junta a los núcleos de venezolanos que por millones transitan como desheredados sobre los caminos extranjeros y se dispersan. Aspira a mostrar otra óptica, la más exacta, del drama que viven estos al perder las seguridades de la tierra-patria. Han de emprender una reconstrucción desde el imaginario que trascienda y les devuelva su sentido de pertenencia.

Al caso la historia de las migraciones es la misma historia de la Humanidad, sea con propósitos de realización y para otear otros arraigos que ayuden a perfilar mejor los proyectos de vida.

El Libro de los libros, desde el Génesis, cuenta que Dios se muestra y revela como un extranjero de paso por la tienda de Abraham, que le acoge benevolente (18, 1-15). Antes nos dice cómo aquél planta al hombre a quien forma dentro de un jardín, en Edén (2, 8), dándole su primera patria. A la emigración inaugural, la de Abraham desde Ur hasta Canaán (11, 31 y 12, 1-8), sigue la de Moisés en el Éxodo. La primera fija la idea de la migración como misión y la segunda la de la esperanza, justamente en una hora en que el hombre judío ve pisoteada su humanidad y huye del oprobio egipcio.

La razón de poder que expulsa a los venezolanos, como narrativa, por utilitaria y atada a intereses de suyo insensibles a lo humano se ha vuelto inútil e ineficaz. Ella conjuga en términos políticos y de derechos políticos. Se mira en el Estado y sus actores, quienes pugnan por administrar el poder.

Desea la coalición, así y como lo espero, conjugar en términos similares a los de los padres de las declaraciones de derechos humanos, hacerlo pro homine et libertatis, construir la esperanza desde la mirada de las víctimas.

La diáspora es, pues, un concepto que mal calza o se aviene con el que ve a las migraciones como una bandera ideológica o de oportunidad. De significación mercaderil y hasta de violencia que fomenta el desarraigo o la pérdida de las raíces e identidades para destruir patrias ajenas y sostener la peregrina idea una Madre Tierra o Pachamama libre de parcelas y de culturas. Pero buscan encarnarla, eso sí, quienes aspiran a regentarla desde las plataformas globales, las digitales y las de quienes esperan nos metabolicemos en la Naturaleza como partes de esta, una vez concluyan los distanciamientos sociales impuestos.

El primer trasiego de hombres y de mujeres que a tenor de las crónicas llegan a América y a lo que luego será Venezuela – los españoles de la península, invadidos por los musulmanes desde el siglo VI al XV de la era cristiana y cuya empresa repiten estos ahora sobre suelo europeo – lo forman desplazados. Les titula de criminales la leyenda negra. Tal y como algunos califican a los venezolanos de la actual diáspora.

Se trataba entonces de judíos sefardíes a quienes los reyes católicos obligan a convertirse, a que salgan del país o les condenan a muerte por desacato de la orden real. Así, la patria venezolana se vuelve de tal forma tierra de acogida.

Llegada la hora de la república se reafirma como tal bajo José Antonio Páez. Revierte las proscripciones y exclusiones de los decretos de Guerra a Muerte y, el 13 de junio de 1831, el Senado y la Cámara de Representantes promueven la inmigración de los naturales de las islas Canarias a quienes se les otorgan cartas de naturaleza y asignan en propiedad tierra para el trabajo.

Destruida como se encuentra la república que fuese Venezuela, rotos su andamiaje y texturas de nación, los venezolanos arriesgamos vagar al desnudo por caminos extraños y perder nuestra inacabada concreción moral histórica, siempre huidiza y de presente, si obviamos a Ulises y a Ítaca como el ancla memoriosa que lo salva.

El tránsito puede sernos corto o largo y hasta la vuelta. El acompañamiento recíproco a la luz de las pérdidas sufridas y que nos son comunes, más allá de un tricolor patrio que es símbolo, y el escuchar de los corazones lacerados por la arritmia de las emociones al momento de partir o esperar por el regreso, puede servirnos de estrella polar. 

El discurso prepotente que no deja ejemplaridad, como el repetir que en Caracas se adoptan las Convenciones de Asilo Diplomático y Territorial, o el afirmar que compartimos lo nuestro con quienes viven sus iguales oscuranas dictatoriales en América Latina, revela mezquindad. Es la negación de nuestra predicada generosidad.  

Es más aleccionador saber que fuimos parte de aquellos discursos desembozados y altisonantes, patrioteros, que condenaban la Matricula General de Extranjeros dispuesta por el gobierno de Luis Herrera; o la firma por Carlos Andrés Pérez de un decreto de regularización de indocumentados que les devolvía la dignidad e identidad perdidas.  

Don Andrés Bello, orgullo de nuestras letras y emblema de nuestra diáspora pionera, que debe irse a Chile y separarse de su Venezuela, escribe que ella alcanza su regeneración civil y consistencia política a fines del siglo XVII, dado el feliz “malogramiento de las minas”. Quizás sea este, de cara al derrumbe de nuestro mito de nación petrolera, el signo auspicioso que vuelve por sus fueros.

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La pandemia es el progresismo, por Asdrúbal Aguiar

@asdrubalaguiar 

Me ocupa y preocupa el tiempo posterior a la covid-19. El planeta funciona “en piloto automático”, ayudado por la inteligencia artificial. Sobre sus autopistas digitales corren las narrativas de conveniencia. Los caídos son estadísticas útiles para lo funerario, y de quienes detentan el poder sin acotamiento moral.

La conseja más trillada y a la que la pandemia le viene como anillo al dedo es la de la vuelta del hombre a la Naturaleza, que grita según la ONU. Obvia que la “primera guerra global” presente, que es virtual pues no tiene cara visible y ataca por las espaldas, nace de una imprudencia o el dolo – algún día se sabrá – de los operadores de la ciencia, servidores del establecimiento farmacéutico. Pero vayamos a lo concreto.

La experiencia de la “dictadura constitucional” –los estados de excepción o emergencia– durante el flagelo que cobra víctimas reales: unas 355.000 muertes equivalentes a los homicidios durante los regímenes de Chávez y Maduro en Venezuela, de suyo no atenta contra el Estado democrático. Eso, si se le administra y controla mediante contrapesos al gobernante que manda por decreto.

Las mejores gestiones de la crisis, cabe observarlo, han sido realizadas por los Estados con mejores índices democráticos en la región: Costa Rica, Uruguay, Colombia. Lo que preocupa y me mortifica es la deriva a mediano plazo.

En el pasado, así como las dictaduras militares del siglo XX se refugian en la tesis de la “seguridad nacional” para confiscar nuestras libertades, otro tanto hacen las socialistas del siglo XXI, los despotismos progresistas esgrimiendo la defensa de los excluidos, los discriminados, los carenciados de todo, a quienes se les niega el derecho al “buen vivir”.

Sobre las mieles del “autoritarismo constitucional” en boga es predecible que, con sus excepciones, los gobiernos intenten prorrogarlo. Ahora para cuidar del empleo y para alimentar los desnutridos o enfermos.

Argentina ha decretado por un año su estado de necesidad y urgencia. Las gentes de todas partes habrán de abandonar sus nichos o madrigueras con disciplina, en orden, en lo posible favoreciéndose el trabajo a distancia dada la eficacia del Deus ex Machina y con respeto temeroso por la Pachamama.     

El Gran Frenazo ocurre, casualmente, al concluir el año 2019, pasados 30 años desde el quiebre histórico de 1989, cuando cae el socialismo real y la Humanidad ingresa en la era de la biotecnología y la robótica. Como toda guerra, la bacteriológica del coronavirus deja daños materiales y psicológicos que habrán de repararse integralmente, sin retardos.

Urge subsidiar a los desempleados. Asistir a quienes se quedan sin acceso a la comida y las medicinas, como velar por el universo de las pequeñas y medianas empresas que se han paralizado, no sus obligaciones, y en lo sucesivo huérfanas de capital para reactivarse. No digamos de las grandes empresas que atienden a la demanda de bienes y servicios, las mayores empleadoras, al borde de la quiebra.

Será inevitable, entonces, que la “dictadura constitucional” busque la resurrección del Estado asistencialista y proveedor, un parque jurásico que por todos hizo y por todos pensó en el pasado siglo, volviéndose cárcel de ciudadanos. Es el mal necesario de la transición hacia la normalidad.

El asunto grave es que la emergencia –he allí los ejemplos ominosos de Cuba, Venezuela, Nicaragua y también España– puede favorecer intelectualmente y como narrativa de opinión a quienes aún se afanan para sujetarnos a una emergencia constante y estructural, de largo plazo, con propósitos de dominio totalitario.

Ese es el debate que avanza por sobre la realidad de la pandemia. Se cuela en sus intersticios y distribuye ataques o provoca silencios deliberados. Juzga los comportamientos de los gobernantes con la balanza de caradurismo pandémico.

El progresismo regional y el global se mueve con rapidez. Quiere despejar obstáculos, uno de ellos la Casa Blanca.

Les sobran los tontos útiles, como los que ejercen censuras y abren canales de comunicación a conveniencia desde las plataformas digitales y sus redes, sirviendo a tirios o a troyanos, pero nunca a la verdad.

La reconfiguración del marxismo o socialismo real a raíz la caída del Muro de Berlín y en Occidente la asume el Foro de São Paulo, hoy el Grupo de Puebla, una reunión de condenados por la justicia. Busca reconstituirnos a su imagen y abusa de nuestras debilidades hispanas: la astucia, el fingimiento, la picardía, el servir a varios amos, el engaño, la desconfianza, el resentimiento, tal y como las describe el Lazarillo de Tormes. Callan a sus muertos. Son heraldo de los ajenos.   

Lo cierto es que luego del amago criminal chino, bajo protesta de la progresista Unión Europea, Donald Trump aísla a su nación el pasado 12 de marzo. Prohíbe los vuelos internacionales, pero lo siguen esquilmando. La España de Iglesias anuncia su cuarentena dos días después. La Cuba comunista once días más tarde. El México de López Obrador con un rezago de cinco semanas, predicando que “hay que abrazarse, no pasa nada”. Entretanto la colonia que es Venezuela dice tener 11 fallecidos y su vecina Colombia, de igual población, declara que los suyos son 803. República Dominicana, isla como Cuba y similar en habitantes, señala que han muerto 474 personas. El régimen castrista, comunista, socialista y progresista, admite para sí 82 víctimas. No más.

La pandemia del progresismo marcha. Las ciudades bajo claustro callan, por ahora.

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