El despedazamiento de Venezuela ―sobreviviendo nosotros, los venezolanos, quienes en buena lid deberíamos agenciar nuestro renacimiento― parece avanzar hacia caminos distintos, esencialmente dinerarios y especulativos. Las élites ven a la democracia de postergable, les incomoda, como si acaso la confianza social, es decir, el asunto de la legitimidad popular no fuese necesaria para el rehacer de lo institucional.
Factores de potencia, animados por la lógica del poder ―idéntica a la tesis hitleriana de los grandes espacios y los amigos vs. los enemigos― se empeñan en lo que llaman la reconstrucción y estabilización económica, como primer y largo paso. Se olvida que esa tesis, que quiso imponérsele a Europa tras la Segunda Gran Guerra, encontró de frente a hombres que la instantaneidad y la virtualidad dominantes, desmemoriadas, han borrado de las redes. De Gasperi, Adenauer, Schumann, De Gaulle, Churchill acordaron sobre las bondades de la economía abierta para reconstruir; eso sí, sujeta a su legitimidad democrática. Se hicieron elecciones sobre los escombros en Francia, el Reino Unido, en Italia, y hasta en Alemania, más tarde, en 1949.
Y como las realidades son tercas, cabe entonces prevenir. Y como la lógica que muestra su rostro en Venezuela es la del petróleo y la de los bonistas ―el dinero no tiene alma, lo saben los banqueros― no la de las víctimas y sus familiares, miradas como las débiles de la ecuación, siempre subestimadas, siempre tuteladas; y siendo que, lo que sí sabemos hacer los venezolanos es trabajar, acaso sea útil recordarle a las élites tener presente el cuadro que hubo de atender la Iglesia católica para enfrentar al binomio del capital y el marxismo a inicios del pasado siglo. Puso su mirada sobre el trabajo, como astrolabio del desarrollo. Es este, cuando no se lo valora, en justicia, similar a la fuerza destructiva de un terremoto.
La cuestión del trabajo como derecho de la persona, que proyecta su dignidad inmanente, que le es existencial e inherente, ocupó la atención de León XIII en su encíclica Rerum novarum o de las Cosas nuevas (1891). Tanto como lo hizo la Quadragésimo anno de Pío XI, celebratoria de la anterior, al punto que ahora Magnífica humanitas de León XIV, innovando, la ratifica. Señala que “el trabajo es la clave de la cuestión social y expresa a la dignidad humana”.
El tiempo es otro, ciertamente. También las cosas son otras pues media hoy la gobernanza digital global que, junto a la inteligencia artificial (IA) y el mundo de las finanzas, ejerce su influencia modeladora sobre el conjunto de las gentes y sus comportamientos en el plano de lo laboral. Privilegian lo sensorial, adormecen a la razón, hacen mutar la naturaleza del mismo trabajo cosificándolo, y propician una ruptura antropológica; por lo que cabe insistir, desde la idea de la centralidad de la persona humana, que el acceso al trabajo para todos es el criterio a partir del que habrá de evaluarse todo “modelo de desarrollo” al que se aspire, todavía más en Venezuela.
Toda persona humana, desde su nacimiento hasta su muerte, encuentra en el trabajo el sentido de su cotidianidad, la base para su existencia, no solo la biológica sino la espiritual. Es “camino de desarrollo”, de relación con los otros y para la perfectibilidad de lo propio, pues “la persona es fin y no medio”, según la más reciente encíclica. Todo proyecto de vida, de ordinario encuentra sentido en el trabajo que todo hombre ―varón o mujer― realiza dentro de la colmena humana. Cada uno, sin embargo y probablemente, le asignará un valor y significado distinto. Una mayoría, la más carenciada, acaso lo limite a la dicha condición de medio para sobrevivir, asumiéndolo como una carga inevitable.
Sobre esta convicción racional muestra León XIII la realidad que domina en su tiempo y la describe para advertir lo que sí resultaba de negativo en la relación del capital con el trabajo. “Que lo que verdaderamente es vergonzoso e inhumano es abusar de los hombres, como si no fuesen más que cosas, para sacar provecho de ellos, y no estimarlos en más de lo que dan de sí sus músculos y sus fuerzas”, afirmaba.
Adelantándose a los tiempos ―Eduardo Frei Montalva y en Rafael Caldera, que beben de esas fuentes más tarde, hacia 1933, adoptada la Quadragesimo annus dos años antes y para animar la fundación de sindicatos y partidos católicos en América― pienso en Luis Calderón Vega (1911-1989), que da cuenta desde México de la realidad presente hacia 1906, cuando el pueblo, “uno de los más eminentemente cristianos de la tierra”, tenía “una clara visión de la injusticia social” imperante. “Si el obrero fue liberado del capataz inhumano, hoy sufre la indignante sumisión al sindicalismo oficializado” de izquierdas, hace constar en su seminal ensayo Los 40 años de revolución mexicana (1910-1950)”.
La perspectiva de León XIV es otra, sosteniendo sus fuentes originales. “La tecnología está transformando profundamente el trabajo”. Y apunta los riesgos, como la deshumanización del trabajador, su reducción a tareas repetitivas, la cuestión de la vigilancia automatizada, y la pérdida consiguiente de creatividad y autonomía. Se busca que el trabajador se adapte a la máquina, en lugar de que la tecnología sirva a la persona, lo que resulta inadmisible. “La tecnología debe estar centrada en la persona, no solo en el rendimiento”, ya que el trabajo es además “contribución al bien común”, son las palabras de papa Prevost.
A la luz de los desafíos digital y de la IA propone “reinterpretar la historia”, pues si bien las iniciativas surgidas en el siglo XX ―asociaciones, sindicatos, cooperativas, obras de asistencia social― “han contribuido de manera decisiva a mejorar la legislación laboral”, hoy tales instrumentos sirven, pero ya no bastan. El ecosistema emergente “rara vez se preocupa por la sostenibilidad social”. Observa que vivimos una “transición” pendiente de que se la gestione, proactivamente, en modo de que puedan establecerse “criterios sociales para la innovación”.
La automatización, así, “debería ir acompañada de medidas verificables de protección del empleo, de recualificación, y de participación de los trabajadores” para que la tecnología se oriente a liberar tiempo y capacidades humanas, no a generar exclusión o precariedad laboral, tal como lo precisa Magnifica humanitas.
El nuevo humanismo
La encíclica hace presente dos ideas de arraigo invariable, la de la justicia social y la del desarrollo. En cuanto a la primera, es máxima de la experiencia que, así como ha crecido la riqueza tras el quiebre epocal y tecnológico, se encuentra más concentrada y aún más dependiente del dominio de la variable financiera, que no de la productiva. El funcionamiento actual de la intermediación financiera no solo es la causante directa de las crisis sistémicas que se advierten en el mundo ―pensemos otra vez en las crisis de Venezuela y en las alcabalas que se le oponen a su democratización― pues se encuentra desvinculada en su “funcionamiento… de los fundamentos antropológicos y morales apropiados”. Al punto que, lo dice León XIV, “la renta del capital corre el riesgo de sustituir a los ingresos del trabajo” y hasta de comprometer sus soportes democráticos.
Superar, entonces, la medición clásica del desarrollo como idea segunda y con base en el PIB o Producto Interno Bruto es algo imperativo, a la luz de las nuevas cosas o realidades; realidades que han de ponderar las variables que concilien, pues no se excluyen, sino que se justifica la una en la otra, la libertad en el plano de lo económico con el sustrato o fundamento de esta, la dignidad humana. Confianza social, desigualdades, medio ambiente, entre otras, habrán de integrarse como baremos del desarrollo durante el siglo corriente.
En orden a lo anterior y al papel que al respecto han de jugar los Estados y la comunidad internacional, dado que el primero tiene responsabilidad “en garantizar empleos y condiciones dignas” y “promover políticas activas de formación y protección laboral”, y mientras que aquélla ha de incidir con sus mecanismos de cooperación sobre las “dinámicas económicas globales”, Magnifica humanitas entiende que la lógica del poder es distinta en su corriente deconstrucción. Señala que la iniciativa empresarial debe incluir la creación de empleo digno.
De suyo se necesitarán de “políticas laborales estables”, “equilibrio entre trabajo y vida”, “acceso a formación”, “apoyo a las redes sociales y educativas” que permitan un enfoque integral e innovador y eviten la “exclusión, la inseguridad y la fragmentación social”.
Desde esta perspectiva, según León XIV, “no hay que considerar la búsqueda de la justicia social como un tema separado y posterior a la producción de riqueza, como si la economía debiera limitarse a crear valor y la política interviniera solo después para distribuirlo”. “La justicia afecta a todas las fases de la actividad económica”, argumenta.
Eso sí, pone las realidades en su justo medio, al observar que “en la era de la IA y de la robótica, ya no es posible confiar únicamente en la «mano invisible» del mercado”, y al orientar la política las dinámicas económico-tecnológicas hacia el bien común, el papa llama al conjunto de los Estados a “superar el asistencialismo” y el intervencionismo.
No por azar, en cuestión que previamente aborda Magnifica humanitas apunta otra vez a la reivindicación del principio de la subsidiariedad, que alienta a superar toda forma de gestión paternalista o asistencialista de la vida social promoviendo un estilo de corresponsabilidad: “un Estado que valora la iniciativa de los ciudadanos y una sociedad civil capaz de generar vínculos y activar energías al servicio del bien común”, es la propuesta. El asistencialismo no promueve la responsabilidad, precisa León XIV.
La consideración de la familia, como asunto primero y último, ingresa a la cuestión del trabajo y de la subsidiariedad como bien social primario que reactualiza la Doctrina Social de la Iglesia en tiempos de discernimiento sobre lo digital y la IA. Es “la primera sociedad natural, dotada de derechos originales, es la célula fundamental e insustituible de toda organización comunitaria”, y la más frágil, como lo recuerda la encíclica. Lo que al cabo muestra, de forma palmaria, que al afectarse directamente a la familia con el desempleo y la precariedad y la falta de desarrollo social; siendo aquella, como lo apuntase Juan Pablo II, “el cimiento de una verdadera democracia”, al no ser preservada todo el edificio social y científico que sostiene implosionará en su totalidad.
En su Exhortación apostólica familiaris consortio (1981), Juan Pablo II ya se plantea y se lo plantea a la Iglesia asumir “el deber de una reflexión y de un compromiso profundos para que la nueva cultura que está emergiendo reconozca los verdaderos valores, se defiendan los derechos del hombre y de la mujer, y se promueva la justicia en las estructuras mismas de la sociedad. De este modo el «nuevo humanismo» no apartará a los hombres de su relación con Dios, sino que los conducirá a ella de manera más plena”.
Añade que, “en la construcción de tal humanismo, la ciencia y sus aplicaciones técnicas ofrecen nuevas e inmensas posibilidades. Sin embargo, la ciencia, como consecuencia de las opciones políticas que deciden su dirección de investigación y sus aplicaciones, se usa a menudo contra su significado original, la promoción de la persona humana”. De consiguiente, “una renovada «teología del trabajo» ha de iluminar y profundizar el significado de este y del vínculo fundamental que existe entre el trabajo y la familia”.
Magnifica humanitas, en línea con el mismo camino trazado por el papa polaco, cierra su argumentación sosteniendo que “la afirmación del vínculo entre la dignidad del trabajo, la solidaridad entre los pueblos, la evaluación crítica de la democracia, y la economía de mercado, sigue ofreciendo criterios para juzgar las nuevas formas de explotación, exclusión y crisis de la representación política” en un contexto global dominado por la cuarta revolución industrial. Venezuela es, otra vez, el laboratorio.
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