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Amnistía Internacional: La esperanza es poca en Venezuela

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Erika Guevara, la directora para América de Amnistía Internacional, calificó de represor al gobierno de Maduro. Admitió que “hay poca esperanza” y arremetió contra los líderes regionales por “anteponer sus intereses políticos y económicos” al sufrimiento de millones de venezolanos, publica Infobae.

“Venezuela es uno de los países que enfrenta la peor crisis de derechos humanos del mundo… se violentan todos los derechos humanos”, denunció Guevara. Para la directora de AI para el continente americano, “la población civil está desesperada, sin alternativas de solución”.

-¿Cuál es la evaluación de AI sobre Venezuela?

La situación de violaciones de derechos humanos va a tener consecuencias severas. Hay desabastecimiento de comida y medicinas que afecta al 100% de la población. Viven en un clima político de polarización política en la que las personas salen a demostrar su descontento y se encuentran con un gobierno represor que militariza la respuesta.

-En ese escenario tan hostil del régimen de Maduro hacia los defensores de los derechos humanos, ¿cómo trabaja AI en Venezuela?

Nosotros tenemos un capítulo de DDHH. Tenemos mucha presencia, con más de 50 personas en el personal que monitorean y documentan las violaciones a los DDHH. Pero lo que pocos saben es que no somos sólo una organización de monitoreo, somos un movimiento con más de 7 millones de personas que busca avanzar en la agenda de derechos humanos. En Venezuela tenemos 45.000 personas, estudiantes, jóvenes, abogados, gente de a pie, todos comprometidos. Además, enviamos nuestros equipos de investigación al terreno. Yo misma participé de una misión el año pasado.

-¿Con qué se encontró?

Pude atestiguar las graves dificultades. Entrevisté gente en las colas, esas largas colas para acceder a los alimentos. Me metí de manera clandestina a algunos hospitales, en especial a un centro pediátrico muy importante de Caracas, y lo que puede ver es desgarrador. Es un sufrimiento que cada día se ve incrementado y la población está vulnerada. Mientras sigue la retórica de división política, las personas están sufriendo las peores consecuencias.

-¿Esperaba una condena más explícita de la región en la Asamblea General de la OEA?

La falta de liderazgo regional se nota y la situación en Venezuela va a tener consecuencias severas para los derechos humanos. Es muy lamentable que la asamblea general de la OEA, como un espacio de posibilidad de unión regional, se haya convertido en un espacio político de ataques bilaterales y multilaterales. No se discutieron temas trascendentales, lo que se debatió ni siquiera estaba relacionado al sufrimiento de millones y millones de personas. Lo que sucedió es un reflejo de la poca atención que le ponen a la agenda de los DDHH. Ni siquiera pudieron consensuar una pobre resolución sobre la crisis en Venezuela…

-¿Por qué cree que no se llegó a un consenso?

Porque sus intereses se sobrepusieron a lo que realmente sucede. Todos los Estados tienen algo que esconder en su propio territorio. La iniciativa para una resolución la lideraba México, uno de los países que atraviesa una de las peores crisis de DDHH del mundo, con más de 30.000 desaparecidos, miles y miles de asesinados, un Estado indolente y negligente ante el sufrimiento humanos, que vigila a los activistas, que permite que este año ya sean 8 los periodistas asesinados…. Estas son las consecuencias nefastas de tener líderes cuyos intereses políticos y económicos son más importantes que los derechos humanos. Yo creo que muchos vieron una oportunidad política de distraer la atención hacia un tema específico, como Brasil que prefería hablar de Venezuela para no hablar de sus temas domésticos.

-¿Cuál es la solución para Venezuela?

La salida tiene que ser una apuesta a los DDHH. Lamentablemente, en esta situación de deterioro de todos los derechos económicos, políticos, sociales y civiles, de las detenciones arbitrarias, de un Estado que reprime y confronta a la población a tribunales militares… claro que la esperanza es poca. Pero las masivas demostraciones son pacíficas y eso tiene que generar cambios.

Qué pasa en Caracas (lejos de las protestas de la oposición y del “gran plantón” contra Maduro)

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Decenas de personas tuvieron que hacer cola este lunes en los bancos para pagar la bolsa de alimentos que distribuye el gobierno.

A la 1 del mediodía de un día como hoy, Érica debería estar trabajando en una consulta de radiología. Este lunes, sin embargo, está comprando dos kilos de una calabaza de intenso color naranja.

“Mi jefe me ha dicho que no vaya a trabajar”, me cuenta mientras el tendero descuartiza la auyama, como se llama en Venezuela a la calabaza.

Estamos en la redoma de Petare, uno de los barrios populares más grandes de América Latina.

Entre montones de basura, cientos de vendedores informales comercian con frutas, verduras, sardinas y muchos de los productos que no se encuentran nunca en un supermercado.

Aquí están a un precio muy superior al regulado por el gobierno.

El “plantón nacional” al que convocó este lunes la oposición de Venezuela para protestar nuevamente contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro por la situación de crisis que atraviesa el país parecería que no influye en el caos perpetuo de esta plaza.

“Afecta, se vende mucho menos, viene menos gente. Se quedan en casa por miedo”, cuenta el vendedor que ha partido la calabaza para Érica.

A su lado, en otro puesto, otro joven vende sardinas a un precio muy económico. Es quizás la fuente de proteína animal más barata para la población venezolana, que ha visto cómo la subida continua de precios por la inflación ha convertido en casi prohibitivos el pollo y la carne.

Las colas

Al salir de Petare, en un pequeño centro comercial es la hora del almuerzo y algunas pocas personas están comiendo. Pero donde más gente se ve es en la cola de una sucursal del Banco de Venezuela.

“Es para pagar los CLAP”, me explica una mujer. Se refiere a la bolsa de comida de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), la solución del gobierno contra la escasez y el sobreprecio del que acusan a los canales privados de distribución.

Por el precio de 10.000 bolívares (poco más de US$2 en el cambio en el mercado negro en este momento), los consejos comunales reparten entre los vecinos censados una bolsa con tres paquetes de arroz, tres de azúcar, dos de pasta, uno de granos, dos latas de atún, un aceite y un kilo de leche en polvo.

Es un precio muy beneficioso, pero la entrega es desigual. “A mí es la primera vez que me la van a dar”, dice la señora, que mira el reloj con impaciencia. Si no ha pagado antes de las 5:00 de la tarde, el miércoles no recibirá la bolsa. Por ello, no tiene interés en manifestaciones.

“Menos movimiento”

Cerca de ahí, en el barrio de clase media de La Urbina, apenas hay actividad en un hipermercado. Fuera, en la esquina espera un taxista.

“De los 17 compañeros de la cooperativa, sólo vinimos a trabajar 4 y ya sólo quedo yo”, cuenta Ricardo, quien apenas ha hecho dos carreras.

“Hay menos movimiento, la gente sale menos de casa”, dice. Cuando toma a un cliente se aleja la máximo de las zonas de protestas. Teme que dañen su auto, su único capital de trabajo como autónomo.

Ricardo es chavista. Votó siempre por Hugo Chávez y lo hizo también por Nicolás Maduro. “Pero esto sólo se va a resolver con un cambio”, admite. Culpa al gobierno, pero también a la oposición por la polarización del país.

“La protesta no genera más que más paro, heridos, enfado”, dice. Pese a no ser opositor, siente en ocasiones ganas de unirse a las multitudinarias protestas y aportar.

El taxista tiene a dos de sus tres hijas fuera del país y la otra está preparándose para salir también. “Entiendo a la oposición. Eran gente de clase media-alta que ahora tiene problemas”, dice comprensivo mientras hace un llamado al entendimiento entre las dos Venezuelas, ahora muy enfrentadas.

“Yo mismo antes tenía para ir a la playa, para comprarme zapatos y para beberme una botella de whisky. ¿Eso en otros países es ser clase alta?”, me pregunta con candidez Ricardo, que viste una limpísima camisa azul, tan pulcra como el auto que espera de momento en vano a que se suba un cliente.

“No me gusta a mí mucho eso”

De Petare y La Urbina, en el este de Caracas, me dirijo al centro. Para ello, en un día normal, atravesaría la autopista Francisco Fajardo, el gran eje vial de la capital de Venezuela.

Pero ya miles de manifestantes de la oposición ocupan una parte de la vía y hay que buscar soluciones. El tráfico es fluido, escaso, más de fin de semana que de lunes.

En el centro, el popular mercado de Quinta Crespo, como todos los lunes, está cerrado. Alrededor, sin embargo, están los puestos de frutas y verduras más informales.

“Tenemos cuatro hijos que alimentar”, me dice Emily, que regenta un puesto de verduras, al responder a la pregunta de si les gustaría ir a una marcha, sea de uno u otro bando. Sus niños han ido este lunes a la escuela, pero no es el caso de todos en una ciudad en la que muchos se resguardan cuando hay movilizaciones masivas.

“No me gusta a mí mucho eso”, dice sobre las marchas Emily, que teme enfrentamientos. Vive en el El Valle, un barrio humilde donde la pasada semana hubo saqueos y disturbios. “Se metió gas lacrimógeno en la casa y les afectó a mis hijos. Es algo que yo no había vivido en mis 34 años y asusta”.

Su marido, más atrevido, añade. “A mí me gustaría ir, pero hay que ganar real”, dice mientras da el precio de una pequeña cestita de ajos.

Como un sábado

Enrique trabaja en una distribuidora de alimentos para mayoristas. “Nuestros clientes vienen sobre todo del este de Caracas, y hoy han venido menos”, dice. En esa zona es donde este lunes se realiza el plantón en la autopista.

Al menos este lunes el metro no estaba cerrado, algo que suele pasar cuando hay concentraciones opositoras. “Pero parecía sábado, apenas había madres llevando a los chamos (niños) a la escuela”, dice Enrique.

A él no le gusta acudir a las marchas. ¨Siempre hay violencia y terminan pagando los güevones (tontos)”, afirma.

El miércoles de la pasada semana, que fue un día de grandes marchas tanto de la oposición como del gobierno, el comercio sí cerró. “El jefe fue”, revela Enrique, que explica cómo en los últimos años la empresa ha pasado de tener 60 a 30 empleados por la crisis.

Unos metros más allá, Eduardo exprime naranjas y llena dos jarras grandes de plástico de un jugo demasiado azucarado. “Se nota cuando hay marcha. Yo a esta hora otro día habría vendido ya dos sacos de naranja”, me dice mostrando el segundo, aún recién abierto.

“La gente se queda más en su casa por miedo, no lleva a los chamos a la escuela”, afirma. De hecho, el comercio de unos chinos que le venden las pajitas está cerrado, así que toca beber el jugo directamente del vaso.

¿Y tú no vas nunca a las marchas?, le pregunto. “No, tengo que ganar real”, dice, práctico.

Desaparición del trigo y muerte a los cachitos

Paola Martínez | @mpaolams

Sabrina D’Amore | @Sabridamore

“PASE QUE HAY PAN”, se escucha decir desde la calle a un hombre con camisa de la Sundde. Adentro, unas 50 personas hacen cola para recibir tres canillas. Los ojos de Chávez siguen el proceso desde la gorra del hombre detrás del mostrador, quien empaqueta los panes y mira con desconfianza a los panaderos. También observan desde la franela de una mujer que ordena la cola para acelerar el proceso de pago. A pesar de sus intentos, la fila de clientes continúa creciendo hasta que el fiscal de la Sundde anuncia que se acabó el pan.

En 35 minutos, 720 pan canilla son vendidos y dentro de poco se repetirá el mismo proceso. Este es el ciclo de una panadería del centro de Caracas tras la implementación del Plan 700, que pone a la Superintendencia de Precios Justos (Sundde) como los vigilantes de la harina. Pero es un caso atípico, pues no todas las panaderías de la ciudad han sido fiscalizadas y no todas cuentan con suficiente harina para mantener una producción estable.

Con la intención de frenar a las supuestas mafias que originan la “Guerra del Pan” y la “Guerra Económica”, el Gobierno Nacional inició el 14 de marzo el despliegue de inspectores asesorados por la Sundde, junto con representantes de la juventud bolivariana y de los Clap, en las 709 panaderías de Caracas para supervisar la elaboración y venta del producto. De acuerdo a el superintendente William Contreras, en cuatro días las ventas aumentaron más de 1500%.

¿Muerte a los cachitos?

Las largas filas continúan formándose rápidamente en las panaderías cuando sacan bandejas de pan a la venta, a pesar de todos los intentos por parte del Gobierno y sus organismos para acabar con ellas.

El día a día de los panaderos tuvo que cambiar por esos intentos, obligándoles a usar 90% de cada saco de harina en la elaboración de pan canilla y francés, mientras el restante queda a libre disposición de la panadería para preparar lo que desee. La política parte de la tesis del Ejecutivo de que algunas usan la materia prima para producir “dulces y cachitos y nada de pan para el pueblo”, que entre otras razones, pesaron para detener a los encargados de La Condesa.

“Ayer me regañaron por hacer cachitos”, contó un panadero a Runrun.es, cuyo establecimiento, ubicado en el centro de Caracas, está bajo la fiscalización. Él explicó que allí elaboran la cantidad suficiente de pan canilla y francés, pero estos vuelan de las vitrinas, a diferencia de los cachitos, galletas y tortas que no salen con tal rapidez.

La decisión del Sundde afecta igualmente a aquellos establecimientos famosos por hornear cierto tipo de pan o preparar un dulce especial, como la panadería Torbes ubicada en la avenida Baralt, con antigua tradición en la elaboración de pan andino.

El diario El Nacional reseña que los clientes de la Torbes “sin falta, antes de salir se detienen ante el mostrador y preguntan si no va a salir en algún momento del día el pan aliñado o el camaleón, dos clásicos que hicieron famosa a esta tradicional panadería que lleva 68 años horneando el mejor pan dulce andino de Caracas. Los trabajadores se encogen de hombros y dicen que no, y señalan el cartel con los precios de los tres tipos de panes que están obligados a vender a partir de la medida de intervención de la Superintendencia de Precios Justos en varias panaderías de la ciudad”.

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La verdadera guerra económica: falta de importación de trigo

Venezuela es uno de los países más consumidores de trigo y, dadas nuestras condiciones ambientales, el 100% debe importarse y la actividad importadora depende directamente y en su totalidad del Gobierno. Una fuente de la industria del trigo, que prefirió no identificarse, explica que el problema empieza a darse cuando este sector se queda sin divisas suficientes para garantizar el flujo de mercancía necesario para satisfacer la demanda nacional.

El consumo histórico en Venezuela es de 360 mil toneladas de trigo mensuales, sin embargo actualmente solo está llegando al país entre 30 mil y 60 mil toneladas cada 45 días, apenas el 16%. “Lo ideal es lo que ocurría cuando el gobierno entregaba los dólares a la empresa privada. Eso permitía que mientras hay 120 mil toneladas en el país, ya 120 mil estén en tránsito y 120 mil en proceso de compra. Así se garantiza que el inventario de seguridad tendrá un reemplazo a medida que se vaya acabando”, argumenta la fuente experta.

A esto se suma que lo poco que está llegando se está quedando en Caracas, y la situación es aún más aguda en otros estados del país. Juan Crespo, presidente del Sindicato de Trabajadores de la Industria de la Harina (Sintraharina), confirma la situación y explica que otro factor que influye actualmente es que las compañías exportadoras de trigo no están otorgando créditos a Venezuela debido a la coyuntura económica que atraviesa el país.

Esto ha ocasionado, según la fuente experta en la industria, que varios buques contenedores de trigo se hayan quedado varados por meses en aguas internacionales cercanas, como Aruba, Curazao y Bonaire, esperando que se cierre el ciclo de pago para arribar a puerto venezolano. También hay que resaltar que el producto que llega a las panaderías es un producto terminado, es decir, este trigo debe desembarcar e iniciar su proceso de conversión en harina en los distintos molinos, que actualmente son 15 en todo el territorio, según Crespo.

El presidente de Sintraharina explica que luego de que el trigo llega al país, es trasladado en gandolas hasta los molinos, donde reposan dos días para limpiar la mercancía y hacer exámenes de salubridad. Posteriormente se realiza el proceso de molienda y luego la harina resultante va a los centros de distribución, también manejados por el Estado, donde se empaquetan y se distribuyen.

Por su parte, José Sánchez, presidente de la Asociación de Panaderos en Caroní La Espiga Dorada (Asopacedo), enfatiza que desde el gobierno se anunció que cada panadería recibiría 300 sacos de harina de forma mensual, lo cual en efecto sí sería suficiente para una panadería promedio; sin embargo, lo que está llegando es un 15% de esa cantidad. Además, destaca que “de llegar esos 300 sacos, no serviría de nada si no se garantiza la reposición mensual de ese inventario”.

Mucho es preocupante, poco también lo es

Una panadería del centro, de las más grandes, vendió 3.900 pan canilla durante el primer día con fiscales en sus puertas, entre 10 y 15 por ciento más que su producción normal. “Es que yo vendo mucho pan, porque no me conviene tener tanta harina”, dice el dueño del establecimiento, quien pidió que no se publicara su nombre, por temor a represalias. Es suerte –tener excedentes de harina– no la tienen las demás panaderías de la ciudad.

Afirma que en su depósito tiene más de 400 sacos de harina que la Superintendencia Nacional de Gestión Agroalimentaria (Sunagro) le ha asignado a través de los molinos encargados de la distribución. Tener tal cantidad le preocupa. “Me ven tanta harina y me meten preso”, dice y agrega que el hecho de que un organismo gubernamental le de tal cantidad de materia prima no detiene su preocupación.

En el caso contrario, una panadería que cuenta con charcutería y almuerzos ejecutivos, ubicada en Los Palos Grandes, necesita 30 sacos de harina diarios para poder llenar sus anaqueles. Sin embargo, solo recibe 17 cada dos semanas, afirma su gerente. Una panadería más pequeña de la misma zona requiere 10 sacos para poder atender a su clientela, pero la encargada afirma que tiene buena suerte si consigue 15 al mes. Ambos negocios deben recurrir al bachaqueo. El Plan 700 y la Sundde no los han visitado, ni para fiscalizar, ni para ofrecerle insumos.

Una panadería cerca de la avenida Fuerzas Armadas que sí está fiscalizada, recibió solo ocho sacos de harina la semana pasada. Estos podrían haberle alcanzado para producir pocas cantidades de pan durante varios días, pero los fiscales de la Sundde que vigilan el lugar lo obligaron a hornearlos todos. “Mañana verás como consigues más harina”, dijeron al panadero.

Expulsan a periodista chileno por “grabar sin permiso” colas en Venezuela

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El periodista Patricio Nunes, de Canal 13 de Chile, fue expulsado por las autoridades de Venezuela. El reportero había llegado el miércoles a Caracas para realizar una serie de reportajes sobre la situación política y social del país.

Según informa Tele 13, Nunes fue abordado por la policía este jueves a las 9:30 cuando se encontraba en un supermercado grabando imágenes de largas colas de gente que aguardaba para adquirir productos.

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Funcionarios de la policía de Caracas se le acercaron a Nunes, lo interrogaron y luego lo trasladaron al hotel donde se hospedaba para que recogiera sus pertenencias. Finalmente, lo llevaron al aeropuerto.

“Acabo de ser deportado, expulsado por la policía, por el Sebin porque estaba grabando sin permiso para hacerlo”, comentó el periodista chileno.

En su cuenta de Twitter, el ex secretario ejecutivo de la MUD, Jesús “Chúo” Torrealba, señaló: “Hoy me iba a entrevistar el periodista Patricio Nunes, Canal 13 de Chile. No llegó. El gobierno lo deportó por grabar colas en un mercado”.

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Reportan colas para surtir gasolina en varias zonas de Caracas

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Desde la mañana de este miércoles usuarios de Twitter denuncian que en varias zonas de Caracas hay largas colas de vehículos para surtirse de gasolina.

En Los Chaguaramos, Chuao, Caurimare, la Avenida Río de Janeiro, Los Palos Grandes, La Castellana y Bello Monte, se pueden observar las filas de vehículos esperando para ser abastecidos y que a su vez obstaculizan el tránsito en la capital.

Petróleos de Venezuela (Pdvsa) informó el miércoles 15 de marzo, mediante la Dirección de Gerencia de Mercado Nacional, en un comunicado que el suministro de combustible en el centro del país se encontraba garantizado y estaba regularizado. Sin embargo, el experto petrolero Rafael Quiroz en una entrevista para el portal web Caraota Digital dijo que el país actualmente presenta fallas debido a la falta de mantenimiento de las refinerías y la demora en la llegada de las embarcaciones con combustible procedentes de otras naciones.

“Desde 2016 el gobierno está importando de Estados Unidos y Brasil una parte de la gasolina que se utiliza en el mercado nacional, porque las seis refinerías que tenemos en Venezuela están trabajando al 50% de su capacidad instalada y eso arroja un déficit de consumo interno. A veces hay fallas en la descarga de combustible por razones logísticas”, afirmó Quiroz.

 

 

Región central no escapa del problema   En el estado Carabobo la ausencia de la gasolina ha dicho presente desde el pasado 10 de marzo. Según datos ofrecidos por un trabajador petrolero, la región central ha recibido solo dos millones 479 mil litros (37 mil litros por gandola) que fueron destinados para colocarlos, de manera restringida, en el mercado de Carabobo, Aragua, Cojedes, Guárico y Yaracuy, lo cual se traduce en una merma de 83,25% de los 14 millones 800 mil litros que a diario salen desde Pdvsa-Yagua. Voceros de la Asociación Carabobeña de Expendedores de Gasolina (Acegas) indicaron que las bombas sin combustible pasaron de 27 a 40, entre el lunes y el martes, de las 97 estaciones de servicio que hay en la entidad. Esto se traduce en 41,24% de gasolineras cerradas.   Escasez de gasolina se agudiza en Barquisimeto   En Barquisimeto la situación no es distinta. Usuarios de la red social Twitter reportan desde ayer, largas colas para abastecerse de gasolina. Un trabajador de una bomba de gasolina comentó al diario El Impulso que “el transporte con combustible está siendo enviado desde el estado Zulia o Carabobo, que debido a su lejanía genera un retardo en el servicio.  

 

Pronostican más lluvias en las próximas 48 horas

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Más lluvias en las próximas 48 horas fue el pronóstico del Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología, luego que este miércoles se produjeran fuertes precipitaciones, especialmente en el centro del país.

Las lluvias afectaron el retorno de los temporadistas luego del asueto de Carnaval, provocando colisiones en las vías principales de algunas ciudades, colas, tráfico lento y algunos deslizamientos de terreno.

 

Por otro lado, el INAMEH ya emitió la tendencia meteorológica para este mes de marzo donde destacan eventuales precipitaciones y una vaguada en los estados costeros del país.  

88% de los jóvenes venezolanos quieren irse del país

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En 2013, 73% de los jóvenes venezolanos no tenía expectativas de emigrar, de acuerdo con los resultados de la Encuesta Nacional de Juventud  de ese año, realizada por el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales (IIES) de la Universidad Católica Andrés Bello. Se señalaba además que  42% deseaba irse del país para mejorar económicamente y 32% para cursar estudios.

Tres años más tarde las expectativas juveniles han cambiado drásticamente y las razones para irse del  país son ahora más.

Un estudio del Departamento de Migraciones de la Universidad Simón Bolívar en 2016 señala que 88% de los jóvenes tiene intenciones de emigrar. “Me quiero ir” o “si puedo irme me voy” fueron las respuestas comunes de estos muchachos egresados de cuatro grandes áreas de estudios (Ciencias de la Salud, Ciencias Sociales, Ingeniería Eléctrica y Ciencias Básicas) de las universidades Central de Venezuela, Católica Andrés Bello, Monteávila y Simón Bolívar, de Caracas.

El objetivo del joven es tratar de ejercer su profesión o hacer un posgrado a través de becas. Canadá tiene más de 15.000 becarios venezolanos y no regresarán, dijo el profesor Iván de la Vega, quien dirigió la investigación del  Laboratorio Internacional de Migraciones. “La intención de migrar significa que algo muy grave está pasando en una sociedad”. Precisó que en términos generales la emigración en el siglo XXI se ha ido modificando. “Del patrón migratorio de 2010 que era calificado, ahora emigra todo tipo de venezolanos, y prefieren irse de cualquier modo antes que padecer la inseguridad y la escasez. Se están yendo a Guyana, Trinidad y Tobago, algo nunca visto”.

En Caracas los adultos están superando en número a los jóvenes porque estos se van al exterior, indicó el profesor Carlos Pino, coordinador de un equipo de estudiantes de sociología cuya tesis de grado, presentada en 2016, planteó que Venezuela se quedaba sin jóvenes. “Estos  emigran del país por la crisis económica y por las muertes prematuras en hechos asociados a la violencia”.

El año pasado 9.113 jóvenes con edades de entre 15 y 20 años, es decir, 32% del total de 21.643 personas con menos de 35 años,  y  11.676 con edades entre 21 y 35 (41%) murieron por la violencia. Fueron 27 cada día del año. De ellos, 854 tenían menos de 15 años, esto significa 2 menores de 15 años asesinados cada día,  de acuerdo con el estudio Las muertes violentas de la juventud, del Observatorio Venezolano de Violencia.

“Los jóvenes de Venezuela no están muriendo por la independencia de la patria, como ocurrió en esa batalla de La Victoria el 12 de febrero de 1814, sino en las calles y en el transporte público, víctimas del delito y la desprotección. Cada semana en Venezuela mueren más jóvenes víctimas de la violencia que los que fallecieron en la batalla que hoy se conmemora”, señala el OVV.

Cerca de 9 de cada 10 víctimas son varones. Son también pobres y muchos dejan a sus hijos huérfanos. Pero también 72% de los victimarios tiene menos de 35 años y casi la mitad tiene entre 20 y 24 años de edad. “Las dos grandes fuentes de integración a la sociedad, la educación y el trabajo, se han visto debilitadas como mecanismos de esperanza en el futuro”, dice el informe y destaca la brecha entre lo que el joven quiere y lo que puede alcanzar en un país en crisis. “Aunque la mayoría de los jóvenes persiste en el estudio y el trabajo honrado, a unos los tienta ingresar al mundo del delito y a otros abandonar el país”, indica la OVV que exige políticas y programas públicos que reconozcan a los jóvenes como sujetos de derechos y agentes fundamentales del desarrollo.

La puerta cerrada, por Gonzalo Himiob Santomé

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Les tocó su turno, y era de esperarse. Mucho se ha dicho que el problema de Venezuela va mucho más allá de las preferencias y diferencias ideológicas o políticas. Un régimen para el cual, desde sus inicios, la ideología no era más que un simple instrumento para el logro del poder, una falacia mil veces repetida y manejada además de una forma engañosa que jamás dejaba claro qué era lo que en realidad pretendía, necesariamente iba a prescindir de ella, y de quienes la profesan, cuando ya no le resultaran útiles.

Varios de los asiduos columnistas, todos ellos declarados chavistas y revolucionarios, del portal web www.aporrea.org han pasado a engrosar las filas de los estigmatizados, de los perseguidos, de los “traidores a la patria”. Poco falta, por más que siempre se hayan proclamado y hayan actuado consecuentemente como “seguidores del proceso”, para que las cúpulas del poder les llamen “escuálidos” o “lacayos del imperio”. Llama mucho la atención, porque son ellos los que nutren, algunos de ellos desde sus inicios, este espacio virtual que muestra como tarjeta de presentación, y así se lee textualmente en su introducción, su identidad “…con el proceso de transformación revolucionaria y democrática de nuestro país, Venezuela, con una visión que se extrapola al resto de la humanidad, en la perspectiva de la liquidación del sometimiento capitalista-imperialista y la construcción de sociedades libres, basadas en el poder de los trabajadores y el pueblo, sin explotación del hombre por el hombre…”.

¿Qué les pasó? Pues que no son ciegos, ni sordos, ni mucho menos mudos. Su pecado ha sido el mismo que el nuestro: Cuestionar y criticar los modos y maneras de quienes, en el poder, hace rato que le han dado la espalda al pueblo y se han ocupado de sus propios bolsillos y prebendas a costa de Venezuela. No han hecho más que relatar e interpretar, contra la disociada y obtusa narrativa oficial, la realidad que a todo nos abofetea, sin distinciones, todos los días.

No la deben tener fácil. Muchos nos hemos opuesto en su momento a Chávez, y ahora a Maduro, a través de nuestros escritos, incluso desde antes de que fueran gobierno, y ya conocemos de sobra lo que esto acarrea; pero no es este el caso de quienes (me los imagino ahora con un gesto en sus rostros de gran sorpresa y, además, de inmensa decepción) aunque no se cansaron de cantar loas a la “revolución” que hoy los traiciona, aunque celebraban la intolerancia oficial contra el que se atreviera a alzar la voz, siempre por supuesto que fuera contra “el otro”, ven ahora que la salsa represiva con la que el gobierno ha devorado durante tantos años a tantos opositores ahora también resulta buena para ellos. Quizás lo más doloroso sea, para ellos, darse cuenta de que la verdad es, y siempre ha sido, que el único “hombre nuevo” que interesa y que siempre ha interesado a las cúpulas del gobierno en Venezuela, desde la llegada de Chávez al poder, es el que sea siempre obediente, pusilánime y silencioso.

Podemos adelantar fácilmente, pues es un guion harto repetido, lo que les va a pasar si persisten en su línea crítica. Ya empezó con ellos la primera etapa del actuar intolerante: La despersonalización. Ya están dejando de ser, a los ojos del poder, seres humanos. La idea es que se les perciba como cosas, no como personas, por la sencilla razón de que con una persona no puedes hacer lo que te dé la gana, pero como las “cosas”, por el contrario, no tienen derechos, son prescindibles, sustituibles, y contra ellas sí se puede hacer cualquier cosa. Así ha sido siempre este Cronos oficialista, que tanto gusto le ha cogido a la carne de sus hijos. Para eso son, que no les quepa duda, las etiquetas. “Escuálido”, “apátrida”, “traidor”, “terrorista comunicacional”, y otros motes similares no son más que las palabras que, con premeditada intención, empezarán a sustituir sus nombres. Después comenzará la razzia: Las investigaciones, los seguimientos y los expedientes abiertos sobre cada uno de estos nuevos y supuestos “quinta columna” en el SEBIN o en la DGCIM. Luego vendrá, bajo cualquier excusa, la criminalización formal, de la mano de instituciones sumisas como la fiscalía o los tribunales penales, y no tardarán uno o dos de ellos en ser encarcelados, o forzados al exilio, para que “sirvan de ejemplo” a los demás. Y ya desde allí, yo que se los digo, no hay marcha atrás. Ya habrán sido estigmatizados como “enemigos de la patria”, y de ese calabozo, créanlo, no hay golpe de pecho que te saque.

Su sino es doblemente malo. Y esto lo afirmo con una profunda preocupación, no exenta de una angustiante decepción. Apenas tuve conocimiento esta semana de la situación que motiva esta entrega, expresé mi sentir en las redes sociales indicando que ya ni ser “revolucionario” te garantizaba salvación alguna si eras de esos que, incluso fieles al “proceso”, se atrevían hoy por hoy en Venezuela a alzar su voz contra el poder y sus manejos. Las reacciones, ahora del lado de la acera opositora, no se hicieron esperar. “¡Se lo merecen!” y “¡Eso les pasa por focas!”, soltaron algunos. “¡Qué se jodan!”, bramaron otros.

Y yo no podía dejar de pensar que ya se ha enseñoreado, en este país que hoy más que nunca nos necesita unidos, a todos, contra el enemigo común (representado por unos pocos, muy pocos, que nos dilapidan, persiguen y abusan), la que en 2010 denominé en mi libro “El Gobierno de la Intolerancia”, la “intolerancia inversa”, según la cual, a fuerza de ser nosotros, tantas veces, víctimas de la intolerancia oficial, terminamos a veces comportándonos, contra los que no comparten nuestras visiones, con la misma vehemente y fanática intransigencia que tanto daño nos hizo y nos hace.

Razón tenía Nietzsche cuando nos advertía que, si pasas mucho tiempo contemplando un abismo, llega un momento en el que el abismo te devuelve la mirada.

Pero no. No quiero que eventualmente salgamos de esta oscuridad para caer de nuevo, irremisiblemente, en otra igual de densa. No debemos concederle a la intolerancia y al desprecio a los demás, por sus posturas o ideas, esa victoria ¿No hemos tenido suficiente de eso ya? No son estos columnistas y colaboradores de Aporrea, por mucho que no estemos de acuerdo con su visión presente o pasada del país, nuestros “enemigos”. La realidad no discrimina. No son “los otros”. No hay un “ellos” y, allá lejos y después, un “nosotros”, hay un “todos”, aquí y ahora, y si algo nos hermana en este momento es que ya sabemos todos que el país, tal como va, está a punto de dejar de serlo.

El mal que desde el poder se infringe contra cualquier ser humano no deja de serlo solo porque ahora toca la puerta de quienes no ven las cosas como a nosotros nos gustaría que se vean. La intolerancia y la persecución como políticas de Estado son crímenes, sea quien sea el que los sufra. Pensar lo contrario es caer en un círculo vicioso en el que los abusos y las tropelías se reciclan, infinitos, a cargo de los mismos protagonistas (víctimas y victimarios) que lo único que hacen es intercambiar sucesivamente sus papeles en una obra que, ya lo deberíamos haber aprendido, mantiene entre nosotros la puerta cerrada y no nos permite luchar juntos contra el verdadero enemigo. Esa una obra que, de más está decirlo, no tiene final feliz.

 

@HimiobSantome