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Tarifas del aseo urbano subieron casi 11.000% en apenas un mes

 

VECINOS DEL MUNICIPIO LIBERTADOR Y BARUTA DENUNCIARON un nuevo aumento en las tarifas del aseo urbano que sobrepasa el 10.000%, específicamente en o que respecta a la disposición de los desechos en el relleno sanitario de La Bonanza, servicio cancelado a través de Serdeco a la empresa Cotécnica.

Tanto el concejal por Baruta Héctor Urgelles como el coordinador del Frente en Defensa del Norte de Caracas, Carlos Julio Rojas, expresaron que los aumentos son desproporcionados, al punto que para algunos vecinos el alza es de 10.800% en el mes de octubre respecto a septiembre.

“El aseo es el servicio más caro que pagamos, es superior su costo al de televisión por cable, internet, teléfono móvil o fijo, más costoso que la electricidad y el gas pero tan ineficiente como cualquiera de los otros servicios. No se justifica, que mientras tengamos salarios paupérrimos se nos cobre por servicios ineficientes sumas superiores a varios salarios mínimos”, dijo el edil al diario El Universal.

Rojas, entretanto, recordó que mientras se da el aumento, la ciudad sufre una emergencia sanitaria caudada por la falta de recolección de desechos, muestra inequívoca de la ineficiencia del servicio.

Destacó que gracias al alza, un apartamento pasó a pagar Bs.S 700, una casa supera los 1.200 bolívares y un comercio pequeño tiene que cancelar 3.000 soberanos por la recolección de basura.

Mea culpa, mea culpa, nostra culpa, por Armando Martini Pietri

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Actos de contrición son necesarios y urgentes para quienes siguen pecando contra la voluntad popular y contra Dios, se sabe que la voz del pueblo es voz de Dios. Deben reflexionar y pronunciar con palabras y corazón, después de darse golpes de pecho sinceros reconociendo “mi culpa, mi grandísima culpa”, pronunciar con franqueza las tres palabras: “Dios mío, perdóname”. No es necesaria ninguna fórmula ni parafernalia política, pero sí tener recta conciencia de arrepentirse de los pecados cometidos.

Empieza la cuaresma, es decir cuarenta días de meditación y penitencia hasta llegar a la Semana Santa, que conmemora la misión de Jesús, su llegada a las fauces de la tiranía en Jerusalén, su persecución por el poder y sometimiento a un proceso amañado que dictó tormentos despiadados y deliberadamente crueles por la soldadesca romana, la muerte por crucifixión y finalmente la consagración del perdón y de la nueva vida, la Resurrección de Jesús el Hijo de Dios.

 Tiempo de reflexión, de pensar en lo malo que hemos hecho y repetido, en las máscaras y faralaos que debemos echar a la basura, y el proceso de reconocimiento de todo lo equivocado que realizamos, esta comparsa política en el cual nos han tenido bailando unos y otros, y de la cual a estas alturas empieza a aparecer el cansancio real. Período de reconocer y desnudar las mentiras que hemos aceptado y al aceptarlas hecho cómplices, errores olvidados y en los cuales incluso hemos participado, complicidades toleradas y, finalmente, el hambre y desesperación que estamos padeciendo, con la pregunta fundamental: ¿es un mal que nos han hecho y nos siguen haciendo, o un mal que hemos aceptado y seguimos aceptando que nos sigan haciendo? 

¿Es tan simple como que un puñado de sinvergüenzas y cómplices nos han destruido el país o en realidad hemos sido ingenuos, acomodaticios, siempre esperando al caudillo paternalista, querendón que haga o prometa hacer cosas y casas, aunque al mismo tiempo sea jefe de una banda de ladrones?

Si hemos llegado a esta situación ¿nunca nos avisaron, o fuimos avisados y no quisimos escuchar? De aquí a las elecciones presidenciales que antes sectores desvergonzados, apropiándose de una representación que no tenían ni les era legitima, cuando violaron descarados el mandato del 16J de 2017, ¡arrepiéntete por habernos abandonado! solicitaron y ahora critican, tenemos muchos días para reflexionar, para hacer examen verdadero y sincero de conciencia, para recordar nuestros propios votos secretos, indiferencias y complicidades. Son dos meses y pico para recordar, darnos golpes de pecho y pedirnos perdón unos a otros.

Cada uno a todos, los primeros los dirigentes que, con sus errores, prepotencias, perversos egoísmos, estúpidos egos y necedades han caminado al frente hundiendo sus pies en la porquería, y con ellos los ciudadanos que indolentes los seguimos o al menos soportado, y que también hemos visto cómo nuestro país se iba llenando de militantes, militares, activistas, cubanos y otras extrañezas, enseñoreándose de riquezas y beneficios para sólo una parte de la ciudadanía, la minoría abusadora, ellos.

Todos debemos darnos golpes de pecho, incluyendo quienes sintieron más conveniente unirse al chavismo, para hoy darse cuenta de que sus camisas y símbolos rojos están hechos jirones y que hasta quienes roban sus poquitos todos los días porque no están en las grandes posiciones, están ya atrapados por la misma miseria.

La contrición es y se da en el sacramento de la penitencia, dolor y pesar de haber pecado ofendiendo a Dios; arrepentimiento de una culpa cometida. Es una disposición de la inteligencia y de la voluntad libre, no de la sensiblería. Es una actitud de toda la persona pecadora, que debe ser sincera o sólo será otra mentira.

Embustes que fracasados sin arrepentimiento en otro acto de malabarismo, burla y charlatanería política proponen una nueva oposición con otro nombre, pero con ellos al frente. Además, reconocen los hipócritas la importancia de reconquistar a los más de 7.5 millones del 16J cuando los abandonaron considerándolos una pequeñez más de un proceso, que manejaron a placer sin consultar ni escuchar a quienes para desprestigiarlos calificaron de traidores divisionistas, pagados por el régimen y el G2 cubano cuando en realidad eran ellos, los complacientes cooperadores. Por si fuera poco, proponen enriquecer y profundizar la relación internacional después que, con sus actuaciones, los dejaron como tontos útiles desairando recomendaciones y haciendo caso omiso a sus exhortaciones. No hay tiempo que perder -dicen- y quieren un frente que asuma con coherencia la responsabilidad en esta lucha. Cuando han sido incoherentes, ególatras, presumidos, soberbios, sordos y muchos etcéteras. Definitivamente son tercos como mula, no aprenden y carecen de toda humildad, remordimiento y aflicción.  

Es arrepentimiento, dolor y pena ante el pecado cometido, motivado por el remordimiento de haber ofendido a Dios por ser El quien es y no sólo en virtud de los premios perdidos o castigos merecidos. Los tres elementos de este concepto; sentimiento o dolor, rechazo o renuncia, propósito de cambio, han sido y son claves para autentificar el arrepentimiento, de modo que uno sólo haría dudar de la autenticidad de esta disposición moral. Con el pueblo, el arrepentimiento y el dolor, la vergüenza por lo mal hecho, deben ser igualmente sinceros, hondamente reconocidos y sentidos.

Deben aprenderlo y reflexionarlo profundamente los politiqueros que se han despreciado, engañado y manipulado a un pueblo que de buena fe les encomendó una misión el 16J que fueron incapaces de obedecer y cumplir, que pretenden encubiertos continuar incumpliendo a pesar del repudio y rechazo, haciendo igual o peor lo que tanto critican de su adversario.  

No basta con fronteras militarizadas ni advertencias estadounidenses o europeas. La cuaresma social, económica y política debe ser nuestra, profunda en el corazón de cada uno de nosotros.

Sólo así resucitaremos.

@ArmandoMartini 

Carne de basura, por Marianella Salazar

GNB_

 

Ha llegado el momento de que el gobierno entienda que debe sentarse a negociar su salida del poder; millones de venezolanos exigen que el caos y la anarquía se reviertan, que el país deje de ser un campo libre para la confrontación de fuerzas brutas, que cese la violencia depredadora y asesina cuyo auténtico exponente –además de los grupos paramilitares pagados por el gobierno– es la Guardia Nacional Bolivariana, convertida en una megabanda de delincuentes que dispara directamente bombas o perdigones a la cabeza o al pecho de los manifestantes, con un saldo que supera ya los ochenta fallecidos en poco más de dos meses.

El hampa uniformada les roba sus pertenencias como experimentados choros que asaltan a desprevenidos ciudadanos a mano armada para arrebatarles motos, teléfonos, cámaras, dinero y zapatos. No se salva nadie, ni los periodistas gráficos, camarógrafos o fotógrafos a los que hurtan o destrozan valiosas herramientas de trabajo, o humildes vendedores que ofrecen agua o refrescos durante las movilizaciones opositoras. Parece ser parte de la fase 2 del plan Zamora para acabar con la protesta. En algunos casos, la actuación de esos malandros uniformados deja dudas sobre su entrenamiento, si fue recibido en una escuela militar o, por el contrario, su adiestramiento proviene del hampa común. Todos somos presas de la voraz hampa uniformada que no pierde oportunidad para delinquir en nombre de la revolución.

La GNB está haciendo un llamado a jóvenes para incorporarlos de inmediato a los contingentes efectivos para sustituir a los que se han ido de baja, que no quieren prestarse a la masacre perpetrada contra una población declarada en rebelión contra un gobierno promotor de tanta violencia y miseria. Hay que imaginarse cuánto bicho con uña será ingresado a un componente militar sin el tiempo requerido para su formación, ni la obligatoria preparación que deben recibir para actuar frente a la complejidad de contener una manifestación pública o los disturbios.

Solo en Caracas 13 trabajadores de medios fueron atracados y agredidos a mansalva por la GNB o por la PNB durante el plantón del pasado lunes, a pesar de las medidas de protección acordadas por la Fiscalía General de la República para reporteros que cubren las protestas. Desde el 31 de marzo hasta el 1° de junio los observatorios de conflictividad han registrado 254 agresiones a trabajadores de la prensa y al menos 142 atropellos son responsabilidad de los organismos seguridad del Estado.

La GNB es toda una deshonra, el ministro del Interior, Néstor Reverol, pertenece a ese componente, le da las instrucciones al comandante, mayor general Antonio Benavides Torres; ambos tendrán que rendir cuentas ante la justicia internacional por genocidio, aunque Benavides diga que no le importa que lo acusen de violar los derechos humanos, lo que equivale a decir que el material humano es carne de basura.

Los desmanes desatados el lunes en la noche por los paramilitares motorizados, que incendiaron autobuses en Altamira y Los Dos Caminos en Caracas, son apenas una demostración de que la violencia ordenada por el presidente de la República es un fin en sí mismo. Hay que parar toda esta orgía sobre la que Maduro y sus secuaces, a contracorriente, pretenden atornillarse en el poder. Las encuestas, que revelan los altos niveles de aborrecimiento que el pueblo venezolano siente por ellos, deberían convencerlos de abandonar de una vez el poder y contener así la explosión de odio que ellos mismos sembraron.

Los que han experimentado en carne propia los actos de repudio –escraches–, fuera y dentro del país, pueden imaginar lo que sucederá cuando caiga este gobierno.

@AliasMalula

El Nacional

Día Mundial del Reciclaje: Venezuela recicla menos de 9% de sus residuos

LAS CIFRAS DE RECICLAJE EN AMÉRICA LATINA reflejan que, pese a la importancia que se le da el tema en los discursos gubernamentales, la proporción sigue siendo baja e insuficiente, reveló la ONG Vitalis a propósito del Día Mundial del Reciclaje.

Según estadísticas del Banco Mundial, en América Latina y el Caribe, se genera diariamente un mínimo de 430.000 toneladas de residuos y desechos sólidos, por lo que cada latinoamericano produce en promedio entre 1 y 14 kilogramos de basura al día. Los extremos en estas cifras corresponden a Bolivia, el país que menos basura genera por persona, con alrededor de 1 kg al día, y Trinidad y Tobago,  el más contaminador, con 14 kg diarios.

En materia de reciclaje, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) señala que Bolivia y Perú no reciclan más de 3% de sus residuos, en tanto que Chile, Argentina y Colombia superan la décima parte en este tipo de tratamiento.
Cifras de la organización no gubernamental indican que en Venezuela, el porcentaje de residuos reciclados no llega a 9% del total, conformado principalmente por aluminio, papel, cartón, vidrio y plásticos.

Por su parte, el Instituto Nacional de Recicladores (Inare) de México, indica que en ese país ya casi llegan a 30% del reciclaje de sus residuos, aunque la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) sugiere que estas cifras pudieran estar sobreestimadas, pues el porcentaje real sería de 15%. Sea cual fuere la cifra correcta, la nación Azteca se coloca a la cabeza en los esfuerzos de reciclaje de la región.

En opinión del biólogo Diego Díaz Martín, Director para América Latina de VITALIS y ONGVitalis, entre las razones por las cuales el reciclaje sigue tan poco desarrollado está la profunda informalidad del sector, así como la ausencia de políticas públicas e incentivos fiscales que estimulen la actividad.

Asimismo, el líder de VITALIS destaca la importancia de la inversión privada para impulsar este negocio, que tiene todas las características para ser sostenible, si se gestionara de manera eficiente. Para Díaz Martín, también es necesario el desarrollo de planes y programas educativos que sensibilicen a la ciudadanía hacia una economía circular, creando un mercado exigente y conocedor de las bondades del ecodiseño, la ecoeficiencia y la producción limpia.

En América Latina, alrededor de 4 millones de personas viven del reciclaje, recolectando y procesando principalmente residuos de papel, cartón, plástico, vidrio y metal. Sin embargo, frente a los volúmenes de producción, esta cifra sigue siendo muy baja, por lo cual se requiere fortalecer esta práctica, impulsando una industria del reciclaje más fuerte, con el debido profesionalismo y control.

*Con información de nota de prensa

Mar 27, 2017 | Actualizado hace 1 año
Relatos del Absurdo | Tras la
Entrar a un supermercado y comprar los productos esenciales es algo excepcional para los venezolanos. Las opciones disponibles ponen a los ciudadanos al borde de su dignidad

 

Por Lorena Meléndez y Arysbell Arismendi y para Relatos del Absurdo* 

DONY NO ES UN INDIGENTE, pero los sábados hace un viaje de más de una hora para hurgar en los contenedores de basura de un mercado popular. Luisa prefiere bregar por comprar una de las bolsas de alimentos que reparte el gobierno de Nicolás Maduro. Luz Marina pasa siete horas de cola para entrar a los supermercados donde llegan ocasionalmente productos con precios regulados. María Elena, para evadir las largas filas, negocia con revendedores. Antonia visita un bodegón, una suerte de réplica de un almacén de Miami, que solo vende mercancía importada a precios dolarizados. Manuel, empresario con una billetera más profunda, llena su despensa con compras en línea en Estados Unidos y luego las trae a Venezuela en barco.

Todo esto ocurre en Caracas, donde ese acto cotidiano de hacer la compra se volvió un imposible. Para millones de ciudadanos de América Latina, entrar al supermercado, tomar un carrito, empujarlo por los pasillos y llenarlo de alimentos básicos es lo común, pero para los venezolanos es un hecho extraordinario. Por eso, para conseguir alimentos, cualquier alternativa vale en un país que tuvo el año pasado una inflación de aproximadamente 480 por ciento según el Fondo Monetario Internacional y en el cual prácticamente uno de cada dos productos de la cesta básica escasea, de acuerdo con el Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros, observatorio que hace seguimiento del tema.

En febrero pasado se divulgó la más reciente Encuesta sobre Condiciones de Vida del Venezolano, realizada por tres universidades públicas y privadas. El estudio reveló las consecuencias de la conjunción del aumento de los precios y de la restricción de la oferta: 32,5 por ciento de los habitantes del país solo ingiere alimentos un máximo dos veces al día y 93,3 por ciento afirma que sus ingresos no le alcanzan para comer. Se calcula que más de 74 por ciento de la población ha perdido al menos 8 kilogramos de peso. Las personas sometidas a ese rigor explican su delgadez con una frase: “La dieta de Maduro me tiene así”.

Para Dony Machado, un herrero de 29 años de edad, una alternativa de subsistencia ha sido sumergirse en los desechos del Mercado de Quinta Crespo. Junto a él, un sábado de septiembre, otros hombres, mujeres y ancianas hacían lo mismo. Ninguno vivía en la calle, ninguno vestía de andrajos. Cuando el dinero se les hizo insuficiente para comprar comida, debieron buscar otras maneras de conseguirla. A Dony apenas le alcanza para mantener a su hija de dos años de edad.

La nueva “dieta” del venezolano from CONNECTAS on Vimeo.

Cada vez más personas como él acuden al mercado a registrar entre los desperdicios. Así lo apunta una vendedora de verduras, de 60 años de edad, que tiene cuatro décadas en el mismo puesto y que vio cómo el fenómeno empeoró en enero de 2016. En el país que hace 10 años lideraba el crecimiento en América Latina, muchos, súbitamente, quedaron atrapados en la miseria.

Las palabras de la verdulera coinciden con el estudio de la firma privada More Consulting que en agosto de 2016 reveló que 15,7 por ciento de la población ha hurgado en la basura para comer. Según los datos serían cinco millones de personas las que pululan, como se ve comúnmente, en las puertas traseras de panaderías, restaurantes y supermercados.

Luisa, una vecina de El Valle, zona popular de Caracas, no ha ido por los basureros y en cambio sobrevive bregando para adquirir las Bolsas Clap, denominadas así porque son las siglas de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción. Esa es una forma de organización popular impulsada por el gobierno para efectuar la distribución y ventas de alimentos con precios regulados. La última bolsa que obtuvo tenía un kilogramo de leche, dos de arroz, dos de pasta, dos de azúcar, una botella de aceite y un pollo. “No alcanza ni para una semana”, se queja mientras hace el inventario. Por el combo pagó un monto cercano a la cuarta parte de un salario mínimo. Ella trabaja en una empresa textil y vive junto a un hijo de nueve años y una hija de 26 que tiene dos bebés. “Lo que gano lo gasto solo en comida”.

Los comités están integrados por seguidores del gobierno, principalmente mujeres. Fueron ideados en abril de 2016 y se calcula que a la fecha existen más de 8.000. Su modo de funcionamiento ha ido quedando claro en el último año. El gobierno y algunas empresas privadas entregan directamente los productos regulados a esos comités que a su vez los venden entre familias que previamente han sido censadas.

El mecanismo de reparto de bolsas varía según la comunidad. En algunos casos se hace en sedes de instituciones públicas y en otros en casas comunales o incluso en los lugares de residencia de los integrantes de los Clap o de los beneficiarios. Las jornadas de entrega deberían tener frecuencia mensual, pero en muchas ocasiones ocurren cada 45 días. Los Comités iniciaron sus labores recibiendo dinero en efectivo, pero ahora aceptan transferencias bancarias, porque el costo de la bolsa va en aumento y es mayor la cantidad de billetes que deben manejar. En algunas comunidades prefieren que la jornada se realice en la noche, para evitar que los camiones con la mercancía sean detectados y queden expuestos a saqueos, que se han hecho cada vez más frecuentes con los vehículos de carga que transportan alimentos escasos en Venezuela.

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Las Bolsas Clap son repartidas por comités populares apoyados por el gobierno.

(Foto: Rayner Peña/Adaptación: Sandra Barrón)

Aunque comenzó a aplicarse en sectores populares, la modalidad se ha extendido a zonas residenciales de clase media. Los despachos que llegan a cada lugar son diferentes y pueden ocasionar decepción o felicidad. En la comuna Teatro Miranda, situada en el centro de Caracas, los vecinos afirman frustrados que hace cinco meses recibieron bolsas que contenían apenas dos kilogramos de harina de maíz –principal ingrediente para preparar arepas, el plato nacional– y un envase de margarina. En una urbanización de Cumaná, a 600 kilómetros de la capital, en cambio recibieron jubilosos en Navidad bolsas con pasta, azúcar, sal, café, aceite, arveja, mayonesa, salsa de tomate, margarina, harina de maíz y crema dental. En teoría, la distribución no distingue entre chavistas y opositores. Sin embargo, los críticos del sistema afirman que el gobierno pretende controlar a los ciudadanos a través de sus estómagos y no han faltado denuncias acerca de repartos selectivos de los alimentos.

Para adquirir su Bolsa Clap, Luisa hizo fila durante cinco horas. El día que le correspondió su turno, había cuatro hileras que reunían aproximadamente 400 personas. Era tal la muchedumbre que se desplegó custodia policial para evitar alteraciones. Aún así, para Luisa estas filas son mejor opción que las que se hacen en los supermercados, que exigen pasar las madrugadas al frente de los establecimientos. “Para hacer eso hay que amanecer por allí y arriesgarse a todo. Yo no me puedo ir en la noche con un niño y quedarme hasta el día siguiente porque es peligroso”.

La repartición de las bolsas es el eslabón más reciente de una cadena de medidas adoptadas por el gobierno en los últimos tres años conforme ha aumentado la escasez y las reventas de productos con precio controlado. Primero se fijó un límite a las cantidades a vender por persona; luego se estableció los días de la semana en los que podían ser adquiridos según el último número del documento de identidad; y más tarde se ordenó a los establecimientos comerciales a incorporar dispositivos de identificación biométrica para cerciorarse que nadie violase las rigorusas medidas impuestas.

Las Bolsas Clap en ese contexto de restricciones crecientes, son buscadas con intensidad. La maquinaria oficial ha creado una plataforma de canales digitales que las promocionan como una revolución en el concepto de reparto de alimentos. La ansiedad por ellas incluso ha adoptado expresiones dramáticas: tres días antes de Navidad un joven de 25 años de edad fue asesinado por un delincuente que le dio un disparo para quitarle la Bolsa que le llevaba a su madre.

En las redes sociales abundan solicitudes a los responsables oficiales para que mejoren el sistema de distribución. En los medios de comunicación se reportan protestas, cierres de calles y autopistas por manifestantes que las exigen, pero que también denuncian sobre el origen de los productos. El control de las importaciones lo tiene el Ministerio de Alimentación, que ha sido manejado por militares durante el gobierno de Maduro. Según investigaciones periodísticas, una de las empresas que ha vendido productos para los Clap es propiedad de Samarck López, recientemente sancionado por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos que lo identificó como testaferro de Tareck El Aissami, vicepresidente de Venezuela a quien el gobierno norteamericano también sancionó por relacionarlo con el tráfico de drogas. Ambos han negado su relación con negócios ilegales.

En cambio, Luz Marina Boscio, de 62 años de edad y vecina de Palo Verde en Caracas, está entre los que tiene como primera opción ir a los supermercados. Acaba de salir de uno con una compra que le hace sentir que valió la pena aguardar siete horas bajo el sol. Se siente aliviada, a pesar de que está cansada, temblorosa y hambrienta. El día anterior tenía la nevera vacía y ella y su nieta de siete meses solo comieron arroz con huevo. Hoy lleva dos botellas de aceite, más arroz y harina de maíz.

La nueva “dieta” del venezolano (2) from CONNECTAS on Vimeo.

A pesar de que se ha desmayado en las colas, la han golpeado y empujado, Luz Marina se ve obligada a abastecerse de esta forma: perder sueño y mañanas enteras a la espera de que entreguen a los establecimientos algo que no tiene en casa. Si llega un producto subsidiado que ya tiene, también lo compra y lo intercambia con algún vecino. Lo del trueque lo comenta sin sobresalto porque no sólo es algo frecuente para ella, sino también para el país. Se ha vuelto habitual el uso de las aplicaciones de mensajería telefónica como Whatsapp o Telegram para transar los productos que cada quien tiene virtualmente. Si estuviese en Wall Street, la experiencia seguramente le serviría para ser una avezada corredora porque sabe exactamente qué trocar sin salir perdiendo.

Con la pensión de Luz Marina y con los ingresos como moto taxista que percibe su hijo mayor, es mantenida una familia de cuatro personas. En eso de estirar y estirar la comida para que alcance se le va buena parte del día. Así resiste. Otras mujeres, con un poco más de recursos, se esmeran en evitar gastar tanto tiempo de vida en filas para comprar. Recurren entonces a los revendedores –conocidos como “bachaqueros”– quienes pueden proveer cantidades de productos suficientes para varios meses o para compartir o intercambiar. Al principio eran solo gente común que adquirían productos a precios regulados para la reventa, pero con la persistencia de la escasez la modalidad evolucionó y fue aprovechada por grupos organizados que obtienen ganancias millonarias con el hambre ajena.

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En las filas para los supermercados, adultos mayores sufren desmayos.

(Foto: Lorena Meléndez G.)

María Elena de 62 años de edad, por ejemplo compró clandestinamente un bulto de azúcar y uno de arroz a un vendedor de frutas del centro de Caracas. Fueron 20 kilogramos de cada producto. Aunque los obtuvo entre 5 y 10 veces más caros, sintió que valió la pena porque evitó pagarlos más caros a futuro según la cotización de ese “mercado negro”.

Las oportunidades para quienes buscan un suministro regular en muchas ocasiones están fuera del alcance del bolsillo común. Las colas que se forman en el Centro Comercial Polo de Colinas de Bello Monte, una urbanización situada al este de Caracas, llaman más la atención que el resto. La razón es que no están frente a un supermercado o farmacia, sino frente a una costosa cafetería italiana llamada Cine Cittá. La mayoría de quienes acuden allí no van por un helado o una bebida. Acuden para entrar a un bodegón ubicado al final del local donde venden productos importados de primera necesidad.

Lucía, una comerciante capitalina, sale del lugar llevando a cuestas varios kilos de arroz, un gran saco de harina de trigo y algunos empaques de azúcar. “Venimos aquí porque los productos son de calidad. Uno tiene esa seguridad. Si se le compra al bachaquero uno no sabe lo que come. Ellos mezclan la comida con cualquier cosa para rendirla, como pasa con la leche o con la harina a la que le ponen cal”, dice.

Cine Cittá se ha convertido en una versión venezolana de los “diplomercados”. Ese era el nombre que empleaban en Cuba para identificar a los comercios bien surtidos que antes de la década de los noventa eran de uso exclusivo de diplomáticos y extranjeros radicados en la isla. Entrar en la cafetería es como ingresar a una versión diminuta del área de alimentos de Costco, la mayorista estadounidense, porque todas las marcas que se ofertan allí provienen de esa cadena. Es un oasis en medio de la sequía de los anaqueles de los supermercados.

“Aquí se consigue de todo, pero dolarizado”, cuenta Antonia, una mujer de gafas, camiseta y jean desteñido que aguarda. El costo de muchos de los productos, en realidad, es mucho mayor que el que se paga en Estados Unidos, al punto que en algunos casos sus tarifas lo duplican o triplican. A pesar de lo caro, el lugar luce con frecuencia atestado por gente adinerada, funcionarios extranjeros, empresarios que hacen negocios con el gobierno y una reducida clase media que tiene ahorros en dólares o conserva canales para obtenerlos.

Manuel se queja de los precios del bodegón desde su oficina. Sabe que hay otras maneras de conseguir la comida desaparecida de los anaqueles, pero para ello hay que estar dispuesto a pagar en dólares y a comprar en grandes cantidades. Él mismo se encarga de hacer que esos productos lleguen desde Estados Unidos: “De allá puedes traer los productos de la canasta básica”, comenta.

Esos son los productos que se han convertido en la base de su negocio: una compañía de envíos puerta a puerta de Norteamérica a Venezuela que cobra los traslados por volumen y no por peso. Como todo llega en barcos, los mercados que le encomiendan deben surcar las olas por tres semanas antes de atracar en las cocinas caraqueñas. La empresa de Manuel lleva más de seis años de fundada. En los últimos 24 meses, el tipo de peticiones que recibe ha cambiado drásticamente. Al principio traía los antojos de los venezolanos que ordenaban productos a través de Amazon, que iban desde gadgets hasta repuestos para vehículos. En noviembre de 2014 vio cómo uno de sus clientes ordenaba aceite de aguacate, delicateses que nunca más llegaron al país. Ya para agosto de 2015 había empezado a traer toallas sanitarias y afeitadoras. Dos meses después, jabones y salsas se sumaron a las demandas. “En enero de 2016, la historia ya era otra”. Desde ese momento, el transporte de comida y medicinas pasó a ocupar 60 por ciento de los envíos.

Sus clientes, de clase media alta en adelante, suelen organizarse para hacer pedidos entre varios. Las compras las hacen a través de la web o personalmente. “Yo mismo me traje hace poco cereales para los chamos, galletas y una caja de cerveza. A un amigo le traje una caja de pañales porque su bebé estaba por nacer y aquí no conseguía. Todo sigue siendo más barato afuera”, confirma minutos antes de mostrar la foto de un gabinete de cocina de una de sus clientes. Casi todos los productos llevan etiqueta en inglés. Surcaron el mar para alimentar a los pocos afortunados que pueden adquirirlos en dólares.

* Relatos del Absurdo es una iniciativa periodística liderada por IPYS Venezuela y CONNECTAS, que busca ofrecer insumos informativos para entender las dificultades que vive la sociedad venezolana hoy. Vea todo el especial acá http://connectas.org/relatos-del-absurdo/

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ElMundo.Es Mar 20, 2017 | Actualizado hace 3 años
La basura, despensa del hambre en Venezuela

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Daniel Lozano

El Mundo ES

 

La orden es de Jorge Rodríguez, alcalde del municipio Libertador de Caracas y jefe de la delegación chavista en la ahora suspendida Mesa del Diálogo: “Comercio que saque basura en horario que no está establecido, lo vamos a cerrar”.

Cuando en junio del año pasado la periodista Diana Sanjinés, hoy en Barcelona, describió por primera vez cómo centenares de personas hurgaban en la basura acumulada en las calles de Caracas, muchos pensaron que se trataba de focos de marginalidad en medio de la crisis. Los más optimistas quisieron justificarlo culpando al implacable desabastecimiento de alimentos, que había alcanzado su punto más crítico a mitad de año. Un mal pasajero.

La iniciativa gubernamental nueve meses después, que busca evitar que se vea a pobres y hambrientos buscando alimentos entre desechos, confirma las imágenes que todos los días asaltan las calles y las redes por todo el país. No se trata sólo de indigentes o marginales, también padres de familia desesperados o jóvenes con hambre. Miles de personas, que la oposición evalúa de forma exagerada en un 10% de la población, han encontrado en la basura su despensa para combatir el hambre y la miseria.

Una imagen, realizada en la capital por el fotógrafo de AFP y que ilustra este reportaje, insiste de forma descarnada en un fenómeno que airea de la peor forma posible el drama venezolano. Una niña, en cuclillas entre bolsas de basura, busca algo para meterse en la boca, el resto de un alimento con el que llenar su estómago. A pocos metros, el Simón Bolívar de un cuadro asiste de forma imperturbable a la escena.

Dirigentes opositores han denunciado la muerte, por hambre, de ocho niños en San Félix. La ex diputada María Corina Machado añade 15 menores en Monagas y medio centenar en Anzoátegui en lo que va de año. Cifras terribles que el Observatorio Venezolano de la Salud reclama desde hace meses ante la sordera del gobierno de Nicolás Maduro, empeñado en tapar el sol con su dedo bolivariano.

 

El futuro no está escrito, por Víctor Maldonado

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Estamos en la peor de las circunstancias. Una inmensa tormenta se cierne sobre nosotros y no sabemos qué hacer. El país se sigue disolviendo en una crisis cuyos costos nadie quiere afrontar con seriedad propositiva. Persiste un lenguaje populista que provoca una inmensa decepción, porque la dirigencia política tiene mucho miedo de hablarle al país con claridad. El estado venezolano no es viable, no podemos financiar 2,7 millones de empleados públicos y más de 500 empresas públicas que en su conjunto lo único que aportan es distorsión, indisciplina fiscal y perdidas monumentales. Nadie sensato puede pensar que podemos salir de la crisis manteniendo vigente el estatismo y preservando para los que vienen el inmenso poder que tiene el ejecutivo nacional. Los venezolanos están pasando penurias, el hambre llegó a millones de familias que no saben qué hacer para preservar sus activos y su calidad de vida. La clase media está sumergida en una pobreza que los va a flagelar por muchos años. La violencia es la dueña de las calles y la escasez se ha transformado en un puñal que siempre está allí, a flor de piel, a punto de atravesarnos por el costado, porque nos hace víctimas potenciales de la adversidad. Ante este cuadro que resulta dantesco ofende la indiferencia con la que se trata la tragedia a la que están expuestos millones de venezolanos.

 

La indiferencia política es el resultado de no saber qué hacer y de cierta holgura que todavía mantiene la clase política. Algunos se han recluido en la negación. Otros han caído en el narcisismo político. Muchos de ellos creen que en estas circunstancias tiene algún sentido la preservación de unos signos, una tarjeta y una parcialidad. Todos ellos parecen cómodos con unas reglas en las que la ficción de unas mayorías aplasta, a través de un reglamento infame, el papel de las minorías.  No tienen ni demuestran esa generosidad que hace falta para ser una alternativa creíble a un régimen tan excluyente como el que vivimos. Las tragedias lucen distantes de una agenda que está centrada en preservar el espacio de los partidos, olvidando que el hambre, la enfermedad y la muerte cobran de contado. Resulta sorprendente que haya alguien que defienda el diálogo como vía de solución, y peor aún, que esta gente sea tan contumaz como para seguir insistiendo en confundir al país.  Ciertamente el diálogo es un logro civilizacional que tiene un valor ético. Ojalá todo se pudiera resolver por esa vía, pero esa ruta exige un conjunto de condiciones que ahora no están presentes en el país. Lamentablemente se ha montado una conjura, la conjura de los ingenuos, que pretenden desmontar un régimen como el que vivimos usando este mecanismo de resolución de conflictos. Esa conjura no puede ni podrá evadir su responsabilidad en el sufrimiento de los venezolanos.

 

La ingenuidad y la corrección política ha reducido a la alternativa democrática a un club de señoritas pudorosas que son incapaces de ver las jugadas perversas del régimen. Por eso es y fue imperdonable el haber afrontado de la forma más improvisada posible un ciclo de encuentros asimétricos, mal negociados, con mediadores que no son confiables, pero, sobre todo con un equipo que se armó allí, donde era más importante la indulgencia fotográfica que satisfacer las expectativas de la ciudadanía. Cuando se planteó el debate sobre su necesidad y su oportunidad, de inmediato se activó una línea comunicacional en la que “los influencers” convalidaron ardorosamente esa propuesta. Para colmo la entrada del Vaticano al equipo de mediadores fue confundida algo totalmente diferente, un halo de virtud e infalibilidad religiosa que los obligaba a seguir en la trama sin medir las consecuencias, como si la sola presencia de una sotana podía balancear un proceso que comenzó mal y por lo tanto tenía que concluir como terminó.

 

Solo ahora sale Chuo Torrealba a decir que “fracasó por incumplimiento del régimen, porque la oposición acudió sin tener claridad ni consenso alrededor de qué objetivos buscaba, y porque no usó el apoyo técnico que tenía a disposición”. Tres errores cometidos con una imperdonable arrogancia. Confiar en el régimen, y pretender el diletantismo como estilo político que puede darnos resultados. Pero ese peligro todavía no se ha conjurado. Sigue estando presente esa línea de acción como posibilidad, esperando que en una segunda oportunidad el régimen va a prestarse a su propio desarme de poder, va a convalidar la clausura del socialismo del siglo XXI, y va a comportarse republicanamente.

 

La verdad es otra. El régimen sigue descontando los costos de la represión mientras gana tiempo. La coalición cívico-militar está aprendiendo a ser todavía peor de lo que es, y a practicar esa indolencia que resulta tan desalentadora. No le importa los costos de la crisis. No le interesa las consecuencias del hambre, ni la fractura de las familias, ni el crimen enseñoreado de las calles, que por eso mismo lucen vacías al ocaso y hasta el amanecer. Tampoco le afecta el desempleo, el colapso empresarial o el crecimiento de la informalidad. Ni una vez se han dado por aludidos por las escenas dantescas que muestra a familias enteras comiendo basura, o los efectos evidentes de la desnutrición. Ellos están en otra cosa. Están en lo de siempre, en la dimensión fraudulenta de la propaganda y la puesta en escena. El carnet de la patria es un fiasco. Las bolsas CLAP se transformaron en lo de siempre, una oportunidad para que la corrupción raspe la olla de los escasos productos del país. Algunos las reciben una que otra vez, pero ni esos privilegiados se salvan de las penurias a las que todos los demás están expuestos. Cabría esperar que ese programa social padece, al igual que el resto, de una inflación de cifras y resultados que lo hacen parecer mucho mejor y más extendido de lo que realmente es. Pero imagínense ustedes lo que significa todo el gobierno reducido y dedicado a eso nada más: a repartir unas bolsas de comida, y a sobrevivir dentro de un statu quo que resulta incomprensible sin algo de aquiescencia de los que están en la oposición. Y sin que “los influencers” hagan lo suyo, quien sabe con qué tipo de retribución. Ya no se puede negar que hay algunas encuestas y análisis políticos que son una confesión de parte.

 

El régimen ha disfrutado de un libreto oposicionista que le perdona la vida una y otra vez. Los escándalos e impugnaciones internacionales aquí se tratan con sordina. Las iniciativas hemisféricas han chocado, reiteradamente con la contradicción entre lo que se denuncia y lo que se hace. Timoteo es una muestra de la desfachatez y el descaro con los que se practica la política local. Manuel Rosales tiene un discurso que en poco se diferencia del planteado desde el oficialismo. Henry Falcón se vende como puente y bisagra, sin que nadie le llame la atención o intenten ponerlo contra las cuerdas. Al parecer tiene la indulgencia plenaria de esa izquierda exquisita que no se cansa de vivirse al país y de equivocarse con desparpajo. Para muestra, valga el proceso de legalización de los partidos políticos. Luego de un buen tiempo señalando que el CNE es parte del problema, la MUD fue incapaz de resistirse a participar nuevamente del guión oficial. Habrá ganadores, perdedores, extorsiones, chantajes, nuevas alienaciones, y todo el 2017 perdido para la gente. Porque ahora todos los problemas del país parecen reducidos a tres: legalizar partidos, elegir candidatos para las elecciones regionales, y ganar las gobernaciones. Obviamente ellos creen que el hambre, la violencia, la escasez, los presos políticos y el colapso económico pueden esperar su turno. ¿Estamos ciegos o no queremos ver?

 

Todo parece indicar que la coalición goza de buena salud, y que por eso mismo el presidente puede perder tiempo en inexplicables cadenas, que se alternan con los espectáculos montados por Diosdado. Ellos ponen el guión, colocan la música y deciden el ritmo. La iniciativa está en sus manos, y la administran a su favor. Aquellos triunfos del 2015 fueron dilapidados en el 2016 y nadie puede apostar a que sea revertida la tendencia en el 2017. Y no será así hasta que la mayoría de descontentos se transforme en una inmensa fuerza concentrada en el cambio político. Hay un detalle. Se necesitan líderes que crean que tiene sentido y que es posible ese cambio político. Por ahora somos, como diría Isaiah Berlin, una mayoría blanda que está siendo gobernada por una mayoría que usa la fuerza pura y dura para imponer sus condiciones.

 

Ya sabemos que “los influencers” apuestan por la política de la sumisión, esperando “a ver qué pasa”. Pueden pasar años, puede que no pase nunca. Porque el futuro no está escrito. No existen estadísticas sobre el futuro, y ningún futuro es posible si no nos proponemos su ocurrencia con seriedad y disciplina. No pasará nada a favor si nos negamos a “mirar a lo lejos, a lo ancho, a lo profundo; si no tomamos riesgos, si nos negamos a pensar en la gente, en sus expectativas y también en su capacidad de aguante”. No pasará nada si no somos capaces de transformar en indignación activa lo que ahora es adaptación para la sobrevivencia. La diferencia entre una cosa y otra es la presencia o no de liderazgo político que denuncie la realidad y con mucha empatía convoque a la realización de un cambio político en el que todos se sientan representados. La diferencia es la misma que hay entre la resignación cínica y la creación de una visión compartida. Lamentablemente el liderazgo se ha conformado con ser los mayordomos de un régimen que necesita de antagonistas dóciles para simular pluralismo donde solo hay tiranía.

 

Los venezolanos ya saben cómo se puede perder tiempo valioso. Llevamos dos años dilapidando el tiempo de la anticipación, es decir de la prospectiva de los cambios posibles y deseables. No hay forma de que los partidos acuerden un pacto político que nos muestre verdadera disposición para gobernar el país, superar la crisis, realizar la justicia transicional que todos aspiran, y alternarse en el poder. Sin ese requisito no hay programa de gobierno que tenga sentido, porque nunca va a ser puesto en práctica. Lo triste es que sean esos personalismos de pigmeos los que lo impidan. Llevamos dos años perdiendo el tiempo de la preparación de la acción: es decir, no hemos podido elaborar y evaluar las opciones estratégicas posibles para allanar el camino a los cambios esperados (preactividad) y provocar los cambios deseables (proactividad). Ni podemos con la coyuntura, ni tenemos la más remota idea de cómo acordar los consensos mínimos para ser alternativa contrastante a lo que está ocurriendo.

 

No seremos alternativa mientras todos los partidos -salvo Vente- estén en la cola del socialismo, se declaren de izquierda, y pretendan ser la versión benigna del populismo estatista y personalista que nos está matando. Por eso, ni preactivos ni proactivos. Solamente la misma voracidad con la que quieren tener poder. Por eso, el repugnante populismo y la misma demagogia en boca de los políticos, que lucen perdidos en el intento fallido de decir y ofrecer lo que supuestamente quieren oír y recibir los venezolanos. Mientras tanto los problemas se agravan y ellos lucen deslucidos y espectrales.

 

Michel Godet, economista francés, profesor en el Conservatoire National des Arts et Métiers y titular de la cátedra de prospectiva estratégica plantea que solamente hay cinco actitudes posibles frente al futuro: la actitud del avestruz pasivo que sufre el cambio; la del bombero reactivo que se ocupa en combatir el fuego, una vez éste se ha declarado; la del asegurador pre-activo que se prepara para los cambios previsibles pues sabe que la reparación sale más cara que la prevención; y por último, la conducta del conspirador pro-activo que trata de provocar los cambios deseados. Nuestra tragedia es que hemos pasado veinte años entre avestruces y bomberos, mientras los otros, los del régimen, han logrado imponer el guión de la tiranía y la servidumbre.

 

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Madres con niños hacen cola para sacar frutas de camión de basura en Guarenas

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Madres con sus niños se sientan en un escalón cada tarde a esperar que llegue el camión de la basura a sacar los desechos de los dos locales de El Mundo de las Frutas en el centro de Guarenas. Uno queda cerca del bulevar La Paz y otro en la calle Ricaurte. Hacen una cola organizada para sacar de las bolsas lo que sea “salvable” y así llevar algo de frutas y verduras a sus hogares.

No son indigentes, son habitantes de los barrios Las Clavellinas, La Guairita y El Tamarindo, entre otras zonas populosas de Guarenas. No quieren hablar con el equipo de El Pitazo; apenas murmuran entre dientes que no cuentan con el respaldo de un padre que colabore con la manutención de sus hijos y que antes les rendía más la plata, pero como ahora todo está tan caro, revisan los desechos. Juran que lo que sacan de allí no está malo sino “aporreado”. Si estuviera malo no se lo darían a sus hijos, afirman.

 

La cola es organizada, como si fueran a comprar. Todos saben que las mencionadas fruterías sacan sus desechos como a las 5:30 pm, que es cuando pasa el camión. Las mujeres con niños llegan desde las 4 pm y se sientan al lado del negocio, en un escalón. Todas llevan bolsos relativamente grandes. Quieren meter lo más que puedan de “mercancía”.

Al grupo de madres de familia se van sumando hombres, algunos de ellos también están limpios y se nota que trabajan. No quieren foto y mucho menos quieren hablar. Otros son indigentes. Estos últimos, en su mayoría, son jóvenes de entre 18 y 30 años, en plena edad productiva. Dicen que no hay empleo, aunque tampoco recuerdan cuando buscaron trabajo por última vez.

Ramón Aladejo, residente de Guarenas, fue quien primero dio la alerta a El Pitazo acerca de la gente “bien vestida y limpia” que hacía cola para revisar el camión de la basura. Está preocupado por la salud de esas personas y pide a las autoridades que atiendan el problema del hambre con urgencia.

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