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#10DocumentosBolivarianos | La Carta de Jamaica, o la reivindicación de la aristocracia americana, por Elías Pino Iturrieta

En la gráfica: manuscrito de la Carta de Jamaica, escrita por Bolívar en 1815, dos años después de su Proclama de Guerra a Muerte, en 2013.

@eliaspino

Como sus pasos no han sido afortunados, Bolívar debe intentar una rectificación. La dictadura personal y la administración que intenta a partir de 1813 terminan en descalabro. La Proclama de Guerra a Muerte, examinada en artículo anterior, no solo ha provocado una sangría injustificada. También le ha traído mala prensa. De una campaña posterior en la Nueva Granada le quedan la pérdida del mando militar y del dinero que apenas le alcanzaba.

Desolado, pero no vencido, sin comando de tropas, pero ansioso por recuperarlo; desprestigiado ante la opinión extranjera por su empecinamiento en el derramamiento de sangre, pero interesado en minimizarlo, necesita una resurrección.

Es lo que pretende en Jamaica con la escritura de un texto memorable, cuando se presenta ante la opinión de los ingleses como remendador de los desafueros anteriores y como una figura patriarcal.

Entre septiembre y diciembre de 1815, redacta en Kingston la Contestación de un americano meridional a un caballero de esta isla, conocida como Carta de Jamaica, y Señor redactor o editor de la Gaceta de Jamaica, un texto complementario. Para borrar la imagen que le persigue de atrevido jacobino, plantea ahora el proyecto de la Independencia como salvaguarda de las prerrogativas de los blancos criollos. Un cambio drástico, en relación con los propósitos del pasado reciente; un viraje inesperado de la violencia a la circunspección, que parte de la siguiente idea general:

El Emperador Carlos V formó un pacto con los descubridores de América que, como dice Guerra, es nuestro contrato social. Los reyes de España convinieron solemnemente con ellos que lo ejecutasen por su cuenta y riesgo, prohibiéndoseles hacerlo a costa de la real hacienda, y por esta razón se les concedía que fuesen señores de la tierra, que organizasen la administración y ejerciesen la judicatura en apelación, con muchas exenciones y privilegios que sería prolijo detallar. El Rey se comprometió a no enajenar jamás las provincias americanas, como que a él no le tocaba otra jurisdicción que la del alto gobierno, siendo una especie de propiedad feudal la que allí tenían los conquistadores para sí y sus descendientes. Al mismo tiempo existen leyes expresas que favorecen casi exclusivamente a los naturales del país originarios de España en cuanto a los empleos civiles, eclesiásticos y de rentas. Por manera que, con una violación manifiesta de las leyes y de los pactos subsistentes, se han visto despojar aquellos naturales de la autoridad constitucional que les daba su código.

Ese Guerra a quien alude es fray Servando Teresa de Mier, autor mexicano quien había escrito una Historia de la revolución de la Nueva España para reivindicar los derechos de sus ascendientes, conquistadores y figuras de la nobleza regional con riquezas y privilegios que disfrutaba y que corrían peligro debido a la invasión de España por los franceses. De acuerdo con la interpretación que Bolívar hace de sus argumentos, el problema y el pretexto de la insurgencia se reducen a la ruptura de un convenio esencial entre el monarca y un selecto grupo de vasallos. La alteración de una tradición metropolitana, provocada por la abdicación de Carlos IV en favor de José Bonaparte, es la base del argumento.

Ahora el Libertador se aferra a la negación del derecho de unos pocos para avalar su conducta frente al imperio español y ante la opinión de sus destinatarios británicos.

Pero, ¿cómo justifica la lucha por la permanencia de prerrogativas de una “propiedad feudal”? Mediante la apología de las virtudes de los descendientes de los conquistadores que se establecieron en la época del poblamiento. A través del enaltecimiento de su procedencia y de la de gentes como él, desde luego. Veamos:

El colono español no oprime a su doméstico con trabajos excesivos, lo trata como un compañero; lo educa en los principios de moral y de humanidad que prescribe la religión de Jesús. Como su dulzura es ilimitada, la ejerce en toda su extensión con aquella benevolencia que inspira una comunicación familiar. El no está aguijoneado por los estímulos de la avaricia ni por los de la necesidad, que producen la ferocidad de carácter y la rigidez de principios, tan contrarios a la humanidad. El americano del sur vive a sus anchas en su país nativo; satisface sus necesidades y pasiones a poca costa. Montes de oro y de plata le proporcionan riquezas fáciles con que obtiene los objetos de la Europa.

Los papeles de Jamaica proponen la continuidad del paraíso español, traicionado por el monarca de turno. Pregonan las virtudes de unos propietarios angelicales en cuyo nombre se hace ahora una guerra. De allí que su autor se  atreva a afirmar más adelante, sin empacho:

El esclavo en América vegeta abandonado en las haciendas, gozando, por decirlo así, de su inacción, de la hacienda de su señor y de una gran parte de los bienes de la libertad; y como la religión le ha persuadido que es un deber sagrado servir, ha nacido y existido en esa dependencia doméstica, se considera en su estado natural como un miembro de la familia de su amo, a quien ama y respeta.

No solo estamos ante una canonización de los propietarios de estirpe criolla, sino también, sin duda, frente a una descripción totalmente desapegada de la realidad. Es difícil encontrar testimonios que la avalen. El autor de la Guerra a Muerte es ahora abogado de la cultura española, o publicista de la santidad de sus sucesores; es decir, el escudo de todo lo que desprecia y quiere destruir en 1813. Ahora lo quiere conservar.

No es el vengador de la víspera, sino un comedido observador de la conquista española, o su heredero. No es el joven prepotente de la Segunda República, sino un suplicante de favores británicos a quien conviene vestirse de mansedumbre.

Y, desde luego, no es el evangelista que el futuro se ha empeñado en consagrar, sino un político metido en su papel para beneficio de sus intereses. En consecuencia, quienes leen los documentos bolivarianos como si fueran fragmentos de la sagrada escritura tienen la oportunidad de abandonar su sumisión de catecúmenos, si los revisan con autonomía de criterio. La Carta de Jamaica y el escrito que la acompaña tienen más tela para cortar, si los destinatarios de la actualidad se fijan en otros aspectos que no se analizan aquí porque no estamos en un salón de conferencias, sino apenas en un esbozo de divulgación. O en un intento de provocación.

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