El Ministro de Relaciones Exteriores y Comercio Internacional, Félix Plasencia, informó que por órdenes de Delcy Rodríguez, presidenta encargada con el aval de los Estados Unidos, se le comunicó al secretario general de la ONU, Antonio Guterres, la decisión “firme e irrevocable” de denunciar el Estatuto de Roma e iniciar su retiro definitivo de la Corte Penal Internacional (CPI), conforme al Artículo 127.
A través de su cuenta en X, Plasencia expresó que “Venezuela considera que la actuación de la Corte responde a un sesgo geográfico demostrado, que ha concentrado su labor de manera desproporcionada en países africanos y latinoamericanos, en detrimento del Sur Global”.
Según el Ministro, dicho patrón revela una justicia internacional que, lejos de aplicarse con equidad, ha sido instrumentalizada para profundizar las desigualdades entre los pueblos y desconocer su derecho a la autodeterminación y a la soberanía.
Por instrucciones de la presidenta encargada @delcyrodriguezv, Venezuela comunicó al secretario general de la ONU,@antonioguterres, su decisión firme e irrevocable de denunciar el Estatuto de Roma e iniciar su retiro definitivo de la CPI, conforme al Artículo 127.
Venezuela…
— Félix Plasencia González (@plasenciafelixr) July 24, 2026
Supuesta salida no afecta la investigación
El abogado Ali Daniels, codirector de Acceso a la Justicia, aclaró que el anuncio del canciller Félix Plasencia sobre la denuncia del Estatuto de Roma no implica la salida inmediata de Venezuela de la Corte Penal Internacional (CPI) ni afecta la investigación abierta por crímenes de lesa humanidad en el caso Venezuela I.
Sobre el anuncio del ministro, Daniels precisó que la denuncia del Estatuto de Roma solo surte efecto un año después de ser consignada formalmente ante el secretario general de Naciones Unidas, quien debe recibir la comunicación oficial.
El abogado recalcó que “Venezuela sigue obligada a cumplir todas las disposiciones del Estatuto, incluida la cooperación con las investigaciones en curso“.
El director de Acceso a la Justicia subrayó que, incluso si la denuncia se formaliza y se cumple el plazo de un año, la investigación Venezuela Ino se detiene.
“Cualquier orden de aprehensión o comparecencia que derive del proceso tiene plena validez legal”, dijo.
Daniels citó como ejemplo el caso del expresidente Rodrigo Duterte quien denunció el Estatuto, pero aun así está siendo juzgado por la CPI. “Es un caso claro en el que la denuncia no tuvo mayor consecuencia”, afirmó.
El abogado lamentó la decisión anunciada por el Gobierno venezolano, y recordó que el país participó en la redacción del Estatuto de Roma y estuvo presente desde su fundación. A su juicio, la salida “no ayuda a fortalecer la justicia internacional”.
Una coincidencia “curiosa”
Para Ali Daniels resulta curioso que la denuncia del Estatuto de Roma por parte del Gobierno venezolano se haga días después de que el Secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, declarase que se el Gobierno norteamericano iniciaría una campaña para “desmantelar” la CPI.
“La CPI representa una amenaza intolerable para la soberanía estadounidense: se arroga la autoridad para procesar e incluso encarcelar a militares y funcionarios que actúan en defensa del interés nacional de Estados Unidos”, afirmó Rubio.
EL secretario acusó a la entidad de librar “una guerra contra su país, no con balas ni misiles, sino con estatutos, pactos y la fuerza de lo que llaman el derecho internacional”.
La campaña del Departamento de Estado plantea prohibir la entrada a Estados Unidos al personal de la CPI y aumentar las sanciones contra sus miembros y las organizaciones afiliadas.
También incluye intensificar la presión sobre los aliados de Washington, especialmente aquellos que “disfrutan de los beneficios del paraguas de seguridad de Estados Unidos”.
La Corte Penal Internacional, que funciona desde 2002, es una institución que juzga crímenes de lesa humanidad y de guerra. La misma está facultada para perseguir a ciudadanos de países ajenos al tribunal cuando delinquen en el territorio de un Estado miembro.
“No es motivo de preocupación”
El periodista Luis Carlos Díaz comentó que la decisión anunciada por el Gobierno venezolano demuestra que “no están dispuestos a colaborar con las investigaciones que el máximo tribunal mantiene sobre Venezuela por crímenes de lesa humanidad”.
Para Díaz, el Gobierno de Delcy Rodríguez se está aprovechando de que Estados Unidos está en contra de la CPI porque no reconoce su autoridad en territorio norteamericano.
“No se van a poder escapar de la autoridad y del alcance de la CPI. Lo único que podría salvar al chavismo es que Estados Unidos sancione y destruya a toda la corte, pero de resto no”, explicó Díaz.
Karim Khan fue destituido
También este viernes, las Naciones Unidas informó que los Estados miembros de la CPI destituyeron a su fiscal, Karim Khan, tras un proceso disciplinario relacionado con acusaciones de conducta sexual inapropiada ampliamente difundidas.
La decisión se tomó por mayoría simple en una votación a puerta cerrada entre los 125 miembros de la Asamblea de los Estados partes.
“La Asamblea ha decidido, por mayoría de 82 Estados Partes, que… el fiscal Karim Kahn cometió una falta grave y un grave incumplimiento de su deber… y que debe ser destituido de su cargo“, anunció el presidente de la Asamblea, haciendo un llamamiento a la dignidad y la privacidad de todos los implicados.
La Asamblea de la CPI se encargará próximamente de elegir a un nuevo fiscal.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.
Un mes después del doble terremoto, centenas de familias continúan durmiendo en carpas, muchas improvisadas, cerca de sus edificios o en espacios públicos, mientras esperan reparaciones, conviven con la incertidumbre y cargan con un miedo que se niega a desaparecer del todo.
En la plaza de toros del Nuevo Circo, de una alcantarilla emana el olor del agua sucia y las moscas sobrevuelan cerca del espacio de los baños. Con el calor del mediodía del miércoles 22 de julio, justo cuando se cumplieron cuatro semanas de los terremotos que fracturaron a Venezuela, el olor a orine se hace más intenso. El ruido tampoco da tregua: vehículos, cornetas, obreros rompiendo paredes y carretillas que descargan escombros de las estructuras que esperan recuperar su estabilidad.
Mientras los damnificados esperan bajo carpas, la reconstrucción avanza unos metros más allá.
Ya pasó un mes del doblete sísmico de magnitudes 7,2 y 7,5 y el Estado contabiliza las ayudas por campamentos, camas, rescatados y familias atendidas. De acuerdo con las autoridades, hasta el 22 de julio se habían establecido 107 refugios, donde permanecían 23.335 personas. Además, se reportaban 17.907 damnificados.
Esas cifras, que cambian a diario en los balances difundidos a través del canal de Telegram del presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, hablan de un aparato logístico que, según el gobierno, garantiza alimentación, atención médica y alojamiento en estadios, escuelas y polideportivos. Sin embargo, los números no alcanzan a explicar lo que ocurre en varios sectores de Caracas, donde centenas de familias continúan viviendo a un costado de los edificios que abandonaron la tarde del 24 de junio por miedo a las réplicas y a la posibilidad de que las estructuras terminen de ceder.
La transición de las viviendas a las aceras fue inmedita y desordenada. La primera noche nadie esperó instrucciones, solo bastó el instinto de sobrevivir para correr escaleras abajo, alejarse de las paredes y buscar un espacio abierto en donde estar más seguro; entonces, las plazas, los estacionamientos y las aceras se convirtieron en dormitorios improvisados. Después llegaron bolsas negras, toldos, carpas y una rutina que se mantiene un mes más tarde.
«Todos corrimos»
Los terremotos sorprendieron a unos dentro de sus apartamentos, a otros camino a casa y algunos lejos del hogar, pero el desenlace fue el mismo: no querer estar dentro de la casa.
Álvaro Alejo, de 60 años de edad, había llegado de trabajar, estaba en la planta baja del urbanismo Ojos de Chávez, ubicado en Nuevo Circo. No le dio tiempo ni de intentar subir a su apartamento porque comenzó a temblar: «Me consiguió esta sorpresa llegando del trabajo. Soy uno de los afectados y aquí me encuentro ahorita; no es un refugio, sino en la plaza de toros del Nuevo Circo», dice y señala la hilera de carpas, instaladas frente a su edificio.
«Aquí estamos esperando que nos resuelvan lo del apartamento para que cada quien agarre para su casa», explica.
Una cuadra más abajo, pero también dentro del espacio de la plaza de toros, Ender Colina recuerda lo que pasó el 24 de junio: «Todos corrimos. El que diga que no corrió con ese terremoto está mintiendo. El más bravo, el más fuerte, el más débil… Todos corrimos».
En la Misión Vivienda Los Cinco Héroes Cubanos ocurrió lo mismo. María Fuentes estaba sola en su apartamento, en el piso dos, cuando empezó el movimiento: «Escuché la alarma, pero ignorante no supe qué era. Cuando me levanté, el terremoto me tumbó. Sentía que me iba a morir. Agarré fue a correr».
Desde esa noche, nadie ha vuelto a dormir dentro del edificio: «Los niños se acostaron sobre cobijas que nos prestaron. Los adultos pasamos la noche dando vueltas, tomando café, fumando cigarros. Así amanecimos». Después comenzaron a llegar carpas donadas, lonas prestadas para improvisar una nueva vida en las aceras.
Esperar volver a la normalidad
Las hileras de carpas forman pequeños pasillos en las inmediaciones de edificaciones que aún dejan ver las fracturas de los terremotos, de fondo el sonido de la reconstrucción no cesa y acompaña a los damnificados, quienes esperan volver a la normalidad en medio del tiempo que para ellos parece correr más lento.
Álvaro Alejo asegura que las autoridades llegaron tarde: «Nos prestaron ayuda tarde, tarde, tarde. Han venido constantemente, pero nada», cuenta mientras señala el edificio donde tiene su hogar resquebrajado.
Específica que las carpas donadas por las autoridades empezaron a llegar justo a la cuarta semana del doblete sísmico y dice que durante ese tiempo han vivido bajo toldos improvisados.
«La comida nos la trae World Central Kitchen. El desayuno y la cena lo trae otra gente, creo que de Pdvsa, y no es la misma calidad. Las carpas empezaron a llegar el lunes (20 de julio). Estábamos en toldos improvisados», detalla en conversación con TalCual.
La vida y rutina de Alejo están suspendidas: tampoco ha podido volver a su empleo porque el edificio en el que labora también sufrió daños: «No exigimos nada. Lo que queremos es que terminen el apartamento para que cada quien agarre para su casa», dice entristecido.
Ender Colina, habitante y vocero del urbanismo Bicentenario III, y quien también está viviendo en carpas en la plaza de toros de Nuevo Circo, tiene una visión distinta de su nueva realidad. Contrario a Alejo, sostiene que desde los primeros días han contando con el apoyo de las autoridades: destaca la presencia de organismos de seguridad en los alrededores, jornadas médicas y de alimentación.
«Tenemos ambulancias las 24 horas, seguridad del Sebin, del Cicpc y de la Policía de Caracas. El gobierno garantiza desayuno, almuerzo y cena», asegura. Explica que a su edificación le han realizado ocho inspecciones por parte de ingenieros, arquitectos y otros especialistas y sostiene que las afectaciones solo son de mampostería «y ya lo están reparando».
Reconoce que en los primeros días tras los sismos «fue precario» en carpas improvisadas y destaca que las autoridades enviaron carpas de cuatro por cinco metros, con colchonetas, almohadas y sábanas.
Colina estima que las reparaciones en las edificaciones pueden tardar entre tres y cuatro meses, por lo que cree que es el mismo tiempo que les queda para vivir en la plaza de toros.
«Volver a empezar no es fácil»
Muchas de estas personas ya habían perdido una casa y ya habían vivido años en refugios. Zuleima Ruiz pasó tres años y dos meses en el refugio Fabricio Ojeda, en Catia, antes de recibir el apartamento donde vivía hasta el 24 de junio: «Jamás pensamos volver a vivir esto», comenta.
Esta mujer de 59 años de edad ahora duerme junto a sus vecinos de la OP-15 (mismo urbanismo Ojos de Chávez) en la plaza de toros. Denuncia que el mayor problema es la escasez de agua: «No tenemos agua y la necesitamos. A veces no hay ni para tomar».
Para asearse tienen la opción de subir por lapsos determinados de tiempo a sus apartamentos: «En la mañana, a mediodía y en la noche, para subir y bajar rápido».
Ruiz afirma que la mayoría de ayuda que han recibido es de particulares «que vienen con donaciones».
Luis Laya, quien residía en una Misión Vivienda en Mare, en La Guaira, pide a la gobernación de la entidad que les mande agua para poder cumplir con la higiene personal: «Agua, agua, agua, por favor, le hago un llamado al gobernador (José Alejandro Terán) para que se aboque a mandarnos camiones cisternas ya».
El damificado, que está en una carpa improvisada, considera que en el espacio están a punto de que se desarrolle una epidemia: «Queremos agua potable para asearnos». Afirma que han recibido ayuda de particulares y de organizaciones nacionales e internacionales.
María Fuentes también vivió cinco años en un refugio después de ser desalojada de la Cota 905 durante una vaguada que afectó su vivienda. El terremoto la llevó de nuevo a la calle: «Con tanto sacrificio que uno arregla su apartamento, volver a empezar no es fácil», admite.
Ella duerme en una acera de la avenida Bolívar dentro de una pequeña carpa que le regalaron. Su esposo pasa las noches sobre una colchoneta en la acera porque los dos no caben en el reducido espacio.
Fuentes vive nerviosa, angustiada: «A mí me da miedo. Prácticamente todo el día estoy sola y me da un miedo horrible. Siento que está temblando, me mareo, es horrible. Cuando llega mi esposo subo al apartamento rápido, cocino y vuelvo a bajar», cuenta.
Entre el calor y las lluvias, las enfermedades se hacen presentes: «Hemos llevado sol, se me moja la carpa cuando llueve: Aquí nos ha dado diarrea, tos, gripe, dolor de cabeza», enumera la vecina de la avenida Bolívar de Caracas.
Fuentes afirma que tras la inspección al urbanismo Los Cinco Héroes Cubanos, les prometieron diez cuadrillas para recuperar la edificación, pero en el espacio apenas se observan unos contados trabajadores que reparan la estructura de arriba hacia abajo, comenzando por el piso nueve, el último.
También lamenta que la atención sea desigual por parte de las autoridades: «Nosotros no hemos recibido ningún tipo de ayuda del gobierno. Gracias a Dios ha llegado bastante gente, hasta el más humilde viene con un termo de café».
No obstante, afirma que con el paso de las semanas las donaciones comenzaron a disminuir: «Hemos recibido comida, pero ya bajó bastante el volumen de las personas que vienen a traer ayuda».
En el campo de golf de Caribe, en La Guaira, Keyli Endrick, habitante de la torre G de la OPP 26, relata que la organización es un caos constante. Aunque han llegado alimentos y medicinas, la distribución falla. «Hay mucho bachaquero ahorita», denuncian ella y otras sobrevivientes. «Personas que vienen de afuera y se llevan lo que nos van a dar a nosotros. A veces nos quedamos sin nada porque se lo dan a los que se van para afuera».
La situación sanitaria es igual de precaria. Los baños son estructuras levantadas por la propia comunidad y voluntarios civiles que han llegado de otros estados, movidos únicamente por la calidad humana. «Si no fuera por ellos, no tendríamos nada», admite Arlemis, mientras lista las carencias: pañales, mosquiteros y artículos de uso personal que, según denuncian, nadie les provee.
A pocos kilómetros de la tragedia que se vive en el campo de golf de Caribe, el panorama en Mare Abajo refleja otra arista del abandono. Aquí, el desalojo de los edificios Mare I y Mare II —declarados inhabitables tras el sismo— no significó el fin de la vinculación con las estructuras, sino el inicio de una peligrosa convivencia con los escombros.
Lilia Mena, a sus 79 años, es la imagen de una resistencia física y mental agotada. Instalada en una carpa grande donde logró acomodar algunos muebles y utensilios rescatados, Mena alterna sus días entre la atención médica de voluntarios internacionales y la incertidumbre de no tener qué llevarse a la boca. «Por lo menos ahorita estoy mejor que cuando dormía frente a la playa, al aire libre», recuerda.
«Pero yo tengo que sobrevivir. A veces la comida que llega aquí me cae mal, mi estómago ya no aguanta. Estoy aquí sentada frente a mi bloque esperando mi respuesta. Sé que de aquí no me van a sacar. Estoy esperando a que me den mi casita, lo que sea, pero me la tienen que dar».
A escasos metros, pero lejos de la «organización» del campamento principal, Osnerbis Pérez, madre de cuatro hijos, sobrevive en un refugio improvisado junto a otros vecinos que optaron por separarse de la masa. La razón es la asfixia del sistema: «No nos damos abasto», comenta. Según Pérez, la ayuda humanitaria ha mermado visiblemente y el agua es un bien de lujo.
El pánico que no se va
Alejandra Pacheco, de diez años de edad, empezó a ver cómo se movía la lámpara. Bajó corriendo las escaleras con las llaves en la mano: «Las escaleras se movían de lado a lado y me caí. Todo el mundo estaba gritando. Yo lloraba porque mi mamá fue a ayudar a una señora y tenía miedo de que le cayera el edificio encima», rememora.
Un mes después del doble terremoto, el movimiento sigue apareciendo en su vida cotidiana: «Cuando no estoy asomada en la ventana me paniqueo. Escucho gritos, pienso que está temblando y me asusto mucho, más cuando me voy a bañar», cuenta la niña, que corre por las aceras mientras juega con otros niños del edificio.
Explica que se baña en el Museo Carlos Cruz-Diez: «Me cepilló allá y cuando voy a hacer pipí, hago allá».
Pacheco sostiene que si pudiera pedir una sola cosa, quisiera «que nos ayuden porque mientras ellos se dan la vida cómoda, nosotros estamos aquí sufriendo. Que arreglen rápido los apartamentos, traigan más trabajadores porque no es fácil».
El Banco Mundial estima en $19.600 millones de dólares los daños físicos directos provocados por los terremotos y advirte que una reconstrucción lenta podría frenar la recuperación económica del país durante la próxima década.
La evaluación, elaborada mediante la metodología Global Rapid Damage Estimation (Grade), concluye que 47% de los daños corresponde a viviendas, con pérdidas valoradas en $9.300 millones, mientras que la infraestructura sufrió daños por $5.200 millones (27%) y los edificios no residenciales por $5.000 millones (26%).
El informe resalta que las zonas más afectadas fueron La Guaira y el Distrito Capital, que concentraron cerca del 47 % del impacto económico total.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.
El dirigente de oposición Edmundo González Urrutia publicó un comunicado a propósito de cumplirse hoy un mes de los devastadores terremotos que sacudieron a la región norte-central el pasado 24 de junio.
A través de su cuenta en X, González Urrutia señaló que durante un mes los venezolanos volvieron a sostenerse unos a otros. Siempre solidaridarios. Vecinos, comunidades, organizaciones, periodistas, iglesias y voluntarios asumieron tareas que correspondían al Estado.
“Esa solidaridad honra al país, pero ya no puede seguir utilizándose para encubrir la orfandad institucional”, recalcó.
Durante este mes, los venezolanos volvieron a sostenerse unos a otros. Siempre solidaridarios. Vecinos, comunidades, organizaciones, periodistas, iglesias y voluntarios asumieron tareas que correspondían al Estado. Esa solidaridad honra al país, pero ya no puede seguir… pic.twitter.com/f5KjcKyJ13
El excandidato presidencial —hoy en el exilio— recordó que la deficiente respuesta estatal no tiene nada que ver con el evento sísmico.
“El progresivo desmantelamiento de las instituciones, la pérdida de capacidades públicas, la opacidad, la corrupción y la indiferencia frente al sufrimiento ciudadano no son consecuencias del terremoto. Ya estaban allí. La tragedia solo las hizo imposibles de ocultar. El mundo ha visto el resultado de casi tres décadas de decisiones políticas”, aseguró.
González Urrutia destacó que quienes ejercen el poder tienen la responsabilidad de responder cuando la población requiere protección o enfrenta una catástrofe.
El líder político resaltó que la reconstrucción del país no solo implica levantar viviendas, hospitales, escuelas y carreteras. A su juicio, también se debe “recuperar un Estado que proteja, responda y nunca vuelva a darle la espalda a su gente”.
Finalmente, expresó que “la reconstrucción de Venezuela comienza por recuperar un Estado al servicio de su gente”.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.
Globos rojos y negros y un Mickey Mouse decoraban ese apartamento en el séptimo piso de Residencias Caribe, en Playa Grande, La Guaira. Dylan corría entre sus primos y vecinos mientras los adultos conversaban y terminaban de recibir a los invitados que iban llegando poco a poco. Cumplía cuatro años, exactamente ese 24 de junio.
En otro conjunto residencial de Playa Grande, una docente regresaba con sus dos hijas después de una jornada de oftalmología a la que acudieron decenas de vecinos, aprovechando el feriado nacional.
A pocos kilómetros de allí, en un Airbnb, en Residencias Oasis Beach, ubicado también en el sector Playa Grande de Catia La Mar, se hospedaba una familia para viajar al día siguiente desde el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar. Yusbeilin Martínez y Luis Sulvarán, junto sus hijos Camilo (13) e Ivanna (8), planeaban llegar a Colombia, donde la niña participaría en una competencia de gimnasia.
Y en muchos otros hogares, solo esperaban disfrutar del partido Brasil-Escocia para cerrar la fase de grupos del Mundial 2026, que durante aquellas semanas concentraba la atención del mundo.
Pero ese día festivo en Venezuela, en el que las comunidades costeras también celebran el Día de San Juan ocurrió lo que tiene al país roto.
A las 6:04 de la tarde, ocurrió el primer terremoto magnitud 7.2 que comenzó a sacudir el centro norte costero del país. Inmediatamente después llegó un segundo movimiento aún más devastador y en apenas segundos, cientos de edificios colapsaron y otros quedaron severamente comprometidos.
Aquella tarde no solo se desplomaron estructuras de concreto. También quedaron interrumpidos cumpleaños infantiles, encuentros familiares, actos escolares, videollamadas, abrazos y proyectos que nunca llegaran a cumplirse. Desde ese entonces, para miles de venezolanos, el tiempo comenzó a medirse de otra manera: antes y después de los terremotos del 24 de junio.
Un mes después de los terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5, el balance oficial continúa aumentando. La cifra de fallecidos asciende a 5.398 personas, de acuerdo con la última cifra que entregó la administración de Delcy Rodríguez y las personas heridas suman 16.740.
Pero mientras se presentan estas cifras, aún no hay datos que cuenten a las personas que permanecen desaparecidas. Sin embargo, la plataforma ciudadana Desaparecidos Terremoto Venezuela, creada por el venezolano Jorge Bastidas, fue desarrollada para ayudar a localizar sobrevivientes y documentar casos sin resolver. En su data hay más de 29.000 personas cuyo paradero aún no ha podido confirmarse.
La fiesta de los niños
Dylan Vásquez nació el 24 de junio de 2022. Desde entonces, sus padres, Dayana López y Wilfred Vásquez, convirtieron esa fecha en una tradición familiar. Como era día libre para la mayoría, el apartamento del séptimo piso de Residencias Caribe, en Playa Grande, se llenaba de niños, primos, abuelos, vecinos y amigos.
Aquella tarde no fue diferente. Había globos, torta, regalos y niños corriendo de un lado a otro del apartamento. Los invitados seguían llegando. Y las fotografías comenzaron a aparecer en los estados de WhatsApp poco después de las cinco de la tarde.
Precisamente son las últimas imágenes que conserva Alejandro Velásquez, quien las vio desde su teléfono mientras trabajaba en Residencias Mar Azul, a pocas cuadras del edificio donde se celebraba el cumpleaños de su sobrino.
Precisamente son las últimas imágenes que conserva Alejandro Velásquez, quien las vio desde su teléfono mientras trabajaba en Residencias Mar Azul, a pocas cuadras del edificio donde se celebraba el cumpleaños de su sobrino.
En el apartamento estaban su madre, Victoria Zambrano, de 65 años; su hermana Dayana López, de 38; su cuñado Wilfred Vásquez, de 39; sus sobrinos Dylan, que ese día cumplía cuatro años, y Diego, de nueve; su expareja Yerlin Hernández, de 46 años; su nieto Massimo Velásquez, de apenas dos años; su sobrina Eyleen Hernández, de 13; los padres de Wilfred, Aneris y Enrique Tovar, de 64 y 80 años, respectivamente; el hermano de su cuñado, Wilner Vásquez, de 36 años; además de seis niños invitados y varios vecinos.
No todos los familiares alcanzaron a llegar. Algunos desistieron por la lluvia. Otros tenían malestar o permanecían trabajando. «Esa fue la diferencia entre la vida y la muerte», dice Alejandro.
Su hermana era el centro de aquellas reuniones. «Dayana era la que unía a toda la familia. Siempre hacíamos las fiestas en su apartamento o nos reuníamos donde un tío, en Macuto, para aprovechar las piscinas o la playa”.
La celebración transcurría con normalidad. El cumpleaños apenas comenzaba. Pero a las 6:04 de la tarde, el primer terremoto sacudió La Guaira.
Alejandro cuenta que justo en ese momento su hijo menor, Eduard Velásquez, conversaba por videollamada con su madre, Yerlin Hernández, quien participaba en la celebración.
«Mi hijo hablaba con su mamá por videollamada. Mi nieto estaba brincando en la fiesta… y de repente se cayó la llamada”.
No hubo tiempo para volver a marcar. La señal telefónica desapareció casi de inmediato. Durante varios minutos nadie supo qué había ocurrido.
Las fotografías publicadas horas antes se convirtieron, sin que nadie lo imaginara, en el último recuerdo de una tarde que parecía destinada únicamente a celebrar la vida.
Veinticuatro días entre los escombros
Cuando Alejandro llegó a Residencias Caribe ya no existía el edificio que conocía. Las torres habían colapsado. Lo que durante años fue un conjunto residencial de doce pisos era ahora una montaña de concreto, hierro retorcido y polvo.
No esperó instrucciones. Comenzó a buscar. Durante 24 días permaneció entre los escombros junto a rescatistas, voluntarios, mineros y vecinos que llegaron desde distintas regiones del país.
En ese tiempo dejó de ser únicamente un familiar desesperado. También ayudó a otras personas a encontrar a los suyos.
«Yo ayudé la misma noche del 24 de junio a sacar con vida a tres personas de la torre A.»
Con el paso de los días comprendió que aquella búsqueda sería mucho más larga de lo que cualquiera imaginaba. Solo recuerda haber visto salir con vida a esas tres personas que se encontraban en los pisos superiores del edificio.
Después comenzaron las jornadas para romper placas de concreto. Los equipos especializados eran insuficientes. Muchos de los trabajos se realizaron con herramientas prestadas y el apoyo de grupos de mineros que llegaron para colaborar.
«Recuperamos a todos los que estaban en el apartamento. Después seguimos ayudando a otras familias a sacar a sus seres queridos.»
Hoy todavía permanece vinculado a quienes conoció durante aquellas semanas. «Todos los muchachos y mineros que ayudaron en la búsqueda de nuestros familiares, después de 24 días de sudor, lágrimas, apoyo y hasta risas para darnos fuerza, más que amigos son mis nuevos hermanos. Dios me los puso en el camino».
Aunque logró recuperar a todos los integrantes de su familia que estaban en el apartamento, asegura que la tragedia continúa para muchas otras personas.
En las cuatro torres de Residencias Caribe aún hay familias que esperan respuestas.
«Hay muchas personas que siguen atrapadas. Todavía hay gente buscando”, dice.
Por eso decidió donar las herramientas, guantes, bolsas para cadáveres, alcohol y otros insumos que utilizó durante las labores de rescate para que quienes continúan removiendo escombros puedan seguir trabajando.
«Lo que más necesitan son plantas eléctricas y gasolina para usar los martillos y los esmeriles.»
La búsqueda entre cuatro torres en Luisa Cáceres de Arismendi
Un mes después de los terremotos, Robinson Hernández sigue sin poder responder una pregunta que parece sencilla: ¿dónde estaban exactamente su hija y su expareja cuando la tierra comenzó a temblar?
No hay una respuesta definitiva. Solo versiones y cuatro torres de concreto convertidas en una montaña de escombros.
El conjunto residencial Luisa Cáceres de Arismendi, en Playa Grande, estaba conformado por las torres A, B, C y D. Cada una sufrió daños distintos aquella tarde del 24.
La torre A se hundió desde la planta baja y el primer piso. Las placas de concreto quedaron comprimidas unas sobre otras. En la torre B cedieron dos niveles. La torre C sufrió el colapso más severo. En su planta baja se desarrollaba una jornada gratuita de oftalmología que había reunido a decenas de vecinos de la urbanización.
Fue precisamente allí donde comenzó la incertidumbre. Algunos residentes aseguran que Dayana Desiree Golindano Puchete, de 48 años, acudió aquella tarde para revisarse la vista. Otros sostienen que ya había regresado al apartamento 05 del quinto piso de la torre A, junto a sus hijas, Alejandra del Carmen Hernández Golindano, de 11 años, y Shantall Vargas, de 7.
Hasta hoy nadie ha podido establecer con certeza dónde las sorprendieron los terremotos.
«Desde hacía tiempo ella quería revisarse porque se quejaba de dolores de cabeza. Yo le decía que saliera de dudas y se examinara la vista. Por casualidad, esa jornada se hizo precisamente ese día», cuenta Robinson.
Una madre que nunca dejaba solas a sus hijas
Dayana era docente de Educación Inicial en un plantel cercano a su edificio en Playa Grande. Su rutina giraba alrededor de sus dos hijas.
«A donde iba, ellas iban con ella», recuerda Robinson. Solo Alejandra, por ser hija de ambos, podía quedarse ocasionalmente con él, pero la mayor parte del tiempo las tres estaban juntas.
Quienes las conocían las recuerdan caminando de la mano, entrando y saliendo del colegio, haciendo compras o asistiendo a actividades escolares. Eran inseparables.
Alejandra estaba a pocos días de cerrar una etapa importante de su vida. El primero de agosto cumpliría 12 años y también se graduaría de sexto grado.
Su padre ya había comprado la ropa para el acto de promoción, y habían pagado su paquete de grado.
«Ya teníamos todo listo para su promoción. Ella estaba muy emocionada porque iba a pasar a primer año”, la recuerda y dice que Alejandra era una estudiante destacada. «Era la más pequeñita de su salón, pero tenía una inteligencia impresionante”.
Esa semana habían acordado que Alejandra usaría menos el teléfono porque estaba presentando sus exámenes finales. Después vendrían las vacaciones y un paseo con sus compañeros.
«Le habían prometido salir a comer hamburguesas para celebrar que todos habían pasado de grado”. Ese plan no pudo cumplirse.
«Parecía que hubiera caído una bomba»
Cuando comenzaron los terremotos Robinson estaba en su residencia en Los Teques, Miranda, lejos de Playa Grande.
Al principio pensó que había sido un movimiento fuerte, como tantos otros. Solo una hora después comprendió la dimensión de lo ocurrido, y empezó a llamar una y otra vez al teléfono de Alejandra, pero nunca respondió. La red telefónica había colapsado.
En la madrugada llegó a La Guaira. Lo que encontró aún le cuesta describirlo. «Parecía que hubiera habido una guerra. Como si hubiera caído una bomba que acabó con todo.»
Desde el día siguiente regresó una y otra vez al conjunto residencial. Durante más de quince días recorrió el lugar con la esperanza de obtener una respuesta. Un mes después continúa haciéndolo.
Mientras una máquina remueve escombros en la torre B, él espera que las labores puedan avanzar hacia las otras estructuras.
«Todos queremos recuperar a nuestros seres queridos”. La frase no habla únicamente de su familia. Habla también de decenas de personas que siguen llegando cada mañana al perímetro del edificio. Algunos llevan fotografías, otros permanecen en silencio, pero todos esperan. Es un duelo suspendido.
A diferencia de otras familias que pudieron despedirse de sus seres queridos, Robinson aún vive en un duelo detenido por la incertidumbre. No se sabe si Dayana y las niñas lograron regresar al apartamento.
Imágenes que acompañarán para siempre
Un mes después, las máquinas continúan removiendo concreto en algunos sectores mientras decenas de familias esperan noticias de quienes nunca regresaron a casa. En otras zonas ya no quedan equipos de rescate. Solo hay escombros, recuerdos y familiares y vecinos que, al pasar frente a lo que antes fueron edificios, bajan la voz casi por instinto.
Para muchos, el duelo comenzó con una despedida. Para otros, sigue suspendido en la incertidumbre.
Durante semanas, voluntarios y rescatistas han caminado sobre montañas de concreto buscando señales de vida. Muchos dicen que aprendieron a reconocer el silencio de los edificios colapsados. También aseguran que hay imágenes que los acompañarán para siempre.
Uno de los integrantes de la misión argentina recuerda que del apartamento de la fiesta de Dylan, encontraron a dos hermanitas abrazadas bajo los escombros. Para quienes participaron en las labores de rescate, aquella escena no solo reflejaba la violencia del colapso, sino también el vínculo que las unía. Entre toneladas de concreto, aquel abrazo permanecía intacto.
Historias como esa comenzaron a repetirse entre quienes trabajaron durante días y noches sin descanso. Familias enteras encontradas juntas. Padres junto a sus hijos. Vecinos que intentaron ayudar a otros antes del derrumbe. Personas que habían decidido quedarse en casa porque era feriado. Otras que estaban de visita. Y otras que simplemente esperaban que terminara el día para continuar al siguiente con su rutina, en las labores de casa, en los trabajos o en las escuelas. Pero ese día, 24 de junio, hace exactamente un mes, todo terminó en tragedia.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.
El suelo no avisa cuando decide tragarse la historia de una vida entera. A las 6:04 pm del 24 de junio, la tierra en La Guaira no solo tembló: rugió como un trueno subterráneo que reventó los cimientos del estado y dejó el tiempo suspendido en una nube de polvo blanco.
Mientras yo, sentado en la mesa de la sala en el cerro Las Lluvias, sentía que las paredes de la casa se volvían de gelatina y abrazaba a mi madre rezando para que el techo no nos sepultara, a kilómetros de distancia, en la carretera hacia Los Caracas, mis tíos Marciano y Flor sentían el golpe seco en el carro, creyendo que los cuatro cauchos se habían reventado a la vez, antes de ver cómo los árboles y la montaña entera se desprendían sobre la vía.
Fue el mismo momento en el que Jesús, mi hermano menor, se quedaba mudo y paralizado en la cocina de mi abuela -en la casa de abajo-, intentando entender un sismo que jamás había sentido. Fue el mismo momento en el que -al oeste, en el urbanismo Hugo Chávez- Osmerlys Pérez y sus hijos tomaban la decisión más desesperada de sus vidas: lanzarse al vacío desde un segundo piso mientras el edificio entero se desplomaba a sus espaldas.
Esa es la radiografía de un minuto trágico fragmentado en mil pedazos. Un rompecabezas de terror simultáneo donde cada quien vivió su propio apocalipsis a la misma hora.
En mi casa, ubicada en la parte media del cerro, el día había transcurrido pesado. Desde la madrugada llovía con furia, con truenos tan violentos que presagiaban algo oscuro. Yo pasé las horas trabajando «desde casa», escribiendo y editando entre la mesa y la ventana que da hacia el puerto. Tenía un mono gris puesto, estaba sin camisa y descalzo. A las 6:04 pm, el aire se detuvo antes del estruendo.
—Mamá, está temblando —alcancé a advertir. Ella, que revisaba el teléfono en la cama, intentó incorporarse pero cayó de golpe. Cuando logró salir a la sala, la tierra ya rugía con una violencia desmedida. Quedó paralizada, con los ojos abiertos por el pánico, y comenzó a orar con desesperación. La arrastré hasta el marco de la puerta del cuarto, bajo una columna, y nos abrazamos con tanta fuerza que los huesos dolían.
Mientras nosotros nos tambaleábamos y veíamos la casa de al lado mecerse como si fuera de papel, a kilómetros de allí, Marciano y Flor vivían su propia pesadilla sobre el asfalto. El carro se sacudió violentamente; ellos creían que era una falla mecánica, pero al rodar unos metros más y ver el retrovisor, entendieron el horror: la vegetación se venía abajo y la vía colapsaba. El pánico los obligó a dejar el vehículo abandonado en medio de la nada para correr hacia Caribe, sin saber que al llegar al edificio OPP 27 se encontrarían con un solar vacío. El lugar ya no existía.
En mi casa el evento se vivía en capas. El piso se movía de forma horizontal al principio para luego volverse un remolino circular que amenazaba con partir la estructura en dos. Yo pensaba en la casa de arriba y de atrás, temiendo que se viniera abajo sobre nosotros, o que nuestra placa cediera y cayéramos directo a la casa de mi abuela. A través de la ventana podía ver la vivienda de al lado: se mecía exactamente igual, como si fuera de papel.
Fue un momento eterno. No sé cuánto duró; conté cinco segundos, pero la desesperación disolvió la noción del tiempo. Mientras más fuerte sacudía el sismo, más aterrador era el sonido de la tierra desgarrándose. Tenía los ojos anegados en lágrimas, abrazado a mi madre, gritándole a papá —que dormía— que se levantara, mientras nuestra perra se escondía aterrorizada bajo un mueble.
En medio del caos, mi mamá comenzó a gritar el nombre de mi hermano menor. Minutos antes había bajado a la casa de abajo para llenar unos envases con el agua que apenas llegaba. Ella quería salir corriendo, pero el cuerpo no le respondía. Yo quería grabar el momento con el teléfono, pero era imposible: mis manos temblaban de puro pánico, sacudidas por la misma furia de la tierra.
Un pipote de agua recién llenado se cayó en la entrada y bloqueó la puerta, una prueba física de la potencia brutal del sismo. Con cautela, me acerqué, levanté el pipote como pude y eché un vistazo hacia el cerro. A las 6:10 pm escribí «terremoto» en los grupos de trabajo y pregunté «¿están bien?» en el chat familiar. Después de eso, el silencio: la luz se fue por más de 24 horas y la señal telefónica desapareció por tres días.
Me vestí rápido, tomé el celular y bajé a la casa de mi abuela. Mi hermano estaba bien; me contó que le pasó lo mismo, estupefacto en la entrada de la cocina. Él jamás en su vida había sentido un temblor. Mi abuela, en cambio, lo vivió con otra perspectiva: ya había sobrevivido al devastador terremoto de 1967. Había replicado, sin saberlo, la imagen de mi mamá y de mí: mi tío la abrazó fortísimo. Estaba tranquila. Ella decía que no sintió el movimiento en sí, sino el estruendoso rugido del techo del anexo de la casa grande.
Regresé a nuestra platabanda para mirar el horizonte. No entendía la magnitud, pero a lo lejos vi una densa nube de polvo levantándose sobre la ciudad.
Salimos a la calle. Me puse ropa negra y decidí caminar para ver qué había pasado. Llovía de nuevo. La gente se agolpaba en las vías, huyendo despavorida de las estructuras de concreto. Vi paredes derribadas, postes eléctricos caídos y la fachada de una iglesia destruida entre Pariata, 10 de Marzo y Maiquetía. En mi ingenuidad de centralista, creí que esos daños «no tan fatales» eran lo peor. No cabía en mi cabeza la devastación absoluta que en ese preciso instante arrasaba con el este y el oeste del estado.
Las horas pasaban con lentitud angustiosa. Nadie podía comunicarse. Se escuchaban algunas sirenas lejanas, totalmente insuficientes para el tamaño de la catástrofe que flotaba en el aire. A las 8:30 pm cayó la noche y, con ella, la llegada de «La negra», una de nuestras primas, que apareció con los ojos hinchados de tanto llorar. «Catia la Mar desapareció», soltó entre sollozos. La frase nos dejó secos, pensando en la enorme red de familiares que tenemos regada por toda esa zona. «Playa Grande se derrumbó», «Mare quedó destruido».
El miedo nos paralizó y tomamos una decisión urgente: dividirnos para buscar a los nuestros.
Mientras Eladio caminaba hacia Súma cruzando la devastación y encontraba a la familia de Osmerlys entre los heridos del urbanismo Hugo Chávez, «La Negra» y yo caminábamos en simultáneo hacia Mare buscando a Osnerbis. Avanzábamos en absoluta oscuridad pasadas las 8:30 pm, saltando grietas gigantescas en la carretera costera que parecían abiertas por las garras de un monstruo. Llegamos a la zona habitada de Mare Abajo.
La oscuridad ocultaba parcialmente la escena dantesca: la escuela local colapsada hacia adentro, casas inclinadas y destruidas, y los edificios en pie pero con las fachadas vaciadas como si hubieran sido alcanzados por bombas. No había gente en las calles; el silencio era espeso. No los encontramos en sus hogares porque la comunidad se había trasladado al polideportivo buscando refugio, nos conseguimos tras horas de angustia ciega. El primer abrazo fue un bálsamo.
Casi al mismo tiempo, las noticias del este nos golpeaban con la misma fuerza. Una tía llegó en moto desde Mamo y nos soltó otra bofetada: «Caribe está destruido. Tu tío Marciano lo perdió todo, pero está bien». Se salvaron de milagro porque celebraban el Día de San Juan y habían llegado minutos después del sismo. Su esposa relató la odisea: iban llegando a Los Caracas cuando sintieron el golpe seco en los cauchos, vieron un árbol colapsar y la vegetación venirse abajo. Tardaron 40 minutos en recorrer el tramo entre Naiguatá y Tanaguarenas, bloqueados por humo y fuego, antes de dejar el carro abandonado en un bosque y correr hacia un Caribe que ya no existía.
Al día siguiente, el amanecer no trajo alivio, sino más caminos por andar.
Eladio, mi hermano Roger y yo volvimos a caminar hacia el oeste, a Catia La Mar para dar con el paradero de nuestra hermana Rohelyn. Por fortuna, la encontramos a salvo en el sector Santa Eduvigis. Yo intentaba reportear, tomar notas y hacer fotos con la mente partida, intentando mantener la objetividad periodística mientras el corazón me latía en la garganta buscando al resto de la familia. Con los días, el rompecabezas del horror sumó otra pieza dolorosa: nos enteramos de que otra tía, esposa de un tío, había quedado tapiada. Su cuerpo sin vida aparecería 11 días después bajo los escombros.
Hoy, a semanas de aquel 24 de junio, cuando recorro los refugios improvisados en el campo de golf de Caribe o las carpas de Mare Abajo y veo a la gente negándose a abandonar las ruinas, entiendo que nosotros tampoco nos hemos movido de ese día. El sismo duró solo unos segundos, pero el estruendo de la tierra sigue resonando en cada esquina de La Guaira, recordándonos que hay sismos que nunca terminan de sacudirnos por dentro.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.
Nunca he sido entusiasta de los juegos de cartas, ni de los juegos de azar en general. No obstante, hay una expresión anglosajona proveniente de ese mundo que se me ha venido mucho a la cabeza desde el mes pasado: wild card. Se trata de un naipe de la baraja que puede hacer las veces de cualquier otro. El que tiene esa facultad proteica por lo general es el comodín. Pero otras cartas también pueden tenerla, dependiendo de las reglas del juego. En fin, lo que ha hecho que la expresión se cuele en mis pensamientos es su uso metafórico en la lengua inglesa. Según tal acepción, la “carta salvaje” alude a un factor sobrevenido en un conjunto dado de factores (lo que Deleuze y Guattari llaman “agenciamiento”) y del que no se sabe qué esperar.
¿Y por qué se me viene todo eso a la cabeza? Pues porque pudiéramos decir que el nuevo factor dominante en la política venezolana, que no es otro que el gobierno de Estados Unidos, introdujo una wild card en el “nuevo momento político”. Toda carta debe tener una imagen. En esta aparece el rostro de Dinorah Figuera. La razón por la que Figuera es una wild card no es tanto que su colocación sobre esta mesa lúdica haya sido inesperada. Desde hace unos meses se podía sospechar que Washington se traía algo entre manos que la involucraba, luego de una reunión que ella sostuvo con Michael Kozak, alto funcionario del Departamento de Estado. No. Es una wild card porque, una vez en la mesa, no está muy claro qué papel va a desempeñar.
Para empezar, muy probablemente el nombre de Dinorah Figuera dice poco o nada a millones de venezolanos, incluyendo a la inmensa mayoría del país ávida de cambio político. No es una dirigente con ambiciones de liderazgo nacional. Nunca lo ha sido. Militante de Primero Justicia, el punto más alto de su trayectoria ha sido una curul en la Asamblea Nacional electa en 2015. Luego de que finalizara el período constitucional de la misma en enero de 2021, este organismo, alegando que no tenía otra opción por ser la última institución con legitimidad de origen en Venezuela, y que, además, era la custodia de activos de la República en el extranjero que gobiernos aliados de la oposición venezolana quitaron al control de Miraflores; por todo esto, digo, empezó a prolongar su vigencia durante un tiempo indefinido.
Entre la dispersión de muchos de sus integrantes por un exilio al que los forzó la persecución por la elite gobernante venezolana y el desinterés de otros en seguir siendo parte, eventualmente ese parlamento quedó reducido a una “comisión delegada” que ha tenido a Figuera como presidente por varios años ya. Mientras tanto, el ente, visto cada vez más como una entelequia inútil por las masas venezolanas, fue cayendo en el olvido. Quienes se acordaban de su existencia, por lo general lo hacían con sumo desdén por considerar que estaba administrando recursos públicos de forma opaca.
Tuve que echar todo este cuento largo, retorcido y tortuoso, reflejo de lo infernal que se volvió la política venezolana en la última década y media, para que se entienda por qué, cuando de pronto Washington decidió impulsar negociaciones de transición política entre Miraflores y la AN de 2015, con Figuera como rostro visible de la parte opositora, la reacción de tantos ciudadanos venezolanos comunes fue de sorpresa y confusión. Dado que Figuera no cuenta con representatividad entre las masas de la base opositora, lo que muchos se preguntaron, y se siguen preguntando, es cuál será su relación con aquella dirigencia que sí cuenta con tal representatividad. Es decir, con María Corina Machado y sus aliados.
Acá vale la pena detenerse un poco en las posiciones de Figuera durante el ascenso de Machado hasta el liderazgo opositor. Como militante de PJ, la respaldó luego de que ganara la primaria 2023. Siguió en el partido cuando se fracturó, precisamente porque una parte minoritaria, encabezada por Henrique Capriles, decidió romper con Machado y participar en las últimas “elecciones” parlamentarias, regionales y municipales. Cuando Machado ganó el Nobel de la Paz, Figuera lo celebró en sus redes sociales, refiriéndose a ella explícitamente como líder de la oposición. También estuvo presente en al menos una de las ceremonias por el galardón, codeándose con figuras tan cercanas a Machado como su asesora Magalli Meda.
A partir de todo esto, pudo alguien pensar, cuando Figuera regresó brevemente a Venezuela para entrevistarse con Jorge Rodríguez, que la presidente de la comisión delegada de la AN estaría fungiendo como representante de Machado. Pero hechos, omisiones e informaciones posteriores indican que no es así. En primer lugar, la propia Figuera no ha hecho nada por transmitir tal cosa, ni siquiera con equívocos. Que se sepa, no ha hablado con Machado desde entonces. En entrevistas, reafirmó su reconocimiento de Machado como líder de la oposición. Pero eso no implica que ambas mujeres estén en sintonía. Mi colega periodista Alejandro Hernández, desde el portal La Gran Aldea, ha reportado varias reuniones entre partidos de la Plataforma Unitaria para tratar de hacerse una idea compartida sobre las gestiones de Figuera y qué hacer al respecto. Las mismas han producido en general pocos avances.
Con quien Figuera sí parece estar perfectamente alineada es con el Departamento de Estado, que le ha expresado total apoyo en esta nueva misión. El propio Marco Rubio replicó uno de sus mensajes en la materia. Pero a estas alturas eso no brinda garantías a nadie, excepto a quienes depositan mayor fe ciega en el papel de Washington como garante de la transición en Venezuela. Porque el estatus actual de las relaciones entre Machado y el gobierno de Trump están bien lejos de ser claras.
Como se discutió en la última emisión de esta columna, varios reportes de prensa han expresado que, según fuentes del gobierno estadounidense, la relación de ha deteriorado porque Machado insiste en regresar a Venezuela de inmediato, pero la Casa Blanca preferiría que no lo hiciera, por considerar que ello podría desestabilizar sus planes gradualistas para nuestro país. El propio Trump luego reafirmó que siente afinidad por Machado, y funcionarios de su gobierno desmintieron que se hayan opuesto a su retorno. Pero, por otro lado, Washington no ha dado ninguna señal de que está dispuesto a echarle una mano con eso, lo cual no es una nimiedad. Si nos sinceramos, solo EE. UU. puede garantizar que Machado no sufrirá represalias en un hipotético regreso a Venezuela.
Entonces… ¿Qué se proponen los norteamericanos con la wild card Dinorah Figuera, en esta mesa de Blackjack? Tal vez lo que quieran es empezar el proceso de arquitectura institucional para la Venezuela futura, con un rostro que les permita decir que la oposición, además de la elite gobernante post Maduro, está participando. Si Figuera funge además como puente con el liderazgo de la oposición mayoritaria y busca su eventual incorporación a la mesa de diálogo forjador de instituciones, en el marco de un plan gradualista de Washington que lleve a la aceptación por la elite gobernante venezolana de Machado como líder legítima de la oposición y aspirante al poder por vías democráticas, pues ello sería lo más cercano al final feliz que las masas venezolanas desean. Si, por el contrario, la oposición mayoritaria es excluida del diálogo en el largo plazo y Figuera es solo una ficha para simular participación opositora en un proceso decidido exclusivamente por la Casa Blanca y Miraflores, muy a duras penas cabe esperar que el producto final deje a la mayoría de la población conforme. Hasta Capriles, quien como ya vimos se distanció de Machado, lo ha reconocido. La propia Figuera parece reconocerlo también, cuando identifica a Machado como líder de la oposición. Pero no olvidemos que, en un juego de cartas, a veces los jugadores quieren aparentar pensamientos que no son realmente los que tienen en la cabeza.
Horas después del doblete sísmico de San Juan, las imágenes aéreas de La Guaira daban cuenta de la ruina y la desolación. En tierra, se encaraba la tragedia con miles de personas excavando entre los escombros, intentando salvar a los suyos de la muerte apenas con sus manos desnudas. Pero debajo de los suelos, quizás, estaban algunas de las respuestas que tantos buscaban a la desgracia.
La tragedia hace que se busquen similitudes. Si se traza una línea por encima del Ávila entre Caraballeda, en La Guaira, y Los Palos Grandes, en Caracas, el resultado será una recta vertical. Ambos sectores, en diferentes estados, solo están separados por el gran cerro capitalino. Por eso, no es casual que los dos estén entre los lugares más afectados por los terremotos de San Juan del pasado 24 de junio. Comparten un suelo parecido.
“Son dos zonas con comportamiento sísmico muy similar porque tienen un gran espesor de sedimentos proveniente del mismo origen, es la misma montaña que descarga hacia el sur, hacia Caracas, o descarga hacia el norte, hacia Caraballeda y Macuto”, afirmó el ingeniero civil especializado en geotécnica, César Disilvestro.
Como dijo el experto, los suelos de Los Palos Grandes y Caraballeda están constituidos por cientos de metros de sedimentos que se han acumulado durante siglos. El cerro Ávila, el coloso que custodia el norte de Caracas y el sur de La Guaira, ha provocado este fenómeno por la erosión. Mediciones geotécnicas apuntan que en Caraballeda hay más de 400 metros de sedimentos antes de llegar a la roca sólida. En Los Palos Grandes se calculan unos 300 metros de profundidad. Esa gran capa obliga a que las bases de las construcciones tengan algunas características distintas a las que se erigen en otras superficies.
“Con un espesor grande de sedimentos, en caso de un sismo, ese suelo actúa como un lente y amplifica la magnitud de la onda. Los efectos del sismo se sienten más en este tipo de suelo que sobre la roca. La roca más bien disminuye la amplitud y tiende a atenuar el movimiento”, indicó Disilvestro.
Aunque los sismos del 24 de junio pasado hayan tenido la misma magnitud (7.2 y 7.5) y duración (39 segundos) en todo el país, se sintió diferente en sectores que estaban uno al lado del otro. En conversación con Runrun.es, el ingeniero recordó que una de las formas de medir un terremoto es la intensidad, que es la manera en la que se percibe el movimiento en distintos sitios.
“La intensidad no es la misma para el mismo terremoto y depende de la distancia del epicentro o la característica del suelo en el sector a donde está llegando la onda sismo”, recalcó. Por eso, durante el doblete sísmico de San Juan, quienes estaban en Los Palos Grandes, Caraballeda y otras zonas de La Guaira sintieron más cómo se estremeció el terreno bajo las capas de sedimento que los soportaban.
Tierra de abanicos aluviales
En el mapa del estado La Guaira, entre Catia La Mar y Tanaguarena, cada uno de los asentamientos poblacionales de la franja costera está sobre costas redondeadas o, en palabras de José Luis López, profesor-investigador del Instituto de Mecánica de Fluidos de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Central de Venezuela (UCV) e individuo de número de la Academia Nacional de la Ingeniería y el Hábitat, sobre “protuberancias”.
La forma de estos sitios se debe a que son zonas de deposición de sedimentos que desde hace miles de años la montaña descarga hacia el mar. La ciencia las define como conos o abanicos aluviales, por la manera en la que se abren al océano, explicó a Runrun.es el experto.
López señaló que, cuando la carga sólida de sedimentos –compuesta por arena, grava y hasta peñones– sale de la parte alta de la montaña y corre hacia abajo a través de torrentes y ríos, en ocasiones obstruye el cauce y abre otro más para poder seguir hasta llegar a la costa.
El ingeniero hidráulico expuso que, cuando ocurrieron los deslaves de Vargas en 1999, se depositaron entre dos y tres metros de altura de sedimentos en estos abanicos. Miles de personas murieron enterradas bajo el barro, las piedras y las rocas enormes que se desprendieron del Ávila y arrasaron con viviendas, escuelas, centros de salud, vehículos, sitios patrimoniales y desdibujaron las postales del Litoral Central.
La cantidad de desaparecidos por la tragedia de Vargas aun es incierta. Foto: Web Costa de Venezuela
López apuntó que estos sedimentos fueron removidos “casi en su totalidad” cuando se hicieron las labores de recuperación. Aunque la tragedia cambió la línea de costa, no modificó sustancialmente el suelo de La Guaira. Eso, sin embargo, no es lo que ha sucedido con otros aludes torrenciales.
En este escrito también lanzó una advertencia que hoy cobra más sentido en medio de la vulnerabilidad. “Los asentamientos urbanos han usurpado el territorio del río ocupando las gargantas y abanicos aluviales de los cursos torrenciales que drenan el macizo Ávila. Las altas pendientes de la montaña y los efectos de la actividad sísmica, que resquebrajan las laderas de los cerros, aumentan la fragilidad de la región”, se lee en el documento.
“Esto facilita al ingeniero estructural diseñar adecuadamente las edificaciones a fin de soportar satisfactoriamente un terremoto, así como implementar las normas convenientes y regulatorias del ejercicio profesional”, señaló el ingeniero civil Fernando Méndez, al ser consultado sobre este estudio.
Una de las informaciones clave derivadas del estudio es que, debajo de todas las capas de sedimentos, La Guaira tiene un “basamento rocoso” (roca sólida) que no es plano, sino que tiene una inclinación de entre 17 y 21 grados hacia el mar. Así se pudo saber que en el pueblo de La Guaira este basamento está a 180 metros de profundidad, mientras que en Macuto, específicamente en Punta El Cojo, está a 290 metros. Al este de Caraballeda, en cambio, está a 450 metros de profundidad.
No todos los sedimentos son iguales. El estudio determinó que estos se componen de tres capas distintas: una de sedimentos sueltos, otra de sedimentos más compactados (aluvión) y, finalmente, la roca sedimentaria, que es la que se encuentra antes de llegar a la roca sólida.
Pese a los sedimentos, los suelos son firmes. Los autores estudiaron su dureza y descubrieron que, aunque es muy húmeda por dentro, la tierra es bastante compacta y presenta características distintas en cada zona.
Por ejemplo, entre Macuto y Quebrada Seca, el suelo se define como duro o denso, es decir, bastante firme. Mientras, en el cono de Caraballeda y parte de Quebrada Seca, el suelo es muy duro o muy denso. Allí, la tierra está todavía más apretada y segura.
A lo largo de la franja costera, en dirección a la montaña, hay roca blanda, lo que significa que ya se empieza a tocar piedra sólida.
El suelo que se tragó edificios
Hay otros elementos que ayudan a comprender cómo estos suelos sedimentarios se comportan cuando la tierra se sacude con tanta fuerza. Y que son también los que explican por qué hay tantos edificios que se hundieron parcialmente, como si el terreno se hubiese tragado sus primeros niveles.
Uno de estos factores es la cantidad de agua subterránea (nivel freático) de estos suelos. La investigación reveló que en La Guaira el agua está bastante cerca de la superficie, apenas a una profundidad de entre 5 y 10 metros, y esto se debe a la cercanía de la costa, pero también a la de las quebradas y torrentes que bajan de la montaña. Debajo de esto, el terreno se compone de “sedimentos saturados”: allí, la tierra está completamente empapada, como una esponja llena de agua.
El otro elemento que ayuda a comprender el fenómeno de los edificios hundidos es el “período fundamental de vibración”, que es el tiempo de oscilación del suelo cuando tiembla.
Para explicar este factor, los expertos suelen citar el ejemplo de un plato de gelatina. Cuando este se sacude, la gelatina tarda un tiempo específico en ir y volver (oscilar). Los suelos también hacen esto cuando tiembla y, en algunos sectores de La Guaira este tiempo fue de casi dos segundos.
En Macuto, ese tiempo de oscilación va entre 0,9 y 1,5 segundos. En El Cojo, hacia los conos de Macuto y Camurí Chico, la medición registró entre 0,1 y 0,6 segundos.
En Tanaguarena, ese período está entre 0,3 y 0,6 segundos, mientras que en su zona costera va entre 0,9 y 1,2 segundos.
En Caraballeda también se midieron dos sectores: entre Punta Caraballeda y Quebrada Seca, está entre 0,6–1,2 segundos. El tiempo es significativamente mayor en Punta Caribe, donde la oscilación está entre 1,5 y 1,8 segundos.
Estas diferencias se deben a que la capa de tierra suelta, arena y sedimentos acumulados sobre la roca firme es sumamente gruesa. Esta es la muestra de que, cuando hay tanta tierra blanda acumulada encima de la roca, el suelo vibra de una manera que puede amplificar las ondas de un terremoto.
Cuando la vibración de la superficie se combina con sedimentos sueltos y un alto nivel freático se produce el fenómeno de licuefacción del suelo, el mismo que hizo posible que los terrenos arenosos y saturados de agua perdieran su firmeza, que se volvieran arenas movedizas y que decenas de edificios en La Guaira se hundieran, colapsaran y agravaran la devastación.
Lo que propone la ingeniería
Disilvestro comentó que, aunque para cada edificación se hace un estudio de suelo individual, el informe de 2002 es útil tanto para ingenieros geotécnicos (que trabajan directamente con el comportamiento de suelos y rocas) como estructurales (quienes calculan y diseñan el “esqueleto” de las construcciones).
Los geotécnicos trabajan, principalmente, con la información relacionada con los primeros 30 metros del subsuelo, ya que ese es el estrato donde se apoyan las estructuras que sirven de base a las edificaciones.
Sin embargo, el experto detalló que la normativa que rige el diseño de estructuras sismorresistentes (Norma Venezolana para Construcciones Sismorresistentes Covenin 1756-1:2019) exige que todos los estudios geotécnicos contengan la caracterización del riesgo geológico, las propiedades de los terrenos de fundación y nivel freático, la clasificación del perfil geotécnico y el análisis potencial de licuación u otros factores que puedan afectar el desempeño sísmico de manera adversa. Pero casi todas las edificaciones son anteriores a esta actualización.
Para suelos con grandes capas de sedimentos como el de Caraballeda, Disilvestro dijo que podían usarse fundaciones profundas, es decir, pilotes con longitudes entre los 12 y 30 metros, y con un diámetro que varía entre los 80 centímetros y un metro, dependiendo de las características y niveles de la construcción. También se pueden implementar losas de fundación, apoyadas a profundidades promedio de dos metros, como las que se usaron para erigir las torres de Parque Central.
Aunque los expertos consultados coinciden en que los terremotos de San Juan fueron tan intensos, superficiales y largos que pudieron derribar cualquier buena construcción, queda en duda si todos los edificios que cayeron cumplieron con la norma Covenin vigente en su momento y tuvieron en cuenta todas las consideraciones que se deben tener con suelos como los de La Guaira.
Los nuevos riesgos
El doblete sísmico dejó en ruinas a buena parte de La Guaira, y lo peor es que el riesgo continúa. López recordó que después de los deslaves de 1999 se construyeron, montaña adentro, 63 presas de retención de sedimentos para evitar que las lluvias provocaran otro desastre en las zonas habitadas del estado. El problema es que, según el ingeniero hidráulico que durante años ha estudiado los efectos y soluciones de esa tragedia, estas no han recibido el mantenimiento debido.
“Con los terremotos, esos muros pueden haber sufrido daños y hay que inspeccionarlos”, indicó el académico. Además, subrayó que hay que averiguar cuál es el estado de sedimentación de las presas porque, de acuerdo con sus cálculos, ya deben estar al 70 % de su capacidad.
Las lluvias actuales pueden ser una nueva alarma para La Guaira. “Si llega un alud torrencial, y están llenas de sedimentos, no van a cumplir su función de proteger a la población”, destacó.
En medio de ese panorama, Disilvestro comentó que, tras los sismos, se abre una etapa de estudio y análisis de las estructuras que colapsaron: diseño estructural, tipo de suelo, tipo de fundación, para tratar de establecer un patrón que permita identificar mejor cuáles fueron las vulnerabilidades de las edificaciones. Todo ello podrá conducir a criterios de zonificación segura para los sectores afectados y hablar de la posibilidad de reconstruir La Guaira.
En vísperas de cumplirse un mes del doble terremoto del pasado 24 de junio, organizaciones comunitarias y vecinos afectados denuncian la lentitud en la respuesta institucional y la falta de un plan integral para la atención de las personas damnificadas.
Carlos Julio Rojas, periodista y coordinador del Frente Norte de Caracas, ofreció un balance de la situación desde la parroquia Altagracia, en el centro de Caracas. “Vivimos un terremoto que generó una destrucción no solamente en el estado La Guaira, con quienes somos solidarios y sentimos realmente una solidaridad”, expresó Rojas, y señaló que en el municipio Libertador “el nivel de destrucción y los estragos fueron brutales”.
El también dirigente vecinal afirmó que en un recorrido realizado por otras parroquias, como Altagracia, La Pastora, San Bernardino, Candelaria, San Martín y sectores de Catia, había constatado “un alto nivel de destrucción”, y señaló que “hubo una respuesta tardía por parte del gobierno de Delcy Rodríguez”.
“Tardaron 48 horas para que se instalaran los primeros refugios, y lo digo como afectado, porque mi apartamento quedó totalmente destruido”, relató Rojas. Indicó, además, que la inspección técnica de los inmuebles y la asignación de las etiquetas de habitabilidad (verde, amarilla o roja) comenzaron casi dos semanas después del evento, “luego de una presión ciudadana y del dolor de los vecinos”.
Citado en una nota de prensa, Rojas también cuestionó el manejo de las emergencias en los complejos de la Gran Misión Vivienda Venezuela (GMVV): “En las misiones vivienda no ha habido un proceso serio y eso hay que decirlo, tuvo que haber una presión ciudadana además”.
Rojas sostuvo que numerosos ciudadanos continúan pernoctando en las calles o en condiciones precarias, pese a la proximidad de sus viviendas con las sedes de los poderes públicos. “Aun estando cerca del poder, aun estando alrededor de Miraflores, aún estando al lado del Tribunal Supremo de Justicia o del Panteón Nacional o de la Fiscalía, la respuesta fue lenta”, afirmó.
El coordinador del Frente Norte de Caracas resaltó el papel primordial de la solidaridad entre los propios ciudadanos durante la contingencia: “Aquí quien ayudó fue el pueblo, aquí el pueblo es el que se ayudó con una manta, se ayudó con una arepa”.
— Carlos Julio Rojas (@CarlosJRojas13) July 23, 2026
*Con información de nota de prensa
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.