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#CrónicasDeMilitares | La Guerra Federal como “guerra social”, por Elías Pino Iturrieta
José Santiago Rodríguez: “La revolución había dejado de ser (…) algo concreto que fuera capaz de ser aniquilado y destruido; y había pasado a ser como una especie de fluido impalpable que penetraba por todos los poros de la sociedad”.

 

@eliaspino

En 1859, cuando apenas ha comenzado el levantamiento de los federales contra el gobierno, el veterano general Carlos Soublette vaticina una larga conflagración. Acostumbrado a las acciones bélicas desde el período de la Independencia y a los manejos políticos desde su juventud, advierte situaciones que lo llevan a pensar en un derramamiento de sangre que no concluirá pronto.

Llega a ese parecer después de observar el entusiasmo de los campesinos alzados, que jamás había visto en su larga carrera de hombre de armas; y llama la atención sobre un pormenor que le preocupa: hasta las mujeres de los combatientes se involucran en las escaramuzas, con un fervor que jamás había palpado. Se puede partir de una apreciación tan autorizada para ver a la Guerra Federal como una “guerra social”, o para afirmar que así la vieron los conservadores  de la época.

Precisamente así la define el vicepresidente de la República, Pedro Gual, en un decreto de 1861. Expresa el mandatario:

La guerra que hacen a la sociedad las partidas armadas que infestan nuestros campos y amenazan a las poblaciones, destruyendo e impidiendo la producción, y oponiéndose al ejercicio normal de los derechos y garantías de los venezolanos, se ha despojado de todo carácter político y es una guerra social.

Del breve fragmento llaman la atención tres asuntos: no califica a los enemigos como parte de unos ejércitos formales, sino como partidas armadas; refiere una crisis susceptible de liquidar el orden establecido a partir de la fundación del Estado nacional; y niega la existencia de argumentos propios del juego político en los propósitos del enemigo.

Es evidente que se refiere a un fenómeno peculiar, a algo inédito que califica como “una guerra social”. De allí que solo se afinque en el punto de la devastación de la economía y que hable de una infección generalizada. Gual refiere un conflicto cuyos enemigos son de índole inhabitual e inferior porque carecen de ideas políticas, y que se debe detener para la salvaguarda de una república civilizada.

Otros puntos de vista de los godos de entonces siguen el mismo itinerario. Por ejemplo, el desarrollado por el doctor Pedro Estoquera en carta para José Santiago Rodríguez, figura eminente del partido conservador y ministro en sucesivos gabinetes del centralismo. Es una misiva de 14 de agosto de 1860, en la cual afirma:

A veces me entrego a dulces sueños y me figuro que vencido Falcón, vencido Sotillo, Zamora, Aguado, etc., el Gobierno podrá desarrollar todas sus fuerzas y su energía para restablecer el orden y para fundar confianza en el porvenir; pero pronto me veo despertado de tales sueños: Sotillo, Zamora, Aguado, Leiciaga, Falcón, Trías, ya los hemos visto vencidos en infinidad de combates; y ahí están otra vez, tenaces, atroces, temibles, como siempre. A cada paso se arman nuevas revoluciones hasta en el mismo centro de la capital. Pero esas revoluciones ya no tienen ningún color político (es una desmoralización de las masas), y pronto se verá, sin más reserva, cuales sean sus verdaderas miras.

En su Contribución al estudio de la Guerra Federal (Caracas, Presidencia de la República, 1960), partiendo de las mismas fuentes y hablando también del año 1869, José Santiago Rodríguez aporta una elocuente explicación sobre los éxitos federales. Afirma:

En algunas secciones de la República se había establecido un verdadero comercio entre las facciones y las poblaciones que les quedaban más inmediatas: y las mujeres mismas que las acompañaban, iban y venían a los pueblos cambiando las pieles de las reses que robaban aquellas tropas por víveres y ropa. Y es que no había sino irregularidades y desmoralización por todas partes…

Agrega más adelante:

La revolución había dejado de ser, para la época que estamos analizando, algo concreto que fuera capaz de ser aniquilado y destruido; y había pasado a ser como una especie de fluido impalpable que penetraba por todos los poros de la sociedad y que estaba, podemos decir, en la atmósfera que todos forzosamente tenían que respirar.

Habla de un fenómeno envolvente, de una fuerza imposible de detener, de una reacción generalizada que resistía todas las presiones y para la cual hacía falta un entendimiento del que se carece entonces. De allí la inevitable victoria de las facciones, según la ven sus antagonistas de entonces.

Los documentos, todos del bando de los “godos”, apuntan hacia la misma dirección. Si el lector de la actualidad deja de lado los prejuicios que los mueven, las descalificaciones, se sorprenderá, como ellos, ante un conflicto sin comparación con la guerra de Independencia en el cual juega papel fundamental un compromiso masivo capaz de sobreponerse ante las derrotas hasta obtener el triunfo. Hablan de “guerra social” quienes están condenados a perderla porque no la pueden entender y la subestiman. O porque lo fue de veras.