Los dioses del miedo, por Elías Pino Iturrieta - Runrun
Los dioses del miedo, por Elías Pino Iturrieta

Deimos (2016, 44 x 39 x 18 cm), bronce de Matteo Pugliese. Foto cortesía del artista, originalmente publicada en su web oficial matteopugliese.com.

@eliaspino

El historiador Gugliemo Ferrero considera que todas las civilizaciones son el resultado de una lucha tenaz contra el miedo. El miedo las ha formado a través del tiempo, asegura, y después propone la necesidad de analizar el vínculo hasta llegar a entendimientos profundos sobre el comportamiento de las sociedades. No es una idea que se deba subestimar en nuestros tiempos conmovidos por el pánico ante el coronavirus, y que trataremos de atender en escritos sucesivos. Ahora, para comenzar, haremos un boceto de las devociones religiosas que el miedo inspiró en los hombres de la antigüedad, a primera vista alejado o desaparecido en la actualidad.

Para los antiguos, el miedo era un castigo de los dioses. De allí la necesidad de relacionarse de manera adecuada con su influencia, de alejarse de ella o de provocar su presencia en el enemigo. Los griegos divinizaron a Deimos y a Phobos, representaciones del temor y del miedo, respectivamente, para que fueran benignos con ellos. En especial con sus ejércitos. Fueron entonces fundamentales las liturgias que trataron de evitar las rivalidades entre las dos figuras, sobre todo en tiempos de guerra. También desde épocas remotas el pueblo castrense de los espartiatas edificó un altar a Phobos, frente a cuya efigie ofreció sacrificios Alejandro antes de la batalla de Arbelas. Entonces aparecen muchos testimonios de este tipo.

Homero habla de Deimos y Phobos entrometidos en las hazañas de Troya, repartiendo entre los hombres el apocamiento y el coraje y cada vez más solicitados por los capitanes de la soldadesca. Tales potencias fueron romanizadas con los nombres de Pallor y Pavor, a quienes Tulio Hostilio consagró dos oratorios después de contemplar la derrota de sus soldados por las huestes albanas. Ordenó preces obligatorias postrados en sus aras, antes de presentarse en el campo de batalla. Las peleas se ganaban matándose los unos con los otros, desde luego, pero también debido a decisiones tomadas por las deidades desde su omnipotente pináculo. De allí el auge del culto griego a Pan.

Pan fue originalmente dios nacional de Arcadia. A la caída de cada día, según un arraigado relato que circulaba en campos y ciudades, se ocupaba de sembrar el terror entre los pastores, pero también en sus rebaños, hasta el punto de provocar calamidades y carestías sobre las cuales resultaba imposible el encuentro de explicaciones terrenales. En el siglo V los griegos lo convirtieron en una especie de patrono general (algo parecido a un Santiago Apóstol del futuro en la guerra de los cristianos españoles contra los moros), con un imponente santuario en la Acrópolis. La derrota de los persas en Maratón fue atribuida por los atenienses a la colaboración de Pan, como también otras hazañas que favorecieron a los griegos frente a los invasores. Así, por ejemplo, el desastre de Jerjes en Salamina. Pan hizo que los jefes de la flota de Jerjes recibieran órdenes contradictorias, y así confundieron sus movimientos hasta estrellarse en el caos, aseguraban en los templos y en la plaza pública.

Aunque fueron guerreros capaces de sembrar el espanto, o quizá precisamente por eso, para los antiguos mexicanos la preocupación no se centraba en ganar una batalla, sino en triunfar frente a los desafíos de la cotidianidad. Como, según sentían, no estaba en manos de los mortales atender el vaivén de la vida, prevenir el rumbo de las cosas, dedicaron templos y ofrendas a Tezcatlipoca, un poder que obraba según su antojo para hacer que las situaciones de la rutina se torcieran. Tezcatlipoca tenía un espejo para observar las conductas de las criaturas de la tierra, lo que obraban a diario, y para cambiarlas según los tirones de su humor. Los hombrecitos que no podían disponer de su destino pedían el favor del todopoderoso titiritero, quien lo movía en atención a su capricho y, a veces, para complacer a los fieles. Por ejemplo, para no pasar de la tranquilidad al desasosiego, de la bonanza a la pobreza, de la salud a la enfermedad. Era el dios de la ubicuidad del miedo, el timón de la incertidumbre insistente e inefable, tal vez la mayor confesión de las limitaciones de los seres humanos ante los retos de la realidad.

Un guía de alta montaña interpelado por el historiador Pierre Servoz hace unos años, respondió así: “Siempre se tiene miedo de la tormenta cuando se la oye crepitar. Se erizan los cabellos debajo de la boina”. “El miedo es normal y es de siempre”, escribió antes Sartre. Por consiguiente, la reacción reflejada en el imperfecto elenco de dioses que hemos visto no fue exclusiva de los antiguos. Nos habita hoy y mueve las plegarias.