El miedo como característica de los pobres, por Elías Pino Iturrieta - Runrun
El miedo como característica de los pobres, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino 

En obras fundamentales de la literatura occidental, antiguas y modernas, se insiste en presentar el miedo como un rasgo propio y exclusivo de los hombres humildes, de las personas sin bienes de fortuna, mientras se atribuye a los miembros de las clases elevadas el monopolio de la valentía. Las crónicas sobre las epopeyas que han adquirido celebridad desde los tiempos  de Troya se detienen en los nombres de los reyes aguerridos y de los miembros de las cortes que los rodean, en testimonios de coraje físico de heroicas figuras dignas de memoria, para que la soldadesca ocupe  planas mínimas pese a que pone la carne en el asador. Estamos ante una recurrencia de pareceres, que conviene referir en esta serie que hacemos en Runrunes sobre los temores que han influido en el comportamiento de las sociedades.

Una de las referencias clásicas sobre el asunto se encuentra en la Eneida, que no solo importa debido a cómo fue seguida por autores posteriores, sino también porque explica los motivos de su afirmación. Escribe Virgilio: “El miedo es la prueba de un bajo nacimiento”. Nadie se atreve después a dudar de la sentencia, sino todo lo contrario. Es repetida con obediencia reverencial, para que adquiera consistencia el vínculo que se establece entre la cobardía y la pertenencia a los estratos más desposeídos de la colectividad.

El poeta plantea un nexo mecánico, un lazo ineludible entre la causa y su efecto: asocia necesariamente el rasgo deplorable de la cobardía con la ubicación de las personas en la base de la pirámide social.

Para los patricios de la Roma imperial era fundamental el concepto del honor, un atributo que los hacía merecedores del pináculo y por el cual eran capaces de dar la vida en situaciones extremas. Como a los plebeyos ese asunto no les importaba porque no les servía para nada, no eran capaces de participar en hazañas que los distinguieran ni siquiera un poco. No les interesaba. De allí su prolongada inclusión en los archivos de la cobardía.

En adelante prolifera el enaltecimiento de los héroes, sin que los autores permitan que el pueblo entre en el cuadro de honor. Los textos con especial audiencia en este sentido se deben a Amadís de Gaula, escritor de los libros de caballería más leídos y traducidos en Europa desde principios del siglo XVI. La fama de personajes fantasiosos, los caballeros andantes que adquieren prestigio por triunfar en combates desiguales, se convierte en un ideal perseguido por las clases acomodadas y por los hidalgos que buscan acenso, como don Quijote.

Uno de los autores que más influye en la orientación es Torcuato Tasso, quien no refiere fabulaciones sino episodios supuestamente sucedidos en la realidad. De acuerdo con la que asegura en su Jerusalén liberada, los caballeros de la nobleza, ante las murallas de la ciudad santa “se adelantan a la señal de las trompetas y de los tambores, y se ponen en campaña con altos gritos de alegría”. Las conductas referidas por Tasso son calcadas por otros volúmenes sobre la bizarría de las noblezas, independientemente del lugar y de la fecha en que lo demostraran. Solo era cuestión de no salirse del estereotipo.

Las crónicas más trajinadas de fines del medioevo y principios de los tiempos modernos ponen a circular los nombres de figuras que se convierten en arquetipos  de la valentía, capaces de llegar hasta la posteridad y de reafirmar la idea de cómo solo los caballeros que se les parecen merecen lugar en la historia.

Uno de los primeros que destaca en el repertorio de los nobles bizarros es Juan sin Miedo, quien gana su elocuente nombre en la batalla de Lieja sucedida en 1408 y en la cual no deja títere con cabeza, jugándose la vida en el centro de una pavorosa sangría. Le sigue Carlos el Temerario, de quien expresó un repetido e imitado trovador: “Era altivo y de gran valor, seguro en el peligro, sin miedo y sin espanto; y, si alguna vez Héctor fue valiente ante Troya, este lo fue otro tanto”. Para remachar las reminiscencias clásicas, un cronista dice que “en su conducta era un Fabio Máximo, y en empresas sutiles un Coriolano”. Estamos solo ante un par de ejemplos, de los cuales encontrará el lector infinito collar de perlas en las producciones de Hollywood y en las series de Netflix.

Pero, aparte de lo que ruede en las películas, conviene insistir en la idea expuesta por Ronsard en sus Crónicas: “Como el leño no puede arder sin fuego, el gentilhombre no puede acceder al honor perfecto, ni a la gloria del mundo, sin proezas”. Montaigne, un pensador moderno y generalmente alejado de los lugares comunes, asegura que los plebeyos, debido a que no les interesa la honra, son propensos al espanto y solo  pueden actuar en las batallas como un rebaño de ovejas.

En los Caracteres de La Bruyere se lee una explicación que  invita a reflexionar: “El soldado no se siente conocido; muere oscuro y perdido en la multitud; vivía de todos modos, pero vivía, y esa es una de las fuentes de la falta de valor en condiciones bajas y serviles”. Al hombre común no le servía para nada pelear, en suma, y de allí su cómodo pasar por los rincones de la pusilanimidad.

La idea de la cobardía de los pobres cambia a partir de la Revolución Francesa y de las guerras napoleónicas, es lo contrario gracias a los episodios pintados por Goya y a las descripciones de las independencias de los Estados Unidos y las colonias hispanoamericanas, pero tiene la larga y pesada  cola de unas interpretaciones como la que se acaban de bosquejar. Se supone que son versiones superadas, clichés desafortunados y condenados a la desaparición, pero lo prudente es no atreverse a tomar la espada para defender el punto. Tales gestos quizá no concedan honor.

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