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Salvador Allende

ACTO I

 

Cuando todo estaba perdido y los militares se disponían a entrar al Palacio de la Moneda; cuando quienes resistieron unas horas comenzaban a rendirse, Patricio de la Guardia ordenó a sus subalternos: “vamos a evacuar, según el plan trazado, espérenme que voy a acompañar al presidente”. Los hombres se reunieron en el lugar convenido para iniciar el escape de aquella batalla desigual y al cabo de un rato regresó De la Guardia: “El presidente está muerto, luchó como un valiente, vámonos …”

Este es el relato que dieron a sus colegas, los guardaespaldas cubanos del “Compañero Presidente” Salvador Allende, destacados allí por Fidel Castro y aceptados gustosamente por el presidente chileno. Todo veraz, aunque no incluía la escena correspondiente al encuentro entre Patricio de la Guardia y un desesperado Allende, quien según testigos se comportó muy valiente pero al ver todo perdido clamaba a esa hora por una tregua de cinco minutos, según algunos “para negociar la rendición”.

De la escena INT. DESPACHO PRESIDENCIAL – DIA dieron cuenta años después dos agentes cubanos que desertaron en Europa: Dariel Alarcón Ramírez (a) “Benigno” y Juan Vives, quienes se lo contaron al periodista francés Alain Ammar para el libro Cuba Nostra, Los Secretos de Estado de Fidel Castro. El propio De la Guardia se los habría narrado a ellos, a su regreso a La Habana luego de su bien planeado escape del Palacio Presidencial de Santiago de Chile.

Estos serían los hechos: Patricio De la Guardia entró al despacho de Allende, quien muy angustiado ordenaba solicitar la tregua para negociar la rendición, entonces él lo tomó por los hombros, lo hizo sentar en un sofá y le espetó: “Los presidentes revolucionarios no se rinden” y seguidamente le arrojó una ráfaga de su ametralladora. Luego colocó en manos del cadáver el fusil personal que le había obsequiado Fidel Castro, el mismo con el que aparece Allende en otras fotos del mismo día.

Las instrucciones del alevoso magnicidio le fueron dadas telefónicamente al militar por el propio Castro, en términos tales como: “Patricio, no podemos permitir que Allende se rinda o asile en una embajada, el presidente tiene que morir como un héroe… la revolución chilena necesita un final heroico”. En la lógica tanática de Fidel Castro, y en su arrogancia triunfalista que no admite fisuras en la infalibilidad comunista, un proceso político a cuya polarización él apostó tanto no debería tener el infeliz desenlace de una rendición.

Recordemos cómo el dictador cubano –a través de sus secuaces chilenos, de sus propios agentes infiltrados y de su presencia agitadora personal durante 23 días, insólita duración para una visita de Estado-trabajó activamente para profundizar el conflicto chileno y hacer imposible todo curso pacífico como el propuesto inicialmente por Allende y la mayoría de los partidos que lo apoyaban.

Castro no podía permitir que el proyecto socialista chileno naufragara en su propio fracaso. Una premisa de todos los totalitarismos –Hitler y Mussolini incluidos- es la negación a toda salida pacífica, y mucho menos electoral, de su poder. Porque una salida de ese tipo evidencia que la supuesta “revolución popular”, encabezada por el proletariado y apoyada por las “mayorías depauperadas”, ha sufrido el abandono por parte del pueblo debido a su imposibilidad esencial para cumplir con las promesas de redención que las llevaron al poder. En tal sentido, la revolución no fracasa, ella sólo finaliza como producto de la acción demoníaca del opresor imperialista y sus lacayos.

 

ACTO II

 

Cuando en julio de 2011 comienzan a aparecer los primeros síntomas de una dolencia física en el cuerpo del presidente Hugo Chávez, era automático que el primero en saberlo sería Fidel Castro, tal era el grado de control que ya había instalado ese maligno político sobre todos los aspectos del poder en Venezuela. Los médicos, guardaespaldas, asesores de mayor confianza y hasta ciertas amantes del líder respondían directamente al régimen cubano. Chávez fue examinado en Cuba a fines de ese verano y Castro conoció el diagnóstico primero que él: su gravedad, posibilidades de recuperación, posibles tratamientos, etc.

Así que Castro tuvo la oportunidad de evaluar opciones y escenarios, antes que el propio dueño del cuerpo en peligro. Pronto concluyó que estaba ante un dilema: o salvar la vida de Chávez o salvar el proceso revolucionario venezolano, que desde hacía 12 años fungía de única tabla de salvación para una isla hundida en la peor de las miserias por obra del siempre ruinoso socialismo más la corrupción e incompetencia de él y su corte. El dilema estaba fundado en la proximidad de las elecciones presidenciales de Venezuela, previstas para diciembre de 2012; de modo que, para someter  a Chávez a los tratamientos requeridos que efectivamente curasen, o al menos detuviesen por unos cuantos años el cáncer que crecía dentro de él, tendría que retirarse de la presidencia y de la política activa por al menos 18 meses. Y esos plazos no cuadraban con la participación de Chávez como candidato presidencial ante una oposición que se veía crecer unificada, mientras que en el campo chavista no existía una figura de reemplazo que, en tan poco tiempo, pudiera garantizar una victoria electoral.

Con la capacidad de seducción y manipulación que lo hizo famoso, Castro entró en acción. Y con el apoyo del cuerpo médico cubano, y hasta de santeros y paleros en los que Chávez tanto confiaba, logró convencerlo de que su mal no tenía remedio, que a él le correspondía librar su última batalla, perder la vida y ganar la eternidad, como el líder revolucionario que dio su vida por la felicidad de su pueblo. Sólo habría que adelantar las elecciones un par de meses, para garantizar que él llegara con fuerza hasta ese momento.

Chávez aceptó su destino y su misión; y vaya que la cumplió con creces, hay que reconocerlo. Baste no más recordar el acto de cierre de campaña, en octubre de 2012, cuando habló un buen rato con su energía habitual y bajo un aguacero, hasta caer desmayado en el vehículo donde prácticamente lo arrojaron luego de recorrer un buen tramo de la multitud. La historia siguiente la conocemos: Chávez ganó la elección de 2012 –la ganó, dejémonos de pendejadas- y le salvó la mesada a Fidel Castro por seis años más.

 

ACTO III

 

Los acontecimientos recientes permiten ahorrarnos el recuento y caer en el neto presente, sin mayores descripciones: la dictadura de Maduro se encuentra en una posición insostenible, todo el mundo sabe que el régimen no podrá librarse de este nuevo desafío y que es cuestión de días, a lo más semanas, para que sea echado del poder por el pueblo venezolano, su dirección política y una poderosa coalición internacional a la que estaremos históricamente agradecidos. Ante una situación que no admite dudas, las voces más sensatas del mundo le piden a Maduro que negocie ya su salida; existen diferencias sobre el tono, la forma y las condiciones de esa salida, pero no queda nadie que le pida mantenerse.

Salvo Cuba y su decreciente corte de gobiernos satélites y un puñado de mohicanos individuales. Para ellos resulta indispensable que la salida de Maduro y su pandilla ocurra por una vía violenta, lo más parecida que se pueda a una invasión imperialista con víctimas civiles, mejor si se presentan algunos bombardeos y toda la escenografía victimizada para la ocasión. Si eso ocurriese, no importan las condiciones en que sea provocado, quedaría salvado el tesoro más preciado de esta gentuza: El Relato, la posibilidad de mantener viva la salvaje mentira de que “el socialismo es la mejor vía para la felicidad de los pueblos”. Un sueño milenario que, cuando está a punto de fructificar es truncado por los malvados burgueses e imperialistas.

Hasta ahora la premisa de resistir como Numancia les ha funcionado. Aunque todo el mundo sensato sabe que el ensayo de un “socialismo electoral y pacífico” en Chile fracasó miserablemente, un sector del mundo -minoritario pero muy eficaz y ruidoso para la propaganda- mantiene la tesis del pueblo marchando unido hacia su felicidad, arrebatada por la diabólica “derecha”, representada por “la burguesía aliada con el Imperio”.

 

EPÍLOGO

 

Lo dicho, sumado a todo lo que hemos visto desde 1999 y particularmente en estos días, me lleva a pensar que Maduro y su corte más íntima resistirán hasta lo indecible, incluso poniendo su vida en ello. No tengo dudas de que Raúl Castro le ha pedido eso a Maduro y que ha ordenado las medidas para que un final como ese se produzca, aun cuando Maduro se eche para atrás a última hora.

Corresponde a nuestro pueblo, a su dirección política y a los gobiernos de la coalición aliada, hacer los mayores esfuerzos para que el designio del comunismo internacional no se produzca de nuevo en Venezuela. No regalarles fácilmente el relato. Tales esfuerzos se han hecho y se siguen haciendo, hay que reconocerlo.

Por supuesto, tampoco podemos regalarles por ello un tiempo más en el poder. Si el afán castro-chavista de que esto termine de un modo violento se hace muy difícil de sortear, y si por ello resulta muy costoso sacarlos por medios pacíficos, no dudo en aprobar que los complazcamos en su obsesión.

Que salgan entonces con las patas por delante.

 

@TUrgelles

 

Este es el primer artículo que escribo fuera de mi (pese a todo) adorada Caracas. Redacto desde un pequeño apartamento en el Bronx, en Nueva York, donde acabo de comenzar estudios de maestría en Ciencias Políticas, específicamente en la Universidad de Columbia. Cuando llegué al campus este miércoles me llamó la atención el despliegue de barras y estrellas por doquier. Solo entonces caí en cuenta de que se estaba conmemorando el ataque terrorista contra el World Trade Center en 2001. No pude evitar pensar que, mientras para los estadounidenses cada 11 de septiembre es un día en el que el recuerdo de esa tragedia nacional los une, los latinoamericanos entramos en el terreno de la disputa amarga como consecuencia de otra efeméride. Me refiero al golpe de Estado liderado por Augusto Pinochet que derrocó a Salvador Allende en 1973.

 

Por supuesto, Chile es el país donde el disenso se manifiesta de manera más encarnizada. No obstante, el accidentado devenir histórico compartido en la región hace que este evento sea hasta el Sol de hoy tema de debate álgido en toda América Latina, al igual que, por poner otro ejemplo, la Revolución Cubana. Resulta verdaderamente lamentable comprobar, año tras año, como los latinos seguimos en muchos aspectos anclados a una visión geopolítica propia de la Guerra Fría y cómo nos armamos falsos dilemas que nos condenan a escoger entre polos de la política (excusen la cacofonía) terribles. Por un lado, los ñángaras trasnochados se empeñan en glorificar el gobierno de Allende, mientras que el conservadurismo rancio hace otro tanto con Pinochet. En realidad, tanto Allende como Pinochet fueron nefastos para Chile.

 

Vayamos en orden cronológico. Concedamos que sectores de la derecha chilena se confabularon para sabotear un gobierno socialista electo democráticamente. También debemos reconocer el papel que Estados Unidos tuvo en la ofensiva contra Allende. Pero el desastre económico de esos años no tuvo sus raíces en tales factores. La economía chilena acumulaba problemas, como alta inflación crónica, desde antes de la llegada al poder de la Unidad Popular… Y las políticas económicas de esta, típicas de la izquierda populista latinoamericana, agravaron la situación.

 

Para empezar, hubo un aumento dramático del gasto público, con incrementos de salarios cuantiosos que finalmente no tuvieron un correlato en cuanto a productividad. A lo largo de 1971 hubo una ilusión de prosperidad que, por supuesto, no podía durar mucho. El déficit fiscal tocó la puerta y la inflación se disparó. Los dos años siguientes fueron de un verdadero caos: se desplomó el producto interno bruto y cundió la escasez, con los problemas asociados. A saber, colas y racionamiento. En vez de olvidarse de dogmas y emprender correctivos urgentes, el Gobierno, cada vez más influido por los comunistas, reaccionó radicalizándose. Surgieron las Juntas de Abastecimiento y Control de Precio (JAP), organismos a cargo de imponer el racionamiento en cada localidad. Durante el período hubo abundantes denuncias de discriminación política por parte de estas entidades. Según algunas versiones, incluso se exigía compromisos de militancia con el oficialismo para acceder a sus “beneficios”. Sobre las JAP como posible inspiración de los CLAP venezolanos ya he hablado en otro artículo.

 

Pasemos ahora al caso de Pinochet. Debido a la montaña de evidencia en su contra, hoy son relativamente pocos los que se declaran abiertamente admiradores del general. Sin embargo, existe una tendencia entre no pocos latinoamericanos, sobre todo aquellos que se identifican con la derecha conservadora o liberal, a presentar a Pinochet como una especie de “mal necesario”. Es decir, reconocen los crímenes abominables cometidos por la dictadura pero sostienen que el gobierno militar fue un período “menos malo” que el se hubiera dado de no ser por el golpe de septiembre. Este es un argumento sumamente errado, por varias razones. Para empezar, cuando se hace un juicio histórico, no tiene sentido preguntar “qué hubiera pasado si…”. Lo importante es lo que pasó. Eso es lo único que se puede evaluar. Punto. Ergo, cualquier planteamiento del tipo “Es que Pinochet salvó a Chile de convertirse en otra Cuba” es desechable.

 

Supongamos por un momento que sí se puede invocar la imaginación para este tipo de situaciones. ¿Entonces los miles de asesinados, torturados y desaparecidos fueron sacrificios indispensables para evitar que el comunismo se apoderara de Chile? Absolutamente no. La rebelión contra un régimen opresivo no necesariamente tiene que implicar un baño de sangre, sobre todo después de que los opresores fueron desalojados del poder y están a merced de los insurrectos. Eso fue lo que pasó en Chile, y las víctimas no fueron todas individuos que usaron el poder durante el gobierno de Allende para cometer abusos. Muchas eran sencillamente personas con alguna forma de pensamiento izquierdista.

 

Otra barajita repetida en el álbum de la apología: “Sí, mataron a miles y eso estuvo muy mal. Pero de no ser por el golpe el comunismo habría asesinado a millones, como en Rusia y China”. Cuando se trata de dictaduras que asesinan a mansalva, no se puede distinguirlas entre “más y menos malas” por el número de muertos. Estamos hablando de vidas humanas, algo muy precioso y complejo como para sopesarlo fríamente en una balanza y por cantidad. Pinochet y Mao. Franco y Lenin. Todos merecen el mismo lugar en el recuerdo histórico. Basta de usar las calamidades del comunismo para justificar las calamidades de otras ideologías.

 

Ahora llegó el momento de hablar de otras cifras. Es común escuchar que la dictadura militar no solo acabó con el desastre socialista, sino que además, gracias a su visión liberal, inauguró la prosperidad económica chilena que hoy perdura. Una vez más, esto no exculpa a Pinochet de sus delitos, y aunque lo hiciera, un examen más detallado permite entender que su legado económico en realidad está bastante sobrevalorado.

 

A partir de 1975, Pinochet entregó las riendas financieras del país a un grupo de economistas que pasaron a ser conocidos como los Chicago Boys, por haberse formado en la prestigiosa casa de estudios en esa ciudad. Encabezados por el ministro de Finanzas, Sergio de Castro, pusieron en marcha una terapia de shock basada en el monetarismo que dio al traste con las políticas del gobierno anterior: fin de los controles de precios (algo siempre necesario en estos casos, vale decir) y demás regulaciones al mercado, reducción de impuestos y privatización de casi todas las empresas en manos del Estado, con la notable excepción de las minas de cobre, el principal producto de exportación chileno (por ley, 10% de las ganancias de este sector debe ir al presupuesto de defensa; es decir, se trataba de un punto de interés para los amigos castrenses de Pinochet). Durante la segunda mitad de la década de los 70 y principios de la siguiente, el PIB se disparó y superó el promedio latinoamericano. La inflación, aunque alta, se mantuvo muy por debajo de los niveles de la presidencia de Allende. Hasta este por lo general llega el relato de algunos liberales, quienes apelan a la autoridad intelectual de Milton Friedman, el mentor de los Chicago Boys, que visitó Chile entonces y aseguró haber atestiguado un “milagro económico”.

 

Lo que estas versiones suelen dejar por fuera es lo que ocurrió a partir de la crisis de 1982. Cierto, este fue un episodio que impactó a toda Latinoamérica. Pero en Chile el golpe fue particularmente duro. Según algunas estimaciones, el PIB se hundió ese año casi 15%, mientras que la caída regional promedio fue de 3%. De Castro y los otros Chicago Boys más dogmáticos se negaron a cambiar de rumbo, así que Pinochet, que no era ningún tonto, decidió prescindir de sus servicios y nombrar como ministro de Finanzas a Hernán Büchi, alguien mucho más flexible y pragmático. El nuevo plan consistió en un conjunto de medidas de intervención estatal nada despreciable, aunque no con orientación socialista, desde luego: bancos intervenidos para evitar su quiebra, nuevas regulaciones en el flujo de capitales, aumento de aranceles, etc. Poco a poco se retomó el crecimiento y para finales de los 80 la economía se había estabilizado, pero el costo social fue grande. Casi la mitad de los chilenos era pobre hacia el final de la dictadura. Además, a lo largo del gobierno militar hubo alto desempleo y desigualdades socioeconómicas elevadísimas. Economistas como Ricardo Ffrench-Davis atribuyen estos problemas a los excesos de los Chicago Boys.

 

En conclusión, a la dictadura de Pinochet solo se le puede atribuir haber estabilizado la economía chilena, y eso después de 1982, no durante los siete años de experimentos monetaristas que, por alguna razón, han recibido una publicidad mucho más generosa. Pero estabilidad no es prosperidad. La relativa prosperidad de la que goza la mayoría de los chilenos y que tanto maravilla a los latinoamericanos de otras nacionalidades fue más bien un producto de los gobiernos democráticos posteriores a la dictadura. Durante los años 90, la pobreza se redujo a la mitad de los últimos niveles del gobierno militar. Hoy es aun más baja. El desempleo también se contrajo. En cambio, los salarios reales subieron, al igual que el PIB.

 

Si comencé este artículo denostando contra Allende y Pinochet pero las críticas a este último se llevaron el grueso del texto, es por una razón. Me preocupa mucho ver hoy en Venezuela una tendencia a clamar por una especie de Pinochet caribeño. Resulta alarmante que muchos conciudadanos recurran a la ya desmontada tesis del “mal necesario” para dar sustento a la idea de que es imprescindible una experiencia como la chilena para recuperar el país una vez que termine la desgracia que hoy lo atormenta. Yo no sé como lograr el cambio político urgente. Lo que sí sé es que, una vez que ese cambio llegue, no quiero que sea para instaurar un régimen al estilo de Pinochet. Venezuela ya ha sufrido demasiado como para tener que atravesar otro karma.

 

Lo mismo vale para el resto de Latinoamérica. Todo el mundo tiene derecho a opinar, pero me gustaría que cada vez menos personas se arrojaran a defender modelos tan nocivos. Sobre todo porque la discusión se presta para avivar las llamas de un odio que, al igual que Allende y Pinochet, hoy debería estar confinado al sepulcro de la Guerra Fría. Ojalá llegue un 11 de septiembre cuando la enorme mayoría de los latinos nos unamos en el repudio a estos dos malos recuerdos.

 

@AAAD25 

Isabel Allende, primera mujer que preside el partido socialista chileno

IsabelAllendeBussi

 

En el mismo salón del antiguo congreso de Santiago de Chile donde Salvador Allende asumió la Presidencia de la República en 1970, la menor de sus tres hijas, la senadora Isabel Allende Bussi, se convirtió el domingo en la primera mujer en asumir la jefatura del Partido Socialista (PS) en sus 82 años de historia local. La ceremonia estuvo marcada por simbolismos. La parlamentaria ofreció empanadas y vino, en alusión a una de las frases históricas del exmandatario sobre el camino chileno al socialismo, y en su discurso recordó al padre.

“Compañeros, compañeras, ustedes saben que para mí el PS ha sido mucho más que un partido político. El partido ha sido mi casa. La casa del presidente Allende, la casa de Tencha [Hortensia Bussi de Allende, su madre]. Pero ha sido también mi causa”, señaló la senadora, embajadora y portavoz de la familia a nivel internacional.

Nacida en Santiago de Chile hace 70 años, Isabel Allende conquistó la presidencia del PS levantando la bandera de incondicionalidad hacia el Gobierno de Michelle Bachelet, también militante socialista desde su juventud. En el acto del domingo, la parlamentaria reiteró el apoyo hacia la presidenta y su compromiso hacia un “proceso constituyente”, con que el Ejecutivo pretende poner en marcha una nueva Carta Magna que reemplace a la de Pinochet de 1980. Sobre los cambios que la jefa de Estado realizó hace una semana en su gabinete, orientado a la búsqueda de mayores consensos, Allende habló sobre el ritmo y los énfasis de los cambios estructurales que la mandataria quiere llevar adelante en su segunda administración (2014-2018). “No es el momento de detener las reformas. Es el momento de seguir adelante. Probablemente vamos a tener que convocar más, explicar mejor y dialogar. Los socialistas estamos con la presidenta Bachelet y apoyamos sus decisiones”, señaló Allende.

 

 

Liderazgos femeninos

El triunfo de la senadora en las internas socialistas de fin de abril fue una sorpresa en la política local. Medía fuerzas con un dirigente histórico, Camilo Escalona, impulsor de los inicios de Bachelet y compañero en la clandestinidad durante la dictadura. Pero aunque desde el retorno de la democracia en 1990 Allende ha estado en primera línea tanto desde sus cargos en el Parlamento como en el partido, la instalación de su liderazgo ha sido un proceso relativamente reciente. En marzo de 2014 se convirtió en la primera mujer en asumir la presidencia del Senado, un puesto que su padre tuvo entre 1966 y 1969, antes de llegar a ser presidente en su cuarto intento. Hace algunas semanas una encuesta política del Centro de Estudios Públicos (CEP) la señaló como el personaje mejor evaluado tanto del conglomerado de centroizquierda Nueva Mayoría como de la oposición.

La senadora Allende ha evitado referirse a un futuro presidencial, pero en las filas socialistas se comenta un escenario evidente: si en este momento el oficialismo celebrara primarias para elegir a su candidato para las elecciones de 2017, con probabilidad la elegida sería la hija del expresidente. No solamente se encuentra en una inmejorable posición ante la ciudadanía, que parece descubrir su liderazgo por primera vez en 25 años, sino que en este momento no existen figuras con alcance presidencial en la Nueva Mayoría. La renovación es un proceso fracasado y, cuando se habla de cartas a La Moneda, suelen repetirse nombres de dirigentes que jugaron papeles cruciales en la transición, como el expresidente Ricardo Lagos y el exministro José Miguel Insulza, que el 22 de mayo deja oficialmente la secretaría general de la OEA.

En Chile han explotado liderazgos femeninos en las últimas décadas. En marzo de 2014 la presidenta Bachelet comenzó su segundo período y su propio partido, el socialista, desde este domingo está dirigido también por una mujer. La principal multisindical del país, la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), está liderada por la comunista Bárbara Figueroa, y la principal federación de estudiantes, la de la Universidad de Chile, tiene como presidenta a Valentina Saavedra. Pero la representatividad política femenina sigue siendo baja: las mujeres apenas alcanzan un 15,8% del Parlamento y, de los 23 ministros del Gobierno, sólo siete son mujeres.

 

Primeras declaraciones como presidenta

 

En entrevista con CNN Chile, la nueva líder del PS aseguró sentir un cambio cultural tras su victoria , del cual se fue “sorprendiendo durante la campaña”. En el mismo contexto destacó que “hace falta estar más cerca de la ciudadanía y mejorar la gestión del Gobierno”.

Al ser interrogada sobre sus planes para hacer historia en el partido, Allende explicó siempre estarán al lado de los más necesitados  y que desea acercarse a la sociedad porque “hace falta escucharlos”. “Tenemos que hacer código de conductas éticas y demostrar probidad y transparencia”, indicó la senadora sobre el rumbo de la política en el país.

“Yo busco un partido que sea no solo fiel a sus principio, sino más fraterno. A mi no me gusta el lenguaje descalificador”, indicó Allende y aseguró sentirse orgullosa no solo por ser la primera mujer presidenta del partido, sino también por haberlo logrado por unanimidad.

 

 

*Con información de El País y CCN Chile

¿Pinochetazo? ¿Fujimorazo? ¿Intenta atajos quien está ganando? por Damián Prat

NicolásMadurp12

 

Hay quienes estiman que el golpe “desde el estado” que planeó e intenta ejecutar la oligarquía roja , bajo el disfraz de “defenderse del golpismo”, se parece mas al Fujimorazo, en alusión a cuando el entonces mandatario de Perú disolvió al Congreso y comenzó a gobernar de facto. Aquel fue un golpe de Estado DESDE el estado, desde el gobierno, desde el poder. Aunque por la brutalidad represiva, los carcelazos arbitrarios, el desconocimiento del voto popular al desaforar y/o encarcelar a varios alcaldes y diputados, la violencia contra la legítima protesta sea social y política, emparentan claramente a Maduro con Pinochet. Incluyendo el tenebroso asunto de “La Tumba” que hace recordar a la Esma aunque también a la Seguridad Nacional de Pérez Jiménez. Su lema brutalmente represivo de hoy “con mano de hierro”  parece copiado de Stroessner, Videla, Galtieri, Pinochet o Somoza aunque también inspirado en el mas longevo dictador de América:  Fidel Castro quien, sin embargo, nunca usó esa expresión como si aquellos.

En realidad, como con su habitual agudeza lo advirtió días atrás el catedrático chileno, que trabaja en Alemania, Fernando Mirés, Maduro no tiene nada de Allende aunque trate de arroparse con su figura porque al gobierno electo democráticamente del médico chileno lo depuso un golpe militar mientras el de Maduro ya ES un gobierno militar.

Desconocer e intentar ilegalizar a la ancha (y hoy mayoritaria, según todas las encuestas) oposición democrática, agrupada en la Mesa de Unidad Democrática (MUD), con todas sus tendencias, es, de hecho, golpismo “desde el estado”. Una brutal violación de la Constitución.  ¿Para qué querrían tomar “un atajo golpista” los que llevan clara y muy ancha ventaja de cara a las parlamentarias?.   ¡Hasta Schemel!, admitió que “70% piensa que el país va mal y culpa al gobierno de Maduro”.  ¡Fin de mundo!  Lo dice la encuestadora del gobierno. La encuesta Datanálisis indica que la valoración negativa del gobierno es de mas del 80%.  Y que la intención de voto por la Unidad Democrática, ¡triplica! al Psuv y al gobierno.  Que mas de la mitad de los chavistas culpan a Maduro del desastre.  Que el oficialismo apenas llega a 17% en intención de voto.   Solo quien está perdiendo tan feo podría querer un caos y un atajo.

La noche aquella del plebiscito de 1988, cuando el pueblo chileno derrotó con votos  a la dictadura militar (sin una campaña en condiciones justas ni democráticas y pese a todo el abuso de poder y el control del gobierno sobre el proceso) Pinochet intentó desconocer el resultado.  Y buscó trucos.  Después de repetir boletines chimbos donde ellos se auto daban como ganadores, de pronto, los “carabineros” (especie de GNB) se retiraron de toda la zona céntrica de Santiago.  Desaparecieron.  Era, en los hechos,  una invitación a manifestaciones de protesta de la oposición. Ellos luego lo pensaban convertir en disturbios.   Y Pinochet en la TV, con un discurso casi idéntico al que hoy usa Maduro, comenzó a “anunciar”  algo que no estaba ocurriendo pero que él provocaba para que sucediera:  “grupos de encapuchados están creando episodios de violencia y desmanes”, decía.  La Concertación no mordió el peine aunque los grupitos “radicales” del extremismo (allá eran de la extrema izquierda, aquí de la otra orilla) clamaban por caer en la trampa.   Pinochet esperaba el caos  -igual que aquí lo intenta provocar el gobierno con arbitrariedades como la de encarcelar a Ledezma- para justificar desconocer el resultado.  Aquí es para ilegalizar a casi toda la oposición democrática y fin de evitar la derrota en avalancha de votos que le va a dar el pueblo.

Es tan brutal y arbitrario el proceder del gobierno que un aliado firme como el Podemos español y su dirigente Pablo Iglesias tuvo que rechazar, desde Andalucía, seguramente contra sus deseos, el encarcelamiento del alcalde caraqueño.  ¡La “raya” es demasiado grande! como para dejarse salpicar.  Argumentó en contra “y sin ningún matiz” contra “detenciones preventivas y menos de funcionarios” sin que se pruebe ningún delito.   Tan desatinado, ilegal y antidemocrático es lo que hacen con Ledezma y lo que anuncian contra la oposición que hasta Samper tuvo que cambiar el tono aún dentro de las formalidades diplomáticas.  ¡Así habrán sido los mensajes de varios gobiernos que Samper tuvo que reaccionar y dejar a un lado las complacencias y complicidades!.

TIP  1:  “Hoy me siento más que nunca firme”, escribió Antonio Ledezma desde la cárcel “estoy preparado mental y espiritualmente para soportar estas infamias (…) pido a los compañeros y compañeras de la unidad que no permitamos que el régimen nos divida (…) si de verdad quieren darme solidaridad y fuerzas sigan consolidando la Unidad (…) pido el mayor respaldo para Jesús “Chuo” Torrealba (…)  desde esta cárcel me preparo mentalmente para protestar votando el día en que se organicen las elecciones parlamentarias”.

TIP  2:  “Haga lo que haga el Gobierno, no logrará desviarnos de nuestro camino democrático, pacífico y constitucional”, remarcó ayer Henry Ramos Allup  (AD) en rueda de prensa a nombre de la MUD y en compañía de Lilian Tintori, Mitzy Ledezma y Julio Borges.

 

Damián Prat

[email protected]

@damianprat 

www.publicoyconfidencial.com

El peor ciego por Víctor Maldonado C.

Ciego

 

No hay peor ciego que el que no quiere ver, y nadie aprende en cabeza ajena. Ambos refranes son muy sabios y muy dolorosos. Lo que ocurre en Venezuela no es inédito. Es la repetición trágica de una farsa en la que ya resulta insostenible el rol omnipresente del estado en todos los ámbitos de la vida nacional.

El 13 de abril de 1972 el diario El Mercurio de Chile publicó un artículo que, a la luz de lo que hoy nos ocurre, resulta más que llamativo. “El dinero: pesadilla de la intelectualidad de la izquierda” comenta un informe del partido comunista –eje central del gobierno de Salvador Allende- en el que “llama la atención sobre la necesidad de disminuir drásticamente la cantidad de dinero o, como dicen los documentos citados, quemar circulante”.  Nada más y nada menos que un reconocimiento de que el populismo económico y el irrespeto a las leyes del mercado “provoca escasez e inflación y, con ello, una pérdida de popularidad creciente por parte del gobierno”.

Pero el artículo no queda allí. Nos dibuja una escena conocida. El gobierno de Allende también estaba convocando los mismos espectros que actualmente está manoseando el régimen venezolano. El comunismo no suele reconocer culpas. El comunismo y los comunistas padecen de esa enfermedad infantil llamada irresponsabilidad. Nunca asumen las consecuencias de sus propios actos. El comunista prefiere invocar esa reserva de resentimientos que es propia de la ignorancia y el envilecimiento, y explotar la necesidad que tienen los pueblos de tener a la mano un culpable para compensar la frustración de tantas promesas incumplidas y de tanta poesía violentada.

Sin embargo (así ocurrió con el Partido Comunista Chileno en 1971) la realidad a veces decanta en momentos de lucidez, incluso en aquellos condenados a sufrir los estragos de las utopías. Lo cierto es que fue el Partido Comunista –eje de la política de cambios del Gobierno de la Unidad Popular- el que en un arrebato de conciencia reconoció que “toda la campaña orquestada por el gobierno tratando de culpar a otros del desabastecimiento generalizado no tiene asidero alguno; el desabastecimiento no se debe al acaparamiento de los comerciantes o productores; nada tiene que ver con el tamaño colosal de los refrigeradores del barrio alto; nada tiene que ver con los anteriores gobiernos; no se debe a los latifundistas que ocultan la producción de alimentos. Se debe a un exceso de circulante, derivado de la política económica del gobierno actual.”

La historia suele limar las asperezas de la contradicción. Poco se recuerda de los fatales errores del gobierno de Allende. De su tiempo solo ha quedado la mascarada de un personaje de opereta que supuestamente fue víctima inmolada de una confabulación, pero no de sus propios errores. No fue así. Su desastre fue el resultado de una mala política económica que fue engendrada por un mal enfoque político, y del complejo de héroe fatuo que se esconde entre el pecho y espalda de todo aquel que apuesta a fortalecer el papel del Estado en la economía. Chile lo pagó con sangre y con la vivencia de una oscura época de represión que resulta para mi igualmente intolerable. La represión, que fue consecuencia del desorden social creado por una cabeza llena de utopías, fue tan inaceptable como la babosa incapacidad del gobierno de Allende para entender que la realidad y la economía son algo más  algo más que trovas, poemas y sublimación de la revolución cubana. Los pueblos pagan los errores y desaciertos de sus líderes. Insisto y aclaro: Las dictaduras no deberían existir. Los militares no resuelven problemas, por lo general los empeoran. Pero tampoco deberían ocurrir los socialismos, ni permitir nosotros sus excesos. Son los socialismos los que se encallejonan y cierran opciones.

Aquí estamos en lo mismo, porque nadie aprende en cabeza ajena. Y porque Dios ciega a los que quiere perder. Escribo esto con el mal sabor de saber que los calabozos de la policía política alojan a destacados empresarios venezolanos, supuestos culpables de delitos inventados dentro de una falsa trama de guerra económica. Gente de carne y hueso. Gente con familia y reputación que va a tener que descontar días perdidos solamente porque el gobierno no quiere reconocer que todo esto es el resultado de sus propios errores: Una economía malograda por el socialismo del siglo XXI y la prepotencia del populismo que se resiste a las evidencias de la realidad: que todo tiene un costo, que la demagogia se paga, que el dinero circulante debe ser el producto del trabajo que genera riqueza y no de la tentación populista que siempre es mentirosa en sus propósitos.

Aquí se ha multiplicado por diez el dinero circulante, a pesar que están en el suelo las reservas y la productividad del país. La trampa en la que se hunden todos los socialismos es que rompen los nexos entre la producción y la distribución. Quieren se distribuyan los bienes que no se producen. No entienden de la dinámica económica. No les entra en la cabeza que la riqueza es el resultado del trabajo y la inversión continuos y sistemáticos.  Aquí circulan billetes que no tienen respaldo. Mucho dinero inorgánico que no representa para nada la realidad que se expresa en la ruina siderúrgica, cementera, agroindustrial, química, petroquímica, petrolera y de servicios. Aquí se mantiene esa fantasía creyendo que los deseos empreñan. Y no es así. No empreñan pero si provocan estas injusticias como estos presos sin culpa y como esas empresas expoliadas a pesar de no haber hecho otra cosa que haber tenido el coraje de permanecer abiertas. Lástima que aquí la lucidez sea tan escasa como casi cualquier cosa que busquemos.

El socialismo es irrealizable porque el cálculo económico se sustituye por la suspicacia política. Nadie en el gobierno se pregunta sobre la eficacia de sus políticas económicas. Las pretenden perfectas. Nadie se pregunta si es posible producir sin tener acceso a los insumos importados. Ninguno de ellos entiende que el acceso oportuno a esos insumos solo es posible si antes se paga lo adeudado. Ellos no comprenden que nadie va a vender por debajo de los costos. Y mucho menos que la logística de distribución requiere de buenas carreteras, rutas aéreas y otras infraestructuras que aquí están colapsadas. No les da la cabeza para relacionar las colas con la desconfianza que provocan sus medidas. No entienden que la gente juega a proteger su patrimonio y mejorar sus capacidades de sobrevivencia cuando captan que el gobierno es incapaz de hacerlo por ellos. El socialismo es inviable porque es un inmenso acto de torpeza intentado por una logia de prepotentes que no tienen nada más que exhibir que su propia arrogancia.

A este gobierno le falta razón e ideas, pero le sobra impunidad represiva. Piensa que lo económico y lo político se resuelve a carcelazos y expropiaciones. Empero ni la cárcel siembra maíz ni las expropiaciones mejoran las reservas internacionales. La solución es otra. En 1973 Eduardo Frei Montalvo denuncia que su país, Chile, se está destruyendo: “Tenemos menos azúcar, menos papa, menos aceite… el país tiene un déficit de más de cuarenta mil millones del presupuesto y las emisiones inorgánicas se están transformando en el más grande fraude de la historia. Chile vive una inflación, la más alta y grande en el mundo…”. El socialismo es recalcitrante en sus resultados. Aquí la misma receta está provocando los mismos estragos.

Von Mises concluye su libro “Socialismo” con esta frase: “Lo que se necesita para detener la tendencia hacia el socialismo y el despotismo es sentido común y entereza moral”. ¿Los tenemos?

 

@vjmc

Bachelet, de espaldas al Chile moderno por Carlos Alberto Montaner

Chile

 

Chile está dejando de ser la esperanza latinoamericana. Eso es grave para todos, no sólo para los chilenos.

Durante décadas, especialmente desde la llegada de la democracia a ese país en 1989 (aunque la transformación había comenzado en época de la dictadura de Pinochet), resultaba obvio que la libertad, el funcionamiento de las instituciones de derecho, la apertura al mundo, la competencia, el mercado, y la supremacía de la sociedad civil en el terreno económico, habían probado que ése era el camino de la prosperidad para toda América Latina.

En Chile se confirmaba que la democracia liberal era la vía. El país, dentro de ese esquema, se había puesto a la cabeza de América Latina, más de la mitad de la sociedad se inscribía en los niveles sociales medios, y la pobreza había pasado del 46 al 12%. Una verdadera proeza.

La nación de “la loca geografía” –una larga franja de tierra temblorosa situada entre el Pacífico y los Andes– estaba a pocos pasos del umbral del Primer Mundo, definido como las naciones que alcanzan los $25 000 de producción anual per cápita. Bastaba recorrer las calles de Santiago y hablar con las gentes para percibir una sensación de optimismo y progreso mayor que en cualquier otra gran ciudad latinoamericana.

Ese espíritu se está apagando. Los datos de la encuestadora chilena Plaza Pública (CADEM) no dejan lugar a dudas. Un 71% de los ciudadanos piensa que la economía se ha estancado. Sólo un 27% opina lo contrario. Tras dos generaciones de prosperidad anual notable, con pocas contramarchas, el primer año de la presidente Bachelet se saldará con apenas un 1.6 de crecimiento, pese a que Sebastián Piñera le entregó un país que funcionaba a plena máquina. 

Naturalmente, eso tiene un costo. Cuando Bachelet llegó al poder, hace sólo ocho meses, un 78%, de los chilenos tenía una buena imagen de ella. Hoy sólo la aprecia el 48, mientras su gobierno es aún más impopular: apenas un 37% lo respalda.

¿Por qué se ha frenado Chile? Fundamentalmente, por una ruptura clarísima sobre el modelo de desarrollo. Los inversionistas locales y extranjeros tienen dudas y se abstienen. Ven a la señora Bachelet más cerca del viejo Chile estatista-populista que de una nación moderna basada en las ideas de la libertad económica, y no pueden evitar una desagradable sensación de deja vu que los retrotrae a los turbulentos años del allendismo.   

La perciben como una persona encharcada en las supersticiones ideológicas del “distribuicionismo igualitario”, obsesionada con el Índice Gini, y no en la creación de riquezas, que es lo que realmente importa. Al fin y al cabo, el coeficiente Gini de Venezuela es “mejor” que el de Chile y no creo que nadie en sus cabales piense que la gravísima situación del manicomio chavista es preferible a la chilena. 

Si la presidente Bachelet no rectifica, muy probablemente provocará la salida de la Democracia Cristiana de la coalición de gobierno. Es increíble que esta señora no advierta que la buena experiencia de las ideas de la libertad en su país ha corrido hacia el centro a todo el espectro político chileno.

El socialcristianismo de izquierda de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado ya no es lo que era. La democracia cristiana de Frei Ruiz-Tagle es diferente a la de Frei Montalva, su padre, porque entre ambos mundos existe medio siglo de inocultables éxitos liberales y el hundimiento de las recetas estatistas.

El socialismo de Ricardo Lagos tiene muy poco que ver con el de Salvador Allende, aunque respetuosamente cultive su memoria, porque en el camino de la lucha por la libertad, Lagos se transformó en un genuino socialdemócrata y enterró el lastre marxista.

En cambio, quienes no se han movido de su posición fanática son los comunistas (esos que Bachelet se empeñó tercamente en llevar a la Concertación) y continúan defendiendo un empobrecedor modelo de sociedad, pero en el pecado ideológico llevan la penitencia: la bonita Camila Vallejo, quien era muy popular cuando figuraba como revoltosa líder estudiantil de la oposición; tras pasar al Parlamento, hoy apenas tiene el aprecio del 3% de los chilenos.

Ojalá Chile retorne al carril del sentido común y el buen gobierno. Fue un faro para orientar a los latinoamericanos. Perderlo, insisto, nos perjudicará a todos.

 

@CarlosAMontaner

Infobae 

Corte chilena rechaza reabrir investigación por muerte de Allende

Allende

La Corte de Apelaciones de Santiago rechazó hoy un recurso que buscaba reabrir la investigación sobre la muerte del presidente Salvador Allende, ocurrida en La Moneda durante el golpe militar del 11 de septiembre de 1973, informaron fuentes judiciales.

El recurso fue presentado el pasado septiembre por una organización de expresos políticos y fue rechazado de forma unánime por la II Sala del Tribunal de Alzada, precisaron las fuentes.

La petición se fundamentaba en una declaración de Dagoberto Palacios, quien asegura que un tío suyo, que integró las tropas que asaltaron la sede del Gobierno chileno durante el golpe que encabezó Augusto Pinochet, le había confesado que él había dado muerte a Allende.

El pasado 7 de enero, la Corte Suprema cerró definitivamente la investigación sobre la muerte del mandatario socialista (1970-1973), al dictaminar que Allende se suicidó.

El máximo tribunal chileno refrendó así lo dictaminado en primera instancia por el juez especial Mario Carroza en septiembre de 2012, y confirmado en junio de 2013 por la Corte de Apelaciones, en el sentido de que en la muerte de Allende no hubo intervención de terceros.

“Los hechos que significaron la muerte de Salvador Allende Gossens provienen de un acto deliberado en el que, voluntariamente éste se quita la vida y no hay intervención de terceros, ya sea para su cometido como para su auxilio, estimándose en consecuencia que estos no serían constitutivos de delito”, precisa el fallo.

La investigación sobre la muerte de Allende se abrió en enero de 2011, cuando la fiscal Beatriz Pedrals presentó una denuncia para esclarecer 726 casos de eventuales violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), que nunca hasta entonces habían sido investigadas.

La indagatoria determinó que cuando La Moneda ardía tras ser bombardeada por la Fuerza Aérea el 11 de septiembre de 1973, Allende se dirigió al Salón Independencia, situado en el segundo piso, y cerró la puerta.

Dictamen de muerte

“Una vez en su interior, se sienta en un sofá, coloca un fusil que portaba entre sus piernas y apoyándolo en su mentón, lo acciona, falleciendo en forma instantánea producto del disparo recibido”, indica la resolución.

“A consecuencia de esta acción, su cuerpo quedó en una posición tal que su cabeza se cargó hacia la derecha e inclinó sobre el tórax. La bóveda craneana tuvo una pérdida importante de masa encefálica, que queda disgregada en el suelo y en el muro ubicado a sus espaldas”, agrega.

Aunque aún hay quienes insisten en que Allende fue asesinado por los militares, la investigación determinó que las tropas “llegaron al salón con posterioridad al instante en que el presidente Allende se quita la vida”.

“No hay ningún testigo que pueda avalar la tesis del enfrentamiento”, añade la resolución, que concluye que “los hechos que significaron la muerte” de Allende “provienen de un acto deliberado en el que, voluntariamente este se quita la vida y no hay intervención de terceros, ya sea para su cometido como para su auxilio”.

La investigación incluyó la exhumación de los restos de Allende en mayo de 2011 y dos meses después un equipo de peritos concluyó que la causa del fallecimiento fue una “lesión perforante de la cabeza por proyectil de arma de fuego de alta velocidad a contacto”.

El cuerpo de Allende volvió a ser sepultado en el Cementerio General de Santiago el 9 de septiembre de 2011, mientras su familia siempre se ha declarado convencida de que el presidente socialista se quitó la vida.