Dos malos recuerdos del 11 de septiembre, por Alejandro Armas

Dos malos recuerdos del 11 de septiembre, por Alejandro Armas

 

Este es el primer artículo que escribo fuera de mi (pese a todo) adorada Caracas. Redacto desde un pequeño apartamento en el Bronx, en Nueva York, donde acabo de comenzar estudios de maestría en Ciencias Políticas, específicamente en la Universidad de Columbia. Cuando llegué al campus este miércoles me llamó la atención el despliegue de barras y estrellas por doquier. Solo entonces caí en cuenta de que se estaba conmemorando el ataque terrorista contra el World Trade Center en 2001. No pude evitar pensar que, mientras para los estadounidenses cada 11 de septiembre es un día en el que el recuerdo de esa tragedia nacional los une, los latinoamericanos entramos en el terreno de la disputa amarga como consecuencia de otra efeméride. Me refiero al golpe de Estado liderado por Augusto Pinochet que derrocó a Salvador Allende en 1973.

 

Por supuesto, Chile es el país donde el disenso se manifiesta de manera más encarnizada. No obstante, el accidentado devenir histórico compartido en la región hace que este evento sea hasta el Sol de hoy tema de debate álgido en toda América Latina, al igual que, por poner otro ejemplo, la Revolución Cubana. Resulta verdaderamente lamentable comprobar, año tras año, como los latinos seguimos en muchos aspectos anclados a una visión geopolítica propia de la Guerra Fría y cómo nos armamos falsos dilemas que nos condenan a escoger entre polos de la política (excusen la cacofonía) terribles. Por un lado, los ñángaras trasnochados se empeñan en glorificar el gobierno de Allende, mientras que el conservadurismo rancio hace otro tanto con Pinochet. En realidad, tanto Allende como Pinochet fueron nefastos para Chile.

 

Vayamos en orden cronológico. Concedamos que sectores de la derecha chilena se confabularon para sabotear un gobierno socialista electo democráticamente. También debemos reconocer el papel que Estados Unidos tuvo en la ofensiva contra Allende. Pero el desastre económico de esos años no tuvo sus raíces en tales factores. La economía chilena acumulaba problemas, como alta inflación crónica, desde antes de la llegada al poder de la Unidad Popular… Y las políticas económicas de esta, típicas de la izquierda populista latinoamericana, agravaron la situación.

 

Para empezar, hubo un aumento dramático del gasto público, con incrementos de salarios cuantiosos que finalmente no tuvieron un correlato en cuanto a productividad. A lo largo de 1971 hubo una ilusión de prosperidad que, por supuesto, no podía durar mucho. El déficit fiscal tocó la puerta y la inflación se disparó. Los dos años siguientes fueron de un verdadero caos: se desplomó el producto interno bruto y cundió la escasez, con los problemas asociados. A saber, colas y racionamiento. En vez de olvidarse de dogmas y emprender correctivos urgentes, el Gobierno, cada vez más influido por los comunistas, reaccionó radicalizándose. Surgieron las Juntas de Abastecimiento y Control de Precio (JAP), organismos a cargo de imponer el racionamiento en cada localidad. Durante el período hubo abundantes denuncias de discriminación política por parte de estas entidades. Según algunas versiones, incluso se exigía compromisos de militancia con el oficialismo para acceder a sus “beneficios”. Sobre las JAP como posible inspiración de los CLAP venezolanos ya he hablado en otro artículo.

 

Pasemos ahora al caso de Pinochet. Debido a la montaña de evidencia en su contra, hoy son relativamente pocos los que se declaran abiertamente admiradores del general. Sin embargo, existe una tendencia entre no pocos latinoamericanos, sobre todo aquellos que se identifican con la derecha conservadora o liberal, a presentar a Pinochet como una especie de “mal necesario”. Es decir, reconocen los crímenes abominables cometidos por la dictadura pero sostienen que el gobierno militar fue un período “menos malo” que el se hubiera dado de no ser por el golpe de septiembre. Este es un argumento sumamente errado, por varias razones. Para empezar, cuando se hace un juicio histórico, no tiene sentido preguntar “qué hubiera pasado si…”. Lo importante es lo que pasó. Eso es lo único que se puede evaluar. Punto. Ergo, cualquier planteamiento del tipo “Es que Pinochet salvó a Chile de convertirse en otra Cuba” es desechable.

 

Supongamos por un momento que sí se puede invocar la imaginación para este tipo de situaciones. ¿Entonces los miles de asesinados, torturados y desaparecidos fueron sacrificios indispensables para evitar que el comunismo se apoderara de Chile? Absolutamente no. La rebelión contra un régimen opresivo no necesariamente tiene que implicar un baño de sangre, sobre todo después de que los opresores fueron desalojados del poder y están a merced de los insurrectos. Eso fue lo que pasó en Chile, y las víctimas no fueron todas individuos que usaron el poder durante el gobierno de Allende para cometer abusos. Muchas eran sencillamente personas con alguna forma de pensamiento izquierdista.

 

Otra barajita repetida en el álbum de la apología: “Sí, mataron a miles y eso estuvo muy mal. Pero de no ser por el golpe el comunismo habría asesinado a millones, como en Rusia y China”. Cuando se trata de dictaduras que asesinan a mansalva, no se puede distinguirlas entre “más y menos malas” por el número de muertos. Estamos hablando de vidas humanas, algo muy precioso y complejo como para sopesarlo fríamente en una balanza y por cantidad. Pinochet y Mao. Franco y Lenin. Todos merecen el mismo lugar en el recuerdo histórico. Basta de usar las calamidades del comunismo para justificar las calamidades de otras ideologías.

 

Ahora llegó el momento de hablar de otras cifras. Es común escuchar que la dictadura militar no solo acabó con el desastre socialista, sino que además, gracias a su visión liberal, inauguró la prosperidad económica chilena que hoy perdura. Una vez más, esto no exculpa a Pinochet de sus delitos, y aunque lo hiciera, un examen más detallado permite entender que su legado económico en realidad está bastante sobrevalorado.

 

A partir de 1975, Pinochet entregó las riendas financieras del país a un grupo de economistas que pasaron a ser conocidos como los Chicago Boys, por haberse formado en la prestigiosa casa de estudios en esa ciudad. Encabezados por el ministro de Finanzas, Sergio de Castro, pusieron en marcha una terapia de shock basada en el monetarismo que dio al traste con las políticas del gobierno anterior: fin de los controles de precios (algo siempre necesario en estos casos, vale decir) y demás regulaciones al mercado, reducción de impuestos y privatización de casi todas las empresas en manos del Estado, con la notable excepción de las minas de cobre, el principal producto de exportación chileno (por ley, 10% de las ganancias de este sector debe ir al presupuesto de defensa; es decir, se trataba de un punto de interés para los amigos castrenses de Pinochet). Durante la segunda mitad de la década de los 70 y principios de la siguiente, el PIB se disparó y superó el promedio latinoamericano. La inflación, aunque alta, se mantuvo muy por debajo de los niveles de la presidencia de Allende. Hasta este por lo general llega el relato de algunos liberales, quienes apelan a la autoridad intelectual de Milton Friedman, el mentor de los Chicago Boys, que visitó Chile entonces y aseguró haber atestiguado un “milagro económico”.

 

Lo que estas versiones suelen dejar por fuera es lo que ocurrió a partir de la crisis de 1982. Cierto, este fue un episodio que impactó a toda Latinoamérica. Pero en Chile el golpe fue particularmente duro. Según algunas estimaciones, el PIB se hundió ese año casi 15%, mientras que la caída regional promedio fue de 3%. De Castro y los otros Chicago Boys más dogmáticos se negaron a cambiar de rumbo, así que Pinochet, que no era ningún tonto, decidió prescindir de sus servicios y nombrar como ministro de Finanzas a Hernán Büchi, alguien mucho más flexible y pragmático. El nuevo plan consistió en un conjunto de medidas de intervención estatal nada despreciable, aunque no con orientación socialista, desde luego: bancos intervenidos para evitar su quiebra, nuevas regulaciones en el flujo de capitales, aumento de aranceles, etc. Poco a poco se retomó el crecimiento y para finales de los 80 la economía se había estabilizado, pero el costo social fue grande. Casi la mitad de los chilenos era pobre hacia el final de la dictadura. Además, a lo largo del gobierno militar hubo alto desempleo y desigualdades socioeconómicas elevadísimas. Economistas como Ricardo Ffrench-Davis atribuyen estos problemas a los excesos de los Chicago Boys.

 

En conclusión, a la dictadura de Pinochet solo se le puede atribuir haber estabilizado la economía chilena, y eso después de 1982, no durante los siete años de experimentos monetaristas que, por alguna razón, han recibido una publicidad mucho más generosa. Pero estabilidad no es prosperidad. La relativa prosperidad de la que goza la mayoría de los chilenos y que tanto maravilla a los latinoamericanos de otras nacionalidades fue más bien un producto de los gobiernos democráticos posteriores a la dictadura. Durante los años 90, la pobreza se redujo a la mitad de los últimos niveles del gobierno militar. Hoy es aun más baja. El desempleo también se contrajo. En cambio, los salarios reales subieron, al igual que el PIB.

 

Si comencé este artículo denostando contra Allende y Pinochet pero las críticas a este último se llevaron el grueso del texto, es por una razón. Me preocupa mucho ver hoy en Venezuela una tendencia a clamar por una especie de Pinochet caribeño. Resulta alarmante que muchos conciudadanos recurran a la ya desmontada tesis del “mal necesario” para dar sustento a la idea de que es imprescindible una experiencia como la chilena para recuperar el país una vez que termine la desgracia que hoy lo atormenta. Yo no sé como lograr el cambio político urgente. Lo que sí sé es que, una vez que ese cambio llegue, no quiero que sea para instaurar un régimen al estilo de Pinochet. Venezuela ya ha sufrido demasiado como para tener que atravesar otro karma.

 

Lo mismo vale para el resto de Latinoamérica. Todo el mundo tiene derecho a opinar, pero me gustaría que cada vez menos personas se arrojaran a defender modelos tan nocivos. Sobre todo porque la discusión se presta para avivar las llamas de un odio que, al igual que Allende y Pinochet, hoy debería estar confinado al sepulcro de la Guerra Fría. Ojalá llegue un 11 de septiembre cuando la enorme mayoría de los latinos nos unamos en el repudio a estos dos malos recuerdos.

 

@AAAD25 

Enviar Comentarios



© Manapro Consultores

Enviar Comentarios