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Sociedad civil se moviliza para atender a personas con amputaciones tras los terremotos

A un mes del doblete sísmico en Venezuela, la emergencia deja múltiples secuelas que requieren atención integral y a largo plazo. Esto incluye a las personas con amputaciones de alguna de sus extremidades, y otras que presentaron lesiones medulares. Aunque no hay una cifra oficial, decenas de sus historias resuenan en medios de comunicación y redes sociales. 

Ante la urgencia de una respuesta sistémica, varias organizaciones se activaron para acompañar los procesos de atención psicológica, rehabilitación y de acceso a prótesis o ayudas técnicas, para que las personas afectadas recuperen su movilidad y lleven una vida autónoma. 

Una de estas iniciativas es el Fondo Humanitario 77: Fe sin Fronteras, una alianza entre la Fundación CIREC, la Fundación Juan Pablo Dos Santos y la Fundación Hospital Ortopédico Infantil con el fin de construir un modelo de atención permanente que permita entregar prótesis, sillas de ruedas y rehabilitación especializada para las personas afectadas. A esta red de apoyo en el territorio nacional se suma también Fundaprocura. 

La fundación colombiana CIREC, con 50 años de trayectoria en rehabilitación integral, destinó el equivalente a 277 000 dólares como aporte semilla para el proyecto, pero el objetivo es que cada vez más personas y organizaciones donen a la causa para alcanzar 2 millones de dólares, cifra con la que esperan cubrir la alta demanda de tratamientos y crear un centro de rehabilitación. Al momento de esta publicación habían recaudado 75 000 dólares. 

“La respuesta a esta emergencia necesita un apoyo sostenido en el tiempo, porque las secuelas no son solo físicas: también impactan la autonomía, la salud emocional, la vida familiar y el futuro de cada persona afectada. Por eso hacemos un llamado a empresas, cooperantes, organizaciones y personas solidarias a sumarse”, dijo Daniel Gómez, líder de la organización desde 2013. 

En la página web también habilitaron una sección para que quienes resultaron afectados por los terremotos, o sus familiares, se registren. También está abierto para que otras personas con discapacidad en el país puedan solicitar apoyo para adquirir una prótesis, muleta, andadera o bastón. 

Acompañar desde la experiencia

El atleta, modelo y activista Juan Pablo Dos Santos perdió las piernas en 2019 tras un accidente de tránsito. Desde hace seis años, bajo la fundación que lleva su nombre, ayuda a personas para que vuelvan a caminar. Tras los terremotos ha visitado y compartido su historia con más de 40 niños, niñas, adolescentes y adultos que enfrentaron amputaciones.

“Yo estuve en esa misma cama, con la misma necesidad de que alguien me dijera algo positivo, con la misma necesidad de recaudar dinero para poder estar bien, para soñar con unas prótesis… A veces lo que más puede motivar es el ejemplo de otra persona, ver en otra persona el reflejo de lo que va a poder ser tu historia”, dijo a Runrun.es el joven, quien en noviembre de 2025 completó el Maratón de Nueva York. 

Dos Santos explicó que conoce de primera mano lo difícil que puede ser para una familia venezolana adquirir una prótesis y que con su trabajo ha querido devolver parte de la ayuda con la que él contó en su momento. También habló sobre lo que viven las personas cuidadoras, familiares y amigos de los afectados. 

La persona que acompaña a alguien que ha adquirido una discapacidad tiene una tarea muy difícil. Me gusta mucho que mi mamá tenga la oportunidad de hablar con ellos, de decirles cómo lo vivió ella. Al final la persona que está sufriendo la tragedia, muchas veces tiene muy mal humor, tiene muy mal carácter y suele pagarla o reflejar eso con las personas que más lo aman, que más los están apoyando”, relató. 

En este sentido recalcó que la atención psicológica es fundamental en este proceso. También detalló que parte del proceso incluye evaluar cómo están los muñones de estas personas para ver si hay que hacer alguna remodelación, entendiendo que muchos fueron amputados en situaciones críticas. Después deben hacer rehabilitación para preparar y fortalecer su cuerpo para recibir las prótesis. 

Luego deben emprender la fisioterapia con las prótesis: “Para aprender a caminar, descubrir cuál es la manera, descubrir qué músculos tienes que fortalecer, cómo tienes que adaptar a tu cuerpo para que puedas caminar de la manera más efectiva posible y no dañes el resto de tu cuerpo”. 

Articulación con la academia

Hace tres años el servicio de Orientación de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Central (UCV) creó el Proyecto Ingenio al Servicio de las Personas con Discapacidad Musculoesquelética, con el que lograron hacer el primer exoesqueleto totalmente fabricado en el país.  

Su motivación incluye que en el país hay una lista de espera en el Instituto Venezolano de los Seguros Sociales de al menos 17 000 pacientes con discapacidad musculoesquelética, personas con amputaciones y con discapacidad de lesión medular a la espera de dispositivos que los ayuden a recuperar movilidad e independencia. El costo de una prótesis en Venezuela está alrededor de los 5000 dólares. 

Hasta entonces, para ensamblar un dispositivo de ese tipo o una prótesis en Venezuela se debían importar piezas desde Alemania, Estados Unidos o Brasil. Los costos suelen ser inaccesibles para la gran mayoría de los pacientes y sus familias. 

Tras los dobles terremotos, y al hablar con el personal médico que atendía a personas que perdieron extremidades y que han estado vinculados al proyecto de la UCV, los implicados también se activaron para ayudar.

La profesora Milvia Acosta, directora del servicio de Orientación de la Facultad de Ingeniería y quien también fue amputada hace años, detalló que actualmente realizan muñoneras para un grupo de personas que ya tienen identificadas. Las fundas se usan para proteger, comprimir y cuidar la parte residual de una extremidad amputada. 

Además trabajan en conjunto con la Asociación Nacional de Trabajadores Sociales —que está enfocada en levantar una data para poder canalizar la ayuda— y con la Asociación Nacional de Fisiatría. También han sostenido conversaciones con representantes de agencias internacionales con el fin de buscar recursos para importar las piezas. 

Acosta explicó que algunas ortopedias públicas en Caracas, así como el Centro Nacional de Rehabilitación en el Hospital Pérez Carreño se encuentran sin recursos. “No tienen equipos, herramientas ni personal. En el Centro del Hospital Vargas tienen personal, pero no los equipos, en Lídice lo mismo. Nosotros tenemos equipos, herramientas y personal, ortopedistas voluntarios con ganas de trabajar. Nos faltarían los kits que se traen de afuera”, dijo la profesora. Con esta iniciativa se puede contactar a través del correo ingenioenaccionucv@gmail.com.

Tanto Juan Pablo Dos Santos como ingenioenaccionucv@gmail.com coincidieron en la necesidad de hacer las ciudades del país accesibles para garantizar que los espacios e infraestructuras sean adaptadas para las personas con discapacidad. 

La Guaira resiste al desamparo

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De los escombros apilados cercanos a su edificio derrumbado, Katherine Díaz, de 39 años, residente de la torre F23 del urbanismo Hugo Chávez de Playa Grande, recupera una silla de madera. La acomoda en medio de una calle vacía como si el mueble indemne fuese un trofeo en una escena donde está rodeada de edificios caídos y catástrofe. A un mes de los dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5 que devastaron el Litoral Central de la costa caribeña de Venezuela, en su comunidad aún no han recibido la visita del gobernador del estado La Guaira, José Alejandro Terán, ni del alcalde del municipio Vargas, José Manuel Suárez Maldonado, según asegura Katherine. “No los hemos visto. Las primeras dos noches no llegó la policía ni siquiera los bomberos a pesar de los incendios en varios bloques, no llegó nadie”. 

La iglesia del urbanismo, un diseño en obra limpia y concreto quedó intacta. Sus puertas de madera con una cruz tallada en su centro permanecen cerradas frente a la mirada de quienes perdieron sus hogares o el deambular de los que recuperan algunos enseres entre los restos de decenas de edificios hechos añicos. 

“Esta iglesia podría ser un albergue. Los damnificados dormimos en carpas a cielo abierto”, dice Katherine, sobreviviente junto a su familia de los dos terremotos que acabaron con su urbanismo. Ella, su esposo y sus cuatro hijos lograron salir a tiempo durante los sismos. Apenas unos segundos después su edificio colapsó. Las placas de los pisos superiores uno, dos y tres cayeron sobre la planta baja y aplastaron a la familia que vivía en el nivel inferior. Todos murieron. 

En su calle los edificios aledaños cayeron uno sobre otro como en un efecto dominó, según relata, Noris Vargas, de 42 años, madre de tres hijos y vecina de Katherine de la torre F23, quien también perdió su casa. “Ahora que más lo necesitamos, no aparece ninguna autoridad. Ni siquiera para darnos unas palabras de consuelo. Pasaron ya demasiados días, pero aún no vienen. Somos la prueba de que estas viviendas las construyeron mal”, dice Noris. 

Los fallecidos en este complejo de casas de interés social ubicado en la parroquia Urimare, en Playa Grande, residían en gran parte en las plantas bajas de estas edificaciones. “Los heridos y sobrevivientes los rescatamos nosotros, la misma gente de acá. Los cuerpos de los muertos también los sacamos solos”, describe Noris con lágrimas en sus ojos. 

Recorrer las avenidas del lugar es transitar por una zona devastada. Es una sucesión infinita de edificios de baja altura que se hundieron un nivel o mirar las repeticiones en serie de estructuras destrozadas de las que solo quedan cúmulos de escombros o se encuentran inclinadas como una Torre de Pisa. La estampa es la de una ciudad fantasma que parece ajena. Su arquitectura dista de ser caribeña: son bloques grises de ventanas minúsculas a pesar de estar cerca del mar, con poca iluminación natural y sin ventilación cruzada. 

La zona de 36 hectáreas con 3.180 apartamentos en 192 torres que también llaman Summa, en alusión al nombre de la empresa con sede en Turquía que diseñó y construyó las viviendas prefabricadas para el gobierno venezolano, no hay edificios sin daños. Al echar un vistazo por las ventanas de las estructuras que permanecen en pie, se puede cerciorar que las placas internas de cada uno de los niveles cayeron. Son fachadas de cascarones huecos. 

“No estoy saqueando, no estoy saqueando”, grita un hombre que sale por las hendijas de metal doblado y recubiertas de goma espuma con forros de aluminio de los cimientos de su casa aplastada por los pisos superiores de su edificio. En sus manos lleva una bolsa rosa que dice Biomercy Group. En el saco resguarda a su gato. A pesar de los riesgos, regresó a buscar y rescatar a su gato blanquinegro de ojos verdes.

El complejo está desolado. La actividad se concentra en un par de avenidas en un ir y venir de camiones volteo Iveco y algunos tractores amarillos de la marca Cat con palas mecánicas que comienzan a recoger escombros. Lo hacen a lo largo de las vías que confluyen en la redoma principal del urbanismo donde sobresale una escultura roja con la forma de una gran letra “v”. 

“Para mí es la ‘v’ de vacío como lo que siento en el pecho”, dice Anthony Tovar, de 32 años.

En un edificio colapsado frente a la torre D21 donde residía, Anthony busca unos tubos para armar un tarantín que lo cobije. Su esposa y cuatro hijos están en un refugio, pero él prefiere permanecer allí, a las afueras de lo que fue su hogar. “Espero respuestas y una solución, que las autoridades den la cara. Cuando el deslave de Vargas era un niño de seis años, vivía en Caraballeda, en San Julián, entonces perdí la casa. Me siento abandonado a la buena de Dios”.

Con el pasar de los días, aunque la devastación impera en La Guaria, las escenas cambian. Del caos inicial en centros de acopio desbordados por insumos médicos sin clasificar o el colapso del tráfico por el exceso de motos que circulaban en las principales vías, cuatro semanas después el tránsito es fluido. Una buena parte del estado continúa sin servicio de energía eléctrica, lo que ha hecho que se multipliquen los puntos de recarga de teléfonos celulares o de conexión libre a Internet con antenas Starlink. 

La presencia y labor del personal médico es notable en los campamentos o albergues a lo largo de la franja costera. Seis hospitales de campaña, incluido uno de la Cruz Roja, y puntos móviles de salud están activos. Los médicos en su mayoría son voluntarios, como la doctora Francis Zárate, quien atiende a los pacientes que llegan a la carpa del centro de salud instalado en la avenida principal de Playa Grande. 

“Las afecciones más recurrentes en esta fase son cuadros respiratorios en vía aérea superior (nariz) o vía aérea inferior (pulmones y bronquios), infecciones en piel, aún llegan heridos con contusiones, cortes o laceraciones. No han llegado más rescatados vivos”, explica la doctora Francis, mientras nebuliza a una bebé de seis meses con asma. “El polvo de los residuos afecta, en especial a los niños y adultos mayores”. 

En un campo de béisbol de Catia La Mar, Luis Alejandro Pérez, de 13 años, juega fútbol en solitario en un refugio ubicado a un kilómetro del edificio donde residía, una de las torres del complejo OPPPE 36 (Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales), construcción de la Misión Vivienda en Playa Grande y una de las zonas más afectadas al oeste de La Guaira. 

“Nuestro edificio no se cayó, pero está destruido”, dice Mariela Pérez, la madre del muchacho. El apartamento sin paredes de lo que fue su casa se visualiza a simple vista en la estructura de un bloque de 12 pisos inclinado hacia adelante y, a la vez, torcido hacia uno de sus laterales. “El de al lado sí se cayó”, reitera.

El hijo de Mariela es fanático del futbolista Leo Messi –según la madre– y para distraerse en el refugio escucharon en una radio prestada que funciona con pilas el partido en el que la selección de Argentina enfrentó y derrotó al equipo de Suiza por 3 goles a 1, lo que significó el pase de la albiceleste a las semifinales del Mundial de Fútbol de la FIFA. La familia subsiste con la ayuda que reciben. Luis Alejandro no pudo rescatar ni siquiera sus útiles escolares. Sus padres, Mariela y Luis, tampoco lograron recuperar nada de su hogar. No es seguro entrar al edificio que podría colapsar en cualquier instante.

Estudiante del sexto grado de primaria, Luis Alejandro dice que desea ser futbolista o médico “para salvar vidas” y espera comenzar la secundaria el próximo año escolar en el Liceo Nacional Antón Makarenko, un centro educativo de la parroquia Urimare cuyo nombre original era Jacinto Covict, en honor al médico y científico venezolano descubridor de la vacuna contra la lepra. Pero la institución fue renombrada hace unos años con la identidad de un héroe ruso que el chico desconoce y le cuesta pronunciar. 

De los cuatro edificios de la OPPPE 36 ubicados en la avenida principal de Playa Grande, aledaños al conjunto Los Dos Delfines, tres no cayeron, pero son esqueletos endebles que dejan al descubierto la destrucción de sus estructuras con riesgo de desplome. El cuadro evoca a un mundo apocalíptico que aún pasma que no sea de ficción. 

En las cercanías de este complejo, una marea de gente llega en horas del mediodía a la llamada Cancha de la Paz. Estas personas vienen desde Chichiriviche de la Costa, Tarmas y Carayaca, poblaciones ubicadas al extremo oeste de La Guaira que fueron menos afectadas por los sismos pero que quedaron desabastecidas al perder mercados, abastos y otros comercios de Catia La Mar, su principal centro urbano a donde acudían para sus compras de alimentos y víveres. 

María Fernanda Pérez, de 48 años, residente de Tarmas, junto a sus tres hijos y Jeferson Corro, de 37 años, habitante de Carayaca, hacen una fila para recibir dos perros calientes por persona más una Coca-Cola de bebida, ese será su almuerzo. Esto ocurre en una jornada que los voluntarios organizan en la Cancha de La Paz, que también sirve de refugio y un centro de acopio donde siguen acumulando montañas de ropa donada sin catalogar. 

Unos banderines azules en los que se lee “Nabep” se enarbolan en el campamento que coordina la empresa North American Blue Energy Partners (Nabep). La compañía petrolera registrada en Barbados y con operaciones en Venezuela instaló una gran carpa en la que se brinda atención médica, veterinaria y distribución de insumos a los damnificados en la avenida principal de Playa Grande. Es la base de los rescatistas de México, Argentina y Brasil de UniRed (Red de Intervención y Respuesta a Emergencias y Desastres), una de las brigadas internacionales que aún continúan sus labores en Venezuela.

La estudiante de veterinaria Oriana Urriza, una voluntaria que viajó desde Acarigua-Araure, en Portuguesa, para prestar sus servicios en este campamento, atiende a una perra de nombre Bella Sofía. “Presenta un cuadro de deshidratación y vómitos”, explica. La cachorra no bebe agua desde el día que ocurrieron los terremotos y fue diagnosticada con estrés postraumático. Su dueña, Desiran Marín, cuenta que ella y su perrita son sobrevivientes de los sismos en el sector Alto Mar cercano al terminal de Catia La Mar. 

El estacionamiento del Farmatodo, en Urimare, aún funciona como refugio. Allí hay un punto de acceso de agua potable al que acuden día a día muchas familias vecinas de la llamada zona de los hoteles y dónde está el Hotel Marriott de Playa Grande que sufrió severos daños estructurales. “Mi casa de una planta no se cayó, a Dios gracias. En el temblor vimos cómo cayeron las paredes de varios pisos del Marriott. Las tres torres de enfrente y otros edificios de alrededor se volvieron cenizas pero el hotel aguantó”, relata Rosa María García, de 58 años, cuyo hogar se localiza en la avenida del Norte, a unos metros de la redoma, pero sin suministro de agua desde el 24 de junio. 

En la entrada al Hotel Marriott, ubicado a tres kilómetros del Aeropuerto Internacional de Maiquetía, aún permanece un bus de color blanco y asientos azules aplastado por el techo del edificio de ladrillos que se le vino encima y deja ver sus habitaciones al desnudo tras los sismos.

A las afueras del Edificio El Jurel en Playa Grande, algunos familiares de personas atrapadas, entre la resignación y el cansancio, todavía esperan encontrar y recuperar sus cuerpos. La estructura anclada sobre una colina con inigualable vista al mar es un coloso en ruinas cuya piscina doblada al ras de un acantilado parece que cuelga de un hilo. 

En el cartel pegado con tirro en una columna de las residencias se lee una lista escrita a mano con nombres de desaparecidos: Odette Natalia Agreda (piso 6), Andy Maldonado (piso 8), Adriana Valladares (piso 9), Niurka Moreno (piso 10), Lía Valentina Meza, Arelis Mariño, Eduardo Martínez (Piso 11), Jhonny Druid (piso 12). Otros nombres no se distinguen debido a la tinta desteñida por la lluvia. La adolescente Camila Sofía Medina, de 15 años, fue rescatada con vida en El Jurel después de permanecer por 60 horas bajo los escombros. Desde entonces no han hallado más personas con vida. 

“Nos han dejado desamparados. Desde el día uno busco a mi hija Lía, de tres años, y a sus abuelos. Acá la ayuda llegó demasiado tarde. Necesitamos una grúa telescópica para quitar las placas más pesadas”, dice José Meza, quien sostiene en una mano una foto de su pequeña.

Encaramado en una montaña de los restos de placas de hormigón resquebrajadas y vigas retorcidas de lo que fue el edificio Belo horizonte, en Playa Grande, un hombre insiste en la faena de remover las toneladas caídas de la estructura. Lo hace en solitario. Pese a que la tarea es una utopía, Willie Rojas, de 65 años, no detiene su labor.

“Mis dos hijos quedaron atrapados bajo los escombros. Con la ayuda de voluntarios y topos recuperé el cuerpo sin vida de Willy (44 años), pero no hemos podido encontrar a Anthony, mi hijo menor (30 años)”, dice este padre, quien residía en el conjunto pero no se encontraba en el edificio al momento de los sismos. Como era feriado había viajado junto a su esposa a la ciudad de Valencia, a unos 200 kilómetros de Caracas. 

La presencia de voluntarios ha mermado en sus labores de búsqueda al oeste del litoral. “Aquí me quedé solo, se fueron los voluntarios y rescatistas. No han podido venir otros a relevarlos. Ayuda de los entes gubernamentales no he tenido. Esto es muy doloroso. Me iré cuando recupere el cuerpo de mi hijo”, dice Willie. 

El edificio Belo Horizonte era un complejo residencial de 17 pisos ubicado en una loma de la avenida principal de Playa Grande. La estructura colapsó por completo hacia atrás y cayó sobre la avenida La Playa, en el sector Puerto Viejo. 

Entre Puerto Viejo y Catia La Mar, luego de bordear la costa en la intersección entre la avenida El Balneario y La Atlántida, un olor nauseabundo se esparce con el viento. “Es el olor a muerto”, dice Margarita Reyes, una maestra de 38 años, quien baja el tapabocas para explicar el origen del hedor. Margarita hace una fila para recibir dos botellones de agua potable que despachan unos voluntarios con el distintivo de Global Empowerment Mission (GEM) a los damnificados que pernoctan en carpas cerca de Playa Escondida. 

“Agradezco la ayuda, pero estoy agotada. Perdí mi casa, a dos sobrinos, a mis abuelos, a cinco de mis alumnos. Una carpa sirve para unos días, no para un mes”, reclama Margarita.

En el campamento del Campo de Golf de Caraballeda, decenas de carpas se multiplican. Algunos son refugios temporales armados con cobijas o lonas que protegen del sol, pero no de la lluvia. Yorgelis, sus hijos y su perro, quien la resguarda como un cancerbero, son sobrevivientes de la OPPP26. “Luego de que el edificio colapsó me fui a rezar el templo, fue mi hija la que sacó a su hermano de los escombros. Estamos vivos gracias a Dios”, cuenta Yorgelis. 

En esa zona al este de La Guaira, al otro lado del litoral, en la urbanización Caribe el movimiento de las palas mecánicas que limpian los terrenos contiguos al centro comercial Costa del Sol contrasta con la imagen de las personas que permanecen en soledad frente al derrumbe de edificios de la avenida Costanera donde aún están atrapados sus seres queridos y quienes esperan que los ayuden con maquinarias. 

“Nos cobran dos mil dólares por día por el alquiler de la máquina, es absurdo, pero es así”, asegura Lola Molina, de 29 años, quien hace vigilia y se turna con otros vecinos para cuidar los restos de su edificio en Caraballeda donde aún está tapiada Jacinta, su abuela. “No la vamos abandonar aquí. Vigilamos porque nos da miedo que alguien de una orden, arrasen esto y no queden ni las cenizas para sepultar”.

La franja entre Caribe, Caraballeda y Tanaguarena, el epicentro de la denominada zona cero por ser la más devastada, es el área donde la búsqueda no cesa desde hace un mes que ocurrieron los terremotos. El temblor acá es la fuerza de la red de familias y voluntarios que mueven los escombros por sus propios medios para recuperar los cuerpos de las víctimas.

A pico, pala y mandarriazos golpean el hormigón. Son muchas las manos solidarias que abren orificios que se convierten en túneles o pasadizos al interior de los derrumbes. Otros usan taladros que necesitan de plantas eléctricas para funcionar. El objetivo, en ambos casos, es atravesar las placas, cortar vigas y columnas por sección y acceder a los cuerpos atrapados entre pisos apilados unos sobre otros.

Luis Carlos Pérez, de 25 años, viajó desde Ciudad Bolívar para colaborar. Lo mismo hizo Daniel Méndez, de 48 años, pero en su caso recorrió 800 kilómetros desde San Cristóbal. “No soy rescatista profesional pero vine a ayudar. No podía quedarme de brazos cruzados. Hemos aprendido sobre la marcha viendo a los topos y a rescatistas entrenados. Aquí lo que se necesita es voluntad y la fuerza que nos da Dios”, cuenta Daniel, quien ayuda a una familia de la OPPP22 de Caraballeda a recuperar a tres personas tapiadas.  

Ataviados de unas bragas blancas de bioseguridad impermeables y desechables, cascos, guantes y tapabocas, Luis Carlos, Daniel y unos cinco voluntarios más penetran los huecos rectangulares que son pasajes a las entrañas del desastre. Cuando sacan un cadáver, los familiares deben identificarlo. Luego funcionarios del CICPC vestidos de negro, con guantes y mascarillas, se encargan de retirar los cuerpos que guardan en bolsas.

En los túneles el olor es tan penetrante que algunos se untan mentol en su nariz para intentar no percibir la pestilencia. Otros impregnan algodones con alcohol y los interponen debajo de los tapabocas. Incluso unos, cada tanto, salen con premura de los huecos exclusivamente a tomar aire y fumar un cigarro para aguantar. “El cigarro tapa el olor, pero hay que escupir para que el sabor no se quede en la lengua y te lo tragues”, explica Daniel. 

Los voluntarios chocan sus puños como señal de victoria cuando hallan un cuerpo y extraen un cadáver. Aunque es una paradoja celebrar la muerte, para quienes recuperan los cuerpos de los suyos es un logro que acaba con su desasosiego.

En la torre A de la OPP22, el grupo de topos mexicanos conforman la cuadrilla de extranjeros que continúan su labor en Venezuela, brindan apoyo a familias desesperadas. Están en una fase en la que, básicamente, su esfuerzo se centra en recuperar cuerpos. Se mueven entre los túneles cavados que son pasadizos muy estrechos, oscuros e inestables. Entre ellos, hay un joven topo venezolano de nombre Carlos, quien reside en Estados Unidos y se alistó con los mexicanos como voluntario.

Los conductos son laberintos de rendijas de cimientos colapsados y tan angostos que los rescatistas deben avanzar arrastrados. La sensación de desespero y agobio en el interior puede causar pánico a cualquiera. Mientras los topos hacen su trabajo de riesgo e incluso con la técnica del oxicorte cortan cabillas que impiden el paso, los familiares esperan alguna noticia de nuevos hallazgos enfrente de la montaña de escombros.

“Soy creyente y hago una oración para que los caminos se abran. Que Dios me dé la fuerza para seguir adelante”, dice Mercedes Carrillo, quien busca el cuerpo de su hijo Enrique Rojas Colmenares en la OPPP27. 

En las Residencias Caribe, un conjunto de 223 apartamentos, los voluntarios también persisten en las labores de rescate y extracción de cuerpos. La estructura cilíndrica que no cayó es como el mástil de un barco en medio de una tempestad de tragedia que es la zona cero.

“Aquí seguimos. Se necesitan picos, palas, martillos, cinceles, barras, mandarrias, esmeril, incluso tobos, y un rotomartillo”, dice Joseph Brito, uno de los voluntarios que a un mes de los terremotos colabora en el rescate de cuerpos en estas residencias, y quien se suma al esfuerzo de los bomberos del distrito capital.

“No he podido sacar a mi familia. Es una herida profunda. Estoy rota pero insistiremos hasta sacarlos. Los despediremos como se debe, con amor y dignidad para que descansen en paz. Aquí resistimos con la fuerza de Dios”, dice María Gregoria Machado. 

Ali Daniels: “Denuncia del Estatuto de Roma no detiene la investigación de la CPI sobre Venezuela”

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El Ministro de Relaciones Exteriores y Comercio Internacional, Félix Plasencia, informó que por órdenes de Delcy Rodríguez, presidenta encargada con el aval de los Estados Unidos, se le comunicó al secretario general de la ONU, Antonio Guterres, la decisión “firme e irrevocable” de denunciar el Estatuto de Roma e iniciar su retiro definitivo de la Corte Penal Internacional (CPI), conforme al Artículo 127.

A través de su cuenta en X, Plasencia expresó que “Venezuela considera que la actuación de la Corte responde a un sesgo geográfico demostrado, que ha concentrado su labor de manera desproporcionada en países africanos y latinoamericanos, en detrimento del Sur Global”.

Según el Ministro, dicho patrón revela una justicia internacional que, lejos de aplicarse con equidad, ha sido instrumentalizada para profundizar las desigualdades entre los pueblos y desconocer su derecho a la autodeterminación y a la soberanía.

Supuesta salida no afecta la investigación

El abogado Ali Daniels, codirector de Acceso a la Justicia, aclaró que el anuncio del canciller Félix Plasencia sobre la denuncia del Estatuto de Roma no implica la salida inmediata de Venezuela de la Corte Penal Internacional (CPI) ni afecta la investigación abierta por crímenes de lesa humanidad en el caso Venezuela I.

Sobre el anuncio del ministro, Daniels precisó que la denuncia del Estatuto de Roma solo surte efecto un año después de ser consignada formalmente ante el secretario general de Naciones Unidas, quien debe recibir la comunicación oficial.

El abogado recalcó que “Venezuela sigue obligada a cumplir todas las disposiciones del Estatuto, incluida la cooperación con las investigaciones en curso“.

El director de Acceso a la Justicia subrayó que, incluso si la denuncia se formaliza y se cumple el plazo de un año, la investigación Venezuela I no se detiene.

“Cualquier orden de aprehensión o comparecencia que derive del proceso tiene plena validez legal”, dijo.

Daniels citó como ejemplo el caso del expresidente Rodrigo Duterte quien denunció el Estatuto, pero aun así está siendo juzgado por la CPI. “Es un caso claro en el que la denuncia no tuvo mayor consecuencia”, afirmó.

El abogado lamentó la decisión anunciada por el Gobierno venezolano, y recordó que el país participó en la redacción del Estatuto de Roma y estuvo presente desde su fundación. A su juicio, la salida “no ayuda a fortalecer la justicia internacional”.

Una coincidencia “curiosa”

Para Ali Daniels resulta curioso que la denuncia del Estatuto de Roma por parte del Gobierno venezolano se haga días después de que el Secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, declarase que se el Gobierno norteamericano iniciaría una campaña para “desmantelar” la CPI.

“La CPI representa una amenaza intolerable para la soberanía estadounidense: se arroga la autoridad para procesar e incluso encarcelar a militares y funcionarios que actúan en defensa del interés nacional de Estados Unidos”, afirmó Rubio.

EL secretario acusó a la entidad de librar “una guerra contra su país, no con balas ni misiles, sino con estatutos, pactos y la fuerza de lo que llaman el derecho internacional”.

La campaña del Departamento de Estado plantea prohibir la entrada a Estados Unidos al personal de la CPI y aumentar las sanciones contra sus miembros y las organizaciones afiliadas.

También incluye intensificar la presión sobre los aliados de Washington, especialmente aquellos que “disfrutan de los beneficios del paraguas de seguridad de Estados Unidos”.

La Corte Penal Internacional, que funciona desde 2002, es una institución que juzga crímenes de lesa humanidad y de guerra. La misma está facultada para perseguir a ciudadanos de países ajenos al tribunal cuando delinquen en el territorio de un Estado miembro. 

“No es motivo de preocupación”

El periodista Luis Carlos Díaz comentó que la decisión anunciada por el Gobierno venezolano demuestra que “no están dispuestos a colaborar con las investigaciones que el máximo tribunal mantiene sobre Venezuela por crímenes de lesa humanidad”.

Para Díaz, el Gobierno de Delcy Rodríguez se está aprovechando de que Estados Unidos está en contra de la CPI porque no reconoce su autoridad en territorio norteamericano.

“No se van a poder escapar de la autoridad y del alcance de la CPI. Lo único que podría salvar al chavismo es que Estados Unidos sancione y destruya a toda la corte, pero de resto no”, explicó Díaz.

Karim Khan fue destituido

También este viernes, las Naciones Unidas informó que los Estados miembros de la CPI destituyeron a su fiscal, Karim Khan, tras un proceso disciplinario relacionado con acusaciones de conducta sexual inapropiada ampliamente difundidas.

La decisión se tomó por mayoría simple en una votación a puerta cerrada entre los 125 miembros de la Asamblea de los Estados partes.

La Asamblea ha decidido, por mayoría de 82 Estados Partes, que… el fiscal Karim Kahn cometió una falta grave y un grave incumplimiento de su deber… y que debe ser destituido de su cargo“, anunció el presidente de la Asamblea, haciendo un llamamiento a la dignidad y la privacidad de todos los implicados.

La Asamblea de la CPI se encargará próximamente de elegir a un nuevo fiscal.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Entre carpas y edificios rotos: un mes después, algunos esperan en refugios improvisados

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Un mes después del doble terremoto, centenas de familias continúan durmiendo en carpas, muchas improvisadas, cerca de sus edificios o en espacios públicos, mientras esperan reparaciones, conviven con la incertidumbre y cargan con un miedo que se niega a desaparecer del todo.

En la plaza de toros del Nuevo Circo, de una alcantarilla emana el olor del agua sucia y las moscas sobrevuelan cerca del espacio de los baños. Con el calor del mediodía del miércoles 22 de julio, justo cuando se cumplieron cuatro semanas de los terremotos que fracturaron a Venezuela, el olor a orine se hace más intenso. El ruido tampoco da tregua: vehículos, cornetas, obreros rompiendo paredes y carretillas que descargan escombros de las estructuras que esperan recuperar su estabilidad.

Mientras los damnificados esperan bajo carpas, la reconstrucción avanza unos metros más allá.

Refugios carpas terremotos

Ya pasó un mes del doblete sísmico de magnitudes 7,2 y 7,5 y el Estado contabiliza las ayudas por campamentos, camas, rescatados y familias atendidas. De acuerdo con las autoridades, hasta el 22 de julio se habían establecido 107 refugios, donde permanecían 23.335 personas. Además, se reportaban 17.907 damnificados.

Esas cifras, que cambian a diario en los balances difundidos a través del canal de Telegram del presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, hablan de un aparato logístico que, según el gobierno, garantiza alimentación, atención médica y alojamiento en estadios, escuelas y polideportivos. Sin embargo, los números no alcanzan a explicar lo que ocurre en varios sectores de Caracas, donde centenas de familias continúan viviendo a un costado de los edificios que abandonaron la tarde del 24 de junio por miedo a las réplicas y a la posibilidad de que las estructuras terminen de ceder.

La transición de las viviendas a las aceras fue inmedita y desordenada. La primera noche nadie esperó instrucciones, solo bastó el instinto de sobrevivir para correr escaleras abajo, alejarse de las paredes y buscar un espacio abierto en donde estar más seguro; entonces, las plazas, los estacionamientos y las aceras se convirtieron en dormitorios improvisados. Después llegaron bolsas negras, toldos, carpas y una rutina que se mantiene un mes más tarde.

Refugios carpas terremotos

«Todos corrimos»

Los terremotos sorprendieron a unos dentro de sus apartamentos, a otros camino a casa y algunos lejos del hogar, pero el desenlace fue el mismo: no querer estar dentro de la casa.

Álvaro Alejo, de 60 años de edad, había llegado de trabajar, estaba en la planta baja del urbanismo Ojos de Chávez, ubicado en Nuevo Circo. No le dio tiempo ni de intentar subir a su apartamento porque comenzó a temblar: «Me consiguió esta sorpresa llegando del trabajo. Soy uno de los afectados y aquí me encuentro ahorita; no es un refugio, sino en la plaza de toros del Nuevo Circo», dice y señala la hilera de carpas, instaladas frente a su edificio.

«Aquí estamos esperando que nos resuelvan lo del apartamento para que cada quien agarre para su casa», explica.

Una cuadra más abajo, pero también dentro del espacio de la plaza de toros, Ender Colina recuerda lo que pasó el 24 de junio: «Todos corrimos. El que diga que no corrió con ese terremoto está mintiendo. El más bravo, el más fuerte, el más débil… Todos corrimos».

Refugios terremotos

En la Misión Vivienda Los Cinco Héroes Cubanos ocurrió lo mismo. María Fuentes estaba sola en su apartamento, en el piso dos, cuando empezó el movimiento: «Escuché la alarma, pero ignorante no supe qué era. Cuando me levanté, el terremoto me tumbó. Sentía que me iba a morir. Agarré fue a correr».

Desde esa noche, nadie ha vuelto a dormir dentro del edificio: «Los niños se acostaron sobre cobijas que nos prestaron. Los adultos pasamos la noche dando vueltas, tomando café, fumando cigarros. Así amanecimos». Después comenzaron a llegar carpas donadas, lonas prestadas para improvisar una nueva vida en las aceras.

Refugios terremoto

Esperar volver a la normalidad

Las hileras de carpas forman pequeños pasillos en las inmediaciones de edificaciones que aún dejan ver las fracturas de los terremotos, de fondo el sonido de la reconstrucción no cesa y acompaña a los damnificados, quienes esperan volver a la normalidad en medio del tiempo que para ellos parece correr más lento.

Álvaro Alejo asegura que las autoridades llegaron tarde: «Nos prestaron ayuda tarde, tarde, tarde. Han venido constantemente, pero nada», cuenta mientras señala el edificio donde tiene su hogar resquebrajado.

Específica que las carpas donadas por las autoridades empezaron a llegar justo a la cuarta semana del doblete sísmico y dice que durante ese tiempo han vivido bajo toldos improvisados.

«La comida nos la trae World Central Kitchen. El desayuno y la cena lo trae otra gente, creo que de Pdvsa, y no es la misma calidad. Las carpas empezaron a llegar el lunes (20 de julio). Estábamos en toldos improvisados», detalla en conversación con TalCual.

La vida y rutina de Alejo están suspendidas: tampoco ha podido volver a su empleo porque el edificio en el que labora también sufrió daños: «No exigimos nada. Lo que queremos es que terminen el apartamento para que cada quien agarre para su casa», dice entristecido.

Ender Colina, habitante y vocero del urbanismo Bicentenario III, y quien también está viviendo en carpas en la plaza de toros de Nuevo Circo, tiene una visión distinta de su nueva realidad. Contrario a Alejo, sostiene que desde los primeros días han contando con el apoyo de las autoridades: destaca la presencia de organismos de seguridad en los alrededores, jornadas médicas y de alimentación.

«Tenemos ambulancias las 24 horas, seguridad del Sebin, del Cicpc y de la Policía de Caracas. El gobierno garantiza desayuno, almuerzo y cena», asegura. Explica que a su edificación le han realizado ocho inspecciones por parte de ingenieros, arquitectos y otros especialistas y sostiene que las afectaciones solo son de mampostería «y ya lo están reparando».

Reconoce que en los primeros días tras los sismos «fue precario» en carpas improvisadas y destaca que las autoridades enviaron carpas de cuatro por cinco metros, con colchonetas, almohadas y sábanas.

Colina estima que las reparaciones en las edificaciones pueden tardar entre tres y cuatro meses, por lo que cree que es el mismo tiempo que les queda para vivir en la plaza de toros.

«Volver a empezar no es fácil»

Muchas de estas personas ya habían perdido una casa y ya habían vivido años en refugios. Zuleima Ruiz pasó tres años y dos meses en el refugio Fabricio Ojeda, en Catia, antes de recibir el apartamento donde vivía hasta el 24 de junio: «Jamás pensamos volver a vivir esto», comenta.

Esta mujer de 59 años de edad ahora duerme junto a sus vecinos de la OP-15 (mismo urbanismo Ojos de Chávez) en la plaza de toros. Denuncia que el mayor problema es la escasez de agua: «No tenemos agua y la necesitamos. A veces no hay ni para tomar».

Para asearse tienen la opción de subir por lapsos determinados de tiempo a sus apartamentos: «En la mañana, a mediodía y en la noche, para subir y bajar rápido».

Ruiz afirma que la mayoría de ayuda que han recibido es de particulares «que vienen con donaciones».

Luis Laya, quien residía en una Misión Vivienda en Mare, en La Guaira, pide a la gobernación de la entidad que les mande agua para poder cumplir con la higiene personal: «Agua, agua, agua, por favor, le hago un llamado al gobernador (José Alejandro Terán) para que se aboque a mandarnos camiones cisternas ya».

El damificado, que está en una carpa improvisada, considera que en el espacio están a punto de que se desarrolle una epidemia: «Queremos agua potable para asearnos». Afirma que han recibido ayuda de particulares y de organizaciones nacionales e internacionales.

María Fuentes también vivió cinco años en un refugio después de ser desalojada de la Cota 905 durante una vaguada que afectó su vivienda. El terremoto la llevó de nuevo a la calle: «Con tanto sacrificio que uno arregla su apartamento, volver a empezar no es fácil», admite.

Ella duerme en una acera de la avenida Bolívar dentro de una pequeña carpa que le regalaron. Su esposo pasa las noches sobre una colchoneta en la acera porque los dos no caben en el reducido espacio.

Fuentes vive nerviosa, angustiada: «A mí me da miedo. Prácticamente todo el día estoy sola y me da un miedo horrible. Siento que está temblando, me mareo, es horrible. Cuando llega mi esposo subo al apartamento rápido, cocino y vuelvo a bajar», cuenta.

Entre el calor y las lluvias, las enfermedades se hacen presentes: «Hemos llevado sol, se me moja la carpa cuando llueve: Aquí nos ha dado diarrea, tos, gripe, dolor de cabeza», enumera la vecina de la avenida Bolívar de Caracas.

Fuentes afirma que tras la inspección al urbanismo Los Cinco Héroes Cubanos, les prometieron diez cuadrillas para recuperar la edificación, pero en el espacio apenas se observan unos contados trabajadores que reparan la estructura de arriba hacia abajo, comenzando por el piso nueve, el último.

También lamenta que la atención sea desigual por parte de las autoridades: «Nosotros no hemos recibido ningún tipo de ayuda del gobierno. Gracias a Dios ha llegado bastante gente, hasta el más humilde viene con un termo de café».

No obstante, afirma que con el paso de las semanas las donaciones comenzaron a disminuir: «Hemos recibido comida, pero ya bajó bastante el volumen de las personas que vienen a traer ayuda».

En el campo de golf de Caribe, en La Guaira, Keyli Endrick, habitante de la torre G de la OPP 26, relata que la organización es un caos constante. Aunque han llegado alimentos y medicinas, la distribución falla. «Hay mucho bachaquero ahorita», denuncian ella y otras sobrevivientes. «Personas que vienen de afuera y se llevan lo que nos van a dar a nosotros. A veces nos quedamos sin nada porque se lo dan a los que se van para afuera».

La situación sanitaria es igual de precaria. Los baños son estructuras levantadas por la propia comunidad y voluntarios civiles que han llegado de otros estados, movidos únicamente por la calidad humana. «Si no fuera por ellos, no tendríamos nada», admite Arlemis, mientras lista las carencias: pañales, mosquiteros y artículos de uso personal que, según denuncian, nadie les provee.

A pocos kilómetros de la tragedia que se vive en el campo de golf de Caribe, el panorama en Mare Abajo refleja otra arista del abandono. Aquí, el desalojo de los edificios Mare I y Mare II —declarados inhabitables tras el sismo— no significó el fin de la vinculación con las estructuras, sino el inicio de una peligrosa convivencia con los escombros.

Lilia Mena, a sus 79 años, es la imagen de una resistencia física y mental agotada. Instalada en una carpa grande donde logró acomodar algunos muebles y utensilios rescatados, Mena alterna sus días entre la atención médica de voluntarios internacionales y la incertidumbre de no tener qué llevarse a la boca. «Por lo menos ahorita estoy mejor que cuando dormía frente a la playa, al aire libre», recuerda.

«Pero yo tengo que sobrevivir. A veces la comida que llega aquí me cae mal, mi estómago ya no aguanta. Estoy aquí sentada frente a mi bloque esperando mi respuesta. Sé que de aquí no me van a sacar. Estoy esperando a que me den mi casita, lo que sea, pero me la tienen que dar».

A escasos metros, pero lejos de la «organización» del campamento principal, Osnerbis Pérez, madre de cuatro hijos, sobrevive en un refugio improvisado junto a otros vecinos que optaron por separarse de la masa. La razón es la asfixia del sistema: «No nos damos abasto», comenta. Según Pérez, la ayuda humanitaria ha mermado visiblemente y el agua es un bien de lujo.

El pánico que no se va

Alejandra Pacheco, de diez años de edad, empezó a ver cómo se movía la lámpara. Bajó corriendo las escaleras con las llaves en la mano: «Las escaleras se movían de lado a lado y me caí. Todo el mundo estaba gritando. Yo lloraba porque mi mamá fue a ayudar a una señora y tenía miedo de que le cayera el edificio encima», rememora.

Un mes después del doble terremoto, el movimiento sigue apareciendo en su vida cotidiana: «Cuando no estoy asomada en la ventana me paniqueo. Escucho gritos, pienso que está temblando y me asusto mucho, más cuando me voy a bañar», cuenta la niña, que corre por las aceras mientras juega con otros niños del edificio.

Explica que se baña en el Museo Carlos Cruz-Diez: «Me cepilló allá y cuando voy a hacer pipí, hago allá».

Pacheco sostiene que si pudiera pedir una sola cosa, quisiera «que nos ayuden porque mientras ellos se dan la vida cómoda, nosotros estamos aquí sufriendo. Que arreglen rápido los apartamentos, traigan más trabajadores porque no es fácil».

El Banco Mundial estima en $19.600 millones de dólares los daños físicos directos provocados por los terremotos y advirte que una reconstrucción lenta podría frenar la recuperación económica del país durante la próxima década.

La evaluación, elaborada mediante la metodología Global Rapid Damage Estimation (Grade), concluye que 47% de los daños corresponde a viviendas, con pérdidas valoradas en $9.300 millones, mientras que la infraestructura sufrió daños por $5.200 millones (27%) y los edificios no residenciales por $5.000 millones (26%).

El informe resalta que las zonas más afectadas fueron La Guaira y el Distrito Capital, que concentraron cerca del 47 % del impacto económico total.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

30 días bajo los escombros

Edmundo González: La solidaridad no puede seguir encubriendo la orfandad institucional

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El dirigente de oposición Edmundo González Urrutia publicó un comunicado a propósito de cumplirse hoy un mes de los devastadores terremotos que sacudieron a la región norte-central el pasado 24 de junio.

A través de su cuenta en X, González Urrutia señaló que durante un mes los venezolanos volvieron a sostenerse unos a otros. Siempre solidaridarios. Vecinos, comunidades, organizaciones, periodistas, iglesias y voluntarios asumieron tareas que correspondían al Estado.

“Esa solidaridad honra al país, pero ya no puede seguir utilizándose para encubrir la orfandad institucional”, recalcó.

El excandidato presidencial —hoy en el exilio— recordó que la deficiente respuesta estatal no tiene nada que ver con el evento sísmico.

“El progresivo desmantelamiento de las instituciones, la pérdida de capacidades públicas, la opacidad, la corrupción y la indiferencia frente al sufrimiento ciudadano no son consecuencias del terremoto. Ya estaban allí. La tragedia solo las hizo imposibles de ocultar. El mundo ha visto el resultado de casi tres décadas de decisiones políticas”, aseguró.

González Urrutia destacó que quienes ejercen el poder tienen la responsabilidad de responder cuando la población requiere protección o enfrenta una catástrofe.

El líder político resaltó que la reconstrucción del país no solo implica levantar viviendas, hospitales, escuelas y carreteras. A su juicio, también se debe “recuperar un Estado que proteja, responda y nunca vuelva a darle la espalda a su gente”.

Finalmente, expresó que “la reconstrucción de Venezuela comienza por recuperar un Estado al servicio de su gente”.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Los últimos momentos de un día que terminó en tragedia

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Globos rojos y negros y un Mickey Mouse decoraban ese apartamento en el séptimo piso de Residencias Caribe, en Playa Grande, La Guaira. Dylan corría entre sus primos y vecinos mientras los adultos conversaban y terminaban de recibir a los invitados que iban llegando poco a poco. Cumplía cuatro años, exactamente ese 24 de junio.

En otro conjunto residencial de Playa Grande, una docente regresaba con sus dos hijas después de una jornada de oftalmología a la que acudieron decenas de vecinos, aprovechando el feriado nacional.

A pocos kilómetros de allí, en un Airbnb, en Residencias Oasis Beach, ubicado también en el sector Playa Grande de Catia La Mar, se hospedaba una familia para viajar al día siguiente desde el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar. Yusbeilin Martínez y Luis Sulvarán, junto sus hijos Camilo (13) e Ivanna (8), planeaban llegar a Colombia,  donde la niña participaría en una competencia de gimnasia.

Y en muchos otros hogares, solo esperaban disfrutar del partido Brasil-Escocia para cerrar la fase de grupos del Mundial 2026, que durante aquellas semanas concentraba la atención del mundo.

Pero ese día festivo en Venezuela, en el que las comunidades costeras también celebran el Día de San Juan ocurrió lo que tiene al país roto.

A las 6:04 de la tarde, ocurrió el primer terremoto magnitud 7.2 que comenzó a sacudir el centro norte costero del país. Inmediatamente después llegó un segundo movimiento aún más devastador y en apenas segundos, cientos de edificios colapsaron y otros quedaron severamente comprometidos.

Aquella tarde no solo se desplomaron estructuras de concreto. También quedaron interrumpidos cumpleaños infantiles, encuentros familiares, actos escolares, videollamadas, abrazos y proyectos que nunca llegaran a cumplirse. Desde ese entonces, para miles de venezolanos, el tiempo comenzó a medirse de otra manera: antes y después de los terremotos del 24 de junio. 

Un mes después de los terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5, el balance oficial continúa aumentando. La cifra de fallecidos asciende a 5.398 personas, de acuerdo con la última cifra que entregó la administración de Delcy Rodríguez y las personas heridas suman 16.740.

Pero mientras se presentan estas cifras, aún no hay datos que cuenten a las personas que permanecen desaparecidas. Sin embargo, la plataforma ciudadana Desaparecidos Terremoto Venezuela, creada por el venezolano Jorge Bastidas, fue desarrollada para ayudar a localizar sobrevivientes y documentar casos sin resolver. En su data hay más de 29.000 personas cuyo paradero aún no ha podido confirmarse. 

La fiesta de los niños

Dylan Vásquez nació el 24 de junio de 2022. Desde entonces, sus padres, Dayana López y Wilfred Vásquez, convirtieron esa fecha en una tradición familiar. Como era día libre para la mayoría, el apartamento del séptimo piso de Residencias Caribe, en Playa Grande, se llenaba de niños, primos, abuelos, vecinos y amigos.

Aquella tarde no fue diferente. Había globos, torta, regalos y niños corriendo de un lado a otro del apartamento. Los invitados seguían llegando. Y las fotografías comenzaron a aparecer en los estados de WhatsApp poco después de las cinco de la tarde.

Precisamente son las últimas imágenes que conserva Alejandro Velásquez, quien las vio desde su teléfono mientras trabajaba en Residencias Mar Azul, a pocas cuadras del edificio donde se celebraba el cumpleaños de su sobrino.

Precisamente son las últimas imágenes que conserva Alejandro Velásquez, quien las vio desde su teléfono mientras trabajaba en Residencias Mar Azul, a pocas cuadras del edificio donde se celebraba el cumpleaños de su sobrino.

En el apartamento estaban su madre, Victoria Zambrano, de 65 años; su hermana Dayana López, de 38; su cuñado Wilfred Vásquez, de 39; sus sobrinos Dylan, que ese día cumplía cuatro años, y Diego, de nueve; su expareja Yerlin Hernández, de 46 años; su nieto Massimo Velásquez, de apenas dos años; su sobrina Eyleen Hernández, de 13; los padres de Wilfred, Aneris y Enrique Tovar, de 64 y 80 años, respectivamente; el hermano de su cuñado, Wilner Vásquez, de 36 años; además de seis niños invitados y varios vecinos.

No todos los familiares alcanzaron a llegar. Algunos desistieron por la lluvia. Otros tenían malestar o permanecían trabajando. «Esa fue la diferencia entre la vida y la muerte», dice Alejandro.

Su hermana era el centro de aquellas reuniones. «Dayana era la que unía a toda la familia. Siempre hacíamos las fiestas en su apartamento o nos reuníamos donde un tío, en Macuto, para aprovechar las piscinas o la playa”.

La celebración transcurría con normalidad. El cumpleaños apenas comenzaba. Pero a las 6:04 de la tarde, el primer terremoto sacudió La Guaira.

Alejandro cuenta que justo en ese momento su hijo menor, Eduard Velásquez, conversaba por videollamada con su madre, Yerlin Hernández, quien participaba en la celebración.

«Mi hijo hablaba con su mamá por videollamada. Mi nieto estaba brincando en la fiesta… y de repente se cayó la llamada”.

No hubo tiempo para volver a marcar. La señal telefónica desapareció casi de inmediato. Durante varios minutos nadie supo qué había ocurrido.

Las fotografías publicadas horas antes se convirtieron, sin que nadie lo imaginara, en el último recuerdo de una tarde que parecía destinada únicamente a celebrar la vida.

Veinticuatro días entre los escombros

Cuando Alejandro llegó a Residencias Caribe ya no existía el edificio que conocía. Las torres habían colapsado. Lo que durante años fue un conjunto residencial de doce pisos era ahora una montaña de concreto, hierro retorcido y polvo.

No esperó instrucciones. Comenzó a buscar. Durante 24 días permaneció entre los escombros junto a rescatistas, voluntarios, mineros y vecinos que llegaron desde distintas regiones del país.

En ese tiempo dejó de ser únicamente un familiar desesperado. También ayudó a otras personas a encontrar a los suyos.

«Yo ayudé la misma noche del 24 de junio a sacar con vida a tres personas de la torre A.»

Con el paso de los días comprendió que aquella búsqueda sería mucho más larga de lo que cualquiera imaginaba. Solo recuerda haber visto salir con vida a esas tres personas que se encontraban en los pisos superiores del edificio.

Después comenzaron las jornadas para romper placas de concreto. Los equipos especializados eran insuficientes. Muchos de los trabajos se realizaron con herramientas prestadas y el apoyo de grupos de mineros que llegaron para colaborar.

«Recuperamos a todos los que estaban en el apartamento. Después seguimos ayudando a otras familias a sacar a sus seres queridos.»

Hoy todavía permanece vinculado a quienes conoció durante aquellas semanas. «Todos los muchachos y mineros que ayudaron en la búsqueda de nuestros familiares, después de 24 días de sudor, lágrimas, apoyo y hasta risas para darnos fuerza, más que amigos son mis nuevos hermanos. Dios me los puso en el camino».

Aunque logró recuperar a todos los integrantes de su familia que estaban en el apartamento, asegura que la tragedia continúa para muchas otras personas.

En las cuatro torres de Residencias Caribe aún hay familias que esperan respuestas.

«Hay muchas personas que siguen atrapadas. Todavía hay gente buscando”, dice.

Por eso decidió donar las herramientas, guantes, bolsas para cadáveres, alcohol y otros insumos que utilizó durante las labores de rescate para que quienes continúan removiendo escombros puedan seguir trabajando.

«Lo que más necesitan son plantas eléctricas y gasolina para usar los martillos y los esmeriles.»

La búsqueda entre cuatro torres en Luisa Cáceres de Arismendi 

Un mes después de los terremotos, Robinson Hernández sigue sin poder responder una pregunta que parece sencilla: ¿dónde estaban exactamente su hija y su expareja cuando la tierra comenzó a temblar?

No hay una respuesta definitiva. Solo versiones y cuatro torres de concreto convertidas en una montaña de escombros.

El conjunto residencial Luisa Cáceres de Arismendi, en Playa Grande, estaba conformado por las torres A, B, C y D. Cada una sufrió daños distintos aquella tarde del 24.

La torre A se hundió desde la planta baja y el primer piso. Las placas de concreto quedaron comprimidas unas sobre otras. En la torre B cedieron dos niveles. La torre C sufrió el colapso más severo. En su planta baja se desarrollaba una jornada gratuita de oftalmología que había reunido a decenas de vecinos de la urbanización.

Fue precisamente allí donde comenzó la incertidumbre. Algunos residentes aseguran que Dayana Desiree Golindano Puchete, de 48 años, acudió aquella tarde para revisarse la vista. Otros sostienen que ya había regresado al apartamento 05 del quinto piso de la torre A, junto a sus hijas, Alejandra del Carmen Hernández Golindano, de 11 años, y Shantall Vargas, de 7.

Hasta hoy nadie ha podido establecer con certeza dónde las sorprendieron los terremotos.

«Desde hacía tiempo ella quería revisarse porque se quejaba de dolores de cabeza. Yo le decía que saliera de dudas y se examinara la vista. Por casualidad, esa jornada se hizo precisamente ese día», cuenta Robinson.

Una madre que nunca dejaba solas a sus hijas

Dayana era docente de Educación Inicial en un plantel cercano a su edificio en Playa Grande. Su rutina giraba alrededor de sus dos hijas.

«A donde iba, ellas iban con ella», recuerda Robinson. Solo Alejandra, por ser hija de ambos, podía quedarse ocasionalmente con él, pero la mayor parte del tiempo las tres estaban juntas.

Quienes las conocían las recuerdan caminando de la mano, entrando y saliendo del colegio, haciendo compras o asistiendo a actividades escolares. Eran inseparables.

Alejandra estaba a pocos días de cerrar una etapa importante de su vida. El primero de agosto cumpliría 12 años y  también se graduaría de sexto grado.

Su padre ya había comprado la ropa para el acto de promoción, y habían pagado su paquete de grado.

«Ya teníamos todo listo para su promoción. Ella estaba muy emocionada porque iba a pasar a primer año”, la recuerda y dice que Alejandra era una estudiante destacada. «Era la más pequeñita de su salón, pero tenía una inteligencia impresionante”.

Esa semana habían acordado que Alejandra usaría menos el teléfono porque estaba presentando sus exámenes finales. Después vendrían las vacaciones y un paseo con sus compañeros.

«Le habían prometido salir a comer hamburguesas para celebrar que todos habían pasado de grado”. Ese plan no pudo cumplirse.

«Parecía que hubiera caído una bomba»

Cuando comenzaron los terremotos Robinson estaba en su residencia en Los Teques, Miranda, lejos de Playa Grande. 

Al principio pensó que había sido un movimiento fuerte, como tantos otros. Solo una hora después comprendió la dimensión de lo ocurrido, y empezó a llamar una y otra vez al teléfono de Alejandra, pero nunca respondió. La red telefónica había colapsado.

En la madrugada llegó a La Guaira.  Lo que encontró aún le cuesta describirlo. «Parecía que hubiera habido una guerra. Como si hubiera caído una bomba que acabó con todo.»

Desde el día siguiente regresó una y otra vez al conjunto residencial. Durante más de quince días recorrió el lugar con la esperanza de obtener una respuesta. Un mes después continúa haciéndolo.

Mientras una máquina remueve escombros en la torre B, él espera que las labores puedan avanzar hacia las otras estructuras.

«Todos queremos recuperar a nuestros seres queridos”. La frase no habla únicamente de su familia. Habla también de decenas de personas que siguen llegando cada mañana al perímetro del edificio. Algunos llevan fotografías, otros permanecen en silencio, pero todos esperan. Es un duelo suspendido.

A diferencia de otras familias que pudieron despedirse de sus seres queridos, Robinson aún vive en un duelo detenido por la incertidumbre. No se sabe si Dayana y las niñas lograron regresar al apartamento.

Imágenes que acompañarán para siempre

Un mes después, las máquinas continúan removiendo concreto en algunos sectores mientras decenas de familias esperan noticias de quienes nunca regresaron a casa. En otras zonas ya no quedan equipos de rescate. Solo hay escombros, recuerdos  y familiares y vecinos que, al pasar frente a lo que antes fueron edificios, bajan la voz casi por instinto.

Para muchos, el duelo comenzó con una despedida. Para otros, sigue suspendido en la incertidumbre.

Durante semanas, voluntarios y rescatistas han caminado sobre montañas de concreto buscando señales de vida. Muchos dicen que aprendieron a reconocer el silencio de los edificios colapsados. También aseguran que hay imágenes que los acompañarán para siempre.

Uno de los integrantes de la misión argentina recuerda que del apartamento de la fiesta de Dylan, encontraron a dos hermanitas abrazadas bajo los escombros. Para quienes participaron en las labores de rescate, aquella escena no solo reflejaba la violencia del colapso, sino también el vínculo que las unía. Entre toneladas de concreto, aquel abrazo permanecía intacto.

Historias como esa comenzaron a repetirse entre quienes trabajaron durante días y noches sin descanso. Familias enteras encontradas juntas. Padres junto a sus hijos. Vecinos que intentaron ayudar a otros antes del derrumbe. Personas que habían decidido quedarse en casa porque era feriado. Otras que estaban de visita. Y otras que simplemente esperaban que terminara el día para continuar al siguiente con su rutina, en  las labores de casa, en los trabajos o en las escuelas. Pero ese día, 24 de junio, hace exactamente un mes, todo terminó en tragedia.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

30 días bajo los escombros

En la zona cero: crónica de un terremoto que no ha terminado

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30 días bajo los escombros

El suelo no avisa cuando decide tragarse la historia de una vida entera. A las 6:04 pm del 24 de junio, la tierra en La Guaira no solo tembló: rugió como un trueno subterráneo que reventó los cimientos del estado y dejó el tiempo suspendido en una nube de polvo blanco.

Mientras yo, sentado en la mesa de la sala en el cerro Las Lluvias, sentía que las paredes de la casa se volvían de gelatina y abrazaba a mi madre rezando para que el techo no nos sepultara, a kilómetros de distancia, en la carretera hacia Los Caracas, mis tíos Marciano y Flor sentían el golpe seco en el carro, creyendo que los cuatro cauchos se habían reventado a la vez, antes de ver cómo los árboles y la montaña entera se desprendían sobre la vía.

Fue el mismo momento en el que Jesús, mi hermano menor, se quedaba mudo y paralizado en la cocina de mi abuela -en la casa de abajo-, intentando entender un sismo que jamás había sentido. Fue el mismo momento en el que -al oeste, en el urbanismo Hugo Chávez- Osmerlys Pérez y sus hijos tomaban la decisión más desesperada de sus vidas: lanzarse al vacío desde un segundo piso mientras el edificio entero se desplomaba a sus espaldas.

Esa es la radiografía de un minuto trágico fragmentado en mil pedazos. Un rompecabezas de terror simultáneo donde cada quien vivió su propio apocalipsis a la misma hora.

En mi casa, ubicada en la parte media del cerro, el día había transcurrido pesado. Desde la madrugada llovía con furia, con truenos tan violentos que presagiaban algo oscuro. Yo pasé las horas trabajando «desde casa», escribiendo y editando entre la mesa y la ventana que da hacia el puerto. Tenía un mono gris puesto, estaba sin camisa y descalzo. A las 6:04 pm, el aire se detuvo antes del estruendo.

—Mamá, está temblando —alcancé a advertir. Ella, que revisaba el teléfono en la cama, intentó incorporarse pero cayó de golpe. Cuando logró salir a la sala, la tierra ya rugía con una violencia desmedida. Quedó paralizada, con los ojos abiertos por el pánico, y comenzó a orar con desesperación. La arrastré hasta el marco de la puerta del cuarto, bajo una columna, y nos abrazamos con tanta fuerza que los huesos dolían.

Mientras nosotros nos tambaleábamos y veíamos la casa de al lado mecerse como si fuera de papel, a kilómetros de allí, Marciano y Flor vivían su propia pesadilla sobre el asfalto. El carro se sacudió violentamente; ellos creían que era una falla mecánica, pero al rodar unos metros más y ver el retrovisor, entendieron el horror: la vegetación se venía abajo y la vía colapsaba. El pánico los obligó a dejar el vehículo abandonado en medio de la nada para correr hacia Caribe, sin saber que al llegar al edificio OPP 27 se encontrarían con un solar vacío. El lugar ya no existía.

En mi casa el evento se vivía en capas. El piso se movía de forma horizontal al principio para luego volverse un remolino circular que amenazaba con partir la estructura en dos. Yo pensaba en la casa de arriba y de atrás, temiendo que se viniera abajo sobre nosotros, o que nuestra placa cediera y cayéramos directo a la casa de mi abuela. A través de la ventana podía ver la vivienda de al lado: se mecía exactamente igual, como si fuera de papel.

Fue un momento eterno. No sé cuánto duró; conté cinco segundos, pero la desesperación disolvió la noción del tiempo. Mientras más fuerte sacudía el sismo, más aterrador era el sonido de la tierra desgarrándose. Tenía los ojos anegados en lágrimas, abrazado a mi madre, gritándole a papá —que dormía— que se levantara, mientras nuestra perra se escondía aterrorizada bajo un mueble.

En medio del caos, mi mamá comenzó a gritar el nombre de mi hermano menor. Minutos antes había bajado a la casa de abajo para llenar unos envases con el agua que apenas llegaba. Ella quería salir corriendo, pero el cuerpo no le respondía. Yo quería grabar el momento con el teléfono, pero era imposible: mis manos temblaban de puro pánico, sacudidas por la misma furia de la tierra.

Un pipote de agua recién llenado se cayó en la entrada y bloqueó la puerta, una prueba física de la potencia brutal del sismo. Con cautela, me acerqué, levanté el pipote como pude y eché un vistazo hacia el cerro. A las 6:10 pm escribí «terremoto» en los grupos de trabajo y pregunté «¿están bien?» en el chat familiar. Después de eso, el silencio: la luz se fue por más de 24 horas y la señal telefónica desapareció por tres días.

Me vestí rápido, tomé el celular y bajé a la casa de mi abuela. Mi hermano estaba bien; me contó que le pasó lo mismo, estupefacto en la entrada de la cocina. Él  jamás en su vida había sentido un temblor. Mi abuela, en cambio, lo vivió con otra perspectiva: ya había sobrevivido al devastador terremoto de 1967. Había replicado, sin saberlo, la imagen de mi mamá y de mí: mi tío la abrazó fortísimo. Estaba tranquila. Ella decía que no sintió el movimiento en sí, sino el estruendoso rugido del techo del anexo de la casa grande.

opp 26 y 27

Regresé a nuestra platabanda para mirar el horizonte. No entendía la magnitud, pero a lo lejos vi una densa nube de polvo levantándose sobre la ciudad.

Salimos a la calle. Me puse ropa negra y decidí caminar para ver qué había pasado. Llovía de nuevo. La gente se agolpaba en las vías, huyendo despavorida de las estructuras de concreto. Vi paredes derribadas, postes eléctricos caídos y la fachada de una iglesia destruida entre Pariata, 10 de Marzo y Maiquetía. En mi ingenuidad de centralista, creí que esos daños «no tan fatales» eran lo peor. No cabía en mi cabeza la devastación absoluta que en ese preciso instante arrasaba con el este y el oeste del estado.

Las horas pasaban con lentitud angustiosa. Nadie podía comunicarse. Se escuchaban algunas sirenas lejanas, totalmente insuficientes para el tamaño de la catástrofe que flotaba en el aire. A las 8:30 pm cayó la noche y, con ella, la llegada de «La negra», una de nuestras primas, que apareció con los ojos hinchados de tanto llorar. «Catia la Mar desapareció», soltó entre sollozos. La frase nos dejó secos, pensando en la enorme red de familiares que tenemos regada por toda esa zona. «Playa Grande se derrumbó», «Mare quedó destruido».

El miedo nos paralizó y tomamos una decisión urgente: dividirnos para buscar a los nuestros.

opp 26

Mientras Eladio caminaba hacia Súma cruzando la devastación y encontraba a la familia de Osmerlys entre los heridos del urbanismo Hugo Chávez, «La Negra» y yo caminábamos en simultáneo hacia Mare buscando a Osnerbis. Avanzábamos en absoluta oscuridad pasadas las 8:30 pm, saltando grietas gigantescas en la carretera costera que parecían abiertas por las garras de un monstruo. Llegamos a la zona habitada de Mare Abajo.

La oscuridad ocultaba parcialmente la escena dantesca: la escuela local colapsada hacia adentro, casas inclinadas y destruidas, y los edificios en pie pero con las fachadas vaciadas como si hubieran sido alcanzados por bombas. No había gente en las calles; el silencio era espeso. No los encontramos en sus hogares porque la comunidad se había trasladado al polideportivo buscando refugio, nos conseguimos tras horas de angustia ciega. El primer abrazo fue un bálsamo.

Mare abajo Terremoto

Casi al mismo tiempo, las noticias del este nos golpeaban con la misma fuerza. Una tía llegó en moto desde Mamo y nos soltó otra bofetada: «Caribe está destruido. Tu tío Marciano lo perdió todo, pero está bien». Se salvaron de milagro porque celebraban el Día de San Juan y habían llegado minutos después del sismo. Su esposa relató la odisea: iban llegando a Los Caracas cuando sintieron el golpe seco en los cauchos, vieron un árbol colapsar y la vegetación venirse abajo. Tardaron 40 minutos en recorrer el tramo entre Naiguatá y Tanaguarenas, bloqueados por humo y fuego, antes de dejar el carro abandonado en un bosque y correr hacia un Caribe que ya no existía.

Al día siguiente, el amanecer no trajo alivio, sino más caminos por andar.

Eladio, mi hermano Roger y yo volvimos a caminar hacia el oeste, a Catia La Mar para dar con el paradero de nuestra hermana Rohelyn. Por fortuna, la encontramos a salvo en el sector Santa Eduvigis. Yo intentaba reportear, tomar notas y hacer fotos con la mente partida, intentando mantener la objetividad periodística mientras el corazón me latía en la garganta buscando al resto de la familia. Con los días, el rompecabezas del horror sumó otra pieza dolorosa: nos enteramos de que otra tía, esposa de un tío, había quedado tapiada. Su cuerpo sin vida aparecería 11 días después bajo los escombros.

Hoy, a semanas de aquel 24 de junio, cuando recorro los refugios improvisados en el campo de golf de Caribe o las carpas de Mare Abajo y veo a la gente negándose a abandonar las ruinas, entiendo que nosotros tampoco nos hemos movido de ese día. El sismo duró solo unos segundos, pero el estruendo de la tierra sigue resonando en cada esquina de La Guaira, recordándonos que hay sismos que nunca terminan de sacudirnos por dentro.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Dinorah Figuera, la “wild card” de Washington

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Nunca he sido entusiasta de los juegos de cartas, ni de los juegos de azar en general. No obstante, hay una expresión anglosajona proveniente de ese mundo que se me ha venido mucho a la cabeza desde el mes pasado: wild card. Se trata de un naipe de la baraja que puede hacer las veces de cualquier otro. El que tiene esa facultad proteica por lo general es el comodín. Pero otras cartas también pueden tenerla, dependiendo de las reglas del juego. En fin, lo que ha hecho que la expresión se cuele en mis pensamientos es su uso metafórico en la lengua inglesa. Según tal acepción, la “carta salvaje” alude a un factor sobrevenido en un conjunto dado de factores (lo que Deleuze y Guattari llaman “agenciamiento”) y del que no se sabe qué esperar.

¿Y por qué se me viene todo eso a la cabeza? Pues porque pudiéramos decir que el nuevo factor dominante en la política venezolana, que no es otro que el gobierno de Estados Unidos, introdujo una wild card en el “nuevo momento político”. Toda carta debe tener una imagen. En esta aparece el rostro de Dinorah Figuera. La razón por la que Figuera es una wild card no es tanto que su colocación sobre esta mesa lúdica haya sido inesperada. Desde hace unos meses se podía sospechar que Washington se traía algo entre manos que la involucraba, luego de una reunión que ella sostuvo con Michael Kozak, alto funcionario del Departamento de Estado. No. Es una wild card porque, una vez en la mesa, no está muy claro qué papel va a desempeñar.

Para empezar, muy probablemente el nombre de Dinorah Figuera dice poco o nada a millones de venezolanos, incluyendo a la inmensa mayoría del país ávida de cambio político. No es una dirigente con ambiciones de liderazgo nacional. Nunca lo ha sido. Militante de Primero Justicia, el punto más alto de su trayectoria ha sido una curul en la Asamblea Nacional electa en 2015. Luego de que finalizara el período constitucional de la misma en enero de 2021, este organismo, alegando que no tenía otra opción por ser la última institución con legitimidad de origen en Venezuela, y que, además, era la custodia de activos de la República en el extranjero que gobiernos aliados de la oposición venezolana quitaron al control de Miraflores; por todo esto, digo, empezó a prolongar su vigencia durante un tiempo indefinido.

Entre la dispersión de muchos de sus integrantes por un exilio al que los forzó la persecución por la elite gobernante venezolana y el desinterés de otros en seguir siendo parte, eventualmente ese parlamento quedó reducido a una “comisión delegada” que ha tenido a Figuera como presidente por varios años ya. Mientras tanto, el ente, visto cada vez más como una entelequia inútil por las masas venezolanas, fue cayendo en el olvido. Quienes se acordaban de su existencia, por lo general lo hacían con sumo desdén por considerar que estaba administrando recursos públicos de forma opaca.

Tuve que echar todo este cuento largo, retorcido y tortuoso, reflejo de lo infernal que se volvió la política venezolana en la última década y media, para que se entienda por qué, cuando de pronto Washington decidió impulsar negociaciones de transición política entre Miraflores y la AN de 2015, con Figuera como rostro visible de la parte opositora, la reacción de tantos ciudadanos venezolanos comunes fue de sorpresa y confusión. Dado que Figuera no cuenta con representatividad entre las masas de la base opositora, lo que muchos se preguntaron, y se siguen preguntando, es cuál será su relación con aquella dirigencia que sí cuenta con tal representatividad. Es decir, con María Corina Machado y sus aliados.

Acá vale la pena detenerse un poco en las posiciones de Figuera durante el ascenso de Machado hasta el liderazgo opositor. Como militante de PJ, la respaldó luego de que ganara la primaria 2023. Siguió en el partido cuando se fracturó, precisamente porque una parte minoritaria, encabezada por Henrique Capriles, decidió romper con Machado y participar en las últimas “elecciones” parlamentarias, regionales y municipales. Cuando Machado ganó el Nobel de la Paz, Figuera lo celebró en sus redes sociales, refiriéndose a ella explícitamente como líder de la oposición. También estuvo presente en al menos una de las ceremonias por el galardón, codeándose con figuras tan cercanas a Machado como su asesora Magalli Meda.

A partir de todo esto, pudo alguien pensar, cuando Figuera regresó brevemente a Venezuela para entrevistarse con Jorge Rodríguez, que la presidente de la comisión delegada de la AN estaría fungiendo como representante de Machado. Pero hechos, omisiones e informaciones posteriores indican que no es así. En primer lugar, la propia Figuera no ha hecho nada por transmitir tal cosa, ni siquiera con equívocos. Que se sepa, no ha hablado con Machado desde entonces. En entrevistas, reafirmó su reconocimiento de Machado como líder de la oposición. Pero eso no implica que ambas mujeres estén en sintonía. Mi colega periodista Alejandro Hernández, desde el portal La Gran Aldea, ha reportado varias reuniones entre partidos de la Plataforma Unitaria para tratar de hacerse una idea compartida sobre las gestiones de Figuera y qué hacer al respecto. Las mismas han producido en general pocos avances.

Con quien Figuera sí parece estar perfectamente alineada es con el Departamento de Estado, que le ha expresado total apoyo en esta nueva misión. El propio Marco Rubio replicó uno de sus mensajes en la materia. Pero a estas alturas eso no brinda garantías a nadie, excepto a quienes depositan mayor fe ciega en el papel de Washington como garante de la transición en Venezuela. Porque el estatus actual de las relaciones entre Machado y el gobierno de Trump están bien lejos de ser claras.

Como se discutió en la última emisión de esta columna, varios reportes de prensa han expresado que, según fuentes del gobierno estadounidense, la relación de ha deteriorado porque Machado insiste en regresar a Venezuela de inmediato, pero la Casa Blanca preferiría que no lo hiciera, por considerar que ello podría desestabilizar sus planes gradualistas para nuestro país. El propio Trump luego reafirmó que siente afinidad por Machado, y funcionarios de su gobierno desmintieron que se hayan opuesto a su retorno. Pero, por otro lado, Washington no ha dado ninguna señal de que está dispuesto a echarle una mano con eso, lo cual no es una nimiedad. Si nos sinceramos, solo EE. UU. puede garantizar que Machado no sufrirá represalias en un hipotético regreso a Venezuela.

Entonces… ¿Qué se proponen los norteamericanos con la wild card Dinorah Figuera, en esta mesa de Blackjack? Tal vez lo que quieran es empezar el proceso de arquitectura institucional para la Venezuela futura, con un rostro que les permita decir que la oposición, además de la elite gobernante post Maduro, está participando. Si Figuera funge además como puente con el liderazgo de la oposición mayoritaria y busca su eventual incorporación a la mesa de diálogo forjador de instituciones, en el marco de un plan gradualista de Washington que lleve a la aceptación por la elite gobernante venezolana de Machado como líder legítima de la oposición y aspirante al poder por vías democráticas, pues ello sería lo más cercano al final feliz que las masas venezolanas desean. Si, por el contrario, la oposición mayoritaria es excluida del diálogo en el largo plazo y Figuera es solo una ficha para simular participación opositora en un proceso decidido exclusivamente por la Casa Blanca y Miraflores, muy a duras penas cabe esperar que el producto final deje a la mayoría de la población conforme. Hasta Capriles, quien como ya vimos se distanció de Machado, lo ha reconocido. La propia Figuera parece reconocerlo también, cuando identifica a Machado como líder de la oposición. Pero no olvidemos que, en un juego de cartas, a veces los jugadores quieren aparentar pensamientos que no son realmente los que tienen en la cabeza.

@AAAD25

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