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Balance #1Jul | Jorge Rodríguez reporta 2.295 fallecidos y más de 11.200 heridos por terremotos

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El presidente de la Asamblea Nacional oficialista, Jorge Rodríguez, ofreció este miércoles, 1 de julio, a las 2:00 de la tarde, un nuevo balance sobre la situación de emergencia que atraviesa el país tras los terremotos del pasado 24 de junio.

Durante una alocución televisada, Rodríguez informó que a la fecha se contabilizan 780 réplicas desde el evento inicial. Además, dijo que un total de 6 461 personas han sido rescatadas de las zonas afectadas. “Así como ayer informamos que había disminuido la frecuencia de aparición de esas réplicas y también había disminuido la intensidad. Hoy continúa ese proceso y tenemos menor frecuencia en la aparición de réplicas y el rango de magnitud también ha disminuido”, señaló.

La cifra de fallecidos asciende a 2 295 personas, mientras que el personal médico reporta un total de 11 267 heridos y las autoridades registran a 12 841 ciudadanos en condición de damnificados. En total, el Ejecutivo evalúa un universo de 26 403 personas afectadas de forma directa por el siniestro.

Rodríguez añadió que el sistema de salud ha atendido a 17 026 pacientes en las regiones afectadas. De este grupo, los hospitales mantienen bajo observación a 4 565 ciudadanos en condición de hospitalizados, mientras que los médicos ya otorgaron el alta médica por mejoría a 13 942 personas.

Por otra parte, informó que hasta ahora operan 25 campamentos provisionales. El estado La Guaira concentra el mayor despliegue con 13 centros, seguido por Caracas con 8, el estado Miranda con 2, mientras que Carabobo y Yaracuy albergan un campamento cada uno. A través de esta red, las instituciones atienden a 81 589 familias mediante la distribución de 8 893 000 kilos de alimentos y el reparto directo de 27 714 bolsas de comida.

Un total de 26.000 efectivos venezolanos fueron desplegados, apoyados por 17 832 voluntarios civiles. Asimismo, la comunidad internacional respalda las tareas con el despliegue de 4 099 brigadistas extranjeros, quienes operan junto a 153 perros de búsqueda avanzada y 43 vehículos logísticos de apoyo. Toda esta estructura civil y militar gestiona actualmente las 707 063 toneladas de ayuda humanitaria internacional que han ingresado al territorio nacional.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Ciudadanos impiden robos cometidos por uniformados en medio de la tragedia causada por terremotos

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Tras los terremotos registrados el pasado 24 de junio, la actuación de cuerpos policiales y militares en Venezuela ha generado severos cuestionamientos por parte de la sociedad civil y las organizaciones de rescate. Ciudadanos y voluntarios en las zonas afectadas documentan y exponen diversas irregularidades cometidas por los funcionarios del Estado en medio de la contingencia humanitaria.

Las denuncias abarcan desde la inacción en las labores de salvamento hasta el hurto de pertenencias personales y dinero en efectivo entre las estructuras colapsadas. Los habitantes de las regiones más golpeadas, como La Guaira, increpan directamente a los uniformados, reclamando la falta de apoyo operativo y la priorización de labores de vigilancia sobre las tareas de rescate de sobrevivientes.

A este panorama se suma el amedrentamiento contra periodistas que cubren la emergencia y la imposición de trabas logísticas para el traslado de asistencia humanitaria. La respuesta de los organismos de seguridad pública agudiza la tensión en los perímetros de desastre, provocando la indignación de las comunidades afectadas.

Funcionarios hurtan dinero y pertenencias hallados en escombros

El martes, 30 de junio, usuarios en redes sociales denunciaron que un funcionario del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) presuntamente sustrajo dólares en efectivo localizados entre los escombros de las estructuras afectadas por los sismos en las residencias Vallarta de Playa Grande, estado La Guaira.

En un video se muestra al efectivo con el logo de la institución sosteniendo los billetes mientras los vecinos lo confrontan y rompen varias piezas de 100 dólares para impedir que el funcionario se las llevara bajo el argumento de que constituían una “evidencia”.

Ese mismo día, el director del Cicpc, Douglas Rico, publicó un comunicado oficial en sus redes sociales donde constató que un grupo de funcionarios se apropió de valores económicos hallados entre los escombros en La Guaira, desviándose de sus deberes durante las labores de asistencia. La institución ordenó la separación definitiva de sus cargos y el inicio de una averiguación disciplinaria para la destitución de los involucrados.

Asimismo, la División de Investigaciones de Delitos en la Función Pública detuvo a los ciudadanos Maya Aguilar Reyes, Fredy Rafael Lugo Oliveros, Roger Andrés Omaña y Josue Jhonatan Burgos Sánchez, quienes quedaron a la orden de la Fiscalía 68 Nacional con Competencia en Materia de Delitos Contra la Corrupción del Ministerio Público.

Previamente, en un video difundido el 27 de junio, se registró el momento en que un grupo de efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) localizó dólares en efectivo entre los escombros de la zona de desastre en La Guaira. Los civiles presentes en el lugar obligaron a los uniformados a romper los billetes para evitar que se los apropiaran, mientras les gritaban calificativos como “lambucios, muertos de hambre”.

Pero el hurto no se limita a dólares en efectivo. En un video publicado el 29 de junio se observa a efectivos militares mientras extraen electrodomésticos de uno de los edificios colapsados en el estado La Guaira. La persona que realizó la grabación describió el acontecimiento como “la desgracia humana”.

También, el 29 de junio, la madre de un joven de 17 años que estaba aún bajo los escombros de la OPP-25 de Tanaguarena denunció: “Los policías no han hecho nada. Ellos mismos se han prestado para robar también. Hay bastantes policías y guardias que los han sacado robando nuestras cosas. Pensábamos que nos venían a ayudar y lo que han hecho es el vandalismo en nuestras comunidades”.

Policías y militares interrumpen labores de búsqueda

El 29 de junio, el representante de la organización de rescatistas Topos de Chile, Francisco Lermanda, denunció que militares venezolanos hostigan a su personal dentro de la zona de desastre, interrumpiendo las tareas de salvamento para exigir de manera reiterada sus documentos de identidad debido a sospechas de presunto espionaje.

En una entrevista televisiva, relató que un funcionario armado ingresó al sector de los edificios colapsados donde los rescatistas trabajaban dentro de los túneles. “Una de nuestras rescatistas le preguntó al militar: ‘oye, amigo, tú me has pedido mis documentos al menos cinco veces en estos días que llevamos acá. Cinco veces. Y ya sabes mi cara, ¿Sabes cómo me llamo?’ Y el militar respondió: ‘nosotros tenemos órdenes de chequearlos cada cierto tiempo. Pueden ser espías de los yanquis, espías de EE. UU., espías de Chile'”.

Las críticas por inacción

El 29 de junio, se generó una ola de indignación y críticas tras la publicación de un video en las redes sociales de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), donde se mostraba a efectivos militares en supuestas labores de rescate. Los usuarios de las plataformas digitales señalaron que los uniformados solo movían tierra y piedras sin un propósito real de búsqueda. La FANB eliminó el video de sus redes sociales.

Posteriormente, en un video difundido el 28 de junio en el sector Caraballeda, decenas de personas que participaban en los trabajos de socorro confrontaron a un grupo de militares dedicados exclusivamente a la vigilancia. En un video publicado el domingo 28 de junio por la noche, un voluntario en las labores de con mascarilla y linterna en la frente increpa enfrenta a la FANB cerca de la zona del desastre.

“Pa’ echarnos plomo y coñazo sí (…) Cuando están en la autopista en la Francisco Fajardo son malotes. Demuéstrenme tu maldad aquí Con un pico y una pala”, manifestó el ciudadano a los funcionarios.

Amedrentamientos contra periodistas

Otro video grabado el 26 de junio, el comisario general del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), Robinson Navarro, amenazó con detener al locutor Gabriel Tinoco mientras este transmitía en vivo a través de Instagram desde un edificio derrumbado en Caracas.

El funcionario ordenó al comunicador retirarse del lugar o de lo contrario lo trasladaría a la sede del organismo de inteligencia, e intentó quitarle por la fuerza el teléfono celular con el que registraba el suceso. “Yo soy el comisario general Robinson Navarro del SEBIN. O te vas por las buenas tranquilito pa’ allá o te llevo pal’ Sebin”, le dijo el funcionario al periodista.

También, el 29 de junio, el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa (SNTP) reportó que Luis Hugas, periodista del canal Venezolana de Televisión, fue liberado tras permanecer retenido durante algunas horas en la sede de Polichacao. El incidente ocurrió mientras Hugas operaba un dron autorizado en las inmediaciones del edificio Obelisco de Altamira. Efectivos militares abordaron al reportero para confiscar sus equipos de trabajo y, posteriormente, funcionarios policiales lo trasladaron a la comisaría, momento que aprovecharon los militares para ingresar al vehículo del periodista y tomar parte de sus pertenencias, las cuales devolvieron horas más tarde.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

La reconstrucción de Venezuela: una oportunidad que exige un pacto nacional

Hay tragedias que interrumpen la vida de un país. Y hay tragedias que obligan a redefinir su destino. Los terremotos que acaban de sacudir a Venezuela pertenecen a esta segunda categoría. La magnitud del daño humano, social y económico todavía está lejos de poder medirse con precisión, pero una cosa ya es evidente: el país que discutíamos hace apenas unos días ya no es el mismo.

Las cifras preliminares disponibles son devastadoras. Según los primeros reportes recogidos por Ecoanalítica, se registran 254 edificaciones con daño total, 325 con daño severo y 346 con daño parcial. Las pérdidas humanas son más dolorosas aun: 1450 fallecidos, 3150 heridos, 12 721 familias damnificadas y más de 50 000 personas desaparecidas (*). Son números todavía incompletos, sujetos a revisión y probablemente insuficientes para capturar la verdadera dimensión de la tragedia. Pero ya permiten entender que Venezuela enfrenta uno de los choques más duros de su historia contemporánea.

Desde el punto de vista económico, nuestras primeras estimaciones apuntan a daños directos del orden de 8000 millones de dólares, equivalentes a aproximadamente 7 % del PIB. La recuperación integral de la infraestructura pública, el aparato productivo, las viviendas, los servicios básicos y la capacidad operativa del país podría requerir cerca de 20 000 millones de dólares. Es una cifra monumental para cualquier economía. Lo es más aun para un país que viene de una larga crisis, con restricciones fiscales, infraestructura deteriorada, servicios públicos frágiles y una capacidad institucional profundamente debilitada.

Sin embargo, el verdadero desafío no está solamente en conseguir recursos. Venezuela necesita dinero, sí. Necesita maquinaria, hospitales de campaña, equipos de rescate, ingenieros, técnicos, financiamiento multilateral y cooperación internacional. Pero necesita algo más importante: capacidad de coordinación, confianza y legitimidad. La experiencia internacional demuestra que los terremotos no destruyen países por sí solos. Lo que define el futuro de una nación después de una catástrofe es la calidad de su respuesta colectiva.

Chile, después del terremoto de 2010, mostró la importancia de contar con instituciones capaces de reaccionar con rapidez, ordenar prioridades y ejecutar una reconstrucción masiva sin perder el control macroeconómico. Japón, tras el terremoto y tsunami de 2011, evidenció cómo un Estado con alta capacidad técnica puede combinar respuesta inmediata, reconstrucción de infraestructura, protección de cadenas productivas y planificación territorial de largo plazo. Nepal, luego del terremoto de 2015, avanzó con una autoridad nacional de reconstrucción que permitió concentrar esfuerzos, articular cooperación internacional y canalizar recursos hacia hogares afectados.

Haití, por el contrario, representa la advertencia más dura. El terremoto de 2010 no solo destruyó infraestructura; expuso la fragilidad extrema del Estado, la dispersión de la ayuda internacional, la ausencia de coordinación efectiva y la dificultad de reconstruir cuando no existe una autoridad nacional suficientemente fuerte y legítima para ordenar el esfuerzo. La tragedia natural se convirtió en una crisis prolongada porque el país no logró transformar la emergencia en una estrategia nacional de reconstrucción. Es posible que el terremoto de ayer sea la principal causa del Estado fallido que Haití presenta hoy.

Venezuela debe aprender de esas experiencias. La magnitud del terremoto importa, pero no será la única variable determinante. Lo decisivo será si el país logra convertir el dolor en un proyecto común. Y allí aparece el punto central: Venezuela no podrá reconstruirse desde una sola parcialidad política, desde una sola institución, desde una sola visión del país ni desde un poder que no cuente con la confianza suficiente de todos los actores nacionales.

Los primeros días de la tragedia han dejado una imagen preocupante. La respuesta institucional ha sido insuficiente frente a la escala del desastre. No se trata de una crítica política, sino de una constatación técnica. En emergencias de esta magnitud, la Fuerza Armada, Protección Civil, gobernaciones, alcaldías, hospitales, cuerpos de seguridad, empresas públicas y servicios básicos deben operar como una sola estructura logística nacional. Esa coordinación no se ha visto con la fuerza requerida. La sociedad civil, los vecinos, las comunidades, las iglesias, las ONG, los rescatistas voluntarios y el sector privado han vuelto a demostrar una inmensa reserva moral. Pero la solidaridad ciudadana no puede sustituir indefinidamente la capacidad del Estado.

Aquí está el dilema venezolano. El país necesita una reconstrucción a escala nacional, pero las autoridades enfrentan una profunda falta de legitimidad política y una limitada capacidad operativa. Esa combinación es especialmente peligrosa. Sin legitimidad, será difícil movilizar cooperación internacional de gran escala. De hecho, las primeras señales de la cooperación financiera internacional han sido también muy preocupantes. Sin confianza, será difícil atraer inversión privada. Sin transparencia, será difícil evitar que la ayuda se fragmente, se politice o se desperdicie. Sin inclusión, será imposible convertir la reconstrucción en un proyecto nacional.

Por eso Venezuela necesita un gran pacto nacional para la reconstrucción. No como una consigna retórica, sino como una arquitectura institucional concreta. Un pacto que incluya a todos los actores que hacen vida en el territorio nacional: autoridades nacionales, gobernaciones, alcaldías, oposición, Fuerza Armada, sector privado, trabajadores, universidades, iglesias, organizaciones sociales, comunidades afectadas y organismos multilaterales. También debe incorporar a la diáspora venezolana, que hoy representa una de las mayores reservas de talento, recursos, conocimiento técnico y vínculos internacionales con las que cuenta el país.

Una opción concreta, sería volver a crear una autoridad nacional para la reconstrucción, con mandato temporal, reglas claras, participación plural y supervisión independiente. No se trataría de crear otro ministerio ni de ampliar la burocracia. Se trataría de construir una plataforma excepcional para una circunstancia excepcional. Su mandato debería concentrarse en cuatro tareas: levantar un registro nacional de daños, coordinar la ayuda humanitaria y financiera, diseñar el plan de reconstrucción física y productiva, y garantizar mecanismos de auditoría nacional e internacional.

La reconstrucción tampoco debe limitarse a levantar lo que se cayó. Venezuela no puede reconstruir la precariedad. No puede rehacer ciudades vulnerables, viviendas inseguras, hospitales sin resiliencia, carreteras frágiles ni servicios públicos al borde del colapso. La tragedia obliga a pensar en una reconstrucción moderna: infraestructura antisísmica, planificación urbana, formalización de propiedad, financiamiento habitacional, recuperación de servicios básicos, fortalecimiento de hospitales, reconstrucción de escuelas, apoyo a pequeñas empresas y mecanismos de protección social para las familias damnificadas.

Los 20 000 millones de dólares estimados para la recuperación no deben verse únicamente como un costo. Bien administrados, pueden convertirse en el mayor programa de inversión pública y privada de las últimas décadas. Pueden generar empleo, reactivar sectores productivos, reconstruir confianza y acelerar la modernización de la economía. Pero mal administrados, pueden convertirse en otra fuente de frustración, corrupción, desigualdad y pérdida de legitimidad.

Por eso la pregunta económica más importante no es solamente cuánto dinero hará falta. La pregunta central es quién decidirá cómo se invierte, bajo qué reglas, con qué controles y con qué visión de país. La reconstrucción será el principal programa económico de Venezuela durante los próximos años. Si se maneja con opacidad y exclusión, profundizará la crisis. Si se maneja con transparencia, inclusión y sentido nacional, puede abrir una nueva etapa.

La comunidad internacional también tendrá un papel fundamental. Venezuela no podrá enfrentar sola esta emergencia. Será indispensable movilizar asistencia humanitaria, créditos de rápido desembolso, cooperación técnica, apoyo de organismos multilaterales, donaciones, seguros, inversión privada y mecanismos financieros especiales. Pero esa cooperación exigirá garantías. Ningún organismo internacional, ningún gobierno aliado, ningún inversionista serio y ninguna diáspora movilizará recursos de gran escala si no existe una estructura confiable, incluyente y técnicamente sólida para administrarlos.

En este punto, la legitimidad deja de ser una discusión abstracta. Se convierte en una variable económica. La legitimidad reduce el riesgo. La legitimidad abre puertas. La legitimidad permite coordinar. La legitimidad transforma ayuda dispersa en estrategia nacional. La legitimidad hace posible que actores que no confían entre sí se sienten en una misma mesa para resolver una emergencia común.

La Fuerza Armada también debe entender el momento histórico. En una tragedia de esta escala, su papel no puede ser político ni represivo. Debe ser logístico, humanitario y nacional. Debe ayudar a abrir corredores, distribuir ayuda, proteger a la población, facilitar operaciones de rescate, garantizar seguridad en las zonas afectadas y ponerse al servicio de una reconstrucción que pertenece a todos los venezolanos. Esa sería una forma concreta de recuperar confianza institucional.

Venezuela llega a este terremoto con heridas acumuladas: años de crisis económica, migración masiva, deterioro institucional, desconfianza política y fragmentación social. Pero también llega con activos enormes: una sociedad solidaria, un sector privado resiliente, comunidades organizadas, talento técnico, universidades, iglesias, ONG, empresarios, trabajadores y una diáspora que mantiene un vínculo emocional y económico profundo con el país.

La reconstrucción de Venezuela no comienza cuando se coloca el primer ladrillo. Comienza cuando todos los venezolanos sienten que ese ladrillo también les pertenece. Esa es la diferencia entre reconstruir edificios y reconstruir una nación. Venezuela puede escoger entre administrar la emergencia desde la fragmentación o convertirla en el punto de partida de un acuerdo nacional. Puede repetir los errores del pasado o construir una institucionalidad distinta. Puede reconstruir ruinas o reconstruir futuro.

(*) Cifras oficiales al 28 de junio

Ecoanalítica | Alejandro Grisanti Capriles @agrisanti

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Familiares piden más maquinaria pesada para retirar escombros: “lo demás lo hacemos nosotros”

Para Jesurimar Briceño, de 28 años, la búsqueda de su hija, su madre y su hermano bajo los escombros del urbanismo OPP 33 en el sector Caribe de La Guaira se convirtió en una carrera contra el tiempo y la burocracia. Tras días de espera, familiares de personas que se encontraban en esos edificios tuvieron que trancar la calle para forzar que les dejaran una retroexcavadora, pero ellos mismos tenían que conseguir el gasoil.

A seis días del doble terremoto que devastó al país el 24 de junio pasado, y que contabiliza 1943 víctimas fatales y 10571 heridos según el último balance oficial, en zonas de La Guaira aún piden que llegue maquinaria pesada para acelerar la remoción de escombros y las labores de búsqueda, con la esperanza de encontrar sobrevivientes o de poder recuperar los cuerpos de sus seres queridos para darles un descanso digno.

A las 12:42 p.m. de este martes, 30 de junio, la periodista Estefani Brito escribió en su cuenta de X que el sobrino de sus amigas llamado Mathias, junto a sus abuelos y tías, estaba bajo los escombros del urbanismo OPP 22 en Caraballeda. Señaló que a casi 140 horas de los sismos a ese edificio no había llegado maquinaria pesada. “Seguimos con la fe intacta, pero necesitamos ayuda”, dijo.

“Se solicita ayuda de rescatistas y máquinas para edificio Gradisca, Macuto, La Guaira. Hay personas con vida. Gracias”, solicitó el ingeniero Carlos Alí Castro en la misma red social en respuesta a una publicación del presidente de El Salvador, Nayib Bukele, que informaba que los rescatistas de su país habían encontrado con vida a un hombre entre los escombros, en el centro comercial Galerías Playa Grande.

Un escenario similar describió Jesurimar, la noche del domingo 28 de junio. Frente a las ruinas del urbanismo OPP 33 (que tenía tres torres) y un edificio privado que estaba al lado, la joven expresó: “Tenemos una o dos maquinarias y se enfocan en un solo edificio, aquí hay cuatro edificios juntos y dos máquinas no dan para eso”.

Protestar para lograr ayuda

“Si no se quieren ensuciar el uniforme echando pala, echando pico, lo único que les pedimos encarecidamente es que nos ayuden con cinco maquinarias que puedan remover esos escombros pesados”, dijo la joven. “Lo demás lo hacemos nosotros”.

Esa noche, en el lugar se encontraba una retroexcavadora trabajando. “Eso llegó hoy porque trancamos la calle”, afirmó Jesurimar y contó que la coordinadora a cargo de esos equipos que estaban trasladando les dijo que eso no era ayuda humanitaria sino que alguien había pagado por ellos. Tras la protesta de los familiares, accedió a dejarla ahí. “Pero del gasoil se van a encargar ustedes y les damos una hora”, advirtió esa mujer.

“Pensaban que no íbamos a conseguir el gasoil y lo que no saben es que uno por su mamá, por su hija, por su hermano, uno mueve cielo y tierra y hace lo que tenga que hacer”, manifestó la joven, que horas atrás se había descompensado por todo el esfuerzos de los últimos días. De hecho explicó que muchos de los trabajos en la zona han sido por autogestión: los propios familiares en la OPP 33 consiguieron una planta eléctrica e instalaron bombillos para trabajar durante la noche.

Jesurimar agregó que aún tienen esperanza de sacar a sus familiares con vida. Su padre narró que dos días antes habían llamado al teléfono de su hijo y contestó una niña que imaginó que era su nieta. “Y nadie prestó atención”, lamentó.

Este lunes un grupo de operadores de estos equipos que se trasladó a la Guaira denunció ante las cámaras de VPI TV acudieron al lugar porque pensaban que no había suficientes conductores, pero se encontraron con que lo que faltaban eran máquinas, y que las que había eran privadas y no permitían que cualquier operador las condujera.

Yakera habilita plataforma para canalizar donaciones a afectados

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La plataforma digital Yakera lanzó una iniciativa para apoyar a las personas afectadas por los terremotos en Venezuela mediante un sistema que permite recibir donaciones directas desde cualquier parte del mundo, sin intermediarios ni comisiones. Las personas damnificadas pueden crear una campaña personal para solicitar apoyo económico y recibir los aportes directamente en sus cuentas.

Según Yakera, el objetivo de la iniciativa es facilitar que quienes resultaron afectados por los sismos puedan contar su historia y conectar con potenciales donantes tanto dentro como fuera de Venezuela.

Para acceder al sistema, los usuarios deben registrarse en la plataforma, verificar su identidad, agregar un método de pago para recibir las donaciones, grabar un mensaje de voz explicando su situación, incorporar fotografías y compartir su campaña.

La empresa indicó que, además de permitir la creación de campañas individuales, también promoverá las historias publicadas dentro de la plataforma para aumentar su alcance y facilitar que lleguen a más personas interesadas en colaborar. También se aclaró que el servicio no cobra comisiones por las donaciones y busca que los aportes lleguen directamente a los beneficiarios, sin intermediación.

La iniciativa surge en medio de la emergencia humanitaria provocada por los terremotos registrados la semana pasada, que dejaron miles de personas damnificadas y generaron múltiples campañas de solidaridad impulsadas por organizaciones, universidades, empresas y ciudadanos dentro y fuera del país.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Cómo gestionar la “culpa del sobreviviente” tras los sismos

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A menos de una semana del doble terremoto que sacudió al país el pasado 24 de junio, las consecuencias psicológicas comienzan a manifestarse en la población, incluso en aquellos ciudadanos que no sufrieron pérdidas materiales ni familiares directamente, al igual que en los venezolanos que se encuentran fuera de las fronteras del país.

Asdrúbal Alejandro Espinoza, psicólogo, profesor de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y residente de Caracas, explica que este fenómeno conocido formalmente como síndrome o culpa del sobreviviente. Lo describe como “una experiencia de intensa agitación emocional que se genera tras haber sido expuesto a la muerte o daño de otros”.

“Lo que llamamos ‘síndrome’, o sencillamente, culpa del sobreviviente, sobre la cual ya hay numerosos reportes, refiere precisamente a esa experiencia de intensa agitación emocional en conjunto con sentimientos de culpa o culpabilidad tras sucesos como los del pasado 24”, explicó Espinoza.

El especialista aclara que esta reacción no es patológica ni anormal en una persona, sino que forma parte de los esfuerzos que hace la psique por intentar reconstruir los hechos y comprender cómo es que uno continúa con vida mientras que otros fallecieron. 

“Es un fenómeno que se ha documentado y observado durante muchas décadas en personas que han presenciado o han sido expuestas a la muerte o daño de otra persona y han sobrevivido a la experiencia. Sea una guerra, un desastre natural, algún conflicto armado, o puede sobrevenir incluso después de eventos como un accidente automovilístico con fatalidades y pocos o un solo sobreviviente”, añadió el psicólogo.

Las señales de alerta de este sentimiento de culpabilidad se manifiestan a través de pensamientos recurrentes sobre no merecer estar vivo, rumiación constante sobre el sentido del evento sísmico y fuertes conflictos internos al intentar retomar rutinas cotidianas o actividades “que no forman parte de esfuerzos de rescate, apoyo o ayuda a los afectados”.

El síndrome también crea una especie de “culpa” en la persona por el solo hecho de sentirse feliz, bien o agradecida.

El dilema ético 

Uno de los focos emocionales más complejos de esta situación tras los terremotos se vive en el entorno digital y comercial, donde pequeños emprendedores, profesionales independientes y trabajadores de áreas consideradas como no prioritarias expresan temor y vergüenza por promocionar sus servicios y/o productos por respeto al luto nacional.  

Asdrúbal Alejandro Espinoza señala que este conflicto nace de la percepción de que el deseo de acompañar a otros en su dolor y la necesidad de continuar sosteniendo un hogar corren en direcciones contrarias.

“Las necesidades personales se perciben que contradicen a las necesidades del país y en querer estar presentes”, destaca el experto, aclarando de inmediato que “es una percepción, pues ambas cosas pueden coexistir: el ayudar y el continuar con la propia vida”. 

Los deseos de ayudar de forma colectiva son importantes y valiosos, pero deben balancearse con la propia capacidad económica y física del momento para evitar tomar decisiones impulsivas que dejen al propio donante en una situación de vulnerabilidad extrema. 

Espinoza recuerda un caso que vio recientemente por redes sociales de una persona que donó buena parte de sus ingresos a centros de acopio y recaudaciones de fondos, y al pasar unos días, se encontraba en situación precaria por no contar con ingresos para atender sus necesidades personales.

Debido a que las consecuencias de la tragedia se proyectarán a largo plazo, el psicólogo insiste en que reactivar la economía individual y mantenerse activo es indispensable.

“Reactivar la propia economía y continuar sosteniéndose individualmente a nivel psicológico y emocional es, precisamente, continuar contando con recursos para poder seguir siendo solidarios y de ayuda al país a corto, mediano y largo plazo. Así se pueden elaborar e integrar las complicadas emociones que sentimos alrededor de todo lo ocurrido, incluida la culpa. Usarlas para la acción”, explicó el terapeuta. 

La rutina laboral

Retomar las jornadas de trabajo y reacomodar la rutina diaria tiene una función reguladora que es indispensable en tiempos de desastre, siempre y cuando no sea utilizado como un método de evasión para ignorar el trauma.

El mantener horarios fijos para levantarse temprano o continuar con planes de estudio y metas laborales puede ayudar a canalizar las emociones fuertes a través de una acción con propósito.

El docente advierte que es sumamente pronto para hablar de una recuperación total o del retorno a la normalidad del pasado e indica que “recuperar, o más bien construir una nueva cotidianidad, va a pasar precisamente por transitar ese duelo”

En su opinión profesional, la sociedad se enfrenta a un desafío de “co-construir” una nueva realidad que va a estar marcada por recuerdos dolorosos, cambios drásticos en el paisaje urbano de las zonas costeras del país y la ausencia física de seres queridos.

“Reanudar rutinas y mantenernos activos es algo que precisamente puede ayudarnos a procesar gradualmente el evento y a transitarlo, dándole su espacio al dolor, la tristeza, la rabia, la culpa, la angustia y el duelo que muchos venezolanos estamos sintiendo y experimentando. y que se espera continúe en el transcurso de los próximos días, semanas y meses”, señala Espinoza. 

El trabajo se puede convertir en un medio de resiliencia y apoyo social en lugar de un acto de egoísmo o indiferencia en esta tragedia, que es lo que muchos ciudadanos sienten actualmente. El psicólogo también hace una advertencia clara de que se debe evitar que las actividades se conviertan en una máscara para ocultar el trauma.

Primeros auxilios psicológicos

Para ayudar a familiares, amigos o compañeros de trabajo que se encuentren abrumados emocionalmente o paralizados por la tragedia, las personas pueden aplicar una serie de pasos de primeros auxilios psicológicos en sus propios hogares u oficinas.

La recomendación incluye ofrecer espacios para que las personas se expresen, aplicando la escucha activa sin emitir prejuicios. Espinoza enfatiza la importancia de erradicar ciertas frases del vocabulario de consuelo que, lejos de ayudar, tienden a invalidar el sufrimiento y a que se prolongue el sentimiento de culpa.

Según el académico, “Es importante tratar de evitar expresiones como ‘ya pasó, lo material se recupera, agradece que estás vivo, todo va a estar bien, no pasa nada’ y similares que pueden ser recibidas de forma negativa o cronificar la culpa”.  

Estas frases pueden acentuar en la víctima la sensación de que está haciendo algo malo o que está fallando en no sentirse de cierta forma. El especialista recomienda sustituir estas interacciones por preguntas abiertas que inviten al desahogo del afectado, libre de interrupciones, o bien brindar una compañía silenciosa y respetuosa que no presione al individuo a actuar o cambiar su estado emocional de inmediato.

“Algo que se puede aplicar como regla general es darle espacio a la persona para que se exprese y reformular lo que diga hasta recibir confirmación de que está siendo escuchado y entendido”, aconseja el profesor.

En los casos donde el abatimiento, el aislamiento y el bloqueo emocional persisten de manera prolongada en el tiempo, necesitan de forma urgente una red de apoyo profesional.

Servicios de salud mental gratuitos

Frente a la emergencia sísmica diversos gremios, universidades e instituciones de atención médica han activado canales de asistencia psicológica gratuita para toda la población que requiera orientación profesional. En la ciudad de Caracas, el Centro de Salud Santa Inés ofrece consultas y apoyo presencial de lunes a viernes en el horario de 8:00 de la mañana a 4:00 de la tarde.

De igual manera, se encuentran operativas las plataformas telefónicas y digitales de Psicolínea UCAB y la Línea de Atención Psicológica (LAPSI) de la Federación de Psicólogos de Venezuela (FPV). 

En el sector de la salud pública, hospitalaria y de protección social se mantienen activos servicios como el del Hospital Psiquiátrico de Caracas, la fundación Fundana para la asistencia centrada en mujeres y niños, el centro terapéutico Happy Place, el programa Órbita CI 130 y el Grupo Praxis. 

También hay equipos de psicólogos y psiquiatras que se han trasladado de forma voluntaria a espacios como el Parque del Este para brindar apoyo directo a los sobrevivientes trasladados desde las zonas más afectadas. 

Espinoza enfatiza que “Muchos otros colegas también están ofreciendo atención gratuita online y presencial y aún varios otros grupos e instituciones están en proceso de organización para atender tanto online como presencial en varios centros y zonas donde están siendo ubicados los más afectados”. 

Validar el sufrimiento

Asdrúbal Alejandro Espinoza hace un llamado a la compasión y al reconocimiento de la propia vulnerabilidad frente a una tragedia de esta magnitud y concluye que, debido a que las pérdidas y el trauma sigue siendo una realidad del presente, el paso más difícil y necesario para desarrollar la fortaleza es permitirse el espacio para sentir el dolor sin minimizarlo. 

“A riesgo de simplificar, algo que siempre es importante recordar y tener presente es cuidarse de tratar a nuestro sufrimiento emocional, y el de los demás, como si se tratara de alguna falla o un fracaso moral y personal. Sentirse tristes, abrumados, vacíos, ‘golpeados’, molestos, desesperados o hasta ‘llenos’ de sentimientos como la rabia y el odio, como he escuchado y leído a algunos expresar en los últimos días, más que normal o esperado o válido, es humano. Estos eventos nos trastocan, nos cambian, nos mueven y conmueven de formas que en un principio podemos no entender, o no saber cómo sobrellevar ni procesar ni aceptar y para una sociedad y país como la venezolana, en medio de tantas dificultades en cada área y dimensión de la vida, vivir y sobrevivir a un terremoto puede ya sentirse como ‘demasiado’, como que ya no podemos más. Y a pesar de que el tiempo transcurra y los días pasen, lo que nos pasó todavía sigue pasando. Todavía es presente, no es pasado y hay pérdidas que permanecen inconsolables e insustituibles. Por lo que mi mensaje sería hacer lo que puede ser una de las cosas más difíciles de todo esto, pero que al mismo tiempo puede ayudar a desarrollar la fortaleza que necesitaremos para los días que quedan por delante. eso es darnos el espacio para darle forma y para sentir lo que tengamos que sentir”, concluyó el experto.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Venezuela: tierra de lágrimas y corazones rotos

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Mi padre, un piadoso apostólico, católico y romano, solía decirnos, cuando el hogar se inundaba de tribulaciones: «hijos, esas son pruebas que nos manda el Señor». Hoy, décadas después de todo lo que ha acontecido en la Venezuela del siglo XXI, me pregunto cuánta más calamidad tiene que sufrir el pueblo venezolano para reconstruir el país que fue, el siglo pasado, un lugar sostenible y de vida digna.

Una mirada al pasado sísmico

Ante la tragedia del pasado miércoles 24 de junio, resulta conveniente un vistazo al retrovisor de nuestra historia para reconocer tragedias sísmicas similares: la más notoria, el terremoto de 1812, cuya intensidad alcanzó 7,7 en la escala de Richter; el terremoto de Caracas del 29 de julio de 1967, con una magnitud de 6,6, cuyo sismo, de una duración aproximada de entre 35 y 55 segundos, causó severos daños principalmente en las zonas de Altamira, Los Palos Grandes y el Litoral Central; y, finalmente, el reciente doblete sísmico de 2026, con magnitudes entre 7,2 y 7,5, el más extenso de los tres, pues afectó a Caracas, La Guaira y a los estados Aragua, Carabobo, Falcón y Yaracuy.

El pueblo, epicentro del dolor

Las cifras de fallecidos y desaparecidos, así como el número de viviendas perdidas que difunden los medios de comunicación, oprimen el corazón y encogen el alma de los venezolanos adentro y en cualquier parte del mundo donde se ubica la más amplia diáspora que haya conocido la historia moderna.

Cabe destacar, en contraste, la amplísima solidaridad internacional demostrada con el envío de rescatistas y equipos especiales para salvar vidas.

1967: la respuesta institucional

Ahora bien, la diferencia estriba en la respuesta que ha dado el Estado venezolano ante la magnitud de las más recientes tragedias sísmicas, en comparación con la asumida en 1967. Se señala que el Estado actuó con celeridad tras el terremoto del 29 de julio: las autoridades implementaron líneas de mando claras y movilizaron a la Fuerza Armada para apoyar rescates, remover escombros y estabilizar edificaciones.

Esta gestión institucional dejó un precedente de planificación urbana y de preparación ante desastres: fue uno de los despliegues de emergencia más rápidos, coordinados y eficaces que ejecutó el Estado venezolano en el siglo XX.

Según el análisis de Iñaki Anasagasti (29 de junio de 2026), la gestión estuvo liderada por el Dr. Sucre Figarella, quien asumió la conducción de la crisis con una mezcla de autoridad técnica, capacidad organizativa y sentido de urgencia que marcó la diferencia. Bajo su dirección se activaron, en cuestión de horas, cuadrillas de obreros, ingenieros, topógrafos, operadores de maquinaria pesada, equipos de demolición y brigadas de reconstrucción.

En ese contexto, no se limitó a administrar recursos, sino que articuló al Estado en pleno: coordinó ministerios, gobernaciones, concejos municipales, organismos civiles y unidades militares. Estableció prioridades, abrió vías colapsadas, organizó rescates, supervisó demoliciones controladas y puso en marcha un plan de emergencia que aún hoy se estudia como referencia de gestión pública.

Asimismo, integró a la Fuerza Armada en la estructura de protección civil de la época: esta fue parte activa de esa respuesta, pues apoyó los rescates, movilizó personal especializado y colaboró en la remoción de escombros y en la estabilización de estructuras comprometidas.

2026: el abandono del Estado

En realidad, no existe ninguna comparación con el desastre actual de la gestión de Rodrigato y Diosdado Cabello, pues han quedado en evidencia los efectos de veintisiete años de saqueo, mala administración y manipulación populista de las necesidades de la población.

En tan solo segundos, la naturaleza se manifestó, y una vez más las víctimas fueron aquellas que, en el caso de La Guaira, eligieron gobernadores oficialistas cuya oferta fue una frágil infraestructura de viviendas que se desplomaron como barajas el día de la tragedia.

Esta vez, la ausencia del Estado depredador y autocrático se reafirma en su práctica constante de manipulación de las cifras, en la falta de transparencia, en el bloqueo a la ayuda internacional y en el oscurantismo respecto a la cruda realidad del número de fallecidos, desaparecidos y de los millares que sobreviven a la intemperie.

Esto no es más que la prueba del estilo de gobierno que saqueó un país, prostituyó todas las instituciones y precarizó al extremo los servicios públicos en nombre de una revolución inexistente, que no fue más que una estafa erigida en estilo de gestión.

El pueblo que se levanta solo

Venezuela resurgirá de sus cenizas, como lo demuestran las centenas de hombres y mujeres que, con picos, palas y mandarrias, ante un Estado inexistente, han asumido el rescate de sus seres queridos y de sus vecinos, caídos en la peor desgracia sufrida en el presente siglo.

@froilanbarriosf | Movimiento Laborista.

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Cuando la Tierra habla entre manos desnudas

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Venezuela entre los escombros, la memoria y la esperanza…

Es tiempo en que las ciudades creían haber domesticado su destino. Es tiempo en que los hombres confunden la rutina con la eternidad y el ruido de la vida cotidiana con la certeza de que nada podría interrumpirlo.

Es tiempo en que la anomia se apoderó de lo cotidiano y el hombre que jamás se acostumbra a la violencia, se habituó a ella subestimando a la madre naturaleza sin esperar nada de quién corresponde hacerlo. Pero la Tierra, que nunca olvida, tampoco avisa.

La tarde y la larga noche de la que no despertaron

Fue la tarde del miércoles 24 de Junio de 2026, cuando el Caribe apenas comenzó a apagarse con una luz pálida sobre La Guaira. El suelo decidió hablar. No lo hizo con palabras, sino con ese lenguaje antiguo que las montañas entienden y los pueblos temen reconocer: el lenguaje del estremecimiento. Primero fue un murmullo como si el mar hubiera inhalado demasiado profundo. Después un silencio extraño, suspendido, casi respetuoso.

Y luego el golpe. Un golpe que no venía del exterior, sino del corazón mismo del mundo. Las casas antiguas y cansadas, los edificios con base sedimentada, descuidados y en abandono, comenzaron a inclinarse como si saludaran su propio final. Las calles se quebraron con la delicadeza cruel de lo inevitable. El aire se llenó de polvo, de gritos, de nombres que nadie alcanzaba a responder.

La Guaira —esa ciudad suspendida entre la montaña y el mar, entre la belleza y la amenaza— no ha podido dormir, convertida en una herida abierta. Y muchos no despertaron. Caracas escuchó el estruendo. Pero no se quebró tanto como el suelo herido de costa agitada. Incluso en la ruina, la ciudad no perdió su alma. Porque las ciudades no son de piedra. Son de hombres. Y los hombres cuando todo se derrumba, revelan su verdad más profunda.

La ciudad de los hombres buenos y manos limpias

No son tiempos de ideologías. Desde hace mucho no caben las consignas. No hay tiempo para etiquetas. Solo queda el instinto más antiguo del ser humano: salvar al otro.

Un joven convirtió sus manos en herramientas. Una enfermera improvisó un hospital en el borde de una avenida rota. Un sacerdote sostuvo la fe cuando ya no quedaban paredes. Y un médico —sin importar su edad— con el cansancio acumulado de un país entero, siguió buscando vida donde ya no parecía posible. No eran héroes. Eran mujeres y hombres de manos limpias, sacudidas por décadas de ausencia y despojo.

Eran sobrevivientes de alma noble convertidos en rescatistas en medio de otra tragedia: el Estado ausente. La institucionalidad despachada por la indiferencia y la desidia, la autoridad embriagada de poder que no sale de su resaca de apariencia revolucionaria. Ya lo advirtió Juan Donoso Cortés en su discurso del 4 de enero de 1849: “Cuando la sociedad destruye su orden moral y político, no llega la libertad sino una elección que deja de ser redentora y suele ser el camino más directo hacia una violencia organizada”.

Hemos sido ciudadanos reducidos de nuestra esencia moral. Sin embargo, el pueblo venezolano —a pesar de la indolencia y la galbana— ha decidido organizarse en la resiliencia, no en la violencia [por ahora]. La tragedia nos ha quitado el ruido del mundo. Y en ese silencio reapareció lo esencial. Cada piedra levantada no era solo un gesto físico. Era una declaración ética. Cada vida salvada, en tierra arrasada, se ha convertido en una afirmación contra la omisión, orgullo como unidad grupal.

Porque hay momentos en los que la humanidad deja de ser concepto y se vuelve acto. Acto de presencia, acto de rebeldía, acto de amor contra el abandono, la pérdida y la destrucción. Acto de redención contra el odio y la apatía. Pero nadie subestime al pueblo sufrido y noble, hastiado de abandono. No es un terremoto natural. Es un terremoto cultural. Y las réplicas culturales suelen mover y terminar de tumbar los muros de las tiranías.

El primer rescate: la madre, el bebé entre el polvo

En una calle estrecha, una mujer fue escuchada golpeando una lámina metálica. No gritaba. Golpeaba. Era el único lenguaje posible bajo los escombros. Los rescatistas tardaron casi tres horas en llegar a ella. Cuando la encontraron, no pidió auxilio. Preguntó por su hijo. El niño estaba a pocos metros atrapado por el derrumbe. Lo sacaron después de excavar con las manos desnudas.

Uno de los rescatistas perdió sensibilidad en tres dedos durante noche. Nunca lo mencionó. Nadie lo registró. Pero el niño respiró. Y eso fue suficiente. Y llegó el segundo, el tercero y los demás rescates. Sin equipos, sin taladros, sin picos, ni agua, ni pala. Con sangre, sudor y lágrimas.

Un camión de bomberos llegó sin sistema hidráulico. No había presión. Pero había hombres. Uno de ellos utilizó una manguera como cuerda. Otro improvisó un sistema de palancas. Durante horas y días han trabajado sin descanso. Lograron sacar a un anciano. El bombero se sentó en el suelo y no pudo levantarse. No por cansancio físico. Sino por la conciencia de lo que había ocurrido: habían salvado una vida sin herramientas, pero con la fuerza del deber.

Todos aplaudían y celebraban la vida que sabían estuvo a segundos de la muerte. Entonces llegó un bebé entre los escombros. EL milagro. Un sonido. Débil. Persistente. Un llanto. Los rescatistas detuvieron todo. El aire. El movimiento. El tiempo. Allí, entre dos muros fracturados, apareció un recién nacido. Respirando. Cubierto de polvo. Desnudo. Sostenido por la fragilidad de lo imposible. Nadie habló. Porque la vida, en ciertos momentos, no necesita interpretación. Solo presencia.

Ese niño, hijo de una nación rota, hizo otro milagro: la gloria, la alegría de la vida, la bondad del bravo pueblo, que no solo le devolvió la vida sino la memoria eterna y la gratitud a una tierra que habla sobre manos desnudas, pero alma plena. 

La otra ciudad: el Estado ausente

Pero toda ciudad tiene su sombra. Y Venezuela ha tenido que convivir con la suya. Lo impropio y perverso es que ha aprendido a cobijarse en medio de un reprochable y amargo desquite. Durante años, bajo la superficie de la vida cotidiana, se ha consolidado una segunda tragedia: la institucional. No la del terremoto. La del abandono. La del reemplazo silencioso de las prioridades del Estado.

Donde debía haber prevención, hubo improvisación. Donde debía haber planificación, solo discurso. En vez de haber hospitales modernos, lo que prevalece es desolación. En lugar de ambulancias, aparecieron vehículos blindados. Donde tenían que estar enfermeras, galenos, bomberos equipados y rescatistas, ha habido esbirros, cubanos, tortura y persecución.

Donde debía haber protección civil, hubo debilitamiento estructural. No fue un error. Fue un sistema. Una lógica de supervivencia política que desplazó la protección de la vida. Y se permutaron hospitales por tanquetas, medicamentos por balas, ambulancias por fusiles y herramientas por trajes antimotines. Un Estado que confundió gobernar con controlar, creó la violencia y la guerra por encima de la paz; maltrató a héroes de cartón y hojalata como enemigos; a jóvenes hambrientos de libertad y de alimentos con el sable de la tortura. 

Es el derecho a la vida condicionado a una arenga: patria, socialismo o muerte.  Y en ese proceso injusto e innoble, vivir se hizo exhausto y miserable. Porque no hay manera de explicar una Misión Vivienda con casas de espuma, anime, estructuras sin columnas y techos de cartón.

Cada carencia tiene una historia. Cada historia tiene una decisión excluyente, ideológica e inocultable. Y cada decisión tiene una consecuencia. El terremoto no creó la vulnerabilidad. La reveló y puso en evidencia que la pobreza y la piedad no le son propias a los que hablan de revolución, igualdad y justicia social. Es el Estado retórico, es el Estado rojo rojito, el Estado portátil, es el Estado ausente, de anime, espuma y cartón. 

La ciudad de la compasión

Frente a esa realidad, surgió otra ciudad. No visible en mapas. No registrada en presupuestos. Pero absolutamente real. La ciudad de los que no tenían poder, pero sí humanidad. Rescatistas trabajando sin descanso. Médicos improvisando quirófanos. Vecinos organizando cadenas humanas. Madres compartiendo agua. Jóvenes cavando con uñas rotas. Y un país extendido fuera de sus fronteras.

La diáspora venezolana ha respondido sin cálculo. Sin distancia emocional. Respondió como responde la sangre. También llegó el mundo. No como geopolítica. Sino como humanidad. Equipos de rescate, médicos, voluntarios. Manos. Siempre manos. Manos desnudas, corazones enguatados de amor y de coraje, que no preguntaban de qué país es el dolor. Voces que se niegan hacer propaganda por respeto a su misión; pies que no se ajustan una bota represiva y uniformes que no obedecen la orden de bajar la guardia o allanarse frente el grito o el silencio que clama !ayuda!

La tierra habló, y aunque parezca lo contrario, nos aleccionó. Dejó de ser enemiga porque la tierra no es enemiga. El mar no es enemigo. Las montañas no son enemigas. El enemigo es la indiferencia. La negligencia acumulada. La pérdida de la cultura ciudadana. Incluso allí, entre ruinas, se mantuvo intacta la voluntad de un pueblo de no abandonar al otro.  “Cuando falta gobierno sobra pueblo”, sentenció el justo, el noble, el redimido, el que antepone la furia de la nobleza sobre la furia de la naturaleza. Es la ciudad que, aun siendo devastada, conserva la luz del amor y la esperanza. Es la ciudad de la compasión.

La victoria silenciosa. Oremos…

Hoy corresponde orar por quienes perdieron familiares, por quienes permanecen bajo los escombros, por los rescatistas que arriesgan sus vidas y por tantas familias que enfrentan horas de incertidumbre. Corresponde igualmente agradecer toda mano solidaria que se extienda hacia Venezuela, venga de donde venga, sin prejuicios ni cálculos políticos. Porque el dolor humano no tiene fronteras. Al final, los terremotos terminan. Las réplicas cesan. Los edificios vuelven a levantarse. Las ciudades renacen. Lo verdaderamente decisivo es determinar qué clase de nación emerge tras la tragedia.

Ojalá esta sacudida nos impulse finalmente a comprender que el mayor desafío de Venezuela nunca ha sido encontrar “El Dorado”. Tampoco trepar el poder. Ha sido comprender que ningún país puede aspirar a ser verdaderamente próspero mientras tolere la corrupción, la impunidad y el desprecio por el bien común. La indignidad no paga.

Lo que ahora permanece es el niño que nació dos veces, la madre que sobrevivió al derrumbe, la memoria de los caídos, por quienes no vale la pena volver a morir, sino volver a nacer para reconstruir y apartar al malvado. Permanece el rescatista que no preguntó por colores y al que habrá que agradecer eternamente. El bombero sin agua. Permanece el médico sin descanso. Permanece el peregrino que ha dejó el pecho y el pellejo por salvar un niño, una madre, un alma atrapada en el cemento. Permanecen cada uno de nosotros para regresar a casa y reconstruir una nación fatigada de un Estado ausente.

Permanece la verdad más luminosa: Venezuela no está definida por sus ruinas, sino por sus manos. Y quizás, algún día, cuando la historia mire hacia este instante con la distancia del tiempo, no recordará únicamente el terremoto. Recordará algo más decisivo: que, en medio de la fractura de la Tierra, un pueblo decidió no fracturarse moralmente. Permanece la gratitud eterna al pueblo glorioso de Venezuela y los pueblos nobles hermanos, por poner su mano desnuda en su alma buena, por nosotros.  Esa decisión —silenciosa, anónima, profundamente humana y gentil— ha sido la forma más elevada de victoria.

Un llanto que llama por luz, paz y alegría

Aunque algunos no escuchan el llanto del pueblo, otros se han elevado como ángeles y se han hecho cuerpo presente para traer aire, luz y pulmón a quienes le han despojado todo.

La historia demuestra que ningún pueblo permanece indefinidamente prisionero de sus tragedias cuando decide reencontrarse consigo mismo. Y ese reencuentro no es físico, sino profunda y sensiblemente ético y gentil. La unidad no basta en la mano amiga que te asiste debajo de los escombros. La unidad está en salir de los escombros del nihilismo, la anomia y la pasividad.

Venezuela decidió por el camino de la vida, de la humanidad. Es eso lo que viene: un sensible renacer histórico. Jamás olvidaremos el terremoto, no por lo que destruyó sino por lo que finalmente parió: el nuevo andar del bravo pueblo, que abraza y ama, que no odia y no rechaza.

Es hora del volver a casa. Un sonido débil, un llanto nos llama. Es el de ese recién nacido, el de los hijos de la patria rota que, volviendo a la vida, imploran otro futuro, otro país, otra oportunidad.

“Hay momentos en que la humanidad se mide no por lo que construye, sino por lo que es capaz de salvar cuando todo se derrumba. Porque en el instante en que la tierra se abre, el verdadero dilema no es sobrevivir, sino decidir si seguimos siendo humanos”, Albert Camus.

Reconstruyamos la patria nueva, buena y próspera.

@ovierablanco – vierablanco@gmail.com | Abogado / Exembajador en Canadá.

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