Breve examen de la política exterior de Biden, por Alejandro Armas - Runrun
Breve examen de la política exterior de Biden, por Alejandro Armas
Tal vez a Estados Unidos no le convenga deteriorar demasiado sus relaciones con Rusia. Sobre todo ante el ascenso de China, la verdadera amenaza para el liderazgo de EE.UU y la democracia en el mundo

 

@AAAD25

Luego de ganar la presidencia de Estados Unidos en las elecciones más traumáticas de ese país desde el siglo XIX, Joe Biden hizo de “America is back” (“América ha vuelto”) uno de sus eslóganes más usados, para hacer específicamente alusión a su política internacional. Con esto quería dar la impresión de que Washington reafirmaría su liderazgo mundial luego del cuadrienio relativamente aislacionista de Donald Trump. Muy bien, se están cumpliendo siete meses de ese supuesto regreso, así que les propongo que hagamos una evaluación.

Sé lo que están pensando. Que es oportunista y hasta malintencionado afincarse en ese tema justo cuando el gobierno de Biden está experimentando su primer fiasco en materia foránea: el veloz y caótico regreso de los talibanes al poder. Les garantizo que ello es una mera coincidencia. Había decidido escribir al respecto mucho antes de que el globo detuviera su movimiento de rotación ante las imágenes dramáticas del aeropuerto de Kabul.

CAOS en el AEROPUERTO de KABUL con cientos de AFGANOS intentando huir. Video en el canal de Youtube de El País

No obstante, como es el tema del momento, tengo que comenzar por ahí. Ya usé un término elocuente. La caída de Afganistán es la derrota más humillante que ha sufrido Estados Unidos desde que las tropas norvietnamitas tomaron Saigón hace casi medio siglo. Por supuesto, no todo es culpa de Biden. En 2014, el Pentágono ya reconocía que no habría victoria militar.

Si hay dos gobiernos responsables de no haber manejado bien esta guerra, fueron los de Barack Obama y sobre todo, George W. Bush, dejándoles a sus sucesores un callejón sin salida.

De hecho, los errores de la Casa Blanca en Afganistán se remontan a la era de Ronald Reagan, con el respaldo a los muyahidines en su lucha armada contra los invasores soviéticos. Fue un error no porque la URSS y su gobierno afgano títere fueran actores benéficos, sino porque se le dio a un grupo de fundamentalistas religiosos un poder excesivo.

Por otro lado, es cierto que Trump negoció con los talibanes un acuerdo para el retiro total de tropas que hoy luce terriblemente precipitado, y que Biden lo está ejecutando con prórrogas. Pero aun así es Biden quien está a cargo y de él depende que ese retiro se concrete de la mejor forma posible, lo cual dista mucho de lo que estamos viendo.

Es injustificable que no hubiera un plan listo en caso de que el avance de los talibanes fuera mucho más rápido de lo esperado, escenario que por cierto Biden y sus asesores pasaron semanas negando, a pesar de que, según una nota de The New York Times, los servicios de inteligencia norteamericanos lo veían como una posibilidad. En fin, puede que la salida de Afganistán fuera inevitable, pero que ocurra de esta forma es un duro golpe para la imagen de Estados Unidos. Reduce la confianza de sus aliados y envalentona a sus rivales autoritarios.

Hablando de rivales autoritarios, es hora de pasar a las relaciones con Rusia. Mi balance desde enero arroja un punto medio entre la belicosidad de los momentos más tensos de la Guerra Fría y la claudicación hipotética vaticinada por los enardecidos seguidores de Trump, en un despliegue del lenguaje hiperbólico e innecesariamente emocional de los movimientos populistas.

El gobierno de Biden ha lanzado su propia batería de sanciones contra Moscú como respuesta al sabotaje cibernético y otros perjuicios. El presidente no ha escatimado en lenguaje duro, refiriéndose incluso a Vladimir Putin como matón. Sin embargo, Biden eximió de penalidades a un proyecto de gasoducto entre Rusia y Alemania que pudiera aumentar la influencia del Kremlin en el Viejo Continente. Entiendo que esto sea un gesto de reconciliación con Alemania, líder de facto de Europa continental junto con Francia y país muy interesado en el gas ruso, luego de que la patriotería ramplona de Trump dañara los vínculos trasatlánticos. Pero aun así el análisis de costos y beneficios es cuanto menos discutible.

Tal vez a Estados Unidos no le convenga en el largo plazo deteriorar demasiado sus relaciones con Rusia. Sobre todo si el célebre internacionalista John Mearsheimer tiene razón cuando advierte que China, con su ascenso asombroso, es la amenaza número uno para el liderazgo planetario de EE. UU. y para la democracia en todo el mundo.

Dice Mearsheimer que a Washington le conviene más bien formar una gran alianza eurasiática para contener las ambiciones chinas. Alianza que necesariamente incluiría a Moscú.

Esto nos lleva a abordar el desempeño de Biden de cara a Pekín. Fueran cuales fueran sus intenciones, Trump fue el primer presidente norteamericano en romper con la creencia ingenua de que integrar a China a los mercados globales abriría las puertas a su democratización; y en advertir la necesidad de frenar la influencia de un nuevo hegemón impenitentemente tiránico.

Por suerte, Biden ha proseguido en líneas generales con este acierto (uno de los pocos) de su predecesor. Así, su gobierno ha tomado medidas para evitar que la dictadura de Xi Jinping se haga con tecnología que pudiera usar de manera perniciosa y presionado para que aquella sea más transparente sobre los orígenes del coronavirus. No obstante, pudiera ser insuficiente, pues China se mantiene desafiante con su proyección autoritaria. Ya tiene la bota bien puesta sobre Hong Kong, a pesar del coraje inconmesurable de sus manifestantes. Taiwán pudiera ser el siguiente en la lista.

Por último, examinemos la situación en América Latina. Esto lo hago solo por mi condición de latinoamericano escribiendo para un público latinoamericano, puesto que con Biden se mantiene la tendencia de las últimas décadas en Washington a relegar los asuntos de la región a un segundo o tercer plano.

Las principales preocupaciones han sido los focos de autoritarismo en Cuba, Venezuela y Nicaragua.

Biden se ha limitado a mantener las sanciones que pesaban sobre estos regímenes o a añadirles otras. Siendo realistas, no se puede aspirar a que Estados Unidos haga mucho más que perfeccionar este sistema de presión indirecta. Solo un puñado de “halcones” caribeños, interesados en los votos de Miami pero con remotas posibilidades de alcanzar la Casa Blanca, estaría dispuesto a ir más allá.

Este no es un estudio exhaustivo ni pretende serlo, por razones de tiempo y espacio. Soy perfectamente consciente de que quedan por fuera temas relevantes como las negociaciones con Irán por su desarrollo atómico o el conflicto árabe-israelí. Aun así, espero que haya ayudado a decantar posiciones sobre la política exterior de Biden, que seguramente seguirá dándonos de qué hablar, favorable o desfavorablemente. Estados Unidos y su influencia mundial son temas indispensables para los interesados en la política.

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