El precio de la perestroika bananera, por Alejandro Armas - Runrun
El precio de la perestroika bananera, por Alejandro Armas
La perestroika bananera es preferible al cuasi estalinismo que la precedió. Pero con el chavismo todo el ideario es fachada para tapar deseos crematísticos

 

@AAAD25

Se acabó la Cuaresma, así que espero que se me perdone si empiezo este artículo con tono, no penitente, sino algo jactancioso. Tal vez por haber trabajado en un medio especializado en economía me quedó el hábito, incluso durante mis más de dos años en el extranjero, de estar muy pendiente de las disparatadas andanzas del chavismo en ese ámbito.

Por eso me llamó la atención, a principios de 2019, el hecho de que había pasado un buen tiempo sin razzias de la Sundde obligando a comercios a bajar precios de forma ruinosa. Luego, sobre todo a partir del traumático apagón de marzo de ese año, el uso informal del dólar como medio de pago se volvió cada vez más común, sin interferencia del Estado. Empecé a sospechar entonces que el régimen estaba dando un gran giro en su política económica.

Modestia aparte, tal vez fui de los primeros venezolanos en reconocer públicamente esta apertura parcial de la economía, el fin del cuasi estalinismo conducido por Jorge Giordani y Alfredo Serrano, la llamada perestroika bananera.

Al principio, hubo bastante resistencia a admitir estos cambios. La idea de que el chavismo estuviera haciendo algo realmente positivo por la economía era inverosímil. Hoy, en cambio, es difícil encontrar a alguien que insista en negarlos, aunque todavía los hay, como los que se indignaron con Karina y Kiara por simplemente decirlo.

Pero, como no me canso de repetir, nuestra perestroika se apellida “bananera” por algo. Es turbia, indigna de confianza, excluyente, tosca y muy caótica. Tiene sentido si se tiene en cuenta que su motivación no fue una transformación ideológica en el régimen hacia el liberalismo clásico, sino una accidentada medida drástica para la supervivencia. Por eso sus vaivenes frustrantes, el más reciente de los cuales es la reforma al Impuesto a las Grandes Transacciones Financieras, menor conocido por esas siglas, IGTF, que todos temen ver en sus facturas.

Bastante se ha hablado ya de lo arbitrario y nada práctico que es este gravamen. Tampoco veo necesario discutir en detalle su obvia impopularidad entre ciudadanos comunes que a duras penas logran estirar un puñado de dólares. Prefiero escribir sobre las motivaciones. El desplome del producto interno bruto frenó, y se proyecta que 2022 sea el primer año de crecimiento económico en casi una década, cosa de la que Nicolás Maduro hace bastante alarde. ¿Qué necesidad puede haber de inventar un impuesto que entorpece una recuperación ya frágil y limitada?

Al principio, cometí el error de tomarme demasiado en serio las justificaciones del chavismo y de su oposición prêt-à-porter, la cual por cierto dio su visto bueno al IGTF en la Asamblea Nacional electa en 2020, demostrando así que ni para hacer disidencia simbólica sirve. Estas excusas básicamente aluden a la necesidad de recuperar el valor del bolívar, puesto que es la moneda nacional. Vaya pretexto. Miren que devastar una moneda y luego reprocharle a la gente no querer usarla. Por no hablar de la futilidad de la medida, de ser la intención tal, puesto que la desconfianza en el BCV y su emisión monetaria seguiría intacta.

Luego lo pensé un poco mejor y recordé que, con el chavismo, todo el ideario es fachada para tapar deseos bastante crematísticos. Por ponerlo en términos del Marx del que hoy discretamente reniegan, lo material es la base que soporta una superestructura abstracta de proclamas axiológicas. Dicho de forma más sencilla, me pregunté cuál es el provecho pecuniario que los autores del IGTF le pueden sacar. Puede que sí haya algún motivo intangible, aunque más que un pretendido nacionalismo monetario consista en maniobras para disimular la pulverización del bolívar por políticas económicas nefastas. Pero al final, creo que la preocupación principal no es esa.

Entonces, siguiendo la onda de pensamiento utilitario y maquiavélico, recordé esa obra maestra de la ciencia política contemporánea que es El manual del dictador, de Bruce Bueno de Mesquita y Alastair Smith. Su premisa básica es que los regímenes autoritarios necesitan constantemente distribuir recursos entre los miembros de una ínfima parte de la población que los mantiene en el poder. Esta es la llamada “coalición ganadora”.

Consideren este fundamento y pónganse en el lugar del chavismo. El Estado se encuentra quebrado y por lo tanto es una pésima fuente de ingresos para distribuir entre la coalición ganadora. Las sanciones internacionales agravaron la cosa. De manera que para el régimen se volvió urgente conseguir fuentes alternas de ingreso. Tal vez miraron lo poco que quedaba del sector privado aún en pie y decidieron que, para generar algo de riqueza, no había más remedio que encargárselo a la “burguesía parasitaria” y darle a esta estímulos. Eso es lo que a mí juicio subyace a la perestroika bananera.

Por supuesto, el fin de las regulaciones extremas fue bien recibida por el sector privado. Hubo un boom de inversiones, aunque contenido al comercio, los servicios y la recreación. Pero muchos pensaron que sería de gratis. Ah, ah. Tarde o temprano la elite gobernante cobraría su tajada de riqueza. Probablemente por la vía fiscal. Creo que el IGTF es parte de eso, y no descarto de ninguna manera que en el futuro haya medidas impositivas del mismo tenor. Una bofetada para los ilusos que se sienten cómodos sacrificando la democracia, porque creen que ahora vamos a ser como el Singapur de Lee Kwan Yew, con todas sus facilidades para los grandes negocios.

Pero esperen. ¿Acaso no es contraproducente entorpecer la recuperación económica si el objetivo es generar la mayor cantidad de riqueza posible y luego extraer una jugosa porción? Probablemente sí. Pero ya hemos visto en Venezuela cómo la rapacidad insaciable puede terminar siendo perjudicial en el largo plazo hasta para las manos que agarran todo. Incluso antes de las sanciones el sistema previo ya se estaba volviendo inviable como fuente de ingresos sustanciales. Pdvsa, en el epicentro de ese sistema, acumulaba años de debacle por manejos incompetentes y corruptos. Su bombeo cayó en un foso del que aún no sale. Lo mismo pasó con Sidor y prácticamente todas las empresas públicas, algunas de ellas hoy puestas bajo control de empresarios privados bien conectados con la elite gobernante.

La perestroika bananera es sin duda preferible al cuasi estalinismo que la precedió. Pero, y parece mentira que uno tenga que decir esto, no es una panacea. Las arbitrariedades siguen, tanto en lo político como en lo económico. Decida usted si se siente satisfecho con un país así.

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