¡Es preferible ser sacudido por la verdad que besado por una mentira!, por Armando Martini Pietri - Runrun
¡Es preferible ser sacudido por la verdad que besado por una mentira!, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini  

El régimen y sus embustes han hecho de la simulación, propaganda distorsionada, ocultamiento de cifras y realidades, una política de acción a lo largo de estos años. A esa ofensa no se pueden aceptar medias verdades, vaguedades, hipocresías e incluso falsedades por parte de una oposición organizada, dispersa.

Para politiqueros y fanáticos decir la verdad es pecado mortal. Despreciando a quienes están convencidos que hacerlo es lo correcto. El uso y abuso de la mentira es tan obsceno que la ciudadanía tiene sed de franqueza. El brete entre verdad y política no es exclusivo de Venezuela.

Hace mucho escuchamos “lo dice el periódico” para corroborar un aserto. Quien hoy lo dijera sería abucheado. Lo que nunca se ha hecho, ni entonces ni ahora, es utilizar como argumento de autoridad “lo dice este o aquel político”. Cuando proliferan embustes, contradicciones, incoherencias y omisión intencionada, la credibilidad de los dirigentes -pagan justos por pe­cadores- no es está en mínimos, sino que anda por el suelo y más abajo.

Es fundamental decir verdades claras, contundentes, frente a la ruina económica, miseria social, catástrofe ética, indiscreción moral, corrupción y calamidad política que devoran sin piedad a una sociedad engañada, confusa, abatida, incrédula.

Las cúpulas podridas apresuran en negociaciones oscuras la marcha estafadora hacia unas elecciones parlamentarias fraudulentas. Panorama que podría conducir al temido estallido social, que nadie quiere ni desea. No puede haber diálogo si no hay verdad y posibilidad de alcanzar algo de ella. No se crea la verdad con discursos, sino que sale al encuentro.

La tendencia en transformar la verdad de hecho en opinión es una forma moderna de faltar a ella.

Así, la verdad que se opone a un grupo político dominante, que asume la representación del todo, es descalificada, rechazada con hostilidad. El G4 y voceros se presentan -indebidamente- como la única oposición, pero no pueden continuar engañando al ciudadano, diciéndole que lo único necesario para cambiar y transformarnos en un país decente es ir a votar. Patraña generadora de expectativa e ilusiones imposibles de satisfacer. Mejor ejemplo, las elecciones parlamentarias de 2015 tras las cuales se ofreció de todo. Nada se cumplió.

El régimen ha perdido casi todo excepto poder, armas y el poco dinero que ingresa. La oposición decente, responsable, valiente tiene la mayoría ciudadana. La dictadura domina los poderes públicos que actúan sumisos y cumplen instrucciones oficialistas. El G4 dispone de votos, pero mucho más de rechazo y descontento por su incapacidad e incompetencia. Sus pequeñeces y errores son demasiados.

La negación de los hechos, es decir, la mentira, es hegemónica. Vicisitudes de dominio público son consideradas tabú por los súbditos del régimen, como sucedía en la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin, no se mencionaban los campos de concentración ni exterminio pese a que su existencia no era ningún secreto.

El régimen castro-venezolano tiene la fuerza, los contrarios la verdad. Las autocracias no se basan en la verdad sino en la fuerza. El castrismo sabe que por caminos legales y legítimos está perdido. Pero abusa del poder para cambiar lo que considere para sostenerse.

La estrategia obliga confrontar con la verdad. Los venezolanos no han dejado de responder firmes a los llamados a elecciones, excepto cuando las perciben fraudulentas, tramposas. Un magnífico ejemplo: los comicios presidenciales mayo 2018, que han permitido a la oposición el reconocimiento del mundo libre y democrático.

Es momento de autenticidad, sinceridad, honradez. Hora de apelar al coraje que venezolanos han demostrado una y otra vez. De explicar las cosas como son, no insultar a los que piensan decir la verdad es lo adecuado y correcto. Ese es el deber, el reto verdadero, de los dirigentes aspirantes de la oposición. No hacerlo es pintarse en la frente la derrota.

Los ciudadanos son en su mayoría moderados, amarrados a las circunstancias de su vida cotidiana, a la realidad de los hechos. En consecuencia, precisa y requiere se exponga la situación histórica en que se encuentra la nación, se detallen proyectos viables, se rechacen imposibles, se precisen logros, se reconozcan fracasos y rindan cuentas. Así de sencillo. Quien tenga el coraje de hacerlo será recompensado por algo de lo que carecen los políticos: autoridad moral, distinta de la potestad que les otorga la investidura democrática.

Una autoridad no es más que credibilidad sobre la que se funda el liderazgo merecedor de tal nombre. Y es imprescindible cuando un pueblo se encuentra inmerso en la confusión que conduce a la quiebra social, erosión económica y a una inexorable pérdida de oportunidades.

Hacen falta estadistas, líderes, partidos políticos fuertes, responsables, coherentes, pero, en tiempos de crisis, son irrelevantes sin un liderazgo provisto de autoridad para inspirar confianza y credibilidad.

La falsedad es tan escandalosa que el país reclama certidumbre. Hay que advertir con fuerza la falta de escrúpulo oficialista. En democracia la verdad es vital.

 

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