Laureano Márquez, autor en Runrun

Laureano Márquez P.

El día en que me transformé en egresado, por Laureano Márquez P.

@laureanomar

El 31 de mayo se celebró el Día del Egresado Ucevista y se me vino esta historia a la memoria:

Fue una mañana de septiembre. Yo entré a la UCV como cualquier otro día, luego de saltar a la acera, en la parada de Las Tres Gracias, desde lo alto de un autobús de la línea San Ruperto o, como a los estudiantes nos gustaba llamarlo, Saint Rupert. Línea en la cual solía subirse el elocuente vendedor del mentol Apache, un mentol que lo curaba casi todo y que era anunciado con un eslogan que aludía a su reducido precio: «¡la casa Apache pierde!» Entré por la parroquia Universitaria, atravesé el pasillo de Arquitectura, me metí por Derecho para acortar camino.

Me detuve en el cafetín de Rafael a pedir el habitual guayoyo, pero todo era diferente ese día: nos teníamos que encontrar en el rectorado los compañeros de estudio para firmar la obligatoria acta de graduación.

Estábamos todos frente a la irremediable línea que separa de la universidad a un estudiante que ha librado batallas académicas de cinco años y hasta campañas admirables de diez, en algunos casos, para convertirlo en egresado. Ya no veníamos a inscribir semestre, ya no nos encontraríamos en las aulas nunca más como lo habíamos hecho hasta entonces. La UCV iniciaba ese día, gracias a nosotros, como lo había hecho tantas veces en sus casi tres siglos, el trabajo de parto. La UCV nos daba a luz –nunca tan bien usada la expresión, pues se completaba la iluminación del conocimiento–, sin embargo, éramos nosotros los que sentíamos los dolores. Algunos compañeros comentamos lo útil que sería que uno pudiera estudiar la misma carrera dos veces: la primera para graduarse, la segunda para aprovecharla mejor, sabios como éramos ahora, que sí conocíamos para qué servía nuestra profesión.

Bajo el reloj, juramos todos que nos encontraríamos nuevamente una vez al año. Alguien dijo que eso era mucho tiempo, que mejor sería una vez por semana en El Tropezón, entre arepas y cerveza. No nos hemos reunido nunca y ya vamos para los 30 años de graduados, pero nos hemos vuelto a encontrar por los pasillos de la vida y en salones de clases de los colegios en los cuales se han reunido nuestros hijos, algunos de los cuales ya se han graduado en la UCV.

Inevitablemente, esos fugaces momentos hacen que mi alma retorne, por las veredas de la nostalgia, a «la casa que vence la sombra» y entonces rememoro aquel día en que la profesora de Sociología me sorprendió imitándola desde la cátedra, la primera vez que entré al aula magna, los «sanguches» de pernil de Ingeniería, el mitin de Zapata, los libros de la Editorial Progreso, los exámenes orales del profesor de Historia, las clases en las que lloré frente a la hermosura de la filosofía griega y el croar de los sapitos que acompañaban las sesiones de lectura hasta el cierre de la biblioteca en la noche.

Ser egresado es también una profesión. Conseguir trabajo puede ser el más difícil de los exámenes. Tratar de abultar el currículo es todo un arte. Con el acto de grado se acaba la luna de miel de la vida, como si ese día se alcanzara la verdadera mayoría de edad. 

Pasaron unos años y volví a la escuela en la que estudié a dictar un seminario. Tomé un café, como siempre, donde Rafael, cuyos cabellos estaban ahora completamente encanecidos. Cada rincón de la UCV me contó una historia de mi pasado, un pedazo de lo que soy. Transité, como un viajero del tiempo, por las sensibilidades que me han dado forma, por los momentos en que todo era posible. El destino del mundo estaba en nuestras manos y amasábamos utopías tendidos sobre la grama. Pasé lista, miré la mirada expectante de mis alumnos, que era la misma mía de aquellos lejanos años y entonces no lamenté ser egresado, porque, la verdad sea dicha, de la UCV uno nunca puede irse. Ella se queda a vivir para siempre dentro de cada corazón ucevista.

Alma Mater floreat,

quae nos educavit.

Soy ucevista

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El Nacional, por Laureano Márquez P.

@laureanomar

Ningún periódico como El Nacional ha calado tanto, con perdón de la cacofonía, en el alma nacional de Venezuela. Desde su fundación en 1943 por Henrique Otero Vizcarrondo, este diario se convirtió en emblema del periodismo libre, no solo por su prestigio en el quehacer noticioso e informativo, sino también por ser referencia cultural del periodismo venezolano bajo la conducción de una figura destacada de nuestras letras: Miguel Otero Silva.

En las páginas de El Nacional encontraron espacio los mejores representantes del pensamiento y la literatura, tanto de Venezuela como del resto del mundo, y, muy especialmente, los intelectuales latinoamericanos, tantas veces perseguidos e impedidos de publicar en sus respectivos países a causa de las de atroces dictaduras que en ellos se padecían. El Nacional era insignia del pensamiento progresista en aquellos lejanos tiempos en los cuales en este latía un auténtico espíritu renovador. 

Para quien esto escribe, El Nacional ha formado parte de su vida de la temprana juventud. Crecí en Maracay, hijo de agricultores canarios inmigrantes, dedicados al mayoreo de víveres y frutas importadas. En mi casa, pues, la cultura no formaba parte de nuestra cotidianidad. Ello incluía la ausencia de la prensa diaria. En la calle Páez de Maracay, entre López Aveledo y 5 de Julio, donde transcurrió mi infancia y adolescencia, estábamos rodeados de establecimientos comerciales. Uno de ellos era la Mueblería La Rosa. Por circunstancias de la vida y ante la muerte de su padre, se vio obligado a estar al frente de ella Luis Blanco, entonces recién graduado en sociología en la UCV. Siempre que pasaba por frente a su mueblería haciendo con mi carretilla los repartos del negocio de mi padre, Luis me detenía e iniciaba conversaciones de naturaleza cultural e intelectual, de temas que yo desconocía. Me preguntaba si había leído a tal o cual articulista, si había oído hablar de un tal Marxienyel. Me regaló un diccionario de filosofía que aún hoy me acompaña. En fin, con sus pláticas Luis iba haciéndome tomar consciencia de la dimensión de mi ignorancia. Creo que él necesitaba con urgencia un interlocutor y quizá vio en mí inquietudes y condiciones –que seguramente yo mismo no alcanzaba a ver– para serlo (es demasiado estimulante cuando alguien es capaz de ver en ti la potencia aristotélica que tú no has visto, que de eso se trata ser un buen maestro). Recuerdo que una vez me dijo muy serio:

– Chico, tú tienes que comprar y leer El Nacional todos los días. Si, sí, claro, es fundamental.

Me explicó la importancia de la lectura del periódico para mi vida intelectual y especialmente lo que significaba El Nacional. Fue entonces cuando comencé a comprarlo en el quiosco de periódicos ubicado frente a la bomba del cruce de la Páez con la Sucre. Especialmente los domingos. En mi casa la lectura del periódico era considerada como un acto de holgazanería de quien no tenía nada mejor que hacer. Entonces lo leía clandestinamente, escondido de la mirada escrutadora de mi papá que cuando me veía leyendo me decía:

– ¡Ah! ¿no estás haciendo nada?, ya te voy a buscar trabajo.

Es curioso, porque una de las viejas fotos que de él guardo es justamente leyendo El Nacional. Bueno, para hacerles el “cuento colto”, como dicen los cubanos, pasaron los años, siempre leyendo este maravilloso diario que, además, los domingos traía un extraordinario Papel literario; una vez al año, ediciones aniversarias gigantescas; artículos de la gente que había que leer, para luego comentar al día siguiente al inicio de cada mañana que comenzaba con un «¿leíste el artículo de…?». Especialmente en nuestros tiempos universitarios, siempre atentos a las opiniones de la gente que alimentaba la nuestra.

Un día Claudio Nazoa y yo, recién comenzada nuestra indestructible amistad, fuimos a la vieja sede de El Nacional de Puente nuevo a Puerto escondido, porque nosotros queríamos escribir allí. Hablamos con Argenis Martínez, recuerdo. Él amable, receptivo, nos dijo que comenzáramos escribiendo cartas. Y así fue, luego comenzamos a escribir artículos de vez en cuando, luego vino la página de humor y el inolvidable Pablo Brassesco, el premio al mejor artículo de humor en 1985 y finalmente, la consagración de la primavera: junto con el amado maestro Pedro León Zapata, Mara, Claudio y quien suscribe, alcanzamos la gloria de Bernini humorística: la publicación de una página en El Nacional, que llevaba por título El librepensador. Y lo dejo ya hasta aquí porque me están entrando muchas ganas de llorar.

Solo decir que el atraco y secuestro –tan propio de los tiempos delictivos que se viven– de que ha sido víctima la sede de El Nacional, no puede dejarnos indiferentes.

Forma parte de ese anhelo, tan propio del poder arbitrario a lo largo de nuestra historia, de silenciar la opinión disidente, el pensamiento libre, el espíritu crítico y, en definitiva, la libertad. Esos principios que a veces suenan como ideas remotas y cuya importancia se valora de manera particular cuando han sido conculcados, como es el caso de la Venezuela de hoy.

Porque este oficio se lo debo a El Nacional, pero sobre todo porque soy venezolano, elevo, de la manera más contundente, mi protesta por esta nueva agresión a la libertad de la que hoy somos víctimas todos los ciudadanos de Venezuela, incluidos los que odian a El Nacional, aunque ellos mismos, en su ignorancia, no alcancen a comprenderlo.

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Escándalo, es un escándalo, por Laureano Márquez P.

@laureanomar

Este escrito no va de la famosa canción de Raphael, sino de nuestras noticias cotidianas. Cada una de ellas aisladamente, en un país con instituciones operativas, pondría en jaque al más popular de los gobiernos. Sin embargo, entre nosotros como todas esas tragedias nos llegan en cambote, casi no queda margen para que uno se escandalice, porque se nos va la jornada en saber cuál de todas es la de mayor gravedad.

Hagamos un ejercicio al azar: tomemos el día de hoy (11/5/2021). Titulares de La Ceiba, que recoge noticias de diversos portales informativos:

– “Un memorándum del régimen de Maduro, llamado ´Oportunidades de Inversión en PDVSA’, que la empresa está distribuyendo entre inversionistas, sugiere que prácticamente todo está en venta o disponible para invertir, reseña Dallen”.

Es decir, PDVSA, que fue una de las empresas petroleras más importantes del planeta, no solo está quebrada, destruida, sino además a punto de ser desnacionalizada, curiosamente, por un régimen que presume de nacionalista, que llegó al poder montado en un discurso contrario a la privatización de las empresas públicas.

Por otro lado, le pregunto a usted, lector: si tuviese unos churupos guardados fruto de su esfuerzo, ¿los invertiría en la PDVSA actual?

– “El director de la ONG Funda Redes, Javier Tarazona, difundió este lunes un comunicado, emitido por la disidencia de las guerrillas de las FARC, en la cual admiten que tienen en su poder a 8 militares venezolanos y solicitan a la Cruz Roja Internacional activar protocolos para gestionar su entrega.”

Imagine usted que este hecho acontece en Alemania: 8 militares alemanes han sido captados por un grupo terrorista y la señora Merkel no aparece ni siquiera para decir: “dieser mund gehört mir”, que dicho en cristiano no protestante significa “esta boca es mía”. ¿Qué cree usted que sucedería en Alemania?

– “ABC de España: PDVSA desfalcó más de $1500 millones en compras entre 2009 y 2015. El medio español tuvo acceso a una serie de documentos que revelan la mecánica con la que se perpetró un saqueo de la mayor empresa pública de Venezuela”.

Cómo reaccionarían los españoles si fuesen informados de que una empresa del Estado español desfalcó 1.235.400.000,00 euros. Sería no la noticia del año, sino de la década. No la olvidarían jamás, las sacarían en todos los debates –¡con toda razón!– y además algún tribunal estaría buscando a un tal Ramírez.

Sumo y sigo:

– “El Pitazo: Monagas. Seis presos mueren en disputa interna en cárcel de La Pica”.

Imagínese usted por un momento que en la cárcel de Halden, en Noruega mueren seis reclusos en una disputa. Sería un embrollo de dimensiones internacionales, aparecería reseñado en todos los medios del planeta y probablemente la primera ministra Erna Solberg tendría que dimitir de manera inmediata y se acabaría su carrera política. Para nosotros es un acontecimiento prácticamente cotidiano.

Para finalizar, esta perla:

– “El Pitazo: Cojedes. Vacunas contra el covid-19 serán para activos en el sistema Patria”.

Suponga usted que en Francia se produce alguna discriminación en la vacunación de la que, además, pueda sospecharse que tiene algún tinte de chantaje político sobre la población. Póngase la mano en el pecho, cante La Marsellesa y responda. Escándalo, es un escándalo.

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Historias de Maracay, por Laureano Márquez P.

@laureanomar

I

La casona colonial de la hacienda Las Delicias, ubicada a siete kilómetros al norte de la ciudad de Maracay, en un entorno campestre sometido a la brisa suave que se desliza desde la cordillera de la costa, era la propiedad favorita de las tantas que había acumulado el general Juan Vicente Gómez en los últimos años. Poco a poco la fue convirtiendo en un zoológico público, con animales emblemáticos del país y algunos más traídos de otras latitudes, gracias a generosos regalos de gobernantes extranjeros.

Esa hacienda era el verdadero centro del poder del país, la capital y el Palacio de Miraflores habían pasado a un segundo plano. Maracay, antes de que él metiera al país en cintura, era un pueblo grande de vaqueras y añil, no mucho mayor que el que había visitado Humboldt algo más de un siglo atrás, pero estratégicamente ubicado en el corazón del país y en el de «El Benemérito», que así llamaban a Gómez, como si fuera su nombre de pila. Con esmero la había convertido en una ciudad pujante, apoyado en los generosos ingresos que producía la reciente aparición del petróleo.

La elevó a capital del estado, llenándola de obras públicas que la prestigiaban. Entre ellas, un teatro, el Ateneo, al que encontró pequeño el día de su inauguración y plantó reclamo al arquitecto en el instante: «yo no mandé a hacer un teatro solamente para mi familia». Dispuso entonces la construcción de uno nuevo de mayor tamaño, el cual quedará inconcluso a su muerte, siendo primero una gallera y luego un estacionamiento público, hasta que cuarenta años más tarde, por fin, abrió sus puertas el Teatro de la Ópera, en tiempos del primer gobierno del Dr. Caldera.

También tenía Maracay, gracias él, una bella plaza de toros –la que hoy día se conoce como Maestranza César Girón -que copiaba la de Sevilla y en la que siempre se le brindaban toros al general cuando este asistía a las corridas. Dispuso, además, la construcción de un aeródromo –hoy museo aeronáutico– que sirviera como escuela a la incipiente aviación militar. En él aterrizó Lindbergh con su famoso Spirit of St. Louis y Gómez al recibirle comentó a su hijo: «parece buena gente». Mandó a edificar igualmente un hospital y un majestuoso hotel, demasiado grande para tan pequeña ciudad: el Hotel Jardín, donde Gardel, en una de sus últimas presentaciones antes de su trágica muerte, cantó para el general el tango «Pobre gallo bataraz». Ese día, hubo sobresalto entre el público, incluso algunos expresaron en voz baja sus temores de que metieran preso al Morocho del Abasto por el atrevimiento cuando él arrancó a cantar:

“Pobre gallo bataraz,se te está abriendo el pellejo.Ya ni pa’ dar un consejo,como dicen, te encontrás,porque estás enclenque y viejo, ¡pobre gallo bataraz!”

Un silencio expectante congeló los asistentes en el gran salón del hotel. El anciano presidente sonrió y todos le siguieron aliviados. «Estuvimos a ñinguita de una guerra con la Argentina», comentó con discreción, algún bromista. El general le regaló al Zorzal Criollo diez mil bolívares de plata, que Gardel dejó –en gesto que denota su nobleza– a los exiliados de la dictadura a su paso por Curazao.

Pero lo que más había levantado el anciano dictador en Maracay eran cuarteles, muchos cuarteles. Para acabar con las montoneras y guerras civiles en las que se había desangrado el país desde la Independencia, era esencial la creación de un ejército nacional. Él lo había logrado y ese ejército lo apuntalaba. Estaba dirigido por un militar brillante: Eleazar López Contreras, general de tres soles.

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José Gregorio Hernández, por Laureano Márquez P.

@laureanomar

En el libro que el padre  Francisco Javier Duplá acaba de publicar (Favores de José Gregorio Hernández), encontramos esta referencia de Francisco González Cruz en la que da cuenta de la posición que ante a la pandemia de 1918, la mal llamada «gripe española», fijaron dos médicos de gran prestigio en aquel tiempo: «Los doctores José Gregorio Hernández y Luis Razetti declaran públicamente que lo que está matando a tanta gente no es la gripe propiamente dicha sino el estado de absoluta pobreza y miseria en que viven la mayoría de los venezolanos, mal alimentados y con escasa o ningunas condiciones de higiene, muchos con padecimientos crónicos de paludismo y tuberculosis».

Dice Duplá –y con toda razón– que este mensaje «parece estar cruzando las insondables líneas del tiempo». Ciertamente, la beatificación del Dr. José Gregorio Hernández se produce en medio de una pandemia que golpea de manera especial a una Venezuela que transita hoy por penurias similares a las constatadas por Hernández y Razetti en 1918: nuestra gente empobrecida, mal alimentada y abandonada a su suerte por la irresponsabilidad de quienes tendrían que protegerla.

Sin embargo, las calamidades que rigen este momento de la historia de nuestra patria no opacarán el trascendente acontecimiento de la beatificación del médico de los pobres. Por el contrario, le otorgan al hecho una significación especial, «como pedrada en ojo de boticario», podríamos decir para usar un dicho popular de origen farmacológico. Venezuela requiere como nunca recordar, frente al auge –que a veces parece no tener fin– de la maldad, la poderosa fuerza del bien.

El Dr. José Gregorio Hernández, como la inmensa mayoría de los médicos de nuestro tiempo, además de un excelente profesional de la salud y un acucioso científico, fue un extraordinario ser humano. Es la grandeza de su alma, y su profunda espiritualidad, la que lo llevó a ser exitoso en su vocación la salud de las personas. Para él, detrás del paciente estaba el ser humano, ese que seguramente está necesitando una dosis de amor y comprensión igual, o tal vez incluso mayor, que la del medicamento que se le prescribe.

José Gregorio Hernández nos da esperanza, nos hace sentir que somos un pueblo que produce gente buena.

Gente que trabaja en silencio por el bien, que se las ingenia para llevar una vida de irrevocable honestidad en medio de las turbulencias de un entorno corrupto e indolente. Por esta razón y por muchas otras, el próximo 30 de abril es un día muy especial para nosotros. Todos hemos crecido con la imagen de este santo de paltó y corbata, un santo con sombrero que, a veces, vemos con bata de médico también en nuestros hospitales, haciendo milagros cotidianos.

En esta misma semana en la cual un informe nos coloca entre los países miserables del mundo, se produce un acontecimiento que nos llena de orgullo: uno de los ciudadanos más ejemplares de nuestra historia sube a los altares. Por gente como el Dr. José Gregorio Hernández y no por otra cosa, es que Venezuela es y seguirá siendo un país rico.

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Avise a todes, por Laureane Márquez P.

@laureanomar

Les avise que a partir de ahore, usaré en mis escrites un lenguaje totalmente inclusive. Sin embarge, no deje de preocuparme, que estemes llegande a unos extremes que harán que ya nunca más entendemes de que coñe estemes hablende y llegemes a un punte en que ya no nes comprendemes. Suponge que habré que crear une nueve gramátique y unes nueves regles idiomátiques. Supone une que cuande nes acostumbremes, seré muche más sencille, pere confiese que me cueste.

Por lo pronte, me parece que tendremes que llevar al lenguaje inclusive, inclusive los textes poetiques de otres tiempes. Por ejemple, el poeme de Andrés o Andreína Eloy o Eloísa Blanco o Blanca:

“Pintor nacido en mi tierra, con el pincel extranjero, pintor que sigues el rumbo de tantos pintores viejos, aunque la Virgen sea blanca, píntame angelitos negros”.

Quedaríe así, más o menes:

Pintor o pintora nacido o nacida en mi tierre, con el pincel extranjero o extranjera, pintor o pintora que sigues el rumbo o rumba de tantos y tantas pintores o pintoras viejos o viejas, aunque la Virgen o san José sean blanques, píntame angelitos y angelitas de color.

Seguramente, más de une esté pensande que estoy exagerande, pero el punte es que, una vez que emprendes une revolución o revoluciona de tal magnitud en el lenguaje, cóme decides cuande parar. Porque muches dirán que con “todes o elles”, no es suficiente y que se debe ir más allá.

Nadie más partiderie de le inclusión que ye. Pero sole dige que hay que tener cuidade, porque podemos terminar con un lenguaje muy inclusive y une realidad muy excluyente. También caer en el engañe de creer que porque hemes ajustade el lenguaje, sole con elle, le realidad he cambiade.

No cree que les académiques de le lengue tampoque estén en contre de la inclusión. No creé que sean unes mechistes redomades. Cree que busquen hacer del idioma alge útil para comunicarnos, incluse para poder construir mejor nuestres alegates en contre de la discriminación y descriminaciona. Así que por favor y por favora, tengemes une poque de sentide común.

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Las siete palabras, por Laureano Márquez P.

@laureanomar

«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen»… no lo saben, no alcanzan a imaginar las dimensiones y alcance de su daño y eso es ignorancia; que nunca el odio nos guíe, ni la venganza.

«Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso»… el paraíso del ciudadano es la libertad, la justicia y la democracia. Sé, Padre, que veremos ese paraíso, construido con cada acción de esperanza que brota de nuestros corazones y con la bondadosa inteligencia de nuestra juventud.

«Mujer, ahí tienes a tu hijo»…  transitando caminos, rumbo a tierras lejanas, crucificado cada día por nuevas calamidades. Siéntete orgullosa, madre, de este hijo, porque de las ideas que tú sembraste en él, del amor en que lo formaste, de la libertad con que se alimentó en tu vientre, habrá de nacer la nueva Venezuela.

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»… Señor: a veces me invade la angustia de que esta pesadilla no tiene final, de que el malvado se sale con la suya, pero recibimos de ti maravillosos dones, entiendo que no nos has abandonado nunca. El trabajo tuyo ya fue hecho -y maravillosamente bien-: ayúdame a ser tu aliado para amasarme a mí mismo como un hombre nuevo, creador también, a Tu imagen, de la patria que sueño.

«Tengo sed»… y tanta, Padre. Tengo sed de democracia y libertad. Tengo sed de inteligencia, trabajo y honestidad como valores. Tengo sed de vida, de seguridad, de justicia social. Tengo sed de esperanza y de futuro.

«Todo está consumado»… la maldad en nuestra tierra se consumó más allá de los límites que podíamos imaginar, nos han pretendido destruir moralmente, pero sé que las reservas de bondad e inteligencia son nuestra verdadera riqueza. Hemos descendido a los infiernos, pero estoy convencido de que resucitaremos.

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu»… cada día en Venezuela, Padre, es una apuesta a la vida. Encomiendo en tus manos mi espíritu, para que sea de libertad y justicia, para que aprenda bien esta dura lección y pueda transitar por llanos bondadosos, sumergirme en cálidas playas de transparencia, contemplar altas cumbres de abundancia y cruzar generosos ríos de justicia y libertad, para llegar -por fin- a la tierra prometida.

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El señorío de la Cota 905, por Laureano Márquez P.

@laureanomar

Venezuela marcha, sin duda, como Europa luego de las invasiones bárbaras, hacia una nueva forma política: el feudalismo malandro. Se van perfilando los pequeños reinos que constituye el delito, no solo en el sur del país donde la guerrilla y los narcos ya cuentan con vastos dominios, sino también en la propia capital. Se dice que la caída de Roma no fue una ruptura traumática, sino más bien una transformación gradual, hasta que poco a poco los ciudadanos fueron cayendo en cuenta de que el imperio ya había desaparecido. La destitución del último emperador de occidente fue una especie de formalidad, algo así como que los bárbaros dijeron: «Ese Rómulo Augústulo ¿qué dice? Mira, chamo, si nos fueranos dao de cuenta que tú estabas aquí, te fueranos quebrao antes, así que pírate de una». Claro todo esto dicho en perfecto latín.

Esta transición feudal que vivimos de una forma política malandra a otra, donde ya el poder no se concentra en uno, sino en muchos, va creando sus propias reglas.

Los señores feudales organizan su propio ejército y muy bien armado. Crean su propia corte malandra y si le brindan algún apoyo a un poder central, que termina siendo más simbólico que real, es bajo la vieja fórmula: «nos, que valemos tanto como vos, y juntos más que vos, os hacemos señor entre iguales». Iremos viendo, poco a poco, complejas formas de vasallaje entre bandas armadas y quién quita que con su propio ceremonial. Alianzas estratégicas entre ellas para mantener su fuerza y ocasionales vínculos con el poder central al que se reconoce formalmente, siempre y cuando este respete el poder del pran sobre su feudo. De hecho, el control hamponil sobre sus señoríos es total,  tómese debida nota de que allí no entran esos ejércitos a los que no les falta valor para arremeter en contra de estudiantes desarmados, pero a los que, ni por asomo, se les ocurre plantar cara a otros ejércitos, tan poderosos e inescrupulosos como ellos o incluso más.

Así como el señor feudal tenía derechos sobre todo lo que estaba bajo su dominio, el señor malandro controlará su zona, obtendrá los beneficio de los que en ella trabajen, que terminan convertidos en siervos en una relación de vasallaje. De hecho, podríamos decir que el pranato, que es el territorio bajo el dominio del pran, equivale a lo que en la Edad Media fueron los ducados, condados o marquesados. El pran tiene derecho a administrar “justicia” en su feudo, a cobrar impuestos de atraco, a secuestrar siervos, a disponer de sus vidas, a imponer las leyes que él considere convenientes y a conquistar otros territorios con su ejército montado en caballos de hierro.

Esta forma política, como sucedió con el feudalismo medieval, irá generando sus propias manifestaciones en el arte y la cultura. Quizá no veamos castillos, pero sí, seguramente, mansiones amuralladas en la Cota 905 de estilo «estrangótico». Una nueva literatura también, tal vez «el rap del mío Coqui», donde se relaten sus hazañas, cantadas por los robadores, perdón quise decir los trovadores. En la pintura predominarán los frescos, de grafiti claro.

Con el colapso del sistema eléctrico, sí que se podrá catalogar con propiedad a este período de oscurantismo. Puede que algún día nuestra historiografía contemple una edad denominada “la larga noche del chavismo”.

Pero, como toda aberración histórica, terminará siendo solo un mal recuerdo. Así que, en estos tiempos, lo que hay que hacer es prepararse para el renacimiento y evitar en lo posible que el señor pran te baje de la mula.

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