Laureano Márquez, autor en Runrun

Laureano Márquez P.

La aventura del Telémaco, por Laureano Márquez P.

Barco Telémaco, que arribó a Venezuela en 1949 con 171 canarios a bordo que huían de las penurias del franquismo. Foto Europa Press.

@laureanomar

El origen del término “odisea” alude a un largo viaje “lleno de aventuras y de descubrimientos”, en palabras de Kavafis, protagonizado por un personaje de la Ilíada, Odiseo (Ulises en latín), que abandona Ítaca dejando a su mujer Penélope (la del bolso de piel marrón, zapatos de tacón y vestido de domingo) y a su hijo Telémaco para ir a la guerra de Troya.

Veinte años dura la ausencia de Odiseo (diez de guerra y diez del viaje de regreso a su patria) y los pretendientes acosan a su esposa. Para deshacerse de ellos, la fiel Penélope -que está tejiendo una colcha para una cama 2X2- dice que se casará cuando termine de tejer. Sin embargo, por la noche, desteje lo que ha hecho durante el día. Desbaratando encajes regresaba cada noche hasta el hilo, que diría Andrés Eloy Blanco, dándoles a sus pretendientes “una proximidad de lejanía”. Mientras Penélope teje, Telémaco vive su propia odisea cuando sale en busca de su padre por esos mundos de Zeus.

Pero existe otra odisea, de otro Telémaco, el emblemático nombre de un barco clandestino que zarpó de Canarias rumbo a Venezuela. Eran tiempos de emigración clandestina, los canarios escapaban de la miseria de la postguerra. La emigración era perseguida en ese entonces por Franco y 171 canarios -mayoritariamente oriundos de la isla de La Gomera, donde comenzó el viaje- decidieron tomar el riesgo de escapar en un pequeño motovelero de 27 metros de eslora.

Además de las 171 almas, llevaba el barco los siguientes suministros:

42 sacos de gofio (harina de trigo tostado, que también puede ser de maíz, garbanzos, centeno, etc. típico cereal canario heredado de los antiguos guanches que siempre le salva la vida a un isleño), 10 sacos de pescado salado (puede que parezca raro llevar pescado al mar, donde hay tanto pescado fresco, pero con esa angustia quién tiene paciencia para pescar), 1700 kilos de papas (un canario sin papas no es nada), una caja de latas de leche condensada (quizá para el famoso “cortado leche y leche”), una caja de botellas de coñac (bueno para celebrar el arribo a La Guaira), tres garrafas de aceite y dos cajones con carne de cerdo en salazón (tal vez por aquello de que “del cochino hasta la conversación”), además de toneles con agua dulce.

Luego de 19 días de travesía una tormenta arrasó con los suministros y casi con la vida de los viajeros. En medio de la tormenta el “capitán” del barco fue amarrado al timón para que pudiera conducir la nave sin que lo arrastrara la fuerza de la tempestad. Curioso hecho que nos recuerda que también Odiseo fue atado al mástil de su barco para evitar ser arrastrado por el canto de las sirenas.

Famélicos, los viajeros llegaron a Martinica, antes se habían topado con un barco español que les lanzó agua, arroz y poco más, lo que les permitió llegar hasta la isla caribeña.

Allí recibieron auxilio de gente muy humilde que compartió con ellos lo poco que tenían y continuaron rumbo a La Guaira, su Ítaca. Venezuela les restituyó la esperanza de futuro a esa gente y a los que vinieron luego, ya legalmente, a sus hijos y nietos.

Hoy llegan a Canarias otras gentes, en no menos duras odiseas, buscando también esperanzas que por múltiples razones en su patria no encuentran. Entre ellos, muchos venezolanos. Nosotros, que fuimos al albergue, somos hoy huida y diáspora.

De esta odisea del Telémaco naviero se cumplen este mes 70 años. La única mujer en la travesía, Teresa García Arteaga que con 22 años iba al encuentro de su marido con quien se había casado por poder (forma de matrimonio típica de los inmigrantes de ese entonces, que daba pie al pícaro chiste: “se casaron por poder y se divorciaron por no poder”) falleció en Cagua (estado Aragua) en 2018, quizá una de las pocas sobrevivientes de esta historia de velero clandestino, que dicho de paso no fue la única, aunque, quizá sí, la más emblemática.

Para recordarla -siempre hay que recordar que las tortillas se viran- el Parlamento de las Islas Canarias ha publicado el libro Viajar en el Telémaco. Navegación clandestina entre Canarias y Venezuela (1950), de los autores Manuel de Paz Sánchez, Manuel Hernández González, Ángel Dámaso Luis León, Maximiano Trapero y Francisco Pomares.

A los canarios de antes les gustaba registrar sus historias en punto cubano, un género de verso que también navega entre Canarias y América. Entre los pasajeros iba el poeta popular Manuel Navarro Rolo, quién con esta décima remata la apasionante odisea del Telémaco:

Ya terminó la jornada,

no hay que dudar del Destino

que nos conduce al camino

de la extranjera morada,

esta tierra codiciada

hija fue del pueblo hispano,

y como somos hermanos

de esta rama positiva,

nos alienta darle un viva

al pueblo venezolano“.

 

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Votar a juro, por Laureano Márquez P.

@laureanomar

Votar es un derecho y un deber. Algunas veces en el sentido legal de los deberes, esto es una obligación, pero otras, en el sentido ético. Uno debe votar como también debe conducir sin consumir bebidas, en el sentido etílico. Es un deber trascendente, porque somos corresponsables del rumbo del país. Es un deber porque con el voto escogemos a los que se ocupan de velar por los intereses de todos. Si algo hemos aprendido los venezolanos es que eso del voto no es cosa baladí: cuando un pueblo mete la pata votando -o no haciéndolo- (en las elecciones en las que ganó Chávez por primera vez la abstención fue del 36,55 % y el susobicho ganó con el 33,35 % de la totalidad de los electores), las consecuencias pueden ser que se arruine la vida de todos (bueno de casi todos). Verbi gratia.

En la fenecida Constitución de 1961 se proclamaba: “Artículo 110.- El voto es un derecho y una función pública. Su ejercicio será obligatorio, dentro de los límites y condiciones que establezca la ley”. Era una “función pública”, que te convertía en funcionario, votar era obligatorio, podías recibir una sanción si no lo hacías. Hasta donde uno tiene conocimiento, no se sancionó en aquellos viejos tiempos de la democracia a nadie por no votar. Si este artículo estuviese vigente sería de gran utilidad para el régimen en las actuales circunstancias.

En la Constitución “vigente”, el artículo 63 señala: “El sufragio es un derecho. Se ejercerá mediante votaciones libres, universales, directas y secretas”. El primer cambio que salta a la vista con respecto a la Constitución anterior es que el voto ahora no es obligatorio. Para que las elecciones sean libres necesitamos la garantía de una institución confiable para todos. La mayor parte de nosotros pensamos diferente y eso es buenísimo, mediante las elecciones nos ponemos de acuerdo, porque el respeto al voto es lo único en lo que, los que pensamos diferente, concordamos.

Claro está que, en la Venezuela actual, la distancia entre la Constitución y la realidad política del país es brutal. Para comenzar, no hay separación de poderes y por tanto, no hay un organismo imparcial que garantice el voto.

Es por eso que mucha gente es partidaria de no votar y la mayor parte de las fuerzas políticas opositoras se niegan a hacerlo en las venideras elecciones parlamentarias, porque piensan que ir a unas elecciones sin garantías ni confiabilidad, solo favorece a quien las convoca. Otros partidos sí quieren hacerlo. También tienen sus razones y argumentos: si esto no va a cambiar en largo tiempo es mejor mantenerse vigentes y activos en la vida política con lo que el régimen tenga a bien conceder y librar otro tipo de luchas menos radicales, más modestas, que también vayan en pro de la gente, pero que no constituyan amenaza a la supervivencia de quienes detentan el poder, al menos de momento. Es una opción, tan viable (o tan poco) como pedir que entren los marines ya o quedarnos en el desacato para siempre.

Pero la novedad en lo que respecta a las elecciones de diciembre es la “sugerencia” que entró en escena política esta semana de que el Plan República podría buscar a los electores en sus casas para que vayan a votar.

Conociendo las circunstancias, se imagina uno que además de buscarlos -de manera amable con la guardia y los colectivos-, para mayor seguridad lo acompañarán hasta el cuartico para garantizar, con su observación, el secreto del voto.

La noticia deja de asombrar, por más que uno haya perdido tal capacidad. No le falta verdad al juego irónico que circula por las redes y pone en boca de Tibisay (aunque ella ya no es la autoridad, 14 años en el CNE la hacen inolvidable) esta frase: “Ya tenemos los resultados, solo faltan las elecciones”.

¡¡¡¡¡A boooootarrrrrrr!!!!!

 

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El sentido común, por Laureano Márquez P.

@laureanomar

Dicen por ahí que el sentido común es como el desodorante: el que más lo necesita es el que menos lo usa. Del sentido común han hablado desde los filósofos hasta los odiósofos. Bergson, el filósofo francés, por ejemplo, decía que es “la facultad de orientarse en la vida práctica”. El sentido común podría definirse como aquello que una comunidad considera prudente, sensato, lógico. Sin embargo, es muy común ver en las redes videos caseros que muestran la total ausencia de sentido común en gente que hasta tiene la apariencia de ser inteligente.

Algunos creen de manera irrestricta en el sentido común, como el escritor Max Jacob quien afirma que: “El sentido común es el instinto de la verdad”. Otros, sin embargo, no creen en él, como el caso de otro escritor, esta vez Saramago, que dijo: “No te dejes engañar, el sentido común es demasiado común para ser realmente sentido; en el fondo no es más que un capítulo de la estadística, y el más vulgarizado de todos”. De lo que señala el novelista portugués se infiere que el hecho de que todo el que se lance de un rascacielos muera, es un dato meramente estadístico que no tiene por qué ser una ley universal y -ciertamente- se han visto casos de gente que se ha lanzado y ha sobrevivido; pero más casos se evidencian de gente probando suertes a gran altura con fatal desenlace.

Parece que vivimos tiempos que dan validez a aquella frase de Ramón Gómez de la Serna que decía que el sentido común “es el menos común de los sentidos”.

El sentido común es en definitiva una colección de conocimientos que resultan evidentes y que no debemos desafiar. Por ejemplo: es de sentido común que si conduces de noche, enciendas las luces del vehículo; sin embargo, en nuestro país nos hemos topado en la autopista no pocas veces con vehículos que andan en la total penumbra, como el carro de Drácula.

Es también de sentido común dejar salir a la gente que viene en el vagón del metro antes de entrar, sin embargo, tal cosa no siempre sucede. Es de sentido común no usar el teléfono mientras se maneja o cuando se habla con otra persona o cuando se camina por la calle (bueno este último ejemplo no es válido para Venezuela donde el sentido común recomienda desde hace mucho tiempo no sacar el celular en la calle ni de vaina, pero por seguridad). En fin, la vida cotidiana está llena de ejemplos.

El sentido común tiene, sin duda, un componente histórico: llegamos a ciertas conclusiones porque miles de años de vivencias humanas sobre el planeta nos brindan un conjunto de certezas sin las cuales  correríamos grandes riesgos. Por tanto, desconocer la historia nos hace vulnerables. Si no tenemos -por ejemplo, en el caso de los venezolanos- el conocimiento de que cada vez que los militares han intervenido en política ha sido contraproducente para el destino del país y la libertad de los ciudadanos, podemos incurrir en el error de aupar a un militar e incluso elegir a uno para que nos gobierne.

Quien esto escribe, está más en la línea de Jacob que en la de Saramago. No apostaría nada a la premisa de que la división en la oposición venezolana nos va a sacar de este atolladero.

El sentido común indica que la unidad en estos difíciles momentos es más que indispensable y que el único que gana con la división es quien tiene el poder.

Pero parece que, en el caso de los políticos, el sentido común es, la más de las veces, el menos común de los sentidos. Si hacemos una introspección retrospectiva de nuestra historia lo más común ha sido la contravención del sentido común al punto de que se pregunta uno: ¿Será que nuestro sentido común es no tener ninguno y vivir en la imprevisibilidad permanente?

 

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Venezuela y el fin del mundo, por Laureano Márquez P.

@laureanomar

¿Puede el régimen político venezolano acabar con la vida en el planeta? La respuesta es sí. Hay regímenes a los que si la humanidad no les pone límites, son capaces de acabar con ella. En el caso de Venezuela no será una invasión a Polonia ni la conquista militar de los países vecinos. Nuestros militares manejan formas más sutiles de invasión y las rayas que nuestros vecinos verán en el piso no serán precisamente la de las orugas de nuestros tanques, que de paso no tienen gasolina para moverse.

La amenaza puede venir por otro lado. El frágil equilibrio del ecosistema planetario podría recibir un fuerte impacto destructivo como consecuencia de la mezcla de incapacidad y ambición que caracteriza al susodicho. Hablemos, por ejemplo, de la crucial importancia de la selva amazónica en la configuración del clima mundial. Sus árboles realizan intercambios con la atmósfera que mantienen el equilibrio del planeta absorbiendo millones de toneladas de dióxido de carbono, lo que permite atenuar el efecto invernadero.

También es relevante la producción de agua dulce que, gracias a la Amazonia, recibe el planeta. La extracción de oro en Venezuela y el control del sur del país por criminales mundiales de todas las especies y raleas, no acabará en la Amazonia venezolana. La capacidad de expansión destructora de nuestro régimen y sus inconscientes aliados no es desestimable.

Se le da y muy bien eso de construir desiertos, espirituales y físicos. La destrucción de la selva venezolana podría ser la cabecera de playa, el día D del fin de la Amazonia como pulmón vegetal del planeta.

A los que argumenten que esto es una exageración, les comento que hace 20 años muchas cosas nos resultaban imposibles a los venezolanos.

La otra amenaza al ecosistema mundial proviene de la incapacidad en el manejo de la industria petrolera. Alguna vez nuestra principal industria fue envidia del mundo. PDVSA era de las principales empresas del planeta y la producción petrolera venezolana tenía relevancia mundial. Parte de la tarea del régimen -realizada fundamentalmente por ese personaje “rojo rojito” que hoy se hace pasar por adalid de la libertad venezolana- fue la de eliminar de la industria petrolera venezolana todo vestigio de inteligencia, formación, preparación y capacidad.

La destrucción de la industria petrolera venezolana, cosa que parecía imposible también, ya se ha llevado a cabo. El país con mayores reservas petroleras del planeta no tiene combustible. Consecuencia del mal manejo de la industria han comenzado a verse las tragedias ecológicas producto de derrames petroleros como el más reciente en las costas de Falcón, derrames terrestres, incendios y explosiones en instalaciones petroleras, etc. Estas tragedias Irán en aumento.

Las islas del caribe que sustentaron el régimen político venezolano, serán las primeras víctimas, pero inevitablemente los desastres serán cada vez más frecuentes y de mayor alcance. Se expandirán como el aceite sobre el agua.

A lo que voy: ya no solo a los venezolanos nos conviene que finalice esto, sino también a la humanidad entera si quiere sobrevivir.

No desestimen nunca la capacidad destructora de quienes llevan años de entrenamiento en ello. Debemos aunar esfuerzos, nacionales e internacionales para que Venezuela retome el camino de la democracia y la libertad. Si quieren no lo hagan por nosotros, a fin de cuentas, nuestras vidas parecen no importarles tanto, pero piensen en los delfines y las ballenas, ¡háganlo -al menos- por ellos!

 

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Cartas de amor, por Laureano Márquez P.

@laureanomar

Hay cartas de amor memorables: la de Beethoven a su amada inmortal, la de Pablo Neruda a Albertina Rosa, la de Lewis Carroll a Gertrude y la de Yoko (¡o no!) a Lennon. Las cartas de amor parecen haber pasado de moda, son como cosas de otro tiempo. Vivimos en la era de los emoticones, el amor se expresa con caritas, figuritas, corazoncitos, etc. En Venezuela, sin embargo, se mantiene la tradición: es famoso y de mucho prestigio el concurso de “Cartas de amor de MontBlanc”, pero ahora le ha salido competencia.

Hasta el 28 de agosto hay chance para participar en el concurso literario “Cartas de amor a Hugo”.

Es un concurso que tiene bases y todo, es decir, ¡reglas! Un jurado imparcial y una votación secreta (aunque usted no lo crea). El evento lo convoca el “Instituto de Altos Estudios del Pensamiento del Comandante Eterno Hugo Chávez”.

Usted se pone a buscar en Internet y no consigue, ni por asomo, un “Instituto de Altos Estudios del Pensamiento” de Immanuel Kant, o de Georg Hegel, o de Jürgen Habermas, pero sí se topa con este que hemos mencionado, que más allá de simples estudios, promueve “Altos Estudios”, como advirtiendo que se trata de un objeto de investigación que requiere cierta estatura intelectual. Naturalmente, si hablamos de algo que tiene connotaciones de “Eterno”, estamos prácticamente rozando los límites de la teología.

Por ejemplo: para el estudio del pensamiento que implica calificar una victoria opositora no como un hecho natural del juego democrático, sino como “¡una victoria de m…!”, es necesario poseer, sin duda, una alta noción escatológica de la digestión humana que conecte su sentido físico con el metafísico. Aquí estamos hablando ya de alta filosofía.

Lo mismo sucede con la comprensión del fenómeno amoroso, al que Platón le dedica un diálogo y cuyo logos, para el instituto en cuestión, puede ser resumido en esta concluyente e impecable sentencia: “¡esta noche te doy lo tuyo!”.

Así podríamos seguir con muchos temas: la solidaridad con quien ha superado una adicción o “¡Bush eres un alcohólico!”, la defensa de la libertad de expresión o “¡vayan apagando los equipos!”, el respeto al trabajo y el esfuerzo o “¡exprópiese!”, la alta diplomacia o “aquí huele a azufre”, etc., etc. ¿Dejó el autor que nos ocupa pensamiento escrito? No, este se expresó siempre de manera oral, durante interminables cadenas de radio y televisión que, juntas, suman muchos meses de discursos que suponemos serán transcritos y recogidos en numerosos volúmenes con un riguroso índice onomástico, para la celebración del día de su santo, naturalmente.

Y dice uno, para quien amordazó la prensa, amorató a la esposa, amortiguó la corrupción, amorteció la industria petrolera, se amorochó con los más indeseables del planeta y amortajó la democracia, qué cosa puede ser más apropiada en estos momentos que una carta de amor.

 

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Un régimen antifragilístico, por Laureano Márquez P.

@laureanomar

No es fácil encontrar categorías teóricas que nos ayuden a comprender el proceso político venezolano: la demolición de uno de los países que por sus condiciones materiales podrían considerarse de los más afortunados y prometedores del planeta. Acosado por un modelo político destructor, es difícil entender cómo este se sostiene, cómo logra fortalecerse mientras peor es su desempeño, cómo logra sobrevivir con el mundo en contra, con sanciones internacionales y una larga lista de etcéteras.

Resulta, pues, que ya hay un desarrollo conceptual que nos permite explicar el fenómeno político venezolano de los últimos tiempos: la antifragilidad.

La idea ha sido desarrollada por el escritor libanés-norteamericano Nassim Nicholas Taleb en su libro: Antifrágil: las cosas que se benefician del desorden. Creo que la mejor manera de presentar este concepto es como lo hace su propio autor: “Algunas cosas se benefician de los sobresaltos, prosperan y crecen cuando se exponen a la volatilidad, la aleatoriedad, el desorden y los factores estresantes y aman la aventura, el riesgo y la incertidumbre. Sin embargo, a pesar de la ubicuidad del fenómeno, no hay palabras para lo opuesto a lo frágil, llamémoslo antifrágil. La antifragilidad está más allá de la resiliencia o la solidez. El resiliente resiste los choques y permanece igual, lo antifrágil mejora”. El régimen político venezolano es, quizá, el más claro ejemplo de antifragilidad aplicada a la política.

Fenómenos como la corrupción, el irrespeto al ordenamiento constitucional, el fraude electoral, la violación a los derechos humanos y la destrucción de la economía, entre otras situaciones que, en su conjunto o aisladamente, han acabado con los regímenes políticos que los promueven, en Venezuela terminan robusteciendo al poder.

Mucho se dijo -por ejemplo- que, sin dinero, un sistema político populista no podría sostenerse. Pues parece que la ausencia de ingresos le hace más fuerte en otras formas de dominación.

Cada desastre brinda a la oligarquía gobernante nuevas oportunidades de afianzar su poder.

Si la gente emigra huyendo, se beneficia de las remesas internacionales; si escasea la comida, el control político de la gente que depende de los alimentos repartidos por el gobierno es mayor; si convoca a elecciones y frente a ellas la oposición se abstiene, se beneficia porque le resulta menos complicado ganar, pero si participa, también se beneficia, porque logra legitimar la trampa.

Es que, incluso, la crisis del combustible en un país petrolero ha hecho que el aumento del precio de la gasolina -tan polémico en otros tiempos- se haya dolarizado, como decían los giros de crédito de antes: “sin aviso ni protesto”. Todo lo que para otros regímenes políticos es adversidad, para el de Venezuela es aprovechable, ventajoso, favorable: narcotráfico, guerrilla, terrorismo internacional, etc.

Los propios errores terminan convirtiéndose en una gran ventaja para el régimen venezolano: si falla la electricidad, se logra movilizar a la población contra el “Imperio que ha causado la falla” y entonces cada apagón termina favoreciendo la tesis de la conspiración y del complot internacional, que además sirve de excusa para detener a adversarios políticos que puedan representar incomodidad u obstáculo.

Quizá el más reciente ejemplo de la antifragilidad del régimen es la pandemia de covid-19. Mientras que en otras latitudes ha debilitado gobiernos, en Venezuela le vino al régimen como anillo al dedo para aumentar el control social, para convertir el retorno al país en un delito, para encarcelar a periodistas independientes dispuestos a informar, para ayudar a sobrellevar el colapso del combustible y para mantener a la gente recluida e impedida de protestar.

En definitiva, hay gobiernos que se tambalean cuando lo hacen mal, el régimen venezolano se fortalece con cada calamidad, sea esta provocada por él o producto del azar.

Al enviar un paquete con contenido delicado, se le suele poner una etiqueta que dice: “frágil, manéjese con cuidado”. Venezuela es un paquete que lleva por fuera una etiqueta diferente: “antifrágil, manéjese a los coñazos”.  Y ya sabemos quién se la ha colocado.

 

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“Se te cayó la cédula”, por Laureano Márquez P.

@laureanomar

La frase que sirve de título al presente escrito es un venezolanismo que se ha puesto de moda de un tiempo a esta parte para subrayar un comentario, acción, actitud o recuerdo que revela la edad de la persona aludida de forma incontestable, sin derecho a réplica o, como solían poner los giros: “sin aviso ni protesto” (¡ups!, se me cayó la cédula).

El origen de la expresión seguramente viene del hecho de que, como la cédula de identidad tiene la información de la fecha de nacimiento del titular, la gente no suele permitir que se la vean, pero cuando se cae al suelo por accidente, la cosa cambia, porque quien la recoge “no es escaparate de nadie”. De hecho, antes del “se te cayó la cédula” existió el “pa´ ve la cédula” o el “muéstrame la cédula pa´ ve” que partía de la desconfianza sobre la edad que pregonaba su portador o portadora.

Para decirlo de manera más contundente, detrás del “se te cayó la cédula” hay una clara intención de llamarlo a uno  viejo.

Veamos por ejemplo esta enumeración de recuerdos:

* si recuerdas la gaita aquella que terminaba diciendo, a golpe de tambora: “… Navidad-Navidad-Navidad… Lorenzo”…

* si fuiste al abasto a comprar  y pediste ñapa…

* si conociste a Carlos Andrés con patillas y el zapato blanco pintado en las calles que recorría durante su primera campaña…

* si te daban un real para la merienda del colegio…

* si sabes cuántos medios hay en un real y cuántas lochas en un medio…

* si tomaste colita Grapette en el recreo…

* si conoces el origen de la frase “aquí, en la lucha por la locha”…

* si fuiste al cine a ver películas de Sandro en matinée (y lloraste)…

* si llegaste a pedirle al portugués de la panadería un bolívar de pan de a locha recién salido del horno…

* si le diste la mano a Diego Arria con el eslogan de “dale tu mano a Diego”…

* si recuerdas a los presidentes vestidos de paltó levita…

* si sabes a qué alude la frase: “caramba, estabas más perdido que Niehous”…

* si cantaste “libera tu mente”…

* si  tuviste máquina de escribir portátil marca “Brother” de esas que se le apretaban dos botoncitos y se levantaba la tapa como un capó…

* si alguna vez escribiste en esténcil y sabes lo que es un multígrafo…

* si gritaste alguna vez en una manifestación: “¡¿Dónde están los reales de la educación?… Los tiene Luis Herrera en El Salvador!”…

* si el caso Sierra Nevada te escandalizó…

* si usaste papel carbón para sacarle una copia a un trabajo del liceo…

* si alguna vez tuviste miedo de que te picara la machaca…

* si te purgaron con Leche de Magnesia…

* si tu mamá te pegaba con chancleta…

* si te mandaron al INOS a pagar el recibo del agua…

… Si alguna de las situaciones enumeradas en la lista evocó en ti algún recuerdo, entonces, lamento decirlo, pero se te cayó la cédula. Quien suscribe las vivió todas.

Pero la edad es solo un número (claro, que si el de la cédula está por debajo de los 10 millones, asusta).

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Miranda en La Carraca, por Laureano Márquez P.

Miranda en La Carraca (1896), de Arturo Michelena. Lienzo al óleo de 196,6 cm de alto por 245,5 cm de ancho, perteneciente a la Galería de Arte Nacional. Foto GAN en Wikimedia Commons.

@laureanomar

El 14 de julio de 1816 en el penal de las Cuatro Torres del arsenal de La Carraca,  muere el precursor de la independencia venezolana Sebastián Francisco de Miranda. Antes había estado preso en Puerto Rico, en Puerto Cabello y en La Guaira, donde fue  entregado a las autoridades españolas por sus paisanos y compañeros de la gesta independentista, quienes consideraron que su capitulación ante Monteverde era una traición injustificable.

Como puede verse, las diferencias, la enemistad y el odio entre los que comparten una misma causa no es nueva en la historia nacional.

A uno le da cosa con Miranda: exitoso en todas las revoluciones de su tiempo, fracasó en la suya, la que siempre le había inspirado. Logró sortear todos los peligros. Cambió de identidad varias veces para ocultarse de persecuciones, sobrevivió a expediciones y batallas, logró evadir la guillotina en la Revolución Francesa -cuya  conmemoración es también, casualmente, el 14 de julio. Pero no logró salir ileso de sus paisanos.

Sus últimos años fueron muy duros, las condenas de las que se libró de joven le cayeron juntas en su vejez. Michelena lo pinta en esa imagen que para nosotros es emblemática, meditando recostado en su catre en la celda de Cadiz. Desde allí nos sigue mirando con una inescrutable tristeza que, a veces, según esté nuestro ánimo, parece decepción y otras la actitud interrogante de quien espera grandes cosas del espectador que le contempla, como diciéndonos: “¿y entonces? ¿y la libertad pa´cuando?”

A Miranda tampoco lo hemos sabido reconocer bien posmortem. Sigue siendo el “hijo de la panadera”, que diría nuestra brillante historiadora Inés Quintero. No tiene tumba sino “cenotafio”, una palabra casi tan fea como xenofobia y que se usa para designar a una tumba vacía de alguien cuyos restos no se han encontrado (ni buscado mucho en este caso).

La plaza Miranda frente a las Torres de El Silencio es una de las plazas menos atractivas de Caracas para el transeúnte, y la avenida Francisco de Miranda la de peor tráfico. El estado Miranda es uno de los más complicados de entender, un estado que ocupa la mayor parte de Caracas, pero cuya capital está en Los Teques. Hasta con nuestro signo monetario a Miranda se le ha maltratado: si recuerdan los tiempos en que Venezuela tenía billetes, al que se le puso la imagen de Miranda fue al de dos bolívares y eso porque no había billete de menor denominación que asignarle. Hasta el chigüire (*) tuvo más suerte, que aparecía en el de cinco.

En fin, este 14 de julio recordé nuevamente con gratitud y respeto a El Precursor, que desde su icónico catre de La Carraca nos sigue observando con esa enigmática mirada con la que Miranda mira.

(*) Para que no me vayan a caer encima en cambote: sé que no es un chigüire, sino un armadillo, el animal que aparecía en los billetes de cinco bolívares. Pero chigüire suena más gracioso. No sé qué magia tienen las palabras con “ch” (Chespirito lo sabía bien) que por sí mismas son graciosas y divertidas, con la sola excepción de un apellido que asociado a su dueño nos recuerda la peor tragedia de nuestra historia.

 

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