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ODA-ALC solicita un mecanismo internacional de respuesta rápida para atender la crisis humanitaria en Venezuela

El Observatorio del Derecho a la Alimentación de América Latina y el Caribe (ODA-ALC) solicitó la activación urgente de un mecanismo internacional de respuesta rápida para atender la emergencia humanitaria que atraviesa Venezuela tras los sismos registrados el pasado 24 de junio, con afectaciones reportadas en zonas de la Gran Caracas y La Guaira.

La petición fue realizada por el representante del ODA-ALC en Venezuela, el ingeniero agrónomo Saúl Elías López, quien alertó sobre el impacto que los daños en infraestructura y servicios pueden generar sobre derechos fundamentales como la alimentación, la salud, el acceso al agua y la vivienda.

El ODA-ALC es una red regional dedicada al estudio y promoción del derecho humano a la alimentación, que reúne instituciones académicas y especialistas de América Latina y el Caribe para generar propuestas orientadas a combatir el hambre, mejorar la seguridad alimentaria y fortalecer políticas públicas en esta materia.

Según López, la situación generada por los terremotos requiere una respuesta coordinada que permita atender de manera inmediata a las comunidades afectadas, especialmente a los sectores más vulnerables.

“La emergencia que afecta a Venezuela ha generado una situación de extrema gravedad humanitaria, con severas afectaciones sobre la vida, la salud, la integridad física y emocional, la vivienda, acceso a alimentos, agua, saneamiento y la continuidad de servicios esenciales”, señaló.

El representante del organismo indicó que entre las prioridades se encuentran la habilitación de albergues temporales, asistencia médica, apoyo psicosocial, suministro de agua potable, entrega de artículos básicos y mecanismos que permitan la reunificación de familias afectadas. Asimismo, advirtió sobre los riesgos que enfrenta la cadena de abastecimiento alimentario debido a los daños en vías de transporte, infraestructura y mercados locales, una situación que podría limitar la disponibilidad de alimentos para la población en las zonas más afectadas.

“El deterioro de la cadena de abastecimiento alimentario, por daños en transporte e infraestructura e interrupción de mercados locales, representa una amenaza directa a la disponibilidad de comida para los venezolanos”, afirmó López.

Ante este escenario, el ODA-ALC planteó la creación de un instrumento internacional que permita articular recursos financieros, ayuda alimentaria, atención sanitaria, refugio, agua y saneamiento, mecanismos de protección social y acciones de recuperación temprana. López destacó que la efectividad de este mecanismo dependerá de la cooperación entre agencias multilaterales, organizaciones de la sociedad civil y el Estado venezolano, con prioridad para niños, mujeres embarazadas, adultos mayores y otros grupos en condición de vulnerabilidad.

La solicitud del ODA-ALC se produce en medio de los esfuerzos de atención posteriores a los sismos, que han generado preocupación por el impacto sobre la infraestructura, los servicios públicos y las condiciones de vida de miles de personas en las zonas afectadas.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

#EnchufaDÍN | Felicita a Jacqueline Faría por su nuevo cargo

Jacqueline Faría Pineda, recordada por todos los venezolanos por su promesa de sanear el río Guaire, fue designada presidenta de la Gran Misión Venezuela Renace por Delcy Rodríguez, mandataria encargada con el aval de los Estados Unidos. 

La presidenta del recién nacido organismo deberá coordinar la “reconstrucción” de viviendas e infraestructuras afectadas y dañadas por los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 en la región central, el 24 de junio pasado.

Faría alcanzó su primer puesto en la administración pública bajo el ala de Hugo Chávez en el año 2000. Es, sin duda, una de las funcionarias públicas que se ha paseado por más cargos dentro de la administración chavista, incluso, ha repetido en algunos organismos.

Faría se paseó por Hidrocapital, en donde las “Mesas Técnicas de Agua” nunca rindieron sus frutos; pasó por Movilnet y Cantv, y la señal telefónica se volvió cada día más intermitente. Fue ministra del Ambiente y luego de Comunicación e Información, y demostró que un funcionario chavista puede ejercer cualquier cargo.

En dos oportunidades ocupó la Jefatura de Gobierno del Distrito Capital. Su amplia trayectoria incluye misiones sociales, la dirección del PSUV y otras áreas estratégicas como el transporte. 

En cada cargo, Faría dejó una estela memorable; sin embargo, ninguna tan persistente como su promesa de sanear el río Guaire, principal colector de aguas negras del área metropolitana de Caracas.

Tras una inversión multimillonaria de más 400 millones de dólares, en 2007 la funcionaria aseguró que la limpieza del río podría tardar unos 15 años, pero que el “proceso revolucionario” lo entregaría saneado en 2014. Han pasado 12 años y el Guaire sigue igual o más contaminado. 

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Alejandro Grisanti: reconstrucción de Venezuela podría costar hasta 37 000 millones de dólares

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La reconstrucción de Venezuela tras los terremotos del 24 de junio podría alcanzar los 37 000 millones de dólares, según cálculos expuestos por el economista Alejandro Grisanti en Espacio Runrun.es, conducido por el director editorial Luis Ernesto Blanco. El especialista advirtió que el país enfrenta esta emergencia con una economía debilitada y planteó la necesidad de crear una estructura técnica que coordine los esfuerzos de recuperación.

Durante la conversación, Blanco puso el foco en el impacto económico de la tragedia y cómo puede responder un país que viene de más de una década de deterioro productivo. Grisanti explicó que Venezuela perdió cerca del 75 % de su capacidad económica desde 2012 y que la emergencia ocurre sobre una base ya debilitada.

Al ser consultado acerca del costo de la reconstrucción, el economista señaló que las primeras cifras podrían quedarse cortas. Citó estudios que calculan pérdidas cercanas a 2500 millones de dólares solo en zonas específicas del estado La Guaira, mientras evaluaciones nacionales elevan el daño potencial hasta 37 000 millones de dólares.

Añadió que la magnitud debe medirse sobre el acervo de capital del país, que incluye infraestructura, viviendas, comercios y empresas. Según sus cálculos, Venezuela posee alrededor de 1,1 billones de dólares en activos acumulados, por lo que la afectación señalada representaría una pérdida cercana al 3 %.

Aprender de otras experiencias

A partir de la pregunta de Blanco sobre experiencias internacionales semejantes, Grisanti comparó la respuesta de Chile y Haití luego del terremoto de 2010. Destacó que Chile logró una recuperación exitosa gracias a instituciones sólidas, capacidad financiera y planificación; mientras que Haití no consiguió transformar la ayuda internacional en una reconstrucción efectiva. En el caso venezolano, lamentó que la nación solo cuenta con deudas y no con ganancias.

Para evitar un escenario similar al haitiano, Grisanti propuso designar una autoridad única de reconstrucción, con independencia técnica y capacidad de coordinación. También insistió en la necesidad de un pacto nacional que involucre al Estado, sectores políticos, universidades, empresas privadas y organizaciones sociales.

Consultado por Blanco sobre la actuación del Estado venezolano en la fase inicial de la emergencia, Grisanti señaló que hubo improvisación y poca capacidad institucional, pero afirmó que el desafío ahora es construir una estrategia para la etapa posterior al rescate y la atención inmediata.

La ayuda internacional pasada la emergencia

Con relación a la ayuda internacional, diferenció entre los equipos de emergencia que llegaron al país y los recursos financieros necesarios para reconstruir. Aunque valoró la presencia de rescatistas y el apoyo operativo, consideró que los fondos anunciados hasta ahora son insuficientes frente a la magnitud del daño.

En cuanto al papel de Estados Unidos, Grisanti afirmó que tendrá una mayor presencia en la etapa de recuperación y que la posibilidad de recibir financiamiento dependerá de la capacidad de Venezuela para generar confianza y garantizar una gestión transparente de los recursos.

Blanco también llevó la conversación hacia el impacto sobre el sector petrolero y la disponibilidad de talento humano. Grisanti señaló que la producción petrolera no sufrió un golpe estructural por los terremotos, aunque advirtió que la caída del precio internacional del crudo puede afectar los ingresos del país. Indicó que la tragedia puede retrasar inversiones y procesos de retorno de profesionales, pero sostuvo que Venezuela podrá atraer especialistas cuando existan condiciones económicas adecuadas y capacidad para ofrecer salarios competitivos.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Entre el miedo y la esperanza: 26 años después

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El 18 de febrero del año 2000, con motivo del nacimiento de mi primer nieto, escribí en El Universal que tenía miedo por la pérdida de valores, por el deterioro de la educación y por el aumento de la pobreza. Que tenía esperanza, pero que era imprescindible darle confianza al sector privado y que era relativamente difícil pedirle a un equipo experto en demoliciones que se convierta en equipo constructor. Mis miedos se hicieron realidad. La esperanza nunca la hemos perdido. Confiamos en María Corina, pero perdimos soberanía por culpa de Delcy Rodríguez y desconfiamos de las intenciones del presidente Trump.

¿Podemos ser indiferentes ante la pérdida de soberanía?

No pertenecemos al grupo que se arropa con la bandera, pero hay límites que son inaceptables. No podemos callar ante la sumisión de Delcy Rodríguez, quien de revolucionaria antiimperialista brincó a ser “lacaya del imperio”. El Estado venezolano cedió el poder político al presidente Trump.

Justificamos que haya violado nuestro espacio aéreo para extraer a Maduro, porque estaba sostenido por el narcotráfico y aliado de países enemigos de la democracia, pero no podemos aceptar su injerencia en la vida política y económica de Venezuela.

¿El fin justifica los medios?

Nunca hemos comulgado con las prédicas de Maquiavelo, mucho menos en este caso, en que el fin que visualiza Trump pareciera no ser al que aspiramos los demócratas venezolanos. Según algunos, en la Casa Blanca hay dos grupos que difieren sobre nuestro caso. Dicen que uno de ellos apoya el regreso a la democracia de la mano de María Corina, otros le dan prioridad a los pingües negocios que pueden realizar con Delcy Rodríguez.

El problema es que Trump es conocido por su amor a los negocios y no a la democracia. La Rodríguez prefirió entregar soberanía para mantener el poder.

¿Y María Corina?

Estamos conscientes de que no somos quién para darle consejos a una líder de su calibre, pero nos acogemos al precepto constitucional del derecho a opinar. Hay que establecer prioridades. ¿Realizar elección presidencial lo antes posible o establecer un gobierno provisional de emergencia? Quizá llegó el momento en que ella se deslinde de Trump. No hace falta una fractura, sino una fisura.

Muchos pensamos que al presidente hay que decirle que estamos descontentos con su proceder y que ojalá emita una orden ejecutiva para que nuestros compatriotas no tengan que regresar a un país que está en grave emergencia humanitaria. Como dice el crupier en la ruleta, ya no va más.

Conclusión

El miedo es que Trump siga sin entender el rechazo que tiene su subordinada y pretenda mantenerla por dos años. La esperanza es que se percate de que lo conveniente para él, para Estados Unidos y para Venezuela es establecer cuanto antes el Estado de derecho.

Como (había) en botica

  • Aumenta el dolor por la evidencia del elevado número de fallecidos, los incontables desaparecidos y miles que se quedaron sin vivienda o sin negocio. También se incrementa la ira por la incompetencia de la señora Rodríguez y de su camarilla para atender la emergencia.
  • Bravo por los rescatistas, por los voluntarios que trabajan para aliviar las carencias y por los ciudadanos que enfrentaron a los policías que saqueaban o que impedían el paso.
  • La Asociación Civil Gente del Petróleo y el Sindicato Unapetrol cumplieron 24 años, sus miembros seguimos presentes y comprometidos en la lucha por la democracia.
  • ¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com | 7 de julio de 2026

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

“Dios los bendiga a todos”, fue su último mensaje en WhatsApp el 24 de junio a las 6:08 p. m.

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A doce días del doblete sísmico que hasta el momento ha cobrado la vida de más de 3200 venezolanos, miles de heridos y una cifra aún imprecisa de desaparecidos, en la urbanización Caribe, el dolor y la urgencia tienen un epicentro que aún reclama: las ruinas de las Residencias Breña Sol.

Lo que antes era una estructura de casi 40 metros de altura, justo detrás de un local de McDonald’s que funciona hoy como un improvisado hospital de campaña, ahora es un amasijo de concreto, vigas retorcidas y polvo detrás de unas rejas y un muro de fachada que sorprendentemente sigue en pie.

En las adyacencias, desafiando el peligro de los cables de alta tensión que amenazan con venirse abajo cada vez que transita un vehículo, los familiares aguardan por un equipo de prensa, un rescatista o un funcionario. Por alguien que les permita ampliar el clamor unificado en una exigencia desesperada: la llegada de maquinaria especializada para la remoción de escombros.

“Dios los bendiga a todos”, el último mensaje de Maira

Yaneska Gutiérrez frecuenta el lugar desde el 24 de junio. Busca a su madre, Maira Marín. El vigilante del edificio confirmó que nunca la vio salir después del movimiento telúrico, como sí pasó con otros vecinos. La última señal de vida quedó registrada en la pantalla de un teléfono celular.

“Mi cuñada habló con ella cuando tembló. Su último mensaje fue: ‘Sí, hija, está temblando, Dios los bendiga a todos’. Su última conexión de WhatsApp fue a las 6:08 p. m.”, recuerda Yaneska con la voz entrecortada.

Frente a la mole colapsada, insiste en la necesidad de grúas, grúas giroscópicas y trompos para retirar las pesadas losas. El trauma es doble para ella. Su vivienda en Los Corales, afectada ahora por el sismo, ya había sufrido los embates del deslave de 1999. Los vecinos explican que los terremotos provocaron el desprendimiento de grandes piedras hacia el río San Julián, el mismo que causó las inundaciones hace más de dos décadas. Con la temporada de lluvias en marcha, el temor a una nueva vaguada acecha a la comunidad. También a Yaneska.

Al preguntarle qué hará cuando logre rescatar el cuerpo de su madre, Yaneska rompe en llanto: “Ya no quiero estar aquí. Aspiro a mudarme de ciudad”.

No quiere exponerse a otro duelo, ya que debe cuidar de su hija.

La impotencia ante el silencio oficial

A pocos metros, un hombre comparte la misma agonía. Bajo los restos del Breña Sol yacen su hermana, su cuñado y su sobrina. Solo la hija mayor de la pareja logró sobrevivir al desastre. Su madre, desde la distancia, observa devastada la inacción estatal. Durante doce días, este hombre ha tocado las puertas de diversas instituciones gubernamentales solicitando la intervención de equipos pesados, sin obtener respuesta alguna.

“A estas alturas, son muy pocas probabilidades de vida, pero queremos recuperar los cuerpos para que ellos descansen como debe ser”, explica con una mezcla de resignación y firmeza. Las manos desnudas y la fuerza ciudadana no bastan para mover toneladas de concreto.

“Tenemos más de una semana esperando retirarlos. Estamos requiriendo maquinaria pesada; las fuerzas del poder humano no pueden levantar esos escombros. Queremos maquinaria que nos ayude, hemos averiguado por todas las instancias y no hemos obtenido ayuda”, sentencia.

Para estas familias, el paso del tiempo no solo agota las esperanzas de encontrar supervivientes, sino que les arrebata el derecho elemental de ofrecer una despedida digna a sus seres amados.

Junto a los escombros de las residencias Pelícano en Catia La Mar, el señor Alejandro Mata estaba sentado, bajo un sol que quemaba. Su espera no era grata: el doblete sísmico le arrebató a casi toda su familia: una hermana, dos sobrinos y a sus padres.

Ante la falta de asistencia institucional tras el sismo, los propios sobrevivientes asumen el rescate y traslado de las víctimas. Él mismo supervisó la recuperación de los cuerpos de su hermana y sobrinos, pero sus padres seguían bajo los escombros hasta esa fecha. La tragedia evidencia el desamparo de las comunidades, donde la acción ciudadana es el único recurso frente al desastre.

“Nosotros mismos los sacamos y trasladamos porque no había cómo trasladarlos”, narra Mata. Aunque él vive actualmente en República Dominicana, tanto él como su familia son oriundos de la entidad y tenían 26 años viviendo en esa zona.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Entre fosas e incertidumbre: la gestión de los fallecidos tras el terremoto en Venezuela

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Bellingcat ha geolocalizado imágenes de redes sociales que parecen mostrar ataúdes colocados en trincheras recién excavadas tras los recientes y devastadores terremotos en Venezuela.

El sitio identificado cubre alrededor de dos hectáreas junto a un cementerio existente en La Esperanza, un pueblo cercano a La Guaira, en la costa norte del país en la Parroquia Carayaca, al oeste del estado.

Un equipo de esta alianza de medios conformada por Efecto Cocuyo, Alianza Rebelde Investiga (El Pitazo, Runrunes y TalCual) y el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP) también visitó el Cementerio La Esperanza y constató un intenso movimiento de maquinaria, personal y camiones refrigerados que, según residentes, transportaban cuerpos desde dos días después del terremoto. 

La ubicación coincide con un lugar identificado en reportes del 6 de julio por AFP y Deutsche Welle (DW), que detallaron que 150 cuerpos no identificados habían sido enterrados en una larga hilera de tumbas individuales.

AFP y DW publicaron fotos de cruces y piedras individuales, citando a un residente de la localidad quien afirmó que los entierros estaban “numerados por parcelas y también por el código” para que pudieran ser identificados en una fecha posterior.

No se sabe si los ataúdes visibles en las imágenes de las redes sociales corresponden a los 150 cuerpos no identificados mencionados posteriormente por AFP y DW o si se trata de entierros separados en la misma ubicación general.

Arriba: Mapa que destaca la ubicación del sitio al suroeste de Catia La Mar. Abajo: Fotogramas unidos de un video de TikTok que muestra una vista panorámica del lugar de entierro. Una imagen satelital capturada el 30 de junio de 2026 muestra un sector de terreno coincidente, aproximadamente del tamaño de dos campos de fútbol. El terreno comenzó a ser despejado el 27 de junio de 2026 junto al cementerio municipal La Esperanza en el estado de La Guaira. Crédito: Mapcreator, TikTok. Satélite: Datos de Copernicus Sentinel (2026), procesados por la ESA. Creado por Bellingcat

Hasta el momento se ha confirmado la muerte de al menos 3.535 personas como consecuencia de los terremotos. Pero se espera que esa cifra aumente significativamente; la ONU informa que el número de muertos podría llegar a 10,000.

Oran Finegan, Director de Acción Forense Internacional y ex Jefe de Medicina Forense del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), dijo a Bellingcat que, si bien la mejor práctica es que el entierro de los fallecidos se realice en tumbas individuales, no es raro que se construyan trincheras largas como las que se ven en las imágenes de las redes sociales cuando hay un gran número de fallecidos no identificados y no es práctico proporcionar tumbas individuales de inmediato.

Señaló la documentación del CICR que detalla las mejores prácticas en tales circunstancias. También hizo la importante distinción entre dos tipos de fosas comunes.  Aquellas donde los cuerpos se guardan temporalmente hasta que se pueda realizar la identificación, y otras  (mass graves en inglés), donde los cuerpos se arrojan clandestinamente sin ningún cuidado ni proceso. Lo que se ve en las imágenes parece ser lo primero, dijo. No ha habido evidencia de lo segundo.

Finegan enfatizó que era vital que los entierros fueran mapeados y registrados adecuadamente durante cualquier proceso de entierro común para que la identificación pudiera tener lugar en una fecha posterior. Documentar de dónde venían los cuerpos, colocar cada cuerpo con suficiente distancia entre sí y asegurar que cada ataúd o bolsa para cadáveres tuviera un número único era clave, dijo.

Si bien no ha sido posible determinar los procesos exactos que se siguen en los entierros o antes de ellos en el sitio de La Esperanza, los informes de los medios de comunicación en La Guaira han registrado complicaciones con los procesos de identificación, entrega de cadáveres y entierro.

Una complicación adicional es que muchos de los cuerpos recuperados han sido aparentemente irreconocibles. 

Parte de esta alianza Efecto Cocuyo, RunRun.es, El Pitazo y TalCual;  han identificado irregularidades en el proceso de identificación de las víctimas.

También hay reportes de “pérdida”, “desaparición” o intercambio de cadáveres. Una mujer contó al medio independiente venezolano RunRun.es, aliado de esta investigación, que la etiqueta y el número para una bolsa de cadáveres que le dieron no coincidía con los cuerpos de sus familiares. Luego le dijeron que los cuerpos de sus familiares habían sido mal identificados y enviados para ser enterrados en un sitio en la ciudad de Los Teques.

The New York Times informó la semana pasada que las morgues abrumadas se estaban llenando de cuerpos no identificados, lo que obligaba a las autoridades a considerar entierros masivos.

La Fiscalía General de Venezuela, la policía científica (CICPC) y el Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (SENAMECF) no respondieron a las solicitudes de comentarios para este artículo. Sin embargo, la Presidenta interina Delcy Rodríguez ha declarado previamente que todos los cuerpos están siendo procesados a través de un sistema de identificación forense que incluye registros de huellas dactilares, documentación fotográfica y odontología forense.

Rodríguez dijo: “nadie irá a una fosa común”, aunque no está claro si se refería al escenario de “fosa común” clandestina (donde los cuerpos se arrojan sin proceso) o al escenario de fosa de entierro común (donde los cuerpos son procesados y almacenados temporalmente hasta que la identificación pueda tener lugar en una fecha posterior).

El presidente de la Asociación de Profesionales del Sector Funerario de Venezuela (Asoproinfu), Davenio Velásquez, afirmó a Venevisión que existe un protocolo para que los cuerpos no identificados sean enterrados temporalmente en “quinientos nichos de entierro individuales” en otro sitio en Caracas. Agregó que serán exhumados y cremados después de seis meses si no son identificados. 

Finegan agregó que exhumar y cremar cuerpos impide la identificación y no es una mejor práctica. Sin embargo, dijo que es importante entender las costumbres culturales y religiosas locales. También agregó que el plazo de seis meses para reclamar restos es probablemente demasiado corto para un desastre de tal magnitud.

Identificación del lugar de entierro

Las características del terreno en los videos de redes sociales que Bellingcat encontró son consistentes con las que se ven junto a un cementerio en las afueras de La Esperanza, un pueblo situado en la costa noroeste de Venezuela cerca de la región de La Guaira que fue significativamente impactada por los terremotos.

Estas características nos permitieron geolocalizar el sitio visto en las imágenes.

En primer lugar, un video publicado en Facebook el 1 de julio por un pequeño medio digital regional colombiano,  RTV Noticias, parece mostrar una fosa grande con aproximadamente media docena de ataúdes situados dentro de ella. El video (al que nos referiremos como Video 1) muestra además a un grupo de personas vestidas de civil junto a un camión de plataforma con más ataúdes en la parte trasera. No fue posible verificar el contenido de los ataúdes.

Fotograma de un video publicado por un pequeño medio digital regional colombiano,  RTV Noticias, muestran un grupo de ataúdes en una trinchera excavada. Fuente: Facebook

Otro video (al que nos referiremos como Video 2) publicado en Instagram por un creador independiente, quien dijo que fue compartido por una fuente en el terreno, también muestra una serie de grandes agujeros en una parcela de tierra que parece similar al primer video.

Fotogramas unidos  del video 2  publicado en redes sociales mostrando trincheras en un terreno similar al del video 1. Fuente: Instagram. Creado por Bellingcat

 Una formación arbórea distintiva es visible en el Video 1 y el Video 2, lo que permite asegurar que los videos fueron  filmados en el mismo sitio.

La coincidencia de los árboles visibles al fondo en los videos 1 y 2 sugiere que ambos fueron grabados en el mismo lugar. Creado por Bellingcat

Comparando las colinas y montañas visibles en el Video 2 con el levantamiento topográfico 3D de la zona usando la aplicación de montañismo PeakVisor,  permitió se confirmó la ubicación del terreno en el cementerio la Esperanza.

Comparación entre el video 2 (abajo) con un paisaje en 3D modelado en PeakVisor para la ubicación respectiva. Creado por Bellingcat

Las imágenes satelitales de este sitio tomadas el 25 de junio muestran una parcela de tierra que aparece verde, llena de vegetación. Para el 27 de junio, apareció un área recién raspada de aproximadamente 1.5 acres (aproximadamente del tamaño de un campo de fútbol) exactamente en el mismo lugar.

Secuencia temporal de imágenes satelitales que muestra un área del cementerio La Esperanza despejada y que apareció entre el 25 y el 27 de junio de 2026  y fue ampliada hasta alcanzar un área aproximada de 2-3 hectáreas. Crédito: Copernicus Sentinel data (2026), processed by ESA. Creado por Bellingcat

Bellingcat identificó una carpa blanca visible en el Video 2, lo que proporciona una referencia temporal para mostrar que al menos uno de los videos fue filmado en 2026. Esta carpa era visible en imágenes satelitales capturadas el 27 de junio de 2026, en el lugar exacto visible en el Video 2.

Arriba: Vista 3D de Google Earth del terreno circundante. Centro: Fotogramas del video 2 unidos para construir una vista panorámica del sitio utilizada para determinar el punto de vista de la cámara que filma. Una carpa blanca es visible en las imágenes. Abajo: Esta carpa blanca parece ser visible en el terreno solo en las imágenes satelitales de Planet capturadas en junio de 2026. Fuentes: GE Pro/LandSat/Copernicus/Airbus, Instagram, Planet Labs PBC.

En un video publicado en TikTok el 2 de julio (que estamos etiquetando como Video 3) parece verse la misma carpa. El sector de tierra despejado coincide con la forma del trabajo visible en las imágenes satelitales más recientes del sitio.

Fotogramas unidos de un video de TikTok (Video 3) publicado el 2 de julio que muestra tumbas excavadas en el cementerio La Esperanza. El área despejada que se ve en las imágenes de las redes sociales se alinea con las imágenes satelitales más recientes. Crédito: TikTok. Satélite: Datos de Copernicus Sentinel (2026), procesados por la ESA.

Finnegan, experto en medicina forense, afirmó que es probable que la cifra oficial de fallecidos sea una subestimación y que las autoridades esperan que continúe aumentando. 

Dijo que incluso cuando las familias no pueden identificar inmediatamente a sus seres queridos, asegurar que los difuntos sean enterrados con respeto y de una manera que preserve la posibilidad de una identificación futura, puede brindar a las familias un grado de consuelo.

En el terreno de las fosas

El movimiento en el Cementerio La Esperanza comenzó el 26 de junio, dos días después de los terremotos, comentaron los lugareños entrevistados por esta alianza.  

“Eso han sido camiones que entran y que salen. Y también han traído camiones, como los de carne, con varios cuerpos. Lo hacen así para refrigerar los cadáveres”, dijo una mujer que reside en el sector y que tiene a varios familiares y conocidos trabajando en las obras.

En el lugar está desplegado personal de la gobernación de La Guaira y también hay camionetas identificadas con el logo de la alcaldía de Vargas, constató el equipo durante la reportería de campo.

Aunque la legislación venezolana establece la habilitación de fosas comunes en caso de catástrofes, las autoridades evaden llamarlas de esa manera.

Cuerpos identificados y  posteriormente desaparecidos 

El reconocimiento de los cuerpos se dificulta conforme pasan los días y recurren a métodos rudimentarios para la identificación no rutinaria, explicaron fuentes del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas consultadas para este reportaje con la condición de reservar sus nombres.

Los funcionarios hacen un procedimiento con químicos para la restauración del pulpejo dactilar. En caso de que el cadáver esté muy descompuesto, deben amputar y hacer la necropsia con tinta especial para dactilares, agregaron. 

El colapso y la desorganización en los servicios forenses  suman un nuevo calvario para los familiares de las víctimas quienes denuncian el extravío de los cuerpos de sus seres queridos tras haber sido rescatados.

Testimonios recabados en las morgues de Bello Monte y en la provisional de Los Silos revelan que al menos seis cuerpos de fallecidos plenamente identificados en los sectores de Playa Grande y Los Corales fueron extraviados y su familiares no logran dar con su paradero.

Liliana Figueroa viajó por tierra desde Brasil para identificar a su hija y su exesposo. El domingo 28 de junio, logró llegar a Los Silos, donde el Gobierno instaló una morgue improvisada. Ahí reconoció a María Angelina Guerra Figeroa, de 16 años de edad, y Richard Abraham Guerra León, de 49 años, entre un grupo de fotos. Entonces le dieron dos números que les habían asignados a los cuerpos. “Abro las bolsas y no. Donde debería estar mi hija, que era el 212, estaba una señora mayor, y donde estaba el papá, el 216, una persona calcinada”, relató a el pasado 4 de julio.  

“Lamentablemente todavía no los he encontrado. Fui al Cementerio La Esperanza y están unas personas enterradas con esos códigos. Yo quiero ver si de verdad son ellos, pero todavía no los consigo”.  

Algo parecido ocurrió con los cadáveres de Mélida Vanessa Marrero y el de su esposo Raymond Parra, que fueron rescatados e identificados, pero  Julieta González, tía de Mélida,  no sabe dónde se encuentran. “A ellos los sacaron llevaron a un sitio donde les emitieron un certificado de defunción, de ahí los pasaron al Hospital Naval y luego a los Silos del puerto de La Guaira, pero después de ahí no sabemos más nada”, dijo González desde la morgue de Bello Monte el pasado 30 de junio. Los cuerpos habrían sido identificados con los números 67 y 68.

Hay otros casos. Amir Ismael Infante Galván, de 16 años, fue sacado por sus papás y vecinos, el 25 de junio, tras pasar 14 horas bajo los escombros en la urbanización Luisa Cáceres de Arismendi del sector Playa Grande. 

El adolescente murió poco después en el hospitalito de Catia La Mar. Sus familiares hicieron el reconocimiento del cuerpo de inmediato. En el brazo de Amir había un código escrito: 3426. Con ese número su familia podía retirarlo en la morgue local. Pero al día siguiente les informaron que el código estaba errado y el cadáver ya no se encontraba ahí.

«Fue una de las primeras víctimas rescatadas. Su papá arriesgó su vida, se fracturó los pies para sacarlo vivo, y ahora que muere, ¿también nos van a desaparecer el cuerpo? Esto es una irresponsabilidad tremenda», relató Yaneiska Infante Urbina, tía de Amir.

Acta de defunción de Amir Infante. Imagen: El Pitazo

El cuerpo de Fabiana López tampoco ha sido localizado. Después del terremoto, sus allegados movieron sin descanso los escombros de las residencias Porto Fino, en Tanaguarena, para conseguirla a ella y sus dos niños de seis años y un mes. Los tres fallecieron cuando colapsó el edificio.

Aunque sus seres queridos trataron de identificarlos con sus nombres con un marcador antes de que los cuerpos fueran llevados a los Silos, el viernes 26 de junio en la mañana, trabajadores del SENAMECF afirmaron que no era necesario porque los tres iban envueltos en la misma sábana. El mismo día a las seis de la tarde les entregaron los cuerpos de los niños y el de Fabiana no apareció.

Esta alianza periodística envió solicitudes de información al Ministerio Público, al Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC), al Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (SENAMECF) y a Davenio Velásquez, presidente de la Asociación de Profesionales de la Industria Funeraria (Asoproinfu). Ninguno respondió antes del cierre de esta publicación.


Esta investigación es el resultado de un esfuerzo de colaboración con nuestros socios venezolanos y latinoamericanos: , Efecto Cocuyo,  Alianza Rebelde Investiga (El Pitazo, Runrunes y TalCual)  y Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP)

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Constructores de cementerios verticales

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No he podido dejar de pensar en la corta novela El reino de este mundo, del cubano Alejo Carpentier. Trata de la rebelión de los esclavos en Haití, de su pronta independencia de Francia (anterior a la de los hispanoamericanos), del único rey haitiano (suicidado el rey negro en su palacio y exilada su corte con reina y princesas en Europa), de la crueldad de los terratenientes blancos, del crimen de la esclavitud, de la destrucción, de los saqueos, de la locura sangrienta. Me ha venido a la cabeza una cita del prólogo a su novela que escribió el mismo Carpentier: “… a fuerza de querer suscitar lo maravilloso a todo trance, los taumaturgos se hacen burócratas…” Hay en la novela mucho vudú, mucha magia negra, mucho realismo maravilloso, y también mucho caos. La novela la concluyó en Caracas el 16 de marzo de 1948, como lo indica el autor en la última página.

No he podido dejar de pensar en la tragedia venezolana. En sus dimensiones política, física y espiritual. ¿Cómo se justifican tantas construcciones de la Misión Vivienda y edificios privados en terrenos donde jamás se han debido construir? Ya lo habían advertido expertos como Carlos Genatios y Marianela Lafuente en un conocido reporte de 2020 que pueden leer aquí. 

¿Qué burócratas con vocación de taumaturgos aprobaron la construcción de estas tumbas de concreto después de las terribles experiencias del terremoto de 1967 y del deslave en Vargas en 1999? 

¿Habrá algún responsable de tanta irresponsabilidad criminal? ¿Por qué los gobiernos chavistas ignoraron todas las alertas y recomendaciones que hicieron técnicos japoneses en 2005, técnicos que saben bien cómo construir en terrenos sísmicos y que tienen experiencia en gestión de desastres?

Ya asoman sus cabezas los burócratas justificadores: dicen que la mayoría de los derrumbes se produjeron en edificios de “vacaciones” privados (lo afirmó la taumaturga interina); aseguran que habrá que ver los cálculos de los ingenieros, pero que las alcaldías y municipios no se ocupan de supervisar esos cálculos ni lo apropiado de los terrenos, sino solo de los retiros y otros “detallitos” municipales (lo dijo quien preside una comisión presidencial que no servirá para nada); aseguran que van a construir rapidísimo, con la misma irresponsabilidad criminal de siempre (anuncian subvenciones para más tumbas de concreto).

Es en el Reino de este mundo donde todo es posible, asegura hacia el final de la novela uno de los personajes de Carpentier. Ha habido mucha maldad en estos 27 años de chavismo destructor (sí, maldad, para quienes pretenden desmoralizar asépticamente la política). Ellos hicieron su “entrada en sociedad” en diciembre de 1999 con el deslave en Vargas (siempre Vargas). Ese día fue más importante para el régimen naciente el referéndum aprobatorio de la asamblea constituyente que el rescate de las víctimas que se ahogaban debajo del barro. Casi tres décadas después se repite la misma desidia, la misma ineptitud. Esta vez multiplicadas por miles. Ya son demasiados años de taumaturgia corrupta. Demasiados.

Siempre hay destellos de bondad en el Reino de este mundo. A pesar de tantas sombras, hay luces que la gente enciende con su solidaridad, su devoción para salvar al prójimo. La gente se sobrepone a la miseria espiritual y material de quienes gobiernan. Se ha sobrepuesto a la apatía militar (sí, los militares salieron muy tarde a hacer nada).  ¿Dónde estaban los cuerpos de ingenieros militares del ejército y de la armada para ayudar al rescate de los supervivientes? ¿Dónde estaban las carpas hospitales para atender a los heridos y las carpas militares para acoger a tanto damnificado? ¿Dónde están los militares, carajo? 

Dice un analista aficionado a los asuntos marciales que la fuerza armada bolivariana quedó traumatizada después del 3 de enero, cuando los gringos entraron a Caracas como Pedro por su casa para llevarse a Maduro y a Flores. Este analista que hace la apología militar es un burócrata de la consultoría política. Cree que es mejor justificar la ineptitud militar porque uno nunca sabe de dónde le puede caer un contrato de asesoría.

Lo que ha sobrado en Venezuela en estos años de chavismo son taumaturgos convertidos en criminales. Constructores, por acción u omisión, de cementerios verticales.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Cómo se vive bajo un techo afectado por el terremoto

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—¿Cómo amaneció la pared hoy?

Desde el terremoto, la pregunta forma parte de las conversaciones entre Carolina Páez y su hija Sabrina Timaure.

Antes hablaban del trabajo, de si Sabrina había almorzado o de cualquier cosa que ayudara a acortar los miles de kilómetros entre Caracas y Estados Unidos. A partir del 24 de junio, las llamadas empiezan igual. Carolina quiere saber si apareció otra grieta, si la fisura de la sala sigue igual, si alguna puerta dejó de cerrar o si el edificio hizo algún ruido durante la noche.

Sabrina responde con la naturalidad que da repetir la misma conversación durante varios días.

—Todo sigue igual, mami.

Después toma el teléfono, fotografía otra vez la esquina de la sala y envía la imagen.

Carolina la amplía desde la pequeña habitación que comparte con otras mujeres migrantes en Estados Unidos. Acerca la imagen con los dedos como si la pantalla pudiera decirle cuánto mide realmente la grieta.

No es ingeniera. Su hija tampoco. Aun así, las dos terminan haciendo exactamente lo mismo cada noche: comparar la fotografía nueva con la del día anterior para convencerse de que el edificio no empeoró.

Carolina emigró en 2019 porque, recuerda, en Venezuela ya era imposible vivir.

Hubo semanas en las que comer dos veces al día era un lujo. Las cuentas dejaron de cerrar mucho antes de comprar el pasaje. La decisión de irse no respondió a un proyecto migratorio cuidadosamente planificado, sino al agotamiento de todas las alternativas para permanecer.

Hoy limpia baños en edificios durante parte de la semana y también trabaja preparando comida para un pequeño negocio de catering. Entre los 2 trabajos logra reunir alrededor de 2000 dólares al mes.

La cifra parece alta cuando se escucha por primera vez. Deja de parecerlo cuando Carolina empieza a disgregarla para los pagos: el alquiler de una habitación compartida con otras mujeres venezolanas, alimentación, transporte, teléfono, algún que otro gasto (siempre lo básico) y lo que todavía mantiene en Venezuela.

Cada mes envía 300 dólares a Sabrina. Ese dinero sale antes que cualquier gasto personal.

—Yo resuelvo después —dice.

Del otro lado del teléfono, Sabrina conoce esa rutina casi de memoria. Por eso evita contarle cada preocupación.

—Si le digo todo, ella se desespera y no puede hacer más de lo que ya hace.

Sabrina tiene 24 años. Trabaja, pero su ingreso no alcanza para asumir sola los gastos que aparecieron después del sismo. Los 300 dólares enviados por Carolina dejaron de ser un complemento económico hace tiempo. Son la base sobre la que organiza todo el mes.

Treinta dólares se van en internet. No porque sea un lujo, sino porque es la única forma estable de mantenerse comunicada con su madre y porque muchas diligencias laborales dependen también de la conexión.

Entre 150 y 180 dólares se destinan ahora a comida. Antes del sismo, ese monto podía acercarse a los 220 dólares. La diferencia no parece grande sobre el papel. En la cocina, sí.

El pollo dejó de aparecer todas las semanas. La carne se convirtió en una compra ocasional. Las proteínas comenzaron a ceder espacio a los granos, el arroz, la pasta y la harina de maíz.

—Uno compra lo que rinde, no necesariamente lo que alimenta mejor.

El resto del dinero se distribuye entre transporte, recargas telefónicas, algún medicamento, productos de limpieza y cualquier imprevisto que aparezca.

Después del sismo apareció uno nuevo: el edificio.

Daños y presupuestos

El Meteor, en San Bernardino, nunca fue un edificio de lujo. Es una construcción donde viven principalmente personas mayores: jubilados que sobreviven con la pensión del Seguro Social, parejas de ancianos cuyos hijos emigraron hace años y vecinos que ya antes del terremoto discutían cada mes por el pago del condominio, porque simplemente no podían cubrirlo completo.

El ascensor llevaba tiempo presentando fallas. Las tuberías requerían mantenimiento. La pintura de algunas áreas comunes se había deteriorado con los años.

Como ocurre en muchos edificios caraqueños, el mantenimiento siempre dependía de cuánto pudieran reunir los propietarios, no de cuánto necesitara realmente la estructura.

A partir de los terremotos del 24 de junio, la conversación dejó de girar alrededor del agua o del ascensor. Ahora todos hablan de paredes.

Hay vecinos que recorren los pasillos varias veces al día para observar las columnas. Otros fotografían las mismas grietas desde distintos ángulos para compararlas después. Algunos golpean suavemente las paredes con los nudillos buscando un sonido que les dé tranquilidad.

Los adultos mayores permanecen más tiempo sentados en la planta baja porque subir varios pisos por las escaleras les cuesta cada vez más, pero tampoco quieren pasar demasiado tiempo dentro de apartamentos que ya no sienten iguales.

La psicóloga Claudia Torres describió el impacto emocional de los desastres como un proceso de duelo prolongado en el que la pérdida no es únicamente material, sino identitaria. Explicó que las personas no solo pierden bienes, sino la idea de estabilidad que sostenía su vida cotidiana, lo que genera una fractura emocional profunda:

“La gente cree que el problema es la casa, pero no es solo la casa. Es la sensación de que tu vida era estable y de repente ya no lo es. Es como si el piso emocional desapareciera. Y eso no se reconstruye rápido, porque no es concreto, es confianza, es rutina, es la idea de que mañana vas a estar bien. Y eso es lo más difícil de recuperar”.

—Uno empieza a mirar cosas que antes ni veía —recuerda Sabrina—. Una rayita en una pared antes era pintura. Ahora uno piensa otra cosa.

Los presupuestos comenzaron a circular entre los vecinos casi al mismo tiempo que las fotografías de las grietas. Uno preguntó a un ingeniero. Otro llamó a un maestro de obra. Otro consultó a un arquitecto conocido. Concluyeron que reparar un edificio no se parece a reparar un apartamento. Porque el problema no termina en las paredes de cada vivienda. También están las columnas, las áreas comunes, las juntas estructurales, las escaleras, las conexiones eléctricas, los espacios que pertenecen a todos.

El cálculo más repetido ronda los 8000 dólares por apartamento, si se considera una reparación integral. Solo intervenir las grietas estructurales puede superar los 2000 dólares. La revisión del sistema eléctrico añade varios cientos más.

Después vienen la demolición de áreas comprometidas, la reposición de acabados, la pintura, las puertas que dejaron de cerrar correctamente y los daños internos que aparecieron con el movimiento.

En este escenario, el rescatista chileno Francisco Lermanda, con 27 años de experiencia en labores de búsqueda y rescate, afirmó en una entrevista para la Alianza Rebelde Investiga que la magnitud de la devastación en Venezuela también remite a la calidad de las edificaciones.

Consideró que la norma constructiva del país es “bastante menor en términos de calidad”. Contó que vio edificios de unos 20 pisos caer “como una torre de dominó” y que en algunos casos “el hormigón se pulverizaba” y podía retirarse “con la mano, como si fuera arena”. Además, señaló presuntas fallas en la fiscalización de esas obras. 

Mientras que el ingeniero civil Juan Pérez explicó en una entrevista con Runrun.es  que en países sin cultura sísmica consolidada el problema no aparece cuando tiembla el suelo, sino mucho antes, en la forma como se construye y se supervisa lo construido.

Aún así, Sabrina sabe que el verdadero problema no es la cifra. Es que ninguna reparación depende únicamente de ella. Aunque consiguiera reunir el dinero, el edificio seguiría siendo el mismo.

—Si el vecino no puede arreglar su parte, el problema sigue estando ahí.

Carolina escucha esas conversaciones desde otro país. Ha pensado incluso en solicitar un préstamo. No porque tenga capacidad económica para asumir otra deuda, sino porque la idea de que su hija permanezca en un edificio que ahora observa con desconfianza le produce una angustia constante.

—Yo prefiero deber dinero que sentir que ella está en peligro.

Sabrina no quiere que lo haga. Sabe cuánto cuesta reunir esos 2000 dólares mensuales.

Sabe que detrás de cada transferencia hay baños limpiados, jornadas dobles en la cocina, fines de semana sin descanso y una habitación compartida donde Carolina sigue viviendo para poder enviar dinero a Venezuela. Por eso intenta minimizar lo que ocurre cuando habla con su madre:

—Tranquila, mami… aquí estamos resolviendo.

Y del otro lado de la llamada, Carolina responde igual.

—Mándame otra foto de la pared.

La mudanza como única solución

Kassandra Pirela vive a pocas calles del edificio Meteor, también en San Bernardino, pero su casa se volvió, sin planificación alguna, una extensión del problema.

Tiene 30 años. No estudió una carrera universitaria. Trabaja como manicurista. Sus ingresos dependen de citas diarias: si una clienta llega, hay dinero; si cancela, ese día no existe económicamente.

Antes del sismo, su rutina estaba organizada alrededor de ese margen inestable. Compraba materiales cuando podía, ajustaba precios cuando el mes venía flojo y administraba su agenda con la precisión que permite vivir al día.

Después del sismo, su casa dejó de ser solo su casa. Sabrina llegó allí el mismo día que decidió no dormir más en el edificio. No hubo una conversación larga.

—Vente para acá mientras ves qué haces —le dijo Kassandra.

El cuarto donde Sabrina empezó a dormir era originalmente el espacio de trabajo de Kassandra. Allí guardaba esmaltes, lámparas UV, cajas de acrílicos, tips, limas, todo el material con el que sostiene su ingreso diario.

La socióloga Marlene Primera explicó que los refugios no son solo soluciones temporales de vivienda, sino espacios donde se reconfigura la vida social de personas que han perdido su estructura material y emocional. Señaló que estos lugares generan nuevas dinámicas de convivencia forzada, dependencia institucional y reconstrucción lenta de rutinas cotidianas:

“Un refugio no es solo un techo improvisado, es un lugar donde la gente tiene que volver a aprender a vivir con extraños, con pérdidas encima y con incertidumbre diaria. Allí no solo se espera ayuda, también se espera tiempo, y el tiempo en un refugio no pasa igual que afuera. Es más pesado, más lento, más cargado de historias que nadie pidió vivir”.

Pirela recuerda que la primera noche no movieron todo. Solo hicieron espacio como se pudo. Las cajas quedaron apiladas en la sala. Parte del material se distribuyó en bolsas plásticas. El colchón se colocó donde antes había una mesa de manicura.

—Yo me acomodé como pude —subraya Kassandra—. No iba a dejarla en la calle tampoco.

El arreglo no fue pensado como una solución, sino como una pausa que se fue extendiendo.

Kassandra no tiene ingresos fijos. Hay semanas en las que apenas llega a cubrir la comida. Sus padres, Roberta Muñoz y Álvaro Toledo, dependen únicamente de la pensión del Seguro Social, lo que limita también cualquier apoyo externo. Aun así, asumió la presencia de Sabrina como algo natural, casi automático.

—Uno no piensa mucho esas cosas. Solo lo hace.

En las mañanas, su hogar funciona como salón improvisado y refugio al mismo tiempo. Mientras Kassandra atiende clientas, Sabrina trabaja o revisa mensajes de su madre. En ocasiones coinciden en la cocina, donde se reparten el espacio para preparar comida sencilla: arroz, caraotas, pasta.

La economía del hogar se ajustó sin discusión formal. Más gente, mismos ingresos. Más consumo, mismo límite. Kassandra lo resume sin dramatizar.

—Esto no estaba planeado, pero tampoco es algo que uno pueda medir en frío.

Su casa no sufrió daños estructurales con el sismo, pero el movimiento sí dejó una reparación pendiente: unas ventanas que comenzaron a trabarse y a perder sellado porque los marcos se desajustaron. En una habitación aparecieron pequeñas fisuras diagonales cerca del borde superior de la pared y parte del friso comenzó a desprenderse en fragmentos finos.

Ningún ingeniero le habló de riesgo estructural inmediato, pero sí le recomendaron sustituir las ventanas y reparar las zonas afectadas para evitar que el problema empeore con el tiempo.

El presupuesto llegó poco después. Entre retirar los marcos dañados, colocar nuevos vidrios, volver a sellar las ventanas y reparar las paredes, el costo ronda los 600 dólares. Para Kassandra, esa cantidad equivale a varias semanas de trabajo sin destinar un solo dólar a comida, transporte o materiales para atender a sus clientas.

Planes derrumbados por los sismos 

Mientras en el Meteor las grietas se convierten en tema diario de conversación, Carla Zambrano intenta reconstruir mentalmente una casa en la que nunca llegó a vivir.

Tiene 28 años. Es diseñadora. Vive con su novio en el estado Táchira, en un apartamento en la avenida Isaías Medina Angarita, en San Cristóbal. Su compañero desde hace años, Gerardo Flores, es un ingeniero en sistemas, también tachirense.

Zambrano y Flores habían conseguido una oferta laboral en Caracas que implicaba un cambio completo de vida. No era solo un trabajo: era el inicio de una etapa de crecimiento.

Buscaron vivienda con cuidado. Compararon precios. Revisaron zonas. Hicieron cálculos. El objetivo era simple: llegar a Caracas y tener un lugar estable para empezar.

Después de semanas encontraron una casa en La Castellana, una zona residencial del este de la ciudad. El precio estaba dentro de lo posible. No era una casa ideal, pero sí funcional. Firmaron el acuerdo. Pagaron de 400 dólares por adelantado. 3 días después ocurrió el sismo.

El propietario, en conversaciones posteriores, estimó que la vivienda requeriría una intervención parcial de estructura ligera: reparación de grietas en paredes internas, reposición de techos afectados por fisuras menores y refuerzo de algunas zonas de carga. 

El cálculo no era cerrado, pero la cifra de lo requerido más baja superaba los 5000 dólares, sin incluir acabados ni pintura general, lo que podía elevarla por encima de los 8000. En ese margen se instaló el conflicto: para Carla no era una inversión a futuro, sino la confirmación de que el espacio que había pagado ya no coincidía con el que había firmado.

Al principio, Carla no pensó en el contrato, pensó en los muertos, heridos y damnificados. Pensó en cómo reorganizar el viaje. La casa quedó en segundo plano hasta que pudo revisarla.

Cuando entró, notó la diferencia con respecto a la vivienda que había recorrido días antes. Las paredes tenían grietas nuevas que nacían en las esquinas de puertas y ventanas y se extendían varios centímetros sobre el friso. El techo mostraba fisuras que no estaban antes y, en algunos puntos, la pintura recién aplicada se había desprendido en placas y dejado pequeños fragmentos esparcidos sobre el piso. 

Varias puertas ya no cerraban con la misma suavidad y el silencio de la casa se mezclaba con la sensación de estar caminando por un lugar que había cambiado de un momento a otro. El inmueble ya no se correspondía con el que habían alquilado. Carla llamó otra vez al propietario.

—Eso fue fuerza mayor, y no es mi culpa. Entiendo tu frustración, pero ahorita lo que menos importa es una mudanza con lo duro que está todo. Pronto te contactaré —le aseguró.

Después de eso, dejó de contestar. No hubo una tercera conversación. El dinero, más de 1000 dólares, no se lo han devuelto.

—Es como si la casa nunca hubiera sido mía, pero el pago sí —lamenta Carla.

De acuerdo con la arquitecta Catalina Báez, lo ocurrido no puede leerse solo como un daño visible en la superficie del inmueble. Explica que, tras un sismo, la atención suele concentrarse en las grietas o en los edificios más afectados, pero que el problema también está en lo que no se ve a simple vista: el comportamiento del terreno y la manera como este condiciona cualquier estructura, sea una casa o un edificio:

“Más que un desastre físico, habría que ver qué hay más adentro, el suelo. Ahorita todo el foco está en los edificios, pero las casas también son vulnerables. La diferencia es que, en una vivienda unifamiliar, los procesos son menos burocráticos: el propietario tiene mayor margen de decisión y, en teoría, puede resolver más directamente con el inquilino”.

En casos como el de Carla, esa diferencia no se traduce necesariamente en una solución más rápida, sino en una zona gris donde la responsabilidad se diluye entre el propietario, el estado del inmueble y las condiciones del entorno.

Gerardo insiste. Ambos habían pasado por un proceso de reclutamiento exigente hasta que quedaron en puestos de trabajo en Caracas, y renunciaron a los que tenían en Táchira para asumir sus nuevas responsabilidades. Ahora la empresa les exige empezar, y el tiempo les juega en contra.

Con los ahorros justos, analizan quedarse temporalmente en casa de un conocido para evitar regresar a Táchira, pero la respuesta del propietario no cambia. La mudanza queda en pausa.

—No es solo perder dinero —expresa Carla—. Es que todo lo que habías organizado se desordena de golpe.

En el papel, el sistema es claro: la Ley de Propiedad Horizontal obliga a los copropietarios a sostener el mantenimiento de los edificios, y la Ley Orgánica de Protección Civil y Administración de Desastres define la respuesta ante emergencias y establece las responsabilidades frente a los daños. 

Después del doblete sísmico, esa arquitectura normativa se encuentra con otra realidad: edificios donde los vecinos no logran ponerse de acuerdo ni costear reparaciones estructurales, contratos de alquiler en los que la “fuerza mayor” se convierte en punto de fricción para retener o perder pagos y viviendas afectadas para las cuales la ayuda institucional llega tarde o no alcanza. 

La incertidumbre como deuda colectiva 

En el edificio Meteor, las conversaciones se repiten con pequeñas variaciones.

A veces es Sabrina la que manda la misma foto de la grieta a su madre en Estados Unidos. A veces es Carolina la que responde con un audio largo en el que intenta sonar tranquila, mientras calcula en silencio cuánto tiempo más puede sostener ese envío mensual de 300 dólares.

En la planta baja, algunos vecinos siguen discutiendo si vale la pena reparar todo el edificio o solo intervenir las zonas más afectadas. La palabra “ingeniero” aparece más en las conversaciones que antes del sismo, pero casi siempre seguida de otra palabra: “cuánto”.

Hay quienes han empezado a evitar subir a sus apartamentos cuando no es necesario. No porque el edificio haya dejado de ser habitable, sino porque ahora es habitable bajo una condición nueva: la duda.

Sabrina ya no piensa el espacio solo como su casa. Lo piensa como un lugar que tiene un costo de mantenimiento que todavía desconoce.

—Uno no sabe si está invirtiendo en arreglar o en aguantar —reitera.

Carolina, desde Estados Unidos, sigue enviando dinero.

En su caso, el cálculo ya no es mensual sino acumulativo. Cada transferencia no es solo un envío, sino una resta de algo más grande: horas de trabajo, cansancio físico y una rutina que se extiende entre baños de edificios y cocina de comidas por encargo.

A veces, después de trabajar varias horas seguidas, se queda en silencio en la habitación compartida. No hay espacio propio real. Solo una cama, una maleta y un teléfono.

En ese teléfono están las fotos del edificio de su hija. Las mira en momentos muertos del día, cuando ya terminó un turno pero todavía no empieza el siguiente.

—Yo lo único que quiero es que eso no se le venga encima —comenta.

En Caracas, Kassandra continúa su rutina entre esmaltes, citas y reorganización constante del espacio donde ahora también duerme Sabrina. La separación de las funciones de trabajo y refugio que ahora cumple esa habitación nunca es clara.

Algunas clientas preguntan por la situación del edificio de Sabrina como quien pregunta por el clima.

—¿Y eso de la grieta cómo sigue?

Kassandra responde sin dramatizar.

—Ahí va.

Después, cambia de tema.

Sabrina intenta seguir con su rutina, pero el Meteor nunca desaparece del todo de la conversación. Está en mensajes, en llamadas, en fotos, en decisiones aplazadas.

A veces ambas coinciden en la cocina y no hablan mucho. El ruido de la olla o del agua llena los silencios. En esos momentos, el sismo parece algo que no terminó de irse.

En Táchira, Carla sigue sin cerrar el capítulo.

Gerardo volvió a hablar con ella sobre la posibilidad de buscar otra vivienda en Caracas, pero el tema ya no tiene la urgencia inicial. Hay una especie de suspensión práctica: no se abandona la idea, pero tampoco se ejecuta.

El dinero perdido sigue siendo un punto fijo en la conversación. No como reclamo constante, sino como hecho.

Mientras el gobierno de Delcy Rodríguez atribuye parte de las dificultades para la reconstrucción a las sanciones internacionales y solicita su levantamiento para acceder a recursos destinados a atender la emergencia, el debate trae de vuelta sobre la mesa otra dependencia: la de la ayuda extraordinaria como mecanismo permanente de financiamiento. 

Según el economista Omar Abreu, ninguna reconstrucción puede sostenerse esperando aportes externos cada vez que ocurre una crisis:

 “Un país no puede vivir de la ayuda como si fuera un ingreso fijo. Eso no es recuperación, eso es supervivencia extendida. Hoy llega un aporte, mañana otro, pero el problema de fondo sigue ahí. Y mientras no haya una estructura económica que sostenga la reconstrucción, lo único que tienes es una emergencia que nunca deja de llamarse emergencia”.

—Es raro —concluye Carla—. Uno firma un contrato pensando que por fin resolvió algo y termina con un problema más. En Venezuela el bolsillo no da tregua; ahorrar es un lujo y gastar una angustia.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.