A doce días del doblete sísmico que hasta el momento ha cobrado la vida de más de 3200 venezolanos, miles de heridos y una cifra aún imprecisa de desaparecidos, en la urbanización Caribe, el dolor y la urgencia tienen un epicentro que aún reclama: las ruinas de las Residencias Breña Sol.
Lo que antes era una estructura de casi 40 metros de altura, justo detrás de un local de McDonald’s que funciona hoy como un improvisado hospital de campaña, ahora es un amasijo de concreto, vigas retorcidas y polvo detrás de unas rejas y un muro de fachada que sorprendentemente sigue en pie.
En las adyacencias, desafiando el peligro de los cables de alta tensión que amenazan con venirse abajo cada vez que transita un vehículo, los familiares aguardan: por un equipo de prensa, un rescatista o un funcionario. Por alguien que les permita ampliar el clamor unificado en por una exigencia desesperada: la llegada de maquinaria especializada para la remoción de escombros.
“Dios los bendiga a todos”: el último mensaje de Maira
Yaneska Gutiérrez frecuenta el lugar desde el 24 de junio. Busca a su madre, Maira Marín. El vigilante del edificio confirmó que nunca la vio salir después del movimiento telúrico, como sí pasó con otros vecinos. La última señal de vida quedó registrada en la pantalla de un teléfono celular.
“Mi cuñada habló con ella cuando tembló. Su último mensaje fue: ‘Sí, hija, está temblando, Dios los bendiga a todos’. Su última conexión de WhatsApp fue a las 6:08 p.m.”, recuerda Yaneska con la voz entrecortada.
Frente a la mole colapsada, insiste en la necesidad de grúas, grúas giroscópicas y trompos para retirar las pesadas losas. El trauma es doble para ella. Su vivienda en Los Corales, afectada ahora por el sismo, ya había sufrido los embates del deslave de 1999. Los vecinos explican que los terremotos provocaron el desprendimiento de grandes piedras hacia el río San Julián, el mismo que causó las inundaciones hace más de dos décadas. Con la temporada de lluvias en marcha, el temor a una nueva vaguada acecha a la comunidad. También a Yaneska.
Al preguntarle qué hará cuando logre rescatar el cuerpo de su madre, Yaneska rompe en llanto: “Ya no quiero estar aquí. Aspiro a mudarme de ciudad”.
No quiere exponerse a otro duelo, ya que debe cuidar de su hija.
La impotencia ante el silencio oficial
A pocos metros, un hombre comparte la misma agonía. Bajo los restos del Breña Sol yacen su hermana, su cuñado y su sobrina. Solo la hija mayor de la pareja logró sobrevivir al desastre. Su madre, desde la distancia, observa devastada la inacción estatal. Durante doce días, este hombre ha tocado las puertas de diversas instituciones gubernamentales solicitando la intervención de equipos pesados, sin obtener respuesta alguna.
“A estas alturas, son muy pocas probabilidades de vida, pero queremos recuperar los cuerpos para que ellos descansen como debe ser”, explica con una mezcla de resignación y firmeza. Las manos desnudas y la fuerza ciudadana no bastan para mover toneladas de concreto.
“Tenemos más de una semana esperando retirarlos. Estamos requiriendo maquinaria pesada; las fuerzas del poder humano no pueden levantar esos escombros. Queremos maquinaria que nos ayude, hemos averiguado por todas las instancias y no hemos obtenido ayuda”, sentencia.
Para estas familias, el paso del tiempo no solo agota las esperanzas de encontrar supervivientes, sino que les arrebata el derecho elemental de ofrecer una despedida digna a sus seres amados.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.



