Primarias no prioritarias, por Alejandro Armas - Runrun
Primarias no prioritarias, por Alejandro Armas
La única ventaja de esperar a 2024 por otra oportunidad para el cambio político es que permite organizar la movilización estratégica, lo cual toma tiempo y esfuerzo. ¿Qué esperan?

 

@AAAD25

El fin de los planes rebeldes que la oposición venezolana emprendió en 2018 es fait accompli. Sin mayores explicaciones, el G4 y sus aliados desistieron de las tácticas antisistema cuyo vástago principal fue el llamado “gobierno interino” de Juan Guaidó. Ahora, todo se vuelve a circunscribir dentro de “la vía electoral”. Es el regreso al juego político en el que el chavismo es jugador, árbitro y diseñador del tablero. Lo vimos en primera instancia con los comicios regionales y locales del año pasado. Como este es el país del disimulo, Cabrujas dixit, disimulo no faltó en el retorno, con discursos de candidatos tratando de enmarcar el voto por ellos dentro de la resistencia al régimen. Discurso que fue suplantado, apenas ganaron los que ganaron, por uno de convivencia y colaboración con Nicolás Maduro.

En fin, a mi juicio (y quienes han oído lo que he tenido que decir al respecto desde el año pasado lo pueden confirmar), nunca hubo que esperar gran cosa sobre las gobernaciones y las alcaldías como espacios funcionales de oposición activa. Era predecible que por las buenas o por las malas Miraflores sometería a las que quedaran en manos de personas ajenas a la elite chavista. Cuando es la mismísima Miraflores la que está en juego, otro gallo canta. No hay cabida ni para un contrapoder simbólico. Como en la frase arquetípica del género western, el palacio presidencial es un pueblo muy pequeño para dos mandamases.

Así que, con el abordaje correcto, unas elecciones presidenciales sí permiten contemplar la posibilidad del cambio político que tanto le urge a Venezuela.

Debido a todo lo que puede pasar en dos años bajo el chavismo, esperar ese lapso no es el escenario ideal. Pero dada la casi total desmovilización de la base opositora mayoritaria, parece descartado aspirar a algo más rápido. Supongo entonces que está bien que desde las distintas facciones de la oposición se discuta la realización de primarias para que haya un candidato unitario en 2024. Hasta María Corina Machado, la dirigente más recelosa de todo lo que tenga que ver con elecciones en el ambiente político venezolano actual, indicó su deseo de participar, bajo ciertas condiciones, por demás razonables.

Si la disidencia va a tomar parte en esas elecciones, la unidad será indispensable, mas no suficiente. Acá comienzan mis inquietudes en la materia. Al poner el foco solo en la individualidad del candidato, no veo que se discuta lo más importante de esta hipotética participación: la estrategia de movilización ciudadana para defender el voto en un sistema absolutamente viciado y en el cual el régimen se sigue mostrando indispuesto a ceder su hegemonía absoluta.

Veo más bien que la discusión se centra en la personalidad y méritos administrativos pasados de los posibles precandidatos. Por poner solo una experiencia personal anecdótica, me pasó la semana pasada que con apenas contemplar en Twitter un escenario en el cual Henrique Capriles es uno de los contendientes por la nominación presidencial, de inmediato mis notificaciones se inundaron de comentarios halagüeños sobre el exgobernador de Miranda. Muchos de ellos, emitidos por cuentas anónimas y muy diligentes en retuitearse entre ellas, tenían tufo a amplificación artificial de narrativa. Pero otros venían de personas que conozco y de cuya sinceridad puedo dar fe.

En el contexto venezolano, no estoy muy interesado en que Capriles tenga equis o ye postura ideológica. Ni en que tuvo a su cargo un territorio bastante poblado y tan heterogéneo que incluye las urbanizaciones más acomodadas de Chacao y zonas bastante pobres en los Valles del Tuy. Esos son criterios para la selección de líderes dignos de la democracia que no somos.

Me interesa mucho más saber qué haría Capriles si le hicieran lo mismo que a Andrés Velásquez en su contienda por la Gobernación de Bolívar en 2017.

O qué haría si por cualquier razón la elite chavista y las instituciones que controla postergaran las presidenciales de 2024, tal como hicieron con los referidos comicios regionales de hace un lustro. O qué tipo de acciones ciudadanas convocaría ante los vicios electorales típicos (proselitismo indebido, intimidación de votantes o de miembros de mesa, etc.). O cómo Capriles manejaría un gobierno de transición, de llegar a presidente en esta debacle política sui generis. Sobre esto no se sabe nada.

Lo único que puedo decir en defensa de Capriles, es que no veo a ninguno de los otros hipotéticos precandidatos abordando estas cuestiones urgentes. Pero es una alegría de tísico. Si nadie lo hace, no importa quién termine siendo el candidato, pues lo más probable es que termine repitiendo el fiasco de Henri Falcón en 2018. La única ventaja de esperar a 2024 por otra oportunidad para el cambio político es que permite organizar la movilización estratégica, lo cual toma tiempo y esfuerzo. ¿Qué esperan, entonces?

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