Falsa épica y falso maquiavelismo, por Alejandro Armas - Runrun
Falsa épica y falso maquiavelismo, por Alejandro Armas
Hay causas políticas que no pueden tener sinceramente una epopeya. Su esencia no se presta para épicas. Es el caso de la adaptación al sistema chavista

 

@AAAD25

No muy lento, y seguro, avanza la incorporación al statu quo chavista de los gobernadores ajenos al PSUV electos a finales del año pasado y principios de este. Sin pensarlo mucho, se adhieren a las reglas tácitas del sistema. Nadie puede negar que están desempeñando el mismo papel que sus predecesores adecos en el período de 2017 a 2021. El trato es en esencia igual. A cambio de no poner resistencia alguna a los intereses hegemónicos y oligárquicos de la elite gobernante, esta les permite administrar a medias sus respectivos estados.

Como resultado, la denuncia al régimen está proscrita. Pero el panorama desolador de un Estado nacional quebrado, que también afecta sus respectivas gestiones regionales, amén del centralismo, les genera la necesidad de explicar sus evidentes limitaciones. No pueden señalar al verdadero culpable, así que recurren al chivo expiatorio de… las sanciones.

A Manuel Rosales y demás los vimos aplaudiendo a Nicolás Maduro por exigir el levantamiento de las medidas punitivas. Morel Rodríguez fue más allá y, en vez de contentarse con asentir ante el discurso de Miraflores, tomó la iniciativa y culpó él mismo a las sanciones por la ruina de la economía venezolana. Demás está decir que no es casual que el chavismo y una “oposición” que en realidad no se le opone tengan la misma retórica.

He dicho varias veces que puedo entender que haya personas tan desesperadas por ver aunque sea una mejora ínfima en su calidad de vida, al punto de que están dispuestas a ver a sus representantes bajar la cabeza ante Maduro con tal de que puedan arreglar carreteras destruidas o mejorar el suministro de combustible. Lo que no acepto es que me digan a mí o a otros que tales acciones son formas de oposición o resistencia. O que van a cambiar significativamente para bien la vida de los habitantes de Barinas o Cojedes, como si la crisis humanitaria solo fuera a seguir en el resto del país.

Los gobernadores ajenos al PSUV no pueden hacer nada de eso, aunque quieran. Sin un cambio político real, la calamidad va a seguir, y tendremos recordatorios de ello cada cierto tiempo, como el de la niña migrante ahogada en el Río Grande o la pareja de ancianos académicos hallada en condiciones fatalmente precarias en Mérida. Ergo, pretender que la causa democrática venezolana sea dirigida por individuos como Sergio Garrido es quedarse en un callejón sin salida. Es desviar la atención del esfuerzo por desarrollar un plan para lograr el cambio político, y concentrarlo en un plan de adaptación. Inaceptable para quien no se conforma con el statu quo.

Los propios gobernadores, claro, no entran en diatribas como la de esta columna. A ello se dedican más bien sus admiradores, que no necesariamente son militantes de sus partidos. A menudo son ciudadanos comunes que sencillamente tiraron la toalla, pero no lo quieren reconocer públicamente, acaso por defensa psicológica, como discutí hace unas semanas. Son ellos los que hacen el trabajo de promover la adaptación disfrazada de oposición. Lo hacen con diversas prácticas comunicacionales. Me voy a referir a dos que me han llamado la atención.

La primera es la exaltación épica

No es más que la continuación de algo que siempre han hecho los adversarios del régimen: ponerle a todo un barniz axiológico que lo haga ver trascendental. Valores inherentes al proceso opositor (e.g. coraje, dedicación, etc.) o a su objetivo (e.g. libertad, justicia, etc.). Toda causa política tiene esta necesidad, de una forma u otra. Diría Weber que es su forma de legitimarse, mientras que, para Arendt, es así que se convence a un conjunto de individuos para formar una base de apoyo.

El problema es que hay causas políticas que no pueden tener sinceramente una epopeya. Su esencia no se presta para épicas. Es el caso de la adaptación al sistema chavista.

En efecto, de las dos tácticas de sus promotores, esta es la más fácil de refutar. Porque no hay honor en la sumisión. Ni siquiera si esa sumisión es producto de una cruel necesidad. Las víctimas no son héroes. Siempre es chocante ver a alguien ufanarse, o recibir reconocimientos, de forma inmerecida. Y cuando uno recuerda a los encarcelados, torturados y desterrados, o a los caídos en protestas, por participar en el esfuerzo opositor, la falsa épica de la adaptación resulta aun más irritante.

El “realismo político”

Paradójicamente, la segunda práctica que someteremos a examen contradice a la primera. Consiste en un intento frío y desapasionado de justificación que apela al “realismo político”. En resumen, el planteamiento es que, debido al fracaso del plan rebelde de la dirigencia opositora desarrollado entre 2017 y 2021, la única alternativa es el regreso al sistema político regido por el chavismo, seguir sus reglas de simulación de democracia y usar las instituciones captadas por esa vía para negociar con la elite gobernante. Quienes no entiendan esto estarían atrapados en una moral sin pragmatismo, yerma e inerte, por ignorar cómo funciona la política.

Sin embargo, este pretendido maquiavelismo es pura pose acartonada, ajena al pensamiento del florentino. La realpolitik es hacer sacrificios, cuando haga falta, en materia de moral convencional (aquellas virtudes previamente aludidas), con miras a lograr un objetivo que redunde en el bien común.

Ahora bien, ¿cuál es el objetivo político de la oposición venezolana? Restaurar la democracia y el Estado de derecho. Cualquier trato con la elite gobernante que no nos acerque a dicha meta no puede ser considerado realpolitik de ninguna manera. En tal sentido, la evidencia de que el juego opositor restringido a las reglas del sistema chavista dejó de acercarnos hace mucho al objetivo es abrumadora.

La muralla que vedó ese camino nos la encontramos justo después de las parlamentarias de 2015. A partir de entonces, ninguna iniciativa dentro del sistema ha servido. ¿Se tradujo la gobernación de Laidy Gómez en un paso importante hacia la redemocratización del país? No. ¿Nueva Esparta fue en los últimos cuatro años un oasis de recuperación en el Sahara de la catástrofe socioeconómica? Tampoco. Así que no hay maquiavelismo en la adaptación. Es hacer el sacrificio moral sin los réditos políticos.

Los sofismas pueden partir de premisas correctas para llevar conclusiones falsas. Es cierto que un cambio político es improbable en el corto o mediano plazo. Pero eso no niega que sea urgente. Cuidado con el sofisma que dicta que la impotencia actual es una condena a la adaptación eterna.

Sí podemos, y debemos, pensar desde ya mismo en cómo lograr el cambio, aunque no sea inmediato. Pero si nos quedamos con la falsa épica y el falso maquiavelismo de la adaptación, el país sí seguirá por tiempo indefinido con este desastre que no merecemos.

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