Venezuela y el renacimiento, por Julio Castillo Sagarzazu - Runrun
Venezuela y el renacimiento, por Julio Castillo Sagarzazu
Un renacimiento de Venezuela deberá tener en cuenta no solo la necesidad de vencer el oscurantismo medieval que nos arropa, sino también, como lo hicieron los sabios de aquel despertar de la humanidad, el regreso a los cánones de una moral y de servicio público, tan vapuleados en estos años

 

@juliocasagar

No se haga ilusiones, amigo lector. Esta nota no trata de ningún análisis comparativo entre nuestro país y lo que ocurría en otros lares en la época del Renacimiento. Que por aquellas fechas, la mitad de nosotros andábamos en guayuco y la otra mitad andaba buscando El Dorado e ingeniándoselas para llevarse lo poquito que esta Tierra de Gracia daba por entonces.

Pero de lo que sí trataremos es de un tema que nos parece pertinente sobre la naturaleza del nuevo liderazgo que debe surgir para la reconstrucción de Venezuela, después de esta lúgubre edad media en la que el Socialismo del Siglo XXI (¡vaya paradoja!) nos ha metido inmisericordemente.

Para entrar en el tema valdría la pena antes señalar un asunto al que prestamos poca atención cuando hablamos del Renacimiento. La sola palabra nos induce a pensar en aquella explosión del arte y de la ciencia que produjo los portentos monumentales que aún hoy admiramos como las más bellas creaciones del género humano.

El Renacimiento fue, ciertamente, la competencia entre soberanos del oriente y occidente por rodearse de los mejores artistas y arquitectos e incluso matemáticos y pensadores para construir las catedrales, los palacios y las mezquitas más extraordinarias; también para hacer de sus cortes las más notables y eruditas de la época.

Pocos recordamos, sin embargo, que el estallido espiritual de aquellas sociedades, en su intento por dejar atrás a la Edad Media, con todos sus prejuicios, supercherías y su oscuridad, planteaba también, desde el punto de vista estético y del pensamiento, un regreso a los cánones clásicos de belleza y libertad que los griegos habían legado a la humanidad en el culmen de sus artes, su filosofía y su democracia.

Cierto que el geocentrismo de Ptolomeo también fue cuestionado por nuevos científicos como Galileo, pero la piedra en la que se asentaron los nuevos pensadores para hacerlo fue en Aristóteles y su mensaje eterno de acercar la filosofía a la ciencia, a las matemáticas y a la observación sin prejuicios.

Este es un ejemplo claro de que la evolución humana, y los cambios revolucionarios que producen las sociedades, nunca se han hecho sin tener un punto de apoyo en lo que se ha vivido anteriormente.

Cuando nos dispongamos reconstruir a Venezuela, obviamente que habrá que barrer (y no debajo de la alfombra precisamente) los vicios, los modos y conductas de quienes, durante los últimos 20 años, han desgarrado al país.

Pero bien nos valdría la pena tomar impulso en algunas de las piedras fundacionales de nuestra democracia y nuestro progreso que nos hicieron, alguna vez, el país de mayor crecimiento en el mundo y el faro democrático de la América Latina.

En efecto, sin nostalgias y sin guayabos, debemos volver a examinar, como lo hicieron aquellos inimitables genios del Renacimiento, cuáles son las cosas a las que debemos regresar; evaluar con cuáles piedras tropezamos para no volver a hacerlo; ver dónde nos equivocamos para no transitar el mismo camino. Pero también dónde acertamos y cuándo hicimos las cosas bien.

En esta tarea la vista y la atención deben detenerse no solo en el Pacto de Puntofijo, que fue el acuerdo de las fuerzas democráticas para hacer frente  a las vicisitudes que vendrían en los años siguientes, sino en algo más trascendente: en el documento que reflejó el acuerdo de país que se forjó y que duró más de 40 años como marco de convivencia, que fue la Constitución de 1961. Un texto suscrito por todo el abanico político del país. Y el que nos permitió, además de la convivencia que hemos señalado, llegar a las cotas de desarrollo social, humano y económico que nos colocaron por décadas a la cabeza de la América Latina.

Al salir de esta pesadilla, es hacia allá donde debemos apuntar los esfuerzos. Es necesario producir un marco de convivencia sólido de proyecto político, histórico y ético que nos reconcilie y nos ponga  a remar a todos en la misma dirección.

Ese proyecto debe prefigurarse desde ahora. Las fuerzas políticas y sociales que promueven el cambio en Venezuela deben parecerse a lo que se quiere estructurar para el futuro.

Debe combinar no solo puntos de vista políticos y gremiales, sino integrar a distintas generaciones de ciudadanos, miradas diferentes y la diversidad en todas sus facetas, para que el pacto que logremos sea duradero y nos permita avanzar juntos por décadas.

La única uniformidad que sería aceptable es la de la ética y la moral; así como la necesaria vocación de servir al país y no servirse de él. Esas reservas éticas y morales habrá que buscarlas en el interior de los corazones, espíritus y voluntades de los hombres y mujeres de buena voluntad que han estado en primera fila en la lucha contra la dictadura. Con ellos se deberán vencer el inmediatismo, la corrupción y la primacía de intereses individuales que, digámoslo también, se han infiltrado en nuestras filas, confirmando aquello de que “de todo hay en la viña del Señor”.

Un renacimiento de Venezuela, entonces, para que sea progresivo y eche hacia adelante la rueda de la historia, deberá tener en cuenta no solo la necesidad de vencer el oscurantismo medieval que nos arropa, sino también, como lo hicieron los sabios de aquel despertar de la humanidad, el regreso a los cánones de una moral y de servicio público, tan vapuleados en estos años. Y que una vez nos hicieron un país grande, hacia el que el mundo entero volteaba sus miradas.

¡Sí se puede!

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