Terrorismo político y política terrorista, por Antonio José Monagas - Runrun
Terrorismo político y política terrorista, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

Parecieran sinónimos. Pero no es igual aludir al terrorismo político que a la política terrorista. Se diferencian no solo conceptualmente. También en lo operativo, o en cuanto a sus implicaciones.

“Terrorismo político”, refiere la estrategia adoptada ideológicamente con la intención de horrorizar a la población mediante la siembra del terror. Y esta acción, además de evidenciar atraso sociopolítico, busca exacerbar el resentimiento activo a fin de concienciar el sentido “revolucionario” de la lucha política. Y hacerlo praxis política.

Mientras que “política terrorista” es el pronunciamiento o declaratoria que, directa o indirectamente, establece los modos de cuándo y cómo recurrir a la práctica política basada en la sistematización de la violencia. Entendida como procedimiento que lleve a garantizar el sostenimiento en firme de una facción política en el poder.

De manera que al diferenciar un término de otro están separándose dos concepciones que han permitido no solamente una desatinada equivocación dialéctica y política. También, una confusión que históricamente ha conducido a desfigurar significados. Y estos, a su vez, se han traducido en contradicciones que desviaron esfuerzos dirigidos a compensar sus efectos.

Por otra parte, el ejercicio o instigación del terrorismo, en cualquiera de sus manifestaciones, induce el miedo como forma de inhibir reacciones. Así se hace posible mantener el control del poder.

Ya Nicolás Maquiavelo había referido que para “(…) controlar el Estado es necesario provocar el terror y el miedo”. El mismo Max Weber apoyaba esa tesis, para lo cual habla de coerción gubernamental.

En esa onda de apoyar la violencia como estrategia a la hora de conquistar o conservar el poder político, numerosos estudiosos de la ciencia política asoman tal posibilidad como la ruta que garantiza el acceso al poder. Igualmente, lo hacen aventurados apasionados de la praxis política. De hecho, la historia política universal está saturada de capítulos que narran episodios colmados de toda violencia posible por alcanzar posiciones de poder.

La situación venezolana

La historia política contemporánea venezolana no es radicalmente distinta de otras. El siglo XIX venezolano está atestado de serios incidentes. Todos determinados por el afán de conquistar el poder. Por la vía de las armas, o provocando guerras que justificaran las decisiones de cada caso. Pero decisiones que obligaban crudos enfrentamientos entre facciones políticas. Siempre disfrazadas con vestuarios que referían talantes alejados de la violencia.

Fueron revoluciones que se endosaron causas de “justicia, libertad e igualdad”. Eran asonadas que inducían el terror necesario para provocar el éxodo que requería la necesaria subversión. O protestas que obstaculizaban cualquier movilidad cívica. Incluso, desafíos  que contrariaban todo ordenamiento jurídico establecido.

Los gobiernos que llegaban con alzadas militares, o con forjados arreglos políticos terminaban en brutales dictaduras.

Ni siquiera el siglo XX, corrió con mejor suerte. Los problemas vividos a consecuencia de regímenes políticos de marcada intolerancia, fueron estableciendo una tendencia de violencia que en algo se institucionalizó posteriormente. De esa forma, Venezuela comenzó a caracterizarse no solo por una sociedad cuya cultura política siempre fue de un primitivismo colindante con asomos de desorganización y acentuada intolerancia. También, por una desidia política que escasamente era superada en momentos de elecciones.

Podría decirse que faltó sentido de “república” a las intenciones y de fraguar el “Estado soberano” que numerosos programas de gobierno ofrecían o prometían. De seguro, en medio de tan turbadas pretensiones, se afinaron razones para que el terror y el miedo sirvieran de fundamentos de lo que consideraron muchos gobernantes para impulsar sus objetivos políticos.

Entre tantas atribulaciones políticas que dominaron el escenario político contemporáneo venezolano, no podían faltar algunas modestas cuotas de terrorismo. Que luego de penetrar solapadamente idearios políticos, transformados después en proyectos de gobierno, fueron concibiendo actitudes y formalizando disposiciones para que en la amanecida del siglo XXI, alcanzaran incipientes formas (que seguidamente, maduraron), de terrorismo político y política terrorista.

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