Antonio José Monagas, autor en Runrun

Antonio José Monagas

Los espantos del régimen, por Antonio José Monagas

@ajmonagas 

Es preferible quedarse sin pensamiento, antes que alguna modalidad de esta represión revolucionaria, comandada por hordas de extranjeros disfrazadas de militares opresores, inocule el veneno de su ideología sectaria, asesina e inhumana. Sin embargo, en contrario a lo que tan aberrante pretensión dirigida desde las alturas del poder puede provocar, hecho este de improbable realidad, se levanta una población dispuesta a imponer su voz más allá del eco resonante.

Hoy los escenarios nacionales, tanto como los espacios regionales que configuran la geografía política venezolana, se atiborraron de hombres y mujeres de todas las edades y rangos socioculturales y económicos, buscando elevar su protesta ante el crujido de un régimen tambaleante. Pero peor aun, consumido por los más bochornosos delitos que hayan podido verse en lo que registra la historia política contemporánea venezolana.

La teoría política pareciera tener que rediseñarse en aras de formular nuevos postulados que descifren la génesis y el ocaso de lo que en los predios del régimen político venezolano se ha desatado. No hay forma de explicar tanta incongruencia toda vez que en medio de la bonanza petrolera que ha disfrutado, lejos de construir lo que repetidas veces vociferaron sus principales representantes, los indicadores de desarrollo han revelado una contracción económica de grave contundencia.

La nación entera ha evidenciado un retroceso social sin parangón. Se observa un estancamiento administrativo y un embrollo político-partidista que a ningún lado ha conducido.

Sobre todo, luego de recordar las expresiones grandilocuentes que puso a sonar la retórica gubernamental a manera de iluso parafraseo, desde el primer momento de pretendida gestión. Aunque nunca cumplida.

Hoy las realidades dieron un vuelco no más sorprendente que inédito. Aunque voces proféticas lo habían vaticinado. Tan cruda crisis se veía venir al lado de la ristra de exclusiones e improvisaciones, imposiciones y disociaciones, desarticulaciones y desviaciones, todas cometidas y asumidas por el régimen sin que tales yerros pudieran evitarse de haberse respetado principios de cooperación y solidaridad, de concurrencia y responsabilidad que sigue todo gobierno que se precie de configurar un “Estado democrático y social de Derecho y de Justicia”.

Pero nunca fue así. Por lo contrario, comenzó malogrando lo que a su paso encontraba. El gobierno central no entendió que todo esfuerzo compromete un alto costo no solo en recursos. También en tiempo, conocimientos, dedicación y disposición. Fue renuente para comprender que los métodos para conseguir fácilmente lo trazado no suelen funcionar.

Sin duda que no hay situación política exenta de tropiezos capaces de atraer mayores complicaciones. Y esa fue la ruta que marcó la gestión del régimen. Más, cuando no supo cómo enfrentar la lucha de conciencia que planteó la oposición democrática al advertir los atolladeros que fueron retrasando al país en términos de su necesario y comprometido desarrollo económico, político y social.

Todo se complicó más de lo que las pretensiones gubernamentales permitieron. Políticas distorsionadas llevaron a sentir a Venezuela como un país que sin ser objeto de alguna guerra militar, se viera devastado. Pudiera decirse que desapareció, pues pasó a ser contexto de cuantos problemas pudiera provocar cualquier crisis política, económica y social carente del más exiguo control. Como en efecto ha sido.

Todo pareció ser consecuencia del miedo, del hambre, la tristeza y de la desconfianza que logró sembrarse en el curso de estas dos décadas de desgracias que viene padeciendo el país. Y cuya gestión se ocupó de extender la agonía que significaron promesas muertas. Compromisos rotos u olvidados en la más miserable revolución bolivariana disfrazada de socialista. Pero de un socialismo retrógrado. El país se hundió en el marasmo que la inmoralidad le concede a las tentaciones mórbidas de la corrupción. Eso llevó a que Venezuela transitara de la opulencia a la indigencia en el alba de un siglo XXI fecundo de expectativas y esperanzas. Bastó que un alarde de “patriotas”, viciados de perversiones incitadas por una política contaminada de deshonestidad, arribaran al alto gobierno para que Venezuela se viera atestada de marrulleros, socarrones y chapuceros de la política. Convertidos, casi por decreto oficial, en los espantos del régimen.

Estúpidamente incorrecto, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

La historia de la política remonta a épocas en que la vida de la sociedad estaba considerada como extensión de todo cuanto abarcaba la responsabilidad del gobierno por condicionar el comportamiento social, que podía suscitarse como reacción ante medidas adoptadas desde el poder y por el poder.

El asunto comienza a complicarse cuando la figura del Estado-Nación, adquiere la potestad que el manejo del poder político permite ante circunstancias convertidas en atascos para la movilidad del gobierno. Es así que entonces la política alcanza a situarse de tal modo en la jerarquización de la vida del hombre, en todos sus aspectos e implicaciones, que la dinámica social y económica de los pueblos se supeditó a las exigencias de la política.

Solo que los intereses sobre los cuales pivota o buscó equilibrarse la política, no siempre coincidieron con los intereses del pueblo. Por consiguiente, se crean brechas tan hondas entre unos y otros, que la política es, en consecuencia, objeto de manipulaciones por apasionamientos y sandeces de quienes gobiernan.Por lo que los resultados tergiversaron todo compromiso trazado como parte del ofrecimiento que se granjeaba el apoyo que servía de soporte para apalancar la causa política propuesta.

Fue así como el Estado comienza a invadir todo. Igualmente sucede con la política. Copa todos los espacios de la vida del hombre. Y por consiguiente, emergen problemas para los cuales los operadores de la política, activistas y quienes ejercen la política desde los escaños y curules del poder, no estaban formados ni preparados para enfrentar los mismos.

Ya en torno a los años 1500, Nicolás Maquiavelo dejó ver este dilema cuando su oficio consistió en brindarle al Magnífico Lorenzo de Medici los consejos que lo ayudarían a conservar el poder que requería para conducir su Estado. Y en efecto, Maquiavelo así lo hizo, tarea esta que fundamentó en su conocimiento de la administración pública, tanto como en su “lectura continua de la historia antigua”. Así fungió como el consejero que bien supo hablar del Estado, del Gobierno y del poder. Pero sobre todo, de cómo ejercerlo.

Más de cinco siglos no han sido suficientes para haber entendido que gobernar no es un asunto sencillo. Tampoco de militares, ni de fanáticos. Creyeron que gobernar era una cuestión tan “plana”, que oscilaba entre dos o tres variables de inmediata solicitud y rápido amaño. Lejos de tan precaria acepción, Carlos Matus Romo, reconocido estudioso en Planificación y Gobierno, explicó que “gobernar es cada vez un problema más complejo. Y gobernar en democracia lo es más aun”.

Latinoamérica y países allende del meridiano de Greenwich han presumido que la política se resuelve solamente en el ejercicio del poder. Suponen que el poder es la prueba suprema que gradúa al dirigente político de gobernante. Indistintamente si el gobierno se configura a desdén de cualquier sistema político adoptado.

Y aun cuando hay algo de acertado en tan crudo argumento, el ejercicio de la política demanda mucho más que razones que implican la intervención del poder. Y es que las coincidencias que pudieran darse entre política y gobierno, no suelen advertirse en situaciones en las que no se conciba que gobernar en dirección de una línea política compromete “(…) un sistema complejo, dinámico, creativo, resistente y plagado de elementos de incertidumbre” (Aut. cit.)

De forma tal que es inconcebible, en el fragor de una dinámica política colmada de conflictos de infinitas causas, tomar decisiones sin considerar la opinión de quienes tienen el manejo más exacto de la tecnopolítica. O sea, de profesionales de la ciencia política atentos y entendidos de la incidencia de problemas de intereses en el horizonte contiguo que visualiza el gobierno en su función de actuar desde la política en su más eximio concepto.

Es decir, contar con individuos conscientes de las discordancias entre factores de poder. Asimismo, de la repercusión de abruptas diferencias entre contextos político-partidistas. De reticencias en cuanto a consideraciones postuladas desde la praxis económica. De frustraciones convertidas en hilarantes tergiversaciones sobre el discurrir de la política. De incompatibilidades inducidas por aplicaciones de medidas formuladas de manera unilateral: de la ausencia de razones que infunden un conocimiento sobre situaciones difusas en materia de gobierno. Del manejo sesgado de información crítica capaz de desvirtuar procesos de elaboración y toma de decisiones. Esto, entre problemas con la fuerza necesaria para generar el perfecto caos del cual -en términos de tiempo y recursos de toda índole- resulta complicado escapar.

Es inadmisible que un escaño de gobierno, de cuyas decisiones depende la línea política que rige el discurrir de una nación, no cuente con personas conscientes de la responsabilidad que acarrea la asesoría, o consultoría de gobierno. Solo individuos formados bajo tal égida política son capaces de reconocer que gobernar implica ordenar realidades cuya producción social existe en un mundo de múltiples recursos escasos, tanto como de múltiples criterios de eficacia que bien pueden estructurar un ámbito abierto a la pluralidad de posturas políticas, condiciones sociales e intereses económicos.

Lo contrario, es una burda apuesta al caos. Su aproximación, a todas luces, es resultado de disquisiciones que tienden a pasearse por parajes obstinados (autocráticos) o egoístas (totalitarios). Y que por la dominación que engendra el poder como recurso envolvente de sometimiento y control, no considera necesario, muchos menos exigente, el aporte de estos profesionales por cuya formación se hace posible superar escollos, arbitrariedades, improvisaciones y divergencias políticas que hacen de un gobierno una mutación funcional, atrasada y represiva. O sea, una desalmada dictadura. O una ensangrentada tiranía.

De ahí que gobernar en la dirección del progreso social y del repunte económico debe apoyarse en consultores con el talento y la sensibilidad capaces de reconocer los problemas que son clamados, más allá de las sandeces reclamadas por el proselitismo populista.

No entender esto lleva inexorablemente a retroceder una gestión de gobierno en el tiempo de manera injustificada y costosa en todos los sentidos. Por tanto, puede inferirse que lo contrario es arrogarse capacidades omnímodas para así proceder a gobernar y entender la política de un modo estúpidamente incorrecto

@ajmonagas

El manejo de la política abarca tantas consideraciones, como manifestaciones pueden darse en la vida misma. El problema estriba cuando el poder político hace sucumbir aquellos ideales sobre los cuales se depara alguna promesa que haya implicado invocar cuantas ofertas (especulativas) sean posibles. De esa manera, el ejercicio de la política, indistintamente del espacio y tiempo en que se ponga a prueba, tenderá a desfigurar las realidades donde suscriba sus ejecutorias. De ahí que el concepto de “política”, haya padecido de múltiples descréditos que, a su vez, han incitado conjeturas de todo tenor. Y asimismo, han provocado capciosas alusiones que terminaron deformando no solo su significación. Peor aun, su praxis.

Esa desviación que ha afectado la dialéctica, semántica y hasta la epistemología y la hermenéutica de tan capital concepto, ha traído entre sus consecuencias, el desmoronamiento de su naturaleza. De ahí que se tienen leyes para las cuales la política no simboliza la importancia que su carácter puede conferirle. Sobre todo, en situaciones donde no se haya entendido que los problemas terminales del sistema social son comprendidos y atendidos por la gran política. O sea, por la POLÍTICA (escrita en mayúscula) o en casos caracterizados por normativas cuyos preceptos exaltan la política como fundamento de lo que se advierte como “Estado democrático y social de Derecho y de Justicia”.

Sin embargo, habida cuenta de tan manifiesto principio jurídico que compromete un ejercicio de la política debidamente depurado en todas sus dimensiones, consideraciones y condiciones, las realidades distan profundamente del discurso vociferado para exaltar objetivos “encomiables” contenidos por trillados y manipulados programas de gobierno.

El caso Venezuela, es ejemplo de tan enmarañada realidad. O sea, un mal ejemplo de todo lo que dispone la teoría política en cuanto a cómo gobernar en dirección del progreso social y del desarrollo económico.

Precisamente, ha sido la razón de la cual se ha valido el régimen político venezolano para infundir sus presunciones, tanto como para acoquinar a la población con intimidaciones de toda índole. Y para que su narrativa esté estructurada sobre el sustantivo “revolución”. Ello, sin mayor conocimiento de las implicaciones que hay detrás de tan gruesa palabra. O por lo contrario. A sabiendas de que bajo tan impresionable y aprehensivo término, pueda encubrirse lo que públicamente no debe ser revelado, dado lo azaroso, precipitado y delicado de su repercusión.

Hacer del conocimiento público lo que puede ocultarse bajo el manejo subversivo y sigiloso de lo que el oprobioso régimen ha denominado “revolución”, puede comprometerle un costo político de tal magnitud que ni siquiera ha logrado calcular. Podría derivar en una pronunciada caída del poder cuyos resultados serían inimaginables a la luz de las tendencias actuales.

Los excesos y frustraciones de una revolución, a decir de la historia política, revelan el carácter violento que acompaña sus acciones. Por tanto, no resulta convincente a la hora de suponer lo que sus planteamientos comprometen. E inclusive, que auguran en nombre de ideologías y doctrinas políticas que lucen confusas en relación con su contenido.

El caso Venezuela, es particularmente insólito. Si bien la crisis que acució la antipolítica como fenómeno social que provocó la animadversión del país con los partidos políticos y todo lo que sus procesos y procedimientos implicaron para la funcionalidad del país y los poderes públicos correspondientes, incitó el arribo de un militarismo oportunista. E igualmente, indujo una serie de cambios en la política que exacerbaron su aplicación. Eso hizo que buena parte de dichos cambios se dieran infundidos por el radicalismo concebido a dicho respecto. Y que además, exaltó el poder en manos de advenedizos, militares y operadores políticos sin mayor exactitud y conocimiento de lo que, para entonces, requería el país. Y que sigue clamando.

La noción de cambio se transfiguró en consideraciones del más rancio y dogmático acervo. Fue entonces pretensiones que se tradujeron en definiciones sin contenido. Pero que su enunciación o narrativa provocaba el temor necesario para establecer un esquema de actuación política que estaría acompañado por la coerción y la represión capaz de fraguar una distancia entre el poder dominante y los estamentos oprimidos, tal como resultó.

De esa forma, el régimen comenzó a configurar su modelo de subyugación apoyándose en la palabra “revolución” la cual le sirvió para encubrir -de manera persuasiva- y con la aprensión que inspiraba cada medida de radicalización anunciada por el régimen, toda una cadena de aducciones, substracciones, supresiones y exclusiones de las que se ha valido el régimen para maniobrar al país a su entera discreción. Pero asimismo, para imponer decisiones que trabaron la democracia, pervirtieron la institucionalidad y corrompieron la constitucionalidad que son el fin, objetivos principales de su menjurje político-ideológico.

Esto, naturalmente, se ha acompañado por acciones de fuerza adelantadas por la irrupción de envalentonados colectivos armados. Al lado de contingentes de “milicianos” forjados como presunto componente de la Fuerza Armada Nacional.

Su creación, violatoria del artículo 329 constitucional, responde al imaginario o ficticio revolucionario según el cual, su desempeño es representativo de una instancia de apoyo y resguardo al estamento político acomodado a nivel de la alta jerarquía política nacional. Decisión esta que, además, contradice groseramente lo establecido por el artículo 328 constitucional.

Así, el régimen puede asegurarse la necesaria desviación de expectativas y de capacidades potenciales, la decadencia de la clase media y la aniquilación de una economía productiva y constructiva. Y las decisiones a elaborar para su inmediata y opresiva aplicación, solo pueden tomarse al amparo de lo que infunde el vocablo “revolución”. Particularmente, bajo lo que la extorsión, mencionada con el mote de “socialismo del siglo XXI”, representa y compromete. Por eso hubo que edulcorarla endosándole el adjetivo de “bolivariana”. De ese modo, sería fácil inyectarla como complemento político a la sangre del iluso pueblo cegado por el discurso trapacero del régimen usurpador venezolano. Esta es la respuesta, aunque breve, a la pregunta que intitula esta disertación ¿Qué esconde la “revolución”?

 

@ajmonagas

 

La graves crisis que aqueja a Venezuela ha provocado múltiples comentarios cuyos contenidos no terminan de depurar los intríngulis que se han tejido sobre el suelo nacional. Muchos no solo confunden al lector toda vez que quienes opinan suponen razones tan nimias, que solamente avivan conjeturas que no se corresponden con la exacta naturaleza del caos en curso. También hay opiniones que enmarañan la situación, dado que los análisis expuestos lucen redundantes de factores. Pero que además, son causas que si bien se muestran alineadas con la crisis en cuestión, carecen del manejo y precisión conceptual que las mismas entrañan. 

Vale aclarar que, en el fondo, dar cuenta de las motivaciones a partir de las cuales se acentuó lo que en principio fue un problema de estrategia política y económica, fundamentalmente, no es asunto de fácil explicación. Menos, si se busca la funcionalidad de la estructura sobre la cual se adosa la crisis. De sus articulaciones con ámbitos colindantes a la susodicha crisis. Asimismo, con elementos que confabulan en perjuicio de esfuerzos planteados alrededor de su contracción. Aunque cabe reconocer que más que dificultad en la explicación, el problema radica en entenderlo. Y en su comprensión, descansa cualquier inferencia que de la crisis pudiera erigirse. 

Sin embargo, la historia permite advertir consideraciones que han sido periódicas tanto como insistentes. No solo como secuelas de hechos contraproducentes. Igualmente, como condicionantes lo que ha repercutido en cuanto a la inducción y consolidación del problema propiamente. De manera que, en su esencia, esta o cualquier crisis que haya mellado la sociedad en alguna forma, tiene la capacidad para provocar carencias o agravios. Y de estos, se aprovecha el poder dominante para manipular complicaciones que detrás de todo, generan ganancias políticas. Y que de ser bien administradas, le proporcionan al poder dominante los dividendos suficientes de los que luego se sirve para infundir el temor necesario sobre el cual estriba el manejo político de la crisis. 

Y que esto no es otra cosa que el HAMBRE. Más, cuando se presenta asociado a la pobreza. Pero aunque del “hambre” se han levantado infinitas consideraciones, no siempre su explicación ha recorrido parajes contagiados de las afecciones del poder. Tampoco, por canales cundidos de podredumbres de la política. O de las argucias de la economía. Por esos ámbitos, no circula el “hambre” ya que las respuestas que de los mismos derivan, serían incapaces de descifrar el problema con base en la verdad, la justicia, la libertad y la igualdad. 

Hay que saber que cuando el hambre arrecia, se nubla el pensamiento. Y esa condición es la que aprovecha el poder para dominar a sus anchas y a merced de sus intereses. Por ello, reparte migajas. O para imponer sus decisiones, hace ofertas que se desvanecen al primer asomo de lluvia. Y en eso, el autoritarismo se las sabe todas. Igualmente el socialismo pues como decía Winston Churchill, “(…) su virtud inherente es la distribución igualitaria de la miseria”.

 

Por eso el populismo y la demagogia, en el fragor de lo que se plantean regímenes de oscuridad, intolerancia y engaño, manipulan a la población con discursos que rebasan realidades y transgreden verdades. De esa forma, sus deleznables economías movilizan disposiciones sin que las realidades descubran su verdadero contenido. En consecuencia, aparentando que se tiene un horizonte de impoluta imagen, toda gestión autoritaria o totalitaria termina provocando destrozos y corrupciones ocultas. 

Es ahí cuando se vive una sensación de sarcástica perplejidad toda vez que no hay forma de explicarse, con la contundencia del caso, la contradicción que se percibe del problema inducido por el poder dominante al infundir el ocio como recreación en medio de una celebración abultada por la publicidad y la propaganda. 

Eso termina siendo un vulgar ejercicio de control social mediante el cual todo régimen político, indistintamente de su condición ideológica, busca aliviar los padecimientos de aquellos sectores de la población de menores recursos y mermadas capacidades para superarse. Por tanto, propone medidas de política indolente, con base en espectáculos de gran impacto publicitario, para infundirle algún sentido a ilusiones y fantasías que hacen soportable la infeliz conciencia de pobreza bajo la cual estos sectores de la población viven.

El carnaval, las escandalosas ferias de pueblo o los días de asueto decretados populistamente por el régimen abusador, en virtud del oportunismo con el que desata sus medidas, son algunos de esos ensayos de los cuales se vale la política de minúscula condición para inducir ficciones de abundancia y felicidad sin que las realidades se compadezcan de tan desvergonzadas y utilitarias consideraciones.

Tan paradójica quimera inyecta, en la actitud de quienes son víctimas de tan burdas presunciones, el facilismo y la ociosidad como razones que sirven al populismo para aumentar su cuota de permanencia en la conciencia política de esas personas. Y por consiguiente, como factor que acentúa la ceguera ante la pobreza que se arrastra como problema social y económico. Por eso que a la política de “medio pelo” le resulta conveniente arrimar su gestión de gobierno a eventos que apunten siempre a animar una celebración. Solo que bajo el autoritarismo hegemónico, como el que padece Venezuela, es reiterativo el hecho humillante de observar siempre toda una celebración con HAMBRE.

Los hombres de pensamiento del mundo libre y democrático, se encuentran en una incómoda y difícil situación. Han sido arrasados por contradicciones que pululan realidades de confundida caracterización. En lo particular, Venezuela no ha escapado de tan crudo problema. Desde la Independencia hasta la actualidad, el país se ha servido de criterios dictados por naciones que, políticamente, pudieron adelantarse a las circunstancias imperantes en cada momento histórico. Naciones que se valieron del liberalismo a la inglesa, del federalismo a la norteamericana, del socialismo a la francesa. O que hacían equilibrio entre posturas ideológicas.

Sin embargo, de poco valió que Venezuela se hubiese aprovechado de ello cuando a fin de cuenta, los ejercicios de gobierno que se implantaron durante buena parte del siglo XX y en lo que va de siglo XXI, dieron cuenta del carácter contradictorio que se fraguaron bajo los lineamientos de política que trazaron el rumbo que fue tomando el país. Rumbo éste que, lejos de enmarcar una praxis política apegada al concepto de “Estado democrático y social de Derecho y de Justicia”, esgrimido por distintas constituciones de la época, terminó deformando cada ejercicio de gobierno. Así Venezuela fue ajustándose a atroces coyunturas, Bien improvisando, o sumiéndose en arbitrariedades. Más aún, sin un plan que diera con salidas urgentes a la anarquía que indujo el populismo y la demagogia.

Cuando los tiempos comienzan a marcar el inicio de la tercera década del siglo XXI, Venezuela parece no poder más con el inmenso peso que gravita sobre su curso. La crisis política, la crisis económica y la crisis social, han arreciado de tal modo, que el país se volvió un dilema. O peor, un charco de “rojas” inmundicias.

 

La palabra “desarrollo”, tantas veces enunciada a manera de promesa o compromiso político, particularmente en tiempo de campaña electoral, con la idea de afianzar a Venezuela sobre bases y valores que soporten de forma segura el devenir político, fueron sólo voces zarandeadas por el viento. El finado presidente militar, al momento de hacer público las Líneas Generales del Plan de Desarrollo Económico y Social de la Nación 2001-2007, exponía que “en ellas se consolidan los fundamentos y políticas para la dinámica del crecimiento económico sostenido, las oportunidades y equidades, la dinámica territorial y ambiental sustentables, la ampliación de las oportunidades ciudadanas y la diversificación multipolar de las relaciones internacionales”. (Crasa burla y tenaz engaño).

Sus mentados “cinco equilibrios”, no fueron otra cosa que la vía más expedita para un vulgar maniqueo alrededor de propuestas que terminaron convirtiéndose en una contraoferta de la que luego se sirvió el régimen político para enquistar las causas que determinaron la ruda crisis de Estado que en un “santiamén”, engulló al país. Y además, se radicalizaron decisiones que descompusieron al país llevándolo a la situación en la que hoy se encuentra.

Actualmente, el tema que angustia a los venezolanos, producto del trauma político padecido en veinte años de autoritarismo hegemónico, está relacionado con los modos, formas o maneras de evitar que todos aquellos problemas arrastrados por la razón política que acusa el país, continúen causando los estragos hasta ahora soportados.

Últimamente, la oposición democrática ha traído a colación razones que traten dicho tema. La labor parlamentaria de los últimos cuatro años, ha sido contundente a ese respecto. De hecho, las esperanzas volvieron al venezolano. El país comenzó a visualizar el túnel por el cual habrá que transitar para salir al otro lado. Quizás lo más importante alcanzado por la gestión de parlamentarios resteados con y por la democracia, ha sido el apoyo internacional obtenido con el propósito de hacer del conocimiento de las naciones del mundo libre, sobre el profundo problema que vive el país que una vez fuera referente en democracia y gestión de gobierno. En consecuencia, se ha visto la respuesta solidaria de una comunidad internacional que supera ya los sesenta países y gobiernos del entorno democrático.

Se ha hablado de distintos métodos capaces de contar con la disposición necesaria para disipar el tizne que se ha cernido sobre el horizonte político, económico y social venezolano. De esa forma, se ha hecho referencia a modelos de fuerza y esquemas jurídico-políticos que pudieran fungir como estrategias o tácticas en torno al problema que arrasó con todo lo que se erigía como factor de desarrollo nacional.

 

Se han mencionado procedimientos que van desde órdenes de detención, incursión militar extendida o puntual, operaciones de fuerza de baja intensidad, hasta negociaciones que impliquen acciones categóricas que incidan sobre eventos y procesos de extracción de capitales, acuerdos según el modelo “militar a militar” y manejos de inteligencia financiera que den con los cabecillas de estructuras criminales y narcotráfico. Acciones que consideren protestas dirigidas a provocar presiones a lo interno y externo del régimen político.

Asimismo, se ha hecho alusión de aplicación de sanciones a quienes le hayan sido comprobados delitos de índole penal o financiero. Delitos que hayan afectado al patrimonio público, erario o hacienda nacional. Incluso, a naves y aeronaves que se hayan prestado a transgresiones de igual naturaleza. Además, a quienes han participado de disposiciones que hayan violado derechos humanos, tanto como facultades institucionales y constitucionales.

En fin, todo ello apunta al respeto de lo que encarna y simboliza el “Estado de Derecho” bajo el cual debe ceñirse toda decisión asumida en nombre de la justicia, del pluralismo político, la responsabilidad social y la democracia. Por eso, se ha dicho que, de cara a la recuperación de las libertades y garantías que asisten al venezolano en todas sus manifestación y necesidades de vida, es válido actuar según la posibilidad de considerar dictámenes que tomen en cuenta: todas las opciones…

Necios, obtusos y testarudos, por Antonio José Monagas

ES CIERTO QUE NO EXISTE una única manera de descifrar la vida. En política, más aún. Sólo que cuando el poder comienza a ejercerse de forma obstinada, autoritaria y obtusa, sus resultados conducen a situaciones absolutamente equivocadas.

Y es que debajo de tan urdida realidad, han conspirado actitudes que lejos de haber evitado tan marcada contrariedad, imposible de ocultar tan pronto como irrumpe, han acentuado el grado de confusión que alrededor del hecho o confesión pública se ha dado. Y casi todo esta continuidad de eventos, deriva de actitudes propias de necedades, ofuscaciones y testarudeces de quienes se ufanan del poder que detentan. O que alardean de los cargos políticos alcanzados.

Es la repugnante combinación de gobernantes que por soberbios, engreídos o resentidos, actúan cuales necios, obtusos o testarudos. En consecuencia, este género de gobernantes, es víctima de sus incongruencias. Sobre todo, cuando los avatares que genera el impropio manejo de la incertidumbre, los inmoviliza ante cambios que surgen en el curso de los acontecimientos. O igualmente, los postra ante sus mezquindades para entonces obrar sumisos e indignos en todo lo que vaya en detrimento del progreso, el desarrollo y el crecimiento de las realidades que comprometen el futuro de la sociedad a la que se deben. ¡Crasa contradicción! 

Es el problema que consume al autoritarismo. Más, cuando presume de la hegemonía que le proporciona la violencia administrada con el auxilio de la represión, la intimidación o la restricción de libertades y derechos fundamentales. Y así procede toda condición política que presuma de excelsa o inmejorable. Quizás, porque su ofuscación es tan ciega que no permite reconocer que las decisiones tomadas fueron elaboradas sujetas a creencias equivocadas o a pensamientos inflexibles en los cuales no cabe la tolerancia. Tampoco el respeto.

Sin embargo en la intolerancia y en el abuso, el gobernante autoritario consigue implantar el vínculo entre necedad, ofuscación y testarudez. En tan aterradora atadura, es donde el autoritarismo sabe responder y actuar conforme a lo que se concibe bajo toda situación de dictadura. Particularmente, aprovechándose del carácter absoluto del poder para oprimir o suprimir cualquier manifestación de resistencia a las imposiciones con las que pretende dominar el ámbito donde suscribe su autoritarismo y arbitrariedad. 

Así sucede, aunque no sea pecado dejarse llevar por las necedades de un gobernante déspota o tirano. El problema es que hay gobernados que no quieren dejar de ser sumisos  pues creen que el afanoso carácter del impulsivo gobernante, es imprescindible para remediar los males que su obstinada comprensión de las realidades percibe. O sea, el propio necio presumiendo que su actitud es admirada por quienes le siguen. Pero no advierte que quien o quienes le adulan, son tanto o más necios que él. Por eso, confunde todo lo que está a su vista y entendimiento.

Por consiguiente, cualquier necedad pronunciada, la supone un “mandato” de inadmisible discusión. De ahí que todo gobernante necio, es presa fácil de tentaciones militaristas capaces de causar las fantasías de cualquier guerrero, combatiente, miliciano, mercenario o soldado envalentonado por el poder de fuego del arma que sostiene. Justamente, es la razón para suponer que sus decisiones no admiten críticas que invaliden o pongan en duda los criterios esgrimidos. Es decir, la actitud propia de un testarudo a quien no le hace ninguna gracia que alguien lo cuestione por cuanto su endiosamiento lo eleva por encima de las realidades.

Este género de gobernantes, presumido por la tozudez de su actitud, no reconoce ni se atreve a advertir tan grave problema como una debilidad. Tampoco además comprende que su testarudez pudiera ser la mayor vulnerabilidad fácil de convertirla en un “blanco” perfecto por donde cabe cualquier inculpación que lo ponga “de cara” a la verdadera justicia. No obstante detrás de este “grieta”, se esconde un individuo inseguro que no sabe dominar sus miedos por lo que busca disimularlos adoptando una grosera arrogancia. 

Esta actitud convierte al gobernante testarudo y necio, en alguien para quien no aplica la comunicación como una forma de persuadirlo o convencerlo de sus trastornos. Siempre va a aducir una razón que lo excusa de toda imputación. Por eso tiende a comportarse una y otra vez, acogiéndose al mismo guión o perverso libreto.

De manera que una Nación bajo la conducción de un gobernante que por mostrarse obtuso frente a los cambios que la dinámica política, social y económica determinan, está condenada a padecer de las consecuencias que acarrean los desarreglos de la conducta de ese tipo de gobernante estrecho de entendimiento.  

La política es muy susceptible ante incongruencias de esta naturaleza. La terquedad, tanto como la testarudez, son factores de perturbación que bloquean toda necesidad de relación social y política por la cual fluyen oportunidades que no deben despreciarse dada la carga de posibilidades de desarrollo que pueden contener. 

Sin embargo aquellos regímenes políticos que se distancian de la constitucionalidad y de la institucionalidad, por la ascendencia de problemas de conducta de gobernante necios, obtusos o testarudos, trastornan el orden político preexistente. El ejercicio de su poder, no respeta límites jurídicos. Y esto lleva a que las realidades nacionales se arreglen o desarreglen, según las vicisitudes y disonancias históricas vayan pautándose. 

Por donde se vea el aludido problema, no deben alcahuetearse razones de ningún género para que la vida de una nación, con legítimas y auténticas aspiraciones de progreso, desarrollo y crecimiento, sean perturbadas por gobernantes que desvirtúen la atención de lo importante y hasta de lo urgente, para decidir sobre lo intrascendente. Igualmente, gobernantes que pequen por arbitrariedades que pongan en quiebra esperanzas y necesidades de un pueblo que clame sus derechos y libertades. O gobernantes, que por desgracias personales, reflejen un comportamiento salpicado de actitudes que los induzca a favorecer un régimen político dictatorial. Simplemente por ser individuos necios, obtusos y testarudos. 

(Cualquier analogía con las realidades venezolanas, es mera coincidencia)

El Estado invertido, por Antonio José Monagas

La vida en Venezuela, país aplastado por la corrupción y la antidemocracia ejecutada con base en artimañas creadas para descomponer toda elaboración pretérita. Especialmente, aquellas dirigidas a consolidar relaciones entre actores con ideologías políticas marcadamente diferentes y hasta contrarias. Pero, sin que tal diferenciación se prestara para agudizar desencuentros entre factores políticos de contraria fundamentación pues bajo ello dominaba el espíritu democrático. 

Sin embargo, las contingencias que se suscitaron en lo que va de siglo XXI, forzaron a soslayar el hecho de pensar en que la posibilidad real de superar tan aguda brecha, era remitir la situación a un proceso de reconciliación de las diferencias. También conocido como “reconocimiento” de las diferencias. O sea, llegar a un estadio de crisis en que tan grave problema podría resolverse o constreñirse en el fragor de la barbarie que estaba generándose. Y en efecto, así se dieron las circunstancias. Y del mismo modo, continúan dándose.

Emplazar tan crudos hechos, obliga hoy día a revisar la capacidad que detenta la civilidad como bastión de potencialidades sociales, emocionales y culturales. Pero analizada desde la óptica de la política. Así, podrían encauzarse soluciones que armonicen el discurso político que reconoce en el conflicto la vía expedita para argumentar -paradójicamente- las rupturas necesarias que pudieran darse entre las realidades y el status quo. Visto éste, como la condición política bajo la cual se formalizan relaciones institucionales entre los actores sociales y políticos que participan en la movilidad del aparato público. Indistintamente de los intereses que activen a unos y a otros. 

Pero al mismo tiempo, que la política sea entendida como un perseverante proceso de construcción de un orden público, cuyos naturales conflictos requieran de la civilidad como recurso de cambio a ser empleado frente a los embates que exaltan el acentuado problema de un individualismo exasperado. Sobre todo, cuando este individualismo es una de las causas del retroceso que ha padecido el país. Razón por la cual, buena parte de lo que acontece en sus ámbitos de movilidad, ha degradado proporcionalmente la funcionalidad del ejercicio de la política. Y al mismo tiempo, los contenidos de la economía.

Es cuando saltan a la palestra serios reveses desplegados a través de la indolencia, la indiferencia y la injusticia. Frente a estas características propias de la barbarie que está caracterizando la atmósfera social actual, y que sigue detallando capítulos de la historia, la civilidad puede actuar como puntal de procesos sociopolíticos y socioeconómicos capaces de contener tanto desarreglo recurrente. Desarreglos estos que atrofiaron el desarrollo integrador de la sociedad. 

 

He acá una causal de la crisis que afecta países soportados sobre economías movedizas. Economías cuyos trazados contenidos en los lineamientos generales de todo plan nacional, fungen como fundamentos inamovibles del desarrollo prometido. Sin embargo, la declaratoria de motivación que acompaña tan fanfarroneados propósitos, tienden a verse como consideraciones retóricas de solapada caracterización. O mucho peor, pues entre sus bases referenciales suelen ocultarse explicaciones que descifran contundentes configuraciones de la crisis en cuestión.

Aunque estas crisis son manifestaciones del desarreglo que cunde por todo el ámbito de la sociedad venezolana, además acusado como  consecuencia de la fragmentación social inducida desde los primeros años del siglo XXI, no hay duda que han repercutido sobre el contorno y entorno del régimen político en curso. Ese es el mismo problema que detenta un sistema político toda vez que sus criterios no logran dar con respuestas que incidan en torno a la gobernabilidad necesaria para equilibrar el desorden que, para un momento en particular, estaría dándose y contaminando el grueso de la estructura política. 

Es precisamente el problema que determina la contracción funcional de un Estado establecido por la vía constitucional. Es la causa del desafuero que descompuso al Estado venezolano desde que el régimen político obvió razones históricas, jurídicas, políticas, culturales y sociales a partir de las cuales podría consolidarse el sistema político aducido constitucional y jurídicamente. Pero no fue así, dada la conmoción alentada por intereses de naturaleza proselitista y demagógica especialmente. 

Así comenzó a desorganizarse lo que en Venezuela venía fraguándose a través de importantes esfuerzos democráticos que se dirigieron a restablecer el sentido de República. Sentido éste que se ha visto bastante estropeado por múltiples coyunturas y causales. Tantas han sido las contracciones que han apaleado la institucionalidad inspirada en el espíritu democrático perseguido, que tantos cambios equivocadamente administrados, dieron con un resultado inesperado. 

En lo concerniente  a Venezuela, se alcanzó la forma que más insidia y repugnancia pudo formalizarse. Y es cuando el Estado, lejos de avanzar, no sólo fue detenido su desarrollo. Sino además, retrocedido a condiciones inimaginables. Alcanzadas, gracias a la gestión política retrógrada, fascista y dantesca puesta en ejercicio por dirigentes militaristas, lo cual terminó generando la figura, expresión y condición de un Estado invertido.

@ajmonagas

La democracia se ha desviado de su primigenia formalidad o estructura conceptual. La dinámica política que hoy sucumbe al mundo con sus remedos de eximia retórica ideológica, en cuanto al manejo de sus postulados y criterios, descontextualizó sus principios. Desde que la enfermedad del socialismo se convirtió en un mal espasmódico del cual se aprovechó la izquierda política para reivindicar las impugnaciones que esgrimía en contra las tendencias de la “derecha”, el concepto de democracia declinó. Comenzó a desvirtuarse. Pero no tanto en su consistencia teorética, como sí en su praxis. En su interpretación. Y peor aún, en su aplicación al momento de traducir las pretensiones que afincaban sus preceptos y consideraciones. 

Luego de tantos siglos, que comienzan a contarse desde Aristóteles con su referencia sobre el sentido de la política, atravesando tiempos que sirvieron de asiento operativo a su ejercicio contemplado a través de incontables gestiones de gobierno, la “democracia” resultó infiltrada por presunciones que rayaron con ambiciones. Y muchas veces, con tentaciones que ridiculizaron valores morales hasta lograr su constreñimiento. Casi al extremo de desaparecerlos del mapa político. O convertirlos, modificarlos o alterarlos en su génesis y estructura semiótica, etimológica, dialéctica, semántica, hermenéutica y epistemológica. Todo ello a pesar de que hubo intentos de gobiernos por asentar sus bases programáticas de gestión política, sobre las implicaciones de tan fulgurante concepto.

En fin,  se vivió toda una carga de disposiciones con la fuerza necesaria para manipular su esencia, que terminaron desvariando su naturaleza como sistema político. Tanto así, que la democracia que exaltó Aristóteles, en nada se parece hoy día a la que se ufanan tantos gobiernos, instituciones y movimientos políticos por exaltar y exhortar.

Los regímenes de tendencia autoritaria, totalitarista y anarquista, son fehaciente ejemplo de cuánto ha sido desvirtuado el concepto en cuestión.  Aún cuando lo referido busca situarse a instancia del respeto hacia la historia la cual fundamenta cada descripción conforme al significado que sus hechos ideológicamente representan. No obstante, en el fondo del asunto, existe una hilo conductor que bien sirve para justificar la analogía sobre la cual es viable considerar lo expuesto. Sobre todo, cuando se advierte lo que la dinámica política ha pretendido solapar valiéndose de cuanta excusa haya podido conseguir en su recurrentes brechas. Indistintamente del carácter que las mismas hayan tenido en términos de la posibilidad maniquea de acomodar o reacomodar los argumentos que, en cada circunstancia, sirvieron para desvirtuar el concepto de “democracia”. 

El ejemplo de Venezuela, es categórico. Aunque cabe reconocer lo patético que es. Sobre todo, cuando su régimen ha declarado -sin la menor vergüenza al trazado de la teoría política- su afán por destacar la importancia del concepto “democracia”. 

El agravio que ha hecho de dicho concepto casi una mofa de las libertades, derechos y garantías vistas como cimientos del discurrir democrático, ha sido el libreto del que se ha valido  el régimen opresor venezolano para cambiarle la faz al país. Todo, buscando el más exacto paralelismo a lo que la religión entiende del “infierno”.

Desde esa perspectiva, para el régimen político que enclavó la piel de Venezuela con sarcasmo y resentimiento, la democracia es vista como una rémora de lo que la manida revolución busca sofocar. Es una forma de traición a lo que los designios hegemónicos plantean alcanzar. 

Ahora el régimen oprobioso, con la pretensión de enquistarse, cualquier aventura que disponga continuar escalando espacios de poder, es decisión a tomar sin medir efectos, resultados o consecuencia alguna. Lo que recién vivió el país en el terreno parlamentario, al momento en que Miraflores impone el criterio según el cual los derechos políticos ejercidos por diputados opositores constituyen afrentas hacia su discrecionalidad, es una impetuosa demostración del grado de perversión que sus ejecutorias abarcan. 

Sin duda, lo sucedido constituye una grave afectación al concepto de “democracia”.  Pues a pesar de la charlatanería empleada para justificar el ejercicio democrático que dice acompañar todas sus acciones de gobierno, no son otra cosa que la abusiva coacción a infundir temor hacia la población con el auxilio de su autoritario proceder.

No conforme con esto, sus decisiones siguen adosándose al desespero que dichos gobernantes sienten ante la posibilidad bastante cercana de verse defenestrados del poder. De ahí la premura con la cual actúa(el régimen) para contrarrestar tan amenazante contingencia. Quizás, es la razón que movió al alto funcionariado a hacer pública la presencia, por demás arbitraria pero aplicada por la fuerza y al  margen de toda legalidad, de permitir al embajador de Cuba en Venezuela hacerse presente en el Consejo de Ministros. O sea, actuar como otro ministro más. Decisión ésta, totalmente violatoria de lo establecido por el artículo constitucional 244.

Entonces, ¿qué tanto exaltan estos gobernantes usurpadores cuando declaran que la República es “autónoma, soberana e independiente”, si el régimen ha consentido la intromisión de extranjeros (cubanos, iraníes, rusos, chinos, turcos, fundamentalmente) en asuntos propios del Estado venezolano? Aunque ya de facto, ha sido una práctica del régimen y que viene realizándola desde hace buen tiempo. Sin embargo, el problema que tal bochorno encarna en virtud del texto constitucional, no compromete al régimen más allá de lo que concierne a su impudicia asumida como criterio político. 

Lo que si queda claro, es su significación. Pues lejos de la ridiculez que ostenta la susodicha decisión, entendida en términos de la incompatibilidad jurídica y política que la misma encubre, evidencia el sarcasmo y la ironía que envuelve tal consentimiento. Aparte que configura un acto de alevosa y malsana provocación en el contexto de conflicto que atraviesa el país. Asimismo, dado el dramático cuadro de crisis que sobrelleva Venezuela como resultado de la retahíla de distorsiones y contradicciones que hundieron al país en el más hondo marasmo que la historia venezolana contemporánea haya podido revelar en sus anales de arduos avatares y reveses de grueso calibre. 

Vista la arbitrariedad consumada y oficializada por parte del régimen usurpador, afincándose en la soberbia y prepotencia que lo embarga, hace que algunas figuraciones propias del mundo urdido en que actúa la politiquería de oficio, hayan extraviado la razón de ser. Con lo que ahora pone de manifiesto la dictadura en Venezuela, no tiene sentido alguno el oficio  de “espía”. O quien se dedica a buscar información confidencial valiéndose del soborno y del chantaje mediante técnicas de infiltración y sagacidad.

Lo que destacaba tan arriesgada ocupación, y que una vez fue ejercida por pervertidos de la diplomacia internacional en los intríngulis del gobierno venezolano, mayormente en tiempos del despuntar de la democracia, dejó de tener importancia. Basta con que quienes pudieron fungir de “espías”, obtengan la aprobación del alto gobierno, para que quienes se prepararon para actuar de “espías”, no corran tan temerarios riesgos. 

El caso del embajador de Cuba en Venezuela, retrata tan contrapuesta situación. Ahora, personajes de esta calaña, tendrán mayor libertad para entremeterse o inmiscuirse -de frente y sin careta- en asuntos que debieron clasificarse como “objetivos estratégicos”. O sea, causa válida para vivir según la expresión revolucionaria: “patria o muerte”. Puede decirse que el “socialismo del siglo XXI”, ha formulado una nueva doctrina político-policial. Novedoso logro de su enmarañada política: una acepción que desfigura el concepto de “espía”.