Antonio José Monagas, autor en Runrun

Antonio José Monagas

Identidad en el limbo, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

Mucho tiempo duró la Iglesia católica para definir la palabra “limbo”. Luego de distintas reuniones de las autoridades del Catolicismo, se llegó a un concepto que, si bien siguió dejando en el “limbo” a quienes intentaron interpretarlo, hizo que finalizara la espera que desesperó a quienes aspiraban a alcanzar la “eternidad celestial”.

Más que la Iglesia decidiera si tan manido término habría sido un problema de dogma o indisciplina, la política ya lo había decidido. Se aprovechó del mismo para manejo de su narrativa ofensiva. Así lo utilizó para calificar todo ejercicio de gobierno que no condujera a nada. O para reprochar a quien se mostrara abstraído o absorbido. Es decir, sin capacidad para reconocer lo que estaría sucediendo a su alrededor.

El limbo de la política no es más distinto que el limbo de la teología. Sin embargo, a diferencia de ser un lugar con prados y castillos, según la visión de Dante Alighieri en su obra capital La divina comedia, el limbo político es un ámbito agreste. Aunque su tosca condición no es óbice para abrazar cuanto comportamiento individual o colectivo luzca displicente e insensible.

La presente disertación viene a cuento dada la violación del derecho establecido por la Constitución de 1999, particularmente el artículo 56, que consagra la identidad como derecho fundamental.

De esa forma, todo ciudadano venezolano tiene entera potestad para exigirle al Estado, en la persona jurídica de lo que ahora se denomina “Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería”, SAIME, su derecho de contar con los documentos que lo identifican ante cualquier proceso que demande de la persona su condición de ciudadano venezolano. Vale decir, el acta de nacimiento, la cédula de identidad y el pasaporte.

La identidad es lo que representa al individuo ante el mundo y sus instituciones. Así como las consabidas exigencias que soliciten su representatividad jurídica y política, particularmente. No obstante, alrededor de lo que constituye la razón de ser de la aludida dependencia gubernamental, su funcionamiento se encuentra paralizado. Asunto inédito y absurdo. Aunque pudiera excusarse con el infundado pretexto de la crisis de salud que actualmente cunde por el mundo entero.

También, como resultado de la crisis económica que atrapó al país entre dos aguas. Y que está en neutro. Suspendido en el “espacio intergaláctico”. En una especie de limbo. Pero en el limbo de la política. O sea, en el estado donde la nada precede y preside la dinámica nacional.

Aun cuando, más allá de estas crisis el país fue insumido por una crisis que, a modo de caos absoluto, hizo de su funcionalidad un estorbo que trabó su movilidad. Fue la crisis política la que alcanzó toda la estructura sobre la cual se cimienta la configuración jurídica y funcional del Estado venezolano.

El problema se manifiesta con toda su maléfica potencia cuando se hace del conocimiento de la población que, por orden presidencial, las respectivas oficinas permanecerán cerradas. Sin que medie excepción alguna que beneficie a quienes tienen sus documentos preparados conforme a lo solicitado. Y tras cumplir el respectivo trámite económico.

Un problema que se infla sobremanera cuando el régimen establece costos exorbitantes. Quien hace la tramitación del documento que permite migrar, como el pasaporte, se topa con el desmesurado valor estipulado por el régimen. Quizás a manera de inhibir el éxodo de venezolanos, especialmente de los estadios sociales populares.

Tan despóticas medidas arremeten contra las libertades cívicas establecidas por la Constitución, inalienables para un Estado tal como lo establece la Carta Magna: “Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de Justicia y de Derecho (…)”. Cuando no, es porque el régimen decide truncar importantes derechos de forma opresiva y abusiva.

Venezuela dejó de disfrutar derechos fundamentales que, en tanto valores superiores del ordenamiento jurídico nacional relacionados con la justicia, la solidaridad, la vida y la democracia, han sido coartados a instancia de los miedos y resquemores que padecen gobernantes y aduladores de todo género y clase.

Luego de advertir estas realidades, los caminos lucen devastados, cercenados o fraccionados. En consecuencia, Venezuela se convirtió en un vertedero de miserias que el socialismo bien supo concebir, promover y repartir.

Aunque pobre de aquel venezolano que por atrevido, codicioso o curioso, zalamero o servil, haya aceptado tan denigrantes mezquindades. Que ni siquiera tenga la posibilidad de contar con el documento que, por ley, le permite gozar de la identidad que la formalidad del mundo le exige. Menos, cuando el organismo cuya responsabilidad ordena regir y administrar tan esencial derecho civil, se haya inoperante por la obtusa gestión de un régimen oprobioso, impúdico y usurpador. Obstinado por enquistarse en el poder. Y por el poder.

El fondo del problema lo explica la situación del país. El régimen logró nivelar a Venezuela por debajo de la desvergüenza. Ya rozando con espacios infrahumanos. Y aunque no necesariamente (desde un enfoque teológico) pudiera asemejarse al infierno, no hay duda que todo ha quedado, sobre todo la identidad, gravitando en el limbo…

 

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Entre rostros multicolores, por Antonio José Monagas

Jean Paul Gaultier lanzó mascarillas de alta moda a beneficio de la fundación Sidation. Foto en Velveteditorial.com

@ajmonagas

Desde el momento en que la Organización Mundial de la Salud sugirió medidas preventivas para minimizar el arrecio de la pandemia de covid-19, muchas cosas se vieron desviadas de su propósito originario. Luego de haber transcurrido los primeros tiempos de ser aplicadas, luce interesante pasearse por algunas. Particularmente, por la interpretación que las sociedades le han dado a aquellas ante las cuales ha sido posible su manipulación. Entre ellas, la de más inmediato acceso. Desde la perspectiva de la inventiva, o satisfacción en cuanto a adecuarla a la vestimenta en su relación con el color y combinaciones posibles.

Es así que esta disertación estará dedicada a referir lo que sucede con el uso del tapabocas, mascarilla, barboquejo o barbijo. Especialmente, toda vez que ha desdibujado no solo el rostro humano. También porque ha hecho del anonimato una condición pública y aceptada socialmente, habida cuenta de que la historia ha mostrado que aquellos que cometen alguna fechoría son quienes han usado máscara. Aunque en países del Oriente del mundo, ha sido tradicional el hecho de cubrirse la cara. Siempre a modo de confirmar respeto hacia el otro.

Aunque ordenada por las autoridades sanitarias, la mascarilla ha vaciado de identidad a quien lo porta. Afectando además el individualismo que exalta la costumbre de andar con la cara al descubierto.

Sin duda, que el uso de la mascarilla se volvió un tema de controvertido debate. Sobre todo al dejar de reconocer que lo más provechoso que tiene el ser humano para expresarse es su cara. Pero las contingencias de la actual crisis sanitaria abolieron tan categórica declaración. En ese sentido, la pandemia confinó el añejo paradigma sobre el cual descansa la aludida expresividad humana.

De todo esto devino en una extraña conjugación. Moda y salud. Ahora las mascarillas son confeccionadas según el gusto de cada quien.

Indistintamente de requerirse con filtros de grado médico para la protección de bacterias y virus, de alguna calidad en especial, o de alguna forma o tamaño en lo particular. Cada persona le imprime su toque de gracia, le agrega el adorno preferido o sello de su marca.

Solo busca que se sujete a lo elemental para evitar la propagación del coronavirus por quien estornuda al frente, sin tener idea de si es portador o no.

Reunir moda y salud se convirtió en la oportunidad que algunas empresas esperaban. Combinar un tapaboca de probada calidad sanitaria con lo que determina las preferencias efímeras de un mercado que no deja de ser exigente, se convirtió en una intención de alto desafío.

En el fragor de la pandemia, la moda pareciera no incomodar. Por lo contrario, se ha ajustado a las circunstancias haciendo ver colectivos a modo de una jungla embadurnada de todos los colores y combinaciones posibles con elementos de la geometría plana. Incluso, con alusiones a personajes de película.

El mundo es ahora un panorama de mascarillas con diseños llamativos o sugerentes que, en su afán de retar la pandemia ocasionada por el coronavirus, logró revolucionar el mercado. Tanto que muchos productores e inversionistas han apostado a apropiarse del correspondiente negocio y buscar el mayor provecho económico revirtiendo la crisis de la covid-19.

Vale acá el ejercicio de motivar la construir un escenario imaginario, a manera de extraña jungla. Algo tan fuera de lo común, que sus vertebrados cuadrúpedos, lejos de asirse a las imposiciones de la naturaleza, se prestarían al juego de la prolífica fantasía humana. De esa forma, se tendría un mundo especial donde habría que vivir entre “hocicos” multicolores.

 

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Caos con aroma a gasolina, por Antonio José Monagas

Las colas de gasolina, que eran parte del paisaje de Maracaibo desde hace años, se extendieron en 2020 por todo el país. Y con ellas, los vicios que trae todo caos. Foto Carlos-Rodríguez / diario Versión Final, 2018.

@ajmonagas

La política sabe disfrazarse cuando las coyunturas lo exigen. Es ahí cuando el engaño surge como criterio político para justificar ciertas intenciones, indistintamente de la condición que las envuelve. Por eso la política se presta para lo posible. Y hasta para lo imposible. Aunque se valga del disimulo.

En tiempos de autoritarismo, el ejercicio de la política es basto y desenfrenado. En medio de sus cometidos, esta política juega a sobreponerse a las circunstancias, a pesar de tenerlas en contra. Es lo que caracteriza la consternada realidad ante la indigesta ideología de gobernantes desesperados por enquistarse en el poder.

De hecho, la historia política contemporánea ilustra episodios que dibujan con detalle las controversias derivadas de situaciones políticas empañadas por la codicia de gobernantes-tiranos.

El caso Venezuela es testigo de cuantas historias encharcadas de estiércol puedan ser imaginadas.

Cuando el régimen no inventa alguna historia, procede a decidir algo sobre la primera ocurrencia de sus actores políticos. Sin que entre el discurso y las realidades pueda mediar la protesta, porque de inmediato estos sistemas políticos apelan a la fuerza. Así, la represión se luce como estructura oficiosa para anular o mermar toda intención de resistirse a las pataletas, necedades o antojos gubernamentales.

Venezuela es testigo de excepción de historias con aroma a gasolina. Historias cundidas de delitos de moral, de civilidad, de ética de quienes se permiten, en nombre de la “revolución”, actuar a favor de las nuevas elites, denominándose “priorizados”.

Sin duda, esta situación de crisis revela serias grietas. No solo en los estamentos de gobierno. También, a nivel de la población cuya cultura política evidencia los desequilibrios que vienen arrastrándose desde el siglo XX. Tienen que ver con la fisura de la democracia cuya concepción pende de un hilo. De un hilo bastante fatigado por las abruptas tensiones recibidas tanto de arriba como de abajo.

El problema se fundamenta en la praxis de democracia. La relación del venezolano con el sistema político se desvirtuó hace buen número de años. No fue desde 1999 con el arribo del militarismo dogmático y arrogante al poder político. Fue tiempo atrás. Pudiera decirse que lo marcó el inicio de la explotación petrolera, en 1922. El mismo también sería inducido por la manera individual del venezolano de manifestarse de cara a una realidad hostil. Y así se perfiló en su genética colectiva la comodidad, el machismo y la viveza, entre otras mañas.

Estos problemas definieron su cultura política. Con el discurrir de tiempos confusos y conflictivos, al margen de un sentido firme de identidad y ciudadanía, dicha cultura política le imprimió a Venezuela una égida que rozaba contravalores. Y desgraciadamente, se convirtieron en características conductuales del venezolano.

La mesa estaba servida para el populismo, que terminó mellando la idiosincrasia de una sociedad apegada antiguamente a tradiciones de cierta cultura y civilidad. Tan insolentes actitudes de muchos coadyuvaron a la extinción de importantes esfuerzos de acentuar el desarrollo y evolución del sistema político.

Fue así cómo ese venezolano comenzó a asumir una conducta desviada de toda consideración de ciudadanía y de ciudadano.

Ayudado por la demagogia, confabulada con la impunidad y la impudicia, adquirió hábitos que desdicen de la moralidad, la ética y el civismo. Y en un país asediado por crisis de todo orden, dimensión y dirección, ese mismo venezolano se vulgarizó. Al extremo de que adoptó formas carentes de la más elemental urbanidad. Esa civilidad que dejó como legado el ejemplar académico venezolano Manuel Antonio Carreño desde el siglo XIX.

En concordancia con los tiempos, Venezuela vino retrocediendo. Tanto, que ya entrada la tercera década del siglo XXI, la crisis de servicios públicos terminó ofuscando y complicando la escena y el espíritu nacionales.

Basta con atender y entender lo que está sucediendo alrededor del agua, la electricidad, los alimentos, los medicamentos, repuestos de todo género, gas doméstico y gasolina, para reconocer el tamaño del caos promovido por un perverso ejercicio de la política.

El régimen sacó lo peor del venezolano. Tanto así, que hoy Venezuela padece de serias carencias y problemas de corrupción, el militarismo endiosado y la intimidación gubernamental. Pero también la pérdida de valores. Todo ello configura un caos nacional con aroma a gasolina.

 

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Discusión por la libertad, por Antonio José Monagas

@ajmonagas 

La libertad no es solo un estado de bienestar humano. También es un proceso que toca intereses y necesidades. Y desde el cual se movilizan organizaciones e instituciones que le imprimen forma, sentido y esencia al país que circunscribe al hombre político. Pero también al hombre económico y al hombre social como ser racional. Como ser inteligente y objeto de respeto en ámbitos donde imperen la tolerancia, la solidaridad, la dignidad y la verdad.

La libertad debe considerarse como la conjugación de actitudes frente al abanico de posibilidades que tiene todo individuo en procura de su proyecto de vida.

Es decir, del proyecto de vida conveniente a su pensamiento y desempeño en el fragor de la sociedad. Razón le sobró al poeta español Ramón de Campoamor cuando expresó que “la libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en hacer lo que se debe”. La libertad debe enfocarse partiendo de esta perspectiva; lo contrario sería caer en un saco de vacuas explicaciones que no llevan a destino alguno.

Se ha escrito y dicho con abundancia sobre tan trascendente concepto, solo que no muchos lo comprenden. Y menos lo asumen como criterio de ejercicio político-gubernamental.

Interpretando a Otto Von Bismark, político alemán del siglo XIX, hay quienes como él aseguran que la libertad es un lujo que no todos pueden darse. Sin embargo, de cara a esta disertación, conviene considerar que, como valor, la libertad encierra solo lo que su praxis es capaz de dispensar. Afirmar que el hombre ha nacido libre no necesariamente deja ver que la libertad habrá de ampararlo en el curso de su vida.  

Es ahí cuando la libertad debe entenderse desde otros enfoques. Aquellos que sitúen su importancia más allá de las contingencias de la política, de la economía y de la sociología. No obstante, su importancia se halla cuando las realidades se prestan a dotar al hombre de las condiciones que han de permitirle una vida exenta de cadenas. Justo, es la razón que le endosa la justicia a la cual se supedita como ejercicio de vida.

Por eso, a decir del escritor y periodista mexicano Carlos Fuentes, “la libertad no existe, sino es su búsqueda. Y esa búsqueda, es la que hace libre al hombre”. Precisamente, en virtud de lo que esa búsqueda compromete, es por lo que el mundo se convirtió, literalmente, en un campo de batalla. Batalla esta que no solo ha requerido de recursos bélicos. También, se ha visto apuntalada en la palabra dirigida a excluir y, al mismo tiempo, a exaltar realidades primadas por valores de igualdad, tolerancia, solidaridad y responsabilidad.

Es entonces que luego de ver tanta agua correr hacia el mar, resulta perturbador dar cuenta de situaciones contradictorias precedidas y presididas por causas tendentes a frenar y trastornar la libertad como el derecho humano que en esencia es. Las mismas, particularmente apremiadas por la mezquindad de sistemas de gobiernos obtusos. En manos de resentidos, egoístas e individuos de pensamiento retrógrado.

Ha sido una cruda pelea entre la luz y la oscuridad bajo la cual muchos gobernantes han pretendido encerrar las libertades. El mismo Simón Bolívar manifestó en sus históricas correspondencias, su apego a las libertades. Su discusión por la libertad le distinguió como hombre ganado a la institucionalidad establecida por las libertades. A pesar de las dificultades que engendra mantenerlas por encima de las tiranías. Lo contrario, implicaba cultivar un país de esclavos. O sea, una sociedad que podía prestarse a fungir de cómplice de toda usurpación, para vivir hundida en la miseria.

La libertad, aunque sumergida en las más urdidas condiciones de penuria política, económica o social, siempre se caracterizará por su vehemencia. Una razón que solo puede brindarle su interpretación ante los hechos que la acosan y buscan someterla.

Por eso, las realidades apuestan a que su valor siga concibiéndose en terrenos en los que adquiere sentido su naturaleza epistemológica y fáctica. De ahí que debe haber siempre lugar para reivindicarla en todas sus dimensiones. Por eso bien vale una discusión por la libertad.

 

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De los derechos al hecho, por Antonio José Monagas

@ajmonagas 

Todos los hombres nacen iguales. Pero la desigualdad y la inequidad  afectan sus vidas. Son estos los problemas que degradan a la política. Aunque mucho se habla de “igualdad”, entendida como valor moral o como recurso de vida, el término suele ser una razón para aventajar al otro.

La inequidad envuelve al egoísmo. Y en la política representa los intereses que mueven los hilos de la ambición. O las redes de ideologías en cuya oscuridad se arraiga la coerción desmedida en todas sus posibilidades de perversión.

Estas líneas de inicio dan cuenta del valor histórico de la “igualdad”, al momento de reivindicar provechos de la política. Más aun, por encima de necesidades socialmente reconocidas.

El discurso político se halla atiborrado de alusiones que exaltan la “igualdad”. Este vocablo encauza y circunscribe declaraciones políticas de todo género ideológico, teológico, sociológico, epistemológico, deontológico y educacional. La inercia de la historia, y la fuerza de las realidades, lo convirtió en un “derecho humano”. Consagrado el mismo en la Declaración Universal de los Derechos Humanos adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en diciembre de 1948.

Su consideración capitalizó su importancia. Pero el ejercicio de la política condujo su comprensión a un terreno diferente. A un espacio en el que se estableció un conflicto entre los intereses y los sentimientos humanos. Un ámbito en el que está ausente la fraternidad necesaria que exhorte el respeto, la tolerancia y la solidaridad.

Para la praxis política, la “igualdad” no es aquel derecho amparado por la ética social. La “igualdad” es un derecho groseramente manipulado, según las circunstancias que devienen en oportunismos. Y de las cuales se vale el poder político para someterla en su praxis.

Por eso se dificulta asociar “igualdad” con dignidad. Las realidades, son inexorables. Dejan ver el ultraje del cual la “igualdad” es objeto. Quizás, es la más palpable demostración de veracidad que pone al descubierto crisis sociales y políticas.

Aunque esta vez, evidenció una crisis de salud protagonizada por la ausencia de “igualdad” en su concepto más exacto. Y que a consecuencia de la pandemia de covid-19, no es difícil advertir el menosprecio con el que es tratado. Particularmente, en el contexto sanitario toda vez que la incidencia de la covid-19 ha hecho creer (equivocadamente) que no existe otra condición orgánica que atente contra la salud del venezolano. Por tan discutible razón, el Estado venezolano, mediado por el régimen oprobioso que detenta el poder político, desconoce otra enfermedad que no sea la de covid-19.

Aquello que reza el artículo constitucional 84 de que “el sistema público de salud dará prioridad (…) a la prevención de las enfermedades, garantizando su tratamiento oportuno y rehabilitación de calidad”, ha sido desconocido.

Más aun, cuando el artículo 83 declara que “la salud es un derecho social fundamental, obligación del Estado, que lo garantizará como parte del derecho a la vida”. No cabe duda que el derecho a la salud dejó de entrañar libertades y derechos que habrían exigido “igualdad” en su reconocimiento y aplicación.

Así, el régimen solo ha prestado atención a la covid-19. Pero desbordada en imposiciones que rayan con la represión. Para el régimen, no hay enfermedad que precise del cuidado necesario que pauta la Constitución nacional. Salvo el requerido por la covid-19 que arremete contra quienes padecen alguna patología de base.

Pareciera que para el régimen no existen contingencias relacionadas con la esclerosis en cualquiera de sus incidencias. Con casos de quienes han vivido trasplantes de órganos. Quienes sufren de VIH. De quienes requieren tratamientos oncológicos. O padecen enfermedades “huérfanas” o “autoinmunes”. Entre otras patologías de alto riesgo sanitario.

Por ello el concepto de “igualdad”, quedó para revestir pronunciamientos o textos propios de un sistema político carente de ejercicios de libertades y derechos. No reconoce la “igualdad” como expresión de justicia. Es como si careciera de dimensión moral, política o jurídica a partir de las cuales se afianza la legitimidad, contundencia y validez de un proyecto ideológico que exalta la “igualdad”.

El accionar del régimen venezolano, no está apegado al respeto a la tolerancia ni a la solidaridad democrática. Valores estos que, al lado de  la fraternidad, libertad y la justicia, suelen formalizar todo discurso político.

Entonces, ¿para qué la razón y la conciencia en el hombre, si no son entendidas como facultades capaces de cerrar la brecha como factor diferenciador entre individuos? ¿Acaso no refiere la Declaración de los Derechos Humanos que todos los seres humanos nacen libres e iguales? ¿O es que no hablan de que todos son iguales ante la ley? Por tanto, el hombre goza de igual protección material y legal, sin discriminación alguna.

Sin dejar de advertir la particular complejidad que contiene el ordenamiento jurídico en sus diferentes ámbitos de aplicación, cabe aludir la importancia que detenta un sistema de protección de la salud que ofrezca iguales oportunidades a todos. Y así, disfrutar por igual del más alto nivel de salud. Pero donde no hay “igualdad”, la situación es aterradora. Este tipo de crisis determinó que Venezuela retrocediera de los derechos al hecho.

 

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Con el tiempo encima, por Antonio José Monagas

@ajmonagas 

Del tiempo mucho se ha dicho. Sus efectos han sido tan profusos, que de su carácter se ha escrito en abundancia. Bien, porque es el canal sobre el que transcurre la vida para disfrutarla. O para padecerla. El tiempo ha sido razón de poemas, música y de espiritualidad. Aunque en lo exacto, es una medida que dimensiona la existencia del ser humano basada en el movimiento de rotación del planeta en correspondencia con el Universo.

Sin embargo, en política tiene otra acepción. Una significación que incita condiciones e implicaciones. Sobre todo, determinaciones que desembocan en inmediatismos que hostigan actitudes con propósitos encubiertos de perversidad, envidia y egoísmo. Al menos, es la explicación que fundamenta preceptos de la teoría política. De modo de acusar procesos y procedimientos de oscura condición y apesadumbrada connotación.

La historia política de las sociedades, atestigua sus desenvolvimientos. Particularmente, aquellas que han adquirido conciencia sobre su desarrollo experimentado entre problemas y provechos. 

La vida en las actuales circunstancias económicas, sociales y políticas se convirtió en un complicado enredo. Sobre todo, en el contexto de las crisis que se establecieron como resultado de la presunción de muchos de controlar el mundo por encima de la naturaleza.

Indudablemente que las oportunidades, que el mismo caos reditúa, son posibles de aprovechar. Solo que son difíciles de advertir y comprender. Descifrarlas requiere no tanto de la voluntad y lo acucioso que pueda ser quien se atreva a desafiar sus contingencias. También demanda otros recursos. Así pueden enfrentarse las exigencias de la empresa proyectada.

Pero el problema no termina de resolverse afrontando la crítica situación en curso. El problema derivado de tan infortunadas crisis, supera las aludidas posibilidades de sobrepasar tan peligroso “campo minado”. Y es porque el problema que ha comenzado a inflamar al planeta está provocando un reacomodo social, político y económico. El mismo, a instancia de un poder tan conspirativo como despiadado e inhumano.

El orden social que se avecina, no se compadecerá de nada ni por nadie. Ni de la historia, ni de la espiritualidad. Tampoco, de las capacidades y potencialidades que le han deparado al hombre el valor necesario para superar tantas dificultades que buscaron retrasarlo de su evolución y desarrollo.

Pareciera que alrededor de la pandemia de la covid-19 se han instalado múltiples causas dirigidas a someter la vida del hombre a renunciaciones, conformidades y sumisiones. Situaciones todas que parecieran apostar al fracaso continuado de proyectos de vida. Esto, a manera de irradiar sobre el mundo la desesperanza posible que la fuerza oscura del mal, establecida por el sadismo de legionarios moldeados por el odio ruin y el resentimiento exterminador, está pretendiendo.

Por eso la política se contaminó sobremanera. Hubo que enviciar las sociedades en demasía. Y desarreglar las institucionalidades al máximo. Pero especialmente, arrasar con todo lo que pudiera servirle a un pueblo como instrumento de lucha.

Aunque a decir por lo que refleja la sociedad mundial en cuanto a valentía y tenacidad para seguir resistiendo los embates que encadenan las crudas crisis, hay sobrada disposición para ascender la cima que han remontado las virtudes humanas.

A pesar de que el caos dominante, casi entrampa al tiempo sin entender lo que refirió Tertuliano, sacerdote cristiano del siglo II. Asintió él que “el tiempo todo lo descubre”.

Tan cierto es el adagio, que los ofuscados dirigentes del caos en cuestión, han seguido presumiendo de su poderío para infundir temor. Más, sí logran inducir la sensación de reducir el sentido de vida. Aunque debe reconocerse que sus presunciones han sido exageradas por medios de información formados a este respecto. Aunque bien calculada su tarea en su insano diseño. Porque han pretendido que el hombre de hoy piense, y llegue a creer, que ya está con el tiempo encima.

 

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La administración del terror, por Antonio José Monagas

@ajmonagas 

La teoría administrativa va mucho más allá de lo que concierne a la empresa. Toca razones y proyectos de vida, así como condiciones que limitan el devenir del ser humano. Condiciones que abarcan no solo virtudes, oportunidades o fortalezas. También, aquellas que rayan con debilidades, amenazas y temores.

Puede hablarse de la administración del tiempo, así como de la administración del terror. En nuestro caso, del terror que infunde un régimen político que paralizar o intimidar a la ciudadanía.

De ese modo, le resultará sencillo someterla a las imposiciones que improvisada o deliberadamente establezca.

La administración de empresas busca ordenar los procesos que facilitan el aprovechamiento de los recursos y capacidades en función de las situaciones por las que transitan los negocios y operaciones financieras. Todas son fases o momentos que comprometen la organización, planificación, coordinación, administración, control y evaluación de cada convenio transado para orientarse al éxito.

Asimismo sucede con los regímenes políticos cimentados sobre objetivos de poder (sin fondo). Estos diseñan sus estrategias en términos de metas que les asegure el arribo a sus tramados propósitos. Siempre, basando sus perspectivas en las intrigas que encierran la administración del terror.

Es así como regímenes de “pezuña larga”, acomodan su gestión apostando al “éxito” de la misión, esbozada esta con la mayor alevosía posible. Solo así puede garantizar el acceso a estadios de poder configurados según intereses pautados de antemano. Pero encubiertos por discursos disfrazados de amplitud. Y capaces de despertar el suficiente respaldo que se plantea endosando el acceso más inmediato al poder político.

Esos regímenes se cuidan de no dejar sus urdidos propósitos al descubierto. Por eso adecuan realidades que busquen propiciar la confianza necesaria entre quienes caen rendidos a las tentaciones expuestas. Esos mismos regímenes saben que en la ganancia de la confianza solventa buena parte del problema que genera la suspicacia. Así logran ganar el suficiente espacio político al conquistar las aspiraciones más escondidas del elector.

Luego van por los actores políticos que fácilmente se prestan a permutar su dignidad o conciencia por un cargo donde puedan cristalizar  sus apetencias. El “póngame donde haiga”.

Los procesos de administración del terror, propios de regímenes tramoyeros, explotan la imaginación de sus operadores políticos para esparcir la confusión con la que nublan la conciencia de la población. Por tanto, le resulta fácil complicar toda situación que el régimen presuma de alterada.

De manera que el miedo que pueda despertar cualquier pronunciamiento popular que llame a la rebelión de la sociedad, el régimen lo responde aguzando sus procedimientos con los que infunde terror. Pero terror este administrado con sus recursos de intimidación, violencia extrema y odio de retorno.

Repele el miedo creando terror. Aunque un terror impulsivo. Esa es la forma de cómo un régimen de manifiesto autoritarismo, o dictatorial, busca sobrevivir en el poder. Para ello afianza su praxis en depuradas técnicas y maniobras que solo entiende y explica bajo lo que se conoce como la administración del terror.

 

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Sin confianza alguna, por Antonio José Monagas

@ajmonagas 

Referir la confianza en el contexto de la vida del hombre es distinto del significado que dicho término ostenta en el mundo de la política. Esta diferenciación no hace su interpretación del todo sencilla.

En el terreno espiritual y sentimental, la confianza se mueve entre variables de naturaleza emocional que ponen de relieve el afecto. Mientras que en la política la confianza se moviliza entre factores que se insuflan del poder que prodiga la oportunidad. Sobre todo, cuando se presenta en medio de circunstancias fortuitas o temerarias. Incluso predeterminadas por el mismo hombre, en su afán de aferrarse a eventos de los cuales busca aprovecharse.

Se dice que la confianza no deriva de la razón que pueda argumentarse, sino del hecho de enfrentar o encarar circunstancias sin temor a verse atrapado por ellas. No obstante, la seguridad y la osadía ante una situación de dudosa consistencia son razones que le imprimen sentido a la confianza. Confianza para avanzar de cara a los avatares que están a lo largo de todo camino por donde el hombre ha de pasar. Por eso el poeta español Antonio Machado escribía “se hace camino al andar”.

El problema estriba en el ejercicio de la política. Las razones de las que se sostienen quienes ostentan vivir en la cúspide de la política son infundidas por vicios. Así sucede casi siempre. La seguridad tiene un componente que la vincula con el afán de valerse de alguna coyuntura en beneficio propio.

Asimismo ocurre con la osadía. De ahí que los discursos políticos despiertan enjundiosas dudas. Esto interfiere en la posibilidad de asir la confianza a alguna acción demostrativa de loable acción. Que casi nunca aparece. Ni exhibe su perfil.

Y ese resquebrajamiento que dejan ver muchos políticos de oficio al inicio, a mitad o al final de su empresa, pone al descubierto la codicia o el egoísmo que bien disfrazan con una narrativa aparatosa con la que solo buscan encubrir su solapada voluntad.

Entonces, ¿cómo apuntalar alguna confianza en autoridades públicas que se ufanan de actuar a distancia de lo que su retórica pronuncia?

Lejos está de aceptar la confianza entre los valores de una democracia. Sobre todo, si luce esquilmada por la acción de un proyecto político farsante y demagógico. La pretensión de considerar la confianza hacia las autoridades gubernamentales, como puntal de un ejercicio político, se cae por su propia pesadez. Además, reconocer un proyecto ideológico como propuesta suprema de “(…) refundar la República para establecer una sociedad democrática (…)” (del preámbulo de la Constitución de Venezuela, 1999) representa un insólito y grave desmentido.

Que los valores de la democracia sean la prudencia, la tolerancia, el respeto mutuo, la moderación, la libertad, el pluralismo, la competencia justa, el apego el ordenamiento jurídico, el balance del poder y la confianza hacia la autoridad pública, es una cosa distinta del hecho de aceptar que esos mismos valores sean lo que fundamentan un remedo de democracia en el terreno de un régimen autoritario y hegemónico. Peor aun, delincuencial. Por tanto, solicitado por la justicia internacional. Tal cual es el caso Venezuela. 

Particularmente lo que contempla el artículo segundo de la Constitución nacional luce contradictorio. Sobre todo, ante lo que a diario acomete en descrédito de lo que exalta el contenido de la Carta Magna. Entonces, ¿cómo actuar frente a un régimen que se contradice en palabra y acción? No hay más respuesta que la justificada por la desconfianza hacia la autoridad pública.

Todo, por embrolladora, engañadora, insolente, opresora, hostigadora, corrupta, resentida, inmoral, pendenciera, abusadora, mediocre, inepta, codiciosa, entre otras enfermedades éticas, culturales, sociales y políticas. No hay de otra que proceder a actuar. Pero con el poder que aprisiona al país entero, sin confianza alguna…

 

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