Antonio José Monagas, autor en Runrun

Antonio José Monagas

En las profundidades de las distorsiones, por Antonio José Monagas
Cuando la política se descarría, hasta el tiempo luce confuso

 

@ajmonagas

Cuando la política se descarría, hasta el tiempo luce confuso. Las perturbaciones e imprecisiones de la política depravan su ejercicio. Tanto, que hasta el hombre equivoca el camino y pierde el sentido de orientación.

Ahora, las realidades son radicalmente diferentes de las que estimaba el discurso político de mediados del siglo XX. ¿Qué sucedió para que se atascara la trayectoria pautada por los criterios de la teoría del desarrollo? Posiblemente, sus respuestas darían un conglomerado de apreciaciones cuya explicación superarían expectativas capaces de desvelar algunas de las verdades que se ajustaran a la realidad.

Sin embargo, el problema no pareciera resolverse en tan extenso recorrido epistemológico. Es posible que una de las verdades que sabrían responder al desenlace de tan complicada maraña metodológica resulten más próximas a la teoría política.

El problema en sí lo encubre la situación sociopolítica y socioeconómica que caracterizó la mitad del siglo XX. Una situación que confrontó serias contradicciones. Y aunque resultaron en extrañas panaceas políticas, compensaron las realidades con concepciones y formulaciones de distinta naturaleza.

Conflictos que en el siglo XX ocasionaron serias crisis, desembocaron en transformaciones e importantes arreglos. Muchos de los cuales, para los años posteriores, nivelaron abismos que, en lo social, político, económico y hasta militar, adquirieron definidas formas. Aunque de peligrosas magnitudes.

Pero que, de todos modos, tuvieron resultados que determinaron cambios significativos. Cambios que a su vez incitaron reacciones que favorecieron el advenimiento de proyectos que afianzaron el andamiaje del desarrollo económico y social buscado por trascendentes fuentes políticas y geopolíticas de tono democrático.

El final de la Guerra Fría, y la extinción de la Unión Soviética, entre otros eventos fundamentales acaecidos el siglo pasado, motivaron sustanciales cambios. Aunque las dudas e incertidumbres han acompañado las dos últimas décadas.

No obstante, haber pisado el siglo XXI, las realidades expusieron otra realidad cuya caracterización se ha alejado profundamente de la que modeló el mundo del siglo XX.

¿Cambios que dejan huellas?

Se ha generado una situación completamente distinta de la anterior, en la que las diferentes ideologías políticas, económicas y sociales que polarizaron al mundo durante el siglo XX, extrañamente no se muestran enfrentadas entre sí. Tienden ahora a compaginarse alrededor de intereses que, en otrora, antagonizaban y, por tanto, actuaban como razones en competencia por objetivos semejantes, no tan dispares. Al menos en su forma de ser concebidos.

En la actualidad se pugna por alcanzar un “Nuevo Orden Mundial” que procura configurar una sociedad más sosegada. Aunque subyugada a las pautas dictadas por un “hegemón”. O por las medidas impuestas en aras de los intereses de una entidad constituida por corporaciones o naciones que poseen el mayor potencial económico, militar y político.

Pese a serias contradicciones cuyos ecos alcanzan plataformas sociales, políticas y económicas regadas por el planeta, se ha escuchado que buscan dar con una sociedad erigida en la bondad natural del ser humano. Tanto como en el sentido constructivo de la historia y en la posibilidad de acceder a una felicidad que abarque la mayor parte de los individuos del mundo. Lo cual suena a “irónica paradoja”.

Según el profesor de la Escuela Claremont de Postgrado, California, USA, Peter Drucker, “(…) son distintas de las cuestiones sobre las cuales siguen escribiendo libros y haciendo discursos los políticos, los economistas, los eruditos hombres de negocios y los dirigentes sindicales”. Es el escenario que ha permitido la incidencia de experimentos de toda procedencia.

Es ahí cuando surgen mecanismos y dispositivos relacionados con la digitalización que ha intrincado la funcionalidad del mundo. Quizás para bien o no, del desarrollo humano al inducir nuevas y hasta inconsistentes razones para erigir el llamado “nuevo hombre”. O sea, el “homodigital”. Un individuo sin mayores sentimientos ni valores, atrevido en su temperamento para inmiscuirse en proyectos para los cuales su concurso no coincide con exigencias básicas.

Los negocios se desvían de su naturaleza social y buscan afincar sus objetivos solamente en la causa económico-financiera. Asimismo, la educación está dejando de apuntalar sus procesos de enseñanza aprendizaje en paradigmas apegados al sentido más íntimo de lo que engloba el concepto de magisterio. El ejercicio de la política pretende dislocarse de la filosofía a partir de la cual los procesos de gobierno consideran la sociedad como pivote de su accionamiento.

Estas nuevas realidades ya comenzaron a invalidar muchos de los supuestos alrededor de los cuales se perfiló la política que rige naciones y su relación entre ellas. Aunque muchas de las consideraciones que hoy pretenden moldear las realidades del siglo XXI, continúan perdidas o imprecisas. O que, como presunciones, muchas siguen inadvertidas.  Muchas que todavía reposan en las profundidades de las distorsiones.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

¿Otra historia?, por Antonio José Monagas
La historia política contemporánea venezolana la escribieron los antiguos perdedores que hoy inhibieron el sentido de libertad impreso en la crónica republicana

 

@ajmonagas

El hombre siempre ha escrito su propia historia, trenzada por problemas de distinta índole. Quizás el más insidioso sucede cuando se atraviesan las ideologías interesadas en sesgar los hechos a su antojo. Aunque la historia también resulta perturbada cuando sus capítulos testimonian las sucesivas catástrofes motivadas por dificultades de capital importancia. Dificultades que truncaron el crecimiento y maniataron el desarrollo de naciones, cuyos posteriores esfuerzos por escapar no tuvieron el mejor resultado. Paradójicamente todo ese devenir indica que los errores cometidos y referidos históricamente se repiten. Incluso, generando más daño de lo que, en un principio, los susodichos hechos llegaron a marcar.

Así ha sido grabada la historia contemporánea de Venezuela. Su historia política es el recuento de cuánto intentó superarse y no pudo. Ni siquiera algún escarmiento logró con el paso del tiempo. Deberá reconocerse que la historia política contemporánea venezolana la escribieron perdedores en medio de una crisis que no solo estrujó sus consciencias, sino que inhibió el sentido de libertad que debió ser signo impreso en la crónica republicana.

Pero no por ello la historia del país dejará de ser una motivación para reescribirla con la dignidad que representa cada hecho realizado con sentido democrático. Como lo plasmaba Jacinto Benavente, extinto dramaturgo español, “una cosa es continuar la historia y otra, repetirla”. He ahí lo significativo del asunto.

A decir de los hechos, tal como en la actualidad están desarrollándose, el régimen se ha empeñado en inhabilitar el oficio del historiador al constreñir su deber de registrar la historia. Las realidades que caracterizan el presente venezolano desnudan del ropaje que llegó a vestir la forja independentista del siglo decimonónico venezolano. Ello ha devenido en la mutilación de valores morales, dejando al venezolano sin referentes históricos para evitar repetir los infortunios.

Esto ha causado la descomunal crisis que ha puesto en ascuas la institucionalidad jurídica y política venezolana.

El ocaso (político) del siglo XX

Haber salido de la dictadura perezjimenista que azotó el discurrir político venezolano a lo largo de la década de los cincuenta del siglo XX, constituyó el ticket de entrada al proyecto que Fidel Castro venía experimentando desde 1958 en Cuba. Eso llevó a que Venezuela fuera víctima de la grosera incursión de cubanos por Machurucuto a principios de los sesenta. Pero igualmente, el país sufrió desmanes que surgieron con la Guerra Fría, toda vez que comunistas soviéticos andaban en complicidad con revolucionarios cubanos.

Lo más duro se produjo con la caída del bloque soviético, ya que el régimen cubano sufrió un duro debilitamiento; ello lo motivó a buscar evitar que su gobierno construido con represión, corrupción y desolación se viera sumergido entre más problemas de los que para entonces había acumulado.

Así, la dictadura castrista ideó el modo de penetrar naciones con el propósito de rebuscarse los fondos que requería el andamiaje político-económico de la isla. Las coyunturas favorecieron las intenciones de Castro desde el mismo momento en que el golpismo militarista venezolano, de 1992, se convirtiera en la ruta para torcerle el sentido y dirección a la historia política nacional.

La invasión cubana

Con los años, la incursión cubana tomó la fuerza necesaria para intervenir procesos políticos con la impunidad que le permitía complicidades a lo interno de algunos países latinoamericanos. Aunque en las postrimerías del siglo XX, la situación de amenaza hacia algunas naciones de debilitada estructura democrática, arrecia con la alianza Moscú-Beijín. En el fragor de dichos tiempos, el espíritu inoculado del castrismo -azuzado por el gobierno moscovita- se propuso la desestabilización de mercados internacionales; con ello causó la mayor angustia socioeconómica que permitiera la expansión de sus estamentos e instancias de gobierno. Así lograron darse tan perversos eventos.

Fue la vía que, con base en conjuras, amenazas y arbitrariedades, afectó el modelo democrático que en Venezuela venía procurándose durante la segunda mitad del siglo XX. Pudieron más los reveses y avatares generados por la imprecisión con la cual pretendió consolidarse la institucionalidad de la Venezuela democrática. Y fue así como el camino democrático diseñado no pudo concretarse, ni recorrerse.

Se dieron las condiciones para que el régimen militarista venezolano implantara el modelo estatista que tergiversó hechos y configuró la historia a su manera, a imagen del sistema castrista. Y lo peor llegó con la desvergüenza de ideologizar colectivos humanos para incitarlos a ilusionarse con una utopía redentora que degeneró en este desastre.

Con la excusa del llamado “socialismo del siglo XXI”, el régimen ofreció superar las distancias sociales y económicas. Pero impuso a cambio un sistema vil que pretende arrebatar de la memoria colectiva el país republicano que precursores, libertadores y civilistas habían construido. Por eso, se habla de estarse reescribiendo ¿otra historia…?

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El imperio de la vileza, por Antonio José Monagas
Venezuela padece por olvidar que todo gobierno militar ha traído tormento, hambre, opresión y terror. La vileza impera hoy

 

@ajmonagas

La vileza es propia de quien tiene por alma un acelerador de mala fe. Bajo la vileza se esconde todo lo que es despreciable y bajo. Por eso se vincula con la maldad y la traición. Quien sigue esos caminos de bajeza y villanía termina urdiendo canalladas y engaños, pues se convierte en un producto de la ociosidad social e incorrección política.

El novelista francés Víctor Hugo advertía: “cosa en verdad extraña es la facilidad con que los malvados creen que todo les saldrá bien”. Y tanto lo procuran quienes así se mueven, que hacen de la insolencia una virtud. Incluso, esos personajes llegan a caracterizar el oficio de político. Sobre todo, quienes como políticos cometen el error de creer que su práctica no requiere preparación alguna, salvo la que implica asegurar el poder para su usufructo desmedido.

Este exordio vale para explicar lo que sucede en el caso de quienes llegan a gobernar sin el más mínimo sentido de ética, moralidad y civilidad. La historia política contemporánea es testigo de gobiernos (militares) obtusos y mediocres, como el que padece Venezuela.

Un padecimiento por olvidar que todo gobierno (militar) ha traído tormento, hambre, opresión y terror. Cualquier experiencia pasada es reveladora de la incapacidad del militar para comprender la complejidad de gobernar. Más aun en democracia.

Negar la magnificencia de la educación como pivote del desarrollo económico y social es condenar toda posibilidad de construir la nación sobre un fortalecido cimiento de valores y principios de justicia social y responsabilidad política. Obstruir la institucionalidad y la educación, en cualquiera de sus niveles, es simplemente un ejercicio de vil conspiración contra la dinámica social y la movilidad política en el marco de la pluralidad y del respeto ciudadano.

Es confabularse con las fuerzas de la demagogia para contener las fuerzas de las libertades mediante la transferencia de migajas de un sector de la sociedad a otro. Pero también, a través de la villanía contenida en cada decisión disfrazada de magnánima. Particularmente, aquellas envueltas por la maraña del mal denominado “socialismo del siglo XXI”.

¿Y Venezuela por dentro?

Resistirse a seguir la pauta del desarrollo integral con el auxilio de represalias bajo la forma de amenaza, forjamiento de información pública, inclusive expoliaciones encubiertas a través de expropiaciones o confiscaciones, constituye un delito de lesa humanidad. Una fechoría que bien merece la reprobación del mundo entero. Y es lo que, de modo apesadumbrado, vive Venezuela.

Esa es, precisamente, la razón por la cual el gobierno (militar-cívico) busca contener y someter toda acción concebida bajo el concepto de libertad y autonomía. Pues es atentatoria del autoritarismo que sirve de criterio funcional al hecho de gobernar apoyándose en criterios de crasa perversidad.

En medio de esas situaciones, el país está conduciéndose. Pero por la senda equivocada. Poco o nada ha servido una normativa constitucional cuyos postulados exaltan procesos administrativos que podrían coadyuvar una justa y eficiente labor de gobierno.

Sin embargo, el afán de lucro, que incita al poder mal comprendido, ha sido la causa de los problemas que agravan las realidades que confronta el país.

Cuando lo que domina es la intención y acción de estos gobernantes “militaristas” llega la ruina de la nación. Concretamente, desde que Venezuela comenzó a verse impedida de actuar conforme al concepto y praxis de libertad y derechos humanos a consecuencia del autoritarismo hegemónico que domina su vida. Así ha venido sucediendo, toda vez que el país, sin duda alguna, vive política, económica y socialmente bajo el imperio de la vileza.

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¿Navidad ultrajada…?, por Antonio José Monagas
Se asume la Navidad no solo como razón de celebración cristiana, sino también como ritual para festejar la esperanza de un nuevo tiempo

 

@ajmonagas

Desde que Roma instituyó la Navidad, hace más de dos siglos, su celebración ha sido parte de la vida social del hombre. Aun cuando la Navidad no concuerda con la Biblia. Su origen reside en costumbres y ritos paganos. De hecho, en Corintios 6:17 puede leerse algo que asienta la susodicha consideración: “Salgan de en medio de ellos y apártense, dice el Señor. No toquen nada impuro y yo los veré con agrado”.

Ni los apósteles de Jesús, ni los primeros cristianos, celebraban la Navidad. Jesús solo mandó que se recordara su muerte. No su nacimiento. (Léase Lucas 22: 19-20). Es por tanto que la Biblia no refiere la Navidad como razón a ser celebrada. Además, no hay prueba de que Jesús hubiese nacido un 25 de diciembre. Sin embargo, el mundo cristiano celebra la Natividad como expresión de renovación de la esperanza. Valor que sirve el hombre como fundamental puntal de vida.

Sumado a esto, la Epístola a los gálatas 4: 4-5 pone de relieve una motivación que exalta la cristiandad en su mejor significado. Escribe Pablo de Tarso que al llegar la plenitud de los tiempos, “(…) Dios envió a su hijo quien nació de mujer y para ser quien libertaría de la Ley a todos los que estaban sometidos. Así llegamos a ser hijos de Dios”.

De ahí pues que la Biblia invite a emplear la razón como soporte de vida. Lo hace para que sean tomadas aquellas decisiones que mejor proyectan las capacidades de cada ser humano. De esa manera, esta acción busca que cada individuo pueda brindar lo mejor de sí mismo (léase Romanos 12: 3-8)

No obstante, por lo arriba expuesto no debe desdeñarse la crudeza propia de los tiempos presentes. Realidades estas forjadas por la violencia, el resentimiento, la codicia, la envidia, el odio y el egoísmo que consumen la espiritualidad del ser humano.

Así que se asume la Navidad no solo como razón de celebración cristiana, sino también como ritual para festejar el recibimiento de un nuevo tiempo. Todo, por supuesto, desde la perspectiva de la dinámica social, política y económica que se vive. Lo cual no invalida la necesidad del hombre por reflexionar de cara a la esperanza que la vida es capaz de ofrecer.

Y hacerlo ante los problemas que contrastan las realidades de países oprimidos y reprimidos (como Venezuela), lleva a inferir que el tiempo que suscribe la Navidad es exacto para encarar lo que las petulancias, presuntuosidades, fastuosidades y apariencias intentan ostentar.

La Navidad entre dos acepciones

Reconocer la Navidad compromete dos acepciones. Primeramente, su esencia y sus vivencias en lo que desde la esperanza puede lograrse. Y es lo que esta disertación plantea para sembrar la reflexión necesaria que termine haciendo ver la siguiente consideración. Y es que entrar en tiempo de Navidad no implica separar la esperanza de las duras realidades por las que los actuales tiempos atraviesan.

Cabe entonces la segunda acepción, que tiene que ver con las vivencias que el individuo se permite en tiempos navideños. Pero, sobre todo, en medio de tiempos tan complicados y desconcertantes como los actuales. Particularmente, en el contexto de un país que (como Venezuela), se encuentra asediado por los más atroces episodios que pueden caber en la narrativa histórica contemporánea. Episodios que dan cuenta de estar viviendo en un precario remedo de república.

Se vive bajo un régimen que no ha sabido asumir responsabilidad alguna, pues la desvergüenza y la deshonestidad son sus más resueltos criterios de gobierno.

Todo esto coadyuvó a que el régimen hiciera de Venezuela un país reducido por la corrupción e inmoralidad. Situación presidida por un militarismo codicioso, un funcionariado adulón y por acólitos altaneros y mal portados. Un país donde hasta las ilusiones son difíciles de creer.

Un país donde quienes ejercen el poder actúan cual desaforados vividores del pueblo. Que se ha situado al borde de la memoria. Un país que ha comenzado a vivir de no hacer nada.

Aun así, no por ello debe abolirse la esencia de la Navidad. Aunque las vivencias sean tan duras como el golpe que el asesino procura dar cuando busca exterminar a su víctima de manera fulminante. Sin embargo, sigue habiendo y sobrando razones para preguntarse si acaso estos tiempos de regocijo cristiano son tiempos para renovar esperanzas. O acaso ¿serán nuevamente otras navidades ultrajadas…?

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Convicciones que no terminan de irse, por Antonio José Monagas
Hay doctrinas, como la presunción revolucionaria, que continúan hostigando al mundo actual

 

@ajmonagas

Pareciera que el pasado sigue inoculando el pensamiento de quienes, en su afán por prolongar arriesgadas emociones, han continuado fingiendo la gloria y la heroicidad política redentora de pretensiones que sedujeron multitudes. Hechos que trastocaron la dinámica política vivida durante las postrimerías del siglo XX. Sucesos que alentaron la creencia de estar viviéndose un tiempo de emancipación. Un tiempo en que se creyó haber dado con la fórmula ideológica que permitiría la transformación y revolución del mundo político, social y económico.

Sin embargo, nada así en verdad estaba sucediendo. Todo era producto de la inocencia política que la juventud debió purgar. Todo, por pensar que los herejes eran otros. Que eran quienes actuaban en contrario respecto de ideas de transformación que, paradójicamente, motivaron revoluciones populares. Revoluciones emergentes que creyeron que sus acciones construirían un mundo mejor. Incluso, el siglo XIX también sirvió de teatro de dichas presunciones.

Pero las realidades esgrimieron otras causas que terminaron reivindicando obtusas razones políticas. Ortodoxos criterios de represión que asfixiaron aires de libertad, de derechos humanos y garantías civiles. En consecuencia, buena parte del siglo XX fue escenario de una larga historia de opresión y decadencia política en importantes ciudades del mundo de cuyas repercusiones no escapó América Latina. En principio llegó a creerse que tales hechos acabarían con un pasado atiborrado de iniquidades.

Se pensó que el estudio de tan violentos eventos sucedidos allende los mares, serían lecciones que evitarían que aquellos errores fueran replicados en Latinoamérica. Las expectativas que ante las realidades surgían, hacían creer que habrían de corresponderse con los cambios pregonados. Y por consiguiente, comenzaron a pronunciarse por doquier.

Las universidades, los centros del debate político, se convirtieron en lugares de análisis y organización política. La palestra pública fue escenario básico para ensayar ideales que se confundían con ilusiones diferidas. Pretendieron hacerse ver como fórmulas de alguna extraña magia política.

¿Tiempos de oscurantismo?

Así pasaron varias décadas del siglo XX. Hasta que su final reveló la incongruencia que se desató en medio de la cultura de sociedades que solo comprendieron y reconocieron lo que sus necesidades más inmediatas reclamaban. Así que cuando esa visión estructurada en los cambios imaginados copó el fragor de las realidades, el inconsciente perturbado de los desquiciados líderes políticos se hizo evidente. Y así manifestó todo lo que sus apetencias guardaban.

La institucionalidad política que hasta ese momento había impresionado el panorama político con interesantes propuestas de cambio, comenzó a desmoronarse. Actos estos animados por las narrativas borrascosas de dirigentes políticos que alcanzaron el poder mediante groseras manipulaciones y gruesos engaños.

Pareciera que las convicciones inalterables siguen causando estragos. Sobre todo, donde han apuntalado sus pervertidos propósitos. Ahora dichas intensiones son provocadas por ideales que rozan con el resentimiento y odio que dieron forma al politiquero forajido que se ha empeñado en alcanzar el status de “ciudadano decente y reconocido”.

A pesar de los esfuerzos que todavía procuran hacerse a fin de revertir las crisis que han deformado la visión de desarrollo afianzada por la pluma de estudiosos filósofos y políticos. Aun así, sigue habiendo convicciones ideológicas (desfiguradas) que no han terminado de borrarse. Se piensan todavía “vigentes”.

Y aunque se han formulado ideologías sociales, económicas y políticas capaces de marcar el fin de un pasado contrariado, se tienen aún doctrinas que continúan hostigando al mundo actual. Episodios que bien recoge la historia contemporánea para ilustración y lección de nuevas generaciones a fin de evitar se repitan tales felonías. Es decir, sigue habiendo patéticos dogmas que intentan sustituir “progreso” por “retroceso”. Son cuales oscuras convicciones que no terminan de irse.

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¿Por qué tanta desconfianza?, por Antonio José Monagas
No es secreto para nadie la desconfianza que existe de cara al proceso político-electoral en Venezuela

 

@ajmonagas

No es secreto para nadie la desconfianza que existe de cara a las realidades políticas venezolanas. Sobre todo, ante la proximidad de un nuevo proceso político-electoral el cual despierta muchas sospechas que advierten sobre posibles irregularidades.

Son distintas las razones que fundamentan esa desconfianza. Sustentadas no solo en las vivencias de anteriores procesos, sino también en nuevas variables que enredan aun más los escenarios políticos, económicos y sociales que agobian a Venezuela. Aunque esas razones, lejos de demostrar el talante de la oferta electoral, derivan en un incremento de los problemas que, supuestamente, deben corregirse una vez alcanzados los objetivos políticos.

Aquí aplica lo que refirió Carlos Matus Romo cuando expuso que “cada vez es más común escuchar en la voz de la calle que los partidos políticos son capaces de ganar elecciones. Pero incapaces de gobernar con eficacia” (Planificación y gobierno. Revista de la CEPAL. Abril 1987).

A decir por lo que ha afrontado Venezuela en medio de las crisis políticas que marchitan la esperanza en la población electoral, siempre se han dado situaciones en las cuales se agudizan profundamente los problemas. A pesar de las condiciones que pueden favorecer la susodicha contienda electoral, al final de la misma las tendencias podrían marcar un resultado que habrá revelado contradicciones de interesante caracterización.

El riesgo de atinar al comportamiento político de un proceso eleccionario, como el venezolano, vale la pena. Es propio del análisis político. Es apostarles a las realidades, pero con el auxilio de argumentos consistentes.

La desconfianza desde adentro

En consecuencia, cabe antes aducir que cualquier sufragio, indistintamente del lugar y motivaciones que lo induzcan, obedece a un patrón, regla o medida política que le imprima una conducta organizacional específica. Y que la complica, las carencias e insuficiencias que soporta el organismo electoral en su esencia y movimiento.

Así que para ordenar la conducta política del universo humano participante en un proceso electoral tan complejo como el que habrá de realizarse en Venezuela, deberá incorporarse algún esquema de categorización. Para ello, el conjunto se segmentará en función de las reacciones que otras veces ha caracterizado el proceder de la clase política.

Acá no tiene mayor sentido hablar de la participación ciudadana en sufragios, en tanto que deber político. No hay duda que se admita y reconozca como un derecho. Pero no más. La diferencia sobre la cual se apuntala esta disquisición, estriba en la cultura política que comporta cada individuo al momento de presumir cierta actitud ciudadana ante el acto de votación.

Una categorización desde la desconfianza

Podría hablarse de siete tipos de individuos entre los potenciales electores que se pronuncian en torno al evento político-electoral convocada por el régimen inepto y anacrónico. Se tienen los “abstencionista-disciplinados”, que no creen en el sistema electoral vigente; los “abstencionista-ocasionales”, que no tienen motivos para ir a votar; están los “displicentes”, quienes se refugian en la neutralidad y que están convencidos de que votar no es elegir.

Asimismo, habrá que contar con el pronunciamiento de los “apasionados”, quienes forman parte de los cuadros militantes de los partidos políticos participantes en la conjura electoral); también están los “sugestionados”, que son amigos y simpatizantes que pueden titubear al momento de la votación; los “conminados”, aquellos asustados y comprometidos ante el acto electoral por razones personales o profesionales; y, por último, los “sugestionados”, quienes están persuadidos del derecho político-ciudadano que represente el acto de votar.

Con excepción de los sectores que reúnen a los “apasionados”, los “conminados” y los “sugestionados”, los restantes están integrados por individuos cuyo descontento los conduce a asumir una clara actitud de rechazo. La misma, fundamentada en la desconfianza que ha venido sopesándose a lo largo de los últimos tiempos.

Un remedo democrático

La desconfianza termina por confabular actitudes a partir de las cuales se cimientan procesos políticos de la importancia de una se constituye en primordial razón que puede provocar una hecatombe política difícil de articular y explicar desde la perspectiva del hecho electoral.

No obstante, cada momento electoral genera experiencias particulares. Aunque un tanto diferentes de las anteriores, pues las realidades van enmarañando las referidas experiencias. Solo que al final de cualquier lapso, luce posible advertir las contingencias que, inferidas de las experiencias electorales, van decantando a medida que las circunstancias van pervirtiéndose. Aunque lo peor es que tienden a ser encubiertas por dirigentes políticos cuyos discursos caracterizan la brecha que se desata entre una oratoria recargada de falsas promesas, y las agobiantes realidades palpadas y vividas por la ciudadanía.

Este problema lo padecen -con mayor fuerza- regímenes políticos caracterizados por gestiones despótica-hegemónicas. Es lo que realmente acontece en Venezuela. Y es la razón para que se induzca la desconfianza implícita en un ejercicio político que convoca elecciones políticas bajo el remedo de un ambiente presuntamente democrático. De manera que en medio de tan contradictoria situación, no es extraño pensar ¿por qué tanta desconfianza?

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Los juegos de la dictadura, por Antonio José Monagas
Los juegos de la dictadura son en extremo arriesgados, toda vez que son puestos en práctica a medida que el régimen comienza a advertir signos de ingobernabilidad

 

@ajmonagas

Indiscutiblemente, la realidad supera la teoría. Particularmente, si la realidad en cuestión se desarrolla a la sombra de un sistema político despótico. De un régimen que solo atiende y entiende lo que sus ideólogos consideran conveniente. O propio de sus intereses. No hay duda que los problemas que de estas situaciones se depara, tienen dos explicaciones.

La que se fundamenta en el poder, “consistente en los medios para obtener determinada ventaja futura” según Hobbes (Leviatán). Y la que se cimienta en la política. Desde donde se posibilita articular desaciertos al voleo. Sobre todo, con la intención de problematizar cualquier solución que presuma dar con algún posible acuerdo entre encontradas equivocaciones.

En el terreno de lo fáctico son calificados como problemas por la cúpula política que detenta el poder. Con ello busca erigirse un estado de crisis. Además, señalados como razones de alguna oscura estrategia política que resulta de precisa conveniencia al desorden político engendrado.

Es acá donde finalmente se confabulan causas con situaciones para luego convertirse en elementos de un juego político en particular. El mismo, dependiendo de la coyuntura en la que mejor calcen sus causales, es visto como plataforma de operaciones capaz de alterar, desvirtuar o modificar realidades en aras de causar la problemática necesaria que concuerde con las intenciones políticas que se tienen, previamente calculadas.

El régimen causa problemas que puedan desplazar o disfrazar otros. De este modo, su aplicación permite adecuar tiempos y espacios en función de los planes que requiere la conjugación entre el poder y la política para así alcanzar los objetivos tramados.

¿Qué es un juego en la dictadura?

Aquellos que requieren de quienes actúan como “avizores” de los juegos y que obran para su propio interés. Razón que se presta a que la persona se sirva de la “represión” o de otro ardid como soporte de su práctica. O sea, la combinación idónea para provocar un juego caracterizado por actitudes egocéntricas, intolerantes, seguras, arrogantes y dictatoriales.

Estos juegos de la dictadura, sin el componente que por otro lado define el egoísmo, poco o nada funcionarían. Así, cualquier necesidad de manipular, culpar, acusar e imponer, concuerda con los momentos que siguen los juegos de la dictadura.

El caso es que no hay realidad despótica en que la gestión política no acuda a regirse por axiomas que determinan ciertos procesos de gobierno asociados a juegos específicos, como criterios básicos para sustentar los discursos que, a su vez, soportan tramadas perversiones. Y desde luego, oscuras intenciones gubernamentales.

Lo que bien o mal representa un juego político, o de poder, es la oportunidad que se construye un gobernante con el fin de imponer su ideario.

El problema está en que no siempre lo que construye es expresión de lo que supone una continuidad político-histórica. Y es cuando la ambición de poder supera cualquier postulado trazado sobre líneas políticas apegadas a edificantes objetivos.

Es ciertamente el conflicto que se establece entre “verdad y poder”. Relación esta que según Michel Foucault, filósofo francés, evidencia las fracturas que generalmente esconde una gestión rociada de populismo, demagogia y revanchismo.

¿Cómo la dictadura estructura un juego?

Los juegos en todo régimen político autoritario hegemónico o totalitario fundamentalista, resultan en una relación entre un propósito calculado y los recursos necesarios para alcanzarlo. Habida cuenta que se realiza a manera de control político, social o económico. Pero al fin de cuentas es un control basado en el abusivo poder que se detenta y en el ejercicio de la política de solapada violencia.

Los juegos de la dictadura son en extremo arriesgados, toda vez que son puestos en práctica a medida que el régimen político comienza a advertir signos de ingobernabilidad bajo una gestión pública que muestra inconsistencias. Es entonces cuando se recurre a tales juegos de poder que, en dictadura, son demostraciones del escaso talante y talento de los gobernantes. Tanto como para ajustar condiciones políticas a rigurosos requisitos de poder.

El ejercicio del poder en dictadura impone una “verdad supuesta y mampuesta”. Una verdad construida a la sombra de una ideología diseñada para conciliarse con eventos desligados de libertades, garantías políticas y derechos humanos. Por eso, el poder en dictadura necesita de la fuerza necesaria que pueda contener cualquier resistencia que se oponga a las imposiciones dictatoriales.

La imposición de poder en un régimen dictatorial, obedece a la necesidad de hacer valer  “verdades” que busca reivindicar. Ello, a través de prácticas de represión, mandatos de opresión investidos del resentimiento desde donde vierte la inmoralidad propia de su disposición. Es así como refuta las ideas ajenas alegando que son falsas o que desvirtúan sus verdades.

En la lógica de la gestión gubernamental, existen cautelas en las actitudes de funcionarios de alto rango, resultantes del temor propio que induce cualquier intento de defenestración organizado por conspiraciones políticas. El efecto de las mismas gravita sobre sus actuaciones y modos de ejercer la política. Estos gobernantes se valen de estrategias que tiendan a asegurar la pertenencia y permanencia en el poder.

¿Qué implicaciones tiene un juego tramado en dictadura?

De ahí surgen los contubernios, maniobras, argucias y malicias, todas plagadas de desconfianza y nerviosismo, que inspiran la formulación de dramas, engañifas, calumnias o juegos preparados con la intención de confundir al adversario o antagonista político para entonces separarlo del camino. Es acá donde la dictadura se vale de la perversidad que le imprimen a estos juegos creados a objeto de anular al opositor. De minimizarlo al extremo como contendiente.

En dictadura, dichos juegos, muchas veces, alcanzan niveles inconcebibles de violencia. Juegos que no estiman su poder de disuasión, exclusión o anulación. Es ahí cuando se habla de juegos basados en: la escasez provocada, la intimidación forjada, la falsedad teñida de veracidad, la indiferencia fraguada, la necesidad clamada. Juegos de resignación, exclusión y humillación.

Y pensar que estos son algunas clases de juegos de poder pues son incontables los que acostumbra accionar una dictadura. O sea, una autocracia cuyos opresores, pretendiendo actuar desde la usurpación, vulneran tantas leyes como valores, principios, libertades y derechos puedan. Es así como las realidades subyugan cualquier teoría. Así, los regímenes despóticos buscan hacer de las suyas con el auxilio de lo que la teoría política denomina los juegos de la dictadura.

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Decepcionados de su propia tragedia, por Antonio José Monagas
Venezuela es la mejor y más propia expresión de lo que es vivir profundamente decepcionados

 

@ajmonagas

Incertidumbre se opone a certeza. Pero también la incertidumbre riñe con cualquier situación dominada por la confianza. Podría asentirse que es la razón del problema que caracteriza el ejercicio de la política. Por eso, su praxis ocurre entre contradicciones que incitan conflictos. Aunque de muy distintos niveles.

La política está siempre debatiéndose entre dosis de incertidumbre. Sobre todo, cuando el grado de incertidumbre es neurálgico y las situaciones de excepción se hacen frecuentes. Es ahí cuando la condición política, en cualquiera de sus manifestaciones, tiende a resquebrajarse. Sus implicaciones comienzan a provocar fracturas doctrinarias y operativas que en poco o nada se corresponden con las necesidades suscitadas en el foco de las realidades.

El meollo de las contradicciones que rigen el devenir de la política, se halla difuminado entre capítulos inconexos y desarticulados de la historia política que sirve de motivo a escuetas ideologías políticas. Es la trágica manera de cómo se ha forjado dicha historia. Más por descripciones arregladas con perversos propósitos, o intenciones que solo se ajustan a la ilación de una facción política que construye su narrativa sobre el triunfalismo que respira su egoísmo y envidia.

Esa es la tramoya que funciona para enmarañar voluntades que dirigen sus fuerzas políticas a esclarecer los intríngulis sobre los cuales las perversiones de la política plantean sus cometidos. O sea, planes apartados de discursos que exaltan ideologías políticas fundadas en la creencia de la bondad natural del hombre. Igualmente, en su aptitud innata para el bien y la justicia social. Tanto como en las formas posibles que expone la utopía política y social.

He ahí el tinglado que permite el ejercicio de la política. Y de tal fórmula, no escapa ninguna realidad. Especialmente, de países con sociedades resignadas, elásticas y sin mayores valores políticos. Venezuela es uno de ellos.

Venezuela es la mejor y más propia expresión de lo que es vivir profundamente decepcionado. Fundamentalmente, a consecuencia de la tragedia que el mismo régimen permitió al concebir sus bases políticas sobre una utopía revolucionaria.

Decepciones que matan

La tragedia que hoy sufre Venezuela no tiene parangón alguno. Es casi nada lo que queda de sus compromisos y símbolos político-electorales. Los ideales revolucionarios se contaminaron con el manido relato de un llamado “Socialismo del Siglo XXI”. Sus principios y criterios políticos se desfiguraron de lo que en su momento ofertaron.

Ha sido decisivo el desmentido que, a las exageradas propuestas que ilusamente cimentaron el ascenso de un militarismo furibundo y nauseabundo, le ha propinado la realidad política en los inicios del tercer decenio del siglo XXI.

Es bastante probable que un importante universo social del país político habría pensado que, con el advenimiento de una nueva casta política a la dirección político-administrativa del país, cambiarían las condiciones sociales, económicas y políticas reinantes. Que por miedo a volver a vivir otra época de indolente e impasible gobierno nacional, el ejercicio de una nueva política arrojaría fructuosos resultados. Pero no fue así. Por lo contrario. Venezuela cayó en su más terrible contracción, que minó todas las posibilidades de desarrollo y oportunidades de progreso.

Las constantes contradicciones que se han desatado en lo que ha corrido de siglo XXI, de cara con la realidad histórica contemporánea, asfixiaron sueños, anhelos y necesidades de un país que bien merece ver florecidas sus bondades naturales. Aunque podría pensarse lo que refiere aquel aforismo del politólogo Giovanni Sartori, cuando hablaba de que “la sociedad con todos sus defectos, es obra del hombre”. A lo cual cabe agregar, del hombre que con su poder político-económico domina sus espacios y tiempo.

Y no hay duda de todo ello cuando los resultados del último análisis ENCOVI dan cuenta de lo caótica y agotadora situación venezolana, cuya crisis evidencia una profundidad que pareciera haber perdido su fondo. Es la razón que justifica aseverar lo que acontece al interior de la humanidad de tantos venezolanos que se han visto traicionados por un compromiso que ni siquiera terminó de elaborarse. Su palabra quedó sin efecto alguno.

Son aquellos venezolanos que viven decepcionados de una tragedia a la que, ilusa y encandiladamente, contribuyeron a festejar. Y al mismo tiempo, a apuntalar. Quizás por esa razón, no dejan de estar y verse decepcionados de su propia tragedia.

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