Antonio José Monagas, autor en Runrun

Antonio José Monagas

La paradoja del “sándwich social”, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

Desde que el hombre comprendió la necesidad de proveerse una alimentación que advirtiera la relación entre los recursos culinarios que dispone, el entorno del cual los obtiene y los aspectos socioculturales que le confieren sentido a dicha relación, surgió la gastronomía. Es así que se estima como el arte de la preparación de una buena comida.

Hablar de gastronomía no es solo referir la relación entre el ser humano y su alimentación. Es también reseñar las tendencias que cada sociedad establece a objeto de exaltar sus tradiciones y de disfrutarlas. Siempre, exhortando su historia. Aunque las mismas se hayan visto vapuleadas por las realidades políticas, económicas y sociales.

En su devenir, el desarrollo de la sociedad luce de por medio. Además no es exagerado afirmar que cada proceso de desarrollo presenta su cuota de obstinación. Por haber vivido algo así como el naufragio de su propia identidad.

Así como la política o la economía han sido objeto de consecutivos reacomodos conceptuales y prácticos, el resto de las realidades también. Por ejemplo, la gastronomía ha adquirido distintas manifestaciones. Así es propio hablar de cómo la química u otras ciencias han incidido en su avance.

Si bien se habla de gastronomía molecular, es posible hablar de gastronomía política.

No solo para explicar cómo los gobiernos son capaces de incidir en la alimentación de una población. Tanto como para motivar buenos hábitos alimenticios, como para manipular el respaldo al proyecto político en boga. O para idiotizar el discurrir de la sociedad. Solo así, podría explicarse la paradoja del “sándwich social”.

Todos saben que un sándwich es una reunión de pan, queso y jamón. O sea el sándwich habitual cuya demanda invade hogares y cafés de medio mundo. Ese sándwich bien porta el calificativo de “social” dado que su consumo le merece tan fiel adjetivo.

Justamente, la presente disertación busca comparar su esencia y consistencia con lo que las características del “sándwich usual” permite interpretar. De ahí que se acude a prescribir la paradoja del “sándwich social” para desnudar el concepto de “mediocracia” desde sus acepciones más significativas.

La primera, tiene el sentido que proviene de la mediocridad (primera mitad del pan del sándwich). De la mediocridad entendida como recurso engañador sirviéndose de argumentos falaces para alcanzar sus propósitos.

La segunda acepción surge de la injerencia y manipulación de los medios de comunicación y las redes sociales. Así buscan enmarañar la información y sesgarla según los intereses que convienen a juicio de los poderosos (segunda mitad del pan del sándwich).

Mientras que el papel del queso y del jamón, lo asume la población maltratada. Siempre, a consecuencia de la locuacidad proferida desde la perversidad de la “mediocracia”. Indistintamente del juego político en que incursiona.

Cualquiera de las acepciones de “mediocracia”, deja ver la fragilidad democrática que se padece. Ya sea de este lado del globo o en cualquier otro lado. Mas, toda vez que, como recurrentes crisis, son el resultado de la acumulación de problemas políticos. Casi siempre causados por la desnaturalización de mecanismos políticos relacionados con la excesiva concentración de poder. Así como por la desconfianza entre poderes públicos y la reducción de capacidades del sistema político.

Desde cualquier banda o borde que corresponda en alguna de las mitades del “sándwich social”, siempre será la ciudadanía la aporreada.

No solo por estar en la mitad. Sino también, por ser el objeto de ataques de la “mediocracia”. Además que sobre la sociedad recaen los efectos que los discursos, informaciones, decisiones elaboradas o políticas mal formuladas por los apremios de la “mediocracia” generan.

Y es la razón por la que se habla de “paradoja”. Toda vez que por ella se entiende “una idea de aparente contradicción lógica”. Y aunque encarna algún sentido y cierta coherencia, implica una forma de verdad que tiene lugar en una parte de la realidad.

Lo que refiere el titular de esta disertación, quizás pudiera sonar extraño. Pero en lógica política, las circunstancias adquieren el sentido que resulta propio de cuando las realidades demuestran que en “política”, todo vale. Por eso las paradojas son habituales. Particularmente, cuando las realidades se implican entre sí.

De manera que la existencia de una, bien evidencia e involucra la coexistencia del resto. Es una situación propia del zarandeo que produce el discurrir de la política. Especialmente, cuando se tienen realidades que pueden contener diferentes acepciones. Como la “mediocracia”. Y es porque sus interpretaciones se prestan para jugar a las oportunidades aprovechándose de coyunturas y argucias posibles.

Es así como la política se convierte en un acto de equilibrio entre conjeturas, inferencias o conceptos análogos o solapados. Y la razón para hablar del efecto producido al superponerse o sobreponerse significados o acepciones distintas de una misma palabra. Típico caso de “polisemia”, según la gramática castellana. Y en el ámbito de la política, adquiere sentido la paradoja del “sándwich social”.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

No es justo que…, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

Lo justo, muchas veces se confunde con lo injusto. Sobre todo dependiendo del lado desde el cual se mire la situación. Sin embargo, pareciera ser que cuando lo justo toca las puertas de la razón, tanto como de la necesidad, es porque está dándose el momento exacto para resolverse el problema en ciernes. Ni antes ni después. Llega en el preciso momento. O sea, cuando tiene que llegar. O cuando debe llegar.

El carácter de “justo”, no responde a un orden natural. Es aleatorio. Se comportan cual cómplice perfecto de la incertidumbre. Por tanto, suele rogarse que lo justo llegue antes de que las circunstancias irrumpen. Aunque se presume que los problemas que afectan la vida del hombre, ocurre cuando las apetencias rondan cerca de las carencias. O cuando, la obstinación propia de los conflictos embota toda realidad que procede de la justicia del hombre. Incluso, de la justicia divina.

Pero en política, lo justo tiene otra connotación. Tan distinta, que su beneficio difiere de lo que se espera de la situación. El carácter de “justo” en lo que al ámbito de la política concierne, poco o nada coincide con lo que refiere cualquiera de sus sinonimias.

El sentido de frases como “correcto”, “conveniente”, “justificado”, “justiciero”, “equitativo” se extravía entre ambigüedades o vaguedades que sirven al ejercicio político en su afán de ejercer el populismo como criterio demagógico para forjar un proselitismo viciado. 

En Venezuela, sucede esto tal cual como lo destaca esta disertación. Es decir, lo justo parece haber perdido su pelea contra lo perverso, lo inmoral, lo pérfido, lo inicuo.

El caso es que, en Venezuela, no todo se explica. No todo tiene respuesta. No todo es lógico. Porque no todo es justo.

De manera que no es justo que las cosas anden tan mal como para luego justificar el desastre nacional. O como para asentir que “lo bueno que pinta el panorama político, es por lo fatídico como el régimen muestra su gestión”. Esto equivale a ir contra lo justo. Para así ganar el elogio político, dejando ver la horrenda adulación que muchos ejercitan.

A decir del reconocido pensador chino, Confucio, “saber lo que es justo, y no hacerlo, es la peor de las cobardías”. Precisamente, es el problema que caracteriza el desandar de una realidad moribunda. Casi el retrato actual de Venezuela. Tan magullada a consecuencia de los golpes recibidos por quienes asumen la justicia con sentido invertido.

Ojalá esta disertación se convierta en un breve manifiesto del enfado que viven quienes han sido humillados, acechados, despojados, vilipendiados, difamados y maltratados por politiqueros ciegos, mudos y sordos. Politiqueros que pregonan justicia, cuando en verdad actúan de forma injusta, oprobiosa y sin legitimidad alguna.

No es justo que la Venezuela, alabada por sus capacidades y potencialidades geográficas, se encuentre en los últimos escalafones del desarrollo humano, de transparencia funcional, de servicios públicos y prestaciones culturales. De primero en corrupción, en hiperinflación, en emigración de su población, en carencia de recursos necesarios para satisfacer necesidades humanas vitales. Y de segundo, en delitos de lesa humanidad, en violación de derechos humanos, en actos represivos, en ejecutorias antidemocráticas, entre otros.

En medio de las crisis de toda calaña que exhibe Venezuela, el proceder de la política no es justo para nada. Y así sucede por cuanto su política es impulsada por las torcidas ruedas de un desvencijado socialismo. Y por una involución que anda a paso de derrotados, vencidos y sometidos.

Además que como tontos útiles, miedosos de oficio, engañadores de profesión y egoístas por vocación que son esos gobierneros, se pliegan acompasadamente a todo lo que es injusto. Pues están enfermos de poder. De ese poder que se ciega ante las realidades. Por eso no se percatan de nada de lo que ocurre “ante sus propias narices”. Por lo tanto, sobran razones para gritar a los cuatro vientos, a manera de reclamo, no es justo que…

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La dictadura de las colas, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

Aunque la palabra “cola” tiene distintas acepciones que destacan un significado particular en zoología, en astronomía, deporte, informática, aeronáutica, botánica, moda, carpintería y geometría, principalmente, en el lenguaje coloquial expresa una postura, lugar, momento o nivel. Generalmente se habla, por ejemplo, de “hacer la cola”. De “estar a la cola” de una sucesión, serie o proceso. “Añadirse a la cola”. O cuando un hecho o vivencia “trae cola”.

Solo que no es igual “hacer la cola” que “padecer la cola”. Entre ambas locuciones, hay una diferencia contrastada por el orden al que se someten quienes se colocan uno detrás del otro. Pero también, por el controvertido comportamiento que asumen quienes hacen “cola”.

Desde esta perspectiva, pudiera asentirse que el vocablo “cola” desdice de su presunción hermenéutica. Así pareciera comprenderse. Pues no es difícil dar cuenta que su sentido literal choca con el arreglo que su organización, plantea. De modo que no cabría como sinónimo justo de “fila” o “línea”. Sobre todo, cuando su realidad no exhibe la disciplina necesaria que aplica la constitución y alineación de una “fila”.

Es el problema que deviene del significado de “cola”. Básicamente, cuando es por causa de gasolina. Como de forma apesadumbrada ocurre  en un contexto de desorden, anarquía o desbarajuste. Tal cual como el que precede y preside el despacho de gasolina en una Venezuela en crisis. Totalmente perturbada.

El (des)gobierno venezolano, por ineptitud o por encubierta intención, prescrita por el proyecto político-ideológico que acompaña la gestión gubernamental, ha llevado al país al embrollo, barullo y enredo.

Tanto así, que hoy Venezuela se sitúa en los últimos puestos de cualquier índice internacional de desarrollo político, económico y humano.

País fantasma

Un país que se distinguió por su capacidad operativa como ofertante de petróleo y sus derivados, se halla en el inframundo de la geopolítica. Sus devaneos publicitarios, afincados en lo que ridículamente ha llamado “socialismo del siglo XXI”, solo sirven para demostrar el carácter obtuso de las equivocadas políticas económicas asumidas.

Así, Venezuela fue reduciéndose como país petrolero. Al extremo de que ni gasolina le quedó luego de actuar negligentemente ante la crisis económica, social y política que terminó destruyendo la industria petrolera. Lejos de lo que fue, el país se convirtió en un “fantasma del desarrollo”. El régimen, acusado internacionalmente como un verdadero “sistema de negocios ilícito”, provocó el descalabro de la economía que sustentaba la vida nacional.

En consecuencia, la crisis moral estalló en medio del desarreglo incitado por culpa de la impudicia que amparó al propio régimen socialista. El denominado “Plan de la Patria”, elaborado a instancia del proyecto político-ideológico sobre el cual se sembró la ola de antivalores que cundió por doquier, justificó muchos de los desafueros que hoy condenaron al país al abandono y al atraso.

Y es el abandono y el atraso el terreno sobre el cual el régimen ha buscado -infortunadamente- revertir los problemas que su misma abulia causó. De manera que no ha podido dar con la fórmula que permita el restablecimiento de la funcionalidad institucional de otrora. Y es porque no hay voluntad gubernamental. Ni para eso. Ni para otra cosa que no sea insistir en su imperfecta aritmética electoral. Aparte de los negocios que sigue blandiendo con su tesis de “soberanía y autodeterminación”. Así como de las oportunidades que se construye, para favorecer la campante corrupción.

¿Dónde aparece la corrupción?

Era el punto que faltaba para terminar el análisis que corresponde a la presente disertación. El de la “ávida corrupción”. Precisamente, es el ámbito en el que se perfila el negocio de la gasolina. El mismo, activado con la parafernalia que permite la “ávida corrupción”, constituye un pingüe negocio que permite usufructuar el espacio necesario para engrosar el peculio de quienes se creen “administradores del abuso”. Aunque a una escala menor de la que ha caracterizado otros delitos de esta misma estirpe cometidos en las alturas del poder.

Luego de haber descapitalizado la industria petrolera mediante la corrupción a una “desproporcionada escala”, el oprobio del régimen consiguió en tan desvergonzada realidad el espacio político para mantener el populismo que cimienta el vulgar proselitismo de calle puesto en marcha.

La pretensión de ampliar el rango de oportunidades para lidiar con la pobreza crítica, tal como lo aduce el manido Plan de la Patria, adquirió consistencia de criterio popular. Así cualquiera, con ínfulas de furibundo “comandante de orilla”, puede aprovecharse de la necesidad de todo venezolano urgido de movilizar su vehículo (indistintamente de la razón que tenga) para imponer su propia ley.

¿Cómo no denigrar de tan desvergonzada realidad en donde los abusadores hacen de dicha ocasión sus “suculentas” navidades?

Y ahí tienen cabida, factores políticos (representativos de la seguridad pública, fundamentalmente). Llámense oficiales de policía, militares, actores del oficialismo. A estos se suman los oportunistas y aprovechados. Estos son los actores de coyuntura, quienes hacen que tan bregada diligencia de comprar el combustible más caro del mundo, se haya convertido en lo que impúdicamente puede representar: el grosero calco de una dictadura ausente de derechos humanos.

Aunque cualquier parecido con alguna realidad, sería pura casualidad. Sin embargo, el problema aludido aproxima a verse cual dictadura de marras. O más aun, se confunde con lo que es la dictadura de las “colas”.

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Realidades salpicadas de “imposibles”, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

El concepto de “caos”, ya no tiene la connotación intrigante que el oscurantismo quiso adosarle. Desde que la termodinámica estableció su segunda ley, adquirió razón el concepto de “entropía”. Si bien fue inventado para ayudar a la Física a describir ciertas observaciones que involucran la existencia de energía asociada a cambios de la materia, igualmente alcanzó connotaciones filosóficas. Particularmente, cuando se buscó indagar el comportamiento del Universo como un todo.

Es ahí cuando el “caos”, en un sentido riguroso, induce reacciones que se suceden en el mundo natural tal cual se conoce. Esto es causa de creaciones materiales que incitan cambios irreversibles en el Universo. Solo atendidos por la energía que se desplaza, disipa o provoca. Y por el incremento de temperatura que ocasiona. Por eso se ha dicho, que el Universo proviene del “caos”. Y que, de este, se forma vida.

De manera que el “caos” puede entenderse como una forma de energía capaz de forjar un cierto orden desde el mismo desorden que induce. Pero valiéndose de un particular proceso de desarreglo que incita sobre el contorno donde se acumula la energía.

El caos en la política

En política, el “caos” tiene una acepción no lejos de la que ha servido a la termodinámica para demostrar sus hipótesis. El ejercicio de la política busca desordenar muchas veces los factores que mayor incidencia tienen en el poder. Así procura crear el orden necesario que a su juicio conviene. No obstante, cuesta comprender su realidad. Mucho más, aceptar sus razones a primera vista. Empero, ese orden así inculcado opera en la dirección de hallar oportunidades que, no pocas veces, configuran rutas de solución a difíciles conflictos. Pero solo si es aprovechada la creatividad que motivan los hechos.

Posiblemente, fue razón para que Albert Einstein refiriera tres reglas básicas para la vida, que se le atribuyen: “1. En el caos está la sencillez; 2. En el conflicto está la armonía; 3. En el medio de la dificultad está la oportunidad”

Sin embargo, pese a todo cuanto justifica al “caos” como motivación del orden, siempre incita dudas sobre los efectos que puede generar. En política, esas dubitaciones han acompañado el devenir del hombre en su cotidiano trajín. Ante esta consideración, vale preguntarse si dicha desconfianza es provocada por problemas de actitud política, de (in)cultura política o de resignación ante la incertidumbre.

Todo esto pudiera revisarse desde la política. Pero considerándola en su afán por jugar a las ventajas, sin distinción de las ocasiones que se den. De ahí que el ejercicio de la política debería siempre evitar los extremos en su recorrido por las circunstancias que moldean su praxis. Poco reconoce que los extremos rayan con equivocaciones en que, generalmente, incurre. Sin siquiera advertirlas. Justo ahí yerra la política en su intención de procurar cambios prometidos.

Si acaso el ejercicio de la política tuviera en cuenta que “cuanto más oscura está la noche, más pronto está el amanecer” (adagio popular inspirado en la Biblia (Romanos 13;12), es factible que sus presunciones o aspiraciones apuntarían hacia realidades constructivas.

Deepak Chopra, médico y escritor indio, advirtió este tipo de problemas que confronta el hombre en su interrelación con otros. Así escribió que  “todos los grandes cambios están precedidos por el caos”. Razón para asegurar que luego de la tormenta sale el sol.

De manera que de indagarse (debidamente) lo que sigue al “caos”, quizás el ejercicio de una equilibrada y reflexiva política aseguraría la solución a buena parte de los entuertos contemplados entre sus objetivos a resolver. Es un problema que bien le calza al concepto de “revolución”. Solo que el endiosamiento que propicia el poder (mal concebido), desvía su praxis del camino correcto.

Pero si la obstinación o testarudez de quienes ejercen la política sigue apegada a obtusos criterios que buscan privilegios personales por encima de lo que configura el bienestar de toda una sociedad, el desarreglo nunca cerrará su ciclo de perversidad, egoísmo y conflictividad. Aun cuando valiera la pena caminar hacia el caos estructural de lo que envuelve al Estado “impropio”, al Estado “forajido”, al Estado “invertido”. O al Estado “fallido”.

Y aunque del “caos” procede el mismo Universo, no significa esto que el orden alcanzado haya sido el estimado a la luz de la relación cuantitativa entre “disipación de la energía y el incremento de la temperatura”. Porque la Física que corresponde a este problema, no es la física “dinámica”. Es la física “política”, bajo cuya sombra persisten y se atascan realidades salpicadas de “imposibles”.

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La ciudadanía desde la política, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

La ciudadanía es fundamentalmente expresión del concepto de política. Aunque también la ciudadanía refiere otros ámbitos del conocimiento y actitudes que comprometen valores morales y éticos. Son aquellos que exaltan la honestidad, solidaridad, tolerancia, respeto, responsabilidad, comunicación, reciprocidad, unificación, equidad, generosidad, justicia, ecuanimidad y participación, básicamente.

Son múltiples las variables que en lo social, político y cultural encierra el concepto de ciudadanía. Sobre todo, su ejercicio.

Cuando la persona alcanza la adultez, la construcción de ciudadanía se complica. No solo porque, para entonces, encauzar una conducta distinta de la que se disfruta en su zona de confort propia es un proceso bastante intrincado. Porque dicho espacio de placidez suele estar supeditado a patrones de vida manejados desde el egoísmo, la arbitrariedad, la ironía, la prepotencia y la aversión. O también, desde la posición social, el nivel económico o la postura política. Razones estas que dificultan estimular en el adulto un sentido de ciudadanía que concilie valores morales y criterios políticos.

Se ha demostrado que la ciudadanía se construye preferentemente en la escuela. En escuelas abiertas. Regidas por el principio “valores y modales antes que conocimiento”. Y termina de cimentarse en el hogar. Aun así, cabría la posibilidad de inducirla por otra vía y otro momento. Y es a lo que esta disertación apuesta. 

Precisamente, en aras de reducir la brecha entre la resistencia del adulto a adoptar posturas de ciudadanía, y la terquedad propia de actitudes incompatibles con lo que compromete el sentido de ciudadanía, podría ensayarse una metodología de razón sociopolítica.

La misma podría comenzar advirtiendo el rechazo que, por naturaleza humana, condiciona cierta actitud personal alineada con una conducta anticívica. Y en cambio adquirir un mínimo conocimiento de conceptos tales como política, sociedad, gobernabilidad, ideología, desarrollo, historia, derechos humanos y valores morales y políticos. Esto, innegablemente, sumado al concepto de urbanidad.

La metodología considerada, se pasearía por los siguientes momentos de análisis:

1. Reflexión o de deliberación del propósito perseguido.

2. Recuperación, tiempo ocupado para ajustar la idea a las circunstancias reinantes.

3. Reconstrucción, dedicado a elaborar propuestas

4. Enriquecimiento teórico-instrumental dirigido a delinear las propuestas discutidas en la fase anterior.

La intención de afianzar el ejercicio de ciudadanía, apoyado en la praxis política, apuntaría a la idealización de un “país posible”. O de una “realidad armonizada”. Los participantes estarán asistiendo a un acto en el que el imaginario individual habrá de jugar con la posibilidad de construir el andamiaje de factores, razones, recursos, hechos y proyectos relacionados con la ciudadanía. Asimismo, se examinarán instituciones, organizaciones y sociedades dispuestas a relacionarse con tal propuesta.

Este proceso de enseñanza-aprendizaje, incitado por la necesidad de pautar una metodología que tienda a afianzar la construcción de ciudadanía desde el ejercicio de la política, está conducido por un factor común denominador: el concepto de ciudadano y el déficit de ciudadanía que pesa sobre el mismo.

De ahí la necesidad de plantear esta propuesta desde la óptica de la política. No solo para comprender que la ciudadanía detenta una condición política. Sino también para reconocer que la política constituye al terreno desde el cual el hombre le imprime fuerza a sus decisiones. O sea, es el recinto en el que descansan las razones de la conducta ciudadana ante cualquier coyuntura o situación. Indistintamente de si la misma es causante de equivocaciones o aciertos.

El problema de actuar al margen de un comportamiento ciudadano, se suscita cuando cualquier actitud afecta a otro. Y dado que el ser humano vive en sociedad, no debe obviarse el riesgo que implica tomar decisiones propias que perturben a otros.

La ciudadanía tiende a fracturarse cuando se rompe la convivencia. La pluralidad se fractura por la ausencia de tolerancia.

Cuando el egoísmo se apropia de la coyuntura social y política, se lleva la realidad al límite exacto entre la anomia, la barbarie y la civilidad.

La intención suscrita en estas líneas es proponer un modelo alfabetizador que despierte la necesidad y el interés en la dimensión política; se trata de “ciudadanizar” a cuantos sea posible. Así, con la mayor modestia, estas ideas podrían actuar como razón para construir ciudadanía. De tal modo de formar un ciudadano en todas sus potencialidades cívicas. Es la intención de motivar la ciudadanía desde la política.

 

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Identidad en el limbo, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

Mucho tiempo duró la Iglesia católica para definir la palabra “limbo”. Luego de distintas reuniones de las autoridades del Catolicismo, se llegó a un concepto que, si bien siguió dejando en el “limbo” a quienes intentaron interpretarlo, hizo que finalizara la espera que desesperó a quienes aspiraban a alcanzar la “eternidad celestial”.

Más que la Iglesia decidiera si tan manido término habría sido un problema de dogma o indisciplina, la política ya lo había decidido. Se aprovechó del mismo para manejo de su narrativa ofensiva. Así lo utilizó para calificar todo ejercicio de gobierno que no condujera a nada. O para reprochar a quien se mostrara abstraído o absorbido. Es decir, sin capacidad para reconocer lo que estaría sucediendo a su alrededor.

El limbo de la política no es más distinto que el limbo de la teología. Sin embargo, a diferencia de ser un lugar con prados y castillos, según la visión de Dante Alighieri en su obra capital La divina comedia, el limbo político es un ámbito agreste. Aunque su tosca condición no es óbice para abrazar cuanto comportamiento individual o colectivo luzca displicente e insensible.

La presente disertación viene a cuento dada la violación del derecho establecido por la Constitución de 1999, particularmente el artículo 56, que consagra la identidad como derecho fundamental.

De esa forma, todo ciudadano venezolano tiene entera potestad para exigirle al Estado, en la persona jurídica de lo que ahora se denomina “Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería”, SAIME, su derecho de contar con los documentos que lo identifican ante cualquier proceso que demande de la persona su condición de ciudadano venezolano. Vale decir, el acta de nacimiento, la cédula de identidad y el pasaporte.

La identidad es lo que representa al individuo ante el mundo y sus instituciones. Así como las consabidas exigencias que soliciten su representatividad jurídica y política, particularmente. No obstante, alrededor de lo que constituye la razón de ser de la aludida dependencia gubernamental, su funcionamiento se encuentra paralizado. Asunto inédito y absurdo. Aunque pudiera excusarse con el infundado pretexto de la crisis de salud que actualmente cunde por el mundo entero.

También, como resultado de la crisis económica que atrapó al país entre dos aguas. Y que está en neutro. Suspendido en el “espacio intergaláctico”. En una especie de limbo. Pero en el limbo de la política. O sea, en el estado donde la nada precede y preside la dinámica nacional.

Aun cuando, más allá de estas crisis el país fue insumido por una crisis que, a modo de caos absoluto, hizo de su funcionalidad un estorbo que trabó su movilidad. Fue la crisis política la que alcanzó toda la estructura sobre la cual se cimienta la configuración jurídica y funcional del Estado venezolano.

El problema se manifiesta con toda su maléfica potencia cuando se hace del conocimiento de la población que, por orden presidencial, las respectivas oficinas permanecerán cerradas. Sin que medie excepción alguna que beneficie a quienes tienen sus documentos preparados conforme a lo solicitado. Y tras cumplir el respectivo trámite económico.

Un problema que se infla sobremanera cuando el régimen establece costos exorbitantes. Quien hace la tramitación del documento que permite migrar, como el pasaporte, se topa con el desmesurado valor estipulado por el régimen. Quizás a manera de inhibir el éxodo de venezolanos, especialmente de los estadios sociales populares.

Tan despóticas medidas arremeten contra las libertades cívicas establecidas por la Constitución, inalienables para un Estado tal como lo establece la Carta Magna: “Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de Justicia y de Derecho (…)”. Cuando no, es porque el régimen decide truncar importantes derechos de forma opresiva y abusiva.

Venezuela dejó de disfrutar derechos fundamentales que, en tanto valores superiores del ordenamiento jurídico nacional relacionados con la justicia, la solidaridad, la vida y la democracia, han sido coartados a instancia de los miedos y resquemores que padecen gobernantes y aduladores de todo género y clase.

Luego de advertir estas realidades, los caminos lucen devastados, cercenados o fraccionados. En consecuencia, Venezuela se convirtió en un vertedero de miserias que el socialismo bien supo concebir, promover y repartir.

Aunque pobre de aquel venezolano que por atrevido, codicioso o curioso, zalamero o servil, haya aceptado tan denigrantes mezquindades. Que ni siquiera tenga la posibilidad de contar con el documento que, por ley, le permite gozar de la identidad que la formalidad del mundo le exige. Menos, cuando el organismo cuya responsabilidad ordena regir y administrar tan esencial derecho civil, se haya inoperante por la obtusa gestión de un régimen oprobioso, impúdico y usurpador. Obstinado por enquistarse en el poder. Y por el poder.

El fondo del problema lo explica la situación del país. El régimen logró nivelar a Venezuela por debajo de la desvergüenza. Ya rozando con espacios infrahumanos. Y aunque no necesariamente (desde un enfoque teológico) pudiera asemejarse al infierno, no hay duda que todo ha quedado, sobre todo la identidad, gravitando en el limbo…

 

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Entre rostros multicolores, por Antonio José Monagas

Jean Paul Gaultier lanzó mascarillas de alta moda a beneficio de la fundación Sidation. Foto en Velveteditorial.com

@ajmonagas

Desde el momento en que la Organización Mundial de la Salud sugirió medidas preventivas para minimizar el arrecio de la pandemia de covid-19, muchas cosas se vieron desviadas de su propósito originario. Luego de haber transcurrido los primeros tiempos de ser aplicadas, luce interesante pasearse por algunas. Particularmente, por la interpretación que las sociedades le han dado a aquellas ante las cuales ha sido posible su manipulación. Entre ellas, la de más inmediato acceso. Desde la perspectiva de la inventiva, o satisfacción en cuanto a adecuarla a la vestimenta en su relación con el color y combinaciones posibles.

Es así que esta disertación estará dedicada a referir lo que sucede con el uso del tapabocas, mascarilla, barboquejo o barbijo. Especialmente, toda vez que ha desdibujado no solo el rostro humano. También porque ha hecho del anonimato una condición pública y aceptada socialmente, habida cuenta de que la historia ha mostrado que aquellos que cometen alguna fechoría son quienes han usado máscara. Aunque en países del Oriente del mundo, ha sido tradicional el hecho de cubrirse la cara. Siempre a modo de confirmar respeto hacia el otro.

Aunque ordenada por las autoridades sanitarias, la mascarilla ha vaciado de identidad a quien lo porta. Afectando además el individualismo que exalta la costumbre de andar con la cara al descubierto.

Sin duda, que el uso de la mascarilla se volvió un tema de controvertido debate. Sobre todo al dejar de reconocer que lo más provechoso que tiene el ser humano para expresarse es su cara. Pero las contingencias de la actual crisis sanitaria abolieron tan categórica declaración. En ese sentido, la pandemia confinó el añejo paradigma sobre el cual descansa la aludida expresividad humana.

De todo esto devino en una extraña conjugación. Moda y salud. Ahora las mascarillas son confeccionadas según el gusto de cada quien.

Indistintamente de requerirse con filtros de grado médico para la protección de bacterias y virus, de alguna calidad en especial, o de alguna forma o tamaño en lo particular. Cada persona le imprime su toque de gracia, le agrega el adorno preferido o sello de su marca.

Solo busca que se sujete a lo elemental para evitar la propagación del coronavirus por quien estornuda al frente, sin tener idea de si es portador o no.

Reunir moda y salud se convirtió en la oportunidad que algunas empresas esperaban. Combinar un tapaboca de probada calidad sanitaria con lo que determina las preferencias efímeras de un mercado que no deja de ser exigente, se convirtió en una intención de alto desafío.

En el fragor de la pandemia, la moda pareciera no incomodar. Por lo contrario, se ha ajustado a las circunstancias haciendo ver colectivos a modo de una jungla embadurnada de todos los colores y combinaciones posibles con elementos de la geometría plana. Incluso, con alusiones a personajes de película.

El mundo es ahora un panorama de mascarillas con diseños llamativos o sugerentes que, en su afán de retar la pandemia ocasionada por el coronavirus, logró revolucionar el mercado. Tanto que muchos productores e inversionistas han apostado a apropiarse del correspondiente negocio y buscar el mayor provecho económico revirtiendo la crisis de la covid-19.

Vale acá el ejercicio de motivar la construir un escenario imaginario, a manera de extraña jungla. Algo tan fuera de lo común, que sus vertebrados cuadrúpedos, lejos de asirse a las imposiciones de la naturaleza, se prestarían al juego de la prolífica fantasía humana. De esa forma, se tendría un mundo especial donde habría que vivir entre “hocicos” multicolores.

 

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Caos con aroma a gasolina, por Antonio José Monagas

Las colas de gasolina, que eran parte del paisaje de Maracaibo desde hace años, se extendieron en 2020 por todo el país. Y con ellas, los vicios que trae todo caos. Foto Carlos-Rodríguez / diario Versión Final, 2018.

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La política sabe disfrazarse cuando las coyunturas lo exigen. Es ahí cuando el engaño surge como criterio político para justificar ciertas intenciones, indistintamente de la condición que las envuelve. Por eso la política se presta para lo posible. Y hasta para lo imposible. Aunque se valga del disimulo.

En tiempos de autoritarismo, el ejercicio de la política es basto y desenfrenado. En medio de sus cometidos, esta política juega a sobreponerse a las circunstancias, a pesar de tenerlas en contra. Es lo que caracteriza la consternada realidad ante la indigesta ideología de gobernantes desesperados por enquistarse en el poder.

De hecho, la historia política contemporánea ilustra episodios que dibujan con detalle las controversias derivadas de situaciones políticas empañadas por la codicia de gobernantes-tiranos.

El caso Venezuela es testigo de cuantas historias encharcadas de estiércol puedan ser imaginadas.

Cuando el régimen no inventa alguna historia, procede a decidir algo sobre la primera ocurrencia de sus actores políticos. Sin que entre el discurso y las realidades pueda mediar la protesta, porque de inmediato estos sistemas políticos apelan a la fuerza. Así, la represión se luce como estructura oficiosa para anular o mermar toda intención de resistirse a las pataletas, necedades o antojos gubernamentales.

Venezuela es testigo de excepción de historias con aroma a gasolina. Historias cundidas de delitos de moral, de civilidad, de ética de quienes se permiten, en nombre de la “revolución”, actuar a favor de las nuevas elites, denominándose “priorizados”.

Sin duda, esta situación de crisis revela serias grietas. No solo en los estamentos de gobierno. También, a nivel de la población cuya cultura política evidencia los desequilibrios que vienen arrastrándose desde el siglo XX. Tienen que ver con la fisura de la democracia cuya concepción pende de un hilo. De un hilo bastante fatigado por las abruptas tensiones recibidas tanto de arriba como de abajo.

El problema se fundamenta en la praxis de democracia. La relación del venezolano con el sistema político se desvirtuó hace buen número de años. No fue desde 1999 con el arribo del militarismo dogmático y arrogante al poder político. Fue tiempo atrás. Pudiera decirse que lo marcó el inicio de la explotación petrolera, en 1922. El mismo también sería inducido por la manera individual del venezolano de manifestarse de cara a una realidad hostil. Y así se perfiló en su genética colectiva la comodidad, el machismo y la viveza, entre otras mañas.

Estos problemas definieron su cultura política. Con el discurrir de tiempos confusos y conflictivos, al margen de un sentido firme de identidad y ciudadanía, dicha cultura política le imprimió a Venezuela una égida que rozaba contravalores. Y desgraciadamente, se convirtieron en características conductuales del venezolano.

La mesa estaba servida para el populismo, que terminó mellando la idiosincrasia de una sociedad apegada antiguamente a tradiciones de cierta cultura y civilidad. Tan insolentes actitudes de muchos coadyuvaron a la extinción de importantes esfuerzos de acentuar el desarrollo y evolución del sistema político.

Fue así cómo ese venezolano comenzó a asumir una conducta desviada de toda consideración de ciudadanía y de ciudadano.

Ayudado por la demagogia, confabulada con la impunidad y la impudicia, adquirió hábitos que desdicen de la moralidad, la ética y el civismo. Y en un país asediado por crisis de todo orden, dimensión y dirección, ese mismo venezolano se vulgarizó. Al extremo de que adoptó formas carentes de la más elemental urbanidad. Esa civilidad que dejó como legado el ejemplar académico venezolano Manuel Antonio Carreño desde el siglo XIX.

En concordancia con los tiempos, Venezuela vino retrocediendo. Tanto, que ya entrada la tercera década del siglo XXI, la crisis de servicios públicos terminó ofuscando y complicando la escena y el espíritu nacionales.

Basta con atender y entender lo que está sucediendo alrededor del agua, la electricidad, los alimentos, los medicamentos, repuestos de todo género, gas doméstico y gasolina, para reconocer el tamaño del caos promovido por un perverso ejercicio de la política.

El régimen sacó lo peor del venezolano. Tanto así, que hoy Venezuela padece de serias carencias y problemas de corrupción, el militarismo endiosado y la intimidación gubernamental. Pero también la pérdida de valores. Todo ello configura un caos nacional con aroma a gasolina.

 

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