Antonio José Monagas, autor en Runrun

Antonio Monagas

El avance de las ideas, ha dado con cuestiones fundamentales que han puesto al descubierto causas y efectos de situaciones cuya movilidad se ha dado al borde de susceptibles y perceptivas realidades. Sus análisis han derivado en crudas sacudidas económicas, sociales y políticas que, en buena forma, han captado la atención de estudiosos y fisgones de las sociedades actuales. 

En consecuencia, ha habido más que un cambio de las metodologías que indagan la dinámica de los movimientos toda vez que buscan encauzar al mundo por nuevos caminos. Que si rupturas o reacomodaciones de civilizaciones que devinieron en rigurosas modificaciones o readecuaciones de valores que terminaron animando la deserción de la moral, la ética. Asimismo, de la ideología como fundamento de razones que apuestan a la convivencia humana.

La desesperación, sumada a la angustia propia de problemas fluctuantes o irresueltos, ha sido factor de desarreglo económico, social y político en el fragor de realidades sumidas en conflictos generados por la ingobernabilidad creada como resultado de graves imprecisiones al momento de elaborar y tomar decisiones de fuerte impacto. Muchas fueron desavenencias de consideraciones, producto éstas de ideales que no cuajaron ni tampoco terminaron en buena lid.

Una de las ideas que resultaron en craso fracaso, fue la de “socialismo” cuyo terreno de experimentación, la extinta Unión de República Socialistas Soviéticas, URSS, terminó desapareciendo bruscamente de la ecuación política internacional. En contraste con la idea de “desarrollo”, la de “socialismo”, no tuvo el realce que su ductor Carlos Marx, había imaginado. Particularmente, luego de que el gobierno de cual nación servida a manera de “caldo de cultivo” dispusiera del poder en manos de individuos para quienes la condición de “obrero” fuera argumento suficiente para asumir el papel de estadista. 

La idea de “socialismo” quiso forzarse a congraciarse con realidades –muchas de las cuales, no fueron consideradas como variables de la relación estimada entre la idea de “progreso” inconsistentemente argumentada en la perspectiva política, y la de “desarrollo”. Ésta tampoco finalizada en cuanto su estructuración sociopolítica. 

 

Peor aún fue la idea de “socialismo del siglo XXI”, cuya delineación fue pautada a la sombra de elementos cualitativos que comprometen la determinación del hombre (latinoamericano) en su medio de producción y en la óptica que configura su capacidad de consumo, de ingreso, formación. Y sobre todo, su motivación al logro. vista la misma como palanca de empuje a su vida económica, política y social.

Es decir, el esbozo del mentado y manoseado “socialismo del siglo XXI”, no consideró la naturaleza humana en medio de lo que las necesidades e intereses del hombre -supuestamente considerado como sujeto plural de dicha doctrina- proyectarían de cara a las realidades por las que debía transitar quien habría de habitar el entorno y contorno socialista. 

Por tan mayúscula razón, el “socialismo del siglo XXI” no pudo articularse con fuentes que le habrían permitido la construcción del mundo que, teoréticamente, se planteó. Así quedó relegado y luciendo como meras palabras o frases de invitación, todo lo que debía exaltarse desde el enfoque de lo que refiere la organización productiva y las relaciones sociales entre instancias de toda naturaleza.

De manera que la arrogancia estructurada en forma de preceptos que responden al usurero “socialismo del siglo XXI”, no pudo ni siquiera convenir con la creencia de la continua perfectibilidad del hombre en los mayores y mejores ámbitos de la vida económica, social y política. Más aún, siguió errando cuando trató de exhortar su criterios como práctica cotidiana del hombre y vincularlos a la política, la moralidad, el pensamiento, las libertades y una continua refinación de sus gustos y costumbres. Tanto como con su cultura y su sentido de afirmación familiar.  

Evidentemente, no es posible conseguir razones que tiendan a hacer consistente y firme la idea de “socialismo del siglo XXI”. Menos si tal idea, busca exportarse como sistema político-económico que a juicio de sus proyectistas, podría “soportar la responsabilidad del desarrollo económico y social” de cuantas naciones se adhirieran (bobaliconamente) a su causa de estupidez ilustrada. 

 

Ni hablar de los costos que su implantación contrajera, con el cuento manido de “(…) darle poder a los pobres”,. Por donde se esto vea, compromete peligrosamente todo imaginario que juegue a la idea de implantar tan rapaz ideario político. Más, cuando por delante  está el hecho de evitar su enfermizo contagio. Aunque ello no sería un problema de teoría económica, ni tampoco de sensibilidad o carencia de motivaciones. Sería un problema de sobrevivencia.

Particularmente, sólo al imaginar que la civilización de esta parte del mundo, pueda caer en la fauces de lo que suena a “socialismo del siglo XXI”. Y es precisamente, lo que caracterizaría situarse, aunque por escasos segundos, más allá del “socialismo del siglo XXI”.

Cualquier paraje que tienda a reconfortar la espiritualidad y avivar las emociones de quienes en algún momento se adentraron al disfrute de lo que cada elemento del horizonte representa, es una razón para afianzar valores humanos. Valores humanos que no sólo reconfortan al individuo en su interioridad. También porque vinculan sentimientos con anhelos. Incluso, con memorias de tiempos disfrutados.

Justamente, por todo lo que dicha situación es capaz de exaltar, tanto porque puede determinar la actitud de cara a todo lo que sublima la capacidad que tiene la persona para irradiar apego hacia el entorno donde ha plasmado su obra y pensamiento, es lo que hace posible y consistente la querencia hacia la génesis. O sea, hacia la fuente que configura el contexto del cual pudo asirse lo considerado, observado y aprovechado.

Es lo que desde la perspectiva de la historia social, asociada a las emociones, éstas en conciliación con los recuerdos vistos como fundamento de sentimientos y expectativas, se conoce como el apego a las tradiciones, relaciones y conductas propias de una geografía en particular. Así puede entenderse que cada región, localidad o nación, conecta con cada persona que provenga de su espacio. Esto deviene en una unidad emocional que permite el arraigo entre la actitud y los valores humanos que recrean la vida.

En este orden de consideraciones, es propio asentir que estos valores -en tanto que culturales- tienen la fuerza para vincular saber-ser-estar, con lo que da sentido a las emociones y esperanzas de todo ser humano. Sobre todo, en la relación que se establece entre el sentido de civilidad y la educación adquirida. De esa manera, el individuo allana su recorrido de vida disponiéndose según sus valores, creencias, sentimientos y pasiones. Así cada geografía apellida su entorno en función de lo que identifica a sus elementos naturales, culturales y sociales.

Toda esta explicación arriba explayada, justifica en principio esta disertación toda vez que busca trazar el análisis que a continuación se desarrolla. Más, cuando puede decirse que, vista la situación que ha padecido el zuliano, particularmente quienes (en Maracaibo) viven el caos desatado por la indolencia de funcionarios del régimen usurpador, la zulianidad (sentimiento mediante el cual se hace posible enraizar la condición de ciudadanía con la cultura propia de tan hermosa geografía y afable infraestructura citadina) se ha visto golpeada brutal e incesablemente.

Tan insólita situación, se traduce en un delicado problema que se refleja al momento que se acerca la Navidad. Y tiene que ver con el hecho cultural representado a través de la música que mejor identifica la zulianidad: la gaita zuliana.

 

Tan característicos acordes, indiscutiblemente, exaltan el gentilicio del zuliano. Su historia, en cualquier contexto de su desarrollo, está íntimamente relacionada con tan connotada musicalidad. Más, cuando el gentilicio que impone la zulianidad, se convirtió en razón suficiente para que todo zuliano se arrogue tan contagioso género musical como elemento que afianza y confirma el sentido de lo que representa su “patria chica”. Precisamente, a partir de tan particular condición cultural, el zuliano (sobre todo, el nativo de Maracaibo) hace suya aquellas tradiciones exaltadas desde la música gaitera que también adquiere el sonido de cual parranda aguinaldera. Incluso, no luce exagerado afirmar que en ello se halla la esencia misma del modo típico de exhortar la zulianidad.

Sin embargo el problema en referencia se desencadena, cuando el mismo régimen opresor intenta manipular al pueblo venezolano hurgando su apego a la celebración de la Navidad. Y para lograrlo, abusa de su fuerza mediática aprovechándose de la gaita zuliana como si tan resuelta patraña no significara otra cosa que propinar cuantas bofetadas sean posible a la zulianidad. Sobre todo, luego del inusitado maltrato que le ha brindado al pueblo zuliano haciéndole vivir la crisis social-político-económica de la forma más despiadada y humillante posible.

No es difícil pues reconocer que el uso de la gaita zuliana por parte del régimen usurpador, en tiempos en que la Navidad invita a dejar de lado el odio y la retrechería, criterios éstos propios de la actual represión gubernamental, además de ratificar su clase usurpadora al apropiarse irreverentemente de la zulianidad como sentimiento y atributo propio del zuliano, es clara demostración de cuánto y cómo se vale para golpear y destruir todo lo que destaca ante la significación del concepto de democracia.

Así, la zulianidad se amalgamó en los sentimientos y vocación musical de todo nativo del territorio zuliano. No sólo como resultado de la geografía que circunda tan encantadora región. También, por el afecto que con el tiempo vino cultivándose en la gaita zuliana, la cual como expresión propia de la zulianidad, se hizo parte fundamental del acervo histórico que fue aprehendiéndose a los sentimientos del zuliano.

Del zuliano asediado y apaleado por una represión “socialista” que abusa de su poder para pisarle al mismo zuliano, sus valores, su cultura y su pasión musical.

 

De ahí que hoy se hizo obligado advertir sobre lo que tiene de fondo el aprovechamiento abusivo de la música tradicional (decembrina) zuliana. Por eso había que considerar el problema de falta de ética pública y de inmoralidad cívica que se dibuja en el caso de la zulianidad vapuleada.

 

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Sumisos, remisos y zarandajos, por Antonio José Monagas

El análisis que a continuación completa esta disertación, no admite otra forma de iniciarse, sino es acudiendo a la acepción más inmediata y llana de lo que busca subrayarse con tan horondos adjetivos toda vez que el tema a ser explayado toca conductas humanas que pecan por actuar cuales individuos sumisos, remisos o zarandajos. 

O sea, lo que en un castellano aventurado y barriotero, implica a quienes dedican su tiempo a meras sandeces. Y que en la Venezuela del mal llamado y peor aplicado “socialismo del siglo XXI”, donde la “revolución bonita” no ha aportado otra cosa distinta que desastres, escombros y fatalidades, este tipo de crisis sólo beneficia a carroñeros y rastreros. O lo que es igual a quienes por defecto o por exceso de malos hábitos, se muestran cual lambucios o manganzones.

De entrada, el término “sumiso”, califica a quienes acusan una actitud despreocupada pues se reducen a comportarse de forma subordinada o subyugada. Particularmente, son quienes se someten y dejan dominarse por causa de las circunstancias. O por personas que buscan imponer su autoridad o su carácter, sin que los primeros se atrevan a reaccionar aceptando, modosa y sosegadamente, las exigencias hechas.

El vocablo “remiso” si bien no es frecuente en el vocabulario del venezolano, tiene una acepción que señala a quien por apático, maula o remolón, deja ver una conducta que, según la Real Academia Española, califica de “flojo, dejado o detenido ante la resolución o determinación de algo”. Es decir, deja llevarse por los sucesos. O deja zarandearse por la fuerza del azote que lo circunda.

La expresión “zarandajo”, tiene una connotación que aplica a quien actúa con desprecio ante el mundo que lo rodea. La actitud de este tipo de personas, raya con quien por mostrarse fachoso o caprichoso, cae en un comportamiento que lo sitúa alejado de toda razón. Por lo tanto, se muestra malcriado, imprudente, arrogante y chabacano.

Casi pudiera inferirse que luego de la caracterización de las conductas arriba cuestionadas, queda perfilado lo que el vigente proyecto de gobierno nacional, delineó hace veintiún años bajo la dialéctica de la ideología socialista que tutela el devenir revolucionario. Sobre todo, al momento que el actual régimen usurpador elabora y toma cada decisión.

Así sería posible concluir que lo que dicha ideología aduce como el “nuevo republicano”, esgrimido dicho apelativo en el preámbulo del controvertido “Plan de la Patria” y que anteriormente aludía como el “hombre nuevo” que habría de formarse bajo la égida de la educación socialista establecida a merced de los lineamientos del Plan de Desarrollo Económico y Social trazado por el régimen, es simplemente la conjugación de lo que define a individuos (venezolanos) cuyas conductas emulen actitudes que bien describan los contravalores propios de personas que sigan el proceder de sumisos, remisos y zarandajos.

Inmensas fueron las esperanzas que se forjaron en diciembre 1998, al apoyar la candidatura del militar indultado de la causa político-militar que, en febrero 1992, afectó la legitimidad institucional establecida en Venezuela. Para entonces, se jugaron distintas razones que, en el curso del correspondiente proceso electoral, dio como triunfador al militar golpista, desatinadamente sobreseído. Fueron los hechos que determinaron el sorpresivo rumbo que trazó el trágico destino nacional, en toda su amplitud.

Los tiempos que a continuación siguieron, se vieron marcados por el crudo conflicto entre las fuerzas políticas que, históricamente, habían antagonizado por la detentación del poder. Sin embargo, el clima de expectativas que había ponderado el cambio de naturaleza política que asumió el gobierno nacional a partir de enero 1999, no se mantuvo como era esperado.

Una nueva especie de orden dominante, comenzó a provocar una mutación en la correlación de fuerzas políticas. Esto arrastró consigo una serie de problemas que se afincaron en la incidencia de eventos que luego destapó una inusitada violencia. Violencia ésta que adquirió forma, no sólo fáctica. También, de naturaleza económica, política y social.

 

Así vio venirse la resurrección de la violencia que si bien fue primeramente algo circunspecta en su forma, posteriormente adquirió la ferocidad de tiempos superados. A pesar de que el discurso político se revestía de llamados de paz, tolerancia y avenencia. Pero entre la arenga y las realidades, se implantó una brecha que con dificultad podía salvarse. Y cuando lograba evitarse o franquearse, surgían nuevos problemas o se exasperaban aquellos que para entonces se habían acumulado.

Reaparecieron eventos asaltados por la irracionalidad del terrorismo. Aunque peor aún, fue el terrorismo de Estado lo que matizó buena parte de los actos de violencia que comenzaron a ocupar las calles del país. Y aunque el alto gobierno lo negaba, siempre algo revelaba su encubierta presencia. Era la Venezuela de finales de la primera década del siglo XXI e inicios de los años siguientes.

De hecho, fue razón para diseñar, formular y sancionar una normativa cuyo absurdo motivó su aplicación. Es la paradójica normativa que aterrizó con la denominada “Ley contra el Odio, por la Convivencia Pacífica y la Tolerancia”, aprobada por la espuria Asamblea Nacional Constituyente y publicada en Gaceta Oficial el 8 Noviembre de 2017. Diseñada para penalizar la disidencia política, dicha ley establece sanciones penales enormes que buscan constreñir las libertades. Ello, con la ridícula excusa de “promover y garantizar (…) la diversidad, la tolerancia y el respeto recíproco (…) erradicar la violencia política, odios e intolerancia a los fines de asegurar la vigencia de los derechos humanos (…) el desarrollo humano (…) la paz y la tranquilidad pública (…)” (Del artículo 1ᵒ)

Parecía haber sucedido que del civilismo que, supuestamente, buscaba exhortarse por cuanto medio era posible, el país cayó en un ámbito de vandalismo donde la muerte colmó de sangre de sus calles. No sólo por acontecimientos amparados por la grosera impunidad protagonizada por colectivos parapoliciales y paramilitares financiados por el régimen. Igualmente, inducidos por el hambre, la inseguridad en todas sus expresiones y la violación de derechos fundamentales y preceptos constitucionales.

Esa sumatoria de causales, hizo que el país sucumbiera sin razón ni justificación alguna. La crisis se insufló en extremo. Así se convirtió en el lastre que detuvo al país en su intentado proceso de crecimiento. Y del desarrollo económico y social, tan ansiado y necesario.

 

La violencia acuciada por la revolución “terrorista” y el régimen “usurpador”, tiene un propósito particular y profundamente político. Aunque nada que ver con la violencia que la historia muestra entre Estados o entre facciones de importante tamaño y gruesos intereses. Esta violencia tiene nombre y apellido pues en sus fauces radica el odio. De ahí que el odio, es acusado como ejercicio de la política. Pero de la política sombría, desesperada y contrariada.

El socialismo del siglo XXI, trajo en sus alforjas -revestidas de democracia y todo cuanto hipócritamente exalta libertades y derechos- el odio. Vino camuflado. Aunque su práctica es histórica, la revolución que ha querido implantarse lo tiene entre sus recursos de urgente y prioritaria aplicación. Sobre todo, si llegó asociado a lo que mal se denomina “revolución socialista”. O peor aún, “revolución bolivariana” o “revolución bonita”. Esta, ofertada como “pacífica, pero armada”.

Esta violencia requiere de la creación de “víctimas inocentes” pues al matar gente honrada o confesos opositores, encauza el odio como razón que justifica cualquier argucia predeterminada o desgracia inducida. Siempre, por fines políticos. Por eso, se hace acompañar de mecanismos de complementación que encubren la crueldad bajo la cual se organiza todo. Entonces puede decirse que la violencia ha fungido como la amenaza gradual sobre cualquiera persona que disienta de las ejecutorias del régimen.

La motivación que está detrás de cada acto de horrorosa condición, evidencia lo torcido de pensamiento y sentimiento que caracteriza a personajes de marras enfundados en el poder por el poder. Todo da cuenta de la irracionalidad que acompaña cada idea puesta al descubierto y emprendida, pese a las consecuencias que incite cada decisión (de rojo color).

Pero lo más grave de todo esto, es el odio que premedita tales decisiones al predecirlas y presidirlas en todo su curso de acción. El odio es enardecidamente el instrumento sobre el cual se moviliza la política mal concebida y peor profesada. Y bajo el “socialismo revolucionario” del que se aferra cualquier ideario tumultuario, como el vigente en Venezuela, considera el odio como ejercicio político (socialista).

@ajmonagas

Esta disertación no busca considerar el musical basado en la obra eximia del político, poeta y escritor francés Víctor Hugo, publicada a finales del siglo XIX:“ Los miserables”. El nombre de tan leída novela, tuvo como inspiración la eterna rivalidad entre el bien y el mal. Particularmente, en el fondo de las escisiones que tan histórica lucha siempre ha dejado abierta. Con énfasis, en medio de problemas causados por la exigua comprensión de la ética, la moralidad, la justicia y el ejercicio de la política como argumentos para ordenar la sociedad en su dinámica.

Los personajes que dan vida a dicha obra, son representativos de los terribles disturbios que provocaron la histórica Rebelión de Junio que se dio en Paris. Hecho éste que arrojó atroces consecuencias en la sociedad parisiense de 1832.La crisis que devino en lo que fue reconocido como tiempos de dificultades políticas y económicas, se vio acentuada por escasez de alimentos, aumento del costo de la vida y agudas enfermedades. A esto se sumó un importante brote de cólera que atacó, fundamentalmente, las barriadas más pobres de Paris.

De tan crítica situación, no sólo emergieron problemas que pusieron de relieve gruesas e incisivas diferencias políticas entre facciones de poder. También, un cortante descontento entre clases lo cual forjó cambios políticos que por igual pusieron al descubierto grupos de gente paupérrima que las monarquías de entonces buscaban encubrir para ofrecer la imagen de un Paris “ensoñador”.

Esos hombres y mujeres pobres que padecieron “en carne viva” la barbarie que para entonces se destapó, son los oprimidos a cuyo valor y resistencia, Víctor Hugo dedica su célebre obra escrita. Y quizás, la novela es una defensa al arrojo de personas así, indistintamente del lugar o situación social, política o económica que vivan. De ahí, su trascendental carácter. Aunque el título de la novela, expresa la condición de miserables de quienes para entonces se arrogaron el poder político y económico para atropellar a los más desposeídos y desfavorecidos.Sólo por el hecho de haber demostrado la voluntad que sólo catapulta la condición contestataria propia de los sentimientos de libertad que existe en personas con tan fundamentado brío político y social.

Fue así como uno de los parajes de tan efervescente novela describe que “en las ocasiones en que el hombre tiene más necesidad de pensar en las realidades dolorosas de la vida, es precisamente cuando los hilos del pensamiento se rompen”.Pues de ahí, surge la libertad como forma de vida.Sin embargo, la condición de miserable y que se superpone a la actitud de miserable, es producto del engreído poder. Sobre todo, cuando éste se enquista ante la presunción que tiene quien se arroga algún control sobre otro. Todo, con la excusa de contar con una pretendida “superioridad” que supone la persona de sí misma. O sea, es el personaje miserable que, generalmente, se refugia en el ejercicio de la política.

Es el caso que sucede cuando el gobernante -desconociendo sus debilidades-  es seducido por el morbo del poder. O sea, cae preso por la tentación del poder. Es el caso de Venezuela, donde pareciera haberse puesto de acuerdo quienes más rápidamente eran capaces de asfixiar sus conciencias.Y así, sustituirlas por bagatelas cuyos contenidos darían cupo a la sin razón entendida como criterio de gobierno. Así llegó a hablarse de “revolución”, sin terminar de comprender que tan mal llamado “proceso bolivariano”, sería el argumento para que sus aires movieran actitudes miserables como briznas de paja zarandeadas por cual ventarrón de orilla.

Por eso ni las dictaduras ni los regímenes totalitarios han podido construirse sobre ideologías importadas o elaboradas en la penumbra de la media noche. Sino, sobre las rapacidades de quienes mejor han sido hasta ese momento (políticamente hablando) ladrones de la dignidad. O sea, aquellos personajes marcados por la cobardía. Pero que en esencia son tristemente personajes que no pasan de ser perfectos pérfidos. Tal cual, vulgares sátrapas. Tanto que son “los miserables”.

La violencia, ¿un negocio político? por Antonio José Monagas

El concepto de “empresa”, considera entre sus acepciones la noción de negocio. De ahí que su praxis permite acceder a una ganancia cuya medida es demostrativa de la conveniencia que tercia el acuerdo entre las partes en negociación. O sea, entre agentes económicos que se transan ante un arreglo que compense las partes de alguna manera.

Reconocer que un gobierno tome la disposición de realizar ajustes y controles que mantengan a raya cualquier arrebato de la economía, constituye una decisión obligada en virtud de circunstancias que infringen objetivos que se plantea la gestión gubernamental en aras de lograr sus planes y programas. O por aquella necesidad bastante manifiesta de “balancear indicadores de gestión”. Aunque un gobierno de corte autoritario, también lo hace. Pero bajo propósitos atentatorios de ideales de libertad y promotoras de derechos fundamentales. Además, para contrarrestar la movilidad de sectores de oposición cuando protestan la imposición de medidas opresoras tendentes a inhabilitar acciones políticas propias de una democracia funcional.

Es decir, cuando la política se ejerce a distancia de razones que explican su pertinencia en relación con los problemas terminales que acosan el sistema social, los conflictos aparecen por doquier. Y es precisamente, cuando las crisis políticas saltan cualquier obstáculo para preceder y presidir situaciones de toda naturaleza y condición. Sin embargo muchas veces se suscitan situaciones  de las que emergen problemas referidos a cuestiones políticas internas, negociaciones disfrazadas de necesidades elaboradas en laboratorios de oscura categoría, consideraciones propias de la rutina  burocrática y reacciones que develan arrebatos de espacios políticos sin otra justificación que la soberbia, el sectarismo interno y la revancha entre facciones. Y es bien sabido que estos casos ocurren cuando un gobierno, de corte autoritario, pretende imponerse por medio de elementos de violencia a los fines de aventajar coyunturas que tienden a salirle al paso bloqueándole expectativas y resultados esperados.

Es la oportunidad que caracteriza la palestra política cuando de determinar acciones que transgreden derechos y libertades, se trata. Y para eso suele la violencia convertirse en el criterio expedito para tramar la incidencia de la represión gubernamental trazada. Siempre con predeterminación y acentuada alevosía. En consecuencia, tan crudo ejercicio opresivo, propio de gobernantes despiadados, instan el apoyo de colectivos paramilitares y parapoliciales con el desalmado propósito de acentuar la represión de manera desproporcionada. De esa forma las acciones violentas tramadas, concilian pretensiones de poder con la desesperación que asalta gobernante de tan vulgar talante.

El caso venezolano, resulta cada vez más patético dado el tenor de las acciones asumidas a la par del discurso gubernamental apegado a amenazas o anotaciones de extraño infundio pues no terminan, por estrategia política, de descubrirse la intención que anima sus manifiestos. Y que sin duda, presume o encubre la violencia entendida como criterio de gobierno.

Declarar públicamente que acciones emprendidas en el sentido arriba señalado siguen las directrices del Foro de Sau Paulo, es indicador de que puede algunas medidas tomadas por el régimen venezolano esconden, bajo sus fauces dialécticas y discursivas, la violencia como canal para allanar el camino dela democracia. No sólo a nivel nacional, sino también internacional. De hecho, los sucesos que han sorprendido a países como Ecuador, Colombia y, más recientemente Chile y el particular caso de Bolivia, son de toda sospecha agudas demostraciones del tenor de la violencia dirigida por la susodicha corporación política.

Ante lo acontecido en esos países, cualquier explicación o excusa declarada por afectos al autoritarismo sólo logró que se advirtiera la barbarie escondida bajo los dictámenes del aludido Foro. En consecuencia, lidiar con la inequidad y la pobreza como señala cualquier propuesta político-electoral, se tradujo en la violencia que atiborró las calles de las capitales de dichos países. Pareciera haber llegado la hora de asegurar la subsistencia del ideario totalitario como medida tomada en el ámbito de reivindicar el autoritarismo para lo cual luce necesario de contener la verdad y disolver la incómoda institucionalidad democrática. Y para regímenes nauseabundos, tal anarquía es justificada. Sin medir consecuencias de cualquier índole. Sin importar nada. Caiga quien caiga. Y es lo que ha argumentado el régimen venezolano cuando habla de “radicalizar la revolución” enarbolando el invento del “socialismo del siglo XXI”, en nombre de un pueblo con hambre. Aunque con la hipocresía más desmedida, alega que son acciones emprendidas “por la patria grande”.

Es así como las disposiciones emanadas por la agenda del Foro de Sau Paulo, ordenan acciones -en una primera etapa- formuladas para “instalar el comunismo” en países de gobiernos democráticos. Para ello, busca desarticular los poderes públicos con el propósito de ordenar todo desde un único poder. Un poder centralizado y personalizado.

En una segunda etapa, plantea instaurar el necesario “control político y de la población” para así abrir los espacios que permitan, desde dicho poder central y omnímodo, arrasar en lo posible y con relativa rapidez con la institucionalidad democrática establecida. Y por consiguiente, evadir los derechos humanos que incomoden las operaciones de desorden predeterminadas.

Y en una tercera etapa, habla de “distribuir la riqueza”. Pero no en un sentido amplio y de acuerdo con las capacidades y potencialidades individuales, organizacionales e institucionales. Por lo contrario, la orden emanada por las organizaciones políticas reunidas bajo el engañoso mote de Foro de Sau Paulo, requiere de cualquier rapacería que conduzca a la expropiación de la propiedad privada a fin de “escarmentar a la clase alta y media económica” por cuanto considera que “el dinero es pecado”. Por tanto, los medios de producción, estarán “en manos del Estado”.

 

(Véase en https://congresonacionalciudadano.wordpress.com/tag/foro-de-sao-paulo/)

 

Y como quien se arroga el manejo del poder, el autoritarismo empoderado puede igualmente maniobrar toda situación operando condiciones y recursos como en efecto lo lleva a cabo mediante la palabra expuesta a través de la hegemonía comunicacional gubernamental. Asimismo, a través de canales operativos con la capacidad de inducir conmoción a través de acatamientos intergubernamentales. O por el desenvolvimiento financiero capaz de movilizar personal preparado para actuar desde la oscuridad. Incluso, mediante el apresto militar movilizado por instancias gubernamentales ganadas por el autoritarismo a través de la  corrupción y el chantaje. Cualquiera de estos estamentos, son de fácil adscripción en lo que cabe dentro del concepto de violencia política la cual indistintamente de su género, causa mermas y destrozos por igual.

Y sin duda alguna que esa manera de actuar apegado a la fuerza de armas e instrumentos causantes de desgracias y daños personales y colectivos, es para agrupaciones de la sucia calaña del Foro de Sau Paulo, la más diligente articulación entre el poder político y objetivos de arrinconamiento de la democracia autonómica.

Por eso dicho Foro se declara como el conciliábulo de agentes representativos del socialismo, enfrentados al capitalismo. Peor aún, excusándose de acciones a emprender que no se compadecen del dolor y tragedia que puedan causar. De ahí que dicho Foro se constituyó en una gruesa amenaza continental con el cuento de que su tarea es necesaria y emergente. Pero nada de eso. Es, sin duda, esta -un tanto- la razón que explicaría cómo ahora habría pasado a ser la violencia, ¿un negocio político

No siempre el desdén, alcanza a marcar la indiferencia frente a lo que una vez pudo ser anhelado. Y es porque cuando se actúa con pereza, desgana, desidia o indolencia, se pone de relieve la tosquedad con la que se trata al otro. Sin embargo, el problema no se presenta bajo condiciones abierta y libremente manifiestas.  El hecho que puedan lucir excelsas, no lo hace de obligatoria incidencia por cuanto, muchas veces, pueden pasar inadvertidas. No sólo ante la vista. Sino fundamentalmente, ante la conciencia. O incluso, ante el sentido común. 

Precisamente, ese es el problema que políticamente surge cuando de apatía o de indiferencia se padece cual enfermedad provocada por la ausencia de ciudadanía. O también, por la ignorancia o la insensibilidad de quienes viven sujetos a las formalidades de una sociedad que su dinámica la lleva a ser displicente o despreocupada de lo que sucede a su alrededor. 

Aunque excepcionalmente, se ha observado que la indiferencia puede solucionar todo lo que acontece en el contexto de crudas realidades personales, en política, no es exactamente así. Muy por lo contrario, en política, o en medio de su praxis, la indiferencia provoca tantos estragos que sus consecuencias se tornan tan catastróficas como caótica es cualquier crisis que alcance y perjudique la funcionalidad social, política o económica de una sociedad.

A este respecto, puede inferirse que en Venezuela, tanto como en otras realidades apresadas por dictaduras o tiranías de realengo cuño, los problemas que inducen el caos que sacude espantosamente su idiosincrasia, es en buena medida todos aquellos que califican bajo el implante de la indolencia. Bajo su perverso amparo, se incita la práctica política que caracteriza los tiempos de crisis que corren. Tiempos estos que impulsan a quienes viven del ejercicio de la política, más en cargos de alta responsabilidad gubernamental, a actuar y a elaborar y tomar decisiones al margen de cualquier sentimiento. O sea, llamados por el resentimiento más rastrero y visceral. 

No hay consideración alguna ni hacia el otro, ni hacia las cosas que hacen. O hacia las ocupaciones laborales que por ley le corresponden. Especialmente, a decir de los preceptos prescritos por la Constitución de la República. Todo pareciera apuntar a hacer de la política, la mejor excusa para afirmar: “todo me da igual”. Frase manida en grado superlativo por la misma vulgarización en que la política sumida en estos tiempos de incoherencia total, se ha visto estúpidamente apellidada, “revolucionaria”.

Ahora Venezuela, se convirtió en un país donde las palabras se desvanecen creándose un ambiente en el que se extinguió la fuerza que movía montañas. Fue así como apenas quedó pululando una especie de silencio cómplice. Tal cual, como aire que incita el perverso influjo de la indiferencia y de su cómplice, la indolencia.

En política, la indiferencia tanto como la indolencia, juegan cualquier posición en la que la crueldad se ausenta. Aunque sea por un instante. Pero es exactamente ahí, cuando su preeminencia saca a flote los recursos que articulan sus alevosos y predeterminados movimientos. Es cuando sus efectos inciden en apresurar criterios políticos que rebasan los límites de la desesperanza y la maldad para entonces irrumpir un mundo ocupado por el desinterés, la sordidez y la dejadez. Un mundo aislado de las cuestiones que configuran la vida común de un constructivo y positivo entorno social. 

Por eso, la indolencia apostó a convertirse en la razón para que Venezuela transmutara su condición de país de gente magnánima, a ser un país oscurecido, afligido, reventado, humillado, apesadumbrado, enterrado y postrero. Y ganó con el apoyo de la desvergüenza como encubridora. Todo, por causa del desvergonzado desparpajo de la indiferencia que mantiene inanimada la gente. Siempre doblando la cerviz ante las oprobiosas decisiones del desalmado régimen “revolucionario”. Gente dormitada por la flojera y la obligada comodidad a la que insospechadamente conducen la indiferencia y la indolencia. 

Es la Venezuela de la escasez múltiple regida por el “manual del egoísmo, la envidia y la miseria (propia del socialismo nauseabundo)”.Es la Venezuela que progresa “hacia atrás” y su desarrollo ocurre en los espacios formados por la inmundicia política del “socialismo del siglo XXI”. Es la Venezuela en la que los venezolanos, apostados en cualquier bando, se encuentran tristemente: prisioneros de la indiferencia y la indolencia.

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“A la libertad por la Universidad”, por Antonio José Monagas

LA AUTONOMÍA UNIVERSITARIA, ha inspirado no sólo momentos de lucha académica, política y social. Ha sido el blasón que ha exaltado actitudes, tanto como ha prescritos episodios y guiado decisiones volcadas en palabras escritas o pronunciadas.

América Latina, ha sido escenario de importantes acontecimientos en defensa del espíritu de libertad que aviva la conciencia de quienes fundamentan la gestión universitaria en la comprensión y ejercicio de la autonomía universitaria.

Por ejemplo, Córdova, en 1918, lideró la reivindicación de la autonomía universitaria como la razón (política y social) de ser de la academia universitaria. Fue el espacio donde se conjugó la disposición necesaria para que de su esencia, se radiara y comprendiera todo lo que diera forma, sentido y dirección al lema que en América Latina cobijó la lucha por la autonomía universitaria. Así se vivió, entrada la década de los sesenta del siglo XX. Fue como bajo el expresión “a la libertad por la Universidad”, distintas comunidades académicas se volcaron a la calle para exhortar todo lo que cabía bajo tan connotada frase.

Así continuó animándose el quehacer universitario. De ese modo, se proyectaba lo que significaban los derechos académicos que infunden movilidad propia al libre desempeño sobre el cual se apoya la docencia, la investigación, la extensión y la gerencia universitaria. Los hechos que para entonces se dieron, enaltecieron el concepto de universalidad del pensamiento. Particularmente, en quienes sentían la vibración de la funcionalidad universitaria, Aquellos eventos prendían esperanzas de cambio. Así se abrían ventanas al futuro y puertas al estudio.

Es conveniente que se conozca el problema que, históricamente, ha significado la labor de una universidad en un contexto de libertades políticas, sociales y académicas. El hecho que ha representado ir tras la verdad, tanto como destacar los valores fundamentales del hombre desde el compromiso que su naturaleza académica determina, le ha ganado el desdeño de gobiernos que pretenden controlar al ciudadano. O que busca someterlo a través de forzados aprendizajes que colisionan con las libertades que respira la Universidad toda vez que enseña a pensar con criterio autonómico y crítico. Distinto de lo que significa enclaustrar el pensamiento en un ámbito de cerrada condición cultural, política y económica. O que es lo mismo, entubar el pensamiento por una brecha atascada de ignorancia.

La autonomía universitaria es un símbolo tan especial que, en su necesidad de fundamentar el conocimiento asido a la libertad de pensamiento, motiva un derecho político cuya soberanía sólo puede comprenderse y ejercerse mediante formas de articulación que vinculen necesidades e ideales con propuestas y realidades. Pero eso no es ni fácil de entender, ni tampoco sencillo de aplicar. Un marasmo de complicaciones inducidas por rivalidades, egoísmos y envidias, suelen trabar y tramar cualquier vía o canal que posibilite el acceso del hombre libre, cultivado bajo el amparo que puede permitir el sentido autonómico de del conocimiento, a posicionar sus valores en alguna situación donde su juicio tenga el debido arraigo y provecho colectivo.

De ahí que apostar a la autonomía universitaria, es impulsar el libre desarrollo de la individualidad, el legítimo derecho a inventarse formas que den sentido a las expresiones del ser humano, la participación sin temor a importunar el espacio de la palabra. Asimismo, darle vuelo al ejercicio de la política como acertada razón de vida fortalecida y productiva.

La autonomía universitaria es un proceso continuo que, al concienciar al universitario en su papel de actor político tras la defensa del honor, la dignidad y la majestad de la educación libertaria, adquiere la fortaleza necesaria para consolidar la identidad institucional. Eso, sólo puede alcanzarlo el universitario consciente al demostrar -ante el entorno político, económico, cultural, científico, humanístico y social que cobija su vida- su disposición de apoyar la construcción de una sociedad más igualitaria, libre, solidaria, democrática y de propia determinación.

Por eso, el autoritarismo en subversiva complicidad con el totalitarismo que encubre la ofuscación y estupidez de gobernantes de indolente actitud, siempre reta la intelectualidad académica universitaria a enfrentar a la sórdida condición de las bayonetas. Aún así, y a pesar de la desigualdad de tan absurda confrontación, siempre se elevará por encima de cualquier circunstancia, crisis o desafío, el histórico grito que alcanzó a tramontarse sobre los cuatro vientos y enarbolarse sobre los cuatro puntos cardinales: “a la libertad por la Universidad”.