Antonio José Monagas, autor en Runrun

Antonio José Monagas

La transferencia de la culpa, por Antonio José Monagas
Cuando la verdad aparece o la contradicción quiebra la conjetura, la suposición estalla

 

@ajmonagas

Entender que la política “es el arte de aplicar en cada época de la historia aquella parte del ideal que las circunstancias hacen posible”, asintió Antonio Canovas del Castillo, figura capital de la política española de mitad del siglo XIX. Sin embargo, no siempre las circunstancias muestran el ideal que identifica el contexto correspondiente. Tampoco resulta fácil reconocerlo, dado los múltiples intereses que giran alrededor del aludido ideal toda vez que oscurece sus particularidades.

Generalmente, así sucede. Es ahí cuando dichos intereses estimulan al hombre político a hacer suposiciones en torno a lo que no puede distinguir por causa de los avatares que envuelven al ideal. Este es el problema de no comprender el ejercicio de la política. Tan complicada situación refleja lo que bien refería William Shakespeare, cuando se aventuró a definir el concepto de “política”. Decía que “la política está por encima de la conciencia”, lo cual es una forma de hacer ver que el entendimiento compromete la visión como perspectiva que trasciende la realidad.

Una lectura desde la teoría política

Este exordio debe interpretarse a colación de las elecciones colombianas. Acá, es donde entra la teoría política. La situación en estudio debe entenderse y atenderse al momento en que las circunstancias posibiliten la lectura de la situación. A partir de la información veraz y oportuna que mejor pueda disponerse.

Los hechos suscitados con motivo del proceso electoral vivido por Colombia el pasado 19 de junio obligaron a un segundo cotejo entre los contendientes con mayor votación. Ya los resultados de un primer momento comicial habían reflejado la pugna entre posturas adversas.

Asimismo, generaron suposiciones de todo tipo. Algunas más atrevidas que otras. Sin embargo, todas demostrativas de la temeridad que, además de manipuladora, fue conocida por la opinión pública. Paradójicamente, es posible decir que las elecciones colombianas han sido lo más parecido al hecho de dar un caramelo a quien se comporta el antojo de degustarlo. Es indudable que dichas elecciones impacientaron la crítica de quienes antagonizaron o concordaron con sus procesos y procedimientos.

Especulación de insidiosas facturas políticas

Se ha hablado de fraude electoral, de manipulación del acto de votación, de forjamiento del patrón electoral, de reubicación de mesas electorales a último momento y de voto castigo al gobierno. Han sido algunas acusaciones que responsabilizan a actores políticos y funcionarios electorales. Pero no se trataba de Venezuela.

También se ha escuchado hablar de decisiones próximas dirigidas a reacomodar el aparato público. Rediseñar la función pública, el ideario del desarrollo, los programas de industrialización nacional, entre otros. Tanto como se han señalado delitos políticos que, sin fundamento alguno, incitan cualquier desorden capaz de perturbar la sociedad. Todo, con la tétrica intención de poner a prueba el refrán popular “a río revuelto, ganancia de pescadores”.

En consecuencia, la acostumbrada predilección de hacer suposiciones en torno a realidades donde solo cabe la incertidumbre, constituye precedente de ofensivas interminables que indispone a la política. O, por lo contrario, la excita. Es cuando emerge la difusión de insultos, vejámenes, imputaciones, injurias y querellas.

En fin, toda una tempestad de pronunciamientos capaces de acentuar las crisis que por doquier campean. O de remachar viejos espacios donde ha imperado el deporte del odio, del resentimiento, de la envidia, de la revancha y del egoísmo. Blancos posibles de muerte política, moral y física.

Del desafecto de causas al duelo de posturas

Estas situaciones conflictivas son rutas que empeoran la realidad. Acá, personas sin conciencia de las consecuencias son tentadas por hipótesis (al voleo) que sueltan al viento de las murmuraciones con la ayuda de otros tan ignorantes e indiferentes como quien induce la suposición. Cuando la verdad aparece o la contradicción quiebra la conjetura, la suposición estalla.

Quienes lanzan suposiciones, sin base de ninguna índole, son quienes se sienten culpables de lo que acontece a su alrededor. Por eso la suposición compromete una situación imaginaria que, además de causar problemas, representa una transferencia de culpas. O como lo expresa el vulgo, “remordimiento de conciencia”.

Tal conjunto de acusaciones, realizadas para inculpar a otros o a afectar eventos ya procesados, dejan sin protagonismo a quien difunde la suposición. Posiblemente, ni para bien, ni para mal. Solo hace la presunción con la intención solapada o disfrazada de culpar a otros luego de experimentar como propia una culpa ajena.

No se advierte que jugar con suposiciones o a las suposiciones, es indicativo de un problema de “victimismo”. Por eso, valerse de eventos políticos sensibles de conjetura infundadas o que no cuentan con argumentos válidos, como representa toda coyuntura política en el caso de las elecciones colombianas, es un acto inmoral de culpar a otros. Sin saber que su actitud defensiva y desconfiada lo involucra en un problema que la psicología política denomina la transferencia de la culpa.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun

¿Dónde se atascó la democracia?, por Antonio José Monagas
La antipolítica le está haciendo un enorme daño a la democracia y a la misma mentalidad ciudadana

 

@ajmonagas

El más ligero examen de la situación de la democracia, como sistema político, da cuenta del estado de desconcierto y fracaso que la ha ahogado en el tremedal de la crisis. Pareciera innecesario repetir los distintos problemas que la han atascado en un buen número de países.

Entre los problemas que han carcomido a la democracia, se tienen:

  • La decadencia de las instituciones democráticas.
  • La generalización de la pobreza crítica.
  • La intempestiva inflación monetaria.
  • Las deudas nacionales acumuladas.
  • El ocaso de las ideologías políticas.
  • El decaimiento de los partidos populares.
  • La desconfianza en los liderazgos democráticos.
  • La corrupción galopante.
  • Las crisis de los servicios públicos.

Un análisis más a fondo

Quizás estos problemas pueden explicar la razón del deterioro que se observa en la democracia. No obstante, habrá que sumar otros motivos que se disfrazan según la ocasión o la coyuntura. Aunque afectan con solapada sutileza, sus efectos son tan insidiosos que desnudan el asedio a simple viste. Veamos:

  1. La opacidad. Sobre todo, cuando es inducido por criterios políticos trabajados desde la oscuridad y el silencio cómplice configurado en medio de las relaciones turbias que se dan entre factores del poder y de la política dominante.
  2. La incidencia de operadores políticos. Esquiroles y usurpadores que buscan imponer su poder a costa de lo que sea. Cabe destacar que el mismo arrastra conflictos que desequilibran el andamiaje de las instituciones sobre las cuales descansa el poder político.
  3. La antipolítica. Entendida como la decepción de la ciudadanía al ver desterradas sus esperanzas e incumplidas las promesas de la oferta político-electoral. La antipolítica se considera como un modo de “negación a la política” toda vez que actúa como “antítesis” de la política misma. Y aunque pudiera lucir como lo opuesto, su manera de corresponderse con el funcionamiento de la democracia la hace contradictoria.
  4. El populismo. El populismo ha sido ejercicio político de un mesianismo popular y de caudillismo tradicional, cuyos resultados han generado serias crisis económicas y sociales.
  5. El “determinismo político” del Estado hacia los ciudadanos y en contrario. Este problema ha causado la ausencia de legitimidad en la vida política y en la economía. Por consiguiente, la sociedad no ha podido desarrollarse en sí misma. Tampoco, por sí misma.
  6. La narcopolítica. Este inventario de gruesas dificultades que desvencijado el ejercicio político de la democracia es un problema e enorme impacto en la sociedad, como la “narcopolítica”. Es la influencia del narcotráfico en el ejercicio de la política gubernamental. Que los cárteles de la droga infiltren y coopten al poder político, ha hecho que las actividades ilícitas se vean amparadas de la impunidad necesaria para realizar sus negocios. Ello busca la obtención de beneficios mutuos tanto para activistas de los cárteles, como para sus operadores del gobierno.

En conclusión

Podría finalizar esta disertación, sumando problemas relacionados con la polarización en la política, la exagerada concentración del poder existente y el acceso restringido de ciudadanos a canales de influencia política.

Igualmente, con la centralización de la administración pública, el exceso de controles, la reducción de las capacidades del sistema democrático, la partidización de la función pública, la militarización desenfrenada de la política, la represión como forma de coacción, la anomia o el “Estado blando” (un Estado sin estructura cierta y fácil a las presiones).

Todos estos problemas tienen un efecto negativo en la sociedad y en la mentalidad ciudadana. Por ello no existe un afianzamiento y fortalecimiento de la democracia. No habría duda, pues, de que al interior de uno de estos problemas, o en su sumatoria, podría estar la explicación a la pregunta ¿dónde se atascó la democracia?

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Venezuela, ¿hacia dónde vas?, por Antonio José Monagas
Venezuela cayó en la trampa funcional que le tendió el elaborado y fantasioso discurso político de izquierda

 

@ajmonagas

Desde hace tiempo, la humanidad vive sofocada por gruesos y serios problemas que vienen reduciendo los valores que, en otrora, lo encumbraron. La vida humana está allanada de angustia, violencia y desorden, particularmente. Y para colmo de males, se encuentra impávida ante un panorama de anarquía, de descomposición social y de desesperanza que hacen ver los medios de información que actualmente dispone.

De manera que lejos de escapar de los temores y amenazas sembradas a su alrededor, la dinámica política, social y económica acerca al individuo cada vez más al horror de verse atrapado por la turbulencia; la misma que puede arrastrarlo y hundirlo en el tremedal de la desesperación o la confusión.

Es lo que está sucediendo. No solo en Venezuela. Sino también en muchos de aquellos países que alardearon de sistemas socialistas como la fundamentación política que exaltaría ámbitos de libertades integrados bajo el concepto de democracia “socialista”.

Sin embargo, Venezuela cayó en la trampa funcional que le tendió el elaborado y fantasioso discurso político. Una narrativa plagada de elementos teoréticos que exaltaban el pensamiento revolucionario universal. Discurso este que se hizo acompañar de razones abstraídas del marxismo clásico para manipular las esperanzas ciudadanas. Y que, en efecto, lo logró.

Todo concurrió a insensibilizar aquella población que contaba con alguna conciencia política. Asimismo, ello llevó a conducirla hacia parajes de riesgo donde la autodestrucción caracteriza de modo abierto las formas por las que se rige la civilización en su sector dominante.

Lo específico de la situación (en crisis)

No obstante, las realidades poco dejaron ver las lesiones que comenzaban a deformar sus capacidades. En consecuencia, se alteraron proyectos de vida, modelos políticos, criterios económicos, hábitos y prácticas sociales y tendencias culturales.

En el caso Venezuela, las informaciones tendenciosas, aprovechándose de las coyunturas tecnológicas, alimentarias y sanitarias que sorprendieron al mundo en toda su magnitud, sirvieron para estropear al país que ya venía desmejorado. Hasta dicho momento, el país no pudo resistir más el diluvio de desgracias que lo inundó por entero. Además, produciéndole la supresión de importantes derechos y libertades fundamentales para su desarrollo.

Hoy, luego de tantas décadas de continuas atrofias, y de haber experimentado anomias por distintas causas, Venezuela potenció sus crisis. Y aunque hayan podido adelantarse algunos esfuerzos, los mismos se han hecho en direcciones no solo incompatibles con la esencia de los conflictos que intenta aplacar, sino que también se han aplicado sin orden alguno esparciéndolos equivocadamente.

Y es todo lo contrario como tales esfuerzos -ciertamente- pudieran alcanzar algún resultado capaz de reducir el desarreglo que, en todos los grados y jerarquías, sobrelleva Venezuela. Pues de ser así, no habría ninguna razón para preguntar Venezuela, ¿hacia dónde vas?

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Oscurantismo y embrutecimiento, por Antonio José Monagas
Con esta camarilla de charlatanes de cuartel el país enfiló su avance (a paso de vencedores) hacia el oscurantismo y el embrutecimiento

 

@ajmonagas

A pesar del avance de la tecnología de la información, el mundo está aproximándose a un atolladero del cual será difícil escapar. Al menos, no tan rápido como logró atorarse.

En cambio, la humanidad está a escasa distancia del “punto de inflexión” que separa al desarrollo del oscurantismo y del embrutecimiento. Incluso del oscurantismo y del embrutecimiento más paradójico, irrazonable y absurdo que la historia podría considerar.

Venezuela, por ejemplo, luego de haber alcanzado elevadas calificaciones en cuanto a desarrollo político, económico y social, según indicadores de rango internacional, ha estado acercándose a un peligroso “punto de quiebre”. Es decir, aquella circunstancia que, incitada por agudas dificultades, alteran (negativamente) su comportamiento.

Dicho “punto de quiebre o de inflexión” actúa como una coyuntura bajo la cual algún proceso social, económico o político, o toda una realidad, puede afectarse en su praxis. Entonces sucede un cambio de tendencia lo cual provoca una brusca variación en el proceder cotidiano.

Regresión (a paso de vencedores)

Esa ruda transición, en Venezuela, está llevando a modificar la ruta que el proceso democrático determinó después de 1958. Pero esta vez, llevada por la obstinación de quienes actúan apegados al papel que les asigna la “revolución” que dice seguirse. Que no es otra que una “revolución de incapaces”. Contubernio este comandado por una camarilla de “charlatanes de cuartel”, “vividores del pueblo”, “hacedores de desastres” y “predicadores de odio”. Así, el país enfiló su avance, (a paso de vencedores) hacia el oscurantismo y el embrutecimiento.

Ante las actuales realidades examinadas y corroboradas, Venezuela ha comenzado a retroceder hacia etapas históricas superadas. Pero ahora, con más vehemencia de cómo viejas civilizaciones cayeron en el oscurantismo sobrellevado en la Edad Media.

Los hechos que vive Venezuela en lo político, social y económico, de acuerdo a los exabruptos, imprecisiones, improvisaciones e incoherencias que comete el régimen opresor venezolano, evidencian un oscurantismo y embrutecimiento de desvergonzado tamaño.

Las señales del régimen

Basta con captar las señales del régimen. Entre otras, los discursos de altos funcionarios, las barrabasadas presidenciales contenidas en seguidas opiniones emitidas públicamente, las inconstitucionales medidas tomadas en nombre de la República, la grosera manipulación asumida como razón de arrogante factura y las continuas fallas de servicios públicos.

Así es posible dar cuenta del retroceso que Venezuela está dando hacia el siglo XIX. Un tiempo colmado de guerras, miserias y despotismo. Todo eso significa llevar al país hacia el dogmatismo. Los intereses que secundan cada decisión gubernamental asumida, buscan cimentarse como fundamentos políticos del régimen. Y radicaliza la manida “revolución de otoño” que dice el régimen fortalecer.

Tan impúdica transformación está conduciendo al país a surcar realidades cundidas de oscurantismo y embrutecimiento. Estar en la ruta que lleva a tan deplorable situación, ha hecho que Venezuela cayera en la desgracia que ha inducido la dramática crisis que hoy envuelve su presente.

Una contrariedad perseverante

¿O acaso es fortuito que el régimen se haya aprovechado de cuanta coyuntura exista para apuntalar su violencia? No: descarga su odio en contra de la Universidad autónoma. Y descalifica la educación básica, desarraigando sus programas de enseñanza de las asignaturas que le imprimen sentido y razón al aprendizaje integral que reclama el siglo XXI.

Es lo que invoca el pensamiento oscurantista y el criterio embrutecedor. Precisamente, es el objetivo que busca el usurpador régimen alcanzar para así opacar la existencia ciudadana. Y agujerear sus derechos y esperanzas. Al mismo tiempo, hacer que el futuro luzca ensombrecido. Desde ahí, el régimen podría justificar su apetencia de deprimir todo anhelo de esperanza y libertad que disponga el venezolano como motivación para reconquistar la democracia nacional.

Sin duda, el oscurantismo es absolutamente antidemocrático. Intenta manipular la intelectualidad de la persona, toda vez que dirige sus esfuerzos a deprimirla.

Siempre de cara a los antivalores que las patrañas de cualquier ideología fantoche y obsoleta pueda inducir a través de su diabólica maquinaria política.

No cabe pensar que el oscurantismo es cosa del pasado. En la actualidad, sus secuelas son tan nocivas y peligrosas, como ayer lo fueron. O quizás, más. Solo que ahora actúan con la discrecionalidad y complicidad de quienes están en el poder.

Porque siguen viéndose mecanismos de control social y político de la población, vale cuidarse de cualquier efecto, aunque intangible. Más aun, que pueda provenir de procedimientos y decisiones salpicadas de oscurantismo y embrutecimiento.

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La impotencia de la incertidumbre, por Antonio José Monagas
Edgar Morin, filósofo y sociólogo francés, explica que “la política es el arte de lo incierto, lo que nos lleva a un principio de incertidumbre generalizada

 

@ajmonagas

Hablar o escribir desde la incertidumbre, es una manera de suponer lo que podría contener el futuro. Aunque se piensa que dudar de la certeza es afirmar que todo es incierto. O a decir del físico y filósofo francés Blaise Pascal, de que “no es cierto que todo sea incierto”.

Es natural que la duda comprometa el miedo que puede sentirse ante algo que se ignora. Pero también es propio sentir algo de seguridad ante una realidad evidente. Sin embargo, el miedo está siempre merodeando en toda situación desconocida. El problema surge cuando acecha el peligro causado al no atisbar la dificultad capaz de empeorar la situación.

La incertidumbre en la política

En política, este problema es bastante frecuente. Generalmente ocurre al no hilvanar las razones que configuran el riesgo o peligro. Y eso aparta la posibilidad de apuntar lo que en la administración de negocios se llama “ganar-ganar”.

Edgar Morin, filósofo y sociólogo francés, explica que “la política es el arte de lo incierto, lo que nos lleva a un principio de incertidumbre generalizada”. He ahí el problema ante el cual vale disertar sobre la impotencia de la incertidumbre.

Y justo acá tiene cabida criticar la postura de quienes, apostando a la desfachatez, los convierten en “arqueólogos de la infamia”. Solo por hacer ridículo alarde de “eruditos de la política”. Cuando, a lo mucho, son rabiosos “pésimos profetas del desastre”. Mas, cuando presumen tener capacidad no solo para saberlo todo. Sino también, para interpretar el fondo de la política.

En los últimos tiempos, el maniqueísmo de la acción política ha salpicado cualquier cantidad de situaciones. Sobre todo, cuando estas buscan camuflar el azar con la excusa de revestir la democracia con la institucionalidad que corresponde a su longanimidad.

Ese maniqueísmo, propio de regímenes deformadores de la democracia, justifica que naciones sometidas a autócratas se resignen ante las determinadas condiciones ungidas de un falso bienestar. En esas naciones solo tienen cabida criterios que exalten lo contrario a las libertades y los derechos.

En el caso Venezuela

En Venezuela, los tiempos recientes han sido barridos por el azaroso efecto que causa actuar del lado de la desesperanza. Y esta anima conflictos que terminan avivando la incertidumbre. Lo que tenemos es puro patrioterismo de vitrina, acompañado de un liderazgo de orilla. En medio de situaciones así, muy probablemente todo termine en un lugar bastante alejado del punto de partida. Causado por la pérdida del sentido de orientación política.

No cabe pues consentir a todo aventurero de la política que, por despechado, se torne insolente. Además de embustero y chapucero. Cualquier actitud que roce conductas belicosas o mediocres, sobre todo si se muestra un comportamiento insolente, puede hacer más daño que cualquier laceración.

Así que, en el fragor de tan insidiosas realidades, cualquier ejercicio de política podría verse desvirtuado como resultado de absurdos que viven sociedades sensibles ante las crisis que agobian a la ciudadanía. Y Venezuela, está ahí. Por eso, en política luce mejor mantener una distancia prudencial a lo que pueda ser razón de peligro o riesgo, que adentrarse en la incertidumbre sin saber hacia dónde conduce.

Razón tuvo el escritor y periodista mexicano Carlos Monsiváis, al decir que “la verdad se robustece con la investigación y la dilación mientras que la falsedad, con el apresuramiento y la incertidumbre”. De ahí que, en el lenguaje de la política, es proclive referirse a la impotencia de la incertidumbre.

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El ruido del autoritarismo (hegemónico), por Antonio José Monagas
Habrá que evitar que Venezuela siga acosada por el ruido del autoritarismo

 

@ajmonagas

El ruido social se ha vuelto tan estridente, que contamina a cuanta presencia se exponga a dicho bullicio. Afecta no solo la salud personal, sino que también alcanza a trastornar todo lo que implica la calidad de vida.

Este ruido social se refiere al sonido de voces o gritería propia de condiciones profundamente alteradas por causas espantosas y repudiables. O provocadas por la desorganización, la anarquía y la carencia de valores de una sociedad irascible. Problema este que perturba el derecho de quien busca vivir en medio de la mayor apacibilidad posible.

Es lo que caracteriza la anomia. O sea, el estado de desorden social estimulado por la incongruencia de normas sociales. La cual, en buena medida, es causada por las arbitrariedades de un gobierno inepto. De un gobierno entregado a complacer la avaricia de quienes actúan dominados por el egoísmo, la corrupción y la envidia. Además, disfrazando de progreso la miseria que la pésima gestión de gobierno incita.

Ese ruido social tiene su parangón en el ruido de la política toda vez que es producido por modelos ideológicos agotados y esquemas barridos históricamente. Un estruendo que contamina el ejercicio de la política a través de la descomposición, el sectarismo y la exclusión. De la represión, el miedo, el militarismo y la intimidación.

Demasiado despotismo como para no sentirlo

En el fragor de tantas contrariedades juntas, particularmente en lo que respecta a Venezuela, al país político lo acorraló la desconfianza de la población en las instituciones. Al mismo tiempo, esa política abstraída se embarró de los negocios oscuros cuando sus codiciosos gobernantes y dirigentes, sedientos de poder, se estrellaron contra la mentada y atribulada disposición de solucionar los problemas que agobian al país completo.

La política expuesta por el autoritarismo hegemónico dominante, vive de lo que sus presunciones de poder muestran ante medios de comunicación amenazados. Y que, por tanto, actúan de modo sumiso, timorato y obediente.

Es claramente, lo que estos gobernantes usurpadores e indignos pueden exhibir. Hasta ahí. Pues en adelante, solo pueden mostrar sus torpezas. Aunque por ratos, hablen de triunfo. Pero del triunfo de su apasionamiento por distorsionar las realidades con exageraciones y arregladas tribulaciones. Particularmente, toda vez que en el fondo de cada situación no hay nada más que cachivaches que la historia ha ido acumulando como testigo de fracasos y quiebras de países arruinados por la mala orientación política asumida.

Es como retroceder bajo el emporio de lo absurdo. En un periplo precedido y presidido por la fragmentación emprendida sobre el sistema político. Concretamente, por el populismo de obtuso y su anacrónico efecto. Asimismo, por la promoción de intereses particulares sin considerar las necesidades de grupos políticos más amplios que basan su vida en una ideología común.

Si tan estrepitoso ruido sigue allanando los parámetros de la política, no solo será la inversión o la regresión de todo cuanto haya sido posible puntal en la construcción de las realidades y esperanzas democráticas. Sino que las voces de todo un país político se verían apagadas o consumidas por la conmoción que tal desastre causaría en perjuicio de un futuro más acogedor como bien se persigue.

De esta manera habrá que evitar, a toda costa, que las realidades venezolanas sean acosadas más de la cuenta por el fatídico ímpetu producido por la aberrante bulla de un régimen opresor. Especialmente, por el ruido del autoritarismo (hegemónico).

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Las sombras de la infamia, por Antonio José Monagas
Venezuela, o lo que queda de ella, es un tránsito hacia el agravamiento de problemas como el de la crisis energética

 

@ajmonagas

Quien tiene la enfermedad del poder es capaz exceder sus límites de dominio, ascendencia y potestad. Particularmente, en un contexto en que sus hegemonías violentan las estructuras productivas y sociales.

Ese ámbito de reveses, defraudaciones y contradicciones, precisamente es Venezuela. O lo que queda de ella. Su tránsito hacia el agravamiento de problemas como el de la crisis energética que viene castigando al país, entre otras de igual contundencia, pone de manifiesto la gestión de un régimen autoritario. De un régimen político bajo cuya opresión y represión se maneja un poder que se pasea por agresiones, vejámenes y tropelías.

Esto explica la gravedad de un país que, en otrora, demostró ser referencia por el crecimiento alcanzado en capacidad energética. Así, el país vivió oportunidades que la llevaron a exportar electricidad y combustibles. Lo cual hizo que el país sintiera sus fuerzas productivas y ver el incremento de la calidad de vida del venezolano.

El populismo no es nada energético

Entrado el siglo XXI, el país comenzó a dar tumbos que ocasionaron crudos golpes a su economía. Todo sucedía en medio de posturas económicas falsas y compromisos políticos flojos. Así, se lesionó lo que su desarrollo habría procurado. El país estaba viéndose nefastamente intervenida por la acción de un poder político que no razonaba los porrazos que sus actores políticos y económicos le infringían. Era señal de una ignorancia atrevida.

Así el populismo demagógico fue barriendo espacios sociales y parques industriales. Desde la posición que asumió el debutante régimen militarista, iniciando 1999, fue fácil manejar el problema energético. Los regímenes políticos precedentes lograron instalar un sistema eléctrico no solo extensivo, sino también funcional dada la eficacia del suministro y generación del fluido eléctrico el cual provenía de un importante conjunto de plantas termoeléctricas e hidroeléctricas que habían comenzado a construirse en la década de los sesenta del siglo XX.

Mayor demanda, menos energía

Sin embargo, diez años luego de 1999, el país comenzó a demandar mayores niveles de electricidad que rebasaban los existentes. Para ese tiempo, sonaron las primeras alarmas de una crisis energética en ciernes.

La sequía producida por el fenómeno del Niño, acaecida durante ese mismo año, había puesto al descubierto sumas carencias respecto de las necesidades energéticas que comenzaba a padecer el país. Carencias que revelaron la ausencia de un programa de mantenimiento. La corrupción se aceleraba. Dejaron de ejecutarse valiosos planes de inversión requeridos por el desgaste y deterioro que comenzaba a notarse. Especialmente en obras del tamaño que mostraba el sistema hidroeléctrico del Caroní.

Ese sistema eléctrico se había diseñado para aportar 17.000 megawatios. Pero la ineptitud, la falta de gerencia, la desorganización y la inoperancia, actuaron como factores retardatarios y sectarios. El régimen se valió del proselitismo político para desviar la atención en torno al problema que enardecía nacionalmente en todo su alcance.

Un desquiciado enfoque político-partidista

Empresas de electricidad como Cadafe, la Electricidad de Caracas, la Electricidad del Yaracuy, con plantas generadoras y aprestos operacionales, y una vasta red de efectivas suministradoras y generadoras de energía eléctrica, diseminadas por el país, no bastaron para cubrir los problemas que para entonces surgieron.

La crisis energética siguió agravándose. Quiso resolverse con un enfoque político-partidista. Pero solo la exasperó y exacerbó. Tanto así que la desvergüenza e ignorancia de altos funcionarios del régimen hizo reducir la demanda eléctrica de las empresas de Guayana. Así creyeron estar contribuyendo a la recuperación del sistema eléctrico vigente.

La orden presidencial, había sido apagar los hornos eléctricos de SIDOR. Ello derivó en el cierre y retiro de las celdas de ALCASA. Asimismo, en la anulación de las celdas de VENALUM. También se decidió ahogar buena parte de las exigencias de importantes empresas situadas en la planificada ciudad de Puerto Ordaz.

Tan pérfido conjunto de maniobras fue la chispa que encendió la mecha conectada a la bomba radioactiva que destruyó la industria venezolana. A partir de ahí, el rostro del país fue afeándose, lo que motivó que Venezuela vagara por el camino de la decadencia.

Hoy, la situación eléctrica nacional adquirió la forma de un espantoso tornado cuyo vórtice ha engullido cuanto ha podido. Siempre, demostrando la avidez que caracteriza la corrupción administrativa que, desde entonces, ha descalabrado al erario público.

¿En ruta hacia el antidesarrollo?

Actualmente Venezuela ha alcanzado una situación de crisis de inimaginables resultados. Sus efectos arrasaron con un parque industrial que cimentaba importantes programas de desarrollo nacional.

Haber ordenado el apagado de Planta Centro, así como el desmantelamiento de Planta Vieja Tacoa, ha conducido al atraso de Venezuela en todas sus manifestaciones. Lo mismo ha sucedido con otras generadoras de electricidad, aunque de menor grado. Todo, por la desatinada razón de ejecutar un socialismo absurdo convencido de que el “Estado debe ser propietario de cuantos medios de producción sea posible (…)”.

Ahora Venezuela funciona a duras penas. De apagón en apagón, de caída de tensión, en caída de tensión. De problema, en problema.

Tantos desmanes, reclinados sobre la indolencia, ignorancia y resentimiento de quienes actúan mofándose de la institucionalidad.

No conforme con inducir tan serios problemas, el artificioso socialismo “bolivariano” consiguió osadas razones, aunque inconsistentes todas, para justificar el hecho grave de convertir un país petrolero en un mendicante de gasolina, alimentos y medicamentos. Sus furibundos gobierneros y aduladores de oficio, dañaron sistemas industriales. Ahora, no tienen idea alguna de cómo reactivarlos. Aunque consiguieron la excusa: que todo ha sido culpa de las sanciones del imperio norteamericano

La degradación de valores que infundió el régimen desde su arribo al poder consistió en hacer que cualquier desgracia que ocurriera como resultado de la gestión política ejercida, se hiciera costumbre en los venezolanos. Más, al vivir entre múltiples escollos que han permitido advertir, cómo y cuáles son las sombras de la infamia.

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Gobernador de Mérida: ¿Insultar, humillar o atropellar?, por Antonio José Monagas
Lo manifestado por el gobernador de Mérida sobre la ‘ingratitud’ de los merideños es sarcasmo que insulta, humilla y atropella

 

@ajmonagas

Hay discursos, opiniones o expresiones que no cuidan el sentido de lo expresado. Es aventurado, y hasta riesgoso, lanzar o liberar palabras que no se corresponden con el momento. Menos, cuando son dominadas por la tragedia o la ausencia de humanitarismo.

Ante la ira o cualquier sentimiento de disgusto o desagrado hacia alguien, o por causa de alguna afrenta o crítica recibida en palabras o hechos, no es propio arrojar la primera piedra que dispone el camino. Aunque en el ejercicio de la política es un tanto común asomar esa desagradable emoción que emana del odio, del resentimiento o rencor.

Es lo que sucede cuando la política (de calle) se practica apoyándose en criterios de vida groseramente confundidos con postulados políticos diseminados precariamente por razones electorales. Es lo que ha sucedido en la Venezuela del siglo XXI por efecto del chavismo.

Este preámbulo es motivado por la sarcástica consideración proferida por el gobernador de Mérida que, sin medir el impacto de su juicio, manifestó:

Somos buenos para decir mil veces “no hay luz en tal lado”. Pero jamás somos capaces de decir “qué bueno que llegó la luz en tal lado”. El llamado a los merideños a ser menos desagradecidos y realizar mil fiestas de bienvenida a la luz… (Como refiere un tuit del periodista P. P. Peñaloza, 12 marzo, 2022)

Ejemplo de infinitud dictatorial

La opinión del cuestionado personaje desconoce algo tan fundamental para la narrativa como el señalado por la teoría de la comunicación: “Los sentidos reciben de las palabras su dignidad. O en caso contrario, su mezquindad o pequeñez”. Con el desconocimiento de tan dilucidada consideración, el gobernador merideño puso al descubierto no saber manejarse de cara a las complicaciones que luce toda situación de gobierno.

Es imprescindible saber que la política no se aprende en la calle, entre los resquicios de una habitación embadurnada de basura populista. O aplaudiendo cualquier discurso de precaria inspiración, o verborrea de esquina.

Es el problema que padecen muchos dirigentes políticos al presumir que el solo hecho de detentar el poder, les otorga la capacidad para disponer lo que su ignorancia y soberbia determinen.

Con las ofensivas declaraciones del gobernador merideño, se evidencia un problema de cultura política.

Su escueto verbo no advierte que, en política, un mismo sentido cambia según las palabras expresadas. Sobre todo, en medio del espantoso laberinto formado por la sucesión de precariedades, improvisaciones y equivocaciones propia del populismo rampante. Es calamitoso el estado de descomposición al cual se ha llegado. Por exceso de poder y negligencia.

Nada más acusa la extremada flaqueza ideológica que reviste cada discurso de estos dirigentes políticos, militaristas y fascistas, que el hecho de no reconocer el tamaño de su incompetencia. Tanto como la desfachatez para denigrar lo que a bien es propio de demandar y exigir.

Nada indica una mala disposición de sentimientos, que el no actuar de cara a la verdad. Nada más pusilánime que dárselas de jactancioso toda vez que el gobernante se reviste del poder de una autoridad cuestionada por represiva e irreverente.

Ideología de la destrucción

En política, las palabras tienen un alto vuelo. Pero tan alto como suben, asimismo caen. Para este género de personajes recostados al ejercicio de la política, lo rastrero constituye el ámbito más expedito para demostrar su calaña de esquiroles, usurpadores y eunucos políticos. Donde ni siquiera pueden juntar lo necesario con lo suficiente.

Cuánta desgracia concentra un mensaje formulado sobre estructuras dialécticas que redundan en el desconocimiento de las realidades. En lo que va de siglo XXI, Venezuela ha sido el teatro “negro” de una realidad que se contradice frente a otra, por verdadera que parezca. Sobre todo, cuando el país -acicalado según la propaganda gubernamental- se utiliza como burda excusa para proyectar una imagen disfrazada de democracia.

Y así ha venido ocurriendo con el consentimiento del ejercicio de la usurpación perpetrada en menoscabo del desarrollo nacional. El fundamento ideológico de la acusada “revolución bolivariana” ha incitado a actuar según la paradoja que argumenta: la destrucción es una forma de creación.

Las razones del sarcasmo

Quizás, eso explica la ocasión que deja ver cuando un gobernante recurre a la amenaza, la humillación o al sarcasmo como recurso para imponer un proyecto de país retrógrado. Tal y como acaba de verse en las declaraciones del gobernador merideño. Eso permite inferir que todo lo sucedido en esta Venezuela del siglo XXI, sobre todo ahora, es representativo de una especie de espasmo que resulta de razones como:

  • El quiebre de la legitimidad para gobernar.
  • El apoyo popular comienza a debilitarse.
  • La falta de responsabilidad ante lo que comprometen las funciones de gobierno.
  • Síntomas de ingobernabilidad que ven venirse.
  • Fracturas a lo interno del partido de gobierno.
  • Desconocimiento de los procesos de gobernar en democracia.

Son todos síntomas inequívocos de cuando un gobierno comienza a preocuparse porque su gestión política está bamboleándose a causa de la desesperación y el miedo que vive el gobernante.

Particularmente, cuando el curso normal de los tiempos se encoge apresuradamente hasta que las realidades se convierten en un espantoso enredo. ¿O será que gobernar, en su esencia etimológica, social y política, se ha confundido con acciones tan ruines y violatorias de libertades y derechos como insultar, humillar o atropellar?

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