Antonio José Monagas, autor en Runrun

Antonio José Monagas

Con el tiempo encima, por Antonio José Monagas

@ajmonagas 

Del tiempo mucho se ha dicho. Sus efectos han sido tan profusos, que de su carácter se ha escrito en abundancia. Bien, porque es el canal sobre el que transcurre la vida para disfrutarla. O para padecerla. El tiempo ha sido razón de poemas, música y de espiritualidad. Aunque en lo exacto, es una medida que dimensiona la existencia del ser humano basada en el movimiento de rotación del planeta en correspondencia con el Universo.

Sin embargo, en política tiene otra acepción. Una significación que incita condiciones e implicaciones. Sobre todo, determinaciones que desembocan en inmediatismos que hostigan actitudes con propósitos encubiertos de perversidad, envidia y egoísmo. Al menos, es la explicación que fundamenta preceptos de la teoría política. De modo de acusar procesos y procedimientos de oscura condición y apesadumbrada connotación.

La historia política de las sociedades, atestigua sus desenvolvimientos. Particularmente, aquellas que han adquirido conciencia sobre su desarrollo experimentado entre problemas y provechos. 

La vida en las actuales circunstancias económicas, sociales y políticas se convirtió en un complicado enredo. Sobre todo, en el contexto de las crisis que se establecieron como resultado de la presunción de muchos de controlar el mundo por encima de la naturaleza.

Indudablemente que las oportunidades, que el mismo caos reditúa, son posibles de aprovechar. Solo que son difíciles de advertir y comprender. Descifrarlas requiere no tanto de la voluntad y lo acucioso que pueda ser quien se atreva a desafiar sus contingencias. También demanda otros recursos. Así pueden enfrentarse las exigencias de la empresa proyectada.

Pero el problema no termina de resolverse afrontando la crítica situación en curso. El problema derivado de tan infortunadas crisis, supera las aludidas posibilidades de sobrepasar tan peligroso “campo minado”. Y es porque el problema que ha comenzado a inflamar al planeta está provocando un reacomodo social, político y económico. El mismo, a instancia de un poder tan conspirativo como despiadado e inhumano.

El orden social que se avecina, no se compadecerá de nada ni por nadie. Ni de la historia, ni de la espiritualidad. Tampoco, de las capacidades y potencialidades que le han deparado al hombre el valor necesario para superar tantas dificultades que buscaron retrasarlo de su evolución y desarrollo.

Pareciera que alrededor de la pandemia de la covid-19 se han instalado múltiples causas dirigidas a someter la vida del hombre a renunciaciones, conformidades y sumisiones. Situaciones todas que parecieran apostar al fracaso continuado de proyectos de vida. Esto, a manera de irradiar sobre el mundo la desesperanza posible que la fuerza oscura del mal, establecida por el sadismo de legionarios moldeados por el odio ruin y el resentimiento exterminador, está pretendiendo.

Por eso la política se contaminó sobremanera. Hubo que enviciar las sociedades en demasía. Y desarreglar las institucionalidades al máximo. Pero especialmente, arrasar con todo lo que pudiera servirle a un pueblo como instrumento de lucha.

Aunque a decir por lo que refleja la sociedad mundial en cuanto a valentía y tenacidad para seguir resistiendo los embates que encadenan las crudas crisis, hay sobrada disposición para ascender la cima que han remontado las virtudes humanas.

A pesar de que el caos dominante, casi entrampa al tiempo sin entender lo que refirió Tertuliano, sacerdote cristiano del siglo II. Asintió él que “el tiempo todo lo descubre”.

Tan cierto es el adagio, que los ofuscados dirigentes del caos en cuestión, han seguido presumiendo de su poderío para infundir temor. Más, sí logran inducir la sensación de reducir el sentido de vida. Aunque debe reconocerse que sus presunciones han sido exageradas por medios de información formados a este respecto. Aunque bien calculada su tarea en su insano diseño. Porque han pretendido que el hombre de hoy piense, y llegue a creer, que ya está con el tiempo encima.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La administración del terror, por Antonio José Monagas

@ajmonagas 

La teoría administrativa va mucho más allá de lo que concierne a la empresa. Toca razones y proyectos de vida, así como condiciones que limitan el devenir del ser humano. Condiciones que abarcan no solo virtudes, oportunidades o fortalezas. También, aquellas que rayan con debilidades, amenazas y temores.

Puede hablarse de la administración del tiempo, así como de la administración del terror. En nuestro caso, del terror que infunde un régimen político que paralizar o intimidar a la ciudadanía.

De ese modo, le resultará sencillo someterla a las imposiciones que improvisada o deliberadamente establezca.

La administración de empresas busca ordenar los procesos que facilitan el aprovechamiento de los recursos y capacidades en función de las situaciones por las que transitan los negocios y operaciones financieras. Todas son fases o momentos que comprometen la organización, planificación, coordinación, administración, control y evaluación de cada convenio transado para orientarse al éxito.

Asimismo sucede con los regímenes políticos cimentados sobre objetivos de poder (sin fondo). Estos diseñan sus estrategias en términos de metas que les asegure el arribo a sus tramados propósitos. Siempre, basando sus perspectivas en las intrigas que encierran la administración del terror.

Es así como regímenes de “pezuña larga”, acomodan su gestión apostando al “éxito” de la misión, esbozada esta con la mayor alevosía posible. Solo así puede garantizar el acceso a estadios de poder configurados según intereses pautados de antemano. Pero encubiertos por discursos disfrazados de amplitud. Y capaces de despertar el suficiente respaldo que se plantea endosando el acceso más inmediato al poder político.

Esos regímenes se cuidan de no dejar sus urdidos propósitos al descubierto. Por eso adecuan realidades que busquen propiciar la confianza necesaria entre quienes caen rendidos a las tentaciones expuestas. Esos mismos regímenes saben que en la ganancia de la confianza solventa buena parte del problema que genera la suspicacia. Así logran ganar el suficiente espacio político al conquistar las aspiraciones más escondidas del elector.

Luego van por los actores políticos que fácilmente se prestan a permutar su dignidad o conciencia por un cargo donde puedan cristalizar  sus apetencias. El “póngame donde haiga”.

Los procesos de administración del terror, propios de regímenes tramoyeros, explotan la imaginación de sus operadores políticos para esparcir la confusión con la que nublan la conciencia de la población. Por tanto, le resulta fácil complicar toda situación que el régimen presuma de alterada.

De manera que el miedo que pueda despertar cualquier pronunciamiento popular que llame a la rebelión de la sociedad, el régimen lo responde aguzando sus procedimientos con los que infunde terror. Pero terror este administrado con sus recursos de intimidación, violencia extrema y odio de retorno.

Repele el miedo creando terror. Aunque un terror impulsivo. Esa es la forma de cómo un régimen de manifiesto autoritarismo, o dictatorial, busca sobrevivir en el poder. Para ello afianza su praxis en depuradas técnicas y maniobras que solo entiende y explica bajo lo que se conoce como la administración del terror.

 

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Sin confianza alguna, por Antonio José Monagas

@ajmonagas 

Referir la confianza en el contexto de la vida del hombre es distinto del significado que dicho término ostenta en el mundo de la política. Esta diferenciación no hace su interpretación del todo sencilla.

En el terreno espiritual y sentimental, la confianza se mueve entre variables de naturaleza emocional que ponen de relieve el afecto. Mientras que en la política la confianza se moviliza entre factores que se insuflan del poder que prodiga la oportunidad. Sobre todo, cuando se presenta en medio de circunstancias fortuitas o temerarias. Incluso predeterminadas por el mismo hombre, en su afán de aferrarse a eventos de los cuales busca aprovecharse.

Se dice que la confianza no deriva de la razón que pueda argumentarse, sino del hecho de enfrentar o encarar circunstancias sin temor a verse atrapado por ellas. No obstante, la seguridad y la osadía ante una situación de dudosa consistencia son razones que le imprimen sentido a la confianza. Confianza para avanzar de cara a los avatares que están a lo largo de todo camino por donde el hombre ha de pasar. Por eso el poeta español Antonio Machado escribía “se hace camino al andar”.

El problema estriba en el ejercicio de la política. Las razones de las que se sostienen quienes ostentan vivir en la cúspide de la política son infundidas por vicios. Así sucede casi siempre. La seguridad tiene un componente que la vincula con el afán de valerse de alguna coyuntura en beneficio propio.

Asimismo ocurre con la osadía. De ahí que los discursos políticos despiertan enjundiosas dudas. Esto interfiere en la posibilidad de asir la confianza a alguna acción demostrativa de loable acción. Que casi nunca aparece. Ni exhibe su perfil.

Y ese resquebrajamiento que dejan ver muchos políticos de oficio al inicio, a mitad o al final de su empresa, pone al descubierto la codicia o el egoísmo que bien disfrazan con una narrativa aparatosa con la que solo buscan encubrir su solapada voluntad.

Entonces, ¿cómo apuntalar alguna confianza en autoridades públicas que se ufanan de actuar a distancia de lo que su retórica pronuncia?

Lejos está de aceptar la confianza entre los valores de una democracia. Sobre todo, si luce esquilmada por la acción de un proyecto político farsante y demagógico. La pretensión de considerar la confianza hacia las autoridades gubernamentales, como puntal de un ejercicio político, se cae por su propia pesadez. Además, reconocer un proyecto ideológico como propuesta suprema de “(…) refundar la República para establecer una sociedad democrática (…)” (del preámbulo de la Constitución de Venezuela, 1999) representa un insólito y grave desmentido.

Que los valores de la democracia sean la prudencia, la tolerancia, el respeto mutuo, la moderación, la libertad, el pluralismo, la competencia justa, el apego el ordenamiento jurídico, el balance del poder y la confianza hacia la autoridad pública, es una cosa distinta del hecho de aceptar que esos mismos valores sean lo que fundamentan un remedo de democracia en el terreno de un régimen autoritario y hegemónico. Peor aun, delincuencial. Por tanto, solicitado por la justicia internacional. Tal cual es el caso Venezuela. 

Particularmente lo que contempla el artículo segundo de la Constitución nacional luce contradictorio. Sobre todo, ante lo que a diario acomete en descrédito de lo que exalta el contenido de la Carta Magna. Entonces, ¿cómo actuar frente a un régimen que se contradice en palabra y acción? No hay más respuesta que la justificada por la desconfianza hacia la autoridad pública.

Todo, por embrolladora, engañadora, insolente, opresora, hostigadora, corrupta, resentida, inmoral, pendenciera, abusadora, mediocre, inepta, codiciosa, entre otras enfermedades éticas, culturales, sociales y políticas. No hay de otra que proceder a actuar. Pero con el poder que aprisiona al país entero, sin confianza alguna…

 

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Entre el miedo y la ignorancia, por Antonio José Monagas

@ajmonagas 

La historia es reveladora de cuantas cosas hubieran podido evitarse. Sin embargo, es igualmente testimonio de la testarudez del hombre, toda vez que ha demostrado que se devanea cuando se arroga la desfachatez de cometer los mismos errores de tiempos pasados. Sería sin duda, la razón que habría movido a Wrigth Mills a admitir que “(…) muchas veces tenemos que estudiar historia para librarnos de ella”. No en el sentido de desprenderse de sus lecciones, sino, por lo contrario, de aferrarse a las mismas.

No hay duda que entre los ejercicios más útiles del aprendizaje, dirigido al afianzamiento del desarrollo, son el estudio y comprensión de la historia. Solo que la terquedad del ser humano, tantas veces alborotadora de desaciertos, se funde con la miseria. Y en consecuencia, con la mediocridad.

En medio de tan horrenda combinación, se encuentra el lugar perfecto para que germinen las semillas de la desesperación. Sobre todo, nocivas a la espiritualidad que debe proveer de verdades a la sociedad, a las comunidades a las cuales se integra el hombre en términos de sus capacidades y potencialidades. Aunque no por ello cundidos -en buena parte- de miedos, ansiedades,  pesadumbres y tosquedades. Más aun, de ignorancia acumulada.

Aquí recrudece el temor que la ignorancia infunde con todas sus fuerzas, en cualquier lado y momento, Las realidades se ven asaltadas por el terror propio de grotescas situaciones. Es el caso de guerras, catástrofes naturales, hecatombes, barbaries. Desde luego, las pandemias. Es ahí donde el rostro del caos proyecta su imagen hacia los cuatro puntos cardinales. Donde las realidades se insumen en el marasmo. Son tiempos de crisis, cuyas consecuencias clausuran posibilidades de escape.

Sin embargo, las esperanzas siempre están a la postre de dichas realidades para ser servidas de la más correcta manera. Pero he ahí el problema que de tal escenario irrumpe con solapada violencia. Pero es violencia al fin que, como forma de manifestarse, hace que sus efectos sean inexorables. Es lo que acontece en naciones inmersas no solo en crisis políticas. También en desgracias inducidas por crisis sanitarias como acontece con la pandemia del coronavirus, por sus secuelas sociales y económicas.

Es el caso Venezuela. Las realidades arrojadas por las groseras y abusivas decisiones de una política militarista, sectaria, usurpadora, inconstitucional y corrupta, devinieron en un comportamiento social particular. Este comportamiento si bien entendió la inminencia del cuidado preventivo, al mismo tiempo se extralimitó en su forma de adecuarse al momento.

No hay duda entonces de que el temido virus y la ignorancia han propiciado pesadas situaciones de complicada salida. Estas situaciones no solo han sacado lo mejor, sino también lo peor del ser humano. Especialmente de aquellos con ínfimas cuotas de poder, intoxicados por las bravuconadas que emulan de quienes comandan la represión ordenada desde los altos estrados del poder político. Es un problema que se ha intensificado, toda vez que Venezuela vive sobrellevando las crisis entre el miedo y la ignorancia.

 

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Entre anónimos e incógnitos, por Antonio José Monagas

@ajmonagas 

Las siguientes líneas no pretenden cuestionar la previsión esbozada como política de coyuntura establecida por distintos gobiernos, repartidos mundialmente mediante medidas sanitarias de obligatorio cumplimiento y asumidas en el marco de la pandemia que acosa al planeta. Pero sí plantean rebatir la manera de la cual algunas instancias, corporativas o personales, especulan o exageran su beneficio, uso y repercusión. 

Posiblemente, alrededor de lo que puede situarse debajo de tan contrariada escena, contaminada por el sarcasmo de quienes se toman ese manejo de modo equivocado, por ignorancia o petulancia, pudiera hallarse la explicación que pone al descubierto la impugnación que, en medio de estruendosos debates políticos, ha sido rebatida.

Sobre todo, en el seno de naciones desde cuyas jefaturas de Estado se han desatado ruidosas reclamaciones al mejor estilo retador. Por supuesto, en desconsideración de datos provenientes de la más exacta información y conocimiento sobre la materia en cuestión.

Pero no es esta la temática que busca explayarse a lo largo de esta disertación. Aunque no deja de mostrar su importancia y atingencia con el problema que ha provocado la peligrosa pandemia de COVID-19 causada por el nuevo coronavirus SARS CoV-2.  

El problema que busca describirse se corresponde con la postura que, en términos de la debida previsión en cuanto a prevención, cuidado y tratamiento, ha ido desfigurándose. Por supuesto, como producto de juicios individuales adelantados con base en meras conjeturas. O presunciones vacías. De modo que por tan obstinadas causas, todas carentes de auténticos fundamentos, han llevado a tener la escena, propia de películas del más arrebatado humor negro. Pero de una realidad social compuesta por anónimos e incógnitos. 

O sea personas de rostro oculto que bien pueden pasar por ladrones, policías de malos hábitos, militares aberrados, mercenarios desalmados, sicarios en faena criminal o colectivos guapetones en acción delictiva. Aunque también parecieran disfrazados, escondidos, camuflados, envueltos, conspiradores, encubiertos, herméticos, inasequibles, misteriosos, cerrados, desconocidos,  furtivos. Incluso, recién operados de algo que los afeaba. Pero que sin embargo, por tapados hasta ojos y cabeza, la careta y la capucha que se hizo prenda de uso común, sigue haciéndolos ver igualmente feos. Más aun, repugnantes y ridículos.  

Una categorización en prueba

De cara a lo que tal medida de prevención deja ver, medida esta equivocadamente concebida y practicada, es posible categorizar estos caras tapadas. Particularmente, en virtud de los prejuicios y actitudes que, por cada forma de ocultar el rostro, puede procederse. Así cabría considerarlos bajo las siguientes categorizaciones, a saber:

* Paranoicos u obsesivos

* Hipocondriacos o pesimistas

* Deportistas o activos

* Ambientalistas o conservacionistas

* Populares o conversadores  

* Exagerados o escandalosos

* Moralistas o farsantes

* Éticos o costumbristas

* Retraídos o reservados

* Legales o rigurosos

* Rústicos o campechanos 

* Cómicos o payasos

* Intemperantes o malgeniosos

* Puritanos o rezanderos

* Nerviosos o quisquillosos

* Perturbados o desarreglados

* Irritables o delicados

* Amorosos o cariñosos 

* Pendencieros o envalentonados

* Estrambóticos o raros

* Ingeniosos o perspicaces

* Perezosos o adormecidos

Aunque estas categorías no agotan la caracterización que identifica la personalidad de tantos anónimos e incógnitos que deambulan por las calles en horas de restringida libertad. Por tantas razones como individuos sean, hay quienes han manifestado que algo de esto será parte de las realidades que sobrevendrán luego de dejar atrás la susodicha pandemia. 

Ojalá esa opinión no sea tan agorera como en lo cierto pudiera ser. Porque no sería del todo afortunado que las nuevas realidades apegadas al ámbito sociológico y estado psicológico de quienes habrá de recorrerlas, vayan a verse sumidas en lo que “una nueva normalidad” pueda contener.

Menos, al pensar que el ser humano (pospandemia) tenga que tolerar una realidad diferenciada a partir de lo que podría prescribir una sociedad formada por personas cuya rareza sería más anormal que la normalidad que describe un mundo de hombres libres, críticos y pensantes. Y toda esa anormalidad sería, tristemente, la consecuencia -socialmente entendida- de estar viviendo entre anónimos e incógnitos.

 

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¿Ante nuevas realidades?, por Antonio José Monagas

@ajmonagas 

Cuando la incertidumbre acecha la vida colectiva o individual, es cuando más surge el interés y la necesidad por despejar las incógnitas retenidas en las honduras del problema en cuestión. La situación azuzada por la crisis humanitaria que está padeciendo el mundo entero con la incursión de la COVID-19, confirma la inminencia de tan inaplazable acción. Por eso, el planeta completo vive la fase de saber cómo va a ser ese contexto de nueva normalidad una vez aislado de la amenaza que se ha cernido sobre gruesas capas de la población. Sin embargo, al momento de asomar la presente disertación, no es posible anticipar nada. Menos aun en los predios de un escenario en que las certezas son nulas. En se ámbito, se escucha hablar de decisiones complejas. Tanto, como de la falta de experiencias previas en contextos aproximados a lo que ha significado la pandemia del peligros y temido coronavirus SARS-CoV-2.

Distintas son las especulaciones a este respecto. Aunque por ahora se insiste en la prevención adoptada a partir de tres medidas que no por elementales, no dejan de ser prioritarias. A saber: distancia interpersonal, lavado de manos e higiene y el uso de la mascarilla. No obstante, hasta ahí llegan las sugerencias relacionadas con la prevención. Pero la idea de esta disertación busca pasearse por consideraciones que rocen el futuro. Más cuando, en lo sucesivo, se determinará cómo las sociedades habrán de integrarse a la dinámica de este planeta pintado de azul esperanza, de azul vida y de azul energía.

Vale reflexionar de cara a la intención de considerar el paso del ser humano de una circunstancia a otra. Que no es asunto de sencilla explicación. Ello pudiera devenir en una fractura o abandono del estado de bienestar alcanzado anteriormente, por otro de nueva factura. Habida cuenta, la vida es una sucesión de eventos cuya correlación no siempre se ajusta a la necesidad más apremiante. Es decir, la vida es como una cadena entendida como una conexión de eslabones, uno a uno. Y que vistos desde la perspectiva de la vida, da cuenta que los empalmes son como momentos atados entre sí.

De manera que solo la seguridad de la continuidad le infunde importancia al hecho que significa entender que es más seguro un afianzamiento entre empalmes basado en coincidencias que en diferencias. En esto, innegablemente, cabe la noción de “justicia”. Particularmente, si se entiende que el ser humano no ha terminado de reconocer que la vida no cede mayor espacio si lo que se interpone en ella son las miserias y mediocridades que el mismo hombre suele motivar en cada diatriba que acusa su discurrir. Vale pues este párrafo para comprender la dinámica de la vida. Y por tanto, así aceptar sus limitaciones.

La política y la economía en el centro del análisis

Pero volviendo al objetivo de esta disertación, cualquier teoría que a dicho respecto pueda dilucidarse, no busca competir con alguna de las profecías de Michel de Nôtre-Dame o Miguel de Nostradamus. Nada de eso. Tampoco con plagiar alguno de  los pensadores de la antigüedad, cuando se atrevieron a actuar de profetas de su tiempo. La idea es trazar consideraciones que bien pudieran ser indicativos de decisiones futuras. Decisiones que pueden aventurarse a calibrar expectativas asentidas con la suficiente cautela para no desdibujar lo conseguido hasta ahora. Con el debido respeto a los derechos y libertades.

Se habla de una nueva forma de vida a la que ahora tendrá que adaptarse la sociedad. Ya Peter Drucker, de quien se dice ser “el padre de la Ciencia de la Administración” según la revista Time, las nuevas realidades fue un tema que dio mucho que pensar en el ocaso del siglo XX. En su libro, Las nuevas realidades (1989), Drucker refirió que las mismas serían “(…) distintas de las cuestiones sobre las cuales se siguen escribiendo libros y haciendo discursos los políticos, los economistas, los eruditos, hombres de negocios y los dirigentes sindicales”.

De manera que no hay duda de que las nuevas realidades se verán configuradas por una especie de “reseteo” de las actuales. A pesar de que serán ocupadas por procesos que no van a finalizar en poco tiempo. O porque se definirán como resultado de lo que el juego político determine mediante el decreto de un presunto “estado de alarma”. Escribía Drucker que una prueba convincente de esto “es el profundo sentido de irrealidad que caracteriza gran parte de la política y de la teoría económica”.

Es así que, con razón, el discurso de la economía se ha visto renovado ya en la antesala del siglo XXI. Más, en su ínterin. La economía se ha venido formulando con miras a atender nuevas realidades. Sobre todo, realidades afectadas por la dinámica de una oferta y demanda que tomará otro giro. Sino distinto en términos de sus procederes, su operatividad sufrirá algún desplazamiento motivado por las controversias que serán realidades en lo que la inmediatez permita.

El fondo del asunto

Políticamente, podría conjeturarse un gran pacto de Estado que, en la onda del Pacto Social formulado por pensadores de la talla de Rousseau y de Locke, pretenda cambios a nivel de la administración de gobierno. Especialmente, en lo que corresponde a la delegación de facultades y autoridad.

Esto pudiera devenir en procesos de mayor amplitud a la hora de integrar factores políticos a las decisiones gubernamentales que mejor se correspondan con la pluralidad como condición básica de la política. La transparencia jugará un papel determinante de arraigo a la democracia. Asimismo, el papel del gobernante pulsará cada decisión a elaborar con la participación de actores no siempre comprometidos con la ideología del proyecto gubernamental. Pero las condiciones imperantes harán reflotar tan eximio valor político. De esta forma, la diferencias ya no serían óbice para mantener a raya cualquier impugnación o contrariedad expuesta ante le jefatura de gobierno.

Será innegable la inminencia de actuar en conjunto ante los nuevos desafíos geopolíticos que emergerán. Encarar dichos retos será asunto de una política pública de suma trascendencia que debe convertirse en un todo un proyecto nacional. Las exigencias forzarán a los países a endeudarse más de lo previsto. Y esto se logrará en acuerdo y conformidad con los actores políticos previamente sumados al trabajo mancomunado. Por consiguiente, las medidas adoptadas habrán de garantizar la seguridad en todos los sentidos. Desde el jurídico hasta el operativo.

Las novedades se considerarán con base en nuevas realidades caracterizadas por sus implicaciones políticas, económicas, sociales, culturales. Pero particularmente humanísticas, cívicas, ambientales, organizacionales, empresariales, comerciales y sanitarias. Incluso, militares, tecnológicas y de carácter emotivo que comprometan riesgos ya vividos. Asimismo aquellas actitudes que sigan patrones ortodoxos se verán replegadas a fin de evitar que el miedo irradie hacia situaciones ya superadas.

Esto ha de significar el vuelco inmenso que habrá de vivirse a instancia de nuevas formas de socialización. O de encauzar emociones y sentimientos. Y aunque será difícil comprender, lo busca traducir “remar en una misma dirección”.

Será difícil cuestionar el giro que tomará la sociedad dado los cambios que necesariamente deberán adoptarse.

Es indudable que la vida social, política y económica, por considerar estas esferas pivote de las restantes actividades humanas, será distinta. La lección impartida por esta pandemia obligará al hombre a actuar al margen de antivalores relacionados con la soberbia, la egolatría, la terquedad, la envidia, la avaricia y los males capitales que tanto daño han causado a la humanidad a lo largo de su historia.

Está en juego el tiempo de vida del ser humano. Como si al momento de ir de un lado a otro, su camino transcurriera sobre el filo de una navaja. Pareciera que todo fuera un atolladero mental. O una cerrazón emocional y sentimental lo que ha hecho mal funcionar al mundo actual.

Aunque se ha especulado que superada la actual pandemia, sobrevendrá otra. Tan peligrosa como la de COVID-19. O aun mayor. Y será la intolerancia. Así habrá que tolerar al intolerante. O acaso será una de las tareas primordiales exigidas para vivir ¿ante nuevas realidades?

 

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Usura y avaricia (en tiempos de crisis), por Antonio José Monagas

@ajmonagas 

La historia del hombre trata la usura y la avaricia con el cuidado que sus implicaciones comprometen. No solo tocan la economía en su sentido más amplio. Igualmente, la política. Pero con suma particularidad, tientan la religión. Así se tiene que la tradición judeocristiana entraña su significado. Sobre todo, al aludir la transacción que se da entre el deudor y el adeudado. O entre el aporreado y quien aporrea. Las medidas que expone la Biblia destacan claramente la relación entre el interés y la caducidad de las deudas. Entre la tacañería y la rimbombancia. La historia de las sociedades corrobora esto.

La Iglesia católica siempre ha cuestionado toda práctica que intente asfixiar la persona en materia económica. La encíclica Rerum Novarum de 1891, conocida como la “doctrina social de la Iglesia”, hizo este problema suyo. Lo tomó entre sus acciones a vencer. Por lo cual asintió postulados que impugnaban la usura y la avaricia, pues rechazaba su ejercicio. Tanto que son consideradas entre los pecados capitales.

En julio de 2009, el papa Benedicto XVI, en audiencia pública, condenó por enésima vez la práctica de la usura y la maña de la avaricia. Las calificó de “humillante esclavitud” para quienes caen atrapados en sus redes. El papa Francisco también ha refutado sus praxis. Las calificó de “acto inhumano”.

Discriminación y COVID-19

En medio de los estragos causados por la pandemia del temido virus “coronado”, coronavirus o SARS-CoV-2, que causa la COVID-19, la política, en su acepción más rústica, se ha aprovechado del manejo de su incidencia para politizar sus secuelas. Se ha pretendido manipularlo en cuanto a la forma de determinar populistamente posibles vías de incidencia sanitaria decididas según los sectores sobre los cuales recae el cuidado médico. Absurdo este procurado, según la inclinación política de los sectores o personas afectadas. Todo un procedimiento que revela el sectarismo aplicado para actuar ante la aterradora crisis. Contradicción de terror.

Tanto se ha dado esta situación, que la concepción del problema generado por la pandemia en referencia, motivó un escarceo dialéctico entre la persona del presidente de los Estados Unidos de América, Mr. Donald Trump, y la del presidente de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, médico y político etíope.

Del susodicho desencuentro, Tedros se vio en la ineludible necesidad de cuestionar la opinión del presidente Trump quien cuestionó los métodos empleados por la OMS respecto del manejo conceptual y logístico de la institución ante la arremetida del virus. Tedros fue tajante al ripostarle la urgente conveniencia de “no politizar la pandemia”. Apuntó que cuando “se abren grietas a nivel nacional y global, el virus tiene éxito”.

Pero así mismo ocurre dentro del ámbito ocupado por la economía. Sobre todo, cuando la economía se supedita a las ejecutorias de la política. Es ahí, justamente, cuando la economía pierde buena parte del sentido que le irriga la teoría económica en la perspectiva de la microeconomía y la macroeconomía.

Se extravían y desvirtúan los cuestionamientos sobre los cuales se hace posible estructurar los apoyos que pueden resistir los embates de empíricos de la economía. Particularmente, cuando estos se arrogan condiciones políticas improvisadas para urdir en contra de posturas de equilibrio capaces de armonizar los embates que se establecen en la complicada y umbrosa discordancia entre la oferta y la demanda.

En medio de tan apesadumbrado conflicto, siempre aprovechado por la precariedad de la ética política toda vez que irrumpe en la sombra de dichos ambientes, incitada la misma por la flojedad de valores éticos y morales de la política en ejercicio, poca o ninguna oportunidad puede hallarse para contrarrestar la ignorancia en complicidad con la usura y la avaricia. De esa manera, se desperdigan las posibilidades de vislumbrar razones y condiciones que tiendan a contrarrestar situaciones dominadas por la usura y la avaricia.

Lo contrario, ha permitido que la economía se vea empañada por la usura como perniciosa práctica que reivindica el abuso por parte de quien, financieramente, domina una transacción. O sea, que por usura debe entenderse toda contraprestación desmesurada recibida a favor de quien ha dado en préstamo o fiado un dinero. Es por eso que la usura ha sido una de las cuestiones más debatidas por el pensamiento económico. No así para la política. Aunque algo ha tratado la sociología (del desarrollo).

Sin embargo el problema no termina con esta operación que puede tener un enfoque mercantilista (comercial) que puede derivar en un trato especulativo. Y que, en lo económico, resulta en una complicación social que se presta, perfectamente, para acentuar la pobreza a expensas de la necesidad económica de una de las partes. Pero por la otra parte, acelera la riqueza “mal habida” pues funge como vulgar catalizador de la ganancia que recibe quien actúa como “avaro”. No solo por lo “desalmadas” que son personas entregadas a la práctica de tales fechorías. Sino también, por lo “miserable” que igualmente suelen ser.

Donde se instala la usura, se encumbra la ambición, se reproduce el egoísmo, se arraiga la mezquindad. Y finalmente, se propaga la avaricia. Es el problema que padecen países cuyas políticas presumen de lo que lo que no llegan a decir pues, justamente, carecen de ello. Es el mismo problema que reposa en quienes, por ambiciosos, se jactan de lo que no tienen. Y por más que lo hayan aspirado, nunca pisarán aquellas realidades que surtan el efecto deseado.

Es el caso de países de economías emergentes o países en desarrollo. Aunque se hayan planteado, con el mayor esfuerzo posible, alcanzar estadios de desarrollo. Pero ha sido en aras de satisfacer más el ego del gobernante, que compensar la pobreza acumulada de un pueblo hambriento de bienestar y libertades. Es una razón para entender lo que puede descifrar el problema que se plantean, cuando padecen realidades amenazadas por condiciones propias de cuando se vive contaminado por usura y avaricia (en tiempos de crisis).

De algunos efectos de la pandemia, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

Por ahora, cualquier intención de adelantarse a las actuales y convulsas realidades puede verse como un evento de temeraria extemporaneidad. Esto, para no decir que sería como apostar a una carrera contra la “incertidumbre” a sabiendas de que ella va a ser la triunfadora de tan atrevida y riesgosa competencia. Particularmente, porque el terreno no es apto para quien busque desafiar a tan poderoso rival.

Y es que en términos de los cambios que habrá de marcar la dinámica social, económica y política del mundo, nada puede predecirse. Es imposible precisar, con exactitud, las consecuencias de la pandemia causada por el coronavirus. Ni en Venezuela ni en ningún otro país, indistintamente del grado de desarrollo alcanzado. La civilización se ajustará a nuevos comportamientos, que resultarán en un nuevo orden socioeconómico y sociopolítico. Indudablemente se forjarán cambios también de las emociones y de la psiquis, al igual que en el modo de demostrar y necesitar el afecto como sentimiento y actitud.

Ideologización de la pandemia

Sin embargo, podría intentarse un ejercicio de prospectiva. O sea, trazar algunas conjeturas que pudieran rayar con escenarios que acerquen al lector a lo que hipotéticamente sería el mundo postpandemia. Quizás una vía expedita para dicho arrojo podría ser a través de un análisis económico, no más sucinto de lo que puede caber en este espacio. Aunque el mismo no estaría exento de los riesgos de asomarlo a la luz pública.

De entrada, debe aclararse que esta osadía compromete variables de ascendencia política y de razón social, pues tocan sensiblemente intereses y necesidades afectadas por la incidencia del coronavirus. Y desde luego, a los correspondientes gobiernos en términos de la gestión política-económica que se pretende llevar en adelante. Con énfasis en lo que respecta al Gobierno venezolano, habida cuenta de que en Venezuela la pandemia ha sido ideologizada por el régimen con el tergiversado propósito de buscar dividendos políticos en el curso de su “atención”.

El régimen venezolano está convencido de que pronunciamientos en dirección del proselitismo en ejercicio, avivaría razones con plena incidencia en lo social que podrían ganarle el espacio que políticamente ha perdido. A esto apuesta alevosa y pérfidamente. Particularmente, en medio de la crisis política, social y económica que ha venido fustigando al país, de manera tan exponencial como la misma incursión del virus.

Sin duda alguna que tan humillante trato puso en vilo a la población al sacudir factores perceptivos. Sobre todo, aquellos propios del ámbito que configuran la seguridad y el bienestar ciudadano. Y esa situación, de fácil exacerbación, hizo crisis inmediatamente. Más, porque la intención del régimen, aprovechándose del carácter sensible de la pandemia, desdijo de derechos constitucionales. Burlados además por la política asumida, toda vez que transgrede derechos que perjudican la salud de la sociedad.

Y fue así cómo el régimen político venezolano, actuando de modo diferente de las acciones emprendidas por otros gobiernos con poblaciones también afectadas por el virus, no entendió a cabalidad todo lo que compromete un ejercicio gubernamental honesto. Una gestión de gobierno que, en nombre del Estado, atendiera debidamente los problemas que, desde un principio, ahondaron los estragos de la pandemia.

No haber comprendido esto hizo que el régimen comenzara a jugar con peligrosos riesgos. Por ejemplo, el de que la población entre en terrenos dominados por la anomia. Y que para explicarlo en una llana acepción, recrudecería la anormalidad que ahora se vive. Se vivirían momentos en el que los vínculos sociales vendrían a debilitarse. Tanto, que la sociedad perdería su precaria fuerza que habría de necesitar para integrar y regular adecuadamente el proceder de los individuos. Y esto sucede con más intensidad en el caso de gobiernos orientados por doctrinas autoritarias y hegemónicas. Es el caso Venezuela.

Siempre las esperanzas serán pivotes de vida

Con todo el caos que problemas de esta índole han causado en el mundo, las reacciones de la economía se ven inmediatamente. Efectos estos que resultan de medidas tomadas con base en trastornos generados por la angustia, la zozobra y la inquietud de las poblaciones afectadas. Sin embargo, en este momento, importantes decisiones económicas y sociales se debaten en la incertidumbre de saber cuándo y cómo podrán procederse actuaciones que mitiguen los susodichos problemas.

De seguro, se verán afectadas las tasas bancarias luego de que las finanzas públicas, ya mermadas, se vean más constreñidas en virtud de los ajustes que deberán hacerse. Los agentes de la economía verán comprometidas sus movilizaciones y transacciones, lo cual podría generar que la economía se agrave y que emerja la temida recesión económica con una fuerza catastrófica. Incluso, más allá de otras restricciones, las brechas que se abren en la mitad de crisis de este rango son de cuidado. Aunque la historia ya las ha conocido y vivido.

Aunque cabe la esperanza que algunos economistas exponen. Explican que el mercado pudiera coadyuvar a evitar la incidencia de duros efectos económicos sin que sea necesario ordenar chocantes regulaciones de las libertades económicas. Así como ordenar la inhabilitación de algunos derechos sociales y políticos. Aunque se ha comentado que el agotamiento que provocará la actual pandemia derivará en agudas conmociones sociales.

Incluso podría establecerse un nuevo orden social, económico y político que conduzca a un modelo civilizatorio concordante con la conciencia ciudadana que habrá de fijarse. O sea, se contaría con un nuevo patrón de actitudes ciudadanas que comprometa procesos de cambios dirigidos a construir una nueva y mejor ciudadanía en todos los niveles que irradie  todo el planeta.

En lo sucesivo, la vida se verá sintonizada con valores hasta ahora arrinconados por la fútil dinámica a la que se subordinan inmensos grupos de población. De hecho, dichos cambios han comenzado a operarse.

Valores relacionados con la identidad, la familiaridad, la solidaridad, la humildad, la paciencia, la confianza y la persistencia, se han instalado en la actitud de muchos.

Los paradigmas están renovándose en función de lo que exalta y exhorta la libertad como condición para renovar capacidades y potencialidades en cada quien. Indistintamente de la formación universitaria que haya podido alcanzarse. Más, cuando muchos de quienes ocupaban los últimos lugares del escalafón socioeconómico han comenzado a ser reconocidos como puntales y fundamentos de actividades y procesos.

De alguna manera, ya están resolviéndose preguntas formuladas alrededor de ¿cuándo y cómo salir de la pandemia en cuestión? Ya se adelantan respuestas relacionadas con el nuevo papel de los partidos políticos, de las asociaciones comunitarias, de las organizaciones civiles, empresas, modelos de empleo, pautas de servicio, nacimiento de nuevas ideologías, nuevos discursos, nuevos procesos de enseñanza-aprendizaje, nuevos modos de comunicación interpersonal, de comunicación social, económica y política.

La geopolítica tendrá nuevos derroteros. La diplomacia se apalancará sobre nuevos conceptos. Asimismo sucederá con teorías del pensamiento y praxis de la economía, la política y de la sociedad. La globalización adquirirá otra dinámica basada en una concepción diferente. La comercialización buscará basarse en nuevos esquemas de relación e integración.

La efusividad del abrazo tendrá un sentido más apegado a valores de moralidad y respeto. Aunque el amor como sentimiento seguirá siendo expresión de ilusiones y esperanzas compartidas. En fin, todo será como el despertar de un sueño algo extraño. Y que podrá activar en el ser humano un comportamiento más conciliatorio con el planeta. El aislamiento inducido por la pandemia habrá devenido en una mejora en la relación hombre–Tierra.

Sin que lo anterior haya agotado la arenga disertada, la última palabra no está dicha. Más, cuando nadie sabe cómo terminará tan grave y terrible crisis, la que para algunos es casi un acto de guerra biológica o de terrorismo político-económico maquinado con cruda saña. Lo que será seguro es que esta pandemia potenciará en las personas habilidades que devendrán en nuevas fortalezas por las oportunidades que se abren. Sin que por ello desaparezcan amenazas y se entronicen debilidades. Es todo un tanto, para hablar de algunos efectos de la pandemia.