Antonio José Monagas, autor en Runrun

Antonio José Monagas

Con hambre de conflicto, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

La realidad venezolana se convirtió en un inexpugnable y desordenado juego de envite y azar. Aunque en apariencia pareciera un simple relato de misterio. Pero es más que eso. Son contradicciones que embotan el pensamiento más habilidoso. Esas ganas de cambiar sin renunciar a nada, resulta como una suerte de ambigüedad que no lleva a ningún lado.

Al mismo tiempo, las realidades pretenden hacer ver que lo mostrado es, al mismo tiempo, verdad y mentira. ¿Cómo así? Todo está bien, pero también todo está mal. Y aun así, no se cuenta con escape alguno que conduzca hacia una salida honorable, creíble y digna. Necesaria y viable.

Caramba, ¿qué es lo que sucede al interior de los referidos problemas que insumen y consumen a Venezuela? ¿Será posible poder hacer algo que contrarreste tan enrarecida situación nacional? Es difícil creer y aceptar la paradójica situación. Pero los tiros parecieran llevar a dicha dirección. Luce ahora ineludible intentar una explicación que descifre tan obeso enigma.

La política mal entendida

De entrada, vale reconocer que dicha situación tiene su fuente u origen en la política. No solo en su comprensión equivocada. También, en su errado ejercicio. Sobre todo, al percibir que la política tiende a complicar realidades que no están debidamente abiertas al discurrir social y económico. Por tanto, lucen enredadas como en principio son avizoradas. No obstante, más allá de tan escueta consideración, se esconden otros argumentos que bien valen para auscultar tan sinuosa situación, hurgándola por el lado de la filosofía. De la filosofía política, para más exactitud o posibilidad de dar con alguna respuesta suficientemente convincente.

La desinformación como causa. Todo ciudadano, aun no preciándose de su condición de “hombre político”, es en definitiva el sujeto protagónico de todo evento precedido y presidido por la política. Aun así, esa deficiencia le permite ejercer su perplejidad o preocupación ante el desorden de información que ocurre alrededor de la correspondiente realidad.

El problema de desinformación solapa toda posibilidad de que pueda filtrarse algún elemento relacionado con la verdad que rige la situación en cuestión. Es ahí cuando la confusión se apropia de la situación. Todo luce tan confuso que la realidad se opaca debido a que la desinformación oscurece el panorama.

La situación se complica toda vez que el rumor hace presencia en la orgía anónima de las redes sociales. En la mitad de tan enrarecido problema, se aviva la histeria colectiva proveniente de cuanto insulto, acusación o reproche pueda hacerse público.

Acá, la opacidad incita la confusión tras la cual se encubre toda sospecha nacida al calor de la insidia que se ha expandido en forma de perturbado rumor. Luego siguen los escándalos como complementos de la cuestionada situación.

En medio de todas estas, el poder político expuesto por el régimen se disfraza de “santurrón”. Hace ver y creer que nada pasa cuando todo se ha exasperado, se ha exacerbado. Al extremo de que el país tiene otra excusa para acentuar la crisis vigente. Es como si la realidad venezolana viviera permanentemente y de manera inusitada con hambre de conflicto.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Tiempos de ignorancia, por Antonio José Monagas
Los tiempos de ignorancia explican la persistente destrucción de las universidades, centros de cultura y medios de expresión

@ajmonagas

Se se viven tiempos de ignorancia, no significa que se padece de una total ausencia de conocimiento. Lo que no se tiene, o no existe, es la voluntad para aprender de los contenidos que exponen las situaciones vividas para convertirlas en condiciones de progreso y desarrollo. Por eso puede decirse que en Venezuela se viven tiempos de ignorancia. Con el agravante de que la ignorancia no para de transformarse en hechos, por lo que es peligrosamente infinita.

Pero cabe preguntarse, ¿por qué aflora la ignorancia en tiempos del siglo XXI, cuando sería obvio convivir con realidades que apuesten a todo lo contrario? Aunque suelen escucharse opiniones que justifican la ignorancia, cuesta aceptarla. La desfachatez y la obstinación envuelven a tan obtusas experiencias.

¿Por qué las realidades se prestan a jugarles espacio a tan grave contrariedad? Sucede que la ignorancia es apegada a la súplica humillante de dinero, poder y odio. Y esto la hace presumir más cercana del ejercicio político que cualquier otra enfermedad emocional del hombre.

Por dicha causa, la política, en su rancia praxis, prefiere al ignorante que al sabio, que al intelectual, que al estudioso. No solo porque este es cuestionador y prefiere la reflexión de cara a lo que percibe; sino porque el ignorante, al actuar como una veleta ante el viento, no pregunta. Solo acepta lo que mejor puede recibir sin hacer cuestionamientos que aturdan sus neuronas.

Por eso se dice que la ignorancia es atrevida. El ignorante cree saberlo todo, sin comprender ni aceptar que no sabe nada. O no más que lo que oye de las malas e improvisadas y retorcidas lenguas. Tal situación ha permitido deducir que un vulgar populista o politiquero es un gran manipulador de la oscuridad donde esculpe las realidades.

La ignorancia es peligrosa, toda vez que su ejercicio es emprendido por rapaces politiqueros para quien la intolerancia, en asociación con la envidia, es el instrumento preferido en la elaboración y toma de las decisiones.

La ignorancia en la política

Para un ignorante en el ejercicio político, cualquier cosa que cruce su pensamiento sin siquiera conocerlo, por mínimo que sea, es causal de rechazo. Solamente por el pírrico hecho de desconocer sus fuentes y esencia. Es la desgracia de vivir atrapados entre ignorantes con poder político.

Es ahí donde la ignorancia juega el primordial papel de manutención del status quo sobre el cual trabaja la politiquería desde su postura populista en plan de revancha contra el conocimiento. Y por tanto contra el desarrollo y las libertades.

He aquí una de las razones que explican la persistente destrucción de las universidades, centros de cultura y medios de expresión. Así como la persecución a organizaciones pro derechos humanos.

El peligro mayor deriva de aquellas decisiones promovidas por la ignorancia, personificada en algún alto funcionario gubernamental con el resentimiento potenciado. En Venezuela, muchos de los problemas que han abultado la crisis política desde el mismo momento en que adquiere fuerza la emergencia humanitaria, descansa en la ignorancia. Y en dirigentes que, pecando de insolentes, presumen manejarse bajo atribuciones que les confieren los altos cargos públicos, para derruir la institucionalidad del Estado y desvirtuar la idiosincrasia de la población.

Toda esta situación ha llevado a que Venezuela ande entre la anomia y la anarquía que corre por sus calles. Mientras que la ignorancia busca anclar su nave en las estribaciones de su territorio político, social y económico.  Tal es el impudor de la ignorancia y de sus agentes, que pudiera hablarse de la teoría del “ignorante atrevido”. Sobre todo, en el caso venezolano donde la ignorancia parece ocuparlo todo.

De manera que en aras de una descripción que resuma la razón de lo que tiene a Venezuela en desvergonzado y rápido retroceso, es delinear una posible teoría a partir de la cual podrían probarse las numerosas hipótesis de dicho mal.

Una primera concepción de esta posible ley, podría trazarse bajo las siguientes palabras: la sola idea que anima al hombre a aprender a diario, lo lleva a reconocer a cuanta ignorancia puede temer.

En el fondo esta conciencia es la causa que lleva al conocimiento a imponerse a la ignorancia y a su narrativa. Sobre todo, al entender que mientras la ignorancia es ámbito preferido de charlatanes y falsos predicadores, de la infamia y el sectarismo, el conocimiento puede empoderarse de los espacios abandonados por la apatía.

Acá en Venezuela todo se desmorona, cada día transcurre entre situaciones jamás concebidas. Es como una realidad donde los dinosaurios siguen vivos. Sin duda que son tiempos desesperados: tiempos de ignorancia.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

“Políticos” que no saben de política, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

Escribir sobre la cuestión política parte de entender la política en términos de su quehacer o su discurrir. Para lograrlo, primeramente debe tenerse claro que antes de que Platón se diera a la tarea de advertir la condición política del hombre social, debe reconocerse lo que luego Aristóteles definió como el “zoon politikón”. Un tanto para referir la esencia del hombre como “animal político”.

Con esto busca significarse que el hombre es por naturaleza un ser político. Esto hace ver la condición de político que muestra el hombre desde el mismo momento que logra expresar sus intereses y necesidades. De esa forma, puede comenzar a apreciar su capacidad intelectual, emocional y física para organizar la vida en sociedad. Y que consigue hacerlo al desarrollar su conciencia y demostrar sus aptitudes para conciliar la vida.

El problema que acá quiere hacerse notar es la confusión que se tiene entre la figura del hombre-político y del político-individuo. O sea, la condición política del ser humano no distingue momentos en que la presunción se impone sobre la razón. Aunque la naturaleza política no abandona al ser humano en su devenir social, cultural y económico, la soberbia y la vanidad lo llevan a actuar desprendido de la razón política propiamente.

Vivir esta tentación o desviación desde un cargo político (de gobierno), le impide comprender  el significado de un cargo de  representación popular. En consecuencia, el individuo se ve afectado en cuanto a la actuación política desempeñada. Por eso, muchas veces se arroga una impostura que lo distancia del carácter político y del papel que infunde el conocimiento cabal de la política.

Esto termina marcando una diferenciación entre el hombre-político y el individuo-político. Finalmente, el individuo asume un comportamiento social disociado del que pudo mostrar antes de verse imbuido en un ámbito de compromisos determinados por el ejercicio de la política.

De ahí que esta disertación busca aludir a “políticos” que no saben de política. Más, luego de comprender que la política, según Hannah Arendt, “reposa sobre un hecho: la pluralidad humana”.

Resulta una incongruencia de “solemnidad” que muchos de quienes usurpan cargos públicos, alcanzados incluso por votación popular (manipulada), no sepan de política. De su concepción, implicaciones y facultades. Suponen que el solo hecho de haber alcanzado un curul o la responsabilidad que compromete la función pública o de gobierno, es razón suficiente para abusar de atribuciones y decisiones. Además, tomadas al voleo. Desconocen el manejo ecuánime de las relaciones de poder y sus correspondientes exigencias administrativas.

¿Y así es cómo se gobierna?

De manera que el ejercicio de la política se vuelve un relajo de máxima jerarquía. La administración de gobierno se convierte en un enjambre de decisiones que terminan conculcando derechos, libertades y preceptos sin razón alguna. No se tiene idea de lo que engloba la coordinación de políticas. Muchos menos, su formulación, gerencia y evaluación.

La tendencia a manejar coyunturas sin siquiera tener claridad de conceptos (aislacionismo, autonomía, centrismo, coerción, desarrollo, estrategia, funcionalismo, humanismo, interés nacional, liberalismo, burocracia, formas de Estado, formas de gobierno, meritocracia, nacionalismo, filosofía de gestión política, negociación, derechos humanos, táctica, tecnocracia, soberanía, teoría crítica de la sociedad, entre muchos más) conduce a enredos operativos e instrumentales que entraban toda gestión política posible.

Estos “políticos” que insisten solo en enquistarse en el poder, por razones más sociales que ideológicas, y que la teoría política califica de “politiqueros”, cuentan apenas con la suerte. O también con el factor aleatorio que consiguen bajo arreglos de oscura y pervertida consistencia. Ni siquiera se forman para luego detentar encargos como funcionarios. Porque ni un libro sobre ideología, o de normativa administrativa terminan leyendo por completo.

Habría que preguntarles sobre el concepto de política que mejor pueden exponer, para advertir la precariedad y mediocridad de sus pensamientos políticos. Y lo que se atreven a explicar o declarar, es solo una retahíla de consideraciones “traídas de los pelos”, pues no son capaces de articular una opinión que relativamente pueda exaltar la condición que se arrogan al hacerse llamar “políticos”. Así, para no mentarse “politiqueros”.

Estos personajes de marras pululan por doquier, como si se tratara de los bucaneros, corsarios o filibusteros que merodearon los mares del planeta cometiendo cuanto exceso les era posible. Vale esta analogía pues estos politiqueros, igualmente, andan tras la primera aventura de la que puedan aprovecharse “a manos llenas”. A la caza de la primera oportunidad para usurpar, taimar o trampear. Asimismo, para someter al otro afincado en su pretensión que le confiere un cargo público. Es decir, para abusar del poder político investido. Son, definitivamente, ni más ni menos, personajes que maltratan, humillan y decepcionan. Son “políticos” que no saben de política.

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Política chicharronera, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

Decir pues que la política está en crisis constituye una auténtica y crecida verdad. Sin embargo, detrás de dicha afirmación suelen plantearse algunas preguntas. Formuladas sobre adverbios o pronombres interrogativos (qué, quién, cómo, dónde, por qué  y cuándo), estos pueden enfatizar cada respuesta asomada a dicho respecto.

Así pues, se buscará una respuesta envolvente que considere el mayor número de pronombres interrogativos a los fines de entrelazar ideas, con consideraciones y condiciones propias de la dinámica política.

De modo que afirmar que “la política está en crisis”, podría obedecer a distintas razones. Pero luce válido intentar una respuesta construida por el lado de lo que representa la política “chicharronera”. O sea una política desinflada y extraviada. Desinflada, por cuanto la falta de un liderazgo idóneo ha estrechado sus ámbitos de acción y expansión. Extraviada, dado que perdió el rumbo de lo que señala el concepto de política. Sobre todo, de aquel que exalta el pluralismo como el terreno sobre el cual se desarrolla su actuación.

En consecuencia, cabe admitir que la política se derrumbó. Tanto que sus operadores, indistintamente del nivel jerárquico que ocupen en la estructura político-partidista, se han visto derrotados por causas que no lograron controlar o manejar.

La gestión política ha caído abatida por la incertidumbre. Entendida esta como la incógnita que está fuera de lugar en la ecuación política. Por tanto, no ha podido resolverse. Cada día transcurrido se engorrona aún más el problema.

¿Qué complicó la política?

En el entramado que la política -en su desorden- ha creado, se han encontrado problemas de desvío conceptual, doctrinario y procedimental. Asimismo, conflictos provocados por incongruencias, inconsistencias y contradicciones que afectan disposiciones, organización y coordinación. Igualmente, hay burocratismo, sectarismo, hermetismo y amiguismo. Y desde luego, corrupción, complicidad para delinquir, así como un espasmódico fanatismo que no conduce a nada.

La ausencia de formación política, sumada a la depravación que alimenta el poder concentrado, afectó el principio de la política de convertirse en referente de educación, decencia, transparencia, tolerancia, respeto y solidaridad.

Y lo peor de todo es que no hay excepción, por mínima que sea, que pueda justificar la salvación de algún bando político. Ningún movimiento o partido político puede escapar de verse señalado o acusado como factor movilizador y motivador de la crisis que padece el ejercicio de la política.

En el caso venezolano, la historia de la política contemporánea ha sido una recopilación de episodios que muestran una endémica sucesión de abusos. Unos cometidos por intereses mampuestos. Otros, perpetrados por forjamiento inducido. Por consiguiente, el Estado ha ocupado casi todo los espacios correspondientes a la sociedad y a la economía.

Podría decirse que nada queda fuera de tan grotesca aberración que protagoniza el Estado a través del gobierno. Y ello a su vez, mediante el ejercicio de la política. Es entonces cuando la política se vuelve un solo revoltijo de hechos que transgreden la moralidad y dignidad de las personas. De igual forma, transponen atribuciones legales con el único propósito de concentrar el mayor número de asuntos imaginables de poder en la sociedad.

Casi nada tiene fuerza propia para eludir el complicado juego de interacciones que la política busca relajar. Particularmente, cuando incita conflictos entre posturas y decisiones propias de la movilidad del ser humano en el contexto de sus valores políticos, económicos y sociales.

Es ahí cuando el ejercicio de la política invalida o execra a cualquier actor que ponga al descubierto sus más soterradas y oscuras ambiciones. O para enquistarse en el poder, o para aniquilar a quien contraríe su ideología política.

Por otra parte, se tiene que el discurso proferido en nombre de la política, se convirtió en un peligroso punto de inflexión. De ello se valen quienes ejercen la política (con cuestionada legitimidad), para exhortar el alcance de términos como “libertad”, “igualdad”, “revolución”, “democracia”. Y es justo en ese terreno donde todo comienza a transformarse en un fatídico juego por el poder. Aunque dicho juego es temerario como aventura. Muchos quieren participar sin siquiera conocer algo sobre teoría política o teoría social. Mucho menos sobre teoría económica.

Sin embargo, tan perverso juego está a disposición de cualquiera. Sin que tenga idea cuándo se gana, o cuándo se pierde. O de su normativa. Es la razón por la cual el mismo se concibe como política “chicharronera”.

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Terrorismo político y política terrorista, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

Parecieran sinónimos. Pero no es igual aludir al terrorismo político que a la política terrorista. Se diferencian no solo conceptualmente. También en lo operativo, o en cuanto a sus implicaciones.

“Terrorismo político”, refiere la estrategia adoptada ideológicamente con la intención de horrorizar a la población mediante la siembra del terror. Y esta acción, además de evidenciar atraso sociopolítico, busca exacerbar el resentimiento activo a fin de concienciar el sentido “revolucionario” de la lucha política. Y hacerlo praxis política.

Mientras que “política terrorista” es el pronunciamiento o declaratoria que, directa o indirectamente, establece los modos de cuándo y cómo recurrir a la práctica política basada en la sistematización de la violencia. Entendida como procedimiento que lleve a garantizar el sostenimiento en firme de una facción política en el poder.

De manera que al diferenciar un término de otro están separándose dos concepciones que han permitido no solamente una desatinada equivocación dialéctica y política. También, una confusión que históricamente ha conducido a desfigurar significados. Y estos, a su vez, se han traducido en contradicciones que desviaron esfuerzos dirigidos a compensar sus efectos.

Por otra parte, el ejercicio o instigación del terrorismo, en cualquiera de sus manifestaciones, induce el miedo como forma de inhibir reacciones. Así se hace posible mantener el control del poder.

Ya Nicolás Maquiavelo había referido que para “(…) controlar el Estado es necesario provocar el terror y el miedo”. El mismo Max Weber apoyaba esa tesis, para lo cual habla de coerción gubernamental.

En esa onda de apoyar la violencia como estrategia a la hora de conquistar o conservar el poder político, numerosos estudiosos de la ciencia política asoman tal posibilidad como la ruta que garantiza el acceso al poder. Igualmente, lo hacen aventurados apasionados de la praxis política. De hecho, la historia política universal está saturada de capítulos que narran episodios colmados de toda violencia posible por alcanzar posiciones de poder.

La situación venezolana

La historia política contemporánea venezolana no es radicalmente distinta de otras. El siglo XIX venezolano está atestado de serios incidentes. Todos determinados por el afán de conquistar el poder. Por la vía de las armas, o provocando guerras que justificaran las decisiones de cada caso. Pero decisiones que obligaban crudos enfrentamientos entre facciones políticas. Siempre disfrazadas con vestuarios que referían talantes alejados de la violencia.

Fueron revoluciones que se endosaron causas de “justicia, libertad e igualdad”. Eran asonadas que inducían el terror necesario para provocar el éxodo que requería la necesaria subversión. O protestas que obstaculizaban cualquier movilidad cívica. Incluso, desafíos  que contrariaban todo ordenamiento jurídico establecido.

Los gobiernos que llegaban con alzadas militares, o con forjados arreglos políticos terminaban en brutales dictaduras.

Ni siquiera el siglo XX, corrió con mejor suerte. Los problemas vividos a consecuencia de regímenes políticos de marcada intolerancia, fueron estableciendo una tendencia de violencia que en algo se institucionalizó posteriormente. De esa forma, Venezuela comenzó a caracterizarse no solo por una sociedad cuya cultura política siempre fue de un primitivismo colindante con asomos de desorganización y acentuada intolerancia. También, por una desidia política que escasamente era superada en momentos de elecciones.

Podría decirse que faltó sentido de “república” a las intenciones y de fraguar el “Estado soberano” que numerosos programas de gobierno ofrecían o prometían. De seguro, en medio de tan turbadas pretensiones, se afinaron razones para que el terror y el miedo sirvieran de fundamentos de lo que consideraron muchos gobernantes para impulsar sus objetivos políticos.

Entre tantas atribulaciones políticas que dominaron el escenario político contemporáneo venezolano, no podían faltar algunas modestas cuotas de terrorismo. Que luego de penetrar solapadamente idearios políticos, transformados después en proyectos de gobierno, fueron concibiendo actitudes y formalizando disposiciones para que en la amanecida del siglo XXI, alcanzaran incipientes formas (que seguidamente, maduraron), de terrorismo político y política terrorista.

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Poder, duelo e ironía, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

Cuando las realidades confunden la comprensión humana, es porque en el individuo escasean principios. Particularmente, aquellos que exaltan virtudes. Aun cuando dicha confusión se instala en el subconsciente como preocupación, sus consecuencias son infelices. Revelan un vacío no solo a nivel de sentimientos. También de emociones que inducen miedo. Y ese miedo puede despertar resentimiento u odio.

En el fragor de tan apesadumbrada situación, se inhibe el equilibrio necesario que regula el carácter o forma de manifestar la personalidad. Así aparece la indisposición que hace actuar al individuo de manera iracunda o insociable. Se incitan, pues, procederes que hacen perder la visión de la vida ante lo que significa dignidad, respeto y tolerancia.

Por lo general, este problema caracteriza la dinámica que adquiere la política en su afán de manejarse con el mayor poder posible que permite cada circunstancia. No solo desnaturaliza la ideología sobre la cual se afianzan criterios y postulados de política que han de corresponderse con el devenir del ser humano en medio de una coyuntura específica. Sino que se afecta el compromiso de vida que sostiene la vergüenza de la que debe valerse el individuo para superar disquisiciones que, por naturaleza, son propias de la vida en sociedad.

Este exordio busca tener la mayor pertinencia al admitir que las circunstancias nunca dejan de acosar al hombre en la plenitud de sus vivencias. Pero al mismo tiempo, pretende motivar reflexiones que despierten el interés que se requiere para entender los cambios que operan la vida.

Es el tema de disertación que quiere analizarse en las siguientes líneas. Especialmente, de cara a la inflexión que rige el carácter inexorable de la vida en su devenir: nacimiento, crecimiento, desarrollo y muerte del ser humano.

Una diatriba política que corroe el pluralismo

Acá se apunta a enfatizar el problema de la mortalidad que ocurre en el marco de la actual crisis sanitaria inducida por la inclemente pandemia que atosiga al planeta. Al respecto, vale asomar algunas alusiones que refieren objeciones cargadas con una indolente y conspirativa ironía. Sin mucho atender que las mismas se hacen públicas a través de las llamadas redes sociales. Y esto sucede a desdén de la congoja generada por la rauda despedida de cuanta persona ve irremisiblemente afectada su salud.

Pero el problema se acentúa y despliega su mal gusto, por cuanto detrás de todo ello se esconden trastornos propios del abuso y la indecencia. Una diatriba política que corroe el pluralismo. Muchos discursos pronunciados desde la cúspide de un poder tiránico o por factores políticos representados por una oposición socarrona. 

La narrativa política que surte de frases o mensajes elaborados bajo el influjo de la peor calaña lingüística y de una vulgar clase idiomática, además expuestos por operadores de facciones políticas, revela el sarcasmo que se corresponde con la desconsideración e irrespeto ante la muerte. Como si quienes apuntan sus falaces expresiones u horribles señalamientos habrían de verse exceptuados o de librarse de ella.

Sin diferenciar a quien le toque transitar hacia el más allá, cualquier alusión que maltrate el sentimiento humano es infinitamente obscena.

Más aun indistintamente del momento en que la realidad acuse la muerte de cualquier individuo que haya vivido imbuido por la política ejercida o asumida como razón de vida.

Lejos del adagio que dice: “quien a hierro mata, no puede morir a sombrerazos”, debe entenderse que quienes ejercen la política sin respeto, sin consideración y sin razón, comenten un pecado contra el espíritu humano. Y para lo cual está la justicia divina por encima de la justicia terrena. Incluso, al margen que las andanzas del inculpado haya construido o destruido cometidos.

Aquella ley física que explica que “a toda acción corresponde un efecto de igual magnitud pero de sentido inverso” no tiene asidero político.

Si bien cualquier comportamiento humano pauta una referencia para bien o para mal, y que sin duda alguna la historia también lo juzgaría, también cabe asentir que no es propio, ni mucho menos tiene sentido, burlarse en caso que haya dejado de existir. Aun cuando todo pueda verse como secuela de la vinculación humana que se establece de poder resolverse la ecuación: “poder, duelo e ironía”.

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Más preguntas que respuestas, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

A pesar de que los discursos comprometen hechos cuyos desenlaces son desconocidos hasta el momento de ser pronunciados, las dudas, inconsistencias y  carencias de respuestas son una especie de denominador común. Sobre todo en el plano de la vida política. Eso lleva a inferir que la existencia del hombre contemporáneo siempre se ha dado entre golpes y traspiés. Muchos dejan al descubierto cuantos problemas aquejan la vida. Particularmente, la desigualdad humana. Más, cuando la equidad ha sido declarada como objetivo político.

Pero al respecto, nada se ha logrado. Por lo contrario, la desigualdad ha contaminado el discurrir humano en todas sus expresiones. Incluso, al momento de poner a prueba el alcance mediante preguntas. Solo que lejos de obtener alguna respuesta, se incitan más preguntas.

Así que ante más preguntas que respuestas, lo cual no es del todo cuestionable, surgen otros problemas. ¿Y por qué sucede esto? Porque la vida es dinámica, por tanto induce que las realidades cambian no solo de modo permanente. Sino además, muy rápidamente.

He ahí la razón por la que siempre la vida del hombre se ha debatido entre más preguntas que respuestas. Pues cuando se hace posible dirigir las respuestas esperadas, ya los cambios operados alrededor de la situación en proceso han logrado variar el ámbito donde tenía cabida la respuesta. Debe prepararse otra que, posiblemente, correrá el mismo riesgo.

Aunque esa situación, si bien es ineludible, igualmente es necesaria toda vez que el conocimiento se ve forzado a potenciarse para consolidar todo lo que proyecta. Más, cuando luce obvio inferir que buena parte de lo que encubren las realidades, resultan del equilibrio que suele darse entre la impaciencia a que induce la movilidad del mundo y la cautela a tenerse ante la inseguridad que envuelve cada trazo de vida. Lo cierto es que el mundo habrá de seguir movilizándose con más preguntas que respuestas.

¿Pero, por qué así? Hay momentos en que son más necesarias las preguntas que las respuestas. Porque las preguntas incitan la movilidad. En tanto que las respuestas, despejan la incógnita.

Aunque una vez despejada la incógnita, el problema podría considerarse resuelto. Y posiblemente, la serenidad colme la situación cuya agitación motivó la pregunta en ciernes.

Quizás por eso decía el escritor indio Rabindranath Tagore, premio nobel de Literatura 1913, que “hacer una pregunta es prueba de lo que se piensa”.

Y en efecto, preguntas que consideren, por ejemplo, ¿por qué ahora?, o ¿qué significa todo lo que ocurre? son sustanciales. Aun cuando no cambian la verdad de la situación en cuestión. Más aun le imprimen consistencia a las variables sobre las cuales la hipótesis pivota. O el problema se apalanca.

Así que deberá entenderse que la vida misma constituye una gran pregunta cuyas respuestas siguen pululando el campo de las probabilidades. Es por eso que querer ver lo que existe del otro lado del momento vivido, es lo que hace que el mundo continúe su avance. Aunque sea entre piedras y espinas. Por eso, siempre habrá más preguntas que respuestas.

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Hastiado de discursos, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

En política, son muchas y variadas las concepciones sobre lo que significa el término “gobierno”, así como el vocablo “régimen”. Aunque presumen condiciones que exageran o exacerban implicaciones propias de la política, todas se pasean por alusiones que rayan en la apología de la filosofía política, hasta aquellas que ironizan la vida.

No obstante, la realidad es inexorable. Como dice el buen refrán, “no se puede tapar el sol con un dedo”. Aun así, hay definiciones que pretenden encubrir verdades no solo inocultables, sino contundentes en virtud de su impacto político y social.

Muchos de los problemas que complican la realidad vienen de la carencia de una cultura política. Esto hace discernir -equivocadamente- al individuo de condiciones manipuladas por la demagogia y el populismo en que se debaten las aludidas realidades políticas.

Venezuela se convirtió en escenario favorable al opaco propósito de usurpar derechos fundamentales.

Es así que quienes ilegítimamente gobiernan, se permiten azuzar u hostigar condiciones para ganar espacios políticos que afiancen, aunque ilegal e inconstitucionalmente, la detentación del poder.

Para lograr tan pérfidos objetivos, en nombre de ideologías, principios, valores  y hasta de la misma “historia”, estos gobernantes asumen posturas y decisiones contradictorias. Chocan con preceptos constitucionales, tanto como con leyes orgánicas que rigen la materia político-administrativa-fiscal-económica-social venezolana.

En consecuencia, las realidades que se otean en el país dan cuenta de decisiones de gobierno y comportamientos de altos funcionarios que resultan reprensibles en virtud de ser atentatorios contra el Estado de democrático y social de derecho y de justicia que aduce la carta magna. Y de todo esto la prensa libre es testigo fehaciente, así como las redes sociales.

En veintidós años de mal gobierno “socialista”, mucha agua ha corrido debajo del puente. Así puede parafrasearse la variedad de situaciones que han determinado el devenir de Venezuela.

Devenir este que ha ocurrido en medio de una permanente y aguda agitación. De amenazas se hace fácil cambiar a discursos cargados de promesas o de pesados anuncios que no terminan en nada.

¿Hacia dónde conduce tanta opacidad? La vida nacional es atiborrada de meras intenciones, pero escasas realizaciones. Mientras la dinámica política gubernamental le imprime tal grado de incertidumbre al país, la población sigue a la expectativa de concreciones acordes con el declarado desarrollo que acucia la mal llamada “revolución”.

Sin embargo, el régimen persiste en imponer un estilo que apenas sirve para etiquetar un fantasioso rumbo nacional. Esto hace que los precarios esfuerzos que dicen adelantar, incluso en contrario con el manojo de impedimentos sancionados en su contra por el gobierno norteamericano, se esfumen precipitadamente.

Es por tanto como las improvisaciones se destapan provocándose el mayúsculo desorden que incita la exigua gestión pública realizada. Al final de todo, el país sigue transitando desnivelado. Peor aun, agobiado de promesas que surcan por donde pueda penetrar el ojo. Promesas que se esfuman inmediatamente apenas se declaran. Y es lo que lleva a que el país político se vea y se sienta hastiado de discursos.

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