Antonio José Monagas, autor en Runrun

Antonio Monagas

Entender las conflictos actuales, no es tan sencillo como pudiera pensarse. Mucho menos, los problemas que describe la historia. O los desafíos que pauta el futuro. Cualquiera de estos escenarios no siempre lucen como oportunidades, que en caso de analizarse bajo la lente de la teoría científica, pudieran servir de razones para dejar atrás el espejismo de una vida de riqueza fácil y progreso cómodo. Es el inconveniente de muchos venezolanos. Todos, tentados por imaginarios construidos desde el populismo roñoso. Venezolanos que no comprenden que los caminos que ilustra todo discurso elaborado con intención proselitista, no coincide con los parajes que recorre el hombre honrado, honesto, estudioso y trabajador.

La ley es ilusoria a ese respecto. Pintan realidades casi imposibles de alcanzar. Aunque no tanto ni siempre, desde el deseo del legislador. Pero su interpretación jurídica, social o política, colide con cada situación en la que su argumentación busca exaltar las condiciones prescritas por la normativa en cuestión. El pacto social que bien describieron científicos de la estatura intelectual de Rossueau, Hobbes, Locke y Montesquieu, fundamenta los derechos políticos que respaldan la vida del hombre en libertad. En consecuencia, destaca la necesidad irremplazable de alcanzar la distribución social como vía para evitar el abuso del poder y así resguardar la libertad de los ciudadanos.

Pero la palabra se distanció profundamente de la realidad. Y que fue razón para que los anarquistas hiciera suya la tesis que derivó como contraposición a tan quimérica postura que confabuló contra las libertades a las que el hombre se pliega por condición natural.

 

Cualquier alusión a la confianza como prestación moral al hecho de rendirse ante la palabra disfrazada de excesos políticos, siempre ha sido motivo de conflictos que la historia bien refiere. Al fin, la historia es fiel cronista de cuantos eventos contradijeron expresiones que pintaban los sueños más vehementes de todo ser humano, anhelante de mejores condiciones en todo lo posible.

Es ahí cuando la política se torna ambigua en cuanto a la diferencia que se establece entre su decir y su mandar. Por eso no hay un concepto de política que salve ventajosamente esa brecha. Y de haberlo, como en efecto pueden haberlos, comprometen la moral, la conciencia, la ética, la ciudadanía, la verdad, la justicia y la igualdad. He ahí el detalle. De manera que el hecho de revisar la situación con algún nivel de seria indagación, no hace difícil dar cuenta de cómo el ejercicio de la política califica bajo una palabra: ironía.

Buena parte del accionar de la política, es cual galimatías o desórdenes que buscan desfigurar realidades. Mientras estén sucediéndose confusiones bajo el ardid que trama la promesa trazada a instancia del discurso o de los lineamientos transcritos como normas, la praxis política justifica los inconvenientes que trabaron sus manifiestos compromisos.

Quizás el Talmud, libro religioso y político del judaísmo rabínico, escrito entre el siglo III y el V, cuando refiere que “el poder de un gobierno es la ley”, exageró. La petición de quienes demandaban un sistema legislativo que garantizara el orden del sistema, fue traducida tal como fue pretendida por la ambición política y que se mantiene en el tiempo. Ni antes, ni ahora, se gobierna apegado a la ley. Tal declaratoria, se redujo a una aspiración a partir de la cual el ejercicio de la política juega el triunfo que cada circunstancia persigue. Y tal reto, brinda las prebendas que la ocasión y la cultura política del gobernado permite y que se convierten en recursos a manipular desde el poder político.

Todo gobierno se sujeta a la coerción cuya capacidad de imposición le proporciona los recursos de fuerza necesarios para mantenerse en el poder. De ahí se insuflan las doctrinas militaristas y populistas para enraizar y enquistar al poder que se corresponde con dichos hechos.

 

De ahí se arraigan los problemas que derivaron la crisis de horrendas consecuencias que ahora padece Venezuela. Crisis ésta que sigue avizorando reveses y avatares relacionados con consecuencias de mayúsculo calibre. Por mencionar algunas, cabe distinguir: el aumento desproporcionado del emigración de venezolanos hacia el mundo libre, la reaparición de enfermedades tropicales extintas hace décadas, con que el país es ahora lugar de conexión del tráfico de drogas hacia Norteamérica y Europa, el abandono de recién nacidos por falta de recursos y de atención en materia de salud y de alimentos, la carencia de servicios públicos y de todo lo que fundamenta la movilización del venezolano, el incremento desmesurado de la morbilidad y mortalidad por causas injustificadas.

En fin, Venezuela se fracturó en tantas partes que hasta su contabilidad se tornó un problema de enfoque político. Y esto, ha incitado conflictos que tienden a atravesar cuanto ámbito de realidades sea posible. Precisamente, es el trazo de un proceso cuyo graficado revela la declinación que establece en su recorrido. Es la razón de la persistente anomia que cunde a Venezuela. O sea, la falta de normas propias de la estructura social generando así incapacidad en el individuo para sumarse al desarrollo de la sociedad.

Tan serio problema, consumió la escasa ciudadanía que restaba de generaciones que dignificaron el crecimiento del país con su aporte en todos los sentidos y manifestaciones de vida. Es triste reconocerlo, pero no hay duda que por la obcecación de la política en curso, con su mancha socialista, Venezuela quedó enganchada en el estadio más insípido y mísero del subdesarrollo. Es decir, en los arrabales.

Toda crisis tiene la fuerza necesaria y suficiente para desnudar situaciones que evidencian cuantas carencias, equivocaciones, injusticias y desperfectos pueden merodear las realidades hasta hacerlas reventar. Bien porque los hechos se den por omisión o por actuación. 

Cualquier crisis posible, sea política, económica, social, emocional o existencial, incurre en condenas. Y aún cuando puedan lucir como oportunidades para superar los escollos padecidos, son igualmente dificultades que enrarecen y devastan toda resistencia y fuente donde persiste vida, tanto en fase de crecimiento como de desarrollo. 

Sin embargo, las crisis no dejan de ser perversas en cuanto a que ostentan capacidades que por radicarse en ámbitos muy recónditos, sorprenden toda vez que se convierten en canales de perversión moral, ética y espiritual, como nadie lo imagina. De hecho, nada ilustra mejor tan patéticas situaciones, bastantes propias del mundo político particularmente, que -en lo aparente- no se encuentra forma precisa de hallar salidas lo más rápido posible. Y asimismo, se atoran a la hora de desenmascarar la desvergüenza que penetra hacia todos lados y por todas partes. 

En el fragor de tan rollizo problema generado por la desvergüenza que sus manifestaciones inducen, las razones de las crisis saltan por doquier. Pero sin que sea posible asumirse una postura política de sana indiferencia capaz de salvar alguna parte de lo que puede dirimirse en el centro de la situación en cuestión. Todo es un caos que termina haciendo quebradiza cualquier realidad que se halle en el curso de su dirección. Las realidades se tornan en arreglos fractales al convertirse en combinaciones de estructuras fragmentadas„ quebradas o fracturadas lo que dificulta y aplaza el ordenamiento de las realidades en todo sentido. 

Lo que recién vivió el país político, en el devenir de la profunda crisis política que ha arrasado con distintos preceptos que provee la Constitución de la República, en cuanto a libertades, derechos, deberes y garantías propias de ser exhortadas a través del engranaje de sus poderes públicos, fue un absurdo desde toda perspectiva bajo la cual se analicen los hechos. Por consiguiente, hechos éstos profundamente cuestionables. Así como contradictorios en toda la amplitud del concepto de “democracia”.

Sobre todo, cuando el evento desmerece de las implicaciones de valores morales y políticos de tanta significación y trascendencia, como la “vergüenza”. Y es que no hay otra virtud  tan juzgada como la “vergüenza” bajo la cual se exalte la conciencia considerada como el cimiento donde se implantan la dignidad, la decencia, el respeto, la justicia, la verdad, la constancia y el compromiso.

Es así que cuando falla la “vergüenza”, fallan también sentimientos que sólo pueden expresarse cuando el alma se hace piel y la piel, vida. Por eso la jerga popular asintió que “la vergüenza una vez perdida, se pierde para toda la vida”. Y esto no resulta del infundio de circunstancias, pues la vida sabe bien que quien mejor puede soportar sobre sí el peso de sus esfuerzos y abnegaciones, mejor le resulta luchar la batalla más dura por cuanto de ella saldrá doblemente vencedor.

Cuando hay vergüenza a conciencia, se tiene el poder para evitar que la corrupción del alma invada los sentidos del cuerpo. Y al mismo tiempo, que las tentaciones que aviven los placeres. Es ahí cuando la conciencia puede advertir los peligros que implica estar a las puertas de la traición. Aunque el disimulo actúe cual cómplice de mal agüero. Por eso, la pérdida de la vergüenza arrastra, del otro lado, la pérdida del respeto. Y en consecuencia, el menoscabo de valores que sirven a la “vergüenza” para asirla como mástil de banderas que ondean el pabellón de la integridad. 

En buena media, este problema se suscita cuando la cultura política se ve dominada por la inmediatez y el pragmatismo vulgar. Porque es ahí, como explicaba Carlos Matus, “(…) donde se vuelcan los intereses hacia problemas intermedios del sistema político y se abandonan los problemas terminales del sistema social”. Porque también es ahí, donde se extravían los valores que deben fundamentar el ejercicio de la política. 

No hay duda que la “vergüenza” es un sentimiento que pocos saben vivir. Y peor aún, ni siquiera alcanzan a comprenderla. Ni en su más sucinta acepción. Pero sucede que el ejercicio de la política, tiende a justificar su rebote cuando sus heridas condenan las palabras que dieron carácter y forma a cualquier discurso pronunciado en aras de conquistar los espacios que apetece la voracidad política en momentos de demagógico proselitismo. 

O sea, es cuando la vergüenza se echa a un lado. Pero con dinero que no entiende de la vida. Particularmente cuando por razones de corrompidas ideologías, llega a sostenerse que la vergüenza funge como estribo de la vanidad al considerársele un signo de debilidad. Lejos queda tan equivocada y burda creencia, de considerar la “vergüenza” condición clara de humildad, claridad, compromiso y fortaleza.

Posiblemente sea ésta una razón, entre tantas, para que dentro del juego iracundo y fustigante de la política mal concebida, se haya permitido que en el desenvolvimiento apresurado, indolente y malicioso de muchos politiqueros de oficio, se haga público el momento cuando la vergüenza se perdió.

Cualquier alusión a lo que reseña la concepción de “socialismo”, no pareciera hacer ver que sus realidades se concilien con el concepto originario. Particularmente, con el concepto que dicta la teoría marxista en torno a su praxis. De hecho, la explicación de Carlos Marx, se aparta profundamente de lo que las circunstancias políticas, sociales y económicas establecidas, pueden demostrar. En lo preciso, ésta manifiesta que “socialismo” es un modo particular de vida mediante el cual se busca establecer un orden socioeconómico construido con base en las necesidades de una clase trabajadora organizada.

En ese sentido, el socialismo, aunque algo más expuesto por la diversidad conceptual que las coyunturas históricas permitieron, no ha dejado de abrirle razones a quienes se sirvieron de la doctrina marxista para ampliar el concepto en cuestión. Pero también, la ha valido espacio discursivo, ambiente emotivo y condiciones proselitistas y consideraciones populistas, a quienes han sabido aprovecharse política y demagógicamente de los axiomas que lo sustentan.

 

De hecho, el impacto dialéctico que su concepción contiene, hizo que su praxis se desviara y se pervirtiera como concepto. Y peor aún, como praxis. Así ocurrió, cuando toleró que distintas corrientes políticas usurparan la correspondiente doctrina marxista. De manera que hablar del socialismo cuya teoría exaltaba una sociedad sin clases estratificadas o subordinadas unas a otras, no condujo a ninguna parte. Quizás, se debió a lo precario del concepto expuesto por Marx y Engels quienes no escribieron mucho sobre socialismo. Además, que obviaron puntualizar sobre cómo organizar su praxis lo cual devino en múltiples brechas que luego fueron manipuladas por seguidores del susodicho ideario.

Sin embargo, sus insuficiencias conceptuales devinieron en serios abusos. Tanto así que el primer ministro británico Winston Churchill advirtió algo a ese respecto. Hizo ver la crisis que causaban sus intenciones de aplicación. Refirió que “el socialismo es la filosofía del fracaso, el credo a la ignorancia y la prédica a la envidia. Su virtud inherente es la distribución igualitaria de la miseria”. Y que sin duda, su opinión la fundamentó en cuantos tristes escenarios pudo examinar. La abolición del sistema político según el cual se regía la Unión de Repúblicas Socialista Soviéticas, y otras tantas rupturas, evidenciaron lo que ya había sido cuestionado.

Entonces, ¿en qué sitial de la historia política quedó abandonada la idea de asentir un sistema social, económico y político basado en la organización consciente de la producción alineada con un Estado de Bienestar debidamente garantizado y consolidado? Las metas consignadas en la necesidad de instituir una sociedad fundamentada en “(…) la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia, la responsabilidad y la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político” (tal como declara el artículo 2 de la Constitución de Venezuela, 1999), se convirtieron en palabras fofas, sueltas y vacías que no se vieron respaldadas por ejecutoria alguna en firme.

En Venezuela, al mismo tiempo que el régimen insistía en montar un Estado socialista, lejos de la figura validada de Estado Democrático, primó el establecimiento de un Estado centralizado, policial y militarista. La aberración fue de tal magnitud que, por ejemplo, la connotación del término “pueblo” era un mero convencionalismo que apenas alcanzó algo como “vecindario”. O sea, lo que en una perspectiva sociológica, se interpreta como “vulgo”. O grupo estanco de individuos para quienes cualquier contraprestación, por intrascendente que sea, representa la simbolización del carácter esquilmado que el correspondiente desorden induce en la actitud de quienes asisten al llamado político-partidista.

Para entonces, cualquier encomio a la gestión de gobierno, convocaba a gente afecta al régimen a vociferar gritos de apoyo. Pero uno en especial que retrataba el abuso al que era sometido. Aquello de que “con hambre y sin empleo, con Chávez me resteo”, daba cuenta de la ignorancia y subordinación de un sector de la población groseramente manipulado por groseras hordas del oficialismo.

La propuesta de crear un Estado socialista, en 2007, no pudo superar los límites de lo que la Constitución de 1999 invoca como Estado democrático y social de Derecho y de Justicia. Las ínfulas de aquellos gobernantes cargados de una chapucera soberbia, no terminó con el rechazo a las presunciones de organizar el Estado venezolano según la concepción de un socialismo “jalado de los pelos”. Aunque sí le hizo alguna mella. Aún así, el régimen insistió por vía de “caminos verdes”. En la media noche, o en períodos vacacionales.

Las ínfulas del alto funcionariado socialista, devinieron en torcerle al venezolano el derecho a expresar su credo político manipulándole su libertad de conciencia para transfigurarla en una respuesta de vulgar manifestación. El régimen actuó dirigido por tan sórdida orientación, una vez que se vio asfixiado política y en términos de los recursos que venía utilizando para comprar dignidades, conciencias y motivaciones. Y ante el riesgo de verse defenestrado por causa del caos que procedía del curso de las circunstancias.

Así el país petrolero, agotó su capacidad de industrialización de sus recursos petroleros. El petróleo, dejó de explotarse. Por tanto, sus derivados que igual conllevaron la misma suerte. El aceite automotor y la gasolina, desaparecieron (literalmente) del mercado nacional. En consecuencia, la crisis inhabilitó las respuestas del régimen a dicho respecto.

 

El desorden social tomó la forma de un fenómeno estepario. O sea, sin modelo a seguir salvo el que de las coyunturas emergiera. Y no fue otro que el establecido por una horrorosa anarquía que funcionó para justificar la implantación de medidas oficialistas dirigidas a sustituir un problema por otro. Incluso, de mayor envergadura que el primario. Convirtió el despacho de gasolina, en ámbito para alcanzar su venta mediante precio de oportunidad impuesto por revendedores, militares y policías corrompidos, ociosos. Por razones para escapar del horario de trabajo, por habladores impúdicos, fabricantes de mentiras.

Por quienes de oficio usan cualquier excusa para ganar algún espacio en su provecho. Y en fin, por la amenaza de convertir a Venezuela en un país de pordioseros, intrigantes, holgazanes, lambrucios y otras especies de oficios de igual o peor calaña. Sin posibilidad real de transformar a Venezuela en un “país potencia”, (tal como refiere jocosamente, el Plan de la Patria). O acaso “potencia” de tránsfugas, orilleros, sicarios, gandules, politiqueros, populistas, militaristas, profesionales de “medio pelo”, gente mediocre y advenedizos de todo tipo y condición.

Al régimen usurpador le resultó conveniente cambiar su idea de trabajar su fachendoso y fachoso socialismo “democrático”, por la aplicación de una estrategia de revancha. Mediante ésta, buscó inculcar en el populacho necesidades que terminaran obligándolo a resignarse al maltrato y humillación que, por imposición, el régimen determinó como razón para enquistarse “por las malas”. Por eso, inventó excusas para aplastar al venezolano poniéndolo en la aviesa situación de dilapidar tiempo de calidad por buscar gasolina de mediocridad. Y así, mantenerlo distraído de las fatalidades que vive causando a diario con cada cuento “chimbo” que se inventa.

De manera que dio con una cruel práctica. Logró hacer de las colas que se arman en todo, por todo y para todo, una fustigante deshonra a las libertades y derechos humanos. Ahora debe reconocerse que todo esto degradó el tiempo de calidad del venezolano. Al extremo, que hacer colas es humillar (desde el socialismo).

 

@ajmonagas

Bueno para nada… Por Antonio José Monagas

Los venezolanos del siglo XIX, que proclamaron la independencia y formalizaron la República sobre la cual se depararon importantes derechos y deberes, supieron desafiar momentos críticos. En su afán por exaltar ideales de democracia, fundamentaron valores políticos que sirvieron para esclarecer condiciones de libertad necesarias. Todas dirigidas a reivindicar mejores niveles de vida de la población. 

De tales coyunturas, derivaron oportunidades que de alguna forma fueron aprovechadas por hombres con talentos para así infundir la conciencia que debió requerirse para darle el sentido de patria digna que bien mereció ser razón de calificación de la Venezuela que había comenzado a forjarse. Aún, entre los problemas que complicaron tan avezadas intenciones.

Sin embargo es evidente en muchos sentidos que los acontecimientos que marcaron el discurrir del siglo XIX, no fueron suficientes para determinar un comportamiento político, cultural y social que garantizara un siglo XX mejor portado. O que siguiera el molde de lo que anteriormente había vivido el país en materia de organización política. Particularmente, en términos de las iniciativas que significaron el adelanto que había caracterizado los años precedentes. 

El siglo XX venezolano no fue más coordinado y motivado sobre principios y valores, que el siglo decimonónico. La aparición del petróleo como recurso energético del cual se valió el Estado venezolano para impulsar su crecimiento, tuvo resultados que transgredieron la ciudadanía. Asimismo, trastornaron costumbres y tradiciones que significaron la idiosincrasia de venezolanos apegados a la familiaridad y estamentos de una vida de trabajo en bonanza.

Los vaivenes de la política, agitada por dictaduras  de mala racha o por atropelladas circunstancias económicas, definieron un siglo XX bastante aturdido. Pero cuando se advirtió que el ocaso del siglo comenzaba a darle la bienvenida al siglo XXI, las esperanzas se diluyeron entre factores de ambivalente condición. Sobre todo, por razones que sólo podían provenir del enredo político que, alevosamente, se había establecido con la insurgencia de militares desleales y traidores a su juramento. Pero particularmente, a lo que la Constitución Nacional instituida, dictaminaba respecto al carácter subordinado, institucional y nacionalista del militar venezolano. 

Actualmente, la sociedad venezolana se ha visto irrumpida por contravalores que desdicen de lo que el civismo, la dignidad, la ética, la moralidad y la tolerancia, establecen.

 

La condición de “Estado democrático y social de Justicia y de Derecho”, del cual vienen hablando las distintas cartas magnas que han cimentado el ordenamiento jurídico nacional en lo que va de vida republicana, poco o nada ha sido respetado. Menos aún, entendido y atendido.

El ingreso al siglo XXI, se vio trastocado por el influjo de múltiples corrientes sociales y políticas que lamentablemente dejaron ver que las susodichas doctrinas comenzaban a fenecer. Las ofertas electorales que condujeron al militarismo (retrógrado por populista) a encumbrarse en el poder político al alcanzar la presidencia de la República en diciembre de 1998, entró en decadencia tan pronto como demostró su incapacidad para reivindicar lo que la oferta electoral, del candidato “golpista” de 1998, prometía. Tal cual como ha sucedido con ideologías montadas sobre concepciones de factura vertical, militarista, demagógica, quiméricas o engañosas. 

Desde que desapareció el marxismo, casi al término del siglo XX, el espacio político pretendió atiborrarse de ideas sin forma ni sentido. Aunque con mucha retórica. Sin embargo, tantas presunciones de seguir una línea política suscrita a cuantas categorías marxistas fuera posible, devino en un cambio desarreglado de la realidad ideológica del mundo. Eso determinó una transición de un mundo perfectamente reconocible e inteligible, a otro en el que todas las fluctuaciones e imprecisiones eran posibles. Y así ocurrió. 

Fue momento para que surgieran ideas apodadas como “revoluciones”. Pero que en el fondo, no eran más que razones para descomponer sin ordenamiento alguno realidades cuyas estructuras ideológicas eran identificables y conocibles. Fue oportunidad para profundizar crisis que ya para entonces hacían mella en propósitos trazados con sumo esfuerzo. Fueron tiempos de los años noventa, conocida como la “década boba” dada su peculiaridad frente a los avatares que los conflictos del momento comenzaban a generar. Fue la ocasión perfecta para que militares “revanchistas y resentidos” dieran forma a la doctrina del árbol de “Tres Raíces” que posteriormente sirvió de aliciente a la insurrección de Febrero de 1992. 

De esa forma, se motivaron propuestas que si bien no se manejaban al amparo de la teoría política, si se fundamentaron en conceptos de la “teoría de la conspiración”. Y así, derivó todo lo que luego cimentó la gestión pública del militarismo que se adueñó de Venezuela. Pero que al mismo tiempo, se aprovechó del poder para violentar el Estado de Derecho. Y en consecuencia, ahondar la crisis que, el electoralismo había prometido superar. 

La crisis social, consiguió adentrarse más rápido que la crisis política. Incluso, que la crisis económica. El venezolano, fue viéndose reducido en casi todo. No obstante, aquellos que más inmediatamente cedieron, fueron presas de la apatía que desde un principio, convenía al régimen. En medio de dicha situación, era fácil “subordinar” políticamente aquella población que se sometería a las necesidades e intereses políticos gubernamentales. Quizás, por codicia. Pero fue fácil provocar el descontrol bajo el cual podría el militarismo populista, marcar el ámbito de sus ejecutorias tanto como de sus fechorías. 

El régimen logró, en buena parte, sus objetivos. No sólo dividió al país político-social-económico. Igualmente, cambió la perspectiva del venezolano cuya conducta mostraba rasgos dubitativos.

 

Fue así como consiguió que esos venezolanos se volvieran más holgazanes. Sin mucha capacidad de emprendimiento, aunque con mucha disposición para vivir supeditados a los mandamientos, mezquindades y dádivas que el régimen ha preparado para enquistarse en el poder el mayor tiempo posible. Sin medir consecuencias.

A inicios de una nueva década, la tercera del siglo XXI, luce inaudito que, con el auxilio de una narrativa agorera y de absurdos planteamientos (de continuar el curso trazado por tan chapucera bitácora socialista), el régimen haya logrado cambiar el perfil de un venezolano honrado, decente y trabajador por otro que delinea un venezolano perezoso. Tan negligente, que si algo comienza obligado por las circunstancias, nunca llega a finalizar el proyecto pensado. Vacilan y dudan, tropiezan y caen. 

Estos individuos, aceptan ser sujetos impersonales al servicio del régimen toda vez que son conformistas y resignados. Para ellos, el reparto de la miseria constituye una suerte de compensación que reciben a gusto, sin vergüenza ni razón exacta alguna. Es la manera más deshonrosa de sentirse un venezolano esperanzado. Aunque a todas estas, ese mismo venezolano humillado, puede reconocer que el país está sumido en el marasmo por culpa de un régimen cuyos dirigentes y funcionarios son nefastos en todo. O que es lo mismo a decir, que por causa de un régimen que por alardear lo que no tiene, hizo que el país entrara en “picada”. Y es porque ese mismo régimen (usurpador), ha sido siempre: bueno para nada

La política está atiborrada de aforismos que se tornan en frases obligadas de discursos que no por colmados de exaltaciones y promesas, lucen tan vacíos como cualquier contenedor con ausencia de todo. Discursos que al final no dicen nada pues no comprometen nada que pueda definir algo. Aunque en alguna medida.

La retórica es el terreno dialéctico donde multiplicar algo por nada no da todo. Escasamente, el producto termina tan reducido de tal forma que desaparece ante cualquier asomo de análisis. 

Cualquier tratado de Teoría Política, Filosofía Política, Axiología, Sociología Política o Ética, refiere consideraciones que exalten la justicia, la libertad y la verdad, como fundamentos políticos alrededor de los cuales giran los valores superiores que toda sociedad medianamente organizada se plantea para conquistar sus objetivos. Siempre y cuando esté supeditada a alguna normativa que busque ser tan justa y equilibrada como sea posible. 

Fue así como Aristóteles adujo que “el único Estado estable es aquel en el que todos los ciudadanos son iguales ante la ley”. Sin embargo, hay una profunda distancia entre lo que puede contener el papel, y lo que las realidades pueden abiertamente develar. A primera vista puede inferirse que poco o nada importa que la igualdad sea un derecho pues según Honoré de Balzac, “no hay poder humano que alcance jamás a convertirla en hecho”.

El problema que de tan cruda situación deviene, complica no sólo condiciones que afectan la justicia distributiva toda vez que ésta cumple un papel para alcanzar una sociedad libre de dominación. Sino que además, dificulta la declaración de actuar con meridiana claridad ante lo que implica la equidad como praxis social, indispensable para lo que el ejercicio de la política señala como “participación equitativa de todos en el disfrute de la riqueza, según los principios de la justicia social (…)”.

Esto se explica cuando se entiende que “la primera igualdad es la equidad” (Víctor Hugo) No obstante, la brecha que la dinámica política genera de sus desavenencias, embates y contradicciones, dan cuenta de que en política lo que no es posible, es falso. Tal cual lo infirió Antonio Canovas del Castillo, político e historiador español, cuando buscó una explicación que redimiera la política de sus carencias. Lo cual no consiguió.

La política sabe cómo encubrir o disfrazar promesas que, en el camino de los hechos, se vuelven intangibles. Más, cuando detentan la condición de “ilusorias”. Esto ocurre desde un principio. Esto hace ver que la política se bandea entre desaciertos, tal como refirió Benjamín Disraeli, político británico quien fuera dos veces primer ministro del Reino Unido, al decir que “el ejercicio de la política puede definirse en una palabra: disimulo”. De manera que no tiene mayor razón cualquier doctrina, proyecto ideológico o tesis política, al exponer propuestas que comprometen valores políticos como sustentos o fundamentos del ordenamiento político que seguiría en caso de conquistar el poder político.

Ejemplo de tan ovacionada consideración, es el expuesto por el artículo 2° de la Constitución Nacional de Venezuela cuando señala valores tan determinantes para la consagración del Estado democrático y social de Derecho y de Justicia, como la vida, la libertad, la justicia, la solidaridad, la democracia la responsabilidad social y, particularmente, la igualdad. Más aún, su preámbulo, propone “establecer una sociedad democrática, participativa y protagónica (…)” a través de acciones que consoliden valores cuya aplicación “(…) asegure el derecho a la igualdad sin discriminación ni subordinación alguna (…)”. 

De esa forma, una serie de preceptos de tan cardinal Carta Política, igual alude a derechos, libertades y garantías que exaltan la igualdad como pivote de decisiones sin que, al momento de actuar las instancias del Estado venezolano, evidencien algún respeto al texto constitucional. Sobre todo, cuando el mismo revela un contenido basado en eventos que buscan afianzar valores republicanos. Y en primer nivel, destaca la “igualdad”. Pero hasta ahí llega todo, pues las realidades testifican lo contrario.

Así que realzar relaciones equitativas e igualitarias, se convierte en un problema de justicia que sigue todavía sin resolverse. Despejar la incógnita de tan difícil ecuación política, hace el planteamiento inexpugnable. Tan mayúsculo problema, termina no sólo afectando las relaciones sobre las cuales se basa el bienestar social: Igualmente, el desarrollo de los individuos y comunidades.  

Y precisamente es acá dondedespunta la desigualdad. O sea, cuando unas pocas personas, aprovechándose del poder que las circunstancias le confieren o permiten, acaban oprimiendo a otras. Y mientras no pueda solucionarse tan grueso dilema que hace ver la “sumisión” como la variable principal de la ecuación llamada “desigualdad”, rápidamente florece una situación en la que la “sumisión” termina prescribiendo una relación nada equitativa, nada igualitaria, entre individuos que configuran una sociedad. 

Es esa la idea que se contrapone al concepto “igualdad”. Pero que en el caso de sociedades oscurecidas por la “dominación”, sobre todo cuando están regidas por algún modelo de gobierno totalitario, autoritario, dictatorial o tiránico, donde cabe el servilismo, la reverencia, el engrandecimiento, la prepotencia, la adulación, la soberbia o el odio como recursos de relacionamiento sociopolítico, se abre  paso franco la “desigualdad”. Y al mismo tiempo, concede lugar preponderante a la “inequidad”. O sea, aquella “cualidad que consiste en dar a cada uno lo que se merece en función de sus méritos o condiciones”. 

Entonces, por qué tanto alarde al declarar la “igualdad” como objetivo político gubernamental si al final los hechos políticos demuestran que tan significativo valor ni es entendido. Ni tampoco atendido. A su alrededor, se enquista una especie de inapetencia de su comprensión que se ve sustituida por la “desigualdad” como razón de ejercicio político. 

El socialismo real y el pronunciado igualitarismo, actuaron en discordancia con lo que implicaba la “igualdad”. Por eso, quedó atrapada en los intríngulis de la retórica política. Hoy día, invocar a la “igualdad” como razón de ejercicio social o político, no tiene asidero que respalde su valoración como criterio de gobierno. Peor aún, desde que las revoluciones políticas manosearon con grosera sugestión el valor “igualdad”, era porque sus estamentos operativos no tenían ya nada que dar. Fue entonces cuando, las realidades permitieron la “desigualdad” como instrumento de subordinación necesaria para imponer criterios utilitarios de gobierno. La reivindicación del individuo y sus libertades, fueron excusas para validar decisiones que contuvieran la “desigualdad” como razón de gobierno. Así se degradó tanto la política asumida en nombre del socialismo, que aunque suene contradictorio o absurdo, se prefirió convenir, contrario a la razón política y social, la “desigualdad” un valor (socialista).

Bajo los embates de una oscura realidad, por Antonio José Monagas

Muchos de los cambios que ha vivido Venezuela en lo que va de siglo XXI, devinieron en retrocesos que desvirtuaron la idiosincrasia de una sociedad. Sociedad ésta que, de alguna forma y en algo, quiso dirigir el timonel hacia la dirección que apuntaba al desarrollo económico y social tantas veces expuesto por intelectuales, académicos y dirigentes políticos. Siempre, con la pretensión de infundir el ánimo que desde siempre tan gigante tarea ha requerido. De eso, no cabe duda alguna.

El error estuvo en que quienes buscaban irradiar al país el mensaje que comprometía tan importante cambio de rumbo, no convencieron. No persuadieron. Y dicho problema, tuvo distintas razones. Algunas de las cuales siguen marcando la actitud y disposición no sólo de actores que pretendían moderar en situaciones azoradas por contingencias sometidas por condiciones de pobreza, de inseguridad, de hambre. También, dada la ausencia de proyectos de avance que pudieron provocar el despegue necesario o suficiente del rezago  ético y moral. Pero no lo consiguieron. Y aunque suene paradójico, es el problema mayor que ha caracterizado a Venezuela. Incluso, desde el siglo decimonónico hasta el presente.

Sin embargo, no puede descartarse o dejar de reconocer que la sociedad venezolana dio un vuelco en su conducta. No sólo en lo social, o político. Igualmente, en lo familiar y personal. Conducta ésta que si bien destaca un resultado que implica cambios en su percepción política frente a la crisis inducida por la destemplanza de un régimen indolente, del mismo modo deja ver problemas que se manifiestan en comportamientos egoístas que dañaron el carácter magnánimo y solidario del venezolano. Individualismo éste que, además,  trabó el esfuerzo educacional que venía lográndose desde la escuela pública y las universidades nacionales en provecho del desarrollo en el sentido más decidido de la palabra. Particularmente, desde los años setenta.

Muchos conocen de las grandes crisis y transformaciones ocurridas en el ocaso del siglo XX. Incluso, en lo que va del actual. Pero de ahí a reconocer sus magnitudes y consecuencias, es otra cosa. La diferencia es significativa. Pareciera no haber conciencia de que una de las razones ideológicas primordiales que determinó la historia política, social y económica del mundo, ya no es la misma. Esa razón, se mutó en su condición y forma hasta adquirir nuevas manifestaciones por las cuales dejó de ser lo que había sido hasta ahora para convertirse en algo diferente. En una nueva razón que implicó gruesos cambios.

Esa mutación alteró el campo de análisis de las ciencias sociales, políticas y económicas. No obstante, sus efectos siguen escurriéndose y escondiéndose entre variables omitidas cuyo impacto se tornó en incógnita de una ecuación poco notada. Sin embargo, quienes hoy se han disfrazado de gobernantes, nada saben a ese respecto. Por tanto, sus decisiones causan más estrago que los resultados que sus discursos comprometen. 

La mayor cuota de ideas sobre las cuales esos personajes de marras, en nombre de “doctrinas libertarias” cundidas de un imberbe socialismo o desnaturalizada concepción política de lo que su enunciación abarca, se corresponden con esa disociación que, además, raya con una absurda bipolaridad política cuyos perjuicios tienen en crisis a buena parte del mundo. 

De las complicaciones surgidas al calor de tan grotescas fracturas, se forjó una nueva situación montada en la ola de nuevas realidades. Realidades éstas que a decir de Peter Drucker, “(…) son distintas de las que las cuestiones sobre las cuales siguen escribiendo libros y haciendo discursos los políticos, los economistas, los eruditos hombres de negocio y las dirigentes sindicales”.

Ya para entonces, aseguraba Drucker, quien era profesor en la Escuela Claremont de Postgrado, California, que prueba convincente de tan mayúsculo problema, “(…) es el profundo sentido de la irrealidad que caracteriza gran parte de la política y de la teoría económica de nuestro tiempo”. Justamente, es lo que refleja la actualidad cuando se advierten los trastornos, desgracias y decadencias que arrasan con la moralidad a través de la corrupción. Con la ética, mediante los desarreglos provocados por las confusiones de actuaciones impúdicas de gobernantes incapaces. Y con la razón, a través de la desesperanza imbuida por la represión, el chantaje y la opresión de la gestión de regímenes autoritarios y totalitarios. 

Venezuela no ha escapado de este género de desavenencias y atiborrados conflictos. Todo esto, ha afectado formas de vida que se mantuvieron vinculadas a profundas culturas ideológicas que daban cuenta de un orden mundial que de alguna manera, casi siempre demostró eficacia. Pero ahora, las realidades muestran una cara temible y terrible. Y justo, ante tal inquietud, vale preguntarse si acaso ¿Venezuela se atoró en la mitad de tan frustrante situación?. Pues de ser cierto, no habría duda al inferir que Venezuela está hundida bajo los embates de una oscura realidad.

Praxis política de “manchada ralea”, por Antonio José Monagas

En política, no “todos los caminos llevan  a Roma”. Si bien las circunstancias de la vida, resultan ser consustanciales con necesidades que pueden convertirse en realidades, pero en la medida que se tracen objetivos contentivos de estrategias comunes, en materia política no luce posible que distintas ideas terminen convergiendo en un mismo lugar. Sobre todo, si el dicho terreno está ocupado. O su espacio se ha consignado a nombre de ideales diversos.

En el ejercicio de la política, aunque hay sus excepciones, no siempre cada problema planteado apunta según una dirección preestablecida. Más, cuando ésta se expone apelando a la diversidad de condiciones posibles. Aunque las mismas apunten a una única solución. Por inmejorable, excelente o magnífica que pueda ser.

La historia política de los pueblos, está colmada de casos que demuestran el carácter demoledor de aspiraciones contentivas de tantas promesas como puedan servir al juego de premeditadas argucias políticas. Acá, las necesidades de desarrollo de incontables sociedades se han viso truncadas por presunciones que sencillamente atascan los caminos sin que alguno pueda llevar al punto o meta esperada o trazada. 

Pero ese no es todo el problema. La política, además de verse estorbada por la sombra que ella misma crea en su desenvolvimiento, muchas veces torpe, los caminos a ser transitados, aunque semejen los de una travesía de frescos aires y entre parajes de esplendoroso verdor, son de escabroso suelo y abrupto nivel. 

Sin  embargo, quienes en política determinan el rumbo a seguir a instancia de las decisiones que toman en el transcurso de los acontecimientos en desarrollo, obvian, omiten o desconocen las implicaciones o riesgos en ciernes. En consecuencia, el proceso de elaboración y toma de decisiones lo hacen a tientas. Si acaso.  Y de no ser así,  no consideran la existencia de instrumentos que aporta la ciencia política, o la teoría de gobierno. 

Es cuando el gobernante, activista u operador político, incurre en problemas cuyo análisis no logra llevar a cabo. Mucho menos, comprender sus implicaciones desde la correspondiente complejidad. Particularmente, cuando condicionantes y variables de distinto tenor aparecen en escena buscando desvirtuar la naturaleza de los problemas en cuestión. Esto, al lado de un crudo conjunto de amenazas y presiones propias de dificultades sistémicas que envuelven los espacios que alojan la política, sus ejecutores e interventores terminan revirtiendo cualquier esfuerzo de articulación entre democracia y desarrollo. 

A todas estas, no es difícil inferir que detrás de complicaciones de tan grueso calibre, se tiene otros problemas cuyas ímpetus superan los escollos imaginados. En Venezuela, la sola idea de escapar de los desastres a que ha llevado al país político, económico y social las presunciones revolucionarias, sobrepasa cualquier contingencia registrada en los anales de la historia política contemporánea. 

Los dirigentes políticos venezolanos de la oposición democrática comprometidos con tan arduo compromiso, se hallan actualmente en la más enconada y apretada de las situaciones. Así ha sucedido desde que importantes secretos saltaron a la palestra para hacerse públicos, notorios y comunicacionales. 

La suspicacia minó el pensamiento y esperanzas de venezolanos que habían depositado su confianza en hombres dispuestos a rescatar al país de las manos ensangrentadas que hoy se arrogan ilegítima, ilegal e inconstitucionalmente, facultades (falsamente) jurídicas y políticas. Pero impuestas bajo represión, a costa de balas asesinas, bayoneta calada y gases asfixiantes y opresivos, para de esa forma arremeter contra quienes profesan valores de libertad, justicia y dignidad. Que son igualmente, quienes se resisten a ser sometidos por las tribulaciones de un régimen pusilánime, desesperado y sediento de poder por poder. 

El país ha devenido en un vergonzoso zigzagueo que parece no llevar a ninguna parte. Por lo contrario, tiende a vararlo entre militantes de la desidia mutiladora del pensamiento crítico. O sea, entre acosadores, envalentonados, soberbios, furibundos, arrogantes, matones, ilusos, resignados, insolentes, ignorantes, orilleros. Y todas aquellas especies de individuos comulgantes del odio y del resentimiento. 

Quizás, buscando otras bases y otros valores que fundamenten una acción política de nueva resolución o una ideología fundamentada en la solidaridad, el pluralismo político y el respeto a la disidencia y consideración a la desconformidad de la cual se sostiene la diversidad política serán partes de las realidades en curso. Entonces será posible y viable encontrar la ruta de escape que ansiosamente se persigue. 

El país pareciera estar dejando ver en medio de las confusiones que se han armado, además sin justificación mayor que la de agraviar derechos y garantías democráticas, la mediática pero también consistente configuración de una tiranía aguantada sobre indecentes excusas. Porque lo que está observándose, sin duda, es una praxis política de “manchada ralea”.

El avance de las ideas, ha dado con cuestiones fundamentales que han puesto al descubierto causas y efectos de situaciones cuya movilidad se ha dado al borde de susceptibles y perceptivas realidades. Sus análisis han derivado en crudas sacudidas económicas, sociales y políticas que, en buena forma, han captado la atención de estudiosos y fisgones de las sociedades actuales. 

En consecuencia, ha habido más que un cambio de las metodologías que indagan la dinámica de los movimientos toda vez que buscan encauzar al mundo por nuevos caminos. Que si rupturas o reacomodaciones de civilizaciones que devinieron en rigurosas modificaciones o readecuaciones de valores que terminaron animando la deserción de la moral, la ética. Asimismo, de la ideología como fundamento de razones que apuestan a la convivencia humana.

La desesperación, sumada a la angustia propia de problemas fluctuantes o irresueltos, ha sido factor de desarreglo económico, social y político en el fragor de realidades sumidas en conflictos generados por la ingobernabilidad creada como resultado de graves imprecisiones al momento de elaborar y tomar decisiones de fuerte impacto. Muchas fueron desavenencias de consideraciones, producto éstas de ideales que no cuajaron ni tampoco terminaron en buena lid.

Una de las ideas que resultaron en craso fracaso, fue la de “socialismo” cuyo terreno de experimentación, la extinta Unión de República Socialistas Soviéticas, URSS, terminó desapareciendo bruscamente de la ecuación política internacional. En contraste con la idea de “desarrollo”, la de “socialismo”, no tuvo el realce que su ductor Carlos Marx, había imaginado. Particularmente, luego de que el gobierno de cual nación servida a manera de “caldo de cultivo” dispusiera del poder en manos de individuos para quienes la condición de “obrero” fuera argumento suficiente para asumir el papel de estadista. 

La idea de “socialismo” quiso forzarse a congraciarse con realidades –muchas de las cuales, no fueron consideradas como variables de la relación estimada entre la idea de “progreso” inconsistentemente argumentada en la perspectiva política, y la de “desarrollo”. Ésta tampoco finalizada en cuanto su estructuración sociopolítica. 

 

Peor aún fue la idea de “socialismo del siglo XXI”, cuya delineación fue pautada a la sombra de elementos cualitativos que comprometen la determinación del hombre (latinoamericano) en su medio de producción y en la óptica que configura su capacidad de consumo, de ingreso, formación. Y sobre todo, su motivación al logro. vista la misma como palanca de empuje a su vida económica, política y social.

Es decir, el esbozo del mentado y manoseado “socialismo del siglo XXI”, no consideró la naturaleza humana en medio de lo que las necesidades e intereses del hombre -supuestamente considerado como sujeto plural de dicha doctrina- proyectarían de cara a las realidades por las que debía transitar quien habría de habitar el entorno y contorno socialista. 

Por tan mayúscula razón, el “socialismo del siglo XXI” no pudo articularse con fuentes que le habrían permitido la construcción del mundo que, teoréticamente, se planteó. Así quedó relegado y luciendo como meras palabras o frases de invitación, todo lo que debía exaltarse desde el enfoque de lo que refiere la organización productiva y las relaciones sociales entre instancias de toda naturaleza.

De manera que la arrogancia estructurada en forma de preceptos que responden al usurero “socialismo del siglo XXI”, no pudo ni siquiera convenir con la creencia de la continua perfectibilidad del hombre en los mayores y mejores ámbitos de la vida económica, social y política. Más aún, siguió errando cuando trató de exhortar su criterios como práctica cotidiana del hombre y vincularlos a la política, la moralidad, el pensamiento, las libertades y una continua refinación de sus gustos y costumbres. Tanto como con su cultura y su sentido de afirmación familiar.  

Evidentemente, no es posible conseguir razones que tiendan a hacer consistente y firme la idea de “socialismo del siglo XXI”. Menos si tal idea, busca exportarse como sistema político-económico que a juicio de sus proyectistas, podría “soportar la responsabilidad del desarrollo económico y social” de cuantas naciones se adhirieran (bobaliconamente) a su causa de estupidez ilustrada. 

 

Ni hablar de los costos que su implantación contrajera, con el cuento manido de “(…) darle poder a los pobres”,. Por donde se esto vea, compromete peligrosamente todo imaginario que juegue a la idea de implantar tan rapaz ideario político. Más, cuando por delante  está el hecho de evitar su enfermizo contagio. Aunque ello no sería un problema de teoría económica, ni tampoco de sensibilidad o carencia de motivaciones. Sería un problema de sobrevivencia.

Particularmente, sólo al imaginar que la civilización de esta parte del mundo, pueda caer en la fauces de lo que suena a “socialismo del siglo XXI”. Y es precisamente, lo que caracterizaría situarse, aunque por escasos segundos, más allá del “socialismo del siglo XXI”.