Para hacer Gobierno no basta tenerlo, por Armando Martini Pietri - Runrun
Para hacer Gobierno no basta tenerlo, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini

Gobernar con burocracia oportunista, serviles poderes públicos, parientes y amigos, compinches, secuaces, cómplices y sinvergüenzas es teóricamente fácil, sin embargo, hay que controlarlos. Lo han hecho autócratas, tiranos, opresores y arbitrarios.

Hay diferentes regímenes autoritarios. Algunos con logros en desarrollo urbano o económico, otros con descomunales sufrimientos, derramamiento de sangre, presos y exiliados políticos, violaciones a los derechos humanos, torturas, muertos y desaparecidos. En esto coinciden con el régimen castromadurista en Venezuela. Sin embargo hay una diferencia importante: este no ha construido nada. El castrochavismo lo destruye todo, causando la caída total de obras de gran ingenio y riqueza, como el gigantesco complejo hidroeléctrico de Guayana, la industria petrolera y el intenso movimiento emprendedor de la iniciativa privada.

Para ello, han sido muy competentes en contratar y respaldar a los menos eficientes. El resultado está a la vista. Hoy Venezuela no solo es la nación más pobre del continente americano, sino que lleva años acogotada por la peor y más prolongada hiperinflación del mundo. Somos un país que pasó, en veinte años, de la tranquilidad con problemas a las dificultades aplastantes en un régimen que ha hecho de la represión y el embuste sus dos grandes líneas de acción.

Estamos agobiados por una deuda que tardaremos generaciones en honrar, limitados por servicios públicos colapsados, inmersos en el infortunio y la desnutrición, administrados por patrañeros que cínicos arrinconan la verdad y a quienes la expresan. Y, por si fuera poco, subyugados por una clase política que saquea sin miramientos y se niega tenazmente a rendir cuentas.

El mundo, con afrentosas excepciones, rechaza al régimen y sus poderes públicos, convertidos en complicados obstáculos para cualquier solución y en cambio, para vergüenza venezolana, reconoce formalmente a un interino designado por la oposición. ¿Qué garantía tendrán los inversionistas si sus países no reconocen al Poder Legislativo, cuyo respaldo requieren constitucionalmente?

No importa lo que termine de pasar en la mayor potencia del mundo, con un presidente que están echando con acciones vergonzosas de parte y parte, y un nuevo mandatario que comienza su período con plomo en el ala y una gran desconfianza popular. No incumbe lo que pase en Europa, con diferentes tendencias que coinciden en rechazar al régimen venezolano. Poco afecta lo que suceda en China, Rusia e Irán, países preocupados por sí mismos, lejanos, sin capacidad o interés real en lo pasa aquí. Son respaldos circunstanciales y por conveniencia.

El castrismo venezolano tiene control territorial atornillado con armas militares y policiales. Pero carece de legitimidad, prestigio, señorío y autoridad para ejercer un Gobierno respetado y éticamente obedecido.

Por eso, como se dice popularmente, “o corren o se encaraman”. Porque la incompetencia aliada con la ilegitimidad es un corrosivo veneno político. Y si creen que el nuevo inquilino de la Casa Blanca les va a componer la situación, deberían analizar con cuidado eso que llaman “seguridad de Estados Unidos”; estructuras oficiales que siguen considerando al narcotráfico, las alianzas con países de dudosa reputación y antiestadounidenses como amenazas. Amén de la intolerancia estadounidense a determinados delitos.

Los políticos tienen no ya la obligación, sino la responsabilidad histórica de constituir un cese de la usurpación y gobierno de transición estable, que represente a una amplia mayoría en condiciones de gobernar. Venezuela se encuentra ante una grave situación ética, política, económica, moral y social, que los repetidos fraudes electorales no han hecho sino consolidar.

Esta crisis general tiene dimensiones que se retroalimentan. Es profundo el aprieto de legitimidad política del régimen. También de los políticos a quienes compete resolver los problemas de la sociedad, pero que con su egoísmo, desconexión y estupideces de adolescentes, han devenido en problema. Es inminente dar un paso al frente, convocar la participación de los ciudadanos y fomentar la deliberación. Así como la transparencia, responsabilidad política y rendición de cuentas.

Gobernar no es pronunciar discursos pulcros y agraciados; ni difundir ideas falsas cuya mentira se comprueba sin esfuerzo. Gobernar es ejercer el arte de representar y administrar sin tener que inhabilitar, torturar, encarcelar y exiliar a quienes se oponen. Es imperativo recuperar la independencia de los poderes públicos. Ello, sumado al cumplimiento de la Constitución y leyes, es básico para generar confianza en la población. Pero de esto tan elemental es de lo que no dispone el régimen venezolano.

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