Lo importante de morir es resucitar, por Armando Martini Pietri - Runrun
Lo importante de morir es resucitar, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini  

Resurrección suena a domingo final de vacaciones, como si el lunes comenzara el año. Tintinea a nueva vida, despertar de un mal sueño. Comenzar un camino, que en realidad transitamos, ruta en la cual estamos unos con más alegría, otros con tristeza, todos con ilusión y esperanza.

Cuando Jesús se preparaba para morir se justificó ante el Padre eterno, “Todo está consumado”. No fueron palabras del Jesús Dios, fue el rendimiento de cuentas del hombre, concebido para efectuar una tarea que cumplió hasta el último aliento.

Jesús le dio una salida al espíritu y comportamiento humano, pero no fue llave para la paz. Los cristianos tenían, y tienen, que ganársela; el cielo no es recompensa automática, es conquista personal. Portarse bien, cumplir los mandamientos, no es tan sencillo como parece, es el resultado de una convicción, decisión de cada quien, y la voluntad expresa de mantenerla por encima de las circunstancias. Ese es el sentido de la propuesta de poner la otra mejilla: un acto de persistencia, de no dejarse vencer por el miedo, la agresión y ferocidad del agresor.

Resucitó y se fue al reino celestial, es Dios y nosotros no. Somos vecinos de estos lados, sufrimos hambre, angustia, enfermedades y epidemias que ahora nacen de avanzadas tecnologías que ni siquiera imaginamos, pero nos afectan. Aunque lejos de China, respiramos el mismo aire y padecemos las mismas contaminaciones. Y si quien lee es castrista, madurista, chavista, comunista, socialista, piense que inhala el mismo aire de Donald Trump en los jardines de la Casa Blanca.

No es de ese aire del cual necesitamos resucitar, sino de la pesadez en resignarnos a la mentira, verdades tan distorsionadas que ya ni son reales ni son falsedades. Es hora de comprender el dolor de observar una patria derruida, desmontada decreto a decreto, falsedad a falsedad, error a error, incompetencia a incompetencia. Un sufrimiento tremendo, aunque aliviado por la fe y esperanza de tener que reconstruir lo que vimos destruir frente a nosotros.

Murió en la cruz. El hombre que en él cumplió su misión, el encargo de Dios, pero persistió el Jesús Dios que jamás ha muerto, se mantiene entre nosotros como actitud, apoyo del buen ladrón, que se arrepiente sincero, paga sus deudas con la sociedad, y rechazador, sentenciador del mal robador, que no se lamenta ni aflige, porfía en su maldad.

No importa lo que digan los bandidos enchufados, asesinos coautores, verdugos torturadores, embusteros socios y cómplices de la ignominia. Están condenados a ser sepultados en el Infierno. Caen mirando a otro lado, no ven la mano de Jesús tendida para rescatarlos con solo decir que se arrepienten de sus crueldades. Sin la perversidad de la impunidad, la justicia debe prevalecer.

Es hora de razonar. Hemos sido víctimas de excesivos engaños y, en la estafa, tan perverso es el estafador, quien se aprovecha de la ingenuidad de otros, como el estafado. En el encuentro entre estafador y estafado, ambos son malas personas.

Son muy pocos los venezolanos que puedan decir, con plena franqueza, que no tienen un pedazo de la culpa nacional. Ni Chávez ni sus acompañantes -ingenuos y bandidos por igual-, ni castristas en Cuba, izquierdosos en el continente, pueden señalar que no son culpables. Todos lo somos, directa o indirectamente; debemos asumir con gallardía responsabilidades dejadas de lado, sepultadas en algún rincón, porque no hay ricos sin pobres que los halaguen ni asesinos sin cobardes que les teman.

Debemos reflexionar ante la imagen atormentada del Cristo crucificado, ver la sepultura, que es tiempo para meditar; y la resurrección, como invitación al arrepentimiento franco y voluntad de cambiar, rechazar la propia barbarie y decidirse a avanzar por el nuevo camino.

No es fácil. Sí digno y admirable, nos conduce a la salvación, aunque serán muchas las traiciones, obstáculos y tentaciones que vencer. Es cómodo preferir substraer el dinero ajeno para disfrutar de privilegios, amenidades, excelencias y exquisiteces; lo difícil y meritorio es vivir con decoro de quien se gana cada día la honra de ser, real y sinceramente, un buen ser humano, ejemplar ciudadano, mujer u hombre honesto, verdaderos forjadores de patria y orgullo de ser un pueblo admirable.

Transcurre Semana Santa bajo el manto apabullante de una pandemia que no inventamos, pero igual nos contagiamos. Avanza el tiempo sobre una nación arruinada por gobernantes incapaces, tratamos de ganarnos la vida escurriéndonos entre forajidos que desvalijaron sin ocultarse, ahora mirando al horizonte, esperando vengan a resolvernos problemas que vimos crecer sin tener el coraje y decisión de resolver.

Jesús el humano murió entre dos ladrones, a uno lo condujo a la salvación, al otro lo dejó caer en la perdición. No fue disposición suya. Fue la libre decisión de cada uno.

Resurrección no es solo salir del sepulcro caminando como Lázaro, no es el resultado de un milagro ocasional. Resucitar es ser capaces de hacer con nuestras manos y propias voluntades el verdadero camino del cual tanto hablamos, pero que aún subsiste en un sueño, ilusión, esperanza de que alguien lo haga realidad.

Y para eso no es necesario saber hablar inglés.