El delicado arte de nombrar enfermedades: a propósito de COVID-19, por Isaac Nahón Serfaty - Runrun
El delicado arte de nombrar enfermedades: a propósito de COVID-19, por Isaac Nahón Serfaty

 

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Nombrar una enfermedad es un asunto delicado. Lo han tenido que enfrentar las autoridades de la Organización Mundial de la Salud (OMS) al decidir llamar COVID-19 al coronavirus que se habría originado en China. Explicaba el vocero de la OMS que se trató de una decisión para ayudar a erradicar el estigma y los prejuicios asociados con los chinos.

Un nombre neutro, descriptivo, (CO por corona, VI por virus, y 19 por el año en que fue identificado), contribuiría a reducir las representaciones y los discursos antichinos, e incluso antiasiáticos, asociados con la nueva enfermedad.

La verdad es que el asunto no es tan sencillo. Ya ocurrió con el sida, primero llamado por los medios de comunicación “cáncer gay”, después “Gay Related Immune Deficiency” (Deficiencia Inmune de los Gay) por ciertos médicos, con la carga de prejuicio que la palabra “gay” (homosexual) tenía en 1981, cuando aparecieron los primeros casos en San Francisco y Nueva York. Después se decidió llamarla “Síndrome de inmunodeficiencia adquirida”, y al virus que la causa “Virus de inmunodeficiencia humana” (VIH), denominaciones más neutras y con tono científico.

La historia de la salud pública está marcada por las palabras que usamos para denominar las enfermedades. A la epidemia de H1N1 de la llamó “gripe porcina” y se localizó su origen en México, con la carga simbólica que para muchos puede tener la asociación entre los términos “puerco” y “mexicano”. Al principio del siglo XX, la llamada “gripe española” (que mató entre 40 y 100 millones de personas), no se había originado en España, sino en Estados Unidos, pero quedó grabada en la historia asociada con el país de la península ibérica.

Enfermedad como metáfora del mal

Como lo escribiera Susan Sontag en su brillante ensayo La enfermedad y sus metáforas (1978), el discurso sobre la enfermedad es un discurso sobre el mal y la forma en que debe ser erradicado. La tuberculosis, antes que Koch descubriera al bacilo que la causa, fue sobre todo una enfermedad romántica descrita por novelistas y artistas como una dolencia del alma que sufre de mal de amores y que termina por consumir al cuerpo.

El cáncer se convirtió en el siglo XX en la metáfora de la vida estresante y neurótica de la era industrial, enfermedad a la que se le declaró una guerra con medios casi militares: la guerra química o la quimioterapia, y la guerra radiológica o radioterapia.

Las metáforas evolucionan a la par de la evolución del conocimiento científico y la tecnología. Por ejemplo, al descubrirse la causa infecciosa de una enfermedad, las explicaciones psicológicas o espirituales caen en desuso. En el caso del cáncer la metáfora guerrera sigue en el imaginario popular, pero las nuevas armas de esta guerra son más precisas e incluso menos tóxicas que las que se usaron en el siglo XX.

También existe la tendencia a renombrar las dolencias. Se ha hecho en el campo de la salud mental, en el que desórdenes como el “maniacodepresivo” se llama ahora “trastorno bipolar” o a la vieja neurosis que tanto inspiró a Sigmund Freud ahora se la ha fragmentado en distintas formas de sufrimiento como la ansiedad, el desorden compulsivo obsesivo o la timidez calificada como “trastorno de ansiedad social”. Pero probablemente el más emblemático de todos los renombramientos sea el de la “impotencia” masculina convertida en “disfunción eréctil”, cambio discursivo que vino acompañado de la introducción de Viagra, el primer tratamiento de su tipo para ayudar a los hombres con dificultades sexuales.

Imágenes y emoción en las redes sociales

Hoy en día más que el discurso son las imágenes las que tienen un gran impacto en el imaginario del público. La reciente epidemia de COVID-19 es la muestra más clara de la influencia que tienen los vídeos y las fotografías que circulan por las redes sociales en nuestras percepciones sobre las enfermedades: desde el supuesto origen del coronavirus, vinculado con la imagen de personas consumiendo una sopa de murciélago, pasando por las chocantes imágenes de agentes de policía sellando las puertas de una vivienda para que sus habitantes en cuarentena no puedan salir, hasta las masivas fumigaciones con desinfectantes en las calles de ciudades chinas y surcoreanas.

Las imágenes marcan las percepciones y creencias de la gente de una manera distinta al discurso y la palabra. Aunque es cierto que todas las formas de comunicación sobre la salud y la enfermedad tienen una fuerte carga emocional (e irracional), la imagen es sobre todo afectiva, tanto en su aspecto grotesco (piensen en la persona comiéndose al murciélago) como en su aspecto más sentimental (por ejemplo, los millones de imágenes de lindas mascotas que circulan por las redes). Las imágenes producen pánico, asco, encantamiento o sentimentalismo empalagoso.

Nuestras representaciones mentales sobre la crisis del coronavirus están altamente influenciadas por esas imágenes. Dependiendo de la persona, su contexto, su cultura y la información que maneja, estas imágenes reforzarán prejuicios, generarán pánico, amplificarán obsesiones o incluso, por su gran cantidad y frecuencia, terminarán produciendo lo que se conoce como “entumecimiento mental”, una especie de indiferencia por saturación.

Podemos concluir que la sinergia entre palabra e imagen es la que termina influyendo en nuestras creencias sobre las enfermedades. Es por ello que la tentativa loable de la OMS de nombrar a la enfermedad con la neutral denominación COVID-9 es de alguna forma un intento fallido de eliminar las connotaciones prejuiciadas que puedan existir sobre esta infección viral. La imagen, aquella que vale más que mil palabras, ocupa un espacio muy grande en el imaginario público de este mundo interconectado de las redes digitales.